La catástrofe · Unidad 16 de 47
Primera Parte · XV
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XV
Se había entrado ya en el mes de mayo.
La primavera estaba en todo su esplendor. Con un vivo impulso de creación, la Naturaleza vistió de verdura los árboles de los bulevares parisinos y de los grandes parques y jardines de la ciudad; alfombró la Tierra de ricos y variados colores, y ofrecía a los hombres el espectáculo de auroras triunfantes y ocasos maravillosos. El cielo, claro y azul, era más alto que en invierno, y, sin embargo, parecía más próximo y acariciante que el cielo invernal, bajo, triste, cubierto de nubes frías y grises.
El deseo de vivir se hizo más intenso, como si la primavera derramara en las venas sangre nueva, más cálida y turbulenta. La Humanidad entera cayó de nuevo en un perdido enamoramiento de la vida. Se sentía el anhelo irresistible de embriagarse con el aire primaveral, dulce como el néctar, de admirar sin descanso las maravillas de la Naturaleza, de absorber con los ojos, por los oídos, con los pulmones, la belleza de la vida renaciente.
Pero la muerte, y no la vida, acechaba a las gentes a cada paso. Su cosecha era copiosa. Cruel, implacable, sin piedad, se cernia sobre la bella ciudad de París, y las gentes creían percibir el frote siniestro de sus alas negras, ver la mirada mortífera de sus ojos y sentir el contacto de sus manos huesudas.
Ella, la Muerte, estaba en todas partes. Arriba, los zootauros, y en torno a la capital las hordas de fugitivos, cada día más amenazadoras, formaban como un cinturón de hierro, cada vez más estrecho. En calles y plazas resonaban los gritos de dolor y de desesperación. El miedo, las privaciones, la amenaza constante de la muerte, engendraba muchos casos de locura.
—¡Señor, Señor! ¿Cuándo podremos descender a la ciudad subterránea?—exclamaban unos y otros. Los trabajos empezaron ya hace tres semanas...
Tres semanas parecían a los desgraciados interminables como la eternidad. Los horrores de una hora, de un minuto, hubieran bastado para llenar años y años.
Pronto empezaron a circular rumores de que los trabajos subterráneos eran retrasados intencionadamente por los directores. Se insinuó que en el retraso estaban interesados algunos de ellos.
—¿Qué tiene de extraño?—decían los que lo saben todo—. Estos señores se han untado cuanto han podido y ahora necesitan tiempo para que el rastro del aceite desaparezca. Saben muy bien que tan pronto como terminen los trabajos habrán de rendir cuentas del dinero gastado, y no tienen prisa.
En vano las gentes más razonables afirmaban que todo ello no eran otra cosa que calumnias odiosas. En vano también que el Gobierno dirigiera continuos llamamientos a la población exhortándola a que esperara con calma el fin de los trabajos: la agitación popular era cada vez mayor. Las incitaciones de personajes de moralidad dudosa, la repugnante campaña de insinuaciones llevada a cabo por la Prensa del bulevar con las subvenciones de la Asociación de Amigos del Orden, no tardaron en dar sus frutos, y el pueblo comenzó a manifestar su descontento en alta voz y a acusar al Gobierno como culpable de cuanto sucedía. Ante los edificios públicos se formaban manifestaciones de gentes que reclamaban a gritos la aceleración de los trabajos y el castigo de los culpables del retraso.
—¡Hay que ir con cuidado!—decían a Stephen y a Harrison sus amigos—. No hay nada más salvaje e injusto que una multitud que sufre. Vuestra popularidad es enorme, y en una época como ésta la popularidad es una cosa incómoda.
Pero ni Stephen ni Harrison hacían caso alguno de esas advertencias. Resueltamente se negaban a aceptar los servicios de los guardias de corps voluntarios que se les ofrecían, y continuaban presentándose solos en todas partes donde se realizaban los trabajos.
Un día fueron ambos objeto de un atentado. El hecho se produjo en la plaza de la Magdalena y en pleno día. Al disponerse a bajar al subterráneo, un grupo compuesto de unos centenares de personas les cerró el paso.
