La catástrofe · Unidad 29 de 47
Segunda Parte · VIII
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
VIII
—Pero, ¿y en Inglaterra? ¿Qué sucede en Inglaterra? se preguntaban franceses, alemanes, italianos y españoles.
Hacía tiempo, en efecto, que no se había recibido noticia alguna de los ingleses, como si la Gran Bretaña entera hubiese sido tragada por el mar. En la costa norte de Francia los trabajos fueron suspendidos a un kilómetro de distancia del mar, poco más o menos. Se temía que el agua entrara en el túnel abierto, causando estragos incalculables. De este modo, Inglaterra había quedado aislada del Continente.
El Consejo Federal de los Estados Unidos de Europa, reunido en París, bajo la presidencia de Stephen, hacia la mitad del mes de noviembre, con asistencia de representantes de casi todos los Estados europeos, se ocupó detenidamente del caso de Inglaterra.
—Será necesario organizar una expedición para ir a descubrirla, como un tiempo se hizo con América y el polo Norte—decían algunos delegados.
La empresa no tenía nada de fácil. Es cierto que no faltaban voluntarios para tomar parte en ella. Al contrario, se presentaron muchos más de los necesarios, y fué preciso rechazar un gran número de ofertas. La dificultad estribaba en la manera de alcanzar la costa de Inglaterra.
En El Havre, Brest, Calais y Boulogne había numerosos submarinos, entre ellos algunos acorazados de gran porte. Podían ser utilizados para atravesar el canal casi sin riesgo alguno; pero para llegar junto a ellos era preciso salir a la superficie e ir hasta la costa.
El sitio escogido como punto de salida para la expedición fué Boulogne.
Harrison se ofreció para dirigirla.
Dos días más tarde, acompañado de quince voluntarios, salió de Boulogne subterránea a la superficie.
Lo que fué Boulogne ofrecía ahora a los expedicionarios un cuadro desolador. Ni se veían por doquier más que ruinas, cubiertas de hierbas salvajes en muchas partes. En otras partes, sin embargo, los escombros humeaban todavía, signo evidente de que los estragos eran de fecha muy reciente.
Con un movimiento espontáneo, Harrison y sus compañeros se descubrieron, como ante la tumba de un muerto querido, y permanecieron durante un minuto ensimismados en hondas reflexiones. Después emprendieron el camino entre un silencio impresionante.
En una de las plazas descubieron a un hombre que se escondía entre las ruinas. Era un viejo con una larga barba blanca y vestido de ha rapos miserables. Al ver que un grupo de gentes se le acercaba se dió a la fuga precipitadamente.
—¡Alto!—gritó Harrison—. No se marche, abuelo, que no vamos a hacerle daño alguno.
Pero el fugitivo continuó su carrera y no tardó en desaparecer.
—Debe ser uno de esos maniáticos que prefirieron quedarse en lo alto—dijo uno de los miembros de la expedición, antiguo marinero de la escuadra de Boulogne—. Por aquí hubo como una docena que no quisieron bajar de ningún modo. La mayor parte deben haber muerto ya.
Media hora más tarde la expedición llegaba al puerto.
Estaba destruído casi por completo: muelles, depósitos, faros y estaciones de señales. La mayor parte de los buques y barcas fueron desamarrados y se hundieron en alta mar. Otros quedaron destrozados al chocar contra los muelles y las rocas, y sus despojos flotaban cerca de la costa, entre las algas y las medusas. Tan sólo algunos buques continuaban amarrados por cadenas enmohecidas, pero sus máquinas se habian llenado de agua y no podía pensarse en utilizarlos.
Por fin, después de largas exploraciones, la expedición consiguió descubrir un submarino, relativamente indemne.
—¿Cuánto tiempo hará falta para su reparación?—preguntó Harrison al mecánico principal.
—Por lo menos hasta la noche—respondió éste—. El manómetro y el periscopio están to talmente destrozados, y algunos acumuladores y cisternas exigen también reparaciones de importancia.
—¿De modo que tendremos que pasar la noche en Boulogne, expuestos a los ataques de los zootauros?
—O emprender el viaje submarino esta misma noche.
—El riesgo sería el mismo. La fuerza visual de los zootauros es diabólica, y pueden alcanzarnos bajo el agua con la misma facilidad que en la superficie—dijo Harrison.
—Pero también pueden descubrirnos bajo el agua durante el día-repuso el mecánico.
—Sí. Pero de todos modos la travesía nocturna es más peligrosa—dijo, interviniendo en la conversación, el marino de la escuadra de Boulogne—. Casi todos nuestros submarinos se perdieron de noche, y, en cambio, los que hacían la travesía de día salían las más de las veces indemnes.
Después de una corta deliberación se decidió pasar la noche en Boulogne y partir al día siguiente en submarino hacia Southampton.
Durante el día los miembros de la expedición, incluso Harrison, se ocuparon de reparar el submarino. Por la noche estaba todo listo.
Llegó la hora de buscar un refugio donde pasar la noche.
Se decidió que la expedición se dividiera en pequeños grupos de dos o tres hombres cada uno.
De este modo—hizo observar Harrison—, si los zootauros vienen a Boulogne esta noche, es más fácil que, por lo menos, algunos de nosotros salven la vida.
Tan pronto como el Sol desapareció, hundido en el mar, los grupos se separaron, marchando cada cual a escoger un sitio conveniente. El mecánico principal y sus dos ayudantes prefirieron pasar la noche a bordo del submarino.
—¡Tengan cuidado!—les dijo Harrison bromeando—. Y si los zootauros se presentan, échenlos sin contemplaciones.
