La catástrofe · Unidad 15 de 47

Primera Parte · XIV

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XIV

Los trabajos subterráneos proseguían con inusitada actividad. Un ejército obrero de unos 300.000 hombres, dividido en grupos y equipos, trabajaba incesantemente desde el alba a puesta de Sol en diversos lugares de París. La ciudad se había transformado en un inmenso campamento de trabajo.

Aquí y allá, al lado de las ruinas causadas por los zootauros, se veían enormes grúas eléctricas, máquinas excavadoras, todo el material imponente necesario para la apertura de las galerías. París se hacía cada vez más feo, más deforme, como si acabara de ser víctima de un formidable terremoto que hubiera conmovido la ciudad hasta sus entrañas. Herida, agobiada, casi agonizante, la ciudad se resistía, sin embargo, a morir. Como la bestia alcanzada por el cazador, buscaba en las entrañas de la Tierra una guarida donde esconderse.

Las máquinas excavadoras trabajaban sin tregua. Hurgaban y avanzaban paso a paso cual topos monstruosos, conquistando a duras penas cada pulgada de terreno, abriéndose el camino con sus potentes garras de acero. Millares y millares de vagonetas movidas eléctricamente subían a la superficie la tierra extraída, y por vías de ferrocarril especialmente construídas era transportada a las afueras de París. Poco a poco se elevaban en los alrededores de la capital colinas artificiales, que andando el tiempo se convertían en verdaderas montañas.

Junto a las puertas de entrada que daban acceso al subterráneo, el hormigueo humano durante el día era incesante. Por los boquetes abiertos el flujo y reflujo humano se entrechocaban en formidables remolinos. Los silbidos de las locomotoras y el chirriar de las máquinas y grúas eléctricas desgarraban el aire con un estrépito ensordecedor. Eran como gritos de guerra que la Humanidad lanzaba al cielo, manteniendo en alto la esperanza. Era la enorme, la majestuosa y orgullosa sinfonía del trabajo, el canto del género humano seguro de su victoria y despreciando a todas las fuerzas enemigas. Las voces humanas, al resonar a veces entre los rugidos de los monstruos mecánicos, se perdían en la universal algarabía, como un arroyo en el mar inmenso. Las gentes recobraban la fe en la virtud del trabajo y en la pujanza del genio humano, que una vez más iba a triunfar, como tantas otras antes, de los obstáculos que se atravesaban en su camino. La esperanza renacía en los corazones, y en los ojos brillaba una llama de confianza indestructible en el porvenir.

Mientras tanto, triste y silenciosa, la gente proseguía el trabajo. Laboraba como abatida por las bóvedas y los muros de tierra de que por todas partes estaba rodeada. Parecía como si detrás de los bloques imponentes se escondieran espectros hostiles y amenazadores. Un miedo extraño ahogaba en la garganta las palabras y las canciones. Nunca habían los hombres penetrado tan profundamente en las entrañas de la Tierra, y tenían la sensación de que esta procaz tentativa no había de quedar sin castigo. Al terminar la jornada los obreros y salir de nuevo a la superficie, un suspiro de satisfacción se escapaba de sus pechos, como si salidos de una tumba volvieran a encontrarse bajo la luz del Sol.

Cresby Harrison mandaba este enorme ejército del trabajo, y su infatigable energía le había conquistado entre la población unánimes y calurosas simpatías.

Se diría que era omnipresente. Iba de aquí para allá en su minúsculo aeroplano, casi a ras del suelo, dando órdenes, animando a los obreros, haciendo observaciones a sus colaboradores si no daban muestras de la energía necesaria. Vestido como un obrero, con blusa y botas altas de cazador, el rostro cubierto de polvo, aparecía ora en un punto, ora en otro de las obras subterráneas, y su presencia, infundía por doquier el optimismo y la confianza: los rostros se iluminaban, los abatidos recobraban la energía, el ritmo del trabajo se aceleraba. Stephen, considerablemente enflaquecido en el curso de los últimos meses, no cesaba de trabajar ni un instante. Ya no se le llamaba el Zootauro ; pero los obreros seguían queriéndole, y su presencia era siempre acogida con una sonrisa de satisfacción.