—Buenos días, señor presidente. Buenos días, señor Harrison—dijo al saludar, con tono poco amable, un individuo alto y con facha de bandido, que parecia ser el cabecilla del grupo—. Tengan la bondad de aguardar un poco. Quisiéramos hablar con ustedes.
—Amigo mío, el momento no es el más a propósito—contestó Stephen—. Tenemos mucho que hacer. ¿De qué se trata?
—Se trata de que los trabajos subterráneos están dirigidos por una partida de ladrones. Sí, señor, de ladrones y de estafadores. Por esta razón van los trabajos a paso de tortuga. Conocemos el fruco.
Desconcertado, estupefacto, Stephen se pasó el pañuelo por la frente para secar el sudor que súbitamente le había invadido.
—Pero ¿qué dices, amigo?—exclamó.
—¡No lo digo yo solo!—replicó brutalmente su interlocutor—. Todo el mundo sabe que los trabajos están dirigidos por ladrones.
Y después de una corta pausa, destacando las palabras una a una, como si en ello encontrara gusto, dijo, fijando sus miradas, ora en Stephen, ora en Harrison:
—Ustedes mismos no habrán dejado pasar la ocasión de arrimar con lo que hayan podido...
Stephen miró al matón con los ojos abiertos de par en par, y como fuera a llevarse de nuevo el pañuelo a la frente, quedó con la mano en el aire como suspendida.
Al propio tiempo, Harrison, pálido de rabia, se lanzó contra el ofensor, sujetándolo por la garganta.
—¡Canalla!—exclamó— Voy a estrangularte como a una vibora.
Y después de zarandearlo repetidamente, lo derribó al suelo de un vigoroso empujón.
El grupo retrocedió unos pasos, y el matón, con el rostro contraído por la cólera, se reincorporó de un salto, y en sus manos brilló la hoja de un cuchillo. Pero sin darle tiempo de erguirse del todo, Harrison sacó del bolsillo su revólver. Sonó un disparo, y el cuerpo del matón se desplomó inanimado.
Otra vez retrocedió el grupo. Algunos se dieron a la fuga.
—¡Cuantos se nos atraviesen en el camino correrán la misma suerte!—dijo Harrison, metiéndose tranquilamente el revólver en el bolsillo―. Esos canallas sólo sirven para entorpecer el trabajo.
—Volved a vuestras ocupaciones, y no prestéis oídos a las calumnias—dijo a su vez Stephen, dirigiéndose a los que continuaban todavía allí—. Os cuentan las mayores estupideces, y vosotros les dais crédito. Yo, el viejo Stephen, os digo que todos estos rumores no son más que bajas y repugnantes calumnias. Los trabajos prosiguen con la mayor energía posible. Está ya abierta una de las calles subterráneas, y uno de estos dias empezará la construcción de casas. Una obra gigantesca como ésta no se activa en tres días. Esto deberíais comprenderlo vosotros mismos en lugar de insultar a hombres como mi amigo Harrison, que con el mayor desinterés trabaja día y noche por el bien común.
En el ánimo de la multitud se produjo un cambio brusco.
—¡No somos nosotros, señor presidente!—dijeron algunas voces confusas—. Se hace todo lo posible; ya lo vemos...
Y cuando unos minutos después Stephen y Harrison se encontraban sobre la plataforma para descender al subterráneo, empezaron las aclamaciones:
—¡Viva Stephen!
—¡Viva Harrison!
El incidente había terminado felizmente, pero la pesadez de la atmósfera continuaba.
Pronto empezó a correr el rumor de que en primer lugar serían instalados en la ciudad subterránea los miembros del Gobierno, los diputados, los altos empleados y las personas de posición bastante para satisfacer un alquiler elevado.
Y estos rumores provocaron una nueva nerviosidad entre el pueblo.
—¡No está mal la combinación que han encontrado estos señores! Resulta que habremos trabajado en provecho de los demás. Los señorones vivirán tranquilos en la ciudad subterránea, y nosotros seguiremos a la disposición de los zootauros.
Se afirmaba que los cuartos de la ciudad subterránea estaban de antemano repartidos, y algunos aseguraban haber visto las listas con sus propios ojos.
