La leyenda del Cid · Capítulo real 2 de 12

CAPÍTULO II

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 35 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO II

siendo yo su fijo, puede

facer aquesto, otro non?

Mal fecho ficisteis, conde;

yo vos reto de traidor,

y en el campo vos atiendo

fasta la puesta del sol.

Non vos valdrá el ardimiento

de mañero lidiador,

porque lidiarán conmigo

la justicia y la razón.

Catad que salgades, conde;

que tan mozo como soy,

yo os reto de solo á solo

fiando mi causa á Dios.

Y ved que si non viniéredes

do atendiéndovos estoy,

pondré fuego á vuestros montes,

non vos dejaré un pastor

ni una oveja con pellejo,

ni una espiga en granazón,

ni una yerba con un tallo,

ni un árbol con una flor.

Si non viniéredes, conde,

ataré el vuestro blasón

de mi caballo á la cola,

é arrastrando de mí en pos

le llevaré por las tierras

de Castilla y de León,

acusándovos por ellas

de cobarde y de traidor.

Y esto es lo que yo, Ruy Diaz

de Vivar, libre infanzón,

escribo al conde Lozano

á los pies del Redentor.»

02 LA LEYENDA DEL CID

Xo podia el conde menos de sentir la convicción de que él era en tal demanda el desleal agresor; pero al leer las palabras del reto y la acusación del mancebo de Vi\'ar, su vanidad le cegó.

No vic) que aquellas injurias escritas en el dolor de la afrenta hecha á su padre por el joven infanzón, nunca equivaler podian á la injuria que infirió c^l á su padre sentándole en la faz un bofetón; y ofendido de aquel reto, prueba noble de valor y amor filial en el joven, de cólera se embriagó.

Resuelto de un modo ü otro, cara á cara ó á traición á vengarse de Rodrigo, por c'l herido en su honor, caballo, broquel y lanza á grandes voces pidió, y salió á él del castillo con toda la guarnición.

Desde lo alto del cerro tendiendo en su derredor una mirada voraz como la de hambriento halcón, en medio de la llanura al mozo á ver alcanzó, que le esperaba á caballo y apoyado en su ¡anzon.

CAPÍTULO II 63

El conde al verle allí solo, con alegría feroz, bajando á escape la cuesta, dijo... «¡Ah rapaz, allá voy!»

Cuando en confuso tropel salió el viejo conde al llano, yendo contra el castellano treinta jinetes con él,

teniendo con ellos cuenta, y saliendo del abrigo del bosque, en pro de Rodrigo destacáronse otros treinta.

No quieren los de Vivar venganza nial obtenida; mas es de honra la partida, y la quieren igualar.

Por eso tras de sus treinta los trescientos avanzaron, y en círculo comenzaron á envolver á los sesenta;

maniobra que en conclusión por resultado iba á dar la liz cerrada guardar de ventaja ó de traición.

Y así el bando castellano guardador de su honra avanza, y así ansioso de venganza avanza el conde Lozano.

Sobre el mozo, ebrio de ira corre, y de su sangre ávido mirando que ante él impávido ni tiembla ni se retira:

sin ver que, según con él la distancia ciego estrecha, corre y encima se le echa la treintena del doncel.

64 I'A LEYENDA DEL CID

Al fin por ciega que fuese su carrera y su ira l)rava, el torbellino avanzaba y era fuerza que le viese.

Percibió la polvareda que alzaban al avanzar los jinetes de Vivar salidos de la arboleda:

y vio lo que á su salida no calculó: que era el riesgo en que le ponia el sesgo que tomaba la partida.

El conde en su red cogido, pero fiando á la par de la gente de Vivar en el honor conocido,

á los suyos de repente gritando: <'<¡Alto! ¡no seguirme!» paró su caballo en firme y quedó inmóvil su gente.

A su vez los de Castilla refrenando sus corceles, quedaron, á su honra fieles, inmóviles en la silla.

Si el conde fió en su astucia para salir de la red de los de Vivar, la sed de venganza que le acucia

más tarde para saciar en el mancebo inexperto engañándole, es incierto y arriesgado de afirmar:

mas con tal evolución, se encontró el conde Lozano cara á cara y mano á mano con el burgalés garzón.

CAPÍTULO II 65

El conde, con la carrera tal vez escaso de aliento, dejó en el primer momento que el mozo así le dijera:

«Que no habéis leido creo bien el pergamino mió; yo os retaba á desafío y vos venís á torneo.»

— "Rapaz, dijo el conde, vete por donde has venido: y piensa que para vengar tu ofensa eres aun un mozalbete.))

