La catástrofe · Unidad 12 de 47

Primera Parte · XI

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XI

A las nueve y treinta y siete minutos de la noche partieron tres cañonazos del fuerte de Vincennes. Su estampido fué para la población como el ruido de los truenos que anuncian la tempestad. Una angustia sin límites oprimió todos los corazones. Flaqueaban las rodillas, y las bocas se secaban de una sed insaciable.

Por tres veces retumbó, casi sin intervalo, la voz del viejo cañón, testigo de tantos y tantos acontecimientos. El eco devolvió el lúgubre toque de alarma lanzado en la oscuridad de la noche, y millones de corazones saltaron en los pechos como pájaros asustados, prisioneros en una jaula. Una sola palabra, repetida en todos los rincones, formaba como un rumor sordo:

—¡Los zootauros!

París, el hormiguero humano de París, estaba más excitado aún de lo que ya era costumbre cuando se anunciaba un nuevo ataque de los monstruos. Esta vez se esperaba el combate decisivo entre los hombres y los seres misteriosos, cuya naturaleza se encontraba más allá de los límites accesibles a los mortales. La noche iba a ser quizás decisiva para los destinos de la Humanidad entera. En caso de victoria, el hombre continuará siendo soberano de la Tierra; pero si, a pesar de haber puesto en tensión todas sus fuerzas materiales e intelectuales, fracasaba en la empresa, la soberanía humana había tocado a su fin, y los hombres serían barridos de la superficie de la tierra como el viento barre el polvo de los caminos o la espuma del mar.

Las calles, animadas y sonoras hacía un momento, quedaron desiertas. Las gentes se metían en su casa o buscaban refugio en los portales más próximos, en las estaciones del Metropolitano. La mayor parte llevaban consigo las máscaras contra los gases, pero casi nadie hacía uso de ellas. Los que pretendían saberlo todo afirmaban que las máscaras no servían de nada ni podían proteger a nadie contra la asfixia.

A los pocos momentos de haberse oído los cañonazos resonó en el espacio el rumor característico del gigantesco motor que los parisinos conocían ya demasiado. Los zootauros hacían su aparición.

Con la respiración suspendida y los nervios tirantes como cuerdas, millones de gentes esperaban algo grande, decisivo. Algunos, movidos por la impaciencia, entreabrían las puertas y ventanas, tratando de escudriñar con una rápida mirada si algo sucedía. El impulso de curiosidad aguda, que hace que el soldado se acerque a los lugares de mayor peligro aun a riesgo de morir atravesado por una bala enemiga, era más fuerte que el miedo, y parecía paralizar el instinto de conservación. Todavía unos minutos más tarde, centenares de miles de personas se amontonaban en las aceras, en los dinteles de las puertas y en las cercanías de las estaciones. Como obedeciendo a una orden, todas las cabezas estaban levantadas, con los ojos fijos en la bóveda oscura. Se diría que una multitud pagana se había congregado para cumplir algún extraño rito religioso.

El cielo estaba cubierto de nubes, sin Luna ni estrellas, sin colores ni destellos, como si un misterioso director de escena se hubiese preocupado de preparar una decoración sombría para la representación del drama que se estaba preparando.

París retenía el aliento. Parecía un campamento gigantesco, embrujado por un mago.

Tan sólo de lo alto llegaba a los oídos un ruido amortiguado por la distancia. Poco a poco iba haciéndose más fuerte, y pronto pudieron distinguirse las enormes masas grises de los monstruos, que volaban sobre la ciudad lentamente, ávidamente, como tratando de descubrir su presa.

—¿Por qué no empieza todavía el ataque contra los zootauros?—exclamaban voces impacientes.

—Quizás haya empezado ya—replicaba otra voz—. Estas cosas se hacen sin ruido.

Y, como para desmentir esta afirmación, se oyó en el mismo instante, a gran altura, un silbido estridente, como causado por un enorme cohete o un bloque de hierro candente que acabaran de echar al agua. Inmediatamente, un relámpago prolongado desgarró en zigzag las nubes grises, y volvió a apagarse en seguida, como chispa aparecida sobre un montón de cenizas.

—¡Ya está! ¡Ya empieza! ¡Es del fuerte de Vincennes!

Las exclamaciones surgían de los pechos como suspiros largamente contenidos.

