La catástrofe · Unidad 46 de 47

Segunda Parte · XXV

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XXV

A la noche siguiente otros dos zootauros fueron cogidos en la red invisible extendida sobre Paris. Algunas horas más tarde fueron encontrados agonizantes, uno en las costas de Noruega y otro en las inmediaciones de Lanjarón, pequeña ciudad del sur de España.

Durante una semana, los zootauros continuaron viniendo a París todas las noches; pero cuantos atravesaban el campo magnético acababan pereciendo. Por fin, cuando se hubieron dado cuenta del peligro que les amenazaba, dejaron a la capital de Francia en paz.

Los resultados de la experiencia habían sido decisivos. La Humanidad había encontrado por fin un medio seguro de lucha contra el temible enemigo. París, Francia, el Mundo entero, fueron transportados de entusiasmo. Los periódicos iban llenos de detalles sobre la pérdida de los zoofauros.

Por acuerdo internacional fué decidido proclamar fiesta mundial el día 2 de mayo, y el día 3 de mayo como día de luto en conmemoración de la muerte de Juan Grandidier.

Los periódicos rivalizaban en la propuesta de medios para honrar su memoria. The World , de Nueva York, propuso que cada año, al dar una señal convenida, la hora de la muerte de Grandidier fuese solemnizada en el Mundo entero por dos minutos de silencio absoluto. Durante estos dos minutos habían de suspenderse las conversaciones, las músicas, las representaciones teatrales, el ruido de los coches y ferrocarriles. Esta proposición fué más tarde aceptada por la Comisión internacional de homenaje a la memoria de Grandidier.

Muchos periódicos abrieron suscripciones para erigir en diversos puntos del Globo monumentos al "salvador de la Humanidad".

Los parisinos comenzaron mientras tanto a instalarse de nuevo en sus antiguos hogares. La reparación de las ruinas proseguia con un impetu desacostumbrado. Quince dias más tarde no quedaba casi nadie en la ciudad subterránea. Las calles, desiertas, alumbradas todavía por el sol artificial, frío, triste e inútil ahora, ofrecían un aspecto de melancólica desolación.

A fin de economizar tiempo, trabajo y materiales de construcción, las casas de Paris subterráneo fueron desmontadas y llevadas a la superficie. Los hombres destruían ahora el refugio subterráneo construído a costa de tantos esfuerzos.

Se decidió dejar intactas la plaza de la Concordia y dos calles vecinas como recuerdo eterno de la gran prueba que acababa de pasar la Humanidad. El palacio de Stephen fué transformado en un museo que contenía cuanto de cerca o de lejos guardaba relación con los zootauros: los informes de Harrison y Grandidier, los planos de las ciudades subterráneas, los dibujos y reproducciones fotográficas de los momentos más dramáticos, etc.

Se tomó el acuerdo de erigir en la plaza de la Concordia de Paris subterráneo dos monumentos: uno a Harrison, que había conducido a la Humanidad bajo tierra, y otro a Grandidier, que le había dado la posibilidad de salir de nuevo a la superficie.

Después de cesar los ataques contra París, los zootauros continuaban, sin embargo, atacando otros lugares del planeta. En Francia mismo ciertas ciudades recibían de vez en cuando la desagradable visita. Fuera de París muchos millones de franceses continuaban viviendo bajo tierra.

Al poco tiempo se decidió la construcción de campos magnéticos sobre Lyón, Lilla, Estrasburgo y Brest. Si los zootauros, a pesar de ello, continuaban sus ataques, la construcción se extendería a otras ciudades.

A principios de junio, los trabajos para la construcción de campos magnéticos empezaron también en Inglaterra, Alemania, Italia, España, Suiza, América del Norte y muchos otros países. Por todas partes se extendían las redes invisibles y fatales para los monstruos alados. Las suscripciones abiertas en todos los países alcanzaban sumas enormes. Cada día llegaban radiogramas de diversos países anunciando la construcción de campos magnéticos, y de todas partes se anun ciaba que todos los zootauros cogidos en las redes magnéticas estaban irremediablemente perdidos.

