La conquista del Perú : poema histórico · Capítulo real 1 de 2
La conquista del Perú : poema histórico
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 55 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
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CONQUISTA DEL PERÜ
POEMA HISTÓRICO
POR
BERISTABÉ DEM:ARIa
BUENOS AIRES
Imprenta Europea de M. A. Rosas, Moreno 423 : 190 5
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HOMENAJE
á la merqoria del protector de la Jndependericia del perú
Qeneral José de Saij jYíartín
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DEDICO ESTA OBRA HISTÓRICA
AL SEXOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL PERÚ
Dr jrosB i>^Rr)o
Y A SU MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES
Dr. JAVIER PRADO Y UGARTECHB
AUTOR DEL ESTADO SOCIAL DEL PERÚ DURANTE LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA
Bernabé Demaría
Fil autor de esta obra aíJ!;radecerá á los lectores, literatos y periodistas, que se dignen ocuparse de ella, bien sea privadamente n emitiendo su juicio por la prensa, tengan la bondad de remitírselo: — República Argentina, Buenos Aires, calle Independencia 550, para «jue le sirvan de norma y hacer aíp^ellas correcciones que le indicasen y creyere convenientes, si hiciere una segunda edici('»n.
Al final de la Concíuista del Pkrú sigue la Fe de erratas, y después las notas; lo que advertimos al lector, para que iiaga, si quiere, las debidas correcciones, antes de comenzarla.
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UNA EXPLICACIÓN AL LECTOR
lEjo ya el cuerpo tengo por los años bastante falto de memoria y vista; pero siento fenómenos extraños á esta mi edad, y cual si fuera artista ó divagante mozo, la llama del espíritu me inquieta, y cuadros pinto ó trazo algún esbozo de costumbres ó escenas familiares; y aún otras veces, cual novel poeta, que en su ídolo sonriente está pensando, versadas ó renglones á millares escribo fácilmente v sin enmienda, como éstos, que ligero voy trazando, cual soñoliento fraile su leyenda siguiendo va tan solo de memoria, y gazmoña beata va pasando aburrida las cuentas del rosario, ó vueltas, incansable, sigue dando la mansa muía en torno de la noria, á los triviales y felices seres, en las reuniones, al seguir danzando, se contemplan en múltiples espejos.
¡Ya no me es dado amar á las mujeres, que ni escuchan consejos de los osados viejos,
ni las sobras les dan de sus placeres:
y ni aun pueden seguir á las beldades,
cual yo, en mejores tiempos, las seguía por villas y ciudades, '
gozándome en su gracia y su belleza;
pues aun la más escuerzo se reiría,
lanzándome mortífera agudeza.
y cubriéndose el rostro, pudorosa, como virgínea niña temerosa;
ó altiva ó con fiereza, por ese mi caduco atrevimiento, me haría que bajase la cabeza, y aparentase hipócritos sonrojos;
y ella altiva, enojos, como si envejeciese el sentimiento, y no pudiesen admirar los ojos, en cualesquiera edad, lo lindo y bello; porque el genio, la gracia y la belleza
de Dios son un destello; y por instinto natural quererlas, como se admiran á las bellas perlas, es elevar de Dios á las deidades de alabanzas y plácemes un coro!
Si aún teniendo un alma de poeta, me es vedado admirar á las beldades,
por mi propio decoro, V cantar sus recuerdos v bondades
de otra época pasada, y ojos brillantes y cabellos de oro, ó negrísima trenza perfumada
y tez blanca ó morena, ¿qué haré en estas mis largas soledades de la vejez incómoda y cansada
y de disgustos llena? ¿Me dejaré morir y no haré nadai*
En lágrimas deshecho, ¿iré al templa, contricto, á arrepentí rme, implorando perdón, como un beato,
y á golpearme el pecho
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por pecados veniales? ¿Iré á pagar visitas y aburrirme, entre el cumplido tono y fino trato
de fórmulas sociales? /Iré á bailes, á teatros v carrei'as, cual tieso viejo verde, empalagoso, y á los demás cansai' con mis zonceras?
jSería un insensato!
¡Cuan dulces son las horas placenteras y anhelado reposo
del aislamiento espiritual y grato!
¡De la noche al silencio, cuan hermoso
el contemplar las tímidas estrellas, soñando ver en ellas, en miles de universos, á otros seres queridos, que errantes y dispersos,
descienden á avivar nuestras pasiones con las revelaciones,
que siguen, modulando en los oídos!
¡Siempre á la augusta soledad sombiía
desde niño busqué, meditabundo,
y tuvo para mí celajes tersos,
y sus ecos extraña melodía:
y ahora, separado ya del mundo,
ledo voy por la noche á escribir versos.
ledo voy á pintar, durante el día!
¿Y cuál será el asunto ó rica trama? ¿Escribiré una clásica tragedia en resonante verso asonantado, ó trazo audaz, en aterrante drama, romántico galán de la edad media, á ilustre cortesana ó gran guerrero? Pero ya Calderón nos ha pintado
á la donosa dama
y al gentil caballero, y ninguno, hasta ahora le ha igualado, á pesar de tres siglos transcurridos. Y la escuela romántica ó moderna, ora en medio de aplausos ó silbidos, ya los tipos del mundo y su baraja,
sin fin los ha agotado, desde el rey, al patán y la taberna, hasta la gran cocotte y alegre maja, que entre la media y liga de su pierna, más que otra cosa, oculta su navaja.
De sabio, entonces, la echaré, copiando las cuestiones científicas del día, de alguna compasiva enciclopedia, como la de Larousse, que está de moda? No: tarde llegaría. ..
porque á miles plagiarios hallaría! En el chiste especial de la comedia ¿me ensayaré burlón y majadero, j buscando un lindo tema, í y hábil fingiendo ingenio y alegría? ¡No es mi cuerda la burla y el enredo.... si alguna flo/ct tengo, por desgracia! .
Entonces, ¿tendré flema, por no decir obstinación y audacia, para osar escribir otro poema, después de mi Colón y mi Balboa, cuando inéditos se hallan todavía por falta de editor y no la mía, ignorando si son buenos ó malos; y quizá en vez de aplauso ó pobre loa, si á imprimirse llegasen algún día, de críticos reciba sendos palos?
¿Cuál, pues, será el asunto
ó el preferido tema del futuro trabajo, que barrunto, y así me libre de indolencia y tedio? Solo encuentro, como único remedio,....
otro tefcer poema!
Pues á él me dispongo y Dios me ayude,
y su gracia divina de extravíos históricos me escude.... de ripios y cansadas disgresiones.... de imágenes y vanas deducciones.... del amaneramiento y la rutina
y las divagaciones, que en débil verso y discordante nota hacen cualquiera relación cansada. ¿Mas cuál será la célebre heroína,
la belleza afamada, el invicto guerrero ó el patriota á quien mis cantos épicos encumbren ó pongan en berlina y la picota?
¡Oh! ya cruza su imagen por mi mente, y aparecer le veo en este instante,
ciñéndose triunfante la corona imperial de un continente. Expósito es el paladín bizarro
á quien, desde hoy, constante, estas mis horas de labor consagro, que después de escribir mi Vasco Nuñez, seguir debo las huellas de Pisarro
y de don Diego Almagro.... y pardon, como dicen los franceses, pido ahora á las reglas y lectores ; '
y rítmicos oídos
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— IX —
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por los dos asonantes repetidos, .5^. ; pues ninguno está excento de reveses, ni al escribir, de faltas y descuidos... aunque este á la verdad, es voluntario.
Pero á Dios pediré, como otras veces, por el amor al hombre en el calvario, que me conceda inspiración y acierto para cantar de mi héroe la leyenda, á través de las islas y los mares,
los Andes y el desierto, y del Perú la colosal contienda,
y hasta que coronado con la imperial diadema de Atahualpa, fué por la Rada en su palacio muerto,
y Almagro al fin vengado^ ¡Sería importunarle demasiado,
é ignoro todavía, si en mis pasadas súplicas fervientes
he sido ó no escuchado; y si hoy insistiese majadero, sólo á Dios otra cosa pediría, pues me hace mucha falta. . . algún dinero!
A númenes, oráculos y dioses
de la mitología, ^.alzaré, entonces, mis cansadas voces, ó á aquellas del parnaso nueve musas a los vates risueños y accesibles, y en poéticas dádivas profusas?
¿Me ampararía acaso Santa Rit^, abogada de imposibles, á falta de las ninfas del parnaso, como á pobre beata, que suspira? ¿Pediré á los pastores de la Tracia su dulce flauta, ó su inspirada lira al hijo de Latona, el rubio Apolos*
¡No: válgame mi audacia, que cual fuerte león, errante y solo,
viviendo peregrino, afrontar supe siempre la desgracia y seguir, entre espinas, mi camino!
Y también al lector aquí prevengo, aunque no es mi sistema el de bravatas, quft si acaso rae diese el cielo vida para poder finar este poema, todavía corage y bríos tengo para ufano emprender otro en seguida, como si ya me fuese trivial cosa,
ehgiendo por tema la conquista de Méjico famosa, desde que el capitán Diego Velazquez
envía desde Cuba á don Juan de Grijalva, su pariente,
con Dávila, Montejo y Alvarado á hacer en Yucatán exploraciones, y el Río de Banderas descubrieron, — donde noticias ciertas recibieron, cual sale limpio el sol, entre la bruma, que allí existía un reino dilatado, de oro, plata y riquezas atestado, y á la sazón mandaba Motezuma, — hasta que Hernán Cortés, héroe famoso,
en Méjico penetra, destrona á ese monarca, y arrogante, al sucesor Guatimozin venciendo, en la gran capital entra triunfante.
Pero cualquier librejo,
sea moderno ó viejo,
desde Homero y Horacio hasta nuestros romances y novenas, lleva su introducción ó su prefacio, ó su dedicatoria á algún Mecenas. .. cuatro palabras al lector querido, que el libro con su platahaya adquirido.,..
y no á los mogollones, ó del célebre autor la biografía, sus insomnios, amor, inspiraciones, con sus proezas y notables prendas:
y yo, que he demostrado
mi constante osadía, en extensos poemas ó leyendas, y que también en ellas he invocado
cuanto invocable es dado, y bien ó mal, finarlos he sabido.... no sé si en duro verso ó mala prosa, ¿dejaré á este, que escribir pretendo,
sin que esté precedido de introducción, prefacio ú otra cosa, cuando yo, como padre cariñoso, que no hace entre sus hijos preferencia, quiero que todos ellos... mis poemas, gozando vayan por igual su herencia?
Entonces, á este postumo heredero,
¿dejaré de mi vida algunos rasgos,
como postrer recuerdo verdadero,
que una alma deja á otra alma muy querida?
¡Imposible! Me impide mi modestia
que me tome yo mismo la molestia
de narrar mi ignorada y pobre vida;
y dándola al olvido,
narraré complacido de los guerreros del Perú la historia;
pues solo es permitido
narrar su propia vida, sin que atarse merezcan á una noria,
— X
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á los que han alcanzado eterna gloi'ia, ó á alguna encantadora cortesana, cuando va miran su cabeza cana, dando su adiós postrero, él á la gloria y ella á la be'leza, en luctuoso suspiro lastimero, al desprenderse de la pompa humana; y así complacer.é al lector benigno, que la mía escribir fuera simpleza.
¿Qué diría Orellaua, de Varones ili.n^ti'ei autor digno, si de su tumba alzara la cabeza, y viese que á Pizari'o, í^a pariente, — á quien para colmar de eterna fama, el Julio César español aclama, —
por Balboa pospongo, Q pues persisto, rehacio, sus hechos al narrar, sin un prefacio
ni invocación ferviente i* Solo vería en mi cabeza el hongo
de im hombre delirante, y empezaría á dar diente con diente, é iríase á su tiunulo vacante,
cual si tuviese frío, llorando por la fama del pariente v este tenaz atrevimiento mío.
Con solo referir las mil proezas, que los iberos héroes realizaron en la conquista del Perú famosa.
y el oro y las grandezas y la corte de nobles respetuosa.
que absortos encontraron en el extenso imperio de Atahualpa, que rendido á sus reyes entregaron: con solo referir sucintamente el cariño de aquellas muchedumbres al gran hijo del sol, su Inca sapnido,
como un Dios venerado;
los usos y costumbres, las leyes y sistema de gobierno, y dogmas y progreso sorprendente de esa del nuevo mar peruana casta, que á los lados moraba de los Andes, para épica leyenda el tema basta, y argumento magnífico hay de sobra en sus nuevas escenas y hechos gi'andes, V ellos serán el material de mi obra: y aquí debo exponer honradamente, con la ingenua verdad de un buen muchaclio, y en descargo también de mi conciencia, que si fuese mi libro un mamari-.-icho, confesaré al lector, ai'repentido:
—que es culpa de mi propia insuficiencia que se haya transformado en un libelo, y no del magno asunto, que he elegido,
que es de primo car ¿ello, hasta en sus más recónditos detalles. —
Sin saber que decir tomé la pluma,
- como el que sale á recorrer las calles,
cuando el tedio le abruma, y de las nonüeaiité¡i, que las vidrieras de bazares v ricas ioverías exhiben con furor todos los días,
va pasando revista, como también de damas hechiceras
y tímida modista
ó de alegre florista, que se cruzan con aire zalamero, — así tomé la pluma, distraído; pero al dejarla ahora en el tintero,
ya me hallo decidido á escribir del Perú la gran conquista, desde que la emprendió el audaz PizaiTO,
con titánico aliento, hasta que el eminente padre Gasea, de émulos jefes el motín sangrieiuo y de guerra civil, larga y funesta, disipó sabiamente la borrasca; y de caudillos el imperio extinto, el ri([uísimo trono de Atahualpa
entrega á Carlos quinto, quien admirando el colosal presente,
y de sil enviado Gasea el genio, habilidad y suficiencia, le acordó altos honores dignamente, con el aplauso de su pueblo entero, y á más, nombróle obispo de Palenci;i.
Y al dejar ya la pluma eneltintero,
una idea me asalta: ¿^//(? hago con esto, que al poema sobra, cuando algo como prólogo le falta? ¡Pues que sirvan de exordio para mi obra
estos brere^ renglones, y de este modo, cual las otras queda, también con su prefacio ó precedente; y consigo á la vez que el lector pueda,
sin más explicaciones, conocer el or'ígen de este libro; y otra darle también, que es oportuna, pues había resuelto firmemente no volver á escribir de cosa alguna; y me parece haberlo prometido, no sé si en verso" ó prosa, antes de ahora; de lo (pie estoy poi' cierto, arrepentido
>..<..¿ ..i.T*-..-A » f "í- •i-:.-. .l¥i_*.ci V -ií- '* --'.k£i^v.íL2'
XI —
y confieso mi culpa: he del¿nqu¿cl<j, como lo hace la pobre pecadora.
que olvida sus promesas, cuando la ofgía vé, provocadora, con vinos y manjares en las mesas
y perfumadas flores,
y en torno á sus amantes, que con abiertos brazos, delirantes,
imploran sus amores, después de su sentida y larga ausoncia, pidiéndola que olvide los dolores
de su promesa vana, pues harta larga fué su penitencia: yo así también acallo mi conciencia, cual lo hace la mujer tierna v liviana.
Ni estoy arrepentido,
ni desistir me pesa
de tan vana promesa.... sino de haberla por demás cumplido!
¡Ya tiene auroras para mí el mafiann, y el sol ya tiene sus celajes tersos, y la plácida noche melodía; pues cuadros pintaré durante el día, y /)or la noche seguiré mis versos!
Espíritus errantes, que en la noche, cuando el silencio sepulcral avanza, solisteis moludar en mis oídos tiernos ecos de amor y de esperanza . . .
Espíritus queridos,
- que en mis noches de insomnio seguísteis imprimiendo en mi memoria
los versos, que componen de Vasco Núñez y Colón la historia,
y que al siguiente d¿a, con sus puntos y comas escribía; —
venid también ahora al llamamiento de mi humilde ruego, no con augusta voz inspiradora; porque jamás la inspiración divina quiso abrasar mi mente con su fuego: venid cual mansa hebra cristalina, que fecundiza al valle con su riego,
cubriéndolo de flores y hermosura:
venid así, ahora, ' '^ - .
entre el silencio de la noche oscura, i; como un suspiro del amor doliente, á refrescar mi ya cansada mente,
con üo:; alentadora, y á dictarme los versos, que consagro,
en épica leyenda,
á Pizarro y Almagro, rindiendo á su memoria esta mi ofrenda!
Velad mi lecho, espíritus errantes,
como lo hicisteis antes, cuando en insomnio mi anhelar se exalta, y ardiente fé en el éxito me sobra; porque si vuastro aliento no me falta, en breve tiempo escribiré mi obra!
¡Y- plegué á Dios, que el comenzarla sea
nuncio de mejor suerte y alegría,
tras los golpes de la lucha abrumadora,
que soporto caliente, como después de tempestad sombría, suele mostrarse la risueña aurora, coronada del sol resplandeciente!
¡Feliz yo, si tuviera la gran facilidad de Lope insigne, que de fénix, el título le diera: de Calderón el estro poderoso, su regia pompa y magistral altura, que de la escena hiciéronle el coloso: de Espronceda la rica fantasía,
espléndida y lozana: de García Gutiérrez la ternura, el castizo decir y el sentimiento: la inspiración de Plácido, sublime.
la gracia y energía del coronado vate, el gran Quintana! ¡Oh, entonces dignamente cantaría
la conquista gloriosa
de la tierra peruaiia por los hijos de Iberia poderosa!
Buenos Aires, Enero 1" de 1885.
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LA CONQUISTA DEL PEKÜ
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Por tanto, él envió los dedos de uaa mano, <iue escribió esto que está
grabado.
Esta es pues, la escritura, que está allí dispuesta. Maxe, Thecel, Prares.
Y esta es la interpretación de las palabras: Maxe; Dios ha numerado tu reino, y le ha puesto término.
Thecel: Has sido pesado en la balanza y has sido hallado falto. Phares: Dividido ha sido tu reinado, y se ha dado á los Mddos y á los los Persas.
Entonces por mandato del Rey fué Daniel vestido de púrpura y le rodearon al cuello un collar de oro; y se hizo publicar, que él tendría poder el tercero en su reino. Aquella misma noche mataron á Baltasar, Rsy Caldeo.
Y Darío, que era Medo, le sucedió en el reino, siendo de edad de sesenta y dos años.
Profecía V de Daniel.
11. He aquí que el Señor hizo oír en las e.x;tramidadas de la tierra, decid á la hija de Sión-. Mira que viene tu Salvador: mira su galardón con él, y su obra delante de él.
Profecía LXIT de Isaías
151Q hasta 15Si
L hacha, que segara la cabeza del ya célebre Nuñez de Balboa, — que fué inmolado por el vil Predárias, de sus glorias v hazañas envidioso, — parecía también haber cegado el noble aliento de emprender conquistas entre aquellos guerreros invencibles, que siguieron por cumbres y por mares á ese su jefe,|que cruzando el istmo V otro mar de su cima descubriendo.
con ellos á explorar se preparaba
las tierras y riquezas de esta costa,
que al colosal imperio conducía,
que entonces gobernaba Huayna Cápac,
quien ya triunfante en Atacama y Quito
en Quito residía, apasionado
de la hija del rey, muerto en la lucha.
Parecía que aún sangre destilaba, cual si corriese de mortal herida.
eso horrible segur, ese suplicio, que hizo Pedrárias levantar en Acia, y la apoteosis fué del gran Balboa: parecía, que ese hecho, tan infame, que llenó de terror á la colonia, y aún lloraban sus buenos compañeros, lo peligroso que es les recordase, en las conquistas adquirir laureles, cuando los manda un déspota envidioso: y esos guerreros, que formó Balboa, y partícipes fueron de sus triunfos, en Darien, indolentes vegetaban, solo viendo por premio otro suplicio, si intentasen seguir otras empresas, cuando ya en mil gdínientos diecinueve, á los dos años del suceso infausto, el nuevo emperador mandó á Pedrárias: — que su pueblo y gobierno trasladase del mar del sur en conveniente costa, para seguir buscando aquel fs trecho, que allí Colón, con ardimiento heroico, en su viaje postrer buscó incansable; continuar á la vez en el Pacífico la comenzada empresa de Balboa, y extender los dominios hacia el Norte, donde va Hernán Cortés á Motezuma de su expiéndido trono derribaba.
Y trasladó Pedrárias la colonia
aun excelente puerto^ un poco al Este de donde hoy Panamá se halla asentado, y como puerto céntrico el primero para poder enviar expediciones, ora hacia el norte ó sud se dirijiesen; mas como el rey quería, Que ante todo, hacia el norte el estrecho se buscase, para allá sus bajeles dirijían los pilotos, guerreros y empresarios, buscando algunos el ansiado estrecho, v otros el oro de las nuevas tierras, yendo hasta Costa Rica y Nicaragua, donde las bravas tropas espaíjolas fueron venciendo á las salvajes tribus;
V al través de los bosques y montañas y de eriales, llanuras y desiertos,
hasta el confín de Honduras se internaron,
hallando allí las avanzadas huestes,
que mandó Hernán Cortés, que descendieran
á explorar Centro América hasta el istmo,
mientras él, coronado de laureles,
desde uno á otro extremo conquistaba
el dilatado imperio mejicano,
dejando así al mundo descubiertos
los encantos, misterios y riquezas
de esa edénica tierra bendecida, i y á la España el dominio asegurado. |
No mucho complugeron á Pedrárias tales descubrimientos y noticias, pues si ellos ensancliaban los dominios de su altiva y triunfante madre patria, tanto en su hemisferio como en otro, no le daba á él riqueza alguna, que era lo que buscó en esas regiones, como hombre avaro v de tendencias ruines.
Pero Andagoya, noble caballero, y señor muy bienquisto en la colonia, en mil quinientos veintidós se hizo al mar del í^ud. eu busca de ese reino, que rumores pasados y presentes, cada vez más grandioso presentaban; mas tan solo en su empresa llegar pudo hasta el Puerto de Piñax, do Balboa había ya antes hasta allí llegado, pues peligrando su salud de pronto, tuvo á su casa que volverse en breve. 2
Y las recientes nuevas de Andagoya, respecto á la existencia de ese imperio, que hacia el sud se extendía, interminable, mas reavivar hicieron la esperanza en los aventureros, decididos á emprender cualesquier gigante empresa, por loca y temeraria, que ella fuese, con tal que oro y gloria les dejase. 3
En Panamá tres hombres se encontraban capaces de emprender esa conquista y darla cima con sublime aliento: el uno por su influjo é inteligencia y tener los recursos necesarios para equipar las naves y guerreros, que debían, activos, comenzarla; los otros dos por su valor, pericia,
j sus anteriores y gloriosos hechos, ' y su constancia, nunca vacilante.
El primero era el cura Hernando Luque, estimable sujeto y muy querido de Pedrárias y toda la colonia; y Pizarro y Almagro eran los otros, ya probados guerreros en las lides y en adquirir para su rey dominios, y que de años atrás se conocían, en Panamá ya siendo inseparables.
Si dudosa la historia nos refiere: — que f(na loba, ó mujer con este nomhn^
íhhü
— 3 —
dio de mamar al fundador de Roma,
cuando á orillas del Tíber fué encontrado_,
con igual seriedad también nos dice:
—que Pizarro, de un atrio recogido;
recibió de una cerda el alimento.
hasta que fué entregado á una nodriza; -
en esta circunstancia y en su suerte,
así desde el nacer son parecidos,
el que fundó un imperio memorable
y el que otro imperio conquistó á sus reyes;
y también en su fin, porque murieron
en su propio palacio asesinados. 4
Y este ejemplo elocuente nos demuestra, que el que quiera adquirir un nombre ilustre, —y no pueda ostentar agenas glorias.... porque al fin de otros son las heredades, — por sí pro;jio procure ennoblecerse, que es la mejor nobleza, en estos tiempos, la que se adquiere por su genio el hombre, como lo es el labrarse una fortuna á fuerza de honradez y de trabajo, y no por un capricho de la suerte, heredarla y vivir, sin noble lucha!
Como Fizarro, expósito era Almagro, é iguales en valor y bizarría; pero muy superior en sentimientos; y á medida que glorias é intereses fueron asimilando su destino, cuanto más avanzaba la conquista, se fué entibiando las amistad en ellos, hasta que alzado Almagro con su gente, por las intrigas de su falso socio, trágicamente sucumbió en el Cuzco. .">
Pero no debo anticipar los hechos, porque pierden su efecto, sin oírlos por su orden cronológico narrando, desde que doy comienzo a mí Leyenda^ que es, por su exactitud, más bien historia, y más que historia, por sus hechos grandes, de otros tiempos magnifico poema.
Y animados de un noble pensamiento se convinieron, pues, en tal empresa Pizarro, el padre Luque y Diego Almagro, poniendo el eclesiático el dinero, porque los otros dos no lo tenían, y como era preciso una licencia parar aprontar bajeles y soldados, influyó el padre Luque con Pedrárias, quien movido })or sórdida codicia, en darles consintió su asentimiento, después que estipulóse: — que una parte
igual á la de los socios se le diese en todas las riquezas, que se hallo ran, ,. ., . sin que él pusiera capital alguno.—
Ya arreglado el asunto de est(i modo. al cuidado de Almagro encomendóse el preparar los buques y la gente; y en seguida compró dos buquecito-^, y como era el mejor uno de aquellos, que en la Isla Rica construyó Balboa, y desde entonces en el puerto estaba, encontrándose ya desmantelado, se le compuso lo mejor posible, mientras las provisiones y pertrechos iba mandando con afán Almagro; y hallóse lista la equipada nave para surcar las ondas procelosas de aquel aún desconocido océano, CUYO misterio en breve cesaría, mostrando al mundo su tesoro inmenso, ante el heroico arrojo de Pizarro_, cual humilló el atlántico sus ondas, dando paso á Colón, al verle firme en la misión divina, que cumplía!!!
Estuvo listo el buque, mas sin gente, pues la buena no hallábase dispuesta á correr de los socios los azares, que aunque animados de elevadas miras, también el efectuar pingüe ganancia aguijoneaba su codicia de oro: peligroso además era enbarcarse en aquella estación de vientos, lluvias, v muchos, con temor v desconfianza, auguraron mal éxito á la empresa; pero habían también en la colonia aventureras, mal entretenidos, ociosos y entrampados, que dispuestos á todo estaban por hacer fortuna ó escapar de presidio y acreedores; de esta clase de resuelta gente, /a menos propia para tal empresa, como algo mts de cien alistó Almagro, quien debía quedarse en aquel puerto, haciendo preparar el otro buque, y procurando para el viaje suyo, otro refuerzo igual de aventureros; pues se había acordado que Pizarro saliese en el que listo se encontraba, y que en el otro Almagro le siguiese, cuando hubiera la gente reclutado, que afanoso buscaba en la colonia, (i
Ya el inmortal Colón, Dios délos nvire^, á otros genios había descubierto
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4 —
con su inspirado genio sobrehumano, de esos ignotos mares tenebrosos, las corrientes, las rutas y misterios, solo dejando á sabios y cosmógrafos y á atrevidos viajeros y marinos, que fuesen, de su gran descubriendo, perfeccionando la obra y sus estudios.
Fué Colón el primero, y tras sus huellas lanzóse Hernán Cortés á otra conquista; V ante el brillo triunfal de su estandarte, en ambos hemisferios victorioso, y el denuedo invencible de sus huestes, sometió al gran imperio mejicano: es ahora Pizarro quien se lanza á explorar otro mar desconocido, recogiendo también aventureros, como los recogió Colón en Palos, que osaron en su empresa secundarle; porque ya para el genio no hubo vallas, desde que el gran Colón borró por siempre la palabra imposible, que la ciencia y la opinión unánime del mundo, como un axioma sostenía entonces, contra las cosmográficas ideas que sostuvo Colón en Salamanca, derrotando á sus teólogos famosos !
Y para el ardimiento de Pizarro ya no existía, no, ese imposible, que de fé santa y de esperanza ungido, á vencer ó morir, como otras veces, | ya su inquebrantable ánimo resuelto, ' de Panamá encontrábase en la playa, de su gente y amigos rodeado, >
y ansiosos todos de emprender el viaje, soñando con imperios y coronas, y tener más riquezas que el rey Midas.
Seguido de mujeres y muchachos, mozos y viejos y en tropel revueltos, el cura Hernando Luque presentóse, que abrazando á Pisarro y sus amigos echó después á los viajeros todos su santa bendición, de Dios en nombre, que de rodillas y mirando al cielo, como nuncio feliz la recibían.
Pizarro alzóse, y la tendida mano conmovido besó del padre Luque, y empuñando en la diestra una bandera entró en su bote; y levantada el ancla de su orgullosa empavesada nave, partieron á mediados de Noviembre del año mil quinientos veinticuatro.
ISSi y 15S5
Con los recientes datos de Andagoya y de esperanza henchido por la luz divinal que á la alma riela, Pizarro para el Sud se hizo á la vela, flotando sus banderas españolas en ese nuevo mar desconocido; y creyó que las olas el camino trazábanle al henderlas, como el guía que en vírgenes campiñas, conduce por las sendas al jinete: tocó de paso en la Isla de las Perlas, y dirigióse al puerto de las Pinas, del distrito llamado Biruquete.
Doblóse luego el puerto, y en el río Birú ancló la nave; 7 bajáronse las tropas á un desierto; mas en vez de florido fértil llano de rica tropical naturaleza, encontraron vastísimo pantano
y tupidos ramajes y maleza;
y pudo apenas internarse un poco
la legión afanosa en una espesa tierra montañosa, que de piedras pequeñas y afiladas era un triste y agreste extenso foco,' dejándoles las plantas destrozadas, hasta el extremo de tirarse al suelo;
y de hambre y sed postrados, y de horrible calor insoportable, demandaban exánimes al cielo el fin de su existencia miserable,
maldiciendo esa empresa, que iba ya cruenta, apenas comenzada, de todos á cavar allí la huesa.
En medio de esos ecos lastimeros, Pizarro alzó su voz y fué escuchada por todos sus valientes compañeros; é irguiéndose entre todos así dijo,
■já^^^^^^L^^ÉiéSí^
— 5
procurando alentar á su partida: -^^^^^^^^^v «Decidme, que por jueces os elijo,
' ¿no es cierto, que en la vida, sin trabajos, afanes ni proezas
y tormentos crueles, no se obtienen de gloria los laureles,
ni honorables riquezas? Pues entonces, paciencia, y prosigamos
nuestro heroico programa, y con gigante aliento en esta empresa,
que nuestra justa fama,
no á cavar nuestra huesa, . sino un imperio á conquistar ncs llama! Salgamos, pues, de aquí: nadie vacile, que harta mengua sería, harta vileza, ser vencidos por piedras y maleza:
en nuestro buque entremos y sigamos.... sigamos adelante,
que premiado veremos con gloria eterna nuestro afán triunfante,
que el triunfo es infalible del que prosigue audaz, ¿siempre constante)).
A la voz de su jefe, los soldados pusiéronse de pié, como impulsados por eléctrica fuerza irresistible, y á desandar volvieron el camino de arenas, pedrezuelas y pantanos, consiguiendo salir de aquel desierto, después de hacer esfuerzos sobrehumanos; y llegados al río y junto al buque, recobraron su aliento y su coraje; y luego de un descanso de dos dias, firmes siguieron hacia el sud el viaje.
De camino diez dias llevarían, cuando en desierta playa, no risueña, á echar el ancla viéronse obligados para poder surtirse de agua y leña; y al continuar siguiendo el mismo rumbo, fuéronse levantando, atronadoras,
las ondas mugidoras
V horrendos vendavales; la lluvia desprendiéndose á torrentes en cascadas de rápidos raudales, como solo en los climas tropicales se ven esas tormentas imponentes,
con espanto y horrores, y esa electricidad, rayos y truenos, que incesantes bramando, entre fulgores, conmueven los cimientos de la sierra
y turbios horizontes, cual si al crujir, abriéranse los montes, ante esos cataclismos de la tierra!
Y la pequeña nave, exploradora,
juguete fué die? dias v^ ^ , de aquella tempestad asoladora; : ■ ^ y haciendo agua por todos sus costados,
rompíanse sus cuerdas y volaban sus lienzos destrozados;
y entre ayes y gemidos
y ya sin provisiones,
creíanse perdidos y pasto de voraces tiburones; mas la violenta furia fué calmando
del viento v de las olas, y la sañuda suerte más risueña, el cielo de turbiones despejando; v va entonces hacer rumbo pudieron al puerto do tomaron agua y leña,
V salvos se creveron; y hallábase la nave en tal pobreza
de todo bastimento, que concedió Pizarro, con largueza,
como diario alimento, de mais dos mazorcas por cabeza.
Los expedicionarios pisaron otra vez la costa ansiada,
que fangoza y salvaje de impenetrables bosques solitarios
hallábase cercada, do las lianas colgando su follaje, y enredaderas miles y fibrosas, formaban tupidísimo ramaje:
y todo aquel desierto de amarillentas hojas tumultuosas
veíase cubierio, que las lluvias y vientos arrastraban, en discordantes voces quejumbrosas: no habían animales, ni de pájaros los armoniosos cantos se escuchaban: y de la oscura noche en el sosiego, de insectos solamente, en densas nubes,
en los campos brillaban las chispas de sus alas, como fuego: todo era muda soledad, sombría, en esa playa lúgubre y desierta;
y la gente corría y no encontraba amparo ni alimento, sintiéndose postrada y medio muerta, y para resistir ya sin aliento, clamando el regresar para salvarse, pues con salvajes yerbas y con bayas y con ciertos mariscos de las playas, casi apenas podían sustentarse:
y las emanaciones de la humedad v el aire envenenado,
de oxígeno cargado, al vital desarrollo se oponían;
y esos fuertes guerreros,
entre charcos y el barro
exánimes caían.
Allí, por oes primera. conocióse el carácter de Pizarro, que firme, inexorable, decidido, cual si cumpliese divinal precepto, allí quizo que todo pereciera, antes que deshonrado y confundido, volverse á Panamá, como un inepto.
Con la elocuente voz de la amargura,
terrible y persuasiva, que en la alma imprime la contraria suerte,
les hizo ver Pizarro:
— que aq- ella heroica muerte era mejor que la humillante vida, que allá, como baldón, les esperaba, al desertar de la obra, ya emprendida. —
Así los alentaba, y así á sus tropas pudo contenerlas, esperando que Almagro se le uniese;
y sin perder momentos, mandó al buque con parte de la gente,
á la isla de /.«.s Perlas
en busca de alimentos, por un tal Montenegro dirigido.
Con unos pocos hombres, y sin darse Pizarro por vencido, rompiendo de los bosques el follaje, en busca se lanzó de alguna aldea,
donde dar hospedaje á las personas débiles y flacas;
más vano fué su empeño, porque eriales tan solo se veían; tuvo que regresar y hacer barracas, y apiñados allí se recogíaii
los enfermos y sanos; pudiéndose librar de la intemperie y de lluvias y vientos cotidianos.
Era, en fin, de contrastes una serie,
cada día más cruenta, la que sin esperanza allí sufrían; pues las hojas, las yerbas y raíces, que á comer obligados se veían,
envenenando fueron á esos desamparados infelices.
V veintiséis murieron, entre horribles dolores espantosos; y aquellos que de pié ai'in quedaban,
con la muerte luchando valerosos/ en medio de su angustia y amargura,
atentos contemplaban j á la azulada líquida llanura; ■
pero era su esperar una agonía, pues iban mes y medio transcurridos, y ni lejana vela se veía, ni de indios canoa bogadora.
En medio de esa crisis
de lucha aterradora, avisóse con júbilo á Pizarro: — que del bosque á través de una abertura,
fluctuante luz lejana, ^ "
vieron algunos en la noche oscura: — y despuntando apenas la mañana,
salió al punto indicado, con un corto piquete decidido; y cuando del breñaje hubo salido, en un llano un pueblito halló situado:
v tímidos los indios, al ver á aquella tan extraña gente, corrieron á ocultarse entre las brozas, como si vieran brujas ó visiones
de la tierra salidas, mientras la alegre tropa, ávidamente,
asaltando á las chozas, halló cocos, mais y provisiones
y diversas bebidas.
Viendo después los indios, qne no les ofendían esos hombres de tan brillantes armas y denuedo, á ellos poco, á poco se acercaron,
hasta perder el miedo; y con simplicidad les preguntaron, quizá no comprendiendo en su ignorancia
la ofensa que inferían: — ^qué por qué, en vez de cultivar su tierra, de otras los frutos á robar salían, haciendo á gente inofensiva guerra, cuando jamás les hizo mal alguno? — Y en vez de contestar los invasores
al reproche importuno.
con gozo contemplaban los diversos adornos de oro y perlas, que sin temor los indios ostentaban.
A un locuaz viejo interrogó Pizarro, sobre el reino opulento, que buscaban;
y el viejo francamente le dijo: que á die2 soles de camino
im monarca existía, en un extenso imperio poderoso;
JlÚAÁ'm'iUÍA^,-^^,
— 7 —
mas que el hijo del sol, omnipotente, sus antiguos dominios invadía, con ejército invicto y numeroso. Y aquel viejo erudito, de toda su comarca respetado, sin duda, en tal error, se refería á la invasión á Quito, que treinta años hacía ya estaba por Huayna conquistado; lo que apenas confusa y vagamente, en tan vasto desierto despoblado y lejanos parajes, por tradición sabrían de Panamá y Colombia los salvajes.
Regresó de su viaje Montenegro, después de seis semanas transcurridas, trayendo de la Isla de Las Perlas
bastantes alimentos; y las penas contáronse sufridas
de una y de otra parte;
mas ya, todos contentos,
creyéndose un dios Marte, cada cual de esos bravos castellanos, loaron de Pizarro la constancia, y en los trabajos su pericia y arte;
y ya gordos y sanos, con el buen alimento recibido, otra vez adquirieron su arrogancia, pidiéndole á su jefe esclarecido, que ya el ídolo allí de todos era: — que sin fijarse en rumbo ni distancia.
los condujese, en fin, donde quisiera. —
Este era el grato día,
que con ansia esperaba la calma, persistencia y energía del decidido é intrépido Pizarro; . porque ya siendo el ídolo de todos, podría uncirlos á su duro carro
v desafiar la suerte, pues á su edad, tan solo ya aspiraba, harto de afanes, luchas y proezas, á asomlDrar con un acto de heroísmo,
ó encontrar pronta muerte, descendiendo con todos al abismo, ó protegido por brillante lumbre, de la gloria, el poder y las riquezas
subir hasta la cumbre!
Y enérgico y fogoso, arengando al tropel de aventureros, cual si fuese un caudillo poderoso, revelóse en su empresa, inexorable: embarcáronse todos placenteros, y una brisa templada y favorable
las velas impulsando, hacia el sud misterioso prosiguieron,
las penas olvidando
del ávido desierto, y de vichos é insectos el enjambre, que entoldaban, cual nubes, ese puerto, al que infamó Pizarro, designando
con el Puerto del Hambre.
15S5
Si en vez de proseguir por esa costa, que mostrábase ya inhospitalaria, hubiérase Pizarro aventurado
á sahr mar afuera, para abreviar su empresa temeraria,
habríase encontrado mucho antes con el reino, que buscaba;
pero siendo el primero que aquel ignoto mar audaz surcaba, ni un imperfecto mapa se tenía, y era la costa el único sendero
•que á ciega>< los llevaba, v sin rumbo hacia el sud los dirima,
cual brillante lucero, entre las selvas de la noche obscura.
sirve de guía á intrépido viandante.
Ellos buscaban oro por do quiera de esa zona en los bosques y llanura, puertos, ríos ó á plácida ribera; y por eso, con ánimo anhelante, en las costas bajaban i¡ segaian, siempre tocando en ellas, y adelante
en pos de otras corrían, .
como escuadrón triunfante, que entra al sitiado muro, sin tardanza, porque pensaban ver en cada costa
cumplida su esperanza. /
De viaje á pocos días,
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avistaron un campo más abierto, y sin selvas espesas ni sombrías, y con otros bajó Pizarro al puerto, poniendo á ese paraje Candelaria, pues el dos de Febrero s\\\ bajaron; y dejando la costa solitaria
de aquel nuevo distrito^ como más de dos leguas se internaron,
llegando á un pueblecito:
con gritos y clamores huyeron sus absortos habitantes
de aquellos invasores, que encontraron acopios abundantes y adornos toscos y planchuelas de oro; y de cuerpos humanos y en pedazos, en ollas, junto al fuego y con tocino,
pechos, torsos y brazos; y á su vez espantados del banquete,
que los indios dejaron, aunque llevando el oro y los acopios,
como si fueran propios, en la nave siguieron su camino.
Un tiempo borrascoso al dejar aquel puerto sobrevino, y fué aumentando en huracán furioso; mas Pizarro, en su empresa inexorable, afrontó los furiosos elementos.
y en su rumbo invariable,
entre lluvias y vientos, siguió surcando la irritada costa, cuyos contornos y perdidas rayas destacaba el fulgor de los relámpagos: y después de calmada la tormenta,
bajaron á las playas, donde unidas zarzas como viñas, hacia el Sud se hallarían veinte leguas
del Puerto de las Pinas, y apenas de su empresa en los umbrales; y la nave quedó casi varada en las agretes zarzas y nopales, que la costa cubrían, y Pizarro
llamó Punta Quemada, puos parecía hallarse calcinada por los rayos del sol abrasadores v la cálida bruma de los valles.
Los bravos invasores' viendo trilladas sendas, como calles,
que al interior seguían,
y otros varios detalles,
que presumir hacían^ que hallábase poblado aquel paraje,
una legua marcharon,
los asilos buscando del salvaje;
y en un risueño valle de esmeralda, j
una ciudad hallaron |
de un verde monte en la tendida falda, y que en torno encontróse defendida i, de fuerte em pálida, bien tupida; y no obstante, la indiana muchedumbre desierta la dejó, según costumbre,
y entregada al pillaje de aquellos temerarios invasores de audaz aspecto y varonil belleza, que apropiándose el oro y alimentos,
ufanos y contentos, como dueños tomaron hospedaje
en esa fortaleza.
Por lo pronto, allí Pizarro estableció el campamento, conceptuándose seguro en ese cercado pueblo; y mandó, con un piquete al oficial Montenegro á recorrer los contornos v observar los movimientos de los espantados indios, que supoiu'a dispersos y asilados en los montes ó vagando en los desiertos; pero los indios astutos, solo internáronse en ellos para ocultar sus mujeres v á los chicos v los vicios, y tornar á los suburbios, conservándose en acecho del plan de los invasores y todos sus movimientos; pues atmque instantáneamente despavoridos hujeron, ante el brillo de las armas de esos extraños guerreros, que de pronto imaginaron que bajaban de los cielos, eran indios belicosos, que peleaban con esfuerzo, de sus lares en defensa, así es, que en cuanto vieron, que lejos de la ciudad se encontraba Montenegro, y con muy pocos soldados, de su emboscada salieron, y dando gritos de guerra, fueron sus flechas blandiendo,^ como oscuras, densas nubes,, arrastradas por los vientos.
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Los absortos castellanos, de su sorpresa repuestos, con sus ballestas y espadas al instante respondieron; pues para aquella invasión no hallaron armas de fuego, lo que hizo largo el combate y lamentable el encuentro de parte de los cristianos, porque tuvieron tres muertos y también oarlos heridos, que salvar lograron luego.
Pero los astutos indios, 'con pleno í^onocimiento de. todos aquellos campos V sus ocultos senderos, se adelantaron, en mucho, de Montenegro al regreso, y cayeron por sorpresa en el descuidado pueblo, renovando el fuerte ataque que dieron á Montenegro; pero no era hombre Pizarro de esperarlos en los cercos; así es que reunió á su gente y formada en campo abierto, corrió de ella á la cabeza á provocar el encuentro: admirados los salvajes de la arrogancia y denuedo de esos pocos castellanos, que eran uno para ciento, retiráronse de pronto, transidos de horror y miedo ante esa legión sublime, que parecía, sonriendo, burlarse del entusiasmo de ese numeroso ejército, que con desprecio miraba; pero á los pocos momentos, de su espanto avergonzados, y de no aceptar el reto, con tal ímpetu cargaron y tal furor embistieron, que apenas tan rudo empuje, entre alaridos tremendos, consiguieron contener la punta de los aceros y disparadas ballestas; y los indios, comprendiendo, que el descollante Pizarro al frente siempre y sereno, era el temible caudillo
de esos osados guerreros, 5 ■ le rodearon, afanosos, con más encarnizamiento, y dirigiéronle flechas todos los duchos arqueros; V á través de la armadura siete dardos le metieron, y que otras tantas heridas resultaron en su cuerpo; y no obstante el bravo jefe siguió luchando y venciendo; mas resbaló de una altura y cayó de pronto al suelo: entonces, un grupo de indios dio alaridos de contento, y corrió para ultimarle; pero el caudillo, ligero púsose erguido y de pié, y espada y broquel cogiendo, arremetió á todo el grupo y dejó dos indios rrmertos', y vacilante y temblando no osó el resto acometerlo. y púsose en dispersión al notar que Montenegro, llegando á paso de carga y de venganza sldiendo, atacó á la retaguardia, y sobre tendidos cuerpos abriéndose raudo paso sus largas espadas fueron.
El campo de ese combate de indios quedó cubierto, y dos castellanos más en esta otra acción murieron, quedando muchos heridos, que se llevaron al pueblo.
Pero si este primer triunfo no dejó de ser completo, también fué por demás caro para núcleo tan pequeño.
Y habiendo aquel nuevo punto, después del triste suceso, perdido todo el encanto que brindábales, risueño, y temiendo nuevos golpes en un tan aislado pueblo, á los jefes y ofíciales reunió Pizarro en consejo, pues sabía ser prudente, cuando era preciso serlo,
y gustaba oir de todos los pareceres diversos, para apropiarse el mejor y proceder con acierto, y la reunión resolvió: — que no era prudente y cuerdo otra vez allí exponerse á esos ataques tremendos, que algunas vidas costaban, cuando era el número inm.enso de esa belicosa indiada y tan reducido el de ellos, no pudiendo intimidarlos por falta de armas de fuego; y que quizá en adelante, el sostener ese pueblo más pérdidas les costasen, sin lograr ningún^ objeto; y tal vez la^^^ida/á todos, sin auxilio en tal desierto, á medida que los indios el temor fuesen perdiendo, y otras tribus acudiesen á lidiar por sus derechos; y que cuanto antes debían salir todos de esos cercos y acercarse á Panamá, para esperar el refuerzo que Almagro conduciría; y ya, con más elementos, más gente y otro bajel, y buenas armas de fuego, que eran el terror del indio, seguir la empresa de nuevo, sin tales contrariedades, ni el hacer tantos esfuerzos. hasta llegar á las puertas del buscado gran imperio.—
Pesaron tales razones ^ en el claro entendimiento del precavido Pizarro, aunque en el alma sintiendo no seguir más adelante, y que se perdiese el tiempo, V en vez de ir avanzando, comenzar el retroceso; más poder enviar el oro sirvióle al fin de consuelo, como una evidente muestra de grandes descubrimientos y de futuras riquezas, que á miles de aventureros llevasen á sus banderas, realizando sus deseos.
Y en breve de aquellas playas para C/iicamá salieron, donde animosos bajaron, sin tener un contratiempo.
Y como hallábase el buque averiado y sin pertrechos, mandó el jefe, precavido, á su amigo y tesorero don Nicolás de Ribera, que todo el oro reuniendo, para Panamá saliera y lo invirtiese en ponerlo en buen estado de equipo, para buscar el gran reino; y al gobernador y á Luque, comunicando sus hechos, daba grandes esperanzas de realizar sus intentos.
15S5
Ínterin Pizarro anduvo cruzando costas v selvas, consiguió el activo Almagro aprontar su carabela; y como setenta hombres seguiríanle en su empresa, aunque de clase tan ínfima, que eran del jefe vergüenza.
De una india de Panamá joven, desvalida y bella, el buen Almagro, aunque viejo, tuvo un hijo, dulce prenda, que con locura quería, y en quien toda su existencia con pasión reconcentraba; porque expósito en la tierra
. Pi^MS^lÉh^T.L^.UiXS^k^r^'^&t .
y siempre en los campamentos, - ■
y entre el juego y las torpezas
de esa vida licenciosa^
ó asaltando las aldeas
de las indianas regiones,
y haciendo imperar la fuerza,
jamás había gozado
su alma, de dichas sedienta,
las delicias del hogar;
y entonces, por vez primera,
para su seno se abrían
las nobles pasiones tiernas;
así es que antes de partir,
y como quien solo ruega,
recomendó mucho á la india:
que á su hijo Diego atendiera,
que ya seis años tenía,
y al padre Luque, en su ausencia,
lo preciso demandase,
mientras él, en nuevas guerras
y peligrosas conquistas,
buscaba nombre y riquezas
para el hijo, que adoraba,
de la vejez en las puertas; —
pues aunque dicen los pobres,
que Dios amó á la pobreza
v ensoberbece el dinero,
nadie ser pobre quisiera,
y todos horror le tienen;
y más, el que pobre queda,
como si fuese deshonra
ó maldita sucia lepra,
Y poco antes que llegase el tesorero Ribera al puerto de Panamá, hízose Almagro á la vela; -y como Almagro y Pizarro para hallarse convinieran, en que iría éste dejando señales en las riberas, donde bajase ó se hallara, así Almagro fué sus huellas siempre en las costas siguiendo, hasta encontrar la postrera, que estaba en Punta Quemada, y allí bajaron á tierra; mas va con demostraciones de hostilidad y fiereza recibidas esta vez de Almagro fueron las fuerzas; pero entrándose hasta el pueblo redujeron á una hoguera las chozas y empalizadas,,
ya las indiadas dispersas; pues así vengarse quiso de Almagro la ira cruenta, porque al entrar en el pueblo de su gente á la cabeza, le hijo saltar un ojo una bien tirada flecha; y aunque fuerte inflamación rendirse al dolor le hiciera, continuar quiso su viaje; y bajó en un valle ó selva, do falleciendo un soldado, puso Valle de Bae^a, en recuerdo de su nombre; y costeando la ribera, penetraron en el río y vitron, con estrañeza, que las aguas arrastraban, entre las ondas ligeras, -^ un melón ó calabaza, caído de alguna huerta; y por esta sola causa, pues la gente es novelera, le puso Rio Melón; siguieron á unas aldeas, que vieron á la distancia, y cuyo aspecto, entre piedras, á lo lejos semejaban castillos, en altas sierras, y por eso le pusieron Rio de las Fortalezas; y por último, llegaron á otro río, y con sorpresa admiraron su hermosura y su bien cuidadas huertas, y el arte, con que las chozas, bajo de inhiestas palmeras, se alzaban con simetría y cierto lujo y belleza, revelando más cultura y una ya evidente muestra, que no lejos se encontraba la rica y buscada tierra, objeto de sus afanes; V como la carabela ancló en Junio veinticuatro del río á la margen bella, Jiio de San Juan le puso el buen Almagro, en ofrenda del gran santo, que ese día la santa iglesia venera.
Aunque jumó por las chozas hojuelas de oro bastantes.
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acuitado estaba Almagro, pues ya no hallaba señales para pensar que Pizarro se hallase más adelante; y supuso:— que en alguna de esas tantas tempestades, que azotando aquellas costas, estallaron meses antes, hubiérase ido á pique, sin que encallase su nave, ni pisar tierra lograran los perdidos navegantes; porque sino el casco ó restos del esparcido velamen hubiera visto en las costas, que inspeccionaban constantes; ó quizá en obscura noche ambos bajeles pasasen sin verse el uno ni el otro, al regresar de su viaje ' para Panamá Pizarro, cansado ya de esperarle. —
Y asi Almagro discurriendo en aquellas soledades, comprendió, que era imposible, á pesar de sus afanes, faltándole allí su socio, llevar la empresa adelante, con les cortos elementos,
que llevó para ayudarle: determinó, pues, volverse, alentándole incansable en su vida de aventuras, la esperanza de encontrarse con Pizarro en Panamá, y que Dios los amparase.
Y del río de San Jfian v con viento favorable, llegó á isla de las Perlas, en donde diéronle parte: —que Pizarro en Chicamá permanecía esperándole; —
y para allá salió Almagro, teniendo el gusto de hallarse ambos amigos y socios, y contarse sus percances; y con mayor ardimiento formular postreros planes para seguir su campaña, que más rica é importante ambos jefes conceptuaron, después de hacer ese viaje.
pues adquirieron más oro ^ y pruebas más terminantes, que las que hallar presumieron, apenas al alejarse. I
Y convinieron:— que Almagro á Panamá se tornase y al gobernador y á Luque comunicara al instante, todas las buenas noticias, y de ellos dos procurase nueva licencia y recursos, para lanzarse, cuanto antes, en empresa tan grandiosa y al trono tan honorable: que exagerase las nuevas y que no ocultara á nadie los brillantes resultados, que debían esperarse, para que de oro sedientos, dispuestos ya se encontrasen millares de aventureros en sus filas á enrolarse, mientras Pizarro esperaba que su socio regresase, con todos los elementos, que para salir triunfantes ya tener necesitaban, en esa empresa ardua y grande, que iba á hacerlos poderosos
V fama inmortal á darles.—
Como alegre, feliz niño, á quien un juguete dan, así lleno de esperanzas llegó Almagro á Panamá; pero hallóse, que Pedrárias, el gobernador falaz, estaba aprontando gente para en persona mandar una pronta expedición, contra el rebelde oficial Hernández, que en Nicaragua alzóse de tiempo atrás,
V este acto de defección, que quería castigar,
aunque hiciera un largo viaje en su va abanzada edad, y arrastrase cuanta gente se hallara en la capital, á su irascible carácter tenía irritado más, y á Almagro, con gran enojo, quiso apenas escuchar,
-■>&.
^ÉÍáskí
— 13 —
diciéudole: — que quería ; :,
á él y á la sociedad,
que formaron con la idea
de á los necios explotar,
y ellos el oro guardarse
de la región virginal,
el hacerlos responsables
ante esa su autoridad,
de todas aquellas vidas,
que hicieron sacrificar
en temerarias empresas;
por oro ó por vanidad,
cuando él las necesitaba
para el servicio real,
y poder restablecer
en Nicaragua la paz;
y que otra vez el venir
más gente á solicitar
y recursos y licencia,
era una temeridad^
que nunca consentiría
V sabría refrenar,
pues demasiado abusaron
de su paciencia y bondad. —
Pero el cura Hernando Luque, hombre más vivo y sagaz que cuantos Pedradas hubo, formóse un juicio cabal del valor de tal empresa; y ya no pudo dudar que tal imperio existía, cuando la voz general y unánime las noticias llegábanlo á asegurar; y recordando á Marchena.... — á ese gran fraile ejemplar, que llevó al pobre Colón hasta el palacio real; le alentó en sus decepciones con su cristiana piedad, y él tan solo comprendió á ese genio colosal; y en Moguer le hizo dar buques y le bendijo al marchar:— recordando á ese gran sabio, y queriendo que inmortal también su nombre se hiciera en el pacífico mar; — y ante sus ojos teniendo, como hecho providencial de Méjico la conquista para llegarle á alentar, y persistir en su idea.
sin cejar de ella jamás; - ?;: ' y conociendo el influjo ^^ • -: que tenía en Panamá, ^ y el respeto con que siempre llególe el jefe á escuchar, incansable habló con todos, y cada vez más y más á todos fué convenciendo de la gran felicidad y de la gloria, que habría, tal empresa en realizar; y hasta el extremo, que algunos viéndole en manía tal persistir á todas horas, llegáronse á imaginar, que había perdido el juicio con su charla sin igual; y el maniático ó el loco diéronle en fin, en llamar; pero él no hizo caso á nada y persistió más tenaz, y al irritado Pedrárias con perseverante afán habló, pidió y suplicó,
V con toda claridad demostróle las ventajas
de en la empresa continuar; y el clamor del pueblo todo y de Luque el tenaz plan, consiguieron de Pedrárias la oposición ablandar; más siempre ruin y celoso y en toda empresa, fatal, por su envidia miserable y conocida ruindad, consintió en dar la licencia y á su parte renunciar, cuando proínetióle Almagro darle, por todo caudal, mil pesos fuertes en uro, del que pudiérase hallar. 8
Y Pedrárias en intrigas ducho, astuto y suspicaz, para que Almagro y Pizarro llegáranse á enemistar^ y siempre el uno del otro fuera celoso rival, hízole á Almagro la gracia del grado de capitán, que era el que dióle á Pizarro tal empresa al iniciar.
Y al fin pudo el padre Luque dejar de ser tan locuaz,
S?<*\^* .. JHÍKÍ-^i-^.
■■•;>'¿vf¡:ísS»iií!k:--'í!Í/.y 'f- ;..*..'
conseguido ya su objeto... y no hizo poco, en verdad!
Así todo convenido, y el año ya al terminar, ufano salió Pedrárias del puerto de Panamá, adonde volvió Pizarro con toda seguridad, en cuanto aviso le dieron que había salido ya, pues de Pedrárias temía la oposición afrontar.
Tiempo hacía que en la corte, y todos en general, hallábanse disgustados con Pedrárias por demás; y sostituyóle el rey, el nuevo año al comentar,
con don Pedro de los Ríos, de Córdoba natural, lo que todos aplaudieron, canzados ya de aguantar la insolente altanería de ese viejo criminal, verdugo del gran Balboa; y después de regresar de su viaje á Nicaragua, vivió algunos años más entregado á las rencillas, impropias ya de su edad y de un hombre, que ejerció un puesto tan principal en Panamá y en la Antigua; y murió en la oscuridad. de donde para el progreso de esa parte occidental y sus nacientes colonias, no debió salir iamás!
i5se
Cuando supo Pizarro, que Pedrárias había á Almagro dado de capitáp el grado, para que, con igual grado y derecho, pudieran ambos dirigir la empresa, á Luque demostró su gran disgusto, poseído de envidia // de despecho, diciéndole alterado: — que era injusto que le igualase á él, que había hecho por Pedrárias notables sacrificios, y tenía más práctica y pericia .
y mejores servicios para mandar él solo la campaña: que antes que soportar esa injusticia, resuelto ya tenía volverse para España, donde pobre y oscuro moriría, mas sin ser á sus años humillado. —
Atento el padre Luque escuchó tales quejas, resignado, y díjole: — que Almagro era su amigo,
y que espontáneamente, sin haberlo jamás solicitado, le confirió Pedrárias ese grado; , y que por consiguiente
sería siempre Almagro su segundo,
dejándole, como antes^ la dirección completa de la empresa,
hasta salir triunfantes: que Almagro era su amigo y generoso, y no por celos y temores vanos se mostrase mezquino ni envidioso; sino firmes y unidos, como hermanos,
hasta haber conseguido el que esperaban éxito glorioso;
y que en tan gran conquista, estando de los tres comprometido
en público el decoro,
veinte mil pesos fuertes
daría en barras de oro, que era todo su haber y su fortuna, para que de ellos la honra se salvase,
y de su fé en la empresa
no hubiese duda alguna:
que si quejas tenía,
prudente las guardase para otra ocasión más oportuna; y otra vez á partir se preparase, porque un presentimiento le decía, que al volver á ese mar, que era un misterio, ya la gloria al encuentro le saldría,
- 15 -
brindándole un imperio. —
Y añadió el padre Luque: —((¡Hijo mío, que será otra tu suerte, en Dios confío, cuanto antes desgraciada fué historia!» ({¡Ah! sí, padre, mi suerte es irrisoria; pero aunque vivo, mísero, entre el barro, soy feliz.... porque sueño con la gloria!» repúsole Pizarro.
Así Luque halagaba
la ambición y pasiones del caudillo tenaz, que precisaba;
y al fin sus reflexiones
hicieron que Pizarro su envidia por entonces ocultase
á todos manifiesta, y aceptando del cura la propuesta otra vez á partir se preparase.
Por escritura pública efectuóse e.^ta vez el compromiso:
y por ante el actuario^
veinte mil pesos faei'tes en barras de oro dióles el vicario, y Pizarro y Almagro declaraban:
que al padre Luque daban igual parte á la que ellos obtuviesen: — y juraron cumplir esta promesa
con ánimo cristiano,
colocando su mano en un misal, encima de ese pliego;
y á dos de los testigos pidieron que firmaran á su ruego. 9
Queriendo al otro día el padre Luque reconciliar á aquellos dos amigos
con vínculos sagrados^ pidióles: — que asistiesen á su misa; — y todos en el templo congregados,
y allí los dos rivales, al decir misa dividió la hostia
en tres partes iguales; con una comulgó, llamando luego
á Pizarro, así dijo:
((Por 'esta hostia sagrada,
imagen de Dios hijo, don Francisco Pizarro, yo os conjuro:
¿juráis, que ahora y siempre tendréis á Diego Almagro por hermano?»
— «Sí, padre, sí lo juro.» — «¿Y vos también juráis, Diego de Almagro,
por la hostia que consagro, y en vuestra santa fé y honor seguro.
que á Pizarro querréis toda la vida?»
— Sí, padre, sí lo juro.» — . í- - - Y comulgaron ambos en seguida. >. T .
Y añadió el padre Luque: • v"'
((Así de Dios cumplido el mandamiento, el cristiano recibe nueva vida,
y se hace noble y grande: y el que llegue á faltar al juramento,
que Dios se lo demande, y aquí en el mundo sea escarnecido, y en la otra vida con castigo eterno!»
Cada cual sorprendido ante aquel acto majestuoso y tierno, observó á los caudillos levantarse, ir del cura á besar la noble mano,
y después abrazarse, llamándose á la vez-((jHermano!-iHermano!» —
¿Pero Luque creyó con fé sincera,
que por tal juramento al pié del ara,
ya siempre los uniera,
esa estrecha amistad indisoluble,
que liga á los leales caballeros? ¿O solo por un acto de egoísmo
llevó á cabo la extraña ceremonia,
confiado en el ciego fanatismo
de ambos aventureros,
caudillos de alta prez en la colonia?
Pero sea el que fuere
el impulso que á Luque tan nuevo acto á celebrar moviere, de su feligresía con sorpresa,
el móvil fué loable para tratar de asegurar la empresa; y debido á su fé, influjo y dinero
y constancia admirable en persuadir y hablar hombre por hombre, realizóse gloriosa la conquista, de los tres inmortal haciendo el nombre.
Después del juramento,
los tres activos socios
no perdieron momento; y dos baques compráronse más grandes,
bastantes provisiones, unos caballos, armas, municiones
y cuanto preciso era^
y encontrarse podía en la nueva ciudad, en donde entonces de lo más esencial se carecía, y era muy cara cualesquiera cosa; pues de un mar á otro mar, entre montañas,
16 —
iíruzando el istmo, casi sin caminos,
era la travesía
muy lenta y trabajosa,
y correos y arrieros,
y muías y peones con trabajo pasaban por senderos.
Llamóse por avisos y pregones
á los aventureros, que quisieran lanzarse á la conquista y hacerse de dominios y millones
V fabulosa renta; mas apenas quisieron alistarse
unos ciento sesenta^ y eran los más, de la mitad de aquellos
que pudieron salvarse de la anterior expedición funesta.
Bartolomé Ruiz, hábil piloto, tomó á su cargo el dirigir los buques de esta expedición, harto modesta, para buscar un reino en mar ignoto,
y con espada en mano
conquistarlo y ponerlo ante las gradas del monarca hispano.
Al Río de San Juan, último punto
que Almagro descubriera,
salieron los dos buques, llegando felizmente á aquella playa, sin tocar en ninguna otra ribera:
la aldea sorprendieron, y de oro un botín considerable
en breve recojieron, que juzgaron un signo favorable, y un augurio feliz de la conquista
^^<i^ y futuras riquezas, que veían brillar ante sus ojos:
y acordóse: —que Almagro á Panamá volviérase en seguida
con tan ricos despojos, para avivar á la ambición dormida de la incrédula gente, que dudaba,
y presurosa fuera á buscar entusiasta su bandera, al saber que tanto oro se encontraba.—
Partió Almagro; y Ruiz, en la otra nave, fué al Sud á explorar las nuevas costas, para el sitió elegir mejor situado, de donde la campaña se emprendiera, con fácil y seguro resultado,
PizarrOj con el resto de la gente,
quedóse en esa aldea abandonada; • j
pues contestes los indios í ^
dijéronle: — que había, no distante, {
una región abierta y cultivada, ;
de donde fácilmente '
podría proseguir más adelante.
Esa extendida costa fué explorando
el marino Ruiz, '
y á dos grados al Norte halló una isla,
que por el modo hostil y el penetrante grito, con que el indio
salióle á recibir, la puso Isla del Gallo; y avanzando halló más cultivado ya el país; y llegó á la bahía San Mateo, cuyos indios de aspecto varonil, sin miedo y con respeto á los cristianos
vieron llegar allí: y amigos de esos indios apacibles,
hiciéronse á la mar, y con sorpresa vieron á lo lejos
un gran buque surcar, con extendida vela aquellas ondas, y hacia ellos la marcha acelerar.
«¡Un buque en estos mares!» Cada cual, admirado, murmuró; pues ni aun el imperio mejicano el uso de las velas conoció. «¿Quién, exclamó Ruiz, quién ha podido
surcar antes que yó, estos remotos mares, y de vuelta llega ya ufano, cuando apenas voy?
¡Un buque, vive el cielo! ¡Dudo y no creo lo que estoy viendo!»
Y la vela, sin casco y sin castillos,
más cerca cada vez, una gran balsa, de ligadas vigas,
fué dejando entrever: piso de cañas, con timón y proa
tenía ese bajel; en el centro una choza para abrigo
de las lluvias y el sol, y dos inhiestos mástiles ó palos, do la cuadrada oela de algodón,
henchida suavemente,
daba impulso veloz á esa cargada de hombres y mujeres
extensa embarcación, que tanto á los marinos, desde lejos, Justa extráñela con placer causó.
— 17 —
Ruiz y sus marinos, presurosos, ;:5
junto á la balsa ya, descendieron á ella y admiraron,
con incansable afán, ricos adornos, planchas y vajillas
del preciado metal; una balanza para el oro y plata
en los cambios pesar; bebidas y conservas y otros frutos,
en mucha cantidad; bellos tejidos de brillante lana matizados de púrpura y carmín, y otros muchos y níticos colores, con figuras de pájaros y flores
muy raros del país; y otros varios objetos importantes, que harto prolijo fuera el referir.
Todas estas riquezas y adelantos
de civilización, revelaron al fin á los marinos,
sin dudas ni temor, que próximos se hallaban al gran reino, que con gloria buscara el español; y de esos misnrios indios escucharon
con ávida atención: —que el oro y plata y miles de rebaños, que dábanles su lana en profusión, eran cosas allí tan abundantes, como serlo podría en su nación de sus cadenas, anclas y armamento
la férrea producción. —
Y si en este relato del salvaje encuentras, oh lector.
después que los misterios se aclararon, •*
que hubo exageración, débote prevenir que tales hechos,, cual los narra la historia, los repito,
demostrando d lo más, que hasta en el hombre primitivo existe
la ciega vanidad, como todos los vicios y pasiones, grandezas y miserias, que se ostentan en el hombre de culta sociedad.
Y también, oh lector, debo decirte, queriendo esta ocasión aprovechar, que tal vez esta histórica leyenda por datos peque y raye en nimiedad; pero hasta lo más trivial narro, sujeto á la extricta verdad!
A unos indios, y entre ellos dos de Túmbez,
hicieron embarcar, para que todas esas maravillas á Pizarro llegasen á contar,
y sirvieran de intérpretes; y á la balsa dejaron ir en paz.
Siguió Ruiz andando, hasta llegar al medio grado Sud; y á la altura de Punta de Pasado,
en esa latitud, determinó volverse, y fué el primero que allí pasó la línea equinoccial;
y después de dos meses, la ufana nave vieron fondear
los esforzados huéspedes
del Río de San Juan.
' VI
153e y 1527
Así que los bajeles salieron de aquel río, Pizarro con su tropa marchóse al interior, en busca de esa fértil campiña deliciosa, de donde al fin pudiera seguir su expedición.
Más solo halló, como antes, eriales y espesuras,
y bosques gigantescos, que alzábanse hasta el cielo. 10
y ríos y lagunas y estériles llanuras; colinas y montañas, que con brumoso velo perdíanse en los Andes, en muda soledad.' reptiles venenosos y nniles de rebaños de monos, que con gestos diabólicos y extraños,
burlarse parecían de la falange audaz: la boa aterradora su víctima acechaba, plegándose en el tronco del árbol colosal; y á orillas de los ríos, paciente la aguardaba, y oculto entre la arena, el ávido caimán .
Algunos invasores así muriendo fueron, y en choques y sorpresas,cayendo otros también y en un bote encallado, catorce perecieron á manos de los indios, en una sola ves.
Tormentos indecibles sufrían de continuo,
— 18 ~
hallando en todas partes señales de exterminio, que al más osado hacían del éxito dudar; y el hambre y la miseria y tanto desamparo hicieron que hasta el oro tirase el más avaro, y solo su existencia tratara de salvar.
Pizarro, erguido y solo, constante persistía, y á todos dando aHento, su fé les infundía, con gusto prefiriendo dichoso allí morir, en busca de su reino, dejando su honra ilesa, y no por contratiempos, su digna y gran empresa dejar abandonada, partiendo ya de ahí.
En tan horrible crisis, miróse entrar al puerto, con gran gozo de todos^ la nave de Ruiz; y súbito alentados, el ánimo antes muerto, oyendo sus noticias, sintióse revivir, y unánimes ya fueron las varias opiniones;
y luego entvando Almagi-o con nuevas proüisiones la empresa únicamente tratóse de seguir.
Dicen que la mala suerte y su constante rigor precavido hacen al hombre, que haría confiado nació; por eso al llegar Almagro á Panamá, con temor, algo distante del puerto cauteloso el ancla echó; más don Pedro de los Ríos, que era actual gobernad- >r, á felicitar á Almagro fingiendo placer salió; porque de ayudar en todo á esa magna expedición, á instancias del padre Luque, orden tuvo superior; aunque con pena miraba que se diera protección á cada viaje de aquellos, que de babor á estribor iban repletos de gente y abundante provisión, yendo todo á perecer, como hasta allí sucedió, en desierta costa estéril, por obstinada ambición; y haciendo que de este modo tuvieran precio mayor los víveres, que la empresa en su acopio encareció, y disminuyendo fuese la naciente población.
Un grupo de caballeros, |
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afanosos por medrar, i
con otro de aventureros, í
como galgos perdigueros, ; acababan de llegar, ■ \ la madre patria dejando, y en la colonia soñando
un tesoro improvisar. i
Como bajados del cielo, á los ochenta buscó Diego Almagro, con anhelo, v mordieron el anzuelo, que mañoso les tendió; y con este continjente. provisiones y vestuario y todo lo necesario, de Panamá, diligente para San Juan se ma relió.
De Almagro la colmada nave alígera, y las nuevas del Sud, que los indígenas contestes daban y afirmó Ruíz, hicieron que á Pizarro, hasta los tímidos j marchar allá pidiéranle solícitos, fabulosas riquezas á adquirir; y aunque ya la estación de blandos céfiros pasado había rápido y fugaz, y los vientos del Sud, constantes, tétricos empezaban contrarios á soplar, no por eso dejaron, impertérritos y ledos todos de lanzarse al mar.
Entre tormentas, truenos y relámpagos, ocho días errantes, como náufragos, siguieron de las ondas á merced; y en la Isla del Gallo al fin bajáronse, pasando dos semanas en los árboles, pero el viaje volvieron á emprender; v va, cuanto más iban mternándose, iba todo con gala revelándoles, que mucho les faltaba que admirar: gigantes bosques de ébanos y sándalos, plantíos de cacao, sabrosos plátanos y un perfume gratísimo, oriental: pobladas villas y llanuras fértiles, sembrados de patatas y de maiz; y por do quiera el orden y buen régimen del interno progreso del país.
En Tacamez anclaron las dos naves, y una ciudad hallaron de mil casas, con espaciosas calles y arrabales, ' lindas plazas y extensa población, 11
.^ ^«Hitíi'^'.íat.juí', SaV,^,
íA^t*^.-i)¿ ÁJ"^-?
19.-
Los hombres y mujeres ostentaban adornos de oro con preciosas piedras; que allí estaban las minas de esmeraldas, con que el Inca sa templo enriqueció.
Y esas eran las costas opulentas
del hoy bello Ecuador, siempre sonrientes,
en la región del Sud, que conquistadas por continuas guerras, se anexaron al centro prepotente
del Inca del Perú.
Y al fondear allí los castellanos, salieron en canoas los flecheros
su puesto á defender; mas tornáronse á tierra á los disparos, y un piquete y Pizarro descendieron,
dispuestos á vencer.
Como unos diez mil indios, en la playa, colocados en orden de batalla, aguardaban de cerca al invasor: mandóles sus intérpretes Pizarro; pero hostiles rehusaron escucharlos, gritos dando de guerra y de furor.
Y murieran allí los españoles, como una torre al derrumbarse aplasta
al mísero mortal; pero un jiiiete al maniobrar cayóse, y á la ecuestre figura al ver tronchada la tribu audaz echóse á disparar; pues caballo y jinete suponían que era una pieza, indivisible, unida, y tal hecho un pronóstico fatal. 12.
Pasado ya el peligro, reuniéronse en consejo los jefes invasores, y todos convinieron: — que sus escasas fuerzas, lidiando cuerpo á cuerpo con esos por millares diestrísimos flecheros, serían impotentes para poder vencerlos; y aunque vencer pudiesen en un primer encuentro, aterrando á los indios con las armas de fuego, después anonadados serían por los pueblos, que irían á torrentes mandando á sus guerreros,
como en cercado bosque, al mal herido ciervo acosan los lebreles, hasta dejarlo muerto. —
Así todos pensaban, hallándose de acuerdo; los unos proponían, como único remedio: — volverse á Panamá, pensando que era un sueño poder ya realizar delirios tan funestos;— los otros opinaban: —mandar buscar refuerzos para así ver, cuanto antes, cumplidos sus deseos, ya que de la existencia del celebrado imperio, nadie dudar podía, al ver tan ricos pueblos. —
Tales fueron las razones que unos y otros expusieron, hasta que Almagro de pié, les habló de esta manera: «Puesto que todos conformes nos hallamos en ideas, de que adelante se lleve nuestra comenzada empresa, soy de opinión, que Pizarro, al frente de nuestras fuerzas y en un paraje seguro se quede én estas riberas, mientras que yo á Panamá me hago rápido á la vela y regreso con mas gente, para abatir la soberbia de esas numerosas tribus y dominar á esta tierra, haciéndonos poderosos con sus ocultas riquezas; y si triunfar no podemos, cada cual lidiando muera, que tal cosa es preferible á que del honor en mengua, cobardes y cual mendigos, en Panamá se nos vea llegar á pedir limosna, ó á los que han dejado deudas, vayan á lóbrega cárcel á morirse de miseria. Esta es mi opinión, amigos, V no dudo también sea.
— 20 —
según las razones dadas,
de los que tengan vergüenza.
El ceño frunció Pizarro, cual ruge acosada fiera, al oir que Diego Almagro, dando la cuestión resuelta, proponía, como base y sin su acuerdo siquiera, partir él á Panamá, haciendo iindas promesas, mientras quedábase él siempre, en desamparo y miseria, viendo morir á su gente y escuchando ayes y penas. Y esto, con agrias palabras y con infundadas quejas, reprochó Pizarro á Almagro, quien con sobrada extrañeza, le contestó: — que gustoso una y mil veces quisiera quedarse allí con la gente y pasar angustias cruentas, antes que ir á Panamá á sufrir otras vergüenzas, algo peores que la muerte, al implorar que le dieran otra vez nuevos auxilios, que con hidalga franqueza siempre amigo presentóle, aunque esos auxilios fueran para encumbrar á Pizarro como jefe de la empres".: que él no ambicionaba honores, y en cualquier playa de aquellas contento se quedaría, y que Pizarro partiera á mendigar lo preciso, á costa de su vergüenzaCiego de ira Pizarro, los respetos atropella del caballero y amigo, y le insulta con dureza, haciendo así que peligre el éxito de la empresa, ante ese público escándalo, que provocó su insolencia y á los guerreros sorprende; é ingrato llevó la diestra sobre el pomo de su espada, su ira de sangre sedienta, que la ira del soberbio es muy mala consejera.
Almagro sacó la suya ' y en guardia el ataque espera, que si á nadie insultar quiso, tampoco ninguna afrenta , de nadie dejaba impune, i sin arrancarle la lengua; , pero el piloto Ruiz y e! tesorero Ribera pusiéronse de por medio, y evitando la pelea, consiguieron que las manos ambos amigos se dieran y satisfacción cumplida; aunque quizá sus ofensas dentro del alma guardasen, aparentando prudencia, para vengarlas después de terminada la empresa; y adoptóse el plan de Almagro, que el mejor de todos era.
Al norte varios días navegaron,
buscando algún paraje, do Pizarro pudiérase quedar, pero en toda esa costa solo hallaron
al astuto salvaje más alerta y dispuesto á guerrear; y entonces los dos jefes acordaron: — que en la Isla del Gallo se bajasen, y Pizarro y las fuerzas se quedasen refuerzos á esperar. —
Mas los aventureros clamaron, entre gritos: — que duelos infinitos restábanles sufrir, en esa isla funesta, de males precursora, donde en aciaga hora llegaban á morir, sin que un lugar sagrado sus huesos recibiese, ni amparo humano hubiese en cárcel tan fatal: que fueron engañados con viles sutilezas, pues ni oro ni riquezas halló ningún mortal.—
En este estado. Almagro, tan triste y peligroso, á Panamá afanoso su marcha apresuró. Y aquel que se quedaba, í
— 21 —
á amigos y parientes, en frases elocuentes, sus penas escribió!
Creyó prudente Almagro, que tan contrarios pianes, minando sus afanes, debíanse frustrar; y todas esas cartas de quejas y lamentos, rasgadas y en fragmentos lanzólas á la mar.
Pero otros, más astutos y versados,
temiendo ser burlados, una solicitud, muy quejumbrosa,
mandaron á la esposa
del buen gobernador, refiriendo sus penas y tormentos,
y en sentidos acentos, pidiendo á la señora compasión: y para que no fuera interceptado, y de cualquier evento en precaución,
el pliego fué cerrado de tejido algodón en un ovillo, como un obsequio y muestra de algodón.
Y un tal Saavedra, hijo de Trujillo, —queriendo á los dos socios bosquejar; y ellos de sus engaños ó cuchilla
cual víctimas pasar, — por su cuenta agregó esta redondilla
al largo memorial.
que en muy diversos tonos
cantaron los colonos,
y se hizo popular:
^(Pues señor gobernador,
mírelo bien por entero,
que allá va el recogedor
y acá queda el carnicero.^) 13
Viendo el constante Pizarro, que en la isla su partida quedaba triste, aflijida, después que Almagro salió, y temiendo que insurrecta dirijirla no pudiese, y que diezmarla tuviese, con imprudente rigor; ó ser la víctima de ella, y perdido ya su afecto, como venenoso insecto á sus manos perecer; pretestó que el otro buque hallábase en mal estado, y en seguida fué mandado á Panamá á componer; y á los más agitadores, y que eran inútil cosa para empresa tan grandiosa, volverse, altivo, mandó; y firme, perseverante, y alentando al que vacila, su gente, algo más tranquila, en la isla se quedó.
Causó profunda pena y desaliento el ver llegar á Almagro á Panamá, con solo un grupo escuálido y hambriento de esos guerreros, que con noble aliento salieron un imperio á conquistar; y mayor fué aún el sentimiento,
al llegarse á saber:
— que el resto, abandonado, en una isla habíase quedado, donde ya muerto hallárase tal vez,
por haber escuchado
la palabra insidiosa, que usó el caudillo con su humilde grey.--
Y recibió don Pedro de los Ríos,
de manos de su esposa,
la triste y lastimosa
larga solicitud; y á la isla del Gallo, incontinente, dos bajeles, mandados por Tafúr, envió en busca del resto de la gente, ya asumiendo una enérgica actitud, contra la marcha osada é independiente
del caudillo insolente, ^ los desastres en el mar del Sud; pero Luque y Almagro le escribieron por seguro conducto y con afán: — que firme y sin volver se mantuviese,
pues pronto le enviarían
. ÍHt-^53iwí'¿'-¿«á.i-,
— 22 —
cuanto preciso fuese para seguir, con éxito su plan.—
Hallábase en la isla, , sufriendo afanes rudos, la hueste de Pizarro, con ínclito valor; y escuálidos, hambrientos y ya medio desnudos, ansiosos esperaban socorro salvador.
Y de Tafúr las naves gozosos al mirar, que á la isla se acercaban y en la ribera anclar, sintieron el contento <iue sienten, indecible, los náufragos perdidos, en medio de la mar^ cuando un ligero buque hacia ellos ven llegar, después de largos días y noches de remar.
Tafúr dijo á Pizarro y los soldados: — que venía con orden terminante
de su gobernador, de embarcarlos á todos al instante,
pues todos indignados
en Panamá se hallaban por el fin de tan loca expedición,
y á Pizarro culpaban por su ciega, ambiciosa obstinación. —
Pero algunos soldados vacilaron, testigo de los grandes sacrificios
de aquel caudillo audaz;
y su voz esperaron, para hacerle los últimos servicios,
y luego regresar; y el gran caudillo, entonces alentado
por tal demostración, y las cartas, que había recibido, irguióse descollante y poseído
de santa inspiración:
y firme, inconmovible, como altivo peñasco, ennegrecido, que en medio de los mares, combatido por fieras ondas y huracán terrible,
cuanto mayor se azota, más terso, firme y colosal se nota;
así firme v audaz, elevando á los cielos su mirada,
cual león, que sacude su melena, | sacó arrogante su gloriosa espada, |
y trabando en la arena de Este á Oeste una línea prolongada, así les dijo á todos: «¡Escuchad! , Por ese lado, — señalando al Norte, —
iréis á Panamá, y el que oro tenga brillará en la corte....
y hasta duque será; pero si os vais sin oro, honra ni gloria,
todos seréis allá despreciables bufones y la escoria
de aquella sociedad! Por este otro, --añadió, su brazo fuerte,
tendiendo al mar del Sud,— se halla el hambre, el dolor... tal vez la muerte;
pero se va al Perú....!
Y allí hay luchas. y glorias y riquezas...
para el héroe proezas y perlas y oro y esplendente luz! Libres del compromiso estáis conmigo... nada quiero por fuerza; pero os digo: todo indigno español, que abrigue miedo, y ame cobarde el ocio y la quietud, sin tener, como yo, de gloria un credo, vayase á Panamá... siga á Tafür....
porque ese, no merece
pisar ni ver el Sud! ¡Yo de mi empresa colosal no cedo, que rico quiero ser y celebrado,
ó con gloria morir.... quilín piense como yo, venga á mi lado, que yo voy á la gloria por aquí!»
Y hacia el Sud cruza la línea, su acero envaina, arrogante, y á los suyos un instante allí tranquilo esperó: trece héroes le siguieron, cuyos nombres y memoria ha conservado la historia, que tan magno hecho narró. 14
Y esos trece leales adalides, por el eco del genio congregados, eran ya, sino dioses, nuevos Cides: y escuálidos, hambrientos, desarmados, descalzos y andrajosos,
V en solitaria isla abandonados,
como horribles leprosos, viviendo á la intemperie y soportando de un sol de fuego rayos tropicales
V horrendos vendavales, y sin tener un bote carcomido
.,J¿,k..*A'j!Síá.^4í^„,^i_^1.„.. .As i..... 1- j*;^0*'.\.'^lá¿SaL'i.
— 23 —
do poderse arrojar al océano, ^ creían ya seguro y sometido á su incansable aliento soberano
el imperio peruano, y su nombre en el mundo engrandecido!
¿La historia acaso y sus anales cuentan, ó relatos de tiempos fabulosos de hércules v titanes, algún otro hecho superior presentan al de estos trece héroes prodigiosos? ¡Ninguno, en sacrificios ni en afanes, superior á tal hecho reproducen!
Inmenso, como el sol^ el genio tiene
destellos luminosos,
rayos vivificantes, que como acero eléctrico conducen su genio, resplandores y cambiantes, su fe, santa esperanza y sus ideas á las grandes y bien templadas almas; y en ellas repercuten, se comprenden,
y como amantes palmas
en célicos vergeles, abrázanse lozanas, y se extienden,
y cantares remedan, desprendiendo coronas de laureles, que adquiere el heroísmo y no se oenden, pues no hay riquezas, que comprarlas puedan!
Como en la tela ó en la piedra bruta
ó preparado barro da forma á su ideal y lo ejecuta
el inspirado artista, así artista y guerrero el gran Pizarro, del Perú delineó la gran conquista, con el buril y pluma de su espada, esa línea al trazar sobre la arena; que al héroe, que en su estado hace tal cosa,
al borde^ del abismo, la tierra le abre pa'so, avasallada... vence á su adversa suerte, í/ encadena
á la voluble diosa; y el genio divinal del heroísmo, al mundo absorto, con su nombre llena!!!
Y este acto de Pizarro, que era el colmo del genio y del dolor, sacó su nombre del oscuro barro, y le hizo, en adelante, un semidiós/!!
Puesto que no he hecho digresión alguna, esta grandiosa acción al referir, como cosa oportuna
citaré aquel adagio del latín: ^°'
«que ayuda á los audaces la fortuna;» — mas cuando no se rompen la cabeza ó no perecen al cruzar el mar, —
faltóle, en mi concepto,
al adagio agregar; pues si esto dijera, se podría
replicarme muy bien: — que entonces para nada serviría, porque es para impulsar á la osadía á que arrostre las penas y martirios, ó á escusar, si son grandes los delirios; pues del progreso humano el lema es. —
Partieron de Tafúr los dos bajeles, y el piloto Ruiz partió también, mandado por Pizarro, para activo ayudar á Almagro y Luque, y cuanto antes auxilios obtener.
Pizarro y sus compañeros, cuando solos se encontraron, á partir se resolvieron de la triste isla del Gallo y á la costa aproximarse, los auxilios esperando: una balsa construyeron con sumo afán y trabajo, ayudado por los indios de Túmbez, que allí quedaron; y arrojándose á la mar ceintiseis leguas vogando, hasta una pequeña isla, del mar su suelo elevado, con verdes bosques y caza, que en abundancia lograron con sus certeras balletas, á este alimento agregando la diaria pesca que hacían. Y dista esta isla ó peñasco como unas cinco ó seis leguas del contorno colombiano; y por sus fuentes y arroyos la Gorgona la llamaron, en donde firmes, pacientes, fueron sus chozas alzando, para ponerse al abrigo del sol ardiente y chubascos, pues terminado no había la estación en que eran diarios.
Así pacientes vivieron, los socorros esperando, como unos cinco ó seis meses.
— 24 -«-
animados por Pizarro, que inspirábales la fé, que ciega hace en los cristianos, cuando de Dios todo esperan, mártires, héroes y santos; rezaba con todos ellos salves, plegarias y salmos, por la mañana y la noche, ante una cruz inclinados.
En tanto, el buque de Tafúr, ligero
á Panamá llegó, y aquella resistencia de Pizarro aún más indignó al gobernador, aunque órdenes tenía terminantes de proteger á aquella expedición.
Así es que Almagro y Luque, á Ríos recordando ese mandato, diariamente formaban su alegato,
haciéndole observar: —que él tan solo sería el responsable
ante el poder real, al no dejar cumplirles su contrato, ni permitir que un buque miserable
pudieran alistar, para que aquella empresa tan grandiosa, consiguiera cuanto antes, victoriosa, un riquísimo imperio conquistar.
Y al fin, á tantos ruegos y objeciones
cedió el gobernador: --ya permitiendo que saliera el buque,
sin conducir más gente
que la tripulación,
debiendo expresamente, antes de los seis meses regresar, cualesquiera que fuese el resultado. — Y en un pequeño buque, presuroso, el piloto Ruiz se hizo á la mar.
¿No veis en los desiertos de la estendida Pampa, al gaucho, en su caballo, cual flecha disparar, cuando los secos campos, cubriéndose de llamas, en raudos remolinos se llegan á incendiar?
Y si contraria brisa detiene al vasto incendio, ¿también no veis que alegre, llegando á respirar, sofrena á su caballo, y ya extinguido el fuego
por lluvia bienhechora, vuelve al tranquilo hogart^
Así la pobre gente, que hallábase en la isla hacía siete meses, creyóse ya feliz, después de tantas penas, al ver entre la brisa mecerse la bandera del buque de Ruiz.
No el constante y enérgico Pizarro
su angustia hizo notar, al saber que las puertas ya cerradas
tenía en Panamá; así es que febriciente, presuroso, y dejando en la isla á dos enfermos, á descubrir lanzóse en ese mar
ignoto y misterioso,
el oscuro problema de la existencia de un imperio al Sud, llevando audaz, tan solo por emblema, no ya la ciencia, que ilumina y guía, ni el poder y las fuerzas, que avasallan y se abren paso por doquier sin miedo,
sino la santa Cruz, profunda fe en sí propio y su energía, en su entusiasmo, audacia y su denuedo, que cuando libres en el genio estallan,
cual hórrido huracán,
por el genio se imponen, como un eco del gran juicio final: muda, entonces, la tierra escucha y calla,
los cetros se deponen, y el genio que se espande y avasalla, vése en su cima entonces fulgurar!
Y Pizarro y sus once compañeros hiciéronse á la mar; y hacia Túmbez Ruiz puso la proa, sin que nadie llegase á vacilar.
De Tacümes la punta recorrieron,
siguiendo, sin anclar,
hasta el Cabo Pasado, que ya en su anterior viaje descubrieron; y avanzando en el mar desconocido
la nave presurosa, una playa se vio fértil y hermosa, sin tupidos manglares ni espadañas, y el suelo presentóse más florido,
mostrando sus cabanas, cuyo humo en espirales ascendía.
¿íí-^k^-^-'-m:
25 —
revelando á los pobres navegantes
que allí gente existía en extendidas tribus abundantes.
Después de oeinte días de camino y con la mar serena, el buque presuroso la punta recorrió de Santa Elena, y deslizóse rápido al hermoso golfo de Guayaquil, de donde alzarse en breve vieron el colosal Cotopaxi, cuyo deslumbrador cono de nieve tan solo se deshace por su volcán de fuego, que eterno vive y de por sí renace, como era el fuego griego: con asombro creciente del magno Chimborazo contemplaron la ancha cumbre, redonda y reluciente,
como tallado plomo, que es de los Andes el augusto domo:
aumentábase en todos la alegría, al observar las pruebas de adelanto
y civilización, : ^^
y las floridas costas y el encanto \ .
de tan bella región, que Dios ante sus ojos presentara de su heroica constancia en galardón:
fondear resolvieron, después de tan felice travesía,
á la que allí pusieron
Isla de Santa Clara, de Túmbez al entrar en la bahía.
Y en la desierta isla solo hallaron, sin haber choza alguna, pedazos de oro de groseras formas,' que ídolos formaban, diferentes,
V adonde iban los indios reverentes, de la próxima isla de la Puna
su culto á celebrar; mas los indios de Túmbez, que llevaban, en su idioma á Pizarro aseguraban: — que en Túmbez abundaba ese metal. —
Y alzóse el ancla, y al siguiente dio
entróse en la bahía de aquella Túmbez, opulenta ya.
15S7
Cuando entraron al puerto, vio Pizarro de balsas deslizarse una flotilla
de la verdosa orilla, colmada de indios y ágiles flecheros, á los cuales causó gran maravilla ver en el mar esa ciudad flotante, que bajada creyeron, por sus alas,
del sol ó de la luna: y usaban esos indios camisetas, tapados de colores y otras galas, é iban á lidiar con los de Puna.
Detúvoles Pizarro,
pidiendo al jefe de ellos: —que se volviesen á anunciar en tierra, que como enviados de su rey venían á pedirles la paz y saludarlos:
y si estaban en guerra, y sus servicios aceptar querían, con su buque y sus armas á ayudarlos,
yendo al combate juntos. —
Volviéronse los indios,
V hallaron al curaca, que era como el cacique en otros puntos, muellemente meciéndose en su hamaca: diéronle la noticia sorprendente de la llegada del coloso buque, y á la playa corrió toda la gente,
absorta y sorprendida; y el curaca mandóles en las balsas gran provisión de plátanos y cuyas, ^ mai3, patatas, pinas y bebida,
mucha caza y pescado, y otros productos del florido valle de que Túmbez hallábase cercado.
Como ante lindo, seductor juguete ó de dulces ornado ramillete, olvidadlos paternos mojicones el travieso muchacho, así ante aquellas ricas provisiones, los hambrientos marinos olvidaron
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las dietas que pasaron, sin tristes recordar, como solían,
su indígeno ga;;pacho;
porque j'a se veían en otras ledas bodas de Camacho,
En Túmbez se encontraba un noble y distinguido personaje, que fué también á bordo con los indios á rendir á Pizarro su homenaje,
y á observar, minucioso, todo aquello que viese, para luego referírselo á su Inca poderoso: y usaba el noble un esmerado traje, teniendo dilatadas Las orejas,
por el continuo peso de los adornos de oro, que llevaba^ en forma de zarcillos ó eslabones, distinción de nobleza en los peruanos; y por esta fealdad los castellanos llamáronles después los orejones.
Los recibió Pizarro complacido, y mostrando su buque al personaje,
atento le explicaba,
por medio de un intérprete, todo lo que sorpresa le causaba;
y aquel noble salvaje, descontiado después pidió á Pizarro: — le explicase el objeto de su viaje; — y simulando un aire candoroso,
Pizarro replicóle; «Soy, noble indio, subdito y enviado del príncipe más grande y poderoso,
de todo el universo; y vengo á redimiros del pecado, y á hacer que conozcáis en vuestra tierra á nuestro único Dios omnipotente, que lleva al cielo y para siempre salva
al alma del creyente.»
Y el salvaje escuchaba con atención profunda y aparente;
pero á todo callaba, ocultando su incrédula sonrisa: y era lo cierto, que él ni los intérpretes, podían darse cuenta tan de prisa, ni de ese modo insólito y ligero, de esas raras ideas y doctrinas,
ni del Dios verdadero,
por más que muy divinas y muy claras Pizarro las creyese;
mas el noble peruano, á su manera astuto y cortesano,
hallándose dudoso de lo que hacer entonces conviniese, '
sonrióse.... y nada dijo, no creyendo que en todo el mundo hubiese otro señor más rico y poderoso ; . ,
que su Inca, del sol hijo; pero alabó á Pizarro la comida,
sus salsas y guisados,
conservas v tocino, y expresó, que era aquel gustoso vino, mejor que sus licores fermentados:
y con agrado y tino
suplicó al despedirse:
-que á Túmbez visitasen, para ver al curaca antes de irse
y amigos de él quedasen. — Y regalóle el jefe castellano,
entre otras varias cosas, un hacha de hierro, que al peruano
había sorprendido,
pues en el Perú y Méjico era el hierro (m metal desconocido-
Y queriendo Pizarro congraciarse al jefe de la tribu, envió al día sir/aiente, cual digno mensajero, á Alonso de Molina, que llevó de asistente á un negro, de la nave marinero, con dos cerdos, un gallo y su gallina.
Volvió Molina ufano y placentero,
refiriendo afluente todo cuanto hubo visto y observado:
díjole9:-que el curaca habíale atendido y obsequiado: que bienquisto en su tribu y con influjo, en linda casa, con bordada hamaca,
vivía con gran lujo, cercado de solícitos guardianes:
que una falange grata de doncellas, haciendo su ventura,
con amor y ternura,
cuidábale y servía en lucientes vajillas de oro y plata: que Túmbez era un pueblo floreciente
y lleno de riqueza, descollando de piedra y bien construida,
extensa fortaleza, como aquellas que alzó en España el moro,
y un suntuoso templo,
con ídolos de oro:
que cuando cantó el gallo.
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— 27 —
absortos preguntáronle los indios:
— si como ellos hablaba, al expresarse en tan agudos tonos; y si el negro también era vasallo del poderoso rey que los enviaba, ó de la raza de los grandes monos: - que creyendo esas tribus inocentes, que del negro el color era postizo,
á lavarle empezaron^ más el negro mostrándoles sus dientes
blanquísimos, lucientes,
burla á su vez les hizo, y de lavarle todos se cansaron: - Por último, añadió, muy orgulloso:
«Sabed, amigos míos, que he sido con las indias muy dichoso:
todas me seducían... con su lascivo amor me perseguían, hasta que al fin... faltáronme los bríos para dejar á todas complacidas: y propusieron darme por esposa, si allí quedaba, á la india más hermosa
de todo el territorio; mas quedáronse tristes y aflijidas,
como burlado suegro
por travieso tenorio, cuando vieron que ya con mi buen negro^
después de tanto holgorio, mis pasos á la playa dirigía:
y os digo con franqueza^ que allí he pasado el más dichoso día!>
Escuchóle su jefe amostazado de esta última simpleza, y juzgando el relato exajerado, mandó que Pedro Candía á Túmbez fuese, y verídicos datos le trajese de cuanto hubo Molina referido; y Pedro Cándia púsose su malla_, al hombro su arcabuz echóse erguido, ciñó su espada y ostentó su casco, como si fuese á entrar en gran batalla ó á matar á un león enfurecido, rugiendo desde lo alto de un peñasco.
Mas que el ver al blanquísimo Molina ó aquel gran mono ú hombre denegrido, ó un huevo poner á la gallina, sorprendió á los salvajes la apostura y brillante armadura de don Pedro de Cándia, que con conducta pedantesca y sandia díjoles: — que su- rey, fuerte en la guerra, dirigía á los rayos y los truenos; —
y su arma disparó sobre una tabla: y al ver la tabla que voló en pedazos,
y oir el estampido, los indios cruzáronse de brazos,
lanzaron un gemido
y cayeron en tierra, ^
transidos de pavor y asombros llenos; porque un extraño rey, fuerte en la guerra, dirigía á los rayos y los truenos
por medio de su enviado.
Mas repuestos los indios de su asombro, soltaron al terrible caballero
un tigre, que encerrado en el fuerte real era cuidado; pero el tigre feroz cac/ó rendido
á los pies del guerrero, sin dar humilde de su fuerza asomo,
lamiéndole las manos, cuando el guerrero púsole en el lomo esa gran cruz, que adoran los cristianos,
y en su cuello llevaba: 15 y al ver este acto la asombrada tribu, entre ellos inaudito y sin ejemplo, ya no dudando en su poder divino, lleváronle sobre hombros hasta el templo, en donde, como en nidos de palomas,
estaban congregadas las vírgenes, llamadas mamacomas, del sol, su Dios, al culto consagradas; y que hacían finísimos labores, después de concluir sus ceremonias, aspirando el perfume de las flores:
y tiernas y afectuosas
las vírgenes hermosas obsequiaron al noble caballero, cuyos ojos tan solo contemplaban las planchas de oro y plata, que cubrían los de piedra anchos muros, que brillaban, y ese oro y plata codiciar le hacían, despreciando el amor y gentileza de esas curiosas vi rj enes ardientes,
amables y sonrientes.
Huayna Cápac^ padre de Atahualpa, construido había tan lujoso templo, do reunir quizo el lujo y la belleza; y otro su antecesor, el gran Yupanqui, erigió la imponente fortaleza,
que en la ciudad de Túmbez era hacia el Norte su ultimo distrito, sobre esas costas dilatadas, antes de la reciente adquisición de Quito.
Por medio de acueductos
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28 —
de agua surtida la ciudad estaba,
y extendiéndose el riego en la campiña,
sus variados productos á la rica ciudad suministraba.
Al despedirse Cándia del cacique, recibió provisiones abundantes, frutas, casa y loros y dos llamas,
que por camellos chicos, cabras, carneros, toros ó borricos
tomaron los cristianos.
Aunque es muy natural que pareciesen
á Cándia v á Molina magníficos vergeles y lozanos
esos valles v huertos, y una bella ciudad esa mediocre, después de cruzar islas y desiertos, como horrenda via-crucis perdurable, con exageración premeditada
contó Cándia, incansable,
todo cuanto hubo visto, para dar más coraje á sus paisanos,
jurándoles por Cristo, que era todo lo expuesto irrefutable.
Con insana alegría recibióse tal nueva: va los sueños
de oro y de grandezas, en verdad y contento se trocaban, y la luctuosa época sombría del funesto pasado era ilusoria; y todos á Pizarro proclamaban ilustre genio por su fé notoria; y ese genio palpó, que ya subía por el primer peldaño de su gloria; que en realidad sus sueños se trocaran,
y en hechos los deseos, que en su alma á la vejes se despertaran.
Despidióse Pizarro de los indios, á Túmbez prometiéndoles volver; y hacia el Sud hizo desplegar las velas de su raudo bajel: doblando el Cabo Blanco, en el Puerto de Paita entró después, y en sus cargadas balsas los indígenas, peces y fruta fuéronle á ofrecer: siguieron por la costa
de la arenosa playa de Sechusa, \
con incansable ardor, y doblando la Punta de la Aguja, hacia el Este la costa se siguió;
pero un contrario viento de la costa los hizo separar; mas sin perder de vista en esos días . la cadena del Andes colosal:
calmada la tormenta y el viaje prosiguiendo con afán, á la tierra llegaron de Colaque, en donde años después el gran Pizarro la ciudad de Trujillo hizo fundar^ como un recuerdo del nativo suelo;
y hasta el Puerto de Santa consiguieron su enseña hacer flamear.
Con fé y arrojo dignos de su empresa, y sin tener que usar del arcabuz, ya habían navegado esos valientes
nueve grados al Sud; y siendo en todas partes obsequiados, por lodas partes púdose observar, que mucha plata y oro encontrarían bajo ese bello suelo tropical;
y todos esos pueblos no cesaron, en fin, de ponderar el lujo, el esplendor y las riquezas de su Inca poderoso y sin igual, al que los españoles suponían una especie de sátrapa oriental.
Por el traje y el brillo de las armas y audacia y blanca tez del español,
los indios supusieron
que eran hijos del sol, V ofrecíanle el oro á los cristianos; pero astuto Pizarro les prohibió el no aceptarlo ni cambiar por dijes, para no demostrarles su valor,
ni creer, que la codicia el móvil fuese de esa expedición: IG
y teniendo hartas pruebas de la existencia del grandioso imperio, tomar á Panamá se resolvió,
para poder cuanto antes el miedo y la ignorancia disipar,
confundir al incrédulo y su magna conquista comenzar.
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— 29 —
15S7 y 15S8
Despejada ya la incógnita para esa gente resuelta, y segura que un imperio lleno de oro y de riquezas floreciente se encontraba en el centro de esas tierras, hacia Panamá en seguida hízose el buque á la vela; y en la costa de Colaque escapóse Bocanegra^ que era un guapo marinero, como este hecho lo revela, seducido por las gracias de las indianas bellezas, y la muelle y libre vida que pasar se prometiera, como un sultán en su harén á los placeres se entrega; y por más que hizo Ruiz por disipar tal idea, nada alcanzó del marino, quien díjole con franqueza: — que él contento se quedaba, para cuando ellos volvieran, ya un buen padre le encontrasen, aunque misa no dijera; pero absolviendo á las indias, que livianas y coquetas, con el sesto mandamiento, por su culpa, no cumplieran. —
Y cerca de Santa Cruz salieron balsas lijaras al encuentro de la nave, de frutas y obsequios llenas, previniéndole á Pizarro: — que su señora ó princesa, para inspirarle confianza, ser quería la primera que á su buque fuese á verle, para que él bajase á tierra, sin tener recelo alguno de oculta intención siniestra. —
Correspondiendo Pizarro á tan galante fineza, hizo que fuese primero
don Nicolás de Rivera
con Pedro Alcón y otros varios,
á quienes afable y leda
obsequió la hermosa india;
y después, con entereza,
los acompañó hasta el buque
por la noche y placentera,
seguida de muchas balsas,
donde iba su nobleza.
Con el respeto debido á una mujer de sus prendas, / fué por Pizarro atendida, quien obsequióla con cuentas, espejitos y otros dijes, que gustaron mucho á ella, manifestando al cristiano: — que si ella, que mujer era, hasta el buque había ido, él que era hombre y de empresa, según por aquellas costas corríanse ya las nuevas, podría mejor bajar á visitarla en su tierra, dándole, como rehenes, á los nobles que quisiera.— Y prometióle Pizarro: — que iría á su casa á verla, sin aceptar tales rehenes, de su hidalguía en ofensa, aunque ella lo pretendiese por suma delicadeza. —
Y al verse en el nuevo día salir la aurora risueña, la nave hallóse cercada de balsas, como cuarenta; y algunos indios subieron de los que más nobles eran y rogaron á Pizarro: — les acordase licencia para quedarse en el buque, mientras él se hallaba en tierra; — pero nada consiguió del jefe la resistencia, y quedáronse los indios enviados por la princesa:
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— 30 —
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y Pizarro y sus amigos, al bajar á la ribera, á la india allí encontraron, que vistiendo ricas telas y de su pueblo seguida, con músicas placenteras y palmas y verdes ramos, les llevó, con reverencia, hasta una larga enramada, donde en cómodas banquetas cada cual halló su asiento para presenciar las fiestas, que improvisó CapiUana, como ya á esa india esbelta llamaban los españoles, pues creyeron que así era como los indios nombraban á su señora ó princesa.
Y sirvióse allí un banquete de muchos platos compuesto, de los mejores productos
de ese rico y feraz suelo,
y de sazonadas frutas
y de licores diversos,
con profusión y orden todo
y con limpieza y esmero;
y siguiéronse festivas
danzas, músicas y juegos,
en que jóvenes parejas,
bien preparadas, lucieron
su agilidad y destreza,
al compás del mstrumento,
que aunque rústico en su forma,
melodioso era en sus ecos.
Y después que las alegres, largas fiestas concluyeron
y la tarde declinaba, alzóse Pizarro en medio de toda la alegre tribu, aglomerada en el pueblo, demostrando á Capillana: — su gratitud y contento por su amistosa acogida: de su monarca el gran reino le explicó por un intérprete, y de su Dios verdadero el poder sobre otros falsos; y hábil, astuto y atento prometióles, que muy pronto daría allí otro paseo, pidiendo por despedida, que le hicieran el obsequio
de levantar su bandera, como una prueba de afecto. —
Así lo hicieron los indios, y tres veces á los vientos desplegáronla entre vivas, no por este acto creyendo inferir á su Inca amado deshonor ni menosprecio, pues adoraban á su Inca y era unánime el respeto que profesábanle, idólatras, en todo ese vasto imperio.
Y obsequiados los cristianos, embarcáronse contentos; pero Pedro Alcón, que era enamorado y travieso, y la echaba de buen mozo y vestirse con esmero, por cuya razón decían sus descalzos compañeros: — que en la campaña de Italia, cruzando cortes v reinos, hecho hubiera más carrera que entre islas y desiertos;— púsose su garbín de oro, su jubón de terciopelo, ciñóse su espada al cinto y encasquetóse su yelmo, rogando á su bravo jefe le dejase en ese puerto, hasta que su vuelta diese con más fuerzas y elementos, pues vencida Capillana por sus tiernos galanteos, á sus plantas hallaría sometido á todo el pueblo. —
Mas conociendo Pizarro, que era Alcón un majadero, y que en vez de conquistarse de los indios el afecto, insoportable se haría por su modo pedantesco, causando mal y no bien, su venia rehusó severo, por más que Alcón suplicóle, mandándole mil empeños; y cuando vio su esperanza alejarse como el viento, al darse el buque á la vela, empezó á lanzar denuestos contra su jefe y amigos.
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31 —
maldiciendo su hado adverso; y quiso armarles pelea, tin sable roto cogiendo y exclamando como un loco: — que aquel país descubierto era de su hermano y suyo, sin admitir otros dueños, que solapados vinieran á usurparles sus derechos; — por donde todos á una, con razón se supusieron, que habíase trastornado, por sus amores y ensueños, revelando una ambición muy superior á su genio; y amarrado á una cadena en la bodega fué puesto. 17
Y por esa larga costa fué Pizarro recibiendo de todos sus moradores constantes pruebas de afecto; y al tocar en una de ellas, fuéronle al punto devueltos un sable y jarro de plata, que olvidaron en el puerto;
y comestibles y mantas recibió en todo el travecto, quedándose un tal Jinés en uno de aquellos pueblos, con permiso de su jefe, para aprender el dialecto; y como Alonso Molina quedóse en Túmbez contento, donde era va conocido, y tocaron de regreso, el curaca dio á Pizarro dos nobles indios expertos para aprender el idioma; y por nombres les pusieron Martín y Felipe; y á éste, que por ágil y travieso llamáronle Felipillo, algunos le atribuyeron, que por simpatía á Huáscar ó por venganza y despecho, tuvo gran parte en la muerte de Atahualpa y su proceso, después que el hábil Pizarro capturóle entre su ejército.
Y todos los habitantes
de aquellas costas y puertos quedáronse deslumhrados
al ver erguidos y apuestos
á esos blancos tan barbudos ^ >^
y de brillantes aceros,
que saliendo de los mares
unos dioses parecieron,
rayos llevando en sus manos;
como quedárase ciego
quien viese por vez primera
fijo al sol y á esos objetos,
ó cual si en sus capitales
mirasen los europeos
bajar ángeles y arcángeles
de los entreabiertos cielos,
sus abrillantadas alas
en el espacio extendiendo;
y posándose en la tierra
refiriesen los misterios
de Dios en su trono santo,
y divinales portentos.
Con propicia blanda brisa á Panamá prosiguieron, tocando en la isla Gorgona para alzar los dos enfermos, pero uno solo embarcóse, porque había el otro muerto.
Y después de recorrer, con asombroso denuedo, doscientas leguas de costa y haber hallado un imperio, llegaron á Panamá, ufanos de sus esfuerzos.
Como vuelve orgulloso audaz jinete, vencedor de valientes paladines, del corcel oprimiendo los ijares,
así Pizarro, á fines del año mil quinientos veintisiete,
volvió á sus viejos lares con sus muy decididos compañeros, después de trascurrir dieciocho meses,
soportando animosos el hambre, la miseria y los reveses,
y del gobernador el anatema....
pero ya victoriosos, y por ellos resuelto el gran problema!
Con vivas de entusiasmo y alegría recibiéronse á todos los viajeros; pues ya toda la gente los creía muertos, entre manglares ó senderos, por ocultos flecheros, \
ó pasto de los peces
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— 32 —
de ese mar tenebroso, después de trascurrir dies'iocho meses de interminable lucha y de reveses
en desierto espantoso.
Con toda la efusión de un alma ardiente, que mira sus ensueños realizados, se abrazaron Pizarro, Almagro y Luque; pero ya sus recursos agotados en tan larga jornada, y en haber un imperio descubierto, ¿con qué otros ahora la seguían? ¿Acaso algo esperaban, qué tenían? ¡Solo ilusiones... pero en plata, nada!
Y viéronse los tres, esto es lo cierto, como aquel que se salva, en un contagio,
ó escapa de un naufragio, para ir á morir... en un desierto!
Era, pues, ya esa empresa, bajel deshecho, que vagando incierto, sin dirección ni brújula camina.... de esplendorosa luz negra pavesa,
V de sus tres autores la ruina!!!
¿Qué importaba á Pizarro, Almagro y Luque, que un resuelto tropel de aventureros en su busca corriese diariamente,
cuando ya no tenían
para fletar un buque, ni armarlo, ni equipar á tanta gente?
¿Qué hacer en tal momento en aquella cuestión de vida ó muerte, cuando del deshonor la muerte aoan^a"^ ¿Tranquilos aceptar la adversa suerte,
ó proseguir como antes, en su empresa obstinados y constantes?
Como última esperanza habló al gobernador el padre Luque á favor de ese gran descubrimiento, pidiéndole tan solo un pobre buque
y algún viejo armamento; pero el gobernador, duro, insensible,
mostróse inexorable,
y dijo al sacerdote: — que sería ridículo y punible entrar en una lucha interminable, para no conquistar quizá un islote: y que necesitando allí la gente, para irse poblando aquella tierra, no quería^ que fuese estérilmente, en otros á morir en dura guerra.
á naufragar errante, j
teniendo el mar tan solo por proscenio. —
Presa de insomnio, y casi delirante, pasó toda esa noche el padre Luque;
mas su fecundo genio |
sugirióle una idea en el instante: iba á partir para la madre patria
Corral, el licenciado, por un asunto público mandado; y encomendarle:— que á la reina viese
y ayuda le pidiese, presumió que era un excelente medio, y e! que quedaba único remedio;—
no juzgando oportuno, porque existían ya rivalidades,
que partiera ninguno de los dos asociados para España;
y además, porque Almagro, en cortesanas luchas inexperto, era feo, vulgar, pequeño y tuerto, aunque locuaz y decidor pomposo,
pero sin genio ni arte; y Pizarro, egoísta y ambicioso, vería de obtener la mejor parte. Y por esta razón creyó oportuno,
que no fuese ninguno
sino que al licenciado quedase el asunto encomendado.
Así es que Luque, al despuntar el día, corrió á comunicarles su proyecto; mas Diego Almagro, generoso y recto,
con rasgos de hidalguía,
ó por el tierno afecto
que á Pizarro tenía, se opuso noblemente, y solo quiso que á Pizarro se fiase tal negocio,
y dijo: — que ninguno estaba más al cabo que su socio, para poder pedir lo conveniente
y dar explicaciones, sobrándole talento y perspicacia para obtener, más que otro, concesiones, si propicia la corte se encontrase; —
y concluyó, sincero, suplicando á su antigHO compañero, que por el bien de todos aceptase. —
Rogar se hizo Pizarro, manifestando astuto: — que por su vida y porte era hombre de guerra y no de corte, y en la corte creerían que era un bruto,
,1:-.
- 33 —
sin dar á su propuesta la importancia " que Corral ú otro diese;— ' mas cedió de su amigo á tanta instancia; y aunque ya el padre Luque no creyese oportuno expresar su descontento, no pudo menos que exclamar con bríos
y profético acento:
«¡Plegué á Dios, hijos míos, que no la bendición el uno al otro
os hurtéis del monarca, como en mal de Esaú, Jacob hurtóla
de Isaac el patriarca! ¡Pero si al menos fuérades entrambos,
yo holgara todavía! ¡En fin, de todo daño Dios os guarde!» 18
Y del insigne Luque la fatal profecía cumplióse.... y no muy tarde!
Determinóse entonces: — que Pizarro el gobierno demandase
de todo el territorio que en ese imperio de Indias conquistase:
que allí un nuevo obispado al incansable Luque se acordase, en premio de sus muchos sacrificios:
y que de adelantado
fuese Almagro nombrado, ''^-^^^ y Ruiz, el piloto, -. - :;
como alguacil mayor; y otras mercedes^ para aquellos que en ese mar ignoto,
con heroico ardimiento, realizaron tan gran descubrimiento. —
Y para que este viaje se efectuase sin escasez, demoras ni litigio, pudo recolectar el padre Luque, no sin que gran trabajo le costase,
mil y quinientos fuertes^ debidos á su crédito y prestigio .
Para el Nombre de Dios salió Pizarro con don Pedro de Cándia, el viejo amigo, confiado en Dios y lleno de esperanza;
y llevando consigo varios indios, vestidos á su usanza, vajillas de oro y plata, mantas, pieles,
unas dos ó tres llamas, algunas piedras finas, y de perlas
una rica bolsilla:
y á mediados del año
mil quinientos veintiocho, entró en la alegre y oriental Sevilla con sus indios de insólito rebaño, llevados desde el muelle en un birlocho.
En la época famosa, que los héroes de esa invicta nación llamada España, del Perú la conquista concibieron, este opulento imperio se extendía por la risueña costa del Pacífico, desde el grado segundo, más ó menos, latitud Norte, hasta el treinta y siete de opuesta Sud, y entre los que hoy se encuentran las modernas repúblicas hermanas del Ecuador, Perú, Bolivia y Chile: y limitada hallábase su anchura por la gran cordillera de los Andes, aunque en ciertos parajes, desbordando su población, dominio y excursiones, de seiscientos kilómetros pasaba, allí donde el Sorata y Chimborazo, irguiendo sus cabezas colosales, hacían accesible algún sendero á esos ágiles hijos de sus faldas,
que las contemplan con su eterna nieve, que su sol tropical jamás derrite, sino el fuego, que arroja sus volcanes.
Piérdese en las tinieblas de la fábula la fundación ú origen de ese imperio; y su confusa, primitiva historia, llena de inverosímiles relatos, es la estupenda concepción, que narran, con más ó menos ingeniosos cuentos, todos los grandes pueblos de la tierra, que se han hecho en el orbe memorables.
Y entre otros muchos cuentos ó relatos de tradición oral, que recogieron los del Perú conquistadores célebres, es:— que después del deplorable estado, que sus perennes guerras y barbarie á comer los cautivos los redujo,
34 --
en lúbricas orgías y festines,
do á mil excesos ebrios se entregaban,
sacarlos quiso de abyección tan triste
el gran astro del día compasivo,
y envió á Mama Oello y Manco Cápoc,
hijos del sol, y celestial pareja,
hermanos, y á la vez mujer y esposo,
para que á esas dispersas, vastas tribus,
en pueblos y en comarcas congregasen,
enseñando las artes y las ciencias
de una civilizada, honesta vida:
y dándoles el sol de oro en ana barra,
orden tuvieron de asentar su tienda,
donde en el suelo entrase por si sola. 19
Y las altas llanuras, que circundan de Titicaca el lago trasponiendo, hasta el valle del Cuzco caminaron, do dejando caer la barra de oro, para siempre perdióse bajo tierra:
y allí entonces su escuela y su morada
los dos hijos del sol establecieron:
y Manco Cápac comenzó á enseñarles
las artes, la moral y agricultura;
y su esposa á las jóvenes dispuestas,
del hilado y tejido los trabajos,
el doméstico arreglo de la casa^
y sus deberes como esposa y madre.
Y el pueblo dócil á la voz y ejemplo de esos hijos del sol, por él mandados, de tribu en tribu, hasta la más distante, ' fué aprendiendo sus máximas y leyes, moral, costumbres, artes y labranza, mientras la prole de los dos hermanos, con iguales virtudes y sapiencia,
fué siempre sucediéndose en el trono; y ya ostentaba con orgullo el nombre de la imperial familia de los Incas, cuando invadió Pizarro sus hogares; y cuatrocientos años ya llevaba de continuada posesión de mando. 20
Pero de trece reyes solamente hace mención la crónica peruana, que en esos cuatro siglos gobernaron; y vése que tal número es pequeño, con relación al tiempo trascurrido.
Sin duda la ficción de Manco Cápac y su hermana y mujer Mama Oello para adular la vanidad forjóse de sus ya grandes reyes ó sus Incas,
que suponían de celeste origen.... como también supúsose en Europa.
Y aún otras leyendas ó ficciones hacen más insondable de ese imperio los primitivos tiempos fabulosos;
más de lo que no hay duda es que existía
desde antes que los Incas imperasen,
una raza ó región civilizada,
que aunque lenta en progresos y conqu¡stas>
los fué extendiendo de una en otra tribu,
ora atraídas por la inñuencia y brillo,
que el bienestar y el adelanto imponen,
ora postradas y rendidas luego
á las triunfantes armas de los Incas;
y ea los llanos se halló de Titicaca
el material vestigio de grandeza
de los ya derruidos edificios,
cuyas gastadas piedras esparcidas,
su antiquísimo origen revelaban. 21
Había, en tanto, la ciudaíi del Cuzco crecido en población, progreso y fama, y era la capital de aquel imperio, y hallábase situada en fértil Aralle de elevada región, sana y benigna, cruzándola un riachuelo, cuyas puentes de maderos formados y despiedras, con sorprendente solidez y/ gusto, daban á ambas orillas fácil paso: bajas eran y cómodas las casas, y de piedra adornadas y lujosas las de los nobles y edificios públicos: construido de quincho ó barro y paja era el albergue de los indios pobres: largas y angostas las cuidadas calles, y las plazas extensas, donde el pueblo con ascética fé se congregaba á celebrar sus religiosas fiestas, con el de otras provincias aumentado; porque era el Cuzco la ciudad sagrada, donde en masa acudían peregrinos, desde uno á otro confin de aquel imperio al gran templo del sol que por su lujo, riqueza, adornos y edificio magno, de granítica piedra era el primero que en todo el nuevo mundo se hubo visto. 22
Y el extenso palacio también era_, como mansión del Inca y su familia v noble servidumbre, otro edificio
de mucho lujo y trabajada piedra.
Aun cuando la ciudad miraba al Norte
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estando por las sierras resguardada^ defendíala á más por este lado una gran fortalesa, inexpugnable, y una gruesa muralla alta y extensa, y otras dos en el opuesto extremo, de forma circular y paralelas; y cuyo espacio hallábase colmado de dura tierra, do lidiar pudiesen, en caso de un ataque, firmes tropas.
En tres macizas torres y elevadas hallábase el castillo dividido, con sus reparticiones convenientes; la mayor destinada estaba al Inca, y más que un punto militar seguro, era el suntuoso albergue de un monarca, pues nadie, ni aún en sueños, presumiera que hubiese algún mortal en ese reino, que no mirase prosternado á su Inca: y en las otras dos torres residían las militares fuerzas, comandadas por un caudillo de la regia estirpe, y compuestas de grupos aguerridos de la más noble juventud peruana.
Debajo de estas torres formidables, hondas escavaciones y secretas, y varias subterráneas galerías, con toda la ciudad comunicaban, y palacios del Inca bendecido.
Esta gran fortaleza era admirable por su imponente construcción severa, su inexpugnable solidez grandiosa y verse los obstáculos vencidos, ante la voluntad del rey del mundo, ante el hombre.... por bárbaro que sea!
Sus galerías, patios y murallas, y sus altos, parduscos, gruesos muros, de enormes piedras eran levantados; pero no de tamaño iguales todas, ni por capas de mezclas sucesivas unos trozos unidos á los otros, sino que el intersticio de los grandes era cerrado por las chicas piedras, V con tal hábil método ensambladas, que ni la fina hoja de un cuchillo ni una pulgada penetrar podía, y pulidos hallábanse sus bordes.
Inmenso era el tamaño de esas piedras, pues muchas se midieron y pasaban dies metros de largo por seis de ancho, y hasta dos de espesor, que es asombroso: y allí más, donde el hierro no existía y hallábanse distante las canteras,
de cuatro á quince leguas, y teniendo ■-■
que atravesar los ríos y barrancos,
y conducir esos enormes trozos,
sin la ayuda de fuertes animales,
que hicieran soportable tal camino;
y después, ensamblarlos en los muros,
de mayor á mayor altura siempre,
y exactamente el irlos colocando,
sin conocer las máquinas ni inventos
ni del hierro gruesísimas cadenas,
que en el antiguo mundo se adoptaban. 23
¿Cómo, pues, esos indios tan pacientes, y á la par que tan tímidos, sufridos, trasportar consiguieron esas piedras de tan enorme peso y dimensiones, y luego colocarlas en los muros, con ensamblaje tan exacto y fuerte?
Esto era inconcebible y misterioso y superior á las humanas fuerzas para esos españoles temerarios, que nada puso diques en el mundo á su pasmosa audacia y energía, ni hubo nada imposible á sus deseos, ni nada irresistible en sus empresas; pues sus cuerpos de acero y no de carne, desnudos y descalzos afrontaban la sed, el hambre, luchas y miserias, ora entre nieves ó ardorosos rayos!
Esto era inconcebible y misterioso para aquellos titanes, cuyo oficio era ir de conquista tras conquista, la cruz santa y su lábaro imponiendo, al trazar á su patria una epopeya, que cambiando del orbe los destinos, ninguna otra nación cuenta en el orbe.
Esto era inconcebible y misterioso para aquellos titanes invencibles; y no pudiendo concebir ninguno tan audaz concepción en esos indios, ni como realizarla consiguieron, unos creían obra del demonio la construcción de aquella fortaleza, y otros, los más cristianos en sus juicios, que Dios les concedió su santa ayuda.
Y según muy verídicos autores, y coetáneos también á la conquista, más de veinte mil indios se ocuparon en erigir la inmensa fortaleza empleando en concluirla medio siglo. 24
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Pero esta fortaleza sorprendente no era más que la muestra de otras muchas, que en todos sus dominios erigieron los grandes Incas, con igual constancia; y que sus dignos sucesores iban en todas las provincias levantando, que á su poder omnímodo anexaban.
Mas no era, no, la regia fortaleza, ni sus excavaciones subterráneas, de la ciudad sagrada la gran joya, ni de todos la insigne maravilla; sino el célebre templo, consagrado al sol, su Dios, y cuyo culto ardiente con fanatismo idólatra cumplían, desde el indio infeliz hasta el monarca; y tanta fué del templo la riqueza á la constante protección debida de los Incas, que .dábanle por nombre depósito del oro ó corlcancha.
Era el templo de piedra, como el fuerte, de la ciudad hallábase en el centro, y con varias capillas y edifícios, todos circunvalados por un muro, que cien metros tendría por costado: de pajas y de mimbres era el techo, pero su hábil construcción prolija, sólido y á la lluvia impenetrable.
