La leyenda del Cid · Capítulo real 3 de 12
CAPÍTULO V
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 12 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO V
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aragoneses y moros han comenzado á agitarse, las parias y los tributos resistiéndose á pagarle; y el rey de Aragón, su tio, á los navarros audaces permite que las fronteras impunemente le talen. Don Sancho se ha limitado reclamaciones á enviarle, y don Ramiro y los moros le dan ya por rey cobarde.
Así ha pasado año y medio; y aunque de don Sancho nadie los pensamientos penetra ni los intentos precave, piensan los más que su calma ha de ser la de los mares, que las borrascas cobijan bajo sus ondas falaces.
Ello es que en el cielo y tierra del reino de los infantes, no rompen, pero fermentan los nublos y los volcanes; y aunque es el tiempo que corre primaveral, fresco, y suave, se respira cual sintiendo cargado de miedo el aire.
Jimena es buena cristiana, como en la centuria oncena pudo ser cristiana y buena una mujer castellana;
porque en su modo de ser, ninguno [)uede evitar
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ser del tiempo y del lugar en que le cupo nacer.
Y en ningún tiempo y nación jamás el pueblo ha sabido separar lo que han fundido
la fe y la superstición.
Y es tan fácil de explicar, tan claro de comprender esto, que no es menester más que ponerse á pensar.
El hombre, que nada sabe de lo que antes ni después de la vida fue ni es, cree cuanto en mente le cabe.
De todas las religiones que el mundo antiguo inventó el tiempo nuestro heredó las locas supersticiones:
y Cristo que la verdad revelándonos moria, no ha logrado todavía disipar tal ceguedad;
pues su santa religión, única luz verdadera, no deja brillar entera la ciega superstición.
¡Cuidado, que no pretendo en estos pobres renglones tocar profundas cuestiones que ni me tocan ni entiendo!
sino apuntar hechos reales, dar observaciones hechas desde años de largas fechas hasta los tiempos actuales.
Decir claro y sin rodeo como una cuestión de casa,
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lo que en este mundo pasa porque lo he visto y lo veo.
Se dice que el diablo sabe más por viejo que por diablo; y yo como viejo hablo de lo que vi y en mí cabe;
y sin mucho pretender, tras medio siglo que ando el mundo viendo y mirando, algo he debido de ver.
Y que existen aun he visto en las más cultas naciones, mil sandias supersticiones
en contradicción con Cristo.
Y no hay corte ni lugar que no tenga suya propia de supersticiones copia, que restan por extirpar.
No hay pueblo que el Cristianismo profese, cuya razón no ofusque del paganismo alguna superstición.
Roma, sol de las naciones, centro del mundo cristiano, es el pueblo más pagano y de más supersticiones.
La quiromancia, los sueños, los agüeros, los hechizos, conjuros y bebedizos, de su razón aun son dueños.
Mas de la gente romana no hablemos; porque la estoy estudiando y de ella voy á hacer un libro mañana.
Volviendo al mundo que vi; de viles supersticiones
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presa, á todas las naciones he visto que recorrí.
Y no intentemos cuitados engañarnos con utopias: las tienen nuichas y propias los hombres nicas ilustrados.
Y tú, lector, cá tu vez tienes en tu corazón cualquier ruin superstición, crees cualquier estupidez.
De niños nuestra nodriza nos las inculca, y son luego como residuos de un fuego conservado entre ceniza.
Quién teme la oscuridad, quién al martes, quién á un mosco., del sabio al labriego tosco caen en tal \ulgaridad;
y de la superstición aunque el tejido es tan burdo, no crea ningún absurdo de que alguien no haga adopción.
Y es que el hombre que no sabe lo que ni antes ni después
de la \-ida fué, ni es,
cree cuanto en mente le cabe;
y el sencillo cristianismo tropieza en la muchedumbre popular, con la costumbre y el error del paganismo.
Y aquí brota la cuestión que yo no quiero tocar, porque ni este es su lugar ni está en mi jurisdicción.
¿Por qué en siglos diez y nueve la superstición pagana
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anubla la luz cristiana, y quién extirparla debe?
¿Por qué está en Roma, más cerca de la luz del Vaticano, en el pueblo más pagano la superstición más terca?
Cuestiones por resolver, que otros siglos zanjarán, y que me traen sin afán, porque yo no lo he de ver.
Sólo una cosa me resta á la cuestión que añadir, por si es que la quiere asir por ella un sabio: y es ésta.
¿Y nuestra edad que se cree
despreocupada y culta y á sonámbulos consulta y á charlatanes da fe?
Es cosa que hace reir mirar el mundo por dentro: yo me rio cuando encuentro sus sabios del porvenir.
Lo que siento es no poder vi\ir todas sus edades para ver las necedades en que tiene aún que creer.
Jimena, pues, que es cristiana como en la centuria oncena pudo ser cristiana buena una mujer castellana,
tiene una superstición que Bibiana la fomenta, y ([ue en secreto atormenta su cristiano corazón.
