La catástrofe · Unidad 2 de 47

Primera Parte · II

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

II

Hasta cierto punto el presidente de la Academia tenía razón. Los informes que se recibían de distintos puntos de Francia y de otros países llevaban las trazas visibles de la alucinación y del miedo, y mal podían ofrecer, por lo tanto, una garantía científica. Eran, además, vagos en extremo, contradictorios y, a veces, completamente fantásticos. Tan sólo en un punto era general la coincidencia: la irrupción de los zootauros había tenido lugar durante la noche del 26 al 27 de marzo, hacia la una y media de la madrugada, y había durado hasta el amanecer. A partir de este punto, cada uno de los testigos oculares dejaba libre curso a su fantasia.

Unos aseguraban que los zootauros procedian del Norte, de la parte de Bretaña. Otros testigos, no menos respetables, afirmaban que habían llegado del Sur, de las costas del Mediterráneo. Informaciones recibidas de provincias indicaban que unos pescadores pretendían haber visto, materialmente, cómo los zootauros emergian del fondo del mar y se elevaban por el aire en masa monstruosa que cubría el cielo por completo.

Sobre el aspecto exterior de los zootauros eran, asimismo, confusos y contradictorios los informes. Un panadero parisién, Jaime Renault, que en el momento de la irrupción se encontraba junto a su horno amasando el pan que los parisienses habían de comer, tierno y caliente, por la mañana, juraba que los monstruos semejaban bueyes gigantescos, con alas parecidas en su forma a la cola de los peces. El obeso Moineau, propietario de un cabaret de noche en Montmartre, afirmaba, por su parte, que eran más bien comparables a elefantes alados, pero elefantes de tamaño descomunal, al lado de los cuales habrían de parecer moscas los paquidermos del Jardín de Plantas.

—¿Habéis visto alguna vez una tortuga gigantesca?— preguntaba Poireau, el farmacéutico, después de haber dicho que había visto a los zootauros al volver a la una y media de pasar la noche en compañía de unos amigos—. Pues bien—añadía, multiplicad esa tortuga por trescientos, por quinientos, por mil, y tendréis la copia exacta de los zootauros.

Pero un vecino del farmacéutico, joyero de oficio, y llamado Petitbeaujean, combatia enérgicamente esa aseveración, y después de asegurar que los zootauros no se parecían en nada a las tortugas, atribuía las visiones del farmacéutico a los efectos, siempre desconcertantes, del alcohol. Si hay que hacer una comparación—decía, y las comparaciones siempre son odiosias—, sería más justo comparar esos monstruos a las ballenas. Imaginad una ballena de varios centenares de metros, y con alas, por supuesto (pues de otro modo no podría volar), y tendréis la imagen del zootauro. Uno de esos monstruos lo he tenido yo a mi lado, tan cerca como estoy ahora de vosotros.

—¡Tonterías!-exclamó irritado el encuadernador Cordier.

Por haber tenido en sus manos durante su vida infinidad de libros, Cordier se creia hombre de ciencia. Las palabras sabias ejercían sobre su espíritu una irresistible atracción.

—¿Queréis saber lo que es el zootauro? Pues yo os lo voy a decir. El zootauro es un fenomeno.

—¿Un feno qué?-preguntó alguien que no había comprendido.

—Es evidente que vosotros no sabéis lo que es un zootauro. Yo, tampoco. Los sabios más sabios, tampoco. Pues bien: lo que nadie comprende se llama en ciencia feno-meno.

¿Estamos? Todo esto dicho en pocas palabras y en voz baja, como si los zootauros pudiesen oírlo. El miedo que los monstruos inspiraban a las gentes era indescriptible. Todo el mundo iba por las calles con el aire abatido del que tiene un muerto en casa. Y, en realidad, el número de muertos era aquel día en París considerable. La irrupción de los zootauros habia costado la vida a miles de personas. Como si una epidemia mortífera acabara de hacer en la ciudad su cosecha nefasta, los fabricantes de ataúdes y sepultureros trabajaban sin descanso. Una bandada de zootauros había descendido hasta rozar la te chumbre de las casas, hundiendo los pisos superiores de varias de ellas y causando la muerte a numerosas personas. Otras muchas, sobre todo mujeres, niños y ancianos, murieron de ataques cardíacos, principalmente en aquellos puntos de la ciudad donde los zootauros pasaron más cerca.

