La gaviota · Unidad 23 de 37

Capítulo XIX — parte 2

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--Señora marquesa--repuso Rafael--, no os apuréis. Mi historia será tal, que después de haberla oído cualquiera podrá retratar a mi tío con la espada en una mano y la palma en la otra.

«Sus primeros amores fueron con una guapa moza de Osuna, donde estaba acuartelado su Regimiento. El día menos pensado llegó la orden de marchar. Mi tío dijo que volvería, y ella se puso a cantar _Mambrú se fue a la guerra_; y lo estaría todavía cantando si un labrador grueso no la hubiera ofrecido su gruesa mano y su gruesa hacienda. Sin embargo, al principio estuvo inconsolable. Lloraba como las nubes de otoño y no paraba de exclamar día y noche: ¡Santa María, Santa María!, tanto que una criada que dormía cerca, creyendo que su ama estaba rezando las letanías, no dejaba de responder devotamente: _Ora pro nobis._

»Mi tío--siguió Rafael--recibió orden de pasar a América; volvió para tomar parte en la guerra de la Independencia, y no tuvo tiempo para pensar en amoríos. De donde resultó que, no tratando con más bellezas que las que podía hacer marchar a tambor batiente, adquirió tal acritud de temple, que se le quedó el nombre del general _Agraz_.

--¿Cómo te atreves?...--exclamó la tía.

--Tía--contestó Rafael--, yo no me atrevo a nada; lo que hago es repetir lo que otros han dicho. _Pian_ _pianino_ llegaron los sesenta años, trayendo en pos la comitiva ordinaria de reumatismos y catarros, con todas las trazas de convertirse en crónicos. Mi tía y todos los amigos le aconsejaban que se retirase y se casase para vivir tranquilo. Fijad las mientes, doctor, en el remedio: ¡casarse para vivir tranquilo! Ya ve usted que mi tía se siente inclinada a la homeopatía.

--¿Ese sistema nuevo--preguntó la marquesa--que receta estimulantes para refrescar? No lo creáis, doctor, ni vayáis a dar esa clase de remedios al niño.

--Pues como iba diciendo--continuó Rafael--, había aquí una soltera de edad madura, que no había querido casarse a gusto de su padre, ni su padre la había querido dejar casar a su gusto; este tenía muchos humos, en vista de que su hija se llamaba doña Pancracia Cabeza de Vaca. Ahora bien, esta noble parte del animal...

La marquesa le interrumpió:

--Ríete cuanto quieras, como te ríes de todo; este es un privilegio que la naturaleza te ha dado, como al sol el de brillar. Pero sabed, don Federico, que ese nombre, tan ridículo a los ojos de mi sobrino, es uno de los más ilustres y más antiguos de España. Debe su origen a la batalla de las Navas de Tolosa...

--La cual--añadió Rafael--se dio por los años de 1212, y la ganó el rey don Alfonso IX, llamado el Noble, padre de la reina de Francia Blanca, madre de San Luis; y con aquella hazaña libertó a Castilla del yugo de los sarracenos.

--Así es--repuso la marquesa--; todo eso se lo he oído contar a mi cuñada. El Miramamolín, según ella cuenta, se había retirado a una altura donde se atrincheró con sus tesoros en una especie de recinto formado con cadenas de hierro. Un río separaba esta altura del ejército cristiano. El rey, que no podía pasarlo, estaba desesperado. Entonces se le presentó un pastor viejo, con su hopalanda y su capucha, y le descubrió un sitio por donde podría vadear el río sin dificultad: «Seguid la orilla--le dijo--, aguas abajo, y donde veáis la cabeza de una vaca, que han devorado los lobos, allí está el vado.» De resultas de este aviso se ganó aquella memorable batalla. El rey, agradecido, ennobleció al que le había hecho un servicio tan señalado y le dio a él y a sus descendientes el nombre de Cabeza de Vaca. Mi cuñada dice que aún se conservan en la catedral de Toledo la estatua del pastor patriota y las cadenas del campo del Miramamolín.

