La gaviota · Unidad 24 de 37

Capítulo XX — parte 1

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Completamente restablecido ya el niño de la condesa, había llegado la noche que esta señora había fijado para recibir a María. Algunos tertulianos estaban ya reunidos, cuando Rafael Arias entró precipitadamente.

--Prima--dijo--, vengo a pedirte un favor: si me lo niegas, voy a derechura a echarme de cabeza... en mi cama, bajo pretexto de una jaqueca monstruo.

--¡Jesús!--replicó la condesa--. ¿De qué modo puedo yo evitar tamaña desgracia?

--Vas a saberlo--continuó Rafael--. Ayer he tenido carta de uno de mis camaradas de embajada: el vizconde de Saint Léger.

--Quítale el Saint y el vizconde, y deja Léger pelado--repuso el general.

--Bien--dijo Rafael--; mi amigo, que según el tío no es ni vizconde ni santo, me recomienda a un príncipe italiano.

--¡Un príncipe!, ¡pues ya!--dijo con sorna el general--. ¿Por qué no han de llamarse las cosas por sus nombres? Lo que será es un carbonario, un propagandista, una verdadera plaga. ¿Y de dónde es ese príncipe?

--No lo sé--repuso Rafael--; lo que sé es que la carta dice lo siguiente: «Os agradeceré que hagáis conocer a mi recomendado las mujeres más bellas y amables, las reuniones más escogidas y las antigüedades más notables de la hermosa Sevilla, ese jardín de las Hespérides.»

--Jardín del Alcázar querrá decir--observó la marquesa.

--Es probable--prosiguió Rafael--. Cuando me vi encargado de esta tarea, sin saber a qué santo encomendarme, se me ocurrió la luminosa idea de acudir a mi prima y pedirle licencia para traer al príncipe a su tertulia, porque de este modo podrá conocer las mujeres más bellas y amables, la sociedad más escogida y--añadió en voz baja y señalando con el dedo la mesa del tresillo--las antigüedades más notables de Sevilla.

--Mira que mi madre está ahí--murmuró la condesa echándose a reír a pesar suyo--; eres un insolente.--Y añadió en voz alta--: Tendré mucho gusto en recibirle.

--¡Bien, muy bien!--exclamó el general, barajando violentamente los naipes--¡Mimarlos, abrirles las puertas de par en par, ponerles andadores!; se divertirán a vuestra costa y después se burlarán de vosotros.

--Creed, tío--contestó Rafael--, que tomamos la revancha. Es cierto que se prestan a ello admirablemente. Algunos vienen con el único designio de buscar aventuras, muy persuadidos de que España es la tierra clásica de estos lances. El año pasado tuve uno a cuestas, con esta monomanía. Era un irlandés, pariente de lord W.

--Sí, ¡como yo del Gran Turco!--dijo el general aplicando su muletilla.

--El espíritu del héroe de la Mancha--continuó Rafael--se había apoderado de mi irlandés, a quien llamaré _Verde Erín_[24] por habérseme olvidado su verdadero nombre. Una tarde nos paseábamos en la plaza del Duque. El cielo se oscureció y estalló de repente una tormenta; yo traté de buscar abrigo, pero él siguió paseando porque tenía gana de experimentar una tormenta española. A las justas observaciones que le hice, de que iba a calarse hasta los huesos, contestó que todo lo que tenía encima era _water-proof_[25] el sombrero, el gabán, los pantalones, los guantes, las botas, todo. Le abandoné a su suerte.

[Nota 24: Nombre poético de Irlanda.]

[Nota 25: _A prueba de agua_.]

--¿Es eso creíble, Rafael?--dijo la condesa.

--Es más; es probable--dijo el general--; ningún inglés se va nunca a la cama sin haber hecho una extravagancia.

--Sigue, Rafael, sigue, hijo--suplicó la marquesa--, porque ya preveo que ese temerario va a saber por experiencia propia que no se debe tentar a Dios.

--Pues mi Erín--siguió Rafael--estaba recibiendo el agua como el arca de Noé, cuando cayó un rayo en el árbol bajo el cual se había sentado.

--Vaya, vaya--gritaron todos--, eso es cuento; ¡cosas de Rafael!