No cinceladas piedras ni damascos de purpúreo color, ni grandes lienzos de clásicos artistas, ni columnas de pórfido y de mármol de colores, sus internas paredes exornaban, como en los templos del antiguo mundo: allí todo salvaje y primitivo, como su virgen mundo inexplorado, sin cuadros, bronces, pórfidos ni estatuas, ni las nociones de las nobles artes; su riqueza infantil resplandecía en láminas bruñidas de oro puro, enclavadas en techos y paredeSy cual si una mina de oro el todo fuera; y en el muro, que daba al occidente y sobre enorme y gruesa plancha de oro, veíase en relieve con sus rayos, llenas de Jiñas piedras y esmeraldas, su gran divinidad, mirando al pórtico; ^ así es que el sol, al despuntar el día, asomando sus rayos por oriente, los rayos y las piedras de su imagen hacía fulgurar, como una hoguera, reflejando su luz dorada y viva
sobre todas las láminas del templo, con sobrenatural, divinas luces; . y los mismos colores remedando, que al sol. circundan al alzar su frente, entre rojos celajes divinales. 25
Y todas las cornisas interiores
de anchas varillas del metal preciado, con profusión veíanse cubiertas; j y larga faja ó friso, también oro, í en la piedra incrustado circundaba en todo su exterior á este santuario, que tenía además cuatro capi'las: 26 la primera á la luna consagrada, como después del sol deidad suprema y tierna madre de sus nobles Incas, veíase también en gran efigie, en medio de las láminas de plata, que todo aquel costado revestían, siendo su luz de pálidos reflejos, como es el de esa augusta, tierna diosa, de los amantes y el dolor amiga: la otra á las estrellas dedicada, estrellas de oro su interior cubrían, sus constantes reflejos titilando: la tercera al arco iris, cuya curva con tan puros colores imitaba las sus diáfanas tintas trasparentes, que casi el verdadero parecía, en sus pálidos muros reflejado: y la cuarta al relámpago y al trueno, con sus rayos de ignífera venganza, como ministros de su Dios terrible, en cataclismos de nefastos días.
Y otros varios y aislados edificios asilo daban grato y silencioso
de aquel templo á los muchos sacerdotes, solo ocupados en su culto y fiestas.
Los incensarios, vasos y utensilios, que usábanse en las fiestas religiosas, y los adornos, fuentes y herramientas para el diario cultivo destinadas de los jardines del suntuoso templo, eran todos de rica plata ú oro; también de plata en doce inmensas tinas guardábanse de aquel jardín sagrado los granos de maíz más rozagantes, que anhelaba obtener, más que un tesoro, el muy devoto labrador sencillo, " para obtener opíparas cosechas. 27
Y relucientes hojas de oro y plata, imitando las flores naturales,
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al jardín adornaban de este templo, como á todos los otros de su culto; y también las moradas ó palacios, que tenían los Incas esparcidos para hospedarse en sus lujosos viajes. Y adornaban también tales recintos
efigies de animales y esculturas, y era la más notable allí en el Cuzco la de una llama del jardín sagrado, por su vellón luciente y semejanza, donde el arte y el oro competían. 28
El más antiguo templo que encontróse estaba en Titicaca, sacra cuna de la divina estirpe de los Incas, según la antigua crónica peruana, que de su religión fué el evangelio.
Elevaron después los españoles sobre el mismo terreno, que ocupaba el gran templo del Cuzco y sus jardines, otro suntuoso, que es Santo Domingo, y uno de los mejores, que se encuentran en las colonias, que de Espaíia fueron, y que hoy son libres pueblos, florecientes.
Además de su templo ó Coricancha, en la ciudad del Cuzco v los suburbios cuatrocientas capillas existían y casas religiosas, donde todas sus diversas deidades se adoraban; pues no había edificios ni camino, que algún hecho sagrado no tuviese.... allí estaba la Meca de ese imperio. 29
En todas las provincias, sin embargo, suntuosamente hallábanse esparcidos los templos y mansiones religiosas, rivalizar queriendo con su lujo con el que la metrópoli ostentaba.
Es de todos sabido, que las tribus, que en el nuevo hemisferio se extendían, tuvieron todas su remota historia de fantásticos cuentos fabulosos, por muy salvaje que su estado fuese, como también su religión y culto á una deidad suprema, que á los buenos recompensar debía en otro mundo, é imponer á los malos su castigo, como inmortal reconociendo al alma; y aunque adoraron ídolos diversos, y á sus altares víctimas llevasen, _
como el pagano mundo, en holocausto,
coronadas llevara al sacrificio,
adoraban á un Dios á su manera:
y las entonces muv civilizadas '
de Méjico y Perú ricas naciones,
con relación á otros salvajes pueblos,
ceremonial magnífico tenían
y espléndidas grandezas ostentaban,
como en el viejo mundo el cristianismo,
en eximias basílicas, suntuosas.
Y como en el Perú tenidos eran como de origen celestial, divino,
sus grandes Incas de poder supremo, el culto y religión se unificaban á la vida social y la política, y una fuerte teocracia era el gobierno; mas no como en la Europa envejecida, de civilización haciendo alarde, viéronse esclavizados sus monarcas por un inquisidor, fraile ó jesuíta; sino el Inca de todos era el jefe, asumiendo y legando entre su estirpe el político mando y religioso.... era el papa y el rey, con cetro y tiara
Y extrañarse no debe, que ese pueblo, que debía á los Incas su grandeza,
su progreso y poder, así creyese, cuando en la vieja Europa, de este siglo, hay todavía tiaras y mandones, menguados reyes con abyectos pueblos, que estúpidos sostienen y proclaman, que de origen divino son los reyes, y sus m^andatos son la voz del cielo; y eternamente gobernar al orbe deben los reyes de divino origen.
Del gran diluvio universal tenían también su tradición, como otras zonas de todo el continente americano,
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y en ella de este modo se narraba: — que en misteriosa cueva guarecidos, siete personas de uno y otro sexo, librarse consiguieron del diluvio; y que después que las rugientes das á ios mares volvieron y á su cauce. á poblar esa tierra comenzaron.—
Y es casi igual en este antiguo punto la mejicana historia, pues reliare: — que siete seres de diversas tribus de Aztla salieron de otras tantas cuevas ' á poblar otra vez toda esa zona; y que á esta unión debía aquel imperio, después del cataclismo, su grandeza. —
Al gran Dios, que adoraban los pei-uanos, llamaron Viracocha ó PachaC'imac; y mucho antes del tiempo de los lucas, en un valle encontrábase su templo, próximo á la ciudad, llamada hoy Litna; mas la augusta deidad, que por do quiera templos tenía, y las triunfantes huestes al extender su imperio iban alzando, era el sol. como padre de st¿s facas, arbitro del destino de los hombres, V sus luces, calor v vida daba al perenne reflujo de los mares, a la apacible brisa de los bosques, al verdor de la tierra y sus productos, amores al hogar, al mundo dichas, belleza á la mujer, al hombre aliento, su brillo á las estrellas por la noche y su sonrisa célica á la luna.
Los nobles sacerdotes, que oíiciabau en el templo del sol del rico Cuzco, formaban por su níimero un ejército, y tan solo oficiar allí podían. 30
De todo el clero estaba á la cabeza el sumo sacerdote ó Villac Uma, cediendo solo al Inca en gerarquía; y era entre sus hermanos ó parientes electo por el Inca, y vitalicia tan alta dignidad la que nombraba todos los otros inferiores grados, debiendo para el gran templo del Cuzco ser de la regia sangre de los Incas, y para las iglesias provinciales los que eran de familias de curacas, de esta manera procurando siempre dignificar al alto sacerdocio, y ennoblecido siempre se encontrase.
No estaba en manos la peruana ciencia
del noble clero, ni enseñanza pública, ni hallábase en contacto con el pueblo, como era en el imperio mejicano; . pues constituía la nobleza Inca, que al culto religioso se entregaba, otra orden sagrada del estado; y muchos dignatarios revestían esas insignias, para estar más lejos del vulgo oscuro y de la clase media.
Y del clero el deber se limitaba á oficiar en los templos, subsistiendo de las inmensas rentas de su culto; pero después de su peculio propio, cuando en la rotación establecida iban dejando por la edad su puesto á otros dignos hermanos de la orden. 31
Su ocupación y ciencia se cifraban en conocer las épocas de ayunos, aquellas de sus fiestas religiosas y estudiar sus prolijas ceremonias, cuyo ritual, confuso y complicado, gran práctica y estudio requería.
A más de la mensual fiesta ordinaria,, cuatro más celebraban anualmente del sol en los solsticios y equinoccios, siendo la más solemne la de Raymi, en días del solsticio de verano, cuando habiendo llegado el sol triunfanteai fin meridional de su carrera, torna incesante, joven, siempre eterno, á desandar su curso magestuoso, así llenando de infantil ventura á su escogido pueblo reverente. 32
Eu los tres días de continua fiesta, en casa alguna se encendía lumbre, y era severo el general ayuno; y el Inca y corte, en tan solemnes días^ seguidos de la inmensa muchedumbre, en la gran plaza pública esperaban la salida del sol, para de hinojos bendecir su salida v saludarlo: y apenas sus primeros resplandores vertíanse en las cumbres y montañas, cuando un inmenso y expansivo grito v cánticos triunfales resonaban, seguidos de los toscos instrumentos.
Todos vestían sus mejores trajes^ sus adornos y alhajas ostentando, y las entradas de la extensa plaza,.
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con las más ricas telas se cubrían.
Después el Inca, en grande copa de oro y llena de licor hafeta los bordes, brindando por el sol, gustaba el néctar y pasábalo á todos sus parientes, siguiendo luego hasta el suntuoso templo; y á medida que á él se aproximaban, iban dejando sus sandalias todos, excepto el Inca y real familia, que solo las dejaban á la entrada, sin que allí el pueblo penetrar pudiese, cuando oraba el monarca con su séquito.
El usual holocausto de esta fiesta era el del sacrificio de aria llama, en cuyos tibios miembros, palpitantes, del porvenir los hechos misteriosos buscaba el sacerdote, ávidamente; pero los más comunes holocaustos eran de granos y olorosos frutos, y solo por algún hecho notable, como tras larga lucha gran victoria, ó la coronación del heredero, llevábase al altar, en sacrificio, un bello niño ó candida doncella. 33
Concluíanse las fiestas, recogiendo las doradas primicias luminares: por un espejo cóncavo y bruñido del preciado metal, en rico foco, del sol reunían los ardientes rayos sobre seco algodón; y este era el fuego que cuidaban las vírgenes sagradas, como imagen y un don de su gran astro: si por algún descuido irremediable la conservada lumbre se extinguía, augurábanse males al imperio, en cuvo caso, infinidad de llamas y otra clase de gordos animales de los rebaños de los bosques sacros, llevados al altar del sacrificio, no solo al Inca y á la corte daban por unos días suculentas mesas, sino que con largueza, tanta carne en el pueblo frugal se repartía.
Así en la gran festividad de Raymi repartíase al pueblo pan y vino; y á bailar y beber se congregaba por unos días, con pueril contento, después de aquellas populares fiestas, para luego seguir en su trabajo, cual grey paciente de absoluto dueño.
El obtenido fuego de esta fiesta
entregábase al férvido cuidado
de sus queridas vírgenes sagradas,
que desde niñas eran escogidas,
ora por su nobleza ó hermosura;
y como mil quinientas se contaban
del Cuzco en el extenso monasterio,
do matronas, llamadas mnmacomas,
y envejecidas dentro de esos muros,
cuidaban con solícita ternura
é instruían en sus ritos y deberes,
y el bordar y tejer las enseñaban
para surtir á la familia regia,
y también á exornar los muchos templos;
mas siendo siempre su primer cuidado
el fuego conservar de la gran fiesta;
y desde que pisaban el convento,
nadie verlas podía, ni aun sus padres,
con excepción del Inca y sus esposas;
y enviábase anualmente una visita
que informe diese del recinto sacro,
con toda exactitud y pormenores,
respecto á su moral y disciplina.
Y ¡ayl desdichada la doncella ardiente,
que su corona virginal perdiera;
porque la dura ley la condenaba
al escarnio y que oioa se enterrase,
y su pueblo natal se destruyera,
sembrándose con piedras su recinto,
y que ahorcado el amante feneciese. 34
Pero no obstante, el Inca venerado, como señor y jefe de la iglesia, escogía á placer las más hermosas, entre las bellas vírgenes sagradas, para ornar sus palacios ó serrallos donde eran como reinas atendidas; y cuando ya repletas se encontraban esas mansiones de lascivos goces, y reducir el número quería, jas de mayor edad iban pasando, no á la infantil morada del convento, sino aquella nativa y propia casa, do se las daba vitalicia ^eata para vivir con fausto y envidiadas, por haber alcanzado la gran dicha y tenido el honor, por su belleza, de haber tenido al Inca por esposo!
La casa de las vírgenes sagradas era de baja construcción y piedra; pero de extensa dimensión y lujo, y de altos muros circundada toda, para que nadie ver ni entrar pudiese; y ocupadas en místicos afanes
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ó aspirando la brisa embalsamada de sus jardines, siempre florecientes, allí esas puras vírgenes sentían muellemente su vida deslizarse, sino gozando su alma de esos sueños, que hacen un cielo los floridos años, al menos embriagados sus sentidos entre un lujo oriental, igual tan solo al que tenía el Inca en sus palacios. Y con el mismo lujo y atenciones en todas las provincias se encontraban diseminados estos monasterios.
Los nobles del Perú también podían tener, como en Oriente los caudillos, mujeres en sus casas ó serrallos; no así el hombre plebeyo ó de trabajo, que por legal mandato y su pobreza, una sola tenía por esposa.
Todos ios años, en lijado día, y con asentimiento de sus padres, los jóvenes podían desposarse, ya pasada la edad de veinticaati'o en el varón, y la mujer dieciocho, si podía el varón formar familia con su trabajo ó heredados bienes: y en la plaza más grande de su pueblo, los novios y parientes se reunían: presidía en el Cuzco el Inca este acto, asiendo por la mano á la pareja, y que uno y otro se la diese luego, así quedando unidos como esposos; y hacían igual cosa los curacas en los otros distritos inferiores, teniendo que elegir esposa el novio en el distrito á que él pertenecía; así es que casi las anuales bodas eran generosamente entre parientes; mas .so/o al Inca con su propia hermana érale dado unirse en matrimonio, por conservar su soberana estirpe. 35
Declarábase nulo todo enlace, que los padres no hubiesen consentido; mas después de efectuado, la pareja un pedazo de tierra recibía, repartida por todos los distritos, para poder vivir con su producto.
Como eran celebradas tales bodas todos los años, en Jijado día, varios días duraban los festejos, y era en el reino general la fiesta.
Se ve, pues, que la ley sus condiciones para casarse á todos imponía, y que cada familia, cada clase, |
girar debía dentro de su esfera, | . i-
sin bajar ni subir del propio estado, y cada cual al suyo limitarse; ;
pues ni el humilde por vulgar que fuese, ni el encumbrado por su noble origen, libres estaban de la acción directa, del señor soberano, omnipotente, que aunque muy justo y suave en su gobierno, era como sistema el más despótico V absorvente también, como teocracia.
^„Y no es pasmosa la igualdad, que hallamos entre este pueblo de ignorado mundo, con los antiguos pueblos europeos, en culto, religión y sacrificios, en sistema político y costumbres y su superstición é idolatría?
¿Qué diferencia entre el espejo existe, que usaron este pueblo y el romano, para encender el su sagrado fuego? ¿Cuál hay entre las vírgenes vestales, en solitarias casas encerradas? En ambos pueblos, no eran escogidas entre las niñas de mayor nobleza, para solo cuidar del fuego sacro, sufriendo igual muerte a infelice, que su diadema virginal perdiese?
Entre sus sacrificios y sus dioses, ceremonias, altares y holocaustos y materiales, ídolos diversos, ¿existe acaso diferencia alguna?
Y no era allí también el matrimonio,, de eminente carácter religioso, y preciso el permiso de los padres?
En la distribución del pan y el vino qne se daba en las fiestas á la plebe, ^no veis la analogía y el principio del emblema eucarístico cristiano?
¿Es rara coincidencia, que revela de especie igual, idénticos efectos, en instintos, tendencias y pasiones, como en la raza irracional se observaf ¿O por ventura, sin saberse cómo, los usos y costumbres del antiguo, sus leyes, tradición y religiones pasaron hasta el nuevo continente, desde los siglos de perdida htstoriaf
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Por eso, al efectuarse la conquista, notando sus teólogos y sab'os ' tan semejantes hechos, sorprendidos, indignados al diablo atribuyeron de los cristianos ritos la parodia^ y el de la eucaristía profanada en la distribución del pan y el vino.
así un poder supremo dando al diablo; pero otros á la vez, sino tan teólogos, menos propensos á explicar misterios, ni á conceder al diablo tanto influjo, un más posible y natural origen para explicar este misterio hallaron. 3G
l^asando fué del regio padre al hijo el venerado cetro de los Incas, sin que esta sucesión se interrumpiese, mientras duró su larga dinastía, y para que el divino origen, siempre puro en la regia familia germinase, desposábase el Inca con su hermana, que era reina legítima y su esposa, llamándose la Coya, pues las otras teníanse por meras concubinas; así es que de la Coya, el primojénito el príncipe real era tan solo, sin que sangre corriese por sus venas de la raza vulgar de los mortales. 37
Confiábase el infante á los cuidados de los amantas ó peruanos doctos, que instruíanle en las ciencias y en las artes, y sobre todo en los confusos ritos, que cual futuro jefe de la iglesia debía conocer, más que ninguno: también en el manejo de las armas, la táctica, ejercicios y trabajos, que demandaba tan viril carrera, en un colegio militar se instruía, con otros Incas jóvenes y amigos; pues de Inca el nombre, como timbre honroso, dábase aquellos, que por línea recta de su Inca soberano descendiesen: y ya de dieciseis la edad pasada, rendían estos jóvenes su examen, ante ilustres maestros y guerreros, para seguir la militar carrera, previamente unos días ayunando; y para demostrar después sus fuerzas, agilidad, valor y sufrimiento, simulaban combates y derrotas, luchas, carreras, duelos y sorpresas; y aunque sin filo sus pesadas armas,
varios solían resultar heridos,
y hasta muertos también algunas veces;
y duraba este examen treinta días,
intertanto teniendo los alumnos
que andar descalzos y dormir en tierra,
y soportar los soles y las lluvias,
haciendo el regio neófito lo mismo,
para que este recuerdo de su infancia
compasión hacia el pueblo le inspirase,
cuando él monarca de su pueblo fuese.
El examen y pruebas terminadas, y pasada la lista al soberano, que acostumbraba presidir la fiesta, en un breve discurso á los alumnos sus futuros deberes recordaba, y que en los muchos y gloriosos hechos de sus predecesores se inspirasen, al abrazar la militar carrera.
Y postrándose todos de rodillas, abríales el Inca las orejas, con hilo de oro, que quedaba adentro, hasta que el agujero se secase, para luego ponerse los pendientes que eran muy grandes y de plata ú oro; y tan macizos eran los del Inca, que á los hombros llegábale el pulpejo.
¿,No era así la Europa hasta el modo de abrirles las orejas al sexo, que llamamos sexo bello?
¿Y en la edad media no se enseñaba en ese antiguo mundo, antes de leer y de escribir, en toda esa sangre azul, vana nobleza el varonil manejo de las armas, ó ya el latín, chapurreado apenas para llegar á obispo ó hasta papa?
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Terminada esta regia ceremonia, iba un noble guerrero venerable, calzando á los alumnos las sandalias, que usaba la orden do ingresai' debía, acto igual al que usaban los cristianos al calzar á los nobles las espuelas: y ya entonces los jóvenes podían una faja ceñirse á la cintura, como de edad viril el distintivo, , cual la toga viril de los romanos: adornábanle luego la cabeza con guirnaldas de ñores de colores, emblema de clemencia en el guerrero, ante el contrario, débil v rendido; y con hojas también de siemprevivas las olorosas llores se enlazaban, para significar, que sus virtudes de otros ser'ían el eterno ejemplo: y al príncipe, además de estas insignias, una venda ceñíanle en la frente, tejida con la lana de vicuña v adornada con borlas amarillas, que era la insignia peculiar, que usaba el heredero del peruano cetro; y ante él, arrodillada la nobleza, pleito homenaje y adhesión vehemente, aclamando su nombre le rendía, como al excelso sucesor del trono.
Y luego la selecta concurrencia en la gran plaza pi'iblica reunida, entregábase el pueblo, alborozado,
á sus danzas, sus juegos y cantares.
Y después de haber pasado el joven príncipe por esta prueba, que le hacía idóneo
para ocupar los puestos más notables, dábasele un asiento en el consejo, que de sabios ancianos existía, ó iba á seguir su militar carrera de algún ilustre general al lado, al servicio de su Inca envejecido, hasta que con más años y experiencia, de las fuerzas el mando se le daba, para llevar glorioso á otras regiones el peruano estandarte del arco iris, que de su dinastía era la enseña.
Y aunque el gobierno del Perú era suave, como en su proceder humano y recto,
era absoluto en su sistema y forma, teocrático y señor de sus vasallos, único juez y sin control alguno; y aún con más poder sobre su pueblo,
que en sus negros esclavos tiene el amo;
porque este amo responde ante los jueces,
si en vez de amo conviértese en verdugo;
y hasta el mismo magnate de su origen,
solo osaba ante el Inca presentarse
cargado con un bulto y sin sandalias,
como de sumisión seña evidente:
y como hijo del sol, era en la tierra
su gran representante, y del gran templo
quien presidía ceremonia y fiestas:
en persona mandaba los ejércitos,
si anhelaba en la guerra distinguirse:
contribuciones, leyes imponía,
y la administración, magistratura
y sacerdocio á voluntad nombraba,
y disponer podía á su capricho:
dueño del poder y las riquezas,
del oro y plata de las ricas minas,
de vidas y de haciendas: y ninguno
acercarse podía ni mirarle,
sino más sometido que un esclavo;
y si el rey Luis catorce, osado dijo,
en un momento de supremo orgullo, ,
—el estado sot/ yo;- -sin pretenderlo
el Inca del Perú, ni osar decirlo,
era el Dios de su pueblo y el estado. 39
Creyéndose, en verdad, el Inca mismo, que era un ser superior á los mortales, su persona y palacios revestía de regia pompa y majestad augusta: sus mantas, trajes, colgaduras, ropas eran por las vestales fabricadas de la más lina lana de vicuña y más firmes colores y brillantes, bordándose con oro y piedras finas: ceñíase fin turbante en la cabeza con unas borlas, como usaba el príncipe; pero no amarillentas, sino rojas, con dos plumas del bello coraquenque, pájaro raro, que se hallaba solo de la montaña en la región desierta; v como al recibirse cada Inca, á las viejas por nuevas reemplazaba, los muy crédulos indios suponían, que era único el casal de aquella especie para dar este adorno á la diadema.
En las solemnes fiestas religiosas solía á los magnates dar convites, haciendo la honra á los que más quería, con sobrias frases de brindar por ellos; y aunque hallábase el Inca á gran distancia de sus adictos subditos Immildes,
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á conocer llegábanle en los viajes, cuando en algunos años recoma con regia pompa su extendido imperio, yendo escoltado de selectas tropas y en su silla de manos, tachonada de perlas, esmeraldas, plata y oro, y por membrudos indios conducida, que seguían corriendo en muchedumbre, para ir alternando, y que viajase con toda rapidez por los caminos, que aunque bien atendidos y cuidados, iban limpiando los vecinos todos, y cubriendo de flores perfumadas: y todos disputábanse la honra de conducir los regios equipajes á los alojamientos preparados, por si el Inca á los suyos no llegase: y solía en los pueblos detenerse para escuchar consultas judiciales, ó á los curacas dar sus instrucciones: cuando [)ara ser visto descorría de su rica litera los encajes, la aglomerada multitud ansiosa, con entusiastas himnos le aclamaba, de sus queridos dioses invocando para su gran monarca, eternas dichas; y hasta donde quedábase en la noche, como un lugar sagrado lo tenían. 40
No solo se encontraban esparcidos en el Cuzco y ciudades principales los palacios magníficos del Inca, sino que hasta en los pueblos más remotos con igual lujo y profusión se hallaban: de grandes piedras y de tosco aspecto, como la fortaleza eran del Cuzco, y sus techos de pajas y maderas, y las puertas tenían su salida á un gran patio común; porque su lujo en el interno adorno se cifraba, cubiertas de oro y plata las paredes, con nichos y esculturas de animales del preciado metal, como los útiles del servicio ordinario del palacio: y tan de rica lana eran tejidas las mantas, colgaduras y las ropas de purpúreos y límpidos colores, que los reyes de España las usaron por el abrigo y suavidad notables. Y en los muchos palacios de provincia la regia servidumbre era formada de vecinos de pueblos comarcanos, que á los palacios siempre abastecían, y como propia casa los cuidaban. 41
Del Yacay en el valle delicioso, del viento por su sierra defendido, existía el palacio predilecto y el mejor adornado de los Incas, como d veinte kilómetro'^ del Cuzco; y cuando de lisonjas y cuidados, aburrido encontrábase en su corte, corría presuroso, allá á entregarse á mdolente descanso y los placeres, y á los baños del agua cristalina, que descendiendo de las altas sierras, por conductos de plata, subterráneos, iba á llenar las banaderas de oro, y á regar los jardines y sus calles, y allí el Inca á porfía acariciado por sus cientos de bellezas favoritas, que su amor y caricias imploraban: y en las tranquilas noches apacibles, siguiéndole también las más ardientes, como á la luna cercan las estrellas, voluptuoso vagaba en los jardines, que en esa tibia zona de los trópicos, sin esfuerzo florecen y perfuman sus mansas auras, mnrmuraado amores; y en torno á ese jardín, otros lucientes de artificiales plantas de oro y plata, remedaban las plantas naturales, ^
descollando el maíz, producto indígena, é imitando sus granos con los de oro, y secas hojas, inclinadas, mustias; y á las erguidas chalas y penachos, con hilos y hojas de bruñida plata.
Si tanta profusión de plata y oro parece exagerada ó fabulosa á algún pobre lector, que no los tenga, y más que el pan bendito los desee; ó si ora como autor, juzga que quiero dorar la historia y platear las faltas de esta que escribo d la verdad ceñido, es oportuno recordar á todos, que en el Perú, ni el oro, ni la plata jamás en numerario convirtieron; y que todo el producto de las minas, ÍNTEGRO á sn monarca se entregaba, como único señor de todo d leño; y que solo en los templos y palacios y en los adornos, trajes y utensilios, que usaba la nobleza se invertía; y por último, ¿,acaso se ha olvidado, que de Bolivia y del Perú las minas, en la conquista apenas explotadas, atestaron después á toda Europa,
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como ahora su huano inagotable,
de grandes cargamentos de oro y plata? 42
Y más sorpresa causará al que ignore, que esa tanta riqueza acumulada
del Inca en los palacios, era solo adquirida durante su gobierno; porque al morir su antecesor, quedaban sin habitarse todos sus palacios; é intactos sus tesoros y menajes, pues era creencia popular, que el Inca había al sol subido por su muerte, y otra vez á morarlos bajaría.
Al muerto Inca extraíanle las víceras, las que en el templo Tamba colocaban, enterrando con ellas los adornos y su plata labrada; y en su tumba se inmolaban sus criados y mujeres, y un duelo general se sucedía á tan triste, aflictiva ceremonia; y en ciertos dias y durante un año, el congregado pueblo desplegaba del Inca fenecido el estandarte, en procesiones y canturías tristes, como una prueba del dolor del reino; y se encargaba á los mejores bardos, para hacer memorables sus hazañas, que en muy sentidos cantos las narrasen.
Y su cuerpo, después de embalsamado, — con esa misma habilidad y acierto, que el suyo los egipcios perpetuaban, — era al templo del Cuzco conducido,
y el último en la Jila colocado
- )
de sus predecesores, que se hallaba del refulgente sol á la derecha, y á la izquierda la fila de los Coyas: allí estaban sus célebres monarcas, todos cubiertos con sus ricas ropas, con las cruzadas manos sobre el pecho, y en la inclinada frente su diadema: el cano pelo ó el tupido oscuro, intacto conservábase en el cráneo, y en el rostro la piel, cual pergamino, el color bronceado remedaba, con más exactitud y semejanza, que en la límpida tez del europeo; y en macizos sillones todos de oro, así se hallaron á las regias momias.
Y tal era el amor ó la ignorancia, ó el sagrado respeto por sus Incas, que proseguían, aún después de muertos, rendiéndoles honores, como á vivos, y siguiendo su guardia en el palacio, cuyos jefes y empleados de la corte, en las solemnes fiestas, que á la momia en procesión sacábase á la plaza, convidaban á opíparos banquetes á los actuales jefes v nobleza, reuniéndose en la gran plaza del Cuzco, por sus criados servidos, y llevando cada cual sus alhajas y vajillas, con la misma etiqueta y parsimonia, que si el muerto monarca presidiese esas mesas, do el oro deslumhraba como rayos del sol á sus reflejos; pues en nación alguna en todo el orbe, viérouse acumuladas más riquezas.
Como gozaba el privilegio el Inca de tener las mujeres que quisiese, era grande su prole y esos hijos por línea masculina descendiendo, y ser así su origen innegable, la primera nobleza constituían, que hízose cada vez más numerosa; y esas familias, orgullosas todas, de descender de tal ó cual monarca, privilegios gozaban importantes: su traje era especial y hablaban solo
el idioma que usábase en la corte, y era desconocido para el vulgo; al príncipe seguían, y en su mesa solícitos también le acompañaban; y para que viviesen con holgura, una no escasa asignación tenían de las mejores rentas del estado: dábanseles las altas dignidades del sacerdocio, mando en los ejércitos, el gobierno de todas las provincias y los empleos de confianza y lucro.
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oomo acontece en todas las naciones, donde impera un monárquico gobierno; y hasta esas para el pueblo duras leyes, parecían no fuesen sancionadas para que la nobleza las cumpliese. 44
La otra segunda é inferior nobleza era la de caciques ó curacas de las tribus de aquellos territorios, que iba siempre el imperio conquistando, y do quedaban por merced del Inca, trasmitiendo á sus hijos el gobierno; más limitado su poder estaba al del gobernador de la provincia, donde uníase el nuevo territorio, teniendo obligación cada curaca, de cuando en cuando visitar al Cuzco, rendir pleito homenaje al soberano y á sus hijos allí dejar en rehenes, y para que se fuesen instruyendo en el progreso, religión y leyes y poder sucederles en el mando; mas ellos á ascender nunca llegaban como los nobles de primera clase, y local su poder era tan solo, sin poder aspirar á más altura; pues la nobleza Inca era la fuerza en que esa monarquía se apoyaba, como eran los romanos los señores, respecto á los señores y caudillos, de esos pueblos, al suyo esclavizados.
Y era sabia medida la del Inca
el dejar en su puesto á los caciques, porque así menos resistencia hallaban sus numerosas huestes vencedoras; y así en la capital y en las provincias, esparcida del Inca la nobleza daba unidad á su poder omnímodo, y sus legiones aumentando siempre, iban así extendiendo más su imperio. 45
Y se dice, que aquella noble raza era muy superior á la del vulgo,
en desarrollo intelectual y en formas.
Y si en verdad lo fué, ¿de dónde vino,
y á ese extremo del mundo, aun ignorado, como llegó, se impuso y sin esfuerzos, hija del sol llamándose esa raza, á una salvaje fué civilizando, hasta fundar aquella monarquíaf
¿Trajo acaso sus leyes y costumbres, idioma, religión y su teocracia
de otros antiguos pueblos ó naciones, ó eran las tradiciones y los restos de otras civilizaciones, que existieran también allí, como en el viejo mundo, ó allí las inventó, tan s'^mejantes á los de esos imperios primitivos, que todo el viejo mundo dominaron!*
El nombre equivocado de un cacique, que en Panamá existió, cuando Balboa hizo el descubrimiento del Pacífico; ó el no bien comprendido en adelante, cuando á un indio el del río demandaron de Pizarro las huestes invasoras, la causa fué, que aquellas mismas huestes Perú denominasen á ese imperio; pero Tavant nsuyu se llamaba, ^
es decir: las del mundo cuatro ¡¡artes; pues hallábase en cuatro dividido, gobernando un virrey en cada una, que por largo camino, bien cuidado^ con el Cuzco en contacto se ponía, cada una de ellas con su nombre propio; y también la ciudad, cómodamente, se hallaba en cuatro barrios dividida, morando las familias v viajeros en el barrio á su pueblo más cercano, y sus trajes usando peculiares, así es que fácilmente conocidos, de donde eran, al verlos, se sabía.
Cada gobernador, virey ó jefe de una de aquellas cuatro divisiones, un consejo tenía de notables, y á otros inferiores gobernaba, que á su vez á otras villas dirigían.
Toda la población de aquel imperio, como en tiempos de guerras el romano, en décadas estaba dividida, teniendo un decurión que la mandaba, así formando cuerpos de cincuenta, de quinientos y mil, á cuyo frente, un jefe idóneo el mando retenía: y dividíase el reino por secciones de diez mil habitantes, v mandadas por nobles ó curacas, dependientes del noble que mandaba esa provincia:
todo armónico hallábase y sencillo
del Inca una señal solo esperando.
Había regular magistratura, y jueces superiores é inferiores, según era del pueblo la importancia.
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como ahora su híiano inagotable y
de grandes cargamentos de oro y plata? 42
Y más sorpresa causará al que ignore, que esa tanta riqueza acumulada
del Inca en los palacios, era solo adquirida durante su gobierno; porque al morir su antecesor, quedaban sin habitarse todos sus palacios; é intactos sus tesoros y menajes, pues era creencia popular, que el Inca había al sol subido por su muerte, y otra vez á morarlos bajaría.
Al muerto Inca extraíanle las víceras, las que en el templo Tamba colocaban, enterrando con ellas los adornos - y su plata labrada; y en su tumba se inmolaban sus criados y mujeres, y un duelo general se sucedía á tan triste, aflictiva ceremonia; y en ciertos dias y durante un año, el congregado pueblo desplegaba del Inca fenecido el estandarte, en procesiones y canturías tristes, como una prueba del dolor del reino; y se encargaba á los mejores bardos, para hacer memorables sus hazañas, que en muy sentidos cantos las narrasen.
Y su cuerpo, después de embalsamado, —con esa misma habilidad y acierto, que el suyo los egipcios perpetuaban,— era al templo del Cuzco conducido,
y el último en la Jila colocado
de sus predecesores, que se hallaba
del refulgente sol á la derecha,
y á la izquierda la ñla de los Coyas:
allí estaban sus célebres monarcas,
todos cubiertos con sus ricas ropas,
con las cruzadas manos sobre el pecho,
y en la inclinada frente su diadema:
el cano pelo ó el tupido oscuro, ^
intacto conservábase en el cráneo,
y en el rostro la piel, cual pergamino,
el color bronceado remedaba,
con más exactitud y semejanza,
que en la límpida tez del europeo;
y en macizos sillones todos de oro,
así se hallaron á las regias momias. 43
Y tal era el amor ó la ignorancia, ó el sagrado respeto por sus Incas, ■ \ que proseguían, aún después de muertos, rendiéndoles honores, como á vivos, y siguiendo su guardia en el palacio, cuyos jefes y empleados de la corte, en las solemnes fiestas, que á la momia en procesión sacábase á la plaza, convidaban á opíparos banquetes á los actuales jefes v nobleza, í •
reuniéndose en la gran plaza del Cuzco, por sus criados servidos, y llevando cada cual sus alhajas y vajillas, '
con la misma etiqueta y parsimonia, que si el muerto monarca presidiese ; esas mesas, do el oro deslumhraba ¡ como rayos del sol á sus reflejos; ' ' pues en nación alguna en todo el orbe, viéronse acumuladas más riquezas.
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Como gozaba .el privilegio el Inca de tener las mujeres que quisiese, era grande su prole y esos hijos por línea masculina descendiendo, y ser así su origen innegable, la primera nobleza constituían, que hízose cada vez más numerosa; y esas familias, orgullosas todas, de descender de tal ó cual monarca, privilegios gozaban importantes: su traje era especial y hablaban solo
el idioma que usábase en la corte, y era desconocido para el vulgo; al príncipe seguían, y en su mesa solícitos también le acompañaban; y para que viviesen con holgura, una no escasa asignación tenían de las mejores rentas del estado: dábanseles las altas dignidades del sacerdocio, mando en los ejércitos, el gobierno de todas las provincias y los empleos de confianza y lucro.
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como acontece enlodas las naciones, donde impera un monárquico gobierno; y hasta esas para el pueblo duras leyes, parecían no fuesen sancionadas para que la nobleza las cumpliese. 44
La otra segunda é inferior nobleza era la de caciques ó curacas de las tribus de aquellos territorios, que iba siempre el imperio conquistando, y do quedaban por merced del Inca, trasmitiendo á sus hijos el gobierno; más limitado su poder estaba al del gobernador de la provincia, donde uníase el nuevo territorio, teniendo obligación cada curaca, de cuando en cuando visitar al Cuzco, rendir pleito homenaje al soberano y á sus hijos allí dejar en rehenes, y para que se fuesen instruyendo en el progreso, religión y leyes y poder sucederles en el mando; mas ellos á ascender nunca llegaban como los nobles de primera clase, y local su poder era tan solo, sin poder aspirar á más altura; pues la nobleza Inca era la fuerza en que esa monarquía se apoyaba, como eran los romanos los señores, respecto á los señores y caudillos, de esos pueblos, al suyo esclavizados.
Y era sabia medida la del Inca
el dejar en su puesto á los caciques, porque así menos resistencia hallaban sus numerosas huestes vencedoras; y así en la capital y en las provincias, esparcida del Inca la nobleza daba unidad á su poder omnímodo, y sus legiones aumentando siempre, iban así extendiendo más su imperio. 45
Y se dice, que aquella noble raza era muy superior á la del vulgo,
en desarrollo intelectual y en formas.
Y si en verdad lo fué, ¿de dónde vino,
y á ese extremo del mundo, aun ignorado, como llegó, se impuso y sin esfuerzos, hija del sol llamándose esa raza, á una salvaje fué civilizando, hasta fundar aquella monarquía?
¿Trajo acaso sus leyes y costumbres, idioma, religión y su teocracia
de otros antiguos pueblos ó naciones, , ó eran las tradiciones y los restos de otras civilizaciones, que existieran también allí, como en el viejo mundo, ó allí las inventó, tan s'^mejantes á los de esos imperios primitivos, que todo el viejo mundo dominaron? 46
El nombre equivocado de un cacique, que en Panamá existió, cuando Balboa hizo el descubrimiento del Pacífico; ó el no bien comprendido en adelante, cuando á un indio el del río demandaron de Pizarro las huestes in vaso ras, la causa fué, que aquellas mismas huestes Perú denominasen á ese imperio; pero Tavant nsuyu se llamaba, es decir: las del mundo cuatro partes; pues hallábase en cuatro dividido, gobernando un virrey en cada una, que por largo camino, bien cuidado, con el Cuzco en contacto se ponía, cada una de ellas con su nombre propio; y también la ciudad, cómodamente, se hallaba en cuatro barrios dividida, morando las familias y viajeros en el barrio á su pueblo más cercano, y sus trajes usando peculiares, así es que fácilmente conocidos, de donde eran, al verlos, se sabía.
Cada gobernador, virey ó jefe de una de aquellas cuatro divisiones, un consejo tenía de notables, y á otros inferiores gobernaba, que á su vez á otras villas dirigían.
Toda la población de aquel imperio, como en tiempos de guerras el romano, en décadas estaba dividida, teniendo un decurión que la mandaba, así formando cuerpos de cincuenta, de quinientos y mil, á cuyo frente, un jefe idóneo el mando retenía: y dividíase el reino por secciones de diez mil habitantes, y mandadas por nobles ó curacas, dependientes del noble que mandaba esa provincia: todo armónico hallábase y sencillo.... del Inca una señal solo esperando.
Había regular magistratura, y jueces superiores é inferiores, según era del pueblo la importancia,
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para graves delitos y los leves; y obligábase al juez en todo pleito, después de sometido á su sentencia, dentro de cinco días el fundarla: y para averiguar si con justicia en ellas aplicábanse las leyes, un fiscalizador, de cuando en cuando, todos los tribunales recorría; y cualesquier parcialidad ó falta se castigaba de ejemplar manera: y mensualmente cuenta de sus actos daban los inferiores tribunales á los otros más altos, que pasaban al virey tales datos, con los suyos, el que á su vez mándalos al Inca, quien también anualmente recibía del censo una estadística completa de población, trabajos y adelantos; así es que sin salir de su morada, por la administración que allí tenía, de su nación sabía el movimiento, que separadamente se llevaba en cada utia de las cuatro partes, en que estaba su reino dividido.
Pocas eran sus leyes, más severas, y en su más lata parte concernientes á ciertas faltas ó hechos criminales, pues no existían casi los civiles, desde que casi propiedad no había: el robo, asesinato y adulterio y la fornicación y sus escándalos, con pena capital se castigaban; más causas atenuantes se admitían: y sufría también la misma pena quien contra el sol ó el Inca blafemase, ó quemara algún puente ó edificio; y el castigo también era severo para aquel que borrase los deslindes, ó el curso de las aguas detuviese, para poder regar mejor su tierra, perjudicando á los demás vecinos.
De rebelión en el remoto caso, la que de suponer era imposible, prescribía la ley inexorable como un gran sacrilegio al soberano: que esa provincia ó pueblo se asolara, y condenados á la muerte fuesen sin distinción de edad, hombres y niños; mas si parecen duras leyes tales, por esta misma causa era muy raro, que ninguno á violarlas se atreviera; y la tramitación era muy breve
y casi siempre la sentencia justa,
sin sufrir los tormentos y prisiones,
que imponían al reo largo>i arlos
los muy cioilizados europeos,
antes que los procesos terminasen:
tampoco allí esos pleitos existían
costosos, de chicana, interminables,
que hacen hervir la sangre de despecho
del que honorable con razón litiga,
por defender su hacienda ó su buen nombre,
de do salen las partes arruinadas,
y ricos los curiales y embrollones,
como los gordos frailes de responsos. 47
Hallábase anualmente calculado de las rentas fiscales el percibo y la distribución de su producto, que eran los frutos que la tierra daba; pues no existiendo numerario alguno, trocábanse tan solo las especies: para ello el país se suponía en tres partes iguales dividido, y los frutos que daba la primera eran para el sostén de la corona: para el culto y los templos la segunda, y la última del pueblo en beneficio, siguiendo igual sistema con las tierras, que el reino iba adquiriendo en sus conquistas.
Los productos al Inca destinados, en sus muchos palacios se invertían, en sostener su lujo y sus placeres, parientes, empleados, servidumbre, y en los precisos gastos de gobierno; y los que al sol estaban aplicados, en conservar los templos y vestales, en el fomento del suntuoso culto y en sostener su inmenso sacerdocio; y la tercera parte de las tierras, por cdpite donábase entre el pueblo.
Como era á cierto tiempo obligatorio el que todo peruano se casase, dábale su distrito cierto radio, para que con sus frutos subsistiera, y materiales para hacer la casa; y por cada una hija, más terreno, y el doble, si varón era el nacido.
Cada año renovábase el reparto, y según las personas de familia, así disminuía ó se aumentaba; de manera que á nadie le era dado ni ascender ni bajar en su fortuna.
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ni aspirar á otro estado diferente: su ley era vivir para el trabajo, y para el amo trabajando siempre, V contentos viviendo así morían, pero el anual reparto de las tierras, no solo á los actuales poseedores sus derechos les iba confirmando, sino, que al aumentarse la familia, convertíala casi en vitalicia.
Y á los mismos curacas de igual modo, la tierra en su distrito se les daba; pero en más extensión y mejor clase. 48
Así es que allí todo hombre, por más genio con que el Eterno hubiérale dotado, para que honrase al mundo con su fama, con su ignorado genio hubiera muerto, sin él mismo saber lo que tenía: no había emulación, premio ni lucha, ni aun esperanza de cambiar de suerte, ni poder figurar como los otros, que debían su puesto al nacimiento: no podía adquirirse gloria alguna, sino solo adquirir lo muy preciso para su humilde hogar y triste prole: así el hombre de genio y el menguado igual destino y porvenir tenían: hallábase el actor en un desierto, sin público, escenario ni comparsas, en ese nuevo mundo estacionario, sin progreso, sin luz ni aspiraciones.... peor que el viejo imperio de la china.
¿Y cuál es más felis, este salvaje, que honradamente vive del trabajo, labrando el suelo, que le da el sustento, que ama á su hogar y vive con su prole, y su dicha es vivir con su familia, conociendo del mundo y de los mares, tan solo sus montañas y su aldea, que ama á su patria y en su Dios creyendo, sin vacilación, temor, ni dudas, muere tranquilo, como muere el justo, esperando su premio en vida eterna^ ó aquel hombre de genio, que luchando con la envidia, sus émulos y el hambre, contra él mismo y sus propias ambiciones, y dudando en las creencias, si las tiene, su vida es un martirio, v cuanto alcanza en menos tiene ya y aún más desea, y muere de ambición, desesperado, acortando su vida de emociones, por adquirir honores ó riquezas,
ó si es de gloria_, por tener más gloria?
En absoluto contestar no puedo, que es cuestión de organismo la respuesta, y pueden todos dársela á su gusto!
Eran todas las tierras repartidas, por la gente del pueblo cultivadas, empezando primero por aquellas destinadas al sol, y prosiguiendo por las pertenecientes á las viudas, á los enfermos, huérfanos ó ancianos, y de soldados, en servicio activo, y después á las propias cultivando; y las. últimas eran las del Inca, siendo un día de fiesta y regocijo aquel que las faenas empezaban: desde alguna eminencia ó alta torre, convocábase al pueblo á que acudiese; y los hombres, mujeres y muchachos, al compás de las músicas alegres, y entonando sus cantos populares, iban dando comienzo á la labranza, y continuando así todos los días, hasta dejar sembradas esas tierras, haciendo las cosechas de igual modo.
El mismo orden seguíase respecto á las manufacturas. Los rebaños, que en numerosa cantidad pacían por los floridos campos y montañas, eran del Inca, propiedad tan solo, y cuidados por hábiles pastores; y una gran cantidad de gordos llamas enviábanse anualmente, bien cuidados, para el consumo de la corte y fiestas y demás sacrificios religiosos; mas solo consumíanse los machos, destinando á las hembras al procreo.
En oportuno tiempo se esquilaban los rebaños de alpacas y vicuñas, y su lana pasaba á los depósitos, repartiéndose luego en las familias la cantidad que necesaria fuese; así teniendo un abrigado traje los que moraban junto á las montañas, y usando el algodón aquellos otros de los cálidos climas moradores.
Desde la niña de los siete abriles, hasta la va inmovible abuela anciana, el huso manejaban y la rueca, en sus toscos telares fabricando
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las mantas y tejidos para ropas, que toda la familia precisase.
Allí la ociosidad era un gran crimen, y las leyes á nadie permitían,
que el diario pan comiese sin ganarlo con el sudor honroso de su frente, exceptuándose solo á los enfermos, á la decrepitud y la nobleza.
Habían artesanos y mecánicos, que en los trabajos ocupaba el Inca de alzar y reparar los edificios á su mansión y culto destinados; en cuidar los caminos y acueductos, nivelaciones, medición de tierras, y en hacer y tallar objetos de arte para templos, palacios y jardines; y otros, que directores de las minas, explotarlas hacían hábilmente^ imponiendo un trabajo moderado y que era alternativo, entre otros muchos; y la plata y el oro, trasformados en alhajas, adornos y esculturas, y las perlas y piedras adquiridas, pasaban puntualmente al soberano para ornar sus palacios y los templos, y generoso, el resto, entre los nobles, mandaba distribuirlo á su capricho.
Generalmente se iban sucediendo los puestos, profesiones y carreras de una misma familia entre los hijos; y en los distritos eran especiales, unos para el trabajo de las minas, los otros para artistas y artesanos ó faenas rurales y pastores, quienes un cierto tiempo dedicaban en servicio del culto y del estado, siendo entonces por ellos mantenidos, y atendiendo después al suyo propio; y así por esta rotación constante nadie podía estar sobrecargado: todos prestaban su servicio gratis, y hallábanse repletos sus depósitos, sin que ocioso ninguno se encontrase. 49
Los fabriles y agrícolas productos eran en parte al Cuzco remitidos, para el uso del Inca y de su corte, y otra parte en depósito quedaba en grandes almacenes de provincias, no para el uso anual únicamente,
sino cual precaución, que el venidero no fuese en las cosechas abundante, lo que no acontecía por su clima, benigno siempre y pródigo al trabajo; pero como el consumo del gobierno era siempre inferior á los productos, repartíanse siempre los sobrantes, después de estar repletos los depósitos; v en otros almacenes reservados los objetos de adorno, plata y oro y telas y labores se guardaban. 50
Llevábase anualmente un inventario de todos los productos en depósito y objetos de valor, y al mismo tiempo justificada de ellos la salida: de los frutos de cada territorio, su atraso ó adelanto relativo y su marcha económica y política, con asombrosa exactitud de datos: de las clases de tierras diferentes para tales productos las mejores: trabajos practicados en las minas y en las públicas vías y edificios, y las reparaciones, que debieran como las más urgentes empezarse; y de los nacimientos, defunciones y extensión del país otro registro, y de todo el territorio un censo, que anualmente elevábase al monarca; y tan bien confeccionado todo, como en aquellos tiempos de conquista hiciéralo cualquier nación de Europa.
En aquel patriarcal, tranquilo imperio, no existía entre el pueblo, un hombre rico, mas tampoco ninguno era tan pobre, que un hogar no tuviese, y el sustento para él y su prole, necesario; allí ninaún mendigo í^e veía, pues todo aquel que por su edad ó achaques no podía cumplir la ley impiíesta de un constante trabajo moderado,
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lo preciso acordábale el gobierno para poder vivir como los otros, sin pasar por aquellas amargaras, que hace sufrir el óbolo del pueblo, ni por las soledades y vejámenes, que pasa el desgraciado en los asilos, ni tener que rozarse con la escoria, que allí arrojan los vicios arraigados!
En aquella nación estacionaria, donde no había numerario alguno, desconocidos eran, por completo, la ambición febricente, los negocios, el juego, la avaricia y los deseos, no solo de tener algo supérfluo, pero ni aún de mejorar de suerte: allí el hombre del pueblo vejetaba; su dicha solo y porvenir cifrando en proseguir pasivo, obedeciendo la ley, que plugo á su Inca el imponerle.
Y para atestiguar esa obediencia
y el general esfuerzo, inquebrantable,
de aquellos hombre.^ máquinas, aún quedan
en el actual Perú, sagrados restos,
en colosales piedras esparcidos.
de sus templos, palacios y acueductos,
fortalezas, caminos v murallas!
Y sobre todo, asombran sus caminos,
y hasta /¿Oí/ día, si hacerlos se intentasen, como entonces se hallaban, pasarían por grandes obras de valor inmenso, á pesar del impulso de las ciencias y de modernas máquinas potentes.
¿Cuál no sería, entonces, el esfuerzo de ese país, en primiiioo estado, al idearlos y con fe emprenderlos, después sus hijos, con tesón seguirlos, para que con los siglos consiguieran sus descendientes contemplar sus obras?
A todas las provincias importantes excelentes caminos se extendían, que todo aquel imperio atravesaban; pero eran los más largos y admirables, el que cruzaba desde Quito al Cuzco, y el otro, que hasta Chile proseguía: y encontrábase este último construido por la baja región, que existe y media, entre los altos Andes y el Pacífico, cuyo terreno es bajo y arenoso: y en los bajos, con grandes terraplenes, con cierta mezcla fuerte, tierra y piedras
alzaban el camino, v á los lados :', construían pared ó parapeto, para que derrumbarse no pudiese; y á debidas distancias, acueductos, por donde iban las aguas á su cauce; y toda la extensión de ambas orillas de muy pomposos árboles cubierta, unos brindando sus maduras frutas, los otros sus perfumes exparciendo, y todos dando su agradable sombra al ligero viandante de las selvas, ó á los ágiles hijos del desierto, cuando un sol tropical su suelo abrasa; y en aquellos parajes arenosos, que solidificarse no podían, enclavábanse, entonces, estacones, para indicar el curso del camino.
El que iba, empero, desde Q'dto á Cuzco, era el gran monumento de ese pueblo, por la dificultad, siempre vencida, por lo arduo de una empresa tan gloriosa, y el éxito, que al fin lograr se pudo, teniendo, según cuenta prolija, unos dos mil quinientos á ochocientos ^ kilómetros de largo, no de un campo que á la atrevida empresa se prestase, sino por sierras de constantes nieves, por profundos arroyos, negras simas, puntiagudos barrancos, ó regiones desiguales, pedruscas ó fangosas, donde aquella salvaje virgen tierra rechazar toda huella parecía, que intentase imponerla el ser humano!
Entre las horadadas, vivas piedras, se hallaban subterráneas galerías de millares de metros, ya saliendo á profundos torrentes bramadores, do con gruesas paredes de ladrillos, y una mezcla especial, indestructible, unían los extremos, dejando arcos, para que el curso rápido siguiesen, sin rebozar las compridas aguas; ó ya en anchos arroyos, do imposible esos sólidos puentes alzar era, otros largos alzaban y colgantes de fibras de maguey, bien retorcidas, dándoles de grosor de un hombre el cuerpo, y atábanse sus puntas en las piedras, que de uno á otro costado agujereaban, seguras en las márgenes quedando; y unidos entre sí los viejos cables, de anchas tablas formábanles un piso,
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con su baranda de tupidos mimbres; y aunque al pasar por ellos el viajero, como una aérea hamaca se meciesen, un peso incalculable soportaban; y algunos de esos puentes asombrosos, aún más tenían de sesenta metros,' columpiándose en medio á los abismos de hirvientes aguas y rumor salvaje, al impulso de tétricas ventiscas: ora en otras corrientes muy profundas, pero angostas y fácil de llenarse, con muy enormes piedras, ensambladas, y con firme betún, duro como ellas, de madera cegaban aquel pozo, que un pedazo de sierra parecía: ora en los otros encumbrados sitios, cuya subida hacíase imposible y mortal precipicio su descenso, labraban escalones en las piedras, para subir y descender cargados, como si fuesen las pulidas gradas de un soberbio palacio, entre las nieves, teniendo á sus costados precipicios, que vértigos causaban solo al verlos; pero en aquellos ríos, cuya anchura era imposible establecer los puentes, y tranquilas sus aguas deslizaban, habían grandes balsas, con sus velas, para pasar las cargas y viajeros.
El ancho general de este camino de seis á siete metros no excedía, y era sobrado, si se tiene en cuenta, las serranías, bosques y desiertos por donde iba pasando y fué construido; y para ir marcando las distancias de una provincia ó pueblo hasta los otros, graníticas columnas, con señales, de tres en tres kilómetros se alzaban. 51
En toda la extensión de los caminos hallábanse construidos grandes tambos, como d quince kilómetros distantes unos de otros, que estaban destinados á dar albergue al Inca y las legiones, en los solemnes viajes, que emprendía, ó á las nobles persunas de su corte, que con carácter oficial viajasen; y estos tambos ó grandes edificios, de cuarteles servían á las tropas, que iban de un punto á otro del imperio, provisiones y equipos encontrando en los bien arreglados almacenes. 5á
Además de no haber tránsito alguno de vehículos, bestias ni jinetes, i
que los lisos caminos destruyeran, |
porque tan solo á pié viajaban todos, ; con cuidado especial se conservaban, teniendo obligación cada distrito de mantéuf^rlos en perfecto estado, hasta donde sus límites llegasen; así es que tenía una cuadrilla, que ocupábase siempre en los caminos, no solo en su limpieza permanente, sino en que fuesen cada vez mejores, pudiendo haber por ellos transitado cualquier carruaje de elegante dama, con toda brevedad, y tan seguro, como si de una gran ciudad de Europa las enlosadas calles recorriese; ¡y á estos largos caminos asombrosos, orgullo del Perú y sus adelantos, dejaron destruir los invasores por su ignorante y ci'iminal desidia!
El sistema postal, tan atrasado en todas las naciones europeas, en los tiempos de aquella gran conquista, por sus malos caminos y posadas, estando casi aisladas (ina>^ de otras, en los crudos inviernos, sobre todo, con admirable perfección y acierto organizado en el Perú se hallaba, sabiendo el soberano, en pocas horas, lo que en su extenso reino sucedía, desde uno á otro confín, exactamente.
Pequeñas casas, con algunos indios, que ocupábanse solo de correo!^, como d veinte kilómetros se hallaban en toda la extensión de los caminos: verbales los despachos trasmitían, cuando importantes no eran sus misiones, ó llevaban un hilo color rojo, como era el de borla del turbante, que en sus sienes ceñía el soberano, para que diesen crédito á los chasquis, todos los empleados del imperio, que su real mandato recibiesen; siendo este hilo ó cordón, como el anillo y sello de los reyes europeos, ó el cordón de los déspotas del Asia.
Traje especial tenían estos chasquis, y desde niños eran preparados por su fidelidad y ligereza
para este honroso y delicado oficio,
de una á otra posta haciendo la jornada;
y como estas jornadas eran cortas,
pues otro chasqui estábale esperando
para seguir las nuevas trasmitiendo,
por todo aquel trayecto, como flechas,
iban corriendo, sin dejar señales,
con su habituada rapidez pasmosa,
y doscientos cincuenta y aun trescientos
kilómetros hacíase por día;
de igual modo regalos y presentes
recibía el monarca de sus pueblos,
así es que diariamente se encontraban
los más frescos pescados en su mesa,
de las lejanas costas del Pacífico,
y la caza y las sabrosas frutas
de las opuestas zonas tropicales. 53
Mas allí no era el principal objeto, al cuidar y seguir estos caminos, el de poder comunicarse pronto, sino que los ejércitos tuvieran fáciles vías, sin tropiezo alguno, para poder marchar con ligereza y cómodos cuarteles de descanso, para seguir sus marchas presurosas.
Aquel imperio en aparente calma, en su calma política de muerte, estaba en incesante guerra externa, y por ella ensanchó su territorio, que fué en su fundación mezquino y pobre, é íbase extendiendo de año en año
de Norte á Sud; y los soberbios Andes también en sus conquistas trasponiendo; y así quedó su capital tranquila, llevando firme su invasión constante á los salvajes pueblos fronterizos, y sirviéndole al Inca de pretesto el extender su religión divina, como á los hijos de la media luna, que guió al Santo sepulcro Saladino, al llevar en su corva cimitarra la religiosa ley de su profeta; mas no buscaban pérfidos engaños, ni tiltiles pretestos irritantes, que hicieran sus conquistas más odiosas, aumentando el encono y resistencia, que el amor patrio sublevar debía; sino con maña y atrayente halago trataban de probarles que el sol era el solo y poderoso dios del mundo, esperando que el tiempo y la constancia, que oencea todo y todo lo consiguen, fuéranlos reduciendo en paz dichosa; y entablaban también negociaciones, y enviándoles regalos atrayentes, hacíanles palpar aquellos goces, que el progreso á la vida proporciona, seduciendo hasta el hombre más agreste: y después de agostados estos medios y de ser sus afanes infructuosos y su humana conducta desechada, entonces comenzábase la guerra, para la cual hallábase el ejército listo ya y de antemano preparado.
Según era el carácter belicoso de los pueblos, distritos ó provincias, así era el contingente de soldados, que al permanente ejército prestaban, siendo el servicio militar activo otro alternado general trabajo, como era el del cultivo de las tierras, ó cual la conscripción es en Europa; y las peruanas tropas, que al principio tan solo fueron grupos de flecheros, á ser llegaron numerosa hueste, tan bien disciplinada y aguerrida, que sin grandes esfuerzos fué logrando, que cualesquiera brigada en los combates.
otras tantas victorias alcanzase;
y en los últimos tiempos ascendía
á doscientos mil hombres este ejército,
hallándose por orden dividido,
con sus jefes, sargentos y oficiales,
en cuerpos, batallones, compañías
y reclutas, haciendo el ejercicio;
y viejos generales á su frente,
las guerras dirigían, cautelosos,
ó el príncipe real, que las mandaba,
y algunas veces hasta el Inca mismo.
Las armas, que llevaban los peruanos eran sus dardos^ lanzas, flechas y hachas,
— 52 —
cortas espadas y certeras hondas, que fueron las que usaron las naciones más poderosas del antiguo mundo, antes que an fraile su poder robase al rayo y su estampido el fuego sacro.
La punta de sus dardos y sus lanzas, pesadas mazas ó ligeras flechas, era de piedra ó hueso puntiagudo; y el muy flexible arco poderoso, sus penetrantes flechas arrojaba á gran distancia, con veloz empuje: el hacha era también de cobre ó piedra, y sus cortas espadas aflladas: llevaban los soldados un turbante de finas telas de colores vivos, entrelazado con vistosas plumas, y recortada túnica con faja, lo que formaba un traje pintoresco; en la espalda su aljaba muy repleta, y en la izquierda un broquel les encubría, de chapas de metal ó gruesas pieles: y de la misma especie, con un casco cubríanse los nobles la cabeza, ornándolo de piedras tinas y oro y plumas de colores relucientes, y también de oro y piedras incrustadas sus escogidas armas de combate.
Cada grupo llevaba su bandera, y entre ellas desplegábase radiante la enseña del arco ü'is, como nuncio que era hijo del cielo su gran Inca.
Hasta llegar á hndes enemigas era un paseo militar tan solo el que hacían las tropas en campaña, de nada careciendo por do quiera, pues de alimentos y pertrechos llenos los cercanos depósitos estaban; y gozosos los pueblos á esas tropas cruzar veían sus sembrados campos, marchando á otros á alcanzar victorias, á la par que aumentaban territorios.
No temía el labriego que esas fuerzas hicieran daño alguno á sus hogares, ni en sus verdosas siembras ni cosechas, pues á más de hallar todo en los depósitos, eran amigos, si eran de su pueblo; ó si acaso vecinos de algún otro, profesábase en todos el principio de respetar la propiedad ajena, aunque la ley severa no mandase, «que la pena de muerte se impusiese
á todo aquel soldado, que en campaña cualquier daño causase á algún vecino. 54
Después que declarábase la guerra, rápidamente aglomeraba el Inca y ponía las fuerzas en campaña, antes que aliarse sus contrarias huestes con otras comarcanas consiguieran; porque desconociendo el gran principio los pueblos que oponíanse á su yugo, de que en la unión encuéntrase la fiiei'^a, íbalos en detalle conquistando; pero aunque frente á frente se encontrasen, siempre á escuchar la paz dispuesto estaba, haciéndoles ofertas ventajosas si á su Dios y poder se sometían, no consintiendo nunca que sus huestes^, con excepción de encuentros y batallas, hiciesen mal alguno al enemigo, ni sus campos y hogares destruyesen; muy al contrario, generoso el Inca, y más que generoso, diplomático, mandábale recursos y alimentos, cuando antes de rendirse prefería morir de hainbi-e y sitiado entre sus muros; pues profesaban ellos esta máxima, que un su antecesor impuso siempre: —no conviene ultimar al enemigo, porque en verdad la pérdida sería no de ellos ya, tan solo de nosotros, que ellos y todo, en breve será nuestro.—
Cuidaban con cariño á los soldados, y cuando eran las lides prolongadas, ó enfermizo el paraje de la guerra y larga la masión del campamento, relevábanles siempre con frecuencia; mas cuando era tenaz el enemigo, ó algo impaciente el jefe que mandaba, pues no todos tienen tal cordura, *
ataques espantosos se contaron y sangrientas escenas de venganzas, que á valerosas tribus destruyeron.
Después que entraban las peruanas hueste? al limítrofe pueblo conquistado, la primera medida del gobierno era empezar á difundir su culto, alzando al sol sus templos deslumbrantes, y enviando un clero astuto y numeroso, cuya prédica, pompa y ceremonias á las salvajes tribus sedujese, y al mismo tiempo respetase el suyo, hasta que el nuevo culto comprendiera:
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- 53
llevábanse sus ídolos al Cuzco, •'
y eran en el gran templo colocados, entre los otros dioses inferiores, para así contentar al nuevo pueblo y tenerlo á su ley encadenado, desde que el Inca en su poder tenía sus queridas deidades, como rehenes.
Levantábase el censo al mismo tiempo, sus campos y productos se estudiaban, y luego dividíase la tierra_, como estaban las otras, en tres partes, tocando casi siempre su pedazo al que ya poseíalo desde antes, y siguiendo también en el gobierno el curaca, ó algunos de sus hijos, si el Inca en el curaca no confiaba, aunque antes de dejarlos en su puesto, con sus hijos al Cuzco eran llevados para aprender el general idioma, conocer de las cortes las costumbres^ y como si fuera á Dios amar al Inca: se le enviaba después á su gobierno, pero en rehenes dejábanse en la corte á sus hijos mayores, con la escusa de educarlos mejor, para que un día dignamente pudiesen sucederle; y dejábanse al pueblo conquistado sus antiguas costumbres y ordenanzas, en todo cuanto fuese compatible con las leyes del reino y sus mandatos; pues ya por esperiencia se sabía, que pronto asimilaban sus costumbres a las que eran mejores, procurando vivir con más holgura y más felices.
Conociendo los Incas, previsores, el gran inconveniente para todo, que en un tan vasto reino como el suyo, aun varios idiomas existiesen, ó dialectos diré, más propiamente, en sus últimos tiempos procuraron tener en todo el reino un solo idioma, y eligióse el que usábase en la corte, que era el quichua, y el más completo y rico de todos los que habían en las Indias.
¡Asombroso en verdad, fué el corto tiempo en que casi común hízose el quichua en todo aquel imperio dilatado!
Y este solo suceso nos demuestra cuál el poder del Inca no sería y el de su autoridad, suprema siempre, y el amor ó temor de sus vasallos,
al poder realizar con su deseo ' ' í >
y sin medidas de violencia alguna,
—en salvaje país y tribus miles,
como las que iba siempre conquistando,
y que tenían su dialecto propio, —
lo que aún conseguir no se ha podido
en ninguna nación civilizada,
donde es más necesario un solo idioma,
que la uniformidad en sus monedas,
porque solo embarazan los negocios;
no así en los reinos los idiomas varios,
que traban sus progresos homogéneos,
una remora son para las ciencias,
é impiden que sus obras literarias
en su patria circulen, entre todos,
desde el teatro, palacios y academias
hasta la humilde choza del labriego.
Y á los pueblos, aldeas y ciudades mandábanse maestros empeñosos, que hasta en los más humildes campesinos el quichua propalaran y enseñasen, pregonando: — que nadie alcanzaría, por ínfimo que fuese, ningún cargo, si ya hablar no sabía el nuevo idioma. —
De este modo los Incas poderosos habíanlo esparcido ya en su reino, mucho antes de efectuarse la conquista. 55
Para afianzar la paz en los distritos, que aunque anexados, con tesón querían el nuevo yugo sacudir valientes, ó á las leyes reacios se mostraban, un sistema ingenioso practicaron: consistía en sacar de cada punto, según su población, la mitad de ella, y en otro avecindarla muy adicto á su Inca, religión y viejas leyes, y al rebelde mandar la gente adicta, con fuerte autoridad qu3 la amparase; y la generación que sucedía, mezclada con los nuevos habitantes, que iban sus costumbres extendiendo, al Inca ya, como el peruano amaba; pero nunca volvían á su tierra, ni éstos ni aquellos á su hogar nativo, pues prohibía la ley á los peruanos mudar de domicilio, y que cambiasen el traje del país donde nacieron; pero siempre los Incas previsores, al aplicar tan eficaz medida, disponían que fuesen trasportados á un clima á su nativo semejante, y adecuado al oficio que tuvieran;
asi es que al habitante de las costas
y que su profesión era la pesca,
enviábase á morar en las orillas
de los más grandes ríos y los lagos,
mientras que al labrador se adjudicaban
las adaptables tierras al cultivo
á que habíase siempre dedicado. 56
Bastante semejanza en las costumbres y entre el carácter del peruano y chino, fácilmente parece vislumbrarse, á medida que avánzase en su histoi'ia: su rutinaria vida de vasallo.... la ciega sumisión á su monarca, y las grandiosas obras, que empezaron, para que en largos años venideros otras generaciones concluyesen: parece haber trazado en ambas telas un mismo artista con igual objeto, é idéntica paleta y fijas líneas, la forma y base de los dos imperios: así el peruano pueblo, tan paciente, sigue agreg indo piedra sobre piedra, como el estacionario imperio chino sus artefactos sigue elaborando, con los mismos colores y dibujos, que há siglos á la Europa sorprendía, sin querer avanzar en cosa alguna: así el Inca también guerrero y papa, sigue la religión y las consquistas de sus antecesores, ciegamente: continúa las obras comenzadas, las huellas de esos triunfos va siguiendo, y confía seguro, que á su muerte seguiránse sus obras y conquistas, su rehgjón sus leyes y mandatos, sin que llegue su marcha á interrumpirse, ni por Incas, ni pueblos ni los siglos, como sigue á la noche el claro día: hay la misma unidad de pensamiento de un reinado á los otros sucesivos.... de la máquina son los mismos ejes, é idéntico el trabajo en resultados, aunque por su extensión y sus riquezas y su paz interior, eterna siempre, á pesar de seguir en sus conquistas, desde sus densos tiempos fabulosos, hubiese gradualmente adelantado, cual va creciendo el vigoroso niño, aunque viciada atmósfera respire, porque la mente, como el cuerpo humano,
quiebra sus ligaduras y se espande!
Una perenne paz en el imperio \
y una continua guerra en las fronteras, eran la eterna norma de los Incas, que una carrera daban de este modo á cierta viril gente emprendedora, civilizando á tribus comarcanas, al dar á su nación aún más dominios, y aumentar sus productos y riquezas con otros varios de distintas zonas.
Las importantes guerras y batallas, casi siempre mandábalas el Inca, quién á su capital siempre triunfante, por su pueblo aclamado regresaba, en ricas andas con sillón de oro, lleno de finas piedras de colores, que en hombros su nobleza conducía, siguiendo en pos las conquistadas tribus, con sus diversos trajes y sus armas, v al frente los curacas domeñados, así como en la Roma de los Césares de invicto emperador al carro uncidos, los prisioneros reyes caminaban, hasta el dintel del capitolio augusto: de flores alfombrábanse las calles, desplegábanse al aire las banderas, y arcos triunfales daban grata sombra al venerado Inca, victorioso, hasta las gradas del ornado templo, donde dejando sus insignias regias, y quitándose humilde sus sandalias, al pie del gran altar, agradecido, tributaba á los dioses sus ofrendas, en medio de los viejos sacerdotes, y volvíase luego á su palacio, pues de los Incas la misión primera era extender la religión del reino, como creyeron los cristianos reyes en la época de célebres cruzadas, que era la suya rescatar del moro el sagrado sepulcro del Dios-hombre
Y alborozado el pueblo se entregaba, después de esos solemnes triunfos patrios^ á sus alegres, populares fiestas, encendiéndose hogueras, luminarias, bailando v entonando sus cantares, qae eran los himnos de sus grandes hechos^ y de su culto los sagrados salmos.
— 55
XVÍ
Del Inca en los dominios dilatados tan solo se instruían y educaban aquellos niños de elevado origen; pues según el precepto favorito de un famoso monarca de ese imperio, Tupac Inca Yupanqui: — no debía ningún phíbeyo conocer las ciencias, ni otro oficio saber que el de su padre, para que no anhelase, envanecido, ocupar algún cargo en el estado, en desdoro del cargo y la nobleza; porque jamás debían los plebeyos tener en el gobierno parte alguna.—
Esta medida, tan contraria en todo á la suprema Ley de Jesucristo y al sistema ideal, republicano, de esa ley santa, digna consecuencia, no debe, no, en justicia suponerse originaria y peculiar del pueblo, que adormido yacía en su ignorrincia. entre ignorado mar y egregias cumbres, del nuevo mundo en el confín lejano; pues ya en Europa, célebres naciones, siglos y siglos antes, de igual modo, como esclava trataban á la plebe.
Si un Sicinio Beluto, hijo de Roma, llevó al Monte sagrado á todo un pueblo_, ansioso ya de sacudir su yugo: y si en el capitolio irguióse un Graco, tí indignado vibró su santo acento contra la corrupción de la nobleza, que olvidaba á su pueblo, en la molicie; y otro Graco á la plebe acaudillando, para ella pide libertad y tierras, desde el monte Aventino, que el baluarte fué desde entonces del romano pueblo, contra la dura ley de sus tiranos, ambos Gracos muriendo en la contienda: si esta protesta levantóse en Roma, fué porque la nobleza allí á la plebe como a paria tratara en su soberbia, la miseria insultando con su lujo, y á la moral con lúbricas orgías; mas no así en el Perú, donde el monarca.
desde la formación de aquel imperio, entre todos las tierras repartía^ cada cual poseyendo lo preciso, sin que á nadie ofendiesen sus riquezas, pues como hijo del sol era mirado por aquellos peruanos, que adormidos, como inocente niño en blanda cuna, á su Inca Dios contentos sonreían.
Como antes se creía^ que era el pueblo propiedad de monarcas y sus mandones, y la fuerza y derechos de conquista daban tal propiedad al que triunfaba, siendo de la victoria el don y premio, era todo mandón considerado como el tutor de pueblos ignorantes; y las antiguas leyes propendían á que el gobierno interviniese en todo, y como amo y no padre procediera, sin dejar á su pueblo acción alguna; por eso hoy choca más ese sistema, que es el de invasores y tiranos, y por irlo extinguiendo las naciones, por do quier hace siglos que derraman su sangre más fecunda y generosa; y es tan solo el gobierno en pueblos libres un agente, á quien honra con el mando; mas reservando sus derechos propios, para adquirir y ser igual á todos, y cual todos subir según su genio!
Solo, pues, niños de elevado origen, hasta ya adultos asistir podían á las aulas de amáutas ó maestros, do aprendían preceptos religiosos, iniciando en los ritos y liturgia . á los que al sacerdocio se inclinaban; y en leyes y principios de gobierno y de administración ú otros estudios, según las profesiones que adaptasen: y enseñaban á hablar con elegancia el patrio idioma, conocer la historia, el ritmo y la medida de los versos V los hechos notables de los Incas, para cantar las glorias de sú patria!
Como escritura les servía el quipus, que era una cuerda de torcidos hilos con una franja de otros de colores, indicando el color una palabra, que un objeto tangible demostrase: significaba plata un hilo blanco, campiña el verde, oro el amarillo, día el celeste, noche el más obscuro, fuego el naranjo, sangre el colorado, y así muchas análogas palabras; y también estos hilos muchas veces las abstractas ideas expresaban: victoria ó dicha el amarillo claro, dei<gracia el negro y esperanza el rosa, y paz el blanco y guerra el escarlatn, formando una palabra cada nudo, y otras muchas mezclando los colores; cada uno también formaba un número, y de cierta manera combinados, cualesquier cantidad marcar podían, y hasta sacar sus cálculos y cuentas.
Aunque el quipus bastaba á los peruanos para sus deducciones aritméticas, era como escritura deficiente para expresar por medio de colores las múltiples imágenes é ideas, que abarca y vierte el pensamiento humano; porque cada color, aunque eran muchos, solo ciertas palabras expresaba, así es que cual si fuese un geroglífico á descifrar hallábanse obligados lo muy conciso, que escribir podían; y si con más ingenio y experiencia hubiesen aplicado sus colores á alfabéticos signos, no á palabras, hubiéranse encontrado en la escritura al nivel de los pueblos europeos, que como ellos también así esperaron. 57
Habían minuciosos narradores en todas las ciudades de importancia, que consignaban los notables hechos é íbalos remitiendo á los cronistas, que en el Cuzco la historia continuaban y del Inca reinante las proezas; y quedando los quipus archivados, los amáutas hacían en las aulas repetir á los niños de memoria todos sus cantos y notables hechos, su historia así siguiendo, así pasando por tradición oral á otras edades, esculpida en la mente de los pueblos, como eterniza el escultor sus obras,
con el cincel, grabando á ilustres hombres,
Y solo los amáutas compilaban \
los notables sucesos del imperio, I
porque los de conquistas y victorias, ; en verso el referir correspondía á los harávecs ó poetas líricos, que en patrióticos himnos populares, en la mesa del Inca y sus palacios, y en las solemnes fiestas se cantaban. Y en colección formaron de este modo, sus históricos cantos nacionales, como el Norte de Europa sus baladas, y España sus romances castellanos, pues el quichua, extendido en el imperio, íbase enriqueciendo y se pulía hasta amoldarse á timbres armoniosos. ¿8
También se dice que afición mostraron á las composiciones teatrales, y en diálogos y escenas sostenían los personajes de sus piezas cómicas, tomando por asunto en las dramáticas de trágico interés pasados héroes, que despertando emulación y aliento, encumbrados ejemplos presentasen, y esto revela un delicado gusto y un natural criterio, bien dispuesto, para seguir del sabio la simiente.
Su carácter y gustos se adaptaban más á las obras de arte y sentimiento, que á los serios estudios de las ciencias naturales y exactas, si exceptuamos su adelanto agronómico, que siempre la soledad, los campos y el desierto. y la contemplación de las montañas, y un cielo azul y noches apacibles, y una límpida luna majestuosa, al ánimo tranquilo predisponen á admirar la natura v no á estudiarla, ni á profundos problemas entregarse, que al lado de la lumbre y en invierno y en sus eternas noches silenciosas, con más acierto persistencia y cálculo se estudian y resuelven los problemas, que no cuando la mente embebecida, ante las obras de su Dios se espande: y el alma, entonces, siente y se conmueve y absorta se unifica á su grandeza; y no estudia, analiza ni persiste en material trabajo, minucioso.
Pero aunque ellos ajenos se encontraban
1- > I
57 —
á aquellos adelantos, —que la ciencia <
había con los siglos trasmitido
de pueblo en pueblo en el antiguo mundo, —
de su propio país mapas hacían,
marcando con medidas las distanci.M<. ^
límites de distritos y ciudades,
y montañas y arroyos y caminos,
por medio de relieves adecuados;
practicaban también la astronomía,
doce meses lunares dando al año,
y cada mes tenía un nombre propio,
y en días divididas las semanas;
pero su año lunar siendo más corto,
que el tiempo de cada año transcurrido,
iban rectificando el calendario
por medio de cilindricas columnas,
el acimut tomando este modo; ^
y su sombra midiendo, descubrían
de los solsticios el período exacto;
y el de los equinoccios igualmente
por un gnomon ó esciaterio solo,
colocado de un círculo en el centro, .
que del gran templo hallábase en unár.a
y diámetro tirado de Este á Oeste.
Y cuando ya del esciaterio apenas visible era la sombra proyectada por los rayos del sol del medio día, crédulos presumían esos indios:
—que su Dios se apoyaba en la columna, con todo el luminar de su grandeza.—
Y lleno el esciaterio de guirnaldas, por esos días era coronado
y en la época también de los solsticios, con el sillón del sol de piedras y oro, ofreciendo sus frutos y sus flores, mientras sus grandes fiestas religiosas celebraba el imperio en todas partes, señalando la clase de trabajos, que debían hacer los labradores, y comenzando el año en el solsticio del que era apenas conocido invierno; y como hállase Quito colocada bajo del Ecuador, y al medio día no arrojan sombra alguna los objetos, era para el peruano aquella Quito una tierra de amor y venerada, como mansión de su deidad suprema.
Y aunque un historiador nos asegura, que en ciclos de diez, cien y aún mil años reunían los pasados, y arreglaban
de este modo los hechos de su historia, preciso es declarar, que en este imperio se hallaba muy atrás la astronomía,
respecto á los aztecas y los múiscas; ^ pues revelan sus mapas jeroglíficos, que sabían la causa verdadera- " del cambio de estaciones y equinoccios, de la marcha del sol y sus eclipses, mientras que los peruanos opinaban, que sufría la luna algún letargo, cuando visibles eran, y con gritos hacían resonar sus instrumentos, así juzgando despertar al astro.
Preciso le era al sacerdote azteca el conocer y revelar al vulgo , de la celeste esfera los misterios, para que así la gente le tuviera por un ser superior y algo divino; pero el Inca y su noble sacerdocio no precisaban tal superchería, pues por hijos del sol eran tenidos; y solo á ciertos graves curandero^, cuando tomaban en su oficio fama, solíanse tener ñor adivinos.
Pero en conocimientos agronómicos á su vez superaban los peruanos del nuevo mundo á las diversas razas: con equidad su tierra dividida era allí labrador todo vasallo, y en anual ceremonia el Inca mismo, en presencia del pueblo y de su corte, abría un surco en la ferace tierra con un arado de oro, con mil flores, para así estimular con este ejemplo del pobre campesino los- afanes: y no á este hecho ostensible redujera su protección constante á la labranza, pues grandes obras sin cesar se hacían para darla más rápido adelanto y poder cultivar aquellas tierras, que ora por falta de agua ó sus pendientes eran para este objeto inadecuadas.
En aquellos parajes de la costa, donde apenas las lluvias se conocen v el suelo no es estéril ni areí oso, hacíanse acueductos y canales, que descendiendo de las altas sierras, vertían sus corrientes cristalinas por anchísimas lozas ajustadas, y regaban por medio de compuertas, y entre estos acueductos subterráneos habíalos tan largos, que cruzaban arenales, montañas y distritos, teniendo que horadar grandes peñascos,
Ó entre pantanos proseguir sus tubos;
y aún de un túnel los grandiosos restos
cerca de Caj amalea se contemplan,
que en las altas montañas practicaron
para á las aguas dar fácil salida
de un ancho lago, que en las grandes lluvias
inundar la comarca amenazaban.
Y en el Valfe de Nasca, colocado de dos largos desiertos en el centro, aún los grandes vestigios se descubren de un inmenso canal, que encajonado en anchas piedras, sin juntura algunj<, de ignorada distancia serpentea; y aunque por la maleza y sus residuos ya se encuentre cegado en ciertas partes,
58 —
Según el área de labrada tierra, que cada campesino cultivaba, así tenía el agua para el riego, cuya distribución confiaba el Inca á inspectores, severos en su oficio.
Las montuosas laderas y pendientes, cercadas de pedruscos, rellenaban con buena tierra, hojas y malezas, y luego con abono las cubrían, así bonificando el territorio y adquiriendo más tierras de cultivo; y en aquellos parajes, do el terreno, aunque bajo, era estéril y gredoso, esas capas sacaban inservibles V las iban con otras abonando. 60
fértiles oasis forma todavía.
Los diversos abonos conocían, y según el estado de las tierras á las clases de siembras los usaban; mas dando siempre preferencia al guano que es el reunido estiércol, en mil grupos, de las aves de mar, que en los islotes de la extendida costa solitaria, apiñadas crecían, como insectos; y cuyas islas, hoy llamadas chinchas, del Perú formar la mayor riqueza, por su guano, estimado en todo el mundo: y al ver los españoles casi blanca á esa montaña artificial de guano, por el salitre, unido á la materia, Sierra Nevada la llamaron todos.
Y según la extensión de los distritoí^, así el guano sacaban necesario de esas muy ricas islas adyacentes; y al que matase alguna de esas aves ó pisara las islas, cuando estaban en la época de criarse los pichones, imponía la ley pena de muerte.
Veíanse los campos de este modo labrados siempre, verdes y floridos, desde las cuestas de empinadas sierras, hasta los ledos valles de las costas,
brillando como al sol las esmeraldas,
bajo ese tropical^, diáfano cielo;
y apenas sentíanse los cambios
de una á otra estación, aunque tenía
los muy variados climas ese imperio
del ecuador y las regiones frías;
y sus tranquilos moradores nunca
en sus pueblos sufrían transiciones,
pues mientras que en las costas del océano
dan vida exhuberante y amorosa
los ardorosos rayos del estío
á la altiva palmera y cocotero
y al cacao de amarillas flores rojas,
una perpetua primavera reina
en la verde llanura perfumada,
viéndose sus soberbias cordilleras
cubiertas siempre de su eterna nieve,
desde Nueva Granada á Patagonia.
De esta igualdad de clima en todo el reino, mas de temperaturas diferentes, aprovechar supieron los peruanos, y en los cálidos valles ribereños, con fácil abundancia recogían la chirimoya, la banana v vuca, el cacao y productos tropicales; en las altas llanuras, más templadas, sembraban su maiz, maguey, tabaco,
/ w
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quínua y otras indígenas legumbres, y en las laderas de las muchas sierras verdeaba la papa ó la patata^ y otros productos de la misma especie. que iban silvestres más y más subifMilo, hasta perderse entre los ralos musgos, raquíticos arbustos y las yerbas, que cortas y amarillas se unifican con las áridas bases de esos conos, cubiertos con la nieve de los siglos, entre el silencio eterno de su vida. 51
Como no había medio circulante ni nada se vendía ni compraba, establecieron ferias de permutas^ pura que unas comarcas disfrutasen de otras la producción y vice- versa; y en todas las provincias, de este modo, repartidos se hallaban los productos de ese extendido, laborioso imperio, gozando de ellos todos los vasallos.
Como allí no era el hierro conocido ni para arar tenían animales, usaban de un arado, semejante al que luego emplearon los cristianos; pero de palo fuerte era su punta, y uncíanse á su yugo varios indios, que recitaban cantos populares, mientras el labrador, con mano firme, la esteva dirigía venturoso, sobre esa tierra próvida de amores, risueña, como fúlgida esperanza, y bella, como ensueños de una virgen!
El animal domesticado y único, que servía de acémila al peruano era el llama, al camello semejante, aunque pequeño y de apocadas fuerzas, pues conducir apenas puede el peso que un carnero soporta; pero dócil déjase manejar en caravana, del arriero la voz obedeciendo, y caminar como el camello puede días y meses sin probar el agua, soportando la marcha entre arenales ó hundiendo firme su esponjosa garra en la alisada nieve de las cumbres; mas si el peso á sus fuerzas excediese, al punto al suelo arrójase enojado, sin que el halago ó látigo le induzca á alzarse y proseguir en su camino: y este chico animal de escazas fuerzas, era la única ayuda que tenían
los laboriosos indios de aquel reino :-^ para poder llevar livianas cosas; pero en cambio existían otros varios de estimable valor por sus vellones, que en extensos rebaños y silvestres vénse morar en las nevadas cimas, donde solo existir el cóndor puede, como el rey de las aves de ese mundo, y sus alas tender en el espacio á más elevación de seis kilómetros.
Y sobre alfombra de blanquizcos picos, salta el. guanaco de empinada cola, y ufano trisca, retozando en torno el pardo alpaca de vellón preciado, y ostenta envanecida entre los otros, la gallarda üicuña, enamorada, su ocre y blanca lana más sedo>a, que la que da la cabra de la Siria, ó el pálido capullo del gusano, que el moral con sus hojas alimenta. 02
Con el escaso icfiu ó yerba andina, única que producen esas cumbres, susténtanse el llama y el guanaco. y la vicuña, el gamo y el alpaca; pero al cuidado de hábiles pastores, de ios cerros en valles y declives, grandes rebaños poseía el Inca de alpacas y vicuñas, cuya lana de año en año pasaba á los depósitos para ser repartida entre los indios; porque érales prohibido por sus leyes matar á esos silvestres animales, siendo considerados esos cerros como parques reales de su casa, aunque anualmente el Inca permitía, que hubiesen cacerías por secciones, presididas por él y su nobleza; pero sólo podían efe tuarse cada tres ó más años en un punto, para así reponerse lo apresado; y cincuenta, sesenta ó cien mil indios cercando iban los cerros por legiones, de lanza armados y de largos palos, mientras otros, subiendo hasta las puntas^ con asombrosa agilidad hacían repercutir su voz en las alturas, y arrojaban la caza hacia los valles, y va en ellos, matábanse los machos de los más ordinarios de esas razas, que carneros peruanos, en conjunto, los invasores célebres llamaron; y la carne, en tajadas dividida,
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y muy anchas y aplanadas, liji secaban, para que así más tiempo les durase; y esquilando con cuidado sumo las vicuñas y alpacas, por su lana, dejábanlos volver luego á sus montes, donde en largas hileras y á millares, subíanse medrosos, disparando. 63
La más sedosa lana se escogía, y la más superior se destinaba á los trajes, que hacían las vestales para el uso del Inca y sus palacios, donde en gran profusión se contemplaban flexibles camisetas, pantalones, cortas túnicas, mantos v turbantes, ricas mantas y colchas, chales, fajas y alfombras, colgaduras y tapices, que exornaban también los muchos t(3inplos; ú otras clases de prendas y de paños, para todos los usos suficientes, con tal destreza y nitidez tejidos, que de uno y otro lado eran iguales, formando crecas, flores y dibujos de muy firmes, finísimos colores; y estas telas riquísimas causaron al ávido invasor, medio desnudo, notable admiración por su belleza, y cual regios regalos se apreciaban. 64
Todo habitante del Perú sabía las mecánicas artes necesarias para que su mansión no careciera de la esencial comodidad doméstica; y ciertas profesiones liberales, como las de arquitectos y joyeros, maestros, curanderos y herbolarios, pasaban de los padres á los hijos, logrando así adquirir desde la infancia la práctica y acopio de nociones, que si no forman el talento y genio que á las artes y ciencias dan impulso, perfeccionando los inventos diarios, al menos hacen que sus obras tengan aquella ejecución, completa y fácil, que idoinedad revela en el artista y en el hombre de ciencia el diario estudio; y en los reales túmulos y huácas y ocultos almacenes hánse hallado platos, vasos y jarras de oro y plata, collares, broches, piochas y pendientes, pulceras y coronas, gruesas láminas, que de bruñida plata eran espejos, demostrando todo esto en tales obras.
por sus finos detalles acabados,
la exactitud paciente en el trabajo, '
ya que en su concepción no la grandeza,
que en atrevidas formas el talento
revela al mundo, cuando el genio es libre,
y á las obras del genio el mundo admira.
Del estéril distrito de Ataca/na, en grandes cantidades se extraían hermosas esmeraldas, que con arte pulir supieron y paciencia suma; y si entre ellos las perlas no abundaban, era porque los Incas no querían que en tal difícil pesca sus vasallos á perder la paciencia se expusiesen.
¿Cómo fundir supieron los metales y con gracia labrar y cincelarlos? ¿Cómo pulían las preciosas piedras, cómo las daban regulares primas, cómo tallaban sus inmensas moles, no conociendo el uso del acerof
Para pulir, labrar y darles formas á tan duras materias, les servían instrumentos de cobre con estaño; y es de admirar, que tanto los egipcios, cuyos trabajos hasta hoy sorprenden, cuanto los mejicanos y peruanos, no hubiesen nunca descubierto el uso del hierro y del acero, cuando estaban en civilización y en adelantos, en opuesto hemisferio al frente de ellos; pero otra cosa hallaron, que supliese al temple del acero en su dureza, mas con ellos perdióse su secreto, que el europeo descubrir no pudo.
Y entre los restos del Perú famosos aun se ven argollas, que atraviesan y por los labios ruedan de animales siendo argolla y cabeza un solo trozo de cincelado pórfido ó granito.
De las minas de Porco v de los valles del rico Curimayo y de los ríos, y otras también auríferas colinas, sacaban fácilmente el oro y plata, que eran preciosos para ornar los templos é invertir en alhajas y vajillas; ' y sin tener que penetrar con picos las doradas entrañas de sus campos, iban siguiendo horizontales vetas, solo cubiertas de verdosa alfombra ó de finas arenas ó pedru.scos; |
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i^fC
y estos ricos metales los fundían,
sin que entrase el azogue para nada;
pues ignoraban, aunque allí se encuentra,
su calidad de separar la escoria;
así es que al conquistar los invasores
aquella americana virgen tierra, también sus minas oirgenes hallaron, y con el oro y plata que extrajeron, á la Europa atestaron de oro y plata.
No osamos comparar de modo alguno el gusto arquitectónico peruano al del árabe, al gótico y al griego; pero en sus monumentos colosales, aunque de adornos exteriores faltos, y moles de granito se descubren sencillez, solidez y simetría, que muestras dan de su progreso lento y civilización, aunque imperfecta, al mejicano imperio aventajando en más benigna religión y ritos, instituciones, leyes y gobierno.... en más amor del Inca á sus vasallos.... en más respecto del vasallo al Inca, en dividir con equidad las chacras, en evitar la ociosidad funesta, el bien común buscando para todos; y en vez de guerras y sangrientos hechos, v de triunfar en las vecinas tribus, hacían conocer los beneficios del trabajo, la paz y sus progresos, V no como el azteca en fieras lides, aprisionando al mísero vencido, para luego ultimarle en sus altares.
Así el peruano imperio se atraía el afecto de pueblos conquistados, • representando su unidad y fuerza, mientras que el otro, entre guerreras tribus, su duro yugo descargando siempre, de hetereogéneas partes se formaba; y de esa unión y fuerza fueron fruto sus mecánicas artes, monumentos, canales, acueductos y caminos y su muy extendida agricultura; aunque inferiores á la raza azteca en dar visible forma al pensamiento, espresar sus ideas por escrito, su inteligencia cultivar, y alzarse al estudio astronómico y las ciencias.
Y es de notarse, que uno y otro imperio, —tan cercanos y solo divididos por pobres tribus nómades y débiles, las que iban fácilmente conquistando, — hubiesen ignorado su existencia, y sus descubrimientos y costumbres no se extendieran desde el uno al otro.
Si no se hubiese realizado, entonces, del nuevo mundo el gran descubrimiento, ó de esas dos naciones la conquista demorado se hubiese algunas décadas, quizá al ir extendiendo, simultáneas, en las bárbaras tribus su dominio, hubiéranse encontrado poderosas, y ambas al choque de feral contienda, al fin vencer la más perseverante, formando un solo dilatado imperio, desde las zonas del helado Norte, hasta el siempre furioso Cabo de Hornos; ó postradas las dos ó destruidas, amalgamar sus ciencias y costumbres, aún rivales en poder y glorias.
Si era más varonil la raza azteca, la peruana excedía en la constancia de afrontar los trabajos y fatigas; y en vano buscaráse pueblo alguno en la remota historia del Oriente, que en atracción omnímoda se iguale al poder, que los Incas ejercían: ni aquel poder del papa en su apogeo, cuando la cristiandad arrodillada, bajaba su cerviz y obedecía, ante el rayo mortal del Vaticano, puede aun compararse al de los Incas; verdad es que monarcas y plebeyos suponían, entonces, ciegamente, que era el papa de Dios representante, su palabra infalible^ un Dios en Roma;
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pero el Inca era más: de Dios el hijo, y el Moisés, en su pueblo legislando, é infringir su mandato un sacrilegio; y de origen divino la nobleza, como parientes de la rama augusta, su poder por do quiera sostenían, aunque ante el Inca todos se postrasen, como el último subdito sumiso; y dándose de todo parte al Inca, su ademán ó su voz era el mandato que toda su nación obedecía, sin comentar su voluntad suprema, como si Dios hablase desde el cielo, y no un mortal, ornado con la tiara: era un gobierno bárbaro, arbitrario, pero en su esencia paternal y Justo, cuanto caber en lo arbitrario puede.
Mas esos paternales, justos dones, eran solo ana gracia del monarca, que queriendo á su pueblo, y de él querido, nada puede temer ni á más aspira, y no un derecho, que tuviera el pueblo.
¿Y sin ese derecho ni albedrío, puede existir la dignidad humana, y la moral y el genio levantarse del nivel inconsciente de los brutos, y sentir generosos sentimientos?
¡Nó, jamás! Cuando un déspota gobierna y el absoluto mando es usurpado, y sin justicia y sin honor se ejerce, y por seguir mandando se conculcan los derechos sociales, las creencias, y se apaga la luz, que brilla y guía á su dicha y progreso á las naciones, entonces las naciones humilladas, sus patrias libertades ya perdidas, sienten, lloran ó se alzan y pelean, como aquel que ha perdido su fortuna, y sintiendo el horror de la miseria, el valor reconoce del dinero, y los goces, que dábale á su vida!
Pero un ser infeliz, que ciego nace, ¿puede formarse idea, por ventura, del celaje purísimo del cielo, de una estrellada noche placentera, del sol naciente con sus luces de oro, del fuego y la atracción que siente el alma al contemplar los ojos brilladores de la mujer que con delirio adora?
Y hasta el hombre de doble vista y ciencia ó de fecundo genio esplendoroso, i ; al convertir la piedra en una imagen, '?
al sacar del laúd melifluos ecos, i
al hablar el idioma de los dioses ;
en dulcísimos versos armoniosos, i al soñar en su mente otras beldades más tiernas, voluptuosas y divinas, otro mundo al crearse más perfecto, y otra su patria y libertad más santas, en sus deliquios de éxtasis sublimes, ¿ac'aso puede revestir todo esto, y en materiales formas expresarlo, sino en las conocidas y palpables, aunque diversas anrtalgame y pinte?
¿Cómo á su Dios la cristiandad contempla? Ora en la cruz ó en su eternal morada. Tan solo ve su espíritu en un hombre, circuido de explendor ó en el calvario. ¿Cómo á la reina de los cielos mira, perfecta, inmaculada y amorosa? ¡Cual á tierna mujer, virgen y madre, seguro amparo de las almas tristes!
¿Como a su trono santo, prometido como eterna mansión á los cristianos?
Cual ve el cielo de luz resplandeciente; ¿Cómo á los bellos ángeles escucha, revoleteando en el dosel divino?
Cual á inocentes niños, entre nubes, con liras diamantinas, entonando dulces cantos al Dios de los mortales.
¿Cómo el culpable en su temor concibe la cólera de Dios y su castigo, v del infierno las eternas llamas?
Con truenos, tempestades y relámpagos y azufrantes hogueras azuladas; y flojos, soñolientos los poetas, no han sabido inspirarse en este asunto, incluso el mismo Dante, aunque sublime al tímido lector, con firme mano, á la mansión de Lucifer conduce.
¡Solo la inquisición y sus secuaces, de un modo material en sus tormentos, poetizar pudieron los suplicios; y aguzando su espíritu diabólico, el infierno en la tierra han presentado, prolongando con gozo la agonía de millares de víctimas heroicas, como los tigres, hartos ya de sangre, acarician la presa entre sus garras!
¿No así, bajo estas materiales formas,
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con que hoy se expresa mi modesta pluma, y hasta el cansancio siempre repetidas^ aunque más bellas y mejor cantadas, todo el orbe cristiano nos describe la celestial, inconcebible y magna grandiosa de su Dios y de su trono, sin que haya dado un paso y nada sepa en tan vedadas cosas para el hombre, después de investigarlas, anhelante, en diezinueve siglos trascurridos?
Así es, que claramente se deduce: —de lo que no se ha visto, ni hay idea, — y que haya á lo divino y al espíritu que materializar de modo alguno, para darse una idea y comprenderlos; de lo que no se ha visto no hay idea, ó se forja de objetos conocidos, y sin ella no existe forma alguna, que el ideal del pensamiento exprese, sino en tangibles cosas que hemos visto.
Y del Perú el laborioso pueblo, ni por su tradición ni de presente, otro mejor estado conocía, de libertad los goces ignorando, pues el bien ignorado no se extraña: y allí el trabajo bienhechor y digno era la ley común para el vasallo: allí el azote de los grandes pueblos, --la falta de hogar y hambre, — no existía, ni robos, ni venganzas, ni otros crímenes, que perturban del hombre la conciencia; y amantes hijos, abnegados, tiernos, de su Inca paternal todos en torno, como á su Dios felices le adoraban, sin aspirar riquezas ni derechos, ni de la propiedad los beneficios, pues el bien ignorado no se extraña!
Eso era el non plus ultra.... era su dicha... el gran progreso del estado bárbaro de aquella edad de oro del salvaje, que mucho sorprendió á los invasores, y hasta algunos cronistas admiraron!
Mas si el libre albedrío es innegable, donde no hay libertad no hay albedrío; y donde férrea la ley traza la senda
de vida, estado y profesión del hombre, desde que viene al mundo has:a que muere, no hay voluntad, ni en las acciones buenas mérito alguno, ni espontáneos hechos, que el mérito lo tiene el férreo yugo!
En donde el bien y el mal están en lucha, y las ciencias no son un monopolio, sino que la enseñanza se difunde desde el más pobre ser hasta el magnate, sus benéficos rayos esparciendo, como la luz del día, por do quiera: en donde á prueba la virtud se pone, entre mil seducciones y asechanzas, y el honor resplandece inmaculado, luchando con el hambre y la miseria, y feliz el mortal con estos triunfos, se cree más digno que el soberbio rico, que con desdén le mira ó compadece: y al genio, á la virtud y al heroísmo se ennoblecen, se premian y se admiran; y toda propiedad es inviolable, fomentando el estímulo al trabajo: en donde es el hogar sagrado asilo, libres las profesiones, la conciencia, iguales los derechos y las leyes, y cada cual, según sus sacrificios, puede aspirar á los honrosos cargos, ¡allí el libre albedrío rige al mundo!
Solo así el ser moral se encubre v brilla. y progresan y se alzan las naciones, que sin libre albedrío no hay progreso; porque los siervos son pasto y ayuda del Czar, un Inca, un déspota ó caudillo
Solo es gobierno aquel que represente la voluntad del pueblo, que le elige; pues no es gobierno el que se usurpa al pueblo!
Y si puede la Europa, envanecida, enrostrar á la América salvaje: — que pasó de lo? Incas el imperio, sin dejar huella alguna de existencia;— también puede la América decirle, apenas ya al nacer, civilizada: : ¡Mirad mi gran República del Norte, y callad y aprended ante su vuelo^ viejas naciones de vetustas leyes!!! 05
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Desde el siglo XV hasta 1531
Túpac Inca Yupanqid fué el monarca, que en el Perú más célebre se hizo del siglo quince en las tíñales décadas; pues á más del acierto y la justicia con que iba dando impulso al adelanto, cruzaron victoriosas sus legiones de Atacama los grandes arenales, y entre rápidos triunfos penetraron en los remotos límites de Chile, en tanto que su hijo Hunyna Cápac, ya célebre también, con otro ejército meridionales pueblos conquistaba en el reino de Quito floreciente.
Pero entre tantos triunfos y grandezas, y á ñnes de aquel siglo, el gran Yupanqui murió llorado por su pueblo todo, y su célebre hijo Huayna Cápac, dignamente en el mando sucedióle: y no ya su ambición con tales glorias, ni la borla imperial sobre su frente, quedara satisfecha; porque su alma, retemplada al fragor de los combates, mal se avenía á la quietud del trono; Y el movimiento v luchas anhelaba, como el hombre al trabajo acostumbrado. ... como la ardiente joven, soñadora, que morando un palacio, entre jardines, no se contenta con los dulces trinos, que exhala el ruiseñor enamorado, sino que anhela, que en su oído suenen los ecos del amante, que se forja, y en sus ensueños ve y por él suspira!
Sediendo Huayna Cápac así de lauros, con más ardor que su ñnado padre, prosiguió la conquista, hasta que Quito, que ya con el Perú rivalizaba, quedóle por do quiera sometido y aumentado su extenso territorio, y ya su afán de gloria satisfecho; porque ya en torno de él, todo era nada: ocupóse en seguir las grandes obras, que su padre emprendió: vio terminados los caminos, que al Cuzco y Quito unieron: llevó su patrio idioma á los confines:
un nuevo impulso dio á la agricultura: perfeccionó el servicio de correos, y varios planes de pasados Incas, con general aplauso llevó á cabo, haciendo más holgada y más dichosa de sus buenos vasallos la existencia.
Nunca vióse el Perú más floreciente, y parecía entrar en un período de civilización y de progreso, tan rápido y brillante, cuanto fuera antes por largos años rutinario: era ya el despertar de un hombre hercúleo, adormido por siglos, en un bosque.
Rodeaban el Inca, por do quiera, el amor de su pueblo agradecido, los placeres y goces del palacio, y las tiernas caricias voluptuosas, de sus miles de amantes concubinas, las más preciosas niñas de su reino.
Empero el Inca, así divinizado, ^,era feliz... estaba satisfecho... sentía su existencia deslizarse como la flor, que esparce su perfume y el beso de las auras acaricia? ¿Qué podía anhelar que no tuviera? ¿,Era feliz y se expandía su alma? ¡No: nadie en el mundo serlo puede, que es la felicidad un imposible/ Y desde la cabana hasta el palacio, no existe tan completa como creemos, que otros la gozan y envidiamos siempre^ corriendo así la vida, entre esperanzas!
¿Qué faltaba á su dicha, á sus deseos, que tener á sus plantas no pudiese, cuando todo, sin límites podía?
¡Ahí una mujer con el mirar de fuego^ su tez pálida y suave, como el ámbar, largos cabellos negros y brillantes, rojizos labios y de finas formas.... y esa mujer no estaba entre las suyas, que en medio de sus triunfos viola lejos: hija del rey de Quito, en Quito estaba.
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llorando de su padre la caída,
triste, in felice y sin su fausto regio,
mientras también el Inca en su palacio,
á sus solas lloraba aquella ausencia,
que era un dardo que A su alma atf acedaba!
¿Pero acaso el que todo lo podía, llevar no pudo á su mansión dichosa á una joven del reino conquistado, feliz hacerla y como esposa honrarla?
No: que tal era su pasión vehemente la sed de contemplarla, sin testigos, ni otras su dicha le envidiasen nunca, que como un insensato meditaba dejar el reino, glorias y mujeres, y con ella del mundo separarse,; para ella solo amar y sin* testigos, que sus dichas y amores envidiaran: y sufriendo por ella noche y día, más y más le abrumaba tal idea, sin que ninguno penetrar pudiese la misteriosa causa de sus penas, ni el volcánico amor de su alma ardiente aunque ya ni mirase á sus amantes, ni del reino atendiese á los asuntos.
Y con pesar y asombro de su corte, de concubinas y apenados pueblos, y entre el dolor y llanto de su esposa, de Huáscar, el mayor, y Manco Cápac, sus legítimos hijos y \arones, para Quito, partió como el esclavo, que con gozo trozando sus cadenas, de santa libertad el aire aspira.
Los cronistas de Quito aseguraron, que el Inca, en Quito, honró á la bella hija del vencido monarca, como á Coya, y su esposa legítima la hizo, como indemnización de la perdida grandeza de su padre y congraciarse de este modo el afecto de aquel pueblo; pero este honor, según costumbre y leyes, únicamente reservado estaba para hermana legítima del Inca, y eran solo sus hijos los que al trono, según su prioridad subir podían; mas fuera como esposa ó concubina, á ella adoró tan solo hasta su muerte, y residió y murió en el nuevo reino, desde allí gobernando hasta el antiguo: sin testigos allí, feliz y ufano, de su dichosa unión con la quiteña,
solo vivióle un hijo, era Atahualpa, > . más que su reino todo, su alegría, su esperanza y placer, y le adoraba con el mismo cariño que á la madre: en palacio sentábale en su trono, en la real litera andaban juntos, y llevábale á todas sus campañas: ambos comían en el mismo plato, y pernoctaban en la misma tienda; y querían también y respetaban al joven Atahualpa las legiones * y viejos generales de su padre, por su valor, carácter y los rasgos de géneros y altos sentimientos, y su precoz viveza, sorprendente.
Y venturoso el Inca Huayna Cápac, — aunque fueron los años extinguiendo de sus viriles bríos su arrogancia, y la vejez saliérale al encuentro, — unidos á ambos reinos contemplaba, concluidas ya las obras colosales, y otras iguales emprenderse siempre: floreciente su imperio, y en camino de ver en breve sus feraces frutos de las grandes reformas y adelantos, que seguía implantando, sabio y grande.
¿Y fué feliz el Inca Huayna Cápac, al ver cumplida su ambición inmensa, su amor inestinguible satisfecho, y tener siempre á su hijo entre sus brazos, y como á un Dios el pueblo bendecirle?
¡No: ni nadie en el mundo serlo puede, que es la felicidad un imposible, pues llegaron á oídos del monarca las conquistas de Nuñez de Balboa y su postrer empresa, atravesand o de San Miguel el solitario golfo; y luego, que en la isla de las Perlas construyendo dos buques formidables, pudo osado zarpar del Río Balsas; y conoció el poder de aquellos hombres, que bajados del cielo y en las alas de blancas nubes, navegar sabían; venciendo, por do quiera, como dioses, con relámpagos, truenos y la muerte á cuanto en su camino se opusiera; y comprendió sagaz Huayna Cápac, que ante esos blancos seres invasores, no podría oponer defensa alguna; y triste y silencioso, desde entonces, extrañóse en' la corte su reserva,
í;;¡íK:«^'^f!?3.^:>í<'í^v;jr<^f'r.
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sin que ninguno penetrar pudiese
de su duelo la causa misteriosa,
ni su presentimiento doloroso;
pues nadie osara interrogarle nunca,
ni él quiso, entonces, expresarlo á nadie,
para no intimidar á sus legiones,
si su temor á conocer llegaban.
Así die:^ aíios trascurrieron tristes para ese antes monarca tan dichoso, hasta que se extendió la infausta nueva, desde uno á otro confín de aquel imperio: —que unos blancos guerreros formidables, venciendo por do quiera, irrisistibles, por el Rio San Juan bajado habían. —
Era la pobre espedición de Almagro, que hasta la embocadura de ese río de la otra de Fizarro anduvo en busca.
Con tan funesta nueva coinci(iierun en aquella nación supersticiosa, mas de todos el pánico aumentando, según varios autores de ese tiempo, aunque otros circunspectos lo desmienten: — que viéronse cruzar, con luz siniestra, furibundos cometas por el cielo: que rodeada apareció la luna de cárdenos colores encendidos, y en las altas montañas, resonando de terremotos los lejanos ecos, rayos cayeron, con estruendo insólito, en algunas mansiones del monarca, destruyendo su trono y sus altares: que en la plaza del Cuzco contemplóse á una águila real, ya sin aliento, por millares de aleones perseguida, y luego entre sus garras destrozada: y otros tristes augurios de exterminio, que muchos nobles, con profunda pena, como fin del imperio descifraron. — (if)
En aquella nación supersticiosa, un profundo pesar causó todo esto y mas que todos, acuitóse el Inca, ya sin bríos, anciano y achacoso; y su muerte sintiendo ya cercana, y convocando á toda su nobleza; al alto sacerdocio y generales, como si fuera á hacer su testamento, les declaró su voluntad suprema, pidiéndoles que todos la cumpliesen: —al noble Huáscar, su hijo primogénito, todo el antiguo imperio le entregaba, y cedía á Atahualpa el nuevo reino.
pues les dijo: -que siendo allí nacido, y por parte de madre el heredero de sus antepasados los monarcas, mandar allí, como derecho propio, no á otro, sino á él. correspondía.—
Y aún ya agonizante, aliento tuvo para pedir á jefes y prelados:
— que la paz de ambos reinos conservasen-
Y á sus dos hijos ordenó severo:
— que siempre como hermanos se quisiesen, V mutuamente en todo se avudaran, si dignos de su raza ser querían. -
Pero el que á todos demandaba ayuda, é hiciérales jurar que conservasen la antigua tradición de aquel imperio, al espirar él mismo la rompía, dividiendo un poder indioisible, que fué, hasta entonces, único y divino^ destrozando las leyes más sagradas y perdiendo el carácter de Dios-Inca; pero tal de su pueblo era el respeto, y tan grande y glorioso fué el reinado de este luca, de todos el más grande, que corte y clero prometieron todo, aun contra su conciencia, y presintiendo las futuras desgracias que á su patria ese gran atentado, cometido por el Inca espirante causaría!
Y la fatal noticia de su muerte llenó á todo su imperio estremecido, de bien sentida y de profunda pena: todos reconocieron, que otro Inca más valiente, magnánimo y famoso, tal vez por largos siglos no tendrían: fué pues, un duelo general, solemne; pero de Quito el reino, sobre todo,
fué el que más le sintió y más perdiera,
y demostrarlo supo agradecido,
que no un conquistador, sino un gran padre
fué de ese pueblo, que quedó á su muerte
embellecido, próspero y teniendo
á un joven Inca por ilustre jefe,
en cuyas venas, con honor corrían
de sus extintos jefes pura sangre
y la de Huayna Cápac, de Dios hijo.
En Quito hizo Atahualpa que quedara el corazón del Inca, que amoroso dividió su cariño entre hijo y madre; y con solemne pompa, inusitada, en aquel nuevo reino, condolido, embalsamado el cuerpo se condujo
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al gran templo del sol, mansión postrera; y con gran esplendor sus funerales hiciéronse en el Cuzco, entre suntuosos sacrificios, ofrendas y canturías, por millares quitándose la vida sus concubinas, subditos y criados, para del sol seguirle á su morada.
Como no hay pena que durable sea, — porque sino la gente viviría en un perpetuo infierno insoportable, — después que en Cuzco y Quito terminaron los regios funerales, procedióse una gran fiesta á celebrar en breve; y en Quito y Cuzco fueron coronados con la encarnada borla de los incas los dos hermanos Atahualpa y Huáscar; y del Perú los sorprendidos pueblos, que acudían al Cuzco y presenciaban esa coronación y ceremonia, no comprendían, aunque aquello vieran, como el sumo poder indioisibíe, como el sol su Dios, único y divino, desde la fundación de aquel imperio, ya podía en dos Incas dividirse; y hacer la misma cosa en adelante de Huayna Cápac los reinantes hijos: y los ancianos auguraban males y su breve ruina y anarquía, viendo así holladas religión y leyes por aquel consentido sacrilegio: y los nobles guerreros, ambiciosos, ya el poder sumo de los Incas vieron desvanecerse en inespertas manos, como un fantasma al fulgurar el día; y esperaban que Huáscar ó Atahualpa, en inminente, fratricida guerra, los llamara y premiara sus servicios.
Tal era en el Perú, por aquel tiempo, la situación política y extraña, cuando Huáscar, mayor que su otro hermano, trató prudente de arreglarlo todo, y que el postrer mandato de su padre: —de que en paz gobernasen,— se cumpliese; era bueno, pacífico y amable, generoso, valiente y moderado, y conservar la paz cinco años pudo, á pesar de los hechos de Atahualpa, que atrevido, ambicioso y arrogante, en estado de guerra puso á Quito, á pretesto de hacer nuevas conquistas en las salvajes tribus inmediatas, en tanto que los viejos generales.
que de su padre al lado se formaron, á que el Cuzco invadiese le azuzaban, mientras que á Huáscar, otros ambiciosos, anhelando adquirir más predominio, los planes de Atahualpa y sus traiciones hacíanle patentes: — y que su honra no debía sufrir estos desmanes, y la entrega pedir de Tumebamba, cuyo dominio hallábase dudoso.— Hízolo Huáscar, mal aconsejado, y Atahualpa, negándose á la entrega, sus fuerzas dispusieron, y á la lucha ambos hermanos con ardor llegaron.
En Canarís, de Quito territorio, el combate primero lugar tuvo; y como eran del Cuzco las falanges muchas más numerosas, destrozaron á las resueltas tropas de Atahualpa, quien cayó prisionero y fué encerrado en una casa, próxima al combate; mas la guardia, embriagóse con el triunfo, y venciendo la puerta el prisionero, con un palo, que dióle una quiteña; corrió á su capital, reunió á sus tropas, y con bélico acento así las dijo: «Después que las falanges enemigas en Canarís las nuestras derrotaron, fui preso, y hallábame sufriendo el despecho, el dolor y la vergüenza, cuando súbito todo se ilumina, en medio de la noche tormentosa, por los rayos del sol, en hebras de oro; y mi querido padre apareciendo, como foco de luz de aquellos rayos, con profética voz me dijo, escucha: — Vuelve á tu capital, junta tus tropas, que mis viejos y expertos generales te seguirán triunfantes hasta el Cuzco, y serás del Perú tú solo el Inca; porque tú eres mi hijo más querido, y por el sol bendito, nuestro padre.— Y viéndome en culebra trasformado, salgo de mi prisión... huyen las guardias al mirar que así ante ellos me presente. . el espanto propágase en su ejército, y mi persona y ser, al verme libre, otra vez ya recobro; y decidido ^
á triunfar ó morir, junto á vosotros, abro otra ardiente y sin cuartel campaña, para cumpHr la voluntad suprema de Huayna Cápac, mi divino padre.»
Casi todos creyeron este cuento
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del astuto Atahualpa, entusiasmados: y de su padre las guerreras tropas uniéronsele muchas, que mandaban los dos más duchos y guerreros jefes, que al lado tuvo siempre Huayna Cápac y en su tienda á Atahualpa, desde niño, enseñaron, quisieron y cuidaron: el famoso Quizquíz era el primero, y el viejo Chalcuchima, que era hermano de la madre del joven Atahualpa, quien con francas maneras y promesas, precoz denuedo y naturales dotes, era también querido de las tropas, que en la tienda del Inca le miraran juzgar, correr y manejar el arco, y pelear después en los combates.
Por estos dos guerreros dirigido, V al frente del ejército animoso, recomenzó Atahualpa su campaña, hasta llegar á la ciudad de Ambatc», donde el paso atajóle un gran ejército, que un distinguido jefe dirigía, y del Inca pariente muy cercano: trabóse allí un combate muy sangriento, y de.^de la mañana, hasta la noche, con iguales ardor y valentía lucharon sin cesar, encarnizadas, anhelando triunfar ambas falanjes; pero de Huáscar muerto el bravo jefe, desbandóse el ejército peruano, con general asombro de ese imperio, que por la ves primera contemplaba postrado el estandarte del arco-iris, en el más largo y colosal combate que el Chimborazo presenció hasta entonces AY,
Orgulloso Atahualpa de su triunfo, y ávido de vengar la dura afrenta de haber antes caído prisionero, y haberle los peruanos derrotado, en ellos hi^o gran carnicería, después de la victoria y ya dispersos; y prosiguió veloz á Tumebamba, que habíase pasado á su contrario, aunque estaba de Quito en territorio: aquí vióse al monarca, vengativo, de duro corazón, ñero y terrible, cuando el triunfo y su propicia suerte, magnánimo y sensato no le hicieron; aunque á los hombres de carácter duro, los hace más despóticos y vanos todo no merecido encumbramiento: aquí pasó á cuchillo al vecindario,
entre el lamento y general asombro; arrasó la ciudad á sangre y fuego, y lo mÍ5,mo fué haciendo en los distritos, que á Huáscar se pasaron, auque ancianas, niños y enfermos, con dolientes voces, su perdón implorasen de rodillas. Atahualpa sereno.... inexorable, adelante seguía.... y su camino iba con sangre humana señalando I
Al vencedor abríanle sus puertas los aterrados pueblos, y triunfante prosiguió hasta enfrentar la isla de Puna, mas un leve contraste aquí sufriendo, dejó que los tumbeces, que á su causa habíanse ya unido, allí lidiasen; y para Cajamalca dirigióse, sin encontrar obstáculo ninguno, do el cuartel general quedó instalado para enviar al ejército refuerzos ó poder sostener la retirada: allí quedó Atahualpa; y los dos jefes, con sus mejores tropas, hacia el Cuzco consiguieron cruzar el Apurimac, y á la gran capital mirar de frente, sin que corriese Huáscar á su encuentro.
Pero habíase Huáscar preparado, desde el primer desastre, y sus legiones, indefensa dejando al vasto imperio, reconcentradas en el Cuzco estaban por consejos de todo el sacerdocio.... tímidos consejeros y funestos, cuando ven en peligro su existencia, pues juzgándose siempre necesarios, Jamás se exponen ni aventuran nada; y cuando, entonces, vióse al enemigo, creyó oportuna, entonces^ la salida.
Eran más numerosas las legiones que del Cuzco salieron al combate, pero menos expertas y guerreras, y más disciplinadas las contrarias, y por mejores jefes dirijidas: y ambas de Quipaypán en la llanura á decisiva lucha se aprestaron: y al despuntar el día ya trabóse aquel combate horrendo y memorable, hasta que de la noche el negro velo.... las fatigas, los ayés y montones de heridos y de muertos, impidieron que el placer de matarse prosfguiese: los soldados fanáticos de Huáscar, ardiendo de entusiasmo, defendían
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á su Inca y religión, su patria y leyes, cual si lidiaran por salvar sus hijos: con desesperación daban la muerte, #, sin tratar de salvar su propia vida, á su Inca y tradición siempre leales, mientras los de Atahualpa, ya engreídos con sus continuos triunfos y confiados en la pericia de sus viejos jefes, esperaban seguros la victoria, que declaróse al fin por Atahualpa; y antes que de la noche el negro velo suspender el combate les hiciera, veíanse los muertos á montones.... como grupos de arbustos en un valle; y cansados de Huáscar los vasallos, ensañáronse en ellos los de Quito, hasta casi acabar con ese ejército, que firme, sonriendo y sin rendirse, esperaba fanático la muerte; y aumentaron de muertos los montones la saña y el furor de los de Quito, hasta casi acabar con ese ejército; porque la vista de la hirviente sangre y el salvaje furor de la pelea, son cual espuma de precioso vino, ó el lúbrico placer ó amor al oro, y tan voraces, firmes é insaciables, que trastornan, embriagan y enloquecen, hasta hacer despreciar la propia vida: y descubriendo á Huáscar, vacilante, y de anos mil arqueros en el centro, que un muro con sus pechos le formaban, allí exhalando sus salvajes gritos, famélicos corrieron los triunfantes, y á ese muro de pechos derribando, sacóse al Inca Huáscar, prisionero, de otro montón de cuerpos destrozados!
A Cajamalca de la gran victoria llegó la nueva, en alas de la fama, y Atahualpa, sus tropas y los pueblos á celebrar el triunfo se entregaron; y entre lujosas fiestas el monarc.i, con regia pompa trasladóse al Cuzco, en donde el clero, jefes y nobleza á rendirle corrieron su homenaje, como todos lo rinden al que triunfa, cuando quieren medrar en la politica y sus empleos conservar y honores; y como sucesor y el heredero de Quito y del Perú fué coronado por el gran sacerdote, entre las preces, ofrendas, sacrificios y canturías,
que en el templo del sol se celebraron, volviendo á ser mirado ya Atahualpa un gran monarca, como fué su padre.
Dice un historiador de aquellos tiempos, que después de esta grande ceremonia, la nobleza del reino fué invitada para arreglar de Huáscar los derechos; y cuando hallóse toda ya en el Cuzco, hízola asesinar por sus sicarios, y exterminó entre bárbaros tormentos, niños, mujeres, jóvenes y ancianos, y tantos de los deudos y nobleza, cuantos derechos alegar pudiesen; mas de tales matanzas y perfidias ningún otro escritor dice palabra, aunque fuese Atahualpa vengativo y orgulloso y cruel, como un tirano. ¿Y cómo, pues, se exterminó á la raza, que pudiera oponer mejor derecho al que dióle su padre y la victoria, dejó con vida á su rival cautivo y á Manco Capac, su segundo hermano? 68
Mas cegado Atahualpa y orgulloso, con el verde laurel de la victoria, no vio en el horizonte aquel nublado, que junto al río de San Juan alzóse, y de su previsor y experto padre el ánimo aflijido conturbara: y orgulloso Atahualpa y engreído, como dueño y señor de aquel imperio, descuidó de su imperio la defensa, cuando una nueva religión divina y el genio, el heroísmo y el progreso á sus débiles puertas ya llamaban, y en seguida abriría á todas ellas el pomo de la espada de Pizarro, como rompe murallas un ariete; pero tal vez hubiera, vacilante, visto caer la espada de sus manos el gran conquistador, cual débil niño, si como antes hubiérase encontrado fuerte, altivo y compacto aquel imperio, y no ya anarquizado y dividido, como en la época hallóle de Atahualpa, " que orgulloso y cegado se adormía . . bajo el verde laurel de la victoria, sin sentir en las puertas ya los golpes del pomo de la espada de Pizarro, " que iba á escalar al trono de los Incas, y en el cual, vencedor, logró sentarse, para dar á sus reyes este imperio. 69
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del astuto Atahualpa, entusiasmados: y de su padre las guerreras tropas uniéronsele muchas, que mandaban los dos más duchos y guerreros Jefes, que al lado tuvo siempre Huayna Cápac y en su tienda á Ataliualpa, desde niño, enseñaron, quisieron y cuidaron: el famoso Quizquíz era el primero, y el viejo Chalcuchima, que era hermano de la madre del joven Atahualpa, quien con francas maneras y promesas, precoz denuedo y naturales dotes, era también querido de las tropas, que en la tienda del Inca le miraran juzgar, correr y manejar el arco, y pelear después en !os combates.
Por estos dos guerreros dirigido, V al frente del ejército animoso, recomenzó Atahualpa su campaña, hasta llegar á la ciudad de Ambato, donde el paso atajóle un gran ejéi'cito, que un distinguido jefe dirigía, y del Inca pariente nmy cercano: trabóse allí un combate muy sangriento, y decide la mañana, hasta la nociré, con iguales ardor y valentía lucharon sin cesar, encarnizadas, anhelando triunfar ambas falanjes; pero de Huáscar muerto el bravo jefe, desbandóse el ejército peruano, con general asombro de ese imperio, que por la vez- primera contemplaba postrado el estandarte del arco-iris, en el más largo y colosal combate que el Cliimborazo previendo hasta entonces.ñl
Orgulloso Atahualpa de su triunfo, y ávido de vengar la dura afrenta de haber antes caído prisionero, y haberle los peruanos derrotado, en ellos hhogran carnicería, después de la victoria y ya dispersos; y prosiguió veloz á Tumebamba, que habíase pasado á su contrario, aunque estaba de Quito en territorio: aquí vióse al monarca, vengativo, de duro corazón, Üero y terrible, cuando el triunfo y su propicia suerte, magnánimo y sensato no le hicieron; aunque á los hombres de carácter din*o, los hace más despóticos y vanos todo no merecido encumbramiento: aquí pasó á cuchillo al vecindai-io,
entre el lamento y general asombro; arrasó la ciudad á sangre y fuego, y lo mismo fué haciendo en los distritos, que á Huáscar se pasaron, auque ancianas, niños y enfermos, con dolientes voces, su perdón implorasen de lodillas. Atahualpa sereno.... inexorable,
adelante seguía y su camino
iba con sangre humana señalando!
Al vencedor abríanle sus puertas los aterrados pueblos, y triunfante prosiguió hasta enfrentar la isla de Puna, mas un leve contraste aquí sufriendo, dejó que los tumbeces, que á su causa habíanse ya unido, allí lidiasen; y para Cajamalca dirigióse, sin encontrar obstáculo ninguno, do el cuartel general quedó instalado para enviar al ejército refuerzos ó poder sostener la retirada: allí quedó Atahualpa; y los dos jefes, con sus mejores tropas, hacia el Cuzco consiguieron cruzar el Apurimac, y á la gran capital mirar de frente, sin que corriese Huáscar á su encuentro.