--Seiscientos años de nobleza--dijo Rafael--son un moco de pavo en comparación de la nuestra, porque ha de saber usted, doctor, que el nombre de Santa María eclipsa a todas las Cabezas de Vaca, aun cuando arranque su árbol genealógico de los cuernos de la que Noé llevó a su arca. Para que usted lo sepa, somos parientes de la Santa Virgen, nada menos; y en prueba de ello, una de mis abuelas, cuando rezaba el rosario con sus criadas, según la buena costumbre española...

--Costumbre que se va perdiendo--interrumpió suspirando la marquesa.

--Decía--prosiguió Rafael--: «Dios te salve MARÍA, prima y señora mía», y los criados respondían: «Santa MARÍA, prima y señora de usía.»

--No digas esas cosas delante de extranjeros, Rafael--dijo la condesa--, porque o están bastante preocupados contra nosotros para creerlas, o sin creerlas tienen bastante mala fe para repetirlas. Lo que acabas de contar es una cosa que todo el mundo sabe; un chiste inventado para burlarse de las exageradas pretensiones de antigüedad que nuestra familia tiene.

--A propósito de lo que dicen los extranjeros, ¿sabes, prima, que lord Londonderry ha escrito su _Viaje a España_, en el que dice que no hay más que una mujer bonita en Sevilla, y es la marquesa de A..., desfigurando, por supuesto, su nombre del modo más extraño?

--Tiene razón--dijo la condesa--; Adela es lindísima.

--Es lindísima--prosiguió Rafael--, pero decir que es la única, me parece un disparatón de tomo y lomo. El mayor está furioso, y va a ponerle pleito como calumniador, con plenos poderes de la Giralda, que se tiene y se califica por la mejor moza de toda Sevilla.

--Eso es ser más realista que el rey--dijo Rita, con un gracioso desdén--; y bien puedes asegurar al mayor, en nombre de todas las sevillanas, que tanto nos da que ese lord nos encuentre feas como bonitas. Pero sigue con tu historia, Rafael; te quedaste en los preliminares del casamiento del tío.

--Antes que Rafael tome la ampolleta--interrumpió la marquesa--diré a usted, don Federico, que la nobleza de nuestra familia estaba ya reconocida en el año 737, porque uno de nuestros abuelos fue el que mató al oso que quitó la vida al rey godo don Favila, y por eso tenemos un oso en nuestro escudo de armas.

Rafael se echó a reír con tan estrepitosa carcajada que cortó el hilo a la narración de su tía.

--Vaya--dijo--, aquí tenemos la segunda parte de _Prima y Señora mía_. La marquesa tiene una colección de datos genealógicos, tan verídicos unos como otros. Sabe de memoria la de los duques de Alba, que vale un Perú.

--Si quisierais tener la bondad, señora marquesa, de referírmela--dijo Stein--, os lo agradecería infinito.

--Con mucho gusto--respondió la marquesa--; y espero que daréis más crédito a mis palabras que ese niño, tan preciado de saber más que los que nacieron antes que él. Sabéis que nada ennoblece tanto al hombre como los rasgos de valor.

--Por esa cuenta--dijo Rita--, José María podía ser noble y algo más, grande de España de primera clase.

--¡Qué amigos de contradecir son mis sobrinos!--exclamó la marquesa con alguna impaciencia. Pues bien: sí, señorita. José María podía ser noble si no fuera ladrón.

--Ya que se trata de José María--dijo Rafael--, voy a contar a don Federico un rasgo de valor de aquel personaje. Lo sé de buena tinta.

--No queremos saber las hazañas de los héroes del trabuco--dijo la marquesa--. Rafael, tú hablas sin punto ni coma...

--Escuchad mi aventura de José María--continuó Rafael--. Un ladrón héroe, caballeroso, elegante, galán y distinguido, es fruta que no nace sino en nuestro suelo. Vosotros los extranjeros podréis tener muchos duques de Alba, pero seguramente no tendréis un José María.

--¿Qué dices tú?--dijo la marquesa--, ¿que los extranjeros podrán tener muchos duques de Alba? ¡Pues ya!, ¡fácil era! Escuchad, don Federico: cuando el santo rey don Fernando estaba delante de los muros de Sevilla, viendo que el sitio se prolongaba, propuso al rey moro...