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Bibiana dio en el desliz de temer supersticiosa que haya una ley misteriosa que deba hacerla infeliz,
y á cada angustia ó revés de aquella vida agitada, la dice desesperada: ¿Lo ves, Jimena, lo ves?
Superstición popular que el sino del paganismo y el musulmán fatalismo vinieron á inocular.
En la cristiana creencia de la divina venganza, Bibiana á explicar no alcanza por qué lo cree su conciencia
Mas como tenaz moscjuito que al oido á zumbar \'iene, al de Jimena sostiene su son tenaz é infinito.
Jimena también lo cree: pero esta superstición la alberga su corazón basada en su propia fe.
Mató á su padre Rodrigo: y aunque diz que bien matóle, le m;itó: y Dios en su prole al matador da castigo.
El á su padre mató }' ella se casó con él : ¿tomará \"cnganza cruel Dios del hijo (|ue engendró?
Mas ya, el matrimonio hecho, ella que á Rodrigo adora, el temor que la a\izora sepultar debe en su pecho:
CAl'ITULO V
pues no es justo ir á turbar la paz de su corazón de ruin preocupación por la pavura vulgar;
ni debe hacerla nacer en aquella alma serena que creyó una acción muy buena tal muerte y tcál boda hacer.
Sólo una palabra más: ella, en su fe sin malicia, de Dios la eterna justicia juzga con juicio quizcás:
porque ella tiene entendido que el Evangelio relata que Dios castiga á quien mata; ¡y á ([uién mat() su marido!
La ley del tiempo que alcanza boila v muerte justifica:
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pero remisión no implica de la divina venganza.
Y á su hijo Diego en la cuna no hay vez que coloque ó meza c|ue no diga con tristeza:
¡Ay! ¿cuál será tu fortuna?
Y esta tristeza interior que no debe revelar,
la hace vivir en su hogar presa de oculto dolor.
Pagana superstición ó santo temor cristiano, roe, escondido gusano, de Jimena el corazón.
Ruy Diaz, hombre cjue vive lidiando y poco en su casa, del duelo que la traspasa el alma no se apercibe.
111 supone que en su hogar mujer que al marido quiere, siempre en temor de si muere, nunca alegre puede estar.
Y mira á su hijo en la cuna esperando sin tristeza
que cual le dio la nobleza le dará Dios la fortuna.
Pero Jimena, Bibiana, doña Teresa y don Diego, son rrente del vule'o lecfo, mas de buena fe cristiana;
y habiendo llegado á oir
lo de Ruy Diaz y el Papa
lo que á nadie se le escapa no osa ninguno decir.
Y es: que si él ha amenazado al Papa y le excomulgx),
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bien á su patria sirvió, pero ¿estará excomulgado?
Y á pesar del heroísmo
con que el Cid por Cristo lidia, con buena fe ó con perfidia pensaban muchos lo mismo.
Y esto, que hoy mismo materia de inquietud fuera y de duda,
en aquella época ruda
era una cuestión muy seria.
Fe viva ó miedo pueril escondido en la conciencia, y de triple procedencia cristiana, mora y gentil,
es una neblina densa que anubla el tranquilo hogar de la casa de Vivar, cada dia más intensa:
y obliga á sus habitantes si no á \'ivir desdichados, sombríos y ensimismados y sin la franqueza de antes.
Es decir que en una casa do no pasa mal alguno, comienza á ser importuno vivir, porque nada pasa.
Y es tan fácil de explicar, tan claro de comprender ésto, que no es menester más que en ello meditar.
Secreto que todos callan y que, fe ó superstición, todos en su corazón guardan y con él batallan,
es, cuando á bandos se atilia políticos, la creencia,— -
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gusano de la conciencia y acíbar de la familia.
Pero en su modo de ser nadie ha podido evitar ser del tiempo y del lugar en que le cupo nacer;
y allá en la centuria oncena, la familia más cristiana sin ser esclava romana no cree ser cristiana buena.
Y si el Cid, más avanzado que su edad ó más amante de su patria, fué delante de su edad, lo hubo á pecado.
Tal era la situación; y si explicarla en lo escrito no he conseguido, remito al tiempo la explicación.
Era una noche de octubre, oscura, fria y ventosa, en que todo removido crujia en la tierra lóbrega. Rompia el viento en el monte robles y encinas añosas, que preferían romperse antes que soltar sus hojas. Las campanas de la torre lanzaban aisladas notas, arrancadas á la fuerza de su embocadura cóncava; y la veleta torciéndose sobre su barra mohosa, chirreaba como una víbora á quien un águila ahoga.
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Todo temblaba en la tierra, todo zumbaba en la atmosfera, todo cimbraba en las casas con terror de las personas.
La familia de "V^ivar de esta noche á primer hora
ponia fin á una cena *
como de vigilia sc)bria. Doña Teresa y don Diego á Dios en voz baja imploran favor para los perdidos en noche tan tormentosa. Jimena fija en silencio su mirada melancólica en su hijo Diego que duerme en los brazos de su rolla: y la nodriza Bibiana está de pié, temerosa de cuantos lúgubres ruidos fuera el temporal provoca. La turbia luz de la lámpara haciendo lenguas y ondas dibuja informes y mcíviles por las paredes sus sombras; y en aquel mustio silencio que nadie interrumpir osa, el pensamiento de todos ocupa una idea sola.
