La catástrofe · Unidad 47 de 47
Segunda Parte · XXVI
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XXVI
El 2 de mayo de 1969 el Mundo entero celebró solemnemente el primer aniversario de su gran victoria.
París, Londres, Nueva York, Berlín, San Petersburgo, Roma, Madrid, Berna, Estocolmo, Cristiania, Copenhague, Pekín, Tokío, Constantinopla, Buenos Aires, Calcuta, Sidney y millares de otras ciudades, grandes y pequeñas, aparecieron empavesadas desde la mañana con flores y banderas. Las fábricas y talleres, los Bancos, las oficinas, los almacenes, así como las escuelas y los edificios públicos, permanecieron cerrados. Fueron distribuidos entre los niños libros con la descripción de la lucha contra los zootauros. Por millares de pantallas cinematográficas desfilaron los episodios más dramáticos de esta lucha. En todas partes reinaba la animación y la alegria. La Humanidad entera estaba de fiesta.
Muchas fueron las ciudades que el mismo día inauguraron un monumento a Juan Grandidier. Estas inauguraciones, según un programa ela borado de antemano, habían de tener lugar en todo el Mundo al mismo tiempo, obedeciendo a la señal de un radiograma de París.
En la erección de los monumentos trabajaron los mejores escultores del Mundo. Países y ciudades rivalizaban entre sí. Era como una especie de concurso universal. Los periódicos de ambos hemisferios discutian con apasionamiento cuál de los monumentos sería más digno del "salvador de la Humanidad". Entre Inglaterra y América se cruzaban formidables apuestas. Los periódicos de Nueva York aseguraban que su ciudad batiría un nuevo record mundial, y describían con entusiasmo el monumento que se estaba construyendo al borde de la bahía de Hudson; representaba una gigantesca roca, de granito, sobre la cual se levantaba la figura de Grandidier en oro puro. "Comparada con este monumento grandioso—escribía The World —, nuestra famosa estatua de la Libertad parece un juguete."
Los ingleses no querían ceder la prioridad a los americanos. En la plaza de Trafalgar levantaron una columna de mármol de Carrara de 90 metros, rematada con una monumental estatua de Grandidier fundida en plata. De noche, la luz que se desprendía de lo alto de la columna era tan potente que no sólo iluminaba la ciudad, sino que podía servir de faro a los buques en el canal de la Mancha.
El monumento de Berlín, levantado en la plaza del Reichstag, era también de proporciones imponentes. Sobre un gigantesco zócalo de bronce, ornado de bajorrelieves simbólicos, se alza ba una enorme figura de Grandidier, en cuyo interior estaba instalado un museo, dedicado a la época de la invasión de los zootauros.
Tan sólo la Prensa francesa guardaba un silencio absoluto sobre el monumento que se estaba erigiendo en París; el Comité de Construcción había conseguido que los periódicos no dijeran una palabra hasta el día de la inauguración.
El día 2 de mayo, desde primeras horas de la mañana, los parisinos empezaron a acudir a la plaza de la Bastilla. En ella estaba emplazado el monumento a Juan Grandidier, por ser éste el sitio donde había caído magnetizado el primer zootauro. A mediodía, la masa humana había inundado la inmensa plaza.
Las ventanas, balcones y tejados próximos a la plaza estaban atestados.
Sobre la capital resonó un cañonazo tirado desde la fortaleza de Vincennes. Era la señal convenida. Un segundo después la Torre Eiffel lanzaba un radiograma al Mundo entero para que en todas partes se procediera a la inauguración de los monumentos.
Inmediatamente cayeron las telas que cubrían el monumento levantado por el pueblo de París a Grandidier, y la plaza de la Bastilla fué como sacudida por las aclamaciones y los aplausos.
El monumento representaba un enorme zootauro en bronce, sobre el cual se elevaba una figura colosal de Grandidier levantando en la mano la antorcha luminosa de la Ciencia. En el zócalo, un grandioso bajorrelieve representaba, con sorprendente precisión, la imagen de París destruído por los zootauros y el pánico de las multitudes huyendo ante el peligro. Pero sobre este cuadro de muerte y de desolación se levantaba ya el sol bienhechor de la esperanza.
Al pie del monumento se destacaba en letras de oro sobre fondo negro esta inscripción: "A Juan Grandidier, el más grande de los vencedores."
Pocos minutos más tarde, según estaba convenido, París lanzó otro radiograma, y miles de orquestas en todo el Mundo entonaron un himno solemne al genio humano.
FIN