La catástrofe · Unidad 11 de 47
Primera Parte · X
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
X
El Congreso terminó sus trabajos y se disolvió precipitadamente. Era imposible continuar con calma las deliberaciones. Además, entre las nuevas víctimas de los zootauros figuraban algunos delegados. El representante de Italia, Giuseppe Giovanni, había desaparecido, y a pesar de todas las pesquisas y averiguaciones llevadas a cabo por orden del propio presidente Stephen, no se consiguió dar con el más leve rastro de su cuerpo. El delegado noruego, Amundsen, encontró la muerte durante el ataque de un zootauro entre los escombros de la Embajada noruega. El delegado ruso, Basilio Gaidaroff, fué arrebatado por un zootauro mientras atravesaba la plaza de la República. Muchos otros delegados, entre ellos el profesor Otto Lucius, consejero íntimo, fueron más o menos gravemente heridos por los escombros de las casas destruidas.
En el curso de la última sesión, el Congreso nombró, a toda prisa y en una atmósfera de extrema excitación, dos Comisiones: una militar, presidida por el general Beaulieu, y otra técnica, al frente de la cual figuraba Cresby Harrison. Esta última, en seguida bautizada con el sobrenombre de Comisión subterránea, recibió el encargo de preparar un plan detallado para la construcción de las ciudades subterráneas y de estudiar los medios más adecuados y eficaces para realizarlo. Para tal objeto disponía de plenos poderes y créditos cuantiosos.
Entre ambas Comisiones surgió inmediatamente una cierta rivalidad.
—No hay que precipitarse en la construcción de las ciudades subterráneas—le decía a Harrison el general Beaulieu—. Tengo la esperanza de que triunfaremos de los zootauros manu militari . En este caso podremos quedarnos donde estamos, sin necesidad de tener que bajar a las bodegas poco confortables de nuestro planeta.
Pero Harrison movía la cabeza con escepticismo.
—Mi general—contestaba—, yo no dudo de su talento militar. Fácil le hubiera sido a usted triunfar contra todos los ejércitos enemigos, aunque estuvieran formados de diablos. Pero los zootauros son peores que los diablos, y nuestra estrategia humana es impotente para luchar contra ellos.
Componían la Comisión militar unos veinte especialistas de todos los países, ingenieros militares en su mayor parte. De la Comisión formaban parte, al lado del general Beaulieu, varias celebridades mundiales de la milicia: el gobernador militar de París, general Pardou, soldado a la manera clásica, con bigote de medio metro y la agilidad de un muchacho de veinte años, a pesar de haber pasado ya de los sesenta; el ingeniero militar inglés Glansbury, figura alta y adelgazada, matemático empedernido, manejador formidable de cifras, cuya concepción del Mundo se resumía en una serie de fórmulas algebraicas; Albrecht Edelstein, profesor de la Academia militar de Potsdam, artillero ilustre, entusiasta apasionado de su carrera: de él decían sus colegas que ni en sueños cesaba de bombardear imaginarias posiciones enemigas; finalmente, el general español González Diego, hombre de infinita amabilidad y exquisita cortesía, siempre afable y sonriente, lo que no le había impedido demostrar una energía rayana en la crueldad al reprimir los recientes disturbios en Barcelona.
Ambas Comisiones, la militar y la subterránea, trabajaban en París. La primera estaba instalada en la fortaleza de Vincennes, y la segunda, en la nueva Academia de Arquitectura, cuyo palacio se alzaba en los jardines del Luxemburgo.
El interés de la población estaba, sobre todo, concentrado en los trabajos de la Comisión militar. Constantemente aparecían en los periódicos informaciones sensacionales sobre el curso de los trabajos, y la curiosidad y excitación del público alcanzaban el más alto grado de exacerbamiento. Los más fantásticos rumores circulaban por París y por todo el territorio de Francia, que no estaba todavía aislado de la capital.
—Por orden de la Comisión se están fabricando diez mil bombas de gran potencia, cargadas con bacilos del cólera y de la peste—afirmaba con gran energía un señor, de pie ante el mos trador de un bar, dirigiéndose al dueño y a los parroquianos.
—Estas bombas no me inspiran gran confianza—replicaba uno de los clientes entre dos sorbos—. Los zootauros tienen la piel dura y no se preocupan gran cosa de los bacilos. El único medio para aniquilarlos son las corrientes eléctricas de alta tensión. Me consta que la Comisión ha decidido bombardearlos con corrientes de cinco millones de voltios.
—Me parecen muchos millones de voltios—repuso con sorna un espectador.
—Pues así es. Cinco millones de voltios: ni uno más, ni uno menos. Al propio secretario de la Comisión se lo oí decir ayer en su casa, donde estuve limpiando las chimeneas.
—Pero hasta ahora los periódicos no han dicho de esto una palabra—insistían los escépticos.
Al oir esta observación, el deshollinador se sonrrió con malicia.
