La catástrofe · Unidad 4 de 47

Primera Parte · IV

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

IV

En el curso de la tercera noche sobrevino un acontecimiento propio para provocar la estupefacción aun en los tiempos en que el espanto era el estado de ánimo normal de las gentes. Lo sucedido no se supo hasta el día siguiente, cuando la población, después de haber pasado una noche horrible, se decidió a salir a la calle para darse cuenta del alcance de las devastaciones. Entonces un rumor sensacional, que se diría escondido durante la noche, empezó a propagarse de casa en casa, de calle en calle, hasta alcanzar los más insospechados rincones.

—¡Un zootauro muerto!—se oía aquí y allá. El grito sordo parecía proferido con esfuerzo, y apenas acertaba a pasar por las gargantas anudadas y los labios secos.

—¡Imposible! ¿Dónde?

—En la plaza de Notre-Dame. La catedral no es más que un montón de escombros.

—¡Santo cielo! Pero ¿cómo ha podido ser eso?

—No se sabe. Todo el mundo corre hacia allí. De todas partes, de los barrios más alejados de la capital, millares de personas empujadas por la curiosidad y la emoción, se precipitaban hacia la plaza de Notre-Dame, haciendo sobre el hecho los más apasionados comentarios.

Por doquier se oía la misma exclamación:

—¡Un zootauro muerto! ¡Un zootauro muerto!

Hubiérase dicho que el oír y repetir la combinación de esas palabras producía en las gentes un placer indecible. Había en ellas algo de estimulante y consolador. Si los zootauros eran mortales como los demás seres vivientes, era posible la lucha contra ellos. No se trataba, por lo visto, de seres sobrenaturales contra los cuales habrían de ser impotentes las leyes mismas de la Naturaleza.

Y los comentarios, los rumores más fantásticos, seguían su curso.

—Ha sido muerto por una descarga eléctrica de energía extraordinaria, lanzada contra él desde la fortaleza de Vincennes.

—¡Absurdo! Ha sido muerto por una bomba cargada de bacilos del cólera y de la peste.

—Nada de eso. Lo ocurrido es, sencillamente, que se rompió el espinazo al chocar contra la catedral. El choque contra una masa semejante en pleno vuelo no lo resisten ni los mismísimos zootauros.

A medida que la multitud se acercaba a la plaza de Notre-Dame, esta última versión era la más aceptada.

—¡Romperse el espinazo contra la catedral!

—Pero ¿cómo no la vió?

—¿No lleva un reflector?

—Lo llevaría apagado.

—Dicen que de la catedral sólo queda un montón de piedras.

—¡No es extraño!

—Después de mil años de resistir todos los embates y peligros. ¡Dios mío! Lo que son las cosas.

—Pero al zootauro le ha costado también la vida, y eso es lo esencial.

Todas las calles y puentes de las inmediaciones de Notre-Dame estaban guardados por una triple linea de soldados y policía a pie y a caballo. La muchedumbre afluía sin cesar, y la corriente humana se hacía cada vez más densa y agitada. Contenerla resultaba a cada momento más difícil. En varios puntos fué rota la cadena de soldados y policías, y la multitud, como caudal que rompe la presa, desembocó en la plaza tumultuosamente. Repletas estaban las casas, ventanas, balcones y tejados de los alrededores.

Los que no pudieron romper el cordón hacian esfuerzos sobrehumanos para vislumbrar algo de lo que ocurría. Se encaramaban a los árboles, subían a las espaldas de sus vecinos, estiraban el cuello denodadamente, ejercitaban los más difíciles y arriesgados ejercicios gimnásticos, y con todo nada conseguían ver. Tan sólo los que por suerte o por la fuerza consiguieron traspasar la barrera y llegar donde estaban reunidas las autoridades, los concejales y diputados, la Prensa y el Cuerpo diplomático, consiguieron darse cuenta de lo acaecido.

La plaza ofrecía un aspecto insólito.

La torre derecha de la catedral se veía arrasada por completo, y la izquierda había sufrido graves desperfectos. Menos había sufrido la nave misma de la catedral. Pero la techumbre quedó arrancada casi toda, y en la fachada aparecian las máculas y desgarrones de monstruosas heridas.

Las negras piedras milenarias de la torre en ruinas se amontonaban informemente desde la puerta central hasta poco menos de la mitad de la plaza. Entre las piedras, cubierto en parte por ellas, yacía el zootauro.

Pasó largo tiempo sin que nadie osara acercarse al monstruo. El terror supersticioso que inspiraba hacía poner en duda que fuese real su muerte. Se esperaba que de un momento a otro aquella masa gigantesca iba a revivir, a agitarse, a levantar la cabeza, y esa idea ponia la piel de gallina a todos, a los más timoratos como a los más audaces.

Amedrentado, se mantenía el público a honesta distancia. Para examinarlo con más comodidad y certidumbre, algunos, desde lejos, se servían de gemelos. Los reporteros hacían maniobrar con presteza las cámaras fotográficas y anotaban febrilmente todos los detalles, pero tampoco se decidian a acercarse.

