La catástrofe · Unidad 5 de 47

Primera Parte · V

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

V

Al deliberar sobre la redacción del informe que le había sido encargado, la Comisión especial de zoólogos daba pruebas de una nerviosidad y agitación poco corrientes entre los representantes de la Ciencia.

El más viejo de entre ellos, Mauricio Lemercier, parecía el más agitado. Ese sabio ilustre, conocido en los círculos científicos del mundo entero, miembro honorario y correspondiente de innumerables academias, era precisamente el padrino, por así decirlo, del zootauro. El había bautizado al monstruo con ese nombre.

Insistía Mauricio Lemercier a fin de que el zootauro fuese clasificado según las reglas y tradiciones de la Zoología.

—Ante todo—decia—hay que determinar a qué especie, a qué clase, a qué categoría de animales pertenece, si a los mamíferos, a los vertebrados, a los reptiles...

—¡Perdón, maestro!—replicaban sus colegas. Se trata de un caso extraordinario, único, sin precedentes en la Ciencia, y no puede adop tarse, por lo tanto, la clasificación corriente. No hay que olvidar que el zootauro no pertenece a la fauna de nuestro planeta.

—¡Peor para él!—exclamó encolerizado Lemercier—. La Ciencia no pudo sometérsele. Sería hacerle un honor demasiado grande...

—Pero, maestro...

—Nada, nada. En esta cuestión no cedo. Generaciones de sabios han contribuído a edificar, piedra sobre piedra, el templo glorioso de la Ciencia, y ahora un zootauro cualquiera, un intruso, un parvenu , sí, señores, un parvenu ... Porque en realidad no sabemos de dónde viene ni su genealogía... ¡Imposible, imposible! Sería romper la tradición, comprometer todos los principios de la Ciencia. Sería, en una palabra, la anarquía, y yo...

El respetable zoólogo no podía continuar ahogado por la cólera.

—¡Calma, calma, maestro!—decían sus colegas para tranquilizarlo. Hay que reservar las fuerzas para la Ciencia. Al fin y al cabo no vale la pena de ponerse fuera de sí por el primer zootauro.

—Es cierto, es cierto—respondió el maestro con una sonrisa forzada—. Además, no me siento bien y prefiero retirarme. Para hacer el informe no es necesaria mi presencia.

Lemercier fué conducido a su casa. y la Comisión reanudó después sus trabajos. Del informe de la Comisión, que llenaba diez y siete grandes páginas, reproducimos a continuación los pasajes esenciales.

** *

Ante todo declaraba la Comisión que su informe, hecho a base de un detenido estudio del zootauro muerto, no podía tener un carácter rigurosamente científico: "El objeto de nuestros estudios difiere hasta tal punto de todas las categorías de la fauna conocidas, que no es posible aplicarle los métodos hasta ahora adoptados en la Zoología." A continuación sigue la descripción detallada del zootauro:

"El ejemplar por nosotros examinado tiene 104,67 metros de largo. Su anchura es de 17,7 metros en la parte media, 8,45 metros cerca de la cabeza y 4,95 metros junto a la cola. Según cálculos aproximados, el peso del monstruo oscila entre 800 y 900 toneladas.

"En el centro del cuerpo se encuentran dos alas de una substancia desconocida, de color gris, formando un tejido romboidal excesivamente compacto, duro y como empapado de alquitrán, muy elástica, al mismo tiempo, como para poder plegarse y desplegarse con gran facilidad. Estas alas están provistas en sus extremos de unos apéndices estructurados en tal forma que pueden servirle al zootauro de aletas para nadar cuando se encuentra en el agua y de patas para andar en tierra firme. En general, la construcción y configuración de esas alas (que desplegadas tienen 85,23 metros de largo por 27,2 de ancho, ocupando, por lo tanto, un espacio de más de 2.818 metros cuadrados cada una) son complicadísimas y totalmente desconocidas en la fauna de nuestro planeta. En la punta tienen las alas siete garras, asimismo compuestas de una substancia desconocida, parecida a la mica, pero de una resistencia todavía mayor. Esas garras, que el zootauro puede esconder a voluntad como el gato, tienen 1,50 metros de largo, 60 centímetros de ancho y la forma de una espada de Damasco.