Pero habíase Huáscar preparado, desde el primer desastre, y sus legiones, indefensa dejando al vasto imperio, reconcentradas en el Cuzco estaban por consejos de todo el sacerdocio.... tímidos consejeros y funestos, cuando ven en peligro su existencia, pues juzgándose siempre necesarios, jamás se exponen ni aventuran nada; y cuando, entonces, vióse al enemigo, creyó oportuna, entonces, la salida.
Eran más numerosas las legiones que del Cuzco salieron al combate, pero menos expertas y guerreras, V más disciplinadas las contrarias, y por mejores jefes dirijidas: y ambas de Quipaypán en la llanura á decisiva lucha se aprestaron: y al despuntar el día ya trabóse aquel combate horrendo y memorable, hasta que de la noche el negro velo.... las fatigas, los ayés y montones de heridos y de muertos, impidieron que el placer de matarse prosrguiese: los soldados fanáticos de Huáscar, ardiendo de entusiasmo, defendían
á su Inca y religión, su patria y leyes, cual si lidiaran por salvar sus hijos: con desesperación daban la muerte, sin tratar de salvar su propia vida, á su Inca y tradición siencipre leales, mientras los de Atahualpa, ya engreídos con sus continuos triunfos y confiados en la pericia de sus viejos jefes,, esperaban seguros la victoria, que declaróse al fin por Atahualpa; y antes que de la noche el negro velo suspender el combate les hiciera, veíanse los muertos á montones.... coníiO grupos de arbustos en un valle; y cansados de Huáscar los vasallos, ensañáronse en ellos los de Quito, hasta casi acabar con ese ejército^ que firme, sonriendo y sin rendirse, esperaba fanático la muerte; y aumentaron de muertos los montones la saña y el furor de los de Quito, hasta casi acabar con ese ejército; porque la vista de la hirviente sangre y el salvaje furor de la pelea, son cual espuma de precioso vino, ó el lúbrico placer ó amor al oro, y tan voraces, firmes é insaciables, que trastornan, embriagan y enloquecen, hasta hacer despreciar la propia vida: V descubriendo á Huáscar, vacilante, y de unos mil arqueros en el centro, que un muro con sus pechos le formaban, allí exhalando sus salvajes gritos, famélicos corrieron los triunfantes, y á ese muro de pechos derribando, sacóse al Inca Huáscar, prisionero, de otro montón de cuerpos destrozados!
A Cajamalca de la gran victoria llegó la nueva, en alas de la fama, y Atahualpa, sus tropas y los pueblos á celebrar el triunfo se entregaron; y entre lujosas fiestas el monarc;i, con regia pompa trasladóse al Cuzco, en donde el clero, jefes y nobleza á rendirle corrieron su homenaje, como todos lo rinden al que triunfa, cuando quieren medrar en la política y sus empleos conservar y honores; y como sucesor y el heredero de Quito y del Perú fué coronado por el gran sacerdote, entre las pre(;es, ofrendas, sacrificios y canturías.
que en el templo del sol se celebraron, volviendo á ser mirado ya Atahualpa un gran monarca, como fué su padre.
Dice un historiador de aquellos tiempos, que después de esta grande ceremonia, la nobleza del reino fué invitada para arreglar de Huáscar los derechos; y cuando hallóse toda ya en el Cuzco, hízola asesinar por sus sicarios, y exterminó entre bárbaros tormentos, niños, mujeres, jóvenes y ancianos, y tantos de los deudos y nobleza, cuantos derechos alegar pudiesen; mas de tales matanzas y perfidias ningún otro escritor dice palabra, aunque fuese Atahualpa vengativo y orgulloso y cruel, como un tirano. ¿Y cómo, pues, se exterminó á la raza, que pudiera oponer mejor derecho al que dióle su padre y la victoria, dejó con vida á su rival cautivo y á Manco Capac, su segundo hermanof 68
Mas cegado Atahualpa y orgulloso, con el verde laurel de la victoria, no vio en el horizonte aquel nublado, que junto al río de San Juan alzóse, y de su previsor y experto padre el ánimo aflijido conturbara: . orgulloso Atahualpa y engreído, ^y como dueño y señor de aquel imperio, ' descuidó de su imperio la defensa, cuando una nueva religión divina y el genio, el heroísmo y el progreso á sus débiles puertas ya llamaban, y en seguida abriría á todas ellas el pomo de la espada de Pizarro, como rompe murallas un ariete; pero tal vez hubiera, vacilante, visto caer la espada de sus manos el gran conquistador, cual débil niño, si como antes hubiérase encontrado fuerte, altivo y compacto aquel imperio, y no ya anarquizado y dividido, como en la época hallóle de Atahualpa, que orgulloso y cegado se adormía bajo el verde laurel de la victoria, sin sentir en las puertas ya los golpes del pomo de la espada de Pizarro, que iba á escalar al trono de los Incas, y en el cual, vencedor, logró sentarse, para dar á sus reyes este imperio. 69
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15S8 - 1530
Ya casi viejo el infeliz Pizarro^ — pues sesenta y seis años ya tenía — aunque siempre tenaz aventurero, volvió á pisar las playas de su patria
tras veinte años de ausencia,
tan pobre de dinero, caal rico de esperanzas y paciencia!
¿,Quién salió á recibirle y hospedarle? ¿,Quién conocía á aquél recién venido,
en su patria extrangero? Un amable alguacil corrió á buscarle, por hábil licenciado requerido, en virtud de antiqíUsima sentencia;
y el pobre aventurero á la cárcel fué al punto conducido, sin haber en su patria cometido más crimen, que mostrarle su presencia!
¿Por qué se le aprehendía, sin más procedimiento, en aquellos instantes, que el bastardo á su patria bendecía. Llorando de contento"?
Del bachiller Enciso á pedimento, que favorable obtuvo una sentencia
unos quince años antes, en el pleito por daños y perjuicios, que en la corte siguió contra Balboa, y ios que á Tierra Firme le siguieron, cuando por ambicioso y peculado, al bachiller Enciso depusieron
del gobierno usurpado.
Al llegarse á saber la tropelía,
gritó el pueblo, indignado, y más gritó al saber, que había hallado
aquel preso inocente, en un lejano imperio de occidente,
el país ó recinto del oro y de las perlas y esmeraldas, cuya conquista á proponer venía
á su rey Carlos quinto, que entonces en Toledo residía;
quien al saber la fama y los proyectos \ del que preso en Sevilla se tenía,
v de Enciso el enredo, mandó:— que en libertad se le pusiera, su embargado equipaje se le diera, y al punto dirigiérase á Toledo.- -
Y grave, cincunspecto y pensativo, como el hombre eminente, que solo tiene en su abrazada mente
un perenne objetivo, ante su rey se presentó Pizarro,
modesto, aunque elocuente, conmovedor, veraz y minucioso, elegante, magnífico y bizarro, que era alto, erguido y de gentil presencia, como un héroe á quien nada le intimida
v á todo acostumbrado; y el rey ante su corte dióle audiencia, . y con sumo silencio fué- eseuchado allí expuso Pizarro, extensamente, desde el tiempo del ínclito Balboa, sus viajes, por desiertos y los mares,
y firme lucha ardiente contra indios, el hambre y los azares
de mil padecimientos, que soportaron él y sus amigos
en sus descubrimientos, para esparcir la luz del cristianismo y extender en las Indias, de sus reyes
imperios y pendones,
renombre, gloria y leyes: que del gran mar del Sud en las regiones
más bellas y lejanas,
había al fin hallado,
por Dios favorecido, aquel imperio por Colón bascado,
en las tierras indianas; y que las perlas, oro y finas piedras en su hallado país más abundaban, que en Tartaria, Cathay, Mangui y Cipango^
pues hasta se encontraban á flor de tierra y en el mismo fango: que venía tan gran descubrimiento á poner á los pies de su grandeza, !
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- 71 —
y también á ofrecerse á su conquista, r I
si creía su alteza que era digno de tal merecimiento.—
Y Pizarro hizo entrará los indianos,
de desnudas espaldas, como las llamas y telas que iraian: sacó sus perlas, oro y esmeraldas^
y juntando sus manos doblegó sus rodillas en el suelo, al correr una lágrima en su rostro
de dicha y de consuelo, como única expansión de sus servicios.
Conmoviéronse el rey y los magnates, ante esa relación tan lastimosa, y esa vida de inmensos sacrificios;
y absortos escucharon aquella al par, también maravillosa
del otro opuesto mundo:
las muestras contemplaron de las perlas, el oro y esmeraldas; pero lo más preciado y sorprendente, no fueron para el rey ni cortesanos, dudosos al coger y vacilantes, los montones de perlas en sus manos, sino las ricas telas de Occidente,
más finas y brillantes, que las más celebradas del Oriente.
Cortés V caballero era de España el rey Carlos primero y quinto emperador de la Alemania; --y agradeció á Pizarro sus servicios, protección prometióle y que en seguida se ocuparía de su gran propuesta, mas que la diera ya por admitida.—
¡Y cómo trepidar, cuando la suerte, reinos, lauros, grandezas y conquistas, como una madre protectora abarca, para brindarlo todo al que de Europa era ya, entonces, el primer monarca!
Era el rey de la España poderosa;
y el triunfo de Pavía le entregó al rey de Francia prisionero: la Italia, amedrentada, enmudecía
al ver al rey guerrero,
que en la humillada Roma á su papa Clemente deponía:
que de su voz y acero se encontraban pendientes las naciones, y que el nuevo pontífice en Bolonia
con la imperial corona le esperaba.... ¿Ya, entonces, su poder no se igualaba al del antiguo rey de Macedoniaf
No: que aún le escedía;
porque de un gran imperio, más dilatado y rico que los suyos,
en opuesto hemisferio, Hernán Cortés el cetro le entregaba, con hidalga grandeza, jamás vista,
y señoril decoro, mientras Pi:2arro á su palacio entraba, de otro imperio á ofrecerle la conquista, para después llenar sus arcas de oro!
Partió el rey en seguida de Toledo; pero de oro y conquistas insaciable, dejó encargado á su consejo de Indias: — que el pedido convenio celebrara de un modo á su corona favorable, y Pizarro á cumplirlo se marchara; — mas íbase el acuerdo prolongando, y Cortés y Pizarro, diariamente, en palacio se fueron encontrando;
y como amigos fueron
desde Santo Domingo, esa amistad á renovar volvieron, con los recuerdos de pasados días, entre penas, batallas y alegrías; y ya Pizarro de esperar cansado,
manifestó á su amigo: — que su bolsillo hallábase agotado, y que esperar más tiempo no podía,
ni tampoco quería,
como un triste mendigo, pedir al rey favores ni dinero; porque él al rey á dárselos venía, al querer celebrar aquel convenio; pues para esa conquista se bastaba con su entusiasmo, decisión é ingenio. -
Hernán Cortés se hallaba al fin de su carrera, tan gloriosa,
V de honores colmado; pero triste su error se reprochaba,
de haberse confiado en una corte ingrata y engañosa, y no haber un convenio celebrado,
salvando sus derechos,
sin conseguir siquiera, que como justo premio á sus servicios, el político mando se le diera de aquel gran reino, que entregaba á España,
en donde sostenía, contra viles intrigas y sorpresas,
72 —
más difícil campaña, que todas las que hizo en sus empresas; y recordando de Colón, entonces,
los años postrimeros, * que pasó sus derechos implorando
del pérfido Fernando,
comprendió que no hay leyes,
derechos ni contratos,
que obliguen á los reyes, y que todos los reyes son ingraíox;
pues soberbios presumen, que rendirles servicios eminentes de sus vasallos son obligaciones; y á los héroes y sabios de su patria confunden con los viles adulones, y tratan por igual, como á sirvientes;
y creen haber cumplido, tirándoles ¿in título á la cara, cual se da una limosna al desvalido!
Guerrero, y en la corte cortesano,
por esperiencia propia, y como triste, herido veterano, que el desencanto y el veneno acopia, Hernán Cortés, aconsejó, discreto, al cansado Pizarro, vacilante, como al que otro revela un gran secreto, que rico puede hacerle en un instante; díjole: — «que al consejo abandonara,
y á la reina acudiera; que con lirmeza y dignidad le hablara, pues iba á hacer y no ha pedir favores;
que su plan la espusiera, en el triunfo seguro y sin temores; que por ninguna causa permitiera, prefiriendo no hacer arreglo alguno, que superior ni igual se le pusiera; sino, que ya quedase estipulado,
que por siempre tendría el mando del imperio conquistado.
y una parte en el oro que enviaría.
Y que si claramente, • 1
así cual condición no lo ponía, i
veríase, como él, injustamente, !
en reclamos y pleitos enredado, '
de sus buenos derechos defraudado, cual si fuera en la corte un dehncuente, y no quien hubo á España un reino dado. — Y agrególe Cortés: «¡Esta es mi historia.... y si quieres medrar y hacer carrera, tenia, como un ejemplo, en tu memoria/y*
Y volvió á repetirle al otro día:
— que á la reina escribiera,
v cuanto antes la hablara, no como advenedizo, entrecortado, sino como hombre en su poder confiado; y mucho, mucho, audaz la demandara, para que de ese modo consiguiera,
que algo bueno le diera:
que á cada cortesano le hiciera una magnífica promesa,
al estrechar la mano, si realizaba su anhelada empresa; y que con aire protector contase
e/ mucho oro, que en barras
tenía encajonado, para en cuanto el convenio se firmase, con su escuadra salir bien equipada. —
Y á Cortés escuchó Pizarro atento, V brillaron sus ojos de contento
y de placer profundo, como loco, que dueño se presume, de el oro y los placeres de este mundo.
Era un rayo de luz, que iluminaba al perdido viajero en noche oscura, hasta llegar á ver su hogar querido, y salir de las sombras y espesura.
loSS 1530
Siguió Pizarro, astuto, aquel de Hernán Cortés sabio consejo, y pronto dióle favorable fruto; pues la reina Isabel fué fascinada
por el estilo mágico y brillante,
la convicción, la fe, la voz y el porte
de aquel hombre arrogante, cuva fama extendíase en la corte;
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y en prometer, fingir y besamanos, - < í presto hízose el más hábil comediante, entre aquellos volubles cortesanos.
Y la reina, como era consiguiente, quizo mostrarse generosa, amable, con los guerreros de notables hechos;
y firmó, complacida, la capitulación^ que favorable á Pizarro colmaba, sin medida, de honores, privilegios y derechos:
— para toda su vida de la nueva provincia fué nombrado capitán general y adelantado, y á más gobernador, cuyos honores
le daban gran valía, pues todo esto á virey equivalía, y de alguacil mayor, con pingües rentas: y su dominio y extensión pudiendo sobre la costa Sud ir extendiendo,
unas doscientas leguas, desde Tumumpuela hasta las Chinchas, con esos mismos títulos y honores:
diúle en usufructo de la isla de Flores las riquezas; y también para él y sucesores la tenencia de cuatro fortalezas: perpetua propiedad, en Tierra Firme, de las tierras y haciendas que tuviese; que veinticinco potros con sus yeguas
de Jamaica eligiese; una parte en el pago de los pechos,
y una crecida suma para gastos de guerra y de pertrechos; poder para llevar cincuenta esclavos, v otras gracias v muchas distinciones, concedidas hasta antes de marcharse, de la reina probando la largueza, de que supo Pizarro aprovecharse: quedóle prohibido el que embarcara
escribanos, letrados,
y aún procuradores, como gente fatal á los estados, enemigos de paz y explotadores: y obligado á llevar á tierra indiana el clero, que la reina dispusiera, para extender la religión cristiana, donde alzase triunfante su bandera; y del reino á sahr á los seis meses,
llevando á su conquista, para segura y fácil obtenerla, doscientos cincuenta hombres, en los cuales irían labradores é industriales, y d los otros seis meses á emprenderla. — 70
Y cual si fuese poco todavía : ;y ; > -
tanta regia hidalguía, demandó humildemente:— el honorable
hábito de Santiago,— que le fué por la reina concedido; y como halló á la reina favorable, en futuras hazañas pidió en pago: — el tener un escudo ennoblecido; — y esta forma propuso con sonrisa:
la altiva águila negra á dos fuertes columnas abrazada, que del emperador era divisa; la ciudad de Túmbez, almenada,
por un león y tigre
su muralla guardada; el llama del Perú, el mar y un buque
navegando á lo lejos, y todo orlado de inscripción latina, de la cual á los vividos reflejos de las doradas letras se adivina
la española soberbia, así diciendo: «Bajo los auspicios
del emperador Carlos, Pizarro, con su genio y sacrificios,
sus trabajos y acierto
y en los mares lanzado, á este extenso país ha descubierto, y dádole la paz y conquistado.»— 71
Y como halló á la reina favorable, también le fué este escudo concedido; porque el genio jamás en vano impetra
al que al genio comprende y lo ennoblece; y Pizarro siguió al pie de la letra, cuanto le dijo Hernán Cortés que hiciese, porque no fué un iluso mentecato, como lo es quien á escribir se atreve poemas en el siglo diecinueve; pues merece por necio, que le rompan la crisma con un plato, entre rechifla y general desprecio, ó le nombren marqués del Garabato!
En el puerto de Túmbez
creóse un obispado, y confirióse al digno padre Luque; y no pidió Pizarro que quedara para él este cargo reservado, porque viole para él azas remoto: Bartolomé Ruiz también nombrado fué de la mar del Sud mayor piloto y de escribano un hijo que tenía; y la tenencia de una fortaleza
á Almagro dióse solo.
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con título así mismo de homme-hidalgo;
lo que en verdad era aJgo á una sangrienta burla semejante, hecha al antiguo compañero ausente, para quien su falaz representante
habíase obligado el empleo obtener de adelantado, - si otro más eminente
para él consiguiera.
Y téngase presente,
que todos estos cargos, honores, dignidades y prevé ndas tenían pingües samas asignadas.... — pero de rentas del /aturo imperio debían todas ellas ser pagadas! — así es que si la empresa era ilusoria, ó en el Perú mucho oro no existía, el monarca español nada perdía....
sino /atara gloria y íítalox de honor, que repartía
entre aquellos guerreros.
Pero tampoco se olvidó Pizarro de sus trece valientes compañeros, de la isla del Gallo, que eran pobres. .. y consiguió.... se hiciesen caballerosl
Para el pobre bastardo de Trujillo, que errante, abandonado é infeliz, había un nuevo mundo recorrido, ya se abría un grandioso porvenir; pero estaba obligado á pla^o fijo á embarcar sus soldados y partir, y no tenia crédito ni plata, con que esta obligación poder cumplir!
Recordó á Hernán Cortés, cuyos consejos al seguirlos saliéronle tan bien, y tuvo que probar, si generoso era su antiguo amigo Hernán Cortés: V á él no en vano recurrió Pizarro, pues el héroe le dio sin interés, como si él mismo el agraciado fuera, todo el dinero, que hubo menester.
Alegre partió Pizarro para su país natal, como el enfermo v cautivo, que en populosa ciudad vivió en medio de ilusiones, sin conseguir prosperar, pero que al fin, ya cansada la adversa suerte fatal
de ensañarse en sus tormentos, le vuelve la libertad y le colma de favores, cuando íbase á doblegar; y como su fama había i
extendídose hasta allá, |
corrió al punto á recibirle i la gente más principal, y entre ella halló tres hermanos, Hernando, Gonzalo y Juan, siendo el primero legítimo y el mayor y más audaz, y los otros naturales; y también halló además otro por parte de madre, que era como él, natural, llamado Martín de Alcántara; y á todos, sin más ni más, propuso: — que le siguieran un gran reino á conquistar, á donde liarían los cuatro una suerte colosal; porque el oro á flor de tierra se conseguía encontrar; — y ellos, que eran orgullosos y henchidos de vanidad, cuanto pobres é ignorantes, como lego conventual, tan gran propuesta aceptaron, sin temor ni vacilar; porque al partir de sus lares, hambre, penas y horfandad, desde su triste niñez, iban tan solo á dejar; pero no le fué posible seducir á muchos más que exagerado creyeron, cuanto llegó á publicar, tan solo con el objeto de llevárselos allá, y á los riesgos esponerlos de un largo viaje de mar; y á muy pocos sacar pudo de aquel su pueblo natal, ni poder reunir la gente, que tenía que embarcar, ni estar los bajeles listos, cuando el plazo estaba ya de los seis meses fijados muy próximo á terminar.
E iba ya á cumplir el término, sin que Pizarro tuviera, ni los buques equipados i .
I r m.
ni las militares fuerzas, con que emprender la conquista, que se obligó con la reina; y expidió el consejo la orden: — que una visita se hiciera á ver si aquella flotilla estaba lista y en regla.—
Sabedor de ello Pizarro, hízose al punto á la vela, con unos cuantos marinos, á la isla de Gomera el dezinaeüe de Enero, año mil quinientos treinta, previniendo á sus hermanos: — que en las cuatro carabelas que en el puerto se encontraban, cuanto antes también partieran . á esa isla de Canarias, para desde allí su empresa proseguir, ya todos juntos, sin que nadie se opusiera. —
Y en efecto, la visita se pasó á las carabelas, antes que salir pudiesen de la noche en las tinieblas; pero Hernando y Pedro Cándia, que los directores eran, y también los dominicos, que enviaba al Perú la reina, todos contestes dijeron, sin que duda apareciera:
— que don Francisco Pizarro . habíase hecho á la vela con la gente que faltaba, á la isla de Gomera, donde esperaba á su flota. - Y dióse por satisfecha la comisión del consejo, que no fué en verdad severa, tal vez por no contrariar la voluntad de la reina, que tanto empeño mostró en proteger esa empresa.
A mediados de Febrero, esas cuatro carabelas del Guadalquivir partieron á la isla de Gomera, con más aspecto de huidas, que de una flota soberbia, que se lanza entre los mares á ignotas, lejanas tierras.
Y en la Gomera reunidas >a las cinco carabelas, bajo el mando de Pizarro, salieron de la Gomera, á emprender la gran conquista de ignotas y ricas tierras, con la esperanza y contento con que un pobre infeliz vuela, á cobrar el premio grande, que hace su dicha y riqueza.
Ld ligera flotilla de Pizarro,
después de un feliz viaje,
llegó á Santa María, izando envanecido su pendón;
pero allí se corría, y con detalles se acentuó el rumor: —que era el Perú el colmo de los males, y de segura muerte la mansión:
que insectos venenosos en los húmedos bosques y frondosos, y raros voraces animales
inhabitable hacían su región
de valles pantanosos y de costas y ardientes arenales, y devorante sol. —
Y de Pizarro, en el llegado grupo, difundióse el pavor; y en el grupo medroso é inesperto, comenzóse á notar la deserción: y ante tales embustes, mal fraguados, y poder evitarla, salió entonces
76 —
presuroso Pizarro de aquel puerto, con Ciento veinticinco reclütados, para el Nombre de Dios.
Y su feliz llegada al saberse al instante en Panamá, el padre Luque, Almagro y sus amigos, las montañas del istmo atravesando,
- le fueron á abrazar;
y placentero Almagro contemplando, las cinco naves en el quieto mar, díjole al padre Luque: «Gracias demos á nuestro hábil y buen representante
y al amigo leal; porque cumplida nuestra dicha vemos, tras largo tiempo de indecible afán! Que todo nos refiera en el instante, y calme con su voz nuestra ansiedad. ¡Al íin Dios apiadóse de mi ruego, y nuestra empresa ve con tierna fazl^)
Pero lleno Pizarro de vergüenza, como no empedernido criminal, al padre Luque presentóle el pliego,
diciendo á sus amigos: ((todo lo contenido vedlo acá.»
Y como para sí leía Luque,
con aire sorprendido, el impetuoso Almagro, al impaciente le interrumpió, diciéndole: ((¡Acabad!» Y Luque replicó: «Pizarro ha sido del reino, que se intenta conquistar, nombrado de alguacil, con mil mercedes,
capitán general, v tenencia de cuatro fortalezas» ((¡Perfectamente bien! Y vuesarcedes saben que esto merece.... y mucho más,
— dijo Almagro contento: — ¿Y á vos buen padre Luque?» «A mí me dan nuevo primado en la ciudad de Túmbez»
((Dichosa esa ciudad, que á un sacerdote, como vos, tan digno,
de obispo ostentará! ^^Y para mí,— con timidez pregunta, -
que concede su alteza?»
«A vos, mi buen Almagro,
después de tanto afán,
—díjole el padre Luque, con indignada faz y cejijunta; — «os dan tenencia de una fortaleza
con una renta anual.»
«¿,Pero á quién han nombrado,
decid, de adelantado?»
Prorrumpió el buen Almagro, sorprendido de tal iniquidad. i.
((¡También este alto puesto
le ha sido á nuestro enviado conferido!»
Murmuró el padre Luque, entristecido, y como el criminal,
que ante su juez se encuentra confundido,
no osaba ya Pizarro contestar!
Como si despertara
de algún penoso sueño,
con descompuesta cara
y fiero, airado ceño, así Almagro á Pizarro interrogó,
tratando en lo posible, de ocultar su despecho y su dolor: ((¿Es acaso esto la amistad y empeño,
con que me prometiste trabajar en la corte á mi favor?
¿No al partir me dijiste, sin yo jamás habértelo indicado; — el cargo para tí de adelantado
ó nada acepto yof — ¿Por qué de mí, Pizarro, te has burlado, con un engaño, que de broma pasa? ¡Qué! ¿No hemos hecho iguales sacrificios?
¿Por qué, entonces, se premian
con usura y sin tasa,
tan solo tus servicios?
¡Y bien sábelo Dios, que si siento en el alma este desprecio,
no es porque se limite
mi muy digna ambición, como si fuera algún cobarde ó necio, sino poi'que presumo un deshonor, que tú recibas todo.... con hartura,
y solo ofensas yo! Decidme, amigos todos, por ventura
he sido algún traidor?»
Pero todos callaron, y el silencio,
dio á Almagro la razón, al hacer ostensible sus agravios: al fin Pizarro levantó los ojos,
moviéronse sus labios, y con voz balbuciente contestó:
«Escucha, Almagro, amigo, y tus quejas, entonces, disipadas
quedarán esta vez.
¡El cielo me es testigo, que ellas son infundadas, y que supe cumplir con mi deber; pues siempre he recordado á sus altezas tus méritos, servicios y proezas.
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— 77
y que eras digno de una gran merced; .
y que del nuevo reino, adelantado, '
al menos en justicia,
debías ser nombrado; empero nuestros reyes han querido, sin llegar yo su intento á comprender, fuese el mando á uno solo conferido,
hasta el triunfo obtener!
Entonces, con largueza
sabrá^ Almagro, su alteza, digno premio acordar á tu alta prez.
Pero yo desde ahora, á insistir con su alteza volveré para que seas tú, no yo el nombrado, en el rico Perú de adelantado, ó los dos los seamos á la vez, que hay riquezas, sin fin, para millares,
y allá tierras y mares para el vuelo de todos extender. jHay pueblos por demás en ese imperio, no para que los dos nos dividamos....
sino para otros cien!
Sus puertas de oro abramos.. . cuantos quieran venir vengan también, que honores y riquezas para todos, mas que estrellas el cielo deja ver!»
Y exprofeso Pizarro tal lenguaje usó en esta ocasión, como solía, para ocultar á todos su doblez
y negra alevosía, y seducir de todos las pasiones; pero Almagro le dijo con desdén:
«¡Disculpas ó ilusiones....
imágenes hermosas,
lindas frases á fe....
pero malas acciones, y cual siempre, palabras engañosas!
¿Cómo presumir puedes, que lo conceda á la distancia el rey, cuando dices, que díjote en la corte, que no podía serme concedido,
pues quería que el mando
no fuese dividido^ sin llegar tú su intento á comprendere»
A este cargo imprevisto, confundido quedóse el falso amigo y vacilante, de pronto sin saber qué contestar; pero súbito oyóse
una voz alterada y dominante,
y á un hombre erguido y fuerte así exclamar:
«Basta, Francisco, hermano, de dar por demás satisfacciones.
que nuestro soberano
en su justicia recta, ó á su capricho premia y voluntad, de sus subditos todas las acciones. Si queréis, buen soldado, explicaciones,
el rey os las dará...
ú os mandará á prisiones,
que el rey sabe lo que hace; y cuanto antes podéis, si bien os place,,
pedírselas allá. Y sino lo sabéis, también os digo,
que de mi noble hermano la reina el escudo ha ennoblecido
con gracia liberal; y el hábito honorable de Santiago
también le ha conferido; y que si ya no obstante más honores,
es porque no ha querido
recibir otros más. ¡Y basta de explicación y pormenores, que hartos mi hermano repitiera ya!» ,
Y todos se miraron:
algunos sorprendidos y otros indignados, escucharon
á aquel nuevo quijote,
tan osado y procaz,
que más que caballero, á todos pareció un caballerizo,
por su porte vulgar.
¿Pero quién era aquel avenedizo de alta estatura y grueso y descompuesta faz: de pelo ya cenizo, boca gruesa, abultada, y de nariz carnuda y colorada, cual si fuese pintada con polvo de azafrán?
Era Hernando Pizarro, el mayor de los cuatro de Trujillo, y de bajas ideas, más torcidas
que el hilo de un ovillo, y rencoroso, impávido y procaz: con el débil, soberbio y altanero,
taimado con su igual,
y servil y rastrero con aquel, que pudiérale humillar: y este fué el miserable aventurero,
que allí, sin más ni más, para crearse fama de valiente entre esa para él extraña gente, osó al valiente Almagro provocar,
78 ---
' ' y sin comprender, que Almagro, aunque era bajo y tuerto, flaco y desfigurado, -^ como un perenne huésped de hospital, era un viejo soldado, que en poblado ó desierto, siempre sabía hacerse respetar.
Así es que Almagro, apenas al atrevido Hernando pudo oír; pues sintiendo la sangre de sus venas,
con ira rebullir,
y empuñando su espada, engrandecióse su figura airada, ya á mandobles queriendo discutir; pero el buen padre Luque y sus amigos
en medio se pusieron, y Pizarro y los suyos consiguieron
que Hernando diese al fin una satisfacción cumplida á Almagro;
empero al separarse, un marcado rumor de descontento, como nuncio de pronto rompimiento, en unos v otros comenzóse á oír.
Después que pasó esta escena, que ocultarse quiso en vano, llamó Pizarro á su hermano, V con actitud serena, y en sí una confianza plena de á su hermano avasallar, para otra vez evitar el que fuera un majadero, entre cumplido y severo, asi comenzóle á hablar:
«Tu proceder indebido, ' al salir á defenderme, cual si fuera un ser inerme ó algún cobarde corrido, bien pudo haberme perdido, si mi valor no estuviera probado ya por do quiera, ¡qué por Cristo ó belcebú, soy tan hombre como tú, para lidiar con cualquiera!
Debiste, pues, comprender, que no fué, entonces, por miedo, sino demostré denuedo, cuando no era menester, sino muy prudente ser; porque él tenía razón, y en esta mi expedición
su concurso me hace falta, porque encabeza y exalta á una entusiasta legión.
Necesito entretenerle, mientras me llegue á ayudar: él no hará más que chillar, y yo sabré complacerle, sin nada real cederle, como al niño, que con maña, con un juguete se engaña, y esperará mi promesa, hasta que yo de mi empresa dé concluida la campaña.
;,Dirán que esto es felonía con el soldado y amigo? Pero ¿quién jamás abrigo, cuando mi fe se extinguía, entre una eterna agonía, generoso me brindó? ¡Lo mismo ahora hago yo! Y tan solo á mis hermanos debo tenderles mis manos, y no á aquel, que me ultrajó.
Precavido y desconfiado hace á todo hombre infeliz, cada moral cicatriz, que el alma le ha destrozado: yo mi tributo he pagado de lágrimas y tormentos; y hoy, en alas de los vientos, subo á celestes regiones, sirviéndome de escalones.... de otros hombres los lamentosl
En mitad de mi camino, nadie se oponga á mi intento, que seré yo como el viento, que le arrastre al torbellino: propicio ya mi destino secunde mi noble audacia, que la envidia y la falacia halláranme siempre en vela..., porque es una gran escuela, la escuela de la desgraciaba
Así Pizarro, ingrato,
con hiél y felonía, de su engañado amigo se burlaba,
y de sí propio hacía
un perfecto retrato, envanecido con los regios vientos
— 79
déla alta aristocracia, : \ívr : y de la corte el zalamero trato.
Como un bautismo de divina gracia, el hombre, que es perfectamente grande por sus nobles y puros sentimientos, se eleva y purifica en la desgracia;
y no fué así Pizarro, que aunque héroe fué de hazañas á millares, no era, no, su alma de oro.... era de barro, y de instintos villanos y vulgares!
Entretanto, de Almagro los amigos y buenos compañeros, le pidieron: —que sin Pizarro hiciera la conquista,
poniéndose en acción; y dos naves y fuerzas le ofrecieron, que en Nicaragua prontas se encontraban, Hernando Ponce y otro Hernando Soto,
vecinos de León
y ricos propietarios; y que ellos tomarían una parte
en esa expedición, antes que consiguiesen sus contrarios invadir la riquísima región.—
E iba ya el convenio á celebrarse,
y en seguida á marchar
Almagro, Ponce y Soto;
pero en aquellos días
regresó á Panamá
don Gaspar de Espinosa, quien dio para la empresa primitiva
un fuerte capital; y como á él ni á Luque convenía
el que se disolviera la antes escriturada compañía, ambos, pues, trabajaron con afán,
para que los dos jefes á reanudar volviesen su amistad, haciéndoles palpar: — cuan bochornoso
para los dos sería, como para la empresa peligroso,
que aislado cada cual, esa larga campaña comenzase,
marchando en desacuerdo
las fuerzas divididas,
sin homogéneo plan, haciendo peligrar preciosas vidas,
y llegando quizá
hasta el culpable extremo de tenerse por fin que hostilizar:
y que el mismo monarca
tendría muy á mal.
que antes de comenzarse la conquista,
á todos desuniese la disolvente y ruin rivalidad; ; • •
lo que servir podría de pretesto,
y con razón fundada,
para que nulo fuese
el convenio real, y transfiriese el rey este convenio
á su amplia voluntad! —
De Pizarro en el ánimo influyeron tan prudentes consejos y tan sanos,
y obhgado quedóse:
— á no solicitar cosa alguna para él ni sus hermanos, hasta que á Diego Almagro se le diese
otro gobierno igual, en tierras donde el suyo concluyese; y el oro y plata y todos los productos
dividirse además, entre los tres primeros asociados, con arreglo al convenio primordial.—
Y sin mucha resistencia, ni usar elocuente prosa, pudo Gaspar de Espinosa convencer y reducir
al ofendido don Diego, á que ofensas olvidase y la propuesta aceptase, sin otra cosa exigir.
Y como don Diego Almagro era bueno y generoso, cuanto ingrato y ambicioso fué su pérfido rival,
aceptó, sin desconfianza, de Pizarro la promesa, y contrájose á la empresa como honrado y leal.
Reconciliados ya los dos caudillos, todos al fin pudiéronse entender, y no dudaba Almagro, que la corte, como á Pizarro honrárale también.
Procedióse á la venta de los buques, que se hallaban anclados en el Nombre de Dios, y con su importe, en Panamá comprados en breve fueron tres: y reinando entre todos el contento, dotáronse de equipo y armamento, sin gran dificultad;
— 80
porque á la vez ya todos trabajaban
" con incansable afán;
y entre potros y muías se embarcaron
veintisiete animales;
y listos se encontraban
también en Panamá,
ciento ochenta y tres hombres
con buenos oficiales, esperando el instante de marchar.
¡Este era el contingente, pobrísimo en verdad, con que iban, confiados en sí propios, un medio continente, ignoto á conquistar!
Habíase resuelto,
que don Diego de Almagro también ahora se quedara allí, para ir remitiendo lo preciso,
y en seguida partir
con los aventureros', que iban á llegar de Nicaragua, y en la empresa queríanle seguir.
En diciembre oeintisiete, Pizarro y Almagro en pos, su escasa hueste llevaron, cual entusiasta legión, su estandarte y sus banderas á la ya iglesia mayor, en donde se bendijeron con salmos y santa, unción, al repique de campanas, de músicas y el tambor, y entre vítores y fiestas del pueblo, que allí acudió á mirar á esos valientes, honra del suelo español: y al siguiente día, que era
para contento mayor, !
día de los Inocentes y I
fué la hueste en procesión |
al templo de la Merced;
se confesó y comulgó, ^
hubo una misa cantada,
y predicóse un sermón
por el fraile Juan de Vargas,
quien con elocuente voz
é ideas conmovedoras,
el mérito les pintó
de lidiar en los desiertos
por su patria y religión,
y por do quiera extender
su bello idioma español,
para dar fama á sus reyes
y glorias á su nación.
Y otra vez el fraile Vargas á aquella hueste volvió^ que entusiasmada le oía,
á echarle su bendición; viéndose en todos los rostros brillar la fe y el valor, cual si inspirados se hallasen por el gran poder de Dios!
Y en los primeros días del año mil quinientos treinta y uno
lanzáronse á la mar, sin que ideas sombrías la fe ni el entusiasmo de ninguno hicieran vacilar.
¡E impertérritos fueron adelante, dignos grabando en la española historia
un hecho colosal; porque cada soldado era un gigante,
sediento de esa gloria,
que hace al hombre inmortal! l'¿
r "í
Como joven poeta, que ha gozado del hálito abrasado de una ardiente, bellísima mujer, en suavísimo lecho perfumado, y recuerda esas horas de placer.
que renovar ansia; así Pizarro, con sus tres bajeles, para Túmbez la proa dirigía, anhelando llegar á los dinteles
de la indiana ciudad,
fWH
que del Perú mostróle las riquezas
variadas y esplendentes; pero contrarios vientos y corrientes
frustraron su deseo,
y llegó á fondear
al puerto San Mateo, que un r/rado al Norte déla línea se halla;
y en orden de batalla allí se resolvió á desembarcar.
Y por la costa, siempre marchando siguió la hueste, mientras las naves, no de ella lejos, también seguían su rumbo al Sud; mas los arroyos, malos caminos, constantes lluvias y un sol de fuego, les obligaron á que marchasen con lentitud.
Por fin llegar pudieron á un vasto caserío de Coague en la provincia, v allí descanso hallar; pero inmediatamente corrieron á los montes los asustados indios, al verlos penetrar, con muías y caballos y aspecto de invasores, cual si á esas pobres chozas fueran á saquear; y en ellas encontraron adornos de oro y plata, y muchas esmeraldas, porque era la región en donde, en abundancia, hallábanse esas piedras, que mal aconsejados respecto á su valor, probaron los cristianos á golpes de martillo, por ver si finas eran ó vidrios de color. 74
Y hallándose el curaca oculto en una choza, indújole Pizarro, que hiciera allí venir
á su dispersa tribu, ' ¡}^^ ' ^ ' ■' y'-^'; ;
que mansa y obediente
sus frutos presentando,
tributo fué á rendir;
y luego en sus canoas
de víveres repletas,
también á los bajeles
corrieron á surtir.
Oro, plata y esmeraldas reunió Pizarro en montón, y el quinto para el monarca, como siempre se apartó; y entre el jefe y los soldados distribuyóse el botín, según le correspondía á cada cual recibir; y veinte mil castellanos mandó para Panamá, para de fuerzas y aprestos el envío acelerar, comprendiendo que aquel oro era el camino mejor para atraer á la gente y aumentar su expedición. Y partieron las tres naves con tan buena cantidad, en busca de más reclutas, para después regresar.
Después que los buques del puerto salieron.
Pizarro á su gente la dio algunos días descanso y solaz: después por la costa su marcha siguieron;
pero era imponente seguir el camino, las playas cruzar!
Ardientes arenas, que vientos movían....
reflejos del sol, y rayos, que á plomo, cual fuego caían, sobre la armadura, justillo y morrión
de cada adalid, postraron la hueste de aliento terrible,
y fué ya imposible que seres humanos pudieran seguir!
Y para colmo de males, cundió en la sufrida hueste una mortífera peste^ que allí jamás se sintió, y rápida la diezmó. Alegres, sanos y buenos se acostaban los soldados, y al siguiente día hinchados,
— 82
y de verrugones llenos, en pocas horas morían: algunos, desfallecidos, • entre dolores gemían; y otros postrados, tullidos, por el suelo se arrastraban; y aquellos que decididos las verrugas se pinchaban, creyéndose así salvar, tanta sangre derramaban, tales tormentos sufrían al quererla restañar, que ulcerados espiraban en breves horas también, cual si un labio frío, inerte, v una tierra maldecida, fuesen soplando la muerte V exterminando la vida, que impulso dá á cada séi'.
Y por toda la ribera, entre las tribus cundiera la peste del invasor, como guadaña infernal.... como el augurio fatal
de algún ángel destructor!
Y después de siete meses vieron un buque llegar, conduciendo provisiones
y algunos reclutas más; v á los altos funcionarios, que no pudieron zarpar, cuando Pizarro lo hizo: al tesorero real don Alonso de Riquelme, hombre de aliento y capaz, al veedor y contador y otra gente principal, que llegó á la triste hueste ayuda y aliento dar.
Y tan oportuno auxilio, creyendo providencial, hacia Túmbez á la vela púsose Pizarro ya;
y llegóse á Puerto Viejo
sin sufrir contrariedad,
donde la suerte tuvieron
que los llegase alcanzar
don Sebastian Benalcázar,
rico y experto oficial,
que con treinta hombres y un buque,
que en Nicaragua hizo armar, salió á ofrecer á Pizarro
su espada y su capital.
De Guayaquil por la risueña costa, j parecía mostrarles la fortuna
risueño su semblante, pues sin sufrir contrariedad ninguna, llegaron á enfrentar la isla de Puna,
de Túmbez no distante.
Y Tómala, el cacique de la isla, haciéndose en sus balsas á la mar, salió á ofrecer al jefe castellano
su hospitalario hogar.
Mas dijeron al jefe sus intérpretes: —que tal ofrecimiento no debía acceder, pues del indio el intento era cortar las cuerdas de las balsas, y en las aguas hacerlos perecer. —
Y por Pizarro siendo interrogado,
con tal candor negó .
el haber abrigado
tan pérfida intención; que con su hueste en la ligeras balsas
entró sin vacilar,
y sin tropiezo alguno en la isla llegaron á bajar.
Es la isla de Puna un cuadrilongo de cuarenta kilómetros de largo por unos veinte de ancho; y no su tribu cual las otras en mísero letargo
indolente yacía, contemplando las nubes y la mar, sus campos y sus cerros blanquecinos, y su fúlgido sol al declinar: era asaz belicosa, y sostenía
desde siglos atrás, una sangrienta y prolongada guerra
por costas, mar y tierra con los indios de Túmbez, sus vecinos, sin que hubiese cejado en su actitud, aunque al fin se encontrase sometida
al Inca del Perú.
Y esta isla de Puna por entonces hallábase cubierta de árboles majestuosos colosales; y parecía interminable huerta,
'^k
83 —
donde todos los frutos tropicales, ^^^^^' :;f ' embalsamando al aire de ambrosía, x.
desplegasen sus galas á porfía.
Porque si esos isleños belicosos lanzar sabían dardos matadores, desde angostos esquifes voladores,
con suma agilidad, eran al mismo tiempo agricultores, trabajando en la guerra ó en la paz.
Aquí los castellanos, en tan grata, riquísima mansión, agasajados fueron como hermanos:
limpias casas tuvieron, V sabroso alimento á discreción:
de nada carecieron, y aquí esperar Pizarro resolvió el refuerzo de algunos voluntarios,
y á su resuelta gente
dar aliento y quietud; pues hallábase aún convaleciente para poder sus planes temerarios
llegar á realizar;
y con más prontitud
y más seguridad,
invadir al Perú.
En cuanto supieron los indios de Túmbez, que hallábase en Puna el jefe español, á la isla partieron, presentes llevando,
y de él implorando los gratos recuerdos, que allí les dejó.
Celosos, entonces, los bravos isleños, al ver que Pizarro les dio su amistad,
al huésped miraron con torv(~> recelo, y á los ribereños
altivos vedaron
la isla pisar.
Y con desconfianza miraron la hueste, que há poco á esas playas llevara la peste,
que hasta ellos llegó; pues ya no esperaban tener por aliados
á aquellos soldados, que al oro y la plata tenían por Dios.
Y otra vez á Pizarro los intérpretes de un tenebroso plan á los de Puna
volvieron á acusar; y cercando Pizarro al conciliábulo de Tómala y sus jefes congregados,
descubrió la verdad.
Y á uno.< die^ cabecillas y al cacique prisioneros á Túmbez remitió; y en Túmbez les cortaron la cabeza, que tal oez para eso los mandó, ateniéndose al dicho general: — conviene dividir para reinar. —
Mas la tribu de Puna, enfurecida, sintióse de despecho extremecer, la muerte de sus jefes al saber,
y á las armas corrió, atropellando sin temor alguno á la extranjera y díscola legión.
Cual de insectos densa nube, en torno girando sube y entolda la luz del sol, así de Puna la indiada fué acometiendo apiñada, al campamento español.
Mas como al irse elevando del fúlgido sol la luz, va en el cielo disipando de las nubes el capuz, así mil claros abría, entre la indiada bravia, el fuego del arcabuz.
Pero á arcabuces y aceros oponían los flecheros su arrogante intrepidez; y tres 6 cuatro soldados quedaron allí postrados, los que murieron después.
Entonces Pizarro, Hernando, que ya á la caballería como jefe dirigía, los fué á todos dispei'sando, como rayo irresistible; pues al aspecto terrible de esos monstruos espantosos, que hollaban vivos y muertos, se internaron presurosos, en sus bosques y desiertos, frenéticos gritos dando, cual de una fiera el rugido, y en el suelo quedó Hernando, de- una pierna mal herido, entre aquella confusión, do logró salir con vida; pero de su grave herida larga fué la curación.
".■■:y:
Se dijo:— que San Miguel, con su espada y su broquel, de pronto se presentó en el campo castellano y la victoria les dio; porque vióse en el indiano * con su falange á Luzbel,
favoreciendo al inñel y haciendo guerra al cristiano, con inaudita impiedad; y que Pizarro devoto, hizo agradecido el voto de erigir una ciudad, por tan visible favor, á ese santo protector de su ñrme heroicidad. — 75
Mas no esta victoria sacólos de apuro, ni asilo seguro tampoco les dio, que más cautelosa, de noche y de día la tribu volvía cual ñrme ladrón.
Los campos talaban, llevándose todo; las chozas quemaban V huertas también: y á aquellas partidas que al campo salían, de ocultas guaridas no daban cuartel.
Sin paz ni descanso la hueste invasora, de víveres falta ni auxilios tener_, se hallaba circuida, do quiera sus plantas, en grupos ó unida, osara poner.
Y combatidos por contraria suerte en esta isla á orillas de la mar, y en una situación tan sin salida, en que luchan los bravos con la muerte, y lloran los cobardes por la vida, vanos eran esfuerzos temerarios, contra tantos astutos adversarios, sino firmes, socorros esperar: y rápidas, al fin, vieron llegar
dos lindas carabelas, al aire dando sus rizadas velas,
y unos cien voluntarios, i
üioeres y caballos además, \.
que comandaba don Hernando Soto, ■ sugeto de gran fama en Nicaragua
y experto capitán, que descubriendo al rio Misisipe, supo adquirir después celebridad.
Con refuerzo tan valioso, vio Pizarro renacer nuevo aliento poderoso entre su gente fiel; y al isleño, amedrentado y sorprendido otra vez con el refuerzo llegado, á sus guaridas volver.
Por los enviados de Túmbez supo con grande alegría: — que diezmaba la anarquía al imperio del Perú, y que Huáscar y Atahualpa el mando se disputaban y con el brío lidiaban de inexperta juventud. —
De buen augurio tal nueva para su empresa juzgó, y embarcarse para Túmbez oportuno ya creyó; porque con sus elementos y los traídos por Soto, bastantes creyó tener para fundar los cimientos, en aquel imperio ignoto, de su conquista y poder.
Hizo Pizarro en las indianas balsas trasportar los pertrechos militares, los comestibles, muías y caballos; y él y su gente en los pequeños buques para Túmbez contentos se embarcaron; mas la balsa primera, que entró al puerto, cercada fué por las piraguas indias, y de ella arrebataron tres soldados, que custodiando fueron los pertrechos, y á los vecinos bosques conducidos, entre algazara asesinados fueron; aunque al narrar este hecho otros autores refieren: — que los indios obsequiosos á su albergue á bajar los invitaron.
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.,' ivf-ilíísa-isfes'áíísií^sSiiwf-/
- 85 —
y cuando ya se hallaban en sus chozas, todos sobre ellos sin piedad cayeron; sacáronles los ojos y en pedazos sus divididos miembros los echaban en grandes ollas á la lumbre puestas. —
De otra balsa también se apoderaron, donde iba de Pizarro el equipaje; mas como dieron los soldados voces, á los suyos auxilio demandando, corrió Hernando Pizarro y sus jinetes, recién bajados en aquella costa, á prestarles su ayuda; pero había un extenso pantano de por medio, cuyo fondo era blando y cenagoso, del mar por la bajante producido; pero á Hernando y su grupo de jinetes no el peligroso obstáculo acobarda: meten á sus bridones las espuelas, y como si entre el fango galopasen, á pisar tierra firme al fin llegaron; y ante esa aparición y audaz sorpresa,
el ataque los indios abandonan, ^ ;^ ^^^ y fugitivos á sus selvas corren. ^ /
*>: ■ ■ ■ " ■
Poco después desembarcó Pizarro, y con sorpresa supo aquel ataque de esos cumplidos indios, que hasta entonces habíanle obsequiado y que mostráronse desde el viaje anterior buenos amigos.
^„Cuál era, pues, la causa misteriosa de aquella transición, de tal conducta? Es que acaba de saberse en Túmbez el saqueo de Coaque, vergonzoso; y ellos previendo, que la misma suerte su pueblo iba á correr,— harto indefenso por las guerras de Puna y la anarquía, que de allí los arqueros le llevaban,— prefirieron el golpe dar primero, para alejarlos de su hogar tranquilo, y también evitar la alevosía de aquella estraña gente, codiciosa, que protección, traidora les brindara.
153^
La hueste invasora, formada, en Túmbez entró con temor, creyendo encontrar á esa tribu dispuesta á un ataque feroz; mas sola, cual ruinas de un pueblo, que un aire letal azotó, se hallaba esa Túmbez preciada, su aspecto causando pavor.
Vacío el gran templo se hallaba, las casas y chozas también, pues todos aquellos objetos, que un algo pudieran valer, consigo llevóse la indiada, ya experta y hostil esta vez, quemando los víveres todos, al irse alejando en tropel.
Con suma codicia la hueste, de chozas en chozas pasaba, y el oro y la plata buscaba, mas nada en ninguna encontró: al fuerte y al templo sagrado
sus pasos dirije anhelante,
mas cual sombra, que huye espirante,
pelados los muros miró.
Aquella risueíla ciudad, que rica pintaban do quier, cual de oro magnífica edad, ahora llegaban á ver mentida v soñada deidad.
Ni un eco se oía aflictivo en ese espantoso desierto: y si antes un pueblo hubo activo, hallábase ya como muerto.
Fantasma engañosa, que inspira demencia que exalta y delira, los nuevos reclutas creyeron los cuentos brillantes que oyeron, • palpando la horrible mentira.
No encontrando el oro ansiado, que buscaban
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á orillas del mar del Sud, hizo al grupo reclutado por Benalcázar y Soto,
que agobiado
vacilase
y dudase ' si en aquel desierto ignoto existía ó no el Perú; y sus fábulas extrañas y de oro y plata el runrún, tan solo fuesen patrañas de ignorante multitud.
Y hubo un momento terrible de amargura y desconsuelo, al ver solo tierra y cielo, bosques, desiertos y mar; y que el oro y las riquezas, que con tanto afán buscaban, ya más de ellos se alejaban, cuanto era mavor su afán.
En tan críticos instantes, en que los vio vacilantes de su alta misión dudar, no Pizarro de la suya dudó un momento jamás;
y su aliento
sobrehumano supo de nuevo infundir, como el poderoso viento, que hace á los robles gemir; y aunque fuertes vendavales siembren destrozos y males,
vése al fie, que coposos y altaneros logran siempre resistir: así esos bravos guerreros del jefe al oír la voz, entre esos restos sombríos recobraron nuevos bríos y renació su valor.
A una resuelta partida
Pizarro envió á contener la huida de la tribu fementida, que amistad le prometió:
v allí volvió una parte, sometida, á rendirse al español.
Viéndose en ella al curaca, confundido
SU conducta explicó así: — que fué desobedecido, como era de manifiesto, siendo al dictamen opuesto de aquel movimiento hostil: y á una fracción disidente, que allí de Huáscar estaba, esa perfidia inculpaba; y á un saqueo reciente, que con audacia y fortuna sobre su Túmbez llevó la brava tribu de Puna; — y á Pizarro prometió:
— que obediente, V con toda lealtad, vendría al punto su gente á someterse á su plan.—
Como ya por su experiencia sabía el jefe español, que el medio de atraerse al indio no era el injusto rigor, ocultó pues su despecho, y dióse por satisfecho con aquella explicación engañosa y mal fraguada, y al curaca le pidió: — que hiciera allí regresar á su tribu dispersada; — la que humilde y resignada en el pueblo volvió á entrar.
A varios indios Pizarro con anhelo interrogó: — sobre Molina y aquellos, que en su visita anterior, en esas playas y en otras, el dejar condescendió; — pero turbados los indios, cayendo en contradicción, los unos decían tímidos: — que habían ya todos muerto de enfermedad epidémica: — otros: — que allá en el desierto, oro y plata buscando ávidos;— quienes: — con noble coraje, en esa su guerra púnica, ó en castigo del ultraje; que temerarios y lúbricos y en desmanes sin ejemplo, quisieron hacer sacrilegos á las vírgenes del templo.—
Y á Pizarro dio un infiel
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un viejo y sucio papel, que como joya tenía, y en claras letras decía á manera de cartel: «Advierto, sea quien fuese, quien á esta tierra viniese, ó á quien este papel haya, que este suelo es un tesoro, y tiene más plata y oro, que hierro se ve en Vizcaya».
Nadie en la autenticidad del sucio papel creyó, que con tal formalidad el indio les presentó; ni á lo serio tomaron aquel misterio, sino que creyeron todos y corrió la voz así: — que eso era para engañarlos, V uno de los muchos modos empleados para halagarlos y retenerlos allí: — y obra todo de su jefe creyeron aquel ardid.
El febriciente espíritu guerrero del gran conquistador,
mal con la espera y ocio se avenía de estar en la inacción; y experto comprendía,
que en esfuerzos y luchas ocupado debe estar el soldado, que anhele nombradía;
y ponerse en campaña resolvió,
porque se indisciplina un campamento, estando en la inacción.
A los convalecientes dejó en Túmbez, y formó de sus fuerzas dos legiones para emprender las nuevas excursiones
y al país explorar: don Hernando de Soto al frente de una partió de allí, con orden de llegar
hasta las verdes faldas de la extendida sierra colosal;
y él, llevando en su alma el devorante anhelo de la gloria y del buen jefe previsor la calma, y en su estandarte de la guerra el rayo,
con la otra salió
en dieciseis de Mayo del año mil quinientos treinta y dos.
Frutífera esa marcha fué al cristiano al cruzar las aldeas y caminos,
en dulce paz;
pues el tranquilo indiano á ofrecerles sus víveres corría
y humilde hogar.
Era aquella la zona floreciente, que dieron en llamar tierra caliente,
por ser rica y feraz; y vieron y gozaron anhelantes de los sabrosos frutos y abundantes
del suelo tropical. Proclamaba Pizarro: - que venía á hacer rendir á Dios santo homenaje
en toda esa comarca; — y á los absortos indios exigía: — que prestasen humilde vasallaje
á su insigne monarca, —
Y como tribu alguna se opusiera á ese para ellas misterioso arcano,
pues nada comprendían, ya, sin otro motivo, las creían sdbditas del monarca castellano. 7()
Esa fe en su poder, esa confianza, que inspiran la osadía y el valor y alienta á la esperanza, siempre el éxito alcanza, y á Pizarro cumplido se lo dio.
Y Pizarro, procurando conservar siempre la paz,
pues comprendió que era el medio más seguro de avanzar, anduvo, muy complacido, aquel hermoso distrito recorriendo má-í de un mes; y en el valle Tangarala, que unas treinta leguas se halla de Túmbez v al Sud se vé, comenzó á fu^rdar un pueblo, como asilo y. campamento, dedicado á San Miguel.
Y observó que de aquel valle mas de un arroyo saliendo con sus corrientes al mar,
era un excelente punto para ponerse en contacto con Panamá y sus bajeles; y habiendo por agua enviado
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á buscar el resto á Túmbez,
á edificar comenzóse
la nueva ciudad trazada.
Procuráronse maderas y piedras de todas clases de las canteras y bosques más cercanos y tupidos, y el plantel de un nuevo pueblo surgió como por encanto: alzóse una fortaleza para resguardo y maestranza, y construyéronse un templo y casa de ayuntamiento, con regidores y alcaldes y empleados municipales: repartióse el territorio y dióse á cada vecino cierto número de indígenas para hacer labrar sus tierras, en recompensa debiendo en los misterios instruirlos de la santa fe católica.
Y fundir hizo Pizarro los adornos de oro y Plata, que recogió en ese viaje; y después de separar el quinto de la corona, manifestó á sus soldados: — que cada cual le cediese por poco tiempo su parte, pues para gastos de guerra preciso le era el dinero;- - y condescendieron todos, ya en el éxito propicio mas confiados y seguros. Y Pizarro á Almagro envióle el oro y plata fundidos, y pidiéndole permiso: - que cuanto antes le mandara los esperados refuerzos, para acelerar su marcha hasta el palacio del Inca.—
Observóse al poco tiempo, que era mal sano el paraje donde el pueblo se fundaba, y trasladóse á la margen del hermoso río Piura; y aunque no ya de importancia, se conoce este paraje por de San Miguel de Piura,
y cual la primer colonia, que los cristianos fundaron de los Incas en el reino.
Nuevo reparto de tierras hizo Pizarro también, y á don Hernando de Soto de Túmbez cedió el distrito, queriendo así demostrarle su gratitud y su aprecio; y ya Soto de regreso, también con oro y con plata, díjoles: — haber llegado hasta el gran camino hecho en esa inmensa montaña, después de algunas refriegas con los arqueros serranos, que dóciles se le unieron, al conocer la importancia de las armas españolas; y que contestes los indios, dijéronle que Atahualpa, teniendo ya prisionero á Huáscar, rival v hermano» acampado se encontraba con su ejército triunfante, muy selecto y numeroso, como á die:^ días de marcha desde la nueva colonia. —
Estas noticias breves y exactas, que trajo Soto de su excursión, para Pizarro, puesto en campaña, fueron ya un dato de gran valor.
Porque veía, que no podría vencer como antes, por el rigor; pues un puñado, mal acampado, era tan solo su audaz legión.
Y victorioso y envanecido el Inca estaba de su poder; y un ejército
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— ■ 89 —
reconcentrado, le proclamaba único rey.
Ya en detalle no podría con las tribus lidiar,
pues el Inca le opondría su falanje colosal.
Tales fueron los temores, que Pizarro concibió; como nubes entre albores, cuando asoma lento el sol.
Vacilando
y girando
sus ideas
como teas que hace el viento flamear, así confuso quedó;
mas su mente
de repente sugerióle un nuevo plan, y confiado lo aceptó,
— Como enviado respetuoso V afectuoso de su rey, ante el Inca marcharía y sabría proceder.
Así cauto, yendo en paz, ' presumía que obtendría su amistad. —
Y al Inca, fantasma que pasma en poder, de cerca buscaba
y ansiaba tener.
Cual tigre, que acecha con garra mortal, quería deshecha su borla mirar.
Ya el momento solemne se acercaba, como una luz velada entre vapores: ya del tiempo el reloj fijo miraba muertes, victorias, crímenes y horrores: ya el progreso sus focos irradiaba y la fe y religión sus resplandores; y unidos se expandían, victoriosos, en los floridos bosques misteriosos del dilatado imperio del Perú! ¿Eran la bendición, la paz de Dios, que descendían en humana voz^ ó el rugir infernal de Belcebúi*
¡Era el poder omnímodo y divino.... del Hacedor, arcano asaz profundo.... la ley inexorable del destino, que impulsara á Colón en su camino, y se cumplía ya en el nuevo mundo!
Y á cumplirla iba Pizarro, como esas hojas inertes, que caen secas en otoño, y amontonadas y leves arrastran ligeros vientos, remedando á los torrentes: y animoso salió el día veinticuatro de Septiembre, con su entusiasta falange, y como d los cinco meses de su desembarco en Túmbez y ataque de los infieles: por toda fuerza llevaba setenta y siete jinetes, ciento diez de infantería y sus hermanos y jefes: 77 era un átomo de ejército en esa tierra caliente.... un débil leño, sin remos, que se sumerge y se pierde en las ondas espumosas.... ó gota, que se desprende de una nube pasajera,
és^i^Li^ai^íi .
t.VJ j,.,iÉkíitlfeíáfc4». jdícii'
— 90 —
sobre un arenal ardiente.... era un loco, que á otros hace, y que como él se creen reyes en su triste manicomio.... era el vacío.... la muerte, según la opinión del mundo y como juzgarse debe, si las cosas resultasen tales cual llegan á verse; mas do quiera hacen prodigios el genio y la fe potentes, é imponen en todo el Orbe sus concepciones y leyes; y tal era de Pizarro el grupo de sus valientes!!!
Y en San Miguel se quedaron con un resuelto piquete, !
el veedor y tesorero |
y los empleados y gente de la corona en servicio, guardando sus intereses, y para que el adelanto continuase, y se extendiesen la religión y el idioma entre las indianas huestes: y don Antonio Navarro, contador, quedóse al frente del mando de la colonia, con orden: — que á los infieles como amigos los tratase, y ya en nada se ofendiesen.
Partió el audaz Pizarro con su legión valiente, buscando rectamente el más breve camino, que al regio campamento pudiérales llevar; y el río cristalino, mecido por el viento.... las aguas temblorosas del Piura sollozando, y el valle entristecido veíanles pasar, su marcha apresurando, contentos y afanosos, pues iban orgullosos al Inca á destrozar.
El Piura vio alejarse á aquella extraiía gente, y en la región sonriente solícita internarse, de huertas y plantíos colmadas por do quier.... de arroyos y de ríos, de plantas delicadas, erguidas y cuajadas de mil preciosas flores, vertiendo sus olores, como en cerrado harem.
De campos siempre verdes de ricos vejetales, y de árboles frutales del clima tropical: de seibos y palmeras y el plátano, ananá, y ricas sementeras del muy rico Ecuador, y espiga amarillenta de indígeno maiz, que pródiga natura se ostenta ufana allí, colmada de hermosura por dones de su Dios.
A veces los guerreros, después de verdes llanos, hallábanse en pantanoso en árido arenal; ó en bosques seculares, gigantes y altaneros, oyendo embelesados los trinos y cantares de pájaros pintados con gala tropical.
Y en chozas y cabanas, aldeas y ciudades del indio recibían primicias y bondades,
hogar y finas ropas; y al quinto día hallaron un valle delicioso, en donde al fin Pizarro, cual siempre cuidadoso descanso dio á sus tropas.
Del jefe prevenido la vista vigilante notó que alguno que otro se hallaba vacilante, aunque era el entusiasmo ya casi general; y no quiso en su tropa dejar esa semilla, que cunde y va royendo cual sórdida polilla, y un medio buscó digno y súpulo encontrar.
Pizarro poseía la enérgica elocuencia del jefe denodado, que franco y varonil, conduce á la victoria, ó enseña al buen soldado, que debe de alcanzarla ó debe de morir!
El alba apenas rompía de opacas nubes su valla cuando en orden de batalla su gente el jefe reunía, sobre una floresta umbría de perfumada pradera, y como trompa guerrera de un eco, que poderoso, llena al valle delicioso la arengó de esta manera:
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«Al fin, bravos compañeros, la rica tierra pisamos do decididos estamos, como invencibles guerreros, ante míseros arqueros, á que esta bendita tierra, por la paz ó por la guerra sea del reino de España.... hay que ir á esa montaña.... hay que cruzar esa sierra!
Hay más, fervientes criastianos... hay que vencer ó morir, y sed y hambre que sufrir en desiertos y pantanos, cual leones castellanos: hay al Inca.... rey ó mono de los infieles patrono^ que presentar nuestra cruz al fulgor del arcabuz, para enclavarla en su trono.
Y aquí, como en otro punto, vuestros constantes servicios serán siempre sacrificios, tributados en conjunto.
y de esta empresa el trasunto; y el que no pueda, doliente, soportar humanamente esta campaña cruel, puede irse á San Miguel á reforzar nuestra gente.
Y aunque aquella altiva sierra no pisen, no, los primeros, cual cristianos y guerreros,
_ con la cruz de paz ó guíírra, tendrán igual fama y tierra é indios para el servicio, y el mismo oro y beneficio, que los que ansiosos de gloria
hoy conduzco á la victoria
ó á un sublime sacrificio!»)
Como aurora boreal que allá en los polos fulgura con indecible hermosura, tras larga noche eternal, ■ así un: — ¡Viva el general! espontáneo, tierno y fuerte su tropa unísona vierte, que su alma y fe cornprendía.... ya, pues, llevarla podía
V á la victoria ó la muerte!
De brillantes resultados y decisivo fué el plan de tan hábil capitán, al sondar á sus soldados, de todo auxilio apartados . de la alta sierra al dintel; pues dejando á su cuartel, do nada grande sintieron tan solo nueve salieron en busca de San Miguel.
Y aunque con menos gente en torno se veía,
mas siendo en realidad más poderoso, prosiguió al interior resueltamente;
y entró al siguiente día en otro rico valle delicioso;
oculto en las entrañas, no de estériles cerros empinados, sí de verdes suavísimas montañas, do tranquilos pacían los ganados;
y en cuyo centro hallóse el pueblo de Zarán; y su curaca
dióles albergue en uno
de los tambos reales, que al Inca destinaba cada pueblo, en todos los caminos principales; y el curaca les dijo: — que Atahualpa, para engrosar su ejército invencible, de allí había llevado á los arqueros;
y que era muy posible que en Cajas, de do hallábanse linderos,
hubiese alguna gente.— Y hacia aquel punto despachó Pizarro
un destacamento,
que Soto dirigía, para inquirir del Inca el campamento, y el número de fuerzas, que tendría.
Y Soto partió ufano; pero el tiempo pasaba
Y Soto no volvía,
y lento para el jefe transcurría, que ansioso le esperaba; mas al octavo día
presentóse el buen Soto muy contento, con su destacamento, trayendo á un personaje
de grandes aros de oro en las orejas y muy bordado traje,
que del Inca en misión se presentaba,
y en cuyo nombre presentó á Pizarro
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íinas telas bordadas con plata y oro; dos hermosas copas
de piedra cinceladas, y algunos secos patos, cuyo polvo era el mejor perfume delicado
por el peruano usado:
— que su amo saludábale y pedía
con todo acatamiento, que esa egregia montaña traspusiera y á visitarle fuera á su gran campamento. 78
Quedó Pizarro en duda, si aquel presente tan mezquino y pobre
de un monarca tan rico, era exprofeso de su mente aguda, claro desprecio ó don de pobrecico, que las usuales reglas ignorase:
y si aquella embajada, para que al centro de las tribus fuese, era solo del Inca una celada.
Mas sea lo que fuere, en tal momento disimuló la ofensa, complacido, y contestó al enviado agradecido:
— que iría á visitarle al campamento á nombre de su rey esclarecido.—
Curioso el personaje: — el uso de las armas demandaba y de todas las cosas que veía
y objetos que extrañaba; por el móvil que alli les conducía, y en qué parte su patria se encontraba, y de qué gran monarca eran rebaño':? —
Pizarro satisfizo la natural curiosidad, que inspira
á todo ser lo extraño; y así, por un intérprete le hizo
saber cuanto deseaba, y también á su vez le preguntaba
lo que saber quería.
Sus intérpretes fueron esos indios que á España llevó y trajo, y tanto en la conquista le sirvieron.
Y al marcharse el enviado, regalóle Pizarro unos juguetes, un gran gorro de paño colorado,
tijeras y cuchillos, cascabeles y cuentas y paquetes
de dijes y espejíllos, y encargóle que al Inca le dijera: — que un gran monarca, allende de los mares^
92 —
el jefe de ellos era, que sabiendo del Inca los derechos y de su hermano Huáscar las traiciones,
á ofrecerle mandaba su sincera amistad y sus legiones. —
Del Inca al campamento, con sus dijes partió el indio contento; y á su hábil jefe refirióle Soto: — que al penetrar en Cajas con sus fuerzas, encontró á los arqueros preparados
para impedir su entrada; mas que al ver sus pacíficas medidas, recibióle pacífica la indiada,
y fueron obsequiados con vi '/eres, regalos y bebidas; y que un recaudador de la corona
les dijo: — que el monarca se hallaba en Caj amalea con su ejército, — que es hoy la Cajamarca, — del alta cordillera al otro lado, de los baños gozando tan famosos,
de aquellos manantiales; que sus arqueros eran numerosos, y de cincuenta mil escederían;
y que al cruzar un pueblo vio á varios indios por los pies colgados
de un gran árbol inhiesto,
como castigo impuesto,
por haber violentado
el asilo sagrado de las hijas del sol, que allí existía: que de Cajas pasó á Guancabamba,
ciudad más populosa, con sus casas de piedra bien labradas, no de chozas de barro mal cocido: que un río de corriente caudalosa,
cruzábala por medio, teniendo un largo puente bien construido; y que un ancho camino y enlozado, V con árboles de uno y otro lado, por inmensa distancia se perdía;
y el agua mansamente por acueductos sólidos corría; después, de trecho en trecho, unas viviendas prestaban hospedaje á los arrieros,
correos y viajeros, que el camino cruzaban por las sendas;
y que en grandes galpones se encontraban los víveres y prendas para surtir del Inca á las legiones.
Ya, pues, un español corroboraba el progreso y riquezas.
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que sin haberlas visto, antes creían, y ya nadie dudaba; y de contento locos,
soñaron con el oro del distrito
esos aventureros, • sin temer ni importárseles un pito del Inca los cincuenta mil arqueros.
Con todos los objetos adquiridos, y de sus movimientos dando parte, Pizarro á dos jinetes precavidos,
despachó á San Miguel;
y habiendo averiguado cual para Caj amalea era el camino
más recto y transitado, del Inca en busca prosiguió después.
A poco andar hacia el Sud, se encuentra al pueblo Motupe, en verde llano situado, y en medio de esas colinas, que ondulando suavemente, aproxímanse agrupadas, como guardianes ó avisos, de la base inmensurable de las altas cordilleras.
Desierto hallóse este punto, pues arqueros y curaca habían también salido el ejército á engrosar; y el jefe español aquí, á pesar de sus deseos de volar á Caj amalea, detúvose cuatro días.
Ante aquella mole inmensa, que para ir presuroso del Inca hasta la morada, trasponer era preciso, ¿sintió el heroico guerrero ese vértigo de muerte, que en el corazón produce todo lo que es imposible; pero es preciso hacerlo, para ya salvar la vida? ¿Esa altiva cordillera era quizá más grandiosa, que su ambición y heroísmo,
al contemplarla gigante,
y verse bajo su base
un maniatado pigmeo?
¿O como última esperanza,
soñó recibir acaso
de San Miguel ó del cielo,
algún refuerzo bendito?
¡Pero hombres como Pizarro,
cuando ya han formado un plan,
ni vacilan ni desisten, «
aunque tengan que estrellarse
contra un muro tan granítico,
como los Andes soberbios!
Partieron.... y al quinto día, animosos prosiguieron, entre una zona mezclada de llanuras arenosas y de campos esmaltados, que cristalinas corrientes y artificiales canales, con abundancia regaban, hasta llegar á la margen de un ancho, profundo río, cuyas aguas caudalosas interceptaban su marcha; y temiendo allí Pizarro que el paso le disputasen de opuesta orilla los indios, hizo en sigilo cruzarlo por su hermano á media noche, con un resuelto piquete, para así favorecer su pasaje y desembarco; y formando al otro día balsas, con ramas cortadas de una cercana arboleda, pasó así á toda su tropa, que de la brida llevaba á los caballos nadando; y peligroso y difícil
fuéles cruzar aquel río con las armas y pertrechos.
En la otra orilla ya todos, refirió Hernando Pizarro: — qu3 los indios al sentirle, en vez de hacer resistencia, despavoridos huyeron; mas habiendo á uno agarrado y negádose, obstinado, á contestar sus preguntas, hizo ponerle en tormento, hasta que al fin declaró: — que acampado el Inca estaba de Cajamalca en los llanos y parte más elevada, en tres porciones su ejército, preparado y dividido; pues sabiendo que la gente del invasor era poca, llevarla hasta allí quería para más pronto vencerla.—
Ya la sorpresa pasada, volvieron después los indios, y mezcláronse á la tropa, que atraerlos procuraba; y su curaca á Pizarro comunicó esta otra nueva: — que él mismo, por propios ojos, había á Atahualpa visto en la ciudad Guamachuco, como á unas cuatro jornadas de Cajamalca distante; y como cincuenta mil, calculaba fuese el número de soldados, que tenía. —
Inquietud causó á Pizarro tan contradictorias nuevas, y á un indígena propuso de aquellos que le seguían desde que hubo comenzado su campaña temeraria: — que del Inca al campamento pasara y todo observase, y fidedignas noticias brevemente le trajese.—
Con dignidad el peruano rehusóse á tal espionaje y contestóle á Pizarro: — que solo como un agente del general espaíiol
94 —
allá solícito iría,
trayendo todos los datos, !
que pudiera y él deseaba. —
A ello accedió Pizarro, previniéndole á su agente: —que al Inca comunicase, había á sus buenos subditos tratado con amistad; y que observara también, si los pasos peligrosos de la montana y caminos estaban ó no guardados por los arqueros del Inca, debiendo, todo al instante, comunicarle en secreto, por conducto de dos indios, que de confianza llevase. —
Tomada ya esta medida por el cauto general, volvió á emprender su camino, más tranquilo y animado; y después de tres Jornadas, hallóse aquella falanje de castellanos invictos al pie de la gran montaña, magnífica é imponente, en cuvas tortuosas sendas y cúspides empinadas hubieran solo bastado unos ágiles salvajes y de piedra unos montones, que arrojar de las alturas, para poder defenderla de ejércitos formidables; y al pié de aquella montaña tan imponente y grandiosa, á- su derecha se hallaba un llano y ancho camino, y en torno árboles sombríos, coposos y seculares, que á internarse convidaba en su liso pavimento, como la vaga sonrisa y los adormidos ojos de ardiente virgen lozana, al sensual placer convidan.
Algunos manifestaron: — la conveniencia y deseos de dirigirse hacia el Cuzco, el centro de las riquezas, según exactas noticias;
r^k-iiiífe ñy-h Vi í J&>r
3.IL ii-^-L
— 95 —
porque recto ese camino desde allí se dirigía á la capital del reino, donde estaban ios tesoros, y sin custodia ninguna, según los indios decían; y no ya exponer la gente, que tanto costó reuniría, á los miles de peligros y rigurosos trabajos del muy difícil pasaje de esa montaña eminente, con pertrechos y caballos. —
No así pensaba el caudillo, y el manifiesto deseo era á sus planes contrario: reunió, pues, á su falange, al pié de aquella montaña, tan imponente y grandiosa, y montando en su caballo y la línea recorriendo, así á todos dirigióse.
«Compañeros, que habeisme seguido, de esta egregia montaña hasta el pié; allí un fácil camino hasta el Cuzco, como un bello paisaje se vé.
Pero el Inca en su campo me espera, pues ya al Inca mandamos decir: —que en el nombre del rey de Castilla á ofrecernos debíamos ir. —
^^Qué dirá de nosotros el Inca, si hasta el Cuzco nos viese correr, sus riquezas y goces buscando, como siervos de inmundo placer?
¡Cuando menos.... que somos ladrones, ó tenemos cobarde temor de mirar sus salvajes reunidos, custodiando al gran hijo del sol!
Yo no quiero.... y tampoco vosotros,
que tal piense ese déspota infiel
que nos vea escalar esa cumbre, y se postre, temblando, á mis pies!
¡Esto exige del rey la bandera.... esto pide también nuestro honor, y la gloria, que todos buscamos, y la fama de todo español!
Hasta entonces, amigos y hermanos, no haya alivio ni muelle quietud.... combatimos por Dios y la patria, y llevamos su espada y su cruz....
Y Dios salva á sus hijos queridos, aunque lidien de á uno con cien: ya la hora sonó en este imperio.... que se adore su cruz y poder!»
Y alzó Pizarro en su diestra el estandarte real,
y la cruz de Jesucristo
también hizo tremolar,
V su corcel enfrentó
á la sierra colosal,
como diciendo á su tropa:
— por aquí quiero marchar. —
Y la gente, electrizada por su insigne general, gritó unánime en seguida: «haced vuestra voluntad, que todos os seguiremos sin osaros replicar; porque sabemos cumplir, como presto á verlo vais, con nuestro Dios y la patria y nuestro buen general.»
Y el general, esa noche, un consejo celebró
con sus jefes principales,
de una hoguera en derredor:
— para concertar el modo
más conveniente y mejor
de hacer aquella difícil
y peligrosa ascensión;
y el mando de la vanguardia
al general se encargó,
dándole sesenta infantes
de resistencia y vigor,
y cuarenta de á caballo
para hacer la exploración,
mientras que su hermano Hernando,
como jefe superior,
debía permanecer
en esa actual posición,
sus órdenes esperando
para seguir de él en pos,
con el resto de la gente,
la peligrosa ascensión.
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— 96 —
XXVIÍ
De la risueña aurora las tintas y celaje enas comenzaban aquel mudo paisaje picos elevados del cerro á iluminar; ipenas en el bosque monótono y salvaje oía de las aves el férvido homenaje, e rinden á los cielos en rítmico cantar:
Apenas de la noche las sombras se alejaban, ando la altiva h jeste formándose impertérrita, lía á su cabeza al hábil general: 5 dianas y los himnos y vivas se escuchaban, 3CÍéndose en los aires la gran enseña ibérica, jfanos y contentos y prontos á marchar.
Y al áspero sandero de cumbres eminentes, tila, decididos, marcharon los valientes.
liándose en su rostro la audacia y el valor; todos se creían con rayos refulgentes, mo esos que brillaban, de fúlgido arrebol!
Y en cumbres y altas cimas, sus luces y brillantes s tintas transparentes y mágicos cambiantes, tenta esplendoroso el ya naciente sol;
3l sol y blandas brisas y cumbres arrogantes, il trino de las aves y el plácido rumor, ludan y contemplan la faz de esos gigantes, e el nombre inmortalizan de España y su pendón!
Sí, son ellos, que suben, que ya hienden titánicos ; huellas del salvaje, sedientos y fantásticos, i ver los precipicios, que surgen á sus pies; rque esas hondas simas y estrépitos volcánicos, ra ellos se asemejan á bellos, dulces cánticos, e entona, entre festines, angélica mujer!
La frente sudorosa, los cuerpos inclinados,
vando de las bridas al tímido corcel,
\ peso de las armas los pasos vacilantes,
aquellos senderos, tortuosos y afilados,
medio de las moles de tétrica aridez, 5uían escalando, temiendo por instantes, lar á los abismos, bullentes á sus pies.
'^ en los desfiladeros triscaban, asombrados, ^amo y la vicuña, mirando con sorpresa .quella allí caída, fantástica legión;
y el cóndor de los Andes seguía á los soldados, meciéndose en las nubes y husmeando ya á su presa, sedienta y fatigada.... mas siempre con valor!
Enormes planas piedras, formando unas llanuras y. mas pendientes otras, en negras espesuras, cubiertas por el polvo de mil generaciones, praderas presentaban de pálido verdor: y en torno de tortuosos, estrechos escalones, cascadas y torrentes, entre antros y visiones, corrían espantosos, con lúgubre rumor; y más arriba luego.... no altiva fuerte encina, sino el pigmeo pino de yerta cumbre andina, en áridos peñascos, prendido con temor; y en cúspides heladas, su yerba asaz mezquina, tejida una con otra, de lívido color.
Por estos precipicios^ do apenas el salvaje, saltando como un mono, osara atravesar, lanzóse con su hueste, Pizarro al abordaje.... con cien hombres errantes un reino á conquistar!
¡Y aquí saludo al genio y admiro al heroísmo, que orgullo de su patria y eximio general, desde un liospicio oscuro, y el tétrico ostracismo
que impúsose á sí mismo, la supo tanta gloria y un reino tributar;
y grande entre los grandes....
aún veo allá en los Andes, su sombra aparecerse lumínica, inmortal!
Por estos precipicios marchaban cautelosos, creyendo allá en las cimas de cerros tan fragosos hallar una emboscada de intrépidos arqueros; mas solo las montañas sus ecos repetían, y pálidas sus sombras tan solo se veían con ellos ir cruzando las cuestas y senderos,
i Mas cuánta no fué luego de todos la sorpresa, al ver en una cumbre, angosta y muy pendiente,
un cerco ó fortaleza, donde iba aquella senda perdida á terminar!
Entonces cautamente
sus armas preparando, al cerco ó fortaleza siguieron caminando, creyendo en sus almenas flecheros encontrar,
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— 97 — .
que piedras y sus flechas, por sendas tan estrechas, llegasen por millares sobre ellos á arrojar.
En valde sus escudos resueltos prepararon para esa que esperaban tupida granizada;
pues cerca ya, notaron que aquella fortaleza estaba inhabitada, y allí descanso hallaron.
Pizarro viendo entonces, sin trabas el camino, mandó á Hernando á decir: — que en marcha sin demora,hacia ellos se pusiera, é hizo á su piquete de nuevo proseguir.
El sol ya descendía: sus rayos postrimeros,
con luz tenue, argentina, doraban de las cumbres la blanca nieve andina, los cascos y rodelas, las mallas, los aceros;
y firmes los guerreros
marchaban todavía: ya el astro al horizonte brillante descendía, vertiendo, entre celajes, sus últimos reflejos
de ya extinta belleza; y entonces los soldados miraron á lo lejos, surgir otra más grande, murada fortaleza! 79
También abandonada, cual otro cementerio, hallóse á esta morada,
en donde pernoctaron, sintiendo un frío intenso, después del gran calor, que en los verdosos valles apenas soportaron, y todos estrañaron tan brusca transición.
Y al alba prosiguieron, y hasta la enhiesta cima por fin llegar pudieron, pacientes soportando tan brusca transición: los hombres y caballos de frío tiritaban, liogueras encendían y juntos se tapaban con mantas y en sus tiendas, buscando de la lumbre
algún grato calor, sntre los ventisqueros de tan helada cumbre, cual árticas borrascas del crudo septentrión! 80
Y allí leal y ligero, con buenas nuevas llegó un indio del mensajero, que Pizarro al Inca envió.
Y desde esa cumbre helada supieron todos, contentos, por aquel indio leal:
— que del Inca una embajada
iba á llegar por momentos al cristiano general.
Y que en todo aquel camino, no existía indio vecino, que se llegase á oponer á su viaje á Cajamarca, según orden del monarca, que esperábale allí ver. —
Mandó Pizarro en seguida, á su ya avisada gente, la ascensión acelerar; pues con tan pobre partida, no quería que ese agente le viese el reino cruzar.
Con la retaguardia Hernando, que iba sus huellas siguiendo, muy pronto llegó después; y cual pájaro volando, fué la embajada ascendiendo, y entró en seguida también.
Y el enviado del Inca presentóse con algunos sirvientes, que traían
bebidas y unas reses, y preguntó en su nombre al castellano:
— cuando al fin llegarían de Cajamalca al delicioso llano, donde el Inca, galante y obsequioso
al par que generoso,
demostrarles quería que era un justo monarca y poderoso, y cumplir con sus huéspedes sabría.— Y luego prosiguió el noble peruano, exagerando en términos pomposos, del gran Inca los triunfos á millares, y asombrosas hazañas militares de sus viejos caudillos, tan famosos.
Mas al jactancioso indio replicóle
el jefe castellano, después que le escuchó pacientemente, ya fuese por política ó despecho, ó ya porque á sus miras conviniera: — que estaba de todo ello satisfecho, y un muy grande monarca le creía;
pero que su rey era tan superior al Inca de ese imperio,
como radiante esfera, junto á una sombra pálida y opaca.... como el mismo Atahualpa, con su borla,
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al lado de un curaca. Y que todo lo dicho era evidente, al notar que unos cuantos castellanos habían de ese grande continente sometido á naciones belicosas,
muy pronto y fácilmente.
Y si él con sus legiones era allí por el Inca recibido, con la hospitalidad, que al noble escuda,
venía decidido á brindarle amistad y firme ayuda, ó á seguir su camino á otras regiones. —
Con incredulidad sonrióse el indio, y juzgó de menguados fanfarrones á tales extranjeros.
Marchóse la embajada, y los guerreros emplearon dos días, afanosos, en serpear aquellas cordilleras, y subir y bajar desfiladeros
y huellas y girones, tan estrechos, agudos y tortuosos, cual largas empinadas escaleras.... si es que las puede haber sin escalones.
De la montaña agreste
del Andes solitario, ya á bajar empezaban por el Este, cuando llegó otra vez nuevo emisario: era aquel que en Zarán llevó á Pizarro unas copas de piedra; pero ahora con más boato, séquito y decoro, en nombre de su rey se presentaba
también con otras reses; y en grandes y labradas copas de oro, con chicha á los cristianos convidaba,
— que es un licor sacado
del maiz fermentado
y especie de cerveza, — y que él también solícito apuraba, sin perder su carácter ni cabeza.
Medio fué de placer tan inocente, como el besar la boca de un hermosa, al aplacar la sed con esa chicha, después de aquella marcha tan penosa: regresó el indio por Pizarro enviado,
activo y diligente;
y apenas vio que al otro tratábasele allí tan cortesmente, y daba de beber á los cristianos, cuando quiso iracundo atropellarle, y con torpes insultos injuriarle;
y se hubieran ido ambos á las manos, sino lograr mediar los circunstantes.
1- ■
Y de Pizarro el indio les decía: í «¿por qué contemplar á esos farsantes, que vienen á engañar, lo que deploro, dando la chicha en sus jarrones de oro, cuando yo, que también fui como enviado, con el Inca el hablar no me han dejado?
¡Y casi hasta la vida,
por llegar como agente, me ha quitado
su guardia fementida!
Y sépase ya, pues, que Cajamalca ha sido abandonada, y que no lejos Atahualpa y sus tropas son hostiles; y llamante á ese pueblo para luego caerte como á gamas en rediles.»
Así este indio inculpaba á su contrario, y al soberbio Atahualpa aborrecía, porque de Huáscav era partidario. 81
El enviado del Inca se reía,
y al otro indio escuchaba
con mucha sangre fría, y después contestó: «Es que el Inca estaba en su época de baños y de ayuno,
} mientras ella dura
no recibe á ninguno, ni nadie á importunarle se atreviera,
aún cuando en tortura
su cuerpo se pusiera.
Si el gran Inca ha mandado
salir de Cajamalca á todos sus antiguos moradores, es porque á Cajamalca ha destinado para asilo y placer de estos señores.
Y si muchos arqueros le rodean, como al sol sus brillantes resplandores,
y síguenle afanosos,
es porque aún guerrean con los de Huáscar restos poderosos; pues ni indigno temor ni dudas tienen de los intentos délos nobles blancos, que al gran hijo del sol á mirar vienen Todo esto es la verdad y lo que observo
al despecho y mentira
de este villano siervo, por su orgullo ofuscado y por su ira.»
Calló el indio ladino, de su feliz arenga enamorado.
Con la incredulidad y la paciencia del hombre desgraciado, manifestó Pizarro, con prudencia,
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— 99
dar crédito al enviado, quien de ello así contento, se alejó del cristiano campamento.
Y luego la hueste siguió descendiendo de aquellas montañas, agudas, pendientes, que en valles verdosos se iban perdiendo,
y en limpios arroyos los negros torrentes, su cauce al dejar.
Y al séptimo día, con gozo indecible, de la Cajamalca la vega avistaron,
que verde y hermosa, florida, apacible, en medio de sierras, que audaces cruzaron, miróse brillar.
De varios colores, el verde esmeralda de lomas sonrientes pintaba la falda
del valle en redor: de leda campiña las huertas cuadradas,
estaban sembradas de varios productos, con hábil primor.
Y curvas haciendo un límpido río,
regaba al plantío
de todo el vergel, por medio de acequias v angostos canales el agua serena vertiendo á raudales, que fuese preciso dejarse correr.
Y más á lo lejos, de pardos colores, columnas se alzaban en tenues vapores,
en alto espiral: allí era el paraje de espléndidos baños, famosos y tibios, que todos los años el Inca indolente gustaba tomar; y en lomas feraces los mansos rebaños veíanse alegres pacer y saltar.
Y en miles de toldos, cual blancas palomas,
cubriendo las lomas
y al pié de la sierra, estaba acampada la jente de guerra;
y en tal extensión los grupos de toldos, sin fin proseguían,
que al pecho infundían
asombro y pavor. 82
En tres divisiones la hueste invasora, prosigue adelante, mirando, anhelosa, la cerca ciudad;
y el sol baña y dora y brillan é irradian, cual limpio brillante, las armas v cotas v cascos y arnes8s
U V %J
de acero y metal: las viejas banderas se ven desplegadas.... las músicas lanzan sus himnos de guerra en esas campiñas, sonrientes, calladas,
y tiembla la tierra
do adórase al sol; , y aquellas gigantes^ que dejan la sierra, y desde las nubes allí descendieron,...
también infundieron
al Inca terrón
Unos dies mil habitantes contendría Cajamalca, en tiempo de esta conquista; y una parte de sus casas era de arcilla, y con techos de lisa madera ó paja, y con las comodidades para el indio necesarias, y otra parte era de piedra y mejor edificadas; y del pueblo, en un estremo, el convento se encontraba de las vígenes del sol; y entre las sombras opacas de un cuidado montesillo, el santo templo se alzaba á esa deidad consagrado: triangular era la plaza, muy extensa, y de edificios como salones cercada; y todas sus anchas puertas con ella comunicaban; pues eran como cuarteles, depósitos y barracas, para hospedar á las tropas y proveerlas en campaña.
Y de la plaza hacia un lado se alzaba una fortaleza, anticua, murada y alta, y toda de enormes piedras, que tenía una salida particular y secreta á los viejos arrabales, que cerraba oculta puerta; y otra salida á la plaza por medio de una escalera, que del muro descendía; y en una elevada cuesta que á la ciudad dominaba, también otra fortaleza, con murallas espirales
Jj¿ÍS^
y guarnecida de almenas, para defensa del pueblo y del castillc defensa.
Después de un bello día, parduscos nubarrones alzáronse apiñados,
la tarde al declinar;
y una lliwisnafria^
y á veces con granizo,
á los cristianos hizo
el paso acelerar; y el quince de Noviembre, y entrada ya la noche,
pisaron la ciudad. 83
Y Cajamalca, muda V desierta, cual trampa abierta de perdición, abrió su puerta,
de espanto yerta, á la legión: solo á unas tristes indias hallaron, que los miraron con compasión, ya suponiendo como segura su desventura y perdición.
Y hasta la plaza
la blanca raza su firme paso no sujetó; como esas hojas, que secas, rojas, lleva al acaso negro turbión.
Como observa afanoso el buen piloto, en medio de iracunda tempestad, al cielo, al horizonte y nubarrones, y á las revueltas olas de la mar, examinó Pizarro atentamente
á toda la ciudad; y vio que era la plaza el mejor punto, do pudiera á su tropa acuartelar; porque la plaza hallábase cercada
de un muro ó pared, y con solo dos puertas de salida, fáciles de un ataque defender;
V además, rodeada de fuertes casas, bajas ó cuarteles, y almacenes con víveres bastantes, para poder allí permanecer, si fuese el Inca hostil á sus intentos, hasta nuevos auxilios obtener.
Y Pizarro como hábil militar, para el adverso caso de defensa, así al instante concibió su plan,
solo luego pensando el de &u gran sorpresa acelerar.
Joven, anciana ó doncella.... matrona y señora mía.... y tú mi amable lector, cuando la vida os fué bella, ó acaso os es todavía.... ó allá cuando Dios quería, que os embriagara el amor, entre encajes de aéreo velo, ^,no habéis sentido el anhelo, vivo, ardiente, abrasador, de inquirir y de saber, si el que os fué ángel del cielo, os sabía comprender y en ensueños delirar,
bendiciendo vuestro amor á los pies del Redentor, y cual vos sabía amar?
Así Pizarro, anhelando saber del Inca el intento, despachó á su campamento, en Cajamalca al entrar, á Felipillo y á Soto, montados en briosos fletes,' con quince bravos jinetes, que fuéranle á saludar.
Y cual ducho cazador.
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que tiende su oculta red í; '
: para aprisionar mejor: /
— pedíale la merced, como prenda de amistad ' á quien íbale á rendir,
que se dignara venir á esa desierta ciudad. —
Y al ver á Soto partir, sereno, ufano y sonriente, esta misión á cumplir, tan peligrosa y urgente,
y el campamento al mirar del monarca omnipotente, con más tiendas y más gente, que olas agita la mar, Hernando á Pizarro dijo, después de un breve momento de duda y presentimiento, de Soto mirando fijo el chico grupo marchar: «Hermano, en peligro hallo que Soto se puede ver; y mi opinión no te callo, por lo que pueda valer.» «Pues á tí, Hernando, elijo con veinte más de á caballo, y ya nada hay que temer, para como hábil piloto, sigas la estela de Soto, en el que ves turbio mar.»
Y Hernando de Soto en pos, llególe presto á alcanzar, encomendándose á Dios, hasta poder regresar.
Por una ancha calzada, con primor construida y bien cuidada, que había entre los toldos y ciudad^ la arrogante y audaz caballería, con belicoso aspecto y bizarría, comenzó presurosa á galopar.
Al frente del peruano campamento llegó el destacamento, después de media hora de marchar: los apiñados toldos se estendían de las suaves colinas al declive, y en los aéreos pavores se perdían, sin poderse su límite alcanzar.
Y clavadas, delante de los toldos, sus lanzas, flechas y arcos se encontraban;
. y de ellos en redor ,.,^í; ;-C
los indianos guerreros escuchaban, ' r
con gran admiración, los ecos de las armas y trompetas; y de ágiles corceles contemplaban
los briosos movimientos
Y su correr veloz;
y las graves siluetas de esa que audaz, en alas de los vientos, cabalgaba, terrible aparición.
Un no profundo, más extenso río, por un endeble puente atravesado,
para pasarlo á pie,
hizo la marcha v brío
del grupo denodado, por un corto momento suspender;
y pasándolo á vado,
encontraron formado en la opuesta ribera un batallón; y un indio, bien vestido y diligente, indicó á Hernando Soto, atentamente,
del Inca la mansión.
Como vierte una luz sus resplandores, así augusta se alzaba la morada
del gran hijo del sol, de un gran patio en el centro; y rodeada de espaciosos y limpios corredores, duplicados también al interior: los muros eran de tallada piedra, y un estuco brillante de color cubría los pilares y paredes
de cada corredor,
do la silvestre hiedra y floridas arálias, como redes, mitigaban el vivo resplandor.
En el interno patio, silencioso, ^ un pensil sonriente,
perfumando el ambiente, circuía á un estanque misterioso, que entre bellos arbustos se ocultaba, de las canoras aves al gorjeo;
y agua caliente y fría por subterráneos tubos recibía el que el baño del Inca se llamaba:
y aquí, todos los años, en tan florido albergue, como aislado, tomaba el Inca, solo ó rodeado de sus muchas mujeres muy hermosas,
sus deliciosos baños, saturados con aguas olorosas.
— 102
Cuando los dos guerreros sujetaron la brida á sus corceles espumosos, y en el externo patio penetraron
al tranco y animosos, seguidos de un jinete cada cual, lleno el patio de nobles encontraron,
de sirvientes y ugieres
y donosas mujeres
de la casa real.
Ricos trajes vestían los peruanos, brillando los adornos en sus telas; y las damas, vistosos y livianos, con plata y oro, en grandes lentejuelas;
y de su gran señor,
lascivas incitando,
amantes v sonrientes^
el anhelado amor;
y vanas ostentando collares y pulseras rutilantes, en cuello, brazos, piernas y cabeza,
en rica profusión; y según su alto rango ó su nobleza, esos magnates, damas y sirvientes, veíanse formados en redor, todos de pie, humildes, reverentes
ante el hijo del sol.
En un cojín reclinado, vése á un caudillo, al que orla su fronte una roja borla, con turbant(3 v coronado: adusto, su ceno airado tiende altivo en derredor, y su podfu* superior do quier mira, siente y palpa. ¿Es un Dios? ¡Es Atahualpa, del Perú el Inca y señor!
Era alto, membrudo, hermoso, de ardiente mirar de fuego, y al dolor, al llanto y ruego insensible y desdeñoso: cruel, astuto é imperioso; de dura ñsonomía, que el poder da altanería; y arrogante con los bravos, como el que gobierna á esclavos.. él mismo un dios se creía!
Con fingida indiferencia vio á Pizarro v Soto entrai-, no queriendo demostrar de su séquito en presencia.
dudas, temor ó impotencia, . ni algo que causara enojos á su voluntad y antojos; y el Inca, por ves primera^ su mirada ocultó fiera, I
bajando al suelo los ojos!
Y este despótico rey, al ver al cristiano grupo, su temor ocultar supo, ante su asombrada grey; y firme á su honor y ley y suprema majestad, su asombro y curiosidad dominó en aquel instante, y hasta á su mismo semblante impuso su voluntad!
Con la vista en el suelo el Inca altivo^ hízole preguntar á esta embajada, que ante él así llegaba tan osada: — ¿cuál era la premura ó el motivo, por el cual sin su venia requerir, osaban en montón y tan ligeros, cruzando entre sus toldos y flecheros,
ante él así venir, cuando nadie intentaba en su castillo, sus baños ni su ayuno interrumpir?
Hernando Soto, entonces, no intimidado por el regio brillo de la mansión del Inc.i presuntoso, ni por la guardia de sus nobles mil, bajóse del caballo, respetuoso, y seguido del indio Felipillo, como intérprete, hízole decir: 84
(*Noble rey de este imperio poderoso^ don Francisco Pizarro, gran guerrero, y ya por sus hazañas muy famoso en este reino y en el suelo ibero, envíame á que os diga, presuroso: que su amistad, sus tropas y si acero viene á ofreceros, como buen amigo, y á ser de vuestros triunfos un testigo.
Nobles vasallos somos de un monarca, que tiene grandes pueblos á nnllares, y es cada cual mayor que esta cotnarca; y se dilatan sU poder y lares en cuanto alumbra el sol, y el mundo abarca en islas, cumbres y remotos mares: y en nombre de ese rey, de reyes miles, también os bruida tropas varoniles.
— 103
Y el Dios de nuestro rey y el que adoramos, es el Dios de los dioses, que dirije
al sol, la luna y astros, que miramos, " que premia á la virtud y al bueno elije: da el paraíso á aquellos que le amamos, y en los infames el castigo inflige. Así, pues, os ofrece, en conclusión, la amistad de su rey y religión.
Y si aceptar os place su promesa y dar cima á la guerra fratricida, vuestro poder mostrando en tal empresa, os pide como gracia merecida,
q{¿e mañana vayáis á honrar su mesa, dejando á vuestra gente complacida. ¡Dichas dé Dios al Inca, que venero, y su respuesta, como enviado espero!»
Yal oír de Feiipiilo, que era travieso y locuaz, la traducción de esta arenga, sin entender la mitad, hizo el Inca por un noble, y sin sus ojos alzar, responder al castellano dos palabras: ((Bien está.^y
Y Hernando Pizarro, entonces, notando la vaguedad de aquella corta respuesta, sin poderla descifrar, - volvió al Inca á repetirle, poco menos, poco más, el mismísimo discurso, que acababa de escuchar.
^' Y el Inca, ya advertido, que este otro era hermano del jefe castellano, su vista al punto alzó, después que le hubo oído, queriendo demostrarle q(ie honrábale al mirarle, y así le contestó:
«Dile al capitán, que aquí te envía, su amisí^^ad y guerreros á ofrecer, que termino mañana ayuno y baños, y á visitarle con mi corte iré; y que en tanto se hospede en esas casas, que en Cajamalca, sin cerrar se ven, las que deshabitar hice exprofeso, para que descancen á placer.»
;^^^ :"^^ corcel Soto montaba,
* que llamaba
de los indios la atención: era alto, clinudo, hermoso,
vivo y brioso y de todos el mejor; y hasta el Inca encopetado,
admirado comenzóle á contemplar; pues con los ferrados cascos,
en peñascos hacía chispas saltar.
Y Soto, viendo orgulloso, que el monarca presuntuoso contemplaba á su corcel, apretóle las espuelas, y cual viento entre las velas, lo hizo sallar y correr;
y bufando
y escarceando, mil círculos describir, con imponente belleza, cual si el bruto su destreza quisiera, ufano, exhibir;
y espumoso, tan cerca corveteó del monarca presuntuoso^ que el traje le salpicó.
Los pobres indios se asustan, impulsados de temor, y los nobles se disgustan.... quien se aleja, corre y brinca, V abandona á su señor;
pero el Inca, con soberbia dura y fatua, como una marmórea estatua, sin moverse se quedó, disimulando el uUraje.... con el gran valor salvaje, que en la hoguera demostró/
Mas aquella cobardía de su cortejo real, ante el osado extrangero,
que ofendía del Inca la majestad, supo el Inca, muy severo, con dureza castigar! 85
Queriendo el Inca, que los enviados sus damas vieran y oro también,
MÉÍÉ
— 104
hizo una seña, y muchos criados
chicha traje ron
para beber; y en copas de oro servidos fueron por las bellezas de aquel harén.
Y al monarca saludando, partió la audaz comisión, algo triste y acuitada de que el arrojo y valor de su temerario jefe, que por todo atropello, los hubiera ya llevado al centro de esa región, donde un ejército inmenso, aguerrido y lidiador, bien pertrechado y con jefes, que larga guerra formó, acechábales tranquilo, y dispuesto con tesón contra ellos á lanzarse, solo del Inca á la voz, como quiebra á un débil tallo el huracán bramador.
Y como esto era lo cierto, así claro discun'ió,
al cruzar á esa gran hueste, la pequeña comisión; no porque miedo tuviera ni amenguara valor; porque jamás tuvo miedo ningún hidalgo español.... ni menos aquellos héroes de! gran siglo de Colón!
De su embajada cuenta le dieron Hernando y Soto al general, sin ocultarle cuan imponente era la inmensa hueste imperial.
Y por todo el campamento,
al momento, tan triste nueva cundió, como un presentimiento, cuando oprime al corazón: con una funesta duda,
que aguda, trueca el placer en dolorl
Y cada cual lamentaba, que hubiese su general liasta el centro penetrado,
do se hallaba por do quiera acorralado, sin tener salida va; pues intentar una huida, ante su marcha atrevida, les sería más fatal.
Y esta opinión entre todos^ antes vaga é infundada,
h izóse más acentuada, cuando la noche al entrar, las luces de indianos toldos rasgaron el negro velo, mas que estrellas en el cielo vénse salir y brillar. ^iS
Pero allí un hombre había lleno de luz y de fe,' que jamás dudó en su triunfo. y ese hombre Pizarro fué: y al mirar el desaliento en que comenzó á caer su pequeño campamento, sintió su ardor renacer, como llamas de una hoguera,
y al momento hablóles de esta manera:
((¡Camaradas, por íin llegó el día, que á la patria victoria cantemos.... al salvaje en la lid ya tenemos, y mañana vencido será! ¡Cuanto más esa hueste.... desnuda, se aglomere, envanezca y extienda, más cobarde en la férrea contienda, en tumulto y deshecha huirá!
^Veis medrosas, saltar, encrespadas, turbias olas del mar en montón, y á la aves correr, asustadas, cuando ruge furioso el turbión?
¡Así aquella salvaje falange nuestros himnos de guerra ai oir, entre el fuego y bufar de corceles, sentiráse de espanto morir!
Si mañana, cencido aquí al inca, no os entrego, después de triunfar,
^'^áM'É^Ái^^^á^¿¿t' -
— 105 —
mi cabeza vendré á presentaros, — ., que yo en vano jamás sé jurar!» ^ -
Este arranque de Pizarro restableció la confianza, y risueña la esperanza 'más lozana retoñó, entre todos los soldados, anhelando ya el momento . de invadir al campamento, que antes temor les causó.
Llamó en seguida á un consejo á todos los oficiales, y de asuntos principales , así su plan les trazó:
«Amigos, os he reunido para en este acto acordar, las muy urgentes medidas que el caso requiere ya. Oidme: ya no es posible por más tiempo el esperar que nos venga algún socorro; porque á nuestro frente está con toda su hueste el Inca, y una batalla rehusar, es hacer que ponga en duda nuestro poder colosal; pe-o aunque de ellos triunfemos ' en un combate tenaz, lidiando, desesperados, y teniendo cada cual que luchar contra trescientos, según debo calcular, tendríamos noche y día que dar otros muchos más, para poder sostenernos y en la contienda avanzar; y elementos para ello no tenemos en verdad; y para huir es ya tarde, pues como lobos caerán tras de nosotros las tribus, sin dejarnos respirar.
El Inca es taimado, astuto, V se nos muestra falaz. ¿Por qué dejó á Caj amalea, como desierta ciudad? ¿Por qué viejos y muchachos se han ido y aún se vaní* ¿Por qué entre estos precipicios, hános querido encerrara
¿Por qué aglomera sus tropas, • si brindámosle amistad? jDe seguro, que medita una sorpresa infernal, después, que viniendo á vernos, fiemos en su lealtad!
¡Como él así procedamos, y anticipémonos ya! Dice que vendrá mañana nuestra pobre mesa á honrar: tomémosle prisionero, que en la guerra el más audaz, suele vencer muchas veces, al prudente por demás! Y sus tropas, que le adoran, no nos vendrán á atacar, de miedo que demos muerte, á su caudillo imperial; sino á ofrecernos rescates.... mucho oro.... en gran cantidad^ • sus mujeres y sus hijas.... y hasta sumisión quizá, mientras tanto que recursos podemos así esperar!
Con toda franqueza os digo, que ente es el único plan, que juzgo seguir debemos, si desea cada cual, que con arrojo inaudito y eterna gloria inmortal, este reino en poco tiempo, lleguemos á conquistar.
Y si este mi plan no os cuadra, otro mejor indicad,
que sustituyendo al mío, en discusión entrará, que yo no quiero á ninguno imponer mi voluntad, aunque proceder pudiera cual director general, sino de todos en bien, y en lo mejor acertar.»
Y los buenos oficiales de tan hábil general, unánimes contestaron: «Nos parece vuestro plan el mejor y más seguro....
y lo que os plazca mandad.»
Y Pizarro mandó: — que varias guardias
las entradas cuidasen de aquella población, y otras en el fuerte se situasen.— Y en toda aquella noche silenciosa
de calma majestuosa. ' .,
solo la voz se oyó de: «Centinela, alerta.» Y en seguida el otro respondía: «Alerta estoy.»
lientamente las sombras de la noche iban ya disipándose, y el cielo
teñíase de azul, opaco y vago
el pálido lucero se extinguía,
como el amor de una alma lacerada
el fresco aire del aura macilenta á dar vida empezaba á la natura, como á inocente \4rgen, que sonríe á un porvenir de adoración y flores; y del oriente las doradas luces nuncios eran del sol, que los cristianos esa noche despiertos esperaban, desde los vigilantes centinelas, hasta los frailes é incansable jefe.
¡Y brilló al fin el sol del anhelado DUízisEis DE Noviembre! [Este es el día d^l Perú en los anales, memorable! ¡En él concluye el misterioso imperio de esa familia de los sacros Incas, que fueron á la vez papas y feyes! ¡En él comienza, con traición y hogueras, tiranías, degüellos y saqueos el triunfo del ibero en su conquista, la santa cruz llevando en una mano, y en la otra la espada y exterminio! ¡Finó la idolatría y encumbróse, como á la peste sigue la miseria, torpe superstición, bajo otra forma, su hogar robando á sus nativos dueños!
Oyóse una trompeta, cual si fuese la del juicio final para esos indios, que á su cielo llamaban los cristianos, v hasta entonces nacieron v murieren sin vanas ambiciones, y conformes con su estado y costumbres legendarias.
Y brilló al ñn el sol tan anhelado.... hizo tccar Pizarro la trompeta, siguiéndole los frailes misioneros,
que fervientes y pálidos pasaron,
elevando sus preces esa noche
por el triunfo de Dios y sus heraldos;
y un altar en el centro de la plaza
para decir la misa improvisóse:
allí acudió la castellana hueste,
contrita ovendo la cantada misa
que al dios de las batallas invocando,
para los héroes protección pedía,
que iban allí á enclavar la cruz de Cristo.
Todos después con plañideras voces,
á una el Exurge Dómine cantaron,
como si fuesen mártires sublimes,
que su alma al sacriíicio preparasen,
Y no á una atro^ perfidia decididos;
pero en su fe fanática y groser^x,
todos los medios presumían sanios,
si el triunfo daban á su cruz divina. 87
Luego en sentida plática Pizarro recordó á los soldados su promesa, y mandó que al combate se aprestasen, que iba á ser decisivo en aquel día: á Soto, Biualcázar v á su hermano de la caballería al frente puso, dando un grupo de veinte á cada jefe: y mandó se cubriesen los pretales con grandes cascabeles, cuyo ruido el pavor de los indios aumentara: dispuso que estas fuerzas se situasen, y en un cuartel ocultas estuviesen, de los dos que se hallaban en la plaza; y en el otro también la infantería, oculta y pronta para obrar se hallase; de dos piezas, llamadas falconetes, que era la artillería, dióle el mando á don Pedro de Cándia, con algunos buenos arcabuceros, que en la torre mandó situar, á todos previniendo: — que absoluta obediencia, dentro y fuera, á sus jefes prestasen, como siempre;
■•:-;v/ ' -/ ty
.fJÉ^Sdáé:
— 107
y que al oír de un arcabuz ia seña, , . dando gritos salieran á la plaza, y al Inca, sin herirlo, aprisionasen.— Y él, con otros soldados de confianza, que eran veinte fornidos rodeleros, ocultáronse luego en una pieza, para iniciar su ataque temerario.
Así de Caja malea la gran plaza quedó desierta y en silencio todo, como la fiera, que escondida acecha, de una verde planicie entre las pajas, que confiado se acerque el caminante.
Era ya muy entrada la mañana, cuando Pizarro recibió un mensaje, previniéndole el Inca: — que llevando su amada hueste iría á Caj amalea, cual llegaron armados los guerreros, que fueron en su nombre á visitarle. — Pero Pizarro contestóle al punto: — que de cualquier manera que viniese, honrado como á un príncipe sería por él y sus soldados muy sumisos; — porque Pizarro, inquieto y receloso, lamentaba tan solo la demora, y no que armado ó solo se acercase, sabiendo que en la espera y en el ocio el bélico entusiasmo disminuye. 88
Ya el sol en el cénit, vióse á lo lejos á la gran comitiva en la calzada, y limpiando el camino á muchos indios. De tres grupos formábanse esas fuerzas, según las varias armas que llevaban: como de doce mil era el primero, de hondas armados y punzantes flechas, mazas de cobre de afiladas puntas é instrumentos de música y bocinas: como de cinco mil era el del centro, llevando duros palos que tenían ^
un largo y fuerte lazo corredizo, para traar personas ó animales, cuando después de la derrota huyesen; y el último, también muy numeroso, eran robustos cuerpos de lanceros, seguidos por mujeres y sirvientes, servidumbre real y sueltos indios. 89
Unos vestían primorosa tela, formando cuadros blancos v encarnados; otros de blanco con moradas rayas, y largas fajas de sedosos iiilos, ó flores imitando á animales,
según las diferentes compañías; y la inmediata guardia del monarca, por su librea azul con ornamentos de plata y oro y vividos colores, entre otras muchas era conocida.
Iba el Inca en el centro de sus tropas, cubría una corona su cabeza, y la borla imperial sobre su frente, más que todo valía en torno suyo: de grandes esmeraldas relucía largo collar sobre sus anchos hombros, y su manto real iba flotando, por la brisa mecido suavemente: en un cojín de perfumada tela, de muy valiosas piedras tachonado, indolente yacía el gran monarca, descollando entre todos su figura, sobre las andas de oro y pedrería y ricas plumas de aves tropicales, que á porfía su séquito de nobles, todos de gala y con preciadas joyas, por llevar en sus hombros se afanaban; y el tablón, que estas andas sostenía como un quintal pesaba y era de oro.
Y este compacto ejército, sumiso, procesión religiosa parecía, porque al compás marchaba de sonatas, entonando monótonas canturías y patrios himnos de sus muertos Incas; y era la regia marcha tan pausada, que en cuatro largas horas de camino, solo cinco kilómetros anduvo.
Altivo y grave el Inca majestuoso, irradiaba el contento en su semblante, al mirar á sus pies tanta grandeza, así creyendo, en su candor salvaje, confundir la arrogancia y el orgullo de esa extrangera gente temeraria, que osaba ante su trono presentarse.
Cuando el Inca enfrentó con Caj amalea, mandó hacer alto y preparar los toldos, para pasar la noche en aquel sitio, pues viendo de ese día el fin cercano, para el siguiente diferió su entrada,
Al punto el centinela, presuroso, - que de la fortaleza espiaba atento la lenta marcha de la indiana hueste, comunicó á Pizarro esta noticia, quien sintió la agonía y los dolores
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del que frustrada mira su esperanza, tras largos años de esperar sufriendo; y esta imprevista interrupción supur>o presagio fuese de futuros males; mas presentóse de Atahualpa, en tanto, un mensajero, que á Pizarro dijo: --que hasta el siguiente día su monoica la regia entrada en la ciudad no haría. — Pero mandóle contestar Pizárro: — que rogábale entrase aquella tarde, pues con la pronta cena le esperaba, y hasta que honrar su mesa se dignase intacta y sin probarse quedaría. —
Galante el Inca á tan cumplido anhelo, hízole prevenir: — que iba al instante su entrada á hacer, sin armas ni soldados^ y á alojarse en Ja extensa conocida ' casa de la serpiente; — así llamada por tener esculpida una serpiente en su alto muro de macisa piedra.
Y en el centro de un grupo, desarmado, de nobles, criados, músicos y pueblo, que á anos cinco ó seis mil ascenderían, á la ciudad se encaminó tranquilo.
¿Mas cómo este monarca tan astuto, sin conocer á la extrangera gente, que así atrevida invade sus dominios, ni inspirarle sospecha la insistencia de que esa noche en la ciudad entrase, así inerme se entrega, incauto y necio, al verla en la ciudad reconcentrada.
y ocupando sus fuertes formidables? j .
Sin duda que él creyó, que demostrando á aquel puñado de invasora gente su regia pompa y numerosas tropas, | ibala á intimidar, ó cuando menos hacer que sus derechos respetase, f
rindiendo sumisión á su corona. Y cuando por la tarde fué rogado á entrar á la ciudad, tal vez supuso, ■ que el demostrar temor afrenta fuese, ó tal traición quizá no imaginase; pues era por demás loca y perversa para hacer tal ofensa á los cristianos, á quienes honorables suponía. Creíase inviolable y poderoso, y que ningún mortal en sus dominios, no solo ataque á su persona osara, pero ni ante él la vista se atreviera frente á frente elevar para mirarle, como el fijar la vista es imposible en el fúlgido sol del medio día, sin quedar casi ciego ó deslumhrado.
¡Perdióle su poder ij su confianza, y el juzgar incapaces á esos hombres de cometer un hecho, que se llama traición infame en todos idiomas! El pobre Inca del salvaje mundo, en su ignorante orgullo, no sabía que el fanatismo, la ambición de gloria y la sed insaciable por el oro, al hombre ciegan y hállanle dispuesto á todo lo más grande.... ó más inicuo!
Cuando el sol á su ocaso descendía, hizo el Inca su entrada en la gran plaza, entre solemnes himnos y canturías, con unos cinco mil de comitiva, entrando la que pudo en el recinto, hasta verse compacta y apretada; y hallándose en su centro, y no encontrando á ningún español que le esperase, y después de mirar á un lado y otro, ya con curiosidad, ya con sorpresa, preguntó: (.(¿Adonde están los extrangerosfy) 90
Con Felipillo, intérprete avezado, salió en aquel instante el dominico Vicente de Valverde, que llevaba una biblia ó breviario en una mano; y en la otra un crucifijo: miró al Inca, acercóse á las andas y le dijo, esto que Felipillo traducía: «Gran monarca peruano, yo os saludo, como al jefe y señor de estos dominios. Del verdadero Dios soy sacerdote, y vengo como tal á vuestra casa
á^iii%"s.^l^¿i.
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á enseñaros las cosas y misterios,
que Dios en este libro ha consignado:
creó al ntiundo en seis días, y los cielos
ensalzan su poder omnipotente,
que á los astros dirije, y en la tierra
su dogma y su doctrina imperan solo:
venera sus milagros y divino
misterio de ese Dios, que es trino y uno:
bajó desde su trono hasta la tierra
por redimir al hombre del pecado,
y murió en una cruz; subió á los cielos,
sentado de su padre está á la diestra,
y tornará de Josafat al valle
al fin del mundo, y en postrero juicio
á todos juzgará, vivos y muertos;
á los buenos premiando con su gloria,
y al infierno á los malos condenando.
Su vicario en la tierra fué San Pedro,
y hoy lo son, sucediéndose, los papas,
que estas lejanas tierras han donado
á los reyes católicos de España,
con tal de hacer en ellas que se adoren
la cruz de Jesucristo y su doctrina,
y así se salve del mortal el alma.
De nuestro emperador, Pizarro enviado,
que os declaréis su tributario os pide,
de vuestra fe adjurando los errores,
y que abracéis la religión de Cristo
para salvar vuestra alma y vuestro imperio.»
No pudo esta arenga Felipillo, para un indio confusa é ineosplicable, el irla al escucharla traduciendo, y ni siquiera el explicarla al Inca, pues por decir Dios trino y uno, dijo: -Dios tres y uno además, que son los cuatro, - y otros muchos tremendos desaciertos; y ni aún menos el Inca comprenderle, aunque atento escuchase, sorprendido.
De Atahualpa los ojos centellearon, cuando acabó Valverde su discurso: los ojos del salvaje, enrojecidos, con siniestro mirar se dilataron: de vergüenza y furor su altivo ceño, ora nerviosamente se agitaba, temblándole la carne de su rostro, ó lívido, encendido y descompuesto, de su indignado pecho era el trasunto. Aquel provocativo sacerdote era el primer mortal, que ante él se alzaba, y sacrilego, loco y temerario pedíale su reino y que adjurase su reügión, honores y grandeza.
¡Jamás, ni en sueños, presumiera el Inca, que tal afrenta hiciérale ninguno; así es que apenas pudo, reprimiendo su angustioso furor, el contestarle:
«Será ese emperador un gran monarca, cuando al través de mares y desiertos, hasta mi imperio sus guerreros manda, y quiero, pues, tratarle como á hermano. Respecto de esos papas dadivosos, deberán ser menguados y dementes ó taimados, hipócritas y pillos, cuando pretenden dar lo que no es suyo, en vez de dar lo de ellos.... si algo tienen! Y de mi religión cambiar no quiero, que es mejor que la tuya, pues que dices, que al suplicio tu dios fué condenado por los mismos á quienes dio la vida. Todos á nuestro dios aquí adoramos.... eternamente por nosotros vela, y hora.... por no escucharte, ya se oculta tras esas cumbres de doradas cimas. ¡Mírale!» dijo el Inca, y arrogante tendió su brazo hacia el purpúreo ocaso, y púsose de pie sobre las andas.
«Entonces, ¿no adjuráis vuestros errores;^» trémulo de ira replicóle el fraile . «¿Y con qué autoridad á hablar te atrisves?» contestóle el salvaje, desdeñoso. «¡Con esta, que es sagrada!» y alcanzóle el libro, que en sus manos conservaba.
Tomóle el Inca, recorrió sus hojas, y al suelo arrojándolo, indignado, luego exclamó, mirando á sus magnates, para inspirarles su coraje altivo: «Pero esto nada dice.... es un engaño.... está mudo y tus ecos no repite. ¡De sus acciones, diJe á tus secuaces^ que estrecha cuenta me darán al punto, desde que á estas mis tierras invadieron; y de aquí no saldré, sin que antes todos satisfacción cumplida me hayan dado de estos agravios de que son culpables!»
Y alzóse entre los indios un murmullo, como esos ecos sordos, que á lo lejos la tempestad anuncian, que furiosa súbita estalla, devastando todo, mientras lanzando de sus ojos fuego, el Inca en derredor miraba, erguido!
A su sagrado libro, así ultrajado.
— lio
alzó y besó Valverde, y fué corriendo
á Pizarro informar de aquella escena,
y exclamó luego, con falaz perfidia:
«¿No veis, oh capitán, que mientras tanto,
precioso tiempo en conversar perdemos
con un indio soberbio y tan impío,
que al suelo arroja los sagrados textos,
se llenan ya los campos con sus tribus,
que acá nos van á devorar á todos?
«¡A ellos vamos.... salid. ...^we yo os absaelvoh
Al fanático fraile, que le incita, con gozo oyó Pizarro, al ver llegado el instante supremo que esperaba: una blanca bandera asió en la diestra, coavenida serial para el degüello^ y saliendo á la plaza con su guardia, gritó, llamando á las ocultas tropas: «¡Santiago, á ellos!» Luego oyóse un tiro, que hizo disparar Cándia del fuerte, y á un tiempo suenan cajas y trompetas: ábrense los cuarteles, y al momento en cerrada columna se presentan los infantes y fuerzas de á caballo, mientras los tiradores y artilleros de la gran plaza guardan las entradas, y á los compactos indios hacen fuego: . do quiera los jinetes atrepellan, dando á diestra y siniestra sus mandobles, como empeñosos segadores cortan del rubio trigo la madura espiga: sobre cuerpos caídos, los caballos cráneos rompiendo, saltan y disparan, como en las eras límpianse las mieses; y de sangre empapada ya la arena, casi rojos corceles y jinetes, vénse como de púrpura teñidos, del sol poniente á los postreros rayos: también por otro lado los infantes, con sus lanzas, espadas y ballestas van dejando un tendal de muertos indios, mientras otros huyendo y apiñados, contra un muro de piedra de la plaza, derribanlo el empuje simultáneo: de treinta metros ábrese un boquete, salvados créense y hacia el campo corren; pero sobre cadáveres y escombros, los grupos de jinetes saltan.... vuelan, y á todos matan en abierto campo, con tal sorpresa, como se hace al hombre á quien dormido encuéntrase en su lecho: no fué batalla.... /¿/é carnicería; y en cerrado redil mansas ovejas por sanguinarios locos lanceadas,
más resistencia por su vida harían, que esos inermes, temblorosos indios, que traición tan villana no esperaban!
En tanto que esta mortandad horrible, con ardor por do quiera proseguía, ! más implacable fué contra la guardia, que á su monarca, cual sagrado objeto, con sus desnudos brazos resguardaba; y de un grupo de infantes secundado, Pizarro con sus veinte rodeleros, desde el primer instante dirigióse á deshacer del Inca la custodia; pues conseguir hacerle prisionero era de ese su plan el primer móüil\ pero esos pobres indios, que la muerte sin hacer resistencia recibían, los sitios de los muertos ocupaban, presurosos, heroicos, decididos; y compactos formando otra muralla, las vacilantes andas defendían, no pensando en huir, sino que presto del ataque, el cansancio y la fatiga, postrase á los cristianos, y las sombras que de la amiga noche se extendían, al monarca en su huida cobijasen, en tanto que sus tropas acudiesen. 91
Mas viendo los cristianos que era inútil querer romper esa muralla humana, que por ensalmo alzábase al instante, después de demolerla á sangre y fuego, corrieron los jinetes á abrir brecha, sin perder ya su tiempo en dar la muerte, y cuanto antes del Inca apoderarse; porque la oscura noche confundía á indios y cristianos, y ocultaba las vacilantes ondas, que cual nave en torva tempestad se hunde y eleva; así de un lado á otro aparecían, de sangre aquellas olas evitando.
Y al fin esos ataques postrimeros, tales fueron de rápidos y fuertes, y tan cerca del Inca se encontraron, que el Inca y andas casi se cayeron: su brazo entonces elevó Pizarro, y con voz imperiosa al punto exclama: «¡Pena la vida quien al Inca toque!» Logra agarrar al Inca por su manto, que en brazos cae de sus adictos indios, de quienes arrebata prisionero, y con su cuerpo escúdalo en seguida; pero en tal confusión de gritos y armas.
- 111 —
por ileso salvarle del peligro, en una mano recibió una herida; siendo el solo cristiano, que fué herido, entre la confusión de aquel degüello, al extender su brazo sobre el Inca, y así salvarle de la sed de sangre; y allí un infante, apellidado Estete, al caer el monarca de sus andas, arrancóle la borla del turbante, que largos años conservó orgulloso, como un trofeo de tan fausto día, y de la gran conquista decisivo. 92
Ya de pie no se hallaban enemigos, ni hubo ya resistencia ni hubo alientos para seguir matando, entre tinieblas, á los pocos dispersos, que quedaban. Ya el Inca prisionero, no pensaron más que en salvar su vida miserable los pocos, que con vida resistieron en un lago de sangre, que corría como ancho arroyo por la extensa plaza: caíanse en los grupos de los muertos.... alzábanse y corrían^ procurando llegar hasta los toldos: y uno que otro
pudo allí trasmitir la infausta nueva; y todo el campamento, en el instante, dispersóse también, despavorido, dejando todo cuanto allí se hallaba, >' armas, bagajes, tiendas y riquezas, y gritos dando de dolor y angustia. 93
Volvió á sonar, en toque de llamada, el bélico clarín de aquella tropa^ que mató, sin piedad, á inermes indios, generosos, humildes y postrados: alegres dianas la victoria anuncian, y las triunfantes fuerzas en la plaza, se congregan, estrechan y respiran ... cesan los tiros.... se disipa el humo, y pónese en su vaina al rojo sable.
