La estirpe brava · Unidad 12 de 125

Unidad 12 · 30 SANTIAGO MACIEL

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30 SANTIAGO MACIEL

revolucionarios, para salir eu busca de alimento, y de paso, averiguar lo que había sido de sus jefes. A media ]ioche, algunos «baquianos» se acercaron a un rancho vecino, a cuyos moradores conocían, y en él se les dijo que las fuerzas rebeldes habían levantado campamento, al venir el día, con el objeto de buscar la incorporación de sus compañeros de causa.

Ya se disponían a abandonar sus escondrijos, cuando oyeron inequívocos rumores de gente que se acercaba. Atisbando con sigilo, vieron que avanzaba en dirección al monte, una columna como de cien hombres. Creyendo que eran revolucionarios, cargaron los fusiles para defenderse; pero cuando los primeros jinetes que iban a la descubierta, se arrimaron, no dudaron ya de que era gente del comisario, y salieron en tropel, agitando en el aire las carabinas. Este, que había conducido la caballada sobrante, previendo que los infantes estarían a pie, los hizo montar inmediatamente, y sin esperar más, dióles orden de seguirlo, sin detenerse en ninguna parte, prohibiendo a todos hablar en voz alta. Así galoparon toda la noche, deteniéndose, una sola vez, a la madrugada, para «carnear» y dar algún resuello a los caballos, el tiempo indispensable solamente, porque, según sus cálculos, el éxito de la expedición, dependía de la rapidez de las operaciones.

El iba adelante, silencioso, «juntando rab¿a» — como decía, riéndose, uno de los soldados. — Su rostro expresaba claramente la tormenta que adentro le rugía. Odio y venganza decían sus ojos pequeños y encajados, y sus manos se crispaban, oprimiendo las riendas y el rebenque de ancha «lonja». Se detenía, no obstante, en algunos ¡moblados, para ciue los «bomberos», destacados a vanguardia, trajeran noticias, caballos y hombres. Nada se oponía a su voluntad omnímoda, y eran inútiles las quejas y lamentaciones de los viejos y los mozos. Ante todas las protestas, exclamaba con voz estentórea :

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— El gobierno pagará los perjuicios y los que seau partidarios del enemigo, que avisen.

Cuatro días y cuatro noches habían hecho ya de camino, cuando supieron que el ejército revolucionario estaba próximo y que las tropas del gobierno avanzaban, a «marchas forzadas», para batirlo, proponiéndose evitar de ese modo la unión de las divisiones rebeldes, porque la del norte debía juntarse a la del sur en ese paraje.

El comandante Xeyra sofrenó el caballo y, alzándose sobre los estribos, echó un vistazo a su gente. Le pareció que era bastante numerosa para sorprender al enemigo, si le daban lugar a ejecutar su proyecto. Ya había reunido como cuatrocientos hombres, mal disciplinados, es cierto, pero ¿qué «gaucho» necesita enseñanza militar, cuando, con raras excepciones, se trata de hombres experimentados, montoneros impenitentes, adiestrados en cien combates? Los mozos no eran menos valientes que los veteranos, tampoco, porque el instinto de la guerra les empujaba, portándose en la acción como «soldados de fila», temerarios, audaces y hasta crueles, pues la crueldad era la característica de las luchas civiles, siendo pocos los que, como el comandante Lares, demostraban poseer honda cultura y sentimientos humanitarios.

La columna expedicionaria se detuvo al fin, a la orilla de un monte, sobre la costa de un arroyo, que resultó ser el de Las Víboras, sitio que correspondía exactamente a la primera información que recibiera el comisario. Este hizo internar a la gente en la selva, prohibiéndole salir de la espesura, diciendo :

— Aunque se mueran di hambre y sé, naide asome la cabeza, si quiere conservarla pegada al cuerpo.

Los «milicos» ya sabían a qué atenerse respecto de aquella suave amenaza, y por una «picada» estrecha, condujeron a sus cabalgaduras, tan diestramente, que no crujió ni una rama. Las mismas aves no advirtie-