Veinte meses han pasado
desde que bajó á la fosa
don Fernando, y hace tres
que el Cid fué al campo, y no torna.
El rey don .Sancho há tres meses
como desvelada zorra
salió una noche á campaña
á expedición misteriosa.
192 LA LEYENDA DEL CID
Poco á poco y en secreto
junt(') en ]a frontera tropas,
y con el Cid y sus nobles
partió. — ¿Dóntie? ¿á cjué? se ignora.
Como de este primer paso, de esta primera é ignota empresa, derrota ó triunfo pende un porvenir de gloria ó de vergüenza, y Castilla va á saber, triste ó gozosa, qué rey es su rey don Sancho y qué alma en su cuerpo aloja, Castilla entera en silencio está con inquietud honda esperando ver sus hechos y juzgarle por sus obras. La incertidumbre es profunda, la situación angustiosa, )' en el aire se respira en vez de aliento congoja.
Por eso en Vivar se vive en esa inquietud monótona del que aguarda en las tinieblas la luz de Dios con la aurora. Jimena de sobremesa, buscando ocasión y forma de distraer á los viejos ahogando su angustia propia, busca en su mente confusa ideas consoladoras que formular en palabras alegres ó cariñosas. Pero mientras ella busca ideas que hallar no logra, vino un rumor repentino á confundírselas todas.
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En medio de los mil ruidos con que con furia diabólica el vendaval desatado las casas bate y azota, oyó ladrar á lo lejos los mastines de las chozas del redil donde es costumbre que el ganado se recoja. El redil con sus tenadas la vía de Burgos orla, y algo hay en ella de extraño que sus perros alborota. Arrojóse á la ventana Jimena por fin, y abrióla con ansiedad: metió el viento el frió, el polvo y las hojas en la cámara, apagando la luz: y en aquella tromba rasgada de él, entró el ruido de caballos que galopan. Todos lo oyeron: y todos en callada y afanosa inmovilidad, escuchan sufriendo el viento en la sombra. Son caballeros cristianos: la caballería mora entra en las villas que asalta con salvaje batahola; y ésta llega sin más ruido que el monótono que forman con las pezuñas herradas los arneses que se chocan. Del vendaval el estrépito desgarrando, \ igorosa lanzó entre sus torbellinos su son marcial una trompa.
LA I.IiYEN'DA DEL CID
¡Es Ruy Diaz! — Todo el pueblo se echa á la calle en la sombra, porcjue el huracán no sufre candil, linterna, ni antorcha:
mas lo imposible á los ojos
lo facilitan las bocas;
y á voces se reconocen,
se saludan y se alojan;
y mientras Bibiana enciende
luz, y los viejos sollozan,
y el muchacho grita, el Cid
dio en los brazos de su esposa.
Abrazó á todos; y echando
á un lado cuanto le estorba,
sentóse á la mesa y dijo:
<í',Traigo un hambre de quince horas. >
Sírvele al punto Bibiana,
en torno se le colocan
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todos, y á sus mil preguntas responde mientras devora.
Los héroes de la Edad media eran gente brava y tosca, que en su interior no gastaron melindres ni ceremonias; y el Cid comia y bebia: los romances y las crónicas cuentan sus lides; mas nadie lidia bien sin que bien coma. Con qué, aquietado el muchacho y con los suyos á solas, y aplacada un poco el hambre de pernil con una lonja, don Diego en breves preguntas y el Cid en respuestas cortas, fueron en limpio sacando los hechos en esta forma:
D. Diego ¿DÓudc fulstcis?
El Cid A AragOU.
D. uiEGo ¿Muy dentro?
El. Cío Hasta Zaragoza.
D.Diego ¿Y Cjué?
El Cid Reudimos al moro
Almaugadir, y á otra cosa. D. DiE.-.o ¿Cómo á otra cosa?
El Cid DoU SaUCho
parece que reflexiona
mucho un plan; mas en campaña
maniobrando no reposa.
Dimos sobre don Ramiro
su ti o. D. Dnxo ¡Extraña maniobra!
¿Contra un pariente cristiano? El. ciii Y en buen derecho. I). Dugo i Mc asouibras!
ig6 LA LEYKNUA DEL CID
F.i. i II) Ofensiva y defensiva
hecha liga en pro y en contra con el moro, el a)aidaiie era obliü:acion forzosa.
D.Diego Pero ¡cn paz con don Ramiro!...
El Cid Dijo don Sancho que rota la tenia él, y hecha afrenta por escrito á su persona.
D. Diego ¿Y qué paSÓ?
El Cid Sobrc Grados
estaba: la gente mora hizo una salida: mientras nosotros sobre sus tropas dimos por la espalda, y fué breve y total la derrota con su muerte.
D. Diego ¿Murió cl rcy
don Ramiro?
