La conquista del Perú : poema histórico · Capítulo real 2 de 2

EPILOGO

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 26 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

EPILOGO

Muy grata sensación causó en España la llegada de Gasea, victorioso, y el caudal que traía de las Indias.

¿Y como nó, si triunfador entraba, después de haber vencido á los rebeldes, extinguido del todo la anarquía, libre de cabecillas prestijiosos el orden sabiamente asegurado, y regresando con tesoro inmenso, cuando solo llevó como recursos sus hábitos, breviario y cracifljo, la autoridad moral de su monarca, y el real sello y órdenes en blanco?

Partió, pues, sin un peso y sin legiones, sin escuadra ni jefes ni ayudantes, y entraba vencedor de los Pizarro, y dispuesto á llenar las arcas reales, exhaustas por las guerras infinitas y los nuevos disturbios de Alemania, donde el emperador estaba entonces, quien cuando supo su feliz llegada, en la corte mandóle presentarse.

Salió Gasea de España acompañado de nobles cortesanos y señores: se embarcó en Barcelona, llegó á Flandes, y ante el monarca presentóse humilde, quien recibióle en largas entrevistas,

con distinción y aprecio, y elevóle al vacante obispado de Palencia, á todos demostrando el buen acierto, que en tan dura misión tuvo su enviado.

Después que salió Gasea, la colonia á agitarse volvió, mas débilmente, como olas largo tiempo sacudidas por recios vientos, en calmarse tardan; y sobre estos asuntos importantes, de Gasea asesoróse el soberano, hasta que el Perú la paz y el orden sólidamente fueron afianzadas, durante los gobiernos sucesivos de ilustres dos vireyes, los Mendoza.

A Gasea promovióse al obispado ^

vacante de Sigüenza, donde el pueblo sus notables virtudes admiraba: murió en Valladolid ejemplarmente de sesenta y únanos; y sus restos guarda Santa María Magdalena, en monumento do su efigie se alza en traje clerical, que aún existe, y al que el viajero, amante de las artes, por su maestra ejecución admira; y de Jaquijaguana las banderas, que al pasarse llevaron los rebeldes, como dignos trofeos se pusieron en su marmórea tumba venerada....

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¡pero ya el tiempo destructor, en polvo esos trofeos convirtió de guerra; mas de Gasea los actos memorables eternamente guardará la historia entre glorias de insignes españoles!

Aunque era Gasea de vulgar aspecto, feo, de corto cuerpo y largas piernas, tenía un fino y atrayente trato; y si amable, paciente y bondadoso, también en los momentos necesarios enérgico mostrábase y severo: y hasta muy económico en sus gastos era para poder, caritativo, ser con los otros franco y generoso.

No era hombre de genio, ni brillaba como orador, letrado ni estadista, ni tuvo de Las Casas las ideas, irrealizables para aquel entonces por su filantropía y su progreso; pero era en todo práctico y sensato, y el don de conocer tuvo á los hombres, fiando á cada cual el desempeño de aquello que entendía en su carrera; é iba los sucesos preparando con paciencia, providad y acierto, . cual sabiamente en el Perú lo hizo!

Si no era un genio, nó, era un carácter , ornado de notables condiciones, para salvar un pueblo y gobernarlo, y encargarle negocios de importancia. 250

En los tiempos que el papa prepotente y los reyes mandaban á su antojo, y que el primer deber de los vasallos era cumplir la voluntad suprema, justos ó injustos sus mandatos fuesen, supo Gasea cumplir gloriosamente

lo que entonces la iglesia y las naciones un deber sagradísimo creían; j

y Gasea fué de su época el apóstol, cual Washington, el astro bendecido de santa libertad y de progres:., en el Norte del mundo americano, y San Martín, Bolívar y otros genios, en el del Sud, gigantes redentores!

República peruana, edén bendito, hospitalario suelo, clima hermoso, tierra de bellos valles perfumados, de colosales cumbres y torrentes, preclara cuna del amor, las gracias, de clásicas bellezas peregrinas y colosales vírgenes riquezas; que al viejo mundo pródiga brindastes á manos llenas y por largos siglos, inagotables, mágicos tesoros, y que^aún más tienes en tus ricas minas; á tí, espléndida tierra de ventura.... á tí consagro la leyenda mía, en mal trazados, débiles renglones; pero en verdad histórica correcta, cual si hubiérala escrito en seca prosa, como cronista escrupuloso y nimio!

¡Nobles hijos del sol, pueblo peruano, plegué al Eterno, justiciero siempre, vuestra patria colmar, desde su trono, de la que merecéis, bendita dicha — í/ obtener lo que siempre será vuestro, V olviendo al Cesar lo que aún es del Cesar!!!

República peruana, que contemplas el pacífico mar entre sus aguas, y[ mansión de beldades y de encantos, benigna acepta la espontánea ofrenda del exacto poeta Demaría, argentino, del Río de la Plata!

Buenos Aires, Noviembre 16 de 1886.

En prensa: Mis Obras Literarias.

FE DE ERRATAS

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LÉASE

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27 . . derribada derribada. I

8 . . daba : daban

35 . . sin cirios— sino irlos

44 . . eclesiatico eclesiástico

25 . . fagoza fangosa

33 . . cnbiero cubierto

17 . . aq ella aquella

32 . . sucia sucia

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34 . . estoy viendo viendo estoy.»

22 . . harta harto

26 . . rápido rápida

44 . . sembrados sembradas

2 . . vergüenza vergüenza

21 . . norte Norte

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27 . . conquistar conquistar.—

40 . . tomar tornar

24 . . edificios edificio

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2 . . Vecino Vecino.'

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23 . . ar a. . . . , área

38 . . ef tuarse efectuarse

14 . . paciencia existencia

37 . . animales animales,

44 . . preciosos precisos

11 . . granito granito,

33 . . caudillo caudillo !

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22 . . ardiente ardiente,

14 . . géneros generosos

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NOTAS

(*) 1 — En el párrafo de una nota, pasada por la corte española á Pedrárias, se le decía.

<E1 asiento que se oviese de hacer en el golfo de San Miguel en el mar del Sud, debe ser convenible para la contratación de aquel golfo, porque según Vasco Nuñez escribe, sería muy necesario que allí haya algunos navios, así para descubrir las cosas del golfo y de la comarca de él, como para la contratación de rescates de las otras cosas necesarias al buen proveimiento de aquel: é para que estos navios aprovechen es menester que se hagan allá >. Fernando Navarrete. Colección de viajes y descubrimientos.

2 — Dice Prescott, en su Historia de la conquista del Perú: «que hasta 1522 no se envió una expedición formal y organizada hacia el Sud de Panamá, bajo las órdenes de don Pascual de Andagoya>, como dando á entender, que fuese ordenada por Pedrárias; pero Quintana, en la Vida de Francisco Bizarro, no le da tal [carácter, pues dice: «Precedieron al proyecto de esta compañía, (refiriéndose á la de Pizarro y Luque), otras tentativas, que si no da tanto nombre y consistencia, fueron bastantes á lo menos para tener noticias más positivas de la existencia de aquellas regiones, que se proponían descubrir. Ya por los años 1522 Pascual Andagcya, con licencia de Pedrárias, había salido á descubrir en un barco grande por la costa del Sud....> Se ve, pues, que á pesar de las prolijas investigaciones de ambos autores, no han encontrado claridad ó uniformidad en los antiguos, que han consultado; pues el uno dice, que fué mandado por Pedrárias, y el otro, que solo obtuvo su licencia, como si Andagoya hiciese el viaje por su propia cuenta.

Según Montesinos, en sus Memorias históricas y Anales del Perú, atribnye la enfermedad de Andagoya á una caida de caballo; pero éste, en la relación que dejó escrita de sus memorias, dice que fué por haberse caído al agua y que estuvo á punto de ahogarse.

3 — También dice Andagoya, refiriéndose á las noticias de este viaje: «En esta provincia supe y hube relación

(*) La sigruiente primera nota corresponde, que 8e ha omitido por descuido del cajista, á la págñna número 2, columna primera, línea veinte y siete, que dice: de un espléndido trono derribada.

ansi de los señores como de mercaderes é intérpretes, que ellos tenían, de toda la costa, de todo lo que después se ha visto hasta el Cuzco, particularmente de cada provincia la manera y jente de ella, porque estos alcanzaban por vía de mercadería mucha tierra.»

4 — El insigne conquistador Francisco Pizarro nació en Trujillo, provincia de Cáseres y patria del hércules don Diego García de Peredes y otros notables varones: era hijo natural de don Gonzalo Pizarro, que murió de coronel de infantería, habiendo seguido al Gran capitán eu las guerras de Navarra é Italia; y era su madre Francisca González, á la que algunos autores dan cierta posición social, aunque otros dicen que era de humilde condi - ción.

Gregoire, en su Diccionario enciclopédico, publicado en París en 1879, dice que nació Pizarro en 1475; la misma fecha indica Larousse en su Diccionario universal, y Prescott, por conjeturas, la fija en 1471, pues no hay conformidad en los autores de aquella época, respecto á la fecha de su nacimiento. Dice Herrera que tenía 63 años cuando murió en 1641: asegura Garcilaso de la Vega, que tenía más de 50 años en 1525; Pedro Pizarro, pariente del conquistador, que tenía más de 54 años en el mismo año 1625, y que en la época de su muerte tenía más de 80 años; pero esto me parece algo exajerado; y entre la fecha de Gregoire y Prescott, debe, en mi concepto, haber acaecido su nacimiento.

Fué arrojado al nacer á la puei'ta de un templo; y según Gomara, dióle de mamar varios días una puerca, hasta que se encontró piadosa nodriza, que le alimentara. Poco ó nada sábese de su niñez, ni de su juventud; pero se dice, que después le recogió el padre y ocupóle en cuidar una piara de cerdos, la que, desbandándose im día, hizo que el joven expósito, por no poder dar cuenta de ella, se encaminase, como prófugo, para Sevilla, y embarcase para Santo Domingo: algunos autores aseguran y otros presumen, que sirvió en las guerras de Italia; pero solo se sabe de positivo, que en 1510 se embarcó en la expedición de Ojeda para Tierra Firma; que le' dejó en San Sebastian, como jefe déla Colonia, durante su viaje

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á Santo Domingo; que le distinguía Balboa y llevó á la travesía del istmo y descubrimiento del mar Pacífico; que

volvió luego á hacer est-a travesía con don Gaspar de Morales, cuando el envidioso Pedrárias trató de anular á Balboa, á quien hizo luego aprehender por el mismo Pizarro, como el único capaz, por su valor y sagacidad, para lograr el éxito, cuando traidoramente le mandó llamar de la isla de las Perlas; y que Pedrárias llevóle consigo á Panamá, adonde dióle algunos iuviios y tierra , al lado de la ciudad, siendo esto, entonces, todo lo que poseía Pizarro, quiea hízose también notable en Veragua en las refriegas con las salvajes tribus.

Solo Muñoz supone que Pizarro sabía leer y escribir; pero contestes están todos los demás autores, en que una y otra cosa ignoraba.

Dice Montesinos: «En este viaje trató Pizarro de aprender á leer; no le dio su viveza lugar á ello; contentóse solo con saber firmar, de lo que se reía Almagro, y decía: que firmar sin saber leer, era lo mismo que recibir herida sin poder darla. En adelante siempre firmó por sí y por Almagro su secretario».

Su compañero de armas Pedro Pizarro, dice terminantemente: «porque el marquéz don Francisco Pizarro, como no sabía leer ni escribir;» y Zarate, otro contemporáneo de ellos, confirma este aserto y dice: < siendo personas, (hablando de Pizarro y Almagro) no solamente no leídas, sino que de todo punto no sabían leer ni aun firmar,

que en ellos fué causa de gran defecto Fué el marqués

tan confiado de sus criados y amigos, que todos los despachos que hacía, así de gobernación como de repartimienta de indios libraba, haciendo él dos señales, en medio de las cuales Antonio Picado, su secretario, firmaba el nombre de Francisco Pizarro».

Se ve, pues, que solo ponía su rúbrica á los lados de su nombre, escrito por Picado; y que solo trazó después una, cuando firmaba el marqués de Pizarro, como lo demuestran las copias que á su retrato se agregan.

Tan extraño era en aquella época saber leer y escribir, como lo es hoy ignorarlo; y hasta lo más distinguidos caballeros escribían tan malamente, como hoy apenas lo haría el chicuelo más pobre de aldea.

El adiestrar á los caballeros en el uso de las armas y el desarrollo físico, era en aquella época la educación más preferida y esmerada. Los nobles, que no eran políticos, y no se afiliaban en la carrera eclesiástica, seguían la de las armas, que los podía llevar á la gloria, á las riquezas y al poder.

Era Pizarro alto de estatura, bien repartido y de regular aspecto físico; sano, robusto y fuerte, como avezado desde su juventud á las luchas y materiales trabajos, y más adelante; en los eriales campos, inmensos desiertos y diarios combates; parco en la comida y bebida, sobrio en sus propias necesidades, y levantábase al anochecer

ó incansable en el trabajo y sus deberes, siendo su único descanso y deleite el buscar nuevas ocupaciones y acrecentar su actividad; no habiendo conocido jamás el triste ignorado expósito los inefables placeres intelectuales, ni los consoladores goces del estudio; tenía gran afición al juego, pues no podía estar ni un momento en la inacción; y cuando elevado vióse á una alta posición, hacíase algunas veces el que perdía, para favorecer así, delicada y disimuladamente á sus necesitados subalternos; y con tal de jugar, no reparaba en la condición de las personas.

No agradábale á Pizarro la ostentación ni el lujo; era naturalmente, tal vez por haber tenido que sufrir, callar y obedecer, desde que naciera, poco comunicativo y modesto, condiciones, en verdad recomendables, y en todas contrarias entre nosotros los americanos, á las de aquellas personas, que dudando uno, si son de pura raza blanca ó alguna africana sangre circula por sus venas, — por sus irregulares y toscas facciones, el grueso pelo ensortijado y sin lustre, y sus vulgares y deformes extremidades, — ellos mismos se venden, por su osadía é impavidez, queriendo figurar en primera línea en todas partes, sean ó no acreedores á ello; y este característico signo del hombre de dudosa raza, puede infaliblemente disipar las dudas, del que las tuviere.

Cuando vióse Pizarro en la cumbre del poder, usaba solamente una capa negra y blanco sombrero, como que * riendo imitar, según se suponía, al Gran Capitán; y el retrato, que de él existía en el palacio de los vireyes de Lima, representábale en traje de caballero, con espada al cinto y capa de marta, revelando su marcial continente .

Aunque era Pizarro persistente en sus ideas y atrevido en su acción, solía ser irresoluto, antes de decidirse; y conociéndose él mismo, tenía por costumbre el decir — no — á todos los que iban á solicitar algo, aunque después, si era posible, lo concediese; y á este respecto dice Pedro Pizarro: «Tenía por costumbre de cuando algo le pedían, decir siempre no. Esto decía él que hacía por no faltar á su palabra; y no obstante que decía no, correspondía con hacer lo que le pedían, no habiendo inconveniente; Don Diego de Almagro era á la contra, que á todos decía sí, y cou pocos lo cumplía.»

Aquí diré, — de paso y cañazo, — porque se me viene á la memoria: que la semejanza de la conducta y proceder de Almagro, á que se refiere Pedro Pizarro, concuerdan admirablemente con las del prometedor doctor D. Dardo Rocha, ex-gobernador de la provincia de Buenos Aires.

No sería de encomiarse el temerario valor de Pizarro, en medio de todos aquellos aventureros, que igual á él lo tenían, si no hubiese descollado como Colón y Balboa, por su constancia y fé en el triunfo, á pesar de los desastres, reveses y peregrinaciones, cuando estuvieron todos para abandonarle, por repetidas ocasiones; y con verdad puede

— ni —

decirse, que mucho aprendió al lado de Balboa, para ser un insigne caudillo.

En aquellos intei'minables desiertos y aterradoras montañas, no solo luchara como hombre con millares de hombres, sino con algo que es mucho peor: con la intemperie, los elemento s, el hambre, la desnudez, la total carencia de todo lo muy necesario, los desastres, las sorpresas, lo desconocido, y por conservar la fé, la unión y el cariño de todos los indisciplinados y díscolos aventureros, que le siguieron, hasta realizar la gran conquista.

Manifiéstase su enérgica voluntad y decisión en los enfermizos pantanos de Choco, donde vio perecer á casi todos sus compañeros, antes que volverse á Panamá: en la isla del Gallo, donde trazando una. linea con su espada, dijo:— que le abandonaran los que quisiesen, pues él se internaría solo al Perú, ó con los que quedasen; — y en la intuición y fó ciega en su destino, cuando salió á bascar, con menos de doscientoe hombres, á Atahualpa, en su misma capital, y rodeado de más de cien mil arqueros; y larga tarea sería enumerar todos los heroicos hechos realizados por Pizarro, en su memorable conquista. •

Pero como verídico narrador, tengo también que señalar las sombras, que en algo oscurecen la radiosa figura de Pizarro, y que inseparables son de la incompleta organización moral, que jamás llegará á la perfectibilidad, desde que todas las encontradas pasiones convergen á que trate el hombre de realizar sus aspiraciones y ambiciones, sean ó no justas y Icjítimas.

Casi todos los historiadores que hanse ocupado de la vida de Pizarro, calift'canle de pérfido y una política innoble y egoísta; y al estudiar su vida, no descúbrense en ella aquellos sorprendentes rasgos de abnegación y gran, deza, ni aquellos sacrificios desinteresados y sublimes, que se ven en casi todos los que verdaderamente han sido grandes hombres; su pérfida ingratitud y envidia para con Almagro son evidentes; sus trabajos y empeños en la corte, solo buscaron siempre su propio beneficio y el de sus hermanos, y nunca el de sus companeros; su falta de lealtad en el compromiso con Atahualpa es indigna y reprochable" sin ninguna recompensa á los amigos, que ayudáronle en su magna empresa, es impolítica y demuestra su carácter egoista y receloso; la farsa de la proclamación del inca Manco, para que fuera su instrumento, es hipócritamente ridicula y salióle contraria á su objeto, pues solo consiguió que numerosas tribus, creyendo que fuera aquello verdad, sostuvieran luego al Inca denodadamente, y pusieron á las castellanas huestes en inminentes peligros, como cuando sitiaron al Cuzco y á todos los pueblos, donde estaban diseminados los españoles; y su tend encía á destruir el poder, civilización y monumentales edificios, allí encontrados, sin sustituirlos por otros, no mejores, ni siquiera equivalentes, fué contraria á una pronta y conveniente organización.

¿Y cual fué en fin, la consecuencia de todo esto? Más que nadie, él mismo la sufrió: el que se le fueran separando sus compañeros; que las tribus, que reducir pudo con una paternal política, vengativas se le insurreccionaran, el que extinguiera las creencias y grandezas peruanas sin tener el talento de reemplazarlas por otras; y que muriese, en fin, asesinado por los vengadores amigos del hijo de Almagro, cuyo padre hizo llevar al patíbulo, sin comprometerse; que se evaporase á su muerte, todo el arbitrario puder qua asumía, y se entregase á aquel reino á una espantosa guerra civil, cuando eran solo un puñado de hombres, embriagados en el oro y sedientos de lúbricos placeres, hasta atropellar los venerandos templos de las víi-jenes tradicionales.

Sin embargo de todo esto, Pizarro, como guerrero, con quistador y personalidad política, predestinado por la providencia para cumplir en un desconocido mundo - grandes acontecimientos en la humanidad, es una de las más culminantes figuras, que desde los más remotos y heroicos tiempos, puede, con orgullo, poner una nación en primera línea; legó á su patria, entre la universal admiración, un poderoso imperio muy más rico, extenso y virgen, que el que gobernaba su emperador; redimió á ese conquistado imperio de la idolatría, para que en él se propagasen las consoladoras máximas de Jesucristo; y entregó su descubrimiento á la civilización, y á la explotada y envejecida Europa un florido edén, se pudieran asilarse los desvalidos del mundo y labrar un brillante porvenir para sus hijos; abrió á las ciencias un ignorado campo; atestó á la Europa entera con las barras de oro y plata, que lanzaban aquellos carros, como lanzan sus lavas y cenizas los estallantes volcanes; y su inmarcesible nombre es una de las glorias de su patria.

Si se consideran los oscuros principios de Pizarro, más disimulables se hacen sus faltas y errores: sin ninguna educación moral; maltratado desde el nacer por dura suerte, que al terminar sus años trocósele en propicia; arrojado del hogar materno y sin recibir en su infancia aquellas sonrisas y caricias, que nos forman la ternura del corazón y los dulces recuerdos y sentimientos, como al rocío, la brisa y el sol hacen abrir pomposas á las perfumadas flores: condenado, desde tierno niño, á buscarse el diario alimento, en denigrantes y penosos trabajos, agriando y contrariando los ensueños juveniles, y quizá haciéndole maldecir á los qne le dieron el ser y á su destino; y después, sin otros ejemplos, que la desordenada vida de los campamentos: la licenciosa de los salvajes y vagabundos, la avidez de adquirir oro, — por el conocimiento que desgraciadamente tenia, de que el oro disipa todas las necesidades y conduce á las más altas posiciones, — y la de satisfacer los materiales deseos en los continuos asaltos á las agrestas cabanas, ¿que altas condiciones morales puedénsele razonablemente exijir,

IV —

cuando otros grandes hombres, que suélennos presentar como modelos, rodeados desde el nacer de todos los más virtuosos ejemplos, llenos de comodides y con inculcado conocimiento de lo bueno y lo malo, han sido muchos peores que él; y sin embargo, ¿no prescinde de tales extravíos la historia, y generalmente solo recuerda sus be neficios, proezas y glorias, como justa recompensa de sus merecimientos?

iSí! ¡Harto hizo el infelice y desvalido expósito: por sus propios méritos y sacrificios encumbróse á la gloriosa cima, donde irradian los más grandes hombres del universo!

Sus faltas, al lado de sus esplendorosas hazañas y de los traseudentales beneficios, rendidos á la humanidad, son como esa lijera y tenue nube, que casi nadie ve, en medio del más radioso día primaveral.

Creo que así debe juzgarse á Pizarro; y en prueba ys de admiración á su gloria y jénio, hele tomado como protagonista de este mi humilde trabajo; el que había pensado encabezarlo con su nombre, — como hícelo eu otros con el de Balboa,— y concluirlo cuando es asesinado; pero como después varié ó prolongué mi plan, y decidíme á darle su terminación natural, que es cuando Gasea, ya pacificado el Perú, lo entrega á Carlos quinto, rae ha parecido más propio el nombre que llera.

Ese valor insensato, que nada teme; ese colmo de inaudita vanidad, que pierde á los hombres, perdieron á Pizarro; esa ciega fé, que suelen tener algunos en su buena estrella, como él ya debía tenerla, después de tantos obtenidos triunfos, hízole que desoyera todos los avisos, que hasta la víspera de su muerte le dieron, de esa tramad a conspiración para asesinarle; y parecióle como á Julio César, que nadie podría tener el pensamiento de realiza r tal hecho; así es que fué sorprendido en su propio palacio, por unos cuantos hombres armados, que entraron en medio del día, y denodadamente peleó contra varios, hasta morir; y después que los conjurados dejáronle tendido en su propio cuarto, un fiel servidor y unos negros envolvieron el cuerpo en una sábana, y ocultamente lo condujeron á la catedral, temiendo que fuese arrastrado por las calles.

Pocos años después, y extinguida ya la guerra civil, hízose justicia al célebre conquistador; y en un suntuoso féretro, visible, fueron sus restos colocados en la catedral; y en 1607, cuando habíanse ya olvidado sus faltas y recordábanse solo sus esclarecidos méritos, trasladáronse con sagrado recogimiento ala nueva catedral, en caja forrada de terciopelo morado, con pasamanos de oro puro, y colocáronse al lado de los del digno y sabio virrey Mendoza.

El gran Pizarro murió soltero; pero de una hermana, de Atahualpa tuvo un hiio y una hija, que le sobre vevieron.

Ni Prescott ni los antiguos autores, que he leído para organizar esta trabajo, dan el nombre de esa princesa peruana; pero Larousse, en su Diccionario, la llama doña Angélica, y este será el nombre que le daré á falta de otro; aunque Quintana, en la nota octava de la biografía de Pizarro, hablando de las principales concubinas indias que tuvo, dice que fué la hija de Huayna Cápac, herma* na de Atahualpa; que se la puso doña Inés de Huayllea Nusta, y que de ella tuvo á don Gonzalo y doña Francisca, legitimados ea su testamento.

Murió el hijo antes de llegar á la edad viril; y doña Anjélica ó doña Inés ó Huaylles Nusta, después de la muerte de Pizarro, casóse con un caballero español, llamado Ampuero, y se trasladaron á España, llevando á su hija de Pizarro, que allá contrajo matrimonio con su viejo tío don Hernando Pizarro, preso á la sazón en la Mota de Medina.

Ni el título ni las propiedades de Pizarro pasaron á su descendencia legítima ó natural; pero en la tercera generación y en el reinado de Felipe IV, concedióse el título de marqués de la Conquista y una gran pensión á don Juan Hernando Pizarro, como premio á los servicios de sus antecesores.

5 — Don Diego de Almagro, segundo jefe en la conquista del Perú, era también expósito como Pizarro, y se ignora la época de su nacimiento: le da Quintana 63 años en la de su muerte, que fué en 1638, y por consi - guíente, supone la de su niíimiento en 1474 ó 1475 que es la misma que tija Gregoire: dice Prescott que no pasaba de 70 años cuando murió, debiendo según su cuenta, haber nacido en 1468 y lo da por natural de Castilla la Nueva: pero Herrera dice que era de la Aldea del Rey, y Zarate de Malagón, y Gomara y Garcilazo de Almagro, cayo nombre se puso á falta de otro heredad: y todos convienen en que era manchego.

Muy poco ó nada se sabe de la juventud de Almagro» mas todos suponen, que desde el principio siguió la carrera de las armas; y dice Quintana que fué á las ludias acompañando á Pedrárias, desde donde hizo amistad con Pizarro, como caudillos y de iguales hábitos de vida: de lo que no cabe duda es que era tan osadamente valiente como Pizarro, y tenía la cara y cuerpo Henos de cicatrices, lo que daba un desagradable aspectp á su fornido y bajo cuerpo, ágil y resuelto siempre á acometer las mas arduas empresas.

Cuando fué con Pedrárias a Panamá tuvo un hijo, poco más ó menos el año 1620, que después fué su vengador, habido en una india, á quien dejó como heredero, en condominio con el rey, de todos sus indivisos bienes en la sociedad con Pizarro, formada para la conquista.

Fué Almagro de violentas pasiones y no acostumbrado á dominarlas: impetuoso y rápido en la ejecución de sus proyectos; mas pasados sus momentos de arrebatos, era

afable, igaal oía consejos, se convencía y corregía sus desaciertos: caudillo prestigioso, popular entre sus soldados y compañeros, fíel con sus amigos, incapaz de desconfiar de nadie, y crédulo como un niño, revelábase así su noble corazón; y con todos franco y generoso hasta la prodigalidad, citaré como hecho corroborante, que cuando emprendió su campaña á Chile, prestó, ó mejor dicho, distribuyó entre sus compañeros y soldados, como cien mil ducados en oro; y manifiesta Herrera: tque mandó sacar de su posada más de ciento y ochenta cargas de plata y veinte de oro, y las repartió. > Y entendíase por una carga lo que fácilmente podía cargar un indio.

Contribuyeron en mucho, para que pudiera Pizarro realizar su conquista, los socorros y perseverancia, con que asiduamente le asistió en los primeros y más difíciles tiempos, eu que tantas contrariedades tuvieron; y tal vez sin su decidida ayuda hubiesen sido estériles los trabajos del conquistador; la anión de ambos tuvo por objeto un fecundo y gran propósito; mas después de logrado no podía continuar, ni menos al tiempo del reparto del botin: el uno era confiado, franco, ardiente y sin ulteriores ambiciones políticas, mientras el otro, encumbrando solo á sus hermanos, de cuya sumisión no dudaba, era desconfiado, astuto, desleal y pérfido; así pues sucumbió el de más nobles sentimientos, y siguió imperando el más avieso y receloso.

Cansado Almagro de las delealtades de su socio Pizarro, apoderóse del Cuzco, al volver de Chile, y cogió prisionero á Hernando Pizarro á otro hermano; y después de tratarlos con las mayores consideraciones, púsolos en libertad, á pesar de la tenaz oposición de Orgoñez, excelente general y consejero de Almagro, hombre de acertadas opiniones políticas: mandó enseguida Francisco Pizarro una fnerte expedición contra Almagro, dirigida por su hermano Hernando, que derrotó las fuerzas de Alma, gro, quien hízose llevar en andas para ser expectádor de la batalla, pues no permitíanle ya su vejez y achaques el dirigirla; fué vencido y prisionero é hízole Pizarro levantar un proceso, confeccionado á su capricho y lleno de injustos cargos, y condenado fué á garrote vil en su propia prisión; complúgose antes Hernando en insultarle y escarnecerle, cebándose así, como una hiena, en el hombre á quien debía la vida y habíale puesto en libertad, contra la opinión de toda su hueste; llévesele despuésá la plaza pública y separóle el verdugo la cabeza del cuerpo.

Al siguiente día su amigo don Hernando Ponce de León trasladó el cuerpo del anciano Almagro á una iglesia, y para mayor escarnio, dos Pizarros, hallándose Francisco en Lima, fueron acompañando el duelo: tal hizo también el conquistador en los funerales de Atahualpa.

Esta infame acción, esta envidiosa venganza, ejercida contra un antiguo y noble compañero, ya achacoso y

viejo, es la más negra mancha del célebre Pizarro, porque PGS hermanos no eran más que sus serviles instrumentos. ¡Digno por cierto de mejor suerte era el conquistador Almagro, que tantas glorias había dado á su patria y tan altos servicios había hecho á su rey en aquella famosa conquista!

6 — Dice Quintana, que en esa expedición llevó Pizarro ochenta hombres y cuatro caballos, sin duda siguiendo á Herrera, que da ese mismo número; pero todos los demás historiadores de esa época, dicen que llevó más de cien; y el padre Navarro, que residió después en Lima, lo aumentó á 129.

7 — Segúu Herrera. Zarate y otros autores del tiempo de la conquista, lo que dio el nombre del Perú al imperio de los Incas, fué la mala pronunciación de Birú, que llamaron Perú.

Debo prevenir aquí, aunque he debido hacerlo antes, que en esta obra, como en mis otras anteriores del mismo género, he usado indistintamente los abjetivos indio é indiano, dándoles un solo significado, y no haciendo la distinción, que hace de ellos la Academia, no solo por convenirme así para el verso, sino también por la misma razón, que como regla general, dispone que se llame, diga y derive de Varsovia, varsoviano; de Perú, peruano: de Chile, chileno; de Cádiz, gaditano; de Guipúzcoa, guipuzcoano; etc., así también, hasta en los derivados de continentes, como de África, africano; y de América, americanos; casi todos en ano, salvo algunos casos excepcionales, como más eufónicos para el lenguaje; ó llamarse así desde remotos tiempos, como de Liglaterra, inglés; de Francia, francés; de Malta, maltes; etc., acabados en es, ó en an. como alemán, musulmán; pero siempre dando un solo adjetivo, que exprese su nacionalidad, á todo individuo, de cualesquiera punto de la tierra, sin darle dos, uno que exprese si es oriundo Y otro si es meztizo.

¿Por qué, pues, la real Academia solo hace una única excepción, llamando á unos indios, como verdaderos indígenas, y á otros indiano, como á los mestizos, y dándole además á la palabra indiano otros significados, que repugnan al sentido común?

¿Qué razón tan poderosc, tan útil, tan necesaria, y de tanto esplendor para la lengua, ha obligado á la Academia á hacer tal cosa, tan incomprensible y tan falta de lógica, rompiendo así con lo genercl, en todos los demás casos?

Llama la Academia indio, <al natural y originario de las Indias, > como si dijéramos, únicamente al indígena. (No sabemos si se refiere también a la India del antiguo continente, ó IndoChina, ó solo á las que se llamaron las Indias, del continente occidental.) Y llama indiano, «al natural de la india, pero no originario de ella.> <La persona que fué á la India y da vuelta luego á Europa: > y en otros, *que vuelve de ella rico.»

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VI —

Pero el natural, ó nativo de un país, y originario, es lo mismo para ese mismo diccionario; así, pues, al sujeto nacido en Madrid, Galicia ó cualesquiera rincón de España, llámale español, aunque sea nativo y no originario, y sus padres sean rusos, turcos ó judíos; y la mismo á todos los sujetos de todas las naciones del mundo, sin diferenciar por otro nombre al hijo de extranjero, á quien por regla general dispone que se llame mestizo.

Luego la real Academia tiene diversa lógica, criterio y regla para un mismo caso, sin expresar cuál es la causa, que oblígala á hacer tal excepción.

Volviendo la oración por pasiva, y siguiendo los americanos, en el caso ocurrente, el mismo precepto, que en el análisis de indio ó indiano, porqué no han de poder decir también: «europeo ó europeano:> la persona que fué á Europa y da la vuelta luego á América; ó <que fué rica á ella y regresa pobre?»

También debería decirse: alemán, «el natural de Alemania y originario de ella», y alemano: «el nacido en Alemania, pero de padres extranjeros.»

Pero si me objeta, por decir algo, que indio se dice al indígena, é indiano á los hijos de los conquistadores, diré, que eso podía pasar hace cuatro siglos, para diferenciar, los; pero hoy no hay razón para ello: y preguntaré, por qué se hace esta única excepción con los nacidos en las antiguas llamadas Indias y no se ha hecho con ninguna otra nación, pueblo ó aldea del orbe; ni aún con los mis. mos amepicanos, que son los mismos ó verdaderos hijos de esas Indias?

Será por haberlos tenidos en menos, aunque ya no hay indios ni indianos, en la excepción que da la Academia á estas dos palabras, sino americanos, quienes llaman indios á aquellas tribus salvajes, aún no conquistadas.

Pero por qué no se ha llamado y llama áfricos á los oriundos del África, y africanos á los mestizos é hijos de extranjero?

Podría extenderme largamente en otras oportunas observaciones; pero bástame con lo expuesto para mi objeto, que es manifestar, que á sabiendas v exprofeso he usado indistintamente de los dos adjetivos, á pesar de conocer la clasificación que hace la Academia de cada uno de ellos.

Pero ya, á Dios gracias, no hay indios ni indianos, como lo dice y entiende la Academia, siuo solo América y americanos, libres é independientes, como tienen todos aquellos pueblos y naciones, constituidas ya, y no dependen de sus primitivos conquistadores.

8 — Refiere Oviedo en su Historia general, la conferencia que tuvo Almagro con Pedrarias, y que él presenció, para separarle de la asociación en la empresa del descubrimiento del Perú.

«En el cual tiempo yo tuve ciertas cuentas con Pedrarias, y haciendo la averiguación de ellas en su casa, donde nos juntábamos á cuentas, entró el capitán Diego de Al-

magro, un día, é le dijo* Sefior, ya vuestra merced sabe que en esta armada é descubrimiento del Perú tenéis parte con el capitán Francisco Pizarro y con el maestre-escuela don Fernando de Luque, mis compañeros y conmigo, y que no habéis puesto en ella cosa alguna, y que nosotros estamos perdidos, é habemos gastado nuestras haciendas y las de otros nuestros amigos, y nos cuesta hasta el presente sobre quince mil castellanos de oro, ó agora el capí tan Francisco Pizarro é los cristiasos que con él están, tiene mucha necesidad de socorro é gente é caballos é otras m uchas cosas para proveerlos, porque no nos acabemos de perder, ni se pierda tan buen principio, como el que tenemos en esta empresa, de que tanto bien se espera. Suplico á usía que nos socorráis con algunas vacas pa ra hacer carnes, y con algunos dineros para comprar caballos y otras cosas de que hay necesidad, como jarcias y lonas é pez para los navios, que en todo se toma buena cuenta y la hay de lo que hasta aquí se ha gastado, para así goce cada uno ó contribuya por rata según la parte que tuviere; é pues sois partícipe en este descubrimiento, por la capitulación que tenemos, no se ais, sefior, causa que el tiempo se haya perdido y nos otros con él; ó sino queréis atender el fin de este negocio, pagad lo que hasta aquí os cabe por rata y dejémoslo todo. A lo cual Pedrarias, después que hobo dicho Almagro, respondió muy enojado é dijo: Bien par ece que dejo yo la gobernación, pues vos decís eso: que lo que yo pagara si no me hubieran quitado el oficio, f uera que me diérades muy estrecha cuenta de los cristianos que son muertos por culpa de Pizarro é vuestra, é que habéis destruido la tierra al rey, é de todos esos desórdenes é muertos habéis de dar razón, como presto lo veréis, antes que salgáis de Panamá. A la cual replicó el capitán Almagro é le dijo: Sefior, dejaos deso; que pues hay justicia é juez que nos tenga en ella, muy bien es que todos den cuenta de los vivos é de los muertos, é no faltará á vos, sefior, de que deis cuenta, é yo la daré á Pizarro de manera que el Emperador nuestro señor nos haga muchas mercedes por nuestros servicios: pagad si queréis gozar de esta empresa, pues que no sudáis ni trabajáis en ella, ni habéis puesto en ello, sino una ternera que nos diste al tiempo de la partida, que podrá valer dos ó tres pesos oro; ó alzad la mano del negocio y soltaros hemos la mitad de lo que nos debéis en lo que se ha gastado. A esto replicó Pedrarias, riéndose de mala gana, é dijo: No lo perde redes todo, é me daréis cuatro mil pesos; é Almagro dijo: Todo lo que nos debéis os soltamos ó dejadnos con Dios acabar de perder ó de ganar. Como Pedrarias vido que ya le soltaban lo que él debía en la armada, que á buena cuenta eran más de cuatro ó cinco mil pesos, dijo: ¿Qué me daréis de mas deso? Almagro dijo: Daros he trescientos pesos, m uy enojado; y jurando á Dios que no lo tenía, pero que

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él los bascaría por se apartar del é no le pedir nada. Pedrarias replicó é dijo: I aun dos mil me daréis. Entonces Almagro dijo: Daros he qainientos. Mas de mil me daréis, dijo Pedrarias; é continuando su enojo Almagro dijo: Mil pesos os doy y no los tengo, pero yo daré seguridad de los pagar en el término que me obligare; é Pedrarias dijo que era contento; é así se hizo cierta escritura de concierto, en que quedó de le pagar mil pesos de oro con que se saliese, como se salió, de la compañía Pedrarias, é alzó la mano de todo aquello, ó yo fué uno de los testigos que fírmanos el asiento é conveniencia, é Pedrarias se desistió e renunció todo su derecho en Almagro é su compañía, y de esta forma salió del negocio, y por su poquedad dejó de atender para gozar de tan gran tesoro como es notorio que se ha habido en aquellas partes. >

9 — El siguiente instrumento público es la escritura de compromiso, que otorgaron los tres socios, y sirvió para el descubrimiento del imperio del Perú; y se encuentra en los Anales de don Fernando Montesinos, en 1526.

«En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y de la santísima Virgen nuestra Señora, hacemos esta compañía.

Sepan cuanto esta carta de compañía vieren, como yo don Fernando de Luque, clérico presbítero vicario de la santa iglesia de Panamá, de la una parte; y de la otra el capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro, vecinos que somos de esta ciudad de Panamá, decimos: Que somos concertados y convenidos de hacer y formar compañía, la cual sea firme y valedera para siempre jamás en esta manera: Que por cuanto nos, los dichos capitán Francisco Pizarro y Diego Almagro tenemos licencia del señor gobernador Pedro Arias de Avila para descubrir y conquistar las tierras y provincias de los reinos llamados del Perú, que está, por noticia que hay, pasado el golfo y travesía del mar de la otra parte, y porque para hacer la dicha conquista y jornada y navios y gente y bastimento y otras cosas que son necesarias, no lo podemos hacer por no tener dinero y posibilidad tanta cuanta es me" neater, y vos el dicho don Fernando de Luque no los dais, porque esta compañía la hagamos por iguales partes, somos contentos y convenimos de que todos tres hermanablemente, sin que hayan de haber ventaja ninguna más el uno que el otro, ni el otro que el otro, de todo lo que se descubriere, ganare y conquistare y poblare en los dichos reinos y provincias del Perú. I por cuanto vos e) dicho don Fernando de Luque nos disteis, y ponéis de puesto por vuestra parte en esta dicha com, pañía, para gastos de la armada y gente que se hace para la dicha jornada y conquista del dicho reino ^del Perú, veinte mil pesos en barras de oro y de á cuatrocientos y cincuenta maravedís el peso, los cuales los re-

cibimos luego en las dichas barras de oro, que pasaron de vuestro poder al nuestro en presencia del escribano de esta carta, que lo valió y montó; y yo Hernando del Castillo doy fé los vide pesar los dichos veinte mil pesos en las dichas barras de oro, y lo recibieron en mi preesncia los dichos capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro, y se dieron por contentos y pagados de ella. I nos los dichos capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro ponemos de nuestra parte en esta dicha compañía la merced que tenemos del dicho señor Gobernador, y que la dicha conquista y reino que descubriremos de la tierra del dicho Perú, que en nombre de su majestad nos ha hecho, y las demás mercedes que nos hiciere y acrecentare su majestad y los de su consejo de las Indias de aquí adelante, para que de todo gocéis y hayáis vuestra tercera parte, sin que en cosa alguna hayamos de tener mas parte cada uno de nos, el uno que el otro, sino que hayamos de todo ello partes iguales. I mas, ponemos en esta dicha compañía nuestras personas y el haber de hacer dicha conquista y descubrimiento con asistir con ellas en la guerra todo el tiempo que se tardare en conquistar y ganar y poblar el dicho reino del Perú, sin que por ello hayamos de llevar ninguna ven taja y parte mas de la que vos el dicho don Fernando de Luque lleváredes, que ha de ser por iguales partes todos tres, así de los aprovochamientos que con vuestras personas tuviéremus, y ventajas de las partes que nos cupieren en la guerra y en los despojos y ganancias y suertes que en la dicha tierra del Perú hubiéremos y gozáramos, y nos cupiere por cualquier vía y forma que sea, así á mi el dicho capitán Francisco Pizarro como á mí Diego de Almagro, habéis de haber de todo ello, y es vuestro, y os lo daremos bien y fielmente, sin desfraudaros en cosa alguna de ello, la tercera parte; porque desde ahora en lo que Dios nuestro Señor nos diere, decimos y confesamos que es nuestro y de nuestros herederos y sucesores, de quien en esta dicha compañía sucediere y lo hubiere de haber, en nuestro nombre se lo daremos, y le daremos cuenta de todo ello á vos y á nuestros sucesores, quieta y pacíficamente, sin llevar más parte cada uno de nos que vos el dicho don Fernando de Luque y quien nuestro poder hubiere y le perteneciere; y asi de cualquier dictado y de señoría perpetuo ó por tiempo señalado, que su majestad nos hiciere merced en el dicho reino del Perú, asi á mí el dicho capitán Francisco Pizarro, é á mí el dicho Diego de Almagro, ó á cualquiera de nos, sea vuestro el tercio de toda la renta y estado y vasallos que á cada uno de nos se nos diere é hiciere merced, en cualquiera manera ó forma que sea, en el dicho reino del Perú, por vía de estado ó renta, repartimiento de indios, situaciones, .vasallos, seáis señor y gocéis de la tercia parte de ello como nosotros mismos, sin adición ni condición ninguna, y si la hubiere y ale-

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gáremos, yo el dicho capitán Francisco Pizarro y Diego Almagro, y en nuestros nombres nuestros herederos, que no seamos oídos en juicio ni fuera del, y nos damos por condenados en todo y por todo, como en esta escriptura se contiene, para lo pagar y que haga efecto; y yo el dieho don Fernando de Luque hago la dicha compañía en la forma y manera que de suso está declarado, y doy los veinte mil pesos de buen oro para el dicho descubrí' miento y conquista del dicbo descubrimiento y conquista del dicho reino del Perú, á pérdida ó ganancia, como Dios nuestro Señor sea servido, y de lo sucedido en el dicho descubrimiento de la dicha gobernación y tierra he yo de gozar y haber la tercera parte, y la otra tercera parte para el capitán Francisco Pizarro, y la otra tercera parte para Diego Almagro, sin que el uno lleve más que él, así de estado de señor como de repartimiento d^ indios perpetuos, como de tierras y solares y heredades, como de tesoros y escondrijos encubiertos, como de cualquier riqueza ó aprovechamiento de oro, plata, perlas, esmeraldas, diamantes y rubíes, y de cualquier estado y condición que sea, de los dichos capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro bayais y tengáis en el dicho reino del Perú, me habéis de dar la tercera parte. I nos el dicho capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro decimos que aceptamos la dicha compañía y la hacemos con el dicho don Fernando de Luque de la forma y manera que lo pide él y lo declara, para que todos por iguales partes hagamos en todo y por todo, así de estados per. petuos que su majestad nos hiciere mercedes en vasallos ó indios, ó en otras cualesquiera rentas, goce el derecho don Fernando de Luque, y haga la dicha tercia parte de todo ello enteramente, y goce de ello como cosa suya desde el día que su majestad nos hiciere cualesquiera mercedes, como dicho es. I para mayor verdad y seguridad de esta escriptura de compañía y de todo loen ella contenido, y que os acudiremos y pagaremos nos los dichos capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro á vos el dicho Fernando de Luque con la tercia parte de todo lo que se hubiere y descubriere y nosotros hubiéremos por cualquiar vía y forma que sea; para mayor fuerza de que lo cumpliremos como en esta escriptura se contiene, juramos á Dios nuestro Señor y á los Santos Evangelios, donde más largamente son escritos y están con este libro Misal, donde pusieron sus manos el dicho capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro, hicieron la señal de la cruz en semejansa de esta -j- con sus dedos de la mano, en presencia de mí el presente escribano, y dijeron que guardarán y cumplirán esta dicha compañía y escriptura en todo y por todo como en ella se contiene, so pena de infames y malos cristianos, y caer en caso de menos valer, y que Dios se lo demande mal y caramente; y dijeron el dicho capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro: Amen, y así lo juramos, y le daremos el tercio de todo lo que descubriéramos y conquistáremos, y poblare-

mos en el dicho reino del Perú, y que goce de ello como nuestras personas, de todo aquello en que fuere nuestro y tuviéremos parte, como dicho es en esta dicha escriptura, y nos obligamos á acudir con ello á vos el dich^ don Fernando de Luque y á quien en nuestro nombre le pert eneciere y hubiera de haber, y les daremos cuenta con pago de todo ello cada y cuando que se nos pidiere, hecho el dicho descubrimiento y conquista y población del dicho reino y tierra del Perú; y prometemos que en dicha conquista y descubrimiento nos ocuparemos y trabajaremos con nuestras personas, sin ocuparnos en otra cosa hasta que se conquiste la tierra y se ganare, y si no lo hiciéramos seamos castigados por todo rigor de justicia por infames y perjuros, seamos obligados á volver á vos el dicho don Fernando de Luque los dichos veinte mil pesos de oro que de vos recibimos. I para lo cumplir y pagar y haber por firme todo lo en esta escriptura cpntenido, cada uno por lo que le toca, renunciaron todas y cualquiera leyes y ordenamientos y pragmáticas y otras cualquiera constituciones, ordenanzas que estén fechas en su favor y cualesquiera de ellos, para que aunque las pidan y aleguen, que no les valga. I valga esta escriptura dicha y todo lo en ella contenido, y traiga aparejad a y debica ejecución, así en sus personas como en sus bienes, muebles y raíces, habidas y por haber; y para lo cumplir y pagar, cada uno por lo que le toca, obligaron sus personas y bienes habidas y por haber, según dicho es, y dieron poder cumplido á cualesquier justicias y jueces de su majestad para que por tal rigor y más breve remedio de derecho les compelan y apremian á lo así cumplir y pagar, como si lo dicho fuere sentencia definitiva de juez competente pasada en cosa juzgada; y renunciaron cualesquier leyes y derechos que en su favor hablan, especialmente la ley que dice que general renunciación de leyes no vala. Que es fecha en la ciudad de Panamá á diez días del mes de marzo, año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos veinte y seis años: testigos que fueron presentes á lo que dicho es, Juan de Panes y Alvaro del Quiro y Juan de "Vállejo vecinos de la ciudad de Panamá; y firmó el dicho don Fernando de Luque, y por no saber firmar el dicho capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro, firmaron por ellos en el registro de esta carta Juan de Panes y Alvaro del Quiro, á los cuales otorgantes yo el presente escribano doy fé que conozco.— Don Fernando de Luque — A ruego de Francisco Pizarro, Juan de Panes, y á ruego de Diego , de Almagro, Alvaro del Quiro. — E yo Fernando dol Castillo, escribano de su majestad y escribano público y del número de esta ciudad de Panamá, presente fué al otorgamiento de esta carta, y la fice escribir en estas cuatro fojas con esta, y por ende fice aquí este mi signo á tai en este testimonio de \Qráaiá.— Bcrnanáo del Castillo, escribano público.»