Entre los diversos países, y aun entre las ciudades, se establecía una especie de competencia para la construcción más rápida y racional de campos magnéticos. Los americanos sobre todo hacían esfuerzos extraordinarios y querían sobrepasar a los europeos a toda costa. En un solo día la suscripción ascendió en Nueva York a más de 300.000 dólares, suma suficiente para la construcción de diez campos magnéticos de una potencia formidable. El campo construído sobre Nueva York era de 100 kilómetros cuadrados. Una vez más pudo afirmar la Prensa norteamericana que en esto, como en todo, los Estados Unidos batían el record mundial.

A principios del mes de julio centenares de millones de hombres habían abandonado ya los refugios subterráneos y vuelto a la superficie. Los zootauros iban desapareciendo poco a poco. Tan sólo en China, en la India, en Persia, en el Africa Central y, en general, en los países atrasados, donde los habitantes no se atrevían a declarar la guerra abierta a los zootauros, tomándolos por seres divinos, los monstruos seguían apareciendo de vez en cuando.

En el Congreso internacional, celebrado a fines de julio en Londres con el objeto de restablecer las relaciones internacionales, interrumpidas casi por completo, se acordó la construcción de una serie de campos magnéticos en los países que estaban todavía sin medios de defensa contra los zootauros. Los Gobiernos represen tados en dicho Congreso contribuyeron generosamente a la realización de esta empresa grandiosa. Por otra parte, la suscripción abierta con el mismo fin en Europa y América produjo en pocos días sumas tan considerables que, según la expresión de un periódico, hubieran bastado para construir un puente de oro sobre el Canal de la Mancha. El trust metalúrgico de los Estados Unidos de América se suscribió por 50 millones de dólares; pero al enterarse de que su rival, el trust metalúrgico angloalemán, se había suscrito por una suma igual, añadió inmediatamente otros 25 millones de dólares.

Pronto se organizaron poderosas sociedades anónimas para la construcción de campos magnéticos en Asia, Africa y Australia. Un ejército de ingenieros y técnicos de todas clases se precipitó hacia Pekin, Calcuta, Teherán, la costa de Marfil y la desembocadura del Nilo; los campos magnéticos, justificando su nombre, ejercían una poderosa fuerza de atracción sobre las gentes deseosas de ganar dinero.

En muchos países incultos la construcción de electromagnetos provocaba entre la población una resistencia desesperada. Hambrientos, agotados, caídos en la más negra miseria, los indígenas manifestaban ante los zootauros un fatalismo sin límites; tenían por los monstruos un culto religioso, y en algunos lugares llegaban a dedicarles templos, que los propios zootauros se encargaban de destruir. En la construcción de campos magnéticos, que eran para ellos incomprensibles, veían un reto sacrílego lanzado a los nuevos dioses, y llenos de cólera hacían cuanto podían para entorpecer los trabajos. A pesar de los salarios elevados que se les ofrecían no querían muchas veces trabajar en las obras, y era preciso hacer venir de los países civilizados equipos de millares de obreros. En diversos lugares, especialmente en Bombay, Sanghai y en el Tíber ocurrieron sangrientas colisiones entre los indígenas y los obreros.

Pero la resistencia de los indígenas acabó por ser vencida, y a fines de 1968 se habían construído varios campos magnéticos en Asia, Africa y Oceanía.

"Al entrar en el año de 1969—escribía en su número del 1 de enero The Times , de Londres—podemos celebrar y glorificar con legítima satisfacción la gran victoria del genio humano; gracias a la tensión de todas nuestras fuerzas hemos conseguido ahuyentar de nuestro planeta a los zootauros, esa temible amenaza para la Humanidad y para su civilización milenaria. Al echar una ojeada retrospectiva sobre las duras pruebas que la Humanidad acaba de atravesar, podemos exclamar con orgullo: "¡Gloria a la Ciencia, que como una antorcha llameante alumbra los caminos del hombre! ¡Gloria al genio humano!"