El Cid Dc DÍOS gOZa,
porque murió confesado; se le han hecho grandes honras, y ya en San Juan de la Peña con sus abuelos reposa.
D. Diego ¡ Es uua traiciou inicua!
El Cid Por todas partes se cobran ya en paz los tributos: fué una lección provechosa.
D. Diego Rodrigo, CSC rey me espanta. ¿Y si se revuelve ahora contra sus hermanos?
El Cid ¿1
sabrá lo que más le importa. D. Diego ¿Tú Ic ayudarás? klcid y muchos.
D.Diego ¿Y CU tal OCasioU?
El ciu En todas.
CAPÍTULO V , .. 197
Castilla debe ser grande
y partida se aminora.
D. Diego Mientras que la reina viva
El Cid Mientras vivió respetóla
don Sancho. D. r)iFx.o ¡Ha muerto!
El. cin Esta tarde.
El, cm ¡Dios nos ampare! D. D.EGo ' Él os oiga.
Santiguáronse los viejos;
Rodrigo apuró su copa
y dijo: «Estoy muy cansado;
pónganme luz en la alcoba. >> Besó á sus padres y á su hijo:
y ayudado por su esposa,
cayó en el lecho postrado
por el sueño que le agobia.
Si alguien cree que acuesto al Cid de manera indecorosa, le diré que en aquel tiempo lo mismo que antes y ahora, los héroes sufren de hombres las necesidades todas; y no solamente duermen, sino que los hay que roncan.
Doña Sancha, reina noble, madre buena, esposa casta, vivió envuelta en el respeto y murió como una santa. Ouerida de sus vasallos y por sus pueblos llorada, dejó, ramo de virtudes, celeste aroma en su patria,
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y Dios la evitó ver de ella las desventuras nefandas, de las que al romper su \^ida rompió el demonio las vallas.
Apenas su cuerpo frió en su sepultura entraba, rugió don Sancho, león escapado de su jaula. Juntó á sus nobles y díjoles: «Barrera de Europa España, al cristianismo protege de la invasión musulmana. Si ha de ser España grande, es preciso unificarla; y arrojar de ella á los moros si Europa ha de ser cristiana. Mi padre partió á Castilla cuando iba haciéndose ancha, y de mantenerse unida cuando la hacia más falta. Antes que el amor de padre era el amor de la patria; y antes que el respeto de hijo es mi deber de monarca. Don García y don Alonso hacen contra mí alianzas, y me insultan, me hostilizan y las fronteras me asaltan. Yo les dejara ser reyes si conmigo se juntaran, y fuéramos tres en uno contra la morisma bárbara. Mas si hoy no doy yo sobre ellos, darán sobre mí mañana; y sólo serán los moros los que saquen la ganancia.
CAPÍTULO V
Mi padre nos hizo libres de Roma y de la Alemania; pero me amarró las manos, y me recortó las alas. Quiero ser rey de Castilla como mi padre, sin trabas; y hacer de ella, sino el único el primer reino de España.
Ya sabéis quién es don Sancho y qué bandera levanta: con que, si queréis seguirla, por don Sancho tremoladla.»
Este discurso capcioso, cuyas brillantes palabras doran de un mal corazón la ambición y la falacia, como alucina á los buenos y á los aviesos halaga, las voluntades de todos del rey en favor arrastra. Juró, pues, fe al rey don Sancho la nobleza castellana, y de la lid fratricida se preparó á la campaña.
200 LA lp:venda del cid
Cinco años lleva Jimena con Ruy Diaz de casada; y aunque no pasa Ruy Diaz tres meses del año en casa, por segunda vez Jimena de él se siente embarazada, cuando ya su primer hijo anda solo y rompe el habla. Ama Jimena á Ruy Diaz con toda la fe de su alma, y sólo á Dios le pospone como el Evangelio manda: y aunque goza de él apenas, pues cuando apenas le abraza le vuelve á perder, acepta su condición resignada.
Cinco años há que don Diego, viendo el mundo cómo anda, anda mustio y silencioso aunque lo que piensa calla: pero lo que calla siente que el corazón le trabaja, y el roedor sentimiento le debilita y le acaba. De los viejos es achaque: llegan á un tiempo y se paran; y el tiempo sigue pasando, y ellos sienten lo que pasa.
Doña Teresa, ya abuela, con su nieto y con Bibiana goza, y cae de la vejez en la decrépita infancia. Así aunque á Vivar sustentan rentas que no sólo bastan.
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sino que sobran con mucho para familia y mesnada, se vive en é\ sin placeres, sin aficiones, ni galas; lejos de la corte, ajenos á la pompa cortesana, y de su regia nobleza privados de la importancia, de sus secretos temores y de las guerras á causa. Pero como ni aprensiones ni euerras han traido nada de aciago sobre Vivar, y en vez de duelo y desgracias han procurado a Ruy Diaz poder, riqueza, honra y fama... parece que se atormentan con penas imaginarias.