Sobre la ciudad continuaban vagando las masas grises como si nada hubiese sucedido.

Al primer relámpago sucedió otro—esta vez del lado de Chatillon—, y después, un tercero y un cuarto, siempre acompañados del mismo silbido estridente. Deslumbradores, finos como espadas de Damasco, los relámpagos, con turbulencia casi alegre, se sucedían unos a otros, se cruzaban y entrechocaban, iluminando los nubarrones con tétricos resplandores. Se hubiera dicho que en lo alto descargaba una tempestad de fuerza todavía desconocida para los habitantes de la Tierra.

—Es del fuerte de Montrouge—decían unos.

—¡No, de Saint-Denis!—replicaban otros.

—¡De la Torre Eiffel!

—¡Mirad! ¡Mirad! ¡Un zootauro ha sido tocado!

—¡Todavía otro! En efecto: los monstruos eran alcanzados por un gran número de los rayos lanzados contra ellos; pero inmediatamente después se apagaban los relámpagos, como se apaga una chispa al tocar el agua. Los zootauros continuaban volando tranquilamente sobre la capital, como divirtiéndose con este juego inventado por los hombres.

Cada vez que uno de los rayos daba en el blan co, las gentes se hacían atrás con precipitación.

—¡Cuidado, que va a caer!—gritaban con ansiedad.

Pero los zootauros no caían, y los murmullos de desencanto se hacían cada vez más persistentes.

—¡Nuestras descargas eléctricas les tiene sin cuidado!—decían algunos.

De golpe cruzó el aire un gran proyectil de forma cilíndrica, seguido al poco tiempo de otros proyectiles iguales.

—Son los proyectiles cargados de gases asfixiantes.

—¿Será posible que esto tampoco les haga daño alguno?

—¡Pero si se burlan de toda nuestra técnica militar!

—¡Las máscaras! ¡Pronto! ¡Ponerse las máscaras!

Los que llevaban máscaras consigo empezaron a ponérselas a tientas y con las manos temblorosas. Otros se precipitaban hacia las puertas vecinas. Los había también que, con desprecio filosófico del peligro, permanecían inmóviles, sin volver la cara, como lanzando un reto a las fuerzas hostiles. Una mujer vieja y pobremente vestida fué de súbito sobrecogida por una alegría delirante. Con el pelo deshecho y gesticulaciones desordenadas, iba de grupo en grupo gritando con voz chillona y desfalleciente:

—¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí! ¡Vienen para salvar al mundo!

Un cura, con larga sotana negra, la cabeza desnuda y la cabellera gris en desorden, llevando en la mano un gran crucifijo, recorría sin miedo los grupos, y con voz enronquecida gritaba:

—¡Locos! ¡Llevados por vuestra arrogancia, habíais creído que era posible combatirlos con vuestras estúpidas invenciones humanas! ¡Os habéis atrevido, en vuestra ceguera, a levantar la mano contra los mensajeros de Dios, venidos a la Tierra para que se cumpla su santa voluntad!

De pronto se hicieron oír gritos aterradores:

—¡Sálvese quien pueda! ¡Los proyectiles vuelven a caer sobre nuestras cabezas!

En efecto: algunos de los cilindros cargados de gases asfixiantes, después de dar en el blanco y chocar con fuerza violenta contra uno cualquiera de los zootauros, rebotaban como proyectiles rechazados por una espesa coraza, y unos segundos después, caían con estrépito contra el suelo, envenenando la atmósfera hasta gran distancia.

Centenares de personas que se encontraban en la calle, sobre todo de las que carecían de máscaras para protegerse, agonizaban, retorciéndose desesperadamente sobre el piso de las calles y las aceras. Otras, se agarraban a los faroles, a los árboles, a las rejas de las casas, para mantenerse de pie y poder alcanzar un refugio. La pobre loca, que unos minutos antes andaba gritando que los zootauros venían a salvar al Mundo, yacía muerta en tierra con la cabeza aplastada contra un mojón de hierro. El anciano sacerdote, que apostrofaba a la multitud por su ceguera, agonizaba en el dintel de una puerta, apretando el crucifijo con su mano crispada.

No habían transcurrido todavía dos minutos desde que la primera descarga eléctrica fué lan zada contra los zootauros; pero en estos dos minutos, que fueron para las gentes largos como una vida entera, el resultado de la lucha se habia manifestado con una claridad que no dejaba lugar a dudas.

El general Beaulieu, que dirigía personalmente el ataque desde el fuerte de Vincennes, presenciaba los acontecimientos de pie, pálido, rigido, los dientes apretados por el despecho impotente, abatido y envejecido por aquellas horas terribles.

—¡Todo ha terminado!—exclamó con un gemido sordo al ver que uno de los cilindros con gases, lanzado desde el fuerte del Oeste, volvía a caer con estrépito junto al fuerte de Vincennes—. Somos impotentes. Son más fuertes ellos que nosotros, y se mofan del pretendido genio humano y de toda nuestra técnica y estrategia.

Se dejó caer sobre una silla, y, tomando la cabeza entre las manos, comenzó a balancearla con el movimiento característico del hombre que sufre un horrible dolor de muelas.

—¡Son más fuertes! ¡Son más fuertes!—repetía sin cesar. Van a exterminar la Humanidad. Van a exterminarla con todo lo que el hombre ha creado: la Cultura, la Ciencia, los grandes problemas...

De pronto prorrumpió en una gran carcajada.

—¡Ja, ja, ja!... Aristóteles, Newton, Shakespeare, Tolstoi... Siglos, millares de años de esfuerzos, de luchas, de sueños orgullosos, de audaces investigaciones... ¡Ja, ja, ja!...

Los que se encontraban junto a él comenzaron a inquietarse.

—Pero ¿qué le pasa? ¡Cálmese, mi general!

Con un gesto severo e imperioso, hizo que se alejaran, e, irguiéndose ante ellos tan alto como era, exclamó:

—¡Pero no lo permitiré! ¡Yo salvaré a la Humanidad! ¡Solo, declararé la guerra a esos monstruos, y veremos quién gana la partida! ¡Ja, ja! ¿Se imaginaban que podrían exterminarnos sin más ni más? Pues se han lucido. ¡Tendrán que entendérselas conmigo! ¡Dejadme hacer! La lección que voy a darles no la olvidarán en sus días. ¡Pero dejadme ya, os digo! ¿Por qué me sujetáis? ¿Es que por acaso estáis de su parte?

Y volviendo bruscamente hacia sus compañeros que le sujetaban con fuerza los brazos, los miró largo tiempo de hito en hito, uno a uno, con mirada escrutadora, y, desesperado, con voz llorosa, exclamó:

—Ahora ya lo veo. ¡Todo está claro! Sois unos traidores, unos vendidos, unos Judas. Por treinta dineros habéis hecho traición a vuestros semejantes, a la Humanidad entera. ¡Ah, miserables! ¡Dios mío! ¡Dios mío!...

Y, lleno de dolor y desesperación, se puso a sollozar, con lágrimas de impotencia y vergüenza para sus semejantes.

A duras penas se consiguió calmarle. Dos oficiales quedaron encargados de su custodia.

Mientras tanto, la lucha contra los zootauros, en vista de su ineficacia absoluta, fué suspendida en todos los fuertes.

Pocos minutos más tarde se distinguieron a gran altura unas lucecillas móviles, y casi al mis mo tiempo empezó a hacerse oir de lo alto un ruido de detonaciones.

—¡Es nuestra escuadra aérea!—exclamaron los miembros de la Comisión militar que escrutaban el cielo con sus catalejos.

—¡Qué locura! ¡Van a morir todos!

—¡Y todo será inútil!

Era, en efecto, la escuadra aérea de París. Pocos días antes de que llegara la noche fatal, una delegación de la escuadra se había presentado a la Comisión militar pidiendo la autorización de efectuar, por su cuenta y riesgo, un ataque contra los zootauros por medio de bombas lanzadas desde las aeronaves.

El general Beaulieu, en nombre de la Comisión, se esforzó para convencer a esos valientes de que su tentativa estaba de antemano condenada al fracaso.

—Arriesgaréis la vida todos sin resultado alguno—les dijo—. Uno de dos: o es posible derribar a los zootauros, y entonces triunfaremos sin necesidad de vuestra ayuda, o todos nuestros medios técnicos y estratégicos son ineficaces contra ellos, y entonces vuestras bombas serán también inútiles.