--Como soy, que es la verdad--exclamó éste colorado--; informaos, si queréis, de más de cien personas que presenciaron el lance. Aseguro que una acacia entera y verdadera se desplomó sobre mi pobre Erín. Por fortuna estaba colocado de tal manera, que evitó el choque del tronco, pero quedó preso entre las ramas, como un pájaro en la jaula. En vano gritaba, en vano prodigaba el juramento nacional y las ofertas de billetes de banco a los que viniesen a socorrerle. Tuvo que aguantarse en su prisión vegetal casi todo el chubasco. Al fin pasó la tormenta y volvió a salir la gente a la calle. Acudieron en su ayuda; pero la cosa no era tan fácil: hubo que traer sierras y hachas y cortar las ramas más gruesas. A medida que caían las paredes de su calabozo, se iba descubriendo parte por parte la triste figura del hijo de Irlanda. Todos los _water-proof_ habían _fato fiasco_. Sus brazos y sus cabellos, y las alas del sombrero, pendían tiesos y perpendiculares hacia la tierra. Parecía un navío empavesado en calma chicha. Imaginaos los chistes, las bromas que descargaría sobre el pobre Erín nuestra gente sevillana, tan chusca de suyo y tan burlona. El buen hombre tuvo que pasar no sólo por el susto y el aguacero, sino por una risa homérica, de la que en su tierra no había tenido ni aún idea. Confieso con vergüenza que habiendo vuelto con intención de reunirme a él, no tuve valor y eché a correr.

--¿Y no tuvo más consecuencias ese lance?--preguntó la marquesa--. ¿No le indujo a meditar?

--Ninguna consecuencia tuvo este accidente, ni en el orden físico ni en el moral. Los ingleses tienen siete vidas como los gatos. Lo único que resultó fue destruir su fe en los _water-proof_. Pero no fue esa la más trágica de las aventuras de mi héroe. Le había traído a España una afición decidida a ladrones: quería verlos a toda costa. El gusto de ser robado era su idea, su capricho, el objeto de su viaje; habría dado diez mil sacos de patatas por ver de cerca a José María en su hermoso traje andaluz y con su botonadura de doblones de a cuatro. Traía _ex profeso_ para él un puñal con mango de oro y un par de pistolas de Mantón.

--¡Armar a nuestros enemigos!--exclamó el general--. Ese es su prurito. ¡Siempre los mismos!

--Queriendo irse a Madrid--continuó Rafael--, y sabiendo que la diligencia tenía el mal gusto de llevar escolta, se decidió a irse en el carro del correo. Todos mis argumentos para disuadirle fueron inútiles. Partió en efecto, y más allá de Córdoba, sus ardientes deseos se realizaron. Encontró ladrones; pero no ladrones de buen tono, no ladrones _fashionables_ como José María, que parecía una ascua de oro, montado en su brioso alazán. Eran ladrones de poco más o menos: pedestres, comunes y vulgares. Ya sabéis lo que es ser _vulgar_ en Inglaterra. No hay apestado, no hay leproso que inspire a un inglés tanto horror como lo que es vulgar. ¡Vulgar! A esta palabra, Albión se cubre de su más espesa neblina; los _dandys_ caen en el _spleen_ más negro; las _ladys_ se llenan de _diablos azules_[26] las _mises_ sienten bascas, y las modistas se tocan de los nervios. No es extraño, pues, que Erín se creyese degradado, dejándose robar por ladrones vulgares; y así es que se defendió como un león. No defendía, sin embargo, su tesoro, pues me lo había confiado hasta su vuelta, y lo que de él tenía en más estima, consistía en una rama del sauce que cubría el sepulcro de Napoleón, un zapato de raso de una bolera, tamaño como una nuez, y una colección de caricaturas de lord W..., su tío.

[Nota 26: _To have the blue devils_, tener los diablos azules; expresión familiar inglesa que corresponde a _estar de mal humor_.]

--Eso pinta al hombre--dijo el general.

--Pero yo no hago más que charlar--dijo Rafael--. Adiós, prima. Me voy y me quedo.

--¿Y qué? ¿Te vas, dejando al pobre Erín en manos de los ladrones? Es preciso que acabes tu relación--dijo la condesa.