Es una mañana fría, pero azul, serena y clara del segundo mes del año de mil setenta. En la plaza de Vivar en son de guerra se junta la gente de armas; y se ordenan los peones, y los bagajes se cargan, y los caballos de guerra con los arneses se embardan, y á la puerta de Ruy Diaz Babieca impaciente piafa. Las mujeres y las hijas de los que á la guerra marchan y las novias de los mozos, están desde las ventanas
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saludando á los que parten con pañuelos y con lágrimas, dándose el último adiós y las últimas miradas.
Rodrigo en el aposento donde la escalera arranca, se arranca de los abrazos de su buena madre anciana: y á su hijo que llora besa, y á su triste esposa abraza y á su viejo padre pide la bendición en voz baja. Este, tendiendo los brazos á todos de su hijo aparta; se arrodilla ante él Ruy Diaz, y sus dos trémulas palmas poniendo el viejo en los hombros del Cid, con \"0z que le embargan los años y la emoción, le dirige estas palabras:
«Dios te bendiga, hijo mió; y por si al volver no me hallas en vida )'a, ó tú allá quedas, esto en tu memoria graba. Sin fe en Dios nadie fué grande: no hay buen fin con causa mala; antes que el Rey está Dios: mal á su Iglesia no hagas. Conciencia tienes: contra ella en caso ninguno vayas, porque la conciencia es áspid que el corazón ataraza. Lidia por Cristo: no lidies por ambiciones humanas; porque los reyes y el diablo son los que dan peor paga.
CAPITULO V 20
Bendito seas, Ruy Díaz; yo te bendigo. A Dios plazca que mi bendición paterna la suya al morir te atraiga.»
Besóle el \-iejo en la frente: besó las manos escuálidas > de su padre el Cid llorando: y mientras todos las caras en las manos escondían enjugándose las lágrimas, ganó la escalera á saltos y se presentó en la plaza. Montó á caballo, embrazó el broquel, asió la lanza,
y partió como le pinta
la tradición castellana.
Don Alonso era hombre astuto, prevenido y avisado, y estaba dispuesto á todo, pues nunca fió en don Sancho. Con don García y sus primos el de Aragón y el Navarro, y con los reyes infieles Cordobés y Toledano, hechos ajustes y ligas del rey de Castilla en daño, en cuanto oyó cjue venia salió á encontrar á su hermano.
Topó con él en Carrion; y el Burgalés, que tan bravo no le creia y aun lejos, se halló con él descuidado. Cayeron sobre los suyos los leoneses, llegando
con la cautela de zorras y con la furia de alanos. Los de Castilla cogidos en Carrion de sobresalto, cuando esperaban coger de sorpresa á los contrarios, pelearon como buenos; mas sin orden pelearon, y al fin volvieron la espalda con vergüenza y con espanto.
Lidiaba el rey de Castilla como un oso acorralado con un puñado de nobles de puños como él y de ánimos; pero viéndose perdidos, de las riendas del caballo del rey asiendo, á la fuerza de la liza le sacaron. Bramaba el rey de coraje viendo huir á sus soldados, y en las sombras del crepúsculo esconderse en los chaparros; y sin poderse valer huia también bramando, arrastrado por sus nobles granosos de verle en salvo.
Interrumpió su carrera la oscuridad en un páramo, y en un robledal vecino con su señor se ampararon. La noche lóbreo-a v húmeda era una del mes de marzo, mala de pasar á esta época y en aquel país al raso. Salieron, pues, á orientarse Diego Ordoñez é I van Dávalos;
CAPÍTULO V 205
dos hombres siempre valientes y nunca desesperados. Quedóse el rey con los otros: mas como presa del diablo, blasfemaba furibundo sin hacer de nadie caso: y revolviéndose inquieto entre los robles, y dando en las tinieblas de bruces con ellos á cada paso, maldecía su fortuna dando en los troncos hachazos, matar arriesgando á alguno de los que le hablan salvado.
Callaban estos, del rey por precaución apartados: mas viendo que no atajaba ' sus furiosos arrebatos, trataban ya en voz muy baja de sujetarle los brazos, para no tener traidores
que dejarle solo cuando
sintieron por la llanura son de corceles lejanos, que hacia el robledal venian tan derechos como rápidos.
La previsión del peligro calmó al rey y le hizo cauto: escuchó y dijo: «Nos buscan y se acercan; defendámonos.)^
Todos en torno del rey pusiéronse espada en mano; y oyóse á los que venian decir «por aquí» buscándolos. Entonces el rey volviéndose á los suyos dijo alto;
2o6
LA LE^'IÍNDA DEL CID
«No muramos aquí á oscuras
como lol)os entrampados.»
Y saliendo de repente
del robledal á lo llano,
dijo í^olpeándose el pecho:
«¡Aquí está, aquí está don Sancho!»
ow'-^
Todavía en el ambiente su voz estaba \ibrando, cuando otra voz vigorosa dio á los jinetes el alto. Quedaron todos inmó\iles: y de los recien llegados tres hombres en la penumbra hacia el rey se adelantaron. El rey que en la oscuridad ve los tres bultos cercanos ¿Ouién va? gritó, y respondieron: El Cid Ruy Diaz, don Sancho.