Echó al Lozano el mancebo una mirada arrogante y con tranquilo semblante volvió á decirle de nuevo:

<<;A quien por razón tan alta se arriesga en tan buena obra, en el corazón le sobra lo que en los años le falta.

»A mi padre he prometido la infame mano cortaros, y en ser quien sois sin reparos á cortárosla he venido.»

Esto al escuchar Lozano, de cólera enrojeció; mas intrépido siguió diciéndole el castellano:

«:Para daros el castigo que vuestra injuria merece traigo á lo que me parece gente bastante conmigo;

»mas sólo me han de servir siendo nobles de \'ivar, el campo para guardar en que habemos de reñir.

66 LA LEYENDA DEL CID

» Reñid, pues, y compasión de mis años no tengáis; porque os mato ó me matáis; trais¡;o esa resolución.»

Dijo el mozo; y en el acto, tomando cá caballo vuelto campo, se vino resuelto sobre el conde estupefacto.

Reinó un silencio leal de los dos en rededor, y el conde, ebrio de furor, tomó su salida mal.

Hirió con el acicate á su corcel con tal furia, que cual se cegó en su injuria Dios le cegó en el combate.

Descompúsose en la silla con los botes del corcel, y al primer bote con el dio en el suelo el de Castilla.

Cayó el conde mal herido en el ijar por la lanza, de vida sin esperanza quedando en tierra tendido.

Dio sobre él el castellano con no vista ligereza; guardó el conde la cabeza por instinto con la mano;

y alzando el mozo la espada cuando el brazo el conde alzó, la mano le cercenó de la primer cuchillada. Mirando los del caido el número superior del bando del, vencedor, le dieron por bien vencido:

CAPÍTULO 11

y las gentes de Vivar cuyo odio no les alcanza, exentos de su venganza les dejaron alejar.

Echó pié á tierra Rodrigo. y fué con salvaje calma á ver cómo daba el alma al Criador su enemigo.

Su mano, al verle espirar, tomó y guardó en la escarcela; volvió á montar; metió espuela y dio la vuelta á Vivar.

Entonces con la fiereza de esta edad semi-salvaje, al muerto se llegó un paje y le cortó la cabeza.

Y aquel trofeo de horror en los arzones colgando, montó, y salió galopando a alcanzar á su señor.

Costumbres de aquella era caballeresca y feroz, en que degollando moros se glorificaba á Dios, y que no habia un exceso que no obtuviera sanción, como tuviera por móvil honra, fe, patria ó amor. Estaba Diego Laínez recostado en un sillón, acabado su yantar en su oscuro comedor. Entornados tiene aposta ventana, puerta y balcón;

68 LA LKYENDA DEL CID

porque á quien sin honra vive

le ofende la luz del sol.

Su familia silenciosa

está de él en rededor,

esquivando sus miradas

por velarle su aflicción.

Ning-uno hizo en aquel dia

á los manjares honor:

porque tampoco Laínez

bocado de ellos probó.

Laínez y su familia

y Vivar todo, están Jioy

sufriendo de honda impaciencia

febril sobrexcitación.

Partió Rodrigo, y en tanto

que no torne vencedor,

no saben si tienen honra

ni si él por ella murió.

Diego Laínez ha hecho

voto y juramento á Dios,

si es que no torna Rodrigo,

de no dormir en colchón,

ni comer pan á manteles,

ni oir de amigos la voz,

ni ceñirse más la espada,

ni montar más su bridón,

ni hacer ni admitir \'is¡tas,

ni ver á su confesor

más que á la hora de la muerte,

ni dejar su habitación,

para no mostrar al mundo

la faz donde él recibió

y toda su raza en él

la afrenta de un bofetón!

Por eso Diego Laínez

de su mesa no tomó

CAPÍTULO II 69

más que agua y pan, sin llegar á la mesa su sillón: y por eso su familia de su mesa en rededor calla, y bocado no prueba por no doblar su aflicción.

Y así se pasó la siesta, y la tarde se pasó, y la noche se venia de su crepúsculo en pos: y la sombra por la tierra se iba extendiendo veloz, y el cielo tornando negro iba su azul pabellón; y conforme iba muriendo

la luz que infunde valor,

muriendo iba la esperanza

del viejo en el corazón.

¡Si su hijo ha sido vencido!....

¡si su mañero ofensor

le ha hecho caer en un lazo!....