—Es posible—replicó la delegación—que un ataque contra los zootauros, dirigido desde lo alto, resulte más eficaz que un bombardeo de abajo arriba. ¡Hay que probarlo todo!

—¿Sabéis seguramente que los monstruos pueden causar la muerte a gran distancia?—preguntó el general.

—Sí, mi general.

—¿Y que con sus dardos diabólicos pueden car bonizar a distancia centenares de aparatos volantes?

—Sí, mi general.

—Y, a pesar de todo, ¿queréis medir vuestras fuerzas con las suyas?

—Si se nos permite, sí, mi general.

El general Beaulieu encogió los hombros.

—Como ustedes quieran, señores. La Comisión les dejará hacer.

Y al despedirlos les estrechó la mano como sólo se estrecha la de las personas destinadas a una muerte segura.

Llegada la noche fatal, unos cincuenta de esos hombres decididos, la mayor parte jóvenes, se lanzaron con sus aeroplanos en el espacio.

Sobre París se alumbraron docenas de fuegos fatuos, que desde lo bajo parecían estar a la misma altura que las estrellas.

Unas a otras iban sucediéndose las detonaciones de las bombas lanzadas contra los zootauros desde los aeroplanos, y cada estampido llegaba a la Tierra en múltiples ecos. Algunas de las bombas estallaban sobre el lomo mismo de los zootauros, y entonces aparecian los monstruos como empenachados con el fulgor de la explosión.

Pero los zootauros no parecían preocuparse de lo que ocurría, e, indiferentes, continuaban con lentitud volando sobre la ciudad. Hasta que, por fin, como cansados de tanto juego infantil, decidieron acabar con todo. Valiéndose de sus dardos luminosos, empezaron a escrutar el espacio en busca de los aeroplanos, frágiles juguetes con que los hombres se habian atrevido a lanzarse al ataque.

Un instante después, uno de los aeroplanos se había convertido en una antorcha llameante, y en seguida otro, un tercero y un cuarto. Una tras otra, esas antorchas gigantescas se precipitaban hacia el abismo en rápida caída. El firmamento entero parecia abrasarse en un resplandor siniestro, y en medio del mar de fuego, los zootauros continuaban impávidos, sin apenas moverse, como suspendidos en el aire.

Los bravos tripulantes de la escuadra aérea murieron todos de una muerte atroz.

Con tanta rapidez se habían sucedido los hechos, que las gentes apenas habían podido darse cuenta de lo que ocurría. Y mientras levantaban todavía los ojos horrorizados para ver caer las antorchas siniestras, los zootauros, en enormes masas grises, se precipitaron sobre la ciudad vencida, abatida, aplastada por la desesperación.

Este ataque fué más cruel que todos los anteriores. Con malvada celeridad, los monstruos se complacian en la destrucción de los más sólidos y elevados edificios. Los refugios que el hombre había creído más seguros caían en ruinas, y al desplomarse sembraban la muerte en derredor.

Al día siguiente, por la mañana, Paris, la ciudad majestuosa, la creación de tantas generaciones, aparecía desfigurada, afeada por montones de escombros, como si durante toda la noche hubiese estado sometida al más atroz bombardeo. El Louvre había sufrido graves desperfectos; la Torre Eiffel, completamente derrum bada, aparecia como una inmensa y monstruosa telaraña de hierro; el majestuoso Pantheon no era más que una ruina, y la magnifica Casa de la Villa, testigo de tantos acontecimientos gloriosos, de tantas conmociones y solemnidades, llevaba las marcas y mutilaciones de cien embates furiosos.

Paris moría, perdia sus últimas fuerzas. La sangre manaba por sus incontables heridas. Pero la ciudad gigante, en cuyas venas bullia la sangre de todos los pueblos del Mundo, febrilmente apegada a la vida, no quería capitular aún. Los que de la catástrofe habían escapado con vida vagaban entre el desorden de las ruinas en busca de los muertos, socorriendo a los heridos y dejando germinar en sus cerebros nuevos proyectos, nuevas esperanzas. Así, en las ruinas, entre piedra y piedra, por las estrechas rendijas cubiertas de musgo, crece poco a poco la hierba, dejándose acariciar por el aire tibio y el sol bienhechor.