--Pues bien--continuó Rafael--, os diré en dos palabras que los ladrones exasperados le maltrataron y dejaron sin conocimiento, atado a un árbol, donde le halló una pobre vieja, quien hizo le llevasen a su choza y allí le cuidó como una madre durante una enfermedad que le resultó del lance. Yo estuve algún tiempo sin tener noticias suyas; y como se dice vulgarmente que la esperanza era verde y se la comió un borrico, ya iba creyendo que la misma desgracia había acontecido a mi verde Erín, cuando me escribió contándome lo ocurrido. Me encargaba que diese diez mil reales a la mujer que le había salvado y cuidado, sin tener la menor idea de quién podría ser, porque su traje, cuando lo descubrieron, era el mismo con que su madre lo parió. La recompensa era, como veis, decente; porque es menester ser justos; nadie puede negar que los ingleses son generosos. Pero aquí viene Polo con una elegía en los ojos. El príncipe me aguarda. Me voy corriendo, aunque me caiga.

Con esto desapareció.

--¡Jesús!--dijo la marquesa--. Rafael me marea; parece hecho de rabos de lagartijas. Se mueve tanto, gesticula tanto, charla tan sin cesar y tan deprisa, que me quedo en ayunas de la mitad de las cosas que dice.

--Poco pierdes--dijo el general.

--Pues yo--añadió la condesa--querría a Rafael, por lo mucho que me divierte, si no le quisiera ya tanto por lo mucho que vale.

--Aquí tienes, querida Gracia--dijo Eloísa entrando y abrazando a la condesa--, el _Viaje de Dumas por el sur de Francia_.

La condesa tomó los libros. Polo y Eloísa hicieron una disertación sobre las obras del escritor; disertación de cuya lectura dispensamos al lector, que nos dará gracias por ello.

--¡Pobre Dumas!--dijo la condesa al coronel.

--¡Pobre!--exclamó el coronel--. ¿Pobre llamáis al que es rico y personaje, al que todos festejan, obsequian y aplauden? ¿O será porque algunas veces le critican?

--¿Porque le critican?--respondió la condesa--; no por cierto; yo me tomo algunas veces la libertad de hacerlo. Todo el que se presenta al público, le da ese derecho. No digo _pobre_ al oírle criticar; lo digo al oír algunos elogios que de él hacen.

--¿Y por qué, condesa?, el elogio siempre es lisonjero.

--No podré explicarme bien--dijo la condesa--sino por medio de una comparación, porque no soy elocuente como Eloísa. Hace algún tiempo que vino a vemos una de nuestras parientas de Jerez, mujer muy devota, cuyo marido es muy aficionado a las artes. Lo primero que traté de enseñarles fue, por supuesto, nuestra hermosa catedral. En el camino se nos pegó, sin que pudiésemos deshacernos de él, otro jerezano, hombre muy ordinario, pero riquísimo, y tuvimos que conformarnos con que fuese de nuestra comitiva. Al entrar en aquel sin igual edificio, mi prima alzó la cabeza, cruzó las manos, atravesó con paso acelerado la nave y se arrodilló bañada en lágrimas a los pies del altar mayor. Su marido quedó como arrebatado, sin poder dar un paso adelante. Pero el ricacho exclamó: «¡Buena posesión!, ¡y qué buena bodega haría!» ¿Habéis comprendido mi idea?

--Sin duda--respondió el coronel riéndose--, que un necio elogio es peor que una crítica; ya lo dice la fábula de Iriarte:

Si el sabio no aprueba, ¡malo! Si el necio aplaude, ¡peor!

Pero el cuentecillo tiene su buena dosis de sal y pimienta.--Lo sentiría mucho--dijo la condesa--. Es un recuerdo que he tenido al oír hacer la apología de las obras de Dumas. ¡Tantas exclamaciones vacías y ni siquiera una palabra de elogio para esa historia de la Magdalena y de Lázaro, de la que no puedo leer un renglón sin derramar lágrimas!

--Condesa--dijo el coronel--, si alguna vez viene Dumas a España, me obligo a traerle a vuestros pies para que os dé gracias por el modo que tenéis de juzgar sus obras.

--¿No tendríais gusto en conocerle?

--En general no deja de tener inconvenientes el conocer a escritores de gran mérito.

--¿Y por qué, condesa?

--Porque lo común es que desprestigia al autor. Un amigo mío, persona de mucho talento, decía que los grandes hombres son al revés de las estatuas, porque estas parecen mayores, y aquellos más pequeños, a medida que uno se les acerca.

En cuanto a mí, si alguna vez me meto a autora (lo cual podrá suceder, por aquello de que de poeta y loco todos tenemos un poco), a lo menos tendré la ventaja de que me oirán sin verme, gracias a mi pequeñez, a la escasa brillantez de mi pluma y a la distancia.

--¿Creéis, pues, que el autor ha de ser uno de los héroes de sus ficciones?

--No; pero temería verle desmentir las ideas y los sentimientos que expresa, y entonces se disiparía el encanto, porque al leer lo que me habría arrebatado, no podría apartar de mí la idea de que el hombre lo había escrito con la cabeza y no con el corazón.

--¡Cómo escriben esos franceses!--decía entre tanto Eloísa, resumiendo el mencionado certamen literario.

--¿Qué es lo que no hacen bien esos hijos de la libertad?--repuso Polo.

--Pero señorita--dijo el general--, ¿por qué no leéis libros españoles?

--Porque todo lo español lleva el sello de una estupidez chabacana--respondió Eloísa--. Estamos en todos los ramos y conceptos en un atraso deplorable.

--¿Qué queréis que escriba un escritor culto en este detestable país--añadió Polo algo picado--, si no estamos a la altura de nada y sólo podemos imitar? ¿Cómo hemos de pintar nuestro país y nuestras costumbres, si nada de elegante, de característico ni de bueno hallamos en él?

--A no ser--dijo Eloísa, con remilgada sonrisa--que celebréis con los alemanes el azahar y las naranjas; con los franceses, el bolero, y con los ingleses, el vino de Jerez.

--¡Ah! Eloisita--exclamó entusiasmado Polo--, ese chiste es tan _espiritual_, que si no es francés, merece serlo.

En lo que decía, plagiaba Polo, según su costumbre, un conocido dicho francés.

Afortunadamente acababan de _dar un codillo_ al general, lo que hizo que no oyese este precioso diálogo.

En este momento entró Rafael con el príncipe: le presentó a la condesa, la cual le recibió con su acostumbrada amabilidad, pero sin levantarse, según el uso español.

El príncipe era alto, delgado; representaba cuarenta y cinco años, y, aunque príncipe, no de muy distinguida persona ni maneras. Con esto se hallaba ya reunida toda la tertulia y todos aguardaban con impaciencia a la cantatriz anunciada, no sin grandes dudas acerca de su mérito.

El mayor Fly se contoneaba en su silla, cerca de las jóvenes, distribuyéndolas miradas tan homicidas como los botonazos de su florete. Sir John tenía fijo su lente en Rita, la cual no lo notaba. El barón, sentado cerca de un oidor viejo, le preguntaba si los moros blanqueaban sus casas con cal.

--Carezco de datos para responderos--contestó el magistrado--. Es punto que no ha merecido llamar la atención de Zúñiga, Ponz, don Antonio Morales ni Rodrigo Caro.

«¡Qué ignorante!», pensaba el barón.

«¡Qué pregunta tan tonta!», pensaba el oidor.

--Tenéis una prima lindísima--dijo el príncipe a Rafael.

--Sí--respondió este--, es una Ondina de agua de rosa, a quien si el amor no dio un alma, en cambio se la dio un ángel[27].

[Nota 27: Alusión a la novelita fantástica del autor alemán _La Motte Fouquét_, nombrada _Ondine_. Está traducida al francés.]

--¿Y ese general que está jugando y que tiene un aspecto tan distinguido?

--Es el Néstor retirado del Ejército. No tenéis en Pompeya una antigüedad mejor conservada.

--¿Y la señora con quien juega?

--Su hermana, la marquesa de Guadalcanal, una especie de Escorial; es un sólido compuesto de sentimientos monárquicos y monacales, con un corazón, panteón de reyes sin trono.

En esto se oyó un gran ruido. Era el mayor, que al levantarse para ir a reunirse con Rafael, había echado a rodar una maceta.

--El mayor--dijo Rafael--anuncia su llegada. Sin duda viene a suspirar como un órgano, por el poco caso que de él hacen las damas.

--Serán delicadas de gusto--repuso el príncipe--, pues el mayor tiene una hermosa figura.