Respiraron todos: juntos Diego Ordoñez é Ivan Dávalos
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detrás del rey se pusieron
y con el Cid le dejaron. Llegósele el rey: el Cid
echó pié á tierra: y la mano
dándole el rey. en voz baja
trabaron y aparte diálogo. D. SAN'CHojDios me perdone! Creíme
también por tí abandonado. El Cid Yo nunca abandono á nadie,
sea rey, sea vasallo.
D. .Sancho Nos han \CnCÍdo.
El Cid Sin mí.
n. Sancho ^; Por qué atrás me habéis dejado?
El Cid Fué crror di\'idir la hueste: lo dije.
D. Sancho Y me cuesta caro;
pero aun hay tiempo, y en Burgos gente fresca: rehagámonos.
El Cid Ya estamos aquí rehechos: yo he recogido avanzando los dispersos, y aun están mis vivareños intactos y ganosos de romperse por vos y por mí los cascos. Conque, si queréis seguir mi consejo, no perdamos el tiempo, y á don Alonso vamos á dar un albazo. Yo conozco á los gallegos, astures y lusitanos; pelean bien, mas el triunfo les desvanece: volvamos sobre Carrion. A estás horas están beodos bailando con las mozas, y creyendo que aun corremos como gamos,
2o8 LA LEYENDA DEL CID
Vamos, señor: en la cama como conejos cojámoslos, y el sol de mañana puesto verá lo de arriba abajo.
D. sancho^Tü respondes?
El, cir> Con mi vida.
n. Sancho Vamos pUCS.
El, Cid j Pucs á caballo!
Dio al rey un caballo el Cid y de las huestes el mando: y en las tinieblas cual duendes se perdieron por el páramo.
Tiene á Carrion mal tendido un árido cerro á lomos, • ■•
entre un puente de romanos y un castillejo de moros. El rio, haciendo una comba de la loma en el recodo, al puente sirve de espejo y al castillejo de foso. Tienen unos condes ricos hacienda grande en sus cotos; mas de seso muy escasos, de corazones muy flojos y avaros como judíos, sus tierras dan á colonos en arriendo; y no se ocupan en labores, sino en cobros. Dueños de los encinares y las dehesas del contorno, sus maderas y sus pastos cambian sin trabajo en oro. Teniendo así sus terrenos en tan cobarde abandono, .
CAPÍTULO V 209
ni han pensado en su defensa ni la han menester tampoco; pues consistiendo su hacienda en escondidos tesoros, en caso de guerra huyen, y al volver se encuentran horros. Con un vigía en la torre, y un velador cuidadoso á la cabeza del puente, de sorprenderles no hay modo; porque el puente está torreado, y el Cea por allí es hondo; y en largo trecho adelante sólo hay llanos y rastrojos, por donde alcanza la vista gran distancia sin estorbos, regando el rio, agua abajo, de fértil vega un buen trozo. Del otro lado del rio el terreno es pedregoso, y unos tapiales ya viejos guardan el pueblo tan sólo. Verdad es que por las breñas, zanjas, barrancales y hoyos que al pie del cerrillo esconde tupida capa de abrojos, . ,. sólo los pastores andan por mil senderillos cor\-os, que cortan tajos continuos y llovedizos arroyos.
Va está la noche avanzada; cubre el cielo nebuloso un pabellón denso y móvil de nubarrones de plomo; y un aire pesado y débil con interrumpidos soplos.
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la lluvia amaga y no puede sacar de sus senos cóncavos.
Leoneses y asturianos del triunfo en el alborozo, están en Carrion de fiesta gran gasto haciendo de mosto. Habiendo á los burgaleses tan completamente roto, que ni seguirles quisieron al ver su total destrozo, crcian caer en Burgos dentro de plazo tan corto, que ni pudieran rehechos estar, ni á defensa prontos. Así, del lado de Burgos • .' guardado el puente tan sólo, solamente están guardados • ' por las tapias por el otro: y abandonados al goce del triunfo y del tiempo próspero, en vez de ser campamento era Carrion Pandemónium. Los villanos, no cuidados por sus condes, dieron fondo al en vas de sus bodegas por cuenta de don Alonso. ■ De soldados y villanas parejas, grupos y corros estaban de la alegría y la embriaguez en el colmo. Los gallegos, de una gaita al son, girando en redondo, con las mozas en la plaza - danzaban su baile godo. Los lusitanos, cebados •: en un aloquillo rojo, . -
CAPÍTULO V
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tan bocón como caliente, tan traidor como sabroso, primero alegres, después pesados, y al fin beodos, dormitaban calentándose ante hogueras de manojos
'<C^
y los aliados infieles, cansados ya de ser sobrios y aguados como muslimes, bebian como católicos. Sentados en los talones, en las rodillas los codos, entre las manos la barba, encandilados los ojos, y empinados en la nuca los turl)antes y los gorros, como un congreso de enanos, como un sanhedrin de gnomos,
212 LA LEYENDA DEL CID
contemplaban y aplaudian ebrios, un grupo diabólico que ante ellos bailaba, al son de un tamboril y un piporro. Y en tan culpable desorden que estuvieran fué forzoso el rey don Alonso ciego, y sus capitanes locos.