La silenciosa noche, entre las auras hace repercutir de selva en selva, y de los Andes en las blancas cimas, esos de la victoria ledos ecos, hasta entonces jamás allí escuchados, y que esparcidos por do quiera, anuncian el exterminio del peruano imperio, y otro gran reino para Carlos quintol—
Pasada ya del Inca la sorpresa, trató el jefs español de consolarle, diciendo:— que su rey le dejaría como amigo y vasallo en ese imperio; — é hízole entrar en una de las cuadras, donde estaba la cena ya servida: sentóle frente á él, v en ambos lados á sus hermanos, jefes y oficiales, cumpliendo así Pizarro su palabra, cuando mandó poco antes á decirle: —que rogábale entrase aquella tarde, pues con la pronta cena le esperaba; y hasta que honrar su mesa se dignase, intacta y sin probarse quedaría. —
En los risueños veinticuatro abriles hallábase Atahualpa: era robusto, hermoso y bien formado, de ancha frente, y aún bello y simpático su rostro por sus perfectas líneas modelado.
si sus sanguinolentos ojos negros, grandes y penetrantes no imprimiesen en su severa faz cierta dureza: resuelto en sus maneras y lenguaje, descubríase en él al hombre altivo, que superior, omnímodo, imponente, desde su cuna acostumbrado se halla de rodillas á ser siempre servido, y como un semi-dios ser adorado; pero hábil y sagaz mudó de tono, y afable se mostró á los vencedores.
De sobremesa díjole Pizarro, para irle amoldando á sus ideas: — que por todos los reinos, donde anduvo, vencido había tribus y caciques, que acatar no quisieron los preceptos del Dios que á su falange protegía, cual él quedó vencido aquella noche por haber arrojado al libro santo;
— 112
pero que la española hidalga raza
era cual denodada, generosa,
con el contrario débil y vencido.—
Lo que encontró Atahualpa muy contrario
% á la matanza horrible de esa tarde, y tranquilo repuso, con nobleza:
: — que de la guerra en los azares cruentos,
- corríase á vencer ó ser vencido; pero que compasión ellos tenían con los vencidos en sus muchas lides, y que nunca emprendían guerra alguna,
•sin haberla otros antes declarado; y pudiendo destruirlos, no lo hacían,
■ sino antes, el perdón les acordaban. —
Y de ese tiempo historiadores varios, . este suceso al referir nos dicen,
■ que sin intimidarse el Inca expuso:
— que desde que pisaron en sus costas,
noticias de sus marchas tuvo exactas;
mas que su exiguo número de fuerzas
inspiróle desdén, quiso atraerlos,
dejándolos cruzar por las montañas,
hasta en aquella plaza acorralarlos,
para quitarles armas y bridones,
y de los jefes elegir algunos
para que allí sus artes enseñasen,
y á todos los demás darles la muerte.— Ü4
Y si es de presumir que así pensase el Inca presuntuoso, en su arrogancia, no es creíble, que fuese tan menc/aado, que preso y á merced de aquellos hombres, que acababan de darle horrenda prueba
de su saña y rigor en los combates, tales cosas dijera en síí perjuicio, sino que su piedad se propiciase.
Y suponen también otros cronistas: — que con malicia el indio Felipillo, que mal quiso á Atahualpa y le temía, pérfidamente interpretó respuestas, tergiversando ideas y palabras,
para así hacerle odioso á los cristianos,
pintándole cruel é inaccesible,
y de ellos alejar cualquier convenio.
Y Pizarro, político y afable,
del Inca despidióse; y guardar hizo la cuadra do se hallaba el prisionero: mandó otra vez, como en la noche antes, poner en las entradas centinelas, diciendo á los soldados: — que se hallaban de enemigos cercados, y en el centi'o
de un reino numeroso y conmovido,
que á su jefe adoraba, y lidiaría
con sobrehumano esfuerzo por salvarle; ; .
pero que Dios su causa protegiendo, ^ y
para más grandes cosas los guardaba.— -
E hizo tocar silencio y retiróse. j
¡Si realmente presumió Pizarro, '
que él y allí todos sin descanso alguno, por solo el triunfo de la cruz lidiaban, debió dormir después de la victoria, entre los ayes y estertores tristes, j que alli llegaban de tendidos indios, con más profundo y agradable sueño, que la noche anterior de angustias llena.... como un niño en los brasos de la madre!
El nuevo día al despuntar sonriente, un solemne Tedeum cantó el clero á tal victoria, como acción de gracia, y por el gran milagro, que ninguno en aquella refriega muerto hubiese. Y en anchas fosas sepultados fueron los montones de cuerpos, que en la plaza el tránsito obstruían, no sin que antes de sus trajes y Joyas fuesen todos, con muy prolijo afán desbalijados, trasladándose luego al campamento, que la dispersa indiada abandonara, donde un botín espléndido juntaron, además del acopio que existía de comestibles telas y vestidos de Ca jamaica en las extensas cuadras, así cesando el hambre y las penurias, que hasta entonces heroicos soportaron, y así teniendo por demás de todo. 95
Y de caballería treinta hombres Pizarro despachó al Baño del Inca, á tomar posesión de ese paraje, dispersar á los indios, que allí hubiesen, y del Inca traerse los tesoros.
Como un rayo cundió en todo el imperio del Inca la prisión; y los suburbios de Cajamalca llenos se miraron de siervos, nobles, criados y mujeres, que con llanto en los ojos y humillosos, querían ver á su señor querido, y á todos permitióseles la entrada.
Los indios, que barbudos, hasta entonces llamaron á los blancos, ya en seguida tan solo oiracochas los nombraban.
MiiÉ^^^i'
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creyendo que ese dios los protegía,
desde que á su Inca retenían preso, V* r/;
sin que fuesen sus dioses á salvarle; '
y acataron humildes al cristiano,
quien cada cual tenía á su servicio ^ .
más de doscientos indios y mujeres;
y era tal el aumento cada día,
que algunos propusieron el matarlos
ó cortarles la izquierda ó diestra mano,
temiendo algún motín y que se alzasen;
pero indignado, tan felina idea
hiso acallar político Pizarro!
Según costumbre, entraban los magnates con un peso en la espalda y sin sandalias, á tributar fidelidad al Inca, y el duelo general comunicarle; y llorosas doncellas y mujeres, una mano apretando con la otra, bajos los brazos ú oprimiendo al seno, suelto el cabello, pálidas y tristes, como si el hijo, esposo ó padre amados perdido hubiesen en la tumba fría, á los pies de Atahualpa se arrojaban, amor vertiendo sus dolientes ojos, y hondas angustias su vibrante pecho; y demostrando el Inca estar tranquilo, con dignidad y corazón entero, consuelos dada y esperanza á todos, y la mano estrechaba á sus mujeres; y entre ellas descollaba una hermosura, como brillante estrella en negra noche.... como luz protectora en los desiertos.... como sonrisa plácida de un ángel.
¿Mas quién era esa diosa? ¡Ay! esa era Huáylas Nusta, de Atahualpa hermana, hija de Huayna Capac, y la más noble y la más en la corte esclarecida: sus ojos eran grandes y dormidos, como ardorosa virgen, soñadora, que al rumor de la brisa se estremece.... como Safo, en su lira modulando, al compás de las aguas y en la roca, sus estrofas de fuego, divinales: oval su rostro de purpúreos labios, y como rosa, que se entreabre, frescos: blancos dientes pequeños, linda barba, y en las finas mejillas un hojuelo: suave el cutis, como hoja de magnolia, . tersa garganta y los cabellos largos, denegridos, sedosos y brillantes, que hasta las pantorrillas la caían, y en la frente cortados, modelando
una hermosa cabeza de anchas sienes;
de oro bordada y de esquisitas piedras
túnica rica de flexible lana,
hasta la media pierna la cubría,
y al chico pie sujeta la sandalia,
de plata y oro con azules cintas,
que hasta las pantorrillas se cruzaban,
y do caía el fleco de su traje;
y en los mórbidos brazos y en las piernas
muy grandes aros de oro y de esmeraldas:
también en las orejas; y en el pecho
un collar de caireles relucientes,
como ángel ideal de los amores;
y más incitativa y más hermosa
sus sollozos y lágrimas la hacían,
su rubor revelando la sorpresa
de que esos extrangeros, afanosos,
con muy lascivos ojos la mirasen.
Y este boceto, para dar concluido, con otra pincelada harélo solo: tan célebre era allí Huáyllas Nusta, como por su belleza, en ambos mundos fueron Anacaona y Poca /zontas, heroínas del suelo americano, de la conquista en los primeros tiempos.
Esta escena del Inca y sus mujeres, entre varios cristianos contemplaban unos dos oficiales, literatos, cosa por esos tiempos sorprendente, pues solo en los corpóreos ejercicios
V en las armas trataban de adiestrarse; y así á su compañero hablóle el uno: «Dicen que Inés de Castro fué muy bella, y yo digo que esta india es asombrosa,
y vale más que el oro de este imperio.» ((Y yo replico, — contestóle el otro, — que si don Pedro fuese, la amaría con la misma pasión, que él supo amarla.... se entiende que á la india, no á la muerta.» ((Pues si yo fuese el caballero andante, — entusiasmado murmuró el primero, — Rolan ú Orlando, os juro, amigo mío, que sería mi Angélica esa india, aunque pesase al universo todo. o
Y el otro contestóle, como en broma, prosiguiendo de Ariosto la novela,
que entre otras muchas trastornó al manchego: «Y yo después sería su Medoro, aunque soy algo viejo para paje, porque el verla y amarla es todo uno.»
Pizarro, que muy cerca estaba de ellos, y también de la india contemplaba
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la beldad peregrina y sorprendente, y ese diálogo oyó, para sí dijo: --¡Angélica ó Inés.... preciosos nombres! ¡Mi sierva ó mi mujer... tan solo mía debe de ser y ha de ser! — Y así en efecto, fué de Pizarro la querida esposa, y por esos dos nombres conocida.
Con sus fines políticos de acuerdo, que allí quedase permitió Pizarro, la corte de magnates y mujeres, sirvientes y curacas de los pueblos, para servir al Inca, y franca entrada en su cuadra tuvieron todos ellos; y él, por galantear á Huáylas Nusta, pasaba con el Inca largas horas; y ella también astutamente atenta, comprendiendo tan solo que este jefe era el que libertar allí podía ó muerte dar á su cautivo hermano, sonreía á ese amor, lúbrico, ardiente, con la esperanza que á sus tiernos ruegos cediendo fuese, compasivo, amante,
y le entregase su perdido trono; • . ' V pero la aspiración al oro y gloria, ■ antes que á la belleza y la justicia, era en Pizarro superior á todo.
Sin haüar resistencia en las indiadas, la partida que fué al Baño del Inca, ] y luego que hubo posesión tomado, ; cargada regresó de plata y oro, de pesadas vajillas, muchas joyas y grandes esmeraldas, que Pizarro, agregando á las muchas que tenía, de la horrible matanza, fuá guardando, para en su día repartir á todos.
De llamas y vicuñas á millares los inmensos rebaños que pacían, de muy diestros pastores al cuidado, para el consumo de la regia corte, fueron sin previsión y muy en breve, destrozados, deshechos ó perdidos, dejándolos vagar por las montañas. 96
Con gran placer hubiérase intei'uado el caudillo español en ese imperio, desde que hizo á Atahualpa su cautivo, hasta llegar al Cuzco, tan famoso; pero supo, prudente contenerse y auxilios esperar de su colonia, pues harto aventurado hubiese sido con tan pequeñas fuerzas, y teniendo que ir custodiando en el camino al Inca, el provocar á las intactas tribus, que por caudillos hábiles mandadas\, lidiando hubieran con denuedo heroico por rescatar á su amo, tan querido. Así es que despachó inmediatamente correo á San Miguel comunicando: — su gran victoria y la prisión del Inca, y soldados pidiendo si ya hubiesen de Panamá llegado algunas fuerzas, para seguir cuanto antes hasta el Cuzco.
Hizo, entretanto, levantar la tapia, que al suelo echaron los absortos indios,
al huir en la noche del degüello;
é improvisóse en una de \ixs cuadras
una capilla ó templo, donde el clero
diariamente oficiaba, *con gran pompa,
y la devota hueste concurría;
pero Atahualpa, obsevador y astuto,
muy pronto comprendió que aquellos hombres
gustaban más del oro y los placeres.
que entre las muchas indias se buscaban,
que de ese Cristo, que dejaba impune
el matar á indefensos y vencidos.
Y como del cautivo el solo anhelo era obtener su libertad perdida; — porque es la libertad el don más grande, que mientras tiene vida goza el hombre, — aguzando su ingenio en tal idea, que noche y día se fijó en su mente, con suspicacia y cauteloso el Inca, dijo un día á Pizarro, que se hallaba en su prisión con otros oficiales: • —que el piso de esa pieza cubriría
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con oro y joyas de sus ricos templos, si como á amigo libertad le diesen. — Mas todos, con incrédula sonrisa, ^ > ' - escucharon del Inca la propuesta, que salvaje jactancia atribulleron. Viendo el Inca que nadie contestaba, y de la risa incrédulo ofendido, levantóse orgulloso, y contra el muro alzó su brazo y aplicó su diestra, y de sus pies sobre la punta irguióse, así exclamando: «¡No tan solo el suelo, sino hasta aquí la llenaré de oro, si me da la libertad perdida!»
Este el mayor rescate fué hasta entonces, que de una vez y en oro amontonado, habíase ofrecido en todo el mundo, por salir de la prisión un hombre!
Miráronse asombrados los cristianos, y Pizarro, perplejo, más que todos, entró en breve en convenios con el Inca, tanto porque el mismo Inca le entregase de motu-propio el colosal tesoro, y todo allí lo presentase junto, cuanto ya por temor de que los indios ocultasen ese oro, si el convenio que propúsole el Inca rechazaba; y acordóse el rescate de este modo: á la altura que el Inca, con su mano, indicó en la pared, trazóse en ella una encarnada línea, que sería hasta donde esa cuadra se colmase; y de veintidós pies era de larga por diecisiete de ancho, y unos nueoe tendría hasta la raya; y este espacio, á los dos meses llenaría el Inca con objetos y adornos de oro puro y no en barras fundido, resultando á su favor, los huecos que quedasen; y obtúvose además, que la otra pieza, que contigua existía y ocupaba, y por ser de pequeñas dimensiones, por dos veces de plata se llenase, de igual modo y en el mismo plazo.
Y para hacer este acto más solemne, y que fuera el contrato ineludible, ante escribano público efectuóse. Sobre estos hechos y extensión del cuarto y demás pormenores del convenio, contestes se hallan todos los cronistas y oculares testigos del suceso.
Y no bien otorgóse la escritura, cuando Atahualpa despachó correos al Cuzco y las ciudades principales, pidiendo de los templos y palacios los adornos y joyas que existieran, para saUr de su prisión en breve; y encargando también, que á los cristianos por do quiera que fueran, respetasen; pues á pedido de él, y con contento del caudillo español, fueron enviados á don Pedro Moguer, don Martín Bueno y Francisco Martínez, y con orden de estudiar ese imperio y sus costumbres, para así proceder en lo futuro.
En litera llevada por los indios, partieron esos tres aventureros, así los mil kilómetros andando: que desde Cajamalca hay hasta el Cuzco; y regalados fueron por do quiera, cual mensajeros de invasor terrible ó sobrehumanos seres, descendidos: sorprendiéronles, mucho las riquezas de los templos del Cuzco y sus palacios, y el aseo, adelantos y caminos, sus jardines y plazas, y el respeto con que el pueblo asombrado los miraba; las vírgenes del templo los servían, y todos procuraban, afanosos, adivinar sus gustos y deseos.
¿Pero cómo estos hombres insolentes, tantas bondades de afectuosos indios, y esa hospitalidad, tan espontánea, pagaron insensatos? Mofa hacían de sus saludos, ritos y costumbres, sustraían las joyas más preciosas, lascivos á las vírgenes violaban, y á todos ofendían, pretendiendo, que hasta los padres á las tiernas hijas á su infame mansión se las llevasen, para en ellas saciar infames actos, dejando á la inocencia escarnecida, y el honor de los padres mancillado!!!
Y esos pacientes indios tan sufridos, ante el cinismo, ingratitud, locura, que tales miserables desplegaron, casi estuvieron, cual rabiosos tigres, y no cual antes, tímidas ovejas, por destrozarlos en pedazos miles; pero temiendo represalia cruenta en su cautivo rey, sufrieron todo,
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no en ellos viendo ya seres divinos, sino asquerosos, míseros mortales: y pronto haciendo la remesa de oro, otra vez en litera los llevaron; y del Cuzco los pobres moradores, habiendo ya palpado su avaricia, sacaron de los templos y palacios todo el oro y las joyas que pudieron, y en odio á aquella gente advenediza, en ocultos parajes enten-aron.
Ante tales escenas de barbarie, concupiscencia, ingratitud y robos, ¿quiénes fueron los bárbaros infamesf ¿Esos salvajes, sin noción alguna de religión, moral ni humanas leyes, aunque estas cosas respetar sabían, ó esos cristianos del antiguo mundo, que impregnados de vicios y maldades, con más lepra moral, que un lasarino, v codicia sin fin, iban de Cristo á predicar las máximas divinas, tan atroces escenas cometiendo en la virgen región del nuevo mundos
Ocasión oportuna no perdían frai Valverde y los otros dominicos de al preso ilustre ir catequizando, á quien hizo dudar y entristecióle el continuo argumento que le hacían: —que su dios no era dios, ni verdadero, cuando evitar no pudo que cayese cautivo y á merced de los cristianos, por un dios poderoso protegidos: que llamara á su dios, que le amparase, y veríale al fin, débil y mudo.—
Y aún más acuitóle todavía la nueva de que Huáscar:— que se hallaba en Andamarca preso y no distante,— al jefe castellano hubiese enviado otro mayor rescate á proponerle, exponiendo:— que el Inca no sabía dónde estaban del Cuzco los tesoros, porque allí no nació ni residiera, sino en Quito, provincia conquistada.— También llegó á saber:— que el castellano la controversia de mejor derecho, que entre ellos existía, por s¿ solo quería dirimir y el trono darle al que juzgase que razón tuviera,— pues comprendió Pizarro, que este medio daríale poder y gran influjo
sobre aquel á quien diese la corona, é intentaba tomar esta medida; porque así, anarquizado aquel imperio, una mitad á su favor tendría.
También todo esto el Inca comprendiendo, y de temor que Huáscar sobornase á la guardia, que preso le tenía, dejóse dominar por su despecho, y á esbirros de confianza envió á Andamarca, para que diesen á su hermano muerte, y declarasen: — que escaparse quiso.—
Enmendó el rey de España su injusticia, haciendo mariscal á Diego Almagro, quien á fuerza de afanes y constancia, con tres bajeles y doscientos hombres, y cincue>da caballos ij unas malas, de Panamá, al terminar el año, al mar lanzóse de Pizarro en busca; y también agregáronse á su flota don Francisco Godoy, con otro buque y varios oficiales, que anhelando fama adquirir, honores y riquezas, de Nicaragua hacia el Perú marchaban, y á sus órdenes todos se pusieron.
El piloto Ruiz, viejo marino, que era conocedor de aquellas costas, las naves dirigía, y felizmente llegó de San Mateo á la bahía: siguióle por la costa con cautela, por los contrarios vientos y corrientes; é indagando noticias de Pizarro, sin poder obtenerlas, prosiguieron, no sin que el desaliento entrase en muchos, que eran bizoños en trabajos tantos; y así llegaron hasta Puerto Viejo, de donde algunos regresar clamaban, perdida la esperanza, que se hallasen de Pizarro las huellas en las costas, ni en esos mares, islas y desiertos, donde dábanle muerto con su gente; pero un piquete, que mandara Almagro, á esplorar ese puerto y sus contornos, volvió gozoso, con la alegre nueva; — que ya en un pueblo, .Va^ Miguel Wamaáo, habíase formado una colonia, y triunfos y riquezas diariamente avanzando obtenían.— Tal noticia volvió el aliento á reanimar de todos, y dejando las naves, emprendieron " hasta llegar á San Miguel su marcha, i
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en donde á fines de Diciembre entraron; y allí supieron la gigante empresa de haber cruzado el ínclito Pizarro con un puñado de héroes esas cumbres.... tan colosales, como fué su arrojo; del Inca la captura y su derrota, y de oro el gran rescate fabuloso por obtener su libertad, propuesto.
Ambiciosos soldados, que cercaban á Pizarro y Almagro, procuraron enemistarles antes que se viesen. y renovar resentimientos mutuos, para poder sacar ciertas ventajas, y en San Miguel algunos le dijeron: — que Pizarro mandar solo quería, y no incauto en sus manos se pusiera, pues buena voluntad nunca le tuvo, ni menos los hermanos de Trujillo; que aisladamente y de su sola cuenta emprendiera á la vez otras conquistas, porque sobrado extenso era ese imperio para que todos por opuestos rumbos, tesoros y provincias adquirieran. —
Y de su puesto, pérfido abusando, á Pizarro escribió Rodrigo Pérez,
de Almagro secretario: — que ya siendo
su jefe mariscal, no seguiría
en pos de él, cual teniente miserable,
sino que iba á emprender, por propia cuenta,
otras conquistas por opuestos lados,
y fundar un gobierno independiente,
aunque uno á otro siempre se ayudasen.. —
Y aquellos, que cercaban á Pizarro, inspirándole dudas, le decían:
— que después de obtenida la victoria,
y sin haber en nada contribuido,
se presentaba con su gente Almagro
una parte á pedir del gran rescate,
en perjuicio de aquellos que espusieron
su vida en Cajamalca, allí triunfando. —
Y quien mas atizaba esta discordia,
queriendo de Pizarro ser segundo,
era Hernando, su hermano, en odio á Almagro;
pero astuto y sagaz el bravo jefe,
que la ambición en ellos traslucía
y la rivalidad, en tales chismes,
y que hartas pruebas del honor de Almagro
recibidas tenía, y sacrificios
por ambos hechos en tan vasta empresa;
y conociendo su carácter noble,
y de aquel contingente la importancia,
para dar breve cima á la conquista, {'■ ^ envióle á San Migual un mensagero, ^' ;v ^ rogándole: — pasase á Cajamalca .
para seguir entrambos hasta el Cuzco; — y de Pérez mandándole la nota, que el miserable embuste contenía.
Y ante aquel proceder tan franco y digno, aunque mas que esto, fuese conveniencia^ conoció al fin Almagro las intrigas, que ambos bandos fraguaban envidiosos; y tanto contra Pérez fue su enojo, que en el acto mandóle dar garrote, y colgado quedóse, como pasto de carnívoras aves, y escarmiento de indignos secretarios y traidores; y púsose en camino con su gente, para unirse á Pizarro en Cajamalca.
En tanto el clero del peruano pueblo, en el Cuzco y ciudades principales, llamaba al pueblo á orar devotamente ^-
en sus abiertos y ostentosos templos, sangrientos sacrificios tributando á sus ídolos, mudos y sombríos, para pedir la libertad del Inca, al almo sol para sus hijos, triunfos, y del funesto blanco el exterminio.
Solemnes eran sus canturías graves, y entonados sus ecos religiosos; y el siguiente intercalo, traducido, de sus místicos himnos, como muestra.
HIMNO AL SOL
CORO 1°
¡Oh padre del día! ¡Oh Dios de la lumbre! levanta en Oriente la fúlgida faz.... alumbra á la tierra, que gime en tinieblas, derrama tu brillo, sublime deidad!
CORO S**
Al raudo torrente del fuego divino, se ahuyentan las sombras y nace el amor; y el mundo se anima y crecen las flores, y viste la selva su hermoso verdor!
CORO I**
¡Oh sol, que sublime, tocando á los cielos, al mundo dominas y al débil mortal;
. (í'r^i':'
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tú sabes que puros, sin crimen, tranquilos, tus hijos adoran tu fuego eternal!
CORO 2° -
El justo bendice tu fúlgida frente, tus rayos de vida, y espléndido sol; y el triste malvado, buscando las sombras, en pos de su crimen la noche buscó!
CORO 1"
¡Antorcha que eterna, brillando en los cielos.
al mundo prodigas, amor, juventud, benigna luciendo, consuela á tus hijos, y no entre celajes ocultes tu luz!
CORO 2°
Si opaco tus iras anuncias al suelo, el piélago ruge con ciego furor: si plácido brillas, derramas la dicha, y el mar y la tierra respiran amor!
Supo Pizarro, que en aquel imperio, el templo á Pachacámac consagrado era el que más riquezas encerraba; y pidiendo á Atahualpa esas riquezas, convínose en cederlas, como parte de las que por resóate dar debía: dijéronle también: — que en Guamachuco, que era un próximo pueblo á Cajamalca, reuníanse los indios á gran prisa, con intención de darle una sorpresa; — sobre tal cosa interrogó á Atahualpa, quien indignado contestóle al punto: «Ningún vasallo mío, en todo el reino, osará un dedo alzar sin mi mandato! ¿Y qué más garantías, pues, pretendes, cuando tienes en prenda mi personaí* ^A inquirir la verdad, por qué no mandas, si crees, acaso, que engañarte quieroí?
Y el consejo siguió de su enemigo, que seguirlo á sus miras convenía, ordenando á su hermano que partiese con veinte de á caballo y doce infantes; y recorriendo todos los contornos, después á Pachacámac prosiguiera, para traer del templo los tesoros.
Don Hernando partió el cinco de Knero, y halló solo tranquilos moradores, que dóciles, atentos, serviciales,
hospedaje brindáronle y recursos, ó grupos de indios, que cargados de oro, llevando iban pacientes el rescate, por solitarios campos y caminos: Hernando, entonces, sin temor alguno, emprendió el largo viaje á Pachacámac, que hallábase situada hacia la costa y á quinientos kilómetros distante.
Solamente el aliento de esos hombres, que al frío, al sol, montañas y torrentes, y todo un gran imperio desafiaban, á hacer tal marcha resolverlos pudo; pues dos terceras partes de camino de sierras eran de elevadas crestas, aunque el resto se andaba por el que iba bien calzado y magnífico hasta el Cuzco; y eran en ciertos sitios tan pendientes, que con hartos peligros y trabajos, hacer pasar apenas conseguían un caballo tras otro; aunque ambos lados de altas piedras tuvieran parapetos, y los indios sus armas condujesen: y ora ante los torrentes s^ encontraban con sus puentes de piedra ó de madera, ora sobre otros de tejidos mimbres, por pilares sujetos á la orilla, y al parecer tan frágiles, que solo á un indio con su llama soportasen; pero al tener que atravesar sobre ellos.
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mostróle la experiencia su firmeza, aunque oscilasen, como débil caña, ' sobre el profundo abismo, torrentoso.
En aquellos descensos, do crecía la corta y verde yerba de los Andes, veíanse rebaños infinitos de llamas y de alpacas y vicuñas, que en los cerros corrían y saltaban: 97 unos silvestres y otros al cuidado de incansables pastores, que tenían su choza en las pendientes ó entre aldeas de asiduos labradores,, que los valles convertían en huertos y jardines, que tropicales frutas ostentaban y matizadas flores, siempre abiertas, ' gratísimos perfumes esparciendo, sobre feraces campos, esmaltados de mil diversos, vividos colores, que un periódico riego por canales, lozanos y floridos conservaba; y aquellos labradores, á porfía brindaban sus manjares y su choza al altivo invasor de sus hogares!
Varias semanas de penosa marcha, hasta llegar tuvieron á la ruta, que hacia el Cuzco seguía rectamente; y por ella al cruzar, no pudo menos que prorumpir Hernando, harto admirado: ((¡No hay en la cristiandad otro camino como este porque vamos, tan hermoso!» 98
Era célebre, antigua y populosa de Pachacámac la ciudad bendita; y de piedra agrupados edificios, de una colina en derredor situados, de esa deidad el templo constituían, y en peregrinaciones numerosas allí acudiendo los devotos indios, desde uno y otro extremo del imperio^ llegó á ser el más rico y venerado; pues todos los magnates en los muros sus votivas ofrendas deponían, desde remotos, ignorados siglos. 99
Al querer penetrar Hernando al templo, fué por un sacerdote detenido, y soberbio exclamó: «¡Yo no he cruzado el mar y las montañas con mi gente, para que ose un idólatra caduco, interponerse fatuo en mi camino!» Y á un lado haciendo al indio, entró con ella; la galería circular subieron.
que á la ancha plataforma conducía,
en cuya cima la capilla estaba ' ^ V
de la oculta deidad tan misteriosa,
y la pequeña puerta, guarnecida
se hallaba de turquesas y corales.
Hernando y sus secuaces temerarios, iban á echar abajo ya esa puerta, cuando el raudo temblor de un terremoto á los cristianos embargó de espanto, é hizo por el pueblo á los salvajes salir gritando: — ¡La deidad airada va á sepultar á la profana gente entre las ruinas del augusto templo, así vengando á sus queridos hijos!» —
Pero pasó el temblor en el instante, cual pasó la sorpresa de los blancos, que derribando la sagrada puerta, en el salón ó cueva penetraron, hallar creyeron ofrendas hacinadas, y del dios los tesoros escondidos; mas luego que sus ojos ver pudieron en esa oscuridad, hallaron solo en el suelo esparcida una que otra gruesa esmeralda ú olvidada alhaja; porque los sacerdotes, ya sabiendo los cometidos crímenes v robos de los otros guerreros, en el Cuzco, habían las riquezas enterrado. Sólo encontraron, pues, la rara efigie, una especie de monstruo de madera, de estraña forma con cabeza de hombre; y haciéndola pedazos, colocaron una gran cruz de piedra y de madera, como la enseña de su fe triunfante, que al trascurrir los años fué encontrada, cuando aquel sitio hallaron adecuado los nuevos pobladores de ese reino, para elevar sus nuevos edificios.
Viendo los pobres indios, que sus dioses ya no tenían vengadores rayos, con que pulverizar al extranjero, que avariento al santuario profanaba, le rindieron, entonces, vasallaje, y comenzó su religión Hernando, de un buen predicador ó fraile á falta, á explicar y pedirles que adorasen esa bendita cruz, que á sus creyentes de las iras libraba del demonio.
Del tesoro escondido, alguna parte Rodrigo Ordoñez y otros descubrieron;
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mas para su ambición nada valiosa, pues ya hasta las montanas presumían en oro ver do quiera trasformadas, que cuanto más se tiene, mas se quiere, y no hay límite humano para el hombre!
Súpose allí que en Jauja se encontraba con veinticinco mil diestros arqueros el jefe Chalcuchima, muy lamoso, pariente de Atahualpa, y con sus triunfos elevárale al trono, secundado por el viejo Qui^quij, su rival digno.
No quiso Chalcuchima presentarse al llamado de Hernando, que orgulloso con los recientes triunfos, no creyendo que ya ninguna empresa fracasase, dirigió su piquete, temerario, á la distante Jauja, entre montañas; larga y penosa fué la travesía, y gastados los cascos y herraduras, otras fundieron los prolijos indios de plata y oro, gruesas y abundantes, y así marchar pudieron los caballos, y al fin llegar á la anhelada Jauja, en cuya plaza ó dilatado centro, podríanse reunir cien mil personas; 100 y el caudillo peruano, no distante hallábase acampado con sus fuerzas,
V consintió tener una entrevista.
Hernando entonces, de Atahualpa en nombre: - pidióle que sus fuerzas disolviese, y partiera con él á Cajamalca. —
La captura del Inca, misteriosa, y los rápidos triunfos de esos seres, que á pesar de sus vicios y miserias, ahí como titanes se encumbraron, al reino todo y al famoso jefe atónitos dejaron y postrados; y fiel Chalcuchina á la orden regia, al punto disolvió su gran falange, y á Hernando siguió humilde á Cajamalca, de numeroso pueblo acompañado^ en andas conducido, y recibiendo grandes demostraciones y homenajes, que tan solo al monarca se rendían.
En la prisión de Huáscar observóse, al llegar de Atahualpa los esbirros, gran vigilancia entre los nuevos guardias,
V entre el silencio de la noche oscura, hasta el río Andamarca fué llevado: hgáronle los brazos y las piernas,
y una piedra colgando de su cuello^ arrojáronle al río, sin que el rango, j
alto valer y juventud lozana, j
nobles prendas y pecho generoso \
del infelice Huáscar conmoviesen I
á esos leales indios, que cumplieron i
de su Inca venerado aquel mandato, como al padre obedece el tierno niño.
Así Huáscar murió, lleno de vida, á la viril edad de veintiocho años: y en tal acto refiérese que dijo: — que su pérfido hermano muy en breoe moriría también escarnecido, pues los blancos su muerte vengarían! —
En seguida volvieron los esbirros á dar cuenta á Atahualpa de esa muerte, quien fingiendo pesar dijo á Pizarro: —que en su prisión y por la noche Huáscar, al tratar de evadirse por cohecho, asesinado fué por los guardianes. — Y también dicen que fingió Pizarro gran disgusto al saber esta noticia, y que hizo al luca, aparentando dudas, que se hubiese ese crimen perpetrado, de la vida de Huáscar responsable.
Huáyles Nusta hallábase presente, y más que nunca pensativa y bella.... y más que nunca con Pizarro amable, por la vida temiendo de su hermano, y bañados en lágrimas los ojos, de allí salió muy triste y angustiada: observóla Pizarro y al instante siguió sus huellas, la tomó la mano, y con tiernas palabras, ardorosas, prometióle velar por el cautivo, pintándola ese amor, que ha largo tiempo en su mirar de fuego demostraba, y la india temerosa conocía: aún mas la mano la estrechó Pizarro, estampando su labio balbuciente, y á su apartado albergue, sin testigos, condújola sagaz entre rodeos, y rogóle que entrase unos instantes: vaciló la beldad, estremecida, como un niño extraviado, entre el tumulto..., volvióla á suplicar Pizarro amante, y ella al recuerdo de su preso hermano, y la amenaza_, que sobre él pesaba, y la esperanza de salvar su vida, tímida el primer paso dio sin fuerzas, y conducir dejóse, dominada,
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como gacela ante león furioso.... " ^ como mortal que resistir no puede del destino el arcano impenetrable! Pizarro, entonces, ardoroso, tierno, júrala eterno amor entre sus brazos, al contemplar la pálida hermosura de la tímida india, falleciente, que un rayo cariñoso de la luna, por ventana entreabierta iluminaba, y á un inmediato lecho solitario. ¡También la luna, del amor amiga, vio su brillo menguar por tenue nube, V las oscuras sombras, misteriosas, á ese amor protectoras cobijaron, que es la suprema dicha de este mundo!
Llegó Almagro con su hijo y su falanje el catorce de Mayo á Caj amalea, y los dos capitanes se abrazaron.
dando al olvido sus pasadas quejas, - y en la empresa dispuestos á auxiliarse, que tan alta carrera les abría; '
y todo gozo fué en el campamento de la triunfante hueste castellana!
¿Y tan solo allí un hombre sintió frío, nuevas penas, temor y desencanto.... era Atahualpa, que crecer veía sus formidables, duros enemigos, como mira el pastor, en hondo valle, que desbordadas aguas de su cauce van á arrastrar en rápidas corrientes, su pobre choza y tímido rebaño; y vio también brillar en noche triste un metéoro igual al que la muerte anunció de su padre Huayna Capac, y emponzoñóse su alma de amargura!
De los diversos puntos del imperio ban llegando á Cajamalca indios con cargados zurrones de oro y plata; y en palanquines otros conducían planchas y chapas de los templos sacros; y llegaron Moguer, don Martín Bueno y Martínez de Zarate, del Cuzco, trayendp de oro unas docientas cargas, de plata veinticinco y piedras finas; pero del templo la cornisa de oro fué imposible extraer, porque se hallaba fuertemente encajada en las paredes.
Toda la plata y oro que venía, íbase en un depósito reuniendo, que estaba por su guardia vigilado.
Del efectuado viaje á Pachacámac regresó Hernando, en Mayo veinticinco, con Calcuchima y su incansable gente, y datos y noticias importantes, para poder seguir en la conquista; y el oro, que traía, fué aumentando el ya inmenso deposito existente.
No pudo Hernando, bajo y envidioso.
su ira disimular al ver á Almagro,
y contestó de todos al saludo ,
y no al del mariscal, que siempre noble
las ofensas pasadas dio al olvido;
y mucho este hecho disgustó á Pizarro,
hasta obligar á Hernando, que cumplida
disculpa diese al viejo veterano.
Al llegar Calcuchima á Cajamalca, de los aplausos prescindiendo humilde, que en todo su camino recibiera, quitóse las sandalias y sus armas, ligera carga púsose en sus hombros, y respetuoso presentóse al Inca: echóse de rodillas y llorando besóle pies y manos, y así dijo: «¡Oh mi señor, si yo, aunque viejo débil, hubiese estado aquí, no te hallaría, como te veo, prisionero y triste!»
Pero sereno el Inca, cual si fuese arbitro, siendo de su hermoso reino, recibía tan tiernos homenajes, sin abdicar su voluntad suprema, v levantarse le mandó del suelo; y hasta los mismos blancos le trataban,
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por expreso mandato de Pizarro,
con debida atención y gran respeto;
aprendió el juego de ajedrez y damas
en la prisión do estaba vigilado,
y así olvidar solía, distraído,
del tedio y del pesar las tristes horas;
sus esposas y siervos le servían,
y de indios nobles numerosa guardia,
sin atreverse á entrar sin ser llamados,
esperaban sus órdenes atentos;
era de oro el servicio de su mesa,
V ora de lana de vicuña fina vestía rico traje, ora de plumas de blancas aves túnica lujosa;
y mudábase ropa con frecuencia, que guardaban sus criados en un cofre para luego quemarlas, pues sagrados eran del Inca todos los despojos.
V aún el llantii ceñía ó gran turbante de brillantes colores; y ostentaba
la su borla imperial, que en hilos rojos
V de oro hasta las cejas le caía.
De lo que fué, ese emblema conservaba para el Inca, aguardando su rescate, bella ilusión de ensueño delicioso; mas ¡ay! que al despertar, aquella borla iba á caer también, con su cabeza!
Del buen Almagro la feliz llegada, el anhelo avivar hizo á Pizarro de proseguir cuanto antes hasta el Cuzco, como el gran centro del poder y el oro; mas á ello se oponía, que el rescate aún del todo no estaba satisfecho, y llegando seguían más metales; aunque muchos pedían el reparto por temor de un contraste ú otra causa, ó por volverse algunos á sus lares, donde fueran con su oro más felices, cansados ya de tantas aventuras y pasadas desdichas y miserias; y otros por tener más, yendo cuanto antes, eu el Cuzco también á recibirlo, y antes que los salvajes lo ocultasen, como á hacerlo empezaban, irritados; pero todos gritaban y pedían, ya de consuno y por diversas causas, el reparto del oro; y su avaricia impacientes mostraban los guerreros.
Y alli en montón estaban apiñados piedras finas, bandejas y jarrones, copas, vasos, vajillas y aderezos,
tablones, ornamentos de jardines, con aves y animales, todo de oro, y plantas imitando sus espigas, y valiosas alhajas de mil clases. Y avivando el deseo este conjunto, como la vista del manjar sabroso, mas abre del hambriento el apetito, ya de consuno, todos impacientes, el muy pronto reparto reclamaban, aunque el precio ofrecido del rescate, no estuviese del todo satisfecho.
Por todo esto Pizarro decidióse al ansiado reparto del tesoro; mas hallándose en planchas y en objetos de tan diversas formas y tamaños, ^,cómo con equidad é iguales partes entre todos podría dividirse?
El mejor medio concibió Pizarro de que todos quedasen muy contentos, sin destruir trabajos muy curiosos: separáronse, pues, como obras de arte, los mejores objetos de oro y plata y las piedras preciosas, calculando que su valor equivaliese al quinto, que á la corona remitir debía; y todo lo demás fundir mandóse por artífices indios, en pedazos, de tamaños y pesos diferentes, para hacer mas exactas las porciones, y más de un mes empleóse en el trabajo.
La cantidad total de oro fundido de que hízose reparto, ¿¿n millón era, trescientos veintiséis mil pesos de oro, que un moderno historiador calcula, t/'es millones y medio de esterlinas, ó dieciseis millones pesos duros, según lo que tal suma en esos tiempos con arreglo á los nuestros de hoy valdría, y la plata era mas de mil arrobas. 101
Mas ante aquel montón de oro fundido y otro más grande aún de blanca plata, también de Almagro la sediente gente, con razón ó sin ella pidió parte, y Pizarro la dio veinte mil pesos por evitar rencillas y disgustos.... y fué por cierto suma muy mesquino, y no en esto político mostróse!
Con el temor á Dios, tan necesario en los solemnes actos de la vida.
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reunió en la plaza pública á su gente,
donde se hizo llevar todo el tesoro;
aunque el temor á Dios que hubo invocado,
parezca una irrisión, si se medita
cual de ese gran botín era el origen,
y del pérfido modo^ que pensaba
no cumplir á Atahualpa su convenio:
y según los servicios y los grados,
así el reparto se hizo equitativo,
mas mejorando á sus hermanos siempre,
el diesiocho de Junio, y consignado
en escritura pública se encuentra;
y además, se adjudicó á Pizarro
las andas de oro del monarca preso,
en oeinticinco mil pesos valuadas. 102
Heroicamente prometió el caudillo, cuando errante vagaba por las costas, llenar de oro y de fama inmarcesible á todos sus leales compañeros, y mostrarles á todos el camino que á la gloria, al poder y oro conduce, y á su patria legar un gran imperio, y.... i V^ive Dios, que con eterno aplauso, cumplir gigante su palabra supo!
Mas en verdad, mezquina fué la suma que asignóse á la gente de don Diego, ilustre viejo, que sirvióle tanto, y que prudente desdeñó esta injuria: y mezquina también la que acordóse de San Miguel á míseros colonos; ni tampoco aparece parte alguna, para el buen padre Luque infatigable, que aunque muerto, vivía aún Espinosa, quien fué el que el oro dio por su intermedio, para emprender los primitivos viajes; ni para Almagro cantidad alguna, aunque por escritura y como socio, una igual parte á la por él sacada, reclamarle podía legalmente, hubiese ó no se hubiese allí encontrado, cuando fué sorprendido y preso el Inca.
Como á pesar del proceder hidalgo del viejo mariscal, aún seguía mirándole altanero don Hernando; y queriendo evitar lance sangriento, como enviar á la corte una persona de toda su confianza con el qumto, para nuevas mercedes ó promesas poder sacar del rey por el presente.
determinó Pizarro allá mandarle y nuevo lustre diera á su familia con el oro, que dióle en el reparto.... tal vez deseando por allá quedase, para seguir él solo la conquista, pues altanero revelaba Hernando ... tener más ambición que todos juntos.
También encargó Almagro á sus amigos don Cristóbal de Mena y Juan de Sosa, que al monarca en su nombre demandasen de adelantado el título ofrecido, con la lindante tierra de Pizarro, para fundar él solo una provincia.
Partió orgulloso Hernando para España, con varios capitanes y soldados, que ya en el seno del hogar querido disfrutar anhelaban su riqueza, fatigados de tantas aventuras.
En tanto en Panamá, y aquellas costas, gran sensación causó la fausta nueva de la prisión del Inca y su rescate, y ese oro, que veían y palpaban del asombroso quinto á la corona, ricos objetos y preciosas piedras; y felices á todos suponían en aquella de Dios bendita tierra, y no como antes, tristes y mendigos, sahendo á recorrer mares desiertos, para morir en costas solitarias, como hambrientos piratas, maldecidos!
Y en todo Panamá y aquellos pueblos, esparcióse la nueva prodigiosa, con el clarín glorioso de la fama, que el oro en nuestro siglo representa, y todos á Pizarro bendecían, alabando su acierto y su constancia, y queriendo pasar á aquella tierra, que llamaban también país del oro.
¡Si en solitaria isla hubiese muerto el heroico Pizarro, abandonado, todos entonces le llamaran loco.... como llamaron á Colón los sabios de escuelas y palacios de esos tiempos; y por eso el vioir, es para algunos, hasta dar cima á empresa gigantesca, que cree la muchedumbre una locura.... vivir para la gloria de su patria!
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Ya la torpe ambición saciada en parte, después de haberse el oro repartido, natural parecía que Pizarro hacia el Cuzco sus pasos dirigiese; ¿pero qué hacer con el cautivo regioí Allí preso dejarle era imposible, porque crecida guardia precisaba para dejarlo, sin temor alguno; y si al Inca llevaban, era fácil que en alguna emboscada, entre los bosques, ó de las cumbres en estrechos pasos, ya recobrar su libertad pudiese por los ágiles indios, en acecho, con salvaje furor lidiando entonces!
Y si ante la conciencia y la justicia era lo mas expeditivo y recto
darle la libertad, después que todos los llegados tesoros se apropiaron, no lo era á la política seguida, ni á los ocultos planes de Pizarro, quien la voz esparcir hizo entre todos: — que conspiraba el Inca y mantenía entre sus hordas tenebrosas tramas! —
Pedía libertad, en tanto, el Inca, exponiendo:— que el oro repartido daba ya por pagado su rescate; pero si más querían, que tomaran todo el que continuase allí viniendo.—
Y don Hernando Soto, que tenía mas que ninguno por el Inca afecto, con familiaridad llegó á tratarle
y jugaba con él muy largas horas, por él pidió á Pizarro, quien tan solo llególe á contestar con evasivas, y hacerle ver cuan grande era el peligro de darle libertad, antes que hubiesen tomado al Cuzco y fuertes principales; pero mandó después por pregonero, que pública se hiciera:— que quedaba de toda obligación escento el Inca, aunque debía continuar cautivo, mientras que nuevas fuerzas no llegasen.—
Y como no esperaba tales fuerzas, tan remota promesa era un engaño!
Los supuestos aprestos de los indios fueron bola de nieve, que tomaba enormes proporciones; y corrióse en todo el campamento castellano: —que ya en Quito, la patria de Atahualpa, unos doscientos mil bravos arqueros, y treinta mil caribes de las costas, á Caj amalea rápidos marchaban á libertar al Inca, decididos; — y Felipillo, el lenguaraz taimado, que del Inca sedujo á una querida, y temía del Inca la venganza, y de su patria las severas leyes, si libertad le diesen los cristianos, levant(')le calumnias y acusóle como secreto autor del movimiento.
Llamóse á declarar á Chalcuchima, que á pesar de probar qne era inocente, fué á prisión, desde entonces, reducido: también Pizarro interrogó á Atahualpa, sobre las hordas de Indios, desprendidas de Quito y sus riberas, demostrando que daba entero crédito esas voces; pero severo replicóle el Inca: <(^,Por qué de mí te burlasf ¿O supones que tan menguado sea, que pretenda tu poder afrontar, pobre cautivo? ¿Piensas, que ignoro, que al menor engaño, ' puedes, si quieres, ordenar mi muerte? ¡Y bien sabes, que en todo este mi reino, ni las hojas del árbol se menean, ni los pájaros hienden el espacio, sino no es mi voluntad, que acatan todos! ¡Te pido, pues, no más de mi te burles, que es harto triste mi presente estado!»
Este no era el lenguaje de la astucia ni del engaño, meditado y frío, sino el de un hombre, que su estado adverso, sin hacerse ilusión, conoce y juzga!
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Pero en vez de inspirar mayor confianza tan sinceras palabras, se decía: -que un ejército había en Guamachuco, próximo ya á atacar á los cristianos, o
que indignados gritaban contra el Inca, y haciéndole de todo responsab'le.
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Y bien entonces comprendió Atahualpa, de Huáscar recordando el jln funesto, que un rey es un cautivo muy temible, y que hay peligro en conservar su rñda; y que siempre es mejor y conveniente deshacerse de un preso poderoso, que no irle á vencer entre sus huestes, en donde hay que exponer á los soldados, y al éxito exponerse, en un combate.
Púsose á Caj amalea en pie de guerra, dobláronse las guardias y patrullas, y todos por la noche, vigilantes,
un ataque esperaban por momentos
mas al tornar la luz del nuevo día, todo yacía en derredor tranquilo, y los mismos iberos, tan valientes, ya rubor por sü miedo demostraban, y hasta los menos listos comprendieron, que todas esas farzas y rumores eran tan solo por culpar al Inca; porque siempre Pizarro, prevenido, les daba aliento, insomne y vigilante, cuando peligro verdadero había.
Mas no obstante, de Almagro los secuaces, y los de la colonia que vinieron como apenas gozaron del reparto, por la muerte gritaban de Atahualpa y por seguir cuanto antes hasta el Cuzco para también hacerse de más oro; y á Pizarro exponían que esa muerte ere el justo castigo á las traiciones, que desde su prisión fraguaba el Inca; y urgente á la conquista y necesario al tesoro y honor de la corona; porque si necios libertad le daban, á perder ese imperio se exponían y su vida también, en larga lucha.—
Pizarro, pues, con el pretesto honroso de hacer reconocer ciertos parajes, hizo que Hernando Soto,— que á Atahualpa crevéndole inocente, defendía, —
*/ 7 7
de allí saliese con alguna gente.
Díjose que Atahualpa oyendo á todos
siempre nombrar á Dios con gran respeto,
á un soldado pidió que esta palabra
en la uña del pulaar se la grabase; :;*
y mostrándola á todos, se asombraba,
que Dios, al verla, todos prorumpiesen; ^
y que haciendo lo mismo con Pizarro,
no pudo éste turbado, pronunciarla,
la admiración así disminuyendo
en que túvole el Inca, al compararle
con sus otros soldados inferiores;
que esta impresión disimular no pudo,
y Pizarro notándola, ofendido,
no la olvidó ni perdonóla nunca,
que inferior á los suyos le juzgase,
su muerte acelerando, vengativo. 103
Después que partió Soto, continuaron la ejecución pidiendo de Atahualpa los mas aventureros y avarientos; y salvando las fórmulas, nombróse un tribunal compuesto de Pizarro, Almagro y un fiscal; y eran los cargos: — el haber usurpado la corona y asesinado al heredero Huáscar; haber enriquecido á sus parientes con los tesoros públicos del reino; en torpe idolatría rey y papa, vivir entre el incesto v adulterio; con diversas mujeres ser casado y tener á la vez muchas queridas; y de tratar de sublevar las tribus, engañando á las fuerzas españolas, y otros varios y fútiles pretestos. — El escribano fué Sancho de Cuéllar, Diego de Chaves, defensor de oficio, y Fuentes el fiscal, que era un alférez. 104
Absurdos eran muchos de estos cargos y á la costumbre y ley atentatorios de aquel antiguo imperio constituido, que en esta causa respetar debieron; y tal, como si en vez de ser España quien allí ese proceso formulase, hubiera el Inca á España conquistado, y al monarca católico enjuiciara, porque solo una esposa y Dios tenía, no como él, muchos dioses y mujeres, pues para hacer su gusto y elegirlas, debíale servir el ser monarca, y no para envidiarlas, como agenas, ó siendo agenas el hacerlas propias. ¡Y tan absurdos cargos se aplaudieron, y por ellos al Inca condenaron!
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124 —
Ya la torpe ambición saciada en parte, después de haberse el oro repartido, natural parecía que Pizarro hacia el Cuzco sus pasos dirigiese; ¿pero qué hacer con el cautivo regioi? Allí preso dejarle era imposible, porque crecida guardia precisaba para dejarlo, sin temor alguno; y si al Inca llevaban, era fácil que en alguna emboscada, entre los bosques, ó de las cumbres en estrechos pasos, ya recobrar su libertad pudiese por los ágiles indios, en acecho, con salvaje furor lidiando entonces!
Y si ante la conciencia y la justicia era lo mas expeditivo y recto
darle la libertad, después que todos los llegados tesoros se apropiaron, no lo era á la política seguida, ni á los ocultos planes de Pizarro, quien la voz esparcir hizo entre todos: — que conspiraba el Inca y mantenía entre sus hordas tenebrosas tramas!—
Pedía libertad, en tanto, el Inca, exponiendo:— que el oro repartido daba ya por pagado su rescate; pero si más querían, que tomaran todo el que continuase allí viniendo.—
Y don Hernando Soto, que tenía mas que ninguno por el Inca afecto, con familiaridad llegó á tratarle
y jugaba con él muy largas horas, por él pidió á Pizarro, quien tan solo llególe á contestar con evasivas, y hacerle ver cuan grande era el ¡peligro de darle libertad, antes que hubiesen tomado al Cuzco y fuertes principales; pero mandó después por pregonero, que pública se hiciera:— que quedaba de toda obligación escento el Inca, aunque debía continuar cautivo, mientras que nuevas fuerzas no llegasen. —
Y como no esperaba tales fuerzas, tan remota promesa era un engaño!
Los supuestos aprestos de los indios fueron bola de niere, que tomaba enormes proporciones; y corrióse en todo el campamento castellano: — que ya en Quito, la patria de Atahualpa, unos doscientos mil bravos arqueros, y treinta mil caribes de las costas, á Caj amalea rápidos marchaban á libertar al Inca, decididos; — y Felipillo, el lenguaraz taimado, que del Inca sedujo á una querida, y temía del Inca la venganza, y de su patria las severas leyes, si libertad le diesen los cristianos, levant(')le calumnias y acusóle como secreto autor del movimiento.
Llamóse á declarar á Chalcuchima, que á pesar de probar qne era inocente, fué á prisión, desde entonces, reducido: también Pizarro interrogó á Atahualpa, sobre las hordas de Indios, desprendidas de Quito y sus riberas, demostrando que daba entero crédito esas voces; pero severo replicóle el Inca: «¿Por qué de mí te burlas? ¿O supones que tan menguado sea, que pretenda tu poder afrontar_, pobre cautivof ¿Piensas, que ignoro, que al menor engaño, puedes, si quieres, ordenar mi muertei' ¡Y bien sabes, que en todo este mi reino, ni las hojas del árbol se menean, ni los pájaros hienden el espacio, sino no es mi voluntad, que acatan todos! ¡Te pido, pues, no más de mi te burles, que es harto triste mi presente estado!»
Este no era el lenguaje de la astucia ni del engaño, meditado y frío, sino el de un hombre, que su estado adverso, sin hacerse ilusión, conoce y juzga!
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Pero en vez de inspirar mayor confianza tan sinceras palabras, se decía: -que un ejército había en Guamachuco, próximo ya á atacar á los cristianos, que indignados gritaban contra el Inca, y haciéndole de todo responsable.
Y bien entonces comprendió Atahualpa, de Huáscar recordando el jln funesto, que un rey es un cautivo muy temible, y que hay peligro en conservar su inda; y que siempre es mejor y conveniente deshacerse de un preso poderoso, que no irle á vencer entre sus huestes, 6n donde hay que exponer á los soldados, y al éxito exponerse, en un combate.
Púsose á Caj amalea en pie de guerra, dobláronse las guardias y patrullas, y todos por la noche, vigilantes, un ataque esperaban por momentos.... mas al tornar la luz del nuevo día, todo yacía en derredor tranquilo, y los mismos iberos, tan valientes, ya rubor por sü miedo demostraban, y hasta los menos listos comprendieron, que todas esas farzas y rumores eran tan solo por culpar al Inca; porque siempre Pizarro, prevenido, les daba aliento, insomne y vigilante, cuando peligro verdadero había.
Mas no obstante, de Almagro los secuaces, y los de la colonia que vinieron como apenas gozaron del reparto, por la muerte gritaban de Atahualpa y por seguir cuanto antes hasta el Cuzco para también hacerse de más oro; y á Pizarro exponían que esa muerte ere el justo castigo á las traiciones, que desde su prisión fraguaba el Inca; y urgente á la conquista y necesario al tesoro y honor de la corona; porque si necios libertad le daban, á perder ese imperio se exponían y su vida también, en larga lucha.—
Pizarro, pues, con el pretesto honroso de hacer reconocer ciertos parajes, hizo que Hernando Soto, — que á Atahualpa crevéndole inocente, defendía, —
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de allí saliese con alguna gente.
Díjose que Atahualpa oyendo á todos
siempre nombrar á Dios con gran respeto,
á un soldado pidió que esta palabra ,
en la uña del pulpar se la grabase; ' .
y mostrándola á todos, se asombraba,
que DioSf al verla, todos prorumpiesen;
y que haciendo lo mismo con Pizarro,
no pudo éste turbado, pronunciarla,
la admiración así disminuyendo
en que túvole (íl Inca, al compararle
con sus otros soldados inferiores;
que esta impresión disimular no pudo,
y Pizarro notándola, ofendido,
no la olvidó ni perdonóla nunca,
que inferior á los suyos le juzgase,
su muerte acelerando, vengativo. 103
Después que partió Soto, continuaron la ejecución pidiendo de Atahualpa los mas aventureros y avarientos; y salvando las fórmulas, nombróse un tribunal compuesto de Pizarro, Almagro y un fiscal; y eran los cargos: — el haber usurpado la corona y asesinado al heredero Huáscar; haber enriquecido á sus parientes con los tesoros públicos del reino; en torpe idolatría rey y papa, vivir entre el incesto v adulterio; con diversas mujeres ser casado y tener á la vez muchas queridas; V de tratar de sublevar las tribus, engañando á las fuerzas españolas, y otros varios y fútiles pretestos. — El escribano fué Sancho de Cuéllar, Diego de Chaves, defensor de oficio, y Fuentes el fiscal, que era un alférez. 104
Absurdos eran muchos de estos cargos y á la costumbre v lev atentatorios de aquel antiguo imperio constituido, que en esta causa respetar debieron; y tal, como si en vez de ser España quien allí ese proceso formulase, hubiera el Inca á España conquistado, V al monarca católico enjuiciara, porque solo una esposa y Dios tenía, no como él, muchos dioses y mujeres, pues para hacer su gusto y elegirlas, debíale servir el ser monarca, y no para envidiarlas, como agenas, ó siendo agenas el hacerlas propias. ¡Y tan absurdos cargos se aplaudieron, y por ellos al Inca condenaron!
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126 ~
De Huáscar partidarios decididos y los sirvientes de los mismos jueces, ó contrarios del Inca alguno que otro, los llamados testigos solo fueron; y el intérprete indio Felipillo, consiguió que culpable apareciese.
Así estaban las fórmulas llenadas, y como era cuestión de conveniencia, sentencióse.... que fuese ejecutado!
Llevóse á fray Vicente el expediente, que sin leer ni dudar firmando al punto: c(¡Que muera,— dijo— como perro hereje, por sus culpas quemado en una hoguerah^ ¡Oh, como era piadoso el misionero con los que Dios creó á su semejanza!!!
El defensor del Inca y otros nobles valientes caballeros protestaron, contra aquella sentencia injusta y dura; y á la corte pidieron se mandase como supremo juez de tal asunto, dado el regio carácter del cautivo.
Comenzó á acalorarse ese consejo.... hubo gritos, reproches y amenazas, y hasta hubo de llegarse á un rompimiento, si mas sensata, al fin. la minoría, al prever las funestas consecuencias, que una anarquía les trajera á todos, no desistiese de su noble empeño; y contentóse con salvar su voto, dejar sin mancha su honorable nombre, y extender por escrito una protesta, que fundada agregaron al proceso, el que si fué en desdoro de los jueces, como sentencia pérfida y cobarde, también es un preclaro testimonio, que hubo ante todo hidalgos corazones, que el honor de Castilla allí salvaron.
Notificóse la sentencia al Inca, quien á pesar de que esperaba triste una próxima muerte, entre cadenas, no pudo menos, que exclamar doliente, ante aquella falsía refinada, por su faz una lágrima corriendo: ((¿Qué he hecho yo, ni mis pueblos, qué mis hijos.
para así condenarme á muerte cruenta?
Y tú, Pizarro, que me escuchas, oye,
— el Inca prosiguió, ya más tranquilo, . v .'
al mirarle entre el grupo de guerreros,—
¿por qué delito y por tus propias manos,
hoy vengo á merecerla? ¿No este mi pueblo
te ha prodigado afectos y tesoros,
y por do quier los tuyos recibido
de lealtad y de amor pruebas sinceras?
¡Si es cierto, pues, concédeme la vida....
más garantías te daré, si quieres
y más oro también.... daréte el doble, — exclamó el Inca, con orgullo digno,— del que he entregado ya por mi rescate... dame para que venga un corto tiempo,
y cumple como bueno tu palabra
como yo ya he cumplido con la mía!»
Después de oir al Inca así quejarse, y enrostrarle perfidia tan villana, muy afectado se escurrió Pizarro.... confundido decir fuera más propio! Pues cuando en pugna el interés se encuentra con la equidad, que procederse debe, corre mucho peligro la justicia de ser torcidamente interpretada, y mucho más si al interés se agregan políticas razones y de estado de lina contienda, cuyo fin decidan
Y comprendiendo el Inca, que ya nada i'estábale esperar, ya desprendióse de su última esperanza; y recobrando su grandeza imponente y porte digno, llamar hizo á sus nobles y mujeres, y á todos consolando, despidióse, cual si fuera á morar á eterno cielo, y todos de él en torno sollozando, y por tierra postrados, parecían náufragos moribundos en las olas; y él tranquilo y de pie, tan solo salvo en alta roca de isla hospitalaria!
Publicóse, al sonido de trompeta, del Inca la sentencia en la gran plaza, condenado á morir en una hoguera, con pena suma en los dolientes indios, y general contento en los soldados!
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127 -
Ocultaba Pizarro á Huáyllas Nusta todo lo que á Atahualpa concernía, ó con ambiguas frases contestaba á las de ella preguntas temerosas; así es que sorprendida en su retiro, escuchó Huáyllas Nusta la sentencia, que á su famoso hermano, tan querido, tan cruel muerte á soportar condena; y arrojóse á las plantas de Pizarro, quien pálido al entrar y pensativo, no atrevióse á mirarla ni moverse: ella ¡ay! no pudo articular palabra, mas su llanto, su angustia y sus dolores, harto le dicen al perjuro amante, que velar prometióla por su hermano: allí, cual criminal, tiembla el caudillo, que á un imperio, antes solo desafiara, como hircano león cruza altanero, del mundo los desiertos misteriosos. ¡Es que allí su valor y su grandeza, su audacia y corazón, nada valían!
La conciencia, que aplasta á los gigantes, que á los monarca, junto al solio augusto, perturba el sueño y le presenta espectros.... que Dios, como un puñal puso en el alma y hace palidecer hasta el bandido.... esa conciencia, sí, pálido, mudo dejó también al héroe tan famoso, ante triste mujer, que sollozando reclama su palabra al caballero!
Por ella implora más, y él confundido, como el que siente, al estallar el rayo, entre el polvo su frente destrozada, solo tiene el aspecto.... de un cobarde, mientras sereno el Inca se engrandece, y á morir dignamente se prepara! Y como el que es perjuro y es villano, en pos de sus perjurios sigue siempre, aún dióla esperanzas, vacilante, y de ella huyó, quien falta ya de fuerzas, en el suelo quedóse desmayada.
Era de Agosto el día oeintinueoe, y dos horas hacía que sus rayos,
entre las cumbres de nevados cerros,
el sol poniente recogido había,
cual si quisiera que su luz excelsa,
no presenciase el sacrificio cruento
de ese su hijo y creyente tan querido:
los oficiales, tropas y guardianes,
con bélico aparato ya formados,
al caudillo, impacientes, esperaban:
los pajes, con antorchas encendidas;
las mujeres del Inca y sus magnates,
dando gritos de espanto lastimeros,
V los humildes indios aterrados,
mientras rezos los frailes entonaban
por quien van á quemar en una hoguera!!!
Así esperaban todos á Pizarro, y Pizarro llegó, con faz sombría, como el que interna, devorante lucha siente su corazón: sale Atahualpa de su mansión oscura, encadenado de pies y manos; pero recto, firme, de fray Val verde al lado, marcha y mira á ese imponente cuadro, entre las sombras, sin que vacile su seguro paso; sígnenle los guardianes de la cárcel, y en reposada marcha este cortejo para la plaza pónese en camino; vése brillar la hoguera en medio de ella; mírala el ínca.... se sonríe y marcha, como si al trono que le usurpan fuese: era el valor salvaje, con desprecio desafiando el furor de sus verdugos, para mas ir r 'tartos por su crimen; y solo siente, si, que aquella hoguera, al reducir sus miembros á cenizas, del prometido cielo le privase; porque según su creencia, era preciso que al morir ó ser muerto, bajo tierra el cuerpo inanimado se enterrase, ó en sagrado recinto fuese puesto, para subir con él al sol divino.
El cortejo marcial entra en la plaza.... vése brillar la hoguera en medio de ella, y hace el último esfuerzo fray Vicente por convertir á esa alma al cristianismo.
— 128
como un fecundo ejemplo para el reino,
y presenta á Atahualpa el crucifijo,
y le pide y le ruega fervoroso:
—que abrace á la cruz santa, y que contrito
se deje bautizar en tal instante;
y la muerte terrible, que le espera,
será por una breve conmutada.—
Y pregúntale el Inca: «¿Verdad dices?
Y afirmólo Valverde; v se somete,
— por preservar su cuerpo de la llamas y que pasar pudiese hasta su cielo,- - á recibir el agua del bautismo, en tanto que un suplicio se improvisa para darle la muerte de garrote.
Entre el recogimiento más solemne y al resplandor de funerarias teas, practicóse la santa ceremonia, y al infelice neófito se puso Juan de Atahualpa.. ..porque el nuevo día era San Juan Bautista.
Pidió después el Inca, respetuoso, el hablar con Pizarro un solo instante; y al pié ya del suplicio, asi le dijo, con clara voz y corazón entero: «Ilustre jefe, si por dicha quieres, junto al suplicio el verme resignado, un postrimer favor al acordarme, con mi última palabra, yo te ruego mires con compasión y amparo seas de mis jóvenes hijos desvalidos! ¡También quisiera, que mis restos fuesen e:i Quito sepultados, que es la patria déla noble mujer que dióme vida, y donde el sol miré por vez primera! ¡Nada más quiero... .nada más te pido!»
Y en seguida, volviéndose al verdugo: «ya estoy pronto», le dijo. Oyóse en torno pausadamente modular el credo.... dieron los indios espantosos gritón', y vióse al resplandor de las antorchas, ai verdugo dar vuelta el torniquete, y luego á un cuerpo aparecer colgado, como si fuese de bandido infame, y no de un inocente, gran monarca! 105.
Tristemente se marchó el cortejo, hundiendo para siempre en un suplicio, al trono de los Incas v sus dioses, para otros dioses implantar y cetro.... y adorando á una cruz.... robarse el oro!
En San Francisco y al siguiente día, donde fueron los restos conducidos, ] las exequias con pompa celebraron: | , de gala estaban las temibles tropas, ' Pizarro al frente y presidiendo el duelo, y de luto los jefes y oficiales; y en gran féretro el cuerpo colocado, junto al altar, circuido de blandones; pero fué interrumpido el de profundis por lastimeros gritos y sollozos de las mujeres, nobles, y sirvientes, de aquel solemne acto protestando, los restos del monarca reclamaban para ellos á su modo el efectuarlo; y después de inmolarse en sacrificio, á la legión lumínica seguirle.
Fueron de allí arrojados: y mujeres apasionadas, jóvenes y hermosas, nobles leales y sumisos siervos á los campos corrieron, desolados: las unas con su pelo, otras con cuerdas, nombrando á su señor, dábanse muerte: los otros de barrancos se arrojaban ó se perdían en rugiente sima: de Cajamalca el aterrado pueblo por todo el reino se extendió anunciando el triste fin de su señor querido, que era su único dios en esta vida; y anarquizado alzóse todo el reino, antes rendido al ominoso yugo, por el amor á su Inca encadenado, mas ya furioso, como mar sin dique!
Ruminávi importante cabecilla, que de Quito guardaba las fronteras, del imperio peruano segregóse, restablecer queriendo esa perdida, antigua independencia de su patria; y pueblos y ciudades numerosas, los palacios y templos despojaban de la plata, del oro y sus adornos, que en los bosques ij cuevas escondían, por los conquistadores ya enseñados á dar valor á sus metales finos y á sus preciadas, abundantes piedras. Y era aquella anarquía y desconcierto el más profundo antítesis del orden en que este quieto imperio antes yacía!
A pesar de la súplica ferviente que á Pizarro hizo el Inca en el cadalso, de San Francisco fué en el cementerio,
-'J¿1tR4£ÍÍ>1¡-.Í!.
kJ.\^C- -^,-i'í,i:^-i'.<i¿iÁ.&^áMsS^m&!
129 —
' como un viejo cristiano sepultado; pero así que partieron para el Cuzco, el cadáver los indios extrageron, y créese, que hasta Quito lo llevaron, y que enterrado fué con sus tesoros; aunque después, haciendo escavaciones los nuevos pobladores castellanos, no encontraron ni cuerpo ni riqaez-as.
Volvió Hernando de Soto á Caj amalea del trágico suceso (X los dos días, y sorprendido y despechado supo el triste fin del Inca generoso: corrió á hablar en seguida con Pizarro, á quien cubierto halló con un sombrero negro y de filtro^ cual señal de luto, que calado tenía hasta los ojos, y un aspecto de gran abatimiento; y severo le dijo de este modo:
«Sin prudencia ninguna habéis obrado, y muy ligera fué vuestra conducta en tan trascendental y grave asunto^ al haber precedido injustamente, tan solo á vil calumnia dando oídos, pues tranquilo está todo por do quiera, y por do quiera he recibido solo de afecto y paz demostraciones claras. Si era preciso que el cautivo regio, para mejor triunfar, despareciera, ¿por qué, sin responsable haberos hecho, no lo mandasteis á juzgar á España? ¡Comprometido hubiérame yo mismo á llevarle á un bajel, y allí entregarle, sin que ninguno responsable fuera de lo que todos serlo aparecemos, cuando algunos tal hecho reprochamos!»
Su ligeresa confesó el caudillo, diciéndole: --que Almagro y sus tenientes, fray Vicente, Riquelme, el tesorero, y otros muchos habíanle engañado; quede! proceso fueron los autores, y la causa y suplicio resolvieron; y culpables queriendo hacer á otros.... ^aé Pilatos, lavándose las manos!
A oídos de Riquelme y fray Vicente y la fracción de Almagro y oficiales estos cargos llegaron y disculpas, los que á su vez culparon á Pizarro, como secreto instigador de todo; y hubo reconvenciones y disputas, y hasta mentís^ por una y otra parte,
lo que la iniquidad y la injusticia,
con sobrada evidencia nos demuestra, .|
de este tan mal fraguado asesinato,
cuando era tan reciente este suceso;
y observóse después, como un castigo
de eterna Providencia, siempre justa,
que también muchos de ellos, igual suerte,
ú otra espantosa y trágica tuvieron.
No pudo, pues, aparecer Pizarro imparcial ni inocente en este asunto, aunque vistiese lato y demostrase , un profundo pesar, que no sentía, V la solemne farsa celebrando de las grandes exequias por el muerto!
Mas la posteridad, que es justa siempre, clasifica de bárbaro tal hecho, y esta mapcha indeleble deja roja sobre el brillante escudo de esos héroes, que en grandiosa epopeya, cual ninguna, al escalar imperios y montañas, el ambiemte aspirando de las nubes, fueron más que hombres.. ..8em./í¿¿os'e.s fueron!
Pero si ya del Inca no existía el compacto poder en el imperio, que formidable ejército opusiese, quedó el de la anarquía y sus facciones, y el odio al invasor de sus hogares y á los verdugos de su rey amado; y era morosa obra para aquellos, que del Perú ya dueños se creían, en detalles ha.tir á los salvajes, en los campos dispersos ó en acecho, fraguando sus sorpresas en los montes!
Comprendiendo Pizarro en tal estado, que un fantasma de Inca que nombrase, á mas de coadjuvar á sus intentos, la excitación del reino calmaría, á su lado atrayendo á los magnates y viejos generales de Atahualpa, en libertad á Chalcuchima puso, y citando á los nobles principales, pidióles: — que un monarca designasen, que á Atahualpa en el mando sucediese, y aunque á Manco tocaba la corona, como hermano legítimo de Huáscar, de Atahualpa los fieles partidarios á Toparca, su hermano, propusieron, dócil niño, inexperto todavía, quien aclamado siendo en Caj amalea.
y al recibir del reino el homenaje, con la borla imperial fué coronado por el jefe español, que portal hecho, como Inca del Perú reconocía.
— 130 —
Y así, un tanto, Pizarro consolaba é. su. siempre querida Huáylas Nusta, al ver de Inca á su menor hermano.
Después que en Cajamarca, con pompa coronaron á Toparca,
olvidándose fueron
las escenas sombrías del suplicio del Inca y los reproches,
que unos y otros se hicieron, y pasadas alarmas por las noches; y de Septiembre en los primeros dias en marcha para el Cuzco se pusieron,
llevando buenos guías y bien gordos y diestros los caballos: iban todos ufanos y contentos, soñando con edenes y portentos
de orientales serrallos;
y de diversos modos hacerse de tesoros y vasallos.
Cuatrocientos ochenta eran por todos,
y la caballería
como un tercio sería; era, pues, ya un ejército mediano, con arreglo á ese tiempo y la distancia^ á que entonces hallarse parecía
el continente indiano, lo que en mucho el vapor ha disminuido: y al verse allí formado, fué debido
al arrojo y constancia
del jefe castellano.
Llevaban á Toparca en garantía y á Chalcuchima, el jefe muy querido; y á los dos en litera conducía falange de vasallos numerosa, que al monarca seguía adicta y respetuosa.
Tomaron el gran camino, quede los Incas llamaban y hasta el Cuzco conducía.
á través de las montañas,
en cuyas alturas era
dificultosa la marcha,
y más para los caballos,
el subirlas y bajarlas
por empinados declives
y muy estrechas gargantas;
y al cruzar por precipicios
de profundas hondanadas,
por cuyos débiles puentes
tan solo un indio y su llama,
seguros pasar podían,
con su muy ligera carga,
y no pesados caballos,
que rompían con sus patas
de tales puentes los miembros,
do quedábanse ligadas;
y la tropa prefería
los ríos pasar en balsas,
llevándolos de la brida,
cosa más segura y rápida,
para cuanto antes salir
de esas crestas erizadas
de seguidas cordilleras,
y tétricamente pálidas,
donde sutiles ventiscas
é interminables nevadas
dejaban transido el cuerpo;
mas no el aliento del alma
de esos heroicos guerreros,
que serenos afrontaban
los rigores de natura
y de un reino la pujanza,
llevando sobre esas cimas
las banderas de su fama,
con gran asombro del mundo,
y honra eterna de su patria!
Pero al bajar á los valles
«-^^■,Mií*.?'^^-.í.í¿?!l¿f¿'.¿*.¿¿e-^*.4lV:
— 131
de tibia temperatura, bello todo sonreía con su manto de verdura, . en el suelo virginal. - Todo era luz y hermosura
y alegría
como ensueños
halagüeños de alma tierna, excepcional, que al despuntar la mañana, á su otra alma busca hermana, presintiéndose inmortal.... á esas almas, que pasaron por la tierra peregrinas, como ardientes golongrinas á su mansión tropical!
Así por valles sonrientes y jardines perfumados, comenzaban los soldados, con mas aliento á salir de los ocultos torrentes, y eternos picos nevados, y su marcha á proseguir.
Llegaron al camino, bajando la montaña entre rodeos,
y á distancias iguales, iguales casas fueron encontrando, que servían de albergue á los correos, que en el tránsito se iban renovando,
y prestaban asilo al viajero pedestre, que tranquilo fuéralo antes siguiendo, sin cuidarse de invasores audaces ni otros males,
ni de presentes bienes; y hallaron en los pueblos principales,
surtidos almacenes
de telas y de granos, aprovechando así los invasores la sabia previsión de los peruanos!
Gomo árbol tiernjp, que el turbión desgaja,
es la vida del hombre v sus afanes
¡y cuan cierto son todos los refranes, al revolver del mundo la baraja! Aquí el caso en las telas y los granos
de los pobres peruanos, pues nadie sabe para quien trabajal
De este modo provistos los cristianos, siguieron penetrando en Guamachuco,
Andamarca y Guanuco; pero hallaron los puentes destruidos,
los pueblos, con temor abandonados,
y los antes floridos
en campos ya talados;
y á lo lejos veían grandes grupos de indígenas formados,
que sus huellas seguían,
como en torno á su presa sigue el hambriento buitre revolando;
y corrióse: — que á priesa
estábanse juntando, para de cerca el irlos observando
y dar una sorpresa.
Pizarro, mandó entonces, de Huayna Cápac á un hijo, que seguía
á su inca medio hermano: —que fuese aquellos grupos á calmar, y díjose, que el Inca le pedía no opusiesen obstáculo á su marcha, pues iba desde el Cuzco á gobernar; — mas apenas desvióse del camino
el indio mensajero, y pretendió á los indios arengar, cuando todos los indios, con furor,
le dieron pronta muerte, de su patria llamándole traidor.
Esto hizo á Pizarro, que siguiese marchando en adelante con cautela, al notar el peligro que corría,
cual marino, que vela ante la tempestad del turbio noto;
y en vanguardia pusiese
á Diego Almagro y Soto,
con la caballería,
que al tímido salvaje
tanto espanto infundía; y él, con el resto de la tropa fuese,
cuidando su bagaje.
Y Soto y Diego Almagro, ya de Jauja en el valle floreciente, miran contrarias hordas, numerosas,
que destrozando el puente, provocan á la tropa castellana, desde la opuesta margen de ese río; mas al verla cruzar por la corriente,
con belicoso brío, y salir los caballos á la orilla,
disparan raudas flechas, y huyen medrosos, en montón deshechos, como una vaporosa nubécula; pero vuelven después, y á la distancia,
siguiendo van las huellas
- 132
de la caballería,
como siguen aquellas viejas mendigas, que en las calles piden una limosna, por la noche y día, y á las personas el camino impiden; ó esas otras bellezas, enc(ibierta>(, la demandan, sus dientes enseñando
tras entornadas puertas. y hasta el más pudoroso asi tentando!
Jauja, ciudad populosa, encontrábase en el centro de un verde valle frondoso, cruzado por arroyuelos; y llegado allí Pizarro, estableció el campamento, comprendiendo, que aquel punto era adecuado y muy bueno para hacer una colonia, tanto por su fértil suelo V ser todo ese distrito de productores lagriegos, cuanto por tener en jaque á los ágiles arqueros de la vecina montaña, y poder al mismo tiempo abrir comunicaciones con los más próximos puertos; y mientras que se quedaba
en Jauja con tal objeto, envió nuevamente á Soto con un buen destacamento tinos sesenta jinetes, que el camino abriendo fueron.
Aún restos alH quedaban de las riquezas del templo, las cuales los invasores se dividieron entre ellos, siempre el quinto del monarca entregando al tesorero; y en el santuario pagano, después de arrojar al suelo los ídolos del salvaje, colocaron en sus puestos fray Vicente y demás padres, sus misales y evangelios, cruces, santos y reliquias y lujosos ornamentos, hallándose la colonia con un ya cristiano templo.
Delineóse una ciudad, solares se repartieron é hiciéronse varias casas, que fuesen plantel del pueblo, que debíase después fundar allí como centro.
De huestes numerosas, cruzando en remolino, halló Soto las huellas, en puentes destrozados, en piedras colocadas en medio del camino, que al Cuzco conducía, y en pueblos ya quemados, su encono ya mostrando al pérfido invasor; y cerca ya de Vilcas, y en un desfiladero, las hordas en acecho, salieron con furor; y la caballería, con bien templado acero,
las hordas combatió;
y en el entrevero murieron dos soldados y el campo despejó.
Marcharon, cruzando El río Abancav y del Apurimac
las aguas, que van undosas corriendo, con dulce cantar.
Y de Vilcaconga la sierra cercana, cuanto antes anhelan triunfantes pasar; cuarenta kilómetros no mas hasta el Cuzco les faltan que andar.
La senda subían confiados y alegres; mas vieron de pronto do quiera salir voraces arqueros, que oculta la sierra, lanzando sus gritos salvajes de guerra, y arrojan sus dardos, cual lluvia sutil.
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— 133 —
Los bravos jinetes vacilan turbados de aquella sorpresa, tremendo turbión: y entonces los indios su ataque desplegan,
con rabia y furor, y hasta de las patas se prenden osados,
de cada bridón; y Soto, temiendo que entrase en su gente,
no indigno temor,
ageno al valiente;
sino confusión,
les grita, empuñando
su espada, y trepando ligero á una altura, que llana se vé:
((Seguidme.... adelante, que aquí no conviene quedar ni un instante.... conviene tan solo matar y vencer!» Y hundió sus espuelas al raudo corcel; y todos le siguen á la plataforma;
y de ellos en pos, ligera la horda, con hórrida saña, que lanza los huecos de aquella montaña,
allí los cercó.
Y dardos y flechas y piedras y mazas opónense allí al sable y bridones y duras corazas del bravo adalid.
Si en armas los unos ventaja llevaban
y táctico ardid,
los otros luchaban en grupos formados de inmenso gentío, en bosques espesos, cual toro bravio,
y en campo cerril.
Ya no eran los mansos corderos, que en torno de su Inca querido, en grandes legiones, por él se dejaban pacientes matar:
ya eran ahora
con faz vengadora, de aquellos desiertos rugientes leones, al pie de su cueva, con ansia voraz.
Luchando y muriendo los indios caían, mas otros entraban y blanco oponían
al fiero corcel;
así es que la liza
estaba indecisa, y de la victoria dudoso el laurel.
Piadosa la noche sus sombras extiende de negro capuz, y ataque y defensa mitiga y suspende; y enfrente unos y otros, con ira sombría,
esperar del día ansiosos la luz.
^ -a
Después que de este combate colmóse la excitación y á su gente reunió Soto, con suma pena observó, que cinco muertos tenía y once heridos en redor; y además en los caballos, que también luego contó, dos muertos, catorce heridos y otros mancos encontró.
En el triunfo confiados los salvajes, á pesar de los muertos que quedaron, esperaban la aurora placenteros; v tristes los cristianos lamentaron la muerte de sus pobres compañeros, en larga noche de inquietud perenne,
que despiertos pasaron,
en guardia vigilante
y con atento oído.
Después que á los enfermos hubo Soto
vendado y atendido, así, lleno de fe, dijo á su gente: ((¡Compañeros, mañana. Dios mediante, en este sitio quedará triunfante de nuestra patria el lábaro esplendente....
cual lo hemos ostentado
hasta llegar aquí!» Y contestó su grupo, entusiasmado: <(¡0 lidiar nos veréis hasta morir!»
Ya el alba quería con tintas rosadas, las cimas nevadas hacer destacar; y el brío impaciente de aquellos guerreros sacar sus aceros.... morir ó triunfar.
En tanto, escalaban los diestros arqueroi^ estrechos senderos, do quiera en montón: brotar parecían de abajo de tierra, cubriendo la sierra, cual nube veloz.
Y oyóse una corneta castellana
— 134 —
de aquella sierra al pie, cuyo sonido, entre el silencio triste, hasta la cima resonando fué: con júbilo de Soto la vanguardia con su clarín al punto contestó, y todos á la Virgen bendijeron....
y en tanto el sol salió.
Era Almagro, mandado por Pizarro, con la caballería que en Jauja se quedó, cuando el ataque supo, que en Vilcas resistió de Soto el grupo, y que á forzadas marchas le seguía, y en momento tan critico llegó.
Y en ese momento cesó todo ya, pues con desaliento oyó resonar la hueste peruana de Almagro el clarín; V vio los caballos, el sol al salir, la fría montada con orden subir.
Y en aquellos momentos tan supremos, que todos de martirio ó esperanza
en la vida tenemos, al mirar los peruanos, sorprendidos, á esos nuevos jinetes invasores,
tan rápidos llegar, cual si fuesen del cieio descendidos, de noche oscura, en rayos vengadores, creyeron que la gracia poseían de irse duplicando á voluntad; y de su dios la protección tenían para todo ese imperio avasallar; é inútil ya creyendo la defensa de ese montuoso paso sostener,
que al Cuzco conducía, y perdido lloraban ya también,
entre la niebla densa, que colinas y cerros encubría, cual sombras, comenzáronse á perder,
Y victoreando á España ambos jefes y soldados, del peligro así salvados, traspusieron la montaña: acamparon de ella al pie, y un indio de mensajero,
astuto, fiel y ligero,
con la nueva á Jauja fué.
En tanto, preparábase Pizarro ; para fundar una colonia allí; mas traíale inquieto y pensativo de los indios al ver la guerra hostil; pues con poner en el peruano trono
á Toparca, creyó que podría atraerse á aquellos pueblos, que mas mansos y bárbaros juzgó;
y al fin entreveia, que la guerra larguísima seria,
en tan vasta extensión!
Con Atahualpa vivo, como amigo teniéndolo cautivo, ¿no hubiera aquel imperio dominado
más fácil y mejor?
Con Atahualpa muerto, ¿por do quier no veíase acosado, y poblarse de huestes el desierto,
con eco vengador?
Pizarro, ya consigo,
en su duda y temor, Llevaba de su crimen el castigo, y un instante perplejo se quedó;
pero de Almagro y Soto muy á tiempo la nueva le llegó.
En Jauja se supuso,
que la sorpresa hostil de Vilcaconga hubiese dirijido el siempre popular jefe Quizquiz; pues en el raudo ataque y retirada, vióse ya ciencia desplegar allí, y ya de Chalcuchima desconfióse',
y por aquellos días también otra desgracia coincidió. Toparca, el Inca joven, enfermóse; según se dijo de pesar murió, al pensar que Pizarro había sido quien dispuso la muerte de Atahualpa y la borla en sus sienes le ciñó; y de su apostasia arrepentido, en su frente romperla decidió; y ya también de este hecho á Chalcuchima,
sin pruebas se culpó. 106
Fué Chalcuchima preso y engrillado, y el caudillo español muy enojado.
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— 135
así dijo al cautivo: «Cuando llegue de Soto al campamento,
haréte quemar vivo, siendo así de los tuyos escarmiento; y lo mismo con ellos he de hacer,
si á Quizquiz y sus indios no les mandas las armas deponer. ¡En vez de estar á mis bondades grato, te has conducido como vil ingrato, y con tu amo debiste perecer!»
Sin miedo alguno en su alma, sonrióse el indio con altiva calma, ante aquella amenaza tan terrible, y así le contestó: «¡No es fácil eso
de apaciguar mi gente.... ni es posible desde este punto, donde me hallo preso!» Y fiero, en menos disculparse tuvo
de tal complicidad; y posteriores cargos despreciando, no quiso en adelante hablar ya más.
Pizarro resolvió salir de Jauja, los tesoros dejando allí guardados
con cuarenta soldados, que de colonia fuesen un plantel; y á Riquelme, el avaro tesorero,
díscolo y majadero, también dejó, librándose así de él.
Hállanse Quito y Chile equidistantes de Vilcas, que en el centro del imperio, era por sus productos importantes
y valles rozagantes, como el antiguo Cuzco y Puchacamac, las tres ciudades, que los viejos Incas, con sus humildes siervos y caudales
y esfuerzos infinitos, habían á porfía engalanado; pues de placer sus sitios favoritos
V mansiones reales, en esas tres liabían levantado; y por sus obras, lujo y pedrería
y el oro acumulado, de Vilcas los palacios y los templos
tenían nombradía;
y sin percance alguno llegó Pizarro á Vilcas con sus tropas, en donde algunos días descansaron;
y con sorpresa vieron esas muchas riquezas que ignoraban,
y avarientos sacaron
cuantas cargas pudieron, y á penas por su peso soportaban;
pero ya parecía,
que al ver tanto oro y oro, para todos el mérito perdía.
La marcha prosiguieron.... de Vilcaconga el paso atravesaron,
y con Almagro y Soto se reunieron; y como siervo, que con faz adusta, marcha de su señor uncido al carro, seguía doña Inés ó Huaylles Nusta
á su amante Pizarro, quien cada día más la obsequia y ama, cuanto más fría é indiferente es ella .
Y de Jaquij aguama las tropas en el valle penetraron,
y en su campiña bella, de tal magnificencia y panorama,
asombrados quedaron.
De Jaquijagüama el valle, por su edénica belleza y majestuosa grandeza y su perpetuo verdor, es uno de aquellos sitios, que en los Andes enclavados, entre cerros elevados ostenta más esplendor.
Y la eterna primavera de tan lozano vergel, original digno fuera, que fama á un artista diera de paisagista pincel.
Su aire suave y delicioso,
136 —
la fragancia de sus flores,
y cambiantes de su cielo azul y hermoso.... de sus pájaros cantores las tiernas notas vibrantes.... todo allí es resplandeciente, y la alegría se siente en el alma rebullir, que es el más bello paisaje de ese edénico paraje.... donde todo es bello allí!
Y allí los nobles peruanos tenían en las hideras,
sus mansiones placenteras,
donde el estío pasar,
mas tristes, abandonadas •
y cerradas, como cárceles sombrías, ni un indio llegóse á hallar; y allí, Pizarro unos días el quedarse resolvió, dando á sus tropas descanso en el valle encantador, desde donde apenas ya üeinticinco kilómetros distaban para el Cuzco llegar.
Mas del valle tan ameno
la belleza, no en Pizarro mitigó
de su seno
la dureza, que en sus actos desplegó. .
Y su primero fué, en aquel paraje, irrisorio proceso levantar al anciano guerrero Chalcuchima, para poderle á muerte condenar
Y allí á ser quemado vivo al anciano jefe altivo
la sentencia condenó.
¡Bárbara muerte espantosa, solo digna del pillaje.... á la natura un ultraje.... para el indio harto gloriosa..,, para el cristiano baldón!
Y fray Vicente Valverde
le acompañó hasta la hoguera; y con su voz plañidera y fanatismo profundo:
— le pintó las penas que en otro mundo sufrían los infieles, .
entre tormentos crueles;
y exhortó el cristianismo á abrazar, ya como último consuelo, para así poder gozar la eterna vida del cielo; — pero aquella alma de broncey arder mirando la hoguera, como si nada temiera, marchaba sin replicar.
Mas ya junto al sacrificio, díjole el fraile de hinojos: ((¡Este es mi último servicio.... mira la gloría y la luz!» Y posóle ante los ojos la santa y bendita cruz, y con fervor añadía: ((¡Tiempo tienes todavía.... en este paraje mismo, de recibir el bautismo.... toma y estrecha mi mano.... como el Inca, hazte cristiano.... sálvese de Dios un hijo!»
Y el peruano ya iracundo al fraile dijo: ((¡Reniego de ser cristiano! ¡No, padre, no me subyugo ante una infame invasión, que viene á imponernos yugo de sangre y de maldición! ¡No entiendo la religión que me predica el verdugo, que me arranca el corazón, y que, con su saña fiera, me va á arrojar á esta hoguera, porque así á su amo le plugo!»
Indignados de oírle así blasfemar, los verdugos y soldados, sin tener que replicar, arrojáronle en las llamas.... cual se arroja un tronco más.
Al gran prestigio y estima, que gozaba por do quiera el heroico Chalcuchima, debió el morir en la hoguera; que á indio tan popular, y á jefe de tal valía,
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-- 137 —
ya temor llegó á inspirar.... ya Pizarro no podía libre ni preso dejar!
Poco después del bárbaro suceso, que por todo el imperio se extendió, un joven indio, con su noble corte, al caudillo español se presentó.
Era el hermano del finado Huáscar, el joven Manco Cápac, y sucesor de la encarnada borla del imperio,, que venía á pedirla al invasor.
Y acercándose á Pizarro hablóle de esta manera, con la verdad del hidalgo, y de un joven la franqueza'. ((Ilustre jefe extranjero, que llegas hasta esta tierra, después de haber realizado, según dicen, mil proezas; hijo soy de Huayna Cápac, que cubrió de fama eterna su imperio y noble linaje; y Huáscar mi hermano era, á quien usurpó Atahualpa cuanto fué suyo de herencia, y hoy á mí me pertenece por derecho y línea recta: traté, pues, con mis legiones de resistir á tus fuerzas; pero ya imposible veo el oponer resistencia, y tu genio reconozco en los ardides de guerra. Mi ejército, no distante de este paraje se encuentra, mas heme de él separado, desistiendo de mi empresa. Vengo la paz á ofi'ecerte y mi amistad muy sincera, si la borla de mis padres, que ciña en mis sienes dejas, y luego me reconoces
por el Inca de esta tierra.»
Gozoso oyóle Pizarro, y en seguida contestó: «Acepto vuestras promesas, como cumple á vuestro honor. De un monarca castellano humilde jefe soy yo; y he sido por él enviado,
y no como un conquistador,
que viene á usurpar el cetro
á quien Dios se lo otorgó,
pues en su nombre he llegado
á dar ayuda y favor .
á vuestro infelice hermano,
á quien la envidia mató
de Atahualpa el sanguinario,
y del trono usurpador;
y que hoy, por estar vacante,
pertenece solo á vos.
Vayamos al Cuzco en donde
será la coronación,
y os probaré mi amistad,
como buen jefe español.»
Y en su alegre campamento,
muv contento al joven Inca hospedó con su corte sometida,
y en seguida para el Cuzco se marchó!
Del joven caudillo al ver la perfidia le hueste peruane, irrítase más; y sale al encuentro de la castellana, queriendo en la lidia, su paso atajar.
Los indios se agrupan, los pasos ocupan, los cercan y embisten, y al fuego resisten, que son numerosos, creyendo vencer: las cargas aguantan, airados, furiosos, y ya no se espantan del brioso corcel: si caen, se levantan, y el pecho desnudo oponen de escudo al golpe mortal; y aquellos corderos, son ya lobos fieros, que bajan bravios, de bosques sombríos, su presa á buscar!
Así resistieron, lidiaron, murieron,
— 138 -
sin nada alcanzar; y viendo, que en vano, en sierra ó en llano lidiar era ya, de súbito dejan el campo desierto, y en grupos se alejan, formando el concierto de un grito infernal.... al Cuzco corrían que al Cuzco querían ardiendo mirar, en vez de que fuera de gente extranjera magnífico hogar!
Los muchos horrores así de esa gente avara, inclemente, querían vengar; y en vez de riquezas, tan solo encontrasen escombros y llamas cuando profanasen la bella ciudad!
Supo Pizarro la funesta idea, que llevaba el ejército peruano, del reñido combate al desertar; '
y dispuso, que Soto y Juan, su hermano,
con la caballería, el incendio partiesen á evitar,
en tanto que él seguía, libre ya el campo, hasta llegar allá.
Y cuando Juan y Soto penetraron
en la extensa ciudad, ardiendo varios puntos encontraron, pues llegando los indios mds ligeros, por ocultos cammos y senderos, consiguieron su intento realizar; sin embargo, pudieron los cristianos, los grupos de salvajes, ya deshechos, el incendio cortar y detener, obligando á los jóvenes y ancianos
á ayudarles también; así es que chozas y pajizos techos
llegaron solo á arder.
Horizontales rayos dirigía á la imperial ciudad
el sol poniente, que de luz cubría.
entre el celaje diáfano y celeste; y la cristiana hueste
ya muy cercana á la ciudad veía,
su bandera anhelando allí enclavar.
Rayos horizontales, fulgurosos,
bañaban con su luz chozas, templos, palacios caprichosos,
y jardines umbrosos, donde se iba á enclavar la santa cruz!
De sol poniente los postreros rayos, entre ligeras nubes apiñadas
de brillante color, dirigían sus últimas miradas
á su Cuzco y ciudades conquistadas.... como si fuesen su postrer adiós f
Un triste adiós.... porque al siguiente día esos rayos de luz y de agonía, iban su vida y esplendor á dar á otra rasa, á otro culto y otras leyes; íbanse á redimir salvajes greyes
de los Incas peruanos;
pero iban á imperar
los católicos reyes
y avarientos cristianos... que íbanse las riquezas a robar!
La civilización, ó el hombre fuerte, iba á dar á ese imperio libertad, , entre la violación, el robo y muerte.... Esto era conquistar,
.:.^«s.<o",ák■il'áS!■A]í¿'■ -
como en aquellos tiempos se entendía; >^' mas no era la enseñanza y la virtud, que defender allí les prescribía
la cruz, que se imponía.... la de amor y humildad divina cruz!
Las fulgurosas nubes de occidente, bajo dispersas formas se perdían;
del rojo sol poniente los moribundos rayos se extinguían; y las opacas sombras comenzaron
sus velos á extender; y entonces los infantes se encontraron obligados su marcha á detener.
Y esperando la luz del nuevo día, para en el rico Cuzco entrar triunfante
el ibero pendón, colocóse una guardia vigilante, de todo el campamento en derredor.
Y en la feliz mañana brilló el lucero; v la sonriente diana con unánime júbilo se oyó;
y la tropa cristiana á las puertas del Cuzco se encontró.
Fórmase en tres columnas el ejército á los ecos de música marcial, y seguido de Manco con su séquito, entra triunfante en la imperial ciudad.
Sus limpias armas y sus patrios lábaros, sus cascos armaduras y pendón, brillan sobre el azul celaje diáfano, al tenue rayo del naciente sol,
Y extraña gente de poder indómito, por siempre sepultó en el ataúd
á dioses, Incas, tradiciones, códigos, el dia quince de Noviembre, histórico, del invadido imperio del Perú.
Y de aquella legión la entrada súbita, al son de los clarines y las músicas,
á los indios absortos los dejó;
y fué marchando hasta la plaza pública,
do ufana sus reales asentó.
Hallábase en esta plaza de Huayna Cápac el palacio, con sus inmensos salones, y de una torre adornado; y los grandes almacenes
abastecidas de granos, plumas, lanas y algodones, armamentos y vestuarios; y para el Inca los trajes de plata y oro bordados, mantas, cortinas, sandalias, vajillas, jarrones, vasos, y en gran profusión acopio, de todo lo necesario para su regia morada y los templos venerados.
Por do quiera se veían los jardines y palacios de predilectos magnates y de nobles cortesanos, que al monarca custodiaran: los templos diseminados, con las moradas del clero y los colegios cercanos, donde solo se admitían á los de origen preclaro; los silenciosos conventos, en parajes apartados, de las vírgenes del sol, y las casas de artesanos y artífices principales, que en muy diversos trabajos y en los edificios públicos siempre estaban ocupados.
Y sobre una enhiesta rosa á los siglos desafiando,
se alzaba la fortaleza, con pasajes subterráneos á públicos edificios y las salidas cercanas; toda construida de piedra, con sus prolijos tallados, y de un muro circuida, inexpunable y muy ancho
Y del Perú el mejor templo á su almo Dios consagrado, elevábase en el Cuzco,
todo de piedra y de mármol
y de imponente grandeza,
y su interior y santuarios
cubiertos de chapas de oro;
y hallábase rodeado
de conventos y terrazas,
y verdes jardines vastos,
sus fabulosas riquezas
por dentro y fuera ostentando.
Estrechas eran sus calles y empedradas con guijarros, y formando ángulos rectos; y de cada extremo ó ángulo de la gran plaza, salían otros pasajes más anchos, que en arrabales y quintas juntábanse, con los cuatro más principales caminos, que con esmero cuidados, todo el imperio cruzaban por pueblos, cerros y llanos.
Uu arrovo cristalino, Ó mejor dicho un canal, susurrando atravesaba toda la indiana ciudad, y ambas márgenes tenían, desde uno á otro arrabal, de piedra suave declive para poder transitar, ó de las corrientes aguas sentir el grato solaz, qi*e es el más apetecido en un clima tropical; y bien colocados puentes servían para pasar desde uno á otro barrio de la extensa capital. 108
Tenía la fortaleza un gran muro circular, desde cuyos parapetos la elevación era tal, que en torno se descubrían toda la bella ciudad, las montañas con sus rocas, el sol ardiente al brillar, los arroyos y torrentes, deslizándose en su afán, los senderos v caminos, las chozas acá y allá, y las campiñas y valles con su verdor eternal, con su cielo siempre claro y solemne majestad, como admirable trasunto de alegre edén celestial. Y con suburbios v chozas contendría la ciudad doscientos mil habitantes, poco menos, poco más, pues los cronistas y autores este número le dan. 101)
Hospedóse Pizarro en el palacio, que fué de Huayna Cápac la morada;
los jefes y oficiales en los otros, que había abandonados, y el resto de la tropa en los cuarteles: queriéndose evitar daños y males, .
pi'ohibióse la entrada á los soldados en las casas de aquellos moradores,
ni ofensas les hicieran; pero los templos y palacios eran mas que las pobres casas, tentadores; y cual baja un tropel de hambrientos lobos de erizadas montañas á los llanos, así saqueos, violaciones, robos,
sedientos cometieron; y más que tales fieras, inhumanos, hasta las momias de Incas y sepulcros de sus joyas y adornos despojaron:
tormento á muchos dieron de los que las riquezas ocultaron;
mas los indios morían sin arrancarles confesión alguna, ni querer indicar donde existían; y hallaron, husmeando unos soldados,
en pos de sus'alférez, en una cueva á la ciudad cercana, estatuas de serpientes y cenados,
y cuatro de mujeres, de natural tamaño, de oro y plata, y también vasos de oro cincelados; ricas áureas cornisas,
entre un montón de escombros; y buscando maiz Pedro Pizarro, halló de plata diez tablas macizas, entre yerbas ocultas y entre el barro, que causaron en todos gran asombro. 1 10
De esta manera hallando objetos de oro, y en mayor cantidad otros de plata, fueron formando otro común tesoro, que fué de Caj amalea la posdata de aquel rescate, de filón no extinto; y también, como allá se separaron los mejores artísticos objetos, para integrar de la corona el quinto; y á los plateros indios se entregaron la plata y oro para ser fundidos, y cual se hizo también en Cajamalca, así en el Cuzco fueron repartidos.
Algunos escritores dicen que era mayor este bolín que el del rescate, y otros niegan y dicen lo contrario; mas sin por esto promover debate.
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141 —
ni ya poderse hacer el inventario de lo que entonces tan dudoso fuera, fué en fin, tan abundante el oro y plata, que tomó gran valor lo necesario; y el calzado, las armas y monturas, un caballo, herramientas v otras cosas,
eii aquellas alturas, valían cantidades fabulosas. 111
Y ya tanto abundó el metal precioso, que un soldado llamado Leguizano,
de muy antiguo jugador famoso, por su temeridad y abierta mano, en una sola carta al monte puso una de oro lámina bruñida,
de grandes dimensiones, con la del sol imagen esculpida, su fama conservando así soberbio; y de tal noche y esa soldadesca, dicen que vino el español proverbio: — se juega el sol mucho antes que amanezca
Después que hubo Pizarro repartido el gran botín del Cuzco, y para otros afanes quedó franco, ya la erección al trono de su padre
hizo anunciar de Manco; y llenó de entusiasmo esa noticia I |, del Cuzco á los vecinos,
pues presumieron que su triste suerte sería en adelante más propicia, desde que aquellos mismos invasores, haciéndose del Cuzco moradores,
en el trono erigían de Huayna Cápac al hijo, conservando la regia rama del antiguo Cuzco; y humildes olvidando del avaro extranjero esa opresión sangrienta, que sufrían, bendijeron del trono al heredero.
Y siempre diplomático Pizarro, dijo: — que el joven príncipe guardase
las vigilias y ayunos, antes del solemne acto, acostumbrados; que su corte real le rodease, sin que hubiesen testigos importunos, y sus órdenes fuesen respetadas; —
y en el día fijado para ser Manco Cápac coronado^ venturosa corrió la indiana gente á la gran plaza pública, sumisa, donde estaban las tropas; fray Vicente de ellas en medio celebró una misa,
con música y cantada,
y el caudillo español al joven indio, sin que esa burla en su inocencia note, colocó la gran borla colorada
en su frente inclinada, no como antes el sumo sacerdote
pusiérala en la frente
del Inca omnipotente.
El notario real leyó en seguida
una acta levantada, ,
dando á Castilla posesión de todo,
y todos saludaron á las sueltas banderas españolas; y de ambos reinos por la unión y dicha, el caudillo y su víctima brindaron, en áurea copa de espumosa chicha;
y ano y otro abrazado,
se estrechan cordialmente; y los vivas, tambores y trompstas, lanzando sus sonidos de repente, á Manco ya proclaman coronado, dando la ceremonia por concluida
la cristiana comparsa;
mas los indios ilusos, creyendo verdadera aquella farsa, en ella observan sus antiguos usos,
y acuden en seguida del gran templo á sacar las regias momias, aunque ya de sus Joyas despojadas, y en un sillón cada una conducida, en la gran plaza fueron colocadas; y en torno de ellas por seguidas noches, grandes fiestas celebran con canciones.
— 142 —
- - con danzas y banquetes y alegres libaciones, que fomenta la tropa castellana con músicas, aplausos y cohetes... mientras conquista á la nación peruana, que esa coronación y esas escenas
y armoniosos sonidos, ecos son de dolor y de cadenas, que al indio iluso el español remacha, sin sentir el rumor en sus oídos.... La que cegó á Atahualpa y Chalcuchima, la que la indiada olvida, feroz hacha, ya al salir de la orgía tiene encima! Nada vé: de contento está borracha; pero ¡ay! que al despuntar el nuevo día buscará el triste pueblo, encadenado, al espléndido sol, que bendecía.... y ya por siempre Lo verá nahíado!
Terminadas ya estas fiestas, empezóse á organizar con ocho corregidores y tinois dos alcaides más y empleados necesarios, eí poder municipal, viéndose entre los primeros á don Gonzalo y don Juan, como hermanos de Pizarro para hacer su voluntad: y diéronse á los soldados tierras, quintas y un solar, y á los jefes y oficiales buena casa en la ciudad, de las mansiones que fueron de la gente principal; y á la vez también Pizarro su honroso título ya tomó de gobernador, para mandar como tal, aunque siempre dirigiendo como insigne capitán, á ese grupo de guerreros, tan valiente como audaz.
Así del Cuzco los indios, de su orgía al despertar, vieron, que si Inca tenían, no tenía autoridad, ni grandeza ni poder para poder gobernar, y que era solo un fantasma de la antigua sangre real
Al par que en el municipio
fundóse su institución, también el padre Valverde á los frailes congregó, y empeñosos comenzaron á trabajar con tesón; consagróse catedral al rico templo del sol, y á los ídolos paganos el fanatismo quemó, como á herejes en España quemaba la inquisición: empezáronse otros templos, - con muv cristiano fervor, y en la casa de las vírgenes un convento se fundó para católicos monjes, que implorasen de su Dios el exterminio de herejes y el triunfo del invasor, contrayéndose los frailes á extender la conversión, predicar el evangelio, enseñar el español, y bautizar á los indios, que escuchasen su misión.
Cuando se hallaban frailes y seglares á importantes trabajos entregados, al Cuzco procurando organizar, advirtieron inquietos y alarmados,
que en las inmediaciones iba Quizquiz reuniendo á sus legiones,
animoso y tenaz.
Mandóse á Almagro con cincuenta hombres,. de su experta y mejor caballería, y á Manco con los indios, que tenía, que fuesen esas fuerzas á batir; y Manco, que á Quizquiz aborrecía
y á los indios de Quito, pues por ellos del Cuzco fué proscrito, corrió gustoso en busca de Quizquiz.
Encontrándose ambas fuerzas hubieron ataques varios, mas fueron siempre contrarios á las armas de Quizquiz, quien hasta cerca de Jauja fué resistiendo y lidiando, y refuerzos esperando para en la lidia seguir.
Mas de Jauja el comandante, prevenido y diligente.
— 143 —
con su bien dispuesta gente al encuentro le salió; y trabándose un combate, obstinado y sostenido, al fin fué Quizquiz vencido, y á Quito se replegó.
Persiguióle Benalcázar, hasta esas vastas alturas, y la indiada en las llanuras comenzóse á disipar; y viéndose ya sin gente, errante, solo y perdido, pudo Quizquiz, perseguido, al pueblo apenas entrar.
También presurosos, buscando el redil, los indios dispersos, entráronse allí, al ver á los blancos del llano partir.
El torpe desbande, con eco viril, reprocha á sus tropas el viejo Quizquiz; mas ellas, cansadas de tanto sufrir, al viejo guerrero replican así: «Oh vos, el culpable del mísero fin, que vemos cercano, ¿,osais hasta aquí reproches hacernos al vernos morir? ¿Por qué nos dijisteis: — conmigo venid, confiando en mi ciencia V aliento viril, que yo marcho osado al blanco á destruir? — Aquella promesa engaño fué vil.... ¡Llevasteis los nuestros tan solo á morir!»
Y el viejo guerrero les grita: «¡Mentís, que solo supisteis, cobardes, el huir!»
«¡Callad, viejo chocho...,
; ,! callad, viejo ruin!» , 'i
exclama la indiada en su frenesí.
/ El viejo su maza
empuña febril,
cual era en sus tiempos
famoso adalid;
mas todos los indios,
va fuera de sí,
le cercan y gritan:
«¡Callad, viejo ruin,
que nos impedísteis
á Manco seguir,
quien hoy en el Cuzco
se encuentra feliz,
en tanto nosotros
nos vemos morir!»
Y alzando sus mazas, entre gritos mil, cobardes ultiman al bravo adalid.
Cobardes é ingratos matando á Quizquiz, que aliento les daba con voz varonil, al yugo estrangero, así su serviz, cobardes rendían . . . que un pueblo servil, sin patria, no es digno, ni sabe morir!
Mas pronto sintieron aquel hecho vil; y al ver subyugado su bello país, á su héroe evocaban con llanto pueril; mas va inútil era llorar y gemir, de menos echando al noble adalid.
¡De infames, sin patria, su crimen fué, sí . . . esclavos debían, llorando morir!
En breve llegó al Cuzco esta noticia, que celebrada por las tropas fué;
.iÍí£i¿Is^V:
— 144 —
mas otra infausta del vencido Quito, llegó poco después.
Que allí en Quito, don Pedro de Alvarado, con otra bien provista expedición,
que desde Guatemala á las peruanas playas dirigió, iba á Pizarro á disputar sus glorias,
y también de ese reino á tomar por las armas posesión.
1534r
Por sus audaces planes el insigne don Pedro de Alvarado, por su esfuerzo, valor y bizarría fué uno de los grandes capitanes, que con mds gloria hubo descollado,
y más fama tenía, en la conquista célebre de Méjico, y Cortés como á iiermano le quería: por su perfecta y varonil figura los aztecas llamáronle Tonatiuh, con el sol comparando su hermosura; y como militar y caballero, entre esos adalides fué el primero, por sus galas, donaire y apostura
é indomable bravura: era conversador y lisonjero, ameno, tierno, alegre y generoso,
ocurrente y gracioso, y de muy ñno y elegante trato;
mas vióse en adelant^^ que era vano también, falso é ingrato, y su alma á su exterior no semejante.
Así encuéntrase todo compensado
de la vida en la escala; porque la perfección muy raras veces
en un mortal se encierra, y nunca todo en su favor se iguala.
Después que Hernán Cortés hx^o acabado en la ciudad de Méjico la guerrar á seguir conquistando á Guatemala mandó á su amigo Pedro de Alvarado: sucumbe esta provincia, y el guerrero con adquirida fama y más dinero, muy más altas grandezas se promete; y marchase á la corte, envanecido, el año mil quinientos oeintisiete á reclamar el premio merecido.
Sin variación alguna acompañó al guerrero hasta la corte la en Méjico propicia su fortuna; y allí, con sus riquezas y presentes, grandes ofertas y su buen talante, entre los diestros cortesanos lobos, sin de ellos conocer el formulario, supo abrirse camino en el instante, é hízose amigo del privado Cobos, que era de Carlos quinto el secretario; es admitido hasta la regia sala, y sus grandes pomposas descripciones oye el monarca con placer y halago, y adelantado nómbrale en seguida, capitán general de Guatemala, con el hábito honroso de Santiago v otras muchas notables concesiones,
que al nuevo mundo lleva; y á indicación del secretario Cobos,
recibe por esposa
á Beatriz de la Cueva, noble dama de corte y muy hermosa;
y olvida, fementido, su antiguo compromiso contraído,
en la región indiana, de desposarse con Cecilia Vázquez, de su amigo Cortés la prima hermana.
A su monarca ofrécele Alvarado emprender hacia el Sud nuevas conquistas y el tesoro aumentar con pingüe renta; y parte con su esposa á Guatemala en mil quinientos treinta. Y muchos caballeros, de antigua noble cuna, consiguen en sus naves embarcarse, anhelosos de gloria y de fortuna.
Así que á Guatemala hubo llegado,.
^• j^.l L^':i-s<i'.*íSM'ftíi*í*iáf\
v;iil',>^".''^W^;fc.'
• . • - \\ ■-
— 145 —
con su provista armada, ,,
don Pedro de Alvarado, soberbio ya, sin trepidar en nada, y anhelando cumplir á Carlos quinto
su palabra empeñada, alistó en breve tiempo ocho bajeles
y un galeón inmenso de trescientas y tantas toneladas, cosa en aquellos mares nunca oista, absorviendo de todos las miradas; y que en honor del ínclito almirante,
San Cristóbal pusieron: y bastimentos, armas y caballos, reunidos ya para marchar tuvieron; y el mismo Hernán Cortés quiso en la empresa entrar con sus soldados v dinero;
mas don Pedro Alvarado,
ingrato é infatuado, otro Cortés creyéndose potente, no quiso ya tener por compañero, al que antes de.-^deñó, como pariente!
Iban allí llegando, exageradas, las nuevas de riquezas fabulosas
en el Perú encontradas, entre regias mansiones deliciosas
y templos suntuosos;
y todos codiciosos, j
pedían á don Pedro de Alvarado,
un día y otro día, formando todos suplicante coro: — que de su incierta empresa desistiera
al mar del Mediodía,
Y á la reqión del oro
en seguida partiera; porque aquella región el cielo era
de dioses inmortales! —
Así pues, á Alvarado se pedía
lo que él mismo quería, y contento accedió; pero ya entonces
algunos oficiales
y empleados reales, le demostraron: — que su nueva empresa
muv contraria sería á la de su monarca orden expresa,
que aquello prohibía; pues á Pizarro habíase cedido del Perú la conquista y dependencia. —
En seguida á Alvarado dirigióse de Méjico la audiencia, su obstinación ya vista: — prohibiéndole que fuera
á estorbar de Pizarro la conquista, ^ '
y haciéndole de todo responsable. -
Y la misma ciudad de Guatemala,
con eco lamentable,
temiendo los peligros, si quedaba el distrito abandonado, apenas del salvaje conquistado, pedíale: — la empresa postergara
hasta más adelante, y cuando ya tranquilo se encontrara.- -
Pero el adelantado, replicó álos primeros, arrogante: — que su misión para emprender conquista; del nuevo mar del Sud en las regiones, ni límites ni rumbo señalaba, ni á su empresa imponía condiciones. —
De Méjico á la audiencia
con desdén respondía:
— que no necesitaba ni su reprobación ni su licencia, y marchar al Perú le convenía
sirviendo á su monarca,
pues Pizarro elementos, para seguir su empresa no tenía,
y ayudarle quería
en sus descubrimientos, conquistando otros puntos diferentes. —
Y al pueblo hace saber de Guatemala:
— que es inútil persista en pintarles peligros no existentes; porque á los indios y caciques presos los iba á utilizar en la conquista, y allí dejarles fuerzas suficientes.—
Y á aquellos, que podía
hablarles con franqueza, de vanidad henchido, les decía: «Mi porvenir de gloria y de grandeza en este triste pueblo yo no encuentro: quiero un reino fundar, como el romano,
en el nuevo océano.... necesito otro imperio y otro centro,
donde esculpir mi busto.... donde tender mi aliento soberano,
como César augusto:» Así á sus compañeros repetía
el hidalgüelo vano, soñando mil grandezas en los Andes; y á partir al Perú se disponía.
áÁviafeáffli.
146 —
Llegó, en tanto, el piloto Juan Fernández,
que habíase encontrado de Cajamalca en todos los sucesos, y al punto refirió al adelantado: —que Atahualpa y su jefe estaban presos, y la asombrosa cantidad de oro
por el Inca entregado;
pero que el gran tesoro de Atahualpa y su padre Huay na Cápac, por los indios oculto estaba en Quito, aún no á los salvajes conquistado; y creía, que todo aquel distrito
estaba eliminado
de la concesión hecha á Francisco Pizarro por la corte^ pues de su concesión quedaba al Noi'te. —
Esta allí gran noticia, fué una ílecha, como señal de marcha, disparada, ó la que hace estallar rojiza mecha, á la mina de pólvora cargada.
Todos eran de iguales opiniones, y por partir clamaban noche y día; y el céfiro en el puerto ya mecía doce buques de todas dimensiones, con quinientos ó más aventureros^
V como su mitad caballería:
allí entraban señoras con sus hijos,
V nobles caballeros, como don Diego y Gómez de Alvarado,
hermanos de don Pedro,
el bravo Juan de Rada y Garcilaso de la Vega, padre del indio historiador de la conquista, y otros muchos de fama bien sentada, por sus heroicos hechos y bravura.
Y tal era el afán por embarcarse,
y aquel suelo pisar de oro y ventura, que unos doscientos hombres
y algunos bastimentos y corceles quedáronse en la playa por falta de bajeles;
porque otros muchos antes se apiñaron, . como de bacalao delgadas postas. ^
La escuadra llegó al puerto de Posesión, en donde á Hólguin hallaron, mandado anteriormente á aquellas costas; y de Hólguin las noticias confirmaron las de don Juan Fernández, el piloto;
siguieron, sin tardanza,
de Nicaragua al puerto, en donde el capitán Gabriel de Rojas á partir al Perú se i)reparaba, en dos naves, que prontas ya tenía
v doscientos soldados; pues su amigo Pizarro le llamaba, y compartir su suerte le ofrecía, ya del Sud los tesoros encontrados, y ya para rendirse los infieles.
Invocando Alvarado, con audacia, de su monarca el nombre, á quien con tales actos ofendía, de Rojas exigió los dos bajeles, pues su gente en las suyas no cabía;
y no teniendo Rojas con qué contrarestar esa violencia, ni sus protestas ni reclamos fueron á impedirla bastantes, tuvo en tales instantes, que partir en sus buques, con los que acompañarle así quisieron, y prosiguió la escuadra viento en popa.
Llegó en breve á Caraques,
cerca de Puerto Viejo, y allí desembarcar hizo su tropa
el guerrero orgulloso,
siendo de Marzo á fines del ario mil quinientos treinta y cuatro, para marchar al Quito fabuloso de los grandes tesoros y jardines, y su soñado, espléndido teatro.
XLIÍl
Suponiendo Alvarado hacer más breve esa marcha triunfal, y más grandeza dar á su campaña, dispuso:— que á través de la montaña.
desde el puerto empezárase á marchar; sin inquirir si había algún camino
ó sendero vecino, que ofreciérales más facilidad.
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— 147 —
Tomando algunos guías, en tres grupos sus fuerzas dividió: mandaba la vanguardia ó el primero, el leal caballero don Diego de Alvarado; el segundo el audaz adelantado, y el tercero, donde iban los bagajes, las señoras, los niños y los pajes, al letrado Caldera se confió, que de todos gozaba completa estimación.
Sóndales todo favorable, con el aura fugaz de la ilusión; mas después de pasar el río Dable, los guías disparáronse á sus chozas, y encerrado el ejército se halló entre lagunas, ciénagas y brozas, sin un rumbo tener ni dirección; y sus glaciales fríos el invierno, en torno desplegó.
Los fríos y las lluvias comenzaron los campos á inundar; pero salir lograron y de algunas aldeas y cabanas
el oro atesorar, trasponer anhelando las montañas, que de nieve empezábase á llenar.
Preciso ya les era de los Puertos Nevados las cimas trasponer, ó al pie de la ladera, sin recursos, enfermos y postrados, inertes perecer.
Como único recurso comenzóse la terrible ascensión,
entre las rocas de temprana nieve y la ventisca leve,
que á los Nevados Puertos azotó.
De su patria los indios arrancados, no en ella acostumbrados á ese frío glacial,
y entre las sierras sin abrigo alguno,
por cientos comenzaron á espirar: y unos días después, caballos y jinetes, escuálidos y helados,
exánimes veíanse caer;
y hasta la infantería,
que tiritando alígera corría,
á ser diezmada comenzó también;
y el mismo adelantado, diez largos días se encontró postrado;
y creyendo morir,
intentó entre la tropa
el oro repartir; mas el oro arrojando, le decían:
aíDadnos pan y ropa.... dadnos salud para salir de aquüo \ los muertos caballos se comían
al lado de los cóndores,
que hambrientos se cernían, disputando á la gente aquel botín.
Las madres cariñosas, estrechando á sus niños, espiraban, sin poderse mover ni alimentar; y los tiernos esposos contemplaban, mas que de frío, de dolor transidos,,
esos restos queridos, que iba también la nieve á sepultar!
En hórrida agonía, la triste noche eterna maldiciendo, imploraban la luz del nuevo día; pero iba el nuevo día apareciendo,
con más saña y rigor;
y pasaba diezmando
y su nieve arrojando, como vieron pasar el anterior;
mayor fué su agonía, el desaliento, el hambre y el dolor!
La vanguardia ó el grupo de don Diego, consiguió la montaña atravesar; y llegando á una aldea, ya en el llano, el buen don Diego le avisó á su hermano: — que el único remedio de salvar, era hacer un esfuerzo sobrehumano, y á la provista aldea, cuanto antes el bajar. —
Y procurando hacer aquel esfuerzo
en su mortal quebranto, de súbito miraron con espanto, que el cielo muchos días se toldó; y muy oscuras nubes y rojizas, lanzando fueron cálidas cenizas, y de lava la nieve se cubrió.
Y del Cotopaxí, según los indios,
debió ser la erupción. ¡Quizá en aquel momento
irritado el volcán y así potente,
quiso mostrar á aquella extraña gente,
con su rugir violento, y á la nieve agregando lava ardiente, su terrible protesta á la opresión;
y ver si el noble aliento
del ínclito español, miraba sin temblar aquel portento, ni sentir conturbado el corazón! 112
Si aquella vía crucís
pudieron ir pasando,
también fueron dejando
los peñascos cubiertos de oro, de armas, de arneses y bagajes
é infinidad de muertos, como se van las carnes desangrando, al correr entre espinas y ramajes!
Como cien españoles, algunos niños y mujeres nueve, caballos y mil seiscientos indios, sepultados quedaron en la nieve; mas al fin la montaña se pasó, .
y el resto de la tropa, en el llano á don Diego se reunió.
Y después de algún tiempo y alentados,
por las altas llanuras la marcha comenzaron á seguir,
mas vieron, admirados,
las huellas de herraduras, en oreado barro señaladas, pedazos de correas y monturas,
y unas armas quehrado.s, evidentes señales, que antes que ellos, cristiana tropa anduvo por allí. ¿Mas quienes, por ventura, eran aquellos,
que en silencio hasta Quito,
pudieron antes irf
Profundo desconcierto esta sorpresa
en la tropa causó,
y más en Alvarado, al pensar, que otros antes, tal empresa
hubiesen efectuado, llevándose de Quito la riqueza,
que suya presumió.
¿Mas quién allí pudo antes tal campaña emprender, cuando entraban triunfantes en el Cuzco las fuerzas de Pizarroi* De Piura un jefe.... Benalcázar fué.
De San Miguel de Piura el pueblo fomentar quedó encargado; mas soñando también, como Alvarado, de Quito ¡os tesoros encontrar, partió de (>^uito á los extensos llanos, y con ciento cuarenta veteranos
decidióse á marchar.
Con Ruminávi,— jefe de esos indios, qu'í era un caudillo experto, y que después de muerto
el valiente Quizquiz, fué el general, —
tuvo encuentros reñidos y dudosos;
pero al lin, los cristianos victoriosos,
Benalcázar en Quito pudo entrar.
En las antiguas torres de Atahualpa
el estandarte patrio colocó;
San Francisco de Quito puso al pueblo, de Pizarro en honor; y toda la provincia
sometida quedóse al invasor;
pero habían los indios ocultado los valiosos tesoros,
que ansiaron Benalcázar y Alvarado,
y su vuelta sin ellos emprendió.
Cuando en el Cuzco supo Pizarro de Alvarado la invasión, con la caballería más movible, á Almagro para Piura despachó,,
quien llevaba la orden: de que con Benalcázar y sus fuerzas
corrieran á impedir, que Alvarado atentase á sus derechos, los únicos legítimos allí.
Al entrar en San Miguel, quedó Almagro sorprendido, cuando supo la partida de Benalcázar á Quito, á donde siguiendo solo, encontróle en el camino: disculpóse Benalcázar de su batida á los indios, diciéndole: -que hasta el pueblo á buscarle habían ido; — pero ocultóle la causa _ del regreso repentino, y la pena de no hallar los tesoros escondidos.
Quedó Almagro satisfecho de esa batida á los indios, y que hubiese ya explorado
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149 —
á aquel lejano distrito; % ; ;
y ambos pusiéronse en marcha
á contener, decididos, ^
de Alvarado la invasión,
el que hallábase indeciso
de Río Bamba en los llanos,
desde que triste hubo visto,
por las encontradas huellas,
que hubiéranle precedido
otros jefes más felices
en la conquista de Quito,
después de tantas penurias
y estériles sacrificios.