¡si la acendrada pasión

que tiene á Jimena le hace

posponer la honra al amor!....

si él abandonó su causa

si Dios á él abandonó

y el viejo al pensar en esto,

por no perder la razón,

cierra los ojos y reza

fervorosamente á Dios.

Entralxi un paje las lámparas

á encender con un farol,

á tiempo (]ue las campanas

tocaban á la oración,

cuando tropel de caballos

á lo lejos se sintió,

yo LA LliYKNDA DEL CID

y por la calle adelante crecer y acercarse el son. Púsose en pié el Inien Laíncz: y al repentino rumor, paso su alma á sus oidos y su pulso se paró. Toda su familia en pié viéndole, se levantó; todos como el viejo atentos y trémulos de emoción. Llegó el tropel á la puerta de la casa y se paró: mas no osó nadie arriesgar palabra ni exclamación. Sintieron subir á un hombre la escalera, el corredor

atravesar y en la estancia

Rodrigo se presentó.

<i;jHijo mió!» — exclamó el viejo: y atajándole la voz, le dijo el mancebo: — «Padre, ya podéis mañana al sol mostrar vuestra faz ya limpia: la mano c]ue os ultrajó podéis colgar á la puerta en lugar del aldabón.»

Y asiéndola en su escarcela, prenda de venganza atroz, la mano que cortó al conde sobre la mesa arrojó.

Lanzó el anciano un suspiro de inmensa satisfacción, al ver la mano que lava la mancilla hecha á su honor;

CAPITULO II

y su familia, que el aire del aliento comprimió para ver y oir, del pecho soltó la respiración.

Costumbres de aquella era caballeresca y feroz, en que acogotando moros se glorificaba á Dios; y en cpie no habia un exceso ni un crimen sin galardón, como tuviese por nun'il honra, fe, patria y amor. Laíne/, con una seña á su gente despidió, y la familia en silencio salió de la habitación.

72 LA l.HYENDA DEL CID

Quedáronse padre é hijo con la cercenada mano, y así el mancebo al anciano con honda congoja dijo:

— Cumplí con mi obligación; mas esa mano cortada, padre, la siento agarrada con miedo á mi corazón. laIxez ¡Tú miedo, Rodrigo mió!

¡Tú miedo á la infame mano que ultrajó á tu padre anciano y que cercenó tu brio! ¿Te arrepientes de ello?

Rodrigo No '.

volvería á hacer lo hecho;

mas ved qué áspid en mi pecho

con hecho tal se albereó.

Jimena y yo pasión franca nos teníamos, señor; y hoy esa mano mi amor de su corazón arranca. Era mi esperanza toda:

la su\a en mí ella fió

y esa es la mano que yo la voy á dar en mi boda.

lnínez ¡Rodrigo de mis entrañas!

Tú con hazañas sin par te harás de ella perdonar.

Rodrigo ¡ Bucu principio á mis hazañas !

LAfNEz Rodrigo, ley del honor

era lo que has hecho, hacer: no hay para un noble mujer que valga más que su honor.

Rodrigo No tcmais, padre, jamás

CAPITULO II

que á el falte vuestro Rodrigo;

esto que os digo os lo digo

porque lo sepáis no más.

Cumplí con mi obligación; mas por saberla cumplir, no me podéis exigir que no tenga corazón.

Bajó el padre la cabeza de tal razón convencido, y el hijo al verle rendido, añadió con entereza:

— Oid mi resolución, padre: no hay otro camino para cumplir mi destino bien, ü obtener mi perdón.

Cuando todo en nuestro hogar duerma y mi madre se acueste, partiré yo con mi hueste con los moros á lidiar.

Si me matan moriré

como bueno en causa buena; decid vos, padre, á Jimena por qué á su padre maté.

laínez ¡Rodrigo!

Rodrigo No hagais asoiiibros;

desde que hice tal proeza,

os juro que la cabeza

me estorba sobre los hombros.

Y al moro vóisela á echar; mas como cristiano soy,

á disputársela voy y no se la \'oy á dar.

Y si vuelvo á esta mansión, podréis, padre, con banderas alfombrar sus escaleras

y entoldar vuestro balcón.

74 I-A LEYENDA DEL CID

Y así fue; cuando en su hogar su familia en paz dormía, él á la guerra partia con su hueste de \'ivar.

.V la mañana siguiente, cuando el sol con resplandores trémulos, doraba apenas del palacio los balcones, ya esperaban en su patio monteros y cazadores con los perros en traillas y en sus perchas los halcones.

Relinchaban los caballos amarrados á los postes; atarazaban los perros inquietos los correones de sus collares; chillaban ciegos bajