La catástrofe · Unidad 39 de 47
Segunda Parte · XVIII
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XVIII
A principios del mes de diciembre de 1968 terminaron los trabajos para la apertura de un túnel bajo el canal de la Mancha, entre Calais y Douvres. El 1 de enero tuvo lugar la inauguración solemne.
Douvres, Calais, Londres y Paris estaban de fiesta. Las músicas, los himnos nacionales, los discursos y los brindis, el despliegue de banderas, los fuegos artificiales y otros festejos, señalaron el comienzo de la era nueva. Pero todos los esfuerzos para conseguir que el pueblo participara con júbilo en las manifestaciones oficiales resultaron vanos. Ni los propios parisinos, antes siempre dispuestos a la alegría y al bullicio, salieron de su abatimiento. La multitud escuchaba, silenciosa y triste, a los oradores, como si en lugar de hacer el panegírico del genio humano pronunciaran oraciones fúnebres sobre la tumba de la Humanidad.
Por todas partes reinaba una profunda apatía. Muchas gentes abandonaron por completo sus ocupaciones, y durante días enteros iban de una parte a otra o se quedaban en sus casas sin saber qué hacer, indiferentes hacia cuanto sucediera en torno suyo. Todos los medios resultaban ineficaces para luchar contra esa apatía. Los mejores actores representaban ante salas vacías; los oradores más elocuentes no conseguían hacerse escuchar. Los obreros descuidaban el trabajo; los empleados abandonaban sus puestos. La vida social entera estaba amenazada de parálisis.
El número de enfermedades nerviosas aumentaba cada día, y los manicomios estaban atestados. Reinaba como una epidemia psíquica que desconcertaba a los psiquiatras más famosos. A pesar de los cuidados y de una buena alimentación, los enfermos perdían peso, enflaquecían, y su palidez era cada vez mayor. No se quejaban, no parecían tener deseos, y si no se les obligaba a comer, podían pasar semanas enteras sin alimento. Inmóviles, como petrificados, pasaban de la mañana a la noche, con los ojos fijos en un punto, como idiotizados. Sus ojos parecían no ver y sus oídos no oír. Ni los ruidos más fuertes conseguían llamar su atención. Se diría que, vivos todavía, iban pasando poco a poco al reino de las sombras, completamente extraños ya a cuanto sucedía en la vida.
Eran muchos también los tuberculosos, que, privados de la luz y del calor del verdadero Sol, sin el aire del mar y de las montañas, morían por no poder resistir las condiciones de existencia subterránea. Se construyeron lejos de las ciudades sanatorios con lagos artificiales, con parques y bosques de pinos. Pero todo fué en vano, y la extensión de la tuberculosis se convirtió en una verdadera plaga.
La mortalidad tomaba proporciones aterradoras, sobre todo entre los niños, que nacían pálidos, lívidos y raquíticos.
Los suicidios eran cosa corriente. Jóvenes, viejos y hasta niños ponían fin a sus días. Perdida toda esperanza de felicidad bajo las bóvedas siniestras, muchas parejas de amantes cortaban, de común acuerdo, el hilo de la existencia. A veces se suicidaban familias enteras.
Por las calles iban los entierros en procesión. Los cementerios se extendían sin cesar: las ciudades de los muertos amenazaban con absorber y dejar desiertas las ciudades de los vivos.
París se desangraba. Y no tan sólo París: la muerte recogía una óptima cosecha en toda Francia, en Inglaterra, en Alemania, en Italia, en España, por todas partes donde los hombres habían buscado refugio bajo tierra. Donde habían permanecido en la superficie, como en China, la India, el África y diversas partes de la América del Sur, la población era diezmada por los zootauros.
La Humanidad perecía. Fracasó la tentativa de encontrar bajo tierra la salvación: las entrañas de la tierra estaban acostumbradas a recibir sólo los muertos, y acogían con una hostilidad implacable a los seres vivientes que pretendían perturbar su eterno reposo. Parecían haber organizado una conspiración silenciosa contra los intrusos impertinentes para ahogarlos con su masa, para diezmarlos a fuerza de enfermedades y epidemias, para envenenarlos con miasmas desconocidos sobre la Tierra. Decididamente bajo tierra no había lugar para el hombre.
Era preciso marcharse. Pero ¿adónde? Sobre la Tierra, en el aire, en el agua, acechaban al hombre los terribles monstruos alados, implacables como las fuerzas ciegas de la Naturaleza, como el huracán, el terremoto, la muerte misma. Los zootauros no habían abandonado aún la Tierra. De diversos lugares llegaban noticias sobre sus ataques. En Europa y en los Estados Unidos, donde apenas quedaba nadie en la superficie, sus apariciones eran muy raras; pero era indudable que tan pronto como los hombres volvieran a sus viviendas abandonadas, los zootauros reaparecerían. Cada vez, en efecto, que, movidos por la desesperación, los hombros volvían a la superficie, millares de victimas encontraban la muerte entre las garras de los monstruos o bajo los escombros de las casas derrumbadas.