Mandó Almagro á unos Jinetes á recorer esos sitios y al enemigo observasen; pero fueron sorprendidos por las fuerzas de Alvarado, quien hidalgo siempre y fino, tratóles urbanamente, y envió á Almagro con los mismos, que en libertad puso al punto, una carta, en que cumplido, saber le hacía su intento: —pues que del rey al servicio solo trataba extender de Castilla los dominios, sin atacar de otros jefes los derechos adquiridos, ni buscar contienda alguna con los valerosos hijos, que honra daban á su patria con sus muchos sacrificios. —
Contestó del mismo modo á esta atenta carta Almagro; y para arreglos más breves envió tres comisionados, puesto que no por las armas, sino cual buenos hermanos, que entenderse procuraban, á terminar iba ese acto: —de su jefe el sentimiento expresaron á Alvarado por las pérdidas y males
que sufrió en Puertos Nevados;
que Quito, con otro reino ■-'■■.■,::.^:-'^t
donde hallábase Pizarro, •;
á él solo pertenecían
por concesión y tratados
con su monarca supremo;
que pronto esparaba Almagro,
con los que estaban linderos,
el ser también agraciado;
así, pues, que no existían
reinos, provincias ni campos,
islas, puertos ni montañas,
bosques, eriales ni llanos,
que pudiesen legalmente
ser por allí conquistados.—
Y hacerle esta exposición, en cumplido castellano, era cerrarle las puertas, y notificarle claro, que con su música fuera á otro distante teatro. —
Dudoso esta relación oyó don Pedro Alvarado, y al mariscal contestóle: — que á su encuentro iba marchando, y cuando cerca estuviesen, mandaría á sus enviados para que, con honra mutua, celebraran un tratado. —
Hízolo en efecto así; pero sin bases llegaron, pareciendo mas espías, que agentes autorizados; y ponderaron las fuerzas, que seguían á Alvarado, mientras ocultó las suvas en varios grupos Almagro; pues solo al frente se hallaba de ciento ochenta soldados, cuando mas de cuatrocientos tenía el jefe contrario, aunque débiles y tristes por los sufridos trabajos.
^d',;
— 150 —
Siguiéí'onse las intrigas entre uno y otro campo, y algunos ya descontentos, fuéronse al otro pasando. Felipillo, el indio intérprete, escapóse al de Alvarado; y el que de este en Guatemala fué el experto secretario, y escribano de los reinos, de nombre Antonio Picado, también por resentimientos se pasó al campo de Almagro, y de esta ingrata conducta su antiguo jefe indignado, desplegando sus banderas, marchó en busca, temerario, de una pronta solución y no de necios reclamos.
Con la vanguardia de ataque llegó Diego de Alvarado, y el mariscal intimóle: — que esperase é hiciese alto; y sus quejas expusiera: y expuso: — que el secretario de su noble hermano v ¡efe habíale traicionado, abandonando su puesto, y que hacía de él reclamo, para por tal deserción ser al punto castigado, pues moralizar su gente y evitar iguales actos, por un ejemplar castigo, era el móvil de su hermano. —
Y el mariscal contestóle: — que era infundado su cargo, y allí nadie detenía al secretario Picado, libre de ir donde quisiese. — y á un alcalde y escribano comisionó que pasasen á verse con Alvarado, haciéndole responsable: — de los perjuicios y daños,
y una solemne protesta formulasen en el acto, aunque decidido estaba con las armas á arrojarlo hasta sus mismos bajeles, que estábanle ya esperando.—
Y el invasor orgulloso replicóles harto vano: — que él era gobernador, general y adelantado, y podía en el Perú entrar como un soberano en las tierras que no fuesen concedidas á Pizarro; y que si en ellas se hallaba, no haría á su empresa daño; y que si algo precisase pagaríalo bien caro, pues sobrábale dinero para ser todo pagado. —
Mas su descontenta ti-opa pasarse á la de Pizarro más conveniente juzgaba, sin recurrir, en su estado, á verse á la vez cercada por las indios y cristianos, sin sacar ventaja alguna; y el orgullo así quebrado del invasor imprudente, cedió al arrojo de Almagro, y á tratar con él envió á Caldera, el licenciado, y á dos de sus capitanes, y ambas partes acordaron: — que en la siguiente mañana el mariscal v Alvarado una entrevista tuviesen, como buenos castellanos, debiendo por un convenio quedar todo terminado. —
Celebróse la entrevista, galantes á ella acudiendo el mariscal, Benalcázar,
— 151 —
los hermanos Pedro y Diego de Alvarado, varios jefes y otros nobles caballeros; y empezó amistosamente con urbanos cumplimientos, atenciones y disculpas, manifestando don Pedro: — que al invadir esas tierras solo tuvo por objeto de su patria la grandeza, y no el interés grosero: que ignoraba, que á Pizarro se hubiese dado ese reino, y con españoles nunca intentó cruzar sus fuegos, pues la unión era la fuerza, y más, en tales desiertos, cercados de huestes indias, que espiaban sus movimientos.
Aplaudióle el mariscal sus patrióticos deseos, y todos bien animados al instante se extendieron; y ambos jefes perdonaron, en tan felices momentos, á Picado y Felipillo y á todos los que su ejemplo después fueron imitando, aunque los pasados fueron al campo del mariscal en número más extenso.
Nombróse una comisión de jefes y caballeros para establecer las bases de aquel anhelado acuerdo, y así quedó convenido: — que de Al varado el ejército libre quedase para irse ó quedarse en ese reino, reconociendo en tal caso de Pizarro los derechos, y alistándose en sus filas los que quisiesen hacerlo, con los grados que tuviesen, y en los repartos teniendo también igual proporción á sus nuevos compañeros: que Alvarado á Guatemala i ríase de regreso, uno ó dos buques llevando para amigos y su séquito, pero dejando los otros.
que existían en el puerto; ,,
y como compensación
de buques y gastos hechos, ■
Pizarro le abonaría
al contado cien mil pesos.—
Aprobaron ambos jefes este discutido acuerdo, y en Agosto veintiséis quedó firmado el convenio, que el notario Diego Presa autorizó en el momento.
El mariscal á Pizarro en seguida hizo saberlo, y Pizarro, complacido, recibió á los mensajeros, á quienes hizo regalos de preseas y dinero, pues tal triunfo no esperaba tan decisivo ni presto.
El carácter generoso, sencillo, noble v abierto del triunfante mariscal, que sin sangre ni atropellos obtuvo tan gran ventaja, se atrajo al punto el afecto de los hombres de Alvarado, que uniéronsele contentos, y después, en sus campañas, fuéronle los más adeptos, solo su lado dejando, cuando ya oiéronle muerto, y á su hijo Diego de Almagro siempre fieles protegiendo.
' Envió Almagro á Benalcázar, con un buen destacamento, á que en la ciudad de Quito fundase un cristiano pueblo, y también á otro oficial á poblar á Puerto Viejo, para que ya en adelante no bajaran á ese puerto los que invadir intentasen del Perú el famoso reino, atraídos por las nuevas de sus tesoros inmensos.
Después que salió del Cuzco el mariscal v al encuentro de Alvarado encaminóse, también Pizarro, resuelto
152 —
á impedir toda agresión
y á defender sus derechos,
con tanta gloria adquiridos,
del Cuzco dejó el gobierno,
que encargó á don Juan, su hermano,
como á hombre activo y discreto;
y él con sus tropas livianas,
y Manco con sus arqueros
más ágiles y leales,
á Jauja se dirigieron,
estando á la espectativa
de posteriores sucesos;
y después en Pachacamac
situaron su campamento,
donde recibió Pizarro
la noticia del convenio.
Y sabiendo el mariscal por el rápido regreso
de sus enviados, que allí Pizarro con su refuerzo encontrábase situado, invitó á Alvarado atento, que fuese á ver á Pizarro y á percibir su dinero; y ambos jefes en seguida á Pachacamac partieron.
Dejaron á San Miguel, y cruzando el muy risueño y fértil valle del Chimo, hallólo Almagro tan bello, que dejó á Miguel Estete para alzar un nuevo pueblo, que se llamase Trajillo, y con glorioso recuerdo de la patria de Pizarro, en aquel vencido imperio.
Y de Pizarro á las fuerzas
las de Alvarado se unieron, y en Pachacamac duraron por machos días los juegos/j las fiestas y regocijos }
y visitas al gran templo. |
Las disculpas de Alvarado, • Pizarro aceptó al momento, ; pues trájole un contingente como caído del cielo; y siguiéronse tratando como dos amigos viejos; i
y pasados ya unos días, se alistó para el regreso el pretencioso Alvarado, recibiendo su dinero, que encajonado y en oro desde el Cuzco remitieron.
Este fué el fin de la empresa de don Pedro de Alvarado, quien viendo su plan frustrado y su fama no muy ilesa, de oro una buena remesa resolvió al menos hacer, antes que todo perder; pues si no tuvo el honor de un bravo conquistador, regresó cuaí mercader, lio.
¡Todos tras un esplendor, felicidad ó quimera, van así su vida entera, como este conquistador*, esperando un bien mayor! ¡Todos con el bien soñamos, pues la dicha, que esperamos_, acaricia con donaire á castillos en el aire, que en nuestra ilusión forjamos!
1534: y 1535
Llegó Hernando Pizarro á la alegre Sevilla el mes de Enero, no cual antes, un pobre aventurero, si no con la riqueza y los honores
de un gran conquistador;
y un almacén entero de la andaluza aduana se llenó de vajillas, jarrones y de adornos, de gruesas barras, fuentes y de flores y estatuas de animales de oro y plata,
riiMiriÜüiH
— 153
y muy ricos tejidos de colores, con asombro de mil espectadores, - reunidos en redor.
Y á ver la maravilla de los reinos del oro y la plata,
se aglomeró en Sevilla la gente de sus pueblos inmediata;
y tal fué la alegría
v tal la admiración, al contemplar el colosal ingreso, como antes fueron al primer regreso
del ínclito Colón.
Como Hernando Pizarro los tesoros
llevaba encajonados, con Juan de Sosa y don Cristóbal Mena,
del mariscal enviados, consiguieron hacer con prontitud
su viaje decidido,
hasta Calatavud,
donde el emperador
había allí reunido
las cortes de Aragón.
Del Perú el gran tesoro sorprendente, fué de la corte el principal asunto;
y según don Hernando manifestó, con tono indiferente: — era tan solo un pálido trasunto de muchos, que debían ir llegando.—
Y don Hernando fué inmediatamente en audiencia privada recibido;
é hizo al gran monarca un relato magnífico y pomposo
del conquistado reino,
tan rico v tan hermoso: — le habló de sus caminos y canales, y de sus no esperados adelantos
en artes y tejidos: del lujo de sus templos orientales,
y los muchos encantos de sus valles bellísimos, floridos, y raros y abundantes cereales: y las riquezas de sus muchas minas
de oro y esmeraldas
y plata y piedras finas;
y que ese rico imperio era el más poderoso y floreciente
del Sud al hemisferio.—
Y después que sagaz hubo avivado
la sed de poderío
del guerrero monarca celebrado:
— ponderóle el valor, constancia y brío
, de las nobles legiones, que el nombre de sus reyes extendían, al elevar la cruz y sus pendones, y riquezas inmensas ofrecían
al cetro castellano, que él empuñaba con gloriosa diestra,
pidiéndole aceptase aquella humilde ofrenda como muestra.—
Brillaron de alegría los ojos del monarca poderoso,
al mirar reunidos
tanto metal precioso, y tantas grandes perlas y esmeraldas, y flexibles, finísimos tejidos de las mantas de nítidos colores, imitando festones y dibujos
y relumbrantes flores.
Y el digno emperador, por tanta gloria supo premiar también los hombres grandes,
que invictos escalaron, por ve^ primera, los nevados Andes, y al Orbe con sus hechos asombraron!
Hizo el emperador muchas mercedes del Perú á sus magníficos caudillos: el título á Pizarro confirióle
de marqués de Ataoillos, y que aún su gobierno dilatase mas á la parte Sud, setenta leguas:
á Almagro concedióle para sí y sucesores, que nombrase, lindando con Pizarro, otras doscientas, también siguiendo al Sud, sobre la costa, y nombróle además adelantado; pero esta concesión, tan generosa,
no debióse al enviado, sino á solicitud de Mena y Sosa, que expusieron de Almagro los servicios; y también dio el monarca á los dos jefes,
en carta muy honrosa, las gracias por sus muchos sacrificios.
A Hernando, el mensajero, hízole de Santiago caballero, y dióle facultad para que armase
en Sevilla una escuadra; y órdenes impartiéronse á Sevilla, para que su proyecto secundase. Y el monarca llamó Nueoa Castilla al país por Pizarro sojuzgado,
VV,;
154 -
y agregaba: — el que cedo á don Diego de Almagro, adelantado, llamarse deberá Niieoa Toledo.— 114
Tampoco fué olvidado
fray Vicente Val verde, á quien dióse del Cuzco el obispado.
Ya de Pizarro, el héroe de los Andes,
los ensueños de glorias y riquezas se habían realizado, con deslumbrante brillo,
y corrían la fama y las proezas
del expósito oscuro de Trujillo,
desde nao á otro estremo en toda España.
No eran descripciones de un nuevo rico mundo ó tierra estraña, que llenasen á todos de embeleso, como aquellas primeras impresiones que explicaba Colón á su regreso: eran ya pruebas y hechos materiales en barras de finísimos metales: era la realidad de los tesoros, que admirando veían y palpaban,
sin tener duda alguna; y de consuno todos anhelaban igual gloria adquirir, igual fortuna,
y ya á Hernando asediaban
por seguirle en su flota.
El hombre desdichado,
que activo ingenio agota, un porvenir buscando merecido:
el joven derrochado,
sin crédito y perdido, y sin más porvenir que su bajeza: el pobre y el hidalgo caballero, sin otro capital que su nobleza:
el loco proyectista, que delira con rápida riqueza: el sin trabajo y aburrido artista, sin tener para lienzos ni colores:
maduras cortesanas,
cual deshojadas flores,
ya sin tiernos amantes, por haberlos de sobra tenido antes; mujeres voluptuosas y livianas, de esas que buscan oro y novedades,
contentas y galanas,
en cortes y ciudades:
el valiente guerrero, cubierto al fin de honor y cicatrices: el movible y audaz aventurero:
bastardos orgullosos,
y miles de artesanos infelices: galantes pretenciosos,
pisaverdes de escuálidas figuras:
' . ■- • - jugadores de oficio, ¡
y gente de servicio: j
desengañados, necios ;
y avaros mercaderes,
con sus viejas facturas, al saber del Perú los altos precios.... ya todos, cual reclutas en derrota, eorrían tras Hernando y le asediaban
por seguirle en su flota, y por su protector le proclamaban.
Conoció Hernando entonces, que su hermano
obró acertadamente,
al dejar complaciente, que con su oro á Castilla regresasen ' los que fueron los ecos de la fama
de sil reino peruano, pues por cada ya rico castellano, que regresó de la región remota,
mil á Hernando asediaban
por seguirle en su flota, y cartas de magnates presentaban; y en sus labios llevando la lisonja, tras Hernando corrían con anhelo, como sueña en sus éxtasis la monja los resplandores contemplar del cielo!!!
Al terminar el año una surtida escuadra numerosa, desde las costas de la bella España
al mar salió orgullosa:
la flota era de Hernando, tan solo comparable por sus buques, gran armamento y muchos emigrantes á aquella que alistóse para Ovando,
treinta y dos años antes, en tiempos de Isabel y de Fernando.
También sufrió esta flota, como aquella de Ovando, al sepasarse de las costas, tempestades continuas y bravias, y tuvo al fin al puerto que volverse á reparar sus muchas averías;
tornó á la vela á hacerse, y con propicio viento y mar calmada, traspuso el océano,
y del Nombre de Dios entró en la rada.
Pero no estaba esta ciudad naciente, ni en víveres ni casas preparada para hospedar de pronío á tanta gente,
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— 155 —
la que hallóse obligada á vivir una paróte á la intemperie^ y otra en las pobres chozas, apiñada^
del indiano salvaje, ^ ^^
después de los mareos y los trabajos de tan largo viaje.
No se pudo, á pesar de los deseos
que todos demostraban, atravesar incontinenti el istmo; pues para tanta gente no bastaban
los víveres restantes, y muñirse de todo lo preciso
era necesario antes: y con ayuda de indios empezaron á recoger la pobre sementera
de los alrededores: pusiéronse á ración, siguióse el hambre, después la aciaga peste y sus horrores,
y muchos espiraron del abrasado clima á los ardores.
Rn mil quinientos diez sufrió igual suerte allí también Nicuesa,
célebre caballero denodado, |
en otra vasta y temeraria empresa, y pereció en el mar abandonado, después de haber perdido á sus legiones.
Así como el destino se burla de risueñas ilusiones, y el rayo furibundo, en su camino,
cuanto encuentra derrumba, así, muchos allí de los de Hernando,
encontraron su tumba, en medio de angustiosos sufrimientos; pero se fué la pesie disipando, y reuniendo recursos y alimentos,
cruzaron la cadena, que de una en otra cima se eslabona del istmo Panamá; y Sosa y Mena comunicaron al instante á Almagro, las mercedes que le hizo la corona;
y fueron los primeros,
que hasta el Cuzco llegaron, los leales y activos mensajeros,
que Mena y Sosa enviaron.
Pizarro era feliz: ya ausente estaba y corrido don Pedro de Alvarado,
el audaz invasor: Benalcázar en Quito dominaba, y en el Cuzco su ejército acampado, era único señor: la bella Huáylles Nusta, aunque no apasionada del caudillo, mostrábasele fiel, pues la halagaba el brillo de enaltecida y envidiada ser.
De Atahualpa las fuerzas derrotadas, hallábanse vagando en los desiertos, y ya sus viejos generales muertos, era él y no Manco, el Inca rey: y un activo piquete, mandado por Estete, poblaba á San Miguel, cuya ciudad Pizarro muy de su gusto halló,
y en honor á su patria, en adelante, Trujillo la llamó!
Y supo, que en el Cuzco, su india amada, para hacer su ventura más colmada, había dado á luz un niño hermoso, al que Gonzalo se llamó después;
V entonces venturoso
más que nadie Pizarro llegó á ser!
Y alegre y anhelando dejar á su hijo su glorioso nombre, fué los vecinos valles observando,
para poder fundar en aquel rico reino una grandiosa y digna capital, que cerca se encontrase del Pacífico mar.
Delicioso encontró el valle del Rímac, del mar á ocho kilómetros, y un río
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— 156 —
que á la costa llevaba;
V solo Pachacamac de este valle unos veinte kilómetros distaba.
Observó que una eterna primavera reinaba en su salubre y suave clima, y á levantar allí se decidió la que hoy se llama la ciudad de Lima, y en quichua el valle llímac se llamó, do casi nunca en el estío llueve; mas mitiga los rayos de su sol, una cortina de vapores leve, que á su campiña da brillo y verdoi'.
El diej^tocho de Enero del año mil quinientos treinta y anco reuniéronse en el valle placentero,
con gran solemnidad; y previas las usuales ceremonias,
fundóse la ciudad, que ciudad de los Reyes le pusieron, cuyo nombre no púdose arraigar. 1 IT)
Y su obra Pizarro queriendo seguir, no bien delineóse la nueva ciudad, cuando hizo de Jauja la gente venir;
V miles de indios reuniendo además, solares y tierras lleg(') á repartir: trazaron las plazas y la catedral, las públicas calles y los edificios, que son necesarios en gran capital.
No ya del guerrero la espada lucía, no ya los sonidos de cajas y guerra hicieron del valle la calma turbar:
todo era alegría
del llano á la sierra:
allí el instrumento de activo artesano, rompiendo la tierra, en torno tan solo brillar se veía,
abriendo el cimiento de aquella trazada, futura ciudad.
Pero mal se avenía con el vivo carácter de Pizarro V osada bizarría, el contemplar tranquilo, un día y otro día, el lento trabajar del artesano;
y envió á Almagro al Cuzco á que el mando asumiera, y hacia tierras de Chile dispusiese que una invasión partiera, ó él mismo la mandara;
pues parecía que á empezar volviera r i esa franca amistad, que antes tuvieron; • y al momento Gonzalo y Juan Pizarro
el mando le cedieron. ' •
Partió el gobernador hasta Trujillo, y viendo el adelanto que tomaba, '
con liberalidad adjudicaba
las tierras v solares, alentando á su gente complacida:
parecía su alma, ya su cuerpo agobiado por los años
de su azarosa vida, buscase del hogar la grata calma, y la paz de su gente, tan sufrida, ya de conquistador y aventurero
su misión concluida: el expósito hallábase confuso de verse al fin dichoso, aunque ya viejo.
¡Ahora, sí, era iluso.... que el antes de su mente claro espejo, por tanta dicha hallábase empañado;
pues ser feliz crea, y no, cuando en la isla abandonado, á conquistar un reino se atrevía!
Pero su duda disipó al instante uno de los activos mensajeros de Mena y Soto, que á Trujillo entrara; y al oírle Pizarro, sorprendido
quedóse persuadido que en la merced que á Almagro se otorgara, el Cuzco se encontraba comprendido.
Así vio disiparse, en un instante. esa ilusión dichosa, que embriaga al infelice delirante; y presumió perder, entre las manos, del imperio la joya más preciosa.
Y corrió el capitán Diego de Agüero,
de Almagro compañero, á darle la noticia venturosa
y ganar las albricias de la regia merced, que era un tesoro; V loco de contento el viejo Almagro, unos siete mil pesos dióle en oro.
Cundió al instante en el Cuzco de Agüero la gran noticia, y los amigos de Almagro exigiéronle en seguida: —que él solo el mando asumiera, porque á él pertenecía
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— 157 —
del Cuzco todo el distrito, por la merced recibida; y ya el teniente no fuese del avariento de Lima.—
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Y los que tales consejos al mariscal repetían, eran los más revoltosos y gente más distinguida de la fracción de Al varado, que con menos disciplina que las primitivas tropas, que efectuaron la conquista, entregóse á la licencia, abusando de las indias, y en los hogares y templos ejerciendo la rapiña. 110
Mas allí por suerte estaba, y su valer imponía, el recto Hernando de Soto, con voluntad decidida: — hízoles ver, con razones, que esa conducta era indigna, y una mengua el disputarse en vil lucha fratricida, el mando de unas mercedes, que ni aún se conocían, hasta que la real orden no estuviese recibida; que debíase ante todo, el terminar la conquista, y no pensar dividirse imperios que no tenían; pues apenas eran dueños, tras de luchas infinitas, de la tierra que pisaban y defenderla debían unidos y vigilantes, sin miserables rencillas, sobrándoles luego tiempo para poder dirimirlas.
Y que todo así quedase, por conveniencia y justicia, hasta que Almagro y Pizarro, cuando fuese conocida
la voluntad del monarca, la demarcación precisa, cual amigos arreglasen, como arreglarse debía.—
Y de Almagro consiguió evitar toda medida
Y calmar á sus parciales,
y que en sus casas tranquilos,
quedasen los de Pizarro, ,
esperando su venida. K/M :;
Mas Pizarro á sus hermanos escribióles con cautela: — que á la pretensión de Almagro ^ ninguno se sometiera; — y exaltáronse los ánimos, dividiéronse las fuerzas, los indios y ayuntamiento, y próxima la contienda, que iba á estallar parecía por medio de la violencia; pero evitóla Pizarro, entrando solo en la iglesia con Picado, el secretario, y el licenciado Caldera.
Supo Almagro, complacido, del gobernador la vuelta, y fué á verle sin dgmora y á explicarse con franqueza,
Al mirarse, tendiéronse los bracos, como viejos amigos de la infancia, que aún recuerdan los filiales lazos
de un tiempo venturoso; y Pizarro exclamó: «Por qué me obligas á dejar mis trabajos empezados,
y que rápido emprenda este viaje tan largo y fatigoso
á mis cansados años,
sin escolta ni tienda y comiendo maiz por esos cerros, para tener tan tristes desengaños? ¡Oh, buen Almagro! ¿No hay para nosotros
ni á la vejez enmienda? Dime, pues, ¿dónde están tu juicio recto,
y sentimientos sanos, para este proceder tan incorrecto, cuando tengo mandado á mis hermanos, que como á mí, sumisos te obedezcan
V su avuda te ofrezcan?
¿No estabas satisfecho?
Entonces.... ¿cómo ha sido?....» «Entonces,— dijo Almagro, interrumpiéndole, es porque tus hermanos no han podido
disimular su envidia; pues no soy yo capaz, y bien lo sabes, de ejercer ningún acto de perfidia!»
Y ya á tomar la discusión mal sesgo iba empezando, como siempre pasa en cosas de interés y sin testigos,
— 158 -
cuando llegaron Soto y sus amigos, y á Pizarro lleváronse á su casa, á los dos jefes prometiendo todos:
— en concurso amigable^
terminar este asunto de un modo equitativo y razonable. —
Soto, Caldera v otros mediadores á un acuerdo arribaron,
cuya fraseología sin sustancia,
gustosos los dos jefes aceptaron;
porque por él á nada positivo sometidos quedaron: y cada cual creía,
después que los despachos recibiesen,
que la parte mejor se llevaría.
El clérigo Segovia
dijo al siguiente día, en la adornada iglesia, con gran pompa, una solemne misa, con canturía, á los marciales ecos de la trompa; y del devoto pueblo congregado,
veíanse á la frente de hinojos á los dos conquistadores,
rezar fervientemente, como una virgen, que sus salmos canta por los empedernidos pecadores: dividió el sacerdote la hostia santa, y los dos generales comulgando,
juraron respetar su compromiso, > . al Eterno y los santos invocando.
Y debemos creer honradamente, que tal vez sin pensar en lo futuro^ supusieron cumplirlo en tal momento, ; sin intentar ninguno ser perjuro.... ' i
¡mas todo el tiempo ejütingue y eoapora, como la nube, que disipa el viento! ¿Quién ¡ay! á una mujer por siempre adora?
jSi hasta el amor se olvida, qué extraño es olvidar un juramento!
Mas si ese grande sentimiento humano — si el amor se evapora y se desliza, como voluble nube de verano, ^será ese amor divino, como rico cigarro, humo y ceniza. .. como una copa de espumoso vinof
¿Es el constante amor, inalterable, una cadena de eternal disgusto, ó encuéntrase la dicha al extinguirse, y en la voluble variación el gusto?
Salieron de la iglesia los dos jefes con su acompañamiento, y fuéronse en seguida á firmar el curioso documento. 117
El mariscal hallábase anheloso de saber si su reino de Toledo, en donde iba á ser rey ó cabecilla, era rico también y tan hermoso
como Nueva Castilla, y para Chile enarboló bandera.
Como por experiencia ya sabía
lo que una invasión era,
y las penas amargas,
que se sufren de día
en bosques y desiertos, entre hambre y sed; y en las montañas, yertos, lo tétricas que son las noches largas;
de la casa salieron
del buen adelantado de plata como ciento ochenta cargas
y más de veinte de oro;
y todas se invirtieron en equipar soldados y reclutas, y que todo se hallase organizado. 118
Y como Almagro era
popular y querido, reunióse al derredor de su bandera
casi el mayor grupo de las fuerzas, que fueron de Alvarado; y como estos soldados no tuvieron parte alguna en botines anteriores, tenerla en los de Chile presumieron;
jA.é^..%-s^j^l^édi^tf!kíi^lsL¡i¿^Sí^kh^^ .
y también muchos de su antigua gente
á Chile le siguieron:
nombró por su teniente á Rodrigo de Orgóñez^ muy su amigo, jefe leal, capaz y muy prudente, é hizo que partiesen adelante Paullo Topa, del Inca Manco, hermano, y Villac-Uma, el sumo sacerdote, con un experto grupo castellano^ y regalos y objetos especiales, y amigables promesas, que atrayesen el afecto de aquellos naturales.
El oficial Saavedra, de vanguardia, con ciento cincuenta hombres partió á Chile, mientras Orgóñez y él organizaban
las principales tropas, que para la invasión se preparaban.
Díjose que el dinero,
que hubo Almagro empleado
en esta su campaña, teníalo hace tiempo destinado para comprar haciendas en España, y al joven su hijo Diego y compañero,
casarle con la hija de uno de Indias antiguo consejero; y cien mil pesos para tales compras, luego á Pizarro demandó prestados,
quien dispuso al instante de su caja le fuesen entregados.
Mas antes de partir el tierno padre, abrazando á Pizarro, así le dijo:
«Nuestra amistad me obliga, ya al partir, á que te hable con franqueza, aunque á acuitarte voy, bien lo colijo.» <(¡No, no,— Pizarro replicóle, — empieza!» Y Almagro continuó: «No indigno impulso, pues harto me conoces, hoy me obhga de tí, mi viejo amigo, al separarme, á que dura verdad al fin te diga. No aquí como antes, firmes, decididos,
y sin vagas tristezas verás á los leales castellanos; pues no esperan honores ni riquezas, ínterin te rodeen tus hermanos,
que serán los primeros
en gozar tus favores, posponiendo á más dignos caballeros, <;on ya adquiridos títulos mejores.
También son altaneros, desde que creen gozar de tu confianza;
V todo esto te indica,
que el tenerlos aquí te perjudica y debes alejarlos, ain tardanza!
Ya ricos todos ellos, enviarlos puedes á la patria amada; y si hacerlos mas ricos pretendieras,
nó repares en nada.... que yo contribuiré con lo que quieras. ^>
Triste bajó Pizarro su mirada, y contestó, cogiéndole las manos:
«¡Ah! como tierno padre
yo quiero á mis hermanos.... y sería un escándalo.» «¡Pues piensa lo que debes hacer en adelante....
y el consejo dispensa; pero oberva también, que complaciente
con lo que yo te pido, debes mostrarte con tu buena gente!»
Y salió el mariscal enternecido,
después de haberle dado este duro consejo.... pero honrado, y quedóse Pizarro confundido;
pues aunque muy astuto, perseverante, vivo y solapado, era también asa^ irresoluto, para así decidirse en un momento,
á un acto tan violento; ó sintiera tal vez y no quisiese, por seguir los consejos, no pedidos,
tener un rompimiento con esos sus hermanos, tan queridos; aunque ya la verdad reconociese
de cuanto hubo escuchado
De su antiguo rival Pizarro libre, y ver queriendo todo cultivado, repartió aquellas tierras, que en el Cuzco sin poseerse quedaban todavía;
y partió prontamente á proseguir en Lima sus trabajos, dejando á Juan, su hermano, de teniente;
y para más regalo, llevóse á su adorada Huáylles Nusta,
con su hijo Gonzalo.
Y creyó ya otra vez Pizarro en Lima, que sus hados mostrábanse propicios,
al ver los adelantos v la altura,
que templos y edificios compitiendo tenían: la hermosura de paseos, de plazas y jardines, y de las rectas calles gran anchura;
y en su naciente Lima,
— 160 ~
en ese fértil valle, tan hermoso ;
y de benigno clima, volvió el mortal á creerse más dichoso; y dio tierras, regalos y encomiendas, cual si fuese un monarca poderoso, á don Hernando Soto y Alvarado, padre Loaysa, don Gabriel de Rojas,
á Caldera v Picado, á Tello y Luis Guzmán, á los Henriquez, y á muchos de sus buenos servidores,
sin hacer pesar nunca
sus valiosos favores, como si fueran fugitiva changa. 1 M)
Y presentóse á la sazón en Lima
fray Tomás de Berlanga, para cumplir las regias instrucciones,
de señalar los límites de las recientes dos gobernaciones;
mas Pizarro, esquivando
tales intervenciones,
las evadió exponiendo: — la no llegada de su hermano Hernando,
y al obispo exhibiendo el muy curioso arreglo, ya pactado; — la poca voluntad entonces viendo
el suspicaz prelado,
que ambas partes tenían para dejar en claro su derecho,
á Panamá volvióse, no de esa buena fe muy satisfecho, rehusando los regalos liberales, y mil pesos en oro, que Pizarro quiso enviar á los templos y hospitales.
Llegó poco después Hernando á Lima, con un buen contingente de guerreros,
sencillos labradores
y expertos jornaleros, que dieron gran impulso á la ciudad;
y los primeros días
entregáronse todos al descanso y las mútup.s alegrías, y después el trabajo á continuar.
Mas nueva, amarga pena
sintió el gobernador, al mirar confirmados sus temores,
y á Hernando reconvino: — porque no hubo evitado los favores, que al mariscal la corte concediíj. —
Mas replicóle Hernando: — que al consejo real y emperador los servicios de Almagro eran notorios.
creyéndolos aún más meritorios, que el premio obtenido en galardón; mas que el Cuzco debía estar incluido \
en las setenta leguas, '
con que había el monarca engrandecido
á su gobernación. —
Con mucha instancia y repetidas veces, pidió á Hernando Pizarro
el bravo capitán don Juan de Rada el pliego original, para él mismo en persona,
llevárselo á su amigo el mariscal;
pero siempre negábase á ello Hernando,
buscando algún pretesto insustancial, y terminando siempre:
—que como pronto iba á partir al Cuzco, quería en propia mano el despacho entregar; — pero el objeto era,
que Almagro mas en Chile se internase, y el pliego demorar.
Y partió Hernando al Cuzco
mandado por Pizarro á asumir la suprema autoridad, por creerlo más experto y de carácter
que su hermano don Juan.
Por tales desconfianza y negativa, ofendido quedó de los Pizarro don Juan de Roda, el bravo capitán; \ jamás eí:'ta ofensa llegó Rada á olvidar, hasta que al fin con sangre y propia mano, púdose vengar.
En tanto que en Lima, Pizarro activaba los grandes trabajos, con vivo placer;
el Cuzco se hallaba en crítico instante de ser ó no ser
el fuerte baluarte,
donde el español
clavó su estandarte, y ya dominado por siempre creyó.
El Inca era solo de su dinastía escarnio y pantalla, que triste vivía cual paria en su patria, sin mando ni honor: sus fueros habían los nobles perdido, y en las encomiendas se vio repartido el resto de siervos, en cada invasor.
Los templos en cuadras se hallaban cambiados,
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— 161 — -
los regios palacios en vastos cuarteles; y á los libertinos, rompiendo dinteles
de asilos sagrados, cual torpe canalla, que infunde pavor, tener por mancebas á las religiosas,
y niñas hermosas
é hijas del sol.
El Inca_, no obstante de ser animoso, y digno en un todo de su antecesor, con ira profunda sufrid, silencioso,
su cruel situación; sintiendo en su pecho risueña esperanza, tranquilo esperaba terrible venganza,
y el día supremo llegado miró.
Y Manco veía que Almagro hasta Chile su viaje aprontaba: que á Lima Pizarro después marcharía, y entonces el Cuzco sin fuerzas quedaba, y allí en tal momento vengarse podría.
Y al gran sacerdote, sus jefes y nobles indica su plan:
Villa-Uma lo acepta y á Almagro engañando, espera á los indios del Sud sublevar; y tienen los nobles secretas reuniones, y luego uno á uno saliendo se van.
Y cuando partieron Almagro y sus fuerzas y el nuevo marqués,
entonces el Inca, en noche sombría del Cuzco se fué;
mas los yanaconas al Inca contrarios, por ser una tribu
que Huayna venció,
y que algo sabían del nuevo, complot
y al Inca acechaban,
en cuanto partió, por ellos su fuga la supo don Juan; con unos ginetes corrió tras del Inca, y no muy muy distante llegó á capturar.
Y el joven Manco Cápac en una fortaleza fué encerrado; y creyeron así los invasores, que habían en su germen apagado del indio los postreros resplandores.
i53e
Hernando llegó al Cuzco, y sea que el estado de los indios á compasión su espíritu moviese, ó bien que con acciones de hombre franco,
atraerlos quisiese, mandó poner en libertad á Manco; y Manco, que era astuto y muy discreto,
y odiaba al castellano, guardar supo taimado su secreto, porque son la reserva y desconfianza peculiares del indio americano;
y su plan de venganza continuó cauteloso madurando, y órdenes clandestinas impartiendo;
y también conociendo
del blanco la codicia,
dio poco á poco á Hernando de enterrados tesoros la noticia, hasta irla por grados avivando,
y concluyó diciendo:
--que en los cercanos Andes,
y de una cueva en un rincón oscuro,
hallábase escondida de su padre una estatua de oro puro, la más grande y de todos más querida,
y también la más bella; pero que agradecido á sus favores esta revelación solo le hacía, para que él solo se apropiara de ella, sin dar parte á los otros invasores, pues era él solo el blanco á quien quería; y que era para todos un secreto de esta valiosa estatua la existencia. —
Esta del Inca Manco gran noticia, acrecentó de Hernando la avaricia,
y dio á Manco licencia para que dos soldados le siguiesen
y en todo le ayudasen, con orden que á la vez le vigilasen, y cuanto antes la estatua le trajesen. Y al Inca permitióle le siguieran,
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— 162 —
^\^:
para traer la estatua, cuantos indios quisieran.
Mas una semana y otra fuéronse lentas pasando, y Hernando, inquieto esperando la estatua de gran valor: sospachas y delaciones el tiempo fué confirmando, y así el engañado Hernando conoció tarde su error.
Con ochenta ginetes mandó á su hermano Juari, á que buscasen
al Inca fugitivo, por cuevas, llanos, valles y montañas, y al Cuzco le trajesen muerto ó vivo;
pero tan solo fueron
desiertos encontrando, y los cercanos campos silenciosos, hasta entrar en aquellos montañosos, que el valle de Yucay van circundando; y por allí encontraron de regreso
á los dos españoles, á quienes Manco despidió galante,
y á don Juan indicaron: — le sería imposible ir adelante, pues rodeado el Inca se encontraba
de hueste numerosa, que á marchar sobre el Cuzco se aprestaba,
vengativa y furiosa, como loco que empuña una cuchilla. —
Rióse don Juan y prosiguió impasible hasta el río Yucay, donde encontraron miles de arqueros en la opuesta orilla; mas nadando á caballo lo pasaron,
mientras la indiada hizo sus descargas de dardos y de piedras,
como grueso granizo;
y ya al verlos en tierra, replegóse un instante amedrentada;
pero súbito y antes de la caballería estar formada, -
sus aullidos de guerra arroja estremecida y furibunda,
y ataca insana y ciega, como un i catarata desbordada,
que troncha, asuela, inunda, y hace la batalla encarnizada
y horrible la refriega; y al belicoso grito: — de Santiago, — que aumenta los mandobles y el estrago,
mas á lidiar el español se entrega. ' I Llevaban ya los indios arrogantes j tejidas cotas de algodón colchadas, i de diversos colores relumbrantes: | de oro y joyas los cascos adornados, ' con monstruosas figuras cinceladas:
en el brazo desnudo, de piel forrado el resguardante escudo;
y encontrábanse armados de puntiagudas lanzas, como acero, mazas y hachas de cobre, y aún espadas, pareciendo cada indio ya un guerrero. 120
De indios la atrevida muchedumbre resistió los ataques y descargas
de ligeros bridones,
seguidas horas largas; mas tuvo que ceder según costumbre, ante los orgullosos campeones, aunque ya más tranquila y avezada; y en orden efectuó su retirada,
con no domado brío, ascendiendo á las ásperas colinas.
Don Juan quedó acampado junto al río de las dormidas aguas cristalinas, con oarios hombres y caballos muertos
Y bastantes heridos, y los más de fatiga ya rendidos; mas creyó á los salvajes haber dado
una lección severa:
habíase engañado,
porque tan solo era vago preludio de la lucha fiera; y vio con desaliento el nuevo día cuajadas las montañas de guerreros,
como turbiones pardos^ cuya línea á lo lejos se perdía,
cruzando los senderos y prontos á lanzar piedras y dardos.
En vano acometieron los rendidos jinetes, denodados,
soportando descargas
de tales proyectiles;
porque estériles fueron sus continuos esfuerzos varoniles; y en el valle otra vez la noche oscura, silenciosos pasaron y rendidos, extrañando en el indio tal bravura; pero al alba, de un indio mensajero
oyeron sorprendidos:
—que llamar con premura
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.^!m£ISií^.
163 —
w mandábalos Hernando, pues el Cuzco sitiado se encontraba, y seguían las hordas engrosando.—
Volvió al punto el piquete el río á repasar, pudiendo salir presto del valle de Yucay; seguíale la indiada gritando por atrás, como celosos perros, que cuidan el hogar; y un canto repetían monótono y triunfal, como si la victoria cantase altiva ya; como si al fin gozara de antigua libertad; y así marchó, siguiendo hasta la capital, ^_:-
sin impedir que entrase la fuerza de don Juan, queriéndolos á todos cautivos encerrar, para ejercer venganza tremenda, sin igual!
No ya desiertos, mudos, del gran Cuzco se ven los derredores, ni á los esclavos míseros, desnudos, trabajando afanosos en tropel:
ya muestran sus escudos, despliegan sus millares de banderas,
y hachas, flechas y picas,
y plumas y cimeras doscientos mil guerreros dejan ver;
y sus roncos aullidos, astucia, ricos trajes y muecas,
recuerdan, sorprendidos, el traje militar de los aztecas á aquellos, que sirvieron á Cortés. 121
Del sol á los reflejos, las armas al brillar de la peruana hueste, en torno á la ciudad, mas que armas y falanges de hueste colosal, parecen ígneas ondas de turbulento mar, cercando algún esquife, en recio vendaval.
Y no menos terrible
parece por la noche la hueste formidable en cumbres, en los montes, en valles ó en el llano, pues eran sus fogones; como estrellas en noche de verano.
Y la del Cuzco sitiada gente, moverse entonces la tierra siente,
como si largas grietas fuese á abrir:
vacila y duda
unos momentos,
porque no pasan
de unos doscientos, y los de Manco son doscientos mil! 123
Mas pronto vuelve á ellos la calma, que miedo nunca sienten en su alma; V en esta triste noche de espanto, que en vela pasan siempre observando, raudos se aprestan á lidiar también.
Y este sitio dio comienzo
á principios de Febrero del año mil quinientos treintaiseis .
Y es memorable, por los esfuerzos, grandes y heroicos, que allí se vieron,
entre una y otra raza desplegar; pues parecía, que era su anhelo,
en esfuerzos sin fin, rivalizar.
Al despuntar el día se escuchan atabales en muros y arrabales, y horrenda gritería; y arrojan las indiadas millares de granadas ó bolas resinosas, cubiertas de algodón, y que ardiendo van cayendo en los pajizos techos, en montón.
— 164 —
Y en un niomento se alzan las llamas, que esparce el viento por la ciudad: saltan los techos,
las casas se hunden, V humo V cenizas vuelan y cunden; y el claro día vese tornado en noche umbría de tempestad.
Y toda la noche se vieron brillar las llamas rojizas de incendio voraz; y por muchos días alzáronse más,
y así continuaron sin tregua ni paz: palacios, cabanas se vieron quemar, y templos y asilos de indiana piedad: do quiera cenizas, entre humo fugaz, y en ruinas las casas de medía cuidad. 124
En el ya arreglado templo dedicado á la Asunción^ tres bolas ígneas cayeron, que la virgen apagó, según narrando el milagro lo cuenta la tradición. 125
Acampóse en la gran plaza el ejército español, y allí con sus armas prontas acuartelado quedó, de las bridas ios caballos y del toldo en derredor; pues no solo eran muy pocos para atacar la agresión, en el impulso primero de tanto empuje y furor, sino para haber podido extinguir la quemazón.
De los siglos la obra, en breoes días, este continuo incendio destruyó:
allí estuvo el progreso de Occidente,
y ese de oro esplendente, ^ :
soberbio templo, que elevara al sol!
Allí, generaciones rutinarias, |
de otras razas aisladas, solitarias
en su vasta región, en planchas de oro y grandes monumentos,
grabaron con tesón, la historia de sus leyes legendarias,
de sus antigüedades
y civilización, para irlas legando á otras edades, cuya ruta en el mar abrió Colón.
Ante el recuerdo de su sol y patria, á nada amor tuvieron
las momias de sus Incas, venerados....
de sus queridos hijos el hogar,
y sus templos sagrados....
¡ay! todo furibundos destruyeron,
en sus pechos ardiendo la venganza de morir ó matar!
¡Y les daba ardimiento esta esperanza!
¡Su obra con estoicismo destruyeron, pues tan solo á sus Incas y su patria
sublime amor tuvieron! Y poseídos de la fiebre ardiente
del incendio y matanza, pábulo dan á su tenaz venganza,
saciando su furor!
¿,Pues qué se les importa, que el incendio . asuele al Cuzco y ruja prepotente
de sangre en un torrente,
si tienen la esperanza que del duro invasor queme la frente^
que allí soberbio alzó'^
En la sufrida condición del indio,
confiado el español, á lúbricos placeres se entregaba
V muelle se adormía,
y solo respiraba las aromas del lauro vencedor,
que su frente ceñía; pero ¡ay! muy tarde conoció su error!
De aquel sueño las llamas le sacaron, y todos sorprendidos despertaron, ante el siniestro y hórrido fulgor!
M¿ií¿¿M¡b?M^,
— 165 —
i53e
Cuando las rojas llamas se extinguieron, donde no los escombros del Cuzco las salidas obstruyeron, barricadas ios indios construyeron con piedras, que llevaban en sus hombros; y era obra del tiempo y peligrosa lanzarse á remover estorbos tales y abrir algún sendero á la caballería, bajo el ojo del indio tan certero.
Mas nada á los cristianos detenía,
Y daban á las huestes
cargas desesperadas, y en ellas grande mortandad se hacía;
aunque después, rehechas, tornaban á la vez más enconadas,
arrojando sus flechas, sus largos lajos y terribles bolas. cazando así caballos y jinetes á las escasas fuerzas españolas; y aunque en la realidad estas triunfasen en tan encarnizada lucha diaria, para cada soldado que moría, la proporción exacta equivaldría
d mil de la contraria. 126
Nuevo aliento los indios desplegaban, y los cristianos de la guerra el arte;
y de una otra parte admirables proezas se contaban; y el amor patrio y el furor salvaje, contra el anhelo de dominio y gloria
habíanse encontrado, y era el toque: — degüello y abordaje!
Había el castellano descuidado
á la gran fortaleza, qne á la ciudad y plaza dominaba, al acercarse la peruana hueste,
que habiéndolo ocupado,
desde allí noche y dia, mortales proyectiles, arrojaba, en medio de estruendosa gritería.
El hambre ya acosaba á los sitiados,
faltos de semente)*as y ganados,
y la voz se corría: -
— que aquel levantamiento
era ya general, y que tomados
los pasos y caminos se encontraban hasta Trujillo y Lima, que sitiados se hallaban
también por fieras huestes y mayores. —
Y muy pronto los hechos confirmaron
tan funestos rumores, pues del fuerte los indios arrojaron diez ó doce cabezas sobre el Cuzco,
. ensangrentadas, rotas, reconociendo en ella los cristianos los restos de distantes compatriotas, y que hasta allí llevaron los peruanos en procesión, tocando el tamborcillo, para que no dudasen que imperaban
hasta Lima y Trujillo.
No esperando ya, pues, auxilio alguno,
creyó el ayuntamiento: — que era llegado el crítico momento,
aunque todos muriesen, de todos atacar á esa jauría, y abrirse franco paso hasta la costa, donde quizá algún buque se hallaría,
V no como corderos encerrados,
ir muriendo diezmados. —
Tenía cierta audacia este proyecto, que al intrépido espíritu halagaba
de esos aventureros; y algunos ofuscados, exclamaron, empuñando sus armas y broqueles:
((Mirad nuestra respuesta, porque es mejor morir como guerreros,
matando á esos infieles, que aquí en este corral, como corderos!»
Mas Ponce de León y los Pizarro, don Hernando de Soto, Picado, el secretario. Rojas y varios jefes principales,
V todos sus valientes oficiales.
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— 166
dijeron lo contrario, y así agregaron para dar mas bríos:
((Bien sabéis, compañeros, que esta rica ciudad, hoy asolada, cual si fuese mansión de Belcebú, fué la joya más rica y más preciada de los antiguos Incas del Perú; y es hoy premio también, que en alto abona
nuestra gloria y valor, ciñendo ya esta joya en su corona el insigne cristiano emperador!
¡Bien sabéis que Europa
tiene fija su vista
en esta gran conquista, que enaltece á la patria y nuestra fe, y hace preclaros nuestros pobres nombres! De entre ruinas salir, cruzar el Ande
y abrirse paso, es grande,
para un puñado de hombres, en extraña nación puesta de pie;
pero.... ¡ay! es más glorioso, poseídos de santo patriotismo, no abandonar al reino conquistado! Si sucumbir debemos, es lo mismo morir hoy que mañana. ¿No es verdadt*
Y si triunfar sabemos, sobre estas tristes ruinas
y sus paganos templos, alzaremos una nueva magnífica ciudad!
Aquí el puesto tenemos, que marcan el honor y la lealtad!»
Todos á una aceptaron, como proyecto mejor, el seguir de sus caudillos la postrer proposición; porque siempre está dispuesta el alma del español á realizar grandes hechos, cuando se invoca su honor. 127
Y Hernando, las pocas fuerzas en tres grupos dividió, entre Rojas, don Gonzalo
V Hernán Ponce de León, para llevar un ataque
al astuto sitiador.
Y antes que la reunión se concluyera, en la cual decidióse, que allí la hispana gente hasta morir lidiando resistiera, se acerca humildemente,
con paso grave y lento,
un joven dominico, pálido, de ojos grandes, macilento, ; de aspecto soñador, alto y delgado, \ y llevando en la mano un crucifijo; oye á los jefes perorar, atento, y así que su opinión se hubo aprobado,
se expresa de este modo, ,
con inspirado acento: ((Escuchadme, oh hermanos, un momento....
Anoche, cuando todo en un silencio sepulcral yacía, sin que en torno se oyera voz alguna, y al incendio voraz oscurecía
el brillo de la luna....
anoche.... constristado, como triste y errante peregrino, salí á pedir al Dios crucificado, por el triunfo del lábaro divino: en la profunda soledad y calma....
al cielo alzo mis ojos
y postróme de hinojos, de sacrosanta fe colmada mi alma! Veo una estrella que se eleva y brilla, y sus reflejos, cada vez más grandes...,
que esos desiertos Andes, iluminan las armas de Castilla; y después, en el centro de esas luces, y entre pequeñas, brillantadas cruces, miro un gran crucifijo, y oigo luego una voz, que saliendo dentro el fuego,
profética me dijo: —corre á avivar la fe de mis legiones y muéstrales el santo crucijijo; porque así los católicos pendone.<-,
sin cejar en la guerra,
darán á España gloria
y obtendrán la victoria, redimiendo de idólatras la tierra. —
¡Aquí está el crucifijo....
aqui está la esperan ja, que la divina fe todo lo alcanza, y aquí, como bandera, yo la erijo!» Y arrodillóse el fraile delirante,
como loco sublime,
que sueña, qiie redime de tiranos á pueblos oprimidos!
((¡De nuestro Dios la voluntad cumplamos, —exclamaron los jefes decididos,— y sin descanso á combatir salgamos!» ,
El joven visionario, en un instante.
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— 167 —
su fe comunicóles y esperanza, ' q;^
porque en el alma del mortal, radiante la fe, todo lo alcanza!
Mandaron adelante á sus adictos indios yanaconas, para ir los escombres apartando, y las tres divisiones, en pos de ellos, por tres partes salieron atacando á las desprevenidas avanzadas, que fueron fácilmente derrotadas: sucediéronse cargas impetuosas,
y quedaron cubiertos
esos alrededores
de miles de indios muertos; mas las huestes, que estaban mas distantes viendo que las cristianas eran pocas, entraron cuerpo á cuerpo en la pelea,
como á las fuertes rocas va cubriendo rugiente la marea!
Y ante el Inca v los otros, no ya con sus temores aparecen, sino montados en soberbios potros,
blandiendo espada y lanza,
y oponiendo sus pechos
al fuego y la matanza:
los ágiles flecheros de las patas detienen los caballos,
y de la silla quieren
sacar á los lanceros, mientras éstos los pisan y los hieren
como á inermes corderos: y el muy nutrido fuego los ralea,
y se alejan y mueren, como esas ondas débiles y pocas,
que al bajar la marea, dejan triunfantes á las altas rocas. 128
En los míseros indios de triunfar eran vanos los empeños,
pues los blancos quedaban
del campo siempre dueños, y de sangre los campos empapados;
y así recios encuentros fuéronse renovando encarnizados,
días, semanas, meses,
y los conquistadores de matanzas quedábanse saciados:
de los alrededores eran los indios las segadas mieses, que en seguida más débiles se alzaban:
que sobre ellos el sable se esgrimía,
su impotencia mostraban y ante el arte de guerra su flaqueza.
Y ya pensóse entonces, en atacar la grande fortaleza, que á la ciudad al Norte dominaba, y sobre vertical, inmensa roca,
terrible se asentaba, siendo por esta parte inexpugnable; v alto muro además la defendía, con indios en sus torres á millares: por la parte del campo, aunque otros dos tenía de piedra y circulares, mas fácil el asalto parecía, pues no era su declive tan violento; y emprenderlo al instante resolvióse, aunque fuese larguísimo y sangriento.
i53e
En permanente vela un guerrero peruano, ya famoso, á los suyos habíales jurado por el sol: — no entregar la cindadela, ó en ella quedar antes sepultado. —
Y estaba rodeado de los mejores indios, escogidos, que orgullosos creíanse seguros
y escentos de sorpresa,
adentro de los muros de aquella inexpunable fortaleza: y á su hermano don Juan confió Hernando esta difícil, peligrosa empresa.
Con buena caballería y antes de ponerse el sol, y un grupo de gastadores, y otro de infantes, mayor,
— 168
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al campo salió don Juan,
en opuesta dirección
á la antigua fortaleza,
para evitar el temor
de los que en ella moraban
y ocultarles su intención.
Empero, cuando la noche sus negras sombras tendió quedando todo en silencio de la ciudad en redor, hízose la contramarcha, sin llamarles la atención, y á muy poco andar, hallóse cerca del muro exterior.
Como los indios no usaban por la noche centinelas, ni imaginarse podían el' tener una sorpresa, ni menos ser atacados en medio de las tinieblas, pudieron los castellanos ir removiendo las piedras, con que cerraban la entrada y hallar la segunda puerta; más tan ardua y larga obra no pudo ser tan secreta, ni efectuarse en tal silencio, entre la noche serena, como para no sentirse en la antigua fortaleza: y al llegar al otro muro, copiosa lluvia de flechas obligóles á hacer alto y apelar á sus rodelas.
Sobrecogidos los indios por esa audacia y sorpresa, gritos dan y voz de alarma, y espanto todos demuestran, aun dentro de aquellos muros, do creían su existencia, como el cóndor en las nubes, de todo peligro excenta.
Conociendo Juan Pizarro, que retroceder ya fuera dar la victoria á los indios y malograrse la empresa, dispuso:— que en el instante el ataque prosiguiera, puesto que el alba asoniaba sQ dorada luz risueña;
y una mitad de su gente se ocupase en abrir brecha, y otra, con armas de fuego, fuese haciendo la defensa. —
Y como don Juan andaba recorriendo con presteza í
los trabajos y el ataque, I empezó á sentir molesta, ' / una herida, que en el pómulo días antes recibiera; y quitándose su yelmo, i
protegía su cabeza con su escudo levantado, contra los dardos y piedras.
Al fin los blancos lograron, sin cejar en su ardimiento, romper un trozo de muro y empuñar ya sus aceros: entonces, desalojados todos los indios corrieron á un terrado ó plataforma, que la gran torre del centro defendía y desde allí piedras, dardos y maderos y un sin fin de proyectiles arrojando prosiguieron; y una segura pedrada derribó á don Juan al suelo, que aunque bañado de sangre y su cráneo medio abierto pudo decir á su tropa: «¡Adelante, lanza y fuego y España y Santiago triunfen!» Y al ver tan heroico ejemplo, su ejemplo siguieron todos, y haciendo un último esfuerzo continuaron avanzando, y hasta el terrado subieron, donde á cuchillo pasaron casi á todos los arqueros, que al terrado defendían; y de los indios el resto corrió á encerrarse en las torres,, como único salvamento.
Tuvieron los vencedores un momento que aplazar el encarnizado ataque, que hízose general, para en unas angarillas poder sacar á don Juan, \
y en muy gravísimo estado |
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169 -
conducirle á la ciudad;
y su hermano Hernando al verle,
sintió profundo pesar;
pero aunque vio que la herida
era incurable y mortal,
cohiprendió que su deber .
níandábale aprovechar
del nuevo triunfo obtenido,
sin perder una hora más;
y vengativo y furioso,
partió á la carrera allá,
para el comenzado ataque
con más rigor continuar;
porque vencido aquel fuerte,
la guerra juzgaba ya
terminada en todo el Cuzco,
pudiendo luego pasar,
hasta Trujillo y á Lima,
y bajo un plan general
á los infieles batir
y la guerra terminar.
Puesto al frente del ataque, consiguió Hernando Pizarro llegar á rendir dos torres y acampar en el terrado; pero la torre más alta, más fuerte, y donde eran vanos aquellos ataques recios, se hallaba entregada al mando de aquel guerrero salvaje, que hubo á los suyos jurado no entregar la fortaleza á los pérfidos cristianos: era un noble indio arrogante, bravo, atlético y gallardo, que ana enorme masa usaba, ceñida de grandes clavos, y con cuya arma terrible hundía todo á su paso. Y en este último baluarte del fuerte, ya conquistado, sus míseros defensores fueron asilo encontrando; y el noble indio, con su maza, dio la muerte, despiadado, á muchos de aquellos indios, que de redención le hablaron.
Y como el poder rendir á aquella torre, iba largo, y encontrábase impaciente por rendirla don Hernando, mandó: — preparar escalas
y comenzar el asalto;— pero no bien conseguían , subir al muro almenado," cuando el indio con su maza lograba precipitarlos, acudiendo á todas parles do era preciso su brazo, y do su voz resonaba, como el rugido del rayo!
El bravo jefe español de tal valor admirado, pues hasta en un enemigo complúgose en respetarlo, dio orden:— que á tal caudillo no se hiciera el menor daño, y que con respeto fuese á su presencia llevado, si con vida consiguiesen en el ataque agarrarlo. 129
Pudiéronse al fin poner escalas por todos lados, é intentar un decisivo y tenaz último asalto; y en él vióse al noble indio, su enorme maza empuñando, acudir á todas partes
V derribar los soldados, cual si él solo defendiese la torre y el suelo patrio; pero al fin los españoles penetrar dentro lograron, y arrollar á los salvajes en su recinto almenado.
El noble indio, viendo entonces, cuanto fué su esfuerzo vano, arrojó su enorme maza á los que estaban abajo; y así, ya indefenso, inerme, vencido, mas no humillado, corrió sereno á una almena, y envolviéndose en su manto: «¡Yo no me rindo!» gritó;
V estrellóse en el terrado, quedando muerto en seguida. Si murió como romano
de aquellos famosos tiempos de sus tribunos y Gracos, también ese héroe salvaje por los héroes fué admirado, que á aquella gran fortaleza cual titanes escalaron. 130
— 170 —
Después del todo vencido, á costa de gran trabajo y de muy preciosas vidas, ese castillo murado, que á la ciudad dominaba, en él dejó don Hernando una buena guarnición, ya mas prevenido y cauto, contra el furor del salvaje; y su hermano, ya vengado, corrió al Cuzco, presuroso, á abrazar á Juan, su hermano.
Después de transcurridos quince días
de la herida mortal, y sufriendo dolores indecibles,
murió el noble don Juan:
de sus hermanos todos, el más hidalgo fué, el más caballero,
el más digno y mejor;
y prudente y sincero, '
y ageno á vil rivalidad mezquina,
era conciliador, entre bandos, caudillos y ambiciones; y de todas las tropas fué llorado
con profundo dolor:
aunque de humilde origen,
jamás se envaneció,
y con todos afable, á todos como á iguales los trató;
y respetando siempre de otros jefes más alta dignidad, obedecer sus órdenes sabía,
cumplirlas y callar.
No es preciso decir que era valiente y un oficial bizarro, y de ese ataque y de su gloria digno, pues bástenos decir.... que era Pizarrol 131
i53e
Ibanse lentos pasando días, semanas y meses para el sitiado español, - y las huestes aumentando de todo el Cuzco en redor, como esas feraces mieses que van acequias regando en la estival estación.
¿Mas qué le servía vencer v triunfar, si el hambre agotaba su fuerza vital, y granos y reses, más lejos y más los indios llevaban de la cápitalf
Si Lima y Trujillo no hubiesen tal vez, como ellos sufrido de indiada el tropel, incendios v asedios, ;,no habría el marqués mandádoles fuerzas.
con qué sostener al Cuzco preciado, que sitia el infiel? Así discurrían con gran sensatez.
También Lima y Trujillo como el Cuzco sitiados se encontraron, pues la sublevación fué general; pero del Rímac los tendidos valles,
campo abierto dejaron, y á los indios pudieron atacar: lograban los cristianos defenderse, pero no hacer el sitio levantar.
Y por cuatro distintas ocasiones envió al Cuzco solícito el marqués,
con buenos oficiales, como unos cien ginetes cada vez;
empero esas legiones, aunque abrirse camino consiguieron
y á los cerros llegar, desde allí las indiadas con sus piedras, aplastadas hacíanlas rodar, y así cuatro legiones perecieron;
^&^JíA-:^iMsmM
— 171
y solo alguno que otro fugitivo, presumiendo un milagro hallarse vivo, á Lima conseguía regresar. 132
Entonces sintió Pizarro ese indecible dolor, que va royendo y tritura del suicida el corazón, cuando hasta duda, insensato, de la justicia de Dios!
¡Y como nó, si veía de pronto desparecer todas sus glorias y dichas, al tocar en la vejez, después de heroicos esfuerzos, como él solo supo hacer!
Tan intensa era su pena, como es profundo el pesar del viejo padre, que mira su asilo incendiado ya, y que adquirir ya no puede para sus hijos un pan, ni levantar con sus brazos otro pobrísimo hogar!
Y á sus soldados veía dispersos por el país.... tal vez muchos de ellos muertos, y otros que iban á morir: quizá todos maldiciendo á quién llevóles allí!
Su cansada tropa á Lima pedíale abandonar, y dirigirse á Trujillo, abriéndose paso audaz, para en los anclados buques partir para Panamá.
Así Pizarro veía alzarse á su alrededor todo lúgubre y funesto, y tarde ya conoció: —que sale crucificado, quien se mete á redentor.—
Mas no era hombre de abatirse el persistente marqués, aunque viese que los Andes iban á abrirse y caer, y él, entre toda su gente, quedase solo de pié.
Se opuso á dejar á Lima y á Hernán Cortes escribió; " : 4^ y á Panamá y Guatemala, demandando protección, y pidiéndoles auxilios, á nombre de su señor.
Y tan triste era su estado: — que prometía ya dar á los que en su ayuda fuesen y secundasen su plan, parte del oro y las tierras, que llegase á conquistar. 133
Fué por entonceSj cuando Huáylles Nusta cedió por fin al importuno ruego de SU amiga Asapáesia y compañera,
que siempre, noche y día, estas ú otras palabras la decía: uMi hermano te ama, con amor de fuego,
y no lejos te espera: con su valiente tribu está acampado
en cercana laguna;
y amante, apasionado, viene todas las noches á decirte, á los últimos ravos de la luna
ú ocultarse el lucero: — que tan solo por tí no incendia y tala
esta que el extranjero
llama ciudad de Lima: que si la noble hermana de Atahualpa á su oprimida patria en algo estima,
deje á ese blanco infame, y corra hacia los suyos presurosa,
en la noche callada, á ser entre sus brazos venturosa, y así su patria quedará vengada.»
Y así á Huáylles Nusta, noche y día,
su tierna compañera
sin cesar repetía, con patriótica voz y plañidera; y otras veces, llorando la decía: «¡Oh, cuanto de mi hermano eres amada! ¡Hija de Huayna Cápac, desdichada.... hermana de Atahualpa, ven conmigo, y nuestra patria quedará vengada!»
Y un día, ya dudosa, la bella india exclamó: «¡Pues bien, te sigo, y vengaremos á mi patria hermosa!»
Asapáesia corrió: las joyas saca que el gran Huayna Cápac á su hija diera, y esmeraldas, alhajas y oro oculta
^: :■,;,.:-
— 172 —
en colmada petaca, que un buen indio conduce cauteloso;
y á Huáylles Nusta dice,
que temblaba azorada: ((Ven, mi bella señora, á ser felice, y nuestra patria al ñn quede vengada!
Sus postrimeros rayos
lanza apenas la luna, y mi anhelante hermano nos espera
al pie de la laguna. ¡Sigúeme hermana de Atahualpa, liermosa!»
. Y agarra entre sus brazos, cariñosa, al hijo de la bella Huáylles Nusta, que pálida la sigue temblorosa;
pero una naga sombra, cual si bajase de invisible carro,
con torva faz adusta llegóse á interponer.... era Pizarro!
De Pizarro un asistente — que viera al indio venir por la noche, ocultamente, y Asapáesia diligente el salirle á recibir, — de estas citas desconfió, y cercioróse después del plan que se concertó, lo que al celoso marqués todo al punto reveló.
Así á Huáylles Nusta, prevenido, Pizarro sorprendió: toma su mano,
y triste y silencioso
condúcela á su hogar; y con pausado acento, comprimido,
la empieza á interrogar:
((Dime, — la dice,— ¿acaso cual de Coya no ha sido tu capricho acatado? ¿Cual es, pues, tu querella?'» ((Ninguno me ha ofendido, ni nadie me ha faltado.» Tranquila repuso ella.
«Y para mí, ¿no sabes, que valen mi hijo y tú, aún más que la riqueza de todo este Perú?» «¡También, señor, lo sé!» Dijo ella con tristeza.
((Entonces, di, ¿por qué
con mi hijo te alejabas é ingrata me dejabas.... buscando á otro quizá?» ((Buscando al centro mío, como el undoso río al mar buscando vá!»
«Seguíate Asapáesia, tu amiga y compañera.... solo ella te indujera de acá rauda á partir.»
((Ella hame dicho solo, replicó la india altiva: — vives triste y cautiva y no puedes gemir. Si la hija de Huayna con ellos estuviera nuevo aliento les diera para poder ti'iunfar. — y ya que á mis hermanos en noble lucha veo, yo ¡ay! también deseo mi patria libertar!»
Así dijo la india, suspirando,
por su patria oprimida,
y á Pizarro mirando
con lástima y tristeza, como mujer y madre, que as querida; y el marqués, contemplando su belleza, aunque este desamor de ella sintiendo.
dijo, reprimiendo su vengativo espíritu ofendido:
«Escucha, Huáylles Nusta; lo mucho sabes tú que te he querido, y lo que más te quiero cada día:
eres la dulce madre de ese inocente ser.... que es mi alegría....
del ser á quien adoro, fj á tí te escuda con sus alas de oro, y su sonrisa angelical y pura;
y al verle en tu regazo, mi ofendida pasión calla y espera,
y cae débil mi brazo, que amar sabrás también... cuandoDios quiera! A tí te escuda la razón que tienes, y la fúlgida luz de tu hermosura, vastago ilustre de orgullosa raza, que lamenta perdida su ventura; á tí te escuda, amante desdeñosa,
el tierno ángel, que adoro con su sonrisa celestial y pura, al tender sobre tí sus alas de oro: . '
" - ■ ■^"""
— 173 —
pero no á esa tu infame compañera,
que á partir de mi lado con tan torpe perfidia te indujera!» Y discurriendo en su venganza fiera, salió el marqués airado.
«López, --dijo á su asistente, — tú que á todo estás dispuesto/ busca un lazo consistente, y mis pasos sigue presto.»
«En seguida por él voy.»
Y volvió poco después, diciendo: «Señor marqués, aquí con el lazo estoy.»
De Asapáesia en el cuarto penetraron; y al verlos ella entrar, amedrentada,
hondo gritó lanzó: y el marqués dijo á López: «De esa viga el lazo cuelga y corredizo deja.»
Y López lo colgó.
i(A esta infame mujer_, mal consejera,
ata con una punta del pescuezo, ^ y cuélgala sin más.» ^ Y la pobre Asapáesia, estremecida, gritos lanzando, comenzó á llorar.
Y López, que era un hombrazo, puso á la india en el pescuezo, en más corto tiempo el lazo, del que damos un bostezo.
La otra punta cogiendo de la cuerda, luego López á la india suspendió; y al mirarla Pizarro, ya colgada, cerrar hizo la puerta y se marchó
Al poco tiempo después de esta venganza inaudita del ofendido marqués, una muy preciosa niña Huáylles Nusta dio á luz, á quien pusieron Francisca del corazón de Jesús.
i53e
Mas de seis meses hacía que el Cuzco, Lima y Trujillo encontránbanse sitiados por inmensos grupos de indios, sin que vencer consiguiesen á sus tiranos altivos, á pesar de las guerrillas, que unos y otros decididos llevábanse diariamente, sin triunfo definitivo.
Necesidades pasaban los españoles sufridos, mientras iban los salvajes estrechando más el sitio; pero llegado el momento para los salvajes crítico, porque también carecían de los frutos del cultivo, pues los repletos graneros habíanlos consumido
los pródigos invasores, sin previsión y sin tino, como quien da cosa agena, sin ser otra vez provistos.
Y previsor Manco Cápac, dispuso:— que se quedasen las tres ciudades cituando, no fuerzas considerables, sino sólo las precisas para llegar á privarrles el que se diesen socorro y su invasión rechazasen; y que el resto de su hueste se volviese á sus hogares, para cultivar la tierra, y de nuevo prepararse para un más estrecho sitio, cuando sus granos guardasen.— ¡Pero no sabía el Inca, que esas treguas son mortales,
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— 174 —
cuando se dan á enemigos orgullosos é implacables!
Sin embargo, cauto el Inca buenas huestes reservóse, y se acuarteló en el Tambo con sobradas provisiones: en esa gran fortaleza, que de sus antecesores fué la maipión favorita y delicia de sus nobles, que complacientes y humildes gozaron de sus favores.
Con júbilo disiparse miraron los españoles esas oleadns de indios, que con estridentes voces y sus continuos ataques, aumentaron sus temores y los fueron encerrando en estrechas dimensiones.
Mas no ya con este triunfo don Hernando contentóse, sino que mandó partidas en busca de provisiones, y presto entraron al Cuzco de aquellos alrededores, mas de dos mil animales, que el invasor, por entonces, llamó carneros peruanos, y que ahora se conocen por vicuña, alpaca y llama, que son indígenas nombres.
Pudo así el soldado escuálido su hambruna satisfacer, mostrándose más intrépido en provocar al infiel; y notables rasgos viéronse, sin un vano alarde hacer, y sacrificios patrióticos, dignos de eterno cincel.
No ya á Hernando satisfízole á la defensiva estar, sino que con golpes rápidos y prosecución tenaz, destruir quiso á los bárbaros, do se fueron á encerrar.
Eligió ochenta jinetes y un cuerpo de infantería.
y antes de lucir el día al Tambo se encaminó, llegando hasta la montaña^ do no lejos corre el río, ¡
que á verde llanura baña, I entre apacible rumor. '
Los cristianos conocían ya aquel valle de Yucay, que dista treinta kilómetros de la antigua capital; pues dióse allí una batalla ese sitio al comenzar^ y fué de las más reñidas que Juan Pizarro mandó, á quien los indios llevaron, con tenaz persecución, hasta las puertas del Cuzco, donde su gente salvó.
El palacio de los Incas ó esta antigua fortaleza, como mansión encantada de fantásticas leyendas, estaba de la montaña en la más alta eminencia, cuyas escarpadas rocas recortadas en mesetas, defendían fuertes muros de adobes y grandes piedras; é inexpugnable el ataque por todo este lado era; el otro opuesto miraba del valle la gala eterna; y aunque también en su altura un muro en torno se viera, en declive descendía hasta la margen estrecha del profundo y largo río, que cerrado por compuertas, al abrirse, defendía á aquella elevada sierra, ó su riego prodigaba á los pastos y las siembras. 134
Y de este río á la margen llegaron los españoles, cuando el sol, lanzando apenas sus primitivos fulgores, doraba de la montaña los blancos salientes bordes: cruzáronlos sin tardanza, y al glacis subiendo altivos, presumieron dar al Inca
:-:ASft-':;iU
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ssStífefsiáfcÜá,-
— 175
tin golpe definitivo,
ya que encerrado se hallaba
-en su murado recinto.
Pero millares de arqueros del parapeto detrás, <íon arco y flecha en las manos, los dejaron acercar, y cuando á tiro estuvieron y sin decir: — agua vá, — javalinas, flechas, piedras comenzaron á arrojar, oual sorprende al caminante un súbito vendaval.
En un caballo el Inca
y lanza en mano, alentaba á su hueste
contra el cristiano;
y parecía •de su raza la efigie,
que se extinguía.
De su sorpresa vuelven
los invasores: remolinean, se unen
y escudo oponen;
y emprenden luego demolición y asalto,
haciendo fuego.
Mas dos veces del muro
son rechazados, y sus ataques fueron
empeños vanos;
pero no obstante, «in descansar pelean
hasta la tarde.
La noche tiende su velo umbrío, y el español baja y emprende su marcha al río, que repasó.
Reunido en consejo, que Hernando preside: — allí se decide la noche pasar; y al día siguiente seguir el ataque, si puede la gente ÁQ nuevo lidiar.—
Se atienden y salvan los varios heridos; y los centinelas
atentos están; y todos rendidos entréganse al sueño, • que están decididos de nuevo á lidiar.
Los indios, en tanto, del rio corrieron á abrir las compuertas, que al llano inundó; y los españoles de pronto se vieron del agua cercados; y en gran confusión. 135
Mas no sus bríos, aunque asombrados, pierden á fe: el alba apenas lanza los rayos del astro rev; y antes que el agua cierre los pasos, que aun se ven, á los heridos en los caballos logran subir, y presto pueden de aquellos llanos raudos salir, y de peligros entonces salvos vense va así.
La sierra suben y miran, que de ellos vienen en pos las huestes de Manco Cápac, en tupido pelotón, las que comienzan sus flechas á arrojar al invasor, engreídas en el triunfo que su ardid les deparó: y con sus continuas cargas el regreso á molestar, teniendo al fin don Gonzalo, que en la retaguardia vá, con sus resueltos jinetes otras cargas también dar, para poder libremente entrar á la capital.
1535 y 153e
Almagro partió á Chile, con fuerzas en el Cuzco reclutadas; y por el gran camino de los Incas,
hizo en verde llanura
sus primeras jornadas, ledos todos gozando la hermosura
de esas aún regiones ignoradas,
Al acercarse á Chile se perdía
del todo el gran camino, y comenzaba el áspero y montuoso de blancas cordilleras del andino,
que estrecho y tortuoso, entre escarpadas rocas se extinguía; y solo el ágil hijo del desierto
atravesar podría,
ó las llamas y gamos, cuando el sol esas nieves derretía.
Su eterna soledad aterradora
el ánimo embargaba, y su silencio tétrico, imponente, tan solo interrumpían vagamente
los ríos despeñados, que formando estridentes cataratas,
caían tronadores, en profundos abismos, congelados, que exhalaban lumínicos vapores.
Horribles ventisqueros
y páramos eriales.... de raquíticos pinos ralos bosques, azotados por roncos vendavales.... un desierto de rocas imponente
y un frío irresistible: allí un extraño mundo, diferente
de todo el mundo entero, entre angustias parece que solloza, sin ofrecer al mísero viajero pobre alimento ni mezquina choza!
Pero ya esos heroicos españoles los altos eslabones conocían de ese Andes, que encadena omnipotente
á todo un continente;
porque ya en él habían
desplegado su lábaro á los vientos; y en él fijan tranquilos su mirada, que hambre, sed, enemigos y elementos y lúgubre miraje, para ellos.... eran nada!
Su armamento colocan y bagaje
en muías v caballos; de alimento abastecen sus mochilas,
y la ascensión comienzan en cortos grupos y ligeras filas: los de la Santa cruz, nuevos pir atas, así subiendo van la serranía,
que cada nuevo día encuentran más estéril y sin matas: y las enhiestas rocas más punzantes,
la atmósfera más fría, más rugientes las regias cataratas, más hondos los abismos aterrantes,
más penoso el camino; pero van ascendiendo esos gigantes, siempre escalando al imponente andino, aunque todo contra ella se rebele, que el genio de la gloria los impele á cumplir misterioso su destino,
como hace el torbellino, que la hoja en las ondas dócil vuele!
Mas si puede el espíritu hacer frente
á los males morales,
y en lucha omnipotente de sus fijas ideas no desiste, no á las necesidades materiales,
de que estamos cercados, el deleznable físico resiste; y hace el intenso frío de la sierra, que unos pierden las uña^^ ó los dedos
y otros queden cegados, por el brillo del sol sobre la nieve:
los cortos alimentos
consumiéronse en breve, empezando á la vez los sufrimientos, aunque su aliento los conforte y guíe;
pero ante el hambre y frío
y desamparo triste, su físico se postra y no resiste:
■'íAíví >■: .-.^v^
— 177 —
comienzan los peruanos ^ i^-
á sembrar el sendero con sus cuerpos,
que pasto son en breve de bandadas de cóndores voraces,
. sobre brillante nieve: caen también los caballos, macilentos,
que cristianos y cóndores
se disputan hambrientos, hasta que los cristianos salir pueden
de aquellos precipicios, bajando ya á los llanos y á un riachuelo,
no sin que antes queden sin vida muchos de ellos, entre el hielo,
después de haber pasado los mismos sufrimientos y miserias, que en Quito los reclutas de Alvarado;
y como parte de éstos
al mariscal seguían
y eran los más crueles, mil sangrientas infamias ejercían; pues habiendo furiosos los infieles
muerto en defensa propia
á tres viles soldados, más de treinta caciques principales,
vivos fueron quemados,
á estacones atados... y pasaron por hechos naturales,
mas indignado Almagro
del abuso insolente
de aquellos criminales, impidió se llevasen adelante. i:^()
Desde Oriente á Occidente, desde pasados primitivos tiempos
hasta la era presente, siempre hombres y naciones han creído, que el poder material, que han ejercido,
sanciona sus abusos:
y que el país vencido, según antiguos y corrientes usos, desde que iba á ser civilizado, era y es criminal, por resistirse;
y tal crimen debiendo lavarse con la sangre de los hijos, que á su patria siguiesen defendiendo.
Desde Oriente á Occidente esta es la antigua y la moderna historia; y al desplegar allí los castellanos
sus triunfales pendones,
coronados de gloria, hicieron lo que todas las naciones, civilizadas hoy, han hecho y hacen,
cuando sus ambiciones
sangrientas satisfacen.... '-P'/ :^''c-^-^ lo demás es servil declamatoria, que con la antigua y la moderna historia
sin réplica compruebo
y en hechos atestiguo: envidia á España es, que un mundo nuevo
presentó al mundo antiguo!
Flacos, mustios y andrajosos, cual si salieran del limbo, vense al valle de Coquimbo á los cristianos bajar;
V en sus fértiles llanuras, que convidan al descanso, junto apacible remanso hacer alto y descansar.
Y después de algunos días la tropa más entonada, envió Almagro una avanzada el país á recorrer; en tanto, los pliegos trajo el bravo don Juan de Rada, quien al fin de la jornada, de Hernando pudo obtener.
Los pliegos anhelados
Almagro recibió; y otro también para Rodrigo Orgóñez
mandó el emperador; pues habiendo llegado hasta la corte su fama de expertísimo oficial,
hízole Carlos quinto de la Nueva Toledo mariscal.
De Roma en el saqueo memorable, Orgóñez ya de alférez se encontró, é hízose desde entonces conocido, siguiendo al condestable de Borbón:
excelente soldado, era fiel, activo y denodado;
V exento de ambición, más propio era para ser mandado, así es que noble y por afecto -solo á Almagro en sus empresas ayudó.
Después de dos largos meses tornaron al campamento el oficial y partida, que á explorar esos desiertos prevenido mandó Almagro, estas noticias tra vendo: — que unas ciento y tantas leguas hacia el Sud andando fueron.
— 178 —
hasta hallarse con un río, — que después, por datos ciertos, cuando á Chile conquistóse, fuese el Maule supusieron; — y que allí, según los signos de tierras, montes v cielo y observaciones de todos, pai-ecía ya que el nnundo se iba en la nada perdiendo; y que próximos se hallaron de do empiezan sus misterios. Que no había oro ninguno, sino indígenas dispersos; que eran feraces y audaces, como hasta entonces no vieron; y que estas tristes noticias eran lo único de nuevo que encontraron, en mal hora en ese estéril desierto. — l."37
Escuchó, muy sorprendida, la tropa del mariscal, que sus paisanos »e hubiesen hallado, sin más ni más, tan cerca de donde el mundo por allí iba á terminar, tal vez entre cataratas ó negros antros quizá, que llevasen al infierno, ó la corte celestial; pero lo que á aquella tropa más que todo disgustó, fué al saber que no existía oro en tan pobre región; pues estaba acostumbrada al oro deslumbrador de Méjico y el Perú; así es que no sin razón, por dar la vuelta cuanto antes, unísona alzó su voz.
Inútiles fueron las muchas instancias, que hizo la tropa al buen mariscal; porque él no quería su extensa provincia la Niieoa Toledo, dejar de explorar.
Mas sus oficiales, sabiendo el cariño que á su hijo tenía, hiciéronle ver: — que aquellas comarcas
solo eran eriales, sin oro ni halagos, infierno tal vez!
Que allí terminando ,- del mundo los lindes, ' ser todo debía '
tinieblas y horror: que el Cuzco era un cielo, y que el Cuzco entraba en el territorio de su concesión.
Y que esa muy rica peruana ciudad, á su hijo debía de herencia dejar, á Nueva Toledo unida además: que no sus derechos dejase usurpar y fuese enseguida á su capital, y si algún Pizarro osase rehusar su entrega inmediata, turbando Ja paz, entonces juraban sin tregua lidiar, y entrar victoriosos en la capital, que su hijo don Diego debía mandar.... y andando los tiempos su rey ser quizá.--
Al oii" á los jefes insinuantes, Diego de Almagro, que adoraba á su hijo, y ansiaba para él dichas y honores,
en su vejez sonando, sintió cruzar visiones deslumbrantes
de lauros y de flores,
á su hijo coronando: y lo que disuadir no pudo el duro
guerrero victorioso, venció al amante padre cariñoso, y á regresar al Cuzco se dispuso, antes, pues, de explorar los castellanos la tierra de los bravos araucanos; y así esa tierra, virgen, ignorada, del pacifico mar en vasta orilla,
quedó aún reservada para la musa histórica de Ercilla, y de Valdivia la triunfante espada.
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— 179 -^
153e y 1537
Como eran tan recientes los trabajos sufridos por la tropa en las nevadas sierras, eminentes, dispuso el mariscal: — que se hiciera el regreso por la estendida costa de la mar. —
Y al descender á ella se encontraron
en el desierto inmenso de Atacama,
que absortos contemplaron, por su muda terrible soledad,
arenosa planicie
y tétrica aridez. Mas ya estaban allí, é igual les era arrostrar los peligros del desierto
ó helada cordillera, y resolvieron internarse en él! 138
Con el orgullo propio de valientes, el camino emprendieron, que sin temor siguieron; porque anhelaban ver,
si lo mismo que cumbres eminentes, do quiera inaccesibles, lograron trasponer,
podían en desiertos tan horribles
á su regreso resistir también!
Y ya internados en el gran desierto, casi perdidos y con paso incierto, como esquife sin rumbo entre la mar, muy pronto las escasas provisiones
y los pocos forrajes sin reemplazo empezaron á faltar: rompíanse las botas y los trajes,
cayendo en mil girones, como gajos, que lleva el vendaval: y así andrajosos en la ardiente arena,
sedientos, febricentes,
postrados y dolientes,
veíanse marchar: llevaban pies y manos calcinados
por el ardiente sol: caían los caballos extenuados,
que al punto devorados eran por el famélico furor;
y cobijados en sus rotas tiendas, aguantaban el ^\ del medio día, y los rigores de la noche fría, avanzando en su marcha con tesón!
Heladas cumbres antes,
torrentes rebramantes,
precipicios sin fin: y hora un sol de fuego, en arenoso
desierto pavoroso....
todo era horror y asedio: para ellos cruzar y proseguir, era tan solo el único remedio, como es el triunfo en decisiva lid;
y así fueron luchando,
y así fueron marchando, triunfantes, como siempre, hasta salir!
Mustios, flacos y rotosos, causan miedo, espanto dan, como duendes silenciosos, que ora vienen ó se van.
^Mas son sombras ó mirajes, que formando va la luz, ó visiones, que en celajes, , son heraldos de la cruz?
¿Son fantasmas, que vagando entre densa lobreguez, van y vuslven, fascinando á la crédula niñez.?
¡No son de esos, que en la cama miedo dan á la niñez, que se asusta, llora y llama, en profunda lobreguez!
Hombres son, y son los mismos, que cruzaron los abismos del Andes v de la mar: que del vencido Atacama el desierto dejan ya: es el valor, que se equipa con la gloria que reclama del aplauso universal:
— 180 — .
el genio, que se emancipa, y nueva fe, que disipa otra fe_, que va á espirar: la nueva raza que llama á las puertas de Arequi/¡a con su cruz y su puñal!
El descanso anhelado buscó Almagro á su ejército agobiado, en aquella antiquísima ciudad, á trescientos kilómetros del Cuzco; y allí supieron, todos sorprendidos, del joveti Inca el sitio general.
Envió al Inca una embajada el activo viejo Almagro, para evitar sus ataques, y poder, de un modo franco, encaminarse hasta el Cuzco, y tomar resuelto el mando.
Señaló, entonces, el Inca, para oír al castellano, del Yucay el verde valle; y allí fué Almagro en el acto, con la mitad' de su tropa, hacia Urcos la otra marchando, donde hizo su campamento, habiendo hasta el Cuzco escasos, como anos treinta kilómetros; y mandó al momento Hernando á saber:— si aquella tropa - para atacar al peruano ta'n presto al Cuzco volvía; — mas supo, desconcertado: —que presto daba su vuelta para sostener' de Almagro sus pretensiones al Cuzco, de su merced amparado. A la resistencia, entonces, preparóse don Hernando, muy de acuerdo con sus jefes, de no dar entrada á Almagro.
Los fieles indios del Inca calcularon: — que de acuerdo Hernando y Almagro estaban, y á Inca Manco previnieron: que no se fiase de Almagro, ni Hernando, su compañero, pues convenido se habían en sorprenderle en el centro. — Y muy persuadido el Inca, y dando todo por cierto.
cayó en Yucay sobre Almagro, *
con susquinee mil flecheros.
Mas viejos veteranos, '
vencedores del desierto y las cumbres de los Andes, mas de una hora esgrimieron sus armas contra los indios, en obstinado entrevero, en el cual Rodrigo Orgóñez dejó su caballo muerto; pero su honor siempre nro, en uno y otro hemisferio: y ya el Inca y sus legiones á quedar en paz volvieron.
Reúne á su ejército Almagro, y al Cuzco marcha emprendiendo, copia de sus credenciales remite al avuntamiento, reclamando:— que en seguida de gobernador el puesto le entregase en toda forma, según su claro derecho. 139
Y como Almagro tenía quinientos bravos guerreros, y los del Cuzco y sus fuertes no nlcanjaban d doscientos entre los cuales habían de Almagro muchos adeptos, los prudentes concejales el someter resolvieron esa cuestión intrincada á los pilotos expei'tos; y á una y á otra par'te, con muy prudentes consejos, con sensatas reflexiones y el estado de ese reino: — hicieron ver los peligros á que se hallabau expuestos, si cual díscolos vasallos, partiesen tan de ligero; pidiéndoles que aguardasen muy en breve el fallo recto de pilotos imparciales, según su ciencia y derecho, sin dar escándalo alguno, que pudiese ser funesto, para ellos los preferidos por la bondad del Eterno; para allí esparcir su gracia y de España honrar el suelo.
— 181 —
'■■:''' . Ante razones tan justas
y tan claros argumentos, fijóse, pues, una tregua, que ambos jefes admitieron, quedando Almagro y sus fuerzas en cercano campamento.
Insoportable y lluvioso era por demás el tiempo; . y de Almagro los soldados hallábanse descontentos; y mas se aumentó el disgusto, cuando sorprendidos vieron, que á pesar de lo pactado, fortificábanse dentro; y el saber que se venía desde Lima y con refuerzos, don Alonso de Al varado á hundir á Almagro dispuesto. 140
Y de Almagro los amigos ver le hicieron la traición, pidiéndole:— que vengase tan villana violación; y Almagro, que no era hombre de sufrir una maldad, mandó al frente de sus tropas, que atacasen la ciudad.
Era el ocho de Abril del año mil qaiaieníos treinta y siete,
y en siniestro gemir la tempestuosa noche se promete, cual si quisiera por ocultas sombras, crímenes fratricidas impedir;
pero ni noche oscura, ni del rayo el continuo fulgurar en torno de la tétrica llanura,
para impedir el plan nada son, y el ataque no se aplaza,
y de Almagro las fuerzas entran sin obstáculo en la plaza
y templo principal.
Moraban don Gonzalo y don Hernando en un vasto salón, que á la plaza caía: llamó á su puerta Orgóñez seguido de una buena infantería, pidiendo rendición.
Una veintena de hombres custodiaba aquella sala, cuya puerta abrieron, y su entrada, animosos defendieron,
comenzando á luchar; pero queriendo Orgóñez desde luego,
sangre y tiempo abreviar, . :" hi^o al pajino techo poner fuego,
pudiendo á duras penas los encerrados hombres disparar, cuando cubierto el techo con las llamas
comenzábase á hundir; y así los detenían prisioneros,
cuando iban á salir.
Mas Hernando v Gonzalo, con su adarga cubiertos y furiosos,
rehusábanse rendir; pero fueron cercados. y después de luchar desesperados,
pudiéronlos rendir.
Los Pizarro y sus amigos, que estaban en el salón, fueron al punto encerrados en muy segura prisión; y el dócil ayuntamiento dio al mariscal la razón, sin esperar de pilotos la competente opinión: dióse á don Gabriel de Rojas el mando de la ciudad; y las fuerzas que existían, con muy buena voluntad á Almagro reconocieron en su nueva dignidad, pues mas que á Hernando y Gonzalo queríanle en realidad. /
El primer acto de Almagro, después que el mandó asumió, fué dirigir á Alvarado amistosa comisión, pidiéndole su obediencia,, como del Cuzco señor; pero Alvarado, que en Jauja su campamento situó, contando quinientos hombres en muy buena situación, nada quiso contestar al nuevo gobernador: presos puso á los enviados, y luego á Lima escribió, dando al marqués la noticia, que dióle la comisión.
Causó gran disgusto á Almagro conducta tan descortés, y preparóse á marchar
y en un combate obtener la sumisión, que nególe de Alvarado la altivez, y á adoptar otras medidas, que buenas creyó también; mas Orgóñez, su segundo, hízole franco saber: — que lo mejor en tal caso, era matar de ana ve:^ á los dos presos hermanos, como se mata á im infiel—
A esto Almagro contestóle: — que aunque odiaba á don Hernando, con don Francisco, su amigo, ligábanle antiguos lazos, que romper jamás quería, vertiendo sangre sus manos, ni llegar á ser primero el perjuro y despiado. —
Mas Orgóñez replicóle, como hombre más duro y })í'áctico: «Mi jefe, el muerto no muerde; y el que á enemigo traidor, no castiga con rigor,
por compasivo se pierde: sedlo, pues, si lo queréis, en obsequio á la concordia . ó por el amor de Dios; pero Hernando, no olvidéis, que se ha de vengar de vos, í sin tener misericordia! i
Y por vuestro bien me cuadra volveros á repetir: ¡
mi jefe, deben morir, i
que perro muerto no ladra!» 141
Pero contentóse Almagro con encerrar á los dos, bajo vigilante guardia, en un seguro salón del apartado v va triste antiguo templo del sol; y de Alvarado al encuentro con su ejército salió, llevando á su fiel Orgóñez, como su sostén mejor; pues unánime el consejo, que el mariscal convocó, declaróse por la í^uerra, como única solución.
Con su ejército hallábase situada
don Alonso Alvarado,
en un extremo opuesto
del río de Abencay:
al antiguo teniente
don Gómez de Tordoya encomendóse el defender el puente, por donde era difícil el pasar; y del cercano vado el fácil paso
á Pérez de Guevara
y al noble Garcilaso, pudiendo en ellos sin temor confiar; y la altura que al valle dominara^
estaba defendida por don Pedro de Lerma, el capitán
de clase distinguida, y al que antes dio Pizarro el mando en jefe
de aquel destacamento; y después al partir, confió á Alvarado,
quedando desde entonces descontento
de tal postergación;
así es, que ocultamente, Lerma convino con su amigo Orgóñez,
pasarse con su gente,
al comenzar la acción.
Ya desmoralizado
el ejército estaba del capitán Alonso de Alvarado, y ningún entusiasmo se notó;
pues todo buen soldado
al viejo Almagro daba la razón;
Era el doce de Jallo, y descendía el sol en Occidente,
cuando vióse llegar á Almagro de su ejército á la frente,
al río de Abancay: i
tíh.^
— 183 —
quiso mandar un último mensaje
á Alonso de Alvarado; pero opúsose á ello el buen Orgóñez, diciendo: — que cual falta de coraje podría ser por alguien comentado
su intento, asaj prudente.—
Siguióse tal consejo;
V en tanto oscurecía,
Orgóñez, impaciente
de dar una sorpresa, con ochenta ginetes escogidos; <(Ya es tiempo; al río, ánimo y apriesa,» grita osado y al río se lanzó: hallábase crecido y peligroso
y el paso no se halló, • y nadie en las tinieblas se veía; pero Orgóñez gritaba: «¡A mí de priesa!» y por la voz el grupo le seguía, y del río las ondas atraviesa: pasan la orilla y baten á Guevara,
que de una pierna herido, abandonado encuéntrase tendido.
Almagro de consuno ataca al puente, que Gómez de Tordoya
defender puede apenas débilmente.
cuya defensa por instantes merma;
y pásase en seguida con su gente el ofendido Lerma;
pero súbito Alonso de Alvarado restablece el combate
con el cuerpo, que había reservado,
aunque de Lerma la traición al ver,
lo deja al atacar, desconcertado;
y unos y otros gritaban: «¡Viva el rey!»
Extínguense los rayos de la luna, y el lucero entre nubes trasparentes,
extínguese también:
los albores sonrientes se ven del nuevo sol aparecer: . corre al combate Orgóñez, y en la boca herido siendo, salíanle los dientes
y sangre á borbotones, y parecía ya que iba á caer;
pero furioso alzando su fuerte espada y por do quier matando,
como un loco gritaba: «¡Aquí me han de enterrar ó he de vencer!» Sus sublimes esfuerzos, secundados
por sus jinetes son; y los contrarios, ya desconcertados,
desertan de la acción.
Parte Alvarado á un cerro á guarecerse, seguido de unos cuantos caballeros,
en cansados trotones; pero lánzase Orgóñez y los corta,
y rinde prisioneros, aún saliendo su sangre á borbotones, y el resto de la tropa se entregó.
Fué de Rodrigo Orgóñez la victoria
fué el héroe vencedor, que en la acción de Abancay, con un lauro de gloria el ya naciente sol_, .
se complugo triunfante en coronar!
Quedó Almagro en el campo de batalla con todos los pasados y vencidos, y Orgóñez para el Cuzco dirigióse,
llevando á los herid.os y principales jefes prisioneros.
Un consejo de guerra en el Cuzco reunióse incontinente,
por Orgóñez pedido, de esa su herida más restablecido,
y quedó sancionado,
como medida urgente: — dar á los dos Pizarro y Tordoya,
V á Alonso de Alvarado, de muerte el castigo merecido. —
Y esa sanción por obtener Orgóñez, que con vendado rostro se veía, antes de la sanción les repetía: «Solo nos quedará la triste gloria
de este triunfo obtenido, v haríamos estéril la victoria, y de este triunfo el porvenir incierto, si no damos la muerte á los traidores, que no muerde ni ladra perro muerto!» 142
Eco halló en sus amigos y soldados su precisa energía; y á todos, indignados, esa pronta sentencia complacía.
Almagro supo al momento tan dura resolución, y á impedir que se cumpliese rápido al Cuzco marchó: á oficiales v soldados poner hizo en libertad, '
v mandó cuanto era de ellos puntualmente el entregar.
— 184 — *
Y solo discretamente
hizo á Alvarado saber:
— que el agravio á sus enviados
una acción fué descortés.—
Pero no de acuerdo Orgóñez con su amigo el mariscal, pues dar muerte á los Pizarro y luego á Lima marchar, sacando fruto á(^.\ triunfo, era su trazado pian, y exclamó, compadeciendo de Almagro tanta bondad: «Pues así lo quiere, sea; más pronto le pesaráfyy
En tanto, Hernando Pizarro quejábase en su prisión á don Diego de Alvarado de tan injusto rigor; y éste, por distraerle y movido á compasión, le acompañaba á los naipes largas horas á jugar; mas perdió don Diego en breve por hacer tal caridad, ochenta y tantos mil duros, que al írselos á pagar, no quiso el taimado Hernando de ningún modo admitir, diciéndole:— no era justo su plata perdiese así, tan solo por distraerle y á darle esperanzas ir.—
Desde entonces Alvarado fué su ardiente defensor, é hizo por gratitud, lo que antes por compasión; y por él quizá su intento Orgóñez no consiguió,, pues habría al fin Almagro prestado su aprobación á la unánime sentencia, que el consejo pronunció.
Supongo que el lector no habrá olvidado^ — si este relato inspírale interés, no como con fútil obra literaria, que á ratos voy trazando por placer, sino como epopeya americana;— que cuando Manco Cápac sublevóse, se dirigió solícito el marqués á otros gobernadores convecinos.
pidiéndoles ayuda urgentemente y su crítico estado haciendo ver.
Este eco, dirigido al patriotismo y á sostener al reino conquistado, i no desoído por los otros fué: *
un bajel con vestuarios y pertrechos ''
mandóle, sin demora, su célebre pariente Hernán Cortés: otros también, soldados y reclutas; y Gaspar Espinosa, el licenciado,
su amigo y socio antiguo, y en Panamá persona de valer, con doscientos cincuenta aventui-eros llegó á Lima á su socio á sostener. 14:3
Con estos buenos refuerzos el marqués sin vacilar, dejó á Lima, y hacia el Cuzco marchó con celeridad, para socorrer á Hernando y al altivo Inca ultimar; pero á muy pocas jornadas, de Alvarado le llegó la del Cuzco infausta nueva; y que hallábanse en prisión sus dos hermanos queridos, y Almagro dueño y señor, después de haber derrotado en el valle de Yucay al Inca con sus legiones, para no volver jamás. Con ira escuchó Pizarro los triunfos de su rival; y aún podido no había de tal sorpresa volver, cuando supo de Alvarado derrota y prisión también: y volverse á Lima entonces, juzgó prudente el marqués.
Y cuando á Lima llegaron, reunió el marqués á sus jefes, con cuyo hecho ya probaba lo precario de su suerte, porque jamás consultábales, sino en lances inminentes, sus recónditos proyectos, como hombre arrogante y fuerte: — de la conducta de Almagro quejóse hipócritamente, por los males que á la patria v á la honra de ellos hiciere, ; cuando por medios tranquilos
■. í'^'C- ';■'■•
m^mmmmmJm
— 185
pudo con él entenderse, .
su despecho así ocultando^ como el tigre que en el verde se arrastra, oculta y prepara, y después saltando hiere.—
á la defensa resueltos, comenzaron diligentes á preparar la ciudad, Y allí á esperar, que viniese el mariscal á buscarlos, si tal era de insolente.
Salvóles, pues, la demora, y que Almagro, neciamente el plan eficaz de Orgóñez con terquedad no siguiese; pues cuando el hombre se lanza y una gran campaña emprende, que es extrema y decisiva, retroceder es La muerte, ó perder la honra adquirida de capaz ó de valiente.
Fué, entonces, cuando Pizarro, ora porque algo temiese, ó darse más importancia, caando estaba más inerme, pues dice el refrán: — no quita lo cortés á lo valiente^ — para sí fundó una guardia de doce hombres fieles; seis llevaban arcabuces, y los otros seis, lucientes alabardas ostentaban, cual si á un monarca sirviesen.
Luego el marqués, astuto y precavido, queriendo ganar tiempo y prepararse
para no ser vencido, y aparecer pacífico y clemente, nombró una comisión ceremoniosa,
que encabezó Espinosa, para hacer el arreglo conveniente.
Al mariscal hallaron infatuado
por su triunfo reciente, y con exageradas pretensiones para ya entrar en plática amistosa,
por más que mil razones hábilmente exponiendo fué Espinosa. ((¿No observáis, díjole éste, que en la corte han de hacer mal efecto estas querellas, después que fuisteis tan amigos siempre?
Creerán, y con razón, que el móvil de ellas es solo ya por interés mezquino, -
vuestra patria olvidando ' ,; .
y de la gloria el inmortal camino; '^i
y mandará el monarca, quien presto os ponga en paz, y luego os privé del mando á cada cual de su comarca. Y por rivalidades y ambiciones, indignas de los hombres afamados, perderéis los honores y riquezas,
quedando deshonrados;
pues vuestro mal ejemplo, castigado será severamente,
para que en estos reinos no ose nadie seguirlo impunemente.
El ser amigo de ambos muéveme solo á que procure ahora, que ajustéis un arreglo equitativo, y Dios la paz bendiga bienhechora. Amistoso á aceptarla os apercibo.»
«A todo estoy dispuesto, Almagro contestóle; pero el Cuzco mío será, y á defender me apresto.» «Pues todo cuanto hablemos va es en vano,
replicóle Espinosa; mas debo recordaros otra cosa; no olvidéis el adagio castellano:
el vencido, vencido, mientras el vencedor queda perdido.»
Los amigos de Almagro y consejeros
llegaron á saber: —que un tal Hernán González, que venía en la experta embajada del marqués, también secretas órdenes traía
de en seguida anular
las cláusulas que fuesen acordadas en pro del mariscal;
quien con razón sobrada decir pudo á Espinosa, mas no quiso:
— que era inútil pactar con una comisión, que un miembro suyo podía lo pactado revocar,
lo que era clara prueba que no había en Pizarro lealtad. —
El preso don Hernando propuso á Almagro, hipócrita también: —el salir en seguida para España,
pues le era menester al monarca llevar su quinta parte, si en libertad hacíale poner. —
- 186
Debido á los oficios de Espinosa,
que no retrocedía, cuando algo conseguir se proponía, consiguióse evitar un rompimiento; y después de ciertas bases formularon,
que en buen avenimiento á discutir con calma comenzaron; pero cayó Espinosa en esos días
enfermo gravemente, y con grande sorpresa de unos y otros^
falleció de repente. Y corrióse el rumor, que envenenado
había fallecido, sin conseguirse fuese comprobado.
Fué su imprevisto fin harto sentido, y por muchos llorado^ por su alta posición y cualidades, riquezas y sus hábitos humanos, servicios de veinte años y desvelos
en favor de sus nobles soberanos, que mucho le estimaban; mas no así por los viejos veteranos, que allí había del tiempo de Balboa,
que no le perdonaban, | '
del héroe al lamentar la triste suerte, que manchara su nombre, y lo escribiera en la injusta sentencia de esa muerte.
Despidió el mariscal á los enviados, encargando dijesen al marqués: — que el modo de evitar nuevas revueltas era aquella cuestión el someter á altas personas de conciencia y doctas, sin que en ella tuviesen interés; y que ambos á cumplirla se obligasen, según la expresa donación del rey, y cada cual al otro devolviese lo que mandase el fallo devolver, —
Con un buen destacamento partió Orgóñez á buscar en su guarida del Tambo al vencido Inca en Yucav; pero ya medroso el Inca, no quísole allí esperar, y Orgóñez le sigue y bate, desde el valle al matorral, desde la colina al monte, hasta que corrido ya el Inca con sus mujeres, púdose al fin internar en los antros de los Andes, buscando en la soledad, como fiera perseguida, ignorado allí morar.
Y después de verse libre el Cuzco de asedios más, y dispersos los indígenas, preparóse el mariscal para fundar en la costa una cristiana ciudad, que compitiendo con Lima,
tuviera salida a) mar; pues de ese modo podría con toda facilidad, con los otros nuevos reinos el suyo comunicar.
El ejército encontrábase ya pronto;
mas antes que partiera volvió á insistir Orgóñez:— en que á Hernando
la muerte se le diera; — pero también don Diego de Alvarado
por salvarle influía, diciendo:— que tan bárbaro atentado á la causa de Almagro dañaría;
y que temprano ó tarde el rey aquella muerte vengaría: que era indigno lanzarse á la matanza,
y mas á sangre fría; porque teniendo la razón Almagro, en la justicia estaba su esperanza. —
Pero incansable Orgóñez repetía: —que en breve al mariscal le pesaría, su indiscreta templanza;
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— 187
que aunque tuviese el mariscal corona, aguardase de Hernando la venganza.... que un Pizarro una injuria no perdona!—
Presumió Almagro conciliario todo, á don Gabriel de Rojas ordenando: — que á los presos guardase estrechamente; — y consigo llevóse á don Hernando,
con una fuerte guardia, que en el viaje le fuese custodiando.
Bajaron á la costa, y hacia fines de Agosto descendieron de Chincha al verde valle delicioso; y allí entusiastas todos se pusieron
con ánimo afanoso, á alzar una ciudad que presto fuese
la rival de los Reyes, y celos y temor al marqués diese.
Dieron á la ciudad de Almagro el nombre; y tan ufanos todos se encontraban de las victorias de Abancav v el Cuzco, que estas ú otras cuartetas recitaban, con acentos de burla y de ironía,
creyéndose invencibles, sin mirar que el destino cada día se goza en nuestros males indecibles:
«A los Pizarro lancemos
á otros más distantes mares,
ó en las tierras de manglares,
para semilla dejemos.
Por acá no han de quedar
ni basuras ni guijarros,
ni pizarras ni Pizarros,
en que poder tropezar.»
Así se solazaban
y así todos cantaban, bajo ese cielo puro y trasparente de atmósfera balsámica y serena
y luz resplandeciente; mas presto el gozo convirtióse en pena, como nos acontece casi siempre,
que damos un deseo
ya por realizado, pues se supo del Cuzco por correo: -que Gonzalo y Alonso de Alvarado, sobornando á unos guardas desleales, de su prisión habíanse fugado, y seguíanles varios oficiales.
• Y ganando los prófugos la sierra, sin que el peligro de tan ardua marcha
sus ánimos reprima, cruzaron solitarios los caminos r y pudieron al fin llegar á Lima. ~
Profunda indignación esta sorpresa
causó en el campamento:
gritaron los soldados, y la guerra pedían irritados, aumentando sus cantos tronadores: y hasta Almagro mostróse arrepentido,
no haber antes seguido de Orgóñez los consejos salvadores; pero teniendo á don Hernando en rehenes,
creíase escudado ■ de todo engaño y asechanza astuta
de su rival taimado.
En ardiente disputa, al saberse esta fuga sorprendente, don Hernando y Orgóñez se trabaron; y el preso se mostró tan insolente
y audaz en replicarle,
que sacando su daga, gritó Orgóñez: «¡Concluyase esta plaga!» E iba el corazón á atravesarle,
cuando en aquel momento salió Alvarado de cercana tienda, y pudo el golpe detener certero,
calmando al caballero, y apaciguar un tanto la contienda.
Vivía entonces en Lima un fraile de la Merced y gozaba vuesarced de gran respeto y estima: provincial, comendador y vivo era, como ardilla, fray Francisco Bobadilla, canonista y muy doctor. Por un gran sabio pasaba, y en vida ya, por un santo, siendo de fe todo cuanto tal santidad pronunciaba.
Y á ciertos devotos dijo: «¡De pensar, oh mis hermanos, que entre sí lleguen cristianos
á entrar en guerra, me aflijo!»
Y pregúntanle con arte: «Buen padre, qué nos convienef ¿Cuál os parece que tiene
la justicia de su parte?»
«No lo sé mas es'^mi creencia
y esto aquí, para inter nos, testigo poniendo á Dios,
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.v'iv*
de que os hablo con conciencia,
y según de credenciales
y sus estudios deduzco...
que tócale á Almagro el Cuzco....
])er o chitón.... sedme leales,
que sin duda me he excedido,
al emitir mi opinión.»
Y por esta indiscreción
se persignó, compungido!
¡Que bien el buen mercenai-io, cuando ei secreto pedía, á feus cuentes conocía.... como á su viejo breviario!
Pues su objeto se logró por esas trompas veloces, y como el secreto a voces ^ hasta el mariscal llegó.
<j La oponión del provincial
era un sólido cimiento, y llenóse de contento el candido mariscal.
Con arreglo á lo espuesto á los enviados, mandó á Almagro el marqués:
— pedirle que indicase la persona
que la cuestión llegase á resolver; — y al padre Bobadilla
propuso incontinenti el mariscal; y gozoso Pizarro
aceptóle también, sin vacilar.
Mas disgustado Orgóñez por este apresurado nombramiento, á Almagro su temor manifestó;
pero éste le repuso: <(Si á un sabio de tan claro entendimiento
y un tan santo varón, exento de miserias terrenales
y temeroso de Dios, no confiamos los bienes y los males, ¿,en dónde puede hallarse otro mejor'^»
Y Orgóñez replicóle:
«¡Todo eso no lo sé; pero sí os aseguro, que el buen fraile, mas que hacia vos, se inclinará al marqués! Estas cuestiones^ do el honor se expone, y vida y bienes juéganse también, después de grandes, nobles sacrificios, no se zanjan con arbitro y papel;
sino con la razón del que se impone, haciéndose temer!»
Pero el padre Bobadilla mostró su imparcialidad, procurando que ambos jefes ante él llegasen á hablar, y en amistosa entrevista cor tárase tanto mal. A su oratoi'io de Mala hízoles, pues, invitar, y que solo doce amigos fuesen con su general, quedando los campamentos en su fijado lugar, y ambos jefes aceptaron la cita del provincial.
Era el trece de Nooiembre, y Pizarro fué el primero que al provincial presentóse, con sus doce caballeros. No tardó en entrar Almagro, igual número siguiéndolo, V adelantóse á Pizarro, quitándose su sombrero; pero éste, altivo, la mano apenas llevóse al yelmo, deteniendo así el saludo de ese noble amigo viejo, que tendiérale la mano como en más tranquilos tiempos, si el orgulloso Pizarro no lo esquivase, severo.
¡No eran, ya no, esos valientes, ni íntimos compañeros, ligados con alma y vida por un grande pensamiento! ¡No eran, ya no, en los combates esos constantes guerreros, que por su Dios y su patria buscaban fama en desiertos! ¡Ya solo eran dos rivales, con ira y resentimientos, hasta la fe renegaban del sagrado juramento, que juntos al pie del ara de eterna amistad rindieron! Pero el ano fué el culpable de ese fatal rompimiento, por los repetidos actos de su egoísmo funesto!
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Pizarro, que era el que estaba más enconado y soberbio, no pudiendo contenerse, así expresóse el primero: ((El por qué decidme, Almagro, faltando á todo respeto, os habéis tomado el Cuzco, que conquisté con mi aliento, y encerrando á mis hermanos, tal injuria me habéis hecho?»
«¡Mirad bien lo que decís, — replicó Almagro sereno,— qne no ganasteis el Cuzco.... fué de todos un esfuerzo! No por traición entré yo, sino cual señor y dueño, en lo que dióme el monarca, y usando de mi derecho; y por resistirse puse á vuestros hermanos presos, pues negarlo con las armas á mis armas pretendieron.»
Y contestóle Pizarro cada vez más altanero: «Si hubiera en el Cuzco estado, defendiéralo como ellos, pues ser su dueño y señor, nunca, jamás os concedo. Así, pues, cuando os volváis, á don Hernando ponedlo en libertad; sino os hago responsable desde luego, de la sangre y los perjuicios de un proceder tan ligero.»
((Libre saldrá en hora buena, —repúsole Almagro presto; — pero mandarlo así deben los letrados de este reino, y con tal que se presente con su seguido proceso ante el rey nuestro señor, quien de todo quede impuesto, y haga completa justicia, como confiado lo espero.» «¡Basta ya,— exclamó Pizarro, — de todo ello soy contento!»
En tanto á saber llegaron, los que con Almagro fueron: — que don Gonzalo Pizarro, con unos arcabuceros, encontrábase en la Mala, y colocado en acecho en unos cañaverales, para al salir, sorprenderlos. —
Don Francisco de Godoy, sabedor también del hecho, y aunque oficial de Pizarro, por tal traición descontento, no encontrando modo alguno de entrar donde estaban ellos, y dar á Almagro el aviso, comenzó con claro acento á modular el romance: '"
iUiempo es, el caballero, tiempo es ya de andar de aquí, y á repetir estos versos, que los de adentro escucharon, sin bien poder entenderlos.» Mas con aire misterioso entró á los pocos momentos el oficial Juan Guzmán, y á Almagro dijo de quedo: ((Mi jefe, en peligro estamos, y salir pronto debemos.»
Y Almagro y sus oficiales, al punto de allí salieron, sin despedirse de nadie, en instantes tan supremos; y saltando en sus caballos, evitaron el encuentro de la traidora emboscada del grupo de arcabuceros; y á galope por los campos, en breve desparecieron.
El aviso dado á Almagro interrumpió, tan á tiempo, su discusión con Pizarro, que si tardara un momento, cesado hubiesen reproches, hablando solo el acero.
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¿Veis cómo en sereno día álzase nube sombría, ruge el trueno con fragor, y túrbase la alegría del solaz y del amorf
Así turbóse el contento en el ledo campamento del confiado mariscal, cuando supo la emboscada por Gonzalo preparada, detrás del cañaveral.
La guerra á gritos pidieron y en denuestos prorrumpieron contra el pérfido marqués; y á nadie duda le cupo de su traición y doblez, cuando del fraile se supo el pronto fallo después.
De su trama jesuítica harto ufano
el padre Bobadilla, como arbitro falló de esta manera, cual si fuese una cosa tan sencilla,
como imponer sosiego
á lejos en rencilla, ó de memoria su lección supiera: — que en velero bajel hábil piloto
. á constatar saliera del río de Santiago, aún ignoto, la exacta latitud, pues ella era al septentrión el límite preciso de tierras al marqués ya concedidas: y que fuese ese límite la base para arreglarse todas las medidas
de la cuestión pendiente: y que inter-tanto Almagro le entregase el Cuzco, que por fuerza hubo tomado; y el marqués poseeyó tranquilamente,
después de conquistado:
que al mismo remitiese
toda la plata y oro del quinto, que á su rey correspondiese:
que dentro de seis días á don Hernando en libertad pusiese,
el que salir debía, sin escusa, dentro de seis semanas para España,
los quintos conduciendo; y cada cual volviera á los dominios, que antes tenía de la hostil campaña;
y allí tranquilamente esperasen el fallo competente.— 144
Aceptó sin trepidar, de Lima el gobernador este fallo singular; mas no así el procurador del burlado mariscal, que ante la real audiencia apeló de la sentencia, por suponerle parcial; pero el padre Bobadilla la apelación impugnó, y para ello se fundó en las leyes de Castilla: — porque siendo el juez, nombrado por partes interesadas, ya quedaban obligadas á consentir lo mandado; pues era el arbitramiento sentencia definitiva, y sin más, ejecutiva, desde aquel mismo momento. —
De nuevo la ira sintióse estallar en el campamento del buen mariscal, el fallo al saberse del fraile falaz.
La tropa, indignada, comienza á culpar al viejo su jefe de debilidad, así prorrumpiendo, cual olas del mar:
«La culpa la tiene nuestro general, que ya, como un tonto,
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se deja engañar; y con sus intrigas ' Pizarro será
quien en breve llegue el triunfo á ostentar. En Chile quedarnos, sin mengua y en paz, y del río Maule las aguas pasar; vivir en sus charcas, y el rico metal allí en sus desiertos tranquilos buscar, hubiéranos sido mejor en verdad, ' que no presurosos volvernos acá, para que Pizarro nos quiera humillar! ¡Si hubiera de Orgóñez seguídose el plan, Hernando en su fosa durmiera tiempo há, y Almagro mandara sin falso rival!»
Y Almagro, furioso, lo mismo á su vez, de aquellos disturbios culpaba al marqués. «Me llama, decía con noble altivez, el tuerto y el feo; y el fraile sin fe, astuto tendióme su pérfida red, echando, en olvido, que llegóme ver con estos achaques de pronta vejez, por treinta años largos sirviendo á mi rey!»
Viendo Orgóñez afligido á su pobre mariscal, por esas cuitas y penas, procuróle consolar; mas no sin hacer sentirle, cuánta fué su terquedad, y díjole: «Para todo remedio hay, mi general, pues no hemos aún llegado hasta el trance de llorar.
como abandonados niños >
en su mísera orfandad.
En fin, en medio de todo,
el consuelo os quedará
que.... hicisteis en todo el gusto,
sin atender ni escuchar,
lo que hacer os convenía,
con tan pérfido rival!»
Y el viejo Almagro replica: «¿Y hora qué hacer convendrá?» Y Orgóñez le contestó: «Aún es tiempo, si empezáis, como primera medida, mandando el cuello segar de don Hernando Pizarro, que todos aplaudirán, viendo así nuestro enemigo, que no imploramos la paz, que ha debido él implorarnos y no venir á engañar!»
Meditabundo quedóse é indeciso el mariscal, como quien rugir escucha la cercana tempestad, y la consecuencia arrostra de alguna empresa fatal; pues ya su cabeza y físico empezábanle á faltar, y dudaba, si debía en su intranquila ansiedad, mandar ó no en ese instante de Hernando el cuello segar.
En tanto, del marqués urgente pliego Almagro recibió, pues el marqués sabía el peligro inminente que su hermano corría, y tan solo pensó en su salvación. Y á Almagro proponía: — que en el Cuzco quedase, y del arbitramiento también se prescindiera, hasta que el rey mandase á cual de ellos debíase entregar,
con tal que á don Hernando pusiera, en el momento, eh amplia libertad, prestando antes solemne juramento, de partir á Castilla con los quintos, y así mientras, quedase todo en paz.
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para solo ocuparse ese extenso país en conquistar. —
No fué llamado Orgóñez esta nueva propuesta á resolver;
mas disculpóse Almagro,
cuando aceptada fué; pero constante con su opinión Orgónez,
repuso con calor: «¿Y podéis presumir que hombre tan pérfido, que al partir á la corte os prometía por vos el trabajar, y os engañó,
aquí en las Indias llegue
á portarse mejor? ^,No paipais diariamente los engaños de su falso carácter y ambición? ¡Ya veo, que después de tantos años,
no le conocéis, nó!
¡Mas que os inspire acierto
pedirle debo á Dios,
y que á todos nos libre de los sangrientos planes del traidor!
¡Ay, Orgóñez, Orgóñez, — terminó, su pescuezo señalando,—
este te han de cortar, por haber sido firme y consecuente
de Almagro á la amistad!»
¡La suerte estaba echada, y veremos á cual favoreció!
El mismo viejo Almagro corrió á Hernando á sacar de su prisión,
y se abrazaron ambos, y generoso Almagro le pidió: — que diesen sus rencillas al olvido, como hijos dignos de su gran nación,
y solo se ocupasen de extender su conquista tan gloriosa,
cubriéndose de honor. —
Y fingiendo los mismos sentimientos: --llevar los quintos y á las seis semanas
salir para su patria,— por juramento Hernando prometió.
Y complacido Almagro, á su casa llevóle, y un banquete servido fué con toda profusión.
Con don Diego Alvarado y una escolta y Diego Almagro, hijo, partió poco después, y llegó al campamento felizmente del inquieto marqués.
Viendo á Hernando partir don Juan de Rada, se dijo que exclamó con alegría: ¡
«¡Me place, vive Dios, !
que haya salido bien de esta jornada,
para que así, algún día, ,se arregle cierta cuenta, entre los dos!»
Con evidentes pruebas de contento recibiólos á todos el marqués; y en dádivas y joyas su íntima gratitud les hizo ver; y al joven Diego Almagro, sobre todo, que al despedirse agasajó cortés.
Luego que solos quedaron don Hernando y el marqués, pidióle Hernando venganza, pero venganza cruel, por la sorpresa hecha al Cuzco de noche en la lobreguez, el despojo de su hacienda, y por su prisión también, y agregó:— que por honor se encontraba en el deber de infligir pronto castigo al que traidor allí fué. — «Temo,— replicó su hermano, la reprobación del rey.» «¿Y cuando entrara en el Cuzco, acaso temióla él?» le preguntó don Hernando, sintiendo su sangre arder, y echando fuego á la hoguera, que alimentaba el marqués, que á Hernando mucho quería y respetaba también, como á su mayor hermano, y reconociendo en él la energía y el talento y altanera intrepidez, que en la política y guerra sirviéronle de sostén.
Reunió el marqués un consejo de los jefes, que la guerra desde un principio pidieron, y de ellos en la presencia, y aparentando entusiasma, pronunció bélica arenga, haciendo ver que era el caso de Vengar tantas ofensas; y de consuno los jefes estuvieron por la guerra.
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Pidió entonces don Hernando, que le otorgara licencia para conducir los quintos que á su rey correspondieran, tratando del juramento así salvar apariencias, con el marqués convenido, quien dispuso: — que cualquiera los quintos llevar podría, con tal que á la corte fueran; pues era Hernando preciso, mientras durase la guerra. — Y á nadie ocultóse, que esto una farsa era completa, para eximir á su hermano de la solemne promesa.
Y pretestando un mandato, que del rey se recibiera, para que ambos arreglasen los límites sin contienda, y según las mediciones de pilotos de experiencia, intimó Pizarro á Almagro: — que á sus tierras se volviera y que el Cuzco abandonase, esperando la sentencia de peritos competentes; y que si así no lo hiciera, hacíale responsable
de su injusta resistencia. — .
Tiempo hacía que Almagro se encontraba
de físico y moral enfermo de bastante gravedad; y de llevar sus fuerzas al combate
sentíase incapaz; 145 y á Orgóñez, el cumplido caballero, al amigo leal y valeroso, sus fuerzas y defensa le confió;
y Orgóñez en seguida mandó tropa á los pasos del Guaitd'a, cadena de montañas, que en redor al valle van cercando de Zangalla, para impedir el paso y la ascensión;
pero ya el enemigo,
desde antes previsor, de aquellos pasos del Guaitara había
tomado posesión.
Pensó entonces Orgóñez al Cuzco retirarse precavido, y allí obstinado su defensa hacer. Ya subir á caballo no podía el viejo Almagro y en litera fué
hasta Bilcas llevado,
donde sintió su mal reagravarse, y estuvo tres semanas, hasta que al fin al Cuzco pudo entrar.
Como Pizarro, desde el mismo mstante, que de la toma del Cuzco supo en Lima, recuperarlo decidió, orgulloso, ora por transacción ó por las armas, reuniendo fué sus divididas fuerzas, y á la lucha aprestándose inminente; así al tomar los pasos del Guaitara, allí reuniera setecientos homOres, siendo los más, antiguos veteranos: y este fogueado ejército tenía un cuerpo superior de arcabuceros, con las primeras armas, que llegaron, según el nuevo método de Flandes, y enviadas por Cortés, cuando Pizarro,
temeroso del Inca, le pidiera
como á otros muchos, protección urgente.
Cuando bajó el marqués con estas tropas las altas sierras del Guaitara frío, al valle de lea las condujo, en busca de algún descanso entre fatigas tantas. Según su plan y calculando todo, pretestó su vejez y enfermedades y sus quehaceres en la nueva Lima, sintiendo á sus soldados tan queridos ya no poder, como en mejores tiempos, conducir á su frente á la victoria: de general en jefe nombró á Hernando,
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— 194 —
de segundo á Gonzalo; y conmovido, arengando á sus tropas con vehemencia, auguróles el triunfo más completo.
No allí faltaron buenos caballeros, que en tan tristes momentos lamentaran las futuras desgracias y la sangre, que en fratricida lucha á correr iba, en vez de conquistando derramarla, como á su patria honrando, antes lo hicieron; pero indignado Hernando les respuso: — que era Almagro el culpable de esa guerra, y venganza tal acto demandaba, sobre él cayendo tan tremendos cargos. —
El marqués resistió del mismo modo, y agregó sin rebozo } engreído, de más ciega ambición ya dominado: — que su dominio y tierras se extendían hasta el estrecho ya de Magallanes. — 146
Y á Lima retiróse con su escolta, presumiendo que el rey se inclinaría á darle la razón en la contienda,
al recibir de reservados quintos unos seiscientos mil pesos en oro.
También al mariscal muchos vecinos pidiéronle buscase paz honrosa, al verle enfermo, vacilante y triste; mas bruscamente replicara Orgóñez: «¡Es tarde ya, después de haberse dado á Hernando libertad; porque Hernando era el rehén seguro de obtenerla siempre!))
Y la opinión de Orgoñez prevalece, y á esperar sale al enemigo bando, mientras doliente el mariscal y solo en el Cuzco se queda; y se establece de Orgóñez el ejército en un campo, como á unos tres kilómetros distante, las Salinas llamado: su aspereza
no era adecuada para allí batirse,
pues siendo su mitad caballería,
abierto y llano campo precisaba;
pero eligióle Orgoñez, porque al frente
defendíalo un río pantanoso:
era la otra mitad infantería,
con sus seis falconetes; mas sus armas
siendo malas y escasas, fué preciso
armar á muchos con ligeras picas,
y eran por todo unos quinientos hombres.
Así tranquilamente esperó Orgoñez
de Pizarro el ejército animoso.
Temiendo don Hernando, que las fuerzas que el mariscal tenía, le esperasen i en los pasos de algunas coVdilleras, ' quiso evitar desfavorable encuentro; bajó la costa hasta llegar á Nasca, burlar queriendo cualesquier sorpresa, con banderas al viento desplegadas y sus armas brillando á los rettejos del ya poniente sol, que se extinguía; y del riachuelo en el opuesto lado sentó reales, esperando al alba.
Llegó al instante al Cuzco la noticia, y ancianos, niños, jóvenes y esposas salieron en tropel, llenos de duelo, á presenciar la muerte ó la victoria de esposos, padres ó queridos deudos.
Cubren los indios rocas y montañas, sabedores también de aquel combate, cuyo éxito para ellos ser debía de todos modos fausto y victorioso, anhelando mirar como esos hombres tan temidos, feroces é invencibles, ellos mismos, ya a falla de enemigos, íbanse á destrozar, no hartos de sangre; y en profundo silencio se pasaron las lentas horas de la noche triste.
