La catástrofe · Unidad 28 de 47

Segunda Parte · VII

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

VII

Desde la primera aparición de los zootauros, o poco menos, los Estados Unidos de Europa no eran otra cosa que un sonido vacío, una fórmula desprovista de contenido preciso. Los zootauros desmembraron a Europa, reduciendo a la nada la unión que tantos esfuerzos había costado realizar. Las comunicaciones regulares se hicieron imposibles. Cada país quedó abandonado a su propio destino, obligado a luchar por su cuenta y riesgo.

París se esforzaba en estar al corriente de lo que pasaba en otros países; pero los radiogramas que dirigía a Londres, Berlín, Roma, Madrid, Petersburgo, Estocolmo, etc., quedaban la mayor parte sin respuesta.

No quedaba otro recurso que tener paciencia hasta que los trabajos subterráneos hicieran posibles las comunicaciones con el resto de Europa.

Hacia mediados de octubre se recibió en Paris una noticia importante. En la frontera oriental de Francia, cerca de Offenburgo, se había abierto una galería hasta el límite del territorio ale mán. Inmediatamente, Stephen, acompañado de varios ministros, remontó el vuelo, y en un aerobús de lujo especialmente preparado al efecto salió para Estrasburgo a saludar en persona a los alemanes.

Los emisarios fueron acogidos con entusiasmo. La ciudad, a la cual habían llegado numerosos alemanes, estaba decorada con arcos de flores y banderas de ambos países. Allí se supo que los trabajos de la Alemania subterránea estaban adelantadísimos, llegando, por el Este, hasta Polonia, y por el Norte, hasta Dinamarca y el mar del Norte.

Algunos días más tarde se recibieron noticias igualmente satisfactorias de Italia, y después, de Suiza, Bélgica y España.

En Francia, y especialmente en París, el entusiasmo fué desbordante. La noticia de que en otros países las gentes habían buscado también refugio bajo tierra era recibida con júbilo, tanto más cuanto que desde hacía algún tiempo circulaba con persistencia un rumor, cuyos efectos eran en alto grado desmoralizadores: se decía que en el Extranjero se había renunciado a la construcción de ciudades subterráneas y se había recurrido a otros medios en la lucha contra los zootauros. Esto inspiraba negros presentimien tos. Por todas partes se oían quejas:

—Ha sido un error ir con tanta prisa. Es posible que el Mundo entero se quede fuera y que los únicos que nos hayamos enterrado seamos nosotros.

Pero al ver que estos temores eran infunda dos, millones de franceses lanzaron un suspiro de satisfacción.

—¡Nos hemos enterrado juntos todos, y todos volveremos a resucitar al mismo tiempo!—exclamaban con júbilo.

Y de nuevo los giroscopos, los vaporcillos y autobuses se vieron asaltados por una multitud ávida de las aventuras del viaje. Todo el mundo ardia de impaciencia por hacer un viaje subterráneo al Extranjero y ver cómo se habían instalado los alemanes, los italianos, los españoles, los suizos.

Los franceses del Mediodía se dirigían de preferencia a Suiza, Italia y España.

La Suiza subterránea producía una impresión de desencanto. Privada de sus altas montañas, coronadas de penachos de nieve refulgente, sin sus lagos azules, majestuosamente encalmados, era imposible reconocerla. Las gentes vivían en ella tristes y cabizbajos, como acongojados por la pérdida de algo que no podian volver a encontrar. Con paso lento y arrastrando sobre el fino asfalto sus pesadas botas de montaña, que continuaban llevando por la fuerza de la costumbre, iban las gentes de aquí para allá, apoyados sobre altos bastones y encorvados como si ascendieran las cuestas de una montaña. Los pintorescos chalets , las cabañas de pastor con grandes piedras en la techumbre, habían desaparecido, y en su lugar se alineaban, grises y regulares, hileras infinitas de casas, que parecían impregnadas también de tristeza, de pesadumbre, de nostalgia de las bellezas perdidas.

Las esquilas del ganado resonaban con una melancolía infinita. El mugir de las vacas, el balar de las cabras y de las ovejas, llenaba el aire, y los animales levantaban sin cesar la cabeza hacia un cielo que no existía en busca de los viejos horizontes familiares desaparecidos. Enflaquecidos, con los huesos marcados en la piel, los ganados comían de mala gana la hierba cultivada en los prados subterráneos. Las vacas se frotaban el hocico unas con otras como preguntándose qué se hicieron los viejos y tiernos pastos. Sus miradas eran como preguntas silenciosas dirigidas a las gentes, y a veces se hubiera dicho que en sus ojos asomaban las lágrimas.

Los magníficos hoteles de Interlaken, Montreux, San Maritz, Zermatt y Lucerna, que radiantes a la luz del día parecían como atravesados por los rayos solares, yacían ahora en las alturas reducidos a un montón de escombros. Los hoteles construídos bajo tierra producían, a pesar de su instalación a todo lujo, una penosa impresión. Les faltaba, como a los hombres y a los animales, las blancas cimas de las montañas, los vastos horizontes, el juego de los rayos de sol en las nieves eternas. Desiertos, tristes, como aburridos de su inutilidad, permanecían esperando a los huéspedes. Pero éstos eran cada día más raros. Durante los primeros tiempos, inmediatamente después de haberse restablecido las comunicaciones entre los diversos países de Europa, los extranjeros afluyeron en masa hacia Suiza. Pero pronto esta afluencia cesó, y los que habían llegado a Suiza para pasar allí meses o semanas se marchaban en seguida, empujados por un aburrimiento irresistible.