"El cuerpo está totalmente cubierto de un caparazón duro en extremo, que opuso una resistencia invencible a todas las pruebas e instrumentos que se hallaban a nuestra disposición. En la parte baja de ambos costados tiene, por encima de las alas, una serie de excrecencias afectando la forma de un huevo: catorce a cada lado. Al ser sometida una de ellas a rigurosa disección dejó escapar una substancia gaseosa desconocida. Es permitido creer que estas excrecencias constituyen una suerte de balones llenos del aire especial que el zootauro necesita al atravesar los espacios interplanetarios. Esta suposición parece tanto más verosímil cuanto que dichos balones, herméticamente cerrados en su exterior, comunican interiormente por una especie de canales con los órganos de respiración del zootauro. Cada uno de esos balones tiene una capacidad de 3,7 metros cúbicos, y, por lo tanto, puede contener una cantidad bastante considerable de aire comprimido.

"La cabeza del zootauro afecta la forma casi regular de un cilindro, y tiene 6,4 metros de longitud y 9,85 metros de circunferencia; está unida al cuerpo por un cuello muy corto, totalmente desprovista de pelo, y reluce como la de un hipopótamo. Forma la boca una ancha hendidura que va de parte a parte de la cabeza, provista en el interior de dos enormes encías extremadamente afiladas. El zootauro no tiene nariz ni orejas, y a lo que parece sus ojos llenan las funciones del oído y del olfato al propio tiempo que las de la vista. Uno de los ojos se encuentra situado en la frente, o parte anterior de la cabeza, y el otro en la nuca. Su estructura complicadísima es de un estudio extremadamente difícil, sobre todo en un cuerpo muerto.

"De lo que la Comisión ha podido inferir se desprende que los ojos del zootauro son como reflectores, con potencia para lanzar sus haces de luz a varios kilómetros de distancia. El brillo de esta luz ha de ser tal que a su lado la luz Drummond tiene que parecer pálida. Los zootauros pueden aumentar o reducir a voluntad el alcance de la luz, o extinguirla, si quieren, por completo. Es lícito asimismo suponer que esta luz posee propiedades destructivas, gracias a las cuales el zootauro, como por medio de una corriente eléctrica, puede ejercer una acción mortífera a gran distancia. Es también posible que la luz se extinga a veces por sí misma y contra la voluntad del zootauro, y puede suponerse que así haya ocurrido con el ejemplar que ha sido objeto de estudio. Con la luz apagada y sin poder divisar los obstáculos, el zootauro se precipitó a una marcha vertiginosa contra la torre de la basílica, tal como un proyectil de gran fuerza choca contra los muros de una fortaleza.

"Según parece, los ojos son el único órgano vulnerable del zootauro. Todo induce a creer que son inadaptables a la luz diurna de nuestro pla neta, y esto explica, segun nuestro entender, que sus ataques se produzcan siempre de noche.

"Los zootauros pueden servirse de sus reflectores, no tan sólo en el aire, sino también debajo del agua. Pueden con ellos iluminar el fondo del mar y descubrir sus presas a gran distancia.

"En torno al ojo frontal se encuentran dispuestos, en círculo regular, catorce discos convexos, de diferentes colores, parecidos a inmensos ojos de pez. Esta variedad de colores ha podido tan sólo ser comprobada en el zootauro muerto por medio de la pigmentación; pero no puede caber duda de que en los ejemplares vivos estos discos han de ser de colores vivísimos. Uno de los miembros de la Comisión ha emitido la suposición, a la vez ingeniosa y verosimil, de que dichos discos son el órgano de expresión de los zootauros; en lugar de palabras emplean éstos, por lo tanto, un sistema de señales. Por el número infinito de combinaciones que con el número de discos de que disponen son posibles, cabe suponer que la facultad de expresión de los zootauros sea mucho mayor que la del hombre sirviéndose de la palabra.

"La plausibilidad de esta suposición se encuentra reforzada por el hecho de que no han sido descubiertos en el zootauro órganos parecidos o equivalentes a la lengua y las cuerdas vocales de que se vale el hombre para emitir sonidos."

La última parte del informe de la Comisión estaba consagrada a las consideraciones de carácter general.