—Y eso, ¿qué tiene de extraño?—dijo—. La Comisión no deja que se le acerquen los periodistas ni a tiro de cañón. Los periodistas deforman siempre la verdad y no hacen otra cosa que excitar al público con sus patrañas. Si lo que digo lo viera en un periódico, yo sería el primero en no creer una palabra.
La impaciencia de la multitud iba sin cesar en aumento. A cada nuevo ataque de los zootauros crecía la desesperación, y las gentes acogían con credulidad los rumores más estúpidos. Millares de personas habían abandonado su trabajo habitual y vagaban todo el santo día en torno a la fortaleza de Vincennes, consumidos por el deseo de saber algo nuevo, una noticia, un indicio cualquiera, que justificara la esperanza en el triunfo contra los monstruos misteriosos.
Movida por la inquietud, febrilmente excitada, la muchedumbre se entregaba a veces a manifestaciones tumultuosas ante el edificio donde estaba reunida la Comisión militar.
—¡El general Beaulieu! ¡Que salga! ¡Queremos hablarle! ¡Abajo la Comisión! ¡Es un engaño—gritaban los manifestantes.
Pero al aparecer en el balcón el general Beaulieu, la indignación se trocaba súbitamente en entusiasmo y los denuestos en aclamaciones:
—¡Viva el general Beaulieu!
El general hizo un signo con la mano, y se apagaron en seguida los rumores. En el silencio profundo resonaba su voz fuerte de hombre acostumbrado a mandar:
—¡Amigos míos! Los trabajos de la Comisión tocan a su fin. Vuestro deber consiste en no perturbarlos. Ninguna necesidad tenemos, podéis creerlo, de que se nos estimule ni se nos aliente. Lo único que con ello se consigue es retrasar nuestro trabajo. Volved, por lo tanto, a vuestras casas, con la seguridad de que haremos cuanto de nosotros dependa.
—¿Y los resultados? ¿Cuándo tocaremos los resultados?
—Si continuáis perturbando nuestra labor, tendréis que esperar todavía mucho tiempo.
La manifestación se dispersaba por fin; pero al día siguiente llegaban a Vincennes nuevos cortejos de gentes abatidas, extenuadas por los horrores de que habían sido testigos, y sus impre caciones y lamentos resonaban de nuevo en los muros de la fortaleza:
—¡El general Beaulieu! ¡Queremos hablar con el general Beaulieu!
Por fin, quince días después de haber iniciado sus trabajos la Comisión, empezó a correr el rumor un día, a primeras horas de la mañana, de que todos los preparativos para la lucha contra los zootauros estaban terminados, y de que aquella noche iba a procederse a un ataque decisivo.
Estos rumores fueron pronto confirmados por un comunicado oficial de la Comisión, firmado por el general Beaulieu y publicado en todos los periódicos. Este comunicado estaba concebido en forma de llamamiento a la población:
"¡Parisinos!—decía—: La Comisión militar, nombrada para estudiar los medios de combate más eficaces contra los zootauros, ha terminado sus trabajos. Contra los monstruos serán empleados todos los medios militares y técnicos de que disponemos. La Comisión espera que el resultado de la lucha sea favorable; pero ninguna garantía existe contra el fracaso, dado que la naturaleza de los zootauros continúa siendo para nosotros un misterio.
"El experimento se realizará en el curso del próximo ataque de los zootauros, probablemente, pues, esta misma noche, simultáneamente en París, Londres, Berlín, Roma y Madrid. En París, el ataque contra los monstruos será dirigido desde los fuertes de Vincennes, Chatillon, Montrouge y Saint-Denis, y también desde la Torre Eiffel y el Observatorio.
Además de las descargas eléctricas, los zootauros serán atacados con proyectiles especiales cargados de gases mortíferos. Los proyectiles eléctricos son inofensivos para la población; pero la Comisión no puede ofrecer la misma garantía en cuanto a los gases. Aun cuando, según todas las probabilidades, los gases se mantendrán en las regiones superiores de la atmósfera, hay que precaverse contra la posibilidad de un descenso. La Comisión se ha preocupado, por consiguiente, de preparar un número suficiente de máscaras de protección que serán distribuidas hoy a los habitantes de la ciudad en el Ayuntamiento, en las Delegaciones de Policía y en las Oficinas de Correos.
"La aparición de los zootauros será anunciada por el disparo de cañonazos desde el fuerte de Vincennes. Inmediatamente deberán los habitantes buscar refugio en locales cerrados, y, sobre todo, no permanecer en la calle, a fin de evitar las terribles consecuencias que de la caída de los zootauros podrán derivarse en el caso de que consigamos derribar alguno de los monstruos.
"La Comisión espera que los habitantes de la gloriosa villa de París sabrán dar, en estos momentos trágicos y decisivos, nuevas pruebas de su prudencia y sangre fría."
