La catástrofe · Unidad 32 de 47
Segunda Parte · XI
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XI
Lo mismo en París que en provincias, tan sólo una pequeña parte de la población aprovechó la posibilidad de salir a la superficie. Las dificultades de la empresa eran, por otra parte, grandes, y la salida se prolongó durante semanas enteras. Los inconvenientes eran tanto mayores por cuanto que la mayor parte de las casas estaban destruídas, muchos edificios públicos se encontraban en desastroso estado, las centrales eléctricas, las cañerías de agua y muchos otros servicios municipales no funcionaban.
Inmediatamente se procedió a las reparaciones necesarias, de suerte que a principios de febrero París, el viejo París, volvió a ser, hasta cierto punto, habitable. Sin embargo, muchos millones de hombres y mujeres prefirieron continuar bajo tierra, tener paciencia hasta ver cómo iban y cómo terminaban las cosas.
Los que habían subido y se habían instalado en lo alto, descendían de vez en cuando para visitar a sus amigos. Estaban contentísimos y tra taban de persuadir a los demás para que imitaran su ejemplo.
—Pero ¿cómo podéis vivir en esta bodega?—exclamaban—. Arriba hace un tiempo delicioso. Esta mañana estaba todo helado, y brillaba el Sol. ¡Era magnífico!
—Y los zootauros, ¿ya no molestan?
—Pero ¿quién piensa en los zootauros? Hace ya mucho tiempo que se han largado.
Animada la gente por estas noticias, el número de los que querían subir a la superficie iba en aumento.
De pronto, el 20 de febrero, por la mañana, cuando muchos parisinos con sus equipajes iban a emprender la subida, empezaron a bajar plataformas atestadas. Los que en ellas iban llevaban impresa en el rostro la huella de un terror sin límites.
—¡Los zootauros!—exclamaban con voz entrecortada por la emoción.
—¿Otra vez?
—Sí. Hemos pasado una noche espantosa... Hay millares de víctimas... Muchas casas destrozadas... El Ayuntamiento, que acababa de ser reconstruido, se ha venido al suelo...
Los que tales cosas contaban y los que las escuchaban estaban igualmente pálidos, y miraban con ansiedad hacia lo alto, como temiendo que los monstruos alados se precipitaran sobre ellos.
Las plataformas subían y bajaban sin cesar, depositando por toda la ciudad subterránea millares y millares de fugitivos, abatidos como si hubiesen estado ya entre las garras de los zootauros.
Tan grande era la afluencia, que fué preciso tomar rigurosas medidas para regularizar de algún modo el descenso y evitar una catástrofe. A pesar de esto, varios centenares de personas murieron aplastadas.
A partir de entonces, los ataques de los zootauros se repitieron cada noche, y como el descenso de todos los habitantes que habían vuelto a la superficie exigió una semana entera, el número de victimas iba cada día en aumento.
Por fin, el 28 de febrero descendieron los últimos parisinos que quedaban.
En casi toda Francia habían ocurrido análogos incidentes trágicos. Los zootauros habian sembrado por doquier la muerte y la devastación. Y en todas partes las gentes, como perseguidas por las furias, habían buscado de nuevo refugio en los subterráneos.
Iba todo el mundo por las calles con la cabeza baja, la mirada triste, abatido y hablando en voz queda. Las iglesias estaban llenas como nunca. Los fieles iban a orar por el reposo del alma de las víctimas y por su propia salvación.
París subterráneo parecía estar de luto. La risa, el buen humor, habían desaparecido. La gente, que antes conservaba la ilusión de poder salir de aquellas cavernas en día quizás no lejano, había perdido ahora toda esperanza. Las bóvedas de piedra les parecían ahora la losa de una tumba que nunca podrían levantar.
—¡Todo ha terminado!—exclamaban unos y otros. Bajo tierra acabaremos nuestros dias.
En vano se esforzaba el Gobierno para disipar las nubes que sobre el París subterráneo se cer nian. En vano se organizaban fiestas y diversiones públicas. Los parisinos asistían a ellas como a un entierro, y el sonido de las orquestas repercutía en los corazones como una interminable marcha fúnebre.
El trabajo se hacía de mala gana. Los obreros se ofendían e irritaban por cualquier motivo, y formulaban sin cesar extravagantes reclamaciones. Sin motivo serio alguno, estallaban constantemente huelgas, ora en un oficio, ora en otro. Los huelguistas mismos no sabían muchas veces lo que querían, y después de haber obtenido lo que reclamaban, buscaban otro pretexto para declararse en huelga nuevamente.
—¡Decid de una vez lo que queréis!—exclamaban, indignados, los directores.
Pero los obreros no sabían ellos mismos lo que querían. En realidad, les faltaba lo de siempre: el cielo, el Sol, los vastos horizontes.
Pasaban los días y semanas, y crecían la tristeza y el abatimiento. El rendimiento del trabajo era cada vez menor. Los precios aumentaban. Cada día era menor la cantidad de víveres que llegaba a París, y este niño mimado, acostumbrado a vivir desde hacia siglos a costa de las provincias, empezaba a sentir un hueco en el estómago. La crisis económica que atravesaban las provincias no les permitía seguir abasteciendo a París.
El coste de la vida y el descontento aumentaban paralelamente. Los partidos revolucionarios extremos levantaban cabeza. Los anarquistas hacían una campaña encarnizada contra el orden social, ya de por sí muy quebrantado, y circula ban hojas clandestinas con llamamientos encendidos a la lucha violenta e implacable contra el Estado.
Ese estado de espíritu de la capital contagiaba a las provincias. No se oian más que quejas. La situación empeoraba, contribuyendo al éxito de la propaganda revolucionaria. Las provincias creían llegado el momento de poder vengarse de la tiranía de la capital.
Las órdenes del Gobierno central eran a veces desobedecidas. El tono de la Prensa era belicoso y agresivo. Lyón Subterráneo publicaba articulos violentos exhortando al pueblo a derribar el Gobierno por la fuerza. "Si Paris—decía el periódico—persiste en sostener en el Poder a esa banda de imbéciles y de cobardes, que en un momento de tanta gravedad como el actual muestran una incapacidad absoluta para elevarse por encima de sus intereses particulares, peor para él. Lyón (y es de esperar que el país entero) no le seguirá por este camino. París sin Francia no es nada. Ese parásito, que vive a costa del país, pedirá socorro tan pronto como el país se niegue a seguir nutriéndolo."
La Prensa de otros grandes centros no era menos belicosa, y la campaña contra París y el Gobierno central tomaba formas cada vez más violentas.
La gente más razonable veia el peligro de las tendencias separatistas. Pero, ante el estado de excitación de la masa, no se atrevían a ir contra la corriente. Un periódico de Marsella, por haber publicado un articulo defendiendo al Gobierno contra los ataques injustos y haciendo un llamamiento al trabajo común para el bien de Francia entera, estuvo a punto de ser asaltado por el populacho, y tuvo al poco tiempo que suspender su publicación por falta de lectores.