"En suma: es preciso reconocer—decía el in forme a modo de conclusion—que los zootauros son mucho más perfectos que todos los representantes conocidos de la fauna de nuestro planeta, incluso el hombre. Están dotados por la Naturaleza de posibilidades casi ilimitadas. Viven con igual facilidad sobre la Tierra, en el agua y en el aire, y, por si esto fuera poco, pueden además vivir, privados de aire, en los espacios interplanetarios, cosa que no es dada a ninguno de los animales terrestres. La prueba de esta última aseveración reside en el hecho mismo de que para llegar a la Tierra han tenido que atravesar los inmensos espacios sin aire que median entre el nuestro y los demás planetas. Y desde el momento que han podido llegar a la Tierra cabe suponer que con igual facilidad podrán alcanzar cualquiera de los demás planetas de nuestro sistema solar.

"El hecho se encuentra, es cierto, en contradicción con las leyes de la gravedad; pero en realidad la llegada de los zootauros a la Tierra plantea el problema de la revisión de las leyes de la Naturaleza establecidas por la ciencia humana. La existencia de seres vivos que pueden libremente moverse en los espacios interplanetarios es un hecho que por sí mismo revoluciona nuestras concepciones científicas.

"No ha dejado la Comisión de preocuparse, como es de suponer, del que podríamos llamar problema del nivel de inteligencia de los zootauros. ¿Se trata de seres superiores o inferiores a la especie "Homo sapiens"? ¿Son capaces de crear valores de cultura? ¿Conocen de la Literatura, la Música, la Poesía, la Arquitectura, la Pintura? ¿Tienen la preocupación de los grandes ideales y aspiraciones dignas de un ser superior?

"La Comisión se ha visto, desgraciadamente, en el caso de tener que renunciar a dar una respuesta a estas preguntas. Ha visto que su impotencia era en este campo absoluta. Ha comprendido que era estúpida la pretensión de querer aplicar a esos seres misteriosos, venidos de otros mundos, las normas y escalas de valorización humanas. ¿Con qué derecho creemos que las llamadas por nosotros Ciencia, Arte, Literatura son manifestaciones de superioridad conducentes a la perfección? Esta idea es creación nuestra, nacida en nuestro pobre cerebro humano, entre los hombres y para los hombres, seres débiles, imperfectos, infinitamente alejados de la suma sabiduría, impotentes y míseros a pesar de creerse reyes de la Naturaleza.

"En todo caso, nosotros, adheridos a nuestro pobre planeta, perdido como un grano de polvo entre los cuerpos celestes innumerables; nosotros, que con nuestros aparatos aéreos podemos apenas desprendernos de la corteza terrestre, debemos considerarnos inferiores a los zootauros, por el solo hecho de que éstos pueden vivir en los espacios interplanetarios.

"La Comisión ha procurado también esclarecer la cuestión importantísima de averiguar dónde se refugian los zootauros durante el día entre dos ataques nocturnos. A esta interrogante no es posible, por desgracia, dar una contestación precisa. Hay que recurrir a las hipótesis ante la carencia absoluta de datos positivos.

"Estas hipótesis pueden ser tres:

"Primera: Los zootauros, después de un ataque nocturno, se hunden en las profundidades del mar, y allí esperan la noche siguiente. En apoyo de esta suposición abundan los testimonios de numerosos habitantes de la costa que juran haber visto salir del agua a los monstruos a la caída de la tarde y volver a sumergirse unas horas más tarde, después de haber llevado a cabo un ataque.

"Apoya, asimismo, esta tesis el ilustre astrónomo español José Benavente, el cual, desde su observatorio de la isla de Mallorca, ha escrutado durante varias noches el espacio, tratando de averiguar los movimientos de los zootauros. Al rayar el alba ha podido observar el sabio español cómo los zootauros se sumergian en el mar para reaparecer de nuevo en la superficie después de la puesta de Sol. En el curso de una sola noche ha podido observar cómo diez zootauros distintos practicaban la misma maniobra. Sumergidos antes del amanecer, hacia las cuatro menos cuarto de la mañana, no reaparecieron hasta las nueve de la noche; es decir, casi diez y siete horas después.

"Con todo el profundo respeto que el sabio español merece, la Comisión no puede compartir el convencimiento de que los zootauros pasan el día en las profundidades del Océano. Los hechos que conocemos son insuficientes para poder asegurarlo categóricamente, tanto más cuanto que, como veremos en seguida, existen testimonios que contradicen por completo este supuesto. Además, es posible que los zootauros, vistos al sumergirse en el agua, hayan vuelto a salir una nora, o tan sólo unos minutos, después en las costas de América o de Asia, y, al contrario, ¿quién sabe si lo zootauros vistos al abandonar el mar no procedían del Pacífico o de otro cualquiera de los más lejanos mares?