--Que se llamaba Axataf por más señas--interrumpió Rafael.

--Poco importa el nombre--continuó la marquesa--; propúsole, pues, como iba diciendo, que se decidiese la suerte de la ciudad sitiada en combate singular, cuerpo a cuerpo, entre los dos monarcas. El moro tuvo vergüenza de rehusar el reto. El rey Fernando ocultó a todo el mundo su designio, y cuando llegó la hora convenida, salió solo y de noche de sus reales, encaminándose al puesto señalado. Un soldado de su guardia que le vio salir, tuvo algunas sospechas de su intento y temeroso de que el rey cayese en alguna asechanza, se armó y le siguió de lejos. Llegado que hubo el monarca al sitio que todavía se llama la _Fuente del Rey_, y que era entonces un lugar muy agreste, se detuvo aguardando a que se presentase el moro.

Pero por más que aguardaba, el otro en lo menos que pensaba era en acudir a la cita. Así pasó la noche, y al clarear el alba, convencido de que su contrario no vendría, iba a retirarse cuando oyó ruido en la enramada y mandó que saliese al frente, quienquiera que fuese.

Era el soldado y obedeció.

«¿Qué haces ahí?», preguntó el rey.

«Señor--respondió el soldado--, he visto a vuestra majestad salir solo del campo, e inferí su intento; he temido algún lazo y he venido a defender a su persona.»

«¿Solo?», preguntó el rey.

«Señor--continuó el soldado--, ¿vuestra majestad y yo, acaso no bastamos para doscientos moros?»

«Saliste de mis reales soldado--dijo el rey--y entras en ellos duque de Alba.»

--Ya veis, don Federico--dijo Rafael--, que esa leyenda popular arregla desafíos a medianoche y crea duques a pedir de boca.

--Calla por Dios, Rafael--dijo la condesa--, y déjanos esta creencia, pues me gusta esa etimología.

--Sí--respondió Rafael--; pero el duque de Alba no le agradecerá a tu madre la _ilustración_ que quiere darle. Ahora veréis lo que hay en el asunto.

Diciendo estas palabras y echando a correr Rafael, volvió muy pronto con un libro en folio y en pergamino, que sacó de la librería del conde.

--He aquí--dijo--la creación, privilegios y antigüedad de los títulos de Castilla, por don José Berni y Catalá, abogado de los Reales Consejos. Página 140. «Conde de Alba, hoy día duque. El primer fue don Fernando Álvarez de Toledo, creado conde de Alba por Juan II, 1439. Don Enrique IV lo hizo duque en 1469. Esta ilustre y excelsa familia es de sangre real y ha tenido los primeros empleos de España en guerra y en política. El duque mandó todo el ejército en la conquista de Flandes y en la de Portugal, donde hizo maravillas. Esta ilustrísima familia tiene tanto lustre y tantos méritos, que para enumerarlos sería necesario escribir volúmenes.» Ya veis, tía, que la historia que nos habéis contado, aunque muy propagada, es apócrifa.

--No sé lo que quiere decir--continuó la marquesa--, esa palabra griega o francesa; pero volviendo a los Santas Marías, este nombre les fue dado con motivo de...

--Tía, tía--exclamó Rita--, hacednos el favor de dispensarnos de oír nuestra historia genealógica. ¿No tenemos bastante con la de los Cabezas de Vaca y los Albas? Cuando penséis contraer segundas nupcias, entonces podréis lucir estas galas genealógicas a los ojos del favorecido.

--El apellido de los duques de Alba--dijo Stein--es Álvarez, y así se llama también mi patrón, que es un buen hombre, lleno de honradez y tendero retirado. Me causa mucha extrañeza ver que en este país los nombres más ilustres son comunes a las clases más elevadas y a las más ínfimas. ¿Será cierto lo que se dice en mi país, que todos los españoles se creen de noble sangre?

--Esa es una confusión de ideas--contestó Rafael--, como todas las que generalmente tienen los extranjeros sobre las cosas de España; y así no hay ninguno que no crea a puño cerrado que cada gañán arando, lleva colgada a su lado la espada distintiva de caballero. Hay muchos apellidos generales y como _mancomunes_ en España, no hay duda; pero esto nace en gran parte de que, en tiempos pasados, los señores que tenían esclavos les daban sus apellidos al emanciparlos. Estos nombres, usados por los moros ya libres, debieron multiplicarse, en particular los de los magnates, a medida que más esclavos tenían. Algunas de esas nuevas familias se ilustraron y fueron ennoblecidas, porque muchas descendían de moros nobles. Pero los grandes de España, que tienen aquellos mismos nombres, llevan tan a mal ser confundidos con estas familias, como con las de los artesanos que se hallan en el mismo caso. También hay que observar que muchos han tomado los nombres de las localidades de donde provienen, y así tenemos centenares de Medinas, Castillas, Navarros, Toledos, Burgos, Aragonés, etc. En cuanto a esas aspiraciones a sangre noble que están tan propagadas entre los españoles, es observación que no carece de fundamento, porque es cierto que este pueblo tiene orgullo y propensiones delicadas y distinguidas; pero no deben confundirse estos rasgos de carácter nacional con las ridículas afectaciones nobiliarias que hemos visto en tiempos modernos. El pueblo español no aspira a engalanarse con colgajos ni a salir de la esfera en que le ha colocado la providencia; pero da tanta importancia a la pureza de su sangre, como a su honra; sobre todo en las provincias del Norte, cuyos habitantes se jactan de no tener mezcla de sangre morisca. Esta pureza se pierde por un nacimiento ilegítimo; por la menor y más dudosa alianza con sangre mulata o judía, así como por los oficios de verdugo y pregonero, o por castigos infamantes.

--¡Válgame Dios--dijo Rita--, qué fastidiosos están ustedes con su nobleza! ¿Quieres, Rafael, hacernos el favor de continuar la historia del tío?

--¡Dale!--exclamó la marquesa.

--Tía--respondió Rafael--, no hay cuento desgraciado, como el que lo cuente sea porfiado. Conque, don Federico, Santa María y Cabeza de Vaca se unieron como dos palomos. Muchas veces he oído decir que mi tía, que está aquí presente, lloró de placer y de ternura al ver tan bien concertada unión. Mi tío tranquilizó los recelos que hubiese podido inspirarle el nombre de su cara mitad sólo con verla.

--¡Rafael, Rafael!--exclamó la marquesa.

--Pero quien quedó asombrado--prosiguió Rafael fue todo el mundo, y más que nadie, mi tío, cuando al cabo de nueve meses la Cabeza de Vaca dio a luz un pequeño Santa María, tamaño como un abanico, y que parecía engendrado por una X y una Z, La Cabeza de Vaca se puso más oronda que la de Júpiter cuando produjo a Minerva. Hubo, con este motivo, un gran debate matrimonial. La señora quería que el dulce fruto de su amor se llamase Pancracio, nombre que, desde la batalla de las Navas de Tolosa, había sido el de los primogénitos de la familia. Mi tío se empestilló en que el futuro representante de los venerables Santa María no llevase otro nombre que el de su padre, nombre sonoro y militar. Mi tía los puso de acuerdo, proponiendo que se bautizase la criatura con los nombres de León Pancracio, de lo que ha resultado que su padre lo ha llamado siempre León y su madre siempre Pancracio.

De repente interrumpió esta narración el general, entrando en la sala, pálido como un muerto, con los labios apretados y lanzando rayos por los ojos.

--¡Santo Dios!--dijo Rafael a Rita en voz baja--, quisiera estar ahora siete estados debajo de tierra, con las estatuas romanas que sirvieron a los moros para hacer los cimientos de la Giralda.

--Estoy furioso--dijo el general.

--¿Qué tenéis, tío?--le preguntó la condesa, colorada como un tomate.

Rita bajaba la cabeza sobre su bordado, mordiéndose los labios para sofocar la risa.

La marquesa tenía la cara más larga que la de Don Quijote.

--Esto es peor que burlarse de la gente--continuó el general con voz temblona--: ¡es un insulto!

