La catástrofe · Unidad 31 de 47

Segunda Parte · X

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

X

Al volver a Paris Harrison y sus compañeros se notaba en la ciudad una cierta excitación. Por todas partes se oía decir que los zootauros no aparecían ya en parte alguna. Los radiotelegrafistas que subían a la superficie afirmaban que los ataques de los monstruos habían cesado por completo.

—Hemos esperado a que vinieran toda la noche, hasta el alba—explicaba uno de ellos, pero no los hemos visto. No quieren volver, por lo visto. Habrán encontrado, con seguridad, un planeta más interesante que la Tierra.

De Alemania, Italia, España y Suiza llegaban informaciones análogas. En todos estos países se afirmaba también que los zootauros habían desaparecido. El que los miembros de la expedición habían visto en Boulogne era, según la opinión general, un retardatario, el último ejemplar de la banda.

—Era un extraviado que no sabía encontrar el camino decían en son de broma los parisinos—. Hacer el viaje de la Tierra a Marte o a Saturno no es, después de todo, lo mismo que hacer una excursión de París a Versalles.

Al principio todo se iba en chistes y ocurrencias; pero pronto se empezó a hablar seriamente del retorno a la superficie.

—¡Basta!—decían unos y otros. ¡Ahora ya sabemos lo que es la vida subterránea! Si los zootauros se han ido, es hora ya de que volvamos a casa.

En vano el Gobierno y los elementos más razonables de la población afirmaban que el retorno a la superficie sería, de momento, una operación en extremo peligrosa. La muchedumbre, presa de excitación, no quería escuchar nada. De nuevo volvieron a aparecer en escena los personajes enterados de todo, que criticaban sin piedad al Comité de Defensa y a la Comisión de Construcción, y afirmaban que el interés de estos organismos en mantener a la población bajo tierra obedecía a motivos inconfesables. El periódico La Era Nueva , que con tanto celo como en su era antigua se entregaba a la más desenfrenada propaganda demagógica, escribía, en estilo sibilino, que "era más fácil hacer negocios de dudosa limpieza a la luz del sol artificial que a la del verdadero sol".

Muchas gentes se inscribían como voluntarios para hacer la guardia en la estación radiotelegráfica, y, una vez conseguían salir a la superficie, no volvían a bajar. Hubo días en que no descendió uno solo de los radiotelegrafistas, y este desorden ejercía una influencia perturbadora en las comunicaciones con el resto del Mundo. Los que volvian a París subterráneo confirmaban que los zootauros no se dejaban ver.

—Arriba, el tiempo es hermosísimo—decian—. Esta noche ha helado un poco, y por la mañana todo estaba cubierto de escarcha.

—¿Cómo? ¿Todo blanco?—preguntaban las gentes con emoción.

—Sí. Al ir por la calle, los pasos sobre el piso desierto resuenan agradablemente. Ayer, hacia mediodía, llovió un poco. Una lluvia ligera que refrescó el aire. El cielo se cubrió de nubes, y era tan bajo, que parecía posible tocarlo con la mano. Al cabo de una hora el Sol volvia a brillar por entre las nubes...

Instintivamente, las gentes levantaban los ojos hacia la bóveda de piedra, hacia el sol artificial, y sus ojos se velaban de tristeza. ¡Cuánto tiempo hacía que no habían visto el cielo, el Sol, el horizonte azul! Quizás en aquellos momentos se desencadenaba una tempestad furiosa. Pero ¿qué importa? Todo, todo era preferible a esta temperatura siempre igual, a esta luz artificial que nunca cambia.

—En lo alto—decían los parisinos—el día sigue a la noche, el Sol se pone y se levanta, y los días se distinguen unos de otros. Mientras que aquí todo, ¡todo es igual! Hay que consultar el reloj hasta para saber si es de día o de noche.

Sin cesar aumentaba el número de los que querían abandonar París subterráneo y salir a la superficie. Circulaban rumores de que en algunas provincias, como Nantes, Limoges y Metz, los subterráneos habían sido abandonados. Los más crédulos marchaban. inmediatamente hacia esas ciudades con la esperanza de que desde alli podrían salir más fácilmente a la luz del Sol.

