La catástrofe · Unidad 20 de 47
Primera Parte · XIX
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XIX
En conseguir retirar los cadáveres de las galerías se tardó todavía una semana. Después se dedicaron dos días enteros a trabajos de ventilación. Para intensificar la circulación del aire en la ciudad subterránea, se abrieron numerosos nuevos boquetes y se instalaron enormes ventiladores eléctricos, de tal fuerza, que los obreros que junto a ellos trabajaban apenas podían mantenerse de pie.
Según datos aproximados, el número de víctimas causadas en el curso de los últimos días por los ataques de los zootauros, la catástrofe en las galerías de descenso y las epidemias, llegaba a 300.000. Un enorme trozo de carne viva había sido arrancado a la capital, y parecía imposible que ésta pudiera llegar jamás a cicatrizar la horrible herida.
Pero la vida acaba por triunfar siempre. Los muertos fueron enterrados, y dormían en paz en el vasto cementerio que se extendía en torno a París. La espesa capa de tierra que separaba a los muertos de los vivos se cubría poco a poco de una hierba fina, que era como un símbolo del triunfo de la vida sobre la muerte. París se restablecía poco a poco de sus heridas, olvidaba los muertos, y, con animal egoísmo, pensaba tan sólo en escapar de cualquier modo al peligro formidable que le amenazaba.
Los trabajos subterráneos recomenzaron con nueva energía, y avanzaban rápidamente. Millares de hombres hurgaban en las entrañas de la Tierra, oscuras y misteriosas, y trataban de vencer la resistencia hostil de su virginidad. El rechinar de las perforadoras y otras máquinas resonaba lúgubremente entre los muros milenarios: el hombre, expulsado de su morada, llamaba a las puertas del mundo subterráneo con la infatigable obstinación del viajero que no tiene otro refugio.
Extenuados por los horrores de los últimos días, los parisinos veían el único camino de salvación en la ciudad subterránea, y se entregaban al trabajo con energía indomable. Tres equipos de obreros aseguraban el trabajo sin interrupción día y noche.
Mucho tiempo vaciló el Comité de Defensa antes de decretar el trabajo nocturno: se temía que, en caso de no estar cerradas las puertas de acceso, la multitud tratara de precipitarse de nuevo por ellas, como la última vez, en caso de un nuevo ataque de los zootauros, repitiéndose la catástrofe del 16 de mayo.
Stephen no compartía esos temores.
—La lección que los parisinos recibieron fué demasiado dura—decía—. En adelante serán más prudentes.
—La multitud es siempre la misma—le replicaban sus colegas más pesimistas—. Cuando está presa del pánico, sus centros de coordinación no funcionan.
Sin embargo, se decidió intentar la experiencia. Para mayor seguridad, fueron instaladas junto a las puertas de acceso bombas de agua, para utilizarlas contra la muchedumbre si intentaba penetrar en las galerías.
El Comité de Defensa dirigió a la población un llamamiento.
"¡Ciudadanos!—decía—. París acaba de pagar cara la imprudencia cometida. Estamos convencidos de que la lección no resultará perdida. Sólo la calma y la serenidad pueden salvarnos. Los equipos nocturnos contribuyen eficazmente a acelerar los trabajos; pero si la población, para salvarse de los ataques de los zootauros, se precipita de noche en las puertas de descenso abiertas, ocurrirá una nueva catástrofe, y la construcción de la ciudad subterránea se verá de nuevo retrasada.
"¡Ciudadanos! De vosotros depende la salvación de París. Que cada uno de vosotros ejerza una influencia moderadora sobre aquellos de vuestros conciudadanos más impacientes. No prestéis oídos a los calumniadores que afirman que las galerías subterráneas sirven durante la noche de abrigo a los privilegiados. Todos los ciudadanos son iguales. Salvo los obreros y los directores de las obras, nadie podrá bajar a las galerías, por elevada que sea su posición. El Gobierno, los altos funcionarios y sus familias per manecerán en la superficie y compartirán los riesgos y peligros del resto de la población.
