La catástrofe · Unidad 42 de 47
Segunda Parte · XXI
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XXI
Aquel mismo día, la noticia de la experiencia que iba a intentarse en París con los campos magnéticos se extendió por la capital y luego por telégrafo por toda Francia, a Europa entera, a América y a todos los puntos del Globo con los cuales existían comunicaciones.
La noticia provocó una emoción sin limites. Los periódicos del Mundo entero publicaban la biografía de Juan Grandidier, las más de las veces con detalles y pormenores fantásticos. Un periódico, por ejemplo, afirmaba que hasta la edad de treinta años Grandidier había sido obrero del puerto de Marsella. Otro aseguraba que hacía algunos años había sido recogido en la calle medio muerto de hambre y llevando en los bolsillos los planos de un invento genial. Su fotografía aparecía en millones de ejemplares de periódicos de todas las lenguas. Ese hombre pequeño y bondadoso llegó a ser más popular que un par de años antes el boxeador inglés Tom Bredford, cuyos trompazos enloquecían a millones de hombres de ambos hemisferios. Algunos periódicos llegaron a publicar el retrato de la familia de Grandidier, a pesar de no haber estado éste casado nunca. La Semana Ilustrada , de Nueva York, fué todavía más adelante por este camino: publicó el retrato de una respetable familia de nueve personas con este título de bajo: "Grandidier, rodeado de su descendencia."
Desde la mañana hasta la noche, su modesta casa se veía asaltada por un ejército de reporteros, fotógrafos, operadores de cine y simples curiosos. Numerosos eran también los provincianos y extranjeros que llegaban a París únicamente para ver a Grandidier. No podía salir de casa el gran inventor sin ir seguido de una multitud de manifestantes. Stephen había dado orden a la Policía de que velara por la tranquilidad del anciano, pero contra el ejército de reporteros y fotógrafos, todas las precauciones resultaban inútiles.
Desde que se empezó a hablar de los campos magnéticos, la esperanza renació en muchos corazones. Cuantos no estaban incurablemente atacados del tedium vitae , la nueva enfermedad que tantos estragos hacía, sentían aligerarse la pesadumbre sobre sus cabezas, y veían el porvenir en tonos menos sombríos.
La gente puso mano a la obra con entusiasmo. Ante las oficinas abiertas el 11 de marzo por la Comisión de Construcción para la contrata de obreros, se aglomeró día y noche una compacta multitud: todo el mundo quería contribuir a la gran obra en la medida de sus fuerzas. Los Sindicatos obreros solicitaron el honor de facilitar por su propia cuenta un cierto número de traba jadores. El trust metalúrgico ofreció a bajo precio el hierro y el acero necesarios para las obras. Los Bancos y las grandes Sociedades anónimas ofrecían importantes sumas de dinero. Un día después, el 12 de marzo, el Gobierno había recibido ya donativos por más de cincuenta millones de francos. Centenares de ingenieros se ofrecían a trabajar por una retribución modestísima o renunciaban por completo al sueldo.
Pronto estuvieron los trabajos en plena actividad. Nunca hasta entonces habían trabajado los hombres con tantas ganas y tanto entusiasmo. Así deben trabajar los que quedan sepultados en una mina y tratan de salir de nuevo a la luz del Sol.
En siete lugares distintos de la ciudad subterránea, a unos dos kilómetros y medio de distancia unos de otros, docenas y docenas de millares de obreros, divididos en tres equipos, trabajaban día y noche en la construcción de los pozos de mina. No necesitaban estimulo alguno para el trabajo. Se excedían por su propia voluntad y parecían infatigables.
—¡Aprisa! ¡No perdamos tiempo!—decian, alentándose unos a otros.
Millares de vagones acarreaban los materiales de construcción. Se iban acumulando masas imponentes de cemento, de barras de hierro y de hilo de cobre.
El día 13 de marzo empezaron ya a construirse los sostenes de los pozos, formados por tres enormes soportes de sillería, asentados sobre plataformas de cemento armado, que se elevaban hasta los orificios de entrada de los pozos abiertos en la bóveda.
El 15 de marzo, a las seis de la tarde, la construcción de uno de los pozos, el de la plaza de la República, estaba terminado. Según los cálculos más optimistas de la Comisión, este trabajo había de durar cuatro días, por lo menos.
—¡Bravo, amigo!—dijo Stephen, entusiasmado, a Grandidier—. Si esto sigue así, dentro de quince días tendremos sobre París un magnífico campo magnético. ¡Hay que ver cómo trabaja esa buena gente!
Al día siguiente quedaron terminados los cimientos de los seis pozos restantes. Millares de obreros empezaron a perforar la bóveda y a elevarse por entre la Tierra como gusanos.
Una nube de polvo envolvía los lugares donde se llevaban a cabo los trabajos. Silbaban las locomotoras, chirriaban los elevadores gigantescos, y el estrépito de las perforadoras y martinetes apenas dejaba oír la voz de los hombres. La gran sinfonia del trabajo se elevaba hacia las bóvedas, y parecía querer atravesarlas para conquistar la libertad, los espacios ilimitados.
Hacia mediodía del 23 de marzo ocurrió una terrible desgracia: en el pozo de la calle de Rivoli, un desprendimiento de tierras ocasionó la muerte a más de trescientos obreros, y heridas más o menos graves a otros varios centenares.
La catástrofe produjo una penosa impresión en París y en toda Francia. Pero nadie se abandonó a la desesperación. Todo el mundo supo darse cuenta de que en la gran lucha emprendida las víctimas eran inevitables. No había tiempo para la tristeza y el luto. El espectáculo de algunos centenares de muertos no perturbó la serenidad ni amortiguó las energías. Con mayor ahinco que nunca continuaron los hombres trabajando para abrir la salida de su tumba hacia el cielo y el Sol.