La estirpe brava · Unidad 11 de 125
Unidad 11 · 28 SANTIAGO MACIEL
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28 SANTIAGO MACIEL
— He óido — coutestó el paisano — que la regolueiúii arde en tuito el páis.
— Eso me lian dicho liaee un momento., pero hay que ver si es verdá.
— ¡Qui ha de ser! — contestó el viejo, por halagar al comandante.
— ¿Y no dicen si han tomao otras comendancias y polecías?
— Asigún cuentan, han sorprendido a muchos jefes, aunque en algunos laos, les ha salido la torta un pan.
El comisario respiró, sintiéndose un poco aliviado de la herida moral que recibiera. Después siguió interi'ogando :
— ¿Y naide sabe ande se encuentra la gente del cajetilla Lares?
— Esta mesma mañana, encontré un «tropero» en el camino, que venía de la estancia de Lucas Riera, y me contó que los regolucionarios de aquí, han acampao en la costa del arroyo de «Las Víboras» y que ya se les ha incorporao mucha gente.
— Como cuánta, ¿no sabe?
— Dicen que mil hombres.
— ¡ Qué van a ser mil 1 ¡ De ande van a sacar tanto sonso !
— Ya sabe, comisario — dijo el ])aisano. sentenciosamente. — que los sonsos hacen tropilla. Y no son tan sonsos, si vamos a ver, porque ansina se aseguran el l)uchero.
— Pero no el pellejo.
— Xo se aflija, comisario, qui antes de peliar alguna vez, por casualidá, ya han cueriao muchas vacas gordas. . .
— Disparando, entonces, ganan la vida . . .
— Y esa es la gracia. Si no juyesen, no habría revolución que durase.
La conversación había dado al comandante Xeyra
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aljíiiiiüs detalles útiles y ya iba a proseguir su investigaeión, euando oyó galope de caballos en el camino.
Como movido por un resorte, salió de la habitación, con tanta rapidez, (pie si no se agacha, se lastima la frente en el dintel de la puerta. Era don Aniceto, (pie regresaba, en compañía de varios individuos, arreando entre todos una tropilla de caballos y yeguas. El «pulpero» se apeó, y mientras aseguraba el petizo en el «palenípie», dijo al comisario :
— Vienen tuitos, comendante. Tráin caballos y armas, y de a(juí a una horita se van a presentar muchos ({ue estaban escondidos pa no servir a los revoltosos.
El comandante se animó de pronto y mayor fué su regocijo cuando el pulpero agregó:
— El monte está lleno de soldaos del piciuete, cpie se dispersaron cuando el atacpie. Estos mozos — continuó apuntando a los recién llegados — saben ande están guarecidos.
El plan (pie el comisario se había propuesto ejecutar, requería actividad siuna, pero él era veterano en estos asuntos, como buen guerrillero, hecho a la vida azarosa de las luchas civiles. De modo que antes de la madrugada ya había formado una pequeña «columna», mal armada — eso sí, — pero ya encontraría lanzas a medida que avanzase. Montó de un salto el primer «pingo» que encontró a mano — porque su «parejero» no aparecía — y le «cerró piernas», rumbeando en dirección al monte, guiado por los mozos, en donde pensaba encontrar a su gente dispersa.
En el ataque habían muerto muchos soldados del piquete, pero la mayor parte se salvó, huyendo en todas direcciones, a favor de las sombras, hasta encontrar refugio entre los espesos «chilcales». Más tarde, el monte, que distaba apenas tres leguas del lugar del suceso, les proporcionó abrigo seguro ; hambrientos y con los uniformes desgarrados, pero sin abandonar sus «remington» y cartucheras, esperaban el alejamiento de los