Conocedor del terreno y en estratagemas docto, el Cid vadeó el rio Cea por un bajío arenoso: y echando á ancas los peones, primero unos y luego otros en breve tiempo á pié enjuto á la otra orilla pasólos; y avanzando por atajos, cruzando dehesas y sotos, dio en las eras de Carrion entre la iglesia y el hórreo. . Dejando allí los caballos á bagajeros y mozos, trepó al cerro con los suyos, á la rastra como topos; y cuando al pié de las tapias arribaron silenciosos, del baile y de los cantares á merced del alboroto, vieron á los leoneses sin oídos y sin ojos, como conejos en brama sin sentir á los raposos.
En el salón del consejo cenaba el rey don Alonso, futuros planes trazando con sus capitanes todos,
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CAPITUI,0 V 213
cuando interrumpió su fiesta
estrépito clamoroso
y rudo son de pelea
que apercibieron absortos.
Pusieron mano á los hierros,
más que espantados atónitos,
pero sin tiempo ni espacio
para sacarles del forro;
porque puertas y ventanas
hechas de repente trozos,
dieron paso á una centena
de burgaleses furiosos,
que gritando o>:¡por don Sancho!»
como banda de demonios
en un círculo de espadas
les encerraron de pronto.
De la sorpresa el buen éxito
fué completo y perentorio:
ni resistencia posible,
ni esperanza de socorro.
Don Alonso se cubria
con ambas manos el rostro,
ó por no ser conocido
ó por cubrir su sonrojo;
cuando, al tiempo que una mano
tocaba apenas su hombro,
oyó una voz cjue le dijo:
«Preso por don Sancho os cojo.» ¡El Cid! e.\clamó el infante; haznos paso, y en retorno
te daremos
— Las espadas: yo ni me vendo ni compro.
Hn esto en medio del ruido de la lili \- el fulíror torvo
LA LliVnNDA DF.I. CID
del incendio que arde fuera, entro re.^pirando encono don Sancho con el mandoble ensangrentado hasta el pomo; y al ver cá su hermano, encima vínosele como un lobo. Metióse el buen Cid entre ambos.
—Dámele, dijo raI)ioso
don Sancho. — lis mi prisionero,
respondió el Cid. — Te le compro,
véndemele; dijo el re}-.
— En cauti\'os no negocio.
— Te doy por el — X'uestra mano,
señor; y cuando el enojo dominéis con la razón, en esta mano que os tomo pondré la de vuestro hermano, como la mia hoy os pongo. — -Yo soy el re}'.
■ — Dios es Dios: él me juzgue según obro; dijo el Cid al rey irguiéndose. Miróle éste airado y hosco, y el Cid sin soltar la mano que el rey le dio, poco á poco con su mirada serena hizo al rey bajar los ojos.
— Señor, dijo el Cid, lo mismo que por vuestro honor afronto vuestra cólera, en el campo por él los huesos me rompo. Si á vos por él os prendiera, dijera yo á don Alonso: «Don Sancho es hermano vuestro: sed cristiano y generoso.»
CAPITULO V
El rey escuchando al Cid iba su semblante fosco serenando y escondiendo en su corazón el odio. Al fin, con faz ya tranquila, pero con acento aun ronco por la ira mal apagada, dijo: — -Sé, pues, su custodio:
mas no quiero que en Castilla haya más que un sol y un trono: las cabezas con corona que tope en ella, las corto. Si él mismo rompe la suya en su regio territorio,
y sus pueblos se me entregan
veré á lo que me acomodo.
Soltó la mano del Cid; y á pasos lentos y cortos salió del cuarto, dejando respirar en él á todos.
Y cuando en el aposento les dejaron a ambos solos, hablaron así en voz baja Ruy Diaz y don Alonso.
2l6
LA I.IlVKNDA del cid
— Ruy, mi hermano es una fiera.
— Mas ya veis que yo la domo. — Tengo miedo á que me mate.
— Siento que seáis miedoso.
— No tengo miedo á la muerte, sino á morir de mal modo.
— No temáis: mientras yo viva, yo de él y de vos respondo.
4- ^í ^
NA mañana de mayo fecundo mes del amor, vestido el suelo de verde y el firmamento de sol, entraba en guisa de triunfo el rey don Sancho en León, con todos sus ricos-homes y toda su hueste en pos.
León, mientras se acercaba,
en resistirle pensó:
mas al saber cómo viene
lo reflexionó mejor.
Del concejo y del cabildo
en la doble reunión.
2l8 LA LEYENDA DEL CID
hubo muy bravos discursos
y muchos bravos de voz:
y, muy brava en pareceres,
fué muy brava discusión:
pero al fin á recibirle
salir se determinó,
puesto que el Rey es muy bravo
y de genio muy feroz,
y don Alonso el vencido,
y don Sancho el vencedor.