--No digo que no--dijo Rafael--; es el más bello Sansón del mundo; pero, en primer lugar, tiene una Dalila que va a ser muy en breve legítima (gracias a los millones que ha ganado su padre con el té y con el opio). Ella le aguarda entre las nieblas de su isla, mientras que él se recrea bajo el hermoso cielo andaluz. Además, príncipe, los extranjeros que vienen a España, tienen la preocupación de contar entre los goces que se proponen disfrutar, esto es, el buen clima, los toros, las naranjas y el bolero, _las conquistas amorosas_; y muchas veces se llevan chasco. ¡Cuántas quejas he oído yo de los que entraron como Césares y salieron como Daríos!

Entre tanto, el barón se había acercado a las mesas y veía jugar.

--La señora--dijo, hablando con la marquesa--es la madre...

--De mi hija, sí, señor--respondió la marquesa.

Rita lanzó una de sus carcajadas repentinas.

--Barón--dijo la condesa, cuyo sofá estaba cerca de la mesa del juego--, ¿sois aficionado a la música?

--Sí, señora--respondió el barón--. La admiro y la venero; es decir, la música profunda, sabia, seria; la música filosófica, como la han entendido Haydn, Mozart y Beethoven.

--¿Qué está diciendo?--preguntó el general a Rafael, que se había acercado para saludar a Rita--¡Música seria y sabia! ¡La filosofía del taralá! ¿Cómo pueden decirse tamaños desatinos delante de gentes sensatas? Yo creía que los franceses no gustaban más que de romances y de contradanzas.

--¿Qué queréis, tío?--respondió Arias--. Los silfos de los jardines de Lutecia se han convertido en gnomos teutónicos de la Selva Negra.

--No por eso son más amables--añadió la marquesa.

Rafael, huyendo del mayor, se intercaló en los grupos que formaban los tertulianos. Llegó al de las jóvenes, algunas de las cuales eran sus parientas. Entre ellas tenía gran partido, pero viendo que no les hacía caso por atender a sus recomendados, se habían conjurado contra él y querían vengarse. Apenas se les acercó, cuando todas quedaron de repente graves y silenciosas.

--¿Si me habré convertido yo, sin saberlo, en cabeza de Medusa?--dijo Arias.

--¡Ah!, ¿eres tú?--dijo una de las conspiradoras.

--Me parece que sí, Clarita--respondió Rafael.

--Es que hace tanto tiempo que no te veo, que ya te desconocía. Me parece que estás avejentado. ¿Cómo has podido separarte de tus extranjeros?

--¡Míos!--repuso Arias--, renuncio la propiedad, Y en cuanto a haber envejecido, cuando yo nací, Clarita, era ya el siglo mayor de edad; por consiguiente, ajusta la cuenta.

--Serán los afanes y fatigas que te dan tus recomendados los que te han puesto viejo.

--Hay quien dice--añadió otra muchacha--que los extranjeros están haciendo una suscripción para levantarte una estatua.

--Y que la reina te va a crear MARQUÉS DE ITÁLICA[28]--dijo otra.

[Nota 28: Santi-Ponce, la Itálica romana, donde se ven muchas antigüedades, que visitan los extranjeros que van á Sevilla.]

--Y que están gastadas las losas del Alcázar con tus botas.

--Y que el San Félix de Murillo te conoce de vista, y te da la bendición cuando te ve llegar con un nuevo admirador.

--Señoritas--exclamó Rafael--, ¿es esta una declaración de guerra, una conspiración? ¿En qué quedamos?

Entonces siguieron todas interpelándole como un fuego graneado.

--¡Jesús, Arias, oléis a carbón de piedra! Rafael, mira que cuando hablas, tienes dejo. Arias, se os ha pegado el _desgavilo_. Arias, te vas volviendo rubio. Rafael, cántale al barón:

Cuando el rey de Francia toca el violín, dicen los franceses Uí, uí, Uí, Uí, uí.

--Arias--dijo Polo--, parecéis un oso en medio de un enjambre de abejas.

--La comparación--respondió Arias--no es muy poética, para ser de un discípulo de las nueve solteronas. Apolo recusará ser tocayo vuestro. Pero quedaos como la rosa entre estas abejas, prodigándoles los raudales de vuestra miel hiblea, mientras yo voy por un paraguas que me preserve del aguacero.

En este momento, los tertulianos, que estaban reunidos junto a la puerta del patio, hicieron calle para dejar entrar a María, a quien el duque conducía por la mano; Stein los seguía.