Nadie había conseguido ver bien los zootauros, pero todo el mundo había podido oírlos. A su paso, la tierra retumbó con un ruido infernal que sólo los muertos hubiesen podido dejar de oír. Al principio creyeron algunos que se trataba de un ataque nocturno llevado a cabo con las gigantescas aeronaves de que se habla en las crónicas de principios de siglo. Pero Esteban Legrand, que acababa de cumplir los ochenta, y aprovechaba cualquier oportunidad para demostrar que se acordaba de la gran guerra con toda suerte de pelos y señales, declaró categóricamente que entre la irrupción de los zootauros y los ataques de las aeronaves no existía la menor semejanza.

—¿Por qué?—le preguntaron a coro los representantes de tres generaciones; es decir, sus hijos, sus nietos y sus biznietos.

El anciano movía repetidamente sus labios exangües, como queriendo definir el gusto de algo que tuviera en su boca desdentada, y movía, con la persistencia de un oso mecánico, su cabeza calva como una rodilla. Por fin dijo:

—Todo lo que yo vi entonces... Todos esos Gothas, Zeppelines, Berthas..., no es nada en comparación con lo de esta noche... Es como el piar de un polluelo, y... y...

De nuevo volvió el viejo a remover los labios mientras buscaba, sin encontrarla, la palabra justa que expresara su pensamiento. Uno de sus numerosos nietos vino a sacarle del apuro:

—¿Y el rugido del león?—preguntó.

—Eso es... Como el piar de un polluelo y... el rugido de un león.

Al día siguiente de la irrupción llegaron a París, presa del pánico, millares y millares de provincianos. Unos, los que pudieron, en ferrocarril; oíros, en caballerías, y todos llevando consigo cuanto podían. Abatidos y sin saber qué hacer ni dónde ir a parar, se amontonaban alrededor de las estaciones y en las calles vecinas, contribuyendo a aumentar todavía el desconcierto que reinaba en la capital. Era inútil preguntarles nada sobre lo ocurrido la noche antes: tanto era el miedo de que estaban sobrecogidos. Lo único que podían decir era que en sus aldeas y lugares los destrozos habían sido grandes, muchos los muertos y heridos y no pocas las casas en ruina. Se decía que la ciudad de Blois, atacada por varios zootauros a la vez, había sido completamente destruída, y que más de la mitad de la población había perecido entre los escombros. Los que por milagro pudieron salvar la vida, huyeron aterrorizados. Por los caminos desfilaban los fugitivos, a pie casi todos ellos, porque la estación y la línea de ferrocarril habían sido destruídas y muertas casi todas las bestias de carga.

Un cura bretón, sucio y harapiento, que apenas se distinguía por su aspecto de los campesinos con los cuales había venido a París, se dirigía a la muchedumbre, y con voz ronca, como salida de una tumba, proclamaba, levantando las manos al cielo, que aquello era el castigo de Dios, que la paciencia del Todopoderoso había terminado, que había llegado la hora del Juicio Final.

—¡Haced penitencia, miserables pecadores!—exclamaba, amenazando a la multitud con su dedo sucio y tortuoso—. No sólo vuestros días: vuestras horas están contadas. Esos que vosotros, en vuestra ceguera, creéis monstruos venidos de Marte, son, en verdad, los mensajeros de Dios, llegados al mundo pecador para cumplir su santa voluntad.

La muchedumbre parecía hipnotizada por el dedo amenazador; escuchaba las palabras airadas del cura, se encogía bajo la influencia de su mirada fúlgida de fanático, y de entre ella surgían suspiros adoloridos. Muchos rezaban en voz baja y hacían la señal de la cruz. Las mujeres se enjugaban los ojos y los niños que llevaban en brazos envueltos en las faldas, escuchaban con espanto las palabras incomprensibles de aquel hombre negro y terrible, y pedían a gritos que los llevaran a casa.