Aunque en esta escritura se firma el cura Luque, Fer-

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nando, — como así en realidad se llamaría, — tanto Prescott, Quintana y la mayor parte de los historiadores de aquella época, le llaman Hernando, como así debió llamarle entoncez la gente en Panamá, y lo hago yo también, siguiendo á mis predecesores,

Refiriéndose Quintana á la anterior escritura, dicelo siguiente, que manifiesta haber sacado de la obra inédita intitulada Noticia general del Perú, Tierra Firme y Chile, por Francisco López de Caravantes, contador de cuentas en el tribunal de la contaduría mayor de las mismas provincias, y cuya obra estuvo antes en la librería del colegio mayor de Cuenca de Salamanca, y ahora existe en la particular de su majestad.

< Lo más particular que hay en este convenio, y que no se ha apuntado por ninguno de los historiadores, á lo menos que yo sepa, es que Hernando de Luque no era más qué lo que comunmente se dice una testa de ferro en este caso, y que el verdadero contratista y asociado era el licenciado Gaspar de Espinosa, que se valió de su nombre para entrar á la parte de la empresa, y dio los veinte mil pesos de oro. Esto consta de una escritura otorgada en Panamá á 6 de agosto de 1531, ante el mismo escribano, por la cual Hernando de Luque, refiriéndose á la antecedente de 1526, «cede y traspasa la tercera parte, que por su virtud le toca, en el licenciado Gaspar de Espinosa (que está presente y acepta), porque así es verdad que hizo y efectuó la dicha compañía y contrato por mandato y comisión del señor licenciado Gasqar de Espinosa, que presente está; y los veinte mil pesos de oro de ley perfecta los recibió del dicho señor licenciado y son suyos, y hice la dicha compañía con ellos á su ruego para él y por su mandato. Testigos Alonso Quirós, Juan Diaz Guerrero, Juan de Vallejo, ve cinos de Panamá.»

10 — Dice Herrera: cTodo era montañas, con árboles hasta el cielo.»

11— El secretarlo de Pizarro dice, tal vez exajerando en el triple el número délas casas: cEn esta tierra había muchos mantenimientos y la gente tenía muy buena orden de servir, los pueblos con sus calles y plazas: pueblo había que tenía más de tres mil casas y otros había menores.»

12— Así dice una antigua relación: <A1 tiempo de romper los unos con los otros, uno de aquellos de caballo ca yó del caballo abajo; y como los indios vieron dividirse aquel animal en dos partes, teniendo por cierto que todo

era una cosa, fué tanto el miedo que tuvieron, que volvieron la espalda, dando voces á los suyos, diciendo que se había hecho dos, haciendo admiración de ello: lo cual no fué misterio; porque á no acaescer esto se presume que mataran á todos los cristianos. »

13 — «Metieron en un ovillo de algodón una carta fir. mada por muchos, en que sumariamente daban cuenta de las hambres, muertes y desnudez que padecían, y que era

cosa de risa todo, pues las riquezas se habían convertido en flechas y no había otra cosa.» Montesinos.

Prescott llama Saravia al coplista; pero Gomara llámalo Saavedra y dice que era natural de Trujillo.

14 — Estos trece denodados adalides fueron: el piloto Bartolomé Ruiz, el tesorero Nicolás de Rivera, Cristóbal de Peralta, Domingo de Soria Luce, Pedro de Cándia, gjiego, Francisco de Cuéllar, Alonso de Medina, Pedro Alcon, García de Jerez, Antón de Carrion, Alonso Briceño, Martin de Paz y Juan de la Torre,

«Estos fueron los trece de la fama,— dice Montesinos; — estos los que cercados de los mayores trabajos, que puede el mundo ofrecer á los hombres, y los que estando más para esperar la muerte que las riquezas que se les prometían, todo lo pospusieron á la honra, y siguieron á su capitán y caudillos para ejemplo de lealtad en lo futuro.»

15 — Contestes y sin vacilar refieren este hecho, tal cual o describo, historiadores de aquella época, tan verídicos como Naharro, Cieza de León, Herrera y otros; y también el indio Garcilaso, quien dice estuvo en la escuela con el hijo de Cándia, y del cual quizá tuviera noticia del suceso.

16 — Tratando el padre Naharro de que quería Pizarro dar á entender á los indios, que no era la codicia del oro, sino el deseo de visitarlos, lo que habíale llevado á tan emoto país, dice: «Sin haber querido recibir el oro, plata y perlas, que les ofrecieron, siuo el deseo de su bien el que les había traido de tan lejanas tierras alas suyas.»

17 — Después de este suceso, nada dicen de Pedro Alcon los historiadores del Perú, pero es de suponerse que se le pasara tal arrebato, pues en la capitulación hecha por la reina con Francisco Pizarro, en Toledo á 26 de Juio de 1529, aparece Pedro 'Alcon entre los trece, que se nombran y hacía la reina hidaidos de solar á los que no lo fuesen.

18— Palabras textuales del padre Luque, recojidas por el historiador Herrera.

19 — Mama significa madre; en el lenguaje peruano, tiene las mismas letras que en españolé igual sentido al uso que se le da en Europa; y no es menos rara la coincidencia del nombre de papa, que daban los mejicanos á uu sacerdote de gran jerarquía, y tiene el mismo significado con relación á la familia; esta palabra no es moderna, y los griegos y romanos, aunque con variación de letras, la daban la misma significación.

20 — Algunos escritores atrasan esta fecha hasta 600 ó 550 años, antes de la invasión española. Según Ciera de León, Garcilaso y otros, Inca significa rey ó señor, y Cápac grande y poderoso, y Jupanqui, rico en todas las virtudes.

Insertamos á continuación el siguiente artículo sobre el lago de Titicaca, —ya que en este párrafo tratamos de él, aparecido en el Argentino, que se publicó en esta Capital de 5 de Enero de 1892.

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EL LAGO TITICACA.

OBSERVACIONES SOBRE LA DISMINUCIÓN PROGRESIVA DE SUS

AGUAS

Ei lago Titicaca está enclavado en la gran meseta de los Andes, que se halla á los 7420 de longitud oriental del meridiano de Paris, y álos 14° de latitud Sud.

Su altura es de 12,660 pies sobre el nivel del mar, y ocupa un perímetro de 330 millas.

La meseta en que está situado el lago está inclinada hacia el Sud, á manera de una concha, cuyos bordes son los Andes. Este declive está probado por la dirección de la corriente de los ríos principales que son sus afluentes, tales como el Azangaro, Pucará y Huancané, que son los de curso más extenso, pues que recorren hasta 60 leguas, y que son atiuentes del Ramis y estos cuatro corren de N. á S.

Los de Cabañil las y Lampa^ afluentes de Suchis, se dirigen al SE, El llave, con sus afluentes. Angostura, Chullumpi, Tucsahaguira, Rio Hediondo, CoUacachi y otros, se dirijen de NO. á SE.

El Escoma de N. E. á S. O., á escepción del Peñas, que l)aja del lago rápidamente de SE. á NO., desde las faldas del Sorata y á 8 leguas de la orilla del lago.

La parte más inclinada de esta meseta es la región S. por donde el lago hace su desagüe por el río Desaguadero.

II.

Las aguas del lago disminuyen de una manera palpable y sorprendente; y ello se comprueba con hechos irrecusables, que pertenecen'al dominio de la observación y de la ciencia.

Así, por ejemplo, está bajo el domiuio de la observación el hecho de que el lago va cediendo terrenos en su contorno, de los que se forman fincas y estancias produ c tivas y exuberantes, que los dueños de los terrenos colindantes se los disputan en pleitos ruidosos que se ventilan ante los poderes administrativo y judicial, y que los sostienen á mano armada en luchas y conflictos que se convierten en contiendas comunarias cuyo recrudecimiento llega hasta el extremo, no rai'o, de choques sangrientos.

Entre estos conflictos frecuentas, podemos citar los que sostienen los oomuuarios de los distritos de Capachica y Pusi, en guardia de sus pretendidos derechos sobre los terrenos que va sucesivamente formando el decrecimiento del lago en sus respectivas circunscripciones.

Recordamos, además, que hace el espacio de 28 años, más ó menos, el lago bañaba los suburbios de esta ciudad de Puno, hasta cerca de la quinta de Pacheco, la cual dista hoy cinco cuadras de la orilla del lago, y en cuyo espacio intermediario existen en la actualidad fincas de cultivo. Iguales fincas hay formadas en los terrenoa aban donados por el lago en la punta de Guarisco, del distrito de Taraco, y en las pampas de Acora y llave, mucho más extensas hoy que en años anteriores.

Fuera de estos hechos, que caen bajo la acción de los sentidos, robustece nuestra tesis la autoridad de la tradición,

sostenida por ancianos que han llegado á nuestros días.

Estos refieren que el lago Titicaca, estaba unido á la laguna de Umayo, á cinco leguas de distancia, y 60 pies de altura respecto de aquel, por medio del río Hipa, formando al N. E. de este río una laguna llamada Hipa.

Dejando esta laguna el indicado río, seguía su curso por las pampas de Caracoto, Llungo, UUagnacbi y Machajmarca, hasta la laguna de Umayo, donde se encuentra la célebre y tradicional península de Silustani; la cual es notable por los monumentos ó chulpas construidas por los lucas, y cuya formación es de enormes piedras perfecta' mente pulimentadas y simétricamente colocadas, componiendo el conjunto de ellas troncos de conos invertidos y rematados en la parte superior con semi-esferas, cuyas secciones están elegantemente unidas con molduras que sobresalen, á manera de capiteles y que por sú consistencia se conservan casi intactos hasta hoy.

Esos ancianos cuentan también que todo ese trayecto estaba cubierto por las aguas del lago, y que las pampas de Moro, Pusi, Taraco, llave. Acora y Chucuito, no eran tan extensas como lo son ahora, y en las que existen innumerables cabanas que antes no existían.

Sin embargo de que las observaciones expuestas no pueden menos que llevar al ánimo de nuestros lectores la íntima persuación de la exactitud del fenómeno de que nos venimos ocupando, vamos á penetrar en el terreno geológico, como fuente científica que lo confirma y lo explica.

Existen en los contornos del lago muchas colinas ó cerros verticulmente colocados, de rocas areniscas, de naturaleza deleznable y por consiguiente accesibles á la acción del roce de las aguas.

Así, por ejemplo, se nota en la península da Chucuito, en Ichu, Chimo, Asiruni, del distrito de Puno; y en Huan, cañé, y también en Peñas, Copacabana y otros puntos de Bolivia, que estas rocas están labradas y laminadas por el vaivén de las olas, y forman cavidades horizontales y sucesivamente paralelas hasta una altura considerable, y enteramente semejantes á las concavidades que hoy se encuentran al nivel del lago.

Yendo más lejos, á seis leguas de la orilla del lago, como por ejemplo, al distrito de Caracoto, y aún á otros puntos de mayor distancia, como Ayabaca, hacia el camino del Cuzco, hemos observado iguales fenómenos geológicos, y recogidos de ellos una infinidad de fósiles, compuestos de conchas de agua dulce, de las familias de los limnitas, planorhes y amonitas, iguales á las que actualmente se hallan á orilla del lago.

Entre las pampas de Moro y Chata se halla el vice distrito de Huata (que quiere decir isla en quichua) y á tres leguas del lago, un cerro, único en esa pampa, de seis leguas de perímetro, y en él se encuentran conchas petrificadas, exactamente iguales á las anteriores.

Como último comprobante de la exactitud de nuestras

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apreciaciones, el profesor alemán, señor Luis Dahamen, del colegio de San Carlos de Puuo, encontró, en 1877, una boya (pescado del lago), petrificada, en el lago de Huac sapata, á una altura de 130 pies sobre el nivel del lago y de esta ciudad do Puno.

No cabe, pues, duda de que en tiempos remotos el lago de Titicaca ha sido inmensamente grande, hasta ocupar, tal vez, toda la meseta comprendida entre las dos ramas de los Andes.

Probado como está, por la observación, por la tradición, por la presencia de las rocas y por los fósiles encontrados, que el lago deo-ece de un modo perceptible en su volumen de agua, pasemos á examinar las causas de este fenómeno.

Ello es muy fácil de explicarse conociendo su topografía, las condiciones geológicas del terreno que lo circunda y la fuerza de las estaciones lluviosas en estas regionesEl lago de Titicaca se encuentra en la gran meseta de Bolivia (conocida por los geógrafos con este nombre) for, mada por los dos grandes ramales de los Andes, que se bifurcan en Bolivia. Yendo ambos hacia el Norte, el uno toma la dirección paralela á la costa occidental del Pacífico, y el otro se separa hacia el Oriente, para volverse á unir en el Gran Nudo (Cuzco), que se encuentra á los 74'"20 de longitud O del meridiano de Paris y á los 14° de latitud Sud.

Estas dos ramas contienen nevados elevadísimos y cerros numerosos, colocados en escalones, que descienden á la gran Meseta de los Andes de una manera caprichosa. Están formados en su mayor parte de capas de tierra, arena y cascajo, deleznable, á la acción de las lluvias, que caen torrencialmente en la estación del verano. Esos copiosos aguaceros arrastran incalculables cantidades de esas materias; y de este modo, todas las innumerables quebradas que son secas ó que contienen pequeñas corrientes en las demás estaciones, se convierten en ríos caudalosos ó enesteros torrentosos, de aguas turbias y uniéndose unas con otras forman ríos, algunos de ellos navegables en parte, que recorren un trayecto considerable hasta de 60 leguas que median entre sus fuentes y el lago en que se derraman.

Inconcebible es el número de estos ríos, que se forman por las lluvias, fuera de los que emanan del deshielo de os nevados, que tienen agua peremante y que son los más caudalosos y susceptibles de ser navegables, como los anteriores, en una extensión más ó menos considerable; tales como el llave, el Kamis, el Suchis y el Hipa en el Perú;; y el Escoma y el Peñas en Bolivia, aunque estos, con menos cantidad de agua que aquellos.

Este inmenso número de contribuyentes del Titicaca en los meses de Diciembre, Enero, Febrero y Marzo de cada año, arrastran una inconmensurable cantidad de mazamorra, barro y piedras que se deposi tan en el fondn del lago,

causando un desplazamiento, y el agua que antes ocupaba esa región, tiene que correr, por ley física, por su curso natural que es el río Desaguadero.

Es por esto que, después de la estación de las aguas, crece aparentemente el volumen del agua del lago, y tres ó cuatro meses después disminuya hasta ponerse más bajo que el año anterior; es que el fondo se rellena más y más con los materles que las aguas arrastran de los cerros que los circundan.

Hay más en este orden:

Disminuida la profundidad del agua por las causas explicadas, hay mayor evaporación, y por consiguiente, mayor disminución de la masa de agua.

Creemos, pues haber manifestado que las aguas del lago Titicaca disminuyen progresivamente, y deducimos, como consecuencia natual, que este llegará á desaparecer con el trascurso del tiempo, hasta convertirse primero eii lagunas pequeñas, y después en un solo río que será considerado como fuente del Desaguadero.

TOVAR.

21 — € Otras cosas ay más que desir desde Tiaguana co,— dice Cierza, — que passo por no detenerme: concluyendo que yo para mí tengo esta antigualla por la más antigua de todo el Perú, i assí se tiene que antes que los Ingas reinassen con muchos tiempos estavan hechos algunos edificios destos: porque yo he oydo afirmar á indios que los Ingas hisieron los edificios grandes del Cuzco por la forma que vieron tener la muralla ó pared que se vee en este pueblo».

Herrera menciona otras ruinas de la misma antigüedad: Garcilaso hace una maravillosa descripción de ellas, tomada de un eclesiástico, y M'CoUohcita el famoso templo de Pachacamac, cerca de Lima, como ejemplo de arquitectura, anterior á los incas.

22 — «La imperial ciudad del Cuzco, que la adoraban ios indios, como cosa sagrada. > Garcilaso.

cEl Cuzco tuvo gran manera y calidad, y devió ser fundada por gente de gran ser.

Avía grandes calles, salvo que eran angostas y las casas hechas de piedra pura con tan lindas junturas, que ilustra el antigüedad del edificio, pues estaban piedras tan grandes muy bien asentadas.» Ciera de León.

Y el general, Miller decía en 1829: «Las paredes de muchas de las casas no han esperimentado cambio alguno durante siglos. El gran tamaño de las piedras, la variedad de sus formas y el trabajo inimitable, que en ellas se descubre, dan á la ciudad aquel aspecto interesante de antigüedad y poesía, que llena el ánimo de agradable, aunque triste veneración. »

23 — El mismo Acosta, autor de la Historia natural y moral de las Indias midió esas piedras.

24 — «La demolición de esta fortaleza, empezada en cuan

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to se consumó la conquista, arrancó recomendaciones amargas á más de un español ilustrado, cuya voz, sin embargo, fué importante, contra el espíritu de avaricia y tiranía». Sarmiento.

Apoya decididamente Garcilaso la opinión de los españoles, que atribuían al diablo la construcción de la fortaleza.

25— «Tenía este templo en circuito más de cuatrocientos pasos, todo cercado, de una muralla fuerte, labrado todo el edificio de cantera muy escelente de fina piedra, muy bien puesta y asentada y algunas piedras eran muy grandes y soberbias; no tenían mezcla de tierra ni cal, sino con el betún que ellos suelen hacer sus edificios; y están tan bien labradas estas piedras, que no se les parece mezcla ni juntura alguna. En toda España no he visto cosa que pueda compararse á estas paredes y postura de piedra, sino á la torre que llaman Calahorra, que está junto con la puente de Córdoba, y una obra que vi en Toledo, cuando fui á presentar la primera parte de mí Crónica al príncipe don Felipe. La figura del sol muy grande, hecha de oro labrada, muy primorosamente en gastada en muchas piedras finas. > Sarmiento.

26 — «Cercada junto á la techumbre de una plancha de oro de palmo y medio de ancho, y lo mismo tenía por dentro en cada bohío ó casa y aposento.» Sarmiento.

«Tenía una cinta de planchas de oro de anchor de más de un palmo, enlazada en las piedras.» Pedro Pizarro.

27 — «El bulto del sol tenían muy grande en oro, y todo el servicio de esta clase era de plata y oro: y tenían doce honores de plata blanca, que dos hombres no abrazarían, cada uno cuadrados y eran más altos que una buena pica, donde echaban el maíz, que habían de dar al sol, según ellos decían que comiese.» Zarate.

Y Prescott agrega, vacilante ó asombrado: «Como esto pudiera parecer algo duro de creer á los más incrédulos, he preferido no echarme encima la responsabilidad de las dimensiones, y asi es, que no he indicado ninguna.

28— «Tenían un jardin que los terrenos eran pedazos de oro fino, y estaba artificialmente sembrado de maizales, los cuales eran de oro, así las cañas de ello como las hojas y mazorcas: y estaban tan bien plantados, que aunque hiciesen recios vientos no se arrancaban. Sin todo esto tenían hechas más de veinte ovejas de oro con sus corderos, y los pastores con sus ondas y cayados, que las guardaban, hecho de este metal. Había mucha cantidad de tinajas de oro y de plata y esmeraldas, vasos, ollas y todo género de vasijas todo de oro fino. Por otras paredes tenían esculpidas y pintadas otras mayores cosas. En fin, era uno de los ricos templos que hubo en el mundo.» Sarmiento.

29— < Que aquella ciudad del Cuzco era casa y morada de sus dioses, é ansi no había en toda ella fuente ni paso ni pared que no dixesen que tenía misterio.» «Había

en aquella ciudad y legua y inedia á la redonda cuatrocientos y tantos lugares, donde se hacían sacrificios y se gastaba mucha suma de hacienda en ellos.» Ondegardo. 30— «Realmente formaban un ejército, si como dice Cieza de León, el número de sacerdotes y criados em pleados en el famoso templo de los Bilcas, en el camino de Chile, ascendía á cuarenta mil. Parece que todo lo que pertenecía á esta casa del sol tenía dimensiones colosales; pero en cuanto á este número pueder ser un error y quizás debemos interpretarla por cuatro mil.» Prescott.

31 — Según Garsilaso, no se mantenían los sacerdotes á espensas de las grandes propiedades que tenía el sol, sino cuando estaban en ejercicio de sus funciones, y después del propio producto de sus tierras, pues dice se les adjudicaba como á las demás órdenes del estado.

32— En una novela de Marmontel. titulada Los Incas, se dan exactas relaciones de las religiosas fiestas peruanas.

33— «Ningún indio osaba pasar por la calle del sol calzado, ni ninguno, aunque fuese muy gran señor, entraba en las casas del sol con zapatos.» Zarate.

Dice Prescott, que Garcilaso de la Vega niega que lo^ Incas hiciesen sacrificios humanos, y sostiene, que ai contrario, los abolían en los pueblos que conquistaban, donde existían; pero Sarmiento, Montesinos, Cieza de León, Ondegardo, Acosta y otros autores de alguna autoridad, contradicen á Garcilaso, quien como descendiente de los Incas, trataba de defender á su pueblo de tan bárbaros actos; pero también sostienen dichos autores, que tales sacrificios eran muy raros, solo por algún gran acontecimiento se efectuaban.

34 — «Llamábanse casas de escogidas, porque las escogían por su linaje ó hermosura.» Garcilaso.

La voz mamacona significa matrona: mama ó madre la primera parte de esta palabra compuesta.

Algunos escritores, como Gomara y Pedro Pizarro dicen que estas vírgenes no tenían muy justos derechos á que se las respetasen como púdicas vestales; pero sin fundarse en prueba ni antecedente alguno: y Garcilaso asegura, que jamás hubo ejemplo de un solo desliz, pues si lo hubiera habido, inexorable el Inca hubiera practicado la terrible ley.

36 — Según la letra de ley, dice Garcilaso, ninguno podía casarse sino con pariente; pero se interpretaba más ampliamente, considerándose como parientes a todos los de la misma ciudad ó distrito.

36— El protestante Prescott halla aquí una ocasión magnífica para zurrar á los cristianos, apostólicos, romanos, pues dice: «Lo mas admirable, según el padre Acosta, en su presunción y odios á Satanás, es que no so-

lo dice que falsicaba en idolatría y sacrificios, sino tam - bien en ciertas ceremonias, los sacramentos instituidos por Jesucristo, y qae usa la iglesia habiendo aspirado especialmente á imitar en cierto modo, el sacramento de la comunión, que es el más divino y superior de todos. > Y agrega que Oieza de Leon:> no satisfecho con publicar muchas relacione» maravillosas sobre la influencia y aparición de Satanás en persona, en las ceremonias de los, indios, ha adornado su obra con multitud de viñetas, que representan el príncipe de las tinieblas con sus acostumbrados perfiles de rabos y uñas, como para dar fuerzas á Jas homilías del texto. El peruano creía que su ídolo era Dios. Su conquistador cristiano creía que ese ídolo ei'a el demonio. Difícil es decir cuál de los dos daba pruebas más indudables de grosera superstición.» Y así concluye: «Piedrahita, — el historiador délos Muycas— está muy convencido de que este apóstol debió ser San Bartolomé^ de quien se sabe que viajó mucho. Los anticuarios mejicanos creen que Santo Domingo fué el encargado de la misión apostólica para el pueblo de Anahuac. Parecía, pues, que estos dos apóstoles se habían repartido entre sí el Nuevo Mundo, á lo menos sus partes civilizadoras. Si vinieron por el estrecho de Behring ó línea recta, atra vezando el atlántico, es cosa que nadie nos dice. Velazco, — y es cosa singular, escritor del siglo XVIII, — apenas duda que realmente fuesen esos apóstoles á América.»

37 — Confundiendo Acosta la costumbre azteca con la peruana, dice que el hermano segundo sucedía al Inca; pero en el informe de la real audiencia, se dice solo que sucedía el hermano á falta de hijo. Garcilaso, Sarmiento y otros, dicen que siempre se casaba con una de sus hermanas.

38 — cCuanto mayor era el agujero más elebado era el rango.» Pedro Pizarro.

«Los caballeros de la sangre real tenían orejas horadadas y de ellas colgando grandes rodetes de plata y oro; llamáronles orejones los castellanos desde la primera vez que los vieron.» Montesinos.

€ El adorno, que tenía forma de rueda, no colgaba de la parte snperior de la oreja, sino el agujero del cartílago. La hacen tan ancha como una rosca de naranja; los señores y principales traían aquellas roscas de oro fino en las orejanes. » Conquista y población del Perú.

39— «Porque verdaderamente alo que yo he averiguado toda la pretensión de los Incas fué una subjección en todas las gentes, cual yo nunca he oído decir de ninguna otra nación en tanto grado, que por muy principal que un señor fue se, dende que entra va cerca del cuzco en cierta señal que puesta en cada camino de los cuatro que hay, havía dende allí de venir cargado hasta la presencia del Inca, allí dejava la carga y hacía su obediencia.». Ondegardo.

«Porque el Inca daba á entender que era hijo del sol, con

este título se hacía adorar y gobernaba principalmente en tanto grado que nadie se le atrevía; y su palabra era ley, y nadie usaba ir contra su palabra ni voluntad, aunque hobiese de matar cien mil indios, no había ninguno en su reino que le osara decir que no lo hiciera. » Zarate.

40 —Dice Zarate que eran más de mil los nobles destinados especialmente á tener el honor de llevar la litera.

» Cuando en tiempo de paz salían los Incas con gran magestad, sentados en ricas andas sobre unos palos lisos largos, de madera excelente, engastados en oro y argentería; y de las andas salían dos arcos altos hechos de oro, engastados en piedras preciosas. Caían unas mantas algo largas por todas las andas, de tal manera que las cubrían todas, y si no era queriendo el que iba dentro, no podía ser visto, ni alzaban las mantas sino cuando entraba y salía, tanta era su estimación; y para que le entrase el aire y él pudiese ver el camino, havia en las mantas hechos algunos agujeros por todas partes. En estas andas havía riqueza, y en algunas estaba esculpido el sol y la luna, y en otras unas cule bras grandes ondadas y unos como bastones que las atravesaban. Esto trahían por encima por armas, y estas ondas las llevaban en ombros los señores, los mayores y mas principales del reino, y aquel que mas con ellas andaba, aquel se tenía por más onrado y por mas favorecido. En rededor de las andas,, á la ila iba la guardia del Rey, con ios arqueros y alabarderos, y delante iban cinco mil hombres, y detrás venían otros tantos lanceros con sus capitanes, y por los lados del camino iban corredores fides, descubriendo lo que había y avisando la ida del Señor, y acudía tanta gente por lo ver, que parecía que todos los cerros y laderas estaban lleno de ellas, y todos le davan las vendiciones, alzando alaridos y grita grande á su usanza, llamándole: Ancha aiuñapo indichiri campa campalla, apatuco pacha campa halla Yulley! que en nuestra lengua dirá: < ¡Muy grande y poderoso Señor, hi¡o del Sol, tú eres Señor! ¡Todo el mundo te oya en verdad. » Y sin esto le decían otr^s cosas mas altas, tanto que poco faltaba para le adorar por Dios. Todo el camino iban indios limpiándolo, de tal manera que ni yerba ni piedra parecía, sino todo limpio y barrido. Andaba cada día cuatro leguas ó lo que él quería. Paraba lo que era servido para entender el estado de su reino; oía alegremente á los que con quejas le venían remediando y castigando á quien hacía injusticias. Los que con ellos iban no se desmandaban á nada, ni salían un paso del camino. Los naturales proveían á lo necesario, sin lo cual lo havía tan cumplido en los depósitos, que sobraba: y ninguna cosa faltaba. Por donde iba salían muchos hombres y mujeres y muchachos á servir personalmente en lo que les era mandando y para llevar las cargas: los de un pueblo las llevaban hasta otro, de donde los unos las tomaban y los otros las dejaban; y como era un día y cuando mucho dos, no lo sentían ni de ellos recivían agravios ninguno.

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XIV —

Pues yendo el Señor de esta manera, caminaba por su tierra el tiempo que le placía, viendo por sus ojos lo que pasaba y proveyendo lo que entendía que convenía, que todo era cosas grandes ó importantes: lo cual hecho, daba la buelta al Cuzco, principal ciudad de todo su imperio.» Sarmiento.

41 — <La ropa de la cama toda era de fracjadas de lana de vicuña, que es tan flna y regalada, que entre otras cosas preciadas de aquellas tierras, se las han traido para la cama del rey Fhelipe Segundo.» Garcilaso.

42 — Oieza de León hace brillantes descripciones de los palacios del luca; y Sarmiento dice: «Tanto que todo el servicio de la casa del rey, así cántaros para vino, como de cosiua, y todo era de oro y plata, y esto no en un lugar ni en ninguna parte lo tenia, sino en muchas.»

¡Y cuántv)S miles de toneladas de oro y plata no serían los del Perú y Solivia, que aún después de los grandes cargamentos que se llevaron á Europa, se desparramaron por toda Sud América!

En Buenos Aires, capital de la República Argentina y en sus catorce provincias, casi todas las familias de una posición regular, tenían el servicio de la mesa y de las habitaciones de plata y oro, hasta muchos años después de principiado este siglo; y en muchas casas hasta los utensilios de la cocina, conservándose aún bastantes restos en las casas ds los ricos, como reliquias de antigua opulencia y nobleza; pero guardados y sin uso; porque no son ya de moda, y reemplazados por la lujosa loza moderna. No era lujo entonces el temerlos, poi'que duraban eternamente, sin economía, y siempre conservaban su valor: no así la loza, que era muy cara la buena; y que por su fragilidad hubiera sido necerario estarla anualmente^ reponiendo. Un juego de té ó de café de porcelana, y esos de rico cristal y licoreras, de que están hoy atestadas todas las vidrieras, era entonces una novedad y adorno de lujo, que se ponía en las salas, como hoy un rico bronce de Barbedienne.

Recuerdo haber alcanzado en mi casa paterna, hasta dos orinales de plata, robados líltimamente por un sirviente, cuando fueron desapareciendo esos fieles negros esclavos, que eran casi el único servicio de las antiguas casas: que con sus hijos vivían y morían en ellas, aunque se les diese la libertad, y en donde eran considerados, casi como miembros de la familia; y hoy casi ha desapa' recido esa raza fiel, y la mayor parte de los sirvientes son extranjeros, que vienen ávidos de oro; se toma por la escasez el primero que llega, pero en seguida se sale, para entrar en cualquiera otra casa, donde le paguen algunos centavos más.

Y Sarmiento, con imparcialidad y admiración maniliesta: «Tenemos por muy cierto, que ni en Jerusalen, Roma ni Persia, ni en ninguna parte del mundo, por ninguna república ni rey de ól, se juntaba en un lugar tanta riqueza de metales de oro y plata y pedrerío, como en esta

plaza del Cuzco, cuando estas fiestas y otras semejantes se hacían».

43— Dice Prescott: Los peruanos escondieron estas momias de sus monarcas, después de la conquista, para que no las profanasen los españoles con sus insultos».

Y Ondegardo, siendo corregidor del Cuzco, descubrió cinco de ellas, tres de hombres y dos de mujeres. Las primeras eran de Vicocha, del gran Tupac Inca Yupanqui y de su hijo Huayna Cápac. Garcilaso las vio en 1660, y vestían el traje real, sin más insignia que el llaucu en la cabeza: estaban sentadas, y según dice, «en un estado perfecto de conservación, que no les faltaba ni un pelo de las cejas. Al llevarlas por las calles, cubiertas con mantas, los indios se incaban en señal de respeto, con muchas lágrimas y suspiros; y se enternecieron aún más, cuando vieron que algunos españoles no se descubrían al pasar los restos mortales de los que fueron sus monarcas.» Posteriormente .se llevaron los cuei-pos á Lima; y el padre Acosta que los vio veinte años después, dice: «que aiín estaban perfectamente conservados».

44 — «Dice Garcilaso: Que los Incas tuvieron otra lengua particular que hablaban entre ellos, que no la entendían los demás indios, ni les era lícito aprenderla, como lenguaje divino. Esta me escriben del Perú, que se ha perdido totalmente; porque como pereció la república particular de los Incas, pereció también la lengua de ellos.»

«Una sola gente hallo yo que era exenta, que eran los Ingas del Cuzco, y por allí al rededor de ambas parcialidades; porque estos no solo no pagaban tributo, pero aún comían de lo que traían al Inga de todo el reino, y estos eran por la mayor parte los gobernadores en todo el reino y por donde quiera que iban .se les hacia mucha honra». Ondegardo.

45-- Cuando moría el curaca, se presentaba el sucesor ai Inca para que le cimflrmase en el puesto; pero otras veces escogía el Inca al sucesor entre todos los hijos. Dice Ondegardo: «que no había regla de sucesión que no pudiese anular la soberana voluntad del monarca».

46 — Dice Prescott, que lo importante obra del doctor Morton contiene varios diseños del cráneo Inca y del cráneo común peruano, probando que el ángulo facial en el primero, aunque no muy grande, era mayor que en el segundo, que era extraordinariamente chato y escaso de carácter intelectual.

47— Según Garcilaso, se castigaba el robo con menos severidad, si el que lo bahía cometido era para subsistir. Llama la atención, que la ley peruana no estableciese diferiencia entre la fornicación y el adulterio; aunque pa. rece que no estaba muy en uso la ley, pues se toleraban casas de prostitución en los arrabales de la ciudad. Y agre* ga este histoi'iador; «El castigo era riguroso, que por la

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— XV —

mayor parte era de muerte, por liviano que fuese e 1 de lito; porque decían que no los castigaban por el delito que habían hecho, no por la ofensa agena, sino por haber quebrado el mandamiento y rompido la palabra del Inca, que lo respetaban como á Dios.»

Uno de los castigos más comunes por culpas leves, consistía en llevar una piedra á cuestas. Y como observa Culloch: «un castigo en que no se imponía padecimientos, sino el que resulta de lá vergüenza, prueba sensibilidad y civilización.»

La real audiencia del Perú, en tiempo de Felipe II decía: «De suerte que los vicios eran bien castigados y la gente ostaba bien sujeta y obediente; aunque en las dichas penas había esceso, redundaba en buen gobierno y policía suya. Los indios alababan la gobernación del Inga, y aun los españoles, que algo alcanzan de ello, porque todas las cosas susodichas se terminaban sin hacerles costas. >

48 — <Si estas partes fuesen iguales ó cual fuese la may or, yo lo he procurado averiguar, y en unas es diferente de otras; y finalmente, yo tengo entendido que se hacía conforme á la disposición de la tierra y á la calidad de los indios.» Ondegardo.

La cantidad que se adjudicaba á los recien casados, según Gai'cilaso, subía á una fanega ^y media de tierra: igual cantidad se le daba por cada hijo varón que tenía y la mitad porcada hembra. La fanega era aquella cantidad de tierra que podía sembrarse con cien libras de maiz. En el fértil territorio del Perú era esto suficiente para el sosten de una fami]ia. También refiere Garcilaso, que Huayna Capaz hizo ahorcar á un indio, porque labró la tierra de un curaca, pariente suyo, antes que la de los pobres, colocándose el cadalso en las mismas tierras del curaca.

49 — «I también se tenía en cuenta, que el trabajo fuese moderado y con el menos riesgo que fuese posible. Era tanta la orden que tuvieron estos indios, que á mí parecer, aunque mucho se piense en ello, sería dificul toso mejorarla, conocida su condición y costumbres.» Ondegardo.

La esplotación de las minas, seguu el presiden te del consejo de Indias, estaba de tal manera arreglada, que ninguno sentía su peso, ni mucho menos contribuía á acortar la vida del trabajador.

60— «E asi esta parte de Inga no hay duda, sino que de todas tres era la mayor, y en los depósitos se parece bien, que yo visité muchos en diferentes partes é son mayores é mas largos que no los .de religión sin comparación. > Ondegardo.

«E ansi, cuando no era menester, se estaba en los depósitos é había algunas veces comida para diez años; los cuales todos se hallaron llenos, cuando los españoles llegaron, desto y de todas cosas necesarias para la vidaí Ondegardo.

«Todos los dichos tributos y servicios que el Inga imponía y llevaba, como dicho es, era con color y para efecto del gobierno y pro común de todos, así como lo que se ponía en depósitos todo se convertía y distribuía entre los mismos naturales.» Documentos de la audiencia real.

Los depósitos estaban atestados de telas, productos y principalmente maiz, coca y quínua; y á este respecto dice Pedro Pizarro: «Xo podré decir mas de los depósitos que vide llenos de todo géneros de ropas y vestidos que en este reino se hacían y usavan, que faltava tiempo para ello y entendimiento para comprender tanta cosa, muchos de pósitos de barretas de cobre para las minas y de costales y sogas, de vasos de palo y platos de oro y plata que aquí se halló era cosa de espanto. »

61 — Dice Prescot, hablando de este camino: «En una pa labra, combatía y vencía todas aquellas dificultades, que existen en las regiones montañosas y que bien hubieran podido asustar al mas atrevido ingeniero civil de nuestros tiempos. >

«Este camino hecbo por valles hondos y sierras altas,

por montes de nieve, por tremedales de agua y por peña

viva, junto á ríos furiosos por estas partes, y ballano y

empedrado por líts laderas, bien sacado por las sierras,

desechado por las peíias, socavado por junto á los rios sus

paredes, entre nieves con escalones y descanso, por todas

partes limpio, barrido, descombrado, lleno de aposentos,

de depósitos de tesoros, de templos del Sol, de postas que había en este camino.» Cieza de León.

Velasco hace una animada descripción de este camino y de los obstáculos que hubo que vencer para llevarlo á cabo; y en Humbolt se encuentra una detallada descripción de los puentes, y dice; «Esta gran obra, construidas de grandes piedras, puede compararse con los mejores caminos de los romanos, en Italia, Francia y España. El gran

camÍLO de los Incas es una de las obras más útiles y gigantescas que han podido ejecutar los hombres.»

52 — La voz tamhos del quichua ha degenerado completamente ó designa otros objetos, pues en vez de usarse como posada ó alojamiento, empléase en muchas partes de la América del Sud para designar el local donde se tienen las vacas mansas, en la ciudades, para el consumo de su leche: También se llamaban tambos las casas en los arrabales, donde se reunían los domingos los negros para bailar; pero ya no existen; porque los negros con el progreso y libertad, han tratado de salir de sn esfera, abandonando sus inocentes diversiones: y porque boy van ellos desapareciendo ó casi han desaparecido de la América del Sud, aunque'todavía hay muchos en el Brasil, por estar prohibida hace muchos años su introducción y por la mezcla con los extranjeros, que va blanqueando su color.

63 — Dice Montesinos, que chasqui significaba: «uno que recibe una cosa», y Garcilaso: «uno que hace cambio»; pero eran los que llamaban correos los españoles. Dege-

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XVI —

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uerada ahora esta palabra en chasque, así llaman en muchas partes de la América del Sud al peón ú hombre á caballo, que se manda en el campo desde un establecimionto á otro, con alguna carta ó noticia.

54 — «E así cuando el señor presidente Gasea passó con la gente de castigo de Gonzalo Pizarro por el valle de Jauja, estuvo allí siete semanas á lo que me acuerdo, se hallaron en depósito mas de quince mil hanegas de maiz de cuatro y de tres y dos años, junto al camino, é allf comió la gente y se entendió que si fuera menester mucho mas, no faltaran en el valle en aquellos depósitos, conforme la orden antigua, porque á mi cargo estuvo el repartirlas y hacer la cuenta para pagarlas.» Ondegardo.

56— «Aun la criatura no hubiere dejado el pecho de su madre, cuando le comenzasen á mostrar la lengua que había de saber, y aunque al principio fué dificultoso é muchos se pusieron en no querer aprender mas lenguas que las suyas propias, los x-eyes pudieron tanto, qne salieron con su intención, y ellos tuvieron por bien de cumplir su mandato, y tan de veras se entendió en ello, que en pocos años se savia y usaba una lengua en mas de mil y doscientas leguas.» Sarmiento.

56 — «Trasmutaban de tales provincias la cantidad de gente que de ella parecía convenir que saliese, á las cuales mandaban pasar á poblar tierra del temple y manera de donde salían, si fría fría, si caliente caliente, en donde les daban tierras, casas y campos, tanto y más como dejaron.» Sarmiento.

57 — «En aquella ciudad se hallaron muchos viejos, oficiales antiguos de Inga, así de la religión como del gobierno, y otra cosa que no pudiera ver sino la viera, que por los hilos y nudos se hallan figuradas las leyes y estatutos, así de lo uno como de lo otro, y las sucesiones de los reyes y tiempos que gobernaron: y hallóse lo que todo esto tenía á su cargo no fué poco, y aún tuve alguna claridad de los estatutos, que en tiempos de cada uno se habían puesto.» Ondezardo.

Algunos pastores del Perú llevan la cuenta de sus rebaños por esta antigua aritmética; y en la República Argentina y otras secciones americanas; cuando se quiera contar la hacienda vacuna, yeguariza ú ovina, óchase toda adentro del corral, y un hombre á la puerta, con una cuerda con muchos nudos ó un rosario, va dejando salir á los animales, y por cada cien pasa un nudo ó cuenta, y así sabe el total de sus haciendas.

58 — El indio é historiador Garcilaso tradujo una lijera composición lírica de hus compatriotas; pero insuficiente para formar un juicio crítico de su literatura. Con justicia laméntase Sarmiento, que los conquistadores dejasen caer en desuso este idioma y agrega: «I digo que fué harto beneficio para los españoles haber esta lengua, pues podían con ella andar por todas partes, en alguna de las cuales ya se va perdiendo.»