Del veintiséis de Abril el alba asoma, y las fúljidas tintas de aquel cielo del sol anuncian la salida en breve, que en torno tiende sus doradas luces.
Alto y blanco penacho en la cimera pónese Hernando, y cúbrese los hombros con sobrevesta de damasco rico, color anaranjado: las trompetas á los soldados llaman á las armas, y las tropas formadas, una misa en medio de ellas ^e celebra al punto, entre el recogimiento más solemne.
Forma Hernando su gente en igual orden que Orgóñez á la suya colocara: la infantería pónela en el centro, y de ella el mando entrega á Don Gonzalo, sostenido por Pedro de Valdivia, que fué después el oencedor de Aráuco; y en este centro las mejores tropas y los arcabuceros se encontraban: de la caballería en ambos flancos, de un cuerpo el mando para sí reserva, y entrega á Alonso de Alvarado el otro.
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y. '>%;,'
Soberbio al frente de sus tropas corre, su espada saca y con tenante acento, sediento de venganza así las dice: «¡Soldados de Abancay... también vosotros, los del Cuzco en tinieblas sorprendido?, mirad á vuestra frente á los traidores, que ya á los enemigos yo contemplo, que á mi nombre infamar en calabozos y el del grande Pizarro pretendieron! ¡Hunda nuestra venganza á los ingratos, y el traqueo del Cuzco el premio sea de los valientes, que el laurel consigan!»
Dice y manda atacar al enemigo, y su gente se muestra entusiasmada, del Inca la metrópoli mirando, con la avaricia del judio hambriento.
La infantería de Gonzalo avanza; y no siendo ancho ni profundo el río, logra pasarlo, sin que Orgóñez pueda con su caballería el defenderlo por los blandos pantanos inmediatos; mas con los falconetes introduce en las primeras filas el desorden. Arrojados Valdivia y don Gonzalo, animan y apresuran á su gente, y á una eminencia conducirla logran, do los arcabuceros hacen fuego, con sus modernas armas, y consiguen en las filas de picas y alabardas la confusión llevar; pero allí vuela como un tigre furioso el bravo Orgóñez.
En solo una columna reúne Hernando á sus dos escuadrones, y cubierto por el nutrido fuego de su tropa cruza el río y pantano; y tierra firme pisando su columna, altivo grita: «¡Las astas atacad enarboladas!» Deja más de cincuenta caballeros en un instante fuera de combate, v diezmada se ve á la infantería de largas picas y anchas alabardas.
También Orgóñez, como Hernando jnnta en un solo escuadrón los dos que manda, y lánzase al galope á detenerlo. ¡Terrible el choque fué! Solo se oyeron gritos de vivas de una y otra parte á Pizarro y al rey, ó al rey y Almagro.
Los indios, como en sábado las brujas, con diabólicos gritos saludaron
á aquel horrible choque, y sus acentos ,
repercutieron por las altas sierras!
Sigue diezmando el fuego á los de Orgóñez, aunque con su escuadrón carga y recarga, y empieza á flaquear su infantería: unos dejan el campo y su refugio en arruinados paredones buscan, y otros al Cuzco, dispersados corren, y quien, como el alférez Pedro Hurtado, á las contrarias filas se presenta.
Parece ya perdida la batalla, mas viendo Orgóñez á gentil jinete, supone sea Hernando por las armas y colores de túnica y penacho, y embístele á galope y le derriba de terrible lanzada; á otro atraviesa; saca luego su espada, hiere y mata: estaba en su elemento en los combates y estridente su voz, grita: «¡Victoria!» Traidora bala su palabra extingue, en aquellos instantes, tan gloriosos: rompe su casco y rueda por su frente: cae sin sentido: mátanle el caballo, y á la vida al volver, hallase en medio de cien puntas de lanzas y de espadas: — que se rinda —le piden y él contesta: ((Solo entrego mi espada á un caballero.» {(Yo lo soy», dice Fuentes, ordenanza de don Hernando^ y se la entrega Orgóñez; pero saca su daga aquel villano y en el pecho sepúltala alevoso del caído é indefenso prisionero: salta la noble sangre generosa, y el cediendo malvado, á sangre fría, del tronco á golpes la cabeza corta.
¡Así murió aquel hijo de Oropesa, gran guerrero en Italia, y héroe insigne en la perdida acción de las Salinas!
¡Matáronle rendido. . . hecho villano, y más villano aún el poner luego en infamante pica su cabera, y en la gran plaza pública enclavarla, cual si fuese de estúpido asesino, y no de un caballero, honor de España! 147
Después de muerto Orgóñez, como bueno, entró la confusión en los soldados; no pudo resistir la infantería de arcabuceros el nutrido fuego; y se fué desbandando. Pedro Lerma, no logrando reunir á sus jinetes.
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y querido vengar al noble Orgóñez, busca á Hernando, lo encuentra y atrepella, Warnéináole:— traidor, vil y per járonse cruzan ambas lanzas; la de Hernando traspasa el muslo del hidalgo Lerma, y chocando la de éste en la armadura de su fuerte adversario, levemente en la ingle le hiere, al traspasarla, al caballo obligando á encabritarse. La confusión y gritos los separan; cae Lerma del caballo, y en el campo con diecisiete heridas en el cuerpo, allí cual muerto abandonado queda como muchos heridos caballeros.
Un amigo, después de la batalla, llevóle al Cuzco y le asistió en su casa, donde entrando el soldado Samaniego, á quien antes por faltas reprendiera, al verle solo, exánime y en cama, satisfacción pidióle del agravio, y Lerma le repuso: «En cuanto logre, mediante Dios, abandonar el lecho, como gustéis, os la daré cumplida, > pero sacó la espada el miserable y atravesóle el seno; y con cinismo, siguió siempre gloriándose del hecho. . . mas su jactancia le costó la vida! 148
Aún no dos horas trascurridas eran de empeñado combate en campo abierto, cuando dueño del campo de Salinas quedó Hernando Pizarro y victorioso. Como doscientos hombres perecieron, y el resto en dispersión al Cuzco corre. 149
El mariscal postrado; pero ansioso de contemplar él mismo la batalla, hízosp conducir hasta una altura de do verla pudiese; y allí observa de angustias lleno tan terrible encuentro; las peripecias, cargas y el desorden, los esfuerzos, hazañas y fatigas de sus fieles amigos y soldados, v el fin de esta batalla, tan reñida, cuya derrota con dolor contempla. Móntanle en una muía sus amigos, al Cuzco le conducen y en el fuerte, como ignorado asilo le sepultan. Pei'o después que Alonso de Alvarado entrara al Cuzco, allí le busca y halla, y en la prisión le encierra, do estuvieron los (los Pizarro y él, en represalia, para que triste y solo recordase
la que los tres allí también sufrieron; j y al verle un oñc'ml por vec primera, \ de su grotesta facha disgustado, I
con ira exclama: «Ved, mirad, señores, por quién han muerto tantos caballeros!» Y lo ultimara con su acero al punto, si don Alonso de Alvarado y otros no le hubiesen el brazo detenido.
Huyendo van al Cuzco los dispersos, y Hernando aún sediento de venganza, cual sino fuesen todos compatriotas, y antes amigos en hogar y lides, y no se hallasen en contrario suelo, los persigue, hostiliza y extermina, casi cuartel negando á los rendidos, hasta llegar al Cuzco disputado. 150
Al mirar los indígenas desiertos de las Salinas el rojizo campo, y el valioso botín, que abandonado los triunfadores dejan, vengativos bajan las sierras en tropel graznando, y descendiendo al llano como buitres, la tarde al terminar y en noche oscura, despojan de sus ropas á los muertos, y muerte dan también a los heridos, con esas propias armas que recogen, y huyen alegres y se dicen todos: «¡Dejemos que se maten ellos mismos!» 151
Y también al pillaje entregó Hernando á ese famoso codiciado Cuzco; y saqueados los hogares fueron de los de Almagro ricos oficiales; y así desposeídos se encontraron del oro habido, con afanes muchos, y esto avivara en ellos el encono.
Dentro los muros del antiguo pueblo se hallaban más de mil trescientos hombres y á mas la antigua población peruana; y esta reunión contr?.ria, heterogé/nea, y sus diarias peleas y disputas, ^ muy fundados temores inspiraron al precavido Hernando y caviloso, y á quien más odian los vencidos tristes; y protestando empresas lucrativas, y á tanto aventurero estimulando, hizo salir de allí á los revoltosos.
Igualmente mandó á Lima, con escolta, al joven Diego Almagro, para libre quedar del llanto y lastimosos ruegos.
r.»
.•; »i íliihai-.iifeíiifc.'.
197 —
en el pronto proceso que intentaba - contra su padre, el agobiado anciano.
Así de las Salinas la batalla tan tristemente concluyó, y en mengua de las gloriosas armas españolas: ella fué la primera fratricida de los antiguos Incas en el suelo, del cual, antes de ser los dueños y amos.
la sed de mando y de dominio entre ellos, y de riquezas y ambiciones torpes, hiciéronles diezmarse en adelante, como la rosa púdica, que pierde su hoja primera perfumada y bella, al tenue soplo de aura cariñosa, y lasciva después, se aja y marchita á mas sensuales brisas entregada.
Poco antes de la batalla, que en las Salinas se dio, díjose que Hernando oyó: — Almagro muy malo se halla; — y que sus odios villanos reveló de esta manera: «¡No permita Dios que muera, sin caer antes en mis manos!» 152
Cumplióse su deseo: aún con vida encontró en su prisión al mariscal:
con lástima fingida
corrióle á visitar; y animando paciente al pobre anciano,
le repitió: — que solo la llegada esperaba de su hermano, para darle inmediata libertad. -
Y enviábale Hernando de su mesa alguno que otro delicado plato, encargando á los guardias: — el buen trato, que era muy justo al prisionero dar, á ver si mejoraba de aquella enfermedad. —
En promesa falaz tuvo confianza,
y una nueva esperanza vio el anciano brillar, como una luz;
y su melancolía
perdiendo cada día, también se mejoraba su salud.
El buen padre llorando,
de su hijo Diego hablaba
á todos sin cesar;
y suplicóle á Hernando: — que á su lado le hiciera regresar; —
V Hernando contestaba: — muv pj'onto va vendrá. —
En medio de estos engaños, hizo seguirle un proceso, en que declararon todos conformes á su deseo: dos mil páginas llenaba de dos mil cargos supuestos; y pronto para sentencia, sin haberse oído al preso, termmó el ocho de Julio, de Hernando con gran contento.
Para el disputado Cuzco púsose el marqués en marcha, cuando la victoria supo en Salinas alcanzada; y prometió á las personas, que por Almagro imploraban: — que usaría de clemencia y tendrían todos gracia, principalmente don Diego, cuya amistad no olvidaba, pues solo la paz quería y no infamantes venganzas, para que todos unidos lauros diesen á su patria! — 1.53
En tanto, el joven Almagro encontró al marqués en Jauja, y pidióle de rodillas y corriéndole las lágrimas, por la vida de su padre: — y en nombre de aquella franca y antigua amistad, entre ellos.
que debiera ser sagrada, prescindiendo de rencillas de uno á otro en la desgracia. — Igual cosa que á los otros, y dándole su palabra, prometió al doliente joven, que de rodillas lloraba: pidióle que fuese á Lima, mientras todo se arreglara, y orden dio: — que le tratasen con agasajo en su casa, como á su hijo don Gonzalo, en ella todos trataban. —
Y decidió al joven Diego irse á Lima sin tardanza, el repetirle Pizarro:
— que en su justicia confiara; y que hallándose su padre desmemoriado y en cama, no teniéndole á su lado, quizá de él no se acordara, y así tranquilo estaría,
sin preocuparse de nada; y que á más, la soldadesca, tras la reciente batalla, exaltada se hallaría, y esperase se calmaran, antes de volverse al Cuzco, los ánimos y venganzas.—
Esto en Jauja sucedía, cuando recibió el marqués de don Hernando el proceso, pidiéndole parecer, según entonces se dijo, y que la respuesta fué:
— que procediera de modo que no pudiese otra ve^ el caduco prisionero, nuevos disturbios mover. — ¡Harto con esto decía
el ambicioso marqués;
y esta respuesta á su hermano
no pudo un enigma ser!
Y en Jauja permaneció,
como viejo actor, que vé
subir un drama á la escena,
y no toma parte en él.
Para este ilegal proceso, no entonces faltaron jueces, que al cautivo desdichado sentenciasen á vil muerte.
— 198 —
como era la de garrote, solo aplicada en la plebe, á bandidos y asesinos; \
y después se dividiese '
/(t cabera, en escarmiento de traidores y rebeldes.
Los tres principales cargos declaráronse evidentes: ((haber guerra suscitado, entre los soldados fieles, á la corona y Pizarro; al Inca unido el Haberse contra su patria y conquista, ambicioso é inconsciente, para realizar sus planes; y desposeer, finalmente, del Cuzco, á quien la corona por servicios dio eminentes.»
Un fraile fué el encargado de Almagro notificar esta inhumana sentencia; y su sorpresa fué tal, que dudó que fuese cierta tan tremenda iniquidad; pues de Hernando en la palabra le era imposible dudar; y una entrevista pidióle para saber la verdad.
No á Hernando desagradaba la agonía contemplar de ese humillado enemigo, que imploraba su piedad; y pronto fué del cautivo las súplicas á escuchar.
((Señor,— Almagro le dijo, — de vos mismo quiero oír, si esa tan dura sentencia de mis jueces merecí.»
((Yo no he podido evitarla
es cuanto os puedo decir, y la sentencia han fundado, sin consultármela á mí.» ((Pero vos, señor, podéis, el que se cumpla impedir: y que recordéis os pido esa amistad infantil, que con Francisco me liga desde que estamos aquí, los dos de la patria ausentes, común haciendo el sufrir.
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— 199 ^
Mirad mi cana cabeza, >
mi cuerpo una cicatriz,
y mi tronco ya encorvado
por á nuestro rey servir.
De vos pende, don Hernando....
y os pido.... penséis en fin,
que de Orgóñez vuestra vida
incansable defendí,
y que os toca á vos ahora
salvarme de afrenta vil!»
«¡Extráñame que un guerrero, cual vos lo fuisteis á fe, — contestóle don Hernando, con orgulloso desdén, — me haga llamar á este encierro, donde encerróme antes él, para pedirme su vida, con menguada estupidez, en vez de erguirse soberbio, como lo quisisteis ser en los mares v en las lides.... do pálido os vi también! ¡La vida que otros perdieron, por seguir y defender vuestra traición á la patria.... tampoco vos merecéis! Ellos lidiando murieron.... era ese vuestro deber! No mas humillantes ruegos, y preparaos, así pues, como cristiano á morir.... si serlo al morir queréis!»
Pero en lágrimas bañado y arrojándose á sus pies, ese ya caduco viejo volvió á implorar otra vez: ((¡Don Hernando, no por mí, y bien Dios en mi alma lee, sino por mi hijo infelice, siento la vida perder! ¡Oh hijo de mi alma, Diego, ¿dónde estás, que no me ves, por tí pidiendo y rogando, pues mi vida tuya es? ¡Ah, don Hernando, no ufano / en vuestro triunfo confiéis, porque si mi sangre corre, la ha de vengar.... nuestro rey! ¡La ha de vengar, don Hernando, y os pido no lo olvidéis!»
Así dijo el pobre viejo, —
sin poderse ya tener. -*
((¡Almagro, todo es vano,
y no mas me supliquéis:
vuestra inevitable suerte
el morir mañana es!»
Así replicóle Hernando,
y de la prisión se fué.
Al mirar á Diego Almagro rogando á ese hombre feroz, que en su llanto se complace al bajar á la prisión, y quien antes, por salvarle, su propia causa arriesgó,
siéntese frío en el alma
lástima causa por Dios!
¿Decrepitud era ya, que pierde todo noción, como el asustado niño, que en la calle se extravió? ¿Era el mal, que le aquejal a, privándole de razón, como á insano sin conciencia, ó de su hijo el grande amor, el que al valiente don Diego cobardemente obligó, deshonrando así su fama, á implorar á hombre feroz una vida que era un peso por sus años y dolorf
¡De natura aher raciones
estas y otras cosas son
incomprensibles misterios, que explicar nadie logró y que disculpar debemos, lástima dando por Dios!
Mas pronto volvió el pobre sentenciado á cobrar su habitual serenidad,
sintiendo en sus adentros el haber implorado a ese chacal, y no haberle lanzado una escupida
en su insolente faz.
Llamó á su amigo Diego de Alvarado,
caballero leal,
y dejóle nombrado de su hijo Diego el único tutor: de la Nueva Toledo su provincia, á su hijo declaró de sucesor, según la facultad que así tenía
de real concesión;
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200 —
y á Diego y á su rey por herederos
de sus valiosos bienes
también instituyó, haciendo mencionar, que con Pizarro
faltaban que arreglar de )a conquista cuentas y caudales, procurando así al rey interesar, para que estrecha cuenta demandase
á su fiero rival,
y citando el contrato, que ellos dos y el finado padre Luque
llegaron á otorgar.
La bárbara sentencia á todos en el Cuzco sorprendió; y hasta en los mismos hombres de Pizarro revelóse profunda sensación:
y muchos caballeros, entre ellos el terrible Juan de Rada, por Hernando ofendido tiempo há,
y cuya vieja ofensa
esperaba vengar; y el hidalgo don Diego de Alvarado, poniéndose de todos á la frente,
pues de Hernando, cual nadie, el seguro perdón debió esperar,
á demandarle fueron:
— en nombre de la paz, del olvido y las glorias de la patria_, para el viejo guerrero caridad! —
Con Alvarado ingrato, y con los otros duro se mostró,
negando aquel pedido
y esperado perdón;
y tan solo obtuvieron
de aquel hombre feroz: — que al mariscal garrote se le diera
en su propia prisión.—
Dobláronse las guardias en las próximas casas, do vivían
los fieles partidarios
del viejo mariscal, ■ v los arcabuceros se situaron en torno de la plaza principal.
De un fraile acompañado,
entró el ejecutor,
el cadalso elevóse
en la oscura prisión. El anciano á los pies del sacerdote, confesando sus culpas mundales,
contrito comulgó; y mirando después á sus amigos.
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á todos abrazó con efusión,
y á todos de consuelo
cariñosas palabras dirigió,
mostrándose otra vez su jefe digno:
de rodillas también y en alta voz, Ínterin el verdugo
el corbatín y torno preparaba,
estas últimas voces moduló.... era el bravo guerrero,
expandiendo su franco corazón:
«¡Si este es el premio acordado por la amistad y mi rey, y el fallo de estricta lev, junto al cadalso postrado, reniego de mi pasado, de la amistad, de los reyes, y todas las santas leyes, que este mundo ha venerado!
¡Solo creo en la ternura, que profeso á mi hijo Diego, á quien Dios dé más ventura que á esta mi alma, que le entrego: y solo á Dios por él ruego, ya junto á mi sepultura!
¡No.... que también en ti creo, oh Dios, de inmensa bondad, y en tu santa eternidad á cuyas puertas, ya veo tu sublime majestad! Ten de mi alma compasión. ¡Perdón! ¡Perdón!»
Los ayudantes del verdugo agarran á ese de hinojos venerable anciano; siéntale indiferente en el banquillo el vil ejecutor: da vuelta el torno, y extrangulado queda el héroe insigne de cien batallas en el nuevo mundo. Llévase su cadáver á la pla^a^ y en alta voz refiere el pregonero su crimen y sentencia, y luego agrega: «Esto el actual gobernador del Cuzco don Hernando Pizarro saber hace, y ordena y manda que se cumpla todo.»
Dividióse del tronco la cabesa, cuyo acto miran, pálidos de rabia, sus amigos y fieles partidarios.
Llévase la cabeza en una pica, y los mortales restos de la plaza Hernando Ponce de León recoge,
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— 201 -
á su casa los lleva, y trasportados . '
con gran solemnidad por sus parciales fueron á la Merced^ donde se dijo una recada misa, ó, que aaistieron don Hernando y Gonzalo, por el alma . de su infelice víctima implorando... tal cual honró Pizarro las exequias, que celebrar mandó por Atahualpa!
Era don Diego Almagro tuerto y feo, de aspecto asaz vulgar, y cuerpo y cara de cicatrices llenos y empañados; pero á la vez su franco, abierto rostro, y sus facciones de dulzura llenas, inspiraban confianza y simpatía: de carácter ardiente é impetuoso, rayaba en temerario, y sus arranques calmábanse en seguida, aunque violentos: humano y compasivo, mas que jefe de los suyos fué amigo y compañero, y fué con todos bueno y generoso, y descollaba en él, como en ninguno, la prodigalidad de un gran caudillo.
En general, llorada fué su muerte, y hasta los mismos indios la sintieron; pues jamás ensañárase con ellos. De su hijo amado el nombre pronunciando, á los años sesenta y tres fué muerto. 154
A los crasos errores cometidos, al mismo Almagro el atribuirse debe
este trágico fin de su existencia: haber tomado al Cuzco por las armas, - y entrar después en pactos con Pi^arro, desechando de Orgóñez los consejos, cuando él, mejor que nadie, conocía su desleal carácter vengativo. ¡No obstante, fióse en él, así pagando esta necia confianza, con su vida!
Después de la ejecución quédase un grupo en la plaza, que ni grita ni amenaza... mas lleno de indignación!
De Almagro eran militares, que en tal sitio se agruparon, y la sangre contemplaron, lamentando sus pesares.
Vieja y calada tenía uno de ellos la visera, como si ocultar quisiera la honda afrenta que sentía I
«¡De esta sangre sacar quiero el odio de mi venganza para alentar mi esperansaf^^ Así se expresó el guerrero de la visera calada; y en la sangre su pañuelo enrojeció, con anhelo. ¿Quién era? ¡Don Juan de Rada!
1538 1530 y 1540
Cuando el marqués presumió hallarse ya sin rival, emprendió camino al Cuzco; y junto al río Abancay esa noticia llególe, que diz no se hizo esperar: mostróse muy sorprendido, recordando la amistad, con los que allí se encontraban, que ligóle al mariscal: al suelo bajó los ojos, con pesaroso ademán.
é inundándole las lágrimas, üiéronle todos llorar; mas su conducta ulterior no demostró á la verdad, que esas lágrimas vertidas arrancárale el pesar! 155
Al son de chirimías y trompetas, siguiéndole sus nobles caballeros, y engalanado con el rico traje
que envióle Hernán Cortés, entró en el Cuzco, con altivo gozo.
— 202 -^
el triunfante marqués,
y los recién llegados
siguieron obseguiados, por aquellos del Cuzco victoriosos;
y el marqués se creyó de todo aquel extenso territorio,
el único señor.
A los pobres indígenas, humildes, que fueron á pedirle protección de las diarias ofensas de su tropa,
de su casa arrojó; y de Almagro á los tristes partidarios, que no tenían casi que comer,
miró con menosprecio; y llevando más lejos su desdén, confiscóles sus bienes y sembrados,
de propia autoridad, y entre sus cabecillas repartiólos. ...
con liberalidad.
(Y yo el autor, sin distinción alguna, justo é imparcial, bosquejando la vida de esos hombres, narro los hechos, digo la verdad, como haré en los históricos trabajos, que pueda terminar).
Y tan celoso estaba de conservar incólume el poder, que tomó profundo odio á Benalcázar,
cuando llegó á saber: —que extendía glorioso la conquista; — porque para su hermano don Gonzalo, ese Quito y provincias al Oriente del monarca trataba de obtener.
Despachó á Quito á don Lorenzo Aldana, para que á Benalcázar despojase
de toda autoridad, y aprisionado enviarle procurase,
con gran seguridad; y por tanto, el enviado de esta orden, el mando fácilmente se arrogó; pues Banalcázar se encontraba al Norte
del vivido Ecuador, realizando proezas y conquistas; y después á Castilla se marchó, á pedir á su rey algunas tierras de las que conquistara, en galardón.
Y el altivo marqués, tan generoso con sus hermanos fué, después de la batalla de Salina.-?,
ostentando su omnímodo poder, '
que hasta sus más ardientes partidarios, comenzaron de envidia á murmurar,
diciendo: — que á ellos solos ■ procuraba hacer ricos y elevar.
Mandó con grandes fuerzas á Gonzalo á los indios de Charcas á batir; y después de combates muy penosos, consiguió algunas tribus reducir: luego en Porco las minas se encontraron,
que los últimos Incas habían comenzado ya á explotar;
y allá marchóse Hernando, anhelando mucho oro atesorar;
porque así presumía al monarca con dádivas ganar.
Aquella era una parte de argentíferos cerros y colinas
del rico Potosí, do seis años después, un pobre indio llegó esa inmensa mina á descubrir; pues un endeble arbusto al arrancar, á las raíces encontró adheridos
grandes, blancos pedamos
del precioso metal.
Cuando el tal don Diego de Alvarado, como albacea á demandarle fué de la Nueva Toledo la provincia,
contestóle el marqués,
con grosera acritud: — que por tal rebelión había Almagro perdido sus derechos en el Sud. —
Cuando otra vez volviera casi su licante á demandarle, que al joven Diego luciese tal merced,
replicóle irritado: — que allí por todas partes se extendía
su dominio y poder.. .. no ya entre Magallanes y los Aiides,
sino hasta el mismo Flandes! Así díó, pues, á todos á entender, que en todos esos reinos no admitía
ningún otro poder. 15G
Cuando el joven Almagro supo en Lima el fin horrible de su anciano padre
y el engaño sufrido, por haber á un hombre pérfido creído, la casa de Pizarro abandonó; y con odio profundo conspirando,
y vengarse jurando,
errante allí vivió;
— 203 —
y de su causa muchos partidarios
le fueron á alentar, don Juan de Rada, entre ellos, el primero, que desde entonces fué, con tierno afan^ su noble protector y consejero, . y supo ese partido organizar.
Otros en tanto, perseguidos siendo, muy pobres, andrajosos, muertos de hambre, en los montes se fueron guareciendo,
y á los indios pidiendo alguna manta y algo que comer: y de esos pobres indios alcanzaron el asilo y el pan, que les negaron los duros defensores del marqués! 157
Incansable don Diego de Alvarado,
después de tales hachos, y resuelto de Almagro á sostener
la honra y los derechos, marchoso á Lima á su pupilo á ver;
y en la justicia fiando
del gran emperador, y munido de pruebas suficientes,
para España partió.
Había don Hernando atesorado de las minas de Charcas y los quintos, de plata y oro inmensa cantidad; y los disturbios suponiendo extintos,
y el instante llegado de marchar á la corte y de frustrarlos trabajos de Diego de Alvarado, en seguida su viaje preparó;
pero antes, cauteloso,
y en todo previsor, sin que fuese por esto hombre medroso, así á su hermano don Francisco habló:
((Usía mandar debe al joven don Diego Almagro ya á Castilla,
para que el bando aleve se quede en el Perú sin cabecilla, y entre ellos se disuelvan, emulosos.
Los soldados de Chile están desesperados y envidiosos, y es preciso que usía los vigile, antes que cada cual de ellos afile
su acero impunemente. Como de esa fracción el odio es hondo, que dies hombres se junten no es prudente, aún á cincuenta leguas en redondo;
que de noche y de día una resuelta guardia cuide á usía;
y en estos mis consejos no vacile, pues le han de asesinar, si así no lo hace.... los soldados de Chile!! Y considere usía, que no estaré á su lado, para impedir cualquier alevosía. Mande usía, que sea así cumplido, que si llegase á ser asesinado, yo me veré en la corte mal parado, y quedará su nombre oscurecido!»
Abraza á don Francisco y parte luego; mas don Francisco, por su orgullo ciego, burlándose después de esos temores,
dijo: «Cada cabello
de todos los traidores, es una garantía de mi cuello.»
Esto, pues, nos demuestra, que Pizarro, no tanto como Hernando conocía á su raza y antiguos compañeros, que ya por enemigos los tenía. 1.58
A mediados del año treinta y nueve partió para su patria don Hernando, el valioso tesoro conduciendo; empero en Panamá tocar temiendo, siguió hasta Nueva España navegando, y en Guatulco por fin desembarcando, próximo de Gualaca le aprehendieron,
y ante el virey Mendoza á Méjico, cual reo, condujeron; mas allí no existiendo orden alguna
en contra su persona,
dejó el virey:— que fuese sus descargos á hacer á la corona.— Volvió de Veracruz á seguir viaje, cada vez aumentando sus temores; y dudando pisar el patrio suelo, cauto bajó con su oro y su equipaje
á una de las Azores: escribió á los amigos poderosos,
que en la corte tenía, y de su oro sobrados ambiciosos,
que explotarle pensaron: -á que al emperador se presentase
cuanto antes le animaron.—
Entró en la corte Hernando con gran lujo. con un lujo insolente, que á todos sorprendía, y su oro deslumbrante derramando en corrompida gente; y no de pronto hallando
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204 -—
el castigo legal que merecía; '
pero fué fríamente
en la corte mirado; porque ya el noble Diego de Alvarado, entre sus muchas y altas relaciones,
y en palacio estimado, había descubierto sus maldades, y todo Hernando lo encontró minado:
hiciéronse la guerra aquellas dos tenaces voluntades,
como fieras hircanas; pero al cabo don Diego, fastidiado
de notas, dilaciones, de trámites, demandas v chicanas,
de cien recusaciones
y mil apelaciones, fué del todo perdiendo la paciencia, y triste é irritado y febricente, parecía ofuscarle su conciencia
con insufrible peso, creyéndose co actor y delincuente
del trájico suceso, y Alvarado á su solas se decía, golpeándose la frente con la mano: «¡Ay Dios mío y Señor.... la culpa es mía, que por hombre tan bajo y tan villano
rogué obstinadamente
al bondadoso anciano! jNo la sangre de Orgóñez generosa,
como leal corriera, ni de otros muchos buenos partidarios, ni de ese anciano el último suspiro, encargándome á su hijo recibiera;
ni ese hijo desdichado
hoy huérfano se viera, en lejana región abandonado,
si á tan ingrato amigo, no hubiese yo amparado noche y día!»
Y exclamaba llorando:
((jAy mí Dios y Señor.... la culpa es mía!»
Y viendo y lamentando de trámites prolijos la tardanza,
y sobrado impaciente de pronto ver cumplida su venganza, este cartel á Hernando dirigía: <(Si de valor un resto os ha quedado, á muerte os desafía don Diego de Alvarado.»
i\o se sabe si aquel aceptaría el reto denodado; pero á los cinco días trascurridos, de aguda enfermedad murió don Diego;
y se supuso fuese envenenado,
según versiones, que corrieron luego. 159
Tal duda, para Hernando deshonrosa, en las Indias sus medios arbitrarios, y el sentimiento público indignado,
fuéronle contrarios, en esa causa, gue hilóse famosa en personaje ya tan elevado, y esperar no se hizo la sentencia: por rectos tribunales condenado, de Madrid encerróse en el alcázar,
fué luego encarcelado en el fuerte de Mota de Medina, cuando á Valladolid pasó la corte; y de todos los hombres olvidado, allí vivió veinte años sepultado,
el que tanto ruido, por sus faltas, riquezas é insolencias, en uno y otro mundo hubo metido.
Poco después que asesinóse en Lima
á Francisco Pizarro, casóse Huáylles Nusta con Ampuero,
pobre de recursos,
mas noble caballero; y recibiéndose orden del monarca: —que á Francisca á la corte se llevase, para que dignamente se educase, de Pizarro como única heredera;— habiendo muerto ya el niño Gonzalo, para España partieron los esposos, y la joven Francisca fué tratada en la corte y por nobles poderosos, como serlo la hija mereciera de un gran conquistador, que en otros reinos á su famosa patria enalteciera,
de riquezas llenando.
Esta ilustre heredera, á su tío el cautivo don Hernando á prestarle consuelos acudía, y también de amanuense le servía;
y al cabo de algún tiempo, casóse en la prisión con el cautivo, no por amor, por lái^tíma tan solo, pues era de carácter compasivo:
y de esta unión tuvieron
una hija y tres hijos, en los que de Pi:arro gloria y nombre á la posteridad se trasmitieron. 100
Ya don Hernando viejo y achacoso, fué puesto en libertad; pasado había;
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— 205
con vuelo presuroso, una generación; y más que encono,
ya lástima inspiraba, pues sus faltas purgadas bien tenía,
y en su pobreza suma,
olvidado vivía; gran parte de sus bienes confiscados,
desde el principio fueron,
y otra parte embargados, en costosos litigios se perdieron. Alcanzó á ver morir á sus parientes
y á todos sus hermanos; y con ánimo entero y valeroso, soportó su prisión y su pobreza, y su triste aislamiento, pavoroso, sin humillar soberbio su cabeza, ni socorros pedir como indigente: y siendo ya para él todos estraños,
contó tranquilamente la edad extraordinaria de cien años!
Aunque al emperador no se ocultaban la ambición ni tendencias absorventes de Pizarro, el caudillo poderoso,
con más razón temía, que si él faltara, un grupo revoltoso en el Perú implantase la anarquía, V en vez de uno, otros mil se levantasen;
y tan bellas comarcas,
y espléndidas riquezas
para llenar sus arcas,
al fin se evaporasen, perdiendo España el portentoso hallazgo; y así pensando, el título acordóle:
— de marqués de las Charcas, y agregar á su extenso mayorazgo dieciseis mil vasallos; — presumiendo, que debía olvidar así la ofensa,
que estaba don Hernando por el largo litigio recibiendo.
1539 - 1540 y 1541
Por la fratricida guerra, habida entre el mariscal y el marqués, ya victorioso, comenzóse á relajar de los indios el respeto; y fué notándose más, cuando los repartimientos empezaron á pasar á los jefes vencedores, cual premio de lealtad; no sabiendo ya los indios á quien obediencia dar, si al reciente poseedor ó al que antes tuvo por tal.
Y también el Inca Manco, no en levantarse tardó, abandonando los Andes con animosa legión, y destruyendo las siembras de los pueblos en redor; y á varios de los jinetes en sorpresas dispersó, sin dar cuartel á ninguno en su justa indignación,
recordando los rigores del fiero conquistador.
Destacamentos partieron buscando su dirección; pero ya, cautos los indios, y aleccionados mejor, querían sacar partido, sin dar decisiva acción; pues cierta táctica el Inca del castellano aprendió; y á treinta hombres sorprendiendo, en esperada ocasión, después de leve refriega, entre tormentos mató.
Envió el marqués entonces á Gonzalo, con grandes fuerzas á batir al indio; pero el Inca, ó ganaba sus guaridas, ó bajaba de súbito á hacer frente, ó de un lado pasábase á otro lado, dejando todo ataque así burlado, y cansando á las fuerzas aguerridas, que perdían su ardor inútilmente, sin haberle, como antes, derrotado.
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1 .:5
— 206 —
\ Así el precioso tiempo se pasaba,
y el marqués obligado vióse al fin á tranzar; y como el Inca al obispo del Cuzco respetaba, y por su fama en mucho le tenía, se le invitó en su nombre á hacer arreglos,
si las armas dejaba. Aceptó el Inca, y el marqués envióle rico presente, por la humilde mano
de un esclavo africano,
antes de ir al valle del Yucay, que el buen Inca señalaba para quedar impuesto del detalle;
pero al sumiso negro
los salvajes robaron el valioso presente, que llevaba,
y cruelmente mataron, sin llegar á saberse, si del Inca
con orden fué ó sin ella; mas el marqués tomó la represalia.
Del Inca una mujer joven y bella, y á la que mucho amaba, se decía, prisionera encontrábase en el Cuzco,
no mucho tiempo hacía: mandó el marqués de un árbol se la atase, y desnuda y delante de su gente, hízola castigar con Jiñas varas, hasta verse la carne desprendida;
y luego horriblemente acribillarla el cuerpo de saetas,
hasta perder la oída!
La joven valerosa, no lanzó ui un quejido, en tal tormento, queriendo así burlar de sus verdugos
tan bajo ensañamiento;
y ni pidió humíldosa,
con suplicante acento, una gracia cobarde y humillante
á quien ella sabía, que era de alma más dura que un diamante!
Asombrados quedaron
los torpes invasores, de que una tierna joven, delicada, disimular pudiese los dolores de una muerte tan cruenta y prolongada! 161
Siguió después Pizarro otro sistema, y no el de pelear estérilmente, so pena de ir matando la del Perú y la suya, escasa gente, en vez de irla aumentando. Comenzó á establecer varios fortines,
que ciudades llamó pomposamente,
con sus ayuntamientos, divisiones de chacras y solares,
con sus repartimientos, j
y fué situando grupos de soldados, que así fuéronse haciendo labradores,
en sus propios hogares, do al ñn con sus familias se encontraban,
que allí á llegar de España \ ya frecuentemente comenzaban, ora por el amor á sus maridos, ora también por adquirir riqueza, y desechar tradicional pobreza, en los nuevos edenes prometidos.
La ciudad de Guamanga así fundóse, que en mitad del camino está situada
que va de Lima al Cuzco; 162
y otra también alzóse de Charcas en el célebre distrito,
que por la plata hallada
en sus vírgenes minas, la villa de La Plata fué llamada.
Al regresar después Pizarro á Lima, por las playas del Sud dando un rodeo, de previsora gente se anticipa
al general deseo; y antes de seguir deja trazada
la ciudad de Arequipa, que en breve fué la más adelantada; y después por riqueza y su comercio, la plaza del Perú más celebrada.
Vuelto Pizarro á Lima, su mansión favorita, y siempre al lado de su india amada y sus queridos hijos, y de intrigas y guerras ya cansado,
con ahinco entregóse á la administración de los caudales, mejorar la ciudad y sus caminos,
las calles y arrabales, y servicios también municipales,
según lo requería
la población creciente, que próspera" y contenta se extendía.
En sus diversos ramos, industrias fomentó y ganadería; á todas repartió profusamente
la variada simiente de los granos de Europa, que llegaron;
y decididamente contrájose á extender la agricultura.
tAái^*k¡J¿ií.¿i^^.
207 —
> que verde y floreciente,
desplegaba con ponnpa su hermosura; y en ese virgen suelo, tan fecundo, viéronse en abundancia, en poco tiempo, las bellas flores, frutas y legumbres .
de todo el viejo mundo, cual pasaban sus usos y costumbres.
Los ganados traídos y las aves, fueron se acrecentando con presteza; y muchas plantas de olorosas flores,
con sus aromas suaves, en la casas y quintas su belleza esparcíanse, en vividos colores,
en tan templado clima: dio impulso de las minas al trabajo,
y vióse en breve á Lima tanta riqueza de metales finos, custodiados llegar por los caminos, que de súbito á precios fabulosos los artículos suben de consumo, y hacerse en un momento, poderosos, los que antes fueron pobres negociantes;
y la plata y el oro siendo iban cada vez más abundantes,
y más todo subía, á pesar de los quintos, que se enviaban, y el oro, que el comercio remitía, para efectos comprar de todas clases;
porque todos ganaban un quinientos por ciento, cuando menos,
en todos los artículos que trasportaban los bajeles, llenos!
Ya estaba allí encontrado ese feliz, tradicional Dorado, que á España sus riquezas entregaba, y después, en monedas españolas, los europeos pueblos recibían; y gran inmigración se descolgaba, numerosas familias se extendían, y todo por do quiera se poblaba, y iodos d la par se enriquecían!
Miles de aventureros
en Lima se agolparon, que tenían ociosos sus aceros; y echándolas allí de caballeros, desprecian los trabajos materiales, antes buscando quien su acero alquile:
Pizarro, entonces, manda á esos vagos soldados y oficiales á la famosa expedición de Chile. que confía á don Pedro de Valdivia,
para que agregue al suyo ese distrito, como si propio fuese; y á Gonzalo manda con otro ejército hasta Quito,
do según se decía, :
era el fértil país de la canela. , Pizarro así ambicioso, presumía
extender sus dominios,
quizá hasta Venezuela, que la ambición, que nos deslumhra y cruza por cielos y palacios encantados,
á las alturas vuela, como al ingenio la pobreza aguza, y en su lecho durísimo desvela!
Parte Valdivia á Chile, antiguo militar, ya esclarecido,
con fé en el triunfo, ciega, al frente de un sin fin de aventureros .
y algunos caballeros,
y hasta Araucdnia llega, de América situada en los confines;
y donde se ocultaba,
en sus campos montuosos,
la raza de los indios más fuertes, varoniles y animosos
de todo ese hemisferio; y que por largos años frente hicieran al más entonces poderoso imperio. . . mas de estos hechos el hacer memoria,
aunque breve y sencilla,
no concierne á esta historia; y en octaoas, trazados por Ercilla,
con gala se refieren, cual ocular testigo y cabecilla.
Y solo agregaremos: que al concluirse esa guerra desastrosa, fué Valdivia agarrado prisionero
por unos araucanos, que con loca alegría, estrepitosa, al jefe cautivar de los cristianos, su cuerpo á un árbol, ciñen con un lazo,
v su noble cabeza
destrona de un majado /
un indio enfurecido, para probar su hercúleo brazo fuerte; y autores dicen, que antes de tal muerte, beber le hicieron oro derretido!
Fué Gonzalo Pizarro por su hermano el marqués el elegido para seguir de Quito la conquista: por su oscura niñez, en cuanto cabe,
tan solo de el se sabe: que en esa edad de hierro, fué soldado,
— 208 —
y luego en el Perú se distinguía
como jinete y lanza, por su marcial arrojo y bizarría: de gallarda presencia, genio abierto
y rasgos generosos,
su gente le quería, y era un buen guerrillero, asaz experto, muy propio para empresas peligrosas, por su movilidad perseverante, y con ardid triunfaba en las dudosas; y aunque más caballero y entusiasta, que sus otros hermanos, no tenía la astucia ni el político talento, para esta empresa, de tan magno aliento, que otro más hábil general pedía, y no dar este cargo á un favorito.
Tal era don Gonzalo, al partir animoso para Quito: con trescientos cincuenta de á caballo
y cien de infantería;
unos cuatro mil indios, y una de cerdos numerosa piara que á retaguardia en previsión seguía
y á su tropa sustenta; sale Gonzalo al comentar el año
mil quinientos cuarenta.
Las nuevas mercedes hechas por Carlos quinto á Pizarro, pusiéronle más soberbio, hasta rayar en ingrato; pues solo las reconocen los nobles seres honrados, á quienes nunca envanecen triunfos, riquezas ni lauros; porque el mérito es modesto: y hasta la corte llegaron: — los incesantes rumores de sus hechos arbitrarios, de su rigor con los indios, de sus planes insensatos, del favoritismo odioso, dispensando á sus hermanos, y la mezquina venganza con los soldados de Almagro; y que no ya del Perú creíase solo el amo, sino hasta dueño de Quito, donde mandaba á Gonzalo, ' para unirlo á sus dominios,
. también haciendo otro tanto en las más lejanas tierras de los desiertos de Arauco,
corriéndose ya el peligro ' j. que los tesoros hallados, J en las descubiertas minas, ' le hicieron más refractario. — Y estas lejanas noticias '
fueron de forma aumentando, porque la envidia y lisonja las adultera en palacio.
Y no en Pizarro podía tener confianza el monarca, como túvola en Cortés, de lealtad bien probada, para exigirle que diera sus descargos en España: conoció no era prudente el seguir la misma pauta, con hombre de baja cuna, que se eleva de la nada; y que ambicioso y soberbio á guiarse solo llegara, en los primeros momentos, por su pasión indignada, dando lugar á los bandos, hasta llegar á las armas: buscó, pues, una persona de sagacidad y calma, de honradez y de respeto, y que inspirase confianza.
Esta misión delicada dióla á principios del año quinientos cuarenta y uno á un respetable letrado de su real audiencia y corte, llamado Vaca de Castro, quien solo la orden llevaba de presentarse á Pizarro como comisario regio: —para saber el estado que en el Perú se encontraban las conquistas y trabajos, y remitirlo al monarca, así la marcha observando que en esas tierras seguía; pero si llegaba el caso que Pizarro falleciese, se hiciera cargo del mando, en virtud de credenciales de carácter reservado, de que iba también munido, para poder reclamarlo.— Y en verdad, que los sucesos.
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— 209 —
que se iban desarrollando, de esta oportuna medida la prudencia demostraron.
Embarcándose en Sevilla el doctor Vaca de Castro, fué con tiempos borrascosos atravesando el atlántico:
después cruzó por el istmo, y nuevamente embarcado en las costas del Pacífico, casi deshecho su barco por continuas tempestarles, llegar pudo como un náufrago, al puerto Buena Ventura, salvándose por milagro.
Al tirano,— que enemigos tiene pobres y humillados, cual de Chile los soldados, quienes viviendo en pobreza, aún conservan su bravura, — le conviene, con largueza socorrer y perdonar, ó á todos exterminar, si quiere tener segura en los hombros su cabera.
Pizarro á Lima al llegar, tal cosa soberbio no hizo, pues ni perdonarlos quiso, ni quiso á todos matar: dejóles pobres vagar, y que hurdiesen la asechanza, mientras él, sin desconfianza, grandes obras emprendía, sin escuchar, que rugía cercana ya la venganza!
Ya el desorden concluido, político y generoso, y no altivo y rencoroso, debió atraerse al partido del finado viejo Almagro^ que aunque estaba pobre y magro, mucho hübiérale servido, pues los jefes y oficiales eran expertos y leales, y no debían perder la riqueza y disciplina, que supieron obtener; debiólo así comprender, y seguir esta doctrina.
aumentando su poder, y no labrando su ruina!
Por capricho singular el caudillo poderoso, ó quizá, para que observen cuanto es fuerte y generoso, y en la ciudad se le estima, deja que vivan en Lima y que en ella se exacerben en rincones solitarios, Diego y demás partidarios; y era tal la gran pobreza en que casi se morían, que se cuenta: — que vivían unos doce en una pieza, como higos en petaca; y que estos doce tenían, entre todos, una capa, que turnaban cabizbajos, cuando á la calle salían, con la que altivos cubrían, en la calle, sus andrajos. —
Esto no era vanidad de pobre gente orgullosa, sino hidalga dignidad, de quien pierde en la contiende su posición y su hacienda, y conserva decorosa su bandera y lealtad, contra un pérfido tirano; aunque no mucho después quiso mostrarse el marqués con algunos más humano, y ofrecióles plata y tierra,
— 210 —
que rechazaron con furia, cual si fuese nueva injuria, jurándole siempre guerra!
del joven Diego Almagro la facción, más furiosa seguía,
cuando á escucharse comenzó el rumor: — que ya en Indias estaba un enviado del rev, que en el Perú ordenaba pronta justicia hacer.—
Entonces, decidieron salirle á recibir en procesión, sil flacura mostrándole ij andrajos;
mas de ello desistieron, mandando al oficial Montemayor.
De la corte escribieron muchos de sus amigos al marqués:
— que sin temor viviese, pues la corte sus hechos aprobaba, y solo al comisario se encargaba de esa provincia una memoria hacer.
Pizarro, jactancioso,
hizo imprudentemente tal noticia correr en la ciudad; el abatido bando exasperóse, y sin apoyo regio Juan de Rada
juzgándose impotente, procuró, entonces, abieviar su plan.
Del joven Diego en la casa, como unos veinte oficiales, probados y leales, don Juan de Rada reunió, quien su plan les comunica, el que todos aprobaron, y sus armas aprontaron para el secreto complot.
Confiado el marqués, en tanto, los rumores despreciaba, y á caballo se paseaba solo en toda la ciudad; y para que sus contrarios, no miedo en él presumiesen, no quería le siguiesen ni su guardia ni edecán.
Y si alguno le decía: — que era por demás confiado,—
«¡No tengáis por mí cuidado, — el marqués le respondía_, ; . indiferente y procaz; — 1
tenedla por esa gente, \
y dejad que tristemente, i
en su rincón muera en paz!»
Un día en la plaza amanecieron, á un palo suspendidos, tres la;jos y un cartel, en el que se leyeron los nombres conocidos de Velazquez, Picado y el marqués.
El doctor Juan Velazquez era odiado
como alcalde mayor;
igualmente Picado, pues como ni escribir ni leer sabía
su jefe superior,
todo se atribula al duro secretario, adulador.
Picado, en represalia
de ese aviso fatal,
y del audaz letrero
queriéndose vengar,
vistióse un rico traje, que de oro y de plata relucía: hizo un lindo caballo enjaezar, y púsose un bonete que decía:
—es para ios de Chile; - y por frente la casa de don Diego salió altivo á pasar y repasar; y este villano insultó á su pobreza, á los hombres de Chile irritó más.
Temiendo don Juan de Rada el morir asesinado, antes de haberse vengado, su cota-malla vistió; súpolo el marqués y quiso, queriéndose entretener, tal precaución el saber, y á Juan de Rada llamó.
No sin temor el soldado, acudió presto al llamado; y halló al marqués en su huerta, con un loco que tenía, de ancha boca y narij tuerta, y por do quier le seguía.
De la cabeza á los pies á Rada miró el marqués.
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211 -
pasándole así revista, pues con los años ya estaba bastante corto de vista, V á conocer no acertaba.
Díjole el loco, quien era el de la capa prestada, y el marqués de esta manera lo interrogó: «Juan de Rada, dicen que cota vestís y queréis asesinarme» «Señor, la verdad decís.... pero si uso cota, es tan solo para salvarme de la gente del marqués.» «Pero armas estáis reuniendo.... ¿serán para darme jaque?» «O resistir al ataque, señor, que estamos temiendo! Nos dicen todos, que usía va á don Diego á desterrar, ó en nn navio á embarcar.... del que quizá, en noche umbría, se lo trague el hondo mar! Ya nada, señor marqués, puede causarme extrañeza.... si empezó por la cabera debe acabar por los pies!
Aunque este insulto tremendo de arrojada indiscreción, por su triste situación perdonó á Rada, sonriendo, dijo Pizarro irritado: «¿Quién puede decir tal cosa? ¡Es una mentira odiosa! ¡Plegué al cielo, que el enviado venga todo á remediar!»
Calmado el diálogo un poco, al marqués preguntó Rada: «Señor, me puedo marchar?» Mas interrumpióle el loco: «De la fruta delicada, por qué, señor, no le dais?» Entonces su amo cortó seis naranjas que entregó á Rada, á quien dijo quedo: «Si algo ahora precisáis, en todo serviros puedo, que os deseo bien á vos.» «¡Nada preciso ni quiero, porque de Dios todo espero!» «Pues marchad, Rada, con Dios.»
Y este debió agradecer las naranjas muy de veras, porque eran de las primeras, que allí empezábanse á ver. 163
A pesar de que era Rada un hombre que no sufría ninguna mala pasada, y el enemigo peor, que tuvo el conquistador, éste por Rada tenía cierto afecto y simpatía, por su lealtad y valor.
Y los amigos que á Rada en la calle le aguardaron, muy contentos le abrazaron, al verle salvo salir;
pues corrióse que á la huerta
entraría; pero por la misma puerta
no saldría, si no era para morir.
Y después de esta entrevista, creyó el marqués en su daño, que eran calumnia y engaño, cuanto oíase decir.
Y todo así en la apariencia quedóse en profunda calma; y una noche que Pizarro, en la no distante casa
de don Francisco Martínez, su medio hermano, cenaba, con Velazquez y Picado, quienes jugaban las cartas, entró en ella presuroso y oculto bajo su capa el buen clérigo Benao; y aparte á Picado llama y dice: — que un conjurado, en esa misma mañana, confesándose, descúbrele el complot de Juan de Rada para matar al marqués, y que quizá se efectuara dentro de horas veinticuatro. Y que este aviso le daba, para que tomar hiciera las medidas necesarias, comunicando á Pizarro el peligro en que se hallaba. —
— 212 —
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El padre salió en seguida, lamentando su gran falta de haber violado un secreto, que la iglesia le vedara
En el acto el secretario, con voz medio entrecortada, á su señor la repite del clérigo las palabras; mas incrédulo el marqués contestóle sin tardanza: «Lo que ese clérigo quiere, por lo que dice y se afana, es que yo para él demande un obispado al monarcaU
Y Velazquez, el alcalde, queriendo echar su bravata, con tono pedante dijo: ((¡Mientras tenga yo la vara, ninguno de los de Chile osará entrar en la plaza, ni menos inquietos grupos, que ostenten sus viejas armas! ¡Con mi cabeza respondo, que no han de hacer algazara!»
La misma noche á Pizarro, en su palacio al entrar, parecióle que notaba cierta triste soledad, que su ánimo entristecía, arrugándose su faz; y cuando su paje entró á ayudarle á desnudar, también le dijo algo triste ^ con muy cariñoso afán: «Mi querido amo y señor, córrese por la ciudad, que en la misa de m.añana van á usía á asesinar, pues mañana, que es domingo, en el templo le hallarán.»
Y disgustado el marqués de estas cosas recordar, replicóle al pobre paje: ((¡Calle en malhora el rapaz, y no repita tonteras, como lo hace el sacristán, para en los claustros oscuros á los niños asustar!»
Y contentóse Pizarro,
con muy poca voluntad, \ en prevenir al alcalde: '
— que hiciera al fin encerrar á algunos de los de Chile. — para fraguarles el plan, si alguna cosa intentasen, lo que no creyó jamás. 164 !
¿Veis cómo el volcán rugiente, al anunciar su erupción, humo y lava_, en profusión, va comenzando á arrojar? Tal Juan de Rada, impaciente, al tardar tanto el enviado, estaba desesperado de sufrir y de aguantar!
Citó á casa de don Diego, donde él vivía también, á su dispuesto retén, y hablóle lleno de fuego, y con furia concentrada: ((Mis valientes compañeros, de empuñar ya los aceros, la hora llegó anhelada! Un pañuelo blanco, al viento, y en esta reja, es señal de que acudáis al momento, con la tizona y puñal. Sin causar duelo ni grima, mañana mismo tal vez de ese tirano marqués hallaráse libre Lima! ¡Aliento y segura mano, hasta llegar á la orilla — que ya se encuentra en capilla ese marqués, tan ti^-ano! ¡Adiós, pues, y la señal buscad á cada momento, que á todos nos sobra aliento, recordando al mariscal!»
La media noche sonó, y cada cual por su lado, marchándose recatado, en su rincón se ocultó.
Era el domingo veintiséis de Junio, y comenzaba el día á amanecer, cuando entró San Millán y á Rada dijo:
((¿En qué pensáis, qué hacéis? ¡De aqui dos horas van á hacernos cuartos!
Riquelme, el tesorero,
lo acaba de decir.»
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213 —
Saltó al momento Rada de la cama, > á sus otros amigos despertando ^
comiénzanse á vestir; y manda á sus ausentes compañeros al instante á llamar, colocando en la reja la anunciada señal.
Pasan las horas; pero nadie viene
á esos conspiradores á aprehender, quienes viendo su plan ya descubierto, resuelven realizarlo de una vez .
Saca Rada el pañuelo que en la reja colgó, y echándolo al bolsillo: «¡Alerta^ — dijo,— y escuchad mi voz!»
En la plaza, y de un patio precedido, del marqués el palacio se encontraba, siendo la mejor casa de esos tiempos, con bajos y altos y bastantes piezas, en el centro vestíbulo espacioso, y en su frente escalera baja y ancha; y á un lado de la plaza, Diego Almagro habitaba también pobre casucha, do reunidos se hallaban sus adeptos, prontos á dar ese domingo el golpe.
Los mejores amigos de Pizarro al palacio acudieron á decirle: — no era prudente que asistiese á misa, hasta aprehender á todos los de Chile; — y al pedido accedió, no sin trabajo, haciéndose decir:— gí¿e estaba enfermo. -
En tanto, los de Chile resolvían, si antes no fuesen á prisión llevados, atacar al marqués, cuando del templo con sus pajes saliese y edecanes; mas pasada la hora de la misa, y no habiendo el marqués á ella asistido, ya duda no les cupo, que se hallaba descubierto su plan, y comenzaron sus puestos á tomar para en seguida en su mismo palacio el atacarle, sin saber si se hallaba entre sus muros un imponente número de fuerzas. ¡Era una temeridad desesperada, cual si á un tigre atacase astuto zorro!
Dieron las doce en el reloj del templo, la hora de comer en ese entonces, en las nuevas colonias; y en la mesa
hallábase el marqués, Nusta y sus hijos,
Guzmán de Luna, noble caballero,
el temido Picado y el alcalde,
y otros que diariamente concurrían,
y Martínez de Alcántara, su hermano;
unos comían, y otros la tertulia
en tanto hacían á su ilustre jefe.
Dieron las doce en el reloj del templo y de dieciocho ó veinte hombres seguido, don Juan de Rada se lanzó á la plaza, gritando él y los suyos, arma en mano: «¡Que viva Almagro y el tirano muera!»
A esos continuos gritos, alarmantes, de espectadores se llenó el recinto; unos se vuelven á buscar sus armas, ó á encerrarse en su casa, v otros dicen: «¡Al marqués corren esos á dar muerte!» Mas fríamente replicaban otros: ((¡A quien vana matar es á Picado!»
Un charco, por acequia producido, en su carrera hallaron los de Rada; Gómez Pérez los pies por no mojarse, dio un pequeño rodeo y salvó el paso; mas notándolo Rada, el charco cruza y alterado le dice: ((¿,Con qué vamos en sangre humana á salpicarnos todos, y con agua los pies rehusáis mojaros? ¡Ea, volveos, no servís para esto!» Y arroja á un lado al cuidadoso Pérez, sin dejarlo pasar más adelante. 165
Del palacio á la puerta un pajecillo, mirando aquel tumulto se encontraba,
— 212 —
El padre salió en seguida, lamentando su gran falta de haber violado un secreto, que la iglesia le vedara
En el acto el secretario, con voz medio entrecortada, á su señor la repite del clérigo las palabras; mas incrédulo el marqués contestóle sin tardanza: «Lo que ese clérigo quiere, por lo que dice y se afana, es que yo para él demande un obispado al manar caU
Y Velazquez, el alcalde, queriendo echar su bravata, con tono pedante dijo: «¡Mientras tenga yo la vara, ninguno de los de Chile osará entrar en la plaza, ni menos inquietos grupos, que ostenten sus viejas armas! ¡Con mi cabeza respondo, que no han de hacer algazara!»
La misma noche á Pizarro, en su palacio al entrar, parecióle que notaba cierta triste soledad, que su ánimo entristecía, arrugándose su faz; y cuando su paje entró á ayudarle á desnudar, también le dijo algo triste y con muy cariñoso afán: ((Mi querido amo y señor, córrese por la ciudad, que en la misa de mañana van á usía á asesinar, pues mañana, que es domingo, en el templo le hallarán.» .
Y disgustado el marqués de estas cosas recordar, replicóle al pobre paje: ((¡Calle en malhora el rapaz, y no repita tonteras, como lo hace el sacristán, para en los claustros oscuros á los niños asustar!»
Y contentóse Pizarro,
con muy poca voluntad,
en prevenir al alcalde: ^ ; %^^
— que hiciera al fin encerrar
á algunos délos de Chile. —
para fraguarles el plan,
si alguna cosa intentasen,
lo que no creyó jamás. 164
¿Veis cómo el volcán rugiente, al anunciar su erupción, humo y lava, en profusión, va comenzando á arrojar? Tal Juan de Rada, impaciente, al tardar tanto el enviado, estaba desesperado de sufrir y de aguantar!
Citó á casa de don Diego, donde él vivía también, á su dispuesto retén, y hablóle lleno de fuego, y con furia concentrada: ((Mis valientes compañeros, de empuñar ya los aceros, la hora llegó anhelada! Un pañuelo blanco, al viento, y en esta reja, es señal de que acudáis al momento, con la tizona y puñal. Sin causar duelo ni grima, mañana mismo tal vez de ese tirano marqués hallaráse libre Lima! ¡Aliento y segura mano, hasta llegar á la orilla-... que ya se encuentra en capilla ese marqués, tan tirano! ¡Adiós, pues, y la señal buscad á cada momento, que á todos nos sobra aliento, recordando al mariscal!»
La media noche sonó, y cada cual por su lado, marchándose recatado, en su rincón se ocultó.
Era el domingo oeintiseis de Junio, y comenzaba el día á amanecer, cuando entró San Millán y á Rada dijo:
((¿En qué pensáis, qué hacéis? i ¡De aquí dos horas van á hacernos cuartos! Riquelme, el tesorero, 1 '
lo acaba de decir.» i
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Saltó al momento Rada de la cama, > á sus otros amigos despertando^
comiénzanse á vestir; y manda á sus ausentes compañeros al instante á llamar, colocando en la reja la anunciada señal.
Pasan las horas; pero nadie viene
á esos conspiradores á aprehender, quienes viendo su plan ya descubierto, resuelven realizarlo de una vez .
Saca Rada el pañuelo que en la reja colgó, y echándolo al bolsillo: «¡Alerta^ — dijo,— y escuchad mi voz!»
154:1
En la plaza, y de un patio precedido, del marqués el palacio se encontraba, siendo la mejor casa de esos tiempos, con bajos y altos y bastantes piezas, en el centro vestíbulo espacioso, y en su frente escalera baja y ancha; y á un lado de la plaza, Diego Almagro habitaba también pobre casucha, do reunidos se hallaban sus adeptos, prontos á dar ese domingo el golpe.
Los mejores amigos de Pizarro al palacio acudieron á decirle: — no era prudente que asistiese á misa, hasta aprehender á todos los de Chile; — y al pedido accedió, no sin trabajo, haciéndose decir: — que estaba enfermo. -
En tanto, los de Chile resolvían, si antes no fuesen á prisión llevados, atacar al marqués, cuando del templo con sus pajes saliese y edecanes; mas pasada la hora de la misa, y no habiendo el marqués á ella asistido, ya duda no les cupo, que se hallaba descubierto su plan, y comenzaron sus puestos á tomar para en seguida en su mismo palacio el atacarle, sin saber si se hallaba entre sus muros un imponente número de fuerzas. ;Era una temeridad desesperada, cual si á un tigre atacase astuto zorro!
Dieron las doce en el reloj del templo, la hora de comer en ese entonces, en las nuevas colonias; y en la mesa
hallábase el marqués, Nusta y sus hijos,
Guzmán de Luna, noble caballero,
el temido Picado y el alcalde,
y otros que diariamente concurrían,
y Martínez de Alcántara, su hermano;
unos comían, y otros la tertulia
en tanto hacían á su ilustre jefe.
Dieron las doce en el reloj del templo y de diesiocho ó veinte hombres seguido, don Juan de Rada se lanzó á la plaza, gritando él y los suyos, arma en mano: «¡Que viva Almagro y el tirano muera!»
A esos continuos gritos, alarmantes, de espectadores se llenó el recinto; unos se vuelven á buscar sus armas, ó á encerrarse en su casa, v otros dicen: «¡Al marqués corren esos á dar muerte!» Mas fríamente replicaban otros: «¡A quien van á matar es á Picado!»
Un charco, por acequia producido, en su carrera hallaron los de Rada; Gómez Pérez los pies por no mojarse, dio un pequeño rodeo y salvó el paso; mas notándolo Rada, el charco cruza y alterado le dice: «¿Con qué vamos en sangre humana á salpicarnos todos, y con agua los pies rehusáis mojaros? ¡Ea, volveos, no servís para esto!» Y arroja á un lado al cuidadoso Pérez, sin dejarlo pasar más adelante. 165
Del palacio á la puerta un pajecillo, mirando aquel tumulto se encontraba.
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214 —
cuando ve á los de Chile aproximarse, y ya claros percibe aquellos mueran; y entra gritando: «¡Vienen los de Chile amatar al marqués: al arma, alarma!»
A los gritos del paje y de la gente, que sigue á Rada y en el patio se entran, súbito algunos en palacio corren, buscan sus armas y á su puesto acuden, mientras otros se esconden ó se alejan.
Y sereno el marqués, al punto manda á Francisco de Chaves, en quien tiene absoluta conñanza: — que la entrada de la escalera cierre v la deñenda; — y á Huáylles Nu«ta, con los dos chicuelos, en apartada pieza oculta y guarda, y su armadura á colocarse corre, arrojando su manto color grana, mientras Velázquez trémulo y confuso, y apretando su vara, entre los dientes, de una ventana tírase á la /uierta, y entre la confusión huye y se pierde, como también despareció Picado, á quien los revoltosos luego encuentran en casa de Riquelme, el tesorero. 106
Hada y los suyos la escalera suben, y á golpes quieren derribar la puerta, dando vivas y mueras; pero fuerte aquella bien ferrada puerta antigua, hubiese largo tiempo resistido y para prepararse el necesario; si no ordenase Chaves que se abriera, creyéndolo mejor, ó intimidado por los gritos y golpes que escuchaba; t y díjoles: ((Señores, ¿qué acontece? No conmigo se entienda vuestro enojo, que siempre amigo fui....» mas no sus frases concluir pudo y á estocadas muere; y peldaños abajo fué arrojado, mientras matan también á dos sirvientes, que con Chaves halhibanse en la puerta.
«¿Y dónde está el marqués?» entran gritando, sin que la servidumbre á ello se oponga; y Martínez de Alcántara y dos pajes, que al marqués la coraza colocaban, al paso salen y la entrada impiden, y trabóse un combate entre paredes, y luchan todos con insana furia; mueren dos conjurados; mas sin vida cae Martínez de Alcántara, y los pajes, llenos de heridas, en el suelo quedan.
No pudiendo apretarse, en tal instante de su fuerte coraza las correas, y el choque de las armas percibiendo, de sí Pizarro arrójala, impaciente; cubre su brazo de ligera capa, su espada empuña y sígnenle don Gómez y dos, que bien le quieren buenos pajes, sables empuñan que en el cuarto habían, y á la antigua pieza se dirigen, en cuyo umbral con los de Rada se hallan.
Allí vese de pie al guerrero insigne, que en los sesenta y cinco años frisaba, tras largo tiempo de dejar su acero, no con menos coraje al empuñarlo: allí de pie se encuentran: fuego lanzan sus penetrantes ojos: mira en torno y á Alcántara y á los otros ve en el suelo; y pegando en el suelo una patada, y sin contar á sus contrarios muchos, cual león, en su cueva sorprendido, reparte en derredor golpes mortales, ronco de ira gritando: ((¿Osáis, traidores, en mi propio palacio el atacarme?»
Y dos de los primeros, que consiguen penetrar por la puerta, caen postrados, á dos tremendos golpes de su espada, cual deja el segador en torno suyo, caídas mieses al tender su brazo;
y sorprendidos de grandeza tanta, y aún respeto sintiendo por su ex- jefe, ú ora admirando su heroísmo antiguo, un instante dudosos retroceden, en la puerta esperándole apiñados. Pero al ver Juan de Rada que vacilan, grita tonante: «iMuera este tirano!» pues Rada quiere dirigir su gente; y que abriendo camino, el paso libre al penetrar le dejen, para él solo, frente á Pizarro, sin estorbos verse.
Y en esa estrecha puerta se renueva con más rencor el postrimer ataque, pugnando todos por ganar la entrada: caen y uno y otro paje, los primeros, y don Gómez de Luna, acribillado, rueda también sobre su propia sangre, y así la entrada despejada queda,
tan solo por Pizarro sostenida.
a^Mas qué tardanza es estaf» grita Rada^
que no había en la pieza penetrado;
y los suyos anímaiise á este grito,
y Narvaez al marqués súbito ataca.
— 215 -
y Rada, entonces, á Narvaez empuja,
en quien hunde el marqués todo su acero;
y Rada, con el suyo, la garganta
del marqués atraviesa, y luego todos
en el cuerpo le clavan sus espadas;
y titubea, en la pared se apoya,
y cayendo en el acto moribundo:
«i Jesús!» exclama, y en su propia sangre,
con su Índice una cruz traza en el suelo,
y espirando la besa: en tal instante,
con un porrón, que hallábase en un lado,
pégale Borregán en la cabeza
horrible golpe que le deja muerto.
Saca Rada el pañuelo, que sirviera
de señal en la reja; y en la. sangre
lo empapa del marqués, y se lo guarda.
Después de esta catástrofe, quisieron algunos conjurados, que el cadáver se arrastrase en la plaza y se pusiera en una horca, cual se puso á Almagro; pero el hidalgo Rada á ello se opuso; y á ruegos del obispo y la india Nusta, les fué entregado el cuerpo de Pizarro!
Las tizonas blandiendo ensangrentadas, salen los conjurados á la calle, y uniéndoseles todo su partido, corren gritando: «¡Ya el tirano es muerto! ¡Ya las leyes están restablecidas! ¡Viva el rey! ¡Viva Almagro, su segundo!»
Y de trescientos hombres, bien armados, ya Rada á la cabeza, toman preso á algunos cabecillas y á Picado, cuya casa al pillaje fué entregada, así como el palacio, en donde habían en oro y plata más de cien mil pesos.
Los vecinos y adictos á Pizarro supusieron llegado el cruento día de la horrible venganza y los horrores; y reunidos los padres mercenarios, en suplicante procesión salieron, llevando al sacramento por la plaza, y á Dios pidiendo paz para su pueblo; empero Rada no hizo daño á nadie, ni dejó cometer exceso alguno: solo mandó á su gente apoderarse de los caballos y armas; é intimóse á aquel ayuntamiento:— gí/e de Almagro el derecho adquirido respetase; — así lo hicieron varios concejales, y aquellos, que rehusáronle su voto,
por otros partidarios del triunfante fueron, sin más, al punto reemplazados; y al son de los clarines y atambores, y montando á caballo el joven Diego, y del pueblo seguido por las calles, capitán general fué proclamado.
En tanto, de Pizarro un fiel amigo, la pobre india, afligida, y unos negros, el cuerpo en blanca sábana ocultaron; y de la noche en el silencio triste, temiendo aún les fuese arrebatado, á la iglesia condúcenlo en sigilo; y mientras unos preces dirigían por su alma á Dios y entre cerradas puertas, á la pálida luz de los blandones, otros cavaban en rincón oscuro, humilde huesa donde fué enterrado, sin querer colocar señal alguna, para que no el sacarle se intentase por los más vengativos y furiosos.
De su pueblo murió sin ser sentido, porque no hubo persona que dijera: ((¡Dios te perdone!)) al escuchar su muerte. 167
Así fué el pobre, miserable entierro del que horas antes al Perú mandaba con poder absoluto, y semejante al que ejerciera el Inca venerado!
En su palacio y á la luz del día, casi de todos olvidado y solo, que defenderse tuvo con su espada, de hombres leales y de amigos viejos, que hiciéronle implacables enemigos su poco tino y su conducta acerba.
Cuando ser pudo padre de su pueblo, cual Washington, llorado y bendecido, y el feliz redentor de aquellos indios, perdióle su ambición, se hizo tirano.... cual tirano era justo que mu riese!! f
De su época pasados los rencores, con el tiempo sus faltas olvidadas y tranquilo el país, y recordando del gran conquistador solo las glorias, con regia pompa recibió sus restos la nueva catedral de Lima hermosa, de terciopelo en guarnecida caja, con pasamanos y ribetes de oro, y cual digno homenaje, puestos fueron de los del buen virey Mendoza al lado;
216 —
y su retrato con espada y capa es el primero que en la sala existe del antiguo palacio de vireyes.
Era de alta estatura y bien formado, de aire marcial y de agradable aspecto, y aunque educado en campos y cuarteles;, mostrábase galante y de buen trato; no gustaba del lujo aparentoso, era modesto en el vestir y limpio, y en comer y beber sobrio en extremo; levantábase al alba, é infatigable fué en sus planes, asuntos y atenciones; y aunque avaro, gastaba sus tesoros en bien público, en obras y adelantos; el jugar era su mejor descanso, no pudiendo jamás estar ocioso, ni á otro intelectual goce entregarse, desde que n¿ escribir ni leer sabía: aunque osado y enérgico en sus planes, solía antes con calma meditarlos, y en el primer momento vacilaba, hasta haberse resuelto en sus empresas.
No el personal valor, común en todos de esos aventureros denodados, fué su timbre mayor, sino ese ñrme y gran valor moral, perseverante, que indomable, aunque todos le abandonen, más se duplica, crece y más se espande, cuando va más obstáculos hallando, como en la isla del Gallo demostrólo, con unos de los rasgos más sublimes, qne eterniza la historia en letras de oro!
Cruel en la matanza de peruanos, pérfido con Almagro y Atahualpa,
ingrato muchas veces con sus jefes, i encumbrando tan solo á sus hermanos, y quizá de otras glorias envidioso; • pero tal vez sin el temor, que impuso á esos humildes indios, no lograse tan pronto hundir y sojuzgar el reino, que militarizado se encontraba: consiguió demolerlo, extirpar pudo aquella superstición é idolatría; mas torpe, destruyó los monumentos, que ese paciente imperio levantara, y no supo por otros sustituirlos; y allí, do respetóse antes lo ageno, la esclavitud entronizó y el robo; y ese por viejas leyes sancionado incesto de los Incas, reemplazóse por la más criminal, torpe lujuria, sin religiosas respetar ni niñas; y la insignia de Cristo redentora convirtióse en tormentos y cadenas!
Su ambición y egoísmo le perdieron; y cual sol, que entre nubes va á su ocaso, así bajó á su tumba solitaria; mas después con los años se destaca ornado de laureles, de ese cuadro de tela colosal y rojas tintas, esa earégia figura de Pizarro, irradiando su luz en toda España, á quien dio, cual ninguno desús hijos, el imperio más rico de Occidente, y más oro, que en toda Europa había!!!
Personificó a su época: y su espada lábaro fué de papas y de reyes.... ¡Hoy héroes solo son los que del pueblo los derechos sostienen con su sangre!!!
154=1
Los soldados, que á Quito don Gonzalo Pizarro dirigía, marcharon felizmente hasta los Andes, con nuevas esperanzas de alegría
y de hallazgos más grandes, que los de ese Perú, ricos veneros; pero en seguida viéronse encerrados
en los desfiladeros
de esas interminables cordilleras;
y los vientos helados, por cientos á los indios, en senderos
y afiladas laderas,
dejaban sepultados: y los mismos trabajos y penurias sufrió esta expedición en las montañas, que aquella tan fatal, que hizo Alvarado;
217 —
y hasta un estruendoso terremoto destruyó de una aldea las cabanas, dejando en torno todo desolado! 168
Al bajar á los valles orientales, el clima se alteró súbitamente;
y á los fríos glaciales, sustituyóse el sofocante ambiente por el simoun y ardientes arenales
de centros africanos;
y lluvias torrenciales cubrieron como mar, todos los llanos; y en seis semanas, sin cesar lloviendo,
hasta las altas lomas fueron en ese mar despareciendo,
y el agua en las cañadas
como arroyos corriendo.
Con las ropas deshechas, escuálidos, hambrientos y postrados^, las aguas y calores resistiendo,
en cabanas estrechas
ó toldos destrozados, largo tiempo esperaron que las aguas
los campos despejasen,
y sendas y caminos
practicables dejasen; y al fin, entre pantanos y arroyuelos, la marcha continuaron, y llegóse al país virginal de los canelos,
ó laurel cinamomo, que en dilatados bosques se extendían, y esa nueva riqueza, como el oro, á sus descubridores ofrecían. ¿Mas cómo esa corteza tan preciada, al viejo mundo conducir podrían,
cuando allí de miseria errantes v extenuados se morían?
Ese descubrimiento era el fijado límite á su viaje; pero allí les dijeron unos indios: —que no lejos hallábase un paraje, en medio de naciones populosas,
do el oro recogían como si fuesen piedras arenosas. —
Esta noticia reanimó el coraje de esos hombres titanes, de tremebundos planes;
y sin ropas, auxilios ni bagaje, se fueron internando
en sábanas verdosas, sin confines á espesísimos montes,
que solo presentaban oscuros y lejanos horizontes.
Y tan enormes árboles hallaron, que apenas uno, dieciseis personas, con extendidos brazos abarcaron; y en sus pomposas ramas se prendían, figurando festones y coronas, enredaderas de variadas flores, que interminables redes parecían, de múltiples colores. 169
A cada instante, con el hacha en mano, entre el bosque obligados se veían á abrirse algún sendero, dejando en los zarzales sus carnes y sus ropas ya podridas, por las pasadas lluvias torrenciales.
De las cabras y cerdos que llevaban, los que no consumieron, en las sierras y bosques se escaparon, y hasta los perros que matar tuvieron;
por último, comían la coca, que llevaban los peruanos, y los silvestres frutos, que cogían.
Así extenuados de fatiga y hambre, por báculo llevando sus tizonas, llegar pudieron al extenso Ñapo, que á confundirse va en el Amazonas.
Si la ciudad del oro no encontraron,
que empeiiosos buscaron
y aún hallar se creía,
un río descubrieron,
que en el antiguo mundo por uno de sus grandes pasaría:
por su margen siguieron,
y á poco ir adelante, á escucharse un ruido comenzóse, á un subterráneo trueno semejante, que por treinta kilómetros oyóse, antes de contemplar la catarata,
magnífica, espumante, en raudales lanzándose de plata!. 170
En medio de esta soledad umbría,
tan salvaje é imponente, todo en derredor se estremecía, ^
al escucharse al mugidor torrente, que en su lecho limpísimo de piedra^ por siglos mil corría eternamente,
seíior y soberano.
-g-r.n»--^; ■
— 218 ~
como el día primero que saliera
de la creadora mano, y en átomo del mundo convirtiera!
Ni un indio allí, ni choza ni canoa en la arenosa margen se veía, sino al aligador y enorme boa^
tendidos, perezosos^
en sus calientes lechos: y este solemne cuadro contemplaron
tranquilos, satisfechos, aquellos invasores tan famosos,
por sus gigantes hechos!
No distante del cauce dr^l torrente, sus lados corto espacio se estrechaban con divididas piedras en su centro,
que pilares formaban, como si de natura un accidente
esas moles rompiera, para que el agua, por profunda sima,
susurrante corriera; y por allí, con troncos y sus ramas,
un puente improvisaron,
y cual ligeros llamas, á la margen opuesta se pasaron,
en busca de alimento; y el pasar un soldado por el puente, hacia abajo detúvose mirando,
sin duda hacer crevendo
un acto de heroísmo; mas de la altura el vértigo sintiendo, rodando fué en las olas del abismo.
Y nada aventajaron de margen al pasar: igual pobreza
de asilo y alimentos: por do quiera zarzales y maleza, é impenetrables bosques corpulentos; y las escasas tribus, que encontraban,
con salvaje fiereza la tierra palmo á palmo disputaban; y hasta la misma tierra^ clima y cielo parecía arrojarlos de aquel suelo;
pero á saber llegaron, que el emporio del oro, que buscaban^ por la margen siguiendo de ese río,
hallábase cercano; y como era cuestión de muerte ó vida el siquiera encontrar una guarida, hizo el postrer esfuerzo el castellano;
pero más se alejaba
la tierra prometida, cuanto más asolado se internaba
en el mundo desierto, \
donde de angustias iba cada día, quedando alguno muerto!
Resolvió al fin don Gonzalo, anhelando poner término á aquella marcha insufrible, construir un barco ligero, do poder llevar las armas y á los postrados y enfermos.
De los árboles cercanos pronto maderas tuvieron; y los clavos y herraduras de los caballos ya muertos, como herraje aprovecharon y el roto armamento viejo; los andrajosos vestidos en estopa convirtieron; y de la resina y goma la brea fueron haciendo: y hallándose todo pronto, dio don Gonzalo el ejemplo de comenzar el trabajo; v á los dos meses, teniendo un holgado y tosco buque, el camino prosiguieron.
De este buque dióse el mando al intrépido y experto don Francisco de Orellana; pero llegado el momento de postración general y de estar los más enfermos, pues los obligaba el hambre á buscar como alimento las correas y los cueros y todas las sabandijas ocultas en el desierto, resolvió al fin don Gonzalo asentar su campamento en desparramadas chozas, que encontraron sin sus dueños; V con cincuenta soldados, Orellana partió presto en el tosco buque, en busca del muy urgente alimento.
Como disparada flecha desprendióse el barquichuelo por la corriente del río. de todos con gran contento, pero dias y semanas iban lentas trascurriendo,
219 —
y no regresaba el buque,
y seguía el desconsuelo
de esos hombres consumidos,
que iban de angustias muriendo.
Mandó, entonces, don Gonzalo algunos destacamentos, que la demora inquiriesen del esperado regreso; mas todos luego volvían esta nueva repitiendo: — que Orellana y su bajel, ó habían subido al cielo con los cincuenta soldados, ó pasto sin duda fueron de los peces de ese río, cada vez más turbulento; pues no había huella alguna en río, margen ni estero, de haber por allí pasado sus dichosos compañeros. —
¿Qué hacer les restaba entonces? Un esfuerzo hacer supremo, y cual dignos españoles, todo supieron hacerlo; y noblemente impulsados por un solo pensamiento, aún mil y tantos kilómetros, en dos meses anduvieron. ¡Prodigios son del espíritu, cuando al hombre inspira el genio; y en tan sublimes trabajos la fiebre alimenta al cuerpo!
Del Ñapo y del Amazonas á la confluencia llegaron, y no sin asombro vieron ese expléndido espectáculo.... ese río, que atraviese todo el mundo americano, y que otros son á millares sus humildes tributarios.
Vieron de un bosquo salir, por el sol, negro y tostado, del todo á un hombre desnudo, sin llevar plumas ni el arco, como todos los salvajes, que en su camino encontraron; y este hombre hacia ellos corriendo, elevó sus secos brazos, exclamando: «Compañeros, sea Dios siempre alabado!»
Y este era Sánchez de Vargas, de ilustre hnaje claro, que fué en medio del desierto por Orellana espulsado, tan solo por el delito de encontrarle:— que á Gonzalo, sin volverse á dar auxilio, dejase así abandonado y siguiese el Amazonas, buscando su fin lejano, y faltando á los deberes del amigo y del soldado.—
1541 y 154S
Refirió Sánchez de Vargas á sus pobres compatriotas, de su vida en esos bosques la muy lamentable historia; y respecto de Orellana, expresóse en esta forma: — que tal era la corriente de aquellas ligeras olas, que á los tres días se hallaron en el gran río Amazonas, mientras donde Gonzalo empleara
hasta llegar á esa loma, dos largos meses de marcha, sin dar descanso á su tropa: , que en este punto Orellana, solo halló desiertas chozas, y únicamente pescado comíase á todas horas; pero aunque hallado se hubiesen algunas comibles cosas, hubiera sido imposible, contra la corriente undosa.
— 220 -
hacer detener el buque; y empresa más ilusoria querer llevarlas á pie, por tan exhaustas personas: que en situación tan extrema, como idea luminosa, propúsoles Orellana el seguir el Amazonas hasta hallar su embocadura, quizá de allí no remota, en el atlántico océano, y á las playas españolas seguir y pedir en premio esa conquista gloriosa: que fué aceptada por todos idea tan salvadora, como postrera esperanza; y que él solo rechazóla, manifestando á Orellana, que á don Gonzalo y su tropa dejar así abandonados, creía acción alevosa, y pretería el quedarse y morir alU con honra; y que entonces Orellana, del buque á tierra le arroja, y entusiasmados siguieron por el gran río Amazonas. —
Así el buen Sánchez de Vargas refirió su triste historia á esa gente, que creía llegada su última hora, al mirarse abandonada, sin tener una canoa ni el necesario alimento para una jornada corta, y á tan inmensa distancia de cualquier aldea ó costa.
Y aquí haré una digresión, para seguir á Orellana en su viaje prodigioso, hasta las costas de España.
Esa su mísera nave, no pocas veces se hallara expuestas entre las corrientes á hundirse despedazada; otras veces la seguían, en millares de piraguas; guerreras tribus salvajes, por una larga distancia; y creyendo ver entre ellas
á indias también armadas,
persiguiendo á su bajel,
puso á ese río Orellana,
río de las Amazonas^
sin que después se aclarara
si las hubo en esas tribus,
con arco y flecha en la espalda,
ó solo la fantasía
de aquella gente exaltada
creyó verlas en las márgenes
ó en las ligeras piraguas.
Después de grandes peligros y constante lucha diaria, llegaron hasta el océano y la isla de Cubagua, donde el preciso descanso á su gente dio Orellana.
Pusieron después un mástil á aquella pequeña barca, y con pedazos de toldos y algunas mantas indianas, hicieron un par de velas, y el lastre fueron sus armas, y de pobres comestibles una provisión escasa; y en dos compuestos barriles, y en indianas calabazas y algunos cubos, que hicieron, depositaron el agua.
Y animados siempre todos del mismo aliento y audacia al océano se lanzaron, en alas de su esperanza, sin brújula ni piloto, y en la misma tosca barca, en que otra más cauta gente, ni un rio tal vez cruzara!
Dice el refrán, que la suerte al audaz salva en sus alas, y fué una gran maravilla, que así llegasen á España.
Habrá hechos temerarios en las historias y fábulas; pero más que éste ninguno, como portentosa hazaña, narrar podría la mente más fecunda ó más insana!
Un viaje tan prodigioso
221 —
pareció al principio un cuento, •
hasta que el mismo Orellana,
de sus fatigas repuesto,
presentóse á su monarca
V narróle los sucesos:
— desde que siguió á Gonzalo,
hasta hallar el patrio suelo:
exageró la grandeza
de esos ignotos desiertos,
y díjole, que el Dorado
hallábase en aquel centro,
según exactas noticias;
y que había descubierto
el primer río del mundo;
y á las que describe el griego,
varoniles amazonas,
que á los númidas vencieron.—
Y Orellana terminó á su monarca pidiendo, como cosa merecida: — á esas tierras los derechos, y para hacer la conquista, los precisos elementos. —
La audacia de este soldado, que hallaba tan fácil todo, y con sus hechos recientes se anunciaba capaz de otros, que al orbe entero causaran muy justa envidia y asombro, el noble orgullo halagó del monarca poderoso, quien dióle quinientos hombreSy y dos bajeles, que pronto se lanzaron al atlántico con su lábaro glorioso; pero la muerte traidora, con su negro ceño torvo, sorprendió á aquel hombre insigne, en medio el mar espumoso; y con su muerte perdió el altivo hispano trono, parte de los bellos campos, que baña el río famoso; pues luego los portugueses los fueron haciendo propios.
Mas á la confluencia ahora, de los dos ríos volvamos, do con su mísera gente hallábase don Gonzalo.
El dilema era terrible,
y acaso desesperado,
para esos alli perdidos
y agobiados castellanos:
ya no podían marchar,
ni dar adelante un paso,
aunque hubiérase sabido,
que el fantástico Dorado
se encontraba á una jornada,
con sus riquezas brindando;
y Quito de allí distaba
por desiertos y bailados
como unos dos mil kilómetros,
V era otro año necesario
de fatigas y tormentos,
para desandar lo andado,
y atentábales la idea
de sufrir nuevos trabajos.
¡Peregrinación horrenda para esos hombres escuálidos! Mas don Gonzalo era el hombre para esos tremendos casos, y de esta manera habló á sus míseros soldados:
«Aquí, compañeros, creías hallar la nave, que hicisteis con próvido afán, pensando poderos en ella salvar!
Mas un mal amigo ... indigno español, buscando salvarse, nos hizo traición, y aquí abandonados, ya veis, nos dejó!
¿Qué entonces, decidme nos resta que hacerf ¿Dejar que las tribus nos saquen la piel, y vengan las fieras el hueso á roérf
¿Y aquí cual cobardes, dejarnos morir, sin que el mundo sepa, que hijos del Cid lograron heroicos llegar hasta aquíf
¡No puedo tal cosa
■ <. v -íi^'.r'í'í*^'»- t''
— 222 —
por Dios suponer! Si aquí hemos llegado, sabremos también de donde salimos, llegar á volver!
Y mas hacia el Norte voy yo á regresar, porque mas recursos supongo que habrá.... cambiando camino, de suerte es cambiar!
Partamos, amigos, mi huella seguid, que á Quito ya veo.... ¡Morir, por morir, mejor es volvernos, oh hijos del Cid!»
Escucharon con ansia los soldados estas palabras de entusiasmo y fe, y sintieron de nuevo la esperanza
en su alma renacer;
y comprendiendo todos, que era el plan que Gonzalo proponía
su única salvación, aceptáronlo todos con orgullo, y el regreso á emprenderse comenzó,
haciendo alarde todos i
de ese su antiguo castellano honor!
El hábil jefe entonces, su energía^ su genio y voluntad supo á esos hombres débiles, postrados, como ángel protector comunicar:
las míseras racionas á todos repartía por igual: era el primero en todos los trabajos, y el último también en descansar;
y él era el enfermero
y amigo servicial,
y tan fiel compañero
como buen capitán.
Precisas fueran páginas inmensas, para poder apenas describir aquella vía crticis de martirios, que sublimes supieron resistir; mas para dar una ligera idea,
bastárame decir: que empleóse más de un año en el regreso, y dos terceras partes de los indios
llegaron á morir;
que perecieron todos los caballos,
y que solo llegáronse á salvar i
ochenta veteranos, de aquellos cuatrocientos y cincuenta^ con que Lima á Gonzalo vio marchar!!!
En pieles envueltos, de heridas cubiertos, sin pelo ni voz.... desnudos los otros y mancos y cojos, con tosco bastón; y todos quemados por los ígneos rayos del sol tropical, cual mudos espectros, se ven del desierto á Quito llegar!
Del mes de Junio á fines, sorprendidos los no muchos cristianos habitantes,
que en Quito residían, vieron de don Gonzalo á los soldados, que como espectros pálidos volvían,
ó pobres mendicantes!
Salieron á su encuentro los cristianos, con sus hijos, mujeres y alimentos; y al escuchar la uarracióu horrenda
de sus padecimientos, sus lágrimas mezclaron, tristemente,
á aquellas, que vertía de don Gonzalo la salvada gente,
creyéndose dichosa!
Penetraron después todos al templo á dar gracias al Dios omnipotente, por esa salvación tan milagrosa!
Varios de esos postrados veteranos, consiguieron al ñn restablecerse; mas de crónicos males otros libres, jamás pudieron verse.
Y de orgullo fué luego el mayor timbre para aquellas personas, poder decir el resto de sus días:
«¡Yo soy de los que fueron hasta el río Amazonas!»
¡Tal fué la expedición de don Gonzalo, que al par que desastrosa,
para la historia de Castilla fué
una brillante página gloriosa.... un inmortal laurel! 171
— 223 —
1541 Y 154S
Con la muerte del marqués, llegando todo á cambiar, quedó en Lima Juan de Rada, como el jefe más capaz, siendo director de Diego, y su experto general; y fué su primer medida comisionados enviar á los puntos importantes, *•
á restablecer la paz, y al joven don Diego Almagro gobernador proclamar. A Trujillo y Arequipa mandó fuerzas además, y sometidos quedaron sin mucha dificultad.
En el Cuzco residía una fracción principal de Almagro adicta á la causa, desde mucho tiempo atrás; y ésta hizo á sus contrarios en el acto renunciar, ocupando sus empleos, como cosa natural; mas los así despojados del mando de la ciudad, enviaron secretamente á Alvarez Hólguin llamar, quien con sus fuerzas entrando, redujo á la capital, y volvió á sus partidarios los mismos puestos á dar.
Hacia el Norte se encontraba don Alonso de Alvarado con unos doscientos hombres; y como jefe contrario al partido vencedor, escribió á Vaca de Castro, exponiéndole oficioso: — del Perú el crítico estado, y rogándole que fuera á recibirse del mando.—
En Popayán aún estaba de Carlos quinto el enviado, cuando supo, sorprendido, el triste fin de Pizarro: perplejo estuvo un momento al verse en país extraño, sin ninguna fuerza armada, y por completo ignorando, si eran pocos ó eran muchos los que seguían á Almagro; en tal situación, entonces, algunos le aconsejaron el que fuese á Panamá, como el más prudente paso, y allí esperar y reunir los recursos necesarios, para poder imponerse á la arrogancia de Almagro, si este acaso pretendiera seguir conservando el mando; mas no escuchó estos consejos el hábil Vaca de Castro, que en la lealtad confiaba de los buenos castellanos, y en la autoridad moral, que tendrían sus mandatos; hasta Quito dirigióse, do el segando de Gonzalo, — pues éste en su expedición aún hallábase empeñado,— prestóle su acatamiento, al conocer su alto cargo.
Le aconsejó Benalcázar: — que no como de Pizarro el sucesor se anunciase, sino como juez v enviado para hacer solo justicia; pues se haría así simpático entre aquellas dos fracciones, que disputábanse el mando, creyendo tener razón, y todos los agraviados prestaríanle su apoyo; —
— 224
mas no era Vaca de Castro
hombre de guiarse por otro
á un partido vinculado,
cuando ya formado un plan
trataba de realizarlo,
según su ciencia y conciencia:
V elioriendo ciudadanos
de honradez y de prestigio^
los mandó como emisarios
á las primeras ciudades,
la sumisión reclamando,
como enviado del monarca;
y hacia el sud siguió en el acto,
cuando recibió la carta
de don Alonso Alvarado.
En el amor y el respeto confiaba Vaca de Castro, que á los monarcas tenían todos sus fieles vasallos, aunque anormales sucesos tuviéranles alterados.
En tanto que en el Norte así Vaca de Castro procedía, representando á la preclara corte, se iba robusteciendo cada día
de don Diego el poder.
Y cual hidalgo, que el favor no olvida, de Juan de Rada la primer medida,
agradecido fué, á sus fieles amigos indigentes, con generosa mano socorrer: preparó provisiones y caballos para la pronta, decisiva lucha,
que iba á comenzar,
y los primeros fondos comenzó diligente á recaudar.
De su prisión sacaron á Picado, que olvidado yacía, y siendo interrogado: — do se hallaban los quintos del monarca, - contestó: — no sabía; — fué puesto en el tormento, mas cerrados sus labios, no quiso ó supo dar noticia alguna; y sus jueces entonces, que tenían antiguas cuentas que pedir de agravios,
durante su pobreza, en seguida mandaron:— le cortasen en la plaza de Lima la cabeza.
El obispo Valverde, disminuyendo su severo ceño, por Picado pidió con insistencia;
mas vano fué su empeño, y cumplióse en seguida la sentencia.
Y solo al juez Velázquez y al obispo, y á uno que otro, llevando su fortuna, el embarcarse en Lima permitieron;
pero en la isla de Puna, asesinados por los indios fueron.
De la inquisitorial rígida escuela de jesuitismo, que concede el cielo al que hereges estirpa y mata infieles, era Valverde, ex-fraile dominico,
que á su nativo suelo
volvíase muy rico.... quizá á solicitar algún capelo; pero él, que las matanzas de los indios,
contento autorizó, en esa misma tierra, y de ellos luego
el condigno castigo recibió!
Ya tenía Almagro prontas sus bien decididas fuerzas para salir al encuentro de los jefes, que quisieran oponerse á su gobierno, cuando recibió la nueva: —que Hólguin con trescientos hombres, concitando á la revuelta, salido del Cuzco había hacia el Norte con presteza, á incorporarse á Alvarado, para hacerle resiscencia.—
Determinó, pues. Almagro impedir que se juntasen, porque era más fácil cosa el batirlos en detalle, que no dejar que esas tropas un solo grupo formasen; y después de derrotarlas al enviado presentarse, procurando algún arreglo, que con honor, los salvase; porque solo ellos quisieron de su tirano vengarse; pero jamás contra el rey hacer armas dr-!sleales.
Con buen número de tropas,
— 225 —
emprendió Almagro su marcha, y de Alvarado ya cerca , á presentarle iba en Jauja la batalla ineludible, cuando tuvo la desgracia de perder, ea pocos d¿as, al general Juan de Rada, quien, tanto por los trabajos de las miserias pasadas, cuanto por ser ya de edad, falleció, cuando más falta al joven Almagro hacía, al emprender su campaña.
Fué Rada de noble extirpe, y desde joven las armas tomó como profesión, llegando por sus hazañas á adquirir los altos grados de su bien sentada fama; y sentida fué la muerte de este hidalgo de Navarra.
Antes Rada de espirar, y con su razón completa, hizo traer su maleta, y al joven Diego llamar.
Los dos pañuelos sacó, que ensangretados tenía, y en un brasero, que ardía, uno de ellos arrojó.
«Oye, Diego, — dijo Rada. — el pañuelo que he quemado, en sangre estaba empapado de víctima... ya vengada!
En este otro recogí la sangre, que con mi mano hice correr del tirano, que inerte á mis plantas vi!
Tómalo, y él te dé fe para llegar á triunfar.... después lo puedes quemar, como yo el otro quemé.
¡Yo ya á tu padre he vengado..., puro conserva su nombre. y como él serás un hombre leal, valiente y honrado!»
Púsose pálido Diego,
y el pañuelo recibió; ^
la mano á Rada besó, y una lágrima de fuego por sus mejillas corrió.
«¡Oh Rada, cuanto os admiro!» Diego exclamó^ sollozando; y Rada á Diego mirando.... lanzó el último suspiro!
Irreparable esta muerte fué para el joven Almagro: perdió á su buen director, de su empresa el mejor brazo, y quizá esta fué la causa de su triste fin cercano; pues Cristóbal de Sotelo y García de Alvarado, cuando murió el bravo Rada, disputáronse el mando ambos, creyéndose con pericia para poder reemplazarlo. Esta excisión impidió que á Jauja llegara Almagro, y antes que él hubiese el valle sin estorbo Hólguin pasado.
Y aún cuando Almagro siguióle á retaguardia, dejando su arí^illería y bagajes y alcanzando á rezagados, consiguió Hólguin el reunirse con las fuerzas de Alvarado, cerca del puerto de Huáura, donde asentaron su campo.
Quedando de esta manera el plan de Almagro frustrado, resolvió marchar al Cuzco para otra vez sojuzgarlo, y después salir de nuevo á buscar á su adversario.
Sotelo fué á la vanguardia, y no en el Cuzco encontró, al reponer á los suyos, quien le hiciera oposición; y tras él, con sus legiones, Almagro también entró.
De Sotelo y Alvarado, con envidia allí mavor, renováronse los celos, sin ver que la desunión
226 —
en tan críticos momentos,
era la funesta voz,
que iba á anunciar sus derrotas
y segura perdición;
mas tal era ya la pugna,
y de uno y otro el rencor,
que un día entróse Alvarado
de Sotelo en la mansión,
y en su propio cuarto y solo,
á traición le asesinú.
Este hecho cobarde y bárbaro causó gran indignación; mas viéndose Almagro débil ante el audaz agresor, tai injuria y desacato con rabia disimuló, V con ciertas distinciones quiso atraerle á su favor; mas precavido Alvarado, no ya de Almagro se fió, y para evitar su daño urdió una cons/)¿rac¿ón, revelada por un cabo, que á Alvarado fué traidor.
Entonces, Almagro ya, por propia conservación, del su rebelado jefe el mismo ejemplo siguió; y penetrando en la casa del jefe conspirador, con unos cuantos amigos, llamóle con fuerte voz, y arrojado y sable en mano^ muerto también le dejó.
Las mejores consecuencias tuvo este hecho irregular, y los sediciosos planes disipáronse sin más, aplaudiendo los soldados á su nuevo general, que apenas veintidós años iba gallardo á contar,
y este acto de intrepidez í . le dio popularidad; í
porque el valor y virtud tienen un mérito tal, que se admiran y respetan en toda la humanidad!
Y sin tener en su ejército ningún temible rival,
sino buenos oficiales,
que secundasen su plan,
preparóse cauteloso,
en la gran campaña á entrar.
Por el griego Pedro Candía, que el lector recordará, fué uno de los primeros esas costas en pisar, .hizo construir armamento de excelente calidad, cañones, yelmos, corazas, cual pudiéranse sacar de las fábricas mejores, que existían en Milán.
Y como cerca del Cuzco descubrióse un mineral, mejor que el oro y la plata, azufre, en gran cantidad,
hizo el griego también pólvora, para guardar y prestar.
Y el inca, que de Pizarro odiaba el nombre fatal,
y también á su partido,
comenzó á Almagro á mandar
todas las armas, que obtuvo
en su defensa tenaz;
pues impaciente aguardaba,
que él lo llegase á vengar;
porque nunca el viejo Almagro
hizo ninguna crueldad;
y á auxiliarle con sus indios
comprometióse además.
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LXVÍI
154S
Benalcázar, el jefo distinguido,
— y que el primero fuera, . que en Quito se adhiriera del monarca al enviado,— facilitó ¿a fuga á un compañero, de Pizarro en la muerte, complicado,
y que allí residiera; Vaca de Castro súpolo, y severo
sin oirle, ordenóle: —de Popayán se fuese á su distrito; — y con este acto queda demostrado el carácter enérgico de Vaca,
quien saliendo de Quito, pasó por San Miguel, donde acatóse lo mismo que en Trujillo, su persona, como al representante que enviaba la corona, para ser de Pizarro el reemplazante.
Marchó después á Huáura, buscando el campamento de Hólguin y Alvarado; mas cada cual tenía el suyo no distante y separado, pues cada cual el mando pretendía, por mejores servicios distinguidos; y los dos adularon al enviado, para ser en el mando preferidos de la campal jornada, por creerle puramente hombre solo de letras, no de espada.
Pero Vaca de Castro escucharles fingía complaciente; y aplacar consiguió á los dos rivales,
que sus fuerzas uniesen; y atraerse logró á los oficiales, y como jefe, al fin, le obedeciesen; pues precavido y rígido juzgaba: — que esa su autoridad disminuiría, si á otro el mando de las fuerzas daba, cuando muy bien mandarlas él podía á voluntad, siguiendo los consejos
de los hombres leales,
de adictos jefes viejos,
y de tantos expertos oficiales, según los supusiera de acertados. —
De este modo atraíase la estima de oficiales y buenos ciudadanos: hizo salir las fuerzas para Jauja, y con escasa guardia marchó á Lima,
donde con gran contento por la generalidad fué recibido, creyéndose ya libre de mandones; y de enviado real reconocido
por el ayuntamiento, recibió muv valiosas donaciones; pero muy pocas armas y caballos pudo obtener, pues los de Chile habían los pertrechos llevado, que existían;
mas consiguió afanoso
el ir formando un cuerpo de reclutas, bastante numeroso.
Mientras así procedía en Lima Vaca de Castro, recibió un extenso oficio, con respeto redactado, de Almagro, quien le decía: —que él, como humilde vasallo de sus egregios monarcas como también sus soldados, no intentaban hacer armas V acataban sus mandatos:
que él solo obtener deseaba su legítimo legado; que era la Nueva Toledo^ usurpada por Pizarro; que tomase posesión, cual regio comisionado, de toda Nueva Castilla, que entregábale en el acto, en paz siguiendo así todo, y que esperase, entretanto, que la corte decidiese sobre su j usto legado. —
Pero tal proposición, que creyó aceptable Almagro,
— - 228 —
quedó sin respuesta alguna, y su plan siguió el enviado, que ganar tiempo quería para irle todo minando.
Frustradas sus esperanzas, con pena Almagró observó, que aparecer le obligaban como rebelde y traidor, al defender los derechos que su padre le legó,
V como un deber creía el sostener con honor;
y reuniendo á sus amigos para saber su opinión, antes de tomar las armas, así la suya expresó, con el fuego y el derecho de un hidalgo corazón:
«¿Qué hacer, amigos, nos resta, cuando el descortés enviado, ni siquiera se ha dignado dar lacónica respuesta á nuestra justa propuesta? ¡Sin duda espera triunfar, y á cada uno formar breve proceso después por la muerte del marqués! ¿Nos dejaremos matar?
Justicia se nos negaba,
V nosotros la tomamos cuando á Pizarro matamos. ¿Por qué el enviado tardaba? ¡Porque hacerla no pensaba! Nuestra afrenta consentía, porque sus planes tenía,
y hoy no nos quiere escuchar para él solo gobernar, como Pizarro lo hacía!
Esos trabajos pasados, esos gloriosos afanes, esos hechos de titanes, por todo el mundo admirados, ¿fueron, decid, realizados por mi buen padre y vosotros, acaso para que otros, como el ladrón en acecho, usurpen este derecho, que es tan solo de nosotros?
¿Qué nos queda, pues, que hacer?
¿Dar nuestra causa perdida? ¡No! el defender nuestra vida es un sagrado deber! Si sangre debe correr, no es nuestra la culpa, no, que á escucharnos se negó.... él solo el culpable sea, que no la justicia emplea, como el rey se lo mandó!
Aún combatiendo, seremos fieles vasallos del rey, y que s*^ cumpla su ley triunfantes le pediremos, ¡Nuestra vida ahora salvemos, aceptando el desafío, y con castellano brío marchemos ya de él en pos, que en la justicia de Dios masque en la del hombre, fío!»
Los jefes y oficiales comprendieron, que hallábase ligado su destino al destino del joven capitán, á quien como á su padre ya querían; y que no les quedaba otro camino para salvarse, que también lidiar;
pues si en poder caían
del enérgico enviado,
uno á uno colgado
serían sin piedad. Así su diestra todos extendieron, con brazo firme v corazón audaz,
v el juramento hicieron
delante de un altar: — de seguir peleando por do quiera,
y al joven capitán unidos, toda clase de peligros,
hasta el fin arrostrar. —
De quinientos veteranos el ejército sería, formado ya por Almagro para emprender la salida: de á caballo eran doscientos y con nuevas armas y ricas, v muchos de ellos con malla; y los infantes tenían arcabuces y alabardas y militar disciplina; ocho piezas de calibre contaba la artillería, y otros ocho falconetes^ cuyo cuerpo con pericia el griego Pedro de Gandia
— 229 —
como jefe dirigía, teniendo las municiones y las cureñas precisas. Y en este provisto parque, mas que en todo consistía de este ejército la fuerza, no en su fuerza colectiva.
Como á principios de Marso^ toda esta tropa ya lista, al frente de ella se puso el joven Diego, que ardía por probar á sus soldados, que despreciaba su vida por conservar la honra y fama del buen nombre que tenía; y hacia la costa marchando, con muy prudentes medidas, hallar por allí esperaba á las fuerzas enemigas.
Cuando Manco invadió al Cuzco, y el marqués mandó implorar la ayuda de Nicaragua, de Méjico y de Panamá, para poder sostener su dominio colonial, de Méjico fué al Perú su contingente á prestar, eiTtre otros, el bravo jefe don Francisco Garbajal: medio siglo de servicios contaba en Europa ya, sin haber podido nunca con su profesiíMi medrar; y maldiciendo á su patria y á su Dios y Satanás, á la conquista de Méjico el primero fué en marchar, do por su duro carácter y su ironía habitual, no haciéndose allí amigos, tampoco pudo medrar; pues era de aquellos hombres, que impacientes por demás, antes de tiempo pretenden imponer su voluntad: en la batalla de Rávena hallóse como oficial; al rey de Francia, en Pavía, logró con otros cercar, y en las guerras contra Italia seguía al gran capitán, y en el saqueo de Roma
pudo un archivo atrapar, que fué después adquirido por el robado curial; y con tal dinero pudo hasta Méjico pasar, siguiendo luego al Perú, más por el rico metal, que por ir en ese imperio sus servicios á prestar, porque era mut/ avariento, y tener oro su afán: después de vencido al Inca, hízole Pizarro dar, unas tierras en el Cuzco; y allí el viejo Carbajal únicamente pensaba sus rentas en aumentar, cual si apenas comenzase su vida primaveral, cuando ya este hombre tenía, como ochenta años de edad: era hábil v muv astuto, v excelente militar; y con muy fresca memoria y amena prolijidad, muy complacido narraba sus campañas de ultramar, como crónicas de guerras, que ya olvidándose van, entreteniendo así á todos por la noche en el hogar, y sin de cualquier materia faltarle asunto jamás: también de sus mocedades solía, ufano, contar sus amorosas empresas, con gracejo original; á las viudas que engañó, y mozas que hizo llorar, las esposas que sedujo, sin de ellas tener piedad: en los pueblos y villorrios, donde entraban á acampar; y de su suerte en amores decía con vanidad: que aunque nunca fué casado por cura ni sacristán, dio más hijos á ambos mundos, que el mico más servicial; y cínico en su vejez, mas lo fué en su mocedad: con el don de la palabra, era fecundo v locuaz; V buen mozo debió ser
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— 230
y de arrogancia marcial, pues á pesar de sus años, veíase erguido andar: alto, fornido y hercúleo, nunca sintió ningún mal, ni hambre, sed, calor ni frío; y aún podía manejar el acero con destreza y subir á un alazán, y hacer muy largas jornadas y á campo raso morar: conversador y chistoso, rayaba siempre en mordaz, como toda alma insensible y agena á humana piedad; y levantándose al alba, comenzaba á trabajar; y como viejo egoísta era avaro poi' demás, aunque la vida miraba como comedia falaz, burlándose, descreído, de toda la humanidad y de las cosas sagradas, cual si fuese un musulmán: tenia el escepticismo de un espíritu inmoral,
y aquella filosofía,
que engendra la adversidad,
en todo ser ambicioso,
que no consigue medrar: '
era duro y sanguinario,
como salvaje chacal,
y en su vida, por ninguno,
compasión sintió jamás!
Este era el octogenario Francisco de Carbajal, que por gusto ó adhesión, ó por rigor demostrar, alistóse del enviado en la bandera real.
Y en esa guerra civil, vamos muy pronto á observar el importante papel de este ser excepcional, que pasando por cin sabio, y de gran autoridad, dice el cronista Pizarro: —que en el Perú, en general, el populacho creía que tuviese familiar.
154S
Cuando el enviado supo de Almagro la salida, reuniendo á sus reclutas también salió de Lima, y encaminóse á Jauja, do sus fuerzas unidas, de setecientos hombres por todo excederían, inclusas las bisoñas, llegadas de Arequipa, quienes al poco tiempo de estricta disciplina y diarios ejercicios, las armas conocían como el arado y pala, que eran sus favoritas, cual buenos labradores; y gente muy tranquila.
que aquel ayuntamiento por fuerza remitía.
Así llegó el enviado, con energía y calma, á formar á sus órdenes este ejército en Jauja; el preciso armamiento de fuego y alabardas tenían los infantes; su artillería escasa solo tres /aleóneles, no muy buenos contaba; y la caballería estaba mal montada; mas si estas fuerzas eran inferiores en armas á las del joven Diego,
— 231 —
tenían la ventaja en número excederlas, quedando equilibradas, y así indeciso el triunfo de próxima batalla.
Don Gonzalo Pizarro, desde Quito, vuelto ya del país de la canela, al enviado solícito escribió: —sus leales servicios le ofrecía en la próxima ludia;— pues quería ayudar dé su hermano al vengador, y mantener en pie su gran partido, de su nombre ejerciendo la presión.
Contestóle el enviado prontamente, su oferta agradeciendo muy cortés;
y le felicitaba por sus descubrimientos importantes,
pidiéndole también: — que por más tiempo en Quito se quedase de su penoso viaje á descansar, y que en otra ocasión no dejaría sus oaliosos seroicios de aceptar. —
Don Gonzalo quedó muy resentido
de tal contestación, que presumió una especie de ironía, esperando que el tiempo le indicase
un camino mejor;
porque ambicioso, activo,
creyó esa la ocasión de reemplazar á su finado hermano, y de aquel reino ser gobernador.
¿Mas por qué rehusaba Vaca de Castro la valiosa avuda, que iba de pronto á darle más poder, y todo el contingente de un partido
poderoso y temido, que se quería al suyo someter?
Porque aún esperaba á sus miras á Diego reducir, sin dar una batalla desastrosa;
y porque no quería á su consejo un hombre introducir,
que osado y turbulento, en sus planes contrario le sería;
porque su intención era los antiguos partidos extinguir: que los nombres de Almagro y de Pizarro llegasen los soldados á olvidar,
y del rey el mandato soberano pudiese solo en ellos imperar.
¿Pero en Vaca de Castro hubo prudencia, tal desaire en hacer á don Gonzalo, creyendo sabiamente obrar así?
¡El tiempo lo dirá más adelante, que el éxito hace siempre bueno ó malo, todo lo que se entrega al porvenir!
Recibió Vaca de Castro estas noticias exactas, por unos indios espías y ligeras avanzadas: — que con sus fuerzas Almagro á ocupar se preparaba un punto fortalecido, que se llamaba Guamanga, á ciento treinta kilómetros mas adelante de Jauja; — y Vaca de Castro, ansioso de asegurar esa plaza, levantó al punto su campo, y haciendo largas jornadas, pudo anticiparse á Almagro, que aún en Bilcas se encontraba, y á unos cincuenta kilómetros ambas fuerzas de distancia.
Esta prisa del enviado fué por demás temeraria, aunque buen éxito tuvo; pero esas marchas forzadas, V sus fuerzas fraccionando, para que fuesen más rápidas, pudiéranle costar caro, si las columnas contrarias, en vez de sus marchas lentas, hacen más ligeras marchas, y fraccionado le encuentran antes de entrar en Guamanga.
Mas le fué imposible á Almagro evitar, que aquella plaza Vaca de Castro ocupase, antes que él se anticipara; que á ir despacio obligóle su artillería pesada; y con sentimiento supo, que por sus lentas jornadas, el doctor Vaca de Castro ya se encontraba en Guamanga.
En este ptinto el enviado recibió nueva embajada del prudente joven Diego, exponiéndole en sustancia, lo mismo que en la anterior; porque el joven lamentaba, que rehusándose á un arreglo, se le hiciera romper lanzas, entre unos mismos hermanos, sin haber para ello causa, desde que solo su herencia él tan solo reclamaba, sin que en el acto el enviado obligárase á entregarla sino ffíie ambos esperasen el lallo de su monarca.
Dignóse Vaca de Castro darle al tin contestación: — asegurábale á Almagro de su monarca el favor.... si la gente le entregaba, que á Pizarro asesinó. —
Esta injuria al caballero y joven de pundonor, que á evitar guerra civil con afán se apresuró; y el suponerle capaz de enti-egar á esa fracción, que generosa y adicta á su buen padre vengó, y después de sus dominios nombróle gobernador, ofendiendo al digno joven llenóle de indignación, y luchar hasta la muerte, como una fiera juró: y todos los complicados pidiéronle en alta voz, que al momento se rompiese aquella negociación, y se llevase el ataque contra el enviado traidor, antes que nuevas perfidias pusiese en juego el felón, é hiciera de algunos débiles vacilar el pundonor.
Díjose, entonces, que Castro mandó entre esta comisión y disfi'azado de indio á ducho espía español, quien instrucciones llevaba
— 232 —
de conceder el perdón, i
y hacer muy buenas promesas
por orden de su señor,
á los jefes y oficiales,
que á Almagro hiciesen traición:
que al espía descubrieron, '
y que negó con temor;
mas que puesto en el tormento,
su vil misión confesó,
y como espía de guerra,
fué muerto sin compasión.
Observó Vaca de Castro, al acampar en Guamanga, que era quebrado el terreno, que á ese punto rodeaba, y que su caballería, no pudiendo allí dar cargas, requería otro mejor: situóse en las tierras bajas ó las llanuras de Chupas, verdosas como esmeraldas, pues en los montados cuerpos fundaba sus esperanzas, creyéndolos superiores á los de las otras armas; y contrájose á estudiar el mejor plan de batalla, con los veteranos jefes, que sus planes consultaba.
Y entran los meses de vientos, lluvias, de aguas copiosas en las llanuras,
retumbando los truenos con furor
Fríos v nieves en las colinas, y en las montañas recias ventiscas.... páramo inerte todo en derredor.
Y los soldados de ambos ejércitos, bajo sus tiendas
j tristes, famélicos,
! aguantaron pacientes el rigor
de esa estación.
Mas esos meses pasaron rápidos, cual voluptuosos placeres báquicos,
íá33 -
y se sintieron los blandos hálitos de grata primavera tropical,
como los cánticos
/;> déla esperanza, y otra vez comenzó la actividad;
. ' Almagro avanza,
y ya unos y otros lléganse á enfrentar.
154^
Del benigno Septiembre , brilla hermoso el día dieciseis: y traen la nueva las descubiertas, que mandó el enviado: —quede Almagro las tropas ya cercanas, de Chupas avanzando á las alturas, intentan rodear el campamento.—
Vaca de Castro, prevenido siempre, manda un cuerpo de infantes en el acto, por otro de ginetes sostenido, á ocupar las alturas de aquel valle, y él también, con el resto de sus fuerzas, hasta las cimas presuroso avanza; y allí le dicen: — que de Almagro habían en buen sitio las tropas acampado, como á cinco kilómetros distantes. —
Ya las fuerzas reales en la cimas, atacar á los otros anhelaban; mas el enviado hallábase indeciso^ pues comenzaba á declinar la tarde, no queriendo, que envueltos en pelea, á los suyos la noche sorprendiese; pero observando Alonso de Alvarado el entusiasmo de su gente toda, presto persuade al indeciso Castro: — á que aproveche la ocasión propicia, y dé en esos instantes la batalla, prometiéndole un éxito completo, porque la fé y el entusiasmo siempre á las humanas fuerzas centuplican. —
De formar y avanzar dase la orden, mientras su cofa pónese el enviado, y de ella encima túnica valiosa, con la cruz de Santiago sobre el pecho; brillante yelmo cubre su cabeza, y largo acero toledano ciñe: salta á un corcel morcillo rabicano, enjaezado con primor y brioso, anhelando romper la primer lanza,
para que nadie en su valor dudase, y pónese á 1:^. frente de sus tropas.
Coloca á los infantes en el centro, con los tres mal montados falconetes, y á la caballería en ambos flancos; al real estandarte á la derecha, de cuya ala da el mando á don Alonso, á Hólguin la otra izquierda, y él se apresta el primero á lanzarse á la vanguardia; mas le hacen desistir de tal intento sus jefes y oficiales: forma, entonces, de cuarenta Jinetes, la flor de ellos, movible cuerdo, cuvo mando asume, para acudir donde peligro hubiese, y á su dispuesto ejército dirige concisa alocución, halagadora; y haciendo luego leer la ley que impone pena de hacienda y vida á los traidores: - — de ellos los bienes repartir acuerda, entre los mas gallardos combatientes.—
Al dar vuelta la tropa á la colina, que ocultaba á las fuerzas de don Diego, venias formadas, esperando firmes, meciendo al aire sus banderas blancas, y brillando sus armas á los rayos del sol poniente, entre celajes de oro.
Ordenado el ejército rebelde del mismo modo que el de Castro estaba, y en ventajosa posición situado, comienza su excelente artillería á hacer nutrido fuego al que se enfrenta; el peligro el enviado reconoce, y suspenso vacila en tal momento; y entonces Carbajal, que conocía, . como cualquier indígena ese campo: — por seguro rodeo le propone su tropa dirigir en breve tiempo, y á los francos caer de la de Almagro.- -
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234 —
Gustoso asiente Castro á tal propuesta, y diestramente Carbajal conduce á las reales tropas, protegidas por contiguas colinas intermedias, hasta del enemigo encima hallarse, aunque los indios, que mandaba Paullo, del Inca hermano, repetidas veces sus flancos atacasen; pero pudo evitar el diluvio de las flechas, de arcabuceros destacando un cuei'po.
Al ver Almagro á la contraria hueste, rompe su artillería en denso fue<ío, y hacen estragos ,^lis primeros tiros; mas los otros después por alto pasan, á pesar de tener tan grande b anco, pues las primeras fllas descendiendo, la retagua'-dia en alto aparecía, si es traición ó impericia, sin saberse, de Pedro Cándia, que la manda en jefe.
Recuerda entonces Diego:— que fué Cándia uno de aquellos trece, que en la isla del lado de Pizarro se pusieron, y disgustado luego abandonóle, pero que tal vez hora anhelaba á sus viejas banderas replegarse; — y que se hallaba, supusieron muchos, con el enviado en clandestino acuerdo, con quien correspondencia antes tuviei'a, cuando al Cuzco mandara sus espías. De ira enceguecido Diego Almagro, al oir tal rumor á sus amigos, en aquellos momentos tan supremos, lánzase sobre Cándia y le interroga, como guerrero que al traidor contempla; pero confuso y temeroso C¡lndia, no acierta á disculparse, y Diego entonces iairaviésale el pecho con su espada, y corre hacia un cañón y en él apunta; y con tan propicio éxito dispara, que el contrario escuadrón abre una fila, y el mortífero fuego sigue haciendo en los infantes espantoso estrago, pudiendo apenas, con rigor los jefes, llenar los claros de los muchos muertos.
Entonces Cai'bajal desiste al pinito de poder colocar la artillería. V al frente de sus bravos caballeros, resuenan las trompetas, y á galoi)e blanden sus lanzas y hasta el llano bajan, para ascender y atropeUar los fuegos. 17:i.
Por imprudente pundonor movido, al ver de Carbajal aquel arrojo, no menos en arrojo y osadía Almagro quiere ser; y abandonando la inmejorable posición que ocupa, deja la defensiva, y en persona sus escuadrones lleva á la llanura, do con furia se chocan unos y otros, y4iechas astillas las cruzadas lanzas, sus espadas empuñan, qu3 destrozan, no solo la existencia, que desprecian, sino hasta aquellos vínculos sagrados, de los mutuos trabajos y alegrías de la antigua amistad y de la patria y de las gloria» en conquista heroica: nadie cuartel otorga ni lo pide, y hasta el humano sentimiento extinto, del parentesco rómpense los lazos, que el Iiombre enceguecido es más que fiera;
y se estrechan, se buscan y se matan
con más placer que si mataran indios, V la indecisa lucha continúa: si armas mejores los de Almagro tienen, en jinetes excédenles los otros.
Ambas infanterías, entre tanto, sostienen de arcabuz un vivo fuego; mas de Almagro la gruesa artillería diezma de los infantes las columnas, que avanzar pretendían hasta el llano; I ero ante tanto estrago retroceden.
Desesperado Carbajal contempla tan críticos instantes, v arrojando su yelmo y su coraza, queda solo de su coleto de algodón cubierto: sus largas canas y su blanca barba mece y eleva el viento, que cual nubes el humo en remolinos desparrama; toma su partesana, mira en torno, y cual otra guadaña de la muerte, á sus jinetes llama v así dice: ((¡Mengua y baldón para el que ceda infame, y en mí un gran blanco el enemigo tiene!» A su caballo las espuelas cierra, y á los cañones, entre el humo y fuego, atrevido endereza con los suyos, y dueño se hace de las piezas todas, con asombro de amigos y enemigos, que el genio de la guerra parecía, arrasando do quiera, que volaba.
Así cual Carbajal apaga al fuego.
235 -^
que á los suyos diezmaba, así se extinguen del sol poniente las postreras luces, y comienzan las sombras á extenderse, cada vez más oscuras y mós densas.
Y no ya los colores blanco y rojo. que usan los combatientes por divisa, llegan á distinguirse al acercarse, y solo por los gritos se conocen: «¡Viva Vaca de Castro y el rey viva!» ó ((¡El rey y Almagro vivan!» Y se chocan, el auxilio implorando de Santiago, apóstol tutelar de sus batallas.
Dos balas de arcaba.; atravesaron á Alvarez Hólguin, que mandaba atento de los realistas el izquierdo grupo, falleciendo al principio del combate, y tendido quedando en la llanura; y entre sus filas hízose notable, que á su cota una túnica cubría de riquísimo y blanco terciopelo. No ol stante, aunque sin jefe el ala izquierda, firme no deja ni avanzar un paso de Almagro á los jinetes animosos.
Con igual entereza se sostiene Alonso de Alvarado, en la derecha; pero las muchas cargas impetuosas del joven general, al fin consiguen el arrollar al escuadrón contrario; bien que si cede á tan violento empuje, es porque ante la flor de sus guerreros sacó para reserva don Alonso, que Castro aún intacta conservaba.
Dos estandartes toma el joven Diego, y segura creyendo su victoria, con generoso aliento á todos grita: «¡Prended y no matéis.... son españoles.... hermanos nuestros son.... basta de sangre!»
Pero Vaca de Castro ávidamente, con su fija mirada contemplando, entre las densas nubes d^ humo y polvo, el rumbo que el combate ya llevaba, y que iba en su contra á decidirse, á lo más recio de la lucha corre, y la vencida fuerza de Alvarado al punto vuelve á recobrar su brío, con la fresca reserva, que la ampara. Entonces de don Diego los jinetes hacen esfuerzos de supremo aliento, y trece caballeros del enviado
ruedan sin vida á los primeros choques, V la ac ción torna á recobrar su furia, cual si entonces G?e nuevo comenzase.
Ante el número, en fin, y frascas fuerzas, ya los de Almagro resistir no pueden, y antes de verse en la derrota envueltos, y cual rebeldes presos y juzgados, muchos firmes allí morir prefieren, y van sobre las lanzas á estrellarse, unos gritando: '«¡Yo maté al tirano!» «i Yo asesiné al marquésl» otros diciendo. Así muchos perdieron su existencia. 174.
Pero van los de Almagro poco á poco, sus fuerzas al perder, retrocediendo, mientras cargan lo •- otros con más brío, y se declara entoacas la derrota: desparrámanse en todas direcciones, é infantes y jinetes se atropellan, /
entre la noche oscura, no sin que antes los jefes traten de impedir la huida; y el joven Diego, pálido, furioso, milagros hace de valor sublime, y á detener su gente, espada en mano, vuela do quiera, como airado viento; pero también do quier es arrollado, y Uévanle los suyos por delante, sin obtener la dicha el infelice, de lograr recibir heroica muerte!
Eran las nueve de la noche ^ cuando tras digna lucha entre las dos fracciones, á favor del enviado la victoria declaróse ya al fin, en todo el campo, aunque lejanos fuegos aún se oyesen, de tarde en tarde, cual postrer lamento, al irse persiguiendo algunos grupos; pero salvarse consiguieron muchos, de la noche á las sombras protectoras.
Temiendo Castro, que en la noche oscura fuéranse aglomerando con sus jefes en algún dado punto los dispersos, . y rehechos cayesen de improviso esa noche ó al alba, con más furia, tocar hace llamada y á sus tropas en silencio sumidas reconcentra, oyéndose tan solo los quejidos de moribundos y de heridos tristes.
Y cuando del enviado el campamento oculto en las tinieblas de la noche, en el silencio sepulcral yacía;
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los indios, qi.ie en las lomas se encontraron, contemplando contentos la batalla, bajaron en montón y cautelosos, cual manada de lobos, que desciende de los hielos del Norte á las cabanas, y á los muertos y heridos despojaron de ropas y armas, con salvaje anhelo, ganando luego sus ocultas cuevas.
