La catástrofe · Unidad 40 de 47

Segunda Parte · XIX

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XIX

En estos días de infinita angustia, cuando el último rayo de esperanza parecía apagado en los corazones, tuvo lugar un acontecimiento destinado a ejercer una influencia decisiva sobre los destinos de la Humanidad.

Era el 10 de marzo de 1968.

Acababan de dar las once de la noche.

Stephen, que había asistido a una larga reunión del Comité de Defensa, estaba trabajando en su despacho, cuando vió entrar a uno de sus secretarios.

—Señor presidente: un caballero pide con gran insistencia que se le reciba.

Stephen hizo un gesto de impaciencia.

—Dígale que no puedo recibirle a estas horas. Que vuelva mañana, a la hora de visita.

—Se lo he dicho ya. Pero me ha contestado que se trataba de una cuestión importantísima, que no admite aplazamientos. Le he preguntado qué pretende, pero se ha negado a contestarme.

—¿Probablemente un loco?...

—No lo parece. Tiene más bien el aspecto de un sabio...

—¿Cómo se llama?

—Grandidier. Juan Grandidier. Aquí está su tarjeta. Jamás había oido este nombre.

Stephen pasó la vista por la tarjeta, dió un suspiro y, restregándose los ojos con un gesto de supremo cansancio, dijo:

—¡Qué se le va a hacer! ¡Que pase!

Un minuto más tarde el secretario introducía en el despacho un hombre pequeño y mal vestido, con el pelo largo y caído sobre los hombros. Su larga levita, abrochada hasta el cuello, y los lentes, grandes y redondos, bajo las cejas espesas, le daban un aspecto de pastor protestante o de profesor alemán.

El secretario salió.

—¿En qué puedo servirle a usted?—preguntó Stephen, después de estrechar la mano al visitante y rogarle se sentara.

—En muchas cosas, señor presidente—contestó el visitante—. Aun a riesgo de pasar por loco, he de decir que el asunto que me ha llevado a visitarle puede tener una importancia decisiva para la Humanidad.

Stephen examinó al vejete que tenía ante sí, pensando que, en efecto, se trataría de un demente o, por lo menos, de un infeliz, víctima de la manía de grandezas.

—Sí, señor presidente. Se trata del porvenir de la Humanidad. Yo no soy ningún maniático, ni tampoco un megalómano. Es verdad que no he dicho todavía quién soy. Soy un ex catedrático de Física de la Universidad de París... Juan Grandidier... Un hombre desconocido por completo, ¿no es verdad? No es extraño. Estoy retirado desde hace diez años y vivo un poco apartado de los círculos científicos. He escrito algunas obras de Fisica. Entre ellas una sobre magnetismo, que al publicarse hace unos veinte añosdió lugar a muchas polémicas, y fué traducida a todas las lenguas europeas.

Stephen, algo perplejo, se frotó la frente.

—Pero espere... ¡Si creo que me acuerdo!... Algo sobre la influencia que ejercen las oscilaciones magnéticas sobre el espectro solar, ¿no es eso? Si no ando equivocado, ese trabajo fué apasionadamente discutido en la Academia británica...

—En efecto: la Academia británica me concedió un premio que me permitió ampliar considerablemente mi gabinete de Fisica.

—¿Y la Academia francesa?

Grandidier sonrió con dulce ironia.

—Primero rechazó mi trabajo. Después no quiso perdonarme que me hubiese dirigido a la Academia británica, y se vengó hasta el punto de hacer como si mi existencia le fuera desconocida. El presidente, Marcel Duvernoy, y algunos de sus colegas, están muy al corriente... Pero pasemos a la cuestión.

Stephen, cada vez más interesado, acercó algo más su sillón a la mesa.

—Le escucho con el mayor interés—dijo—. ¿Fuma usted? ¡Haga el favor!

Grandidier tomó con gesto torpe un cigarro, lo encendió con gran trabajo y empezó:

—El objeto de mi visita es muy grave y, a la vez, muy sencillo: acabo de elaborar un proyecto de lucha contra los zootauros, que tengo el profundo convencimiento de que ha de dar resultados positivos. Si se consigue realizar este proyecto, el problema trágico ante el cual se encuentra la Humanidad, quedará resuelto. Pero su realización exige considerables medios técnicos y pecuniarios.

—Si no es más que eso...—dijo Stephen.

—Nunca he dudado de que aquí encontraría apoyo y estímulo para mi empresa. Por esto he venido. Sería, desde luego, más lógico que tratara, ante todo, de obtener el parecer de una corporación científica competente. La Academia, por ejemplo. Pero...

—Comprendido. Ha hecho usted muy bien en venir a verme directamente. Le estoy muy agradecido, y esté usted seguro de que conseguiré que su proyecto se estudie con la atención debida. ¿Quiere usted tener la amabilidad de exponérmelo en líneas generales?

—Con mucho gusto. Tengo aquí todos los planos y cálculos. Con permiso...