--Tío--dijo la condesa suavizando la voz lo más posible--, cuando no hay mala intención, cuando no hay más que ligereza, atolondramiento, gana de reír...

--¡Gana de reír!--interrumpió el general--: ¡reírse de mí!, ¡reírse de mi mujer! Por vida mía, que se le ha de pasar la gana. Ahora mismo voy a presentar mi queja a la policía.

--¡A la policía! ¿Estás en tu juicio, hermano?--exclamó la marquesa.

--Si salgo con bien de esta--dijo Rafael a Rita--, hago voto a San Juan el Silenciario de imitarle durante un año y un día.

--Mi querido León--prosiguió la marquesa--, por Dios te ruego que no des tanta importancia a una niñería. Cálmate. Yo sé que te ama y te respeta. ¿Quieres dar un escándalo? Las quejas de familia no deben salir al público. Vamos, León, hermano, quédese eso entre nosotros.

--¿Qué estás hablando de quejas de familia?--replicó el general volviéndose hacia su hermana--. ¿Qué tiene que ver la familia con las insolencias inauditas de ese desaforado inglés, que viene a insultar a la gente del país?

Al oír estas palabras, la hermana y los sobrinos del general respiraron con holgura, como si se les hubiera quitado una piedra de sobre el corazón. Su temor de que nuestro cronista hubiese sido oído por el inflexible veterano, carecía de fundamento, y Rafael preguntó con los tonos más sonoros de su voz:

--¿Pues qué ha hecho ese gran anfibio?

--¿Lo que ha hecho?--contestó el general--. Voy a decírtelo. Sabéis que, por desgracia mía, ese hombre vive enfrente de mi casa. Pues bien: a la una de la noche, cuando todo el mundo está en lo mejor de su sueño, el míster abre la ventana y se pone... ¡a tocar la trompa!

--Ya sé que es furiosamente aficionado a ese instrumento--dijo Rafael.

--Además de eso--continuó el general--, lo hace malísimamente y el soplo de su vasto pecho saca del instrumento sonidos capaces de despertar a los muertos de veinte leguas a la redonda; de modo que se ponen a aullar todos los perros de la vecindad. Con esto tendréis una idea de las noches que nos hace pasar.

Todos los esfuerzos que habían hecho hasta allí los oyentes para contener la risa, fueron infructuosos. La carcajada fue tan simultánea y tan estrepitosa, que el general calló de repente y les echó una mirada indignada.

--¡No faltaba más, sobrinos!, no faltaba más sino que os parezca asunto de risa tan descarada insolencia, tal desprecio de las gentes. ¡Reíos, reíos!, ya veremos si se reirá también tu recomendado.

Dijo, y se salió de la pieza tan denodadamente como en ella había entrado, con dirección a la policía.

Rita se desternillaba de risa.

--¡Válgame Dios, Rita!--dijo la marquesa, que no estaba para fiestas--. Más propio sería que te indignases de tamaña falta de seso, que no reírse de ella.

--Tía--contestó la joven--, bien sé lo que el caso merece; pero aunque estuviese en el ataúd, me había de reír. Os prometo que, para vengar a mi tío, cuando el mayor moscón venga a chapurrearme piropos, no me contentaré con volverle la espalda, sino que he de decirle: guardad vuestro resuello para tocar la trompa.

--Mejor harías--dijo Rafael--en imitar a las señoritas extranjeras, que se ponen coloradas para dar los buenos días y pálidas para dar las buenas noches.

--Eso sería mejor--contestó Rita--; pero yo prefiero hacer lo peor.

--A todo esto--dijo Stein con su perseverancia alemana--, me habíais prometido, señor de Arias, contarme un rasgo de valor de José María.

--Será para otro día--respondió Rafael--. He aquí a mi general en jefe--añadió sacando el reloj--: son las tres menos cuarto y a las tres estoy convidado a comer en casa del capitán general. Doctor, si yo fuera vos, iría a suministrar los socorros del arte a mi tía Cabeza de Vaca en el estado crítico en que la ha puesto la trompa del mayor.