Los viajeros se hacían cada día más raros, y pronto cesaron casi en absoluto. Los suizos se quedaron solos con su nostalgia del Sol, de los picachos cubiertos de nieve deslumbradora que se confunden con las nubes, de los majestuosos lagos azules poblados de bandadas de gaviotas.

La Italia subterránea tenía asimismo un aspecto triste. Sin sus monumentos del Arte, que parecían envueltos en poéticas leyendas de lejanos tiempos, había perdido lo que constituia la esencia de su espiritu y la razón de ser de su existencia. Roma, sin la basilica de San Pedro, sin el Coliseo, sin los pórticos y majestuosas columnatas, sobre los cuales parecían grabados los capitulos de una historia milenaria, tenía el aire de una ciudad desnuda, desprovista de todas las riquezas y ornamentos. En vano los habitantes se esforzaban en reproducir bajo tierra una parte cuando menos de los monumentos históricos; en vano realizaban sin cesar excavaciones en busca de restos de columnas, bajorrelieves, capiteles y cariátides. Pero con todo ello los arquitectos y arqueólogos no supieron hacer más que parodias, en las cuales parecía dibujarse la mueca irónica de los siglos ante la impotencia creadora de los hombres contemporáneos.

Roma subterránea, sin el Foro, sin las plazas inundadas de sol, sin los grupos pintorescos de los modelos, sin los pintores y turistas llegados de todos los puntos del Mundo, despedía un hálito de muerte, y a pesar de ser su población bastante numerosa, daba la impresión de un desierto. Milán, sin la catedral majestuosa, sin la actividad febril que antes reinara en sus calles, aparecía inundada de tristeza. Venecia, sin sus canales llenos de profunda poesía, ofrecía un cuadro desolador. Florencia, Nápoles, Génova, Turín, con sus avenidas alineadas con rectitud impecable, que en nada recordaban las viejas y estrechas callejuelas, en cuya atmósfera habían nacido tantas y tantas leyendas románticas, ofrecían bajo tierra el aspecto de miseros descendientes de orgullosos y arruinados aristócratas.

No se oÍan ya en la Italia subterránea las risas y las canciones que durante tantos siglos resonaron como cascadas en sus pueblos y ciudades bajo el cielo azul. Privados del Sol, los italianos vivian abatidos, buscaban en vano con los ojos el mar, su mar querido, lleno de sonrisas encantadoras, fuente inagotable de vida, de risa y de alegria. ¿Cómo estaría ahora el mar? ¿Azul y tranquilo, meciéndose bajo el Sol acariciador? ¿Furioso y encrespado bajo los azotes del viento? Nadie podía saberlo, nadie podía imaginar lo que sucedía sobre las bóvedas aplastantes.

Las gentes lanzaban suspiros de descorazonamiento. Sentían la nostalgia, no sólo del Sol, sino del viento, de las tempestades, de la intemperie; no sólo de las sonrisas, sino de los desmanes y arrebatos de la Naturaleza.

Tan pronto fué posible comunicar con España, los franceses se precipitaron hacia San Sebastián. Una amarga decepción les aguardaba. La ciudad que habían conocido radiante de belleza, reflejándose coquetamente en el mar, con sus blancos palacios, hoteles y casinos, con la playa y los paseos bullendo de animación, ofre cía ahora un aspecto de infinita tristeza, que inundaba también el corazón de los visitantes.

—¡No nos hemos equivocado? ¿Estamos en San Sebastián?—preguntaban a las gentes del país.

—Sí, sí; es San Sebastián—contestaban éstos apesadumbrados—. Nosotros tampoco lo reconocemos.

Con los ferrocarriles subterráneos, que ponían ya a San Sebastián en comunicación con el resto del país, los franceses llegaron hasta Madrid. También la capital de España estaba desfigurada. La célebre plaza que lleva el nombre orgulloso de Puerta del Sol, sobre la cual brillaba ahora el sol artificial, producía una impresión desoladora. El ruido ensordecedor de risas y voces que era antes una de las características del lugar, se había apagado por completo. Idéntico efecto de desolación causaban las pequeñas ciudades de los alrededores de Madrid, que antes habían sido lugares de peregrinación preferidos por los turistas del Mundo entero: el gigantesco monasterio del Escorial, envuelto todavía en la atmósfera de la época de Felipe II; Toledo, con su catedral milenaria, orgullo de España entera; Aranjuez, con sus jardines de legendaria belleza.

—¿Y Sevilla? ¿Y Granada? ¿Y la Alhambra? ¿Y Córdoba con su mezquita?—preguntaban los franceses.

Los españoles contestaban con gestos de desesperación.

En honor de los visitantes se organizó en Madrid una corrida de toros.

La plaza, enorme, capaz para 15.000 personas, estaba llena hasta el punto de parecer adoquinada con cabezas humanas. Pero la muchedumbre no parecía ser el mismo público dominado por el frenesí del entusiasmo que en el otro Madrid, el de lo alto, llenaba la Plaza de Toros. No se oían las risas, los denuestos, los clamores entusiastas de antaño; no se veían rostros excitados ni ojos llameantes. La gente miraba al redondel con aburrida indiferencia, y los toros, sin el estímulo del sol, sin el nervio que sólo dan los pastos andaluces, carecían por completo de bravura y de poder. Era en vano que los picadores trataran de castigarlos; en vano también el empleo de banderillas de fuego: los toros seguían mostrando la mansedumbre de bueyes de carreta y recibian con indolencia las estocadas de los matadores.

Cuando en el banquete con que fueron obsequiados los visitantes el célebre escritor francés Robert Laval brindó a la prosperidad de España subterránea, muchos de los presentes no pudieron reprimir un suspiro de desconsuelo.