De vez en cuando surgía una exclamación alterada:

—¡Cuidado! ¡Parece que se mueve!

—No es cierto. El miedo hace ver visiones.

—¡Que sí, hombre, que sí! Vea cómo la piel se levanta ligeramente... Hacia la derecha, a unos veinte metros de la cabeza.

Nadie lo creía; pero los que estaban en primer término retrocedían instintivamente y procuraban perderse entre la muchedumbre.

—Para mayor seguridad, convendría electrocutarlo—dijo uno de los diputados más conocidos. Yo, por mi parte, no tengo miedo ninguno; pero hay que pensar en lo que ocurriría si el monstruo resucitara.

—Muy justo dijo un concejal que se encontraba a su lado—. Se le podría también dar una inyección, a distancia desde luego, de algún veneno fulminante.

—¡Eso de ningún modo!—protestó el presidente de la Academia, Marcel Duvernoy, que había oído la conversación. No podemos admitirlo, porque sería perjudicial desde el punto de vista científico. Una descarga eléctrica o el empleo de venenos fulminantes, de los cuales por otra parte sería necesario emplear más de una tonelada, pueden introducir en el cadáver perturbaciones importantes que hagan difícil el examen. Además, el monstruo está muerto, muerto por completo, sin ningún género de duda. Ningún peligro de que resucite.

En este momento se hizo sentir un ruido que provenía de las filas más próximas al zootauro muerto.

—¡Perdón, señora! No se acerque usted demasiado—decía un comisario de Policía a una señora ya olvidada de la juventud, alta y flaca, que llevaba colgando a un lado una cámara fotográfica y al otro unos gemelos de campaña.

—¡Cómo! ¿Vame usted a lo prohibir...?—dijo, triturando al francés de un modo espantoso.

—Señora, cumplo con mi deber.

—Yo también estoy aquí para cumplir con mi deber.

—¿Con quién tengo el honor de hablar?

—Miss Dasy Norton, enviada especial del trust de periódicos norteamericanos, doscientos setenta y ocho diarios de Nueva York, noventa y seis de Chicago, treinta y uno de Washington, etcétera, etcétera.

—Tanto gusto. Pero...

—Es preciso que mande hoy mismo a mi trust un radio de cinco mil palabras.

—Admiro su energía, señora; pero tengo órdenes estrictas de no dejar que nadie se acerque al zootauro a menos de diez metros.

—¿Por qué diez precisamente y no cinco o veinte? —preguntó la señora—. Me gustaria saber en qué se fundan las autoridades. Tendrán, seguramente, razones de peso.

—Señora...

Este diálogo empezaba a llamar la atención, y el comisario de Policía lanzaba miradas inquietas hacia el grupo numeroso que se adelantaba para saber lo que ocurría.

—Todo eso es muy extraordinario—decía en alta voz miss Dasy Norton. Una de dos: o el zootauro está muerto...

—De eso se trata precisamente: que no estamos todavía muy seguros...

—Pero si es la cosa más fácil averiguarlo. Con su permiso, señor comisario.

Y sin esperar la contestación, ni darle tiempo de nada, la representante del trust periodístico de la América del Norte se acercó al zootauro y, sin cumplidos, empezó a darle de puntapiés y a hurgarle la piel con la punta del paraguas.

Se oyeron gritos de estupor, y la multitud retrocedió ligeramente, temiendo que el zootauro se reincorporara. Pero al darse cuenta de que la enorme masa permanecía inmóvil, las gentes recobraron el valor. Algunos de los curiosos, siguiendo el ejemplo de miss Norton, rompieron la consigna y se acercaron al monstruo, atreviéndose a tocarlo con la punta del pie o del bastón.

En este momento resonó un grito de angustia:

—¡Respira, respira! ¡Despliega las alas!...

Un pánico loco se apoderó de la muchedumbre. Unos y otros empezaron a correr a la desbandada. La gente de las primeras filas se precipitaba sobre los que estaban detrás. Cada uno procuraba abrirse paso a empujones, estrujones y puñetazos. El aire era desgarrado por agudos chillidos. Los que se encontraban lejos y desconocían las causas de esta alarma, creyeron que el zootauro acababa de abalanzarse sobre la multitud y buscaron refugio en las casas, en los patios y bajo los puentes vecinos.

En menos de cinco minutos la plaza de Notre-Dame quedó completamente desierta. Cerca del zootauro quedaban tan sólo una docena de personas, que, colocadas en primera fila, pudieron darse cuenta de que se trataba de una falsa alarma.

—¡Alto, alto! ¡No correr!—gritaba con toda la fuerza de sus pulmones miss Norton—. Si está muerto, completamente muerto.

Y sacando del bolsillo su carnet de notas empezó a escribir, sin precipitarse, un radio de cinco mil palabras para su trust .