La catástrofe · Unidad 1 de 47
Primera Parte · I
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
I
En la sesión extraordinaria de la Academia Francesa, celebrada el 27 de marzo de 1967, fueron designados con el nombre de zootauros.
Nadie hubiese podido decir por qué los monstruos fueron bautizados con un nombre semejante y no con otro cualquiera. El propio autor de la designación, el eminente académico Mauricio Lemercier, célebre por sus trabajos científicos sobre los mosquitos pantanosos de la Patagonia, se habría visto en un apuro para explicarla con su lucidez habitual.
La sesión de la Academia, por otra parte, se desarrolló en una atmósfera de extrema angustia, casi de pánico; es decir, en condiciones poco favorables para poder deliberar con calma. Los "inmortales" parecían hombres sorprendidos por la tempestad en plena mar y seguros de su pérdida inevitable. Pálidos, con los ojos desencajados, se frotaban las manos como para ahuyentar el frío, a pesar de la calefacción que habia en la sala. Hablaban en voz baja, casi en susurro, cual si tuvieran miedo de ser oídos por un ser invisible escondido allí cerca.
—¿Los ha visto usted?
—Yo, no. ¿Y usted?
—Tampoco. Pero mi ayudante sí los vió.
—Y ¿qué dice?
—Su sorpresa y su horror fueron tales, que cayó al suelo sin sentido, y no se acuerda de otra cosa.
—Y ¿dónde se encontraba en aquel momento?
—En la calle, cerca del Panteón. Volvía de una reunión científica que se había prolongado más tiempo que de costumbre. La noche era oscura y el cielo estaba cubierto de espesas nubes, que no traspasaba la luz de una sola estrella. Mi ayudante se acuerda perfectamente de haber mirado el reloj dos o tres minutos antes de la catástrofe: era la una y treinta y cinco minutos de la mañana.
En resumen: ninguno de los asistentes a la sesión había visto los zootauros, como se dice, con sus propios ojos. Pero todos habían sentido, en mayor o menor grado, el choque de su irrupción, y, cuando menos, se habian despertado.
—¿Sus señorías opinan entonces que proceden de Marte? preguntó, dirigiéndose a los inmortales, el presidente de la Academia, Marcelo Duvernoy, personaje parecido a un saco de cuero lleno de huesos.
—Si... Todo induce a creerlo... De otro modo, el hecho sería inconcebible...—dijeron algunos.
—Esa no es una manera científica de tratar la cuestión—dijo el presidente con voz seca, como si los huesos sonaran en el saco—. Bajo esta cúpula tenemos el hábito de trabajar tan sólo sobre hechos precisos, positivos. ¿Sobre qué base digna de este nombre fundan sus señorías semejante... suposición? Porque no tenemos siquiera el derecho de darle el nombre de hipótesis.
Por toda respuesta se hizó el silencio. Un silencio pesado, angustioso.
—¡Señor secretario! ¿Qué noticias ha podido recoger su señoría sobre el asunto que se debate?
El secretario se restregó las manos, sacó del bolsillo un papel doblado en cuatro, lo desdobló cuidadosamente y, después de un golpe de tos, dijo:
—Un triste deber me obliga, ante todo, a comunicar a la ilustre asamblea los informes sobre los accidentes de que han sido víctimas un número considerable de miembros de nuestra Academia. Por desgracia, la lista es bastante larga. Con la venia...
—¡Lea su señoria!—dijo el presidente con voz imperativa.
El secretario empezó la lectura. Alto, flaco, enjuto, vestido con una larga levita negra, se asemejaba por el aspecto y el tono a un cura rezando ante un cadáver. A medida que iba leyendo, parecía que la luz de la enorme lámpara eléctrica suspendida sobre la mesa, se iba haciendo más débil. Los presentes inclinaban, cada vez más, la cabeza, y el frío se hacía a cada momento más vivo en los corazones.
He aquí lo que comunicó el secretario:
El célebre astrónomo Pablo Olivier, que hacía tan sólo quince días, el 13 de marzo precisamente, había celebrado el sexagésimo aniversario de su vida científica, se encontraba la noche fatal en su observatorio, absorto en la contemplación del cometa de Halley. A su lado trabajaba también Javier Montero, discípulo predilecto del maestro, una de las lumbreras de la juventud científica, hombre al cual aguardaba el más brillante porvenir. Un ruido infernal interrumpió el discurso del profesor Olivier mientras éste hacía en alta voz interesantes consideraciones de orden científico. Al propio tiempo se apagó la luz y la más negra oscuridad lo envolvió todo. "Se diría que mil planetas habían caído juntos y de improviso sobre la Tierra." Con estas palabras trataba de dar una idea de lo ocurrido Montero, el cual, al acaecer el hecho, precipitóse inmediatamente hacia el lugar donde se hallaba su maestro, encontrándole en el suelo inanimado junto al telescopio, con los ojos sin luz, pero desmesuradamente abiertos por la impresión de horror recibida. Para Montero no cabía duda de que su maestro, en el momento fatal, tuvo la idea de que el cometa Halley se había precipitado sobre la tierra.
Emilio Croisel, el físico no menos célebre, fué sorprendido por la irrupción de los zootauros en su gabinete de trabajo, mientras procedía a un experimento con el aparato inventado por él mismo para la intensificación de la energía térmica. Una descarga eléctrica le arrebató la vida. Su cadáver estaba carbonizado, y al caer se había roto el cráneo contra el borde de su aparato.
El botánico Juan-Pedro Leconte, orgullo de la ciencia francesa, murió de un ataque al corazón, producido por la sacudida que ante la irrupción de los zootauros recibiera; la misma trágica suerte corrieron el geólogo Guido Forestier, el entomólogo Espinas y el matemático Claudio Ferrier.
Algunos "inmortales" sufrieron ataques de parálisis. En general, la ciencia francesa había tenido durante aquella noche pérdidas numerosas y sensibles. Y no tan sólo la ciencia francesa. Según las informaciones recibidas—todas incompletas y de fuente dudosa—, la invasión de los zootauros había tenido fatales consecuencias en Londres, en Berlín, en Roma, en Madrid y en San Petersburgo.
—¿No podría su señoría comunicarnos sobre este punto datos más precisos?—preguntó el presidente.
—Por desgracia, es todavía imposible—contestó el secretario. Las relaciones con los centros científicos del mundo están en gran parte suspendidas. Es de suponer que a consecuencia de la irrupción de los zootauros, tanto las estaciones radiotelegráficas, como los cables, han sido en muchos lugares destruídos. Hasta ahora han podido conseguirse tan sólo informes fragmentarios, de los cuales puede deducirse que los zootauros han sido vistos a un mismo tiempo en Inglaterra, en toda la Europa central y meridional y en los Estados Unidos.
—Y bien—dijo el presidente en tono de reproche casi amenazador, ¿también en esos países los hombres de ciencia emiten la... suposición de que los zootauros proceden de Marte?
—Así parece—replicó el secretario. Cuando menos, es lo que se desprende de las comunica ciones que hemos recibido de Berlín, Roma, Greenwich, Nueva York y Pulkow.
—¡Es curiosísimo! No comprendo cómo los sabios pueden... Porque no se trata de una hipótesis siquiera. Una hipótesis, al fin y al cabo, supone siempre una base científica, por débil que sea. Mientras que ahora nos encontramos tan sólo ante un supuesto nacido de la imaginación de gentes profanas aterrorizadas.
El ilustre presidente de la Academia hizo un gesto que expresaba toda la indignación de un hombre cuya vida entera había sido dedicada al culto y ejercicio de las ciencias exactas.