"Segunda hipótesis: Entre ataque y ataque los zootauros viven en la cúspide de las montañas más altas, como Everets, Hinruxuh, Mont-Blanc, etcétera. A este respecto, posee la Comisión, igualmente, algunos testimonios de pastores montañeses la mayor parte. Casi todos ellos son confusos y evidentemente inspirados por el miedo. Ni uno solo de esos "testigos oculares" ha podido afirmar categóricamente que los zootauros habían pasado la noche en tal o cual montaña: tan sólo les han visto—según dicen—al subir a las cimas o al bajar de ellas. Al ser interrogado con insistencia uno de los testigos para que declarara si, en efecto, había visto un zootauro, hubo de reconocer que no podía jurarlo, y que tal vez había creído ser un zootauro lo que era tan sólo una nube empenachada en lo alto de la montaña.

"Por otra parte contribuye a aumentar el carácter dudoso de esta hipótesis, a juicio de la Comisión, el hecho de que ninguno de los observatorios o estaciones meteorológicas construídos en algunas montañas a una altura considerable haya hecho observaciones que coincidan con las declaraciones de los pastores. Es posible que los zootauros pasen a veces por las montañas, pero nada autoriza a creer que en ellas residan durante un tiempo más o menos largo.

"La Comisión se permite someter a la Acade mia una tercera hipótesis, que parecerá sin duda a muchos en extremo arriesgada. Nada dice que los zootauros no vaguen por los espacios interplanetarios durante el tiempo que dejan transcurrir entre sus ataques. En efecto: según nuestras humanas concepciones, todo ser viviente tiene necesidad, para restaurar sus fuerzas, de un reposo absoluto; es decir, del sueño. Pero hasta tal punto difiere la naturaleza del zootauro de la de los demás seres vivientes, que sería temerario querer aplicarle nuestras concepciones. Es posible, por lo tanto, que los zootauros no necesiten del sueño para reponer sus fuerzas y puedan permanecer en el aire indefinidamente. Y es posible, asimismo, que puedan entregarse en pleno vuelo al sueño y a otras funciones fisiológicas de nosotros desconocidas.

"Uno de los miembros de la Comisión ha llegado a suponer que los zootauros vuelan hacia la Luna durante los intervalos entre los ataques. No es esta afirmación tan paradójica como puede parecer a primera vista. La Luna se encuentra a 365.000 kilómetros de distancia de la Tierra, y esta distancia puede franquearla el zootauro en un espacio de tiempo relativamente corto. Aun cuando hasta ahora no ha sido posible determinar con exactitud la rapidez de su vuelo, todo induce a creer que ésta es vertiginosa, y va mucho más allá de las nociones hasta ahora corrientes. En estas condiciones, nada tiene de paradójico que en el curso de las diez y ocho horas que acostumbran a transcurrir entre los ataques, el zootauro pueda hacer una excursión a la Luna y regresar a la Tierra.

Cabe preguntarse, desde luego, qué atractivos puede presentar para los zootauros un planeta como la Luna, que, según ha podido comprobarse hace ya largo tiempo, carece en absoluto de vida orgánica. A esta pregunta no encuentra la Comisión una respuesta satisfactoria. No considera que valga siquiera la pena de buscarla. Tan limitados son los conocimientos humanos, tan terriblemente estrecho es nuestro horizonte, tan reducido es nuestro mundo, que a cada paso tropezamos, al querer descubrir la verdad, con barreras infranqueables. Nada tiene, pues, de sorprendente, que ante un fenómeno que traspasa los límites señalados por la Naturaleza, nos veamos totalmente impotentes. En todo caso es preciso reconocer que lo que nosotros llamamos leyes de la Naturaleza, ante las cuales nos inclinamos con religioso respeto, no son más que leyes de la naturaleza humana, en modo alguno obligatorias para los originarios de otros planetas.

"Tales son las hipótesis—terminaba el informe—que la Comisión tiene el honor de someter a esa ilustre Academia. Podremos ser acusados de haber tratado el problema con espíritu poco científico, pero esperamos que la Academia, teniendo en cuenta las dificultades de nuestra tarea, no nos juzgue con rigor excesivo. En todo caso la Comisión puede decir: Feci quod potui, faciant meliora potentes ."