El número de muertos de ambas partes, ascendió de trescleritos á quinientos, según la relación de historiadores: y tuvieron más bajas ios triunfantes, por el fuego de opuesta artillería.
Muchos de los de Almagro penetraron en los templos y asilos de Guamanga; pero arrancados fueron en seguida, y conducidos 'á prisión segura.
Seguido de unos cuantos caballeros el denodado general Almagro logra cruzar los campos y penetra en el antiguo Cuzco, harto rendido; mas las mismas personas que pusiera
al frente del gobierno, ya en su contra, \ reducen lo á pr/67'tíAi cobardemente. i
En cuanto el alba á comenzar asoma, los cirujanos y los frailes salen; los unos á curar á los heridos, los otros á absolver á moribundos; y en tanto se abren cuatro qrandes fosas, do realistas se encierran y rebeldes, la muerte así sin distinción uniendo á los que antes amigos siempre fueran aunque enemigos hora apareciesen.
De este común entierro se exceptuaron los cuerpos de Hólguin y otros caballeros, que fueron á Guamanga conducidos, para enterrados ser solemnemente, sus féretros cubriendo las banderas, que con su propia sangre en la batalla contribuyeron á ganar sus huestes, en la acción reñidísima de Chupas, que para vencedores y vencidos conjuntamente ///é digna y honrosa, mas en desdoro de su noble patria!
154^^
Como fatídico astro ó de granizo una manga, entra así Vaca de Castro, con su ejército en Guamanga; y siguiendo sigue el rastro, cual cebado jabalí, del vencido oculto allí,
V á todos reduce d encierro: de juez nombra á de La Gama, que de recto tiene fama
por su justicia de hierro;
V con la vara del fuerte:
— condena á treinta á destierro, y un miembro ó dos á perder; y d oíros cuarenta á muerte, y sus cuerpos á exponer.—
V á los que más arrojados, fugaron de su prisión, biendo después capturados: — condena, sin compasión.
y quizá con complacencia, á ser ¡ay! descuartizados.— ¡Y esta bárbara sentencia cumplióse sin delación!
Y después al Cuzco pasa el soberbio vencedor, de hecho ya gobernador de esa gran región del Sud: y con aparato y pompa, con sus batallones entra, y en sí el poder reconcentra, tomando regia actitud.
Deslumhrar al pueblo quiere con su esplendor y boato y túnica de brocato, cual si en esa tierra hubiere fundado va un virreinato
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Tal cosa el enviado hacía, no por vana ostentación, sino, porque asi creía, con razón ó sin razón, representar bien al rey, para hacer cumplir la ley en toda aquella región.
La primera medida del enviado,
después que se instaló en la capital,
fué un consejo de guerra
á su elección nombrar,
que la suerte de Almagro decidiese,
para hallarse en el Cuzco sin rival.
Algunos del consejo libremente opinaron: — que en consideración á la temprana edad y desventuras, y servicios del padre á la nación,
y haber la paz pedido por dos veces, con toda sumisión, y no habérsele nada concedido, y Vaca aquella guerra provocado, creyendo así con su deber cumplir,
no á la ultima pena debía ser Almagro condenado, ni su nombre esa infamia recibir.—
Pero la mayoría se opuso tenazmente á tal merced, diciendo: — que el consejo no podía de ningún modo tal clemencia hacer al ambicioso jefe de rebeldes, sin faltar á la ley y á su deber:
que impune no debía
el delito quedar
de quien alzó sus armas
contra su majestad;
y que el joven rebelde, en aras del sosiego del país y de la paz futura de esa tierra
debía, pues, morir! —
El cúmplase al instante, lirmó el gobernadar, y todo se dispuso para aquella inhumana ejecución.
El carcelero de Diego, por feliz casualidad, para alivio de sus penas, era Rodrigo Beltrán, un buen viejo veterano,
que fué desde Panamá al viejo Almagro siguiendo por islas, desierto y mar; y aunque al hijo no trataba del que fué su general, viéndole va diariamente, como su único guardián, llegó también á inspirarle grande cariño y piedad por su vida infortunada, y no poder ya dudar de que iba el hijo á tener un fin al del padre igual.
Largas horas á don Diego acompañaba Beltrán, así exponiéndose él mismo y al cautivo por demás: á éste á que fuese tratado con mavor severidad, y á él á perder el puesto de compasivo guardián; pero ambos consuelo hallaban en ocultos platicar; y era el joven atendido con solícita amistad, y no con ese rigor de un carcelero venal, y encontrábase al corrienie de cualesquier novedad en la marcha del consejo, que iba su causa á fallar.
Con triste faz sombría, en la prisión del joven, penetró el carcelero cierto día: sorprendido don Diego, le interroga, presintiendo una lúgubre noticia, y hablar Beltrán intenta; pero ahoga
su voz el sentimiento, y Diego continúa: «¿No hay justicia, buen Beltrán para mí? ¡Decidlo todo, que tengo aún para escuchar aliento.... y lo mismo es morir de cualquier modof^>
((Señor, solo rumores.... —replicóle el buen viejo; — . mas creedme, todavía no ha fallado el consejo.»
<(Así será; mas vuestra faz sombría revélame otra cosa. ¡Ay! cuan horrible para mí la vida mostróse siempre, cuanto fué querida
238 —
y para otros hermosa!
En ella otros hallaron un vergel de purísimos amores,
ilusiones divinas, y una senda gratísima de flores,
en todo cuanto existe....
para mí.... solo y triste, quedaron de esas flores las espinas, y de este mundo todos los dolores! Entre las negras nubes de mi infancia, yo no he sentido el beso cariñoso de apasionada madre orlar mi frente, imprimiendo su luz y sentimiento! Tan solo de mi padre valeroso
y de su fin sangriento,
enclavado en mi mente, el recuerdo ha quedado, doloroso! Matóle su rival, villanamente, cual mátase a un traidor ó á un asesino; y pues supe vengarle dignamente, de su cadalso seguiré el camino! ¡El cielo así lo quiere.... esa es la senda
que mi adverso destino,
de dichas y de flores
preséntame en ofrenda! ¡Pero no mis verdugos miserables sentirán el placer, en sus furores, de ver palidecer á mi semblante.... sereno, altivo, y con la frente erguida, así á esos viles íiraré mí guante^ al rodar mi cabeza enrojecida!»
Así tranquilo el joven se expresaba, y aquella estoico, raza^ harto sufrida, de su indígena madre, revelaba!
Con triste faz sombría, el carcelero á la prisión del joven
entró al siguiente día,
y sorprendido hallóle
con la vista extraviada,
nervioso y agitaiio, y la expresiva faz desencajada, cual si esa soledad y los pesares
le hubiesen trastornado.
De Beltrán notó Almagro la sorpresa, y así le dijo: «¿Imagináis que aguarde
mi sentencia con miedo,
y que oiría no pueda, sin el pálido rostro del cobarde?»
«¡Jamás, señor, de vos pensé tal cosa!» contestó el carcelero, enternecido.
«Pues entonces.... ¿alguna cosa rara
encontráis en mi cara,
que os haya sorprendido?»
«¡Oh! no, señor, tampoco!»
replica vacilante;
y Diego contestóle: «¡Tal vez tengáis razón, y mi semblante
os parezca el de un loco! Anoche con mi padre hablé un instante.»
«¿Su padre.... y que no ha muerto?» el guardián, para sí dijo asombrado.
<¡Ah, que está loco es cierto!»
«Escúchame, Beltrán, que no deliro, aunque mi rostro halléis desencajado
y temor os inspiro. En mis tristes recuerdos abismado, mirando de verdugos una hueste,
cerré anoche los ojos, y entre celajes cárdenos y rojos vi bajar un espíritu celeste.... era un viejo guerrero sin cabeza.... y os confieso, le miré temblando; pero él mi yerta mano acariciando:
--Soy tu padi'e, me dijo, que desciende á inspirarte fortaleza, para que pases á la eferna vida
con valor y nobleza, ya que aquí tu misión está cuniplida! Hazme vengado como tierno hijo,
y con valiente pecho defendiste también nuestro derecho; y en premio de tal gloria, tus verdugos igual suerte á la mío. te preparan; pero si ellos del mundo te separan, ya para siempre nuestras almas unen en el eterno y celestial albergue,
en donde no presumen que inmarcesible la virtud se hiergue,
con más vida y grandeza! — Cubriéronle las nubes vaporosas, mas fueron disipándose al instante, y entonces ya el guerrero, coa cabeza,
mostróse más radiante: miréle con amor y con fijeza, y era mi padre, sí: yo arrodillado,
escuchóle asombrado, y él continúa: — Pide á tus verdugos, oh mi querido hijo, infortunado, que en mi huesa tu cuerpo depositen,
para que ambos, aún yertos,
se estrechen y palpiten, pues no para el espíritu están muertos;
y en venturoso día
— 239
también jay! abrazados resuciten! — Y la voz de mi padre se extinguía en las tupidas y lejanas nieblas de los celajes cárdenos y rojos.... y al abrir ¡ay! mis ojos, encontróme cercado de tinieblas!)^
a.jNo ha de ser tan extrema la venganza,
— díjole el carcelero bienhechor,--
que la piedad de Dios todo lo alcanza....
en él confiad, señor!» ((El fiel ya se inclinó de la balanza,
— replicóle don Diego, sin dolor, —
y es vuestra esperanza.... la esperanza falaz del jugador!»
Notificóse á Almagro la sentencia,
que impasible escuchó, sin apelar ni demandar clemencia,
y tan solo pidió: — que su cadáver fuese sepultado
del de su padre al lado; — y este fiel deseo ae cumplió.
Marchó al cadalzo erguido, y al verle, parecía que olegre se sentía el mundo ya al dejar! El pueblo, entristecido, en pos le iba siguiendo, y el no poder, sintiendo, la víctima salvar!
Y llegó á la misma plaza do á su padre se exhibió; y al decir el pregonero, de las cajas al rumor, después de leer la sentencia que el consejo pronunció: — y á sufrir garrote vil
por rebelde y por traidor condénase á Diego Almagro.... — Almagro, le interrumpió: «¡Mentís, jueces detractores.... mi voz vuestro engaño frustre, que yo, ni mi padre ilustre, nunca al rev fuimos traidores!»
Con la tranquilidad del mártir santo
con la altivez de un héroe vencedor.... con la fe del cristiano, qje en Dios fía y en su justicia espera el galardón.... con lástima mirando á sus verdugos.... así el joven Almagro feneció!!
Y mas que la del padre fué sentida la muerte de este joven infeliz, en los floridos años de la vida.... cuando empieza la vida á sonreír!
Corta fué su carrera, mas brillante: vengó á su padre con filial amor, sus derechos sostuvo, y con su sangre contra ingrato monarca protestó!
Generoso, leal, noble y valiente, buen amigo, sincero y varonil, supo ser, entre aquellos veteranos, tipo del caballero y adalid.
Tuvo el genio que al pueblo se congracia^ y al que el pueblo se entrega con amor; pero hijo infeliz de la desgracia, ante su infausto sino sucumbió!
Era un astro lumínico y hermoso, que un instante se vio resplandecer; mas de la noche el velo tenebroso, hízole para siempre fenecer!
n54rS
Mientras al Cuzco enlutaba ia sangre de Diego Almagro, en la floreciente Lima, entró Gonzalo Pizarro, quien mostróse descontento
del gobierno del enviado, diciendo: — que del Perú correspondíale el mando, ipsofacto y de derecho, por la muerte de su hermano,
240 —
Y también se susurraba: —que hacía ocultos trabajos para conseguir su intento, con sus muchos partidarios. —
De Vaca de Castro á oídos estos rumores llegaron, quien temiendo, que el caudillo no detuviese sus pasos y lanzárase á la guerra, quizá mal aconsejado: —porque siempre suponemos, que son consejos muy sabios todos aquellos, que tienden á avivar lo que anhelamos, — al instante mandó á Lima varios cuerpos, pretestando, que iban de guarnición, para impedir un asalto de los indios, que mandaba el indomable Inca Manco; y al mismo tiempo escribía á don Gonzalo Pizarro: — pidiéndole fuese al Cuzco, porque desea tratarlo.—
Aunque más bien parecía una orden, que invitación, este llamado de Castro, de hecho ya (johernador, no por entonces prudente desobedecer creyó el ambicioso Pizarro la orden del superior, y al trente de bien armados jinetes de su facción, entre confuso y dudoso á Castro se presentó, sus proyectos postergando para segura ocasión, y cuando ya más gastado entuviese aquel doctor, por sus errores ó faltas en la pública opinión.
Cuando al enviado anunciaron de Pizarro la llegada, mandó que de su palacio se retii-ase la guardia, exponiendo: — que de un huésped de condición tan hidalga, él ni ninguno del Cuzco, no debían temer nada; —
y recibió á don Gonzalo con demostraciones tantas, cual si hubiérales unido tierna amistad en la infancia; y sin darle á comprender las sospechas, que abrigaba, después de varias preguntas, sobre esas viejas comarcas, pidióle: — le refiriera sus desventuras y hazañas, hasta el gran río Amazonas, y la heroica vuelta y larga, hasta que entraron á Quito, como escuálidos fantasmas. —
Y manifestó al oírlas, profundo interés y lástima por los muchos sufi'imientos, que en tal empresa pasaran; y concluyó acoiisejándole:
— que puesto, que ya se hallaba toda esa tierra tranquila y dependiente de España, fuera á buscar el reposo en sus haciendas de Charcas, tan productivas y hermosas, para después á su patria rico tornar y con gloria, en donde el digno monarca sus servicios premiaría, dando lustre á su prosapia. — No podía un sabio padre, cubierto de honradas canas, darle más cuerdo consejo, para que la dicha hallara.
Y no encontrando Gonzalo para disgustarse causa,
y conociendo también, que Castro fuerte se hallaba por su reciente victoria, y con su ejército en armas, prudente dejó que el tiempo á su favor se inclinara, y partió con sus adeptos á sus haciendas de Charcas; y contrájose á explotar las ricas minas de platas que en ese benigno suelo, aún vírgenes se encontraban; y todas esas riquesas, que iban siendo acumuladas, sirvieron luego á Pizarro,
— 241
para que á cabo llevara la ambición y fija idea de su empresa temeraria.
Creyendo Vaca de Castro, que Pizarro le dejara en su gobierno tranquilo y las cuestiones zanjadas, ♦ el primer paso que dio para reducir las cargas del erario, harto agotado, por las revueltas pasadas, fué disolver el ejército; pero muchos demandaban el premio de sus servicios, en la triunfante jornada; y tuvo qu3 dar á algunos buenas ¿ierras de /ábranla, ■ á otros dinero efectioo, por sus atrasadas pagas ó hacerles b;/ena-^ prumesas^ en nonbre de su monarca, y conceder á los más, que por su cuenta pasaran á inesploradas provincias, á adquirir riqueza y fama ó á los inmensos desiertos de las argentinas pampas, á cuyo frente se encuentra el gran rio de la Plata, que llamáralo Mar Dulce, por sus limpias dulces aguas, don Juan Díaz de Solis, piloto mayor de Esj ana, quien en mil quinientos quince lo descubrió y esplorara, y en la isla Martín García feneció en una emboscada de las audaces charrúas: llegó Gaboto á esas playas en mil quinientos oeintiocho, y al ver las monedas blancas de los indios guaraníes. y al suponer que abundaban, al llamado antes Mar Dulce, llamó Rio de la Plata.
Y después que así al ejército disminuir consiguió, dedicóse á dictar leyes el nuevo gobernador: en las mejores ciudades carias e.^ciielas fundó para enseñar á los indios
la moral y religión, por los frailes dirigidas; y en las otras se obligó á que asistiesen los niños para darles instrucción, pues decía Castro;— que esa era la moral mejor para hacer buenos los pueblos y saber honrar á Dios: — dispuso, que los caciques de cada jurisdicción abasteciesen los tambos ó posadas en redor, que en los caminos había y allí el cristiano encontró, para hacer fácil el tránsito y evitar que el español, so pretesto de pedirles hospedaje y protección, fuera robando á los indios y talando su labor: el municipal sistema con tino reorganizó, dándose á las obras públicas un otro empuje mayor, que en el tiempo del marqués á estos trabajos se dio: hizo fundar hospitales, y en cada pueblo ó sección una buena policía de su distrito cuidó: disminuyó muchos gastos; y la hacienda y percepción y de empleados la conducta hábilmente vigiló, estableciendo controles en toda repartición; y viendo, que muchos nobles, por su valer ó favor, sobrados indios tenían.
sm ensenar religión.
y que dándoles mal trato
explotaban su sudor,
de aquellos repartimientos
el número minoró,
y esto el odio alzó y la grita
de cada altioo señor;
pero la opinión del público
esta medida aplaudió,
y atrajo más partidarios
al recto gobernador,
el que con estas medidas
y otras, que después tomó,
hizo ver su buen gobierno
242 —
V buena administración, y el acierto del monarca, que tal letrado mandó.
Si después de la victoria mostróse duró y cruel con los míseros vencidos, no por su carácter fué, sino, porque jiabiendo sido en España recto juez, por norma tuvo inflexible, aplicar siempre la ley; y á más, que en aquellos tiempos de amor al ti'ono y la fé, en que unidos gobernaban, suponíase también, un crimen imperdonable, no esclavo del trono ser, así como se quemaban al cristiano v al infiel en la Santa inquisición, creyendo á nios complacer.
Fué como bombre de gobierno, ilustrado é imparcial;
haciendo á todos justicia, sin conseguir la amistad, ni las lágrimas y ruegos, ni el alto influjo, que da importancia á los caudillos, el que llegara á faltar a Sil deber y carácter, siendo con todos igual. Y el país al fin tranquilo, gozando de grata paz, fueron todos aplaudiendo su gobierno ¡)aiernal.
De Lima v el Cuzco La Plata, Arequipa y otros pueblos más, al rey petii.'ioues de buenos vecinos se hicieron llegar, pidiendo: — dejase á Vaca de Castro de gobernador; mas tarde /lejaroa, y otro menos digno su puesto ocupó.
1543 y 1543
Después que al trono de guerrera España ascendió el coronado emperador, y en pos de una victoria, otra campaña abría nuevo rumbo á su ambición, á sus ricas colonias olvidando, solo á la vieja Europa contemplando, su vista dirigió!
No imaginar podía
el regio paladín, asfixiado de gloria en el ambiente,
que en muy cercano día, esos vastos desiertos de Occidente,
del mar en el confín, y aún por rayos fúljidos velados, mas que todos los reinos conquistados,
llegasen á valer;
y que de plata y oro
inagotable fuesen un tesoro,
que toda Europa entera, no consiguió en tres sij/ios extraer!
Es cierto que en la corte, por la cantidad de oro, que llegaba,
y cada día más, el interés de todos despertaba,
y habíase trazado la base de un gobierno general, que á todas las colonias amparase, y correctivas leyes sancionado para allí los abusos extirpar; mas varias de esas leyes para Indias
aún no eran adecuadas, pugnando los contrarios intereses; y eran las otras mal ejecutadas por el fuerte gobierno personal.
— 243 —
que suyo al conquistado suponía,
do no alcanzar podía, la lejana, real autoridad.
Si á los pueblos del virgen continente, — que á los ignotos mares de Occidente el genio de Colón arrebató,-- • con sus tropos hubiese conquistado el gobierno católico español,
V con ellas llevado sus leyes, sus creencias y poder, hubiera á esas colonias transformado en un sumiso y floreciente edén; pero á ellos tan solo se lanzaron á inhumanos guerreros.... y hasta canalla y oi/es presidarios, y avarientos sin fln y aventureros, solo buscando el oro y el placer; y como en otras partes imperaron del nuevo continente, de igual modo también, llevando por enseña su audacia, espada y cruz, en el pais bellísimo del oro suplantaron al Inca del Perú.
Si del Norte los nómadas salvajes los tiros al sentir del arcabuz, ganaban sus desiertos y montañas, no hicieron igual cosa los del Sud, que humildes en sus tierras y cabanas,
su gobierno tenían
y civilización, v del fuerte el derecho conocían, al cambiar de gobierno y de señor. Y por eso un puñado de guerreros en el Perú y en Méjico imperó.
Con la punta afilada de sus hierros con el casco mortal de sus caballos
y ya enseñados perros, á los indios diezmaron por do quier; así tuvieron míseros vasallos, rapartimientos, tierras, oro y bienes, y siempre renovados sus harenes, con la ñor virginal de aquel edén!
De aquellos españoles, orgullosos, que con su propia sangre y sus proezas, al par que con crueldades y vilezas, al Perú consiguieron conquistar,
sin que su soberano les extendiese protectora mano, ni activa ayuda les llegase á dar;
y dueños por derecho se creían de los indios y tierras, que tenían, ¿como, pues, fué posible presumir, aunque adictos vasallos parecían, que ellos mismos las leyes pregonasen
y al par las acatasen, cuando ellas iban su derecho á herirf
Sin embargo, de algunos hombres buenos,
indignados allí
contra tanta licencia y tanta iniquidad y corrupción,
alzárase hasta el trono
su plañidera voz; mas como eco lejano en el vacío,
ó piedra, que al caer, en la turbia vorágine de un río,
llegábase á perder! 175
Pero el gran padre Las Casas, henchido de candad, su propaganda seguía en su fe sin vacilar, pidiendo siempre á la corte: — del indio la libertad, y cual si fuese vasallo se le llegara á tratar; — y muy largo tiempo hacia que con incasable afán, reclamaba al pie del trono del indio la libertad.
Y este digno sacerdote, que el título conquistó, por su constante defensa, de valiente protector, de los indios, puso en mil quinientos cuarenta y* dos en manos del victorioso, ya célebre emper'-idor, su Destrucción de las Indias, cuyo trabajo pasó, después de haberlo leído, á una especial comisión de teólogos y letrados, que en Valladolid reunió, para adoptar un sistema de nueva legislación, que uniforme en las colonias, fuese al indio protector.
La pintura más exacta de toda humana maldad era la obra de Las Casas,
244 —
que el consejo iba á apreciar; y ante él luego pronunció un discurso magistral, sosteniendo los derechos del indio d la libertad; y que por la ley cristiana Dios prohibe hacer el mal, aunque nos resulte el bien, debiéndose á ella acatar.
Y este fué de.su discurso el tema fundamental, que desarrolló y sostuvo como maestro sagaz, abogando per la causa de toda la hiimanidoid, coa idea^ (le moer áticas y de tan alta moral, como e.i los pueblos mas libres, hoy se llegan á inculcar; y asi este buen dominico progresista y liberal, adelantándose d su tiempo, cual hoy el mundo lo está; porque sus fijas ideas, no buscó en el Quirinal^ sino en las santas palabras, que hizo en la tierra grabar Con su sangre en el calcar io el Dios de eterna piedad/
Con esa sangre divina, quien ¡ay! pudiera grabar Las Casas, como el Dios, para que en la humanidad, por los siglos de los siglos fuese también inmortal !!
En todo aquel auditorio hizo profunda impresión las libres, nuecas ideas, que Las Casas sustentó; pero la indecisa junta mostró cierta oposición: algunos por egoísmo, y creer que al emperador y explotación de las minas causarían extorsión; y otros, porque suponían, que sería un mal mayor cualesquier otro sistema, al que el uso sancionó; mas no mirando Las Casas, en su cristiano fervor,
bajo la faz económica
esa tan grave cuestión,
con argumentos sin réplica
los contrarios rebatió,
sin cuidarse si al erario
perjudicaban ó nó,
probando con cifras y hechos
de indiscutible valor,
que en breve se concluiría
la indíjena población,
si continuaba á merced
de avaro conquistador.
Y al fin, no hallando la junta para oponerse razón, ó quizá ya convencida por el sabio protector de los humildes infieles, un código redactó para todas las colonias del gran mundo de Colón, con cuvo triunfo Las Casas su nombre inmortalizó!!!
Por ese código extenso, declarábanse vasallos de la corona de E^spaña, y no cual antes, esclaoos, á todas las tribus indias, aunque aquellos propietarios, que desde antes los tuvieron, seguirían conservándolos; pero á su muerte quedaban libres va de tener amo; y en tanto, se prescribía, que les diesen un salario, y no se les obligase á un excesivo trabajo, so pena, de si faltaban, á ser de ellos despojados: que en todo repartimiento do se hubiese acumulado mas número que el preciso, se dejase el necesario; y que los dueños de tierras, que hubiesen dado mal trato á sus indios labradores, perdieran tierras y esclavos; prohibióse, que los conventos, del gobierno los empleados, y ninguna instituci()n tuviesen siervos indianos; y por cláusula especial, á los que hubiesen tomado
__ 245 _
parte alguna en las contiendas
entre Pizarro y Almagro,
como rebeldes al trono;
lo que era decir bien claro,
á todos los españoles,
en el Perú avecindados.
Fácilmente se comprende, que esta gran innovación, aunque humanitaria fuera, como doctrina de Dios, iba á causar en las Indias una gran insurrección, al quitar su propiedad á todo altivo español, que entregado á la indolencia, juzgábase un gran señor, sin imaginar siquiera que rodeábale el turbión.
No obstante, el célebre código sancionó el emperador, e/i el acto, que la junta en proyecto presentó . 1 TO
Así la sangre en las Indias de nuevo á correr voloiera, que con sangre han sido siempre bautizadas las ideas, que han hecho avanzar al mundo, entre errores y tinieblas.
Como en el rico Perú hubo siempre más revueltas, que entre las otras colonias, el monarca creyó que era urgente el mandar allá á un sujeto de altas prendas, que con tino y energía cumplir el código hiciera, y dio de virey el título á don Blasco Nuñez Vela, noble, en Avila nacido, de hermosa y grave presencia, aunque de edad avanzada, y que en la paz y en la guerra desempeñó varios puestos, cual cuadraba á su nobleza; pero esta elección no hizo el alto honor, que debiera, al acierto del monarca, porque no era Nuñez Vela, cual los hechos demostraron, el hombre para esa empresa.
También nombró á cuatro j ¡feces para que formando audiencia, en todo lo criminal y lo civil entendieran y al virey asesorasen, teniendo su residencia en Lima, y quedando de hecho la de Panamá disuelta.
Y para tal tribunal, los abogados Cepeda, Alvarez, Tejada y Zarate, oidores nombrados eran.
El monarca así justicia hacía con mano recta, y también daba importancia á esa hermosa rica tierra.
En el puerto de San Lúcar se hizo á la vela el virey el día tres de Noviembre del año cuarenta y tres, con los cuatro magistrados y gran séquito también, que á su alta categoría daban respeto y poder.
Extraño tal vez parezca, que para tan alto empleo no se acordase el monarca de su enviado tan experto; pero desde que él llegó de los Incas al imperio, parecía que una serie de guerras y desafueros, venganzas y asesinatos allí tuvieran su asiento;
V cuando dio á Nuñez Vela de virey el alto puesto, aún no la corte sabía, que debido á los esfuerzos del hábil Vaca de Castro, los caudillos turbulentos hallábanse derrotados,
y los partidos diversos á la ley ya sometidos, y el país engrandeciéndose,
V adelantando las rentas, con aquel moral gobierno. Tampoco llegado habían
de los aquietados pueblos las solicitudes hechas, é su monarca pidiendo:
— 246 —
— que al justo Vaca de Castro confirmase en aquel puesto.—
Por esta causa, el monarca pospuso á Vaca de Castro, y también, porque juzgaba importante y necesario: — que el virey que allá mandase, no se encontrara ligado por afectos personales, ni hubiese ejercido actos, que al dejar resentimientos, enjendran opuestos bandos, y además, que un alto título sirviérale allí de amparo, para ejercer facultades,
cual si fuese un soberano; y por todas, cual virey, al mandar fuese acatado.
Mas sin embargo, el monarca escribió á Vaca de Castro una lisonjera carta, escrita de propia mano, pidiéndole: — que al virey con sus consejos sensatos y su muy larga experiencia, guiase en sendero tan áspero; y después volviese á España á continuar con aplauso, en el consejo su puesto, como honorable letrado.—
154r4:
En seguida, que el código esperado, por el emperador fué sancionado, tal noticia empezaron á escribir á todos los colonos de las Indias, sus antiguos amigos de Madrid.
Así la escuadra, do iba el virey, miles de cartas llevó también.
Como al salir del bosque hambriento tigre, dispara hasta su hogar la multitud, rápida así corrió la infausta nueva, desde Méjico á Quito y el Perú.
Y en todas las colonias, con gran indignación de los conquistadores, la nueva se esparció.
Reuniéndose en las placas, de propia autoridad, con gritos y denuestos comienzan su despecho á demostrar.
Y en la tierra del oro, mas que en ninguna aún,
de los ricos los ecos se levantan, entre la multitud.
Y claman sin temor los más enérgicos: ((¿,Y el monarca, á quien dimos el Perú, en premio á sacrificios tan espléndidos, nos trata así, con tanta ingratitud?
^.Nos mandó, por ventura, sus ejércitos? ^Nos dio alguna mezquina protección? ¡Jamás! Aquí nosotros, como en Méjico, sostuvimos de España el pabellón!
Solos, con nuestra sangre, entre cadáveres, este imperio supimos conquistar.... y recibiendo de los bravos, plácemes, también hoy nuestra lucha seguirá!»
Y mostraban, las ropas levantándose, sus viejas cicatrices, con furor,
cual si su misma sangre hubiera dádoles el título mejor de posesión!
Y decididos á defender
su honra y derechos, con altivez, buscan un jefe
__ 247 —
digno y fiel, y don Gonzalo electo fué.
Mira con inquietud Vaca de Castro alzarse la tremenda tempestad, al ponerse de pie todos los pueblos, sin poder los espíritus calmar.
Y Castro les propone: — que dirijan
los pueblos al monarca
una diputación, que le haga ver del código los males
y soliciten de él revocación; porque si usaren de violentos medios,
para á su fin llegar, perdiendo su derecho y alta gracia, lograi'íanle solo exasperar:
que aguardasen pacientes,
que llegara el virey, el que la ejecución suspendería, ante lo irripracticable de la ley. —
Mas no escucharon los insurrectos estos de Castro, buenos consejos;
V á don Gonzalo le dirigieron sus emisarios, quienes con ruegos le demandaron: —tomase presto
de jefe el mando,
V fuera de ellos guardián y amparo, cual siempre fuélo. —
Mas Vaca de Castro también le escribió: — que no se inmiscúese en esa cuestión; porque habiendo sido vasallo fiel,
sus minas y haciendas sabría el virey intactas dejarle, sin daño le hacer; pues le dejaría, quedándose en paz, los indios precisos para trabajar.
V entre otras varias cosas,
además ordenó: — que aprehendiesen á todos los colonos, que por actos ó voces sediciosas, causaran cualesquiera conmoción. —
Y con estas medidas contener el desorden consiguió; mas esto era el alivio momentáneo
de artificial calmante, en incurable físico dolor!
Muy contento mostróse don Gonzalo, de que al fin Castro y sus amigos viejos, tan alta distinción hicieran de él; y en parte, pues, siguiendo los consejos,
que dábale el buen Castro,
quedóse en Charcas quieto; mas también á la vez, hizo en secreto,
á los suyos saber: —que hallábase resuelto, cual ninguno, su inviolable derecho á defender;
mas que no era llegado
el momento oportuno de un gran pronunciamiento general;
que en tanto, con sigilo empezaran ya todo á preparar,
como él íbalo haciendo, y esperasen que diese la señal.-
Y Pizarro, la mucha plata y oro , que de sus minas pudo atesorar,
en su morada entierra, sabiendo que la plata hace la guerra, y que en la guerra puédese encumbrar.
Como á mediados de Enero el virrev desembarcó en el conocido puerto, llamado Nombre de Dios; y un bajel allí cargado de plata y oro encontró, que mandaban comerciantes para artículos comprar; pero su primer medida fué una arbitrariedad, mandando buque y tesoro en el acto confiscar, diciendo: — que esas riquezas debían del trono ser, y no de ningún colono, según tenor de la ley; porque ese oro era el trabajo del oprimido infiel. —
Y luego, cruzando el itsmo.
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— 248 —
dirigióse á Panamá;
y hallando trescientos indios,
mandados á esa ciudad
por algunos propietarios,
por libres los hizo dar 177.
Estas i^'iolentas medidas causaron gran sensación, y hasta esa su misma audiencia, tales actos reprobó; pero el virey, altanero, la dio por contestación: — que no fué enviado á las hidias, para la ley discutir, ni tampoco interpretarla como quisieran allí, sino, de cualquier manera, fielmente hacerla cumplir. —
Como un oidor enfermo se encontraba, dejó el vii'ey su audiencia en Panamá,
y con todo su séquito
al Sud se hizo á la mar;
y en Mar\^o cuatro, en Túmbez, como soberbio rey desembarcó; y asombráronse aquellos habitantes de su orgullosa y regia ostentación;
y el deslumhrado pueblo
su título acató: y de algunos curacas á pedido, dio á infinitos esclavos libertad,
así en Túmbez haciendo de todos acatar su autoridad.
Y en Túmbez, por entonces, se dijo como cierto, que el virey, aludiendo á Gonzalo y su familia,
hubo dicho también: — que ya la baja gente y los porqueros, no tendrían allí ningún poder. —
Para Lima el virey se puso en viaje, creyendo que los pueblos le aclamaran, y en muías trasportando su equipaje;
y donde era preciso que á las muías los indios ayudaran,
tales servicios hizo á los indios pagar profusamente;
pero al saber la gente,
que con palabras y hechos venia conculcando sus derechos, mostróse cada vez más imponente.
En cuanto Vaca de Castro
supo que á Lima el virey con su séquito marchaba, dejó al Cuzco y allí fué, en donde á los habitantes prometióles:— que la ley al punto se aplazaría, hasta llegar á obtener, que propicia la corona, la suspendiese también. —
Y con un grupo de amigos, y con las fuerzas, que allí adictas se le mostraran, salió Castro á recibir al orgulloso virey, al que ya todo el país aborrecía y odiaba con profundo aspecto hostil; y la crónica de entonces, para del pueblo probar, cuanto en ese viaje á Lima demostróle odiosidad, refiere, que una mañana, el virey, al despertar, en un viejo caserón, encontró esta voz de alerta, escrita sobre la puerta de su misma habitación: —Al quft con mano atrevida quiera quitarnos la hacienda, dentro de su misma tienda le quitaremos la vida. —
Así el virey, en su viaje, encontró, al ir andando, quien le fuese demostrando su desafecto y coraje; pero fuese vanidad ó quizá sumo valor, sigifió á Lima sin temor, confiado en su autoridad. Y aquí decirse podría al verse su fatuidad: — que del pueblo los silbidos al sonar en sus oídos, por aplausos recibía. —
Del virey la conducta inadecuada, que aún mas se exageró,
á los pueblos subleva en un momento, y con viril aliento
uniéronse potentes á una voz.
La autoridad del Cuzco á Lima escribe:
— 249 —
—que al tirano virey cierre las puertas, como medio quizá de salvación; —
y Gonzalo recibe miles de cartas y noticias ciertas, que le aclaman do quiera el defensor.
Asi como el avaro contempla enagenado su tesoro, así Gonzalo, cual celoso toro, siente erguirse su centro de poder: por un instante su ambición dormida,
volviéndose á encender, recuerda que el monarca aquel imperio
á su hermano debió:
que Hernando continúa sumido aún en lóbrega prisión; y que él, para siempre ya olvidado, va á hacer de sus riquezas despojado,
por tirano virey, quien decir se atrevió á sus companeros,
refiriéndose á él: — (|ue ya la baja gente y Los porqueros, no tendrían allí ningún poder. 178
Todos estos ultrajes, que le irritan, del vehemente Gonzalo odio, venganza y ambición agitan, y hacen su sangre, cual volcán hervir: quiere vengarse y obtener el mando, que es un Pizarro, á déspotas probando, y vencer con los suyos ó morir.
Y en sueños tan lisongeros, su alma altiva se dilata, y embolsando su oro y plata, con dieciocho caballeros al Cuzco se encaminó: y saliendo el gentío á recibirle
y homenaje rendirle,
protector del Perú, con júbilo indecible lo aclamó;
y al general contento, ^
se unió el avuntamiento, y el título á Pizarro confirmó.
Pidió entonces permiso: — para una fuerte escuadra preparar,
y que se le nombrase
capitán general.— Pero el ayuntamiento, ya indeciso, repuso: — no tener tal facultad. —
Y Pizarro declara: — que el conferido titulo renuncia,
porque es ineficaz, en la tremenda guerra que se espera, para fuerzas y armada organizar.—
A los ruegos del pueblo y sus amigos, cedió el ayuntamiento, y á los pueblos Pizarro hizo saber: — que tan solo aceptaba el sacrificio, por saloar los dominios de su rey,
y del Perú y las Indias los sagrados derechos sostener. 179
¿Mas para esto cumplir, pidió Pizarro
que el pueblo le nombrase
capitán general,
ó guiábale, ante todo, satisfacer recóndita venganza
y ambición persona If
¡Que no era un Cincinato, muy en breve liegos > á demostrar!
15-44
Cuando el brillante sol, en tibio rayo, de los Andes erguíase en la cima,
entró el virey en Lima el día diecisiete, en mes de Mayo.
De esa ciudad y España los escudos, en un arco triunfal de verdes hojas.
enlazados al centro se ostentaban: los cabildantes, con sus capas rojas,
al virey esperaban, y empleados también y ayuntamiento
y las comunidades, circuidos de esos chicos y curiosos, que pululan en todas las ciudades;
- 250 —
y viejas y doncellas, mirando desde puertas y ventanas.
Echan los templos de la nueva Lima
á vuelo las campanas, que su primer oirey ya se aproxima, y su séquito en torno se dilata: en palio carmesí con flecos de oro, y de ocho varas de maciza plata, que llevan concejiles y señores, recíbese al virey en su caballo, al eco de clarines y atambores:
y en el ayuntamiento presta el virey solemne juramento, su diestra mano en el misal tendida;
y el acompañamiento hasta la catedral después le sigue, do cántase un Te Deam, con orquesta; y desde el templo d pie cruza el espacio
de la pública plaza, yendo al frente un jinete con su maja, é instálase en seguida en el palacio.
Del odiado virey el primer acto fué cometer indiscreción chocante;
porque á todos decía, después de oír á un número importante
de la clase influyente:
— que aunque él reconocía, que ya el código no era conveniente
para el trono y colonias, har'íalo cumplir estrictamente
de cualquier manera; no obstante, el memorial apoyaría, que á su monarca el pueblo dirigiera.— 180
Así, pues, se veía una contradicción, harto irritante; \ porque al palpar las graves consecuencias, debiólo suspender en el instante,
Y tal cosa, prudente y por si mismo, hizo el virey Mendoza, en aquel tiempo, y á Méjico salvó de un cataclismo; mas Blasco Nuñez Vela no tenía
su política ciencia
ni clara inteligencia; porque era Blasco Nuñez una broza,
al lado de Mendoza!
Con este paso, creyó el virey á sus contrarios va contener; v á don Gonzalo
mandó también: — que ese su grupo hiciera en el momento disolver. —
Y muy tranquilo, así creyó, que disolvía la rebelión; pero más firme se levantó, V en Lima mismo al virey desafiaba con furor.
Como unos cinco mil indios mandó, en tanto, don Gonzalo de Guamanga á recoger la artillería, que Castro sacó del inquieto Cuzco, creyendo ponerla en salvo: y eran diecisiete piezas, (jue estaban en buen estado y reforzaron su ejército de cuatrocientos soldados, el que al bajar á la costa supuso fuese aumentando.
Gastó Gonzalo sus fondos en armamento y vestuarios y en preparar su bagaje, para marchar sin obstáculo, y arengó á sus compañeros antes de salir al campo.
Cuando en el Perú se supo, que un virey nombrado estaba para hacer allí cumplir las temidas ordenanzas, don Francisco Carbajal, que hacía tiempo que en Charcas, trabajando residía, vendió sus minas y casas, y con buenas barras de oro, pensó volverse á su patria, para allá morir tranquilo, tras vida tan agitada; pero el virey no dejó que nadie se fuese á España, con su adquirida riqueza; y perdiendo su esperanza el anciano Carbajal de burlar la vigilancia, que en los puertos se tenía, fué al fin, para 8 <^ desgracia, á visitar á Gonzalo,
251 —
porque á los dos los ligaban
intereses y amistad,
desde que fuéronse á Charcas.
Muy contento don Gonzalo de recibir tal palanca, que impulso á su gente diera, suplicóle que aceptara, —ser su segando en el mando, y el primero en su confianza; — pero el viejo Carbajal, que ya tan solo anhelaba sus pocos días de vida, pasar tranquilo en su casa, rehusó todas las ofertas, que á cualquier otro halagaran; mas tanto insistió Gonzalo, que el viejo, como esas damas, que aún inválidas, no olvidan sus costumbres cortesanas, y caen en la tentación, cuando otra vez son tentadas, al fin aceptó la oferia, y con toda vida y alma se adhirió á la oposición, que Gonzalo encabezaba, y salió también del Cuzco, buscando nuevas hazañas.
A poco andar, ya supieron la muerte del Inca Manco, el que, por una partida, de los dispersos de Almagro," que ocultáronse en sus chozas, fué vilmente asesinado; mas vengaron á su jefe los afligidos peruanos, dando en el acto la muerte á sus huéspedes ingratos.
Este importante suceso fué un triunfo para Gonzalo; porque el Inca, con sus fuerzas, hubiérase puesto al lado de Nuñez Vela, pues fué hostil siempre á los Pizarro; y ya sin jefe los indios, no eran temibles contrarios; á mas, que por las mujeres, y las costumbres y el trato, íbanse, sin resistencia, ligando con los cristianos.
Este último sucesor
del imperio conquistado, cual lo hizo Guatimozin en el suelo mejicano, también supo noche y día, animoso batallando, ^ de su estirpe los derechos disputar al castellano: él poniendo sitio al Cuzco, y arrabales incendiando, sorprendió á sus enemigos y absorto dejó á Pizarro, en medio de sus proyectos, á quien obligó, humillado, á pedir á otras colonias para salvarse un amparo; y supo, por un momento, extendiéndose en sus campos, dejar al fin indecisa entre el salvaje y cristiano la balanza del destino, al más fuerte el triunfo dando.
Y de esa perenne guerra, va en ardides avezado, fué la táctica aprendiendo de sus opresores falsos; y jamás quiso con ellos celebrar paz ni tratados; y yéndose á sus montañas ó entre sus bosques vagando, descendía á los caminos, sorprendiendo á su adversario, y la guerra de recursos fué por do quiera llevando; y supo, también, astuto, su ayuda prestar á Almagro ó al que débil se encontraba al verlos anarquizados, para que ellos, por sí mismos, se fueran exterminando; y hasta el mismo Núñez Vela, hallábase autorizado para hacer paz con el Inca y acordar cualquier arreglo; pero indomable, impertérrito, con su corona soñando, prefirió siempre la guerra á la adyección del esclavo.
Algunos presumieron, que la muerte del Inca valeroso, quitase ya el pretesto á don Gonzalo de ejército formar; y otros disgustados,
— 252 —
del modo escandaloso, que echó mano del público caudal,
á enfriarse comenzaron,
y algunos regresaron y fuéronle al virey á presentar.
Un instante Pizarro en su bélica empresa vaciló, al ver el desaliento de su gente
y aquella deserción;
y abismado, una idea como seguro puerto concibió: — con todos sus adictos veteranos el irse á Charcas y quedarse allí, hasta donde el virey jamás iría,
ó aunque fuera podría con elementos propios resistir.
Algunos aprobaron
mas no asi Carbajal,
que no retrocedía,
cuando adoptaba un plan; y como á igual hablando á don Gonzalo, obligóle su idea á abandonar.
Con severo rostro ñjo, para hacerse obedecer, Carbajal así le dijo: «Vuestro abuelo puedo ser, y á hablaros voy como á un hijo, aunque no tengo ninguno, que yo lo llegue á saber: no es tiempo. ya, ni oportuno pensar en retroceder: prosigamos, pues, marchando,
que aunque se deserte alguno, \
irán die:^ por él llegando.
¿i,Que fugue un cobarde al monte,
chocando diente con diente,
á qué militar le inquieta,
si mira en el horizonte,
que le reemplaza un valiente?
¿No veis, qne soy el profeta
de esta muda soledad,
que he ido observando oculto,
y que cuanto menos bulto,
encontré más claridad?
Como un evangelio os hablo,
pues según dice la gente,
tengo pacto con el diablo,
v mi boca nunca miente.
¡Yo al infierno marcho y sigo,
si el infierno está adelante,
y al que me ande vacilante,
trataré como á enemigo!)^
La fausta profecía del excéptico, fiero Carbajal, comenzóse á cumplir; porque Fuelles,
en Guanuco oficial, á Gonzalo pasóse con sus fuerzas;
y á esta defección, oti'as fueron siguiendo su camino; y al descender del Cuzco á las llanuras, casi con doble número se halló; y en Guamanga corrieron ásus filas
ija todos á ingresar, para salvar sus bienes, é indignados de lo que oían del virey hablar.
154.4
La traición de Fuelles profundamente impresionó al virey, v mandó á un oficial, llamado Díaz,
con un destacamento, ese funesto ejemplo á contener;
mas todos sus amigos invitáronle á Fuellas á seguir
y Díaz decidióse á plegarse á la causa del país.
Quedó absorto el virey, en su soberbia,
de esta nueva traición;
y á dudar ya de todos como un cobarde imbécil empezó; y de Vaca de Castro los consejos, presumiendo asechanzas insidiosas, comenzó de él también á desconfiar, porque tenía amigos en el Cuzco; y en un buque, que hallábase en el puerto,
— 253 —
hizole confinar. Y á otros distinguidos caballeros,
por la misma razón, es decir, por quiméricas sospechas,
poner hizo en prisión.
Y tanta tropelía, contra inocentes y sujetos dignos, de todos aumentó la gritería, y al contrario espíritu uniforma; porque estos atentados demostraban, cual del fatuo virey era la norma.
Pero entre sus amigos y enemigos, lo que más disgustó, fué de Castro el respetable enviado, esa injusta impolítica prisión.
Como todo altanero y orgulloso,
que juzgase perdido, así el virey humíllase cobarde, y al obispo Loaysa, presuroso envía á don Gonzalo á proponerle: — general amnistía y distinciones; — pero llegaron sus ofertas tarde,
pues tales concesiones demostraron á todos los rebeldes, qtie ellos, y no el virey, los dueños eran
de imponer condiciones.
No permitió Gonzalo, que el prelado
al campamento entrase,
ni con ninguno hablase para que no enervara del soldado el béhco entusiasmo que tenía; y después de escucharle atentamente_,
contestó al buen obispo: — que no aceptaba honores, ni amnistía,
ni vanas concesiones;
porque al virey podía á su vez imponerle condiciones:
que en paz le dejaría volverse con su código y letrados; — y arrojóle, con cajas destempladas,
diciendo á sus soldados: — que las severas bases presentadas,
eran disparatadas. —
Tan brusca negativa hizo ver al virey, desalentado, cuanto su situación era aflictiva;
y queriendo tan solo
tomar la defensiva,
hizo, pues, en las calles
levantar barricadas, comprar muías, llamar al vecindario, y mandar que estuviesen preparadas ocho naves, que estaban en el puerto, y ofreciendo gran paga á los soldados, creyó así proceder, como hombre experto.
En tanto se realizaban en Lima tales sucesos, los cuatro oidores llegaron, sin demostrar gran respeto por las nuevas ordenanzas, pues los cuatro se sirvieron desde Panamá hasta Lima de los indios, como siervos.
Constituidos en audiencia, al virey desaprobaron: — no haber suspendido el código en cuanto á Lima hubo entrado, á pesar que allí no había ejercido ningún acto, que á los colonos privase de sus indios ni sembrados: que los medios de defensa, que estaba allí preparando eran del todo impolíticos, pues debió haber adoptado negociaciones y acuerdos, cual gobernante sensato. —
Y en la cárcel presentándose, de motil propio soltaron á todos los detenidos por políticos trabajos. El oidor Cepeda fué quien inició este atentado; porque astuto y ambicioso, queriendo verse más alto, ganarse el favor buscaba del voluble populacho.
Era Suarez Carbajal un estimable sujeto, que había siempre ocupado muy delicados empleos; y como de Lima algunos de sus parientes salieron, para acogerse á las lilas de los muchos descontentos, el desconfiado virey quiso aclarar estos hechos, y una noche envió á llamarle, suponiendo sorprenderlo.
— 254 -
y averiguar la verdad para echarlo de su puesto.
De su palacio en apartada pieza, el virey increpóle, con dureza, de sus varios parientes la traición; y soberbio, de cómplice la mancha
al rostro le arrojó; pero Suárez, mirándole de frente, con la tranquilidad del inocente, con energía desmintió al virey: trabáronse en disputa,
V alzándose las voces, la suya supo Suárez imponer;
mas el virey, furioso, creyendo ajada ver su dignidad,
echando la mano al cinto
le hirió con su puñal.
Las guardias inmediatas á su señor corriendo á socorrer, por Suárez suponiéndole agredido,
le hundieron las espadas, según ellos dijéronlo después. 1H2
El virey, horrorizado de aquella barbaridad, mandó en seguida el cadáver con gran secreto bajar, y en sangrienta capa envuelto, llevóse á la catedral, donde cavando una fosa, lo pudieron enterrar, en medio de las tinieblas y silencio sepulcral.
No pudo quedar oculto este trágico suceso, desde que tantos estaban enterados del secreto; y á circular comenzaron rumores, que coincidieron con la desaparición de tan notable sujeto; vióse tierra removida V adivmóse el misterio: cavóse la sepultura, y halláronse allí los restos de Suárez de Carbajal, lleno de heridas el cuerpo.
Y ante aquel horrendo crimen, venganza todos pidieron;
y fue universal la grita, cuanto súpose entre el pueblo
de ese crimen los detalles; y que Suárez hubo puesto todo su influjo y prestigio para hacer, que aquel gobierno del pueblo fuese querido, marchando por rumbo recto.
Nadie creyóse seguro, después de acto tan horrendo, y á la audiencia los vecinos seguridad la pidieron; y á don Gonzalo Pizarro despacharon mensajeros, diciéndole: — que impaciente le esperaba todo el pueblo. —
Pizarro, que á sus tropas lentamente hacia Lima dirigía,
su iTiarcha apresuró al saber esos últimos sucesos;
y el virey, asombrado de aquella popular sublevación,
solo en huir de Lima segura salvación creyó encontrar, notando que ni fuerzas ya tenía, para hacer resistencia en la ciudad.
Para irse á Trujillo preparóse y llevar las familias y equipajes, y de Lima los víveres sacar, para que, cuando entrase allí Pizarro,
seguirle no pudiese. Este era del virey el nuevo plan.
¿Mas qué con ese plan se proponía? ¿Y qué iba en Trujillo á hacer después?
Ganar tiempo quería y seguir del destino á la merced.
Pero á tal cosa opúsose la audiencia, y de Lima á salir, diciendo: — que tan solo sus sesiones tener podía allí. —
Amenazó á la audiencia,
ofuscado el virey, y entonces ella reclamó del pueblo
asumir el poder; y en el mismo momento dio un decreto,
mandándole prender.
Al frente la audiencia del pueblo salió, que se iba aumentando
— 255
como procesión,
que en andas conducen
los fieles á Dios:
y el pueblo vivando,
de música al son,
al rey y á la audiencia,
la puerta invadió
del mudo palacio,
cual negro turbión.
Y desde sus ventanas hacer fuego, mandó el virey furioso, creyendo al populacho intimidar; mas las balas pasaron por encima.
sin á nadie tocar. Entonces gritó el pueblo: (qViva Lima!» y del virey los criados y oficiales, al pueblo comenzáronse á pasar.
Y luego, sin que hiciese resistencia,
al virey se prendió; y tal vez por salvarle de la muerte
la precavida audiencia, en oscura prisión le sepultó.
Saqueado fué el palacio por chicos y mujeres, cantando el populacho en medio del botín; y á todos los soldados les dieron un banquete; y de este primer acto tal fué el tranquilo fin, pues vino en vez de sangre, vertióse en el festín. 183
Después de aquel tumulto improvisado, de vecinos y ejército compuesto,
cual temporal pasado, mostróse la ciudad tranquila y leda: por la audiencia el virey siendo depuesto, ella quedó ejerciendo el alto puesto,
que presidió Cepeda:
'k una isla vecina, y de fuerte guardia custodiado,
el virey fué mandado
para ser á su patria en la primera nave remitido: y Alvarez, el oidor, quedó nombrado, para que á Nuñez Vela acompañase,
y al monarca informase
del modo cómo se hubo
el virey conducido;
así que Alvarez tuvo que encontrarse en la isla detenido.
La audiencia en pleno mando se veía;
y aquel tan dulce mando, por tiempo indefinido presumía,
que iba á seguir gozando; mas en Lima se supo:— que ya en Jauja hallábase Pizarro con sus huestes;—
y notando la audiencia
del pueblo la impaciencia por ver allí á Pizarro y proclamarle, en seguida mandóle un mensajero, de la revuelta el éxito á anunciarle; y entre temor y dudas le decía: — que puesto que el gobierno provisorio
la ley temible había, como medida previa suspendido, y en paz se hallaba todo el territorio, esperaba la audiencia, y le pedía
sus fuerzas disolviera, como noble vasallo y obediente, pues justo el gran monarca, bien sabría
premiarle dignamente. —
En lisonjeras y cumplidas frases la cautelosa audiencia, así ocultaba
sus ideas falaces, pues seguir gobernando ambicionaba: á la atrevida araña semejante,
tender redes quería
á la águila triunfante, que entre doradas nubes se cernía.
Al campo de Pizarro, no sin cierto temor fué el mensajero de tan necia embajada,
— 256 —
Zarate, el cronista de estos hechos.... mas no pasóle nada. 184
Cuando Zarate á Pizarro saber su misión le hizo, quedó Pizarro indeciso, sin saber qué contestar; aunque decidido estaba, después de trabajos tantos, á no por falaces cantos, dejarse necio arrullar.
Mas Carbajal, impaciente, al ver la intriga y el arte, con que la audiencia marchó, sin dar la cara de frente^ á Pizarro llamó aparte, y resuelto así le habló:
((¿Su voluntad nos intima la recién llegada audiencia, para con toda insolencia, seguir gobernando en Lima? ¡Escuchar esto da grima de la boca de un rufián! ¿Y esa gente, come pan:* ¡Juro por el negro averno, que la daría el gobierno ... de los monos de Tetuán!
Os dan pelada la breva, y licor la copa mana, y ya tierna la manzana os presentan, como á Eva: la amiga suerte os eleva, una corona irradiando; y el porvenir despejando, de flores la senda esmalta. Decidme, entonces, qué os falta.^ ¡El querer subir al mando!
Echad inmediatamente, si no sois un majadero, á ese espía ó mensajero, antes que aquí nuestra gente le cueza en agua caliente. ¡No mostréis debilidad, y el mando la demandad: — que os lo entregue desde luego; porque sino, á sangre y fuego vais á entrar á la ciudad.»
De la Eva ó la serpiente
que á don Gonzalo tentó, í
la voluntad se cumplió.
¡Sonar debe dulcemente
La lisonja seductora,
que mana pérfido labio,
cuando hasta el hombre más sabio
del ignorante la implora!
Pasóle así á Pizarro
y Zarate partió;
y al oirle la audiencia,
consternada quedó; y entonces recordó á Vaca de Castro, y su opinión mandóle preguntar; pero Castro, que nada la debía,
en términos ambiguos aventuróse solo á contestar.
De tinos cuantos jinetes solo seguido, en tanto Carbajal, para ningún temor y su desprecio
á la audiencia mostrar, y su pronta respuesta demandarle,
penetró eii la- ciudad;
y en el acto la audiencia
entró á deliberar; y el viejo Carbajal, para indicarla como marchar debía en adelante, y también á la vez intimidarla,
al alba hizo salir de sus camas á tres ricos fiednos, que en el Cuzco á Pizarro abandonaron,
y en sus muías subir: y bajo una arboleda de extramuros,
h izóles confesar para morir.
Colgado iba ya el segundo, cuando al fiero Carbajal el tercero demandóle: —que tuviese caridad. —
Y el jefe mandó sonriendo, la ejecución aplacar.
«Pues bien, — le dijo — os concedo por vuestra clase y edad.... el que elijáis el ramaje en que os deben ahorcar; pues también de carne y hueso sois un tronco; pero ya no da fruta ni verdece, y ahora se va á secar!))
Y como era un pobre viejo.
— 257 —
á los pies del capitán •
echóse, desconsolado, á suplicarle y llorar.
(«No lloréis, viejo traidor, — le replicó Carbajal, — que voy á elegir un árbol de noble sa y calidad. y) Y de uno frondoso y alto, al punto hízole colgar.
En cinco minutos tal nueva corrió, desde uno á otro extremo de la población, y entonces, la audiencia de miedo tembló.
Invitóse en el acto á don Gonzalo á entrar en la ciudad, la audiencia declarando: — que en obsequio al bien público y la paz, debía don Gonzalo en el momento
el gobierno aceptar.— 1<S5
De todo esto, bien claro se hizo ver, que la audiencia no hubiérale mandado
el gobierno ofrecer,
si el fiero Carbajal
no hace á los tres traidores
á su entrada colgar; pero ya don Gonzalo con sus huestes
llegaba á la ciudad.
El veintiocho de Octubre, como mil y doscientos veteranos su entrada hicieron, con solemne pompa,
y marcial continente;
y doce mil peruanos á vanguardia llevaban lentamente
la gruesa artillería: 186 y con sus alabardas y arcabuces marchando iba después la infantería; y al frente de gallardos caballeros,
con lucientes aceros, en un brioso corcel, bien enjaezado, veíase á Pizarro que llevaba,
sobre tersa armadura,
rico sayo brocado, que sus bordadas armas ostentaba,
y en sus hombros flotaba
una roja capilla, toda cubierta con adornos de oro; '
y el real estandarte de Castilla iba delante de él, y á sus costados, con las armas del Cuzco una bandera, y otra con las armas, que el monarca á la estirpe Pizarro concediera.
De todo el vecindario llenáronse las calles y ventanas, y las vibrantes músicas marciales, avivando del pueblo el patriotismo, de gozo por doquier daban señales:
sonaron las campanas y oyóse del cañón el estampido, que con alegres salvas saludaba al que ya toda Lima proclamaba como á su salvador noble y bizarro; y solo un eco unánime se oía, que desde uno á otro extremo repetía: «¡Viva el gobernador! ¡Viva Pizarro!))
Al gran caudillo, en su salón la audiencia, y ante un misal con su dorada cruz, recibió el iuramento acostumbrado,
y de todo el Perú capitán general fué proclamado.
Y arrojándole flores las mujeres,
Pizarro se hospedó en el triste palacio, abandonado,
del gran conquistador, do aún manchas de sangre se veían, que con pena el hermano contempló!
Y el pueblo, como niño alborozado,
se entregó muchos días á corridas de toros v torneos, y prolongadas fiestas y alegrías, al cumplirse de todos los deseos; pues todos esperaban una era
de dichas y quietud, al ver en el gobierno á otro Pizarro, cual augurio feliz para el Perú.
Desde que aquella tierra conquistaron, solo un jefe ó caudillo conocieron,
V á él se acostumbraron, y así ricos gozaron y vivieron:
eso allí se quería: — y no ya que un despótico mandón, codicioso á esquilmarles noche y día les mandase su ingrato emperador! —
Eso el pueblo decía, creyendo que sobrábale razón!
— 258 —
1544 V 1545
A varios de esos, que habían tomado en la guerra parte contra el triunfante Pizarro, los jueces, por adularle, los condenaron á muerte; pero él, político y hábil, perdonó á todos, mandando que á Chile se desterrasen: llevó á la adminisíración á sus más ñrmes parciales, y estableció su gobierno sobre muy seguras bases: mandó á sus viejos tenientes á los pueblos principales á organizar las milicias, y que el mando se arrogasen; y construir en Arequipa hizo galeras y naves, para tener el dominio de aquellas costas y mares, tratando así precavido, de preparado encontrarse contra cualesquier evento, como jefe vigilante.
De nombre solo la audiencia existía; porque nadie á sus fallos apelaba, pues hasta sus facultades absorvió el gobernador, sin que aún ella se quejase; y hasta de hecho no existía, porque en cama estaba Zarate de mortal enfermedad; Cepeda, viendo sus planes de loca ambición frustrados, descendió hasta presentarse de Pizarro un instrumento, con tal que se le otorgasen esos respetos debidos á su alto puesto y su clase, tratando de hacer fortuna para á su patria tornarse; mandado antes por la audiencia, en la isla hallábase Alvarez, custodiando á Nufiez Vela;
y muy próximo á embarcarse también estaba Tejada, pues Pizarro, los detalles de aquellos pasados hechos, quería al monarca enviarle, para conquistar su gracia y poder justificarse; mas Carbajal disuadióle de que de eso se ocupase, diciéndole bruscamente: «Esas bajezas, cobardes, empeorarán vuestra causa; y no esperéis, no, bondades, cuando ya fuisteis tan tejos! Esperad solo, arrogante, en las lanzas y arcabuces, que, como siempre, os amparen.»
En breve súpose en Lima, que el buque donde se hallaba en prisión Vaca de Castro, una noche levando anclas, del puerto despareció, sin saber nadie la causa; y esta era, que viendo Castro, que no quedábale nada ya que hacer en la colonia, ni en qué servir al monarca, desde que dueño absoluto Pizarro en ella imperaba, consiguió que el capitán á Panamá le llevara; y de allí cruzando el istmo, embarcóse para España. 187
También se supo en seguida otra nueva más adversa. Al salir del puerto el buque que llevaba á Nuñez Vela, dióle Alvarez libertad; ora ya porque temiera el ir con él á la corte, ó por pensar, que la audiencia, al tomar esa medida, procedió con lijereza; y de su prisión culpando
— 259 — .
á sus débiles colegas, díjole: — que por salvar del peligro su existencia, hubo tan solo votado, que preso se le pusiera en tan críticos momentos; y dábale de ello prueba al ponerle en libertad para irse donde quisiera. —
De verse libre el virey, de gran contento dio muestras; pues á su orgullo humillado, atormentaba la idea de presentarse en la corte, no solo con causa abierta, sino de no haber cumplido la misión que se le diera: pudo muy bien dirigirse de Panamá á las riberas, y á las colonias del Norte pedir socorros y fuerzas en nombre de su monarca; mas tal paso también era para su orgullo humillante, y resolvió, pues á tierra volverse y marchar á Quito, donde alzando su bandera contra el rebelde Pizarro, decidiese la contienda.
En Túmbez desembarcó en donde dio un manifiesto: — revelando la conducta de Pizarro y de sus hechos, y á todo leal vasallo su pronta ayuda pidiendo, para conseguir salvar del monarca los derechos. —
Y no en vano fué el llamado á aquellos volubles pueblos, pues fueron de San Miguel de la costa y Puerto Viejo llegando algunos soldados, de Almagro varios dispersos, de don Gonzalo enemigos, y muchos aventureros; y adquiriendo algunas armas, empezó á formar su ejército.
Ibase ya Nuñez Vela forjando planes risueños, cuando tuvo la noticia:
— que algunos destacamentos
de las fuerzas de Pizarro
se encontraban no muy lejos;
y creyéndose cercado,
sin averiguar lo cierto,
presuroso partió á Quito;
y atravesando desiertos
y nevadas serranías,
no sin trabajos y esfuerzos,
vióse en fin en aquel punto,
do á auxiliarle halló dispuesto
al valiente Benalcázar;
y tornando al poco tiempo
á descender á la costa,
formó en San Miguel su centro,
y volvió á alzar su bandera
con más coraje y empeño,
reuniendo quinientos hombres
aunque escasos de armamento.
Ya el virev, con estas fuerzas, pudo salir al encuentro de algunas cortas partidas, que de Pizarro se vieron; y algunos parciales triunfos, que sobre ella fué obteniendo, alentaron su esperanza de recobrar el gobierno.
No en Lima ocioso Pizarro, en sus glorias se adormía, conociendo, que aún no estaba muy seguro en su alta silla; y habiendo hecho vigilar por sus diversas partidas, del virey los movimientos, y sabiendo, que ^ tenía organizadas ya fuerzas, comprendió que su salida á buscarle v á batirle, era ya entonces precisa; y una fuerte guarnición con su jefe dejó en Lima, saliendo el cuatro de Marso, con voluntad decidida de dar muerte á Nuñez Vela, si entre sus manos caía.
Con unos seiscientos hombres, en Trujillo entró Pizarro, ^
para San Miguel siguiendo, donde pensaba encontrarlo; y aunque Nuñez Vela quiso salir con su gente al campo.
260 —
toda ella se anonadó
al nombre de don Gonzalo,
ó niejor dicho, ninguno
quiso salir á pelearlo;
y tuvo el pobre virey
que partir apresurado,
marchando otra vez á Quito;
pero de cerca Pizarro
íbale activo siguiendo,
sin darle ningún descanso.
En las faldas de unas sierras, pudo el virey acampar;
V como era noche entrada, se apresuró Carbajal,
con un cuerpo de jinetes, su retaguardia á picar,
V ver si allí conseguía irle formando corral;
mas sonando sus trompetas, no pudo seguir su plan; porque del virey la tropa, llegándose á desjiertar, y haciendo nutrido fuego, tuvo que volverse atrás, y las otras se escaparon, sin poderlas ya alcanzar.
Fué imperdonable descuido en tan hábil capitán, intentando una sorpresa, dejar el clarín sonar; y prevenir al contrario que él en pos estaba ya; y si otro, no él lo comete, le hace Pizarro cortar la cabeza, de seguro; pero quiso Carbajal que se olvidase esta falta por su mucha actividad, y perseguía al virey sin dejarle merodear, con los bríos v el coraje de un mozo de poca edad.
De Cajas al valle agreste, el virey siguió cruzando, siendo penosa su huida por las rocas y barrancos, sin tener donde pastar las muías ni los caballos: iba comiendo su gente carne de animales flacos, maiz, robado á los indios,
y las raíces y cardos,
que hallaban en su camino,
todos muertos de cansancio....
y Carbajal le seguía,
sufriendo iguales trabajos
y reforzando sus marchas,
mas sin poder alcanzarlos;
porque el que huye lleva siempre
el ciego impulso del dardo,
pues de veloz ligereza
sus alas le presta el pánico.
Las fuerzas de Nuucz Vela al fin entraron en Paltos, llano, extendido desierto, por arroyuelos cortado, V á la vez un tremedal, por sus terrenos muy bajos, do entraban y no salían los escuálidos caballos, teniendo los fugitivos que irlos desgarretando, para que no los tomaran de Carbajal los soldados; ó irse con ellos de prisa, en su huida alimentando por aquellos tremedales. ¡Y pobre del rezagado á quien Carbajal tomaba y mas, si fué partidario del bando de su caudillo, pues matábale en el acto!
Iguales penas sufría de don Gonzalo la hueste; mas los perspicaces indios, con su instinto sorprendente, dábanle ayuda y hogar, al ver que él era el más fuerte, para ya quedar amigos de esa vencedora gente; pues convencidos estaban, desde que faltó su jefe, que era en vano á tales hombres por más tiempo el oponerse; y así en pos de Nuñez Vela ir pudo marchando siempre, presumiendo el alcanzarlo, con ese val o/' paciente, que conduce hasta la gloria, y orgullo fué de sus héroes, que á porfía conquistaron todo el nuevo continente. 188
— 261 —
No solo á Nuñez Vela atormentaban los continuos trabajos materiales, sino la desconfianza, que tenía de varios de sus jefes principales;
así es que noche y día, observando de todos las miradas,
en zozobra vivía;
tal vez razón tuviese, ó fueran sus sospechas infundadas; pero un día sus tropas encontraron muertos a tres de sus mejores jefes, y de las iras del virey temblaron, mas que del enemigo, que sus huellas
seguía presuroso. 189
Al fin salir lograron de aquel largo camino pantanoso; y ya de Tomehamba en el distrito, creyéndose salvados, penetraron en la tranquila capital de Quito.
El virey, consternado, contó sus fuerzas al llegar allí, y las tres cuartas partes le faltaban.... entonces presintió su triste fin!
Y en Quito fué recibido Nuñez Vela con frialdad; porque es el medio mejor para ser favorecido, no tener necesidad de recibir el favor.
Las crónicas refieren: — que de ese pueblo se aumentó el temor, al notarse fenómenos horribles, desde que Nuñez Vela allí pisó: — y dicen:— que en las noches, sin estrellas, y en medio de profunda lobreguez, se veían cometas, color sangre,
por los aires hender: y en cuadrillas los perros por las calles,
empezaron á aullar, augurando á ese pobre vecindario
negra fatalidad;
que todos se aterraron,
cual si viesen á un diablo ó jabalí, pidiendo que al virey y sus soldados se ordenase salir. 190
Y aquella flaca y agobiada gente, tuvo al fin hacia Pastos que marchar,
buscando á Benalcázar, prestigioso caudillo en Popaydn.
Las fuerzas de Nuñez Vela á Quito daban la espalda, á ese pueblo maldiciendo por su conducta inhumana, cuando las de Carbajal y Pizarro penetraban, no encontrarlas lamentando, después de fatigas tantas.
Y haciendo un breve descanso, pusiéronse luego en marcha,
en pos de sus enemigos; y al fin llegó su vanguardia á encontrar á Nuñez Vela, cuya gente descansaba de un arroyuelo á la margen; mas huyó precipitada al mirar á la enemiga, siguiendo su retaguardia.
Mandó hacer alto Pizarro, cuando menos se creía, y otra vez volvióse á Quito, por no provocar las iras del caudillo Benalcázar, si se entraba en su provincia.
Y reposo hallando en Quito, de las pasadas fatigas, esperaba, como el tigre
que se agazapa y achica, que al fin el virey volviera, para dejar su guarida.
Escribiéronle á Pizarro: — que Centeno, el capitán, -se había alzado en La Plata
— 262 —
con algunos otros más,
impulsándolos tan solo
la envidia ó rivalidad,
que por Pizarro sentían,
y el querer ellos mandar; —
y Pizarro desde Quito,
con fuerzas mandó hasta allá,
á ajustarles bien las cuentas,
al terrible Carbajal.
En tanto Nuñez Vela, acongojado estaba en Popayán; pero dándole aliento Benalcázar,
prometióle ayudar;
no tan solo porque era
un soldado leal,
sino porque á Pizarro profesaba profunda enemistad; y él y también Cabrera, su segundo, quisiéronle en la guerra acompañar,
llevando un buen refuerzo de cuatrocientos hombres el total. 191
Cerca de un mes había transcurrido,
que Pizarro paciente
acechaba al vi rey, y su ejército hallábase aburrido
de esperarle también; y creyendo ese acecho permanente:
— pidió á Lima volver ó ir al enemigo á pelear,
aunque preciso fuera declararle la guerra á Benalcázar
y entrarse en Popayán.
Para salir Pizarro de ese apuro,
un nuevo plan siguió:
deja en Quito á Puelles,
con una guarnición, y parte al Sud, diciendo: —que marchaba
á unirse á Carbajal; — cuya resolución encontró modo que llegara á saberse en Popayán.
Entonces, sí, partieron prontamente Benalcázar, Cabrera y Nuñez Vela,
sobre Quito á caer; mas á quince kilómetros de Quito, del lado Norte y de una loma al pié, salióle don Gonzalo al enemigo,
cuando iba á anochecer.
Tarde ya los aliados, sorprendidos, conocieron su error:
pero al engaño urdido por Pizarro, también otro el experto Benalcázar
oponer intentó: do sus tropas estaban acampadas,
hizo hogueras poner, y tomando á unos indios, como guías, marchando en torno de la loma fué,
para la retaguardia del artero Gonzalo sorprender;
mas sea que estos indios, no aquel camino conocieran bien,
y las huellas perdiesen, en medio de la densa lobreguez, ó sea que exprofeso les hiciesen esas horas brevísimas perder, encontrándose al alba los aliados
á una distancia tal, de no poder caer sobre Pizarro, sin que antes se llegase á preparar.
Entonces presurosos, penetraron en Quito de rondón; mas Quito, como tumba solitaria,
inspiróles temor; y antes Puelles, á unirse con su jefe,
sacó su guarnición: y aunque algunas mujeres con sus chicos, salieron al virev á recibir, en vez de consolarle, le decían:
((¿Señor, á qué venís? ¿Acaso vuestro sino desgraciado
os trae á morir?»
Y al escuchar augurios tan fatales,
sintió el pobre virey, que helándose su sangre entre las venas,
cesaba de correr;
y al fin no pudo menos
que doliente exclamar: ((¡Señor, señor, por qué á tus servidores así dejas en mísera orfandad!»
Cabrera y Benalcázar, también con la experiencia que tenían, perdieron la esperanza de triunfar;
y de veras sintieron haber tenido del virey piedad;
aunque haberle prestado
ayuda y protección, no fué por socorrerle únicamente,
sino porque esperaban,
si en tal lucha triunfaban, recibir del monarca el galardón.
263 —
Mas no asi los soldados, que muy rendidos de marchar á pie, toda aquella angustiosa, larga noche, buscaron en las casas que comer, como buenos y viejos veteranos,
tratando cada cual de ir luego agarrando, como dueño,
cuanto llegaba á hallar.
Conociendo Benalcázar, que era una temeridad, en tan trists situación la batalla aventurar, propúsole á Nufiez Vela: - -que iría de igual á igual al campo de don Gonzalo á proponerle la paz, ó á conseguir á lo menos, alguna tregua pactar, así ganando algún tiempo para meditar un plan, procurando él á su vez á don Gonzalo engañar; — pero convencido Nuñez de que no era tiempo ya de obtener algún arreglo, sin mengua de dignidad, decidido replicóle: «Ya no hay nada que esperar, pues pactos desventajosos yo no aceptaré jamás, ni en palabras de traidores nadie debe de confiar, ni. menos en este instante,
que orgullosos estarán.
Salgamos, pues, á buscarlos..,
y Dios haga lo demás!
Y os prometo, que mi lanza
en la batalla será
la primera que se empuñe,
contra ese enemigo audaz.»
Y en seguida Nuñez Vela reunió á su estado mayor, y preparando á su tropa, esta arenga dirigió: ((Enfrente están los rebeldes con su capitán traidor.... vosotros sois los leales, cual todo buen español,
que defendiendo á sus reyes centuplica su valor La justicia es nuestra causa, porque es la causa de Dios, y por ella triunfaremos con hidalgo corazón. ¡Seguidme, pues, al combate, porque al campo parto yo!»
Y los viejos veteranos así al escuchar la voz, que su deber recordaba á todo buen español,
se sintieron dominados de noble, bélico ardor, dando vivas á su rey al tremolar su pendón.
De Quito Nuñez Vela con sus tropas el dieciocho de Enero al alba sale, y apenas un kilómetro hubo andado, cuando halla al frente á su contraria hueste, que comenzó á formarse en una altura de esas colinas, que en pendiente suave, de las llanuras de Añaquito ascienden.
Alto las tropas del virey hicieron, v formáronse en orden de batalla, siendo unos cuatrocientos y cincuenta: de arcabuceros un pequeño grupo
púsose á la vanguardia, y los restantes,
con los alabarderos, ocuparon
el centro, por los flancos protegido
por la caballería, que mandaban
Cabrera v Benalcázar, v sería
de unos ciento y cuarenta bien montados.
Y con trece jinetes Nuñez Vela,
el real estandarte puesto al frente,
á llevar el ataque preparóse.
Su ejército también formó Pizarro, conforme al orden que el virey hiciera,
.íf\í:.-' ^
— 264 —
V serian seiscientos sus soldados, que atacar á los otros anhelaban, tras largo tiempo de buscar sedientos, ese para ellos últinno concíbate.
En el rostro brillaba la alegría de Gonzalo Pizarro y sus tenientes, creyendo que esa acción y fácil triunfo íbales para siempre á dar el qjando de ese im-^ erio del oro y de la plata. 192
Viendo el virey que don Gonzalo espera que el ataque le lleven, — demostrando no abaí;donar la posición que tiene, — y que la tarde á declinar comienza, manda cargar á la enemiga tropa, y sus arcabuceros hacen fuego, el campo oscureciendo densas nubes, y en pos siguen sus ñlas de alabardas; pero las fuerzas de Pizarro, entonces, hacen fuego también, marchando todas, y sus alabarderos y escuadrones, bajando al llano ú los contrarios cargan, y un muy violento ataque se produce, y en ambas filas rápido desorden.
Por el choque un momento retroceden; mas tornan á rehacerse con más brío, y de Pizarro los jinetes bravos, como furiosas olas bramadoras, con tal vigor embisten á los otros, que hácenlos detener y los envuelven, hasta irse ellos mismos arrollando. Chócanse las espadas y alabardas, y entrelazadas rómpense en la lucha, como quebrados juncos por el viento, peleando hombre á hombre, encarnizados. Mas del virey las fuerzas, extenuadas, por la penosa marcha de la noche, comienzan á ceder, y apenas pueden irse reconcentrando y defendiendo.
Y cubierto muy pronto vése todo de heridos, moribundos y caballos, unos y otros mezclándose en montones, como hacinados v en desorden se hallan tras terráqueo temblor, restos y escombros.
Allí el jefe Cabrera muerto vése, y no muy lejos y de heridas lleno, Benalcázar, al pié de su caballo, corno muerto en el suelo, también yace. Alvarez, el oidor, que se encontraba
del virey en las filas, moribundo • más allá se le mira, pues lidiando de su rey por la causa, morir quiso.
Fiel á su palabra Nuñez Vela, siendo el primero en enristrar la lanza, la ala derecha con tesón sostuvo, cual si siempre guerrero hubiese sido, y dando un bote al oficial Montalvo, derriba del corcel, y sigue abriendo con furia insana á su escuadrón camino, probando así á Pizarro y sus soldados, que si antes cauto huyera como jefe, como jefe en el campo de batalla guerrear y morir también sabía: el último arrollado fué del grupo, y mirando caer uno tras otro, él también á su vez sintióse herido, y dándole un soldado un golpe de hacha, derríbale aturdido del caballo; y con vida quizá escapado hubiese entre muertos y heridos, pues llevaba encima de su cota y las insignias de la militar orden de Santiago, indiana alislonada camiseta; 193 mas un soldado conocióle al verle, dio aviso á otros, que á su lado estaban, y á Suarez Carbajal, que era un hermano del que el virey asesinó una noche, en su propio palacio; y todos ellos en cara le echan su atentado inicuo, é iban por sus manos á inmolarle, cuando allí don Gonzalo se presenta, y sabedor de la intención que tienen, impide con tal hecho se degraden, y tranquilo, orgulloso y placentero de al fin ver humillado á su enemigo, ordena á un fiel negro, que le sigue, que á Nuñez Vela corte la cabeza, como á enemigo pérfido, implacable de los conquistadores de ese imperio, y su orden todos en redor aplauden.
Bájase del bridón el bravo negro, saca su sable y por el pelo toma del virey la cabeza, y de un sablazo la alza ufano, del tronco dividida, y luego en una pica fué enclavada, acudiendo los grupos de guerreros á mirar al virey, que aborrecían.
De esa tibia cabeza, cuyas canas y blanca barba sacudía el viento.
— 265 —
varios soldados de brutal instinto, mechones arrancaron^ que en sus cascos, como nobles trofeos ostentaban. 194
Aunque al fin decidida la victoria, de Pizarro corona las banderas, . sin embargo, sus filas animosa la infantería del virey sostiene y á raya pone el furibundo ataque, de alíjeros corceles, que atropellan con sus pechos aquellas alabardas; pero el nutrido fuego de arcabuces, diezma de los infantes las columnas, y dispersas se alejan en desorden, libre el campo dejando á los de Lima.
No la persecución á los dispersos sangrienta fué ni larga; porque oscuras ya de la noche las tendidas sombras, el irles persiguiendo fué imposible. Y sonando en el campo de Pizarro las dianas de victoria y las trompetas, reunió de nuevo á su triunfante tropa.
Pero aunque déla acción fué corto el tiempo, de la gente de Nuñez murió en ella una tercera parte, y la enemiga en proporción sufrió muy pocas bajas. 195
A Quito y sus iglesias penetraron muchos dispersos, implorando asilo; y unos á muerte y otros á destierro fueron por tribunales condenados; mas Pizarro magnánimo mostróse, y otorgó su perdón á todos ellos. 196
Bien atendido en Quito y hospedado el hidalgo caudillo Benalcázar, restablecióse al fin de sus heridas: de su antiguo rival permiso obtuvo para libre tornar á su gobierno; y aunque entonces mostróse agradecido de Pizarro al favor, llegó á olvidarlo, y también con el tiempo á combatirle.
Y por la afrenta, que al cadáver se hizo del infeliz virey, en el combate, sumo disgusto demostró Pizarro, mandando que sus restos se enterraran en la empezada catedral de Quito; y él mismo quiso presidir el duelo, de riguroso luto en las exequias.
Tal acto nos demuestra la costumbre,
que esta familia célebre tenía, de honrar con su presencia las plegarias, que mandaba ella misma que se hiciesen por sus ilustres víctimas al cielo, presumiendo tal vez, coa tales actos, así aplacar del cielo la venganza. 197
Este fué el triste fin de Nuñez Vela ó del primer oirey, que fué nombrado para el deshecho imperio de los Incas: desde que en F'anamá pisó engreído, ejerciendo medidas arbitrarias, hízose repulsivo en las colonias: llegó representando ley odiosa, V más odioso se hizo todavía por su pedante vanidad y orgullo y demostrar inhábil é imprudente á los conquistadores su desprecio: no ese coraje ni talento tuvo, al ver la oposición, que allí encontraban esas para las Indias duras leyes, de suspenderlas por su cuenta y riesgo, para no hacer odioso á su monarca; ni el país su poder desconociese, dándole incontinenti exacta cuenta '1^
de su conducta y situación presente, y de lo que allí hacerse convendría: no supo previsor aquel conflicto prudente el evitar, sino que ciego agregó combustibles á la hoguera: y demostróse tan inepto en todo, que hasta del mismo tribunal que trajo, depuesto fué, por no compromaterse, si su marcha política aprobada. 198
Ese pobre virey, vilipendiado y de menguadas miras, aferróse de la reciente ley al duro texto, como el mulo inconsciente, que da vuelta en el círculo estrecho de la noria, al madero que mueve y va siguiendo: ni es mérito el argiiir, que por cumplirla, hasta morir peligros arrostrase, como vasallo de su rey sumiso; porque todo español en esos tiempos, por divisa llevaba de hidalguía, mi Dios y mi rey, mi dama, '¿ohve el pecho. 199
Y si antes de brillar hundióse ese astro entre sanguinolentas, negras nubes, en su cénit radioso levantóse triunfante en Añaquito el de Pizarro, cual si la heroica sombra de Francisco, con fraternal aliento le amparase.
— 266 -
Verdad es que Gonzalo era un guerrero de maneras hidalgas, generoso, de franco corazón y nobles miras; y teniendo confianza en sus amigos, ellos así mostrábanse leales, y contenta seguíale su gente: gloria y poder le daba su apellido, pues recuerdos gratísimos en todos la gran conquista despertaba siempre V la memoria de los héroes de ella; y de la causa popular siendo eco, hacerse supo el arbitro querido, ya no existiendo los antiguos jefes, que pudieran el mando disputarle.
Con júbilo cundió por las aldeas y los nacientes pueblos y ciudades el decisivo triunfo de Añaquito, que celebraron todos á porfía, el título á Pizarro confiriendo
de gran libertador de aquella patria, que con su sangre conquistaron todos.
Pizarro en Quito se quedó seis meses, queriendo organizar ese distrito y adelantar también como á los otros: nuevas tierras donó á sus partidarios, y á otros mandó á hacer exploraciones, todos así quedando satisfechos: empezaron á unírseles los indios, ya á sus conquistadores vinculados, é hízoles dar educación cristiana: y pidió á los colonos, que pagasen de la real corona los derechos, para que su monarca al ñn propicio las tan odiosas leyes revocase; y supv) administrar con tal acierto, que hasta dijo después el mismo Gasea: fué un buen gobierno, para ser- tirano.
Hacia fines de Julio el triunfante Pizarro con su ejército
para Lima partió,'
dejando en Quito á Puelles una buena y probada guarnición.
Fué su feliz regreso una marcha triunfal, de los pueblos saliendo los vecinos sus ofrendas y vítores á dar.
Y tal era el entusiasmo, que hasta en Trujillo salió, seguido del vecindario y formando procesión, todo el clero, que entonaba antífonas, en honor del principe victorioso, diciéndole: — hágate Dios feliz, bienaventurado, y para gloria mayor te mantenga y te conserve.- /Clerical adulación! 200
Así la gente cogulla,
así el clero vividor, desde abinicio acostumbra tributar adoración al partido, bueno ó malo, en la lucha vencedor, entonando su Te Deum, como el fin de la función.
Si el monarca es el que triunfa, aclámale emperador, como de origen divino y predilecto de Dios: ó si lo fuese el vasallo, no le llama va traidor, sino victorioso principe, como á Pizarro llamó, sin importársele un bledo de que un tirano feroz sea el triunfante ó vencido, con tal de elevar su voz y conservar su pitanza del encumbrado mandón.
¿i Y hay quien crea, que un Te Deum es dar las gracias á Dios,
— 267
por conceder la victoria al que tuvo la ra^ónf
Así por costumbre todos los de vida conventual, proceden por conveniencia, sin pensar en los demás, sino en la conservación de propia comunidad!
Y es tan evidente y cierto, como ese dicho vulgar y los refranes lo son: — que el hombre es un animal de costumbres; — y se ve en toda la sociedad, que la educación y ejemplos, que al tierno niño se dan, su porvenir constituyen y mas ó menos moral, salvo una que otra escepción de triste fatalidad.
Por eso vemos familias de honra tradicional, á las que el pueblo respeta por su honradez y piedad, y cuyo nombre es un timbre^ que tratan de conservar, como el título más digno de nobleza y dignidad.
Y fué tan grande el entusiasmo en Lima, que demoler trató la autoridad algunos edificios, y ancha calle hasta la plaza pública formar,
poniéndola: Píjarro, para su entrada espléndida y triunfal; pero tales obsequios y proyectos,
en seguida supo él, y suplicó modesto al municipio: — que hiciera sus obsequios suspender. —
Mas no obstante, las calles se cubrieron de hinojos y ramajes olorosos: varios arcos triunfales se erigieron, los frentes de las casas se adornaron con indianos tapices de colores: ventanas y balcones se llenaron de ofrendas, de coronas y de flores, para arrojar al jefe victorioso: agolpóse en las calles y avenidas el pueblo alborozado y presuroso; y las autoridades, tropa y clero,
ya como á un rey reciben á Pizarro; .
á pie dos capitanes, con armadura de bruñido acaro, de su brioso corcel las bridas llevan:
cabalgan á su lado de Lima el arzobispo, y los obispos del Cuzco y Quito, y el recién llegado de Bogotá, que allí iba á consagrarse y á su diócesis luego á retirarse: de las nuevas iglesias las campanas échanse á vuelo, entre sonoros himnos de la vibrante música guerrera: se arrojan de balcones y ventanas al vencedor las flores v coronas, y á su triunfante ejército orgulloso;
y el gentío agolpado,
corriendo presuroso, cual si fuera una voz cada latido, da vivas y le aclama:— de su pueblo
libertador amado, y protector del pueblo agradecido:--
y al alegre sonido de las músicas, vivas y repiques, caminando el cortejo, va despacio^
hasta que entra su jefe de su hermano Francisco en el palacio.
Ya del Perú el gobierno se encontraba de un Pizarro en las manos otra vez, que allí de los Pizarro la familia era como en España la del rey, porque ya muerto Almagro y su progenie, solo la de Pizarro quedó en pie.
Y de todos los centros conquistados
Pizarro recibió obsequios, comisiones V felicitaciones, probándole esos pueblos su adhesión.
Y como casi siempre á los mortales solas vienen las dichas ó los males, Pizarro recibió la nueva grata:
que Carbajal había la fracción, que Centeno dirigía, deshecho en el distrito de La Plata.
Y de ese episodio haremos un complemento ó relato; ora fuese que Centeno también aspirase el mando de aquel lejano distrito, todavía despoblado, ora impulsárale á alzarse
íwtrf
— 268 —
el amor al soberano, consiguió, con su prestigio, el ver insurreccionado todo el distrito" de Charcas, contra el poder de Pizarro, quien á Carbajal mandó, como á buen jefe probado, á que batiera á Centeno, sin darle tregua y descanso.
Solícito Carbajal en cumplir su comisión, de Quito con sus jinetes á Charcas se dirigió,
V entrando en Lima v el Cuzco aumentó su división,
V á encontrarse con Centeno rápidamente marchó.
Y en cuanto Centeno supo, que el terrible Carbajal iba en Charcas penetrando, como hambriento gavilán, no se atrevió en campo abierto un encuentro á presentar, y fué ganando las sierras
V huyendo de su crueldad: pero animoso, obstinado, siempre en pos de él Carvajal, ni de noche ni de día dejábale respirar,
hasta rendir á sus tropas,
con aquella actividad
tan asombrosa y viril,
que fuéle siempre habitual;
y en esta persecución
tan sangrienta y tan tenaz,
comenzósele á Centeno
su ejército á desertar;
y á todos los enemigos
que atrapaba Carbajal,
los colgaba de las ramas,
por los bosques al pasar. i^Oi
Así á Centeno siguió doscientas leguas ó más, dando vueltas v revueltas
con infatigable afán; '
durmiendo sobre el caballo, sin comer ni descansar, como si tales fatigas fuesen la vida normal de esa vida vigorosa en hombre de tanta edad.
El perseguido Centeno y alguno que otro oficial, del Pacífico á la margen pudieron al fin llegar, buscando en esos desiertos alguna seguridad; y Centeno en ana cueva consiguióse refugiar, en donde por varios aíios mandóle un curaca el pan, hasta que supo que Gasea en el Perú logró entrar, y salió de su escondite, sin temor que Carbajal consiguiese de una rama llegar á colgarle ya. 202
Y como casi nunca á los mortales solas vienen las dichas ó los males, al volver Carbajal fué tan feliz, que una veta riquísima de plata
encontró en Potosí;
y fué esta nueva mina muy superior en plata y magnitud
á todas los que fueron descubriéndose en iMéjico y Perú.
En las arcas de Lima, inmensas cantidades de oro y plata viéronse, en poco tiempo, reunidas en montón, de aquellas que mandaba el activo v feliz descubridor, quien se puso esa veta y otras minas
á explotar con tesón, haciendo á sus soldados y los indios proseguir el trabajo abrumador, para poder así en esos envíos, deducir una pingüe comisión. 203.
~ 269 —
i5-4e
El mando del Perú y sus dependencias nadie á Gonzalo disputaba ya: desde Quito hasta Chile se extendía, y contento el país reconocía su recta autoridad.
Tesoros en sus arcas le sobraban del famoso filón de Potosí: sus tropas y los pueblos le adoraban.... sumisos ya los indios le acataban, y era entonces el hombre más feliz.
Su almirante Hinojosa le había asegurado por el mar la costa del Pacífico anchurosa, y hasta el puerto también de Panamá; y como si todo esto nada fuera, atravesando el istmo consiguió
este experto marino, que el poder del Perú reconociera
hasta el Nombre de Dios, que iba notablemente adelantado; y era entonces el puerto principal,
por donde con España se llegaba el Perú á comunicar.
Bien pagadas las tropas y marina: cundiendo en profusión el mucho oro y la plata en el comercio: llegando diariamente inmigración de las otras colonias y de España al oirse el aurífero rumor: la agricultura y minas y las obras
con impulso mayor, do quier todo brillaba y florecía.... y todo esto en gran parte se debía al famoso filón de Potosí; y contentos los pueblos y felices, Pizarro, como un rey, mandaba así, pues la paz, y el trabajo bien pagado, y sin fraude el tesoro administrado, traen al pueblo su dicha y bienestar;
y así pudo Pizarro á su gusto vivir y gobernar.
La política^ guerras y partidos
todo el mundo olvidó, y cada cu^en adquirir fortuna
afanoso pensó;
pues cansados se hallaban de guerras, de vagar y de correr aquellos aventureros por desiertos, cuando oro ya llegaron á tener;
y todos anhelaban á Pizarro en el mando ver seguir; y ellos trabajando ó negociando,
va dichosos vivir.
De la conquista la época luctuosa comenzaba á pasar, y entraba en la era venturosa de irse organizando y de poblar.
Tras larga noche de perpetua guerra, fué el tris de la paz para esa ensangrentada, fértil tierra, de Pizarro el gobierno popular.
Y no ya Gonzalo, no, entre guerras y temores, como sus antecesores, precariamente mandó: su voluntad era lev que ninguno discutía, V el Perú la recibía como de un amado rev; y por su inmenso caudal, servidumbre, lujo y porte, parecía ya su corte la de un palacio real.
Escolta de ginetes Llevaba don Gonzalo, las veces que salía en coche ó á caballo; y una escojida guardia, entre sus veteranos, de ochenta alabarderos tenía su palacio; caballerizos, pajes, intendente, empleados, y todo el personal
^:'--'.m.^^^^^^^>^¡^\f^T-^7,
270 —
y lujo necesario para esa nueva corte, que habíase formado.
En sus recibos, todos ' besábanle la mano;
ninguno en su presencia osaba estar sentado, y en su abundante mesa veíanse de diario, muchísimas personas y nobles convidados. 204
Ciertos autores dicen: —que púsose Pizarro engreído y soberbio, al verse al ñn tan alto; — como el que en alta cima se encuentra deslumhrado; pero otros los desmienten, y dicen lo contrario. 205
Y en verdad, no sería para ninguno extraño, que rápida subida hubiérale embriagado; y mas, al ser un hombre de nacimiento bajo, aunque en la gran escuela de la desgracia criado; mas no muy engreído debía estar Gonzalo, cuando en mandar pensaba algún comisionado, que á su rey explicase: — los hechos, sin engaño, y amnistía implorara de todo lo pasado; y como el sucesor de su finado hermano, pidiérale el gobierno; pues como leal vasallo servirle humildemente juraba al soberano —
Y quien así conoce claramente, que el gobierno que inviste es muy precario, y que de amo arrogante^ omnipotente
encuéntrase á merced, no es muy posible, no, seguramente, que tan pronto se llegue á envanecer; aunque algunos amigos y adulones insinuái'ale en varias ocasiones: — que sin temor se proclamase rey.—
Comunicóle Pizarro á su amigo Carbajal, el proyecto que tenía de una comisión mandar de personas respetables, de influjo y capacidad, pidiéndole á su monarca: — amnistía general y el mando ratificara, que tenía de hecho ya; — pero al oirle, asombrado, el altivo capitán, cuyo espíritu atrevido, no pudo dejar jamás las cosas á medio hacer, llególe así á contestar:
«Vos, que no habéis acatado del emperador la ley, desconociendo al virey, y la guerra encabezado: vos, que le habéis derrotado, V muerto como un traidor, para ser su sucesor, y esta tierra gobernar.... ¿(,pensais ahora alcanzar misericordia y favor?
¡Necedad es suponer tan solemne disparate.... lejos llevóse el embate, para ya retroceder; y solo os Jaita que hacer, lo que faltó á vuestro hermano, después que venció al peruano, para evitar civil guerra.... el que os aclame esta tierra, como único soberano!
No con ecos lastimeros demandéis oanos perdones.... aprontad vuestras legiones; y hasta los indios flecheros, ufanos y placenteros seguirían la campaña, si usaseis cierta artimaña para adquirir esta joya.... el que os caséis con la coya y así triunfareis de España!
Si el consejo es atreoidOy es el único y seguro l)ara salir del apuro, con honra y engrandecido:
>^-.
~ 271
Dios os ha favorecido, y todo el Perú os estima.... tenéis le corona en Lima.... la debéis con gloria asir, que lo contrario.... es morir, al descender de la cima!»
Por melodiosos que los ecos fueran de esas visiones, que flotar hacían sobre sus sienes en dorados sueños, regia corona;
De la ambición y la potente audacia, no el crimen tuvo de extender la mano, y á ese por todos ofrecido cetro, ávido asirlo!
Tuvo el coraje de ponerse al frente de sus legiones, defendiendo al pueblo, cuando creyóse que las nuevas leyes eran injustas;
Pero él sintió desfallecer su brazo, cuando quisieron que lo alzase firme de su monarca y de su patria en contra, como un rebelde!
No fué traidor y dominarse supo, y buscar quiso de su rey la gracia, mas ya el destino y sus afanes todos fuéronle adversos!
Y resistió de la ambición la prueba, sin dar oidos á lisonjas gratas, ni al entusiasmo general del pueblo, que érale adicto.
Solo su vida defendió tranquilo, contra un poder que le rechaza ingrato;
y así decirlo y consignarlo justa debe la historia!
Hoy con los siglos y criterio recto, así esos hechos se destacan claros, no cual los trazan, con serviles plumas, regios cronistas!
Bajar tristes los ojos vio á Pizarro el astuto Carbajal;
pero antes, que intentase su atrevido consejo desechar,
hizo el postrer esfuerzo y prosiguió con firme voluntad:
((¡Seguid, Pizarro, al destino, y que nadie os aventaje; ' porque si os falta el coraje, en la mitad del camino, * y vuestra anterior firmeza
para seguir en el juego, déboos decir, desde luego.... que os cortarán la cabesaly)
Del previsor Carbajal /
esta opinión imparcial, como cálculo aritmético llegóse exacto á cumplir, y fué su acento pro/ético, la visión del porvenir!
Con su muy sabio consejo fué el previsor Carbajal el negro genio del mal, que á Pizarro trastornó, quien entra dudas fluctuando, ó entre esperanza engañosa, no hacer una ni otra cosa, con arrojo se atrevió.
1545 y 154e
Con inquietud seguíanse sabiendo, y con bastante atraso en toda España, del Perú las noticias alarmantes; y en la corte causaron gran disgusto esos disturbios, que las nuevas leyes en todas las colonias pi'odujeron;
del virey insensato la conducta, la general sublevación del pueblo, v de Pizarro los continuos triunfos.
Se hallaba en Alemania Carlos quinto, y el gobierno de España dirigía
— 272 —
su hijo don Felipe, que aunque joven, ya su acierto y astucia desplegaba; y reuniendo un consejo de prelados, hombres sabios y viejos generales, pedióles: — que indicasen algún medio, que adoptarse pudiese en las colonias, para que al orden otra vez volvieran, y no entonces llegaran á perderse.—
De este consejo de notables miembros, no pocos opinaron: — que á Pizarro y de la insurrección á los autores, debían castigar severamente, vindicando el honor de la corona.—
Pero algunos más prácticos dijeron: — que si todo eso realizable fuera, sería lo mejor y conveniente... mas que era entonces imposible cosa, fundando sus razones de este modo: — precisas eran tropas aguerridas, en gran número y prontas al embarque, que el océano cruzaran y siguieran todo el gran continente atravesando, hasta el último extremo de las Indias: para llevai'las, respetable nota, bajar luchando en los contrarios puertos, vencer á veteranos, ya avezados á ese cálido clima y á esas gu3rras, y así llegar á las contrarias costas y trasponer el istmo, entre fatigas, para ea el mar Pacifico encontrarse con la rebelde escuadra de Pizarro, sm tener la corona en tal paraje escuadra alguna ni bajel amigo; ó si por tierra hasta el Perú querían emprender una marcha desastrosa, de muchos meses ó de eternos años, tendrían que cruzar vastos desiertos, nevadas sierras y hondos precipicios, profundos ríos en extrañas zonas y que ir batiendo á las indianas tribus, sni liallar poblaciones ni alimento; mas dado caso que sus bravas tropas tales portentos efectuar pudieran, ;uo en el Perú en masa se alzarían, hasta morir peruanos y rebeldesi* ¿No el oro y las promesas de Pizarro, dueño de minas y el gobierno todo, á las reales tropas tentarían, si en la guerra vencerlas no pudiera, la defección entre ellas produciendo? /Pero podrían en seguida enviarse y aprontar una escuadra numerosa,
que esas tropas llevase y armamento,
cuando urgía tomar cualquier medidaf
¿Con qué suma efectiva se contaba
para tropas y escuadra prepararse,
y seguir guerra haciendo á las colonias,
hasta que todas domeñadas fuesen,
cuando eran pocos todos los tesoros,
que con gran sacrificio toda España
á sus arcas llevaba cada día,
para atender sus guerras en Europa? —
Y para aminorar de aquellos pueblos la culpable conducta que asumían también se dijo:— que las nuevas leyes fueran la injusta é incendiaria tea, que entre ellos se arrojara, revocando concesiones y leyes anteriores, de adquiridos derechos, con su sangre. '^i)(')
A tales objecciones y preguntas no hallóse solución satisfactoria; y después de maduras reflexiones, sometióse á la corte este proyecto: — que á todos los rebeldes se amnistiasen que al gobierno español reconocieran, haciéndoles palpar cuan conveniente obedecer les era á la corona. —
Para tal concesión, sin mengua alguna del orgulloso trono y someterlos, demostrando un perdón, digno de un padre, y con honra cuniplir tan grave asunto, ¿adondo estal)a el hombre necesario del carácter político y prudente, astuto, previsor y venerable, á quien confiar tan delicada empresa?
Como un brillante que de lejos luce, muy pronto le encontró la mayoría, y con aplauso todos le aceptaron: distante de la corte y en Valencia, bajo el sayal del sacerdote humilde.... era don Pedro Gasea ó de la Gasea.
Esta prudente decisión la corte en seguida aprobó en todas sus partes; y el mismo emperador de puño y letra pidió á Gasea aceptase el nombramiento; y en prueba de juzgarle idóneo y digno, íbale á proponer al santo padre para vacante sede de obispado.
Antes en Nuñez Vela mandó un tigre, creyendo así asustar á los guerreros.
— 273
que tan grande epopeya realizaron, y devorado fué por los lebreles: y ya por el fracaso prevenido, complúgose en enviar un viejo zorro, que á las confiadas aves se comiese.
¿,Quién era este varón, que recibía del consejo y monarca honores tantos? Nació en Castilla y de linaje ilustre, y descender su biógrafo le hace de aquel romano Casca, conjurado en 1:1 muerte que dióse á Julio César; 207 y quedándose huérfano muy niño, al lado fué de un tío, que llevóle al seminario de Alcalá de Henares, do recibe^ discípulo brillante, el grado de doctor en teología: al estallar á la sazón la guerra de las comunidades, toma el mando de fuerte división, guarda las puertas V la ciudad conserva á la corona: después en Salamanca se distingue en notables cuestiones escolares, y su universidad, sabia y famosa, disciérnele académicos honores: y de la inquisición miembro es nombrado, y como inquisidor pasa á Valencia, do allí dudas resuelve, y esclarece con tal penetración, que esos estados visitador le nombran de aquel reino, preclaro honor, que á su talento premia: 208 sábese, en tanto, en la española costa, que franceses y turcos se preparan, guiados por el terrible Barbarroja, á invadir las Baleares y otros puertos, do en ellos cunde general espanto; Gasea, «ereno, activo y animoso, sintiendo hervir su sangre castellana, alienta á los marinos y soldados v levantar murallas v fortines aconseja á los pueblos y á las costas; hallan eco sus voces entusiastas, dirigiendo las obras por do quiera, y sus hazañas recordando al pueblo, sígnenle como á Pedro el ermitaño; y Barbarroja, turcos y franceses de los puertos son todos rechazados; y de esta resistencia y su victoria la iniciativa y los honores eran del padre Gasea, humilde sacerdote.
Debió tener en, vista tales hechos el gran emperador, cuando anheloso ofrecióle misión tan delicada,
que Gasea acepta por servir al trono; Y recibe instrucciones de la corte, que por conciliadoras y benignas á su honrado carácter satisfacen; mas notando que estaban restringidas, juzgólas á su objeto insuficientes para cualquier extraordinario caso, y la demora que en consulta hiciera, al éxito quizá perjudicara; y pidió: — que el monarca allá mandase otra persona más de su conflansüs de tales facultades investido, para dar cima á asunto tan difícil, y fimdaba su escusa de este modo: «Porque yo para ir, quiero y reclamo no solo al rey representar en todo, sino su misma autoridad y mando ejercer en mis actos librem ^nte; además, yo no quiero recompensas, sueldos ni honores de ninguna clase, ni soldados ni escuadra.... nada de eso, que mi breviario y hábitos llevando, para mí intento bastan, si Dios quiere; y acá ó allá vivir, ya me es lo mismo. Enfermo como estoy, mi pobre casa seríame en verdad más agradable^ que misión tan difícil y penosa; mas loado sea Dios, que así ¿a acepto por servir al monarca y á mi patria.»
Sino de la pureza del intento, si del atrevim,iento del pedido, el consejo quedárase admirado; y no osando pedir á su monarca, que á otro confiara su poder supremo, aconséjale á Gasea: — que él lo hiciera; — y en efecto, al monarca dirigióse.
En Fiandes se encontraba Carlos quinto, y como era, no solo por su cetro, sino también por su alma, grande y noble, no desconfianzas ni mezquinos celos de su probado y fiel vasallo tuvo; y comprendiendo el móvil que abrigaba, escríbele accediendo á su pedido. 209
Y Gasea, con el título modesto de presidente de la real audiencia, todo el poder real en sí asumía; el judicial, civil, gubernativo y militar; y como tal, pudiendo hacer la guerra ó paz; y de sus cargos separar y poner á otras personas: conceder amnistías y perdones.
— 274 —
revocar las odiosas ordenanzas, y conferir repartimientos nuevos: auxilios demandar de gente v oro á Méjico y á todas las colonias, y podía al virey enviar á España, llevando carta abierta para todo, y con firma real, pliegos en blanco, para que hiciese el uso que quisiera. Como el brazo seglar no se extendía á juzgar eclesiásticos ni frailes, aunque solieran fomentar disturbios, también de desterrarlos orden tuvo. ¡Era el mismo monarca, en cuerpo y
Tantas ilimitadas facultades excitaron en Gasea tiernamente la más profunda gratitud al trono, sin despertar la envidia de ninguno; y antes que fuese con su humilde sayo // tanta autoridad á las colonias, quísose que el morado revistiera, y llevase de obispo el nombramiento; mas Gasea á ello se opuso, replicando:
alma!
«Muy poco esos honores me valdrían en la tierra do voy; é injusto fuera que aceptase tal cargo de la iglesia, no aquí pudiendo el atenderlo ahora, y si de aquí á morir lejos llegase, por orgullo tal falta cometida, amargaría mi postrer momento.» Cuarenta años tenía, entonces, Gasea.
A la sazón hallábase en la corte don Alonso de Alvarado, aquel valiente que acompañó en sus guerras á Pizarro; y como precisar podría Gasea de sus conocimientos en las Indias, y su pericia militar notable, pidióle: —que quisiera acompañarlo, — y no rehusó Alvarado este servicio.
El oeintiseis de Mayo, de San Lúcar partió Gasea con pobre comitiva, y llevando buen tiempo llegó al puerto de Santa Marta el ueintitres de Julio.
i54te
Al bajar Gasea á tierra recibió, sorprendido, estas noticias:
— conclusión de la guerra, la muerte del virey en el combate, el triunfo de Pizarro en Añaquito, y que señor quedaba del imperio,
desde Chile hasta Quito. —
En conflicto tan serio, indeciso un instante quedó Gasea,
el modo meditando de poder afrontar esa borrasca, y el como empezaría maniobrando.
A su nave volvióse, y sin faltarle su ánimo potente,
el viaje prosiguió, estudiando su plan maduramente
hasta Nombre de Dios.
y al verse que el enviado de un modo tan pacífico y modesto
llegóse á presentar, allí á nadie inspiró temor alguno: y Mejía salió con un piquete, y los que habían clérigos allí,
al modesto enviado
de aspecto tan cuitado, con el debido honor á recibir.
De esos puertos la gente acostumbrada á ver á los enviados orgullosos
ostentar gran boato, quedóse confundida y abismada
al mirar á un beato,
que más capaz creía para entrar á ocupar algún curato, en vez del alto puesto, que traía.
Custodiaba á ese puerto Hernán Mejía, de Pizarro oficial;
Y tomando al enviado por un necio, ó algún de misa y olla pobre fraile.
275 -
con chistes y donaire,, haciendo de él desprecio, el vulgo á sus oídos repetía:
((Si este es el interventor, que el monarca nos envía, no haya Pizarro temor, que amanece bueno el día.» y este y otros cantares, que el vulgo y los soldados entonaban, por entonces se hicieron populares.
Se hizo el sordo Gasea, ante esa diaria burla impertinente,
como el corcel paciente, que al sentir al jinete el freno tasca^ y á su capricho muéstrase obediente.
Conoció el padre Gasea en la entrevista que tuvo con Mejía á su llegada, que aunque adicto á Pizarro, era realista,
y vulgar y ambicioso: y queriendo avivar sus esperanzas, díjole entonces: — que misión traía á todos de acordar indulto honroso, cy anular las fatales ordenanzas;
V facultad tenía de premiar dignamente á sus vasallos
que al rey reconocieran, y como enviado á él se sometieran. —
Creyó al punto Mejía,
que Gonzalo Pizarro esa proposición aceptaría;
y él mismo ofrecióse á ir á Panamá, ver á Hinojosa, que era el gobernador y el almirante, y allanar las propuestas del enviado:
contento aceptó Gasea, y á Hernán Mejía acompañó Alvarado.
Era Hinojosa de Pizarro amigo,
y con jefes fieles la escuadra del Pacífico mandaba
de veintidós bajeles; y si Gasea atraerle conseguía^
hecha sin duda estaba
la mitad del camino; así es que cual activo peregrino, sin esperar la vuelta de Mejía, su marcha pro5*iguió dificultosa,
queriendo ganar tiempo: con deferencia le escuchó Hinojosa, pero no en él, como en Mejía hizo la palabra de Gasea igual efecto;
y á Gasea preguntóle, como hombre fiel y recto: —si la orden traía terminante de confirmar el mando, que á Pizarro dióle el pueblo triunfante.—
Eludió del consejo el presidente,
cuestión tan espinosa, y no á esa conferencia pertinente;
y replicó á Hinojosa
tranquilo y simplemente: —tengo de nuestro rey poderes amplios para tratar de prevenir los males, y acordar merecidas recompensas
á sus jefes leales, como lo haré ver, llegado el caso;
y en tan vital asunto nos conviene evitar cualquier atraso.—
Sin duda no Hinojosa convencido de tal cosa quedó, cuando en el acto le escribió á Pizarro de Gasea la misión, haciéndole notar:
— que creía que Gasea no tuviera orden de conocer su autoridad. —
En la velera nave, que llevaba tal comunicación, también un dominico se embarcaba, á quien el hábil Gasea se ganó, pidiéndole sirviese al soberano: ¡bien conocía el corazón humano, como hombre caviloso v confesor....! y quizá algún priorato ú obispado en premio de servicios le ofreció; y en secreto una parte de sus planes llegó á comunicar:
— encargóle que hiciese propaganda entre el clero y la gente principal, llevando para ellos, cartas, pliegos, proclamas y carteles además,
que en las costas, los pueblos y conventos
debiéranse esparcir, prometiéndose amplísima amnistía
á todo aquel país; la abolición completa de ordenanzas; y los puestos, los grados y encomiendas
también reconocer; y á aquellos, que ayudasen al enviado,
recomendar al rey. —
Con peligro inminente de su vida el pobre dominico se embarcó;
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y convirtióse, en vez de misionero, en un conspirador, que era excelente á fe,
pues en aquellos tiempos las sotanas tenían gran poder!
Aunque no había Gasea conseguido convencer á Hinojosa, no fué el tiempo perdido"
ganóse á otras personas importantes,
su círculo político ensanchaba
y nuevas adhesiones recibía,
y con más firmes bases trabajaba.
Méjico, Guatemala, y otros puntos, de Gasea recibieron instrucciones; y con las costas del Perú insurgente,
cortaron relaciones; y consiguió también del almirante, que un bajel hasta Lima despachara, conduciendo á Panlagua, un caballero, que desde España su favor gozara.
Panlagua conducía para Pizarro un pliego del monarca, quien con benevolencia le decía: — que la excisión pasada, un accidente
tan solo suponía del proceder erróneo é imprudente del violento virey: que en paz ya estando
esa vasta colonia, fuese con Gasea el orden cimentando
y antigua lealtad, quien cual sabio varón le espresaría
su regia voluntad. —
Y también Gasen le escribió á Pizarro,
haciéndole presente: — que hallándose la guerra terminada,
faltaba en consecuencia
que volvieran fielmente
del rey á la obediencia, como buenos hidalgos castellanos:
que habiendo ennoblecido á don Francisco y él, dignos hermanos.
su ya ilustre apellido,
conservarlo debía
tan puro como el sol, para gloria de España y su progenie, como afamado subdito español. —
Como Gasea .sabía.
que Cepeda, el oidor, harto intrigante, gran influjo en Pizarro ya tenía, dirigióle otra carta semejante; y aparentando cierta diferencia: —consultábale el modo de llenar las vacantes de la audiencia. — 210
Los días y semanas lentamente en Panamá corrían y el enviado, mas que un real enviado parecía
prisionero de estado, y todo en inacción allí yacía,
esperándose ansiosa la palabra del jefe consultado.
Su situación extrema y peligrosa,
impaciente Hinojosa
bien claro conocía; pues no á Pizarro traicionar quería, ni en la corte su duda hacer odiosa;
y esperaba impaciente, que Pizarro aceptase la amnistía, como jefe expertísimo y prudente; pues era el modo digno y honorable que Gasea en el gobierno le dejara, con el decoro de ambos conciliable.
Muchos ricos vecinos, algunos cabecillas principales,
realistas marinos, v ambiciosos v osados olieiales
á Gasea propusieron: — del remiso almirante apoderarse
y entregarle la escfiadra;— anhelando con Gasea congraciarse;
mas absortos oyeron: — que Gasea tal violencia desechaba; — pues las dudas del íntegro Hinojosa, hidalgamente Gasea respetaba;
porque, para su intento, no la traición quería ni buscaba, que inspira desconfianza deshonrosa,
sino el convencimiento, que alienta en su deber firme á los hombres, cuando abi-igan un noble sentimiento.
No quiso proceder villanamente,
y esperó de Hinojosa la adhesión por un acto voluntario,
porque entonces sería de corazón su adicto partidario.
El impasible Gasea poseía
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— 277
la rarísima ciencia de que los hombres públicos carecen:
el don de la paciencia del que siembra, trabaja, y persistente
el momento oportuno espera astuto, para arrancar de la feraz simiente el ya maduro fruto!
15-ie
Todo para Pizarro era ventura, antes de recibir aquella carta, en que comunicábale Hinojosa: — que había a Panamá llegado Gasea. —
El triunfo de Añaquito hizo á Pizarro el ídolo del pueblo venturoso, y su franqueza, profusión y lujo_, viviendo alegres admiraron todos.
Algunos ambiciosos le minaban, y entre ellos llamábanle el tirano; pero otros adulones le besaban, ante él bajando la cerviz, la mano.
Y aquellos que á Pizarro mal querían, su orgullo, vanidad y sus avances, fingiendo patriotismo maldecían; y otros, sus mil hazañas, en romances, triunfos, empresas y amorosos lances, do quier con profusión hacer corrían.
Pero en tanto, Pizarro vigilante, en los mares tenía gran armada; llevaba sus trabajos adelante, la paz en sus dominios afianzaba, y el astro de su vida era brillante!
La copa colmada de dulces placeres, jardines y grutas, ornadas de flores, riquezas, palacios é indianas mujeres que imploran del héroe sus besos y amores; amigos, que esperan benigna mirada, amantes, que aguardan lasciva sonrisa, : serviles, que adulan con voces de miel: la estrella felice mirar elevada, las sienes besando la plácida brisa, sentir los halagos, que brinda el poder; todo esto tenía Pizarro delante.... todo esto tenía Pizarro á sus pies.
y tierno, anheloso, febril y jadeante la copa á sus labios llevó del placer!
Con ansia insensata la apura imprudente el pobre soldado de mísera cuna, creyendo que hallaba los goces del cielo en esas orgías, que alumbra la luna; mas su alma sensible encuentra el vacío, y deja en sus labios dolor y amargura, trozando sus fibras veneno sutil; y siente el hastío, la pena y la duda, y al verse encumbrado se mira infeliz!
¡Que hay algo más grande^ más noble en la tierra, que amores y guerra, beldad, juventud; que triunfos y el oro, que himnos de gloria de eterna memoria.... la santa virtud!
De su buen almirante la carta al recibir, despiértase arrogante su espíritu enervado, y torna á ser viril: y súbito concibe: — que un mensajero á España es la mejor campaña, que réstale seguir. —
Para esta misión elige á don Lorenzo de Aldana ~ .
y al nuevo obispo de Lima, amigos de gran confianza y á dos caballeros más: —para que haciendo al monarca de los pasados sucesos una relación exacta, en nombre de la colonia ^ v
pidiéranle confirmara á don Gonzalo Pizarro ' -K-^'-
en el puesto que gozaba, ; ^
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— 276
y convirtióse, en vez de misionero, en un conspirador, que era excelente á fe,
pues en aquellos tienapos las sotana.^ tenían gran poder!
Aunque no había Gasea conseguido convencer á Hinojosa, no fué el tiempo perdidoganóse á otras personas importantes,
su círculo político ensanchaba V nuevas adhesiones recibía, y con más firmes bases trabajaba.
Méjico, (juatemala, y otros puntos, de Gasea i'ecibieron instrucciones; y con las costas del Perú insurgente,
cortaron relaciones; y consiguió también del almirante, que un bajel hasta Lima despachara, conduciendo á Paniagua, un caballero, que desde España su favor gozara.
Paniagua conducía para Pizarro un pliego del monarca, quien con benevolencia le decía: — que la excisión pasada, un accidente
tan solo suponía del proceder erróneo é imprudente del violento virey: que en paz ya estando
esa vasta colonia, fuese con Gasea el orden cimentando
y antigua lealtad, quien cual sabio varón le espresaría
su regia voluntad. —
Y también Gasea le escribió á Pizari'o,
haciéndole presente: — que liallándose la guerra terminada,
faltaba en consecuencia
que volvieran fielmente
del rev á la obediencia, como buenos hidalgos castellanos:
que habiendo ennoblecido á don Francisco y él, dignos hermanos,
su ya ilustre apellido,
conservarlo debía
tan puro como el sol, para gloria de España y su progenie, como afamado subdito español.—
Como Gasea sabía.
que Cepeda, el oidor, harto intrigante, gran influjo en Pizarro ya tenía, dirigióle otra carta semejante; y aparentando cierta diferencia: —consultábale el modo de llenar las vacantes de la audiencia.— 210
Los días y semanas lentamente en Panamá corrían v el enviado, mas que un real enviado parecía
prisionero de estado, y todo en inacción allí yacía,
esperándose ansiosa la palabra del jefe consultado.
Su situación extrema y peligrosa,
impaciente Hinojosa
bien claro conocía; pues no á Pizarro traicionar quería, ni en la corte su duda hacer odiosa;
y esperaba impaciente, que Pizarro aceptase la amnistía, como jefe expertísimo y prudente; pues era el modo digno y honorable que Gasea en el gobierno le dejara, con el decoro de ambos conciliable.
Muchos ricos vecinos, algunos cabecillas principales,
realistas marinos, v ambiciosos v osados oficiales
á Gasea propusieron: — del remiso almirante apoderarse
y entregarle la escuadra;— anhelando con Gasea congraciarse;
mas absortos oyeron: —que Gasea tal violencia desecliaba; — pues las dudas del íntegro Hinojosa, hidalgamente Gasea respetaba;
porque, para su intento, no la traición quería ni buscaba, que inspira desconfianza deshonrosa,
sino el convencimiento, que alienta en su deber firme á los hombres, cuando abrigan un noble sentimiento.
No quiso proceder villanamente,
y esperó de Hinojosa la adhesión por un acto voluntario,
porque entonces sería de coi'azón su adicto partidario.
El impasible Gasea poseía
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la rarísima ciencia de que los hombres públicos carecen:
el don de la paciencia del que siembra, trabaja, y persistente
el momento oportuno espera astuto, para arrancar de la feraz simiente , el ya maduro fruLo!
i5-4e
Todo para Pizarro era ventura, antes de recibir aquella carta, en que comunicábale Hinojosa: —que había a Panamá llegado Gasea. —
El triunfo de Añaquito hizo á Pizarro el ídolo del pueblo venturoso, y su franqueza, profusión y lujo, viviendo alegres admiraron todos.
Algunos ambiciosos le minaban, y entre ellos llamábanle el tirano; pero otros adulones le besaban, ante él bajando la cerviz, la mano.
Y aquellos que á Pizarro mal querían, su orgullo, vanidad y sus avances, fingiendo patriotismo maldecían; y otros, sus mil hazañas, en romances, triunfos, empresas y amorosos lances, do quier con profusión hacer corrían.
Pero en tanto, Pizarro vigilante, en los mares tenía gran armada; llevaba sus trabajos adelante, la paz en sus dominios afianzaba, y el astro de su vida era brillante!
La copa colmada de dulces placeres, jardines y grutas, ornadas de flores, riquezas, palacios é indianas mujeres que imploran del héroe sus besos y amores; amigos, que esperan benigna mirada, amantes, que aguardan lasciva sonrisa, serviles, que adulan con voces de miel: la estrella felice mirar elevada, las sienes besando la plácida brisa, sentir los halagos, que brinda el poder; todo esto tenía Pizarro delante.... todo esto tenía Pizarro á sus pies.
y tierno, anheloso, febril y jadeante la copa á sus labios llevó del placer!
Con ansia insensata la apura imprudente el pobre soldado de mísera cuna, creyendo que hallaba los goces del cielo en esas orgías, que alumbra la luna; mas su alma sensible encuentra el vacío, • y deja en sus labios dolor y amargura, trozando sus fibras veneno sutil; y siente el hastío, la pena y la duda, y al verse encumbrado se mira infeliz!
¡Que hay algo más grande, más noble en la tierra, que amores y guerra, beldad, juventud; que triunfos y el oro, que himnos de gloria de eterna memoria.... la santa virtud!
De su buen almirante la carta al recibir, despiértase arrogante su espíritu enervado, y torna á ser viril: y súbito concibe: — que un mensajero á España es la mejor campaña, que réstale seguir. —
Para esta misión elige á don Lorenzo de Aldana y al nuevo obispo de Lima, amigos de gran confianza y á dos caballeros más: —para que haciendo al monarca de los pasados sucesos una relación exacta, en nombre de la colonia pidiéranle confirmara á don Gonzalo Pizarro en el puesto que gozaba,
«.'-
278 —
como el hombre más querido, y también, porque la España á los Pizarro debía esa joya tan preciada. —
Y al mismo tiempo llevaron una petición á Gasea,
fecha catorce de Octubre, por Cepeda redactada y suscrita por vecinos de conocida importancia; y después de saludarle por su muy feliz llegada le exponen: — que solo sienten que tarde efectuado se halla, porque toda la colonia ya completa paz gozaba: que también para la corte mandábase una embajada; pero no á implorar perdón, pues nadie faltó al monarca, sino para que á Pizarro en el mando confirmara, pues por sus muchos servicios era acreedor á esta gracia. —
Y díjose que Pizarro facultó en secreto á Aldana, para como cosa suya, ofrecer al padre Gasea cincuenta mil pesos oro
si resolvía irse á España; porque su vida en peligro en Panamá se encontraba: que de Blasco Nuñez Vela el triste fin recordara. 2i2
Aldana con sus despachos se presentó en Panamá, para proseguir su viaje y su misión efectuar. Con pena supo Hinqjosa la resolución fatal adoptada por Pizarro, de no contemporizar.
También de Lima el obispo juzgó todo ineficaz, desde la larga entrevista y sorprendido mirar los amplísimos poderes, que aquel padre tan sagaz fuéle mostrando con calma y con paciencia ejemplar,
para que nada esperase de la regia majestad; y concluyó humildemente [ por llegarle á aconsejar: i
— que como obsequio á la iglesia y esa su alta dignidad, ;
no siguiese á esa embajada, que iba á ser perjudicial para Pizarro y para ellos, , porque él podríales dar ;
cuanto en justicia quisiera, tanto como el rey ó más.--
Y convencido el obispo, á Aldana comunicó:
— que ir él ya desistía á España en esa misión; — y cuanto Gasea le dijo y él con sus ojos miró, fuéle revelando á Aldana, con íntima convicción.
Y Aldana, bajo sus pies ' la tierra temblar sintió;
y yendo á Gasea á buscar
para formar su opinión,
también él, como el obispo,
persuadido se quedó,
que iba á quedar desairado
en esa inútil misión,
si acaso no se exponía
á otro peligro mayor,
por no haber prestado á Gasea
la debida sumisión:
y Aldana y obispo, entonces,
creyeron que era mejor
desistir de su embajada;
y cada cual se acogió
á la espontánea amnistía
de su buen emperador;
y escribiéronle á Pizarro:
— que él también, sin dilación,
de ellos siguiese el ejemplo,
pues tal vez gobernador
así nombrado sería,
al demostrar sumisión. —
Con -unánime contento el pueblo de Panamá aplaudió aquella conducta; y la gente principal, al obispo, Aldana y Gasea se agolpó á felicitar. !
— 279
,Áí.
Comprendió Hinojosa, entonces, ' / que había llegado ya
de decidirse el momento, ^
y era en vano el esperar
que don Gonzalo cediese ^
de su necia terquedad,
ni que de Gasea aceptara
la honrosa amnistía y paz;
y que él, habiendo cumplido
con su deber de amistad,
debía cumplir ahora
como vasallo leal,
y á todos sus subalternos
de toda traición salvar;
y reuniéndolos á todos,
así expresóles su plan:
«Amigos y oficiales, el obispo y Aldana y este pueblo aceptan del monarca la amnistía y juran su mandato obedecer. Nosotros, oficiales de Pizarro, sin pasar por traidores, no podemos
la misma cosa hacer. Tampoco, como buenos españoles,
debemos contra el rey las armas empuñar, ni á sus mandatos
nadie rebelde ser.