—¿Qué tal? ¿Cómo va eso?—le preguntaba a cualquier obrero mientras estrechaba su mano callosa y polvorienta.

—Gracias, señor presidente. Poco a poco se va adelantando. Si usted viniera a vernos más a menudo todavía se adelantaría más.

—Yo bien lo quisiera, amigos. Pero la cosa es imposible. Tengo mucho que hacer. Las reuniones, las Comisiones, me ocupan todo el día. Es preciso atender a todo. Hay que encontrar víveres y dinero. Cada uno ha de cuidarse de lo que le corresponde. Unos, bajo tierra, y otros, en la superficie.

El trabajo que tanto sobre Stephen como sobre los demás miembros del Gobierno pesaba era, en efecto, enorme. Las obras engullían, uno tras otro, los millones, como si éstos cayeran en un abismo sin fondo. Los ricos se servían de todas las estratagemas para no pagar los impuestos. Muchos fueron procesados y encarcelados, y algunos de ellos fueron maltratados por el pueblo al ser conducidos a la cárcel. Pero no por esto la situación mejoraba.

La Asociación de Amigos del Orden hacia de un modo encubierto una campaña violenta contra el Gobierno, y en particular contra Stephen. Contra Cresby Harrison iban también dirigidos una buena parte de los ataques. La Prensa venal, subvencionada por la Asociación, lanzaba cada día contra estos dos las mayores injurias, atribuyéndoles móviles puramente interesados, y dando a entender que de las sumas destinadas a las obras subterráneas una buena parte había ido a parar a sus bolsillos particulares.

El pueblo no daba crédito a esta campaña y la condenaba severamente: el prestigio de Stephen y de Harrison en los barrios populares era inmenso. Indignada ante la vileza de la campaña, la muchedumbre llegó al extremo de asaltar y destrozar la Redacción de uno de los periódicos, apaleando brutalmente al director.

Al contrario, los banqueros y rentistas daban oídos a todas las insinuaciones, y calificaban a los miembros del Gobierno y de la Comisión subterránea de revolucionarios peligrosos. Toda nueva medida del Gobierno era para ellos motivo y objeto de censura.

Estas tendencias eran enérgicamente apoyadas por el ala derecha del Parlamento. Los reaccionarios de todos los matices, entre los cuales se distinguían los Amigos del Orden, habían formado un bloque para luchar contra los "rojos"; es decir, contra Stephen, Harrison y sus amigos. Desde la tribuna del Parlamento pronunciaban discursos envenenados por el odio y encaminados a sembrar la duda sobre el éxito de la empresa comenzada.

Esto contrariaba, irritaba, impedía trabajar con la calma debida. En los círculos directores se hablaba de dictadura y se designaba como dictador al propio Stephen.

—Los momentos que atravesamos reclaman un poder fuerte—le decían sus amigos—. Hay que cerrar con doble llave el Parlamento, esta reunión de charlatanes insoportables. Hay que amordazar a la Prensa y perseguir implacablemente todo cuanto tienda a excitar al pueblo. Y esto tan sólo se consigue con un régimen de dictadura.

Pero Stephen se oponía a estos planes resueltamente.

—La dictadura no es indispensable—replicaba. Aparte de que ya vivimos bajo una dictadura: la de los zootauros. Que hablen los parlamentarios cuanto quieran. La cosa no me parece tan grave. Son los últimos ejercicios de oratoria que pueden hacer sobre la superficie terrestre.

Y cuando le enseñaban los sueltos calumniosos de los periódicos y las caricaturas que lo representaban con una bandera roja en la mano o encadenado a un carro con la inscripción "Capital americano", reía de buena gana y decía:

—Pues no está nada mal escrito. Este muchacho tiene estilo y temperamento.

O también:

—Es una excelente caricatura. El parecido sobre todo es extraordinario.