Stephen tuvo razón. Al día siguiente, a pesar de un ataque violentísimo de los zootauros, nadie trató de buscar refugio en la ciudad subterránea. La población de París dió prueba esta vez de mayor prudencia.
Inmediatamente después de publicado este llamamiento, fueron numerosos los parisinos que, sin estar todavía movilizados, acudieron a inscribirse en las listas de obreros. Por este procedimiento esperaban figurar, algunas noches cuando menos, en los equipos nocturnos, y estar así al abrigo de los zootauros.
Entre los solicitantes se veían ancianos, muchachos jóvenes, casi niños aún; mujeres. A pesar de estar prohibidas las manifestaciones públicas, la Unión de Mujeres Francesas organizó un cortejo imponente. En apretadas filas se dirigieron las mujeres al ministerio del Interior, donde estaba instalado entonces el Comité de Defensa. En las banderas que figuraban en la manifestación habían inscripto sus reivindicaciones: "¡Queremos participar en la obra de salvación general! ¡Viva la movilización del trabajo femenino!"
El Comité de Defensa recibió una delegación de manifestantes. Su presidenta, la célebre agitadora feminista Margarita Ducrot, pronunció un discurso sobre el egoísmo de los hombres, que dejan siempre relegadas en segundo término a las mujeres, afirmando con elocuencia los derechos sagrados de estas últimas.
—No se trata ahora de derechos, señora—le replicó el presidente Stephen—, sino de deberes, y de muy tristes deberes. Por lo que a los derechos se refiere, las mujeres no pueden quejarse: tienen los mismos que los hombres, y además se otorgan a sí mismas derechos suplementarios de que los hombres no gozamos.
—¿Qué derechos son éstos?—preguntó con viveza la señora Ducrot, pronta a entablar la batalla.
—El derecho de no respetar las leyes.
—¿Y por qué, señor presidente?
—Porque han infringido ustedes el decreto que prohibe la celebración de manifestaciones al aire libre. Pueden ustedes creer, señoras, que los hombres que tal hubieran hecho serían severamente castigados. En estos dias terribles es indispensable una disciplina de hierro. Pero las mujeres especulan sobre nuestro espíritu de caballerosidad.
—¡Señor presidente!—interrumpió la señora Ducrot.—¡Esto es una ofensa!
—No hablemos más de ello. Pero repito, señora, que, más que de derechos, se trata del penoso deber que hasta ahora el Gobierno no ha querido imponer a las mujeres. El trabajo bajo tierra exige un durísimo esfuerzo. Pero si ustedes insisten... El Comité deliberará, y es posible que acceda a lo que piden.
—No se trata de un deseo, sino de una reivindicación—replicó la presidenta de la Unión de Mujeres Francesas, lanzando al presidente Stephen una mirada de reto.
Con curiosidad examinó Stephen a esa mujer, pequeña, enjuta, casi vieja, en cuyo pecho latía el corazón de una luchadora infatigable, y sonrió con la sonrisa de una persona mayor al escuchar las amenazas de un niño.
—Digamos una reclamación—asintió el presidente. Solamente me permitiré hacer observar que esta reclamación hubieran podido formularia hace algunas semanas, cuando los trabajos subterráneos iban a comenzar.
—¿Qué quiere decir con esto el señor presidente?
—Nada. Que cuando la necesidad de mano de obra era perentoria, ustedes no se dieron por aludidas, y ahora..., ahora hasta los viejos quieren inscribirse en las listas...
La señora Ducrot se irguió cuanto le permitía su pequeña estatura, mientras sus ojos llameaban de cólera. Stephen se sintió súbitamente presa de una gran piedad hacia esa pequeña mujercita, fanática de su causa, y se apresuró a calmarla.
—Perdone mi brusquedad—le dijo. Todos tenemos los nervios enfermos. Los días que vivimos son demasiado graves... Váyanse tranquilas y convencidas de que procuraré que las mujeres sean admitidas a trabajar.
El presidente cumplió su promesa. Al día siguiente quedaron inscriptas en las listas miles y miles de mujeres.