Así en todo tiempo y tierra
las cosas del mundo son:
el vencido pierde y paga,
y ¡salud al triunfador!
Con qué cabildo y concejo
con brava resignación
convocaron á los nobles:
la plebe se les juntó,
y haciendo como que hacian
por salir de mal humor,
y á mal tiempo buena cara,
y de tripas corazón,
á don Sancho á ofrecer fueron
en el postigo exterior
las llaves de la ciudad,
que don Alfonso perdió.
Llegó don Sancho al postigo: y una elocuente oración le hizo el obispo en latin, que fué cosa que asombró. Rayó en el latin tan alto que ni el mismo Cicerón; el pueblo le escuchó absorto y el Rey se le sonrió: ganóse todas las almas con su latino sermón:
CAPÍTULO VI 219
y aunque se supo después
que nadie se le entendió,
porque nadie más que él era
del latin conocedor,
como era de oficio nadie
á torcer su brazo dio;
y como el Rey, le escucharon
todos con grande atención.
Pero hubo quien dijo luego
que el Rey de él se fastidió,
porque cuando su papel
concluyendo de orador
las llaves dio al Rey, tomólas,
colgóselas del arzón,
y dando al caballo espuela
en la ciudad se metió.
Tras él se metió hasta el último
castellano triunfador,
y detrás tornó el cabildo
á ordenar su procesión.
Engalanadas las casas
con más ó menos primor,
no habia un puesto vacío
en ventana ni en balcón.
De algunos tiraban flores,
de pocos trigo ü arroz;
de muchos al Rey miraban
con inerte admiración:
pero ninguno cerrado
disgusto significó,
ni se señaló ninguno
con hostil demostración.
Cuestión resuelta: la fuerza es el derecho mejor: donde le llevan \'a el pueblo y aplaude el contra y el pr():
220 LA LEYENDA DEL CID
el vencido pierde y paga; y ¡salud al vencedor! y así entró un dia de mayo el rey don Sancho en León. Avanzando hacia palacio va por la calle mayor, y en la plaza para verle se apiña la población. M020, bello, audaz, gallardo, y gentil cabalgador, muy bien don Sancho parece sobre su inciuieto bridón. La juventud, la hermosura, la osadía y el valor, jamás parecieron mal en ningún pueblo español. La nobleza burgalesa le forma guardia de honor y un fuerte golpe de lanzas le sigue por precaución. Don Alonso, en una muía, el gabán sin ceñidor, el mortero sin penacho, sin espada el cinturon, marcha ante el Cid cabizbajo llevando en torno y en pos dos cientos de ricos-homes presos con él en Carrion. Bajo palabra, á merced van del Cid que les prendió: desarmados, pero sueltos; vencidos, mas sin baldón. Rescate le han ofrecido, mas les dijo el Campeador que él no imponía á cristianos rescate ni humillación.
CAPÍTULO VI 221
Muchos de los que el infante consigo á Carrion llevó, escapados por milagro de las sombras á favor, la entrada triunfal presencian del rey don Sancho en León, sin mostrar odio á Castilla por escarmiento y temor.
Muchos muchas sobre todo
ven pasar con compasión
á su joven rey cautivo
y ruegan por él á Dios.
Mas ya es juego sin desquite;
ni cariño, m\ rencor
pueden ya de hombres ni de hembras
poner el brío en acción.
Ellas lloran y ellos callan:
del árbol que se cayó
la caida de las hojas
comienza antes de estación.
Subió don Sancho al palacio que preparado encontró: y cuando de ricos-homes vio todo lleno el salón, con corona en la cabeza bajo dosel se sentó; y ante él trayendo á su hermano le dijo con firme voz:
— No hay más que un reino en Castilla: renuncia tú al de León. —
Don Alfonso de pié y pálido, pero firme, contestó:
— H izóme rey nuestro padre. León es reino: rey soy.
— Lo que nuestro padre hizo lo quiero deshacer yo:
222 LA LEYENDA DEL CID
renuncia, dijo don Sancho,
ó vivirás en prisión.
— Moriré en ella, si quieres, —
don Alonso replicó:
y don Sancho, Harneándole
las pupilas de furor,
dijo, dando un puñetazo
en el brazal del sillón:
• — ^Y morirás, auncjue digan
que en ella te matú yo.
A cuyo tremendo anuncio los ánimos embargó el silencio del asombro: y en muda estupefacción quedó la asamblea helada con el frió del terror.
El Rey miraba á su hermano rojo de ira: sin color por el miedo, don Alfonso como quien ve á un escorpión
le miraba á él vacilando
en tartamudear un ¡ló
que iba á provocar Dios sabe
qué desastre entre los dos.
Mas este instante insufrible
de angustiosa expectación,
un rey de armas, presentándose
de repente, interrumpió.
«¡Su señoría la infanta
doña Urraca!» — en alta voz
dijo. — Y sin venia tras él
la infanta en la sala entró.
Y su extraña, inesperada,
repentina aparición
pareció por lo oportuna
obra del diablo ó de Dios.