Debemos, compañeros y oficiales, con el rey y Pizarro ser leales.... voy á Gasea á entregar mi dimisión. No dudo, que cual nobles caballeros, también seréis vosotros los primeros en hacer lo que os dicte vuestro honor.
Así sin mengua obramos,,
y aptos así quedamos, para acogernos al indulto ó nó.»
Los fieles oficiales de su jefe aplaudieron la hidalguía; y todos sus renuncias le entregaron
en ese mismo día.
Y el día diesinueoe de Noviembre á Gasea presentándose Hinojosa,
le dijo respetuoso: <(E1 jefe de la escuadra y oficiales,
á su deber leales,
presentan su renuncia
al enviado de España.» Y Gasea replicóle: «Solo os pido que en la escuadra os quedéis hasta mañana.»
; 'v Vqvo q\ siguiente día
hallóse levantado • , ,..
en la plazuela pública un tablado, a ^; y proclamó un heraldo la amnistía, ;;
teniendo á Gasea al lado;
y entre aplausos y vivas fué Gasea por el pueblo saludado, . y todos al monarca y á su patria
juraron ser leales: y entonces Hinojosa á Gasea dijo, seguido de sus buenos oficiales:
«Señor, ya es el mañana.»
Y Gasea replicóle: ((Dignos marinos de la noble España, de nuestro emperador en nombre os pido, que volváis á aceptar el puesto ó grado, que á cada cual Pizarro ha conferido;
porque habéis procedido, con la nobleza del deber sagrado.» Y entregó los despachos á Hinojosa.
Según en estos actos es costumbre, tan política acción y generosa,
aplaudió veleidosa la leda é impresionable muchedumbre,
como después de un drama,
siloa al autor ó aplaude,
y al escenario llama.
Y antes que entre celajes descendiera
en el ocaso el sol, mecíase en los buques de la escuadra el lábaro español.
Y una salva y repiques en los templos
oyéronse sonar: á España ya otra vez pertenecía la fuerte escuadra y todo Panamá.
Gasea no quiso, que antes la violencia le entregase la armada, por medio de traición; pues creía obtenerla con paciencia, y que ella misma al fin desengañada, jurase á su monarca sumisión.
Así los mismos brazos, que á Pizarro hubieran sostenido en el poder, el hábil Gasea, por honrosos medios, contra él hizo volver.
La confianza en sí propio, el entusiasmo,
— 280 —
la ardiente fe y constancia, despreciando las burlas, y el sarcasmo de la envidia y estúpida ignorancia; y el trabajo motriz de la paciencia
y el saber aguardar, , son la infalible ciencia de la emprendida obra realisar!
i54e
Los manifiestos, cartas y proclamas que el padre dominico, en las peruanas costas esparció, eco hallaron en muchos habitantes, que habiendo ya sainados sus derechos, no querían perder esta ocasión de garantir sus bienes, aceptando el indulto sin temor.
De Pizarro los buenos partidarios
llegáronse á alarmar; y aquellos manifiestos incendiarios
mostraron á su jefe; y después recogieron con afán para ocultar las miras del enviado,
haciéndolos quemar.
Y aunque el jefe contaba con sus tropas y escuadra en esos mares invencible, hizo á su lado á Carbajal venir,
que explotando sus minas, muy tranquilo se hallaba en Potosí.
Panlagua por entonces llegó á Lima,
y á Pizarro entregó las cartas, que llevaba del enviado
y del emperador; y á Carbajal llamando y á Cepeda, don Gonzalo pidióles su opinión; y Carbajal, con su acertado juicio,
así el suyo le dio:
((Decididamente creo que os debo fehcitar: llegasteis gracia á alcanzar, á medida del deseo.
Lo demás vendrá después, que habléis al cura ó al fraile: seguidle galante el baile, cual pretendiente cortés.
Qué palabras halagüeñas, atenciones y regalos vencen á buenos y malos.... ¡dádidas quebrantan peñas!
Conservad vuestro decoro con el enviado ladino.... mas que alfombren su camino ladrillos de plata y oro.
Esta, pues, es mi opinión.... Pizarro, este es mi consejo, que sé el por qué, como viejo pintan calva la ocasión!»
Cepeda, como miembro de la audiencia,
que al virey suspendió, y plegándose luego á don Gonzalo,
á su rey fué traidor: Cepeda, cuya toga se encontraba con la sangre manchada del virey,
y que á su patria nunca
podía ya volver, combatió decidido y exaltado la acertada opinión de Carbajal, diciendo: que ese fraile era un taimado y venía el país á anarquizar, el gobierno usurpando á don Gonzalo:
que echárase á Panlagua, y veríase al fraile charlatán
venir, luego sumiso, á darle el mando é implorar la paz: que siendo esto lo digno y acertado, no pudo presumir que Carbajal, por tretas ó amenazas de congulla,
llegárase á asustar. —
Pero con sorna y despechado, entonces, replicóle á Cepeda el viejo audaz, i clara alusión haciendo á su conducta equívoca y falaz: ;
— 281
V 3 V «¡Yo nunca he sido traidor y .. y como amigo leal ::^,^--rr-:::.\:''^.i doy mi consejo imparcial, - cual lo da un hombre de honor!
No me importa que no cedas, mas por declarar empiezo, que vale más mi pescuezo, que el de quinientos Cepedas!
Yo no temo el resultado, porque vivo de prestado; ni ya me importa.... ¡Pardiez! el espirar hoy colgado, ó mañana de vejes!
Esta es mi pobre opinión, y es inútil proseguir: el tiempo nos va á decir quien tiene ó no la razón!»
A esos dos sus queridos consejeros don Gonzalo logró calmar al fin; mas viendo Carbajal que á don Gonzalo, mas gustaba el dictamen de Cepeda,
no quiso ya insistir; y la oferta de gracia desechada.
Panlagua se marchó, rompiendo así Pizarro el postrer lazo que ligábale al rey y á la nación.
Se supo á los pocos días de haber salido Panlagua: — la defección de Hinojosa y la entrega de la escuadra; que Aldana y su comitiva habíanse unido á Gasea, y que todo Panamá su obediencia le prestaba. —
A este tremenda noticia, otras muy tristes llegaron: — varias provincias del Norte se alzaban contra Pizarro, y que hasta en Quito se había á Puelles asesinado: que aquel militar Centeno, que sepultóse en negro antro, huyendo de Carbajal, cual si corriérale el diablo, al tener noticia cierta del arribo del enviado, saHó de su oscura cueva y uniendo á sus partidarios,,
hízose dueño de Charcas, en donde hubo derrotado las fuerzas que allí existían, y que esperaba á Pizarro en el lago Titicaca - para vengar sus agravios.—
Así que iban llegando estas nuevas alarmantes, ú otras también semejantes, que fuéronse comentando de uno en otro corrillo, y diciendo: — ¡Vamos mal! se acercaba Carbajal, repitiendo su estribillo: i( Estos mis cabellos, madre, dos á dos se lleca el aire.^
En situación tan extrema, no perdió Pizarro el tiempo en inútiles reproches, aunque encontrábase lleno su corazón de amargura por la defección de aquellos en quienes tuvo confianza; sino que tranquilo y presto escribió á los capitanes, que aún estaban en su puesto: —que sus tropas aprontasen para el cercano momento, en que reunidas, salieran del padre Gasea al encuentro, quien si de España salió indulto del rey trayendo, era porque allá ignoraban del virey el fin sangriento; y que por lo tanto Gasea no podía concederlo, pues consultándose al rey no habría perdón para ellos. —
Esto Pizarro escribía á sus jefes y á los pueblos, para evitar que siguieran de los otros el ejemplo; aunque muy bien le constaba, por cartas y documentos de Aldana y el mismo obispo, de que aquel cuitado clérigo traía poderes amplios para hacer en ese reino cuanto le diere la gana. ya fuese tuerto ó derecho.
vLí"--.
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A su amigo Carbajal, como jefe predilecto comisionó ampliamente para formar el ejército; y en poco tiempo encontróse con mil soldados resueltos, suntuosamente equipados con escelente armamento y caballos y cañones: las banderas de los cuerpos llevaban una corona, y abajo ó en los extremos, sus dos grandes iniciales, ó de Pizarro el primero el honorífico escudo.
Y díjose que gastó en equipar este ejército
un millón de pesos fuertes, suma enorme en esos tiempos.... pero no para el Perú, que oro brotaba su suelo! 213
Cuando su dinero propio hubo gastado Pizarro, en aprestos militares, y las cajas del erario, de oro y plata antes repletas, sin un peso se encontraron, impuso contribuciones á los ricos hacendados; y en la casa de moneda los reales sellos trozando, mandó acuñar con su cifra el preciso numerario. ál4
Y adusto, triste y sombrío, Pizarro palpa el vacío
y siente aunque tarde ya/ , . pero iracundo y callado, /
no haber al punto aceptado la opinión de Carbajal. | .
De sus jefes las traiciones; de sus amigos queridos i la ingratitud, defecciones; | y sus votos fementidos ; en desdenes convertidos, en momento tan fatal: su feliz suerte cambiada en tenebroso sendero, y la actitud reprobada de rebelde caballero, que acababa de abrazar, irritaron sus pasiones, y de noble, generoso, hízose cruel, receloso y de violentas acciones: no sabe al fin de quien fiarse, y do quier viendo el vacío, ^ despechado y con hastío tornó al placer á entregarse; mas sintiendo nuevo brío, que todo su ser agita, abandona á su palacio, corre, se afana y medita, y que pase tan despacio el fatal tiempo le irrita: hombre de lucha, alma fuerte, por las tormentas mecida, quiere una gloriosa vida ó encontrar pronto la muerte; y con ciega decisión, como en otras ocasiones, corre á aprontar sus legiones y á espandir su corazón.
En todo Lima reinaba la mayor consternación, y nadie de otro se fiaba, temiendo una delación.
Y á nadie de la ciudad permitíase el salir.
pues sin distinción de edad era obligado á servir.
Estaba paralizado i
el comercial movimiento, esperando un resultado \ definitivo y sangriento. '
>* *
— 283
Muchos á los montes huían y bosques á refugiarse, .. í
porque no se decidían ■
d ningún bando á plegarse.
De menos todos echaban aquella paz general, que antes felices gozaban, y el pronto fin anhelaban de aquel estado anormal.
En circunstancias tan tristes, urdió el ex-oidor Cepeda una ridicula farsa, para que ánimo allí diera, y alguna legalidad á las rebeldes banderas: hizo formar un proceso, por traer al Perú la guerra, á Hinojosa, Al daña y Gasea, á los que á muerte condena, é invita á otros magistrados á que firmen la sentencia; pero todos se negaron á aquella farsa grosera, ó por temor, que triunfantes los sentenciados volvieran.
Y Carbajal con su sorna, á Cepeda preguntó: «¿Qué objeto tiene el proceso, activo señor oidor?» (í;,Qué objeto? ¡Buena pregunta! —el oidor le replicó,— El ahorcarlos, me entendéis, evitando dilación.... cuando en nuestras manos caigan!» «Pues perdéis tiempo, por Dios, si no tiene ese proceso alguna virtud mayor; y aunque fueseis je ttatores, no conseguiríais, no, sin antes fijo mirarles, el causar su perdición. Yo, por mi nombre, os prometo, que á ellos y d todo traidor, con proceso ó sin proceso, he de ahorcar sin remisión, si acaso en mis" manos caen.... porque así procedo yo!»
Aquí al hombre de las formas^ se veía en el oidor.
V y al otro en el de los hechos y ■ U dando al triunfo la razón. - / -
Antes de resolverse el padre Gasea con la escuadra á salir de Panamá, mandó á Aldana d mediados de Febrero,
con cuatro bergantines, auxilio á sus adictos á prestar;
y copia autorizada de sus poderes le entregó también, á fin de que Pizarro se acogiese
al perdón de su rey, antes que de su gracia se cerrasen
las puertas para él!
Al llegar á Trujillo, el vecindario todo entusiasmado,
prestóle sumisión, y de varios caudillos, sometidos,
mensajes recibiój y Aldana:— A Caj amalea señalóles, como exclusivo punto de reunión, en donde á ellos Gasea se uniría;— y después, hasta Lima prosiguió.
En cuanto supo Pizarro, que ya la enemiga escuadra aproximábase á Lima, ó con parte de ella Aldana, mandó quemar cinco naves, que en el puerto se encontraban, para que el pueblo ó su gente no de allí se desertara.
Por consejos de Cepeda, tomó esta medida vana, mientras Carbajal, ausente por unos días se hallaba; y cuando éste, á su regreso halló las naves quemadas, dijo impaciente á Pizarro: «¡Por Dios, que es cobarde hazaña! ¿Por qué, en mal hora, quemasteis vuestros ángeles de guarda? ¿No veis que esta acción demuestra, que tenemos desconfianza, sin que se haya conseguido sacar ninguna ventaja; porque los que quieran irse, al frente tienen la escuadra?»
Seguro es que Carbajal, si hubiese hallado en la rada
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los cinco buques, con ellos saliera á batir á Aldana, y hasta todos los bajeles, que componían la escuadra.
Parecía que Cepeda ningún desatino erraba, y creíale Pizarro de ideas nmuy acertadas, porque supo deslumhrarle con su adulación y audacia; aunque los recientes hechos, y reflexiones sensatas que hacíale Carbajal, hicieron que le escuchara en adelante más cauto, en su peligrosa marcha.
Retirar se hizo á la tropa como una legua de Lima, para evitarse que fuera con promesas seducida, é interpúsose una guardia entre su campo y bahía; mas antes que se efectuase esta rápida salida, ocurriósele á Cepeda otra idea peregrina: reunió á todo el vecindario, y entre una arenga pulida, fué los servicios narrando, que á Pizarro se debían; y entrando luego en materia, decidido así se explica: — que cada cual era libre, según su conciencia y vistas, de pasarse al enemigo ó de ponerse en seguida al amparo de Pizarro, y seguir su causa digna; pero que antes juramento prestarle todos debían de fieles ser á su causa.... bajo pena de la vida. —
Y todos sin escepción, en esas compactas filas, alzando su diestra juran cuanto Cepeda quería.
Y Carbajal á Cepeda, después que se hubo disuelto el sorprendido gentío, díjole: «Buen compañero.
¿cuánto tiempo durarán esos vanos juramentos? ¿^' i ; ¿No veis que es muy natural el que unos juren por miedo, y otros porque adictos son i ^ y les va en ello el pescuezo? ¿No comprendéis que si sopla por acá contrario viento, muchos se irán presurosos ¡ al favorable del puerto? ! j Pensemos en cosas serias y que tengan pronto efecto, y no en promesas tan vanas, como tales juramentos!;)
Aldana remitió á su antiguo amigo las copias que traía; y de su obstinación compadecido, como sincero amigo le pedía: —que digno de su nombre distinguido, obrase al fin como español honrado, y el mando tal vez conseguiría;
pues Gasea para todo hallábase ampliamente facultado; — mas con desdén Pizarro, al recibirlas, rasgó aquellos poderes, indignado.
Entonces los manifiestos, por medio de sus agentes, hizo Aldana circular; y vióse que eran pretestos y noticias diferentes^ las que hizo Pizarro dar.
Se había terj i versado la concesión del enviado, para no hacerla aceptar; mas este descubrimiento causó sumo descontento, é indignación á la par.
De Lima la gente al puerto corría, buscando en los buques refugio encontrar; y del campamento también los soldados, trataban de noche las guardias burlar. i
Al puerto los unos i lograban llegar, i
los otros vagando j
de acá para allá, i
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ganaban los montes en la oscuridad, ó en chozas indianas hallaban hogar.
Y á los desertores que halló Carbajal, los fué en sus jornadas haciendo colgar; pues era el alano bravio v tenaz, que á esos traidores salía á buscar; mas va no alcanzando su brazo ni afán para perseguirlos de acá para allá, salieron partidas con un capitán;
mas este remedio produjo otro mal; pues los que salían ' el campo á cruzar,
no ya al campamento volvían los más; y cada vez que esto llegaba á pasar, se oía á sus solas al buen Carbajal, su viejo estribillo con calma entonar: üEstos mis cabellos, madre, dos á dos se lleva el aire.-»
Y al fin, entonces, conoció Cepeda, que cualesquier forzado juramento, es vano, inconsistente y fugitivo, como las hojas, que se lleva el viento!
Ai ver triste Pizarro, que su valiente ejército lujoso, con el cual invencible presumía ser otra vez el jefe victorioso,
iba de día en día, al cruzar el espacio las tinieblas, disminuyendo entre la sombra vana, como se ven en pálida mañana evaporarse las opacas nieblas: al ver que sus amigos más queridos, y de bienes colmara á manos llenas,
contábalos perdidos,
y á su amistad perjuros, íbanse desertando por docenas, la tortura sintió, desvanecido, de comprimidas y angustiosas penas, como en el pecho un dardo enrojecido:
era el padre infelice, que tras horrible noche de vigilia, siente sus desventuras estallar: como mísera madre, desolada, va empeñando en la Casa de piedad, sus postreros recuerdos de familia, para llevar á sus hambrientos hijos
un pedazo de pan!
¿Qué voz amiga á su dolor responde? ¡Tan solo Carbajal! Pero ¡ay! ¿adonde refugiarse? ¿Adonde - en tan contrario y tempestuoso mar?
Hallábanse en el Norte las provincias por Gasea pronunciadas;
y por el Sud, Centeno á las otras tenía sojuzgadas.
¿ Adonde refujiarse para evitar un choque decisivo,
y poder prepararse?
Pero siempre animoso, Carbajal á Pizarro participa: — que aún fiel á su causa se encontraba
el puerto de Arequipa; y que esta lealtad, si allá pasaba, una propicia suerte le auguraba. —
Mucho halagó á Pizarro este proyecto; y para darle Carbajal confianza, y no perdiese tiempo tan precioso, le dice sin tardanza:
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los cinco buques, con ellos saliera á batir á Aldana, y hasta todos los bajeles, que componían la escuadra.
Parecía que Cepeda ningún desatino erraba, y creíale Pizarro de ideas muy acertadas, porque supo deslumhrarle con su adulación y audacia; aunque los recientes hechos, y reflexiones sensatas que hacíale Carbajal, hicieron que le escuchara en adelante más cauto, en su peligrosa marcha.
Retirar se hizo á la tropa como una legua de Lima, para evitarse que fuera con promesas seducida, é interpúsose una guardia entre su campo y bahía; mas antes que se efectuase esta rápida salida, ocurriósele á Cepeda otra idea peregrina: reunió á todo el vecindario, y entre una arenga pulida, fué los servicios narrando, que á Pizarro se debían; y entrando luego en materia, decidido así se explica: — que cada cual era libre, según su conciencia y vistas, de pasarse al enemigo ó de ponerse en seguida al amparo de Pizarro, y seguir su causa digna; pero que antes juramento prestarle todos debían de fieles ser á su causa.... bajo pena de la vida. —
Y todos sin escepción, en esas compactas filas, alzando su diestra juran cuanto Cepeda quería.
Y Carbajal á Cepeda, después que se hubo disuelto el sorprendido gentío, díjole: «Buen compañero.
^.cuánto tiempo durarán esos vanos juramentos? ¿No veis que es muy natural el que unos juren por miedo, y otros porque adictos son H ■ y les va en ello el pescuezo? ; ¿No comprendéis que si sopla por acá contrario viento, í muchos se irán presurosos ' al favorable del puerto? ¡Pensemos en cosas serias y que tengan pronto efecto, y no en promesas tan vanas, como tales juramentos! i)
Aldana remitió á su antiguo amigo las copias que traía; y de su obstinación compadecido, I como sincero amigo le pedía: '
—que digno de su nombre distinguido, obrase al fin como español honrado, y el mando tal vez conseguiría;
pues Gasea para todo '
hallábase ampliamente facultado; — mas con desdén Pizarro, al recibirlas, rasgó aquellos poderes, indignado.
Entonces los manifiestos, por medio de sus agentes, hizo Aldana circular; y vióse que eran pretestOH y noticias diferentes, las que hizo Pizarro dar.
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Se había terj i versado la concesión del enviado, para no hacerla aceptar; mas este descubrimiento causó sumo descontento, é indignación á la par.
De Lima la gente al puerto corría, buscando en los buques refugio encontrar; y del campamento también los soldados, trataban de noche las guardias burlar.
Al puerto los unos lograban llegar, los otros vagando de acá para allá.
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ganaban los montes en la oscuridad^ ó en chozas indianas hallaban hogar.
Y á los desertores que halló Carbajal, los fué en sus jornadas haciendo colgar; pues era el alano bravio v tenaz, que á esos traidores salía á buscar; mas va no alcanzando su brazo ni afán para perseguirlos de acá para allá, salieron partidas con un capitán;
mas este remedio produjo otro mal; pues los que salían el campo á cruzar, no ya al campamento volvían los más; y cada vez que esto llegaba á pasar, se oía á sus solas al buen Carbajal, su viejo estribillo con calma entonar: n Estos mis cabellos, madre, dos á dos se lleva el aire.))
Y al fin, entonces, conoció Cepeda, que cualesquier forzado juramento, es vano, inconsistente y fugitivo, como las hojas, que se lleva el viento!
Al ver triste Pizarro, que su valiente ejército lujoso, con el cual invencible presumía ser otra vez el jefe victorioso,
iba de día en día, al cruzar el espacio las tinieblas, disminuyendo entre la sombra vana, como se ven en pálida mañana evaporarse las opacas nieblas: al ver que sus amigos más queridos, y de bienes colmara á manos llenas,
contábalos perdidos,
y á su amistad perjuros, íbanse desertando por docenas, la tortura sintió, desvanecido, de comprimidas y angustiosas penas, como en el pecho un dardo enrojecido:
era el padre infelice, que tras horrible noche de vigilia, siente sus desventuras estallar: ' como mísera madre, desolada, va empeñando en la Casa de piedad, sus postreros recuerdos de familia, para llevar á sus hambrientos hijos
un pedazo de pan!
¿Qué voz amiga á su dolor responde? ¡Tan solo Carbajal! Pero ¡ay! ¿adonde refugiarse? ¿Adonde - en tan contrario y tempestuoso mar?
Hallábanse en el Norte las provincias por Gasea pronunciadas;
y por el Sud, Centeno á las otras tenía sojuzgadas.
¿Adonde refujiarse para evitar un choque decisivo,
y poder prepararse?
Pero siempre animoso, Carbajal á Pizarro participa: — que aún fiel á su causa se encontraba
el puerto de Arequipa; y que esta lealtad, si allá pasaba, una propicia suerte le auguraba. —
Mucho halagó á Pizarro este proyecto; y para darle Carbajal confianza, y no perdiese tiempo tan precioso, le dice sin tardanza:
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«¿Qué, no sabéis el refrán: —que cuando Dios se conmueve. con cualesquier viento llueve? — ¿Pues esperar.... y en avant!
Y la duda se disipa de Pizarro, que al momento levanta su campamento y dirígese á Arequipa.
Aunque penoso, fué rápido aquel viaje del ejército, hasta entrar en la ciudad, sintiendo todos más ánimo, con los continuos pronósticos del activo Carbajal.
Allí parte de la gente encontr(3se del refuerzo que húbose al Cuzco mandado de Centeno á protejerlo; pero había sido tanta la deserción de los cuerpos, que unidos en Arequipa, no llegaban á quinientos; es decir, ni á la mitad del lujosísimo ejército, que poco antes tuvo en Lima, al formar su campamento.
Mas á Pizarro y su tropa poco á poco fué volviendo ese espíritu animoso, ese genio aventurero, con que audaces conquistaron todo ese enemigo suelo; y sintiéndose Pizarro el mismo ñrme guerrero, que descubrió el Amazonas, en no muy lejano tiempo, dijo animoso á sus tropas: ((¡Oh, del Amazonas héroes, bravos amigos y hermanos, asombro del universo y gloria de invicta España, invocad vuestros recuerdos, que aún, con vosotros solos y diez j(ifes compañeros, la tierra, que conquistamos, he de conquistar de nuevo, sin que en adelante nadie conciba el atrevimiento de venir á disputarnos.... lo que es solamente nuestro!»
¡Mujidos eran sus voces, como toro en el desierto, ó acosado ya en la plaza por flacos, salvajes perros.
No bien salieron de Lima las pocas rebeldes fuerzas, cuando toda la ciudad abrióle á Aldana las puertas, quien de su monarca en nombre posesión recibe de ella, nombrándose autoridades que al enviado respondieran.
Del previsor Carbajal la predicción á Cepeda no tardó mucho en cumplirse, pues natural cosa era.
Con Gasea y su comitiva y mucha gente resuelta, de Panamá el dlej de Abril la escuadra hízose á la vela, bien pertrechada é impelida por buen viento y mar serena.
¿Cómo se explica este cambio tan repentino y tan rápido, cuando del Perú poco antes era don Gonzalo el arbitro, y después de la batalla de Añaquito el amado ídolo? ¿Cual era la causa, el móvil, que en este breve período, el pueblo le abandonase, cuando en el poder, benévolo, su marcha á todos complugo^ ¿Por qué de pronto era el reprobo^
Porque antes el interés hizo á la colonia bélica, al defender sus derechos, insurreccionarse enérgica; y un jefe necesitaba de fama, prestigio y crédito, que á su defensa saliera y encabezase al ejército; mas devueltos sus derechos, no quiso guerras estériles, que á quitárselos volvieran, por defender á un satélite.
Además, que esos tiempos, era por su rey fanático
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todo el pueblo castellano, ultramontano y monárquico; y entre Pizarro y su rey, corrió á defender alígero á su venerado trono, y no un poder nuevo, efímero, contra su rey rebelado, que unos creían anárquico; y la gente timorata, maldito y anti-eclesiástico.
De la escuadra de Gasea flemean las alegres banderolas;
mas contrarias corrientes muv en breve á sentirse comenzaron; y las montañas de crispadas olas
á las naves cercaron;
los vientos tempestuosos, preñados de relámpagos y rayos, como volcán ignívomo, estridente,
agí.tanse furiosos, y á los buques arrastran como á lamas; y se sorprende la marina gente al verse en medio de incesantes llamas. 216
Caída en proa y popa la allí revuelta y mareada tropa, volver á tierra intimidada pide, con apagados y dolientes ecos, que el escucharse el vendaval impide.
Pretenden los marinos las velas dar á los contrarios vientos, y no á la capa el sostener los buques;
pero queriendo. Gasea aprovechar los rápidos momentos, que cedía en su furia la borrasca,
grita agitado: «¡Nadie ose tocar las velas, por su vida, que entre esas rojas luces centelleantes,
la muerte está escondida.»
Tiemblan todos y escuchan obedientes, como buenos cristianos ignorantes; y Gasea, entonces, con cristiano celo,
explica á sus creyentes, las fabulosas luces mitológicas
y miles de accidentes, que en el mar ven y en el rojizo cielo. 217
Hiciéronse señales á los buques: —de á la isla Gorgona dirigirse; — y los contrarios vientos ya calmados,
lograron todos arribar al puerto, unos más y otros menos averiados.
Después de descansar algunos días en tan triste paraje y tan desierto, para Túmbez marcharon donde el quince de Junio entre adictos vecinos penetraron.
Recibió al momento Gasea parabienes y mensajes de aquellos vecinos pueblos, y cartas de todas partes ' de capitanes y jefes, diciéndole:~que ordenase en qué paraje debían con sus fuerzas esperarle. —
Escribióles Gasea á todos con agradecidas frases, á Caj amalea indicando que sus fuerzas acercasen: y allá con las que traía, mandó á Hinojosa, ordenándole: --que cuando estuviesen juntas el mando de ellas tomase, y encaminándose á Jauja fuera con él á juntarse, para donde iba á salir con algunos oficiales, después que todo en las costas bien arreglado dejase. —
Con corto destacamento, Gasea al fin de Túmbez sale, y por la costa tomando, estudia aquellos parajes, hasta llegar á Trujillo, do corren los habitantes á recibirle á su paso, y probar que son leales.
Detiénese allí algunos días, y sus órdenes imparte, sin olvidar cosa alguna; y prosiguiendo su viaje, cruza al Sud-Este las sierras, como si en ellas morase, y entra sin sufrir tropiezo, de Jauja hasta el fértil valle.
Allí del Norte las fuerzas
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288 —
y sus pueblos principales, esperábanle anhelosos, para que el mando tomase y la campaña emprendiera
contra el rebelde, cuanto antes, sobrándole para ello con esa sólida base.
De Jauja en el valle ameno, apenas Gasea se vio, cuando alegre recibió esta nota de Centeno:
«De nuestro rey al enviado complázcome en avisar, que todo el Sud, hasta el mar, á su rey ha proclamado. Con mis tropas esparcidas de veteranos guerreros, guardo los desfiladeros y las ocultas salidas, por donde el jefe traidor piensa poder escapar, para lejos ocultar su miedo y su deshonor. Son, pues, los intentos vanos de ese caudillo insurgente, porque él y toda su gente pronto caerán en mis manos. Esto os digo como bueno, persiguiendo al criminal^ y cual vasallo leal prométeos — Diego Centeno.»
Tan fausta noticia con júbilo fué por todos oída, creyendo tener el triunfo seguro.... ¡mas solo se ve después de la lucha y sangre correr!
A Gasea sus amigos le pidieron: — que hiciera parte de su fuerza unida
ya entonces disolver, ahorrando dinero y esos brazos, que á la industria debieran acrecer; — mas Gasea no se hacía
pueriles ilusiones, como todos,
pues frío espectador,
mas que ellos comprendía, que el éxito dudoso de las armas
es voluble turbión, que va los cuatro vientos cardinales
recorriendo veloz; y aunque oía paciente los consejos,
á ordenar se ciñó: — que Méjico y limítrofes colonias no hicieran la pedida remisión. —
Reconcentró sus fuerzas
en toda la ciudad, resolviendo las últimas noticias
de Centeno aguardar, para ver si después era preciso
el secundar su plan.
Pizarro y Carbajal, en tanto, tratan
de salir del Perú, y hasta Chile pasar, do tomarían
defensiva actitud;
imposible creían, que aunque al Perú el enviado sometiera,
intentara invadir
región tan apartada, ciñéndose á arreglar solo el país; y con el descontento de las tropas
contaban además, después que Gasea, con severa mano,
llegara á gobernar, sin acordarles el debido premio,, que merecer creería cada cual; y casi de seguro presumían,
que otra vez volverían á pedirles su antigua protección,
ó á colgar al enviado, como al virey tirano se colgó.
¿,Más por dónde pasar aquellas cumbres
■M,
289 —
y tortuosos senderos, que Centeno
hacía vigilar? ^
¿Cómo atraer al ofendido jefe, á quien en una cueva á sepultarse obligó Carbajal?
Pero ya que era imposible el conseguir por las armas, abrirse paso hasta Chile, como la mejor campaña, otros ardides trató de poner Pizarro en práctica.
En dirección se encamina al lago de Titicaca, en cuyas inmediaciones Diego Centeno se hallaba; y cerca de él, escribióle extensa amistosa carta, en que tiempos más felices con placer le recordaba; y á nombre de esos recuerdos, pedíale: — le dejara el libre paso hasta Chile, pues no quería sus armas esgrimir como rebelde, ' contra su digno monarca: que era tan solo su objeto el trasponer las montañas, y dejar que libremente el Perú siguiese á Gasea, y después solicitar como buen subdito gracia, y no en aquellos momentos, en que tal vez se pensara, que tan solo su impotencia obligábale á aceptarla. —
Envanecido Centeno, con esta prueba marcada, de la situación penosa en que Pizarro se hallaba, no tuvo, no, la nobleza de las generosas almas, cuando ven al enemigo luchando con la desgracia; ni tampoco el patriotismo, que la ocasión le brindaba, de evitar el que corriera entre ellos la sangre hermana; ni menos esa prudencia, que al azar de la batalla no expone preciosas vidas ni la suerte de su patria.
cuando sin peUgro puede hacer imperar su causa; y vanidoso, pensando en la promesa hecha á Gasea y en sus pasadas ofensas, guióle solo la venganza al contestar á Pizarro en una irónica carta: —que su determinacicn como español lamentaba; y que le era ya imposible el darle salida franca, sin faltar á su deber, y como jefe á sus armas; y que debió á la amnistía acogerse sin tardanza; pero que si era su objeto sinceramente aceptarla, sirviendo al nuevo gobierno, él le daba su palabra de hacer todo lo posible por conseguirla de Gasea, aunque sus actos postreros parecían rechazarla. —
Con sonrisa de desprecio 0}'ó la carta "Gonzalo del que fué su viejo amigo, convertido en cortesano, que le brinda protección para herirle y humillarlo, al suponerle caído y de todo auxilio falto, su amistad al recordarle; v de ira dominado, después de escucharla atento, se la arranca al secretario y exclama: «¡Qué miserable!» convirtiéndola en pedazos.
Levantó el campo en seguida, y siguió á cortas jornadas hasta las verdes orillas del lago de Titicaca, donde usó otra estratagema para evitar la batalla, que sin temor Carbajal dispuesto á aceptar estaba, sino hallábase otro medio para subir las montañas; porque en sus arcabuceros tenía suma confianza, pues disciplinado había á ese cuerpo con constancia
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— 290 -
y en continuos ejercicios;
y sin pasión opinaba,
que podría dirigirlos
al doble, con gran ventaja,
encontrándose también
con triple número de armas, -
que condujo hasta Arequipa,
de aquellas que abandonaban
los desertores de Lima,
al ir á buscar á Gasea.
Pizarro recurrió á la estratagema
de enviar sus batidores
en otra dirección; y hacia Huarina, en la callada noche, de clara luna y suaves resplandores,
su marcha apresuró, para ir así, dejando á retaguardia,
la contraria facción.
Pero por sus espías, del súbito secreto movimiento
Centeno aviso tuvo, y alzó de Titicaca el campamento
y á enfrentársele fué;
y á la slfj lúe rite tarde los centinelas de uno y otro campo
comenzáronse á ver.
Como ana semana hacía que encontrábase Centeno de pleuresía atacado, aunque su marcha siguiendo; y acababan de sangrarle, cuando á decirle corrieron:
—que la enemiga vanguardia iba ganando terreno. — ¡
La litera pidió al punto, y saltando de su lecho, hizo á sus jefes llamar: — ordenando que en su puesto todos al alba estuvieran; porque ya los densos velos del crepúsculo cercaban á uno y otro campamento.
Y Carbajal y Pizarro idéntica cosa hicieron, al ver, que empuñar las armas, era el único remedio, que para seguir tenían, ya sus planes descubiertos.
Aunque rendido Pizarro por esa marcha veloz, no pudo atraer al sueño, meditando el plan mejor de atacar al enemigo en cuanto saliera el sol; pero no así Carbajal, porque después que impartió activamente sus órdenes á la cansada legión, sobre el verde y blando césped se durmió como un lirón, siguiendo al viejo refrán: — que el soldado previsor tener debe adelantados, en cualesquier ocasión, un sueño y una comida para pelear mejor. —
154:7
Por collado onduloso y ascendente vese oculta del lado de los Andes, la verdosa llanura de Huarina; y por el otro manso la rodea de Titicaca el celebrado lago. Aquí, en este paraje delicioso, adorno y gala del antiguo imperio.... aquí fué la batalla memorable,
hasta entonces más lúgubre y sangrienta, que sus vírgenes campos presenciaron!
El astro Dios de la región peruana, brillante sale el veintiséis de Octubre, y á iluminar comienza con sus ravos cumbres, llanurns, ríos v desiertos, y vida á dar á tan bendita tierra,
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— 291
como aquellos sublimes panoramas, que venen sus delirios los amantes.... los del primer amor ledos edenes.... de feliz juventud, santos ensueños: y despréndese el sol del horizonte, cuando Pizarro y Carbajal al frente hállanse ya de sus formadas tropas, como también Centeno de las suyas, quien después se retira en su litera el choque á presenciar; porque doliente no le es posible el empuñar su acero, aunque segura cuenta la victoria.
Como á unos m¿¿ soldados ascendían de Centeno las fuerzas; y compuestas de doscientos cincuenta de á caballo, do las mejores lanzas se encontraban, que por siempre afirmaron la conquista, y de ciento cincuenta arcabuceros, mas no de municiones bien provistos; y formábase el resto de reclutas, de alabarderos, no disciplinados, ni diestros en las armas por combates. 218
A caballo y en mano un cruci/ijo, y llevando su séquito de iglesia, va el obispo del Cuzco recorriendo ala formada tropa, á la que exhorta con bíblicas palabras y vehementes, su deber á cumpUr en la batalla; y él mismo toma entre las filas sitio, convertido en realista furibundo.... cuando antes, por los triunfos de Pizarro cantaba en los Te Deum el primero!
¿Cuándo eran, pues, sinceros esos actos? ¿Cuándo al pie del altar y ante la hostia al cielo gracias daba por el triunfo de ese ya de su Dios hijo bendito^ ó ahora que de Dios y de los hombres enemigo infernal le declaraba? ¡Es su tradicional lógica, eterna!
De Pizarro la hueste no alcanzaba ni á la mitad de la contraria tropa: eran ochenta y cinco los jinetes, que á mandar iba él en el combate, y trescientos cincuenta arcabuceros de Carbajal al mando, y preparados con suma disciplina por su jefe, municiones llevando y dobles armas, para hacer los disparos más seguidos, y el resto un pelotón de alabarderos;
pero viejos soldados que seguían por cariño á Pizarro en los combates.
Siempre Pizarro en el vestir lujoso,' sobre bruñida cota iba ostentando túnica carmesí, de terciopelo acuchillado y con adornos de oro: ceñía ricas armas y montaba un corcel arrogante, con jaeces que aún de lejos lucían su riqueza, haciéndole el jinete más notable, que en las opuestas huestes descollaba.
El viejo Carbajal, cual veterano, que solo antiguas cotas y armas tiene, de grueso acero en la cabeza lleva pesado casco con visera baja, y camiseta de color verdoso, á su armadura acribillada encumbre; y apenas este peso aguantaría de la presente edad fornido mozo; monta una fea, pero fuerte jaca, de gruesas patas y anchuroso pecho, y ya probada á soportar, soberbia, su hercúleo cuerpo en las ferales luchas: y el táctico y terrible^ octogenario, rezagado guerrero parecía por su aspecto pobrísimo y antiguo; pero á través de la acerada reja, que su rostro encubría, vivos rayos centelleaban sus ojos matadores!
A unos seiscientos pasos avanzaron, y hacen alto de pronto las dos huestes, como esperando que la otra ataque; mas se sonríe Carbajal, tranquilo, su ojo de águila al ver al otro bando; y su sonrisa muestra, que no teme por esa doble gente ser vencido; el muerto se hace, pues, y quieto espera el que impaciente la facción contraria hacia la suya jactanciosa avance; pues no obligar á sus soldados quiere con el peso atacar de dobles armas, ni perder la ventaja de hacer fuego con dobles tiros, cuando entonces era el cargar esas armas tan moroso.
De Centeno crevéndose la hueste más que la de Pizarro, poderosa, cien pasos más avanza, y se detiene al ver aún la de Pizarro inmóvil: ordena, entonces^ Carbajal que avancen
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á unos cuantos soldados y que hagan fuego; y de Centeno las furiosas filas, por tal provocación medio burlesca: «¡Nos están deshonrando!» gritan todos, y enristran los de á pie sus alabardas, al oir que Ruiz, fraile exaltado, exclama: «A las manos los valientes! ¡Sucumban de una vez los filisteos!» y hacen fuego también los arcabuces, sin ralear las filas de Pizarro.
Mira contento Carbajal, que gastan sus municiones en descargas vanas, y manda contestar con otros tiros; y al ver que algunos por arriba pasan, sin hacer el estrago, que creía, sus filas recorriendo así las dice: «¡Ea, muchachos, apuntad al vientre!» Porque por experiencia el viejo sabe, que los tiros por alto son perdidos, mientras hacen los bajos sus destrozos, que si no horadan cuerpos, rompen piernas; y fuera de combate van dejando á las filas, que avanzan animosas.
La hueste de Centeno, enfurecida, sigue avanzando sin temor alguno, y al hallarse á cien pasos de distancia ordena Carbajal- hacerla fuego: instantáneo resuena el estampido, y tal es el acierto y puntería, que ruedan muertos más de cien soldados de la compacta línea de Centeno, y otro número igual vése de heridos, y antes que consiguieran recobrarse de tan funesto y sorprendente fuego, otra descarga Carbajal dispone: alzan del suelo las cargadas armas esos arcabuceros, que confían en la pericia de su viejo jefe, y otra nueva descarga y tan terrible torna á abrir en los grupos apiñados aún otros claros, que.... //e^iar no pueden.
La confusión entonces, es completa, y de temor movidos vuelven caras, el campo del combate abandonando, y á sus muertos, heridos y armamento.
Hallábase Pizarro y sus jinetes, antes que el tiroteo comenzase, en uno de los flancos, y dejando el frente libre para hacer descargas; pero los escuadrones de Centeno
cargaron á la vez que los infantes, y avanzando Pizarro algunos pasos, á recibir la carga se adelanta; mas fué tan impetuosa y decisiva, que sus jinetes arrollados fueron, cual de ovejas cortísimo rebaño; y aunque trataron de ordenar sus filas, no á su campo volver pudo Pizarro, y derrotado fué en toda su linea, y circuido también en su recinto. í¿19
Pruebas desesperadas de ardimiento y de insano valor, que busca ansioso ó la muerte ó el triunfo en el instante, da don Gonzalo, y lívido de rabia á las contrarias huestes acomete; contra cuatro guerreros lucha solo; reparte sus mandobles y lanzadas; mata, atrepella y las espuelas mete á su altivo corcel, que aunque en las ancas herido arroja sangre á borbotones, corre y le salva de segura muerte; pero no lejos desangrado espira, y del de Garcilaso en ancas sube, que á su lado combate y le defiende, y hacia su campo penetrar procuran; mas un jinete, que les sigue, alcanza la riendas del bridón y los detiene; y rápido Pizarro saca un hacha que el caballo llevaba en el costado, y tal golpe dio al otro en la cabeza, que á caballo y jinete rodar hizo y así de aquel peligro ileso salen. 220
El ex-oidor Cepeda, que á caballo parte también tomaba en el combate, y con ardor luchaba entre las filas, recibe un gran sablazo en todo el rostro^ y entre su infantería busca asilo; y muchos caballeros y jinetes, muertos ó heridos en el campo quedan como también caballos y pertrechos, en sangrientos montones y en desorden, cual si allí rencorosos enemigos saciado hubiesen su guardada furia. 221
De entre los escuadrones de Centeno óyense las trompetas resonando el toque halagador de la victoria, V los vivas salir con alborozo.
Pizarro siente el frío de la muerte, y en sus sienes se enclavan esos ecos, como el toque de fúnebres campanas;
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porque le anuncian ellos la agonía
de su honor, de su gloria y su grandeza,
y el crimen de la sangre derramada:
el humo denso, como pardas nubes,
que la profunda calma va apiñando,
de los suyos le aleja y le circunda,
sin ver en donde está ni lo que pasa,
solo oyendo los ecos de victoria, que repiten contrarios escuadrones: clava su espada entonces en el suelo, de su pecho sofócale la sangre, mira á la altura y su furor provoca, y extiende luego sus cansados brazos, esperando la muerte, como un héroe.
Otra. escena también de esta batalla reahzase, entre tanto que Pizarro, por más de triple número de fuerzas que atácanle y rodean, es vencido.
Ante las dos descargas formidables de los arcabuceros, que dirige el viejo Garba jal, quedóse absorta, como ya se ha descrito en el principio, la contraria, diezmada infantería, que luego el campo deja presurosa; pero del ala izquierda de Centeno á escape un escuadrón altivo sale á apagar esos fuegos matadores, que pusieron en fuga á sus infantes; mas erizada nube de alabardas hácela detener en su carrera, mientras nutrido fuego de los centros los arcabuces lanzan, y á su frente caballos y jinetes van cayendo, como apiñados grupos de gorriones. Y viendo los jinetes que no pueden la muralla romper de firmes picas, rodean en desorden los costados y pasan á tomar la retaguardia y flanquear por ella al enemigo; y úñenseles también los escuadrones que á Pizarro dejaban derrotado, después de haber cantado la victoria.
No al ver aquellos grupos de jinetes, que victoriosos vienen y se aumentan, dando á sus compañeros nuevos bríos, turbar de Carbajal la calma pueden, ni hacerle vacilar en su esperanza: manda dar media vuelta á sus soldados, que rápida ejecutan, y en el acto la retaguardia enfrente se convierte,
marchando la distancia necesaria y á los alabarderos atrás dejan.
/ Y vuelven á cargar los escuadrones más compactos, ligeros y orgullosos; pero encuentran las picas erizadas, como gruesa muralla inconmovible, y granado fuego que los diezma, y detiene y voltea á los caballos, como el viento otoñal baja las hojas de los mustios arbustos de los bosques, cuando los truenos y primeras lluvias del crudo invierno anuncian los rigores.
Mas pugnan por romper aquellas tilas, que con su acento Carbajal alienta, en su jaca cruzando, como sombra, en medio de su gente decidida
En vano quieren los jinetes bravos resistir á las picas y descargas, del denuedo esperando la victoria; pero ven en sus filas los estragos, y que en vez de cesar el fuego aumenta, y que cayendo van sus compañeros; y de vencer perdida la esperanza^ van haciendo dar vuelta á sus corceles, que el peligro conocen por instinto, y todos á la vez amedrentados, abandonan el campo, en disparada.
Poco antes que esta escena se efectuase, y en medio de cadáveres y heridos, fué cuando oyó Pizarro las trompetas, que el toque halagador de la victoria hicieron resonar los escuadrones, que al suyo destrozaron por completo: siente entonces el frío de la muerte
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y en sus sienes se enclavan esos ecos;
porque le anuncian ellos la agonía
de su honor, de su gloria y su grandeza
y el crimen de la sangre derramada:
clava la espada en el rojizo suelo,
de su pecho sofócale la sangre,
rojiza sombra cruza ante sus ojos,
mira á la altura y su furor provoca,
y sus cansados brazos extendiendo
la muerte espera de los grandes héroes.
Comienza poco á poco á evaporarse el humo del combate; v don Gonzalo vuelve en sí al escuchar igual sonido, que en sus oídos repercute triste: oye que sale de su campo, y mira, ya de sí en torno el humo disipado, que de él vencidos en tropel se alejan, los que poco antes fueron vencedores. Súbito de sus ojos desparecen aquellas antes angustiosas sombras, y ve á su infantería no muy lejos, que entre marciales himnos, proseguía entonando el clarín de la victoria.
Pizarro v unos cuantos caballeros, que ilesos se encontraban, presto suben en los caballos que vagando encuentran, y á su campo volviéronse gozosos: corre Pizarro á Carbajal buscando, en sus brazos se arroja enternecido, y vivas prodigándole asi dice: «¡Oh muy mas que mi amigo, mi buen padre, á vos os debo la victoria v vida!» «¡Es que yo iengo pacto con el diablob) dijo sonriendo Carbajal y alegre, y su gracia las tropas aplaudieron.
((Pero no está concluida la batalla, — en su jaca subiendo, dijo el viejo; — síganme los jinetes que pudieren.» Y partieron en pos del enemigo.
Al mirar disparar á sus lanceros, cálmanse de Centeno los dolores, que tiénenle postrado en la litera, y vese bueno y sano por milagro, y de ella sale lo mejor que puede: arrójase ligero caai pruebista, en el primer corcel que encuentra á mano, intérnase en las sierras y en los bosques, y haciendo mil rodeos y caminos, llegar á Lima por ensalmo logra, con algunos jinetes que le siguen;
y sorprendida esa ciudad se queda de ver entrar, como lijeros galgos, \ á esos bravos señores, fugitivos, I
que apresar á Pizarro prometieron, y al obispo del Cuzco no distante, pasando iguales peripecias rudas pues habiendo á Pizarro traicionado, no sin razón temía y precavido de Carbajal diabólica venganza.
Y Carbajal sañudo se encamina,
de su campo al salir con sus lanceros, al que había Centeno abandonado; encontrando vacía la litera, como un tigre prorrumpe: «¡Miserable!» ¡Para entrar en combate estaba enfermo, y para huir de mí se encuentra sano!»
Y á los dispersos todos que encontraba, y que traidores á Pizarro fueron,
íbalos en el acto ejecutando,
sni recordar que fueron sus amigos.
Y fué tan grande el número de muertos, en esa breve acción, pero reñida,
que al recorrer Pizarro la llanura, exclamó horrorizado muchas veces: «¡Jesús, Jesús Dios mío, qué victoria!»
De trescientos cincuenta no eran menos, los tendidos cadáveres que hallaron, y casi igual el número de heridos: y entre estos fallecieron á la noche, como anos cien, quedados en el campo, por el helado y penetrante frío de las cercanas sierras, aunque el clima en aquella región es muy templado.
Y en un espacio reducido, muertos aún más de cien caballos encontraron, con un número igual de sus jinetes,
de ellos perteneciendo una gran parte al vencedor ejército rebelde,
09 9
La gloria de tan célebre jornada, y que hízola honorífica y famosa por la desigualdad de aquellas fuerzas, debióse á Carbajal y sus infantes, á los que con razón el veterano el éxito confiaba, harto seguro: hábil mostróse, táctico y sereno ese viejo soldado de las guerras de Italia y Flandes y del nuevo mundo; y á los ochenta y cuatro años cumplidos,
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aún no en actividad le aventajaran los bríos del doncel más vigoroso.
Intérnanse en las tiendas del vencido, y abundante comida y suculenta en grandes ollas y en el fuego miran, que dejan, al huir, los cocineros; pues estuvo Centeno tan iluso, en creer asegurada la victoria, que mandó preparar esa comida, para obsequiar á jefes y soldados.
De todos los bagajes y riquezas, que en las desiertas tiendas se encontraron, como botín Pizarro dueño se hi^o; y en la que era espaciosa de Centeno, hallóse un gran caudal de plata y oro, calculado en millón y cuatrocientos mil pesos, que de Charcas conducía para gastos de guerra del enviado. 223
Pizarro ya con tan inmensa suma, encontrada do menos se supuso, ve que ayúdale el cielo en sus designios, un elemento poderoso al darle, para seguir su causa defendiendo: á sus tropas regala y las alienta con más grandes riquezas y laureles al fin de esa campaña, ya postrera; y la comida que las llenas ollas al aire libre cuecen incitantes, aún más de ellos aviva el apetito,
tan solo lamentando, que un buen trago no refresque á sus fauces resecadas.
Vagas sombras esparce ya la noche, y toda esa llanura enrojecida, transfórmase en verdoso tinte oscuro: va apareciendo alguna que otra estrella, y los lacios soldados, fatigados, tras un día de azares y de angustias, ven llegar el momento del reposo, como un placer ansiado largo tiempo.
Se ponen las precisas centinelas, en todo el campo tócase á silencio, los soldados agrúpanse en las tiendas, y tiéndense á dormir como unos santos!
De la noche en el plácido silencio . oyeron murmurar los centinelas al viejo Carbajal, que aún no dormía, el su siempre estribillo favorito; mas su segundo verso ya variado:
i<^ Estos mis cabellos, madre, ya no se los lleoa el aire.^^
Terminó de este modo, en breves horas, la sangrienta batalla de Huarina, que evitar pudo y provocó Centeno, en un triunfo confiado, v anheloso de pasadas ofensas ver vengadas; y don Gonzalo que aceptarla tuvo, para buscar á sus legiones paso, antes que unidas las contrarias tropas, hiciéranle imposible la defensa.
Dispuso al siguiente día del combate inesperado en los campos de Huarinp-, el victorioso Pizarro: que los cuerpos se enterrasen de propio y contrario bando; y los de nobles señores á la iglesia se llevaron, la que capilla era apenas del villorrio despoblado; pero sus deudos y amigos no á esos muertos olvidaron,
y los odios extinguidos, al trascurrir de los años, de la Paz al nuevo tejnplo esos cuerpos trasladaron, donde un digno monumento, en breve fué levantado por general suscrición y de todos con aplauso; porque todas las familias, la pérdida lamentaron de algún pariente ó amigo en ese combate infausto,
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que agredido por Centeno, no pudo evitar Pizarro.
Y Pizarro ya triunfante, mandó sus destacamentos á las provincias del Sud, á Arequipa y otros pueblos, anunciándoles la nueva del gran triunfo de su ejército, que al Cuzco se encaminaba; y á todos ellos pidiendo fondos, tropas y bagajes, y mandando al mismo tiempo sus entusiastas proclamas, para inspirarles denuedo; y á los que á sus filas fuesen prometía grandes premios, después de aquella campaña; y fué por do quier diciendo: — que era menester ofensas, ingratitud y desprecios del monarca recibidos, el vengar como guerreros, y no cual pobres mujeres, con vergonzosos lamentos. —
Y las pérdidas sufridas en la reciente jornada, contento miró Pizarro resarcidas con ventaja^ por los vencidos dispersos, que pasáronse á su causa v las tropas v recursos que los pueblos le mandaban; y con tales elementos siguió hasta el Cuzco su marcha; porque siempre adicto el Cuzco mostrósele en sus campañas, pues esa antigua ciudad de los Incas celebrada, y que iba siendo el albergue de las familias peruanas y la gente enriquecida^, con orgullo veneraba del conquistador Pizarro los grandes hechos y fama.
Y ufano el Cuzco por la victoria de don Gonzalo, á él y sus tropas recibir quiere con grandes honras: vense los frentes.
plazas y calles j
engalanadas,
y arcos triunfales;
y prepararse
alegres bailes.
Mil ovaciones y fiestas públicas y placenteras alegres músicas prepara el Cuzco, ledo y solícito, honrar queriendo al huésped ínclito.
Pero Pizarro aleccionado por la voluble suerte de las armas, á sus tropas manda solas, que ufanas en el Cuzco hacen su entrada; y él de incógnito después, con el viejo Carbajal, y dos amigos ó tres, penetran en la antigua capital,
y el Te Deum yendo á oir, que el clero preparó en la catedral, y luego á su palacio va á vivir, do á los amigos, que halla leales, hace saber: — que por entonces va sus reales
en el famoso Cuzco á establecer. 224:
Y en su retirada á Chile, como refugio postrero, no volvió á pensar Pizarro; porque inflamado su pecho con tan espléndido triunfo suponía, que su efecto hiciera á los vacilantes incorporarse á su ejército, y que una postrer batalla, cual nunca esos campos vieron, decidiera si él ó Gasea del Perú sería el dueño. Y, ó fuera por halagar al vulgo ignorante y crédulo, ó porque así lo creyera, decía á cada momento:
«¡Ya no tendrá nadie duda de que en mi triunfante huella,
A.t.:, ^k^jti.
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constante y propicia estrella, de torpe traición me escuda, y á vencer siempre me ayuda! El poder de Dios divino alúmbrame en mi camino con sus radiosos colores, y nuevos triunfos mayores me brindará ya el destino!»
En Jauja por momentos esperaba el padre Gasea, de confianza lleno,
al recibir noticias de Centeno,
haciéndole saber de los rebeldes la total derrota; así es que grande su sorpresa fué, cuando supo:— el combate de Huarína, y que había quedado destrozada
la facción realista, de don Gonzalo ante la fuerte espada^ y que como cobarde bandolero
había el jefe huido, sin ninguno saber su paradero: —
Entre la hueste de Gasea esta noticia causó un rápido desaliento y una gran consternación; pues nadie en ella dudaba, que sabría con honor cumplir el jefe Centeno, lo que á Gasea prometió.
Y al saber que don Gonzalo hizo frente sin temor, con menos de la mitad de la altiva división, que en el valle de Huarina Centeno le presentó, le creían invencible y protegido por Dios, y que era inútil luchar cometiendo una traición; contra el venturoso hermano del digno conquistador; y muchos á fe sintieron, sin justa causa y razón, haber á su antiguo jefe, que de bienes los colmó, abandonado en la lucha..., quizá por un opresor; y otros también se alegraron de esa nueva situación, presumiendo, que ya Gasea conocería su error
de allí querer imponerse, y por una transacción dejaríale el gobierno, que todo el Perú le dio.
Y Gasea, entre sus amigos, sin ocultar su opinión, como creyente cristiano, sincero así se expresó:
«¡Justo Dios ha castigado mi indisculpable confianza, que al avivar mi esperanza no debí ser tan confiado..^ v buen aviso me ha dado! ¡Necio, pues, el que lo elude; voy ya á seguir y me escude este su mandato.... amén: — avúdate tú también, si quieres que Dios te ayude! —
¡Mas también al criminal elevar suele á la altura, colmándole de ventura y de incienso mundanal; pero esa dicha fatal V ese encanto de la vida en alta cima ñorida, disípanse en un momento, como ráfaga de viento.... y hacen mayor la caída!»
Y el ya precavido Gasea comenzó por alentar
á aquellos supersticiosos, que sin gran dificultad invencibles suponían á Pizarro y Carbajal.
Mandadas por Alvarado á Lima fuerzas envió, para que así resistiese cualquier rebelde invasión, y los dispersos entrasen en la ciudad sin temor.
En dirección á Guamanga otro grupo hizo salir, para evitar que los indios alzáranse en el país, ó al ver triunfante á Pizarro fueran con él á servir.
Y de los bajeles hizo
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cañones y armas bajar, que fuéronle remitiendo á su cuartel general, do todo se organizaba, con asidua actividad.
Como aunque mandado había
esas fuerzas con sus jefes, le quedaban en su campo para marchar suficientes sin temer al enemigo, con el grueso de su gente partió en dirección al Cuzco en Diciembre veintinueve.
154t8
Un tiempo harto lluvioso, y un frío por las noches penetrante, hicieron el camino más penoso
de la hueste real,
hasta que al cabo pudo entrar en la provincia de Andag llallas,
en cuyo valle hermoso hizo Gasea á sus tropas descansar: estableció hospitales de campaña, y él mismo á los enfermos asistía
con cristiana piedad, y ganándose fué la simpatía, que logra sien^pre el mérito inspirar.
No en el Perú tampoco
todos se alusinaron con el triunfo impensado de Huarina;
y ú ver claro empezaron, que la fuerza, justicia y patrias leyes amparaban la causa realista; y no daba el derecho de conquista, derecho superior al de sus reyes: no, pues, allí prevalecer podía
rebelde resistencia; y comenzó la gente á conocer, que la causa del fuerte triunfaría; porque siempre á la larga es el triunfante el que tiene la fuerza y el poder.
De aquella su enfermedad restablecido Centeno, quizá por el susto magno que recibieron sus nervios, el vengar su descalabro fué su primer pensamiento; y luego que pudo en Lima ir juntando sus dispersos, partió á incorporarse á Gasea,
de quien halló el campamento
en el valle de Andaguáilas;
y aunque el buen Gasea, discreto,
afable le recibió,
porque en aquellos momentos
de todos necesitaba,
no por eso su desprecio
dejaron los oficiales
de demostrarle á Centeno;
y hasta era mal mirado
en todo ese campamento,
no solo por su derrota,
sino por haber soberbio,
prometido una victoria,
sin quedar luchando muerto.
Tras el jefe derrotado, también con otro refuerzo, allí llegó Benalcázar, infatigable guerrero y fiel siempre al soberano, como hombre caballeresco, según así se entendía en tales pasados tiempos: y estos dos recién llegados y firmes destacamentos, de Gasea se incorporaron al ya numeroso ejército, donde la propia confianza volvió á sentirse de nuevo; y también iban llegando de todas partes del reino realistas y empleados, hermandades, misioneros, pretendientes y aspirantes, y activos frailes y clérigos, que iban del padre Gasta aumentando siempre el séquito;
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y aunque era fuerza pasiva, causaba cierto respeto por su carácter sagrado, sus pláticas y sus rezos_, sus promesas de victoria, y misas á campo abierto.
Como dos meses hacía que estaban allí acampados; y los enfermos salieron de los hospitales sanos; y siguiendo bueno el tiempo con bellos días templados, determinó Gasea, entonces, ir hacia el Cuzco marchando.
Pasó revista á sus tropas, y más de dos mil soldados de las tres armas serían, casi todos veteranos, no teniendo más oñcio que el de vivir guerreando; de ellos más de la mitad de armas de fuego dotados; la otra mitad de alabardas y de gente de á caballo; además, once cañones de buen calibre y tamaño tenía la artillería, y pertrechos necesarios para todas esas tropas, tal vez para más de un año.
Y jamás húbose visto un ejército formado con fuerzas tan escogidas y con tan poco trabajo, pues los jefes prestigiosos de consuno coadyuvaron á reunirlo en poco tiempo: dio Gasea á Hinojosa el mando, y nombró, como segundo, al mariscal Alvarado; y se pusieron en marcha como á mediados de Marjso.
Unos pocos días antes llegó allí el conquistador de Chile, que resistía como nadie imaginó: y entraba al Perú Valdivia más reclutas á buscar, para seguir su campaña larga, sangrienta y tenaz;
pero en seguida que supo -
el estado del país,
corrió á incorporarse á Gasea
como realista adalid,
olvidando de Pízarro
la antigua buena amistad,
que hasta entonces los ligaba
y no supo conservar:
por respetos al amigo
volverse á Chile debió,
y no declararle guerra, •
sin tener obligación.
Gran contento causó á Gasea y á todos en general, el que Valdivia al ejército se llegase á incorporar; y si hubiera antes llegado, aunque no tarde llegó, él hubiera sido el jefe por la unánime opinión; pero á sus dos generales hízoles Gasea saber, que consultáranle en todo, y en todo siempre lo fué; y queriendo el padre Gasea al conquistador probar, cuanto estimaba su espada y ayuda de general, le dijo así: «Mas me huelgo de veros. Valdivia, aquí, que ochocientos combatientes el llegar á combatir.» 226
Para impedir el paso á los realistas,
los rebeldes habían el viejo puente de Abancay cortado;
mas como no existían guardias algunos en opuesto lado, improvisaron otro, hicieron balsas, y así tropas, bagages y cañones,
pertrechos y bridones
consiguieron pasar, con solo demorarse algunos días,
por el río Abancay.
Pero la opuesta margen se internaba entre huellas y sendas peligrosas, en bosques, precipicios y barrancos
y regiones tortuosas, aunque de vez en cuando se encontraba
algún valle frondoso, que rico de vigor resplandecía,
y al viajero ofrecía
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— 300
su escondida mansión hospitalaria, como suele el marino, en mar undoso, encontrar una isla solitaria.
Y las sinuosidades proseguía!)
como olas agitadas:
los Andes orgullosos, de nieve sus cabezas coronadas, encima, como nubes, se veían con sus frígidos vientos tempestuosos,
que de hombres y caballos los miembros de dolor entumecían; pero aquellos guerreros superiores, con su pie vacilante y tiritando, apenas conseguían ir pasando
por esos precipicios, en que la muía en tiempos posterioi'es,
de oro y plata cargada,
solía el ir rodando
hasta el abismo oscuro, á pesar de su marcha tan pausada,
y de su firme paso, tan seguro! Y apenas oí/ej kilómetros por día
el ejército hacía,
con vacilante paso,
desde que el sol salía hasta que iba á perderse en el ocaso.
No muy distanta^estaba
el límpido Apurímac, cuyas corrientes, como blancas lonas,
que sus alas despliegan, tranquilas corren y sus bordes riegan, y se van á perder al Amazonas.
Supo Gasea, que cortados los puentes, del Apurímac por orden de don Gonzalo, en algo su marcha iba este imprevisto accidente á demorarle en la orilla; envió, pues, exploradores, y algunas cuantas partidas para estudiar el paraje en que un puente construían; y hallóse uno en Cotapampa, próximo á una aldea india, y á preparar comenzaron todas las cosas precisas, porque observaron, contentos, que en las opuestas orillas de las enhiestas barrancas, ningunas fuerzas habían, quizá el cor>trario confiado en que esas barrancas mismas, al pie del río anchuroso, inexpugnable le hacían.
El oficial, que acampado encontrábase en la aldea, al frente de su partida, después que hizo á la ribei'a conducir los materiales, en vez de esperar en ella, según órdenes de Gasea, quiso que á él se debiera el haber construido el puente, y que tan grata sorpresa, al llegar á Apurímac, tuviesen Gasea y sus fuerzas
Esos puentes prodigiosos y de grande resistencia, los levantaban los indios
con ingeniosa destreíía: de gruesos haces de mimbres, retorcidos como cuerdas, formaban enormes cables, entretegiendo sus hebras para darle la largura, que era preciso tuvieran, hasta una y otra margen, en donde en postes de piedra, ó en las naturales rocas, los ligaban con firmeza; sobre estos cables ponían trasversalmente maderas, y en algunos, pasamanos, cuando eran de forma estrecha; pero estos vibrantes puentes
— 301 —
y de frágil apariencia, que sobre abismos profundos nnecían brisas lijeras, podían cruzar confiados hombres y cargadas bestias, y aún á la artillería ofrecer segura senda, sobre ríos anchurosos, sin que crujir se sintieran.
Pero cuando Gasea supo, que hallábase la partida el puente ya construyendo, comenzó á marchar de prisa, temiendo que los contrarios tomasen la opuesta orilla é impidiesen los trabajos, lo que sucedió en seguida, , como pensábalo Gasea, que al recibir la noticia, con unos doscientos hombres mandó á la aldea á Valdivia.
Y al llegar Valdivia al río, supo: — que veinte soldados del ejército rebelde, los nueve cables cortaron, volviéndose presurosos á dar aviso á Pizarro.—
Entonces Valdivia hizo algunas balsas de palos, y con sus arcabuceros llegar pudo al otro lado, y los indios y rebeldes hasta el Cuzco dispararon.
Y con su ejército Gasea llegó al Apurímac en tanto, y hasta media noche todos estuvieron trabajando
en concluir un nuevo puente que un descuido de Pizarro dióles ese breve tiempo para poder terminarlo, antes que fuese Valdivia por los rebeldes cercado. 221
Y á éso de la media noche, concluida vieron la obra,
y el pasaje comenzaron
del armamento y las tropas,
los carros y artillería,
en medio de negras sombras:
hicieron á los caballos cruzar á nado las ondas, y muy cerca de sesenta estrelláronse en las rocas, agudas y verticales, y como impendas hojas los arrastró la corriente; pero al despuntar la aurora, ya cientos de arcabuceros encontrábanse en las lomas, presumiendo que Pizarro destacase sin demora, para impedir el pasaje, partidas exploradoras; y después que allí reunida vio Gasea á su gente toda, dióla el preciso descanso; pues de esa marcha penosa ya vencidos se encontraban los trabajos y zozobras.
Pizarro, cual soldado de fortuna, á quien los triunfos sin cesar halagan,
sin previsión ninguna, ni temer de la hueste los vaivenes,
va del Perú creía la corona ceñir sobre sus sienes, y del buen padre Gasea se reía:
y ufano y sonriente
y en el Cuzco obsequiado,
á gozar afanoso del presente, con lúbrica indolencia se entregaba;
y el aumento y cuidado
de su reunida gente al incansable Carbajal confiaba: Pizarro, de carácter impetuoso,
confiado y generoso, soldado de fortuna, hombre valiente, que surge de la nada y que descuella,
sin ser perseverante, ora antes de triunfar era anheloso, ora después del triunfo era indolente, buscando los placeres y el reposo, que hacen la vida marital tan bella; y como hombre feliz, supersticioso, fiábale todo de su buena estrella, el poder anhelando visionario; y así esperaba, entre el placer tranquilo, que descendiese á su dichoso asilo.
Mas todo lo contrario era el activo Carbajal astuto: el triunfo de Huarina suponía de la victoria efímero tributo,
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— 302
y tan solo creía que un combate postrer y decisivo, do quedase Gonzalo ó Gasea vivo, la suerte del Perú decidiría: anciano material sin ilusiones no en el falaz destino se confiaba, ni de las armas en la incierta suerte
la victoria esperaba: el cuidado eficaz y la constancia eran para él el éxito inmutable; y el arte, disciplina y el trabajo lo seguro, constante y favorable,
y á ello se contrajo: y con actividad infatigable, en su muía montado noche y día,
la ciudad recorría, y los varios cuarteles visitaba, haciendo hacer continuos ejercicios: juzgaba á la ciudad un campamento, y alegre entre las armas se encontraba, como el pez en el líquido elemento. 228
Así, pues, sin descanso trabajando, y á Pizarro en orgías contemplando, el viejo Carbajal no se avenía cou la indolente vida de su jefe,
por mas que le quisiera; y laco.nún desgracia preveía,
al verle en la inacción,
é hízole presente: —que antes de ver al enemigo al frente, y hasta el Cuzco llegar, como invasor, salir de allí debía en el momento con todos sus recursos y tesoros, dejando desprovista á la ciudad,
y decisivo encuentro
llegarle á presentar:
que también convenía á los trescientos hombres, que tenía pasados de Huarina en la derrota,
internar hacia el Sud; porque siempre el pasado era un canalla,
de cobarde actitud: que era fácil ganar una batalla,
como vióse en Huarina, con un fjuñado de soldados fieles,
y no con indecisa multitud —
«Y en fin, si acaso vemos,
— continuó Carbajal,— que fuerzas suficientes no tenemos, para poder vencer al capellán, — pues así mencionaba al padre Gasea,— las sierras y los montes ganaremos, y de las fieles tribus ayudados,
en monte, llano v sierra "
parcialmente le haremos
empecinada guerra, hasta verlos á todos desbandados; porque en la guerra, la constancia y arte,
arrojo y previsión, imperar á la larga en cualquiier parte, y vencen siempre al niimero mayor,
que un su número fía, y no de la disciplina y dirección.»
El consejo prudente de su amigo y experto Carbajal
Pizarro oyó remiso; y disgustado Carbajal, no quiso
extenderse en su plan; pues Pizarro, orgulloso, prefería de dudoso combate ó desigual
el peligro correr, antes de dar la espalda al enemigo, y su adquirida fama oscurecer.
Así las cosas se hallaban en la antigua capital, cuando llegó la noticia: —que comenzaba á pasar un corto destacamento del ejército real el anchuroso Apurímac, por un puente nuevo ya.—
Entonces á don Gonzalo dijo el viejo Carbajal: «Dadme cien arcabuceros y cien caballos no mas, y yo, por Santiago os juro el no dejarles pasar, y traeros prisionero al mañoso capellán, pues para mi nada valen su corona ni saval.... y quizá antes de traerle haríale ejecutar.» 229
«No, mi padre, yo no quiero, —Pizarro le replicó, pues llamarle así solía, ó bien su viejo mentor, — que os toméis esta molestia, ni separarme de vos. Nombremos á Juan de Acosta, oficial de pundonor, para que vaya á cumplir tan peligrosa misión.
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— 303
y dadle las instrucciones, que os parecieren mejor.»
Pizarro eligió á este joven, porque en más de una ocasión
habíase demostrado militar de gran valor, y á su causa siempre adicto, do quiera le acompañó.
Llevaba don Juan de Acosta doscientos arcabuceros^ que montados á caballo, marchar pudieron bien presto, porque dista solo el río cuarenta y cinco kilómetros; mas ya tarde al Apurímac llegó este destacamento, porque otros más numerosos de la margen eran dueños, impidiéndole acercarse mientras pasaba el ejército.
Intentó entonces Acosta, antes que volverse atrás, en emboscada nocturna al enemigo atacar; pero un viejo desertor rebeló á Gasea este plan, y tuvo que retirarse y nueva ayuda esperar, recibiéndola en seguida de trescientos hombres más; pero ya Gasea tenía, debido á su actividad, todo el pasaje efectuado; V el animoso oficial al fin túvose de prisa al Cuzso que retirar.
Como una bomba al estallar, ó rauda tromba en alta mar, infunde el pánico, creciente, rápido,
y es todo entre la gente confusión, asi la nueva, que Acosta lleva,
en el Cuzco causó gran sensación.
El tránsfuga Cepeda,
el célebre ex-oidor, que al virey Nuñez Vela traicionando, luego por interés, por ambición,
al triunfante Pizarro, como bajo y servil se le plegó;
aquel pobre letrado,
que en premio á su traición, y por quererla echar de espadachín,
recibió en Huarina una marca en el pómulo y nari:^,
fué el primer cobarde, que comenzó á Pizarro á aconsejar:
— que de Gazca debía el perdón generoso ya aceptar; — mas el noble Pizarro y sus amigos, el tardío consejo rechazaron,
con hidalga altivez; pues había algo grande y atrevido
con resistir, tenaces, á tal perdón, al número y poder, cuando antes dignamente no lo hicieron, pudiendo concesiones obtener.
Y muchos se burlaron
del marcado ex-oidor, cuando antes altanero aquel indulto
á aceptar se negó;
mas el servil Cepeda aguardó de vengarse la ocasión: el sablazo en el rostro recibido,
le hizo claro va ver: extinguió su entusiasmo, y en las garras de Gasea verse al fin temió después;
y traidor buscó el modo, según los hechos, de quedar de pié.
Volvió Pizarro á recobrar de nuevo su brío y decisión, como quien su letargo sacudiendo,
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— 304
claros ve los objetos en redor; y tras esa indolente corta tregua mas fogoso sintió su corazón:
soldado de fortuna, f mimado por la suerte, no quiere en su poder sombra ninguna, ó perderlo tan solo con la muerte; y reuniendo un consejo de oficiales, de consuno el consejo resolvió:
— dejar en la ciudad alguna decidida guarnición,
y de Jaquijazuana
al contrario esperar
en el vecino valle, que veinticinco kilómetros distante se encuentra de la antigua capital.--
Así quedó resuelto, y apresuradamente púsose don Gonzalo de su ejército al frente, que á su querido jefe victoreaba.
Triste y silencioso, del Cuzco el vecindario contemplaba la partida del jefe prestigioso;
y en su interior rogaba: — porque otra vez volviese victorioso —
En el Cuzco existía, como perla escondida entre los mares,
una joven preciosa, de rizados cabellos, como azahares, mecidos por el aura cariñosa: era una tierna joven andaluza, y de alma apasionada y soñadora, y de encantos y amor enagenada,
como naciente aurora
de célica belleza: hija de un viejo, muerto en los combates,
vivía triste y sola; y ante la fama, el nombre y la grandeza
quedóse deslumbrada, y al fin fué por Pizarro seducida,
y por ella adorado, y de él la sola amante preferida: y antes que subiese él á su caballo, á su mansión llamóle, dolorida, y recibióle en lágrimas bañada:
«Por qué lloras, mi vida? ¿No eres tú sola mi mujer amada, y por quien siento esta fatal partida?
Así con voz doliente
Pizarro la decía.
besando triste la inclinada frente de la joven, que muerta parecía j
por la pálida luz de su semblante. «¡Ay, déjame llorar! ¿Acaso ignoras,
— repúsola su amante, —
que á los grandes dolores
y sus santos amores
da benigno el cielo estas tranquilas Lágrimas del alma, como remedio y bienhechor consuelo? Toma, — le dijo esa mujer hermosa, sacándose del cuello una cadena; — esta toma, mi joya más preciosa... esta cruz por mi madre bendecida, que dióme al espirar; y Dios conserva, oh gran Gonzalo, para mí tu vida! Tú eres, como un astro rutilante,
como luciente estrella...
mas luego en un instante, en los espacios piérdese su huella; tal es el mundo, que apreciar no sabe ^
ni hacer justicia, en vida,
al héroe, al genio, al .sabio.... muerto, le llora... mas después, le olvida! Solo tu nombre quedará en mi labio, que noche y día en mis oídos zumba; y yo, Gonzalo mío, sabré amarte... mas allá de mis sueños de ultratumba! >
Y la infelice amante, con sus preciosas manos cubriéndose el semblante,
alejóse llorosa y vacilante,
cual si estallar sintiese la demencia, «Adiós, mujer sublime.. .
solo por tí deseo la existencia...!» en lúgubre gemido articuló Pizarro,
y partió presuroso, enternecido! 230
Pusiéronse en camino, con sus jefes, novecientos soldados, seis cañones, y carros con bastantes provisiones; pero entre aquella gente, bien montada^ y mas, por Carbajal disciplinada.
una parte existía, que causaba recelos y temores....
eran, pues, de Centeno los trescientos soldados desertores!
El de Jaquijaguana,
hermoso valle de verdor brillante,
por el lado oriental circuido vese de cerros elevados;
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y en su centro un arroyo murmurante, sendas y huertos deja entrecortados.
Allí los nobles indios, por su benigno clima, suelo feraz y bellos horizontes, aún sus casas tenían y jardines, en las suaves laderas y en los montes.
Allí también Pizarro, don Francisco,
en ardiente tarima, quemar hizo al guerrero Chalcuchima,
á quien entre aquel disco, morir sereno vio, con la grandeza
que al patriota sublima, cuando da por la patria su cabeza!
Y hora llega también allí Gonzalo, do decide asentar su campamento: de rocas muro altísimo, sombrío,
defiende todo un naneo, y por el otro el susurrante río cierra el paso al ejército de Gasea,
poniéndose cañones, y así quedando á retaguardia el Cuzco, para ir obteniendo provisiones.
Allí, tranquilamente, de sorpresas creyéndose al abrigo, hizo Pizarro descansar su gente, y esperó, harto confiado, al enemigo, que entre tanto cruzaba lentamente
de las sierras difíciles pasajes, con carros y cañones y todos sus bagajes.
Y después de dos dia^ don Gonzalo mandó al campo de Gasea á dos astutos frailes como espías,
con el fútil pretesto: — de ir á examinar sus credenciales; — mas Gasea, comprendiendo la jugada,
los detuvo en arresto;
y al rebelde contrario,
envía un emisario,, con el perdón brindándole de nuevo, si las armas al punto deponía,
el indulto aceptaba y al monarca imperial reconocía; pero ciego Pizarro y obstinado, rechazó el generoso ofrecimiento,
y despachó al enviado.
Marcha del padre Gasea la vanguardia por entre espesa niebla, que en laderas y valles su vapor desmenuza;
y una avanzada de Pizarro al frente encuentra de repente, que destacada se halla,
y sus pasos detiene, el campo cruza,
y trábase ligera escaramuza,
preludio de la próxima batalla!
El día ocho de Abril por la mañana, desde los picos de las altas sierras, que de Jaquijaguana orlan el valle el ejército vio del padre Gasea ¿os blancos pabellones de Pizarro, como niveas palomas, que entre el verde, tienden sus alas y reposan ledas; y mas lejanas á las huestes indias, apiñadas contemplan con sus dardos y sus trajes de vividos colores, dispuestos á mezclarse en el combate.
Presto el bando real baja en desorden ,
á pesar del esfuerzo de sus jefes, y vulnerable ataque sus columnas al descender presentan á las piezas, que pudo haber Pizarro dirijido; mas Pizarro, anhelando que bajasen y le atacaran, do situado estaba, en favorable posición y fuerte, no detener á su enemigo quiso.
No obstante, destacó algunas partidas para tomar un inmediato cerro, del que podía Gasea molestarle; pero viendo Hinojosa esta maniobra.
306 —
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á la vez despachó un destacamento,
y después de una corta escaramuza,
la posesión logró de la eminencia,
do coloca lijera artillería,
y de ella el primer tiro mata á hombre
ya/ caballo ensillado de Pizarro,
y al paje, que lo tiene de la brida.
Ve, pues, Pizarro que sus blancas tiendas
seguro blanco ofrecen á las balas,
y plegarlas ordena en el momento. 23i
Baja al llano el ejército de Gasea, al que en línea sus jefes van formando; y Pizarro, que espérale en la loma, prepara sus cañones, y dirije en el resto del día unos disparos; y hi intención agrégase, que tuvo, de sorprender á Gasea por la noche, quien por un desertor recibió aviso; y esa noche pasó sobre las armas; mas ora fuese que Pizarro viera por esa delación su plan frustrado, ó porque de su gente desconfiase al mandarle ese aviso en las tinieblas, no tuvo efecto el meditado ataque; y al desconfiar Pizarro de sus tropas, se hallaba cual osado caballero, de sus armas cubierto y anheloso de imbestir temerario al enemigo; mas que al verse montado en ruin jamelgo desiste á su pesar de la ardua empresa.
Al pasar con sus armas en las manos toda esa fría noche, amanecieron los soldados de Gasea entumecidos; mas antes que á los picos de las sierras dorase el sol con sus nacientes rayos, se forman ios infantes en dos cuerpos, para llevar el uno ataque al frente, y el otro por el flanco, si es posible; y la caballería en los costados, y también una parte á retaguardia con reserva de algunos tiradores, do con sus frailes, clérigos y pajes encontrábase Gasea, quien entrega la dirección del próximo combate á sus expertos jefes de confianza.
Y de esa hábil maniobra el buen acierto, al viejo Carbajal exclamar hizo, que ignoraba estuviese allí Valdivia: ((¡Vive Dios, que Valdivia ó bien el diablo proteje al capellán y manda en jefe!» 232
Resentido este viejo con Pizarro, por no haberle escuchado en sus consejos, ni separado los trescientos hombres, que después de Huarina se le unieron, ó porque ya del éxito dudase de esa batalla al comparar las fuerzas, y no quisiera responsable hacerse, de mandar los infantes escusóse; y solOj cual soldado, lidiar quiso, para probarle su amistad al jefe, quien dio á Cepeda el mando de esas fuerzas, poniéndole oficiales de confianza, y la línea formó como en Huarina. 233
Un caballo castaño, de gran brío, de largas crines y elevada talla, arrogante montaba don Gonzalo, cubierto de magnífica armadura de fino acero y esmaltada de oro, y capacete de oro en la cabeza; y blandiendo su lanza poderosa, al galope proclama á sus legiones, con voz nerviosa y animado rostro, seguido de sus jefes y ayudantes; y así al verle, cual genio de la guerra, semejase á esos héroes de torneos, que han inmortalizado en sus romances de la edad media célebres poetas. 234
Manda avanzar Pizarro sus legiones, indignado que Gasea le contemple, sin que las suyas atacar hiciera, mas del doble teniendo de soldados: Cepeda entonces, se demuestra inquieto, el querer elegir el mejor sitio, al trote sale y desparece al punto tras una roca, y á galope parte hacia el contrario campo: sus soldados míranle absortos, y después comprenden que á la enemiga hueste va á pasarse; en tanto, detras de él varios jinetes á perseguirle corren, y Cepeda, que montaba un trotón algo pesado, y cargado además de gran maleta, donde llevaba sus alhajas y oro, fué alcanzado en terreno movedizo por un lancero, que le hiere el muslo, y atraviesa el costado del caballo, y Cepeda y caballo caen en tierra; mas del campo de Gasea pronto salen algunos caballeros en su amparo, que á los perseguidores deteniendo, del pantano á Cepeda sacar pueden.
307 —
y en la hueste de Gasea es recibido entre aplausos y vivas como un triunfo, y el padre Gasea tiéndele sus brasos; pues el fatal efecto bien comprende, que va á causar en la legión contraría tal deserción, aún antes del combate; mas esta deserción, ya convenida entre el prior de Arequipa y él estaba, y en ella Gasea fiaba de antemano, sino á Pizarro reducir podía el perdón á aceptar tan ofrecido: y el pérfido Cepeda elige astuto el más fatal y decisivo instante para perder al que llamó su amigo, y quien confiado y generoso siempre, de parte de sus fuerzas dióle el mando.
^^Mds por qué antes Centeno no alejóse para su acción hacer menos odiosa? Porque comprende que él nada valía, si aislado antes hubiérase pasado, exponiéndose á ser tomado preso, y al (^sprecio de Gasea y sus legiones; y para dar valor á ese acto infame, decisivo é importante para Gasea, y asegurar su huida sin peligro, no en tan negra traición y felonía vaeila un punto, quien vendiera á todos. Por eso del traidor no debe fiarse, quien hábilmente sostenerse quiera, sino alargarle de la venta el precio, y como á criminal volver la espalda, y al desprecio entregarle, merecido. 235
Y comienzan en grupos numerosos á las filas de Gasea á irse pasando, los que en Huarina fueron desertores, tal cual lo había Carbajal previsto; y el noble Garcilaso de la Vega, padre del escritor de la conquista, también sigue el ejemplo contagioso, y en pos de él unos doce alabarderos, mientras la gente de Pizarro avanza y á la vez la de Gasea hace lo mismo, desplegando guerrillas, y sus piezas á hacer fuego preparan por momentos; mas antes de lanzar el primer tiro, ana columna de las viejas tropas, que fueron de Centeno, se adelanta, sus filas deja, pásase al contrario, y rendida en su campo se presenta; y un escuadrón, que á perseguirla sale, sigue su ejemplo, y sin temor se pasa.
I Ordena Gasea, entonces, hacer alto, y suspender el fuego y el ataque, no queriendo que sangre se derrame, al ver que se desgranan las legiones, que el rebelde Pizarro le presenta; y este caudillo y sus leales jefes; al contemplar el rápido desbande, de sorpresa y furor quedan absortos: conferencian, vacilan y diversas de unos y de otros son las opiniones, como cuando el desastre vese encima.
La resistencia inútil juzgan todos, y en pelotones los diversos grupos, sus armas tiran y ligeros huyen: unos corren al Cuzco, presurosos, ó vanse á refugiar á las montañas, leales siempre á su querido jefe, y otros pásanse al campo üictorioso, perdón creyendo hallar por sus traiciones; y sorprendidos los millares de indios, que segura creían la victoria, al ver que los rebeldes se desbandan, ganan también sus sierras, como gamos,
En medio de unos cuantos oficiales, que á mengua tienen huir como traidores, Pizarro mira su desierto campo, y tarde, si, recuerda los consejos del viejo Carbajal, tan sabio y ducho, quien no lejos contempla, indiferente, aquel desastre, con su calma estoica, á la vez que sus versos favoritos modulando: estos mis cabellos, madre, montado en su caballo, como el reo, que ávida muchedumbre mira en torno, al ser hasta el cadalso conducido, ó cual hombre, que en nada ya confía, después de ver los consumados hechos, que ya ni dudas ni remedios dejan, sino al fatal destino someterse!
Y al ver Pizarro su desierto campo: ((^,Qué haremosf» dice al oficial Acosta, que hallábase á su lado, como el perro que la huella seguir del amo espera. «¡Arremeter, señor, al enemigo y morir cual romanos, sin rendirse!» Replica el oficial pundonoroso.
«¡Ah, no!— exclamó Pizarro, tristemente, que ya solo salvar su alma desea, como firme creyente de su dogma; —
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es mejor el morir como cristianos, cuando Dios nuestra hora nos señala y su suprema voluntad impone! ¡Acatemos sumisos su mandato!»
Y Pizarro á rendirse al trote marcha,
Iy en pos de él sus leales compañeros,
que hacia la misma huesa caminando,
heroicamente demostrarle quieren
de su nobleza la postrer ofrenda!
Había apenas don Gonzalo andado algunos cuantos pasos, cuando encuentra que realista partida los detiene. ((Yo soy Pizarro que á rendirme vengo.» Dice y sofrena á su castaño brioso, y luego entrega al oficial la espada.
Alegre el oficial con tal hallazgo, condúcele de Gasea á la presencia, quien rodeado de sus jefes se halla, los que al ver á Pizarro, sorprendidos, unos se hacen á un lado, pesarosos, por evitar en tan supremo instante á su antiguo caudillo tal afrenta: otros temiendo que á su rostro asome vengadora vergüenza; porque fueron al compañero y bienhechor traidores; y los más, porque sienten humillados, algún remordimiento aunque creyeran con su patria y su rey haber cumplido.
Se acerca el prisionero al padre Gasea, y ante él se inclina con respeto digno; mas Gasea fríamente le saluda y severo interroga: «Por qué causa disteis muerte al virey y á esta colonia sojuzgasteis^ quitando sus derechos, y rechazasteis repetidas veces la gracia del monarca bondadoso?»
Y Pizarro, tranquilo le contesta: ((De Nuñez Vela la conducta insana alzó el Perú, que auxilios demandóme: derrotóle, señor, su desprestigio, y murió en el combate sin rendirse. Mi familia este reino ha conquistado, y he creido tener á su gobierno mas directo derecho que otro alguno,
y así el pueblo también lo ha comprendido al exigirme que asumiese el mando; y yo, su voluntad y mi derecho, sin traicionar al rey he defendido.»
('¡Verdad es, — replicóle el padre Gasea,— que vuestro hermano conquistó este reino; mas colmóle de honores el monarca, y á él y á su familia, oscura y pobre, del polvo levantó, los hÍ20 ilustres; por eso vuestro hermano, agradecido, vivió y murió leal á la corona, y esto hace más chocante y despreciable la baja ingratitud que habéis mostrado!»
Iba Pizarro á contestarle altivo; pero sin escucharle el padre Gasea, mandó:— que preso conducido fuese, y vigilado con esmero sumo. —
A Centeno tocóle su custodia, ó demandóla él, según se dijo; mas no para vengarse de Pizarro, sino para atenderle generoso, j cual si en su propia casa se encontrase, y excepto libertad, de todo tuvo.
Cuando ve Carbajal desierto el campo, y á Pizarro, sus jefes y ayudantes caer rendidos, cual bajel deshecho, que en medio de tormenta furibunda, sumérgese en el mar, y ni sus palos al marinero ofrecen yB guarida, entona sus dos versos favoritos, el segundo variando ya á su gusto: ((¡Estos mis cabe/ los, madre, ya todos se lleva el airef^)
:l.:4.¿
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Cuando ve Carbajal desierto el campo, comprende que ya es hora de salvarse; pues no espera piedad sino venganza, por sus muchas crueldades cometidas: mete á su jaca espuelas, presuroso, cruza veloz el campo, éntrase al río; pero al querer subir la opuesta orilla, que era alta y pedregosa, cae su jaca, rendida por la rápida carrera y el peso del jinete corpulento, de muy pesada cota revestido, la que quitarse Carbajal procura, para poder nadar hasta la margen; pero unos cuantos de su propio bando, al mirarle cansado v sin sus armas, luchando por salvarse del peligro, en la margen le esperan y le cercan, y entre puntas de espadas le acorralan: ((¡Debéis vosotros ser de los traidores!» Grítales Carbajal y á ellos se entrega; y en ofrenda al vencedor conducen á ese viejo soldado, que valía aún más de mil soldados, como jefe, creyendo así obtener seguro indulto, y algún premio tal vez por esa presa.
Vase aumentando en breve la custodia con realistas, que corren á su encuentro, y tienen que ajustar estrecha cuenta con el temible viejo veterano, á quien llenan de injurias y denuestos y van amenazando con violencia, cuyos actos cobardes, desafía con burlas y reproches el cautivo, hasta llegar de Gasea á la presencia.
((¡Carbajal! ¡Carbajal! ¡Aquí está el viejo!» Empieza á repetirse en todo el campo, y amontónanse todos á mirarle. Sigue la soldadesca encarnizada, injuriando al anciano, y aún queriendo, sin respetar á Gasea, allí matarle, cuando llega Centeno y reconviene á aquella multitud, harto indignado, por tan cobarde acción, con un vencido.
Entonces Carbajal mira y pregunta con respetuoso tono: — á quien debía aquella protección inesperada.— Y un militar, que avanza, le contesta: ((¿Cómo, vuestra merced no me conoce? Yo soy Diego Centeno.»— ((¡Ah! perdone vuestra merced, —el viejo le replica,
con sarcástico acento, v aludiendo
á sus huidas de Charcas y Huarina; —
pues como siempre le miré de espaldas,
ahora al ver á su merced de frente,
y tan de cerca no le conocía....
mas nunca es tarde, si la dicha es buena!»
Esta mortal injuria de un ingrato, que de todo se burla y nada implora, lanzada á un hombre generoso y noble, que aun estando ofendido le proteje, profundamente contristó á Centeno. ^:3(j
Del obispo del Cuzco, que allí estaba, y en la batalla de Huarina hallóse, un hermano en la fuga fué cautivo, á quien dar muerte Carbajal dispuso; y el obispo esta acción echóle en cara, apostrofando al viejo de asesino; mas Carbajal le mira, se sonríe, y juntando sus manos le replica: ((Perdone su ilustrísima si digo, que holgado más me hubiera en encontrarle, que á ese su pobre hermano, que Dios haya, pues no ahora dij érame tal cosa.» Esta insolente irónica respuesta, de tal manera exasperó ai prelado, que dióle un bofetón; y el viejo dijo: ((¡Vos dais al toro muerto gran lanzada! ¡Oh! que así sois vosotros los de iglesia! ¡Pero ya de esta afrenta limpio me hallo!» Y pasóse las manos por su cara* 2>M
Quiso Gasea después interrogarle; mas mirándole altivo el bravo viejo, con desdén tuvo á menos contestarle, y sentóse, volviéndole la espalda; v entonces mandó Gasea, inalterable: — que poniéndole grillos, se encerrase en estrecha prisión, sin compañeros. —
Envió inmediatamente el padre Gasea un prudente oficial, á que en el Cuzco al partido realista se prohibiese violencias cometer contra el vencido; y allí apaciguando á unos y otros, nombrase autoridades moderadas.
Del campo de batalla recogiese riquísimo botín de provisiones; tiendas, armas, bagajes y pertrechos y mucha cantidad de oro y de plata; pues costumbre tenían los soldados,
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por esa errante vida que llevaban,
de en los carros llevar ó en sus maletas,
el oro y las alhajas que tenían.
Para corroborar esta costumbre, cuéntase que un realista al ver vagando con un fardo cargado á hermosa muía, tiró al suelo la carga, presumiendo fuera vieja armadura con su casco, y subiéndose en ella la hizo propia; y que otro más discreto, que observaba, recogió esa gran bolsa y encontróse que llena estaba de ducados de oro.
En aquella imprevista, gran derrota, que realizóse sin haber batalla, ó en aquel impensado gran desbande, solo en la dispersión quince murieron al ser por los realistas perseguidos; y de ellos, por descuido^ uno tan solo.
Nunca vióse victoria más barata ni triunfo más completo y decisivo, con sangre tan poquísima alcanzados, cuando muchos pensaron que á torrentes en aquel fértil valle correría, dadas las fuerzas, que reunidas vieron. ¿38
Y creyóse este triunfo un homenaje, que el Dios de los combates, complacido, á la justicia y á la ley rendía,
entre la gente antigua y timorata,
que asi también se la llamaba, e itonces,
á la que hoy por fanática juzgamos.
Y la dominación de los Pizarro, allí, en Jaquijaguana, para siempre sepultada quedó, como en la noche la enrojecida tinta desparece,
que forma el sol con sus brillantes rayos, al perderse en el límpido horizonte;
mas del conquistador el nombre ilustre,
su constancia, valer y eternas glorias
quedarán en las páginas eternas
de la Conquista del Perú famosa:
le alzará su grandeza monumentos,
se inspirará el poeta en su epopeya,
y de la cristiandad será su nombre
hasta el fin de los siglos aclamado,
por conducir el lábaro divino
á los lindes de un mundo fabuloso....
y que hoy, con el antiguo, es solo un mundo!
Acto continuo, y en el mismo valle, ordenó Gasea á Alonso d^ Alvarado y al licenciado Ciáuca, de la audiencia,] levantar el proceso á los rebeldes, cuyo delito demostrado estaba las armas en sus manos al hallarse; y en pocas horas por concluido dióse.
Condenóse á Pizarro á ser sacado de su prisión montado en una muía, en tablado cortarle la cabeza, y expuesta en Lima capital del reino, con un amplio letrero que expresase su crimen, su traición y tiranía; y su palacio memorial del Cuzco, derribado y con sal todo cubierto, sin que nadie pudiese en tal paraje levantar casa alguna, sin mandato y terminante gracia del monarca, al que pasaban las riquezas todas de Pizarro v rebeldes condenados! 239
Y con saña más ñera condenóse á Carbajal á un bárbaro suplicio: era el que en un serón se le sacara por dos bravias muías arrastrado, y que después descuarti^^ado fuese; y a die^ ó doce jefes y oficiales al castigo también de última pena.
154:8
Perfectamente Gasea conocía las profundas raíces, que las dominaciones prolongadas, logran echar en todos los países;
y que aquellos soldados, que en su bando realista hallábanse pasados, á mas de ser traidores.
— 311 —
adictos á Pizarro seguirían; y si con elementos le mirasen, otra vez á su lado volverían.
Rápida reacción temieron todos,
después que del desbande hubo pasado el crítico momento^
creyéndose inseguros; pues fué tan inconsciente, fué tan grande
y tan sin fundamento, que más bien parecía una celada ó una estrategia de guerrera ciencia: y Gasea, más que todos, la influencia de Pizarro temió en su campamento, no pudiendo con él tener clemencia;
así es que el cumplimiento apresuró de la fatal sentencia;
y disponiendo todo, notificóse á los confesos reos.
De hablar á algunos de sus buenos jefes manifestó Pizarro los deseos^ mas á todos negóseles la entrada; y díjole Centeno aquella noche: --que su misión sentía, mas que tuviese su alma preparada para las doce del siguiente dia.—
Escuchó don Gonzalo esta noticia, como un aviso que se espera ya; y después que salió el triste Centeno,
echóse á descansar; pero á las pocas horas trascurridas,
volvió á ponerse en pie, y comenzó en su tienda á pasearse
hasta el amanecer; mas apenas el alba macilenta
las sombras despejó, hizo llamar, después de haber rezado,
á un fraile confesor, y hasta la misma hora de las doce
encerróse con él;
los criados del verdugo impacientes comiénzase á mover; pero muchos soldados de Gonzalo,
movidos á piedad, por la desgracia de su antiguo jefe,
hiciéronles callar.
Al salir don Gonzalo de su tienda, con mesurado paso y faz tranquila, ostenta igual lujo al que llevaba de su opulencia en los felices tiempos: sobre rico justillo resplandece
de terciopelo túnica amarilla, con suma profusión bordada de oro, así como el chambergo de anchas alas, con finísima pluma engalanado.
A la bien ensillada y pronta muía, sin que le ayuden sube, pues sus brazos, relajándose el fallo, libres lleva, que minorar su angustia todos quieren.
Gran número de clérigos y frailes, con crucifijo en mano le rodean, modulando oraciones y plegarias, que repiten esbirros y soldados; y él lleva entre sus manos una imagen de la madre de Dios inmaculada, á la que aplica con fervor sus labios, pues desde niño de ella fué devoto; y cuéntase que siempre sus adictos, cuando alcanzar algún favor querían, en nombre de la virgen le imploraban.
Subió al tablado como buen cristiano, con modesto ademán y que comprende que aquel acto postrero y tan sublime, del mundo y sus miserias le desligan.
Lee luego el pregonero la sentencia entre el profundo lúgubre silencio; y en seguida Pizarro al comandante pide y obtiene para hablar permiso; y sin culpar á nadie, ni quejarse de aquella muerte y deserción reciente, enternecido á los soldados dice: ((Muchos, que fuisteis compañeros míos, entre vosotros veo aquí presentes, á quienes de mi hermano la largueza y mi buena amistad hizo felices. Y esto solo os recuerdo en el tablado para á mi vez pediros una gracia. Hora yo soy más pobre que ninguno.... nada de mis riquezas ya me queda, y hasta la ropa, que mis carnes cubren, no es ya mía, sino de mi verdugo. Os pido, pues, como último servicio.... por el recuerdo de mejores tiempos.... de esos tiempos de glorias y de afanes, el que me hagáis por caridad, hermanos, una misa decir, después que muera, lo que también os servirá en descargo, cuando la hora señalada os llegue!»
Saca la cruz, que pende de su cuello, y del Cuzco al partir dióle la joven,
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que un volcánico amor le consagrara: la besa, estrecha, mírala y solloza, y á ella también consagra su agonía: mira al cielo y acércase al verdugo, quien de un golpe tan rápido y certero, troncha á aquella cabeza tan hermosa, que el cuerpo unos instantes quedó erguido!
La fe profunda en otra eterna vida, del Redentor las máximas sublimes, y del alma inmortal santa esperanza, que subir digna á su mansión presiente, dan á Gonzalo el poderoso aliento, para morir sin odios y tranquilo, sin reproches lanzar, y perdonando á verdugos y amigos, que le venden. ¡Dicha suprema, en el postrer instante, que su carnal ropaje deja el alma!
Y aquellos desalmados veteranos, pálido el rostro y en sus manos frías, temblando y meciéndose las armas, con profundo silencio le escucharon, y luego entre sollozos prorrum/)ieron, al ver tendido el cuerpo de su jefe: y esa demostración tan bien sentida, aún antes de espirar, vengó á Pizarro!
Y al encontrarse en su cuartel reunidos, en un instante los soldados juntan para mas de cien misas y responsos, que decir hacen en el Cuzco y Lima!
No á la ignominia pública los restos de Gonzalo Pizarro se entregaron; pues rescató Centeno del verdugo, como reliquia, su lujoso traje; y ocultando coa sigilo el cuerpo, lo hizo enterrar en la Merced del Cuzco, de los Almagro en la misma huesa... cual si no hubiese en tan extenso reino, tierra bastante para dar en ella á sus conquistadores sepultura! 241
Fué conducida su cabeza á Lima, donde en la plaza pública enclavóse, con la de Carbajal en otro lado, y púsose debajo este letrero: — De Gonzalo Pizarro es la cabeza, quien traidor á su rey alzó las armas, queriendo defender su tiranía; mas de Jaquijaguana en la llanura la ley severa castigó al culpable;
y nadie osado sea de quitarla, bajo la pena natural de muerte.—
Los manes de Pizarro en breve fueron ampliamente vengados, y el destino castigar justo quiso á los traidores.
Cepeda el criminal, cuya carrera serie cobarde fué de villanías, á punto estuvo de sufrir la muerte, por los realistas jefes reclamada; pero Gasea, al servicio agradecido, que á la causa del rey prestó al pasarse^ pudo de ella librarle; mas envióle preso á Castilla y espiró en la cárcel. Centeno y Carbajal, el licenciado, como al año después tristes murieron, y luego asesinado fué Hinojosa, •y en el martirio feneció Valdivia; y arrepentidos de traición tan negra de aquel reino los viejos veteranos, siguieron cada día echando menos á su buen jefe, bienhechor y amigo, bajo un nuevo gobierno, míis severo.
Y de aquellos traidores militares las muy trágicas muertes, tan seguidas, supersticioso el vulgo, comentaba, de Pizarro aumentando los recuerdos, y á castigo del cielo presumía esos continuos hechos, misteriosos.
De cuarenta y dos años, y sintiendo viril correr la sangre por sus venas, el menor sucumbió de los Pizarro: desde el momento que pisó ese reino, su activa vida fué gloriosa serie de lides, aventuras y ambiciones, que sonriente fortuna protegía: hallóse en la captura de Atahualpa, y en los diarios encuentros con los indios, y siempre triunfador sobresaliendo, sin recibir jamás araño alguno, cuando caían otros á su lado: á dominar á Charcas contribuye, y en . empresas soñando sorprendentes, á cabo lleva, con arrojo sumo, la gran expedición al Amazonas; y su muy memorable y portentosa, entre inmensos desiertos, larga vuelta!
Su varonil belleza y galanura, su brillante exterior, como guerrero,
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313 ^
su hábil destreza sobre el bruto altivo, su perfecto manejo celebrado en la espada, arcabuz, y lanza y sable, y ese arrojo, que raya en temerario, el peligro mayor siempre buscando, el primer caballero andante le hacen, entre esos héroes de gigantes hechos!
Sus notables hazañas numerosas hácenle popular, desde que muere su ilustre hermano, á quien reemplaza digno, por su marcial franqueza y sus bondades: pródigo y protector con todos era, y de alma tierna y goces anheloso, se entregaba indolente á los placeres, después del triunfo y fatigosas lides; y no de sus hermanos el talento, ni el cálculo egoista y frío tuvo, que despliega el político en el mando; y su ambición y su constante suerte muy superiores á su genio fueron; y en sus hidalgos actos siempre vióse al hombre de corazón, no de cabeza; é incapaz de hacer mal, no desconfiaba de sus falsos amigos encubiertos!
Del viejo Cerbajal sabias lecciones no se atrevió á seguir, ni esa corona en sus sienes hacer que depusieran, ni á alejar de su campo á los traidores;
y resentido el viejo y ya dudando
un gran triunfo obtener como en Huarina,
rehusa dirigir sus viejas tropas;
y de seguro, que si al frente de ellas
se halla en Jaquijaguana, no se atreve '
nadie á pasarse, si le mira al frente
y hubieran todos con furor luchado;
pero al mirarle retirado y solo,
presientes los rebeldes la derrota,
y antes prefieren entregarse á Gasea.
¡También soberbio el viejo, resentido, quiere hacer conocer á don Gonzalo, cuanto valían él y sus consejos, aunque para ello caiga su cabeza!
La grandeza, el poder y adulaciones, que gozó don Gonzalo en su palacio, llegáronle á infatuar hasta el extremo de no ver, que si el pueblo, entusiasmado, antes á él plegóse decidido, y el gobierno rogóle que aceptara, era porque del pueblo los derechos y bienes adquiridos defendía; y que después de haberlos conquistado, no por un amo, que en peligro vieron al afrontar la ira de sus reyes, exponerse á perderlos ya querían, ni perder su cabeza en un suplicio. 242
Acto continuo de morir Pizarro,
fué el verdugo á sacar, con esbirros, serón y las dos muías,
al viejo Carbajal; mas su tienda de gente estaba llena,
por la curiosidad, que sus crueles y ostensibles hechos
lograron despertar.
Con sarcasmos á todos recibiendo y espíritu mordaz, que estuviese inspirado parecía por el genio del mal.
Entre los visitantes, un buen hombre
de contristada faz, mostrando mucho anhelo por servirle,
expuso á Carbajal: «De la muerte, señor, en otro tiempo
llegasteisme á librar; y serviros ahora quiero en todo,
á vuestra voluntad.» «¿Qué servicio decid, podéis hacerme,
querido truchimán'^» «El que os plazca, señor.» — «¿Podéis, entonces,
el darme libertadf— «¡Eso nos es á todos imposible!» —
«¡Pues eso lo sé ya! Y no pudiendo, entonces, hacer nada,
de aquí salid en paz.
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— 314 —
que si os libré la vida en otro tiempo,
no fué, no, por piedad, sino, porque el trabajo no valía....
de hacérosla quitar!»
Y á un piadoso cristiano, que le instaba llamase un confesor, fingiéndose contricto y santiguándose, así le replicó:
((Solo á mi conciencia daña crimen, que mucho lloré.... por un olvido dejé, al alejarme de España, de pagar medio real á una bodegonera, con quien bajo de higuera.... hice un pecado mortal! Llamábase Marujilla, era morena y salada, y tenía su posada en la ciudad de Sevilla. Este es él único mal, que recuerdo haber causado, y deuda que no ha pagado Francisco de Carbajal. Mas si ni un medio la di, en pago, de un duro, á fe, mi recuerdo la dejé.... y muy bien que la serví! 243
A todos esta respuesta, tan cínica v deshonesta, sorprendidos los dejó. ((Perdonad, hombres honrados, si os sorprenden mis pecados.» Riéndose el viejo exclamó.
Al fin hacen los peones á los curiosos salir, porque es hora de partir; y sus primeras funciones comienzan á practicar: átanle brazos y pies, y al serón quieren después hacerle á la fuerza entrar, porque el serón es pequeño; y prorrumpe Carbajal: «Seguid, gente servicial, en vuestro afanoso empeño. Chica para mí es la cuna; pero nadie me ha de ver, cuando se llegue á mecer, el que haga mueca ninguna!»
Magullado !
y arrastrado fué llevado '
Carbajal en el serón, sin de dolor dar indicio, hasta el lugar del suplicio, donde con vida llegó.
Pidiéronle algunos clérigos, que el Pater noster dijese; y él, con acento sarcástico: ((Pater noster,» repitió; rogáronle que siguiese, y Carbajal replicó: ((¿No he dicho yo pater nosterí*» Y después enmudeció.
Sacáronle la ropa los esbirros, y de los cuatro extremos cada cual , hasta del suelo levantar el cuerpo, comienzan á tirar.
Luego el verdugo, con machete en mano, una pierna del tronco separó, y la otra después y los dos brazos, y convulsivo el tronco se cayó.
Y por sus cuatro extremos aquel cuerpo, hirviente sangre comenzó á manar, sin que hubiese la víctima lanzado en su martirio tan horrendo un ¡ay!
Dividióse del tronco la cabeza; á la otra de Pizarro se juntó, y á las dos, enclavadas en la plaza, de Lima el vecindario contempló.
Esas olas de sangre y de conquistas, allí en breve llegaron á arrastrar, incas, conquistadores y rebeldes, ídolos, momias y pagano altar, para erigir el rey, con brazo fuerte, su cetro, cruces y pendón real!
Espíritu rebelde, extraordinario, imagen de esos tiempos febricentes de empresas, luchas, glorias y aventuras fué Carbajal, guerrero consumado: aún de la juventud la llama ardiente, voraz en su existencia se expandía, como esos viejos troncos del desierto, exhuberantes vastagos arrojan, que cubren y oscurecen á los otros,
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que á florecer empiezan ala vida:
pasaba de la edad 'de ochenta y cuatro;
pero su erguido cuerpo y mente ciara,
y la pujanza de su hercúleo brazo
para la guerra hacíanle el primero,
ó para referir como un cronista,
con Francia é Italia las continuas guerras.
De humilde techo y ambición sediento
por adquirir honores y fortuna,
abrazó de las armas la carrera,
y formóse cruel, avaro y duro,
sin creencia alguna ni querer á nadie.
Se cuenta, que con gusto presenciaba de sus valientes víctimas la muerte, odiando á los traidores v vendidos, y que causaba horror por sus maldades; mas tuvo una uírtud muy señalada y muy rara también en esos tiempos: la de haber sido ñel á su partido, y querer como á hijo á don Gonzalo.
A todos asombró su estoica muerte, á pesar de la fama que tenía: sus antiguos soldados le lloraron, y Gasea vióse libre, en adelante, de dos caudillos de prestigio sumo: temible el uno por su arrojo y nombre, y el otro por su práctica y consejos. 244
También los otros jefes y oficiales la muerte el mismo día recibieron, y al alba del siguiente, para el Cuzco encaminóse Gasea con sus tropas.
Festeja el Cuzco ledo la llegada triunfal de Gasea y sus legiones á la imperial ciudad, como antes á Pizarro lanzábase á aclamar, al verle defendiendo su vida y propiedad.
Así en todos los pueblos es regla general, dar vivas al triunfante y al vencido olvidar.
El triunfo y la grandeza, — como bella deidad, que con radiantes ojos nos llega á cautivar, — deslumhran á los hombres;
y todos ó los más, adoran y bendicen al astro matinal, y anhelan á sus rayos elevarse y medrar.
Así todos los hombres, desde la antigüedad, que Uámanse políticos, han sido y lo serán.
Y allí encontrándose Gasea con soldados y oficiales, que á buscar fueron asilo, después del raudo desbande, mandó que á los cabecillas pronta causa se formase, y condenáronse á muerte á aquellos más principales, V á galeras v destierro á los insignificantes; pero confiscados'fueron de todas las propiedades, para premiar los servicios de los soldados leales.
Motejóse al padre Gasea esa severa conducta, después del triunfo completo, que no esperaba sin duda, y dijeron los vencidos: — que su venganza, tan dura, ensangrentó la victoria, que hubo sin sangi*e ninguna; — mas mostrarles quiso Gasea, que de ellos era la culpa, pues á sus varias instancias las llamaron importunas.
También Gasea conocía, que esa soldadesca ó chusma, hallábase acostumbrada á una vida vagabunda, y á seguir á los caudillos, que amparase la fortuna en sus planes temerarios, tras del que iban en busca, como viles avarientos de oro, placer y aventuras: que con gente tan rebelde, para quien era una burla la ley, derecho y justicia, también era la blandura y los perdones inútiles;
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y que en tanta baraúnda, de la ley solo el rigor podría dar paz segura á un enviado del monarca, levantando de la tumba
— 316 —
á esa infelice colonia para libre ya de luchas, poder presentar al mundo sus riquezas y venturas.
Si el cumplir las sentencias, condenando á los rebeldes, para Gasea fué,
después de la victoria,
un penoso deber, no lo era menos repartir los premios
con debida equidad; pues en largos escritos ponderaba sus prestados servicios cada cual; y al acordarse, deberían muchos
disgustados quedar; porque no habían tierras ni tesoros, que alcanzasen á tanto memorial.
Y todos repetían pedidos é importunos clamoreos, presumiendo propicia la ocasión de tierras adquirir, repartimientos
y de Gasea el favor, pero este recogió sus memoriales, y cansado de diarias peticiones, al valle Guaynarina se marchó.
Tranquilo allí, y al lado de Soáysa,
arzobispo de Lima, tres meses invirtió en examinar
aquellas peticiones, queriendo proceder con equidad, después de haber tomado los informes de la gente entendida y principal; y dejó al arzobispo facultado para hacer las mercedes publicar.
Y Gasea para librarse de quejas y compromisos, á Lima se retiró, do podía consagrarse á los trabajos precisos, después de tal confusión.
El arzobispo de Lima
convocó á la catedral á los jefes y oficiales, para la lectura dar de los premios acordados al ejército leal.
En el templo un gran gentío con avidez se reunió, como el día en que se juega la lotería mayor, invaden los jugadores al atestado salón, que en ella cifran los pobres su esperanza, más que en Dios.
Predica el prior de Arequipa un muy extenso sermón, exhortando á los presentes á acatar del superior la voluntad, el criterio é imparcial distribución; pues ellos, los agraciados, caer pueden en error, como parte interesada, al apreciar la cuestión; y al excitado auditorio inspisarle procuró conformidad y mesura V cristiana sumisión.
Bajó el prior, y el arzobispo subió al pulpito en seguida, con una carta de Gasea, enviada de Guaynarima el diecisiete de Agosto, y en la que extensa exponía: — haber con sumo cuidado é investigación prolija, examinado el asunto; porque solo la justicia
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y recta imparcialidad, y no influencias indignas fueron los móviles siempre de los actos de su vida. Que por lo tanto, esperaba que si en todo equitativas aquellas distribuciones algunos no las creían, el error disimulasen, y que tuvieran en vista solo su buena intención, para ir dejando extintas las disidencias y males de una guerra fratricida^ y se aplacasen los ánimos; pues era cosa sabida, que no existe obra perfecta, sino la de Dios divina. Y que solo un sentimiento, después de ese acto tenía; el que hubiesen sido escasos, para las gracias pedidas, los bienes que á los rebeldes confiscara la justicia. —
Después leyó el arzobispo la lista de recompensas, cuyo número ascendía á unas doscientos cincuenta, no haciendo á la vez lugar á otra parte de aquellas infundadas pretensiones, que sin razones ni pruebas, daban por grandes servicios los que comunes solo eran. Destinábanse á estos premios las propiedades y haciendas confiscadas, y que daban, según inventario y cuentas, ciento treinta y cinco mil pesos anuales de renta. 245
Pero antes que el arzobispo, conciliador y discreto, á dar lectura llegara hasta el fin del documento, comenzó un débil murmullo, como el de distante trueno, que anuncia á la tempestad y entolda rápido al cielo; y concluyó por instantes en general descontento: y murmurando y airado salió el gentío del templo.
Y hasta los que más ventajas, sin esperarles tuvieron, mostráronse disgustados, porque á Hioojosa y Centeno y Aldana y otros caudillos, que de los rebeldes fueron, adjudicó' el padre Gasea los más elevados premios, y decían: — que era injusto V falto de fundamento, posponer á los leales, por los que buscaron luego, sacrificando á Pizarro, salvarse de tantos riesgos.—
Pero Gasea discurrió de contrario modo al de ellos: — creía, que los realistas, permaneciendo en su puesto, cumplían solo un deber, que no implicaba gran mérito, para exigir recompensas; — aunque acordólas á aquellos, que en sus activos servicios, mostraron más ardimiento; mas de tales reflexiones y principios prescindiendo, hubiera sido imposible conceder á todos premio, so pena de fraccionarlos, sin darles ningún provecho. Solo, pues, tuvo presente en aquel repartimiento, los más ó menos servicios de distinguidos sujetos, y el de los jefes rebeldes, que al prestar sus elementos y adherirse á su partido, un rápido fin pusieron á una guerra, que creyóse iba á durar mucho tiempo, y á producir, entretanto, graves hechos y sangrientos.
Intentó, sin embargo el arzobispo,
siempre conciliador, secundado por otros caballeros,
calmar esa excisión; mas estos buenos y oficiosos pasos,
la multitud juzgó obra del miedo, y exigió arrogante: — del acta del reparto anulación:
y amotinada luego, al arzobispo y junta amenazó:
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—con hacerse justicia por sus manos, si no aceptaban esa petición.—
El comandante, entonces, de las fuerzas, á dos ó tres á muerte sentenció; condenáronse á varios á destierro, y la ordenanza púsose en vigor.
Para poder mandar á esos soldados
del gran reino español, en aquellos desiertos conquistados, do cada cual creíase un señor, eran precisas una mano férrea
y un duro corazón; y del Cuzco el severo comandante
con su deber cumplió, y aquel motín redújose á la nada, al emplearse el militar rigor.
En tanto á Lima entraba el padre Gasea, en su muía montado^ y le seguía, entusiasmado todo el vecindario, dando al libertador seguidos vivas.
Gasea, alegre, los vivas aceptaba, como del Dios de paz ecos benditos; porque creía su alma agradecida haberlos de su patria merecido.
Marchaba á su derecha un lindo potro, ricamente ataviado, y conduciendo el real sello, entre engastada caja de adornos de oro y colores bellos.
Y de ese ayuntamiento los señores, bajo un brillante palio de brocado, y revestidos de lujosos trajes, íbanle conduciendo hasta el palacio.
De las autoridades iba Aldana, como correjidor, á la cabeza, sin verse allí soldados, ni escucharse salvas, tambores, himnos ni cornetas.
Solo echadas á vuelo las campanas, y las cáWes cubriéndose de flores, iban vibrando sus sonoros ecos en bellos valles y lejanos montes.
Con fantásticos trajes,
varias cuadrillas de jóvenes galanos,
camino abrían.
Unas iban tocando
flauta y guitarra, y á sus blandos sonidos
otras danzaban.
De niñas lindo coro,
con dulces ecos, seguía modulando
sonoros versos.
YJotro llevando flores\ en canastillas, I
á los lados de Gasea las esparcía.
Y la gente alborozada^
repetía: «¡Viva el pacificador!)) «¡Viva de la paz ansiada
el noble restaurador!))
15^8 hasta 1550
No era el sensato Gasea un hombre vano,
ni menos un tirano,
á quien el homenaje
en Lima recibido, ni de lisonja el seductor lenguaje, hiciéranle perder su buen sentido:
conoció sabiamente,
que no concluida estaba
su alta misión de paz y de consuelo; y ese país hermoso precisaba una base segura y permanente, para rendir fructífero ese suelo: que la administración y la justicia, la paz, el orden y un gobierno honrado, de esa colonia harían para España el florón más preciado
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319 —
de poder y grandeza,
y mina inagotable
de colosal riqueza: así es que Gasea, firme, infatigable, y como de. la audiencia el presidente, con sus otros activos compañeros, con celo se ocuparon diariamente, en despachar legajos empolvados,
de tiempos anteriores, que estaban sin razón paralizados; y haciéndose jttsí¿c/a á cada uno, sin sentenciarse no quedó ninguno, y cesaron los pleitos y cuestiones.
En todos los pueblitos y ciudades estableció, con buenas ordenanzas,
municipalidades, controlando los pagos y cobranzas.
En la pública hacienda, distritos y demás reparticiones, introdujo reformas importantes, que hicieron deslindar atribuciones, y despachar más pronto los asuntos,
por sus resoluciones.
La industria, agricultura y el comercio fomentó con sus leyes protectoras: diariamente las rentas acrecían,
y notables mejoras de la paz á la sombra se veían: de las otras marítimas colonias
las gentes acudían, buscando el bienestar y la riqueza:
las minas se explotaban, y las muías, cargadas de metales, ■ en Lima penetraban;
y tantos bienes hizo al dar á la colonia nueva vida,
que en breve satisfizo
del colonial tesoro la deuda por la guerra contraída,
que habíase elevado á novecientos mil pesos en oro. 247
Con paternal cuidado contrájose á aliviar el triste estado,
que en esas encomiendas soportaba el peruano esclavizado.
De todos los distritos las haciendas, las granjas y las minas ordenó examinar por inspectores y piadosas personas, que anhelaban
el cumplir evangélicas doctrinas: — y el modo averiguasen, de cómo los señores á los indios trataban,
y éstos debiendo ser interrogados. —
Y nombrando una Junta de rectos sacerdotes y letrados .
y hombres entendidos, la fueron remitiendo los informes y datos recogidos.
Y quedaron las tribus del pago exoneradas
de los fuertes impuestos anteriores;
y tan solo obligadas á presentar tributos inferiores á los que antes al Inca tributaban.
Y según los informes de la junta, limitóse el trabajo de los indios, que en las minas y haciendas se ocupaban,
obligando á los amos á pagarles jornal cada semana, y á darles un buen trato y alimento
y educación cristiana; y quedaron nombrados inspectores, para darse debido cumplimiento
á lo reglamentado.
Querido hubiera Gasea en sus reformas haber extensamente realizado
del célebre Las Casas ' el plan humanitario y desechado,
v tal fué su deseo; pero bien comprendió que era imposible
en climas tropicales
y en cálidas regiones, el trabajar la tierra al europeo; y que sobrado hicieron sus legiones
con rendir al peruano y tremolar altivos sus pendones:
que solo el africano
é indígena podían labrar la tierra con su propia mano, y á los fuertes trabajos resistían.
Pero sino en el hecho, en el derecho, la palabra de esclavo suprimióse,
y al indio en adelante cual vasallo español consideróse; y aun consiguió después, ante sus reyes
y ordinarias justicias, va reclamar en sus favor las leyes. 248
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En fin, Gasea empeñoso, en poco tiempo realizó, incansable, todo cuanto en reformas y adelantos era en aquellos tiempos practicable] y entre la población trabajadora se bendecía de orden y progreso
su marcha bienhechora.
De Gasea estaba la misión cumplida; la antiguo rebeldía castigada,
la anarquía extinguida,
la pas asegurada y
el país floreciente
y el pueblo dedicado^
en vez de lucha ardiente, al trabajo fructífero y honrado!
Cansadas de escarmiento y reyertas las díscolas legiones de haraganes,
quedáronse desiertas.
Las rentas en aumento y el orden económico seguían, y en la tesorería recaudados
á granel existían, mas de millón y medio de ducados, suma que fué por Gasea destinada como quinto, á su rey correspondiente, pues desde largo tiempo, sin mandarse
hallábase pendiente!
Impulsado de noble sentimiento, no cobró sueldo alguno á la corona,
ni á la pública renta, excepto su frugal mantenimiento, del que pasó circunstanciada cuenta. 249
De Gasea estaba la misión cumplida, y anhelando pasar al patrio suelo, acordóse su próxima partida. Dejó, pues, el gobierno encomendado á sus colegas fieles de ¿a audiencia, mientras nuevo virey fuese nombrado, dejándoles por norma su prudencia!
Una escena patética y hermosa la víspera ocurrió de su partida:
comisión numerosa de cercanos curacas presentóse de su casa á las puertas, conduciendo, gran cantidad de plata y de regalos y su anhelada bendición pidiendo;
y Gasea, enternecido, rehusando esos regalos y esa plata, les replicó:— que para su alma era
esa demostración tierna y sincera, la sola apetecida y la mas grata!— Entrase luego y saca un crucifijo;
los indios se arrodillan, y con acento paternal les dijo:
«¡Todos, buenos peruanos, en Dios somos hermanos! ¡Adorad á este Dios, único y santo, que es Dios de paz, de vida y de ventura, y de todo infeliz enjuga el llanto, donde su excelsa y divinal altura!» Y los humildes indios, reverentes, la cruz besaron y de Gasea el manto, sintiendo no aceptase sus presentes!
También muchos señores principales cincuenta mil ducados recaudaron, que después que salió Gasea de Lima,
á su bajel enviaron, pidiendo al capitán:— no se los diese hasta después que hiciérase á la vela, para que devolverlos no pudiese; —
mas Gasea antes lo supo, y contesta en el acto agradecido,
devolviendo el dinero:
— que él solo había ido á servir á su rey: que asegurados
su dominio y el orden
en aquellos estados, solo su deber hubo cumplido: que tanta distinción agradecía;
pero que honrosamente
aceptar no podía
tales demostraciones, para que nadie á sospechar llegase de sus buenas y honradas intenciones^ viendo vacías al llegar, sus manos! —
Mas sin saberlo Gasea, dejaron los enviados en secreto
veinte mil castellanos; y á Gasea parecióle ya importuno el agregar razones redundantes,
después de las fehacientes;
pero al llegar á España distribuyó esa suma en los parientes de sus buenos amigos los donantes.
Y arreglados ya todos los asuntos al orden y gobierno concernientes, y después de deshecha la tormenta, como en estío chaparrón ligero,
se embarcó el mes de Enero del año mil quinientos y cincuenta.
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Apiñado el gentío en su palacio, siguióle hasta la playa en derredor, como el hijo, la esposa y el amigo siguen al padre, esposo ó bienhechor.
Y los indios y el pueblo y caballeros, mezclados en la playa y en tropel, con pañuelos, con vivas y ademanes de Gasea saludaban el bajel.
A principios de Marzo fondeó su escuadrilla en Panamá, do se detuvo el tiempo necesario
para poder juntar las muías, que el tesoro condujeran, confiadas á un piquete y oficial; pues corrióse que andaba una gavilla
el tesoro dispuesto á arrebatar;
y poniéndose en marcha, llegó á Nombre de Dios sin novedad.
Y supo á los tres dias^ que no era infundado aquel temor: — porque entrando la horda á Guatemala,
al obispo mató;
mas que después batida, en sus filas entró la dispersión. —
Pertrechada su flota y todo pronto,
el tesoro embarcó, y haciéndose á la vela para España
desde Nombre de Dios,
á la bellaS evilla al cabo de cuatro años regresó.