—Estos señores se esconderán bajo tierra y ya no habrá modo de alcanzarlos. Cerrarán por dentro las puertas de la ciudad subterránea, y lo que a nosotros nos ocurra les importará maldita la cosa.
—Pero nosotros somos más numerosos—decían otros y tomaremos la ciudad por asalto.
—¡En seguida! replicaban los alarmistas—. ¡Como si no lo tuvieran todo calculado! Colocarán a la entrada lanzagases y artillería gruesa, y nos bombardearán sin piedad. Unos morirán así, y los demás, devorados por los zootauros.
El estado de espíritu de la población se hacia amenazador y eran de temer graves complicaciones.
En una sesión extraordinaria del Consejo de ministros, que duró toda la noche, se insistió de nuevo en proclamar la dictadura de Stephen, a fin de que éste tuviera una cierta libertad de acción. Pero tampoco esta vez quiso aceptar el presidente.
Se llegó a una fórmula, que consistió en nombrar un Comité de Defensa, compuesto de Stephen, del ministro de la Guerra y del ministro del Interior. Quedaron como adjuntos al Comité, con carácter consultivo, Cresby Harrison y varios de los directores principales de los trabajos subterráneos.
El Comité de Defensa decretó inmediatamente la disolución provisional del Congreso de los Diputados. Fueron suprimidos varios periódicos por excitar a la población con falsas noticias. La mayor parte de estos periódicos estaban subvencionados por la Asociación de Amigos del Orden. Asimismo se decidió prohibir toda clase de manifestaciones al aire libre.
Stephen, que no aprobaba estas medidas, dió su consentimiento a pesar suyo.
—Es la dictadura, con tres dictadores en vez de uno. El mismo mal, multiplicado por tres.
—Nada de eso-replicaban sus colegas—. La situación es gravísima y reclama medidas enérgicas. Si nos mostramos débiles, tendremos pronto en París la guerra civil con todos sus horrores, y, como consecuencia, la paralización de los trabajos. Además, la cosa no tiene tanta importancia como parece. La misma izquierda se ha abstenido de protestar contra la disolución provisional del Parlamento. Unicamente la Asociación de Amigos del Orden promueve una agitación violenta contra esta medida; pero los miembros de esta Asociación, más que preocuparse de ellos, merecerían ser encarcelados juntos con los directores de los periódicos que subvencionan.
El mismo día lanzó el Comité de Defensa un llamamiento enérgico a la población. En el documento se desmentía el rumor de que los privilegiados de la fortuna se aprestaran a apoderarse de la ciudad subterránea.
"Se trata de una calumnia innoble, puesta en circulación por unos cuantos canallas y vendidos—decía el llamamiento—. La ciudad subterránea se construye con el dinero de todo el pueblo, y éste será su dueño. Los miembros del Gobierno y los altos funcionarios serán los últimos en bajar a ella. No se tolerarán favores ni privilegios. Paris será dividido en varios sectores, y se procederá a un sorteo para decidir el orden del descenso. El sorteo se verificará en el ministerio del Interior, con intervención de una Comisión elegida por todos los habitantes de la capital. Oportunamente se harán públicos la fecha y los detalles del sorteo.
"¡Ciudadanos!: ¡No prestéis atención a las calumnias! La situación actual reclama la máxima tensión de todas nuestras fuerzas, y este resultado sólo es posible conseguirlo con la unión estrecha de todos los ciudadanos. Es imposible trabajar en una atmósfera de sospechas y desconfianza continua. Tened confianza en nosotros. Ayudaduos hasta el límite de vuestro poder, y nosotros llevaremos a buen término la obra comenzada. No olvidéis que del éxito de esta obra depende la suerte de París, de Francia y quizás de la Humanidad entera."
El llamamiento produjo una impresión favorable. Varios individuos, que trataban de continuar la campaña de insidias contra el Gobierno, fueron maltratados por la multitud aquel mismo día. La política tuyo que intervenir para defender a los culpables y arrancarlos de manos del pueblo indignado.
A pesar de estar prohibidas las manifestaciones, los gritos resonaron constantemente en las calles de París:
—¡Viva Stephen!
—¡Viva el Comité de Defensa!
—¡Abajo la Asociación de Amigos del Orden!
—¡Mueran los calumniadores!