Pero los habitantes de la gloriosa villa de París mostraron escasa prudencia y menos sangre fría. El llamamiento de la Comisión tuvo la virtud de hacer subir al colmo la excitación de la capital, convirtiendo, por así decirlo, en un manojo de nervios un organismo, cuyo estado de irritación parecía ya insuperable, removiendo hasta lo más profundo los sentimientos y esperanzas de aquel mar humano en estado de permanente tempestad. Por la calle, en los cafés, se oían los comentarios más inverosímiles. Los que pretendían estar secretamente informados, gente misteriosa que surge como por encanto en los momentos de perturbación y de crisis, hacian afirmaciones absurdas con la suficiencia del que ha descubierto todos los misterios del Universo.
—Los zootauros serán tan sólo atacados en París—afirmaba rotundamente uno de esos personajes.
—Pero ¿cómo?—le replicaba alguien con sorpresa. Si la Comisión dice en su comunicado oficial que el ataque se efectuará al mismo tiempo en Berlín, Londres, Roma y Madrid.
—A mí me consta positivamente que la Comisión ha mentido. Se están mofando de nosotros. Ningún Gobierno más que el nuestro ha querido autorizar un experimento tan lleno de peligros. En el seno de la Comisión los escándalos han sido formidables. El general Beaulieu amenazó con presentar la dimisión. Los ingleses, según su costumbre, se esconden detrás de nuestras espaldas. "¡Pasen ustedes primero, señores franceses!" Nosotros sacaremos las castañas del fuego, y si les parecen a punto, nos ayudarán a comerlas. Así van las cosas, y mientras tanto el ataque contra los zootauros, que, lo repito, nosotros solos llevaremos a cabo, nos costará un ojo de la cara.
—¡Así como así, no nos queda nada que perder—dijo uno de los presentes.
—No lo diga usted tan pronto, amigo—replicó l señor Lo-sé-todo—. ¿Cree usted que los zootauros son imbéciles?
—Parece más bien todo lo contrario.
—Así lo creo yo también. Los zootauros son excesivamente inteligentes, y no dejarán de observar que nosotros somos los únicos que los han atacado. Apareceremos a sus ojos como un pueblo batallador al que es preciso dar una lección. Ingleses, alemanes y tutti quanti contemplarán el espectáculo desde la barrera. Si la cosa sale bien, tanto mejor. Si sale mal, Francia pagará ella sola los platos rotos.
—¿Han notado ustedes, señores—decía uno de estos oradores improvisados, dirigiéndose a otro grupo que el comunicado de la Comisión no dice ni palabra de las bombas cargadas de bacilos? ¿No es esto misterioso? ¿Por qué no habrá de emplearse contra un enemigo tan temible un remedio de tanta eficacia como ése?
—Quizás por temor a que los bacilos propagaran epidemias entre la población—insinuó con timidez uno del grupo.
—Sin duda que éste es el motivo. ¿Pero sabe usted quiénes hubiesen sido los más expuestos al peligro?
Y, hecha la pregunta, dejaba transcurrir una larga pausa para excitar más y más la curiosidad.
—A ver. ¿Quién?
—Los ingleses, los alemanes y otros vecinos nuestros.
Nadie parecía comprender esta interpretación.
—Sí, señores. Los ingleses, los alemanes, los italianos, los suizos, los españoles, han de temer la propagación de los bacilos en sus paises, puesto que, empleando este medio de combate, los zootauros alcanzados por los proyectiles irian probablemente a caer en uno cualquiera de los países vecinos. No se olvide que los monstruos pueden salvar la distancia entre París y Londres en menos de un minuto. Está claro ahora por qué los miembros extranjeros de la Comisión han protestado con tanta energía contra el empleo de bombas cargadas de bacilos.
Esta y otras especies semejantes contribuyeron a formar rápidamente en la capital una atmósfera de hostilidad contra los extranjeros, especialmente los ingleses. Hacia las seis de la tarde, un grupo de manifestantes, en actitud hostil, se presentó ante la Embajada de la Gran Bretaña.
—¡Abajo los ingleses!—gritaba la multitud.
—¡Que se vayan! ¡Que se vayan!
De los gritos se pasó a las pedradas. Los cristales de una ventana saltaron a pedazos. La situación empeoraba por momentos, y la Embajada llamó por teléfono a la Policía, sin el menor resultado. La norma de la Policía en aquellos días agitados consistía en mantenerse al margen de todos los conflictos.
Cuando el populacho, alentado por la impunidad, se aprestaba a tomar por asalto el edificio de la Embajada, tuvo el portero de ésta una idea ingeniosa para salvar la situación. Se quitó la librea, salió a la calle por la puerta trasera, se mezcló al grupo de los manifestantes y, con toda la fuerza de sus pulmones, empezó a gritar:
—¡Los zootauros! ¡Los zootauros!
La manifestación se dispersó en un abrir y ce rrar de ojos. Un minuto más tarde, la plaza, ante la Embajada británica, aparecia limpia, como barrida por una escoba gigantesca.
Media hora más tarde, el presidente Stephen informado de los incidentes ocurridos ante la Embajada británica, preguntaba con ansiedad por teléfono al director de Orden público noticias sobre lo ocurrido. El director contestó:
—Todo marcha bien, señor presidente. Gracias a las medidas enérgicas tomadas por la Policía, ha sido disuelta la manifestación y restablecido el orden.