« Sorprendiéronse los Ingas al llegar á Quito con sus legiones conquistadoras, al descubrir que allí se hablaba el dialecto quichua, aunque era desconocido en una gran parte de la región entermedia, hecho singular, si es ceirto. » Velazco.

59 — Dice Cieza de León: «Sacaban acequias en cabos y por partes, que es cosa estrafia afirmarlo;íporque las echaban por lugares altos y bajos: y por laderas de los cabesos y aldas de sierras, que eetán en los valles; y por ellos mismos atraviesan muchas, unas por una parte y otras por otra, que es gran deltictación caminar por aquellos valles, porque parece que se anda entre buertas y florestas llenas de frescura.»

60— Como los conquistadores llamaban, anden ó andenes á estas fajas de tierra, que hacían los indios en las montañas, y las cercaban con piedras, supone Miller, que esta palabra fué el origen para que á las cordilleras de la América del Sud se pusieran los Andes; pero dice Garcilaso, qu este nombre es anterior á la conquista y deriva de Anti, y de una provinc)a al Este del Cuzco.

Para el abono de esos bajos terrenos que bonificaban, empleaban una especie de sardina ó marisco pequeño, que cojían en las costas en inmensas cantidades.

Los restos de sus antiguos canales y acueductos, aún excitan la admiración de los viajeros, según Culloch y Ste veson.

61 — Los peruanos solo hacían pan del maiz, pero comíanlo frito, cocido y de otros varios modos, y servíales para hacer un licor del que parece abusaban bastante. El tabaco no lo usaban para fumarlo, sino mas bien como medicina y una especie de rapó. La quinua era para ellos lo que el arroz para los chinos; y con una bolsita de hojas de coca, como linico alimento, emprendían viajes de un extremo á otro de su imperio.

Recuerdo yo haber visto los indios bolivianos, que llegaban desde su país hasta las márgenes del Río do la Plata á vender sus yerbas medicinales, solo manteniéndose de coca, duraate la travesía de ida y vuelta, que hacían á pié y en grupos, y casi por medio de desiertos inmensos.

Tratando Prescott sobre estos productos del Perú, dice o siguiente; «Mientras que el Perú, bajo e! imperio délos incas poseía estos magníficos productos indígenas, y entre ellos muchos conocidos de los europeos, carecía de otros de gran importancia, que después de Ta conquista han florecido allí, como si aquella fuese su tierra natural. Tales son el olivo, la parra, la higuera, el manzano, el naranjo, la caña de azúcar, etc. Ninguno de los cereales del antiguo continente se encontró en el nuevo. El primsr trigo fné importado por una señora de Trujillo, que hizo grandes esfuerzos para diseminarlo entre los colonos, cosa que tampoco descuidaba el gobierno, sea dicho en honra suya. El nombre de esta señora era María de Escobar. La historia

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XVII —

que tauto se ocupa en celebrar á los azotes de la humanidad, debe complacerse en conservar el nombre de uno de sus bienhechores verdaderos. »

62 — En un curioso libro de Juan de Arfe y Villafane, escultor de oro y plata, titulado: Varia comensur ación, impreso en la imprenta real de Madrid, en 1806, y hoy rarísimo y de gran valor, que conservo, y que trata de geometría, astronomía, relojes de sol, arquitectura, proporciones del cuerpo humano, anatomía pictórica, historia natural, objetos de oro y plata, destinados al culto, heráldica y otras materias, todas con sus correspondientes explicativas láminas, se encuentra lo siguiente, al hablar de la vicuña:

Este animal viene á ser del tamaño de una cabra, á la cual se parece mucho en la configuración de la espalda, de las uñas y de la cola; pero se distingue de ella en el cuello, que es de veinte pulgadas de largo, en la cabeza redonda y sin cuernos, en las orejas pequeñas, derechas y agudas, en el hocico que es corto y sin barbas, y en las patas, que son dos veces más largas que las de las cabras. Cúbrele el cuerpo una lana finísima de color de rosa seca, capaz de admitir muy bien todo género de tintes artificiales; se cría con abundancia en el reino del Perú, en las cordilleras de las provincias de Coquimbo y Copiapó: su residencia ordinaria es entre los riscos más ásperos de aquella montaña, donde en lugar de perjudicarles las nieves, parece por el contrario, serles muy útiles. Estos preciosos animales no son de un natural tan dispuesto á la domesticidad como el llama; pero se domestican, y de ello tenemos el ejemplo en los que han sido conducidos á España, y establecidos en la Real Casa de Campo de Madrid, donde los hemos visto en manadas, aunque no muy grandes; pero parece no serles este clima ó suelo propio para su existencia y propagación, mediante han perecido: si se reflexiona sobre las cualidades y temperamento del terreno en que se crían, no será infundado el opinar con alguna probabilidad, que el no haberse propagado su especie y subsistido aquí, ha sido por la notable diferencia de este clima con aquél; y que si como se establecieron en la Real Casa de Campo, que es un terreno sumamente templado, con respecto al de su nacimiento, se les hubiera, digámoslo así, radicado en uno de los parajes que en la sierra que nos circuye en gran parte están cuasi siempre cubiertos de nieve puede ser que se hubiera logrado al fin con que fueron transportados. Sería muy conveniente y propio del celo de nuestro Gobierno, que no perdona medio, valiéndose cuantos pueden proporcionar el aumento de la industria y riqueza nacional, que se hiciesen nuevas tentativas, transportando á estos animales inestimables, y estableciéndolos en algunos de los muchos parajes, que en la sierra que tenemos á la vista, ú otras, no pueden menos de ser aptos para su multiplicación; pues aunque los pas-

tos ó alguna otra circunstancia no sean absolutamente uniformes con el de su naturaleza, ¿cómo es posible que dejemos de conocer su mucha analogía?

La lana de estos animales es tan fina que compite con la seda más superior; y de la que se conduce á España se fabrican en las Reales Fábricas de Guadalaxara los paños más esquisitos, que exceden en calidad, belleza y duración á los fabricados de la lana más superfina, y se venden algunos á más de trescientos reales la vara. Este conjunto de circunstancias es tan digno de ser reflexionado con madurez por nuestro scbio Gobierno, como capaz de llamar la atención de toda nación ilustrada; por tanto, si deapués de haberse puesto en execución todos los medios dictados por la prudencia para conseguir la multiplicación de estos animales en nuestra península, no correspondiesen al fin deseado, al menos se debería procurar su conservación y propagación en los mismos parages de su naturaleza en nuestros dominios de América, prohibiendo con leyes penales, las más rigurosas, su exterminio en las cacerías tan impolíticas como inhumanas que practican aquellos naturales.

La vicuña es de un natural tan sumamente tímido, que sin embargo de tener en favor de su existencia la aspereza y lo escabroso de su domicilio, presta la mayor facilidad para cogerlas en manadas por un medio tan senci - lio como el que se practica por la indios, el que consiste en hacer una especie de ojeo para encaminarlas á un paraje forzoso para su salida, en el qual ponen unos es. pantajos de retal colgados de una cuerda que atraviesa, los que movidos por el ayre infunden tal terror en estos animales, que sin atreverse á pasar adelante se dexan arrimar y agarrar por las piernas, degollándolas después inhumanamente con la ceguedad más agena de la buena política. En fuerza de unas razones tan juiciosas y fundadas como las que quedan expuestas, sería necesario limitar estas cacerías, permitiendo se hiciesen con algunas restricciones, como se practica en España respecto de los conejos, perdices, etc.; y teniendo en consideración el número y tiempo de sus crías, como también la mayor ó menor abundancia que de ellos se notase. Además, podían permitirse estas cacerías solo anualmente, con el fin de aprovechar de su preciosa lana, y en el tiempo en que les sea menos perjudicial despojarlos d3 ella, trasquilándolos solamente, y no privándolos de la vida sino solamente en los casos de ser excesiva su abundancia sobre lo qual celarían coa vigilancia los Gobernadores y demás jefes de los distritos. Por unos medios tan poco dificultosos de poner en execución se evitaría el total exterminio de esos útilísimos animales, y se ampliaría un ramo de industria, que formando también un artículo de comercio de los más lucrosos, daría fomento á nuestras fábricas y sería un recurso más precioso para toda la nación, que los tesoi'os metálicos que de allí nos vienen.

La lana que pende del pecho de la vicuña es de tres

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pulgudas y media de largo y de más de una la que cubre lo restante de su cuerpo: tiene el pié hendido y dividido en dos dedos que se separan quando camina y están vestidos con cascos negros, planos por debaxo y convexos por encima: su cola está guarnecida por la extremidad de lana larga: en lo demás nos remitimos al dibuxo que damos en la, estampa.»

63 — El traductor de la Historia de la conquista del Perú, de Prescott, agrega una nota que dice así: tNota del traductor. Ahora se hace este charqui en Améric a con carnde vaca; se conoce bajo este nombre en la mayor parte del continente, y se exporta en grandes cantidades á la isla de Cuba, bajo el nombre de tasajo.

En Chile y en Buenos Aires se usó mucho más que en el Perú, donde está muy distante de poderse considerar como el principal alimento de las clases bajas, >

La palabra Charqui del quichua se ha españolizado hoy en toda la América por la de charque, que es Ja carne de vaca, dividida, en delgadas y grandes tajadas, y puesta á orear, y que se hace en los establecimientos de campo, donde por sus pocos peones no puede consumirse una vaca en uno ó dos días, conservándose así la carne por algunos pocos más.

Hasta hace poco tiempo ha sido la cai-ne el alimento exclusivo de toda la jente de campo de la Kepública Argentina.

El charque es semejante á la cecina española, pero sin ponérsele sal.

El tasajo es diferente, aunque es carne dividida del mismo modo; pero no oreada, sino salada; y cuyo producto exportan en grandes cargamentos Jas repúblicas Argentina y Oriental á Cuba y el Brazil para alimento de los esclavos; en la actualidad va decayendo este negocio; porque sustituyen el tasajo por legumbres y baratos comestibles. En la repúblicas Argentina, Oriental, Chilena y Peruana nadie come tasajo; y principalmente en las dos primeras es tan abundante la carne fresca de vaca.

Cual son en España garbanzos, frijoles, y en toda la Italia pulenta y sus coles.

61— Se espresa así Cieza de León, respecto á las ricas telas del Perú: «Ropa finísima para los señores Ingas de lana de las vicuñas.

Y cierto fué tan fina esta ropa, como avrán visto en España: por alguna que hallé fué luego que se ganó este reino. Los vestidos de estos Ingas eran camisetas desta ropa, unas pobladas de argentería y oro, otras de esmeraldas y piedras preciosas y algunas de plumas de aves: otras de solamente la manta. Para hazer estas ropas tuvieron y tienen tan perfectos colores de carmesí; azul amarillo, negro y de otras suertes, que verdaderamente lienen ventaja á las de España.»

66— Copio á continuación las sucintas biografías de Sarmiento y Ondegardo, escritas por Prescott, de cuyos autores manifiesta haber sacado mas antecedentes para su historia; y también otra de Garcilaso de la Vega.

Sarmiento y Ondegardo

Los dos escritores de quienes mas datos he sacado para la precedente introducción de mi obra son Juan de Sarmiento y el licenciado Ondegardo. Del primero no he podido alcanzar mas noticias que las que contiene sus propios escritos. En el título de su manuscristo se le llama presidente del consejo de Indias, empleo de altísima importancia, que indica tanta gravedad en el escritor y tantos medios de adquirir noticias, que sus opiniones sobre asuntos ultramarinos son dignos de la mayor consideración.

Estos medios se ampliaron mucho mas con motivo del viaje que hizo Sarmiento á las colonias, durante la administración de Gasea. Habiendo formado el plan de escribir una historia de las antiguas instituciones del Perú, pasó al Cuzco, según él mismo dice, en 1560, y allí obtuvo de ,os mismos indígenas los materiales para su nar'-acion. Su posición le permitía obtener las mas auténticas noticias, y de los labios mismos de los nobles Incas, los mas instruidos de la raza conquistada, recogió las tradiciones de sus instituciones y de su historia nacional. Los quipus, como hemos dicho, constituían un sistema especial que exigía una atención constante y muy inferior á los geroglíficos mejicanos. Solo mediante á un estudio asiduo podían servir para los fines de la historia; y este estudio se abandonó tanto después de la conquista, que los anales del país hubieran perecido con la generación que era su línica depositarla, si no hubiese sido por los esfuerzos de algunos hom>)res inteligentes y estudiosos como Sarmiento, que conocieron en este período crítico la importancia de ponerse en comunicación con los naturales y apoderarse de las noticias que conservaban.

Para dar autenticidad á su obra. Sarmiento viajó por el país y examinó con sus propios ojos los objetos mas interesantes, á fin de comprobar en todo lo posible, las relacio- • nes de los indígenas por medio de sus observaciones personales. El resultado de sus trabajos fué la obra titulada: «Relación de la sucesión y gobierno de los Incas, señores naturales que fueron de las provincias del Perú, y otras cosas tocantes á aquel reino, por el limo, señor don Juan Sarmiento, presidente del consejo real de Indias.»

Está dividida en capítulos y abraza unas cuatrocientas páginas en folio manuscrito. Ocupan la parte de introducción de la obra los cuentos tradicionales del origen ó'historia primitiva de los Incas, llenos según costumbre en las antigüedades de un pueblo bárbaro, con leyendas fabulosas de lo mas monstruoso y disparatado que se puede concebir. Sin embargo, estas fábulas pueriles forman una mina inagotable para los trabajos del anticuario, que trata de

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devanar la red alegórica que un sacerdocio astuto ha inventado como simbólica de aquellos misterios de la creación, que no podía comprender. Pero Sarmiento felizmente se limita á referir las fábulas tradicionales, sin la quimérica ambición de explicarlas.

De esta región de la poesía pasa Sarmiento á las instituciones de los peruanos, describe su antigua política, su religión, sus progresos en las artes, y especialmente en la agricultura; y presenta, en una palabra, un cuadro completo de la civilización que alcanzaron bajo la dinastía Inca, Esta parte de la obra, descansando, como descansa, en los datos más auténticos, confirmados en muchos casos por sus propias observaciones, es de gran precio y está escrita con un aparente respeto á la verdad, que desde luego inspira completa confianza al lector. La última parte del manuscrito trata de la historia civil del país. El autor describe con laudable laconismo los reinados de los primeros Incas, que no pertenecen al campo legítimo de la historia. Pero es más difuso al hablar de los tres últimos reinados y felizmente de los tres príncipes más eminentes que ocuparon el trono del Perú. Este era comparativamente terreno más firme para el cronista, porque los acontecimientos eran demasiado recientes para que los desfigurasen las leyendas vulgares, que como la hiedra de los edificios arruinados, se apresuran á crecer al rededor de todos los antiguos hechos. Su relación termina en la invasión española; porque sin duda creyó Sarmiento que esta parte de la historia podía confiarse á los que representaron un papel en ella, y que por su educación y hábitos no eran muy apropósito para explorar las antigüedades é instituciones de los indígenas.

El estilo de la obra de Sarmiento es claro y sencillo y no aspira á ostentación retórica demasiado común entre sus compatriotas. Escribe con candor laudable, y mientras que hace completa justicia al mérito y capacidad de las razas conquistadas, habla con indignación de las atrocidades de los españoles y de la tendencia desmoralizadora de la conquista. Quizás se- creerá que exagera algún tanto los progresos de la nación bajo el imperio de los Incas; y no es improbable que asombrado por los vestijios que le presentaba de una civilización original, se enamorase de su asunto, y lo revistiese de colores demasiado brillantes para presentarle ante la vista europea. Pero esto sería en todo caso una falta interesante, en que no incurrían por cierto los severos conquistadores, que destrozaron las instituciones del país y que veían en él pocas cosas dignas de admiración fuera del oro. Además, debemos reconocer que Sarmiento nunca trata ,de engañar al lector, y que tiene mucho cuidado de indicar lo que refiere en virtud de lo que se le ha contado, y lo que es fruto de su esperiencia personal. El mismo padre de la historia no separa estas dos cosas más escrupulosamente que él.

El historiador español no está enteramente libre de la superstición de su siglo, y muchas veces atribuye á la in-

tervención inmediata de Satanás cosas que con más justicia podría atribuir á la perversidad del hombre. Pero este era defecto común á los hombres más sabios de aquella época, y sería exigir demasiado á un hombre el que fuese superior á su generación. Bastante alabanza hacemos de Sarmiento si decimos que en un siglo en que la superstición se unía con demasiada frecuencia al fanatismo, él parece haberse librado completamente de esta mancha. No era fanático, puesto que su corazón estaba lleno de benevolencia para el desgraciado indígena; y en su lenguaje si no se descubre la llama abrasadora del misionero, se en cuentra un rayo generoso de filantropía, que envuelve tanto al conquistador como al conquistado, considerándoles á todos como hermanos. * A pesar del gran valor de la obra de Sarmiento por las muchas noticias qne da sobre el Perú, bajo el reinado de los Incas, es poco conocida; ha sido poco consultada por los historiadores, y aun está enterrada entre los manuscritos inéditos que, como metal no acuñado aun, guardan los receptáculos secretos del Escorial.

El otro escritor á quien he aludido, el licenciado Ondegardo, era un eminente jurisconsulto, cuyo nombre aparece muchas veces en los asuntos del Perú. No he podido fijar la época de su llegada al país; pero sé que ya estaba allí cuando llegó Gasea, y que vivió en Lima bajo el poder usurpador de Gonzalo Pizarro. Cuando el astuto Cepeda trataba de hacer firmar á los habitantes el documento en que se proclamaba la soberanía de su jefe, vemos á Ondegardo al frente de los de su profesión oponerse á ello. Cuando llegó Gasea tomó servicio en su ejército. Guando terminó la rebelión, se le hizo correjidor de la Plata y lúe go del Cuzco, empleo honroso, que según parece, conservó muchos años.

En el ejercicio de sus funciones estuvo en contacto familiar con los indígenas, y tuvo ocasiones inmejorables para estudiar sus leyes y antiguas costumbres. Se portó con tal prudencia y moderación, que parece haberse atraído la confianza, no solo de sus compatriotas, sino también de los indios; y el gobierno supo aprovecharse de su vasta esperiencia para adoptar medidas encaminadas á la mejora de la administración de la colonia.

Las Relaciones, que tan auaenudo se han citado en esta historia, fueron escritas por indicación de los vireyes; la primera está dirigida al marqués de Cañete, en 1561, y la segunda, diez años después, al conde de Nieva. Las dos juntas son poco más ó menos de la misma extensión que el manuscrito de Sarmiento; y en la segunda, escrita tanto tiempo después de la primera, parece descubrirse que ya era muy avanzada la edad del autor, según sus descuidos y lo difuso de la composición.

Como estos dos documentos están en forma de respuestas á las preguntas dirigidas por el gobierno, parece que los asuntos de que tratan se encerrarían en límites más estrechos de lo que desearía el historiador moderno. Esas

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preguntas se dirigían especialmente á las rentas, á los tributos, en lina palabra, á la administración fiscal de las Indias, y sobre estos asuntos complicados la comunicación de Ondegardo es muy completa. Pero la ilustrada curiosidad del gobierno se extendía á un campo más vasto, y las respuestas indican necesariamente el conocimiento de la política doméstica de los Incas, de sus leyes, de sus hábitos sociales, de su religión, de su ciencia, de sus artes. Las memorias de Ondegardo ocupan por consiguiente todo el terreno que desea estudiar el historiador filosófico.

En el desempeño de estos diferentes asuntos, Ondegardo manifiesta tanta agudeza como condicióu. Jamás huye de la discusión, por difícil que sea; y al paso que presenta sus deducciones con modestia, se conoce que está convencido de haber bebido sus noticias en las fuentes más auténticas. Desecha Jo fabuloso con desdén; examina la probabilidad de los hechos tiue refiere y habla con todo candor de la falta de evidencia irrecusable. Lejos de manifestar el sencillo entusiasmo del misionero bien intencionado, aunque crédulo, adelanta con la prontitud y cautela del abogado acostumbrado á los testimonios contradictorios y á la inseguridad de la tradición oi'ál. Esta manera circunspecta de proceder, y el ctiráctes templado de sus juicios, dan derecho á Ondegardo para ser considerado como una autoridad muy superior á la mayor parte de sus compatriotas, que han tratado de la antigüedades indias.

En sus escritos brilla constantemente un sentimiento de humanidad, que se manifiesta especialmente en la blandura con que trata á los desgraciados indígenas, á cuya antigua civilización hace entera, aunque no estravagante justicia; al paso que, lo mismo que Sarmiento reprueba enérgicamente los excesos de sus compatriotas y reconoce el borrón con que habían empañado el honor nacional. Pero mientras esta censura forma la más terrible acusación contra los conquistadores, ya que sale de ios labios de un español, prueba también que España, en aquel siglo de violencia, producía hombres sabios y buenos, que se negaban á hacer causa común con la canalla corrompida qne los rodeaba. Estas mismas memorias contienen pruebas abundantes de los constantes esfuerzos que hizo el gobierno colonial, desde la época del buen virey Mendoza en adelante, paia proteger y asegurar el beneficio de una legislación templada á los desdichados indígenas. Pero los rudos conquistadores y los colonos, cuyt) corazón no se ablandaba sino con el contacto del oro, oponían un obstáculo formidable á los adelantos. Los escritos de Ondegardo están libres de esa superstición, que es el humillante rasgo característico de la época superstición que se manifiesta en la credulidad con que se recibía todo lo maravilloso; ya fuese en historias cristianas <) paganas; porque la credulidad descubría tan fácilmente el brazo del Todopoderoso en las primeras, como la intervención directa de Satanás en las segundas. Esta fácil

creencia en una agencia espiritual, ya fuese para lo malo ó para lo bueno, es lo que constituye uno de los rasgos más notables en los escritores del siglo XVI. Nada puede ser más repugnante al verdadero espíritu de la investigación filosófica ni más irreconciliable con el criterio racional. Lejos de manifestar debilidad semejante, Ondegardo escribe con claridad, como hombre de negocios, apreciando las cosas según lo que valen, y sometiéndolas á la regla sencilla del sentido común. Siempre tiene la vista fija en el objeto principal de su argumento, sin extraviarse, como los charlatanes cronistas de aquella época, en mil episodios inconexos, que confunden al lector y no conducen á nada.

Las memorias de Ondegardo tratan no solamente de las antigüedades de la nación, sino de su condición intelectual y de los mejores medios de corregir los numerosos males que la aquejaban bajo el férreo cetro de los conquistadores. Las indicaciones que hace están llenas de sabiduría y de una política misericordiosa, que aspiraba á conciliar los intereses del gobierno con la prosperidad y la dicha del menor de los vasallos.

Así mientras que sus contemporáneos se ilustraban con sus observaciones sobre el estado de los negocios, el historiador de una época posterior no debe estarle menos agradecido por las noticias que le da sobre lo pasado. Herrera consultó mucho su manuscrito, y el lector al recorrer las páginas del erudito historiador de las Indias, ignora que está disfrutando de las investigaciones de Ondegardo. Así sus apreciables JRelaciones sirvieron para la ilustración de las generaciones futuras, aunque jamás recibieron los honores de la impresión. Debo la copia que poseo, como igualmente la de la obra de Sarmiento, al activo bibliógrafo Mr. Rich; ambas formaban parte de la magnífica colección de lord Kingsborough, nombre digno de memoria eterna por los infatigables esfuerzos que hizo por ilustrar las antigüedades de América.

Debemos observar que los manu.scritos de Ondegardo no llevan su firma; pero contienen alusiones á varios sucesos de la vida del autor que prueban hasta la evidencia que son obra suya. En el archivo de Simancas existe una copia duplicada de su Relación primera, aunque como la del Escorial, no tiene el nombre del autor. Muñoz se la atribuye á Gabriel de Rojas, uno de los más distinguidos conquistadores. Este es un error palpable; porque el autor del manuscrito prueba que es Ondegardo, declarando, en su contestación al quinto interrogatorio, que él fué quien descubrió las momias de los Incas en el Cuzco; hecho atribuido expresamente, tanto por Acosta, como por Garcilaso, al licenciado Polo de Ondegardo, cuando era corregidor .ie aquella ciudad. Si los eruditos de Madrid incluyen alguna vez estas Relaciones en la publicación de importantes manuscritos, deben tener cuidado de no incurrir en el error de Muñoz, quien, sin embargo se equivoca tan pocas veces.

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Garcilasso de la Vega

De todos los que han escrito sobre la antigua historia del Perú, ninguno ha alcanzado tanta celebridad ni ha sido tan citado por los historiadores posteriores, como el Inca Garcilasso de la Vega; nació en el Cuzco en 1540 y era mestizo, es decir, de raza mezclada, siendo su padre europeo y su madre india. Su padre Garcilasso de la Vega pertenecía á aquella ilustre familia cayos hechos, tanto en las letras como en las armas, dieron tanto lustie al período más magnífico de la historia de España. Fué al Perú con Pedro de Alvarado poco después de verificada la conquista de Pizarro.

Garcilasso se adhirió á este jefe, y después de su muerte siguió la varia fortuna de su hermano Gonzalo, siendo siempre fiel á éste durante todo el período de su rebelión hasta su derrota de Jaquijaguana, cuando Garcilasso siguió el ejemplo de los demás facciosos y se pasó al enemigo. Pero esta prueba de lealtad, aunque le libró la vida, fué demasiado tardía para salvarle la honra y acreditarlo con el partido victorioso; y la desconfianza que inspiró por la parte que tuvo en la rebelión, fué fatal para su fortuna en adelante, y según parece hasta para la de su hijo.

La madre del historiador pertenecía á la familia real del Perú. Era sobrina de Huayna Cápac y nieta del cé - lebre Túpac Inca Yupanqui.

Garcillasso, al mismo tiempo que manifiesta su satisfacción porque corre por sus venas la sangre civilizada del europeo, siente mucho orgullo al considerar que desciende de la real dinastía del Perú, y daba prueba de esto al combinar con su apellido el título que distinguía á los príncipes peruanos, firmándose siempre Garcilasso Inca de la Vega.

Pasó Garcilasso sus primeros años en el país de su nacimiento, donde fué educado en la religión católica, y aprendió cuanto podía aprenderse en medio del constante ruido de las armas y de las constantes discordias civiles. En 1660, habiendo cumplido veinte años, se marchó de América, y desde entonces vivió en España. En la península tomó servicio y fué capitán en la guerra contra los moriscos, y después á las órdenes de don Juan de Austria. Aunque se portó honrosamente en su carrera, no parece haber quedado muy satisfecho con la recompensa que el gobierno dio á sus servicios. La traición del padre influía en la suerte del hijo, y Garcilasso nos asegura que esta circunstancia hizo inútiles todos sus esfuerzos por recobrar la vasta herencia de propiedad territorial perteneciente á sa madre y que había sido confiscada en provecho de la corona. Tales erau las preocupaciones contra él, refiere él mismo, que no pudo recobrar sus derechos y abandonó el ejército tan pobre y con tantas deudas, que no creyó conveniente volver á

presentarse en la corte, sino que determinó retirarse á una oscura soledad, en qae pudiese pasar el resto de sus días, desengañado del mundo y sus vanidades.

La escena de esta oscura soledad, no era, como pudiera creerlo el lector engañado por este tono de resignación filosófica, el rincón de alguna selva solitaria, sino la ciudad de Córdoba, alegre corte en otro tiempo de la cien cia musulmana y entonces residencia de una numerosa y activa población. Aquí se dedicó nuestro filósofo á sus trabajos literarios, tanto más dulces y consoladores á su ánimo afligido, cuanto que tenían por objeto referir las ya ajadas glorias de su patria, y presentarlas en todo su primitivo esplendor á sus compatriotas adoptivos; <y no tengo motivo, — dice en su prefacio á su relación de la Fio rida,- -para quejarme de que la fortuna no se me ha mostrado favorable, ya que esta circunstancia me ha abierto la carrera de las letras, en que espero alcanzar fama mas vasta y mas duradera que la que pudiera proporcionarme la mundana prosperidad.»

En 1609 publicó la primera parte de su gran obra los Comentarios Reales, consagrada á la historia de su país bajo el reinado de los Incas; y en 1616, pocos meses an tes de morir, concluyó la segunda parte que abraza la historia de la conquista, que se publicó en Córdoba, al año siguiente. El cronista que así terminó sus trabajos oon su vida, murió á la edad de setenta y seis años. Dejó una cantidad de dinero muy considerable para que se invirtiese en misas por su alma, probando así que la miseria de que se lamentaba, no se ha de tomar al pié de la letra. Entérresele en la catedral de Córdoba en una capilla que lleva el nombre de Garcillaso; y se puso en su sepulcro una inscripción en que consta el respeto con que se le miraba, tanto por su carácter como por sus trabajos literarios.

La primera parte de los Comentarios Reales trata, como ya hemos dicho, de la historia antigua del país, presentando un cuadro mas completo que el de todos los historiadores. La madre de Garcilasso no tenía mas que diez años de edad cuando ascendió ó mas bien usurpó el trono, como dice el partido del Cuzco su primo Atahualpa. Tuvo la dicha de librarse de la matanza que, según el cronista, sufrió toda la parentela, y siguió viviendo con su hermano en la antigua capital, después de la conquista. Sus conversaciones se referían naturalmente á los buenos tiempos del mando del Inca, que adornados por los gratos sentimientos que les inspiraban, no perderían nada de su brillante colorido, vistos al través del prisma délo pasado. El joven Garcilasso escuchaba con ardiente interés las historias en que se refería la magnificencia y las proezas de sus reales antecesores, y aunque no hizo uso de ellas entonces, se grabaron profundamente en su memoria y allí se atesoraron para salir en otra ocasión. Cuando después de trascurridos muchos años se dis-

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ponía en Córdoba á escribir la historia de su país, escribió á sus antiguos compañeros y discípulos de la familia del Inca, para obtener mas noticias que las que estaban á su alcance en España sobre varias materias de interés histórico. En su juventud había visto las antiguas ceremonias y usos de sus compatriotas; entendía la ciencia del quipus y conocía mucho de las antiguas tradiciones del país. Con el auxilio que le proporcionaron sus parientes del Perú, se familiarizó con la historia de la gran raza Inca y de sus instituciones nacionales, hasta un punto que nadie hubiera podido llegar, á menos que no se hubiese educado en el país, hablando el mismo idioma y sintiendo correr en las venas la misma sangre india. Garcilaso, en una palabra, era el representante de la raza conquistada; y es claro que debe dar á sn pintura un colorido muy diferente del que le daban los conquistadores.

Esto es lo que hasta cierto punto sucede; y esta circunstancia nos proporciona un medio de comparación que por sí solo bastaría á dar un gran valor á sus obras, como guía pava llegar al conocimiento de la verdad histórica.

Pero Garcilaso escribió en una edad avanzada, cuando ya la historia había sido referida muy amenudo por autores españoles. Naturalmente trató con mucha consideración á hombres altamente nobles, tanto por su saber como por su posición social. Su objeto al escribir, según dice, no era tanto añadir por su parte nada nuevo, como corregir los errores y equivocaciones en que aquellos habian incurrido por su ignorancia del idioma y de las costumbres del pueblo peruano. Pero en realidad, para mucho mas adelante; y el vasto acopio de noticias que ha reunido es un depósito de que trabajadores portentosos en el mismo campo han sacado abundantes materiales. Escribe él con todo su corazón, é ilustra todos los asuntos que toca, con tal variedad y riqueza de pormenores, que no deja nada que deseará la curiosidad mas nimia. La diferencia que existe entre sus comentarios y las relaciones de los esci'itores europeos, es la misma que hay entre leer una obra en el original y leerla en una pálida traducción. Los escritos de Garcilasso son una emanación del espíritu indio.

Sin embargo, sus comentarios dan lugar á una gran duda, y una que se deduce naturalmente de su posición. Dirigiéndose el alto culto europeo, deseaba presentar las antiguas glorias de su pueblo y aun de la raza Inca, en su punto de vista mas importante.

Este fué sin duda alguna el gran estímulo que tuvo para escribir, ya que no le había dado elementos para ello su educación anterior, por buena que fuera para la época atrasada en que vivía. Escribió Garcilasso, pues, para alcanzar un objeto particular. Se presentó como abogado de sus desdichados compatriotas, defendiendo la causa de esa raza degradada, ante el tribunal de la posteridad.

El tono exagerado de panegírico que de este naturalmente resulta, se descubre en cada página.

Retrata un estado social que á un escritor utópico parecería exagerado. Sus rejios antecesores se convierten en modelo de todas las perfecciones imaginables, y vuelve á nacer el siglo de oro para una nación que, mientras que arde la guerra del proselitismo en sus fronteras, disfruta interiormente todos los beneficios de la paz y de la tranquilidad. Hasta el explendor material de la monarquía, ya por sí bastante grande en esa tierra de oro, se convierte bajo la ardiente pluma del cronista indio, en las deslumbrantes visiones de un cuento de hadas.

Sin embargo, hay un fondo de verdad en sus relatos incoherentes, y haremos al historiador indio la justicia de creer que él estaba muy persuadido de la verdad de todas las cosas maravillosas que contaba. No hay credulidad comparable á la del recien convertido al cristianismo. En las tinieblas del paganismo se han debilitado sus ojos, y cuando los abre á la luz de la verdad, no tiene la suficiente fuerza para calcular las exíictas proporciones de los objetos, ni para distinguir lo verdadero de lo imaginario. Verdad es que Garcilaso no había sido convertido, puesto que desde su infancia se le educó en la religión católica; pero estaba rodeado de convertidos y neófitos, hombres de su misma raza, quienes después de practicar toda su vida los ritos del paganismo, entraban por primera vez en el seno de la Iglesia. Oyó las lecciones del misionero, aprendió de él á creer implícitamente en las mará villo.sas leyendas de los santos, y las no menos maravillosas relaciones de sus propias victorias, que había alcanzado en sus combates espirituales para propagar la fé. Así, acostumbrado desde su infancia á estas exigencias de la credulidad, su razón perdió la facultad celeste de distinguirla verdad del error, y llegó á familiarizarse tanto con los milagros, que los milagros dejaron de ser para él milagrosos.

Pero á pesar de lo mucho que por estas razones debemos eliminar de sus crónicas, siempre hay en lo que dice un germen de verdad, que no es difícil descubrir, y aún despojarlo de los fantásticos adornos que lo cubren; y después de conceder mucho á las exageraciones de la vanidad nacional, encontraremos gran abundancia de datos legítimos relativamente á las antigüedades del pais, que en vano buscaríamos en los escritoi'es europeos.

La obra de Garcilaso refleja la imagen del siglo en que vivió. Diríjese á la imaginación más bien que á la razón fría. Nos deslumbra con el espectáculo brillante que siempre presenta, y nos deleita con la abundancia de pormenores divertidos y chistes animados, que salpican sus páginas. La historia de la acción alterna perpetuamente con discusiones sobre asuntos que ilustran su curso, de manera que se interrumpe la monotonía de la narración, y el lector se siente aliviado de un modo agradable. Esto sucede en la primera parte de su obra. En la segunda ya no había lugar para tales discusiones; pero ha suplido su falta con recuerdos, anécdotas personales, aventuras, incidentes, y una multitud de pormenores triviales, á lo menos

XXIII —

á los ojos de los pedantes, que los historiadores se han inclinado demasiado á menudo á apartar de sí, como indigno de la majestad de la historia. Vemos á los actores de este gran drama con su traje de todos los días, nos enteramos de sus hábitos personales, escuchamos sus dichos familiares, y en una palabra, recogemos esas bagatelas^ que reunidas constituyen la vida y el carácter de las personas.

Esta confusión de lo grande y lo pequeño, mezclado así, sin arte, ea lo que constituye una de las grandes excelencias de este cronista antiguo y pintoresco. En escritos de esta clase es en los que podemos tratar de encontrar el espíritu y la forma del siglo. Los documentos públicos, corroídos por el tiempo, la correspondencia oficial, son cosas útiles, indispensables á la historia. Constituyen la armazón en que esta ha de descansar; el esqueleto de hechos qne le dan fuerza y señalan sus dimensiones; pero son tan inútiles como los huesos secos de ese esqueleto, si no la revisten la forma y el traje de la humanidad, y sino rtsspira el espíritu del siglo. Mucho debemos al anticuario que con exactitud y paciencia forma las anchas y sólidas bases de la verdad histórica; y no menos al filósofo analizador, que presenta al hombre con el traje de su vida pública, al hombre con máscara; pero no por esto debemos negar nuestra gratitud á hombres como Garcilaso, y como machos novelistas de la edad media, que presentan el espejo á la humanidad, y hacen reflejar en él las interioridades de la vida, lo grande y lo bajo, lo hermoso y lo contrahecho, con todos sus accidentes naturales y con todo su legítimo colorido. Como obra artística quizá se creerá que un trabajo de esa especie no merece siquiera los honoi'es de la crítica; pero aunque desafíe las reglas del arte en la composición, no por. esto viola los principios del gusto; porque se conforma al espíritu del siglo en que se escribió. Y el mismo crítico que lo condena, apoyado en los severos principios del arte, encontrará un encanto en su sencillez, que le obligará á volver á hojear sus páginas mientras que deje á un lado olvidadas composiciones mas clásicas y correctas.

Esta obra adquirió tanta popularidad, que fué traducida al inglés por sir Paul Ricaut, é impresa en Londres en 1688. Se conoce que el traductor no entendía una palabra del original, y asi es que su obra está plagada de los mas ridículos eri'ores. Pero aun así, tan interesante es el original, que esta malísima versión gozó de mucho favores el público inglés.

66. — Garcilaso de la Vega es el historiador que trae todos estos hechos estraordinarios, y refiriéndose á él, dice Prescott: <La situación de este escritor le abría la fuente de todas las noticias mas exactas, ventaja equilibrada por los defectos de su carácter, por su infantil curiosidad y por su deseo de abultar lo relativo á su clase, y aun á su nación. Su obra es el origen de casi todos los hechos y también de

casi todas las mentiras, que han circulado en el mundo sobre ios antiguos peruanos. Por desgracia en época tan remota no es fácil distinguir lo uno de lo otro.>

67. — «Yo he pasado por este pueblo y he visto el lugar donde dicen que esta batalla se dio, y cierto según hay la osamenta, debieron aun morir mas gente de lo que cuentan.» Sarmiento.

68 — Y el mismo Garcilaso dice: A las mujeres, hermanas, tías, sobrinas, primas hermanas y madrastras de Atahualpa colgaban de los árboles y de muchas horcas muy altas que hicieron: á unas colgaron de los cabellos, á otras por debajo de los brazos y á otras de otras maneras feas, que por la honestidad se callan: dábanles sus hijuelos, que los tuviesen en brazos; teníanlos hasta que se les caían y aporreaban.» Y agrega: «Las crueldades que Atahualpa en los de su sangre real hizo, diré de relación de mi madre y de un hermano suyo, que so llamó don Fernando Huayna Cápac Inca Yupanqui, que entonces eran niños de diez años.»

Pero Oviedo expone: «que Huayna Cápac dejó al morir como cien hijos é hijas, y que vivían la mayor parte de ellos, cuando él escribía.» Y por una petición solicitando inmunidades, en 1603, aparecen como 607 indios de raza real de los incas.

Sin embrti-go, algo tal vez de verdad, pero muy exajera - do, haya en lo que dice Garcilaso; porque estas cosas no se inventan, sin que tengan algún origen; aunque Sarmiento, Oviedo, Pérez, Ciera de León, Zarate, Gomara ni otro? autores de esos primeros tiempos, refieren tales matanzas de Atahualpa, si se esceptúan las cometidas en Pumebam - ba y sus distritos.

69. — Para justificarlo que he repetido tantas veces, al hacer la suscinta descripción del Perú, en la época de los Incas, de que era un dilatadísimo imperio, me permito copiar á continuación el capítulo sexto de la Historia de la República Argextina, que ha comenzado á publicar, con general aplauso por su competencia, el distinguido doctor Vicente F. López.

Esta obra histórica, por los dos tomos ya publicados, promete ser la más completa, exacta, extensa, erudita y filosófica de cuantas se han publicado hasta ahora; y llenará el gran vacío que tenía esta República de no poseer una historia digna de ellai hará honor al país y á las letras argentinas; y el autor hará imperecedero su nombre al consagrar sus desvelos y tributar á su patria tan valiosa

ofrenda.

Geografía histórica del territorio argentino

(Sítmario; —El imperio de los Incas, conquistador y colonizador del territorio argentino, mucho antes que los españoles.— Adaptación operada por ese imperio para la civilización europea, para la vida ci-

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vil y para lo coherencia nacional. — Demostración por la topografía y nomenclatura.— La ruta y los caminos de la gran invación.— La primera información.— El modelo típico de la colonización quichua.— Sus cuatro pilares. — La casa del culto. — El municipio. — El campamento.— El labradío. (Capitolium, cantas, castra, Ager). — El Cuzco {iirhs et orbs.) — La región déla oscuridad ó del sur; Tuciinuín. — El Cuzco colonial ó Cosqnin (Cuzco-inna, ó Cuzco nuevo.) — Los camiuos y las redes extratégicas. — Los puntos de asiento y de colonización al centro y uno y otro lado de la Cordillera de los Andes. — Manera civilizadora de conquistar y apropiarse el terreno.— La lengua. — La escritura. — IjOS quipus. — El testimonio del padre Acosta. -La instrucción pública. — La poesía y las letras.— Los establecimientos industriales y correccionales, probados por el nombre de los lugares.— La España se asimila lo que ya estaba adaptado. Hasta los últimos años de la época colonial resaltaba en la carta topográíica del territorio argentino un hecho de grande importancia para la geografía histórica de esta parte de nuestro continente. La oiltura y la vida civil se dividían en dos grandes porciones, unidas apenas por un itsmo estrechísimo sobre la costa de Santa Fé, que era el único camino que atacaba las comunicaciones entre Buenos Aires y el Interior, como entonces se decía. Al norte de este angostísimo trayecto quedaba el Chaco, seno oscuro de razas desconocidas: al oeste y al sur lindaban los bárbaros de la Pampa; y á veinte leguas del Río de la Plata los viajeros y las caravanas del comercio comenzaban ya á cruzar el territorio inculto y desierto, preparados á los asaltos de los indios y corriendo grandes peligros, hasta que lograban pasar el 12ío Tercero y entrar en la jurisdicción de Córdoba. De allí á Jujuy, todo era culto, todo era seguro.

Bien meditada esta grande y notabilísima diferencia entre las dos porciones del territorio, debía tener una causa mucho más profunda que la del simple acaso de su ocupación por los españoles. ¿Por qué razón el litoral había quedado bárbaro, y cuando no bárbaro, selvático; y por qué razón las campañas centrales de Córdoba para adelante, mostraban la vida sentada y civil del agricultor, con una población dilatadísima, que en todas partes se mostraba sumisa á las leyes y coherente con el gobierno general. La razón era que todo el territorio argentino, desde •Tujuy á Córdoba y á Cuyo, había sido ya transformado y asimilado á la vida civilizada por una conquista anterior á la de los españoles; y que estos al tomarla para sí, no habían hecho otra cosa que tomar asiento y constituir su autoridad en los centros mismos, creados por la conquista anterior de los quichuas, mientras que en el litoral la España había tenido que afrontar el desierto y la barbarie primitiva, contra la cual luchó por dos siglos y medio

(de 1690 á 1810) sin que sus esfuerzos hubieran logrado en Buenos Aires, en Santa Fé y en el litoral consumar la obra que había encontrado hecha en el Interior.

El problema se esplica de suyo, si echamos una mirada sobre el mapa del interior y reparamos: que desde el norte de Jujuy hasta el sur de Córdoba, nuestra topogra' fía no nos presenta nombre alguno que no pertenezca al idioma imperial de los Incas del Cuzco; mientras que de allí á Buenos Aires todos los nombres de los lugares pertenecen alas lenguas y alas razas bárbaras de la Pampa.

Así pues, cuando los conquistadores españoles descendieron de Bolivia al territorio que hoy nos pertenece, no hicieron oti-a cosa que establecer la autoridad de sus armas en los caminos y en los centros de vida civil que el imperio peruano había civilizado al país de antemano, y constituido en él una sociedad administrativa é industrial, que por su propio organismo y cultura se prestaba fácilmente al predominio de la raza conquistadora europea, pues estaba ya docilizada á trabajar sedentariamente bajo el imperio de la ley y del organismo público.

Pásmase uno, cuando al encontrarse con estos hechos se toca con las pruebas de la poderosa virilidad á que había llegado el imperio de los quichuas, desde lo que es hoy Nueva Granada hasta lo que es República Argentina, abrazando todas las regiones occidentales de la América del Sud, á uno y otro lado de las cordilleras; cuyo centro, como un trono de oro, sobre un sócalo de granito, tenía su pedestal en las opulentas alturas del Cuzco.

