La catástrofe · Unidad 43 de 47
Segunda Parte · XXII
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XXII
El 30 de abril las obras estaban terminadas.
Aquella misma noche tuvo lugar en la ciudad subterránea una fiesta grandiosa. En la plaza de la República, en torno al pozo central, se levantaron varias tribunas decoradas con banderas. En una de ellas, más alta que las demás, construída en forma de pagoda india, se encontraban los miembros del Gobierno y de la Comisión de Construcción, así como los representantes del ejército obrero que había realizado la grandiosa empresa. Hacia esta tribuna convergían todas las miradas de la muchedumbre.
Al acercarse Stephen, llevando del brazo y poco menos que arrastrando a Grandidier, cuyo cuerpo minúsculo desaparecía casi al lado de la majestuosa figura del presidente, resonó una aclamación entusiasta:
—¡Viva Grandidier! ¡Viva el salvador de la Humanidad!
El pueblo pidió con insistencia que Grandidier le dirigiera la palabra; pero la multitud inspiraba al sabio un miedo irresistible. Grandidier, como un niño, procuraba esconderse detrás de las anchas espaldas de Stephen.
—Dos palabras—le decían los que estaban en torno a él, tratando de persuadirle—. Dos palabras nada más, y el pueblo estará contento...
Pero Grandidier, con las piernas temblorosas y la frente cubierta de sudor, se hacía cada vez más pequeño, y sentía deseos de que la Tierra se lo tragara.
Viendo que era imposible convencerle, Stephen, dirigiéndose al pueblo, dijo:
—¡Ciudadanos! Nuestro gran amigo Juan Grandidier se encuentra ligeramente indispuesto. Durante las últimas semanas ha tenido que trabajar sin descanso, entre emociones y temores sin cuento. No aumentemos nosotros sus fatigas. Tenemos, al contrario, el deber de velar por su reposo, de apartar de su lado todas las preocupaciones y cuidados inútiles. Cuando, gracias a su invento genial, volvamos por fin a nuestra vida normal y a nuestros antiguos hogares, nosotros todos, París y Francia entera, sabremos rodearle de atenciones maternales, y no pasará día sin que sepamos demostrarle nuestro agradecimiento. ¡Viva Juan Grandidier, ciudadano benemérito de Francia y del Mundo entero!
La muchedumbre repitió esta aclamación con entusiasmo. Obedeciendo a una señal convenida, resonaron los acordes del himno nacional, ejecutado por más de cien orquestas. Los fotógrafos enfocaron sus aparatos para conservar la imagen de aquel momento histórico; pero Grandidier no aparecía por ninguna parte. Había desaparecido. Los periódicos y cinematógrafos tu vieron que obsequiar al público con fotografias y películas donde figuraban personajes completamente desconocidos, pero donde faltaba el personaje principal: la figura minúscula de Juan Grandidier.
Como un año y medio antes, al inaugurarse la ciudad subterránea, por la noche fué apagado el sol artificial, y bajo la bóveda aparecieron inscripciones luminosas compuestas de estrellas. La mayor de estas inscripciones decía: "¡Viva Grandidier!"
La fiesta se prolongó hasta muy entrada la noche. Por calles y plazas circulaban grupos animados, alegres y ruidosos. El aire estaba lleno de músicas, de risas, de bullicio y buen humor.
Por fin, hacia las dos de la madrugada, Stephen se dirigió a la multitud desde la tribuna principal.
—¡Ciudadanos!—dijo—. Es preciso que moderéis vuestro entusiasmo. Grandidier duerme.
Al oír estas palabras, la multitud innumerable pareció retener el aliento.
—¡Silencio! Grandidier duerme—se decían las gentes en voz baja.
Y al pasar estas palabras de boca en boca y correr de calle en calle, parecían apagar en todas partes el ruido. Pronto la ciudad entera quedó dormida como en un silencio de encantamiento.