Esos predicadores improvisados se hacían cada vez más numerosos. En diversos sitios de la capital reunían a la multitud, le hablaban del castigo de Dios y la exhortaban a la penitencia.

Las iglesias estaban llenas de día y de noche, sobre todo, en los barrios extremos habitados por gente pobre. Se diría que las gentes consideraban la casa de Dios como el único abrigo seguro en esas horas fatales. También en las iglesias se sucedían sin interrupción los sermones sobre el próximo advenimiento del Juicio Final y la necesidad de prepararse para acudir a él como buenos cristianos.

La congoja crecía por momentos. A medida que el Sol se inclinaba hacia el horizonte, las gentes seguían su curso con la mirada triste como si en el residiera la única protección contra el gran peligro. Se forjaban la ilusión de que mientras el Sol brillara en el cielo, nada malo podía ocurrir. Pero la proximidad de la noche, abrigo de crímenes y fechorías, inspiraba un miedo invencible.

—¡Dios mío! ¿Qué pasará esta noche?—suspiraban los desgraciados.

Algunos optimistas—gente de buen apetito y digestión normal—aseguraban que los zootauros no volverían a presentarse.

—Nuestra casa no les ha gustado—decían—. Vinieron para dar un vistazo, y ante el escaso interés que nuestro mundo ofrece, levantaron el vuelo hacia otro planeta...: Mercurio, Saturno o Júpiter. En el Universo no faltan los sitios agradables, al lado de los cuales nuestro menguado planeta no tiene ningún atractivo.

Esas manifestaciones de los optimistas eran acogidas con gran esceptismo por los que sufrían del hígado o del estómago.

—No hay que pensar en que los monstruos se hayan marchado—replicaban con tristeza—. Su reaparición es cosa segura. Probablemente no pueden soportar la luz del Sol, como las lechuzas, y esperan tan sólo a que cierre la noche.

Al desaparecer el Sol, después de inundar el Occidente con un mar de fuego (triste presagio para los supersticiosos), empezaron a circular los rumores de mal augurio y a transmitirse, de barrio en barrio, por toda la ciudad.

—¡Ya llegan! ¡Ya llegan!

—¿Por dónde?

—No se sabe todavía. Pero en Montmartre se acaba de oír el zumbido de su vuelo.

Rumores análogos llegaban de los alrededores de la capital: de Clamart, Meudon, Fontenay-aux-Roses, Saint-Denis. En todas partes se oian—o se pretendía haber oído—un ruido misterioso de alas no menos misteriosas, y de todas partes corrían las gentes hacia París, como si las grandes masas de piedra de la capital ofrecieran una mejor defensa contra el amenazador peligro.

Como la pólvora circuló el rumor de que en los alrededores de París un campesino acababa de ver pasar sobre el bosque vecino un zootauro que volaba en dirección noroeste hacia Lamanche.

Por fin, hacia las diez de la noche se oyó un ruido extraño, como si un motor gigantesco volara sobre la capital. Un minuto después, tan pronto oculto entre las nubes que acababan de cubrir el cielo como claramente visible, apareció un zootauro de dimensiones monstruosas.

La capital fué presa de un pánico rayano en la locura. Como bandada de gallinas que ven acercarse la imagen temida de un buitre, corrían las gentes despavoridas en todas direcciones.

—¡A los sótanos! ¡A los sótanos!—exclamaron algunos.

—No, no gritaban otros—. Si la casa se hunde, quedaremos enterrados en vida.

—¡A la iglesia! Que por lo menos la muerte nos sorprenda en la casa de Dios.

Unos minutos más tarde, las calles estaban desiertas, barridas, como por gigantescas escobas, por el miedo aterrador que cegaba y ensordecía, paralizaba los miembros y helaba la sangre en las venas.

El ronquido del motor monstruoso se hacía sentir sobre la ciudad cada vez con más furia. Pronto se unió al primer motor, otro, y después, otro, y otro, y otro...

Así comenzó el nuevo ataque de los zootauros.