La catástrofe · Unidad 19 de 47

Primera Parte · XVIII

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XVIII

El 18 de mayo la epidemia tomó proporciones alarmantes. Se presentaba en forma de una enfermedad hasta entonces desconocida, y que los médicos no acertaban a definir. Los atacados eran presa de náuseas y vértigos con tal fuerza, que en pocos instantes quedaban en estado de completo agotamiento. Los ojos se inyectaban de sangre, y parecían querer saltar de las órbitas; el rostro y el cuerpo entero se cubría de manchas de un color pardo. Las víctimas de esta enfermedad se retorcían en atroces sufrimientos: tenían la sensación de que les quemaban los intestinos con un hierro candente y no tardaban en morir.

El contagio se extendía con rapidez asombrosa. Morían de la epidemia familias enteras, y a veces entre todos los inquilinos de una casa no quedaba uno solo que no estuviese atacado por la enfermedad. Muy a menudo los enfermos quedaban sin asistencia.

Raros eran los enfermos que tenían la suerte de conservar la vida: la infección implacable sólo aflojaba las garras cuando las victimas atenazadas rendían el último suspiro.

Los estragos eran, sobre todo, grandes en los barrios pobres, y de un modo especial entre los refugiados de provincias, que vivían en barracones, cobertizos y muchas veces entre las ruinas de las casas derrumbadas.

Sin cesar iban surgiendo nuevos cementerios improvisados. Las fosas comunes formaban en torno a la capital un cerco cada día más estrecho. Alrededor de la ciudad de los vivos se formaba con el enorme desgaste de ésta la ciudad de los muertos. En la enorme Necrópolis, que se prolongaba durante kilómetros y kilómetros, millares de parisinos encontraban un abrigo seguro y el olvido de todas las pesadumbres.

La epidemia contribuía a retrasar los trabajos de extracción y limpieza de las galerías, porque eran muchos los obreros que caían victimas de ella. El 19 de mayo, después de cubrir los cadáveres todavía abandonados con una capa de substancias desinfectantes, las puertas de la ciudad subterránea fueron cerradas, en espera del momento en que fuera posible reanudar los trabajos.

Los muertos fueron encerrados en su enorme sepulcro, a fin de proteger a los vivos.

El 20 de mayo se desencadenó una tempestad primaveral de fuerza extraordinaria. En el cielo de París se entrecruzaban incesantes las descargas eléctricas. Era como si ejércitos de guerreros de fuego atravesaran el firmamento en carros inflamados, atacándose unos a otros con flechas ígneas. Esta lucha titánica hacía temblar la Tie rra y desgarraba el cielo hasta sus profundidades más misteriosas. Las flechas de fuego, al chocar contra las corazas de los ígneos guerreros, producían el estrépito de descargas de artillería.

Después empezó a caer la lluvia. Una lluvia incesante, abundante, obstinada. Se diría que el cielo lloraba las desgracias de la Tierra, y la Tierra sintió el consuelo de las lágrimas celestes: el aire se purificó, y, por primera vez después de tantos días, podían las gentes respirar con toda la fuerza de sus pulmones. Y el hecho de poder ahora respirar fácilmente, libremente, les parecía una felicidad tan grande, que bebían el aire con la avidez del hombre que por primera vez experimenta un placer desconocido.

La lluvia cayó, casi sin intervalo, durante cuatro horas seguidas. El cielo parecia decidido a limpiar la Tierra de una vez. Después, al cabo de algunas horas, estalló otra tempestad impetuosa, turbulenta, como dominada por el frenesí del triunfo.

—¿Es que esta noche van a venir también los zootauros?—se preguntaban los parisinos, escrutando con mirada inquieta el cielo, oscuro y cubierto de nubes.

Detrás de esas nubes se presentían, escondidos, los monstruos, esperando el momento propicio de arrojarse sobre París. A veces, una de las nubes, modelada por el viento, adquiría la forma de un zootauro, y su imagen estremecía los corazones de los que en aquel momento tenían la vista fija en el cielo.

—¡Un zootauro!—exclamaban con espanto los más asustadizos.

—¡Una nube! ¡Nada más que una nube!—replicaban los más serenos.

—¡Que no! ¡Que es un zootauro! ¿No lo veis cómo se mueve?

No tardaron mucho los verdaderos zootauros en hacer su aparición. Escondidos entre las nubes, no era posible todavía distinguirlos; pero la luz de sus potentes reflectores atravesaba el denso cielo nublado. Columnas oscilantes de deslumbradora luz recorrían la ciudad, deteniéndose en los tejados de las casas o en las torres de las iglesias, en busca de un punto de apoyo. Los rayos que resgaban el firmamento alcanzaban de vez en cuando a los monstruos, pero se extinguia inmediatamente después de haberlos tocado.

La luz deslumbradora cegaba los ojos. La claridad era mayor que en pleno día, y no había un solo rincón de la ciudad donde no llegara aquel resplandor siniestro.

Unos minutos más tarde, los zootauros , como después de haber mandado a las gentes un anuncio de su llegada, se lanzaron sobre París entre el estruendo de los truenos y el relampagueo incesante de las centellas.