Mientras tanto, los zootauros continuaban sembrando la desolación y la muerte. Se diría que, habían husmeado los planes de los hombres para esquivar sus ataques y trataban de aprovechar el tiempo. Cada noche aparecían los monstruos alados detrás de las nubes, alumbrando la ruta con sus reflectores, y en masas enormes caían sobre París, extenuado. La ciudad, sin luces, con las ventanas cerradas y las celosías bajas, parecía retener el aliento.

—¡Señor! ¡Cuándo estará lista por fin la ciudad subterránea!—suspiraban las gentes, abatidas por el terror.

A pesar de que los diarios de Paris, a causa de la supresión casi absoluta del tráfico en los ferrocarriles, muy raramente llegaban a provincias, los rumores de que se estaba construyendo una ciudad subterránea llegaron pronto a los rincones más apartados de Francia, y de todas las partes afluían a la capital nuevas oleadas de fugitivos. La situación se hacía a cada momento más amenazadora. Parecía como si la Francia entera, con sus 50 millones de habitantes, fuese a instalarse en París. La población de la capital iba sin cesar en aumento. Los millares de muertos a consecuencia de los ataques eran reemplazados inmediatamente por decenas de millares de nuevos inmigrantes. La ciudad se hinchaba, se ahogaba, como se ahoga un organismo al cual la sangre afluye con excesiva abundancia. Los fugitivos, que no encontraban en la ciudad abrigo ni víveres, se instalaban en cualquier parte y vivían como hordas nómadas.

El Gobierno, asustado por este nuevo peligro, se esforzaba en vano para proteger París contra la invasión. Era en vano que se dictaban órdenes severas a las autoridades provinciales a fin de que impidieran a toda costa la emigración hacia París. Las medidas más enérgicas no servían de nada. Cerca de Orleáns, la muchedumbre de los fugitivos que se dirigían hacia Paris, al encontrar la ruta cerrada por las tropas, entabló con éstas una batalla furiosa, de la que resultaron numerosos muertos y heridos por ambas partes. En Limoges, la multitud, excitada al ver que se le quería cerrar el paso hacia París, asesinó bárbaramente al prefecto y a va rios oficiales de Policía. En El Havre, los amotinados prendieron fuego a la Prefectura, la Casa de la Villa y algunos otros edificios públicos.

—¡La gente de Paris siempre tan lista!—decían los de provincias—. Para ellos construyen ciudades subterráneas, y a nosotros nos dejan los zootauros.

Excitados y con la decisión de los que nada tienen que perder, se dirigían los provincianos en filas interminables hacia París, imán hacia el cual se sentía atraído en aquellos días el mundo entero. Pero llena de angustia ante su propia fuerza de atracción, la capital hacía esfuerzos para rechazar a los cuerpos extraños que trataban de adherirse a ella. Todas las puertas de la ciudad estaban cerradas por destacamentos a pie y a caballo. A cada momento tenían lugar sangrientas colisiones, donde encontraban la muerte muchos de los inmigrantes; pero millares de ellos conseguían de todos modos abrirse paso e invadían la capital como los bárbaros de la Edad Media. Los que no conseguían forzar las defensas acampaban en la capital a la manera de los gitanos, expuestos a la lluvia y a la intemperie, muriendo en masa de inanición y de toda suerte de enfermedades. Espoleados por el hambre, se dedicaban al robo y al pillaje en las pequeñas localidades de los alrededores, y cuando no quedaba nada por robar se dedicaban a la caza de los ratones de campo; comian hierba, raíces y las cortezas de los árboles.

Poco a poco, París se fué pareciendo a una isla atacada de todas partes por las olas turbu lentas del mar de fugitivos. Con el corazón acongojado, los parisinos lanzaban miradas de miedo hacia los alrededores, donde les parecía oír el hondo respirar de la bestia multicéfala.

Era una bestia temible, pronta en todo momento a lanzarse sobre la capital y aplastarla con su masa. Francia estaba en lucha contra París, y era ella la más fuerte. París lo sentía, y la inquietud de la ciudad crecía por momentos.