La cuarterona, drama original en tres actos · Capítulo real 8 de 9
ESCENA OCTAVA
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
ESCENA OCTAVA.
GARLOS, LA CONDESA.
Te encuentro aquí, lo esperaba, y agradezco tu obediencia.
Debe V. estar satisfecha. Sólo me resta suplicar á usted dilate por un dia, por algunas horas...
No puede ser, Carlos.
Lo suplico, lo ruego, madre mia: jtal presteza en asunto tan serio I...
Por lo mismo que lo es, debe apresurarse.
Tengo que disponer aun algunas cosas.
Es imposible perder más tiempo; ya hedado mi palabra, y todo está listo. Lo demás nos expondría á interpretaciones que no nos favorecen. Cuando ignoraba lo que ahora sé, podia ser más indulgente ; ahora tienes que hacerte perdonar y tranquilizarme respecto de un particular sumamente delicado.
Es decir que veo burlada del todo mi'esperanza. Cuando qreia que lo ocurrido podria retardar esa funesta boda, viene por el contrario á precipitarla, j Soy muy desgraciado ciertamente!
Te casaráshoy, y saldréis en seguida para el ingenio. En cuanto á esa muchacha, es forzoso que purgue su osadía; y tan luego como esté buena...
¿Qué piensa V. hacer, señora? Es inocente. Si escuchó mis amorosas palabras, no ha sido sin grave resistencia, y sólo cediendo á mi importunidad. Madre, ¿qué piensa usted hacer de ella? Debo saberlo.
Pretendo evitar la deshonra de mi casa; evidenciar que niego toda indulgencia á unas relaciones desiguales y pe-
ligrosas. El buen nombre de nuestra familia está por medio, y por consiguiente, ha terminado mi censurable bondad. Debo hacerte comprender si lo has olvidado , como parece , que Julia ha deoido ser sagrada para tí. Preciso es que yo te recuerde la cordura, ya que tus pretensiones absurdas la desmienten.
Pues bien, madre; yo la amo y no consentiré que se la ofenda ni trate mal. Si no es igual á mí por la cuna , está tal vez más alta que yo por su corazón ; más alta, sí, porqu.xyo he podido mostrar la voluntad de un hombre, y sólo í^vmostrado la debilidad de un niño. Deberes tiene el hijo ; p») también los tiene la razón, y no he sabido alzarme en favor de ésta. jQue no es igual á mí... pobre sarcasmo!
¡Igual á tí! ¡Llaneza incomprensible! ¡Es decir que eres igual á la hija de la esclava María! El padre de esa muchacha , que era su dueño , vendió á otro la madre con ella en su seno, avergonzándose del fruto que iba á resultar de su extravío. ¿EreS; pues, igual á esa muchacha que su mismo padre negó antes de nacer y que negaría hoy si la conociese?
No importa , señora. Eso añade mayor interés á su desgracia. Yo que la amo , no debo abandonarla aunque me llamen loco. Sé que Y. tiene buen corazón , madre mía, y que no tocará uno solo de sus cabellos ; ¿ pero eso evitará que sea despreciada y confinada , sábelo Dios , por el crimen de haberme inspirado amor? Si ella es infeliz desde la cuna, ya que la cuna es delito para ciertos seres; si un padre inicuo, por evitar que saliese á su rostro la prueba de un censurable descarrío ó por el vil interés de su codicia (cosa no muy rara entre nosotros) , la vendió antes de nacer; si el mundo la convirtió en mercancía cuando aun pertenecía exclusivamente á Dios; si entonces la ánica mano bienhechora que la sacó de su estado; si V., madre, al decirle: levántate y mira al cielo que es nuestro origen, lo hizo para dejar caer sobre su frente algún día, por la culpa sólo de haber amado, el manoplazo feudal de la soberbia; yo que la amo, porque el cielo la hizo interesante y amable á mis ojos, soy quien debo indemnizarla de los males que la ha causado el mundo; yo debo presentarla ante Dios diciendo: Señor , tú la creaste tuya, y los hombres te la han robado. Ella que es tu hija, ha sido vendida como tú también lo fuiste , por uno de los seres que ven-
den su sangre , por uno de los Judas que existen en el mundo para cambiar las almas por dinero: yo, pues , la rescato con mi amor, y te la vuelvo!
jQué escuchol Apenas creo lo que oigo. Me avergüenzo de tus palabras. Estás loco sin duda. ¡Y es mi hijo quien profiere tales desacatos, y es anfe mí que se permite tales palabras! Ahora menos que nunca debo ceder: ceder es la deshonra, y á poco que tolerase, la llevarla ante el ara á mi despecho. Que salga , que salga inmediatamente de esta casa.
No señora, no saldrá sino conmigo.
¿Cómo impedirlo?
CARLOS. {Interponiéndose con respeto pero con firmeza,)
No lo sé... masía protejo.
¿Por qué medios?
La ley... digo mal: la justicia...
¡Aparta!
CARLOS. [Con amargura y decisión,) jSeñora!...
Saldrá ahora mismo, cualquiera que sea su estado: yo lo quiero.
CARLOS. [Bruscamente,) No lo consentiré.
CONDESA. [Retrocediendo,)
j Cielos I jy es mi hijo!
CARLOS. [Cayendo de rodillas,)
Madre mia, piedad... piedad para ella y para mí. [Levan' tándose,) ¡Ahí señora, compadezca Y. mi estado. jNo he querido ofender á V., pero soy muy infeliz! Mi corazón sufre inucho y tengo en él un níundo de amargura. Usted que fué tan buena para Julia, no debe hacerla más desdichada; que sin nacer lo era. Que ignore siempre la saña conque Y. acaba de amenazarla. ¡Ah madre mia! Si mis palabras han podido ofenderla, mi corazón protesta no las lia dictado.
[Durante esta escena, ha pasado Jorge de vuelta de la botica,
con un frasco que parece ser el recetado, hacia la p%erta que conduce d la JiaUtacion de Julia, saliendo después y regresando al soplón, no sin mostrar algún curioso interés por lo que pasa ó dicen en la escena. Ahora viene de la antesala^