Hacia fines de diciembre, la agitación, cada vez mayor, dió lugar a una serie de manifestaciones hostiles al Gobierno. Los manifestantes recorrian las calles dando gritos de "¡Abajo el subterráneo! ¡Queremos subir! ¡Queremos ver el Sol!" En algunos sitios fué preciso recurrir al uso de la fuerza. En Marsella, los manifestantes eran la mayor parte antiguos marineros, pescadores y obreros del puerto, gente, en suma, que sentían la nostalgia del mar con fuerza inusitada. Su actitud levantisca dió lugar a una verdadera batalla en plena calle, que costó numerosas víctimas.

Fué ésta la primera vez que la sangre corrió bajo tierra. Era un signo de mal augurio. La noticia produjo un estado general de abatimiento, y las gentes daban crédito a los rumores más alarmistas. La noticia más insignificante llegada de provincias tomaba, al pasar de boca en boca, proporciones fantásticas.

Por la noche de Año Nuevo la excitación de los espíritus llegó a su colmo. La idea de encontrarse esta noche bajo las bóvedas, separados del cielo estrellado de invierno, resultaba para el pueblo de París insoportable. La luna y las estrellas artificiales, encendidas aquella noche en París subterráneo, no hacían otra cosa que irritar más aún a la muchedumbre.

Grupos en actitud de protesta recorrieron durante toda la noche las calles y plazas. Muchos millares de personas convergieron hacia la plaza de la Concordia. Aquí y allá se oían gritos:

—¡Stephen! ¡Queremos hablar a Stephen!

Y cuando éste apareció en el balcón para tratar de calmar los espiritus, su voz se perdió entre una tempestad de gritos amenazadores.

—¡Abajo el Gobierno! ¡Abajo la Comisión subterránea! ¡Queremos volver a salir!

El Comité de Defensa y la Comisión subterránea, reunidos en el palacio de Stephen, deliberaron sobre la situación en una atmósfera de inquietud extrema, mientras la multitud no cesaba en sus gritos y amenazas.

—La situación es grave—dijo Stephen—. Puede estallar una revolución...

—¡Que hay que sofocar sin piedad desde el primer momento!—interrumpió el ministro del Interior.

—¿Y cómo?

—Haciendo uso de las armas. La Historia nos enseña que las revoluciones estallan tan sólo cuando los Gobiernos se muestran débiles o indecisos.

Pero Stephen y la mayoría de los reunidos quisieron evitar todo derramamiento de sangre. Se acordó comunicar inmediatamente al pueblo que los que así lo desearan podrían subir de nuevo a la superficie.

—¡Ciudadanos!—dijo Stephen. El Gobierno está dispuesto a satisfacer vuestros deseos. Mañana por la mañana comenzarán a funcionar los ascensores; pero a fin de evitar los efectos desastrosos de una aglomeración excesiva, será preciso organizar el servicio de un modo perfecto. Los detalles técnicos de la salida serán estudiados esta noche misma. Por vuestro propio inte rés os ruego que no perdáis la serenidad, que conservéis la sangre fria.

Las últimas palabras del presidente fueron ahogadas por una ovación entusiasta.

Media hora después, la plaza estaba desierta. La multitud se había dispersado con grandes muestras de alegría. Cada uno se había dirigido a hacer los preparativos necesarios para la salida.

—¡Viva nuestro viejo y querido Paris!—gritaban los parisinos—. ¡Viva el Sol, la lluvia, las nubes y el frío! La decisión del Gobierno fué transmitida aquella misma noche a provincias, y en todas partes provocó un júbilo desbordante.

Pocos fueron los franceses que pudieron dormir durante la noche. La idea de que pronto iban a ver el verdadero Sol, la verdadera Luna y las estrellas, de que podrían abrazar con la mirada los lejanos horizontes y respirar a plenos pulmones el aire puro, no les dejaba cerrar los párpados.