Desde allí, los quichuas habían estendido sus conquistas, su lengua y sus colonias, hasta mas allá del rio Magdalena por el norte. Reinaban sobre Quito, y sus escuadras de gi'andes juncos, como los de la China, recorrían el Fute-man Cocha, (mar del Sur) recojiendo cada año el tributo de perlas, de pieles y de tejidos á que estaban obligados las tribus costaneras. (1)

Poseedores de una ciencia profunda á la manera de los pueblos asiáticos antiguos, consumados en las artes, en la astronomía, en la literatura, en la agricultura, en la administración, en la estratejia y en la política; su ambición se estendía sobre todos los horizontes del vasto continente cuyo centro ocupaban: y habían emprendido su conquista por entero, sobre el trazado de un plan tan jigantesco como hábil.

Descendiendo de Chuquisaca (2) hacia las tierras orientales, procuraban tomar por la espalda á los Guaraníes; y con esa mira los Quichuas empezaron á derramar sus colonias por las tierras de los Chirihuanos, hasta tocar con el Pilcomayo. (3) Su lengua impresa por allí en todos

(1) Pedro Martyr.

(2) Cliokc, es una cosa apoñuscftda, cerranía tupida, y xaca es estéril, pelada.

(3) Igual á PilluiriH-M<iui> {iiiau<> os no, ¡tillinrcit es abundante de pescado.

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XXV —

los lugares, va trazando por las riberas de ese río las hueUits de una invación sólida y permanente, hasta sus con" fluencias con el Paraguay.

Pero como ese movimiento de frente, (si hubiese sido aislado) los habría obligado á largos años de lucha para penetrar al ti-avés de los territorios enemigos, nuevas y poderosas colonias, dotadas con todos los elementos que constituían la vida civil y la cultura teocrática de los grandes pueblos antiguos, descendían al mismo tiempo hacia el sur por la cordillera de Bolivía. Ellas marchan estendiendo su derecha por la falda de los Andes hasta TJspallata: apoyan su izquierda en el curso del Río Salado; y dentro de esos dos flancos adelantan su centro cubierto por el Río Dulce y por loa declives de las sierras cordobesas, hasta el abra que allí dá entrada á los desiertos de la Pampa y del Chaco.

Con este orden admirable, que establecía una verdadera red sobre los vastos territorios que querían absorver, sientan el núcleo de la conquista en los lugares donde hoy se halla Córdoba; puesto admirablemente escojido para estenderse hasta el Paraná y para cerrar así, desde la cordillera hasta el Carcarafíaá la red en que querían sujetar á los Guaranies y á los Araucanos, bajo el centro del Cuzco — era. Roma Americana, cuyo nombre significa también urbs ei orhs; centro y corazón del mundo.

Muchos, quizás mal preparados por lo insustancial de las ideas europeas acerca de la etnología y la historia americana, desprovistos de antecedentes bastante sólidos para alcanzar la estensión de los problemas que conciernen á las civilizaciones sud-americanas, estarán no poco dispuestos á tomar como un cuadro de pura imajinación el que acabamos de trazar sobre la robustez jigantesca á que había llegado la nacionalidad de los Quichuas bajo el reinado de Huayna Cápac.

Pero cuando hayan seguido las pruebas concluyentes •que arroja el idioma de la topografía argentina, cuando hayan reflexionado que una lengua no se estampa sobre la vasta estensión de un continente, nombrando los ríos, los cerros, los valles, y dejando en ellos el nombre de sus templos, de sus fortalezas y de sus ciudades, sin que la raza que lo habló haya dominado socialmente en todo él, será preciso que convengan en la magnificencia y en la verdad de los hechos.

En la naturaleza de las cosas está, que solo los pueblos dominadores por las armas y por su lengua sean los que puedan dar á la tierra que pisan el bautismo eterno de su gloria y de su espíritu. Y aunque de los romanos nada supiésemos, por los libros, bastaríanos seguir los rastros de su lengua en la geografía del mundo moderno, para que pudiésemos restablecer por entero el perfil de su genio y de su imperio.

Los Quichuas han desempeñado ese mismo papel en el continente sud-americano. Su gloria y su lengua se hallan estampadas con rasgos imperecederos en la tierra arjen-

tina de que fueron los primeros civilizadores. Ellos fueron los que asimilando el territorio arjentino dentro de la vida social, la arrancaron á la barbarie primitiva y los que lo prepararon para sus destinos futuros. Y como la justicia de Dios es siempre grande y clara en las cosas humanas, cuando los siglos se acumulan á los siglos, y cuando el territorio ocupa en el mundo la plenitud de la opulencia á que se halla destinado, la lengua de los Quichuas vivirá incorporada á la celebridad de los lugares que hayan venido á ser famosos por las armas ó por las riquezas de nuestro país.

En el año 1840 paseábamos por la campaña de Córdoba acompañados del cura de la Cruz Alta.

Atravesando un lugar del mas hermoso paisaje, llamó nuestra atención hacia ]a colina y nos dijo: — «Allí tenían LOS Incas u.v templo. > Estábamos muy lejos entonces de haber sospechado siquiera el sistema de estudio que después hemos hecho sobre las antigüedades y sobre lengüística americana. 'Pero interesados en todo hecho antiguo notable, é inclinados á estudiar el fondo de las tradiciones locales, nos detuvimos y preguntamos qué templo era el que allí había existido. El cura de la Cruz Alta lo ignoraba; sólo sabía, como toda la comarca, que aquel solemne lugar había 'conservado au nombre de IntiHuASi, que quiere decir casa ó templo del Sol.

La existencia de un templo del Sol, situado á ocho leguas al no/te de la ciudad de Córdoba, y perdurando así en la nomenclatura jeográfica del país, por mas de cuatro siglos, con ese nombre culminante en la lengua y en la historia de los Incas, es un hecho precioso que viene á anunciarnos la importancia que aquel lugar había alcanzado en aquellos remotos tiempos. El culto del Sol era el culto imperial: un templo era el santuario que la civilización de los quichuas llevaba ai frente de sus colonias, como dogma de gobierno y como enseñanza de cultura científica, civil y moral, pues sobre él reposaban el calendario y la distribución del año.

El templo del Sol no podía caer en manos de los enemigos de los Incas. Sus hijos no podían abandonar el astro de quien descendían ni á sus sacerdotes al oprobio de la cautividad ni á las injurias de los paganos. Por eso el templo del Sol no se alzaba sino donde la ciudad quichua, es decir, el municipio civil y religioso que formaba el núcleo vital de la colonia y de la asociación política, tenían un asiento bien dotado de poder, para proseguir, sin contrastes, las victorias y la propaganda de ese culto nacional.

Así también procedía la colonización romana: ese tipo acabado del espíritu antiguo de los Pelasgos (4).

La asociación romana, (digamos pelasga) era también centro administrativo urhs. La ciudad constaba de cuatro elementos vitales: el Capitolio, que era el templo; Castra,

(4) Ampare: hist. de Rome á Rome, vol. I, cap. III.

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que era el campo atrincherado de la defensa; el Foro, que era el municipio; civitas, el lugar de la vida pública y el Ager, que era el campo labrable, la fuente de la agricultura y de la producción.

Singular es que esoa mismos fuesen también los elementos de la sociabilidad de los quichuas.

La ciudad quichua es también urhs y por eso se llama Cuzco, que quiere decir centro edificado del cuerpo social. De aquí le ha venido la vulgar acepción ombligo, con que los españoles, incapaces entonces de comprender la lengua sacramental y simbólica de aquella asociación teocrático-civil, como la de los romanos primitivos, han materializado esa concepción de la lengua política sudamericana. CüZQüi ó mejor dicho Kuskí, es un verbo quichua que significa desmontar, limpiar el terreno, edificar con la piedra ó sobre la piedra, (5) y de ahí la leyenda de la varilla de oro con que Manco OApac tocó el ombligo de la ciudad, que era el centro del gobierno imperial y la capital de la tierra. Debido al sentido político y social de raíz lengüística es que tanto entre los Pirhuas y los incas antiguos se titularon Cozquic, constructores, con relaciones á los hechos históricos qne los distinguieron. El Cuzco en el culto del Sol era lo que Roma es en el catolicismo, — la ciudad santa — el Orbe: el corazón de las colonias consagradas á la estensión de ese mismo culto, de sus dogmas y de su civilización.

La ciudad quichua, como la ciudad romana, debía tener también su capitolio; y del mismo modo que el sol se sien - ta en el centro del Universo, el templo del Sol —Inti-Huassi, debía levantarse en un centro civil: cuzco: (urbs) y ser el capítulo de la sociedad política.

La ciudad quichua, como la ciudad romana, tenía su campo atrincherado, (Castra), que los quichuas llamaban Pukcará ó Bukcará, como los asiáticos; y tenía por fin su Ager consagrado al sol y á los labradores con el nombre de JPocho ó más bien Pochuk.

Si queremos ahora fijar nuestra vista sobre los alrededores del Cuzco y determinar con los comentadores esos cuatro lugares típicos de la. ciudad qnichaei, (6) encontraremos á cada instante la preocupación de los Pirhuas y de los Incas tija en el templo del Sol ó capitolio, llamado Intí-Hüasi, en Puccará el campamento; en Cuzco, el m u. nicipio, la capital; y en el ager, Pochüc. No hay parte de su historia que no nos revele la coexistencia fundamental de esas cuatro columnas angulares de la asociación incana; (7) y sus nombres, como otros tantos restos óseos de un

(5) Véase el Diccionario de Ischudi, verb. cuzqiii. véase Goazález Holguin, verb. Guzqui-ni {V persona:) Véase Mossi, verb.

(0) Toniamod la voz ciudad como los romano.-f; no en el sentido d e conjunto edificado, que le dan los modernos, sino como asociación politica, como Capital municipal, si es posible decirlo-

(7) Montesinos determina bien la situación del Pucurá en el Cuzco, campo atrincherado á cierta distancia del municipio civil y

gran fósil, se conservan todavía al rededor del Cuzco y de los demás centros coloniales, como para marcar el alto destino que desempeñaron en aquel grandioso organismo del municipio incano. ¡ ■ í= í

Descendamos ahora á estudiar la topografía cordobesa^ ó— para usar de las analojías quichuas,— digamos la topografía tutcumana, pues que ellos llaman Tütcoman á toda la parte del continente, hoy argentino, que queda entre las cordilleras, el mar, el estrecho austral y el Río de la Plata. Todo eso era para ellos el Tutcuman: voz compuesta de TuTüK, Y üMAN, gobierno del Sur, ó bien de la parte oscura del mundo: Tütük.

En donde había un templo del Sol, un Inti-huassi, era necesario que hubiese también un Cuzco, es decir, un municipio colonial; era preciso que hubiera un ager, una área labrable oficial y consagrada, una tierra del sol; y que hubiese un Puccará ó campo atrincherado para los tesoros y para la defensa de la colonia. Bajo esa base estaba concebido y constituido el Cuzco andino, y así tenían que ser sus colonias: del mismo que en España y en África, cada ciudad ó municipio romano era un trasunto de la sobei-ana del Tiber. Los puestos subalternos y de frontera tenían Una huacas y Mancas- es decir, cementerios y fortines. Al lado del Intihuassi era menester que hubiese colegios de Amantas y una jerarquía entera de Villac-umüs ó sacerdotes encargados de asegurar el servicio del santuario y el estudio de los astros, con que la casta labradora transformábanla barbarie del suelo, mientras la casta guerrera transformaba por la conquista á los salvajes, asimilándolos á la civilización y al culto del Imperio romano.

Si Córdoba, (permítasenos este nombre moderno para localizar mejor los detalles de este estudio), tenía pues un Inti-huassi, era de toda necesidad que bajo el área designada á la propiedad del municipio colonial, donde se hallaba ene capitolio incano, coexistiesen también los otros tres pilares del cuadrilátero municipal, (Bom^ cuadrata) (8) y que su territorio nos presentase, como el del Cuzco andino, un Cuzco nuevo ó tutcumano, un puecará ó campo atrincherado, y un pocho ó ager de labranza. Y bien: ¿quien ignora que á esta fórmula de una deducción de mera analojía, responden los hechos con ima verdad incuestionable? Córdoba nos ofrece bajo un área determinada por las circunstancias especiales del tiempo y del suelo,— un nuevo Cuzco con el nombre de Cosquin: un puccará y un pocho. Tenemos Cozquin en lugar de Cozco, porque Cozquin, es

religioso, donde los reyes se asilaban al principio para defenderse de enemisros é invasores. Todos los historiadores hablan de estas fortalezas, que á medida qne faé agrandándose y fortificándose el imperio, fueron perdiendo su importancia primera, asi como sucedió también on Roma á medida que su poder invadió á lo lejos y se consolidó en el centro.

(8) Ampere, cap. I, lib. I.

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corrupción de Cozeo-inna, que quiere decir — el Cuzco nuevo, colonia del Cuzco ó dependencia del Cuzco.

Al rededor del Inti-huassi, de Cozquin, de Puccará y de Pochuc, la lengua de los Quichuas florece en toda la extensión de la Provincia de Córdoba, como en las de Salta, Tucuman, Catamarca, la Rioja y San Juan, demostrando la prosperidad y el poderío de que gozaba aquel nuevo centro colonial, que los Incas habían cimentado en eJ territorio del sur.

He aquí las pruebas: — Cuchillacta {Cuchicoral) determina un puesto rural quichua: lo que llamamos hoy una cabana. Ayan-pitin que quiere decir las cortaderas, (porque pitin es cortar y ayan es lastimar) es otra designación que procede de la misma lengua, y por consiguiente de la misma colonización. Calaniiichita quiere decir el presidio de las pedreras; porque muchugta es trabajo forzado ó condena, y cala significa sacar y labrar piedras. Asco-Chinga, compuesto de achco (mucho) y cochinga, tigre, significa los tigres ó el tigre. Pocho es el lugar de los sembrados y de as cosechas, porque pochúk es participio del verbo pochi sembrar y cosechar.

El Totoral es otra designación quichua; y los AchiraS)

sobre el Río Cuarto, marchan el estremo austral de la

lengua quichua por este lado, que con mil otras acepcio"

nes propias, revela la presencia de los colonos peruanos

al confín de las sierras y de su descenso á las Pampas.

Ese mismo nombre de las Pampas y el de la Patagonia son denominaciones provenientes de las colonias quichuas, que lindaban y amenazaban ya invadir al desierto, cuando fueron paralizadas por la conquista española. Sonnom bresque no tienen afinidad ninguna con las lenguas euro peas, ni con las lenguas australes de las tribus de nuestros desiertos. Pampa es una palabra quichua cjue significa llanura. Pata significa colina, collado; y cuna 6 mas bien gunya es la partícula característica de los plurales quichuas; patagunya por consiguiente significa las colinas, las mesetas ó las grandes. Cualquiera que conozca los acciden tes de aquellos terrenos dirá si están ó no admirable mente caracterizados con el nombre de granaderías.

La ocurrencia de que jJota-gonia es una sostitucion de la palabra española Patones, por Patagones, es de suyo absurda, porque la lengua española no ha podido jamás convertir la palabra patón en patagón: es decir,— pasar de una palabra de sentido recto á otra sin sentido ninguno. Establecí dos así los quichuas en una posición admirable, que constituía en Córdoba el centro de poder militar y de organización civil y religiosa, estendieron su lengua y su brazo hasta el Carcarañá y hasta el Tío, otros dos nombres quichuas; mientras que circundando las pampas por el oeste y el nordeste, echaban á lo largo de esa frontera y de la de San Juan los puestos que se ligaban con UsPALLÁTA, (otro nombre quichua,) con sus establecimientos centrales de Aconcagua y de Guillota en Chile, que también son nombres de las mismas lenguas.

La civilización y la lengua de los quichuas se hallaban á las puertas de lo que es hoy Provincia de Buenos Aires, cuando los detuvo la conquista española. Elplan estratégico de su invasión está marcado en las huellas que su idioma ha dejado en los lugares por donde marchaban.

Apoyándose en las cordilleras, venían echando una red sobre las pampas. Mantenían su frente, avanzando por el centro cordobés, con la lentitud majestuosa de un plan y una fuerza jigantesca.

Estendían su izquierda sobre el Paraná para envolver á los guaraníes por la espalda, al mismo tiempo que por ^as colonias de Santa Cruz de la Sierra los tomaban por el frente, y que los cerraban entre los dos ríos caudalosos, donde procuraban someterlos.

Por el lado del norte, el territorio cordobés sigue demostrando con igual perfección los rastros de la ocupación peruana. Todos saben que uno de los rasgos más saltantes de aquel territorio es el que le dan las Salinas estensas, que aislan á Córdoba de Catamarca, de la Rioja y de los demás territorios occidentales. Esas salinas llevan ahora todavía el nombre de travesía de Ambargasta; porque careciendo absolutamente de aguadas ó ríos, y de toda posibilidad de hacerlos cavando pozos, no pueden ser ocupados por la raza humana; y solo pueden ser atravesadas por sus estremos con la rapidez y con el peligro consiguiente á su falta de agua, durante un trayecto necesario de treinta á cincuenta leguas por lo menos. De ahí su nombre de travesía de Ambargasta. ^

Am, en quichua, es negación, carencia: Bara ó Para significa agua, lluvia, rio: gasta es tierra seca, arcillosa, polvorosa; de modo que Am bar-gasta dice literalmente en quichua: la tierra seca y sin ríos, la travesía. La filolojía es inexorable para dar la demostración de los hechos contenidos en las denominaciones.

Al oeste de la salina central argentina, tiene otro punto la provincia de Córdoba que pertenece también á la antigua colonización de los quichuas: los baldes de Nabor. Esta voz es una aglutinación de la prefija na, que significa aquí, del s\ista.ntixo pur ó pune, cubo ó vaso de beber, como en ptur-unku ó porongo, calabaza de beber. Tratándose de un lugar desprovisto de agua, fácil es comprender la preciosa aplicación de la partícula na, ¡aquí hay! — puru, cubos ó baldes; y de aquí el nombre de Baldes de Nabor.

Retrogrademos ahora, y pongámonos á estudiar geográfica y lengüísticamente las líneas del itinerario, que desde las fronteras del Norte había traido la invasión incana. Esta odisea perdida, que las colonias quichuas, partidas del Cuzco, trazaron sobre el territorio ar jen tino, es digna de interesar á los hombres capaces de comprender las grandes leyes de la historia, que rijen la marcha y el destino de las razas predestinadas. Ante la prueba que ellas arrojan, caen forzosamente las preocupaciones de la rutina.

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Eu 300 años, como dice Garcilaso, no se crea una sociedad prepotente en la guerra y en la paz, no se levantan monumentos de piedra colosales; no se tallan montañas enteras para criar ciudades (9) y para enlosar palacios, no se trazan caminos de centenares de leguas al través de las montañas para ligar las provincias; no se echan puen. tes sobre los torrentes; no se abren canales de irrigación para dotar de fertilidad á las montañas mismas; no se crea una agricultura floreciente; no se establece una administración civil y política completa, con correos, con postas, con finanzas y recursos; no se crea una lengua general ni se eleva á un grado sumo de cultura literaria; y por último, no se conquista ni se coloniza ün continente en toda su vastísima extensión.

Cuando los quichuas, (probablemente bajo las dinastías antiguas de los Pyr-huas) resolvieron emprender la conquista del territorio que ellos llamaban Tiituc-Uman, agio, meraron sus recursos sobre las altaras de Bolivia; v descendiendo por Tupiza y por la Quiaca, fundaron en la garganta de entrada, que nosotros llamamos la quebrada, una famosa Necrópolis con el nombre de Una-Ruava ó templo del Orácnlo, la cabeza que habla. Adelantando su marcha hacia el sur, fundaron otros puestos, con el nombre de HuccUuy (Jujuy compuesto de Huy, frontera, lejanía: y de Huecú, de abajo ó de lo hondo. En seguida allí mismo, donde hoy está la ciudad de Jujuy, pusieron un pueblo con el nombre de Llacta-Huayccu, ó pueblo de la Quebrada; y después, en las inmediaciones de Salta, fundaron á Samalao, corrupción española de Sama Llauk ó Lloc, que quiere decir; descanso del Salto ó de la subida.

Las colonias primitivas descansaron poco tiempo, por cierto, en esa ribera; puesto que en todas las direccione s se encuentra el rastro de muchos otros puestos, en los que desparramaron los elementos de su vida civil, agrícola é industrial; Chicoana al sur, que quiere decir, los telares: chic, (flecos, hilos) ahuana, (telar): Tola cachi, (sal de piedra ó terrenos de sal), tola, (hueso,) cachi; (sai): Amjias-cachi, (agua salada, río salado,) compuesto de ampas, (rio) y de cachi (sal): Guachiapas ó Hua-Chispas, (las tenazas), nombre dado á las confluencias de toda aquella red de ríos, que se anudan y que se estrechan como tenazas, al nordeste de Salta, con muchísimos otros nombres que caracterizan todo aquel terreno como territorio incano.

Después de haber establecido y concentrado, como lo demuestra la lengua, todos estos puntos de avanzada, apoyados en las gargantas de Uma-huaca y de Hucc-huy, los quichuas vuelven á tomar vuelo y se abren en cuatro grandes direcciones sobre el territorio tutcumano.

La primera toma á lo largo de la Cordillera del Despoblado; y trasmontándola, marcha por el Accay, (la Chi-

(9) Véase on Markham y en Squier los monumentos y canteras de OUantay Tambo-

chería) y por Fastilla, (Phachtila ó arroyo mato), toma la dirección occidental para ponerse al habla con las coló' nias que echaban al mismo tiempo en el territorio de Chile ; fundan en ese trayecto á Puma-Cachu, (cola de león), á Coman, (los molinos), á Uracato, mercado de abajo, (cafu, mercado, ura hondo,) y buscando de nuevo las cabeceras del Huachipas, fundan en ellas las colonias florecientes de Callchayqui ó Callchaqui, que quiere decir las sementeras ó las cosechas.

De allí remontan á Tolombon, corrupción de Tolan-Pu ■ ñas, cuyo sentido es campo de túmulos ó de pirámides. Pasan el valle de Andalgalá, que quiere decir obra de las montañas, y que se compone de Atita, (montañas, andes), Allca llá, fin, abertura ó desaparición.

Allí se abren de nuevo: haciéndose hacia la Sierra de Ambatu, (las ranas ó los zapos) fundan á Catamarca, es decir, lo3 fortines de la frontera, cata y marca; y tomando á la Cordillera rectamente, fundan á Tinu-Casta, en el mismo portillo de pasaje al territorio de Copiapó.

Tinu-gasta es nombre compuesto de tinu, que significa brecha ó caida, y de gasta, cosa de tierra. Aquí quiere decir entrada ó pasaje; lugar áe junción, de coLfluencia, garganta; porque servia de comunicación entre las colonias argentinas y las colonias chilenas. La aplicación y el significado son evidentes.

Entre Anta alleu y tinu-gasta, los quichuas habían fundado otros apostaderos ó etapas: Antof a-gasta y Panip>a. El primero quiere decir valle sordo de los Andes, ó valle del sordo, Anta-hupa; y segundo Pan-Ypa compuesto de pana, (aglomeración) y de Ypa, (juncos,) equivalente á decir los juncales.

Desde Tino-gasta se estiende á lo largo de las cordilleras argentinas una serie de apostaderos quichuas, que por los diversos boquetes de la cadena central van á darse la mano con los apostaderos de Chile. Son, entre muchísimos otros que hemos visitado en 1841, Copacabana {Cu-pac-avana-f de cupac, peletería, y de avana ó ahuana, telares,) ó bien los telares de lana: el nombre coincide con la parte de la Cordillera más abundante, aun actualmente, en rebaños de vicuñas. Otro es Chaccana, las escaleras ó subidas.

En este punto la serranía de Famatina (Phatma-Tina) viene á intercalarse en el gran Valle Oriental de la Cordillera, dividiéndolo en dos mitades: en la una está lameseta occidental que queda paralela á la gran cordillera; y en la otra los valles de la Rioja, que vienen descendiendo hasta las serrezuelas de Córdoba. La serranía de Phatmatina es gigantesca y uno de los picos ó nudos más encumbrados de los Andes; pero el rasgo especial que le da su fisonomía y que ha ocasionado la aplicación del nombre quichua, es su doble espalda, pues al verla levantada sobre las nubes y bañando sus nieves en la luz cristalina del espaciOjJpresenta dos cumbres, ó más bien dicho, una sola

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XXIX —

cumbre, partida en dos mitades de igualdad sorprendente. De ahí su nombre: Phama, quiere decir mitad: tina, reu nión, como dijimos al hablar de Tinogasta.

Al occidente de Fhatmatina, y encajonados entre los cerros de Fallquia, (las Puntas unidas: véase Pallca yá,) tenemos á Nonogasta, el valle más rico de la República Argentina. Tenemos también á Pac^-^asía, Tut-qum, Asnun^ (asna-una) agua hedienda, que hoy se llama la HediondaPolco y Simbolar que tocan en la travesía de Ambargasta frente á los baldes de Nabor, de que ya hemos hablado .

Todos estos nombres son quichuas: Nunugasta quiere decir valle de las ánimas ó de los espíritus, (nunu.) Bichigasta quiere decir tierra de hermoso aspecto, ó mejor dicho: tierra misteriosa ó Buena vista. Tut-q-unu es aguada ó aguada ó bebedero del sud. Pollco ó más bien PuHkuc viene de Pullcac (puntiagudo,) y significa — la Punta; porque en efecto, es un apostadero situado en las puntas de las serruladas que vienen á morir en el límite de los Llanos de la Rioja. Por alli, las colonias quichues se tocaban ya con los establecimientos de Córdoba.

Al oriente de Fhatma-tina se continúan los valles de las cordilleras; y por ellos va también la lengua quichua m arcando en toda su estensión la marchada las colonias peruanas quecivilizarou la tierra. El primer punto^ situado en la punta norte de Fhatma-tina, por el que hay que pasar necesariamente para tomar los valles occidentales, se llama Anchu-llocsi, denominación convertida por los españoles ea Anchulus ó Aajelus. knclm Mocsi significa separarse para salir, y es en efecto la principal salida ha c ia Catamarca, Sigúese Vinchina, que significa atadero, palé n. que ó corral: vinchana. Después Vina, los pozos, porqu e Miriam quiere decir, llenar de agua. Después de Vina está Guandacol, {ílná Anta Colli), los Andes colorados, porque en efecto esa es la fisonomía de aquellas elevaciones, que se asemejan á paredones colorados, como ruinas caprichosas y pintorescas .

El río Jachal ó Jacha, quiere decir el río de la arboleda, ó mejor dicho, los Arboles: hacha. Sigúese Calingasta, Pachaco y la Laguna de Guanacachi. Calingasta, es la tierra áspera ó fuerte: Pachaco ó Pachak, los manantiales; y HuanaCachi significa, condena ó presidio de la sal ó para sacar sal.

Encuéntrase después Uspillata, compuesto de Osya ó Uslla y de Palíala, que significa la garganta preferida , es decir, — el mejor pasaje de la una á la otra banda de las Cordilleras: pallatamu quiere decir, escojer paraje. Por ese punto, es evidente en la lengua de la geografía, la ín tima unión de las colonias argentinas con las colonias chilenas: Acconcahua ó Accon-Cahuak quiere decir, el vijía ó la centinela de piedra: Quillota ó Quilla-uta quiere decir el templo ó la gruta de la Luna: Yllapill ó Yllajiel es la comna de fuego, á causa de su volcán. Chaca-buco es puente ó cuesta colorada. El nombre de Tupungatoes un nombre quichua compuesto de Tupun-catak, la punta del techo , el pico de allá arriba.

De allí para el sur, los nombres cambian de fisonomía filolójica á uno y otro lado de la cordillera. Las raíces son diversas, como puede verse en los nombres de Vichuquen, Chillan. Penguenes, Cauquenes. Son sin embargo, dignos de atención loe nombres de Antuco y de Callaquí. El primero parece ser Sana-tuca, el que acaba en el cielo, y el otro es la Abra, la quebrada de salida ó el portón. Estas dos raíces y su fonismo tienen un jenio enteramente distinto del de las lenguas araucanas y australes de nuestro continente, que son las que predominan en derredor por allá.

Demostrada por la lengua la existencia de la larga serie de colonias que los quichuas habían estendido á uno y otro lado de las Cordilleras, volvamos al punto de partida de Uma Huaccak para seguirlos por los apostaderos, que orillando el Río Salado y el Río Dulce, formaban el fianco izquierdo de su gran movimiento de invasión y de conquista sobre el Tut-c-uman.

Desde Salta, que entonces se llamaba Samalao, como va dijimos, se dirijieron al Río Salado, llamado entonces, Amjoas-Cachi, (agua de sal), y en la parte que hoy llamamos el pasaje, junto al vado mismo, fundaron un apostadero ó etapa con el nombre característico de Sivitara, que quiere decir — ojo del anillo ó bien pasaje, porque en aquel lugar el Hua- Chipas y el Salado forman un anillo ó círculo, por dentro del cual hay que atravesar para descender á Tucumán. Sivi, (anillo), tara, (ojo, lo que atraviesa, hueco ó pasaje). El nombre, pues del Pasaje, que nosotros damos á ese lugar, donde el general Belgrano, á la cabeza del ejército argentino juró nuestros colores nacionales, no es otra cosa que una simple traducción del nombre que ya los quichuas le habían dado. Por allí fundaron también á Caraguasi, ó casas de cuero: Cara y Huassi.

A una y otra margen del Salado establecieron muchos otros puestos, el de Asogasta, que basta por sí solo para probar que sus fundadores eran los mismos que habían colonizado las faldas de la Cordillera. Pusieron también á Llactan ó el corral: Sancho, (los Sunchus, una planta comible): á Aratuya ó Hara-tuya, el tuya cantor. (10) Mattara de Mathe y Hará: Navicha, que dice Buena vista. Aguara ó mas bien Ahitara, el tapir ó los tapices; y Cayasta, que significa el Puesto final; nombre compuesto de Cay-Astak, que quiere decir, —aquí se muda, se cambia: y que se toca por la derecha con el Tío, el arenal.

Desde el Pasaje ó Sivitara los quichuas tomaron el camino á Tucumán, ocupando por la derecha la serranía la Aconquija, divisora de las corrientes de los derrames: nombre compuesto de Acim (vomitar), y de Hicha (derramar); y por la izquierda siguieron la corriente del Río Dulce hasta la laguna de los Porongos, (Purucá-Cochá) , y fundaron en su trayecto á Manogasta, Silipica y Stcmamba, en la margen derecha, hasta tocar con Ámbar, gasta.

(10) El Tuya es una especie del jilguero, que figura mucho eu el drama Ollniítay; de liara viene Haravich ó Yaraví.

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XXX —

Puestos ahí se daban ya la mano con el Camino Central, que habían traído los apostaderos por el llano que media entre el Río Dulce y las pendientes de la Sierra de Córdoba, y tocaban así en Inti-Huassi, en Casquín, en Pocho y en Buceará, conjunción vigorosa de todos los elementos del municipio colonial del Sur: el santuario, la ciudad, el campamento atrincherado y el Ager.

Sería por demás analizar la serie numerosa de puestos con que se ha eternizado aquella potente colonización, que permanece llena de vida en el bellísimo lenguaje familiar de los santiagueños y de las aldeas y granjas apartadas de las fronteras de Catamarca, de la Rioja y de Córdoba.

Es bien visiblej pues, el majestuoso movimiento y la prepotencia con que las colonias incásicas se habían asimilado y civilizado las rejiones, que actualmente son ar gentinas, antes de que los es pañoles viniesen á conquis tarlas.

Concentrados en las alturas de Bolivia, los ejércitos del Inca, aiguiendo quizá las huellas de una raza anterior y conjénerea, cuyos restos pudieran ser los C alchaqnivs descendieron á las tierras argentinas con un concierto admirable y con una habilísima estratejia, que por sí sola denota un alto desarrollo social y administrativo, que estaba ya en posesión no solo de todos los recursos milita res de los pueblos eminentemente civilizados, sino en el conocimiento también de las matemáticas, para concen trar en un grande propósito las líneas estratéjicas y to pográficas de un país esteuso. No hay muchas naciones de quienes la historia pueda referir grandeza igual á la que se revela aquí por la lengua, en la concepción y en la ejecución de ese propósito. Las personas entendidas, que sepan comprender cuánta fuerza política, cuánta concentración de medios sociales, cuánta acumulación de grandes recursos militares y civiles se necesita para conquistar Y coLON'iz.iR un estenso continente, comprenderán también que esa es una obra que no puede haber sido llevada á cabo, sino por un pueblo fuerte y eminentemente civilizado.

Los quichuas, como se, no conquistaban á la manera de Tamerlan ó de Gengiskan: torrentes que se desprenden de un centro bárbaro y que barren á su paso el suelo, dejándolo yermo y yerto. Ellos por el contrario, llevaban el culto, la ley, la disciplina y los hábitos de la vida sedentaria que constituyen el orden civil y religioso de los pueblos civilizados, á la manera de los Fenicios y de los Romanos.

Al descender de las alturas bolivianas, apoyaron su derecha en las membraturas de los Andes para obrar de concierto con las colonias de Chile; adelantaron su centro cruzando el Salado; y cubrieron sus flancos con las colonias del Río Dulce y del mismo Río Salado. Parapetados así sobre esa grande estensión, adelantaron su marcha hasta poner al pié de las Punillas Tut-cumanas,

(hoy Córdoba), el asiento de un poderoso centro colonial, de un nuevo Cuzco; que llamaremos Cozquin.

Su propósito era tan evidente como grandioso é infalible. Desde allí podían derramarse sobre el Paraná hasta el territorio correntino, y absorver dentro del Imperio incano las razas guaraníticas, al mismo tiempo que por las cordilleras encerraban y sofocaban las tribus araucanas. Esta sola concepción de la inmensa importancia política que daban al territorio cordobés, como centro de acción y de concentración social en las rejiones arjentinas, revelada en el establecimiento de su santuario y de un nuevo Cuzco, es una prueba concluyente del jenio político y militar á que había alcanzado su gobierno.

A ese desarrollo social correspondía necesariamente, según la fórmula trascendental del célebre Max Müller, un desarrollo igual y necesario de la lengua nacional; y una fijación de todos sus resortes, capaz de dar carácter y fisonomía á todos sus actos y á todas sus ideas. En efecto, lo uno es consecuencia de lo otro; porque ningún pueblo absorbe así, y se asimila de una manera permanente á los demás que ocupan un país, sin poseer ya una lengua trabajada, para dar fisonomía histórica á esa dominación. Los dos elementos son indispensables. El espíritu que consagra la conquista por la palabra escrita, y la fuerza social que la perpetúa con la disciplina duradei'a, son dos términos correlativos. Hé aquí porqué es qne la lengua de los quichuas perdura y perdurará eternamente en la geografía arjentina. Ella perdura también i ncorporada á nuestro idioma; no solo por el acento dulce y por la cadencia que ha dado aquí á la lengua hispanoamericana, sino por el sinnúmero de raíces con acepciones precisas y bien caracterizadas, que le ha comunicado. A un desarrollo social como ese, no solo corresponde una lengua hecha y fijada ya en todos sus resortes, sino también una lengua escrita; y los quichuas la tenían por cierto, con una escritura completamente apta para espresar las ideas en toda la órbita de las combinaciones que pueden hacer la mente humana. Para la política y la conquista necesitaban y tenían la lengua del censo, la lengua militar, la lengua oficial, la lengua legal, la lengua sacerdotal, la lengua financiera, la lengua científica, la lengua histórica, la lengua literaria, la lengua comercial.

A todo ese sistema de las necesidades indispensables de un pueblo conquistador é iniciador, es preciso satisfacer por medio de una escritura; porque sin escritura no hay política ni conquista sedentaria, es decir, transformación.

Los quichuas tenían esa escritura en los Quipus, y en * un sistema de combinar granos ó piedrecitas de color, ' con el que escribían y fijaban sus ideas en toda la extensión necesaria del raciocinio, y con todas las formas imaginables del pensamiento.

Al hablar de escritura y dar este nombre á los quipus, bien se comprende que no lo hago sino por analogía;

jÉUrnt

XXXI —

> no sin conocer la diferencia que hay entre la escritura de los sonidos de la palabra y la representación simbólica del sentido de la palabra. Que una y otra forma sean análogas y se combinen; que no haya escritura figurativa que no esté combinada con una base fonética que no tenga formas figurativas, son puntos de cuestión científica, que no me promete elucidar aquí.

La historia de todas las escrituras nos enseña que de lo simbólico ó figurativo á lo fónico no hay sino un paso: y que el mismo signo, el mismo artificio que sirvió al primero, se convierte en signo de la segunda por un progreso necesario, que es simple paso de la inventiva humana.

Ninguna razón natural hay, para negar que los quipus hayan podido responder á todas las necesidades de la escrituración de las cosas de uh gran pueblo, como era el que obedecía á los Incas. Y el aserto de que los quipus SERVÍAN PARA TODO, se halla aseverado y repetido por todos los historiadores primitivos de la América Peruana; por todos los testigos presenciales de la aplicación de ese método; y entre ellos, por el más sabio y el más verídico de todos, el padre José Acosta.

Este religioso, erudito y naturalista consumado para su tiempo, instruido en los archivos de la compañía de Jesús, en las cosas de la China, en la física y en la historia antigua: observador dilijentísimo, prudente y preciso, en todo lo que escribía, y sobre todo un verdadero santo por la elevación y la sinceridad de su caractei-, da el testimonio más acabado en su Historia Civil y Natural de las Indias, acerca de la perfección Maravillosa áque los quichuas habían llegado en el arte de escribir. Además — dice — de la dilijencia con que conservaba n de tradición toda su historia, suplían la falta de escrituras y de letras, ya por la pintura, (que era grosera y pesada,) y más comunmente por los quipus. Estos quipus son memoriales ó registros, que ellos hacen de ramales compuestos de diversos modos y de diversos colores; y es de admirar todo lo que ellos expresan por este medio. Pues que los quipus les sirvan por libros DE historia, de LETB3, DE CEREMONIAS.'! y de Contabilidad para todos los negocios. Ellos tenían oficiales encargados de la custodia de los quipus, y obligados á dar cuenta de cada cosa, como los tabularlos ó notarios de entre nosotros; y en todo se les daba fé y crédito por ello, en asuntos de guerra de política, de contribuciones, de ritos, de tierras, pues cada cosa tenía sus quipus. Y finalmente, tan diversos eran que del mismo modo que nosotros sacamos una infinidad de palabras con veinte y cuatro letras, así ellos sacaban también significaciones innumerables de siis nudos y de los diversos colores.» El padre Acosta, entra aquí en detalles prácticos de las cosas asombrosas que ha visto decir y probar por los quipos, y de la extraordinaria exactitud con que se de-

terminan por ellos hechos minuciosímos pasados muchos años antes; y sigue diciendo: « Yo he visto un puñado de estos tejidos en los cuales un indio me trajo escrita la confesión jeneral de toda su vida; y por ellos se confesaba como yo hubiese hecho leyendo dn papel es. GRITO; yo le pregunté qué significaban ciertos flecos, que me parecían algo distintos de los demás, y me contestó ciertas circunstancias que el pecado requería para ser prolijamente confesado. Además de estos quipus de cuerda, ellos tienen cierta otra manera de escribir con piedrecitas, por las cuales, acomodándolas á su entender, aprenden de memoria cuanto quieren, y REPITEN puntualmente todas las palabras. Y es cosa curiosa ver los ancianos y caducos, como con una rueda de piedrecitas aprenden el Padre Nuestro con otra el Ave María, el Credo, y saben qué piedra quiere decir /we concebido; cuál por el Espíritu Santo; cuál que sufrió bajo Pondo Pilato. Prueba acabadísi ma de que es.i escritura era silábica y fonética. Más curioso es verles correjir las faltas; y en cuanto á mí digo que una sola de aquellas ruedas sería bastante para hacerme olvidar de todo cuanto tengo en la memoria. Hay m.uchísimos de estas rueditas en los cementerios de las Iglesias. Parece cosa de brujería lo que hacen con otra especie de quipos, que ellos componen con granos de maiz; pues que para hacer una cuenta difícil, que daría que hacer á un buen aritmético ccn la pluma para hacer particiones y subdivisiones, ellos sacan unos granos de un lado, los ponen de otro con mil otras invenciones; ponen cinco de un lado, tres de otro, ocho más allá, y cambian de un lado, tres á otro, hasta que sacan su cuenta con un resultado tan perfecto, que no le falta un punto; y se hacen las cuentas unos á otros, quedando de acuerdo entre ellos « con tal precisión, como la obtendríamos nosotros con < la pluma. > (1>)

Esta perfección en los medios matemáticos y esta aplicación tan estensa de semejante escritura, demuestran de una manera necesaria y forzosa la existencia de la INSTRUCCIÓN ESCOLAR pública v prirada. No es posible sin ella llegar á resultados como esos en el artificio de la escrituTa y de los números; de modo que no puede atribuirse á error ó falsedad el aserto de los autores primitivos que nos hablan de los grandes colegios en que se distribuía la enseñanza á la juventud y sobre todo la exse - ÑANZA DE LA GRAMÁTICA, que ei'a la filosofía de los antiguos. Suponer que una raza como la de los quichuas no ha - bía podido llevar el uso de los quipus á todas las perfecciones de la escritura fónica, es negar, pues, la evidencia y negar el testimonio ocular de los que la conocieron en los tiempos recientes de la conquista española.

(11)— Sin tener á la mano la edición española de la obra, me he valido de la traducción francesa, que á la vez he tenido que verter al español.

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XXXII —

El padre Acosta concluye así su capítulo: «Por esto pue- < de juzgarse si estos hombres tienen agudeza de varón « ó si son bestias. Yo tengo para conmigo que et.losnos

€ AVENTAJAN EN TODAS LAS COSAS Á QUE SE PONEN.

Después de estos asertos emitidos por persona de tan notoria competencia y verdad, sería trivial querer negar á la lengua quichua su desarrollo literario. Sin ese de. sarrollo no habría podido ser conquistadora ni coloniza dora. Si es cierto que ella ha estampado eternamente por el continente sudamericano las huellas de su predominio y de su concentración política en el Imperio del Cuzco, tiene que ser cierto su desarrollo literario, como es cierto el resultado aljébrico de las aplicaciones del binomio de Newton. La existencia de archivos históricos y de cantares, que aseguran el padre Acosta, Herrera y todos los historiadores más competentes, supone la existencia de un estilo literario. Un estilo literario unido á la mímica instrumental da forzosamente, y como consecuencia indispensable, el verso en todos sus metros, sino al principio, después al menos del progreso natural de las cadencias litei'arias.

El más insignicante versificador sabe, que la voz humana no puede cantar sin tomar un ritmo preciso y riguroso, convirtiéndose en un verso análogo al compás musical con que se acompaña. Por consiguiente, desde que los quichuas antiguos nos han dejado una serie defyaravies indígenas, en los que la voz modula sus acentos á los sonidos del instrumento musical, (cosa que no hacen jamás las lenguas antes de poseer la versificación), no hay cómo negarle á la época de los incas la antigua posesión de la ritma y del verso. Los instrumentos á cuyo acorde cantaban existen aún y fueron indíjenas, como los yaravíes de toda antigüedad.

Y en efecto, la historia y vocabulario nos hablan de esa poesía, dándoles nombres propios á todos sus jéneros. Harahuec (yaraví) era la elejía: Huaylluy era la poesía erótica: Hailly el himno guerrero y relijioso, y TJillana la leyenda, la poesía épica. El único monumento esteuso que hasta hoy haya aparecido, salvado de la inundación de la conquista, es el famoso drama conocido con el nombre de Oclan'-Tay, ó el padre de la familia.

Este drama, cuya existencia, asi como la de otros, se conocía por tradición, ha sido estudiado con anhelo hace pocos años, por dos clases de partidarios: los defensores de su antigüedad y los incrédulos. El señor Markham lo tiene por antiguo, después de haber hecho un prolijo estudio de todas las copias que pudo obtener y que buscó con diligencia en las sierras, en los curatos y en los conventos del Perú.

Su versificación no es un argumento en contra de su antigüedad. No lo es tampoco para negar que haya sido escrito en quipus; puesto que en quipus se escribía el Padre Nuestro, el catecismo del padre Astete, con todas las elucubraciones del misticismo relijioso, que no enten-

dían los mismos que lo enseñaban, y que eran misterios inexcrutables, según ellos, como lo son para nosotros. Si los quichuas los podían escribir con los quipus, sin entenderlo, con mayor razón podían escribir sus propios poemas y sus propios cantares.

Es tradición verídica é incontestable, que los quichuas practicaban el teatro con una vocación indíjena, antes y después de la conquista. (12) Por consiguiente, no hay motivo de estrañeza en que los quipos contuviesen escritas las obras que representaban.

A todas estas dotes reunidas debe la lengua quichua el haber estampado en la geografía argentina el sello indeleble de su historia antigua. Lo que hemos dicho está muy lejos de agotar la riquísima nomenclatura de nuestro territorio; y me parece conveniente ampliar algo más en este sentido. El nombre de Querandís, con que eran designados los indios de la planicie litoral que hoy ocupa Buenos Aires, provenia del quichua, y quiere decir: Cis Andinos (Qiiira, gajo; y Antis ó Anties, de los Andes.) Ese nombre no designaba una tiibu especial, sino todas las tribus orientales de las Cordilleras del Sur.

Entre estas tribus figuraban mucho dos caciques que Funes llama Ascuycanant y CurulluncuJc: Ache-Coy-Cannnt, quiere decir en quichua, animal bravio, indómito; y (Jara-Llnnciik equivale á extranjero brillante y glorioso.