—¡No tenga cuidado!—replicó el mecánico con el mismo tono—. Llevo un buen revólver, y el que se presente lo pasará mal.
Después de haber dado una vuelta por la ciudad, o, mejor dicho, entre las ruinas de la ciudad, Harrison, acompañado de un marinero y de otro vecino de Bolonia que había sido empleado del puerto, escogieron como guarida donde pasar la noche, una casa medio desmoronada en el extremo este de la ciudad. Los dos últimos pisos de la casa habían quedado por completo destruídos, pero el primero era todavía habitable.
—Sería tonto que los zootauros volvieran por aquí dijo Harrison—. Ya no les queda casi nada por destruir.
Con salchichón y queso, rociados de buen vino de Burdeos, se improvisó una buena comida. Después de un rato de charla, los tres expedicionarios se dispusieron a acostarse. Sus dos compañeros ofrecieron la única cama que había en la casa a Harrison, pero éste se negó a aceptarla, y se tendió en el suelo al lado de ellos.
Estaban todos hasta tal punto rendidos por la fatiga, que no tardaron en dormirse con el sueño tranquilo de hombres robustos después de una ruda jornada de trabajo.
Pronto fueron despertados por un terrible estrépito. Hubiérase dicho que el techo se desplomaba sobre sus cabezas.
De un salto se pusieron todos de pie.
—¡Los zootauros!—exclamó Harrison.
La Luna llena miraba por las ventanas, y la claridad era casi diurna. Harrison miró su reloj: eran las once menos diez minutos. Se acercó a la ventana y echó una ojeada en derredor.
Como a unos dos kilómetros de altura, un zootauro se movía lentamente. A veces el cuerpo del monstruo eclipsaba la Luna, y ésta quedaba escondida como detrás de una inmensa nube. El zootauro se cernía sobre el centro de la ciudad, muy hacia la izquierda de la casa ocupada por Harrison y sus compañeros. De pronto viró y se dirigió bruscamente hacia el Norte, del lado del puerto, y, después de describir varios círculos concéntricos, cada vez más reducidos, se dejó caer como una masa inerte.
Al mismo tiempo un ruido ensordecedor, semejante al disparo de un cañón gigantesco, pasó como un trueno por encima de la ciudad. Las ventanas temblaron y la casa entera sintió como un escalofrio de espanto.
—¡Se ha dejado caer sobre el mar!—dijo Harrison. Mucho me temo que de nuestro submarino no quede gran cosa y que a nuestros compañeros les haya costado la vida.
Sus dos compañeros, pálidos como muertos, guardaban silencio. El antiguo empleado del puerto tiritaba como de frío.
Harrison descorchó una botella de vino y llenó un vaso.
—¡Beba y cálmese!—le dijo, dándole el vaso lleno.
La noche transcurrió en una angustia incesante. Nadie podía dormir. Todos esperaban el alba con impaciencia.
Por fin comenzó el cielo a esclarecerse. Una niebla blanca apareció sobre el agua del mar. El aire se hizo más frío. La noche parecía querer aprovechar intensamente sus últimos instantes. Pero el Sol estaba cada vez más cerca, y ante su rival victorioso la noche palidecía de miedo y de despecho. Pronto apareció el horizonte cubierto de púrpura como pintado con un pincel invisible. De la superficie del mar empezaron a brotar destellos, y a los pocos minutos surgía el disco enorme, rojo y frío, del Sol naciente.
—¡Ya era hora! ¡En marcha!—ordenó Harrison.
A los diez minutos estaban ya los tres en el puerto, buscando ávidamente al submarino.
—¡Aquí está!—exclamó de pronto el marinero. ¡Sano y salvo!
En efecto, el submarino se balanceaba indemne. No tardaron en aparecer sobre cubierta el mecánico y sus dos ayudantes. Pálidos y nerviosos, con una sonrisa forzada en los labios, saludaron a sus compañeros.
Los demás miembros de la expedición fueron llegando también. Cada recién venido daba lu gar a un cambio de impresiones sobre lo ocurrido durante aquella noche de angustia.
—Estábamos casi seguros de que habiais perecido juntos con el submarino—dijo Harrison.
—Esta vez, gracias a Dios, todavía no—. Pero hemos pasado ratos terribles.
Y explicó cómo, al precipitarse en el mar el zootauro, a unos dos kilómetros del lugar donde estaba anclado el submarino, las aguas se agitaron como azotadas por un furioso vendaval. La conmoción fué violentísima, y los tres tuvieron que aferrarse desesperadamente a la borda, a fin de no ser barridos por las olas. Al volver ellos en sí, el mar continuaba todavía encrespado, y su superficie aparecía cubierta de despojos: eran los restos de los buques que, rotas las amarras, fueron tragados por el torbellino y devueltos deshechos a la superficie.
—Durante toda la noche—dijo al terminar su narración—hemos estado con el corazón en un puño, temiendo que el zootauro reapareciera. Pero afortunadamente no ha sido así.
—Quizás esté bajo el agua acechando nuestro paso—dijo uno de los mecánicos, cuyo rostro no había perdido todavía la palidez.
Los demás cambiaron una mirada inquieta. Todos tenían el mismo temor, pero no se atrevían a decirlo.
—¡Ni pensarlo!—declaró Harrison con tono resuelto—. A estas horas estará paseando por el Atlántico o el Pacífico.
Se decidió zarpar sin perder un minuto.
Todos pusieron manos a la obra, y al poco rato el submarino se sumergía.