Grandidier iba a sacar de una abultada cartera un gran fajo de papeles, pero Stephen le contuvo con un ademán.

—No, no. Se fatigaría usted en exceso e inútilmente. Los detalles del proyecto podrá usted exponerlos ante la Academia, que se reunirá mañana mismo en sesión extraodinaria...: desde luego si usted no ve en ello inconveniente. Mientras tanto, dígame sólo en pocas palabras de qué se trata.

—Es muy sencillo. Parto del principio de que el ojo es el único punto vulnerable del zootauro. Todas las armas son ineficaces contra él. Pero, en cambio, es posible cegarlo; es decir, colocarlo en situación que tenga que perder la vista.

—Y ¿cómo es esto posible?

—Por medio de un sistema especial de ondas magnéticas que haya de encontrar a su paso. Los progresos realizados durante estos últimos tiempos en el estudio de las fuerzas magnéticas han sido enormes. Hace tres años, el profesor de la Universidad de Berlín, Carlos Schlutke, realizó sobre la intensificación de las ondas magnéticas experimentos que pueden calificarse de definitivos. Por medio de cambios excesivamente rápidos en las cargas y descargas electromagnéticas, y gracias a una ingeniosa combinación de transformadores, llegó a obtener una fuerza magnética cuya potencia permite quebrar las moléculas. Por mi parte, seguí con el mayor interés los experimentos de Schlutke, los he repetido en mi laboratorio, a pesar de los escasos medios técnicos de que dispongo, y he llegado a la conclusión de que es posible establecer campos magnéticos ante cuya fuerza destructora todo ser vivo habría de ser impotente.

—¿Aun los mismos zootauros?

—Sí. He estudiado detenidamente la estructura del ojo del ejemplar que se mató al chocar contra Notre-Dame. Y he podido darme cuenta de que la retina es extremadamente sensible a los rayos magnéticos. Tan sensible, por lo menos, como la de cualquier otro animal.

—Por lo tanto, ¿lo que usted se propone es combatir a los zootauros por medio de campos magnéticos especiales?

—En efecto. Y estoy convencido de que el resultado sería excelente si se me da la posibilidad de realizar mi proyecto...

—Esto corre de mi cuenta—dijo Stephen, dando un fuerte apretón de manos a Grandidier—. Es una idea interesante y atrevida. Hoy no voy a cansarle más pidiéndole detalles. Pero mañana supongo que podemos disponer de usted.

—Estoy a sus órdenes.

—Entonces voy a ponerme en comunicación ahora mismo con Duvernoy, y mañana, por la mañana, podrá usted exponer su proyecto a la Academia.

Grandidier se marchó cuando era ya más de media noche.

Una vez solo, Stephen se puso al teléfono:

—¡Tres mil cuatrocientos cincuenta y siete! Deseo hablar con el presidente de la Academia... ¿Cómo?... ¿Que está ya en cama?... Dígale que se trata de un asunto urgentísimo... Soy el presidente Stephen.

Al cabo de un minuto, Marcel Duvernoy se ponía al aparato.

—Le pido mil perdones, ante todo por molestarle a estas horas—comenzó diciendo Stephen—. Pero se trata quizás del porvenir de la Humanidad...

Y con voz velada por la emoción expuso en cuatro palabras el proyecto de Grandidier, sin decir el nombre del autor.

—El proyecto es sin duda original—dijo Duvernoy—. Hay que esperar, desde luego, el juicio de las personas competentes. Inmediatamente convocaré una sesión extraordinaria de la Academia... Y, a propósito, ¿quién es el autor del proyecto ?

—Juan Grandidier.

—¿El ex catedrático de Fisica?

—El mismo.

Si Stephen hubiese podido ver a su interlocutor habría podido notar en el rostro apergaminado de Duvernoy una mueca de contrariedad.

—¿Le conoce usted acaso?—preguntó Stephen con fingida candidez.

—Sí... Es decir, le conoci; pero hace ya mucho que no le veo. Francamente, el nombre no me inspira mucha confianza.

—¿Por qué?

—Ese Grandidier no me parece capaz de gran cosa. Es un espíritu mal disciplinado... Un anarquista de la Ciencia, por así decirlo... No creo que valga la pena siquiera de convocar la Academia. Grandidier puede exponer su proyecto por escrito. Lo examinaremos, y si parece interesante...

Pero Stephen le interrumpió con viveza:

—¡De ningún modo! Le ruego con el mayor interés que convoque una sesión plenaria para esta mañana misma. Se trata, tal vez, de la salvación de la Humanidad, y eso no admite espera...

—Grandidier salvando a la Humanidad, suena un poco raro. Pero, en fin, estoy a sus órdenes. Mañana, a las diez, la Academia estará reunida.

—Muy bien. Y si no hay inconveniente, asistiré a la sesión.

—Será para nosotros un gran honor.

—Supongo que podrán venir también algunos miembros de la Comisión de Construcción y del Comité de Defensa. Su presencia podrá sernos útil.

—Desde luego.

—Muchas gracias, y hasta mañana.