Ellos también llamaron en Córdoba Hualphines á un lugar que probablemente hallaron habitado por trogloditas; pues hua-Alpi significa cuevas. (13) Por allí mismo llamaron á otro lugar Impira, que equivale á decir: los cuerpos pintados ó teñidos con sangre, (compuesto de imapir-a; y todo el mundo sabe que es jenerál en todos los países en que hay salvajes que gusten de pintarse los rostros. El nombre de Yana-Cones dado á una tribu guaicurú ó charrúa, significa, los negros; cuna ó guna es la partícula plural; y esos mismos nombres de Huay-CuraChar-Hua, significan los gusanos voladores, ó jnas bien las langostas, por su procedencia del Chaco; y los litorales ó ribereños, porque Chara quiere decir ribereño.

Ahangean, en Catamarca, es a^uan-c-gMeaw, nombre aimará, que significa los telares de algodón; y los que conocen la inmensa estensión que esta industria tuvo en aquella provincia, saben si el nombre es ó no oportuno. Ang%iiman, (angimana) quiere decir como águila. Funes

(12) Markhom: Cuzco and Lima: carta citada. Véase también al padre Iturr', Carta critica contra Muñoz, in fine.

(13) Y para que se vea la verdad con qne la 'lengua reproduce aquí el hecho histórico y la existencia de trogloditas en esa sierra, copiamos al deán Funes, que no sabía una palabra de quichua y que no hace otra cosa que reproducir la traducción popular sin saber que se hallaba probada por la lengua y por la momenclatura de los lugares. «Estos eran los indios que habitaban la serranía de Córdoba. Creen que sus morada» eran unas cuevas subterráneas, formadas por 1 a naturaleza. El ningún veatijio que se encuentra de estas cuevaa hace inverosimil la noticia»- Ens. Hist. vol- I, nota en la pág. 120.

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4ice que se daba el aombre de Ancacea á las indiadas Pehn(inches de las pampas; y este nombre no han podido pronunciarlo nifíjailo, sino los colonos y los pioneros quichuas de Córdoba, porque signiñcan enemigos. Oncativo significa arenales enfermizos: onccoy-Uu. Un cacique de los pampas fué célebre, dice Funes, con el nombre de Pivanti, que es Pi-hua-Anti, el de los Andes; y otro cacique, según el mismo escritor, se llamaba Utimba, es decir, Uti -n-pay, el loco.

Esta irrupción de la lengua quichua en las Pampas y en el Chaco, no es un hecho ignorado de la historia, aunque haya sido olvidado y recordado solo por acaso. Funes dice, — página 30—31 del vol. 2,— que los Oallchaqüis, , (tribus y colonias esencialmente quichuas,) alcanzaban hasta Santa Fé, en sus escursiones; y de ahí decimos nosotros, como un resultado preciso, la difusión del idioma. En esta extensión de territorio los quichuas tenían puestos industriales, como se ha visto, y tenían mercados de exportación, por ejemplo: Carapari, mercado de cueros, (cara).

Pichana, las escobas, era puesto quichua: Poman, león, grande, también lo era: Llocábil, (llocha-pill,) la corona elevada, (el volcan) también lo era. Oran puede ser español; pei'O también puede ser quichua:— ZJran, el apostadero de abajo. Tarija es tarik, los sembradores, los sembrados, las sementeras; y Mata-guayos es Mattahuaayuas, tierra de mita, de guarnición ó de servicio forzado y temporal. . . s Estendernos más sería inútil.

Nos faltan en verdad y por desgracia los archivos de esta gloriosa parte de nuestra antigua historia colonial. Pero ella ha quedado estampada y escrita en el idioma con que las grandes razas escriben sus hechos. La délos quichuas está esculpida sobre las montañas, los valles y los ríos, que eternamente llevarán el nombre con que los bautizaron los grandes hombres, los guerreros y políticos que fecundaban aquella vida social.

Ese sublime mérito no pertenece por cierto á la sociabilidad española. Pertenece á la civilización incana. Es menester revindicarlo, porque es una justicia y una rehabilitación exijida por la verdad histórica. Si los quichuas no nos hubiesen preparado el terreno para recibir «1 jérmen de la vida social, hoy no tendríamos ese jérmen ni sus resu Itados, como no lo tianen los Pampas, ni Arauco ni el Chaco; cuya conquista ellos estaban en vía de realizar, cuando fueron detenidos por la mano y por los decretos inexputables del Destino.

La civilización española absorbió, devoró; y después de haberse opilado con las opulencias del banquete que halló servido, quedó, como las boas, en el sopor de una dijestión difícil y enfermiza. Ella empero nada creó, fuera de los puertos marítimos, improvisados por el comercio europeo, y cuyo desenvolvimiento verdadero no procede

sino del movimiento dadh por la guerra de emancipación. Los telares, la agricultora, la mettóúrjia, la minería, la irrigación, la vida civil, las artes, las postas: todo estaba ya formado. Con. la conquista, así en la América del Sur, como en el reino árabe de Granada, todo lo que era industria, libertad y labranza comenzó á desaparecer. El cristianismo fué el único elemento nuevo traído por la sociedad española; que vino como jérmen de vida á pro piciamos los medios de la rejeneración moral y comercial, en cuya senda entramos los descendientes de los colonos europeos, por la revolución de 1810.

Y no es solo la jeografía la que habla de la grandeza imperial de los Incas, sino que habla también de ellos la misma lengua argentina con las construcciones numerosísimas y bellas, con el acento dulcificsado, que el quichua le ha incorporado, para darle una fisonomía especial, en el cuerpo mismo del habla española. El castellano en el Río de la Plata, como el inglés en Norte América, tomó un cierto tinte de ternura primitiva, en el acento característico y en el tono simpático de los yaravís. Ese es un rasgo nuestro y precioso, que debemos conservar en la lengua propia, para consagrar con él el tipo de nuestro estilo, y acabar de fundar así en todas sus faces la estructura completa y propia de nuestra nacionalidad. Tal era el estado del país cuando entró en escena la conquista española.

70 — Capitulación hecha por Francisco Pizarro con la Reina, en Toledo á 26 de Julio de 1529 para la conquista y población de la costa de la mar del Sur, que con licencia y parecer de Pedrarias Dávila, gobernador y capitán general de las provincias de Tierra Firme, descubrió cinco años antes á una con el capitán Diego de Almagro.

<La reina. Por cuanto vos el capitán Francisco Pizarro, vecino de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, por vos y en nombre del venerable padre don Fernando de Luque, maestre-escuela y provisor de la iglesia de Darien, sede vacante, que es en la dicha Castilla del Oro, y el capitán Diego de Almagro, vecino de la ciudad de Panamá, nos hicisteis relación que vos é los dichos vuestros compañeros, con deseo de nos servir é del bien é acrecentamiento de nuestra corona real, puede haber cinco años poco mas ó menos, con licencia é parecer de Pedrarias Dávila, nuestro gobernador y capitán jeneral que fué de la dicha Tierra Firme, tomastes cargo de ir á conquistar, descubrir é pacificar é poblar por la costa del mar del Sur de la dicha tierra á la parte de levante, á vuestra costa é de los dichos vuestros compañeros, todo lo mas que por aquella parte pudióredes, é hicisteis para ello dos navios é un bergantín en la dicha costa, en que así en esto por se haber de pasar la jarcia é aparejos necesarios al dicho viaje é armada dende el Nombre de Dios, que es la costa del norte, á la otra costa del sur; como con la jente é otras cosas necesarias al dicho viaje

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XXXII —

El padre Acostu concluye así au capítulo: «Por esto pnc-

< de juzgarse si estos hombres tienen agudeza de varón « ó si son bestias. Yo tengo para conmigo que ei.i.os nos

< AVK.VTA.IAX KV TODAS I,AS COSAS Á QUE SK PONKN.

Después de estos asertos emitidos por persona de tan notoria competencia y verdad, sería trivial querer negar á la lengua quichua su desarrollo literario. Sin ese de. sarrollo no habría podido ser conquistadora ni coloniza dora. Si es cierto que ella ha estampado eternamente por el continente sudamericano las huellas de su predominio y de su concentración política en el Imperio del Cuzco, tiene que ser cierto su desarrollo literario, como es cierto el resultado aijébrico de las aplicaciones del binomio de Newton. La existencia de archivos históricos y do cantares, que aseguran el padre Acosta, Herrera y todos los historiadores más competentes, supone la existencia de un estilo literario. Un estilo literario unido á la mímica ■instrumental da forzosamente, y como consecuencia indispensable, el verso en todos sus metros, sino al principio, después al menos del progreso natural de las cadencias literarias.

El más insignicante versificador sabe, que la voz humana no puede cantar sin tomar un ritmo jn-ecisoy ri¡)uroso, convirtiéndose en un verso análogo al compás musical con que se acompaña. Por consiguiente, desde que los quichuas antiguos nos han dejado una serie defyaravies indígenas, en los que la voz modula sus acentos á los sonidos del instrumento musical, (cosa que no hacen jamás las lenguas antes de poseer la versificación), no hay cómo negarle á la época de los incas la antigua posesión de la ritma y del verso. Los instrumentos á cuyo acorde cantaban existen aún y fueron indíjenas, como los yaravíes de toda antigüedad.

Y en efecto, la historia y vocabulario nos hablan de esa poesía, dándoles nombres propios á todos sus jéneros. Harahiiec (yaraví) era la elejía: HuayUíiy era la poesía erótica: Hailly el himno guerrero y relijioso, y Villana la leyenda, la poesía épica. El único monumento esteuso que hasta hoy haya aparecido, salvado de la inundación de la conquista, es el famoso drama conocido con el nombre de Oclax-Tay, ó el padre de la familia.

Este drama, cuya existencia, asi como la de otros, se conocía por tradición, ha sido estudiado con anhelo hace pocos años, por dos clases de partidarios: los defensores de su antigüedad y los incrédulos. El señor Markham lo tiene por antiguo, después de haber hecho un prolijo estudio de todas las copias que pudo obtener y que buscó con diligencia en las sierras, en los curatos y en los conventos del Perú.

Su versificación no es un argumento en contra de su antigüedad. No lo es tampoco para negar que haya sido escrito en quipus; puesto que en quipus se escribía el Padre Nuestro, el catecismo del padre Astete, con todas las elucubraciones del misticismo relijioso, que no enten-

dían los mismos que lo enseñaban, y que eran misterios inexcrutables, según ellos, como lo son para nosotros. Si los quichuas los ])odian escribir con los quipus, sin entenderlo, con mayor razón podían escribir sus propios poemas y sus propios cantares.

Es tradición verídica é incontestable, que los quichuas practicaban el teatro con una vocación indíjena, antes y después de la conquista. (12) Por consiguiente, no hay motivo de estrañeza en que los quipos contuviesen escritas las obras que representaban.

A todas estas dotes reunidas debe la lengua quichua el haber estampado en la geografía argentina el sello indeleble de su historia antigua. Lo que hemos dicho está nuiy lejos de agotar la riquísima nomenclatura de nuestro territorio; y me parece conveniente ampliar algo más en este sentido. El nombre de Querandís, con que eran designados los indios de la planicie litoral que hoy ocupa Buenos Aires, provenia del quichua, y quiere decir: Cis AndÍ7ios (Quira, gajo; y Antis ó Anties, de los Andes.) Ese nombre no designaba una tiibu especial, sino todas las tribus orientales de las Cordilleras del Sur.

Entre estas tribus figuraban mucho dos caciques que Funes llama Ascuycanant y Curulluncnh Ache-Coy-Canant, quiere decir en quichua, animal bravio, indómito; y i'ara-LliincHk equivale á extranjero brillante y glorioso.

Ellos también llamaron en Córdoba Hualphines á un lugar que probablemente hallaron habitado por trogloditas; pues liua-Alpi significa cuevas. (13) Por allí mismo llamaron á otro lugar 7w^>íra, que equivale á decir: los cuerpos pintados ó teñidos con sangre, (compuesto de imaj/ira; y todo el mundo sabe que es jeneral en todos los países en que hay salvajes que gusten de pintarse los rostros. El nombre de Yana-Co7ies dado á una tribu guaicurú ó charrúa, significa, los negros; cuna ó guna es la partícula plural; y esos mismos nombres de Huay-CuraChar-Mua, significan los gusanos voladores, ó mas bien las langostas, por su procedencia del Chaco; y los litorales ó ribereños, porque Chara quiere decir ribereño.

Abangean, en Catamarca, es ahuanc-quean, nomhre aimará, que significa los telares de algodón; y los que conocen la inmensa estensión que esta industria tuvo en aquella provincia, saben si el nombre es ó no oportimo. Anyuiman, (ang-imana) quiere decir como águila. Funes

(12) Warkham; Cuzco auil Lima, carta citada. Véase también al padre Iturr', Corta critica contra Mimoz, in fine.

(].'5) Y para que se vea la verdad con que la lengua reproduce a(iui el hecho histórico y la existencia de trogloditas en esa sierra, copiamos al deán Funes, (lue no sabía una palabra de quichua y que no hace otra cosa que reproducir la traducción popular sin saber que so hallaba probada por la lengua y por la monienclatura de los lugares. «Estos eran los indios que habitaban la serranía de Córdoba. Creen que sus moradas eran unas cuevas subterráneas, formadas por 1 a naturaleza. El ningún vestijio que se encuentra de estas cuevas hace inverosímil la noticia^- Ens. Ilist. vol. I, nota en la pág. 120.

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xxxin —

dice que se daba el nombre de Aiicaces á las indiadas Pehnonches de las pampas; y este nombre no han podido pronunciarlo ni fijailo, sino los colonos y los pioneros quichuas de Córdoba, porque significan enemigos. Oncativo significa arenales enfermizos: onccoy-tiu. Un cacique de los pampas fué célebre, dice Funes, con el nombre de Pivanti, que es Fi-hua-Anti, el de los Andes; y otro cacique, según el mismo escritor, se llamaba Utimba, es decir, Uti ~n-pay, el loco.

Esta irrupción de la lengua quichua en las Pampas y en el Chaco, no es un hecho ignorado de la historia, aunque haya sido olvidado y recordado solo por acaso. Funes dice, — página 30 — 31 del vol. 2, — que los Callchaqüis, (tribus y colonias esencialmente quichuas,) alcanzaban hasta Santa Fé, en sus escursiones; y de ahí decimos nosotros, como un resultado preciso, la difusión del idioma. En esta extensión de territorio los quichuas tenían puestos industriales, como se ha visto, y tenían mercados de exportación, por ejemplo: Carapari, mercado de cueros, (cara).

Pichana, las escobas, era puesto quichua: Poman, león, grande, también lo era: Llocabil, (llocha-pill,) la corona elevada, (el volcan) también lo era. Oran puede ser español; pero también puede ser quichua: — Tiran, el apostadero de abajo. Tarija es tarik, los sembradores, los sembrados, las sementeras; y Mata-guayos es Mattahua-ayuas, tierra de mita, de guarnición ó de servicio forzado y temporal.

Estendernos más sería, inútil.

Nos faltan en verdad y por desgracia los archivos de esta gloriosa parte de nuestra antigua historia colonial. Pero ella ha quedado estampada y escrita en el idioma con que las grandes razas escriben sus hechos. La délos quichuas está esculpida sobre las montañas, los valles y los ríos, que eternamente llevarán el nombre con que los bautizaron los grandes hombres, los guerreros y políticos que fecundaban aquella vida social.

Ese sublime mérito no pertenece por cierto á la sociabilidad española. Pertenece á la civilización incana. Es menester revindicarlo, porque es una justicia y una rehabilitación exijida por la verdad histórica. Si los quichuas no nos hubiesen preparado el terreno para recibir el jérmen de la vida social, hoy no tendríamos ese jérmen ni sus resu Itados, como no lo tianen los Pampas, ni Arauco ni el Chaco: cuya conquista ellos estaban en vía de realizar, cuando fueron detenidos por la mano y por los decretos inexputables del Destino.

La civilización española absorbió, devoró; y después de haberse opilado con las opulencias del banquete que halló servido, quedó, como las boas, en el sopor de una dijestión difícil y enfermiza. Ella empero nada creó, fuera de los puertos marítimos, improvisados por el comercio europeo, y cuyo desenvolvimiento verdadero no procede

sino del movimiento dado por la guerra de emancipación. Loí< telares, la agricultura, la metalúrjia, la minería, la irrigación, la vida civil, las artes, las postas: todo estaba ya formado. Con la conquista, así en la América del Sur, como en el reino árabe de Granada, todo lo que era industria, libertad y labranza comenzó á desaparecer. El cristianismo fué el único elemento nuevo traído por la sociedad española; que vino como jérmen de vida á pro piciarnos los medios de la rejeneración moral y comercial, en cuya senda entramos los descendientes de los colonos europeos, por la revolución de 1810.

Y no es solo la jeografía la que habla de la grandeza imperial de los Incas, sino que habla también de ellos la misma lengua argentina con las construcciones numerosísimas y bellas, con el acento dulcificado, que el quichua le ha incorporado, para darle una fisonomía especial, en el cuerpo mismo del habla española. El castellano en el Río de la Plata, como el inglés en Norte América, tomó un cierto tinte de ternura primitiva, en el acento característico y en el tono simpático de los yaravís. Ese es un rasgo nuestro y precioso, que debemos conservar en la lengua propia, para consagrar con él el tipo de nuestro estilo, y acabar de fundar así en todas sus faces la estructura completa y propia de nuestra nacionalidad. Tal era el estado del país cuando entró en escena la conquista española.

70— Capitulación hecha por Francisco Pizarro con la Reina, en Toledo á 26 de Julio de 1529 para la conquista y población de la costa de la mar del Sur, que con licencia y parecer de Pedrarias Dávila, gobernador y capitán general de las provincias de Tierra Firme, descubrió cinco años antes á una con el capitán Diego de Almagro. «La rkixa. Por cuanto vos el capitán Francisco Pizarro, vecino de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, por vos y en nombre del venerable padre don Fernando de Luque, maestre-escuela y provisor de la iglesia de Darien, sede vacante, que es en la dicha Castilla del Oro, y el capitán Diego de Almagro, vecino de la ciudad de Panamá, nos hicisteis relación que vos é los dichos vuestros compañeros, con deseo de nos servir é del bien é acrecentamiento de nuestra corona real, puede haber cinco años poco mas ó menos, con licencia é parecer de Pedrarias Dávila, nuestro gobernador y capitán jeneral que fué de la dicha Tierra Firme, tomastes cargo de ir á conquistar, descubrir é pacificar ó poblar por la costa del mar del Sur de la dicha tierra á la parte de levante, á vuestra costa é de los dichos vuestros compañeros, todo lo mas que por aquella parte pudióredes, é hicisteis para ello dos navios é un bergantín en la dicha costa, en que así en esto por se haber de pasar la jarcia é aparejos necesarios al dicho viaje é armada dende el Nombre de Dios, que es la costa del norte, á la otra costa del sur; como con la jente é otras cosas necesarias al dicho viaje

é tornar á rehacer la dicha armada, gastasteis mucha suma de pesos de oro, é fuisteis á hacer ó hicisteis el dicho descubrimiento, donde pasastes muchos peligros é trabajos, á causa de lo cual os dejó toda la jente que con vos iba en una isla despoblada, con solo trece hombres que no voz quisieron dejar; y que con ellos y con <?! socorro que de navios ó jente vos hizo el dicho capitán Diego de Almagro, pasantes déla dicha isla é descubristes las tierras é provincias del Perú é ciudad de Tumbes, en que habéis gastado vos é los dichi)s vuestros compañeros mas de treinta mil pesos de oro; é que con el deseo que teneis de nos servir, queriades continuar la dicha conquista ó población á vuestra costa é misión, sin que en ningún tiempo seamos obligados á vos pagar ni satisfacer los gastos que en ello hiciéredes, mas de lo que en esta capitulación vos fuere otorgado; é me suplicasteis é pedisteis por merced vos mandase encomendar la conquista de las dichas tierras, ó vos concediese é otorgase las mercedes, ó con las condiciones que de suso serán contenidas, sobre lo cual yo mandé tomar con vos el asiento y capitulación siguiente:

Primeramente doy licencia y facultad á vos el dicho capitán Francisco Pizarro para que por nos y en nuestro nombre é de la corona real de Castilla, podáis continuar el dicho descubrimiento, conquista y población de la di- • cha provincia del Perú, hasta doscientas leguas de tierra por la misma costa, las cuales dichas doscientas leguas comienzan desde el pueblo que en la lengua de indios se dice Tenumpuela, é después le llamasteis Santiago, hasta llegar al pueblo de Chincha, que puede haber las dichas doscientas leguas de costa, poco mas ó menos.

Ítem: Entendiendo ser aumplidero al servicio de Dios nuestro señor, y por honrar vuestra persona, é por vos hacer merced, prometemos de vos hacer gobernador é capitán jeneral da toda la dicha pi'ovincia del Perú, é tierras y pueblos que al presente hay é adelante hubiese en todas las doscientas leguas, por todos los días de vuestra vida, con salario de setecientos é veinte y cinco mil maravedís cada año, contados desde el dia que vos hiciéredes á la vela destos nuestros reinos para continuar la dicha población é conquista; los cuales vos han de ser pagados de las rentas y derechos á nos pertenecientes en la dicha tierra que ansi habéis de poblar; del cual salario habéis de pagar en cada un año un alcalde mayor, diez escuderos é treinta peones, é médico é boticario; el cual salario vos ha de ser pagado por los nuestros oficiales de la dicha tierra.

Otrosí: Vos hacemos merced de título de adelantado de la dicha provincia del Perú, ó ansimismo del oficio de alguacil mayor de ella; todo ello por los días de nuestra vida.

Otrosí: Vos doy licencia para que con parecer y acuerdo de los dichos nuestros oficiales podáis hacer en las dichas tierras é provincias del Perú hasta cuatro fortalezas en

las partes y lugares que mas convengan, pareciendo á voz é á los dichos oficiales ser necesarias *para guarda é pacificación de la dicha tierra; é vos haré merced de las tenencias de ellas para vos é para dos herederos é subcesores vuestros, uno en pos de otro, con salario de setenta y cinco mil maravedís en cada un año por cada una de las dichas fortalezas, que ansí estuvieron hechas; las cuales habéis de hacer á vuestra costa, sin que nos ni los reyes que después de nos vinieren, seamos obligados á vos lo pagar al tiempo que así lo gastárades, salvo dende en cinco años después de acabada la fortaleza, pagándoos en cada año de los dichos cinco años, la quinta parte de lo que montare el dicho gasto, de los frutos de la dicha tierra.

Otrosí: Vos hacemos merced, para ayuda á vuestra costa de mil ducados en cada un año por los días de nuestra vida de las rentas de las dichas tierras.

Otrosí: Es nuestra merced, acatando la buena vida ó doctrina del dicho don Fernando de Luque, de le presentar á nuestro muy Santo Padre por obispo de la ciudad de Tumbes que es en la dicha provincia y gobernación del Perú, con límites é diciones que por nos con autoridad apostólica serán señalados; y entre tanto que vienen las bulas del dicho obispado, le hacemos protector universal de todos los indios de dicha provincia, con salario de mil ducados eu cada un año, pagado de nuestras rentas de la dicha tierra, entre tanto que hay diezmos eclesiásticos de que se pueda pagar.

Otrosí: Por cuanto nos habedes suplicado por vos en el dicho nombre vos hiciese de algunos vasallos en las dichas tierras, é al presente lo dejamos de hacer por no tener entera relación en ellas, es nuestra merced, que entre tanto que informados proveamos en ello lo que á nuestro servicio é á la enmienda é satisfacción de nuestros trabajos é servicios conviene, tengáis la veintena parte de los pechos que nos tuviéremos en cada un año en la dicha tierra, con tanto que no esceda de mil y quinientos ducados, los mil para vos el dich ) capitán Pizarro, é los quinientos para el dicho Diego de Almagro.

Otrosí: Hacemos merced al dicho capitán Diego de Almagro de la tenencia de la foi'taleza que hay ú hobiere en la dicha ciudad de Tumbes, que es en la dicha provincia del Perú, con salario de cien mil maravedís, cada año, con mas doscientos mil maravedís cada año de ayuda de costa, todo pagado de las rentas de la dicha tierra, de las cuales ha de gozar desde el día que vos el dicho Francisco Pizarro llegárades á la dicha tierra, aunque el dich» capitán se quede en Panamá é en otra parte que le convenga; é le haremos home hidalgo para que goce las honras é preminencias que los homes hijodalgo pueden y deben gozar en todas las Indias, islas é tierra firme del mar Océano.

Otrosí: Mandamos que las dichas haciendas ó tierras é solares que tenéis en Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, é vos están dadas como á vecino de ella, las tengai»

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— XXXV

é gocéis, ó hagáis de ello lo que quisiéredes ó por bien tnvióredes, conforme á lo concedido y otorgado á los vecinos, de la dicha Tierra Firme; y en lo que toca á los indios é naborías que tenéis ovos están encomendados, es nuestra merced é voluntad ó mandamos que los tengáis é gocéis é sirváis de ellos, ó que no vos serán quitados ni removidos por el tiempo que nuestra voluntad fuere.

Otrosí: Concedemos á los que fueren á poblar la dicha tierra que en los seis afios primeros siguientes desde el día de la data de esta en adelante, que del oro que se cojiese de las minas nos paguen el diezmo, y cumplidos los dichos seis años el ni)veno, é ansi descendiendo cada año hasta llegar al quinto; pero del oro é otras cosas que se hubieren de rescatar, ó cabalgadas, ó en otra cualquier manera^ desde luego nos han de pagar el quinto de todo ello.

Otrosí: Franqueamos á los vecinos de la dicha tierra por los dichos seis afios y mas, y cuanto fuere nuestra voluntad, de almojarifazgo de todo lo que llevaren para proveimiento y provisión de sus casas, con tauto que no sea para lo vender; é de lo que vendieren ellos é otros cualesquier personas, mercaderes ó tratantes, ansimesmo los franqueamos por dos años tan solamente.

ítem: Prometemos que por término de diez años émas adelante, hasta que otra cosa mandemos en contrario, no impondremos á ios vecinos de las dichas tierras alcabalas ni otro tributo alguno.

ítem: Concedemos á los dichos vecinos ó pobladores que le sean dados por vos los solares y tierras convenientes á sus personas, conforme á lo que se ha hecho é hace en la dicha isla española; é ansi mesmo os daremos poder para que en nuestro nombre, durante el tiempo de vuestra gobernación, hagáis la encomienda de los indios de la dicha tierra, guardando en ella las instrucciones é ordenanzas que nos serán dadas.

ítem: A suplicación vuestra hacemos nuestro piloto mayor de la mar del Sur á Bartolomé Ruíz con setenta y cinco mil maravedís de salario en cada un año, pagados de la renta de la dicha tierra; de los cuales á de gozar desde el día que le fuere entregado el título que de ello le mandaremos dar, é en las espaldas se asentará el juramento é solemnidad que ha de hacer ante vos é otorgado ante escribano. Ansimismo daremos título de escribano de número é del consejo de la dicha ciudad de Tumbes á un hijo de dicho Bartolomé Ruíz, siendo hábil é suficiente para ello.

Otrosí: Somos contento é nos placeré vos el dicho capitán Pizar ro, cuando nuestra merced "^ voluntad fuere, tengáis la gobernación é administritciónj de la nuestra isla de Flores, que es cerca de Panamá, ó gocéis para vos é pai-a quien vos quisiéredes de todos los aprovechamientos que hubiere en la dicha isla, así de tierras como de solares, é montes, é árboles, mineros é pesquería de perlas, con tanto que seáis obligado por razón de ello á dar

á vos é á los nuestros oficiales de Castilla del Oro, en cada un año de los que ansí fuere nuestra voluntad que vos la tengáis, ducientos mil maravedís, é mas el quinto de todo el oro é perlas que en cualquier manera é cualesquier personas se sacare en la dicha isla de las Flores, sin descuento alguno, con tanto que los dichos indios de la dicha isla de Flores no lo podáis ocupar en la pesquería de las perlas, ni en las minas del oro ni en otros metales, sino en las granjerias é aprovechamientos de la dicha tierra para provisión é mantenimiento de la dicha vuestra armada é de las que en adelante hubiéredes de hacer para la dicha tierra; é permitimos que si vos el dicho Francisco Pizarro, llegado á Castilla de Oro, dentro de dos meses luego siguientes, declarades ante el dicho gobernador ó juez de residencia que allí estuviere, que no vos queráis encargar de la dicha isla de Flores, que en tal caso no seáis tenido ó obligado á nos pagar por razón de ello los docientos mil maravedís, é que se quede para nos la dicha isla, como agoi'a la tenemos.

Ítem: Acatando lo mucho que han servido en el dicho viaje é descubrimiento Bartolomé Ruíz, Cristóbal de Peralta, é Pedro de Cándia, é Domingo de Soria Luce, é Nicolás de Ribera, é Francisco de Cuellar, é Alonso de Molina, é Pedro A Icón, é García de Jerez, é Antón de Carrion, é Alonso Briceño, é Martín de Paz, é Juan de la Torre, é porque nos me lo suplicasteis é pedistes por merced, es nuestra merced de voluntad de les hacer merced, como por la presente vos la hacemos, á los que de ellos no son hidalgos, que sean hidalgos notorios de solar conocido en aquellas partes, é que en ellas é en todas las nuestras ludias, islas y tierra firme del mar Océano gocen de las preeminencias é libertades é otras cosas de que gosan y deben ser guardadas á los hijos dalgo notorios de solar conocido dentro nuestros reinos, é á los que de los susodichos son hidalgos, que sean caballeros de espuelas doradas, dando primero la información que en tal caso se requiere.

ítem: Os hacemos merced de veinte y cinco yeguas é otros tantos caballos de los qae tenemos en la isla de Jamaica, é no las habiendo cuando las pudiéredes, no seamos tenudos el precio de ellas ni de otra cosa por razón de ellas.

Otrosí: Os hacemos merced de trescientos mil maravedís, pagados en Castilla del Oro, para el artillería é munición que habéis que llevar á la dicha provincia del Pirú, llevando fé de los nuestros oficiales de la casa de Sevilla de las cosas que ausí comprastes é de lo que vos costó, contando el interese é cambio de ello; é mas os haré merced de otros ducientos ducados, pagados en Castilla del Oro, para ayuda al acarreto de la dicha artillería é municiones ó otras cosas desde el nombre de Dios so la dicha mar del Sur.

Otrosí: Vos daremos licencia, como por la presente os la damos, para que destos nuestros reinos é del reino de

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— XXXVI

Portugal é islas de Cabo- Verde, ó dende vos é quien vuestro poder hubiese, quisiere des é per bien tuviéredes podáis pasar y paséis á la dicha tierra de vuestra gobernación cincuenta esclavos negros, en que haya á lo menos el tercio de hembras, libres de todos los derechos á nos pertenecientes, con tanto que si los dejáredes é parte dellos en la isla Española, San Juan, Cuba, Santiago é en Castilla del Oro, é en otra parte alguna, los que de ellos ansí dejáredes sean perdidos é aplicados, é por la presente los aplicamos, á nuestra cámara é ftsco.

Otrosí: Que hacemos merced y limosnas al hospital que se hiciere en la dicha tierra, para remedio de los pobres que allí fueren, de cien mil maravedís, librados en las penas aplicadas de la cámara de la dicha tierra. Ansímismo, á vuestro pedimento ó consentimiento de los pri meros pobladores de !a dicha tierra, decimos que haré, mos merced, como por la presente hacemos, á los hospitales de la dicha tierra, de los derechos de la escubilla é relaves que hubiere en las fundiciones que en ellas se hicieren, é de ello mandaremos dar nuestra provisión en forma.

Otrosí: Decimos que mandaremos, ó por la presente mandamos, que hayan é residan en la ciudad de Panamá, é donde vos fuere mandado, un carpintero é un calafate é cada uno de ellos tenga de salario treinta mil maravedís en cada un año deiide que comenzaren á residir en la dicha ciudad, ó donde, como dicho es, vos los mandáredes; á los cuales les mandaremos pagar por los nuestros oficiales de la dicha tierra de vuestra gobernacióu, cuando nuestra merced y voluntad fuere.

Ítem: Que vos mandaremos dar nuestra provisión en forma para que en la dicha costa del mar del Sur podáis tomar cualesquiera navios que hubiéredes menester, de consentimiento de los dueños, para los viajes que hubiéredes de hacer á la dicha tierra, pagando á los dueños de los tales navios el flete que sea justo, no embargante que otras personas los tengan fletados para otras partes.

Ansimismo, que mandaremos, é por la presente mandamos é defendemos, que destos nuestros reinos no vayan ni pasen á las dichas tierras vírgenes de las personas de la prohibidad que no pueden pasar á aquellas partes, so las penas contenidas en las leyes é ordenanzas é cartas nuestras que de esto por nos é por los reyes católicos están dadas, ni los letrados ni procuradores para usar de sus oficios.

Lo cual que dicho es, ó cada cosa é parte dello vos concedemos, con tanto que vos el dicho capitán Pizarro seáis tenudo é obligado de salir de estos nuestros reinos con los navios é aparejos é mantenimientos é otras cosas que fueren menester para el dicho viaje y población, con duscientosé cincuenta hombres, los ciento y cincuenta destos nuestros reinos é otras partes no prohibidas, é los ciento restantes podáis llevar de las islas é tierra firme del mar Océano, con tanto que de la dicha tierra firme

llamada Castilla del Oro no saquéis más de veinte hombres, si no faere de los que en el primero ó segundo viaje que vos tuvisteis á la dicha tierra del Perii se hallaron con vos, porque á estos damos licencia que puedan ir con vos libremente; lo cual halláis de cumplir desde el día de la data de esta hasta seis meses primeros siguientes, ellegado á la dicha Castilla del Oro; é allegado á Panamá, seáis tenudo á proseguir el dicho viaje, é hacer el dicbo descubrimiento é población dentro de otros seis meses luego siguientes.

ítem: Con condición que cuando saliéredes destos nuestros reinos é llegáredes á las dichas provincias del Perú, halláis de llevar y tener con vos á los oficiales de nuestra hacienda que por vos están é fueren nombrados, ó asimismo las personas relijiosas ó eclesiásticos que por nos serán señaladas para instrucción de los indios é naturales de aquella provincia á nuestra santa fé católica, con cuyo parecer, é no sin ellos, habéis de hacer la conquista, descubrimiento é población de la dicha tierra, á los cuales relijiosos habéis de dar y pagar flete, é raatelaje é los otros mantenimientos necesarios, conforme á sus personas, todo á vuestra costa, sin por ello les llevar cosa alguna durante la dicha navegación; lo cual mucho vos lo encargamos que ansí hagáis é cumpláis, como cosa de servicio de Dios é nuestro; porque de lo contrario nos terminamos de vos por deservidos.

Otrosí: Con condición que la dicha pacificación, conquista y población é tratamiento de dichos indios en sus personas y bienes, seáis teuudos é obligados de guardar en todo ó por todo lo contenido en las ordenanzas é instrucciones que para esto tenemos fechos é se hicieren, é voz serán dadas en la nuestra carta é provieion que voz mandaremos dar para la encomienda de los dichos indios. E cumpliendo vos el dicho capitán Francisco Pizarro lo contenido en este asiento en todo lo que á vos toca é incum^ be de guardar é cumplir, prometemos é vos aseguramos por nuestra palabra real que agora é aquí adelante vos " mandaremos guarda é vos será guardado todo lo que ansí vos concedemos ó facemos merced á vos é á los pobladores é tratantes en la dicha tierra; é para ejecución y cumplimiento dello, vos mandaremos dar nuestras cartas é provisiones particulares que convengan é menester sean, obligándoos vos el dicho capitán Pizarro primeramente ante escribano público, de guardar é cumplir lo contenida en este asiento que á vos toca como dicho es. — Fecha en Toledo á 26 de Julio de 1529.— Yo t-a Reyxa.— Por mandato de su magestad:— t/íían Vázquez*.

Esta capitulación está copiada literalmente del tomo XV de la Colección de Fernandez Navarrete.

71 — cCaroli Coesaris auspicio et labore, ingenio ac itnpeusa ducis Pizarro inventa et pacata. Ofende la soberbia y se estraña la ingratitud que encierra en sí esta leyenda; pero no sé si todo esto desaparece con aquella

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XXXVII —

jactancia, ó llámase bizarría verdaderamente española, con que daba por logrado todo lo que no estaba emprendido, y como conquistado y vendido lo que no hacía mas que acabar de descubrir.» Quintana. ''

72— Prescotty otros autores manifiestan que eran tres lauques; pero Quintana dice que eran cinco, en una irrefutable nota, que copio: «Este reconocimiento y probanza se hicieron en 27 de Eneso de 1530; existe todavía el documento auténtico de todo ello, y de él se deduce, que eran cinco los navios que Pizarro llevaba para la jente y pertrechos de guerra, y que iba además uno de pasajeros, que no iban á la conquista. (Estractos de Muñoz, año 1630. >)

73. — «Con este miserable armamento, mas propio de pirata que de conquistador, se arrojó á atacar el imperio mas grande y civilizado del Nuevo Mundo. Hubo sin duda en esta empresa muftha constancia, valor grande y á las veces no poca capacidad y prudencia; pero es preciso confesar que hubo mas de ocasión y de fortuna, y á tener noticias mas puntuales de la estensión y fuerzas del país, es de creer que no se aventurasen á tanto con fuerzas tan desiguales. Mas los españoles entonces solo se informaban de las riquezas de una región y no de su resistencia; esta en su arrojo era nula: allá iban y allá se perdían, si no los ayudaba la fortuna, ose coronaban de poder y de riquezas, cuando les era propicia: héroes en un caso, insensatos en otro». — Quintana.

74. — Era Uoaque la región de las esmeraldas, y se dice que cayó en manos de Pizarro una tan grande como huevo de paloma. El fraile dominico Reginaldo de Pedraza les dijo, que las finas se probaban á golpes de martillo, aunque él no probó así las suyas, y se llevó una gran cantidad á Panamá.

Pedro Pizarro dice: «A lo que ha entendido en las esmeraldas oro gran yerro y torpedad en algunas personas por no conocellas, aunque quieren decir que algunos que las conocieron las guardaron. Pero finalmente muchos vieron esmeraldas de mucho valor; unos las probaron en yunques, dándoles con martillos, diciendo que si era esmeralda no se quebraría: otros las despreciaban, diciendo que eran de vidrio.»

Y hablando del oro cojido, dice el mismo autor; fEl bo. tín fué grande en verdad: valía doscientos rail castellanos de oro. Aquí se halló mucha chaquira de oro y plata, muchas coronas hechas de oro, á manera de imperiales, y muchas otras piezas en que avaluó montar mas de doscientos mil castellanos.»

Pero Herrera y Montesinos dicen que solo se enviaron á Panamá veinte mil castellanos.

76.— «En la batalla de Puna vieron muchos, ya de los indios ya de los nuestros, que había en el aire otro dos campos, uno acaudillado por el arcángel San Miguel, con espada y rodela y otro por Luzbel y sus secuaces; mas

apenas cantaron los castellanos la victoria, huyeron los diablos y formando un gran torbellino de viento, ae oyeron en el aire unas terribles voces que decían: ¡Vencistenos, Miguel, vencístenos!

De aquí tornó don Francisco Pizarro tanta devoción al arcángel, que prometió llamarla primera ciudad que fundase de su nombre; cumpliendo así, como veremos más adelante. » —Montesinos.

76. — <E mandábales notificar ó dar á entender con las lenguas el requiri miento que su Magestad mandaba que se les haga á los indios para atraellos en conocimiento de nuestra santa fé católica, y requiriéndoles con la paz é que obedezcan á la Iglesia apostólica de Roma, é en lo temporal den la obediencia á Su Magestad é á los reyes sus sucesores en los reinos de Castilla y de León; respon» dieron que así lo querían é harían, guardarían é cumplirían enteramente: é el gobernador los recibió por tales vasallos de Sus Magestades por auto público de notorios.»— Oviedo.

77. — «Esta es la fecha que pone Jerez á la salida y debe estarse á ella y no á la de Herrera que la señala en el 4 del mismo mes. La relación de Jerez es propiamente un diario de la expedición, y en esta diversidad de cómputos debe estarse mas bien á su dichoque al de otro alguno. También hay variedad sobre el número de los hombres que salieron con Pizarro de San Miguel, y esto aun en las relaciones de los testigos de vista: los unos dicen que ciento setenta; otros que los cientos setenta y siete espresados en el testo.

Pero ¿á qué estrañarlo, cuando Jerez y Herrera no están acordes ni aún consigo mismos? Las diferencias son cortas ni el objeto á la verdad es de mucha importancia; pero esto sería una prueba de que aún los autores más puntuales no están libres de estas lijeras inexactitudes, y que cuando la historia desciende á tales menudencias, es muv fácil equivocarse en ellas.

Hernando Pizarro, en su carta á los oidores de Santo Domingo, dice que eran sesenta de á caballo y noventa peones.» Quintana.

78. — Casi todos los autores están conformes que tal y tan mezquino fué el presente del Inca; y solo Garcilaso lo exagera, y con tal motivo dice;

Prescott: «Garcilaso nos dice que el enviado de Atahnalpa habló á Pizarro de la manera mas humilde, llamándole hijo del Sol y del gran dios Viracocha. Añade que venía cargado con una asombrosa cantidad de presentes, de toda clase de caza, viva y muerta, de vasos de plata y oro, de esmeraldas, turquesas, etc., todo lo necesario para componer el capítulo mas brillante de las Mil y una noche. Es muy raro que ninguno de los conquistadores haga la menor alusión á esto; y eso que estaban alerta en tratándose de semejantes bocados. No puede dejarse de sospechar que el tío viejo se burlaba á espensas del sobrino; y

xxxvm —

como después se ha visto, á espensas de casi todos los lectores, que reciben como si fueran hechos históricos los cuentos de hadas del Inca.»

79. — Dice Oviedo: « Era tan ancha la cerca como cualquier fortaleza de España, con sus puertas: que si en esta tierra oviese los maestros y herramientas de España, no pudiese ser mejor labrada la cerca. >

80. — tEs tanto el frío que hace en esta sierra, que como los caballos venían hechos al calor, que en los valles hacia, algunos de ellos se resfriaron.»— Jerez.

€ E apostáronse los españoles en sus toldos ó pabellones de algodón de la tierra, que llevaban, é haciendo fuego para defenderse del mucho frío que en aquella sierra hace; porque sin ellos no se pudieran valer sin padecer mucho trabajo, y según á los cristianos les pareció y como era lo cierto, no podía haber mas frío en parte de España en inviei'no.» — Oviedo.

81.— No saben ó no distinguen los indios el singular del plural; y siempre usan del tú, aunque se dirijan á una ó muchas personas.

82. — c I eran tantas las tiendas que aparecían,— refiere uno de los conquistadores, —que cierto nos puso harto espanto, porque no pensábamos que indios pudiesen tener tan soberbia estancia, ni tantas tiendas ni á tal punto^ lo cual hasta allí en las Indias nunca se vio, que nos causó á todos los españoles hasta confusión y temor, aunque no convenía mostrarse ni menos volver atrás, porque si alguna flaqueza en nosotros sintieran, los mismis indios, que llevábamos, nos mataran y ansí con animoso semblante después de haber muy bien atalayado el pueblo y tiendas que he dicho, abajamos por el valle abajo y entramos en el pueblo de Cajamalca.»

83. — < Desde á poco rato comenzó á llover y caer granizo.»—Jerez.

Cajamalca, en el dialecto indio signiñca;— lugar de hielo,—porque la temperatura, aunque generalmente suave y agradable, suele variar á veces por efecto de las heladas, vientos del Este, muy perjudiciales á la vejetación.

84. — Algunos autores dicen, que el primero que le dirigió la palabra al Inca fué Hernando Pizarro, y en. tre ellos Prescott, quien refiere: c Hernando Pizarro y Soto, solo con dos ó tres de los que les acompañaban, se acercaron lentamente á caballo para colocarse al frente del Inca; y el primero, haciéndole un respetuoso saludo, pero sin desmontar, dijo á Atahualpa que venía ...» Peri) Quintana, mucho mas escrupuloso, como historiador, que Prescott, al referir esta escena, dice: «Acercóle Hernando de Soto al campamento á vista de los indios, que contemplaban admirados la fiereza y docilidad del caballo, que montaba. Llegado allá y preguntado á qué iba, contestó que llevaba una embajada para el Inca

.... Soto se bajó de) caba'lo, y haciéndole reverencia, respetuosamente le dijo . . . . «

En caso de duda me atengo á Quintana, quien para escribir la prolija biografía de Pizarro, manifiesta haber consultado: Autores consultados. Impresos, Francisco de Jerez, Agustín de Zarate, Garcilaso Inca, Francisco Lopez de Gomara, Antonio Herrera, Pedro Cieza de León, Iné' ditos. Memorias históricas y anales del Perú, de don Fernando Montessinos, Gonzalo Fernandez de Ovido, Historia General de Indias, parte III, Las relaciones de Miguel de Estete, del padre Fray Pedro Ruiz de Navarro, mercenario y otra anónima del tiempo de la conquista.

Diferentes documentos de la misma época y otros apuntes respectivas de ella, comunicados al autor. >

Aunque se ve que Prescott ha consultado también todos los autores antiguos y obi-as inéditas, para su Historia de la conquista del Perú, que es la mejor que se ha escrito hasta la fecha, en todos conceptos, no puede tener esta su extenso trabajo la escrupulosa exactitud en los detalles, c« mo existen en la Biografía de Francisco Pizarro, por Quintana. La obra de Prescott es un hermoso estudiado y detallado cuadro de una historia y una época: la de Quintana el de un episodio, perfectameate concluido y retocado, sin omitir trabajo alguno.

85. — Dice Balboa: «que el brioso caballo de Soto daba tales carreras y corcovos, que pasaba un espacio de veinte pies de un salto.» Y Zarate: «Y algunos indios con miedo se desviaron de la carrera, por lo cual Atabaliba los hizo matar.» Y Gerez: «que el mismo Atahualpa confesó este hecho en conversación con los españoles, cuando estaba prisionero.» Y Prescott: «que Atahualpa les hizo quitarla vida aquella misma noche por haber manifestado debilidad en presencia de los estranjeros.»

86. — Uno de los conquistadores dice. «Hecho esto y visto y atalayado la grandeza del ejército y las tiendas, que era bien de ver, nos volvimos adonde el dicho capitán nos estaba esperando, harto espantados de lo qne habíamos visto, hablando y tomando entre nosotros acuerdos y opiniones de lo que se debía hacer, estando todos con mucho temor de ser tan pocos y estar tan metidos en la tierra donde no podíamos ser socorridos.» «Hicimos la guai-dia de la plaza, de donde se veían los fuegos del ejército de los indios, lo cual era cosa espectable, que como estaban en una ladera la mayor parte, y tan juntos unos de otros, no parecía sino un cielo muy estrellado.*

87. — «Los eclesiásticos y relijiosos se ocuparon toda aquella noche en oración, pidiendo á Dios el más conveniente suceso á su sagrado servicio, exaltación de la fé y salvación de tanto número de almas, derramando muchas lágrimas y sangre en las disciplinas que tomaron. Fran. ci SCO Pizarro animó á sus soldados con una muy cristiana plática, que les hizo, con que, y asegurarles los eclesiás-

XXXIX —

ticos de parte de Dios y de su Madre Santísima la victoria, amanecieroa todos muy deseosos de dar la batalla, diciendo á voces: Exurge Domine, et judica causam taam.» ' Navarro. ,, , , ., .. ,^

88. — Dice Pedro Pizarro: «que un espía indio informó á Atahualpa de que los blancos estaban reunidos en las cuadras de la plaza con gran consternación^ la cual no era enteramente inexacto. >

89. — Algunos historiadores del tiempo de la conquista dicen que no bajaban de cincuenta mil, y el secretario de Pizarro, que los vio acampados, que exedian de treinta mil.

90. — Dice un cronista de aquellos tiempos, que la plaza de Cajamalca era más grande que cualesquiera de las de España.

91.— Muchos historiadores de aquella época y Quintana están contestes en decir, que aquella mortandad fué de mas de dos mil indios.

Y Prescot manifiesta: «El autor de la relación del primer desea brimiento dice que algunos llevaban arcos y flechas y otros iban armados con martillos ó mazas de plata y cobre, las cuales sin embargo podían estar destinadas más para ornamento que para servirse de ellas en un combate. Pedro Pizarro y algunos escritores postei'iores dicen que los indios llevaban correas para atar á los blancos, que pretendían hacer cautivos. Tanto Hernando Pizarro, como el secretario Jerez, convienen en que las únicas armas que tenían, las llevaban ocultas bajo los vestidos; pero como no dicen que hiciesen uso de ellas, y como el Inca anunció que iba sin armas, puede dudarse de la verdad de esa aserción y aun se la puede tener por iaexacta. Todas las autoridades, sin escepción, conviene n en que no hubo resistencia >.

92. — Cualesquiera que sea la discrepancia que sobre otros puntos exista entre los antiguos escritores, todos concuerdan en el hecho notable, que ningún español salió herido, escepto el jefe. «Y el mismo Pizarro, — dice Jerez, — que vio en esto un motivo satisfactorio, para considerar á los españoles en aquel día como protegidos especialmente por la providencia. »

93. — Según el padre Navarro. — «no asombró tanto á los indios el estruendo y el ímpetu del ataque délos españoles, aunque fué tal que el cielo se venía abajo, como una terrible aparición, que se presentó en el aire, durante la matanza. Consistió en una mujer y un niño, á cuyo lado estaba un hombre vestido de blanco, sobre un caballo de batalla color leche, sin duda el valiente Santiago, el cual con su brillante espada cargó sobre la hueste inñel é imposibilitó la resistencia. >

La existencia de este milagro apóyala el buen padre en el testimonio de otros tres de su orden, que se hallaron presentes en la acción y oyeran la noticia de boca de

muchos indios. Y otro autor añade: «tenía en mi opinión buenas razones para así creerlo, pues solo la milagrosa intervención del cielo podía habernos salvado. >

94. Según opinión del conquistador que menciona este discurso: «tenía buenas razones el Inca para creer que podría haberlo hecho, pues solo la milagrosa intervención del cielo podía haberlos salvado.»

95. Así se espresa uno de los descubridores: «Todas estas cosas de tiendas y ropa de lana y algodón eran en tan gran cantidad, que á mi parecer fueran menester muchos navios en que cupieran.»

96. Dice Jerez, el secretario de Pizarro: «que cada día se mataban más de ciento cincuenta animales.»

97. Dice Prescot en una nota: <Una chistosa errata de imprenta hay en el pasaje referente á esta espedición, en la excelente traducción de Jerez, hecha por Mr. Fernaux Compans. — On se trouve sur toute la roufe heau — coup de 2)orcs, de laines. (Relatión de la conquéte du Pérou, pág. 157.) La sustitución de la palabra porcs por pares podría inducir al lector á suponer erradamente que había cerdos en el Perú, antes de la conquista. 5>

98. «El camino de las sierras es cosa de ver, porque en verdad en tierra tan fragosa, en la cristiandad no se han visto tan hermosos caminos toda la mayor parte de calzada.»— H. Pizarro.

99. Uno de los conquistadores dice: «Aquel era Pachacama, el cual les sanaba de sus enfermedades, y á lo que allí se entendió, el demonio aparecía en aquella cueva á los sacerdotes y hablaba con ellos, y estos entraban con las peticiones y ofrendas de los que venían en romería; que es cierto que de todo el señorío de Atabalipa iban allí, como los moros y turcos van á la Meca.»

100. <Era mucha la gente de aquel pueblo y de sus comarcas, que al parecer de los españoles se juntaban cada día en la plaza principal cien mil personas.» — Estete.

101. «Cuando todo quedó reducido á barras de igual valor, se procedió á verificar el peso en presencia de ios inspectores reales. La suma total de oro se halló que era de un millón trescientos veintiséis mil quinientos treinta y nueve pesos de oro, lo cual teniendo presente el mayor valor de la moneda en el siglo XVI, vendría á equivaler en el actual á cerca de tres millones y medio de libras esterlinas ó poco menos de quince millones y medio de duros. Calcúlase la cantidad de plata en cincuenta y un mil seiscientos diez marcos. La historia no ofrece ejemplo de semejante botin, todo en metal precioso y reducible como era á dinero contante, ganado por una pequeña tropa de aventureros, como eran los conquistadores del Perú. El gran objeto de las expediciones españolas en el Nuevo Mundo fué el oro; y es notable, que tan completamente lo lograsen.

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— XL

¡Si hubieran seguido las huellas de los ingleses, franceses ú .holandeses en el continente del Norte, cuan distinto hubiera sido el resultado! Es igualmente notable que la riqueza tan repentinamente adquirida, apartándoles de las fuentes menos copiosas, pero mas segura y permanentes de la prosperidad nacional, se les escapace al fin de las manos, constituyéndoles en una de las naciones mas pobres de la cristiandad.» — Prescott.

Y téngase presente, que el cálculo anterior hízolo Prescott antes del descubrimiento de la nueva California, otro poco de oro que esparcióse por el mundo; y que si en la actualidad hubiera hecho su cálculo, sería cuando menos aumentando el doble ó triple de lo que hizo en su época.

Y Quintana dice: «Botin prodigioso; y si se atiende al corto número de soldados entre quienes se distribuyó, .sin ejemplar en la historia de estas correria.s y latrocinios, que se llaman guerras y conquistas. Si tal recompensa es debida al e.sfuerzo, á la constancia, á la actividad, á la audacia, sin duda aquellos cHstellanos la merecían, porque de todo esto habían hecho muestra en el grado mas alto; no ciertamente contra los hombres, que poca ó ninguna resistencia les podían oponer, sino contra la tierra y los elementos, que tantas veces pusieron su valor y constancia á las pruebas mas crueles. Pero la opinión humana, justamente guiada por la razón y la conveniencia pública, al paso que honra y respeta á la opulencia, cuando es hija de la aplicación, del talento y de la industria, ha marcado con el sello de su reprobación eterna estos frutos precoces y sangrientos de la violencia y déla rapiña.»

< A la verdad, esta adquisición de oro y plata en gran cantidad, no los hizo mucho más ricos, á lo menos á los que quedaban en América. Las cosas que anhelaban subieron á un precio proporcionado á la abundancia de los metales con que se habían de satisfacer. Una mano de papel valía diez pesos, un caballo, tres, cuatro y á veces cinco mil ducados. Los mercaderes solían comprar el oro de veinte quilates á catorce, el de catorce á siete; la plata valía tarnbión á este tenor; por manera que los poseedores de riquezas tau grandes, apenas podían adquirir con ellas las satisfacciones que en otras partes eran accesibles á la más mediana fortuna».

102. — Testimonio del acta de repartición del rescate de Atahualpa, otorgada por el escribano Pedro Sancho.

En el pueblo de Caxamalca de estos reinos de la Nueva bastilla, 17 días del mes de Junio, año del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo de 1633, el muy magnífico señor Comendador Francisco Pizarro, adelantado, lugarteniente, capitán general y gobernador por su magestad en estos dichos reinos, por presencia de mí Pedro Sancho, teniente escribano general en ellos por el señor de Sámano, dijo: Que por cuanto en la prisión y desbarate que del

cacique Atahualpa y de su gente se hizo en este dicho pueblo se hobo algún oro, y después que dicho cacique prometió y mandó á los cristianos españoles que se hallaron en su prisión cierta cantidad de oro, la cual cantidad se halló y dijo sería un buhío lleno y diez mil tejuelos, y mucha plata que él tenía y poseía, y sus capitanes en su nombre que habían tomado en la guerra y entrada del Cuzco y en la conquista de las tierras, por muchas causas declaró, como mas largo se contiene en el auto que de ello se hizo, que pasó ante escribano, y dello el dicho cacique ha dado y traído y mandado dar y traer parte dello, de lo cual conviene hacer repartición y repartimienrto, así del oro y plata como de las perlas y piedras y esmeraldas que ha dado, y de su valor entre las personas que se hallaron en la prisión del dicho cacique, que ganaron y tomaron el dicho oro y plata; á quien el dicho cacique le mandó y prometió y ha dado y entregado, porque cada persona haya y tenga y posea lo que dello le perteneciere, para que con brevedad su señoría con los españoles se despache y parta de este pueblo para ir á poblar y pacificar la tierra adelante, y por otras muchas causas que aquí no van expresadas, por ende el dicho señor Gobernador dijo: Que su magestad, por sus provisiones é instrucciones reales que le dio para la gobernación de estos reinos y administración que le fué dada, le manda que todos los provechos y frutos y otras cosas que en las tierras se hallasen y ganasen lo dé y reparta entre las personas conquistadoras que lo ganasen, según y como le pareciere y que cada uno mereciese por su persona y trabajo; y que mirando lo susodicho y otras cosas que es razón y se deben mirar para hacer el repartimiento, y cada uno haya lo que de la dicha plata que el dicho cacique ha dado y habido, y ha de ver y se les ha de dar como su majestad lo manda, él quería señalar y nombrar por ante mí el dicho escribano la plata que cada una persona ha de haber y llevar, según Dios nuestro Señor le diere á entender; teniendo conciencia; y para lo mejor hacer pedía el ayuda de Dios nuestro Señor, é invocó el auxilio divino. . . ~

E luego el dicho señor Gobernador, atento á lo que es dicho y va declarado en el auto antes de este, poniendo á Dios ante sus ojos, señaló á cada una persona los marcos de plata que le parece que merece y ha de haber de lo que el dicho cacique ha dado y en esta manera lo señaló.

Y luego en 18 de Junio del mismo año de 1633 proveyó otro auto el dicho señor Gobernador para que el oro se fundiese y repartiese; el cual se fundió y repartió en esta manera, como parece por los autos originales de donde lo he sacado y pongo con distinción el oro y la plata que cada uno recibió en las dos columnas siguientes por no haber mas de una vez la lista de la gente, aunque allí está en dos. ' .

Marcos de plata

A la iglesia noventa marcos de plata,

2.220 pesos oro 90

Al señor Gobernador, por su persona, y

á las lenguas y caballo. . . . . . 2.360

A Hernando Pizarro 1.267

A Hernando de Soto 724

Al padre Juan de Sosa, vicario del ejército 310. 6

A Juan Pizarro 407 .2

A Pedro de Cándia ........ 407 .2

A Gonzalo Pizarro 384 .5

A Juan Cortés 362

A Sebastian de Benalcázar 407 .2

A Cristóbal Mena ó Medina 366

A Luis Hernando Brueno 384 .5

A Juan de Salazar 362

A Miguel Estete 362

A Francisco de Jerez 362

Mas al dicho Jerez y Pedro Sancho por

la escritura de compañía ..... 94

A Gonzalo de Pineda 384

A Alonso Briceño 362

A Alonso de Medina 362

A Juan Pizarro de Orellana 362

A Luis Marca 362

A Jerónimo de Aliaga 339 .4

A Gonzalo Pérez 362

A Pedro de Barrientos 362

A Rodrigo Núñez 362

A Andrés Añades 362

A F)'ancisco Maraver 362

A Diego Maldoaado 362

A Ramiro ó Francisco de Chastes . . . 362

A Diego Ojuelos 362

A Ginés de Carranca ....... 362

A Juan de Quiucoces 362

A Alonso de Morales 362

A Lope Velez 362

A Juan de Barbaian 362

A Pedro de Aguirre 362

A Pedro de León 362

A Diego Mejía 362

A Martín Alonso 362

A Juan de Rosas 362

A Pedro Castaño 362

A Pedro Ortiz 362

A Juan Morquejo . , 362

A Hernando de Toro 316

A Diego de Agüero 362

A Alonso Pérez 362

A Hernando Beltran ....... 362

A Pedro de Barrera . . • 362

Pesos de oro

2.220

67.220 31.080 17.740

7.770 11.100 9.909 9.909 9.430 9.909 8.380 9.435 9.435 8.980

2.220 9.909 8.380 8.480 8.980 7.770 7.770 8.380

Marcos

" de plata

A Francisco Baena • • 362

A Francisco López 371.4

A Sebastián de Torres ^ . 362

A Juan Ruiz 339. 3

A Francisco de Fuentes . . . . . . 362

A Gonzalo del Castillo 362

A Nicolás de Azpétia 339. 3

A Diego de Molina 316.6

A Alonzo Peto 316. 6

A Miguel Ruiz 362

A Juan de Salinas Herrador 362

A Juan Olz ó Loz 248 .7

A Cristóbal Gallego, (no está en la repartición deloro) • . . 316.6

A Rodrigo de Cantillana (tampoco) . . 2 94 .1

A Gabriel Telor (tampoco) 371.4

A Hernando Sánchez 262

A Pedro Sa Páramo 271 .4

INFANTERÍA

A Juan de Porras 181

A Gregorio Sotelo 181

A Pedro Sancho 181

A García de Paredes 181

A Juan de Valdivieso 181

A Gonzalo Maldonado 181

A Pedro Navarro 181

A Juan Ronquillo 161

A Antonio de Bergara 181

A Alonso Romero 181

A Melchor Berdugo 135.6

A Martin Bueno 135 .6

A Juan Pérez Tudela 171

A Iñigo Tahureo 181

A Ñuño Gonzalo (no está en la repartición del oro) 181

A Juan de Heri-era 158

A Francisco Dávalos . ; 181

A Hernando de Aldana 181

A Martín de Marquina 135 .6

A Antonio de Herrera 136.6

A Sandoval (no tiene nombre propio) . 135 .6

A Miguel Estete de Santiago . . . * . 135.6

A Juan Bonallo .^ 181

A Pedro Moger 181

A Francisco Pérez 158 .3

A Melchor Palomimo 135 .6

A Pedro de Alconchel 181

A Juan de Segovia 135 .6

A Crisóstomo de Onti veros 135 .6

A Hernán Muñoz . 135 .6

A. Alonso de Mena 135 .6

Pesos de oro

8.660 7.77J 7.770 6.110

6.115

4.540

4.540

3.385 3.880

.,. , ^. J

XLII —

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Marcos de plata

A Juan Pérez de Orma ... . . . . 136.6

A Diego de Trojillos 158.3

A Palomino, tonelero 181

A Alonso Jiménez 181

A Pedro de Torres 136 .6

A Alonso de Toro 136.6

A Diego López 136.6

A Francisco Gallegos . 136.6

A Bonilla '^ 181

A Francisco de Almendras 181

A Escalante 181

A Andrés Giménez 181

A Juan Giménez 181

A García Martín 181

A Alonso Ruíz. . . . 135. 6

A Lucas Martínez 135. 6

A Gómez González 135. 6

A Alonso de Alburquenque 94

A Fi'ancisco de Vargas 181

A Diego Gavilán 181

A Contreras, difunto 133

A Rodrigo de Herrera, escopetero. . . 135. 3

A Martín de Florencia. .,.,.. 135. 6

A Antón de Oviedo . ; 135.6

A Jorge Griego 181

A Pedro de San Millan 136. 6

A Pedro Oa tallan 93

A Pedro Román 93

A Francisco de la Torre 131.1

A Francisco Carducho 135. 6

A Juan Pérez de Gamora 181

A Diego de Narvaez 131. 1

A Gabriel de Olivares ....... 181

A Juan García de Santa Olalla. . . . 135.6

A Pedro de Mendoza 135.6

A Juan García, escopetero 136. 6

A Juan Pérez 135. 6

A Francisco Martín 136.6

A Bartolomé Sánchez, marino .... 135. 6

A Martín Pizarro 136. 6

A Hernando de Montalvo 181

A Pedro Pinelo 136. 6

A Lázaro Sánchez 94

A Miguel Cornejo 136. 6

A Francisco González 94

A Francisco Martínez (está en la lista

del oro por Francisco Cozalla) . . . 136.6 A Garete (no dice nombre propio en ninguna lista) 182

A Hernández de Loja 136. 6

A Juan de Niza 196. 6

A Francisco del Solar ....... 94

Pesos de oro

3.886

4.44o

2.220

3.884

2.770

2.220

2.776

2.775

2.220

2.120

4.410

Marcos de plata

Pesos de oro

A Hernando de Jemendo. ..... 67. 7 2.220

A Juan Sánchez 94 1.665

A Sancho de Villegas 136. 6 3.330

A Pedro de Velva (no está en la lista !

del oro) 94

A Juan Chico 135.6 3.330

A Rodas, sastre . . . , 94 2.220

A Pedro Salinas de la Hoz 126. 6 3.330

A Antón Esteban García 186 2.000

A Pedro de Valencia. 94 2220

A Alonso Sánchez Talavera 94 2.220

A Miguel Sánchez 135. 6 3.330

A Juan García, pregonero 103 2,775

A Lozano 94 2.220

A García López 135. 6 3.330

A Juan Muñoz. . . 136,6 3.330

A Juan de Berlanga. , 180 4.440

A Esteban García 94 4.440

A Juan de Salvatierra 136.6 3.330

A Pedro Calderón, (no está en la repar-

ción del oro) 135

A Gaspar de Marquina, (no está en la

repartición de la plata) 3.330

A Diego Escudero, (no está en la lista

de la plata) 4.440

A Cristóbal de Sosa 135.6 3.330

Asimismo el señor Gobernador dijo, que señalaba y nombraba para que se diese á la gente que vino con el capitán Diego do Almagro para ayuda de pagar sus deudas y fletes y suplir algunas necesidades que traían veinte mil pesos.

Asimismo dijo que á treinta personas que quedaron en la ciudad de San Miguel de Piura dolientes, y otros que no viniei'on ni se hallaron en la prisión de Atahualpa y toma del oro, porque algunos son pobres y otros tienen necesidad, señalaba quince mil pesos de oro para los repartir su señoría entre las dichas personas.

Asimismo dijo que los ocho mil pesos que la compañía dio á Hernando Pizarro para que fuese á explorar las cosas de la tierra, y otras cosas así de barbero y cirujano, y cosas :jue se han dado á caciques, se saquen del dicho cuerpo ocho mil pesos.

Todo lo cual el dicho señor Gobernador dijo que le parecía que era bien y estaba bien señalado, y lo que cada una persona lleva declarado que ha de haber en Dios y su conciencia, teniendo respeto á lo que su magestad lo manda, y mandó que se les diese y repartiese por peso por ante mí el escribano á cada uno lo que lleva declarado. Firmólo por mandato de su señoría— Pecíro Sancho.

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(Extractado de la obra inédita de Francisco de López

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103. El único de los historiadores coetáneos á la época de la conquista del Perú, que yo sepa, que refiere este suceso, es Garcilaso de la Vega. •

104. Según Garcilaso, las doce preguntas que se formularon para el interrogatorio de los testigos, fueron las si" guientes: .

1" — 3i conocían á Huayra Cápac y sus mujeres, y cuántas eran. .

2° — Si Huáscar era hijo lejítimo y heredero del reino y Atahualpa bastardo, no hijo del rey, sino de algún indio de Quito.

3°- -Si tuvo el Inca otros hijos, además de los referidos.

4° — Si Atahualpa heredó el imperio por testamento de su padre ó por tiranía.

5° — Si Huáscar fué privado del reino por testamento de su padre ó si fué declarado heredero.

6' — Si en la muerte de Huáscar había complicidad de parte de su hermano.

7° — Si Atahualpa era idólatra y obligaba y mandaba á sus vasallos á que sacrificasen hombres y niños.

8* — Si Atahualpa había hecho guerras injustas y muerto en ella á mucha gente.

9° — Si tenía Atahualpa muchas concubinas.

10 — Si Atahualpa había cobrado, gastado y mal ver sado los tributos del imperio, después que los es pañoles tomaron posesión de él.

11 — Si sabían que Atahualpa, después de la llegada de los españoles, había dado á sus parientes y á sus capitanes y á otras personas distinguidas del imperio muchas dádivas de la hacienda real, y que tenía gastados y disipados los depósitos públicos y comunes,

12— Si sabían que Atahualpa, después de preso, había tratado con sus capitanes de rebelarse y matar á los españoles, para lo cual había mandado reunir gran número de gente de guerra y mucho aparato de armas y pertrechos. Se dijo, que de los diez indios que interrogaron, siete eran sirvientes de los españoles.

105 — Dice Gomara, que como contemporáneo puede saberlo por los mismos que trataron al Inca, cque era hombre bien dispuesto, sabio, animoso, franco, muy limpio y bien traído.»

Y Quintana agrega: «La idea que de él han dejado las relaciones antiguas, le es en verdad bien favorable, á pesar de los visos de artificio, crueldad, injuscicia y tiranía que han querido dar á su carácter. Estas cualidades odiosas se avienen mal con los premios y virtudes que manifestó en el largo tiempo de su prisión y que le ganaron el interés y el afecto de tantos castellanos, que

á boca llena, como ya se ha dicho arriba apellidaban inicua é inhumana la sentencia dada contra él. Se avienen también mal los elogios que en estas mismas relaciones se dan, donde después de su muerte, apenas se le nombra con otros dictados que los del gran monarca, el buen rey y otros de la misma dignidad. Están finalmente en contradicción con el amor y con el deseo que dejó impresos en la nación peruana, la cual considerando por ventura reflejadas mas bien en él que en otro ninguno de sus príncipes, las grandes prendas de Inca Huayna Cápac, lloraba, cifrada en su deplorable muerte, la catástrofe de su imperio.»

Los historiados todos se han manifestado de la misma opinión. Manifiesta Herrera, bien claro, que si la muerte del Inca era disculpable en política, no lo era ni en jusicianieu moral. Gomara, después de decir, que no fué enviado el proceso al emperador, como muchos querían que se hiciese, y que fué muerto á instancia de los de Almagro, añade: *^o hay que reprender á los que le mataron, pues el tiempo y sus pecados los castigaron después, ca todos ellos acabaron mal.»

Oviedo es todavía más esplícito, pues en el capítulo 14 libro 46 de su Historia general, copia á la letra la relación de este acontecimiento, hecha por Francisco Jerez, y después en el capítulo 22, vuelve á tratar ol asunto por sí mismo y manifiesta á la larga la injusticia y escándalo de semejante proceso y tan inicuo suplicio, y entre otras cosas dice: «Notorio es que el Gobernador le aseguró la vida, y sin que le diese tal seguro, él se lo tenía pues ningún capitán puede disponer sin licencia de su rey y señor de la persona del príncipe, que tiene preso.» Y mas adelante: «Se levantaron que los quería matar, é to- * do aquello fué rodeado por malos é por la inavertencia é mal consejo del Gobernador, é comenzaron á le hacer proceso mal compuesto é por escrito, seyendo uno de los adalides un inquieto, desasosegado é deshonesto clérigo y un escribano, falto de conciencia é de mala habilidad y otros tales que en la maldad concurrieron.»

Todo esto es cierto yciertísimo; pero si Pizarro, cargando con la responsabilidad de tan inicuo hecho, no hubiérase atrevido á cometerlo, tal vez, y sin tal vez, aquellos arrojados aventureros hubieran muerto todos asaeteados por el ejército del imperio peruano. Hallábase Pizarro en el fatal caso de tener que optar entre la vida del Inca O la de él y sus compañeros. Y esto quiere decir que sin el acto cometido por Pizarro, no hubiera ce- . nido Carlos V la corona del Perú, ni hubiera recibido esos grandes cargamentos de oro y plata; con los que él y sus sucesores encumbraron por entonces á la nación española y que contribuyeron luego á su decadencia.

Dice Oviedo que el verdadero nombre del Inca era Atabaliva y que los españoles lo pronunciaban mal; pero Garcilaso le llama Atahualpa.

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XLIV —

106.— Según el jesuíta Velazco, en su Historia de Quito, Toparca se arrepintió de su apostasía y rasgó con desprecio la diadema que le diera Pizarro, muriendo de pena á las pocas semanas. Parece que ni aun las tropas llegaron á convencerse que tuviera Chalcuchima participación en la muerte de Toparca; y en una nota dirigida al empe rador por el ayuntamiento de Jauja, así se dice: «Público fué, aunque dello no ubo averiguación ni certidad, que el capitán Challdoniman le abía dado ierbas ó á beber con que murió.

107. — Hablando los conquistadores del Cuzco y sus edificios dicen: «Los edificios eran generalmente de piedra común. Lo que los españoles tuvieron por mármol, sería probablemente pórfido, con lo cual estaba mezclada la piedra de las canteras inmediatas». «Todo labrado de piedra muy prima, que cierto toda la cantidad de estacibdad hace gran ventaja á la de España, aunque carecen de teja, que todas las casas, si no es la fortaleza, que era hecha de azoteas, son cubiertas de paja, aunque tan primorosamente puesta que parece bien>. «Esta cibdad es la mejor é mayor que en la tierra se ha visto, y aun en Indias; é decimos á V. M. que tan hermosa y de tan buenos edificios que en España sería muy de ver; tieue las calles por mucho concierto empedradas de guijas pequeñas todas las mas de las casas son de señores principales, hechas de cantería. Está en una ladera de un zerro, en el cual sobre el pueblo está una fortaleza muy bien obrada de cantería, tan de ver que por los españoles que han andado reinos estrafíos dicen no haber visto otro edificio igual al della».

108. — «Un río del cual baja por medio de la cibdad, y desde que nace, más de veinte leguas por aquel valle abajo donde hay muchas poblaciones, va enlosado todo el suelo y las barrancas de una y de otra parte hechas de cantería labrada, cosa nunca vista ni oida>. Relación del descubrimiento.

109. — En la conquista y población del Perú, se dice: «Esta ciudad era muy grande y muy populosa de grandes edificios y comarcas; cuando los españoles entraron la primera vez había gran cantidad de gente, sería pueblo de más de cuarenta mil vecinos solamente lo que tomaba la ciudad, que arravalles y comarca en derredor del Cuzco á diez o doce leguas, creo ío que havía doscientos mil indios, porque esto era lo mas poblado de todos estos reinos».

110. — «Pues andando yo buscando mahiz ó otras cosas para comer, acaso entré en mi buhío, donde hallé estos tablones de plata, que tengo dicho que heran hasta diez y de largo tenían veinte pies, de ancho de uno y de gordo de tres dedos; di noticia dello al marqués y él y todos los demás que con él estavan entraron á vellos». Pedro Pizarro.

111. — «El producto de este saqueo, unido á los despojos habidos en el camino, y puesto todo en común, según la costumbre de aquella tropa, fué todavía mayor que el botin de Caxamalca. Pero ya eran muchos más á partir y no les tocó á tanto. Dícese que sacado el quinto del Rey, se hicieron de los demás cuatrocientos ochenta partes, y que cupieron á cada una cuatro mil pesos. Esta enorme masa de metales preciosos puestos en tráfico de repente en un solo punto, y falto de cosas y comodidades trocables con ellos, hizo su efecto natural, que fué el de envilecerlos. La plata no se estimaba por pesada y embarazosa, la pedrería se abandonaba á quien la quería tomar; í>or manera que aquellos hombres tan ansiosos de oro y plata, viendo rebosar el vaso de su codicia con el raudal inmenso que vino á henchirle de pronto, debieron conocer fácilmente que aquel tesoro anhelado les servía más de carga y pesadumbre que de satisfacción y provecho >. Quintana. .

112— «Empezó á llover tierra de los cielos, que cazaba á los hombres y á los caballos, de tal suerte que los árboles y arbustos estaban llenos de polvo». Oviedo.

Atribuye Garcilaso la lluvia de cenizas al volcán de Quito, y Cieza de León dice únicamente que procedió de algunos de los volcanes de esa región. Humbolt admite la opinión general que era la erupción del Cotopaxi.

113 — Dice Naharro, que la descabellada é injusta expedición de Alvarado al Perú, demostraba cuál era su carácter aventurero; y que de regreso á su gobierno de Guatemala se empeñó de nuevo en otras tan temerarias y desastrosas, que concluyeron con su vida.

114 — Estos dos nonihres solo han quedado escritos en los documentos de aquellos tiempos, triunfando sus indígenas primitivos, de Perú y Chile.

116 — «Dióse por nombre á la naciente capital ciudad de los Reyes, en honor á la fiesta de la Epifanía, pues fué el 6 de Enero de 1535 cuando, según se dice, fué fundada, ó más probablemente, cuando se determinó el sitio que debía tener». Prescott.

Pero el investigador y exacto Quintana dice: «que fué fundada el 18 de Enero de 1635;» y en una nota agrega: »A ios más ha engañado el nombre de los Reyes, puesto á la nueva ciudad, para deducir de ello que fué fundada el 1) de Enero. En el texto se sigue al padre Bernabé Cobo, que en su libro de la Fundación de Lima fija la fecha del 18 de Enero: la autoridad de este escritor en esta y en otras cosas del Nuevo Mundo es inexcusable.»

Y hace observar Prescott, que desde el principio se corrompió el primitivo nombre de Rimac por el de Lima, como llamaban á la capital, y en testimonio copia esto de Pedro Pizarro: « Y el marqués se pasó á Lima y fundó la ciudad de los Reyes, que agora es». Antiguos autores escribieron valle de Limac ó de Rimac.

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116— En punto á disciplina presentaban los soldados^ que fueron de Al varado, un notable contraste con los conquistadores del Perú, si ha de creerse á Pedro Pizarro, que asegura: «que los que pasamos con el marqués á la conquista, no ovo hombre que osase tomar una mazorca de maíz sin licencia.»

<Se entraron de paz en la ciudad de Cuzco y los salieron todos los naturales á rescibir y los tomaron la ciudad con todo cuanto ha vía de dentro llenas las casas de mucha ropa y algunas oro y plata y otras muchas cosas; y las que no estaban bien llenas los enohian de lo que tomaban de las demás casas de la dicha ciudad, sin pensar que en ello hacían ofensa alguna divina ni humana, y porque esta es una cosa larga y casi incomprehensible, la dexaré al juicio de quien más entiende, aunque en el daño recibido por parte de los naturales cerca de este artículo yo sé harto por mis pecados que no quisiera saber ni haver visto.» Conq. i Pob. del Perú.

117 — El siguiente documento, en que se ligan con solemne juramento los dos célebres conquistadores á los principios más comunes, que manda observar la honradez, da exacta idea de esa época y sus hombres. El original está en el archivo de Simancas.

<Nos don Francisco Pizarro, Adelantado, capitán general, y Gobernador por S. M. en estos reinos de la Nueva Castilla, é don Diego de Almagro, asimismo Gobernador de S. M. en la provincia de Toledo, decimos.- que porque mediante la íntima amistad y compañía que entre nosotros con tanto amor ha permanecido, y queriéndolo Dios nuestro Señor hacer, ha sido parte y cabsa que el Emperador é Rey nuestro Señor haya recibido señalados servicios con la conquista, sujección, é población destas provincias y tierras, é traj'^endo á la conversión y camino de nuestra santa fee Católica tanta muchedumbre de infieles, é confiando S. M. que duraníe nuestra amistad y compañía su real patrimonio será acrecentado, é así por tener este intento como por los servicios pasados, S. M. tubo por bien de conceder á mi el dicho don Francisco Pizarro la governación de estos nuevos reinos, y á mí el dicho don Diego de Almagro la governación de la provincia de Toledo, de las cuales mercedes que de su real liberalidad hemos recevido, resulta tan nueva obligación, que perpetuamente nuestras vidas y patrimonios, y de los que de nos descendieren en su real servicio, se gasten y consuman; y la confianza de S. M. por nuestra parte no fallezca, renunciando la ley que cerca de los tales juramentos dispone, prometemos é juramos, en presencia de Dios nuestro Señor, ante cuyo acatamiento estamos, de guardar y cumplir bien y enteramente, y sin cabtela ni otro entendimiento alguno, lo expresado y contenido en los capítulos siguientes: é suplicamos á su infinita bondad, que á cualquier que fuese en contrario

de lo así convenido, con todo rigor de justicia permita la perdición de su ánima, fin y mal acavamiento de su ; vida, destrucción y perdimiento de su familia, honras y hacienda, porque como quebrantador de su fee, la cual el uno al otro nos damos, y no temerosos de su acatamiento, reci va de tal justa venganza. Y lo que por parte de cada uno de nosotros juramos y prometemos es lo siguiente:

Primeramente, que nuestra amistad y compañía se coa serve mantenga para en adelante con aquel amor y voluntad que hasta el día presente entre nosotros ha habido, no lo alterando ni quebrantando por algunos intereses, cobdicias, ni ambición de cualesquiera honrras é oficios, sino que hermanablemente entre nosotros se comunique é seamos parcioneros en todo el bien que Dios nuestro Señor nos quiera hacer.

Otrosi: Decimos, so cargo del juramento é promesa que hacemos, que ninguno de nosotros culumoiará ni procurará cosa alguna que en daño ó menos cabo de su honra, vida y hacienda al otro pueda subceder ni venir, ni dello será cabsa por vias directas ni indirectas, por bí propio ni por otra persona tácita ni espresamente cabsándolo ni permitiéndolo, antes procurará todo bien y honra y trabajará de se lo llegar y adquirir, y evitando todas pérdidas y daños que se le pueden recrecer, no siendo de la otra parte

avisado .

Otrosí: juramos de mantener, guardar y cumplir lo que entre nosotros está capitulado, á lo cual al presente nos referimos, é que por vía é causa, ni maña alguna ninguno de nosotros verrá en contrario ni quebrantamiento dello, ni hará diligencia, protestación ni reclamación alguna, é ([ue si alguna oviere fecho, se aparta ó desiste della, ó la renuncia so cargo de dicho juramento.

Otrosí: juramos que conjuntamente ambos á dos, y no uno sin el otro, informaremos y escribiremos á S. M. las cosas que según nuestro parecer mejor á su real servicio convengan, suplicándole, informándole de todo aquello con que mas su Católica conciencia se descargue, y estas provincias y reinos mas y mejor se conserven y gobiernen, y que no habrá relación particular por ninguno de nosotros hecha en fraude é cabtela y con intento de dañar i empecer al otro procurando para sí, posponiendo el servicio de nuestro Señor Dios y de S. M. y en quebrantamiento de nuestra amistad y compañía, y asimismo no permitirá que seo. hecho por otra cualquier persona, dicho ni comunicado, ni lo permita ni consienta, sino que todo se haga manifiestamente entre ambos, porque se conozca mejor el celo que de servir á S. M. tenemos, pues de nuestra amistad é compañía tanta confianza ha mostrado.

ítem: Juramos que todos los provechos é intereses que se nos recrecieren así de los que yo don Francisco Pizarro oviere y adquiriei'e en esta gobernación por cualquier vía y cabsas, como los otros que yo don Diego de Almagro he de haber en la conquista y descubrimiento que en nom-

XLVI —

bre i por mandato de S. M. hago, lo traeremos manifiestamente á montón y collación, por manera que la compafiía que en este caso tenemos hecha permanezca, y en ella no haya fraude cabtela, ni engaño alguno, é que los gastos que por ambos ó cualquier de nos se obieren de hacer se haga moderada y discretamente conforme, y proveyendo á la necesidad que se ofreciere, evitando lo escesivo y snpérfluo, socorriendo y proveyendo á lo necesario.

Todo lo cual según en la forma que dicho está, es nuestra voluntad, de lo así guardar y cumplir so cargo del juramento que así tenemos fecho, poniendo á nuestro Señor Dios por juez y á su gloriosa Madre Santa María con todos los Santos por testigos; y porque ser notorio á todos los que aquí juramos y prometemos, lo firmamos de nuestros nom bres, siendo presentes por testigos el Licenciado Hernando Caldera, Teniente General de Gobernador en estos reinos por el dicho Señor Gobernador, é Francisco Pineda cape" Uán de su Señoría, é Antonio Picado, su secretario, é Antonio Tellez de Guzmán y el Dr. Diego de Loaisa; el cual dicho juramento fué fecho en la gran ciudad del Cuzco en la casa del dicho Gobernador don Diego Dalmagro, están" do diciendo misa el Padre Bartolomé de Segovia, clérigo después de dicho el pater noster, poniendo los dichos governadores las manos derechas encima del ara consagrada á 12 de Junio de 1535 años. Francisco Pizarro. — El Adelantado Diego Dalmagro. — Testigos el Licenciado Hernando Calderón. — Antonio Tellez Guzmán.

Yo Antonio Picado, escrivano de S. M. doy fee que fui testigo y me hallé presente al juramento é solemnidad fecho por los dichos Goberna^'ores, y saqué este traslado del orijinal que queda en mi poder comO Secretario del Se ñor Gobernador don Francisco Pizarro, en fe de lo cual tír. mé aquí nombre. Fecho en la gran Ciudad del Cuzco á lidias del mes de Julio de 1535 años. — Antonio Picado, escribano de S. M.»

118. — <Cuéntanse muchos ejemplos de esta jenerosidad de Almagro: tenía un día junto así una carga de anillos, y un Juan de Lope ie pidió uno: «Toma, — le respondió, — los que te quepan en las dos manos». Y sabiendo después que era casado, le mandó dar cuatrocientos pesos para que se fue" se con su mujer. A otro que le presentó una adarga, le agasajó con cuatrocientos pesos y con una olla de plata y asas de oro, que valia mil ducados: al que le presentó el primer gato castellano que se vio en aquellas partes le regaló seis" cientos pesos, etc. > — Quintana.

119. — «El marqués hizo encomiendas en los españoles^ las cuales fueron por noticias, que ni él savÍB lo que daba ni nadie lo que rescibía, sino á tiento i á poco mas ó menos i así muchos que pensaron que se les daba poco se hallaron con mucho y al contrario». — Delgado.

«En fin, á otros muchos caballeros y soldados dio presentes de príncipe sin ostentación y sin violencia, como

convenía á un gran conquistador. Sabía dar también como particular con discreción y silencio de manera que no fuesen humillados con sus dádivas aquellos á quienes socorría. De esta virtud se cuentan muchos rasgos suyos que le hacen grande honor. Solía jugar con menesterosos y se dejaba ganar para que se socorrieran de este modo y saliesen honrados con el lauro de jugar mejor que él. El pasaje del tejuelo llevado al juego de pelota para socorrer á un soldado es citado por todos los historiadores; el tejuelo pesaba, y él lo llevaba escondido en el seno para dárselo al soldado sin que nadie lo viese; mas no pareciendo, y ofreciéndose un partido de pelota que jugar, él se puso á jugarle sin desnudarse el sayo ni sacar el peso que llevaba, hasta que vino el soldado, que tardó más de tres horas; y llamándole aparte, le dio el oro, diciéndole, que mas quisiera haber dado tres tantos mas, que el trabajo que había padecido por su tardanza. Pero de todo lo que se cuenta para recomendar su afabilidad, su buen trato y su llaneza, nada le honra mas que aquel paso de arrojarse al río de la Barranca á sacar por los cabellos á un indio yanacona suyo, que caído impensadamente al agua, se le llevaba la corriente: reñíanle los capitanes aquella temeridad, y él les contestó: que no sabían ellos qué cosa era querer bien á un criado.» — Quintana.

120. — «Es gente mi belicosa é muy diestra; sus armas picas, é ondas, porras é alabardas de plata é oro é cobre». Oviedo.

Jerez hace una buena descripción de las armas de los peruanos; y el padre Velasco, en su historia de Quito, añade otras muchas al catálogo de los que cit.i aquel autor. Dice que usaban espadas de cobre, puñales y otras armas europeas.

121. — «Pues junta toda la gente quel Inga avía embiado á juntar que á lo que se entendió y los indios dixeron, fueron dozieutos mil indios de guerra los que vinieron á poner cerco». Pedro Pizarro.

122.— «Pues de noche eran tantos los fuegDs que no parecían sino un cielo muy sereno lleno de estrellas». Pedro Pizarro.

123. — «I los pocos españoles que héramos aun no do zieutos todos». Pedro Pizarro.

124. — Unas piedras redondas y hechallas en el fuego y hazellas asqua embolvíanla? en algodoues y poniéndolas en hondas las tiravan á las casas donde no alcanzaban á poner fuego con las manos, y ansi nos quemavan las casas sin entendello. Otras veces con flechas encendidas tirándolas á las casas que como heran de paja luego se encendían». Pedro Pizarro.

«El templo fué dedicado á nuestra Señora déla Asunción. La aparición de la Virjen, fué manifiesta, no solo á los cristianos sino también á los guerreros indios, mu-

.í.áTi.,

chos de los cuales refirieron el suceso á Garcillaso de la Vega, en cuya pluma lo maravilloso nunca perdía nada de su brillantez. También lo atestigua el padre Costa, que llegó al país cuarenta afíos después de este suceso. Ambos escritores hablan del oportuno auxilio que dio á los españoles el apóstol Santiago, el cual con su escudo, desplegando la divisa de su orden militar y armado con su fla^ mante espada, se precipitaba con su caballo blanco sobre las más espesas filas del enemigo. Siempre contaban los españoles con el auxilio de su santo patrón, cuando su presencia era necesaria, dignus vindice nodus*. Precostt.

cl era tanto el humo que casi los oviera de acgari pasaron gran trabajo por esta causa i si no fuera de la una parte de la plaza no havía casas i estaba descoronado no pudieran escapar porque si por todas partes les diera el humo i el calor siendo tan grande le pasaron trabajo^ pero la Divina Providencia lo estorbó». Pedro Pizarro.

Cuando el sitio del Cuzco estuvo ausente el padre Valverde; pero volviendo al año, escribe al emperador: c Certifico á V. M. que si no me acordara del sitio desde ciu* dad, 5- o no la conosciera, á lo menos por los edificios y pueblos della: porque cuando el gobernador don Francisco Pizarro entró aquí y entré yo con él, estaba este valle tan hermoso en edificios y población que en torno tenía que era cosa de admiración vello, porque aunque la ciudad en sí ternía más de 3 ó 4000 casas, temía en torno qiiasi á 19 0 20,000; la fortaleza que estava sobre la ciudad parescía desde aparte una muy gran fortaleza de las de España: agora la mayor parte de la ciudad está toda derribada y quemada: la fortaleza no tiene quasi nada enhiesso: todos los pueblos de alrrededor no tienen sino las paredes que por maravilla ai casi cubierta. La cosa que mas contentamiento me dio en esta ciudad fué la iglesia, que para en Indias es arto buena "cosa, aunque según la riqueza á havido en esta tierra pudiera ser mas semejante al templo de Salomón. 20 Marzo 1539.

126. — Este miligro de la Virgen en su templo, además de Pizarro lo refieren algunos otros autores.

126. — Sabido es que los sudamericanos son habilísimos para enlazar cualquier cla.se de animales y boltearlos aunque vayan á carrera tendida. Las holas es un arma terrible para cautivar á los que huyen á caballo, y es de la siguiente forma: se trenza una correa de cuero de más de dos metros de largo, y á cada estremo se une una piedra ó plomo del tamaño como el de un huevo de gallina, forrado en cuero: otra correa como de un metro de largo, teniendo en un estremo otra bola, y el otro estremo se une al centro de la de dos metros; se agarra la bola de la correa añadida y las otras dos se revoletean hasta darle gran impulso y las arrojan hasta una distancia de 80 ó 100 metros. Los hombres de campo de la América del Sud son diestrísimos en el manejo de las bolas, y las

arrojan montados á caballo y á todo escape, á las patas de cualquier animal, aunque vaya también á escape; así hacen prisioneros en las derrotas á sus contrarios y cazan también á los avestruces en los desiertos y á cualquier animal, cuando quieren tener carne para comer: Las fuertes cuerdas con las bolas, enrédanse en las patas del animal, el que no puede correr y cae. •

127. — Refiriendo este pasaje, no un orgulloso inglés, sino el norte-americano Prescott, quizá con más justo motivo para tener orgullo y arrogancia patria, hace la siguiente generosa confesión: cLas animosas palabras y la bizarra conducta de los jefes avivaron el entusiasmo en el corazón de los españoles, porque el corazón del español fácilnaente responde al llamamiento del honor, sino al de la humanidad».

128^En estas batallas se presentaron el Inca y otros nobles con caballos y armas cojidas á los españoles; y Herrera afirma: «que los pei'uanos usaron contra los conquistadores de sus mismas armas de fuego, obligando á los prisioneros á poner en su orden los mosquetes y fabricar pólvora para ellos.»

129— «Y mandó Hernando Pizarro, á los españoles que sabían, que nó matasen á este indio, sino que se lo tomasen á vida, jurando de no matallo si lo avía vivo. » Pedro Pizarro.

130 — «Visto este orejón que se lo avían ganado y le avían tomado por dos ó tres partes el fuerte, se tapó la caveza y el rostro con la manta y se arrojó del cubo abajo mas de cien estados, y ansí se hizo pedazos, j» Pedro Pizarro. ^

13 1~« Y estando batallando con ellos para echallos de allí Joan Pizarro se descuidó de cubrirse la cabeza con la adarga y con las muchas pedradas que tiraban le acertaron una en la cabeza que le quebraron los cascos y dende á quince días murió desta herida, ansi herido estuvo forcejeando con los indios y españoles hasta que se ganó este terrado, y ganado se bajaron al Cuzco.» «Hera valiente y muy animoso, gentil hombre, y magnánimo y afable.» Pedro Pizarro.

Y Zarate termina el panegírico de Pedro Pizarro, con estas palabras: «Fué gran pérdida en la tierra, porque era Juan Pizarro muy valiente y experimentado en la.<! guerras de los indios, y bien quisto y amado de todos. »

132— Según Garcilaso de la Vega murieron en estas expediciones unos cuatrocientos sesenta soldados; y calcula Cierra de León como setecientos el número de cristianos que perecieron durante esta insurrección.

133 — Fácil es comprender cuál no sería entonces la crítica situación de Pizarro, cuando á don Pedro de Alvarado, á quien poco tiempo antes casi había arrojado del

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— XLVIII -

Perú, escribió desde la ciudad de los Reyes el 29 de Julio de 1636: «Ecrea V. S. sino somos socorridos se perderá el Cuzco, que es la cosa más señalada y de más importancia que se puede describir; e luego n<)s perderemos todos, porque somos pocos é tenemos pocas armas, ó los indios están atrevidos.»

134 — <Tambo tan fortalescido que hera cosa de grima, porque el assiento donde tambo está es muy fuerte, de andenes muy altos y de muy gran canterías fortalecidos. El río Incay ques grande por aquella parte va muy angosto y hondo. > P. Pizarro.

136 — cPnes hechos dos ó tres acontecimientos á tomar este pueblo, tantas veces nos hicieron bolver dando de manos. Ansí estuvimos todos este día hasta puesta de sol; los indios sin entendello nos hechaban el rrío en el llano donde estávamos y de aguardar más pereciéramos aquí todos.» P. Pizarro.

136. — < Y para castigarlos por la muerte destoa tres es pañoles juntólos en un aposento donde estaba aposentado y mando cavalgar la gente de cavallo y la de á pié que guardasen las puertas y todos estuviesen apercividos y los prendió y en conclusión hizo quemar más de treinta señores vivos atados cada uno á su palo.» Conq. y Pob. del Pirú.

Oviedo, que siempre manifiesta en sus escritos el duro carácter del colono, disculpa este acto con la vieja escena de la necesidad, y dice que fué necesario este castigo, añadiendo: que después de veiificado se podía enviar un mensajero de un extremo á otro del país sin temor de que le maltratasen.»

137 — «Anduvieron como ciento cincuenta leguas; y muy cerca del fin del mundo, como le dijeron.» Oviedo.

138 — Para que no se de mucho crédito á diccionarios enciclopédicos, etc., publicamos la definición que da de Atacama, el que lleva en su primera página este pomposo título: «Biblioteca ilustrada de Gaspar y Roig. Diccionario enciclopédico de la lengua española, con todas las vozes, frases, refranes y locuciones usadas en España y las américas españolas, en el lenguaje común antiguo y moderno; las de ciencias, artes y oficios; las notables de historia, mitología y geografía universal, y todas las par' ticulares de las provincias españolas 5' americanas, por una sociedad de personas especiales en las letras, las ciencias y las artes.» Y sigue la lista de los nombres de veintidós personas, con todos sus títulos científicos y literarios.»

He aquí la definición: t Atacama. Geog. prov. de Buenos Aires, que tiene minas de oro, plata y cobre, que escasamente se benefician.»

En la provincia de Buenos Aires, que es una de las catorce que componen la República Argentina,' no hay tal departamento, pueblo ni aldea que se llame Atacama,

ni que produzca oro, plata ni cobre, por la sencilla razón que en toda esta provincia no hay ninguna mina de metales. ■ '^

Un gran desierto de la República de Bolivia es el que se llama Atacama.

Si se llaman héroes, y con razón, al general San Martín y sus soldados por el pasaje de los Andes en 1816, para Chile, cuando la guerra de la emancipación de las repúblicas Sud-Americanas, y hace comparar este ejército á las legiones de Anibal, en su paso de los Alpes, ¿qué nombre daremos á Pizarro, Almagro, sus jefes y soldados que cerca de tres siglos antes, en disminuto número, en todo su inmenso imperio completamente hostil, en un verdadero nuevo mundo desconocido, que no sabían á dónde estaban ni á dónde iban; y que hambrientos, se dientes, sin vestuario ni calzado, pasan y repasan esas inmensas cumbres de los Andes, por diversas partes; esas abrasadas llanuras, como las de Quito y esos interminables desiertos como el de Atacama, que hoy mismo, con todos los recursos imaginables, casi son inaccesibles?

139. — «Pero la cuestión de jui-isdicción no era fácil de arreglarse, pues dependía del conocimiento de las verdaderas paralelas de latitud, conocimiento que no era probable tuviesen los toscos soldados de Pizarro. El real decreto ponía bajo la jurisdicción de Almagro á todo el país situado á doscientas leguas al Sud del río Santiago á un grado y veinte minutes Norte del Ecuador. Doscientas setenta leguas en el Meridiano, según nuestra medida, hubieran terminado los límites en un grado antes del Cuzco, y apenas hubieran comprendido la ciudad de Lima. Pero las eguas españolas de diez y siete y media por grado hubieran estendido los límites meridionales de la juri.sdiccion de Pizarro á cerca de medio grado mas allá de la capital de los incas, la cual de este modo recaía dentro del término de aquella jurisdicción. Sin embargo, la línea divisoria caía tan cerca del terreno disputado, que racionalmente podía dudarse del resultado verdadero, no habiéndose hecho minuciosas investigaciones científicas para obtenerlo, á pesar de que cada una de las partes aseguraba, como sucede siempre, en tales casos, que sus pretensiones eran claras é incuestionables.» — Prescott.

140. — 'Dice Zarate, que no encontró Almagro en la capital señal alguna de fortificación y que esclamó: — que había sido engañado.

141. — «Ofendido Almagro de la prisión de sus emisarios se preparó á marchar contra Alonso de Alvarado y á adoptar otras medidas mas eficaces para conseguir su sumisión. Su segundo Orgoñez le instó fuertemente antes de su partida para que hiciese cortar la cabeza á los Pizarros, alegando que mientras existiesen, nunca estaría la suya segura, y concluyendo con el proverbio español, de que el muerto no mordía. Pero el mariscal, aunque detestaba á Hernando, se opuso á tan violenta medida. Además de estas con-

í^-'k'íü^'t .j-iíA.

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Bideraciones tenía presente el afecto que todavía conservaba á su antiguo socio Francisco Pizarro y no quería romper para siempre los lazos que les unían. Contentándose, pues, con poner á los presos bajo la custodia de una fuerte guardia en uno de los edificios pertenecientes á la casa del sol, salió á la cabeza de sus fuerzas en busca de Alvarado.» — Fresco tt. . ■

«Cuando Almagro, pasados ocho días, vio que no volvían sus amigos, sospechó al instante lo que era y llamó á consejo á sus capitanes para determinar lo que debía hacerse en semejante coyuniura. Todos opinaron por la guerra^ siguiendo el dictamen del general Orgoñez, el cual resueltamente opinó que empezasen dando muerte á los dos Pizarros presos, y luego fuesen á encontrar con Alonso de Alvarado, en cuyo ejército tenían ellos tantos amigos que al instante que riesen sus banderas, se pasarían de su parte, y así se pondrían en libertad aquellos caballeros, á quienes el Adelantado tenía tanta obligación, pues estaban presos por su servicio. Esquivaba él todo derramamiento de sangre y le detenían todavía los respetos de su antigua amistad con el Gobernador, aunque aborrecía á los dos hermanos, especialmente al insolente Hernando. Por lo mismo no quiso que se tratara mas de aquellas muertes, diciendo que la grandeza se conservaba mejor con los consejos cuerdos y moderados, que no con los vehementes y violentos.» Mostraos en buen hora piadosa, replicó Orgoñez, ahora que podéis; mas tened entendido que si una vez Hernando Pizarro se ve libre, se vengará de voz á toda ?u voluntad, sin misericordia ni respeto alguno»: palabras que anunciaba al pobre Almagro la suerte que le aguardada, si al fin venía á caer en manos de aquel hombre inexorable y cruel». — Quintana.

142. La máxima de Orgoñez era que de los enemigos los menos, especialmente cuando eran caudillos, porque

decía: «que perro muerto ni muerde ni ladra.» Cuando le llegó la orden de Almagro para que no se procediese á la rigurosa ejecución, contestó con ceño y desabrimiento: «Pues si así lo quiere así sea, y á él le pesará.»

143. «Fernando Cortés embió con Rodrigo de Grijalva en un propio navio suio, desde la Nueva España, muchas armas, tiros, jaeces, aderemos, vestidos de seda y una ropa de mantas. » —Gomara.

144. Dice Espinal, tesorero de Almagro: «que el fraile probó con este fallo que era un verdadero demonio.» Y Oviedo, cita las palabras de un caballero, que dijo: «Que DO se había pronunciado sentencia tan injusta, desde los tiempos de Poncio Pilato.»

146. Cayó enfermo y estuvo á punto de muerte de bubas y dolores. Calamidad grande fué que viniese á sufrir en aquellas circunstancias críticas el castigo de los pecados cometidos en su mocedad; pero

^ Del vicio que nos domina

^ "í ha hecho, por justa sentencia

la Divina Providencia el móvil de nuestra ruina.» — Espinal.

146. Dice Herrera, que llegó la arrogancia de Pizarro hasta decir, que todo aquel territorio le pertenecía hasta el estrecho de Magallanes. ; " ; '^^ ;v" 'ü > ■;'^.

147. Llevaba Hernando Pizarro un penacho blanco, y sobre la armadura una túnica de terciopelo ó damasco color naranja, según lo dice Garcilaso, y que antes de la batalla hizo advertir á Orgoñez de esta circunstancia, para que pudiese distinguirlo de los demás; pero un caballero de los de Hernando llevaba también los mismos colores, lo cual parece fué la causa del error de Orgoñez.

148. La manera insolente con que se jactaba Samaniego de este crimen, indignó á la población de Puerto Viego, y cinco años después fué ahorcado por orden del gobernador.

149. «Murieron en esta batalla de las Salinas casidozientos hombres de una y otra parte. » — Pedro Pizarro.

150. «Siguieron el alcance lo mas cruelmente que en el mundo se ha visto, porque mataban á los hombres rendidos é desarmados, é por le quitare las armas loa matavan, si presto no se las davan é trayendo á las ancas de un caballo á un Rui Diaz viniendo rendido é desarmado le mataron, é desta manera mataron más de ciento é cincuenta hombres.» — Espinal.

En el sitio de la batalla erigióse una iglesia dedicada á San Lorenzo, en la cual fueron enterrados los cuerpos de los muertos en esta acción. -

151. «Los indios viendo la batalla fenescida, ellos también se dejaron de la suia iendo los unos y los otros á desnudar á los españoles muertos y aun á algunos vivos que por sus heridas no se podían defender, porque como pasó el tropel de la gente siguiendo la victoria, no huvo quien se lo impidiese; de manera que dejaron en cueros á todos los caídos.»- -Zarate.

152. «Pensar 'que Hernando Pizarro se había de ablandar con lástimas y razones era pensar en delirio.

Cuando antes de la batalla los tránsfugas de Almagro le decían, para congratularse con él, que el adelantado quedaba tan enfermo que sería ya muerto: no me querrá Dios tan mal, exclamaba él, que le deje morir, sin que yo le tenga en mis manos.» — Herrera.

153. «El obispo Vaiverde, según él mismo asegura al emperador, se presentó á Francisco Pizarro en Lima y reclamó se hiciese contra toda violencia al mariscal, diciéndole que su deber exigía imperiosamente que marchase su persona al Cuzco y le pusiese inmediatamente on libertad. «Era un asunto demasiado grave, añade justamente para confiarlo á terceras personas.» (Carta al

•mi3^iip.mk!iá:á%éffs¿B^^^^Sá^¿^\á. '«'■i<?i.i

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emperador.) El tesorero Espinal, que entonces se hallaba en el Cuzco, hizo también esfuerzos, aunque sin fruto, para disuadir á Hernando de su propósito. > — Preseott. . :■ y

164. «La odiosidad de esta ejecución recayó al principio toda sobre Hernando, como instrumento inmediato y visible de ella; mas después se fijó con mas encono en el Gobernador, como principal autor de aquel desastre, hecho á su nombre y bajo su autoridad, sin que él, en tanto tiempo como duró el proceso, hiciese el menor esfuerzo para impedirle. »— Quintana.

Cometió además Pizarro la felonía de engañar á todos, principalmente al joven Almagro á quien dijo: «que no tuviese ninguna pena, porque no consentiría que su padre fuese muerto. >— Herrera.

165. «Detúvose en Jauja cuanto le pareció necesario por ser desembarazado de su competidor, y la noticia de su muerte le cogió ya vuelto á poner en camino y cerca del puente Mancay. Sus amigos contaban que al oiría estuvo gran rato con los ojos bajos, mirando al suelo y derramando lágrimas: otros aseguran que cerrado el proceso, su hermano le envió á pregjntarlo que debía de hacerse, y que la respuesta fué: — que hiciese de modo t^ue el adelantado no le pusieseen más alborotos.

Xo se opone lo uno alo otro, y estos grandes comediantes, que se llaman políticos, tienen á su mandato la.s lágrimas, cuando ven que les conviene». Quintana.

156. — «Muy ásperamente le respondió el gobernador don Francisco Pizarro diciendo que su gobernación no tenía término y que llegaba hasta Flandes». Herrera.

167. — «Viéndolos hoy día muertos de hambre, fechos pedazos é adeudados, andando por los montes desesperados por no parecer ante gentes, sino de ropa de los indios, ni dineros con que lo comprar. Espinal.

158. — cNo consienta vuestra señoría que se junten diez ^hombres en cincuenta leguas alrededor de donde vuestra señoría estuviere, porque si los deja juntar le han de matar. Si á vuestra señoría matan, yo negociaré mal y de vuestra señoría no quedará memoria. I abrazando al marqués se partió y se fué>. Pedro Pizarro.

«Antes de su partida aconsejó á su hermano que se í'uardase de los hombres de Chile, como se llamaban á los de Almagro; porque eran hombres desesperados que en nada repararían para vengarse. Díjole que no les permitiera reunirse en cualquier número que fuese, á distancia de cincuenta leguas de su persona; porque si lo hacía, su condescendencia le sería fatal.

Por último, le recomendó mucho que se rodease de una fuerte guardia, añadiendo: porque no estaré yo aquí para velar por vos. Pero el gobernador se burló de estos que él llamaba vanos temores, y le dijo que no temiese por

su vida, pues cada cabello de los soldados de Almagro era una garantía de su seguridad>. Herrera.

169. — «Pero todo lo atajó la repentina muerte de Diego Alvarado, que sucedió luego en cinco días, no sin sospecha de veneno». Herrera.

«Alvarado, mas acostumbrado á la pronta y decisiva acción de un campamento, que á las torturas intrigas de una corte, se irritó al ver la dilación y citó á Hernando para arreglar su disputa en singular combate. Pero su prudente adversario no tenía el menor deseo de esponer su causa á semejante prueba y el negocio terminó prontamente con la muerte del mismo Alvarado, acaecida cinco días después del desafío, muerte tan oportuna, que naturalmente sujirió la sospecha de haber sido efecto de un veneno>. Preseott. .\ ,,-

«Aveníase esto mal con la impaciente vehemencia de Alvarado, y no queriendo aventurar la venganza de su muerto amigo á, medios tan inciertos y prolijos, apeló á las armas de caballero. Envió pues á Hernando un cartel de desafío en que le provocó á salir al campo, obligándole aprobarle allí con su espada que en su pvoceder con el adelantado Almagro había sido hombre ingrato y cruel, mal servidor del Rey y fementido caballero. No se sabe lo que contestó Hernando; pero el bizarro Alvarado falleció de una enfermedad aguda de allí á los cinco días; y muerte tan oportuna, atendiéndose al carácter perverso que se le conocía en su adversario, no se creyó exenta de malicia. Así acabó víctima de su amistad y de sus bellos sentimientos (1540,) este hombre amable y leal, tan tierno y consecuente en sus cariños, tan franco y noble eu sus odios, y cuyo carácter, en medio de las atrocidades y alevosías que al rededor de él se cometen, sirve como de consuelo al ánimo aflijido con ellas, y vuelve por el honor de la especie humana envilecida». Quintana. .

160. — Asi viene á deducirse de la información hecha hacia los años de 1625 por un nieto suyo, para la verificación del título de marqués, que se halla entre los documentos de Muñoz». Quintana.

«El nieto de Hernando fué creado por Felipe IV marqués de la Conquista y obtuvo una gran pensión del gobierno». Pizarro y Orellana.

161.— «Se tomó una muger de mango ynga, que él quería mucho y se guardó, creyendo que por ella saldría de paz. Esta muger mandó matar el marqués después en Jucay, haciéndola varear con varas y flechar con flechas por una burla que mango ynca le hizo que aquí contaré, y yo que entendiendo por esta crueldad y otra hermana del ynga que mandó matar en Lima, qnando los indios pusieron cerco sobrella, que se llamaba Arcapay, me paresca á mí que nuestro Señor le castigó en el fin que tuvo». Pedro Pizarro.

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162. — Tratando Cieza de León de la belleza y solidez de los edificios de Guamanga, dice: <En la qnehan edificado las mayores y mejores casas que ay en todo el Perú, todas de piedra, ladrillo y teja, con grandes torres, de manera que faltan aposentos. La plaga está llana y bien gr»nae>. , f> ;;v^.'VW-o'='-^'x^^ - • .:■' ^f'-^'.' '

163. — Esta escena, con las mismas ideas, y casi con las mismas palabras, que en ella se profirieron, es, como todas las de esta historia, completamente orijinal, y que he procurado escribir en ciertos pasajes con minuciosidad y detalles para darla los pormenores necesarios y su peculiar carácter. Y esta advertencia sirva por todas á este respecto. /

164. — La entrevista de Pizarro con Rada, no hizo más que inspirar á aquel más confianza, y después de referirla Quintana detalladamente, dice lo siguiente: «Esta escena en que los dos al parecer se explicaban con ingenuidad, y que acobó de un modo tan pacífico y amistoso, no produjo otro efecto que prolongar la confianza del gobernador y animar á los conjurados á precipitar su designio. Temían ellos ser destruidos, si el marqués volvía á sus rencores ó á sus sospechas, mientras que él, juzgando que ellos no trataban más que de defenderse, y no pensando por su parte hacerles mal ninguno, creía por esto solo tenerlos seguros. Llovían sobre él avisos de lo que los conjurados trataban principalmente en los dos días que precedieron á la catástrofe. Dos veces se lo advirtió un clérigo á quien uno de los de Chile se lo había descubierto; una de ellas cenando en casa de Francisco Martínez, su hermano; él respondió que aquello no tenía fundamento y que parecía dicho de indios ó deseo de ganar un caballo por el aviso; y se volvió á la mesa sin hacer más diligencias, aunque á verdad no volvió á probar bocado. Aquella misma noche al acostarse, un paje le dijo que por toda la ciudad se sonaba que al día siguiente le habían de matar los de Chile; y muy enojado le envió en mal hora, diciéndole: <Esas cosas no son para tí, rapaz». A iá mañana siguiente, último día que había de vivir, le anunciaron lo que le tenía dicho el paje, y se contentó condecir tibiamente á su alcalde mayor, el doctor Juan Velazquez, que prendiese á los principales de Chile. Habíaselo mandado otra vez y con igual tibieza, como si no se tratara de peligro suyo personal. El doctor, que ya le tenía dicho que mientras él regentease la vara que llevaba en la mano no tuviese temor alguno, le volvió á dar la misma seguridad y le ofreció adquirir las noticias convenientes. Cosa por ciei'to bien digna de notarse, que ya que él tomaba este negocio con tanta indiferencia, ni su hermano Martinez de Alcántara ni su secretario Picado, á quienes tanto iba en. ello, ni sus demás amigos, noticiosos como debían ya estar de estos rumores, no tratasen ■je reunirse, de acompañarle y de formar una guardia al

rededor de su persona^ que atajase los designios de aquellos hombres determinados. Mas la ciega confianza que él manifestaba, se comunicaba á los otros, y prosiguió cerrando los oídos á todos los avisos de la providencia, como si fuera mengua del valor ó descoro de la grandeza, suponer que alguno se le atreva. Asi en tales casos los hombres valientes se pierden por el exceso de su arrogancia, á la manera que los pusilánimes suelen precipitar su ruina por el exceso de sus temores. »

«Pues un día antes un sacerdote clérico llamado Benao fué de noche y avisó á Picado el secreptario y díxole». Mañana domingo, cuando el inarquéz saliere á misa, tienen concertado los de Chile de matar al marquéz y á vos y á sus amigos. Esto me ha dicho uno en confession para que os venga á avisar.» Pues sabido esto Picado se fué luego y le contó al marquéz, y él le respondió: «Ese clérigo obispado quiere.» Pedi'o Pizarro.»

165, — «Entraron en la plaza, y uno de ellos Gómez Pérez, por no mojarse los pies en un charco de agua que acaso allí había derramado de una acequia, hizo un pequeño rodeo. Reparó en ello Juan de Rada, y entrándose por el agua, se va á él mal enojado y le dice: «¿Con qué vamos á mancharnos en sangre humana / rehusáis mojaros los pies con agua? Vos no sois para el caso: ea, volveos;» y sin consentirle pasar adelante le hizo al punto retirar, y Gómez no a^stió al hecho. Este hecho sin duda era atroz y criminal; pero no alevoso ni vil. A la mitad del día y gritando furiosos; «¡Viva el Rey! ¡Mueran los tiranos!» atraviesan la plaza y se abalanzan á las casas de su enemigo, como quien á banderas desplegadas y al eco de los atambores asalta una plaza fuerte. Nadie les salió al encuentro en el camino, y sea indiferencia, sea odio á la dominación presente, de cuantos á aquella hora estaban en la plaza, y quizá pasaban de mil, ninguno se opuso á su intento, y los veían y dejaban ir, diciéndose fríamente unos á otros: Estos van á matar á Picado ó al Márquez.» Montesinos.

Es incidente entre Gómez Pérez y Rada, agrega Montesinos; «que pinta muy al vivo la penetración y denuedo del protagonista de esta jornada.»

166.— Refiriéndose á la huida de Velauzquez, dice Zarate: «En la cual no parece haber quebrantado su palabra, poi'que después huiendo (como más adelante se dirá,) al tiempo que quisieron matar al marquéz, se hecho de una ventana abajo á la huerta con lavara en la boca.»

«No se olvidaron de buscar á Antonio Picado y iendo en casa del tesorero Alonso Riquelme, él mismo iba diciendo:— no sé adonde está el señor Picado, — y con los ojos le mostraba y le hallaron debajo de la cama.» Herrera. rf-

167.— «Murió pidiendo confesión y haciendo la señal

* ; de la cruz, sin que nadie dijese: ¡Dios te perdone! Gomará.

Pizarro y Orellana parece uo tener duda que su pariente murió en olor de santidad y dice:

, «Allí le acabaron los traidores enemigos, dándole cruelísimas heridas, coa que acabó el Julio César español, estando tan en sí, que pidiendo confesión con gran acto de contricción, haziendo la señal de la cruz con su misma sangre y besándola murió.»

■ El día 3 de Abril de 1822, regaló la Municipalidad de Lima, como espresion de gratitud, al libertador general San Martin, el estandarte de Pizarro, símbolo ya de la autoridad real destronada .

168 — € Sobrevino un gran terremoto, con tsmblor y tempestad de agua y relámpagos y rayos y graudes truenos, que habriéndose la tierra por muchas partes, se hundieron quinientas casas. > Zarate.

Y á esto agrega Prescott: «Nada más satisfactorio para el lector que el número preciso y redondo; y sin em - bargo, nada menos digno de crédito.»

169— Calculándose en metros 1.72, la longitud de los brazos estendidos del hombre, ó sean dos varas, hacen una circunsferencia de m. 27.63 ó sean 32 varas que es mucho más de lo que tiene el árbol más corpulento de Europa. El famoso jigante de los bosques qu e encontró Humboldt en Oajaca, en 1839, y midió con toda exactitud tenía m. 32.12 ó sean 37 li3 varas, á la altura de más de un metro del suelo, que es también como medirían los conquistadores.

170— «Al cabo de este largo camino hallaron que el río hazia un salto de una peña de más de doscientas bra(;as de alto: que hazía gran raydo, que lo oyeron más de seys leguas antes que llegasen á él.» Garcilaso.

«Los viajeros modernos, de los cuales pocos han penetrado en estas regiones agrestes, nada dicen que pueda confirmar ni refutar la existencia de esta estupenda catarata. La altura que se le atribuye, aunque dos veces mayor que la que tiene, según la medida de Humboldt, la gran catarata de Tequendama en el Bogotá, la más alta de América, según se cree generalmente, no es tan grande sin embargo como la de algunos torrentes en Suiza. Con todo, no puede darse crédito con seguridad al cálculo de los españoles, porque en el triste estado en que se encontraban, lo terrible y lo sublime producía en ellos una impresión acaso exajerada de lo qne veian.» • Prescott.

171. — «Finalmente Gonzalo Pizarro entró en Quito triunfando del valor i sufrimiento i de la constancia, recto é inmutable vigor del ánimo, pues hombres humanos no se hallan ha ver tanto sufrido ni padecido tantas desventuras.» Herrera. " ;

Y Prescott, refiriéndose á este autor, agrega: «Este último escritor al terminar la historia de la espedición hace un panejírico del valor y constancia de sus compatriotas, panejírico que es preciso reconocer que era bien merecido.» ' '*..'- ^^^':<

172. — «Siendo informado que andavan ordenando la muerte á Antonio Picado, secretario del marqués que tenían preso, fui á don Diego é á su capitán general Joan de Herrada é á todos sus capitanes, i les puse delante el servicio de Dios i de S. M. y que bastase en lo fecho por respeto de Dios, humillándome á sus pies por que no le ma-

tasen: i no bastó, que luego dende á pocos días lo sacaron _^ . á la plaza desde ciudad donde le cortaron la cabeza.» ;- Carta de Val verde, desde Tumbez. ; '. '\ ;

«Que el señor obispo frai Vicente de Val verde, como ' persona q-ie jamás ha tenido fin ni celo al servicio de Dios ni menos en la conversión de los naturales en los poner ó * doctrinar en las cosas de nuestra santa fée católica, ni menos en entender en la pazé sosiego destos reinos, sino :. á sus intereses propios, dando mal ejemplo á todos.» Carta del joven Almagro á la Audiencia de Panamá.

173.— Según Garcilaso, murieron dieziseis hombres de esta maravillosa descarga hecha por Almagro.

Y Zarate dice: «porque un tiro llevó toda una hilera ó hizo abrir al escuadrón, y los capitanes pusieron gran diligencia en hacerla cerrar, amenazando de muerte á los soldados con las espadas desenvainadas y se cerró.» . '

174. — Dice Herrera, que creyendo Almagro segura la victoria, gritaba: prender y no matar.

Una carta del Ayuntamiento de Arequipa elojia á Vaca de Castro por haber decidido de la suerte de la batalla y el arrojo que desplegó y no era de esperarse á su edad y profesión.

Y Zarate refiere; «Se arrojai'on en los enemigos como desesperados, hirieron á todas partes, diciendo cada uno por su nombre: — Yo soy fulano, que mató al marquésj — y así anduvieron hasta que los hicieron pedazos.»

Varios de los escritores que narran esta batalla, estuvieron en ella; y casi no hay discrepancia entre ellos, ni en los detalles.

176. — Que las justicias dan cédulas de Anaconas que por otros términos los hacen esclavos á vivir contra su - . voluntad, diciendo: Por la presente damos licencia á vos *.

Fulano para que os podáis servir de tal indio ó de tal . india, é sacar donde quiera lo hallaredes.» Previsor Mo- \ rales. ' ' ■ '-'''^ "'"'' '.ií"

«Es general el vicio del amancebamiento con indias y al- i? gunos tienen cantidad dellas como en serrallo.» Morales.

«Muchos españoles han muerto y matan increíble cantidad de ovejas por comer solo los sesos, hacer pasteles del tuétano i candelas de la grasa.» Morales.

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«Ahora no tienen que comer ni donde sembrar, y así van á hartallo como solían, delito porque han aorcado á machos. > Morales.

El bachiller Luis de Morales, que vivió dióziocho ó veinte años en el Cuzco; y en 1541, por el tiempo de la llegada de Vaca de Castro en el Perú, preparó un memorial dirijido al gobierno que comprendía ciento nueve capítulos.

En él trata de la situación del. país y de los remedios que su caritativo celo le sugería. Las notas del emperador puestas al margen muestran que la corte lo examiné con atención. No hay razón, para desconfiar del testimonio de este autor^ y Muñoz ha dado algunos estractos notables del memoriiil en su colección.

cSe puede afirmar que hicieron los españoles mas daño con solo cuatro años que el Inga en cuatrocientos. » Ondegardo. .... I

€ Todos los conventos de Dominicos y Mercenarios tienen repartimentos. Ninguno dellos ha dotrinado ni convertido un indio. Procuran sacar dellos cuanto pueden trabaj a ríes en gragerías; ,con esto y con otras limosnas enriquecen. ¡Mal ejemplo! Además, no pasan frailes, sino precediente diligente examen de vida i doctrina. (Relación de las cosas que S. M. debe proveer para los reinos del Perú, enviada desde la ciudad de los Reyes 1542 por el licenciado Martel 6antoyo.)

«Tengo en mi poder muchos de estos Memoriales ó Relaciones como se llamaban, redactadas por residentes en contestación á las preguntas propuestas por el gobierno. Estas preguntas, aunque su principal objeto era averiguar los abusos existentes é invitar á que se propusiera el remedio, versan muchas veces sobre las leyes y costumbres de los antiguos incas. Las respuestas, por tanto, son de gran valor para las investigaciones históricas. El mas importante de los documentos que poseo es el escrito por Ondegardo, gobernador del Cuzco, que comprende cerca de cuatrocientas páginas en folio, y que en otro tiempo I formó parte de la rica colección de Lord Kingsborouh.

Es imposible recorrer estas concienzudas relaciones sin convencerse pr-ofundamente del celo con que procuró la corona averiguar los abusos introducidos en el gobierno interior de las colonias y del sincero propósito que tenía de remediarlos.

Por desgracia muchas veces los mismos colonos no secundaron tan laudable intento.» Prescott.

176. — Apresuró Las Casas la sanción del célebre código, manifestando al emperador: «que la santa sede solo concedía el derecho de conquista á los soberanos con la esclusiva condición de convertir á los infieles; y que el Omnipotente tomaría en cuenta todo el innecesario tiempo, que tardase en cumplir tal condición;» así, pues, fué sancionado en seguida por el monarca y publicado en Madrid en Noviembre de 1646.

Herrera lo publica íntegro en su Historia general de las Indias. ' .

177. — En una carta dirigida por Benalcázar á Carlos V dirije una serie de invectivas á las nuevas ordenanzas ó código, esponiendo, que despojando á los dueños de sus esclavos, se reduciría el país á la miseria. Era Benaicá zar uno de los caudillos mas respetables; y su carta e una buena muestra de los argumentos de su partido en contestación á los de Las Casas. , ,,

178. — tQue así me la ha vía de contar á mí i á todos los que havía leido notablemente, como él decía, culpados en la batalla de las Salinas i en las diferencias de Almagro, i que una tierra como esta no era justo que estuviese en poder de gente tan baxa, que llamaba él á los desta tierra porqueros i arrieros, (aludiendo al origen de los Pizarros,) sino que estuviese toda en Ja corona real.» Carta de Gonzalo Pizarro á Valdivia.

179. — «Diciendo que no quería nada para sí, sino para el beneficio universal, i que por todos había de poner todas sus fuerzas.» Herrera. . ^ . » ;

«Acéptelo por ver que en ello hacía servicio á Dios, á S. M. y gran bien á esta tierra 3' generalmente á todas las Indias.» Carta de Gonzalo Pizarro á Valdivia.

180. — «Porque llanamente él confesaba que así para su magestad como para aquellos reinos eran perjudiciales. > Zarate.

181. — «El visorrey les mandó comprar de la hacienda real treinta y cinco machos, en que hubiesen la jornada, que costaron mas de doce mil ducados. » Zarate.

182.— «Dióle en el pecho con la daga, según dicen, pero el virrey lo niega.» Esto dice Zarate en un ejemplar impreso de su historia, (lib. V, Cap. XI.) En el manuscrito orijinal, que todavía existe en Simancas, refiere el hecho sin comentario alguno. «Luego el dicho virrey echó mano á una daga i arremetió con él, i le dio una puñalada, i á grandes voces mandó que le matasen. » Zarate. Esta era sin duda su leal convicción cuando escribía en el mismo sitio y poco después del acontecimiento. Pero sin duda juzgó político y prudente modificar sus impresiones antes de dar la obra á la estampa.

Otro autor contemporáueo, bien enterado de estos sucesos y amigo del virey, se expresa de este modo: «Dicen que le hizo varias heridas con la daga:> y no trata de refutar de ninguna manera el cargo. (Relación de los sucesos del Perú).

Esta versión parece en efecto ser la mas generalmente recibida en aquel tiempo por los que tenían los mejores medios de saberla verdad.» Prescott.

183. — «E hízose sin que muriese un hombre ni fuese herido, como obra que Dios la guiara para bien desta tierra.» Gonzalo Pizarro á Valdivia.

184. — El historiador Zarate fué mandado al Perú entre el séquito del virey Nuñez Vela, — y no hay que confundir-

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le con el oidor, — para examinar el estado de la hacienda de esa colonia é informar á la corte. > ,

Trae Prescott, respecto á los historiadores Zarate y Herrera y otros los siguienies datos:

ZARATE Y FkRNAXDEZ DE PaLENCÍA.

Agustín de Zarate, autoridad respetable y muchas veces citada en la última parte de esta obra, era contador de Mercedes en Oastilla. Ocupó este empleo por espacio de quince años, al cabo de los cuales fué enviado al Perú para examinar el estado de la hacienda colonial, desorganizada á consecuencia de los recientes distíirbioa, é introducir en ella el orden posible.

Zarate salió, pues, con el séquito del virey Blasco Núfiez y por las pasiones imprudentes de éste se encontró nmy luego envuelto en el laberinto de las discordias civiles, y al acercarse don Gonzalo á Lima, le encontramos en aquella capital de donde salió comisionado por los jueces para intimar al jefe insurrecto que disolviese sus tropas y volviese á sus estados. El historiador ejecutó esta comisión^ que parece no le agradó mucho y que no dejaba de ser arriesgada. Desde entonces raras veces hallamos su nombre entre los actores de las ajita das escenas que siguieron. Probablemente no tomó mas parte en los sucesos que la que indispensablemente exigían sus circunstancias; pero sus observaciones desfavorables á Gonzalo Pizarro, indican que aunque desaprobó la conducta del virey, estuvo muy lejos de aprobar la criminal ambición de su rival. Los tiempos eran ciertamente poco propicios para la ejecución de las reformas que Zarate había llevado encargo de plantear en el Perú. Pero mostró tantos celos por los intereses de la corona, que el emperador á su vuelta le dio una prueba de su satisfacción, nombrándole superintendente de la hacienda en Flandes.

Poco después de la llegada al Perú parece que fué cuando concibió la idea de informar á sus compatriotas de los extraordinarios sucesos que pasaban en la colonia, sucesos que además presentaban notables pasajes al estudio del historiador. Aunque recojió notas y diarios, según nos dice, para este fin, no se atrevió á aprovecharse de ellos hasta su vnelta á Castilla; porque dice: «haber empezado la historia en el Perú, habría sido lo bastante para poner mi vida en peligro; porque cierto capitán llamado Francisco de Oarbajal amenazaba que se vengaría del que fuere bastante temerario para intentar las relaciones de sus hazañas, las cuales, mas que recordarse y escribirse, merecían condenarse á eterno olvido.» En este capitán el lector reconocerá fácilmente al veterano maestre de campo de Gonzalo.

A su vuelta á España, Zarate se ocupó en componer su obra. Primero pensó limitarse á referir los acontecimientos que siguieron á la llegada de Blasco Nuñez, pero pronto conoció que para que estos fuesen inteligibles

tenía que remontarse hasta su origen. Estendió por tanto mas su plan, y empezando por el descubrimiento del Perú, presentó un cuadro completo de la conquista y subsiguiente ocupación del país, y terminó su narración con la misión de Gasea.

Para la primera parte de su historia se refiere á las re laciones de los que figuraron mas principalmente en los sucesos, siendo mas breve al contar estos que al referir aquellos de que fué á un tiempo actor y espectador, y en los cuales, consideradas las ventajas de su posición para adquirir informes, su testimonio es del mayor valor.

Alcedo, en su Biblioteca Americana, dice que: «la obra de Zarate contiene mucho bueno, pero que no merece el dictado de exacta». Escribió en efecto bajo la influencia del espíritu de partido, que necesariamente separa un tanto á ios mejores ám'mos de sus naturales inclinaciones; y esto debemos tenerlo en cuenta al leer su narración. Pero no aparece en ella intención alguna de desfigurar la verdad por favorecer su causa, y la proporción que tenía para beber en las mejores fuentes, hace que se encuentren en su obra pormenores que no pudieron adquirir otros cronistas. Hállase además su relación sazonada con reflexiones y comentarios regulares, que ilustran algunos pasajes oscuros de aquel período fecundo en acontecimientos. Sin embargo, por su estilo no puede aspirar demasiado al lauro de la elegancia y de la corrección; al paso que sus sentencias llegan á tener á veces aquella es tención fastidiosa é interminable que distingue las gárrulas composiciones de los cronistas medíanos délos siglos antiguos.

Las personalidades en que necesariamente había de incurrir en semejante obra, hicieron desistir al autor de su publicación, á lo menos durante su vida. *E1 celoso caballero castellano, dice, mira con indignación la censura por más leve que sea y aún la alabanza raras veces le parece bastante para lo que él merece. «Así manifiesta estar convencido de que obran sabiamente aquellos que conservan en manuscritos las historias de su tiempo hasta que haya pasado la generación cuya susceptibilidad puede afectarse con ellas. Su manuscrito, sin embargo, fué presentado al emperador y fué tan recomendado por el soberano, que Zarate, cobrando ánimo, consintió en darlo á la prensa. Apareció, pues, en Am- • beres en 1555, en octavo, y en 1577 se hizo en Sevilla una segunda edición en folio. Después ha sido incorporado en la preciosa colección de Barcia, y cualquiera que fuese la indignación ó desagrado que escitase entre sus contemporáneos, ya por que se viesen censurados, ya porque no hallasen en sus páginas los elogios que creyeron merecer, es lo cierto que la obra de Zarate ocupa un lugar permanente entre las más respetables autoridades para la historia de aquel tiempo.

El noníbre de Zarate naturalmente recuerda el de Fer-

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nandez, porque ambos trabajaron en el mismo campo histórico. Diego Fernandez de Falencia, ó el Palentino, según comúnmente se le llamaba, pasó al Perú y sirvió como particular en el ejército real, levantado para reprimir la insurrección que estalló después de la vuelta de Gasea á Castilla. En sus ocupaciones militares halló tiempo para recoger materiales para la historia de aquel períod®, para cuya composición fué instado además por el virey Mendoza, marqués de Cañete, que según el mismo autor nos dice, le nombró cronista del Perú. Esta muestra de confianza en su capacidad literaria prueba mayores dotes en Fernandez de las que se infieren de la humilde posición que ocupaba. Con el fruto de sus investigaciones el soldado cronista volvió á España, y al cabo de cierto tiempo completó su historia de la insurrección de Girón.

El presidente del consejo de Indias vio el manuscrito y quedó tan complacido con su leitura que esciió al autor á que escribiese de la misma manera la historia de la rebelión de Gonzalo Pizarro y de la administración de Gasea.

El autor fué además estimulado, según dice en su dedicatoria á Felipe II, por la promesa de una remunerado n departe de este monarca, cuando terminase sus trabajos; promesa muy conveniente y política; pero que inevitablemente suji<íra la idea de una influencia no enteramente favorable á la severa imparcialidad histórica. Esta idea no está en efecto en desacuerdo con la verdad; porque al paso que la narración de Fernandez presenta con estudio la causa del rey bajo el aspecto más favorable, hace muy escasa justicia al opuesto bando. No era posible ciertamente que un escritor pensionado por la corona, disculpase la rebelión; pero hay siempre circunstancias atenuantes, que aunque condenemos el crímeu , pueden servir para mitigar nuestra indignación contra los criminales; y estas circunstancias no se encuentran en las páginas de Fernandez. Es desgracia para el historiador de tales sucesos que sea tan dificil encontrar un escritor dispuesto á hacer justicia al rebelde vencido. El inca Garcilaso, sin embargo, no se ha desdeñado en hacerla en el caso de Gonzalo Pizarro; y aún Gomara, aun - que vivía á la sombra, ó más bien al sol de la corte, ha aventurado algunas veces una protesta generosa en su

favor. La comisión dada á Fernandez le puso en disposición

de adquirir los mejores datos, á lo menos por la parte tocante al gobierno, pues además de la comunicación personal que tuvo con los jefes realistas, pudo leer su correspondencia, diarios y comunicaciones oficiales. Aprovechóse bien de esta oportunidad, y su narración, tomando la historia de la rebelión desde su origen, continúa hasta su estinción final y hasta el término de la administración de Gasea. Así la primera parte de su obra vino á terminar en el principio de la segunda, y el todo pre-

sentaba an cuadro completo de los disturbios del país hasta que se introdujo un nuevo orden de cosas, restableciéndose de un modo permanente la tranquilidad.

La dicción es bastante llana sin aspirar á bellezas retóricas fuera del alcance del autor, ni guardar el carácter sencillo de crónica. La* sentencias están arregladas con más arte que en la mayor parte de las pesadas composiciones de aquel tiempo; y aunque no se advierten pretensiones de erudicción ni de filosofía, la corriente de los sucesos sigue su curso de una manera ordenada, bastante prolija, es cierto, pero dejando una impresión clara é inteligible en el ánimo del lector. Ninguna historia de aquella época puede compararse con esta en la abundancia de pormenores; y á ella han acudido historiadores modernos como fuente inagotable para llenar sus páginas, circunstancia que es por sí sola bastante testimonio de la general fidelidad y de la copia de detalles en la narración. La crónica de Fernandez, así arreglada en dos partes bajo el título de Historia del Perú fué dada á luz en vida del autor en Sevilla en 1671 en un tomo en folio, que era el tamaño del manuscrito.

Herrera, López de Gomara y otros entre las noticias biográficas de los autores que han escrito sobre las colonias españolas, no debe omitirse ciertamente el nombre de Herrera, que es quien más que otro alguno ha trabajado en este vasto campo. La i-elación de los suceso s del Perú ocupa el lugar que le corresponde en su gran obia titulada. Historia general de las Indias, según el plan cronológico á que se halla arreglada. Pero uo como sugiere reflexiones distintas de las que se deducen de las demás partes de la obra, me tomaré la libertad de remitir al lector al postscriptum del libro tercero de la Conquista de Méjico, donde habla con estensión de ella y de su entendido autor.

Otro de los cronistas á quien he citado frecuentemente en el curso de esta narración, es Francisco López de Gomara. También encontrará el lector noticias relativas á este autor en el postscriptum de) libro quinto de la Conquista de Méjico. Pero como mis observaciones sobre sus escritos se limitan en esta obra á la Crónica de Nueva España, bueno será añadir aquí algunas reflexiones sobre su Historia de las Indias, trabajo más importante y en que la histoi'ia del Perú ocupa una parte muy principal.

La Historia de las Indias tiene por objeto dar en una breve narración el cuadro de todas las conquistas que habían hecho los españoles en las islas y en el continente americano hasta mediados del siglo XVI.

Para esto Gomara, aunque no parece que haya estado en el Nuevo Mundo, se hallaba en situación de adquirir los mejores informes. Estaba bien relacionado con los principales personajes de su tiempo, y de sus labios recogió los pormenores para su historia, al paso que, viviendo en la corte podía saber ia impresión que hacían

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los sucesos, que iban ocurriendo en aquellos que eran más competentes para formar juicio acerca de ellos. Así pudo introducir en su obra muchos detalles interesantes que no se encuentran en otros escritos de la misma época. Sus investigaciones no se limitaron meramente á los actos de los conquistadores, sino que se estendieron á los recursos generales de los países que se proponía describir y especialmente á su aspecto físico y á sus produccione.s. El plan de su obra no menos que su dicción muestran que había cultivado las letras y era práctico en el arte de la composición. En vez de la naturalidad agradable, pueril, de los antiguos cronistas militares, Gomara al hablar de los diversos sucesos, emplea la crítica picante y aguda del hombre de mundo, y sus descripciones están hechas con aquella elocuente concisión que forma notable contraste con los largos y pesados párrafos de los clérigos analistas. Estas dotes literarias, unidas á la creen cia general y fundada de que el escritor poseía los mejores datos, han librado sus producciones del olvido en que comunmente caen las obras manuscritas y le proporcionaron en su tiempo la satisfacción de ver más de una edición de ellas. Su obra sin embargo, no lleva el mayor sello de autenticidad. El autor admite fácilmente en sus páginas relaciones que no están apoyadas en testimonios contemporáneos, y lo hace, no por credulidad porque más bien era incrédulo, sino porque al parecer le faltaba el verdadero espíritu de investigación históri- ' ca. En su mismo tiempo se le tachó de descuidado en sus asertos, (para usar de la frase más templada;) y Garcilaso nos dice que cuando algunos caballeros peruanos le exijieron rectificarse algunos errores, que en agravio de ellus había cometido, el historiador dio explicaciones muy poco satisfactorias. Esta es una gran falta que hace que sus obras para el historiador moderno sean de menos valor que las de cualquier otro cronista más humilde, pero más escrupuloso.

Otra autoridad he citado en esta historia y es la de Gonzalo Fernandez de Oviedo, de quien he hablado en otro lugar. El lector que quiera satisfacer más ampliamente su curiosidad, me permitirá que me refiera á la noticia crítica de su vida y escritos que di en el postscriptum del libro cuarto de la Conquista de Méjico.

Su historia del Perú forma parte de su grande obra titulada: Natural é general historia de las Indias y está comprendida en los libros XLVI y XLVII de su manuscrito, estén" diéndose desde el desembarco de Pizarro en Tumber hasta la vuelta de Almagro de Chile, y abrazando todo lo que propiamente puede llamarse la conquista del país. Su estilo, correspondiente al resto de la obra, no ofrece para la crítica observaciones diferentes de las que ya he hecho en otro lugar sobre el carácter general de sus escritos.

Este eminente personaje fué á la vez erudito y cortesano. Vivió mucho tiempo en la corte donde estuvo re-

lacionado con personas de la mayor distinción; pero también pasó gr.in parte de su vida en las colonias, y á los datos que había adquirido de boca de los demás, pudo añadir el fruto de su esperiencia personal. Su curiosidad infatigable se estendía á todos los ramos de las ciencias naturales, así como á la historia pública y privada de las colonias. Era á la vez su Plinio y su Tácito. Sus obras abundan en caracteres delineados con desembarazo y animación. Sus reñecciones son picantes y á veces se remontan á un tono filosófico mas superior que las preocupaciones de su siglo; y el curso de su historia está agradablemente interrumpido por infinidad de anécdotas personales, que permiten examinar profunda, aunque rápidamente, el carácter délos individuos que pone en acción

Con estas eminentes cualidades y con su respetable posición social, es estrafio que por tan largo tiempo hayan permanecido inéditos tantos escritos suyos, como son la gran Historia de las Indias y sus curiosas Quincuagenas. Esto debe atribuirse en parte al capricho de la fortuna, pues la historia mas de una vez estuvo en vísperas de publicarse y aun se dice que preparada para entrar en prensa. Sin embargo, tienen graves defectos que pueden haber contribuido á que no se haya dado á luz. En su estilo cortado y episódico de composición, parece mas bien una colección de notas para una gran historia, que la historia misma. Puede ser considerada como comentarios, y en este concepto sus páginas son muy estimables y á ellas han recurrido frecuentemente muchos escritores, que se han apropiado con poco escrúpulo las palabras del antiguo cronista, sin el menor reconocimiento al autor.

Es lástima que Oviedo haya mostrado mas solicitud en referirnos lo que era nuevo que en averiguar lo que de esto era verdad. Entre sus buenas cualidades apañas se encuentra la exactitud histórica. Y sin embargo, esto tiene su disculpa hasta cierto punto en el hecho ya mencionado, de que sus escritos, mas bien que el carácter de composiciones acabadas, tienen el de notas sueltas, en las cuales tanto rumores como hechos, y aun los rumores mas contradictorios, están apuntados sin orden alguno, formando una masa heterogénea de materiales, que el discreto historiador puede aprovechar muy bien, para levantar una fábrica simétrica sobre fundamentos mas fuertes y sólidos.

Otro autor digno de mención particular es Pedro Cieza de León. Su Crónica del Perú podía llamarse con más propiedad Itinerario, ó mejor Geografía del Perú, En ella da una minuciosa descripción geográfica del país en tiempo de la conquista, de sus provincias y ciudades, tanto indias como españolas, de sus magníficas costas, de sus bosques, valles é interminables cadenas de montañas interiores, con muchos detalles interesantes sobre la población existente en aquella época, sus trajes, usos, restos arquitectónicos y obras públicas. Al mismo tiempo.

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aunque esparcidas acá y allá, se encuentran en su obra noticias de la primitiva historia social y política del Perú. Es en suma una pintura animada del país en sus relaciones físicas y morales, según se hallaba en tiempo de la conquista, y en ese período de trancisión en que quedó por primera vez sujeto á la influencia europea. La concepción es una obra en aquel siglo, y con arreglo á un plan tan fi'osófico, que nos recuerda el de Malte-Bron en nuestros días, parva componere magnis, demuestra por sí misma lo vasto del talento de su autor. Era esta tarea sumamente difícil cuando aun uo había camino «bierto á las investigaciones del anticuario, ni podía recurrirse á las noticias del viajero ni á las medidas del explorador cientíñco. Sin embargo, las distancias de un punto á otro están cuidadosamente señaladas por el ingenioso compilador, y el aspecto de las diferentes poblaciones y sus caracteres particulares descriptos con suficiente precisión, atendida la naturaleza de los obstáculos que tuvo que vencer. Además la ejecución literaria de la obra es altamente recomendable, y su estilo á veces rico y pintoresco. El autor describe las grandes y magníficas escenas de las cordilleras con una sensibilidad que embelesa y que no se encuentra muchas veces en el desabi'ido topógrafo, y menos todavía en el tosco conquistador.

Cieza de León pasó al Nuevo Mundo según el mismo nos dice, á la edad de trece años. Pero hasta el tiempo de Gasea no hallamos su nombre entre lo3 actores de las animadas escenas de la guerra civil, en que acompañó al presidente contra Gonzalo Pizarro. Su Crónica, ó á lo menos sus notas para ella, fueron complicadas en el tiempo que pudo robar á sus mas turbulentas ocupaciones, y al cabo de diez años de haberla emprendido, en 1650, completó la primera parte, (que es todo lo que tenemos,) cuando el autor llegaba á cumplir treinta y dos años. Eata primera parte apareció en Sevilla en 1553 y un año después en Amberes; y una traducción italiana impresa en Roma en 1655 demuestra la rápida celebridad de la obra. La edición de Amberes, que es una de las usadas por mí en esta historia, tiene la forma de 12°; está escelentemente impresa y adornada con grabados en madera, en que el demonio, (porque el autor tenía mucho de la credulidad de los antigaos), con su acostumbrado acompañamiento fantasmagórico, se aparece frecuentemente en figura corporal. Eu el prólogo Cieza anuncia su propósito de continuar la obra publicando otras tres partes para describir la antigua historia del país en tiempo de los incas, su conquista por los esp.;ñoles y las guerras civiles que siguieron. Inserta también con curiosa minuciosidad los epígrafes de varios libros de su proyectada historia: Pero la primera parte, como ya he dicho, es la única que se completó; y el autor, habiendo vuelto á España, murió en este país en 1560 á la prematura edad de cuarenta y dos años, sin haber realizado parte alguna del magnífico planque con tanta confianza se trazara. Muy sensible es esta

falta, atendido el talento del autor y las ocasiones que tuvo de hacer observaciones personales. Pero hizo ya bástente para merecer nuestra gratitud. Cdu su animada descripción déla naturaleza y de sus, escenas en toda su frescura, tales como se presentaban á sus ojos, nos ha dado el terreno para la pintura histórica: el paisaje, digámoslo así, en que los hombres de aquel tiempo pueden ser mas I fielmente retratados. Habría sido imposible dar tan exatamente la topografía del país en una época mas moderna, cuando la antigua ha desaparecido, y cuando el conquistador, derribando las barreras de la antigua civilización, ha borrado muchas de las señales que mostraban el aspecto físico del país, como existía en tiempo de los Incas. - . ,

185— Según Gonzalo Pizarro, la audiencia hizo esta invitación, obedeciendo á las exijencias de los representantes de las ciudades.

<Y á esta sazón llegué á Lima; y todos los procuradores de las cibdades destos reinos suplicaron al audiencia me hiciesen gobernador para res'stir los robos á fueizas que Blasco Nuñez andava faciendo; i para tener la tierra en justicia hasta que S. M. proveyese lo que mas á su real servicio convenía. Los oidores, visto que así convenía al servicio de Dios i al de S. M. i al bien de estos reinos...'.. > Carta de Gonzalo Pizarro á Valdivia.

«Pero la relación de Pizarro respecto á este punto debe recibirse con mas desconfianza que la ordinaria. Su carta dirijida al célebre conquistador de Chile contiene una re lación completa del origen y progresos de la rebelión; es la mejor vindicación de su coiiducta que puede hacerse, y como contrapeso alo que dijeron sus enemigos es también de inestimable valor para el historiador. > Presscot.

186.— Tal es el número de indios, quedan algunos historiadores de ese tiempo; pero lo creemos escesivo.

187 — «Después cruzó el istmo y se embarcó para España. Habíanle ya precedido rumores de su llegada, y no faltaron cargos contra él suscitados por algunos de aquellos á quienes su administración había descontentado. Fué acusado de haber adoptado medidas violentas y arbitrarias, sin consideración á los derechos del colono ni á los del indio; y principalmente de haberse apropiado los caudales públicos y volver con cofres llenos de riquezas. Esto último era una calumnia imperdonable.

No bien puso el pie en su país fué preso y conducido á la fortaleza de Arévalo; y aunque después le trasladaron á mejor prisión y le trataron con las consideraciones debidas á su clase, todavía no dejó de pasar doce años detenido como preso de Estado, que fué lo que tardaron los ti'ibunales de Castilla en pronunciar sentencia á su favor. Al fin fué absuelto de todos los cargos suscitados contra él; lejos 5 de probarse de que había usurpado los caudales públicos, ' se probó que no había vuelto á España mas rico que cuan-

do salió de ella; le pusieron, pues, en libertad, devolviéndole sus honores y dignidades; volvió á ocupar su silla en el consejo, y gozó el resto de sus días de la consideración á que sus méritos le hacian acreedor. El mejor elojio de su entendida administración fueron las turbulencias que su sucesor escitó en el país. La nación fué conociendo gradualmente el mérito de sus servicios, aunque debe confesarse que el modo con que fueron recompensados pv)r el gobierno no da una idea muy elevada de la gratitud de los reyes.» Prescott.

188. — «Caminando, pues, comiendo algunas yerbas que cocían en las celadas, quando paraban á dar aliento á los caballos.» Herrera.

«Y en cansándose el caballo le desjarretaban i le dexaban^ por que sus contrarios no se aprovechasen de él.» Zarate.

«Y sin que en todo el camino los unos ni y los otros quitasen las sillas á los caballos. Aunque en este caso estaba mas alerta la gente del visorei. porque si algún pequeño rato de la noche reposaban eran vestidos i teniendo siempre los caballos del cabestro, sin esperar á poner toldos ni aderezar las otras formas que se suelen tener para atar los caballos de noche.» Zarate.

A no haber sido por Gonzalo Pizarro, muchos mas hubieran sido ahorcados por Carbajal, el cual decía chanceándose, gwe de los enemigos los menos. * Fernandez.

189. — Fernandez, escritor verídico y amigo del virey, dice que los oficiales á quienes mandó matar le habían servido hasta entonces con sus vidas y haciendas; y termina su comentario sobre este hecho con la reflexión, de que fueron diversos los juicios formados acerca de él; pero Gomara dice terminantemente que fué reprobado por todos.

190. — «En esta lamentable i angustiosa partida, muchos afirmaron haver visto por el aire muchos cometas, y que cuadrillas de perros andaban por las calles dando grandes y temerosos aullidos i los hombres andavan asombrados y fuera de sí.» Herrera.

191. — Los pormenores de la retirada del virey hasta PopayAn hállanse descritos con bastante estension por Zarate.

Respecto de ella dice Prescott: «Puede indudablemente compararse, sino en duración, á lo menos en magnitud de padecimientos, con cualquiera de las expediciones del Nue vo mundo, escepto la de Gonzalo Pizarro al río de las Amazonas.

192.— Aunque era corto el número de combatientes de una otra parte, difieren los autores respecto á él; pero Pizarro dice que las suyas eran seiscientas, y las contrarias calcula en cuatrocientos cincuenta.

193. — «Vistióse este traje, para no tener mejor suerte

que un soldado cualquiera y sufrir lo que cupiese á todos los demás.» Garcilaso. r s

No cree Pizarro que tuviese tan magnánima intención, y dice que tomó este disfraz para poder escapar mejor, no siendo conocido. Debe confesarse que jrineralmente tal es el motivo que conduce á disfrazarse. «Y Blasco Nuñez puso mucha dliigencia por poder huirse si pudiera, porque venía vestido con una camiseta de indios, por no ser conocido, i no quiso Dios, porque pagase quantos males por su causa se havían hecho.» Carta de Gonzalo Pizarro á Valdivia.

194. — «Aviendo algunos capitanes y personas arrancado y pelado algunas de sus blancas y leales barvas para traer por empresa; y un Juan de la Torre los traxo después públicamente p.or la ciudad délos Reyes.» Fernandez.

195. — «Como de costumbre, los autores no están de acuerdo en el número de muertos y heridos que hubo en esta acción. Algunos hacen subir la pérdida del virey á doscientos hombres, y Gonzalo Pizarro dice que la suya fué de siete muertos y muy pocos heridos. ¡Pero cuan raro es que los que han tomado parte en una acción den fiel cuenta de sus pérdidasl» Prescott.

196. — «Nunca Pizarro, en ausencia de Francisco Carvajal, su maestre de campo, mató ni consintió matar español, sin que todos los mas de su consejo lo aprobasen, i entonces con proceso en forma de derecho i confesados primero.» Gomara.

197. — «Gonzalo Pizarro parece considerar la batalla como una especie de juicio de Dios, en que el cielo señaló con la victoria deque parte estaba la razón.» Prescott.

«Por donde parecerá claramente que nuestro Ssñor fué servido, que este se viniese á meter en las manos para quitarnos de tantos cuidados, i que pagase cuantos males había hecho en la tierra, la qual quedó tan sosegada y tan en paz i ¡servicio de S. M. como lo estuvo en tie)ijpo del niarqués mi hermano.» Carta de Pizarro á Valdivia.

198.— Blasco Nuñez caracteriza á los cuatro jueces de la audiencia del modo mas conciso que lisonjero. «Decía muchas veces Blasco Nuñez que le havían dado el emperador y su consejo de las Indias un mozo, un loco, uu necio i un tonto i)or oidores, que así lo havían hecho como ellos eran. Mozo era Cepeda, i llamaba loco á Jnan Alvarez i necio á Tejada que no sabía latín.» Gomara.

199. — «Así acabó este buen caballero por querer porfiar tanto en la execución de lo que ni á su rey ni á aquel reyno convenía, donde se causaron tantas muertes y daños de españoles i de indios; aunque no tuvo tanta culpa como se le atribuye, porque llevó preciso mandato délo que hizo. » Garcilaso.

— LIX

<Los hechos relativos á Blasco Nufiez se apoyan principalmente en la autoridad de escritores de su partido, algunos de los cuales escribieron después de su vuelta á Castilla. Por consiguiente, era natural que se inclinasen mas al lado del verdadero representante de la corona que en favor de un rebelde. En efecto la única voz que se levanta decididamente en favor de Pizarro es la suya propia, autoridad bastante sospechosa. Pero con todo este prestijio á su favor, la administración de Blasco Nufiez, según el testimonio universal, fué una serie no interrumpida de desaciertos, y hay poco que nos interese en la historia de ese hombre, si se exeptúan su desventura sin igual y la firmeza con que la sobrellevó.» Prescott.

200. — El clero de Trujillo, al salir á recibir á Pizarro, le dijo: c Victorioso príncipe, hágate Dios dichoso i bienaventurado, él te mantenga y te conserve.» Herrera.

201. — «Iba poblando los árboles con sus cuerpos», dice Fernandez, abidieudo al modo que el feroz capitán tenía de ahorcar á sus prisioneros, colgándoles de las ramas.

202. — Es imposible dar en una página ó dos idea exacta de las fatigas estraordinarias que sufrió Carbajal y de los grandes peligros á que espuso, no solo de parte del enemigo, sino de parte de su misma jente, de cuyas fuerzas abusó en la persecución. Unas y otras rivalizan con los del célebre Scanderberg y con los del coronel Boone, el héroe de Kenturky y aun fueron mas admirables que estos, porque el capitán español había llegado á una edad en que generalmente nuestras facultades pierden su enerjía y buscan reposo. Pero el cuerpo del veterano parecía tan insensible como su alma.» Prescott.

203. — «El filón nuevameete descubierto en el Potosí era tan rico, que casi quedaron deciertas las otras minas para laborear esta.» Herrera.

Y dice Garc.ilazo, como muestra del afecto que hizo en el pais esta repentina riqueza, «que en aquella época una herradura llegó á valer casi su peso en plata.»

204. — «Traía guardia de ochenta alabarderos i otros de caballo que le acompañaban: i ya en su presencia ninguno se sentaba i á muy pocos quitaba la gorra.» Zarate.

205. — Dice Prescott: Garcilazo tuvo ocasiones de enterarse personalmente del modo de vivir de Gonzalo Pizarro, porque cuando niño era algunas veces, según nos dice, admitido á su mesa. Esta cortesía tan rara en los conquLstadores, con un individuo de la raza india, produjo su efecto en el historiador de los Incas, el cual pinta á Gonzalo Pizarro con colores mas favorables que la mayor parte de sus compatriotas.

Molina h.i escrito una escena de muy buen efecto entre Carbajal y Pizarro en su comedia Las Amazanas en

las Indias, donde se toma alguna licencia .poética en el homenaje que tributa al modesto mérito de Gonzalo. El mismo Julio César no fué mas magnánimo que Pizarro, según lo pinta el poeta en estos versos:

Sepa mi rey, sepa España, que muero por no ofenderla, tan fácil de conservarja, que pierdo por no agraviarla, cuanto infame en poseerla, una corona ofrecida.

206. — «Que aquello era coatra una cédula qne tenía del emperadorque les daba el reparcimieato de los indios de su vida, y de hijo mayor, que no teniendo hijos á sus mujeres, con mandarles espresainente que se casasen, como lo habían ya hecho los mas de ellos; y que también era contra otra cédula real que ninguno podía ser despojado de sus indios sin sor prinero oido en justicia y condenado.» Historia de don Pedro Gasea.

207. — «Pasando á España vinieron atierra de Avila y quedó del nombre dellos el lagir y familia de Gasea; mudándose por la afinidad de la pronunciación que hay entre las dos letras consonantes c y g el nombre de Casca en Gasea.» Historia de don Pedro Gasea.

208. — «Era tanta la opinión que en Valencia tenían de la integridad y prudencia de Gasea, que en las cortes de Monzón los es'.ados de aquel reino le pidieron por visitador, contra la costumbre y fuera de aquel reino, que no puede serlo sino el que fuere natural de la corona de Aragón; y consintiendo en que aquel fuero se prorrogase, el emperador lo concedió á instancia y petición dellos». Historia de don Pedro Gasea.

209. — «Carlos no era tan tenaz ó á la menos tan celoso de su autoridad como sus ministros: hacía demasiado tiempo que era poderoso para tener semejantes celos; yantes de muchos años, oprimido por el peso de su poder, debía resignarle enteramente en las manos de su hijo. Su sagaz talento comprendió además fácilmente las dificultades de la posición de Gasea; y conoció que en aquella crisis estraordinaria, solo las medidas estraordinarias podían dar fruto. Cedió, pues, á la fuerza de los argumentos de su vasallo, y en 16 de Febrero de 1546 le escribió otra carta de aprobación, anunciándole su voluntad de conferirle todos los poderes que había pedido.» Prescott.

210.— «El licenciado Cepeda, que tengo yo ahora por teniente, de quien yo hago mucho caso y le quiero mucho.» Carta de Pizarro á Valdivia.

211. — «Porque perdón ninguno de nosotros lo pide, porque no entendemos que hemos errado, sino servido á su

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_ majestad, conservando sus derechos, que por leyes reales á sm vasallos es permitido.» Fernandez.

«Porque él por sua virtudes es muy amado de todos y tenido por padre del Perú.» Fernandez.

212.— «Dicen que es muy buen cristiano i hombre de buena vida i clérigo, i dicen que viene á estas partes en buena intención y no quiso salario pinguno del rey, sino venir para poner paz en estos reinos con sus cris' tiandades.» Carta de Pizarro á Valdivia.

« Y agora que yo tenía puesta esta tierra en sosiego embiara su parte al de la Gasea, que aunque arriba digo _que es un santo, es un hombre el mas mañoso que haI vía en toda España á más sabio, é así venía por presi- -^ dente é gobernador é todo cuanto él quiera; é para poderme enviar á mí España, i al cabo de dos años que andávamos fuera de nuestras casas quería el rey darme este pago, mas yo con todos ios cavallero.s deste reino le embiávam.os á decir que se vaja, .sino haremos con él como con Blasco Nuñez.» Carta de Gerardo Pizarro ;l Valdivia.

«Es un hecho curioso que Valdivia, el conquistador de Chile, á quien esta epístola iba dirijida, poco después de haberla recibido, abrazase abiertamente la causa de Gasea, y que sus tropas formasen parte de las fuerzas que combatieron contra Pizarro en la batalla de Huarina. ¡Tal era el amigo en quien Gonzalo contíaba!» Poescott. '

213. Fernandez, Zarate, Herrera y otros, dicen que gastó tal suma.

. «Mil hombres tan bien armados i aderezados como se han visto en Italia, en la mayor prosperidad, porque ninguno havía demás de mas de las armas que no llevase calzas i jubón de seda, i muchas de tela de oro i otros bordados i recamados de oro i plata, i mucha chapería de oro i por los sombrero.^, especialmente por «frascos i caxas de arcabuces. > Zarate.

214. «Así mismo echó Gonzalo Pizarro á toda la plata que gastava i distribuía su marca, que era una G rel)uelta con una P, i pregonó que so pena de muerte todos recibieren por plata tina la que tuviese aquella marca, .sin ensayo ni otra diligencia alguna. Y desta suerte hizo mucha plata de ley baja por fina.» Fernandez.

215. «Aunque siempre dixo que con diez amigos que le quedasen havía de conservarse i conquistar de nuevo el Perú » Gomara.

216. Y los truenos i relámpagos eran tales i tantos, que siempre parecía que estavan en llamas y que sobre ellos venían rayos, (que en todas aquellas partes caen muchos.» Fernandez.

217. «Y con lo poco que en aquella sazón el presidente estimava la vida si no avia de hacer la jornada, i el gran deseo que tenía de hacerla, se puso contra ellos disiendo ^

que qualquiera que le tocase en abaxar vela le costaría

la vida.» Fernandez. -'''■.■:''-:-' '.'-''y -,'7/ ^'"''^•: .

«Las lucea fosfóricas que algunas veces se ven en el mar durante la tempestad, aparecieron entonces sobre los mástiles y jarcias del buque en que iba el presidente» el cual, según Fernandez, entretuvo á los marineros esplicándoles el fenómeno y diciéndoles las fábulas á que había dado orijen en la antigua mitolojía. Esta pequeña anécdota nos da la clare de la popularidad que tenía Gasea aun entre las clases más humildes.» Pre.scott.

218. No están conformes los autores en el número de las fuerzas de Centeno, que hacen ascender desde setecientos á mil doscientos: pero con más seguridad Zarate, le da mil soldados.

219. «Los dn Diego Centeno como i van con la pujanza de una carrera larga, llevaron á los de Gonzalo Pizarro de encuentro i los tropellaron como si fueran ovejas i cayeron cavallos i cavalleros.» Garcilaso.

220. «Seguu muchas autoridades, el caballo de Pizarro no solo quedó herido, sino muerto en el combate, supliendo esta falta su amigo Garcilaso déla Vega, que le hizo subir en el suyo. Este oportuno auxilio dado al rebelde perjudicó después al jeneroso caballero, á quien sus enemigos se lo echaron en cara, como un crimen. Su hijo, el historiador niega decididamente el hecho, y parece deseoso de librar á su padre de esta honrosa imputación, que perjudicó á ambos para sus ulteriores adelantos.» Prescott.

221. El sablazo que recibió Cepeda le abrió de arriba abajo la nariz; y la cicatriz que luego le quedó era tan horrible, que hubo de cubrirla con un parche, según dice Garcilaso, que muchas veces le vio en el Cuzco.

222. I La más sangrienta batalla que uvo en el Perú.» Fernandez.

Hay algunas discrepancias en los autores, respecto á detalles; pero todos convienen en que hasta entonces fué la más reñida y sangrienta, y que á Carbajal debióse el triunfo.

223. «El saco que ubo fué grande; que se dixo ser de más de un millón cuatrocientos mil pesos.» Fernandez.

224. La entrada de Pizarro al Cuzco, presencióla el historiador Garcilaso, que era entonces niño; y por la clase á que pertenecía su padre, tenía libre entrada en el palacio de Pizarro; y tanto por esto, como por ser c( ntemporáneo y testigo ocular, débesele dar completo crédito al tratar este asunto.

225. «Cuando el señor Presidente Gasea pasó con la gente de castigo de Gonzalo Pizarro por el valle de Jauja, estuvo allí siete semanas, á lo que me acuerdo, y se hallaron en depósito maíz de cuatro y de tres y de dos años,

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mas de 16.000 hanegas junto al camino é allí comió la

gente.» Ondegardoí-Z:-^. f'^::: y ':■--::. 4^s:-^<,.' "- -r/^í^l: '■>•"': ■

Pero Prescott objeta: «No deja de ser extraño que estos depósitos hubiesen sido por tanto tiempo respetados por los hambrientos conquistadores.»

226. Los historiadores dicen lo que va referido; pero vanidosamente espone Valdivia: <Luego me dio él la autoridad toda que traía de parte de S. M. para en los ca - sos tocante á la guerra, i me encargó todo el ejército i le puse bajo mi mano rogando i pidiendo por merced de su parte á todos aquellos caballeros, capitanes é gente de guerra, i de la de S. M. mandándoles me obedesciesen en todo lo que les mandase acerca de la guerra, i cumpliesen mis mandamientos como los suyos. > No era hombre Gasea de trasmitir á nadie su autoridad ni facultades» ni menos rogar que las admitiesen; y con mucha razón dice Prescott: «Debe confesarse que Valdivia nada deja de decir por modestia: toda su carta está escrita en un tono de jactancia, que sería estrafío aun en el más vanidoso hidalgo de Castilla.»

227. «La gente que estaba de la una parte y de la otra todas tiravan y trabajaran al poner y apretar de las criz nejas, sin que el presidente ni obispos, ni otra persona quisiese tener privilegio para dexar de trabajar.» Fer' nandez.

228. < Andava siempre en una raula crescida de color entre pardo y bermejo, yo no le vi en otra cavalgadura en todo el tiempo que estuvo en el Cuzco antes de la batalla de Sacsahuana. Ei-a tan continuo y diligente en solicitar lo que á su escrito convenía, que á todas horas del día y de la nocbe le tapa van sus soldados haziendo su oficio y los ágenos.» Garcilaso.

229. Paresceme vuestra señoría se vaya á la vuelta de callao y me deje cien hombres, los que yo escogiere, que yo me iré á vista de este capellán, que así llamaba él al presidente.» Pedro Pizarro.

230. «Recuerdo que leí en mi niñez una novela peruana, en la que poco más ó menos se describe la escena que intercalo, sin saber ni asegurar si es histórica ó novelesca, pues todos los autores de esa época solo se ocupan de los hombres de la conquista como guerreros y no como individuos.

Y aquí diré de paso, por creerlo oportuno, y este solo episodio, ajeno á los encadenados sucesos militares lo demuestra, que á pesar de ser magníficos y altamente poéticos para la epopeya todos esos heroicos sucesos, tienen á la verdad un inconveniente, para que nada haya perfecto en la vida- la falta de variación.

Habiéndose ceñido esclusivamente esos historiadores á narrar las conquistas, descubrimientos, guerras, etc., y los hechos de la vida pública, como hoy se diría, han olvidado ó no han creído conveniente, importante ni nece-

sario ocuparse de la vida privada de sus personajes, la que como es sabido, da también una clara idea de su ca - rácter, moral y condiciones, como hombre -público.

Así es, que por interesantes que sean los hechos délos conquistadores, como no son más que una igual y continuada relación, se hacen monótonos para el lector, al irlos seguidamente leyendo. ■ ; ■■ ^

El poeta, el épico y el novelista, notarán, al ocuparse de este asunto, que se les presenta tal obstáculo, grande á fé para ellos, por verse obligados á faltar á la historia, inventando hechos, que ella no narra, si quieren dar á su obra el interés y amenidad que inspii*an las pasiones y sentimientos, como el del afecto, el amor, la abnegación y demás situaciones déla vida, y constituyen el principal interés de tales obras. El autor, que siga por esta senda, se encontrará al fin con que su obra es mixta, es decir, histórico-novelesca .

A pesar de conocer esos graves obstáculos, no he querido separarme un cqñce del asunto, sacrificando la parte novelesca á la estricta narración histórica. No sé si he hecho bien ó mal. — Doctores tienen la santa madre iglesia.

Esa falta de no referir los sucesos de la vida privada de sus héroes, aunque fuera ligeramente, no se les puede inculpar á aquellos historiadores. Era, si me es permitido decirlo, otra especie de literatura, y creían que bastaba con referir los hechos públicos.

Además, no eran ellos ni tenían las comodidades y ]-ecursos del moderno historiador, que escribe tranquilamente en su gabinete, consultando manuscritos: faltos de todo, llevando una vida agitada, rodeada de peligros, y quizá hasta de papel y tinta, tenían ligeramente que escribir sus impresiones y antecedentes; y asi es que solo se ve que procuraron salvar del olvido y legar á su patria la historictde los mas culminantes hechos de la conquista, sin tener tiempo de ocuparse de la vida privada de sus protagonistas: y aunque hubieran tenido tiempo para ello, probablemente hubieran guardado el mismo silencio, tanto algunos por creer una infidencia y deslealtad hacer pública la vida privada de sus mismos compañeros, con quienes vivian; cuanto otros por no exponerse á venganzas particulares é inmediatas, y desacreditarse como falso amigo, y creer perder á ia vez la altura y circunspección del historiador.

23L — «Porque muchas pelotas dieron en medio de la jente y una dellas mató junto á Gonzalo Pizarro un criado suyo que lo estaba armando y mató á un p ige y un caballo, que puso gran alteración en el campo y abatieron todas las tiendas y toldos.» Fernandez.

232. — «-Y assi quando vio Francisco de Carvajal el campo real, pareciéndole que los escuadrones venían bien ordenados, dixo Valdivia está en la tierra y rige el campo ó el diablo:» Fernandez.

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233. — tPor que el maese de campo Francisco de Carvajal, como hombre desdeñado de que Gonzalo Pizarro no huviesse querido seguir su parecer y consejos, (dándose ya por vencido) no quiso hacer oficio de maesse». — Gomara.

234.— Iba muy galán y gentil hombre sobre un poderoso caballo castafio, armado de cota y coracinas ricas con una sobre ropa bien golpeada y un capacete de oro en la cabeza con su barbote de lo mismo». Gomara.

235. — «Ca según pareció, Cepeda lo huvo avisado con Fray Antonio de Castro, prior de Santo Domingo de Arequipa, que si Pizarro no quisiesse concierto ninguno, él se pasaría al servicio del emperador á tiempo que le deshiciese.» Gomara-

236. — € Luego llevaron autel dicho Licenciado á Carvajal, maestre de campo del dicho Pizarro, y tan cercado de gentes que del havían sido ofendidas que le querían matar, el qnal dizque mostrava que olgara que le mataran allí». Relación de Gasea.

«Diego Centeno reprehendía mucho á los que le ofendían. Por lo cual Carvajal le miró y dixo: señor, ¿quien es vuestra merced, que tanta merced me haze? á lo cual Centeno respondió: Qué, ¿no conoce vuestra merced á Diego Centeno? Dixo entonces Carvajal: Por Dios, señor, como siempre vi á vuestra merced de espaldas, que agora teniéndole de cara no le conocía». Fernandez.

237. — Fernandez y otros autores refieren este hecho pero Garcilazo, que conocía personalmente al Obispo del Cuzco, poniéndolo en duda, dice que por su carácter era incapaz de cometer un acto tan indecoroso.

238. — «Temióse que en esta batalla moriría mucha gente de ambas partes, por haver en ellas mil y cuatrocientos arcabuceros y seiscientos de acaballo y mucho niimero de piqueros y diez y ocho piezas de artillería; pero plugo á Dios que solo murió un hombre del campo de S. M. y quince de los contrarios como está dicho». Relación de Gasea.

239. — Seténela de Gonzalo Pizarro en Caquixaguana á 19 de abril de 1648.

Vista é entendida por nos el mariscal Alonso de Alvarado, maestre de campo deste real exército, el Licenciado Andrés de Cianea, oidor de S. M. destos reinos, ó subdelegados por el muy ilustre señor el Licenciado Pedro de la Gasea, del consejo de S. M. de la santa Inquisición, presidente destos reinos é provincias del Perú, par» lo infra escripto, la notoriedad de los muchos graves é atroces delitos que Gonzalo Pizarro ha cometido é consentido cometer á los que le han seguido, después que á estos reinos ha venido el visorrey Blanco Nuñez Vela, en de servicio é desacato de S. M. é de su preminencia é corona real, ó contra la natural obligación é fidelidad que

como vasallo tenía é debía á su rey ¿ señor natural, ó de personas particulares, los cuales por ser tan notorios del dicho no se requiere orden ni tela de juicio, mayormente que muchos de los dichos del'tos consta por confesión de dicho Gonzalo Pizarro ó la notoriedad por la información que se ha tomado, é que conbiene para la pacificación destos reinos é exemplo con brevedad hacer justicia del dicho G<)nzalo Pizarro.

Fallamos atento lo susodicho junta la dispo.sición del derecho, que debemos declarar é declaramos el dicho Gonzalo Pizarro haber cometido crimen la esas magestatis contra la corona real de España en todos lo? grados é causas en derecho contenidas después que á estos reinos vino el Virey Blasco Nuñez Vela, é así le declaramos é condenamos al dicho Gonzalo Pizarro por traidor, é haber incurrido él é sus descendientes, nacidos después quel cometió este dicho crimen é traición los por línea masculina hasta la segunda generación, ó por la femenina hasta la primera, en la infamia é inabiiidad é inabilidades, ó como á tal condenamos al dicho Gonzalo Pizarro en pena de muerte natural, la qual le mandamos que sea dada en la forma siguiente: que sea sacado de la presión en questá caballero en una muía de silla atados pies é manos, é traido públicamente por este real deS. M. con voz de pregonero que manifieste su delito, sea llevado al tablado que por nuestro mandato está fecho en este real, é allí sea apeado é cortada la cabeza por el pescuezo, é después de muerta naturalmente, mandamos que la dicha cabeza sea llevada á la ciudad de Los Reyes como ciudad mas principal destos reinos, é sea puesta é clavada en el rollo de la dicha ciudad con un rótulo de letra gruesa que diga: «Esta es la cabeza del traidor de Gonzalo Pizarro que se hizo justicia eu el va. le de Aquixaguan, donde dio la batalla campal contra el estandarte real; queriendo defender su traición y tiranía; ninguno sea osado déla quitar de aquí so pena de muerte natural». E man damos que las casas que dicho Pizarro tiene en la ciudad del Cuzco.... sean derribadas por los cimientos é aradas de sal; é á donde agora es la puerta sea puesto un letrero en un pilar, que diga; «Estas casas eran de Gonzalo Pizarro, las cuales fueron mandadas derrocar por traidor, ó ninguna persona sea osado deJlas tornar á hacer y edificar sin licencia espresa de S. M. so pena de muerte natural» E condenámosle mas en perdimento de todos sus bienes, de cualquier calidad que sean é le pertenezcan, los cuales aplicamos á la cámara é fisco de S. M. é en todas las otras penas que contra los tales están instituidas. E por esta nuestra sentencia definitiva juzgamos é así lo pronunciamos é mandamos en estos escritos ó por ellos. Alonso de Alvarado.— El licenciado Cianea. '

240. — «Al tiempo que lo mataron dio al verdugo toda la ropa que traía, que era muy rica y de mucho valor, que tenía una ropa de armas de terciopelo amarillo, casi toda

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cubierta de chapería de oro i un capeo de la misma forma. > Zarate.

«El egecutor de un revés le cortó la cabeza con tanta facilidad como si fuera una hoja de lechuga y se quedó con ella en la mano, y tardó el cuerpo algún espacio en caer en el suelo.> Garcilaso. ■ / j '

241.— <Y las sepolturas una sola aviendo de ser tres. que aun la tierra parece que les faltó para averíos de cubrir. > Garcilaso.

242. — < Decían que no era falta de entendimiento^ pues los tenía bastante, sino que devía ser sobra de influencia: de signos y planetas que le cegaban y forzavan á que pusiese la garganta al cuchillo. > Garcilaso.

243. — «En esso no tengo que confesar: porque juro á tal que no tengo otro cargo sino medio real que devo en Sevilla á una bodegonera de la puerta del Arenal, maguer prenda dejó.» Fernandez.

244. — «Era muy lenguaz: hablaba muy discreptamente i á gusto de los qtae oían: era hombre sagaz, cruel, bien entendido en la guerra. Este Oarbajal era tan sabio, que decían tenía familiar. Murió como jentil, á lo que dicen, que yo no le quise ver, que ansi le di palabra de no velle; mas á la postrer vez que habló llevándole á matar le decía el sacerdote que con él iba que se encomendase á Dios y di jese el Pater No^ter, y dicen que dijo Pater Noster y que no dijo otra palabra.» Pedro Pizarro.

La guerra civil separó á Pedro Pizarro de Oarbajal, pero este no olvidó las obligaciones que le debía; y dice Prescott, que varias veces le eximió de la suerte de los prisioneros, que caían en sus manos.

Dice Fernandez que de las trescientas cuarenta ejecuciones que hubo en esa guerra, fueron dispuestas trescientas por Oarbajal; y Zarate se estiende hasta decir que fueron quinientas.

245. — «Entre los cavalleros, capitanes y soldados que le ayudaron en esta ocasión repartió el presidente Pedro de la Gasea 135.000 pesos ensayados de renta que estaban vacos, y no un millón y tantos mil pesos como dice Diego Fernandez, que escribió en Palencia estas alteraciones, y de quien lo tomó Antonio Herrera: y porque esta ocasión fué la segunda en que los beneméritos del Perú fundan con razón los servicios de sus pasados, porque mediante esta batalla aseguróla corona de Oastilla las provincias mas ricas que tiene en Amárica, pondré sus nombres para que se conserbe con certeza su memoria como parece en el auto original que proveyó en el asiento de Guainarina cerca de la ciudad del Ouzco en diez y siete de Agosto de 1548, que está en los archivos del Gobierno» Oaravantes.

346. — «Fué recibido muv solemnemente con universal

alegría del pueblo, por verse libre de tiranos y toda la gente á voces bendecía al Presidente i la llamaban Padre, Kestaurador ó Pacificador, dando gracias á Dios por haber vengado las injurias hechas á su Divina Magestad». Herrera.

247,— «Recogió tanta suma de dinero, qne pagó novecientos mil pesos de oro que se halló ha ver gastado desde el día en que entró en Panamá hasta que se acabó la guerra, los quales tomó prestados » . Zarate. -i.,

248.— El Presidente Gasea mandó visitar todas las provincias y repartimiento desde reino, nombrando para ello personas de autoridad y de quien se tenía entendido que tenian conoscimiento de las tierras que se les encargaban, que ha de ser la principal calidad que se ha de buscar en la persona á quien se comete semejante negocio después que sea cristiano: lo segundo se les dio instrucción de lo que ha vían de averiguar que fueron muchas cosas: el número, las haciendas, los tratos y grangerias, la cantidad de la gente y de sus tierras y comarcas y lo que davan de tributo.* Ondegardo.

249. — «Aviendo pagado el Presidente las costas de la guerra, que fueron muchas, remitió á S. M. y lo llevó consigo 264.422 marcos de plata, que á seis ducados valieron 1.686.532.» Oaravantes.

«No tuvo ni quiso salario el Presidente Gasea, sino cédula para que á un mayordomo suyo diesen los oficiales reales lo necesario de la real hacieada, que como parece de los cuadernos de su gasto fué muy moderado.» Oaravantes.

«El Presidente á la audiencia dieron tales órdenes, que este negocio se asentó de manera que para ad elante no se platicó mas este nombre de esclavos, sino que la libertad fué general en todo el reino" » Herrera.

260. — «Fué tan recatado y extremo en esta virtud, que puesto que de muchos quedó mal quisto quaudo del Perú se partió para España, por el repartimiento que hizo: con todo esso jamás nadie dijo ni sospechó que en esto ni en otra cosa se V)e5e movido por codicia.» Fernandez.

«Era muy pequeño de cuerpo con exti^aña hechura, que de la cintura abajo tenía tanto cuerpo como cualquier hombre alto, y de la cintura al hombro no tenía una tercia. Andando á cavallo parescía aun mas pequeño de lo que era, porque todo era piernas: de rostro era muy feo; pero lo que la naturaleza le negó de las dotes del cuerpo se lo dobló en los del ánimo». Garcilazo.

«Murió en Valladolid, donde mando enterrar su cuerpo en la iglesia de la advo^jación de la Magdalena, que hizo edificar en aquella ciudad, donde se pusieron las banderas que ganó á Gousalo Pizarro. » Oaravantes.

«No he podido encontrar relación alguna que diga en

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qtié año nació Gasea; pero en una inscripción puesta sobre su retrato en la sacristía de la iglesia de la Magdalena en Valladolid, se lee que murió en 1667 á la edad de sesenta años. Esto está perfectamente de acuerdo con la edad que podría tener cuando estudiaba en Salamanca eu 1522.» Prescott.

«La memoria de sus hechos no ha quedado enteramente

■ al cuidado del historiador. No hace mucho tiempo que el

' carácter y administración de Gasea fueron objeto de un

elocuente panegírico por uno de lo.s mas distinguidos in-

dividuos del parlamento inglés. (Véase el discurso de lord Brougham sobre el mal trato de las colonias norte-americanas, febrero 1838.) El ilustrado español moderno que contemple con dolor los escesos cometidos por sus compatriotas en el siglo XVI en el Nuevo Mundo, puede sentir un honrado orgullo al ver que entre los hombres de tan ciego espíritu se hallaba uno en quien la generación actual se puede fijar con complacencia como en el modelo más brillante de la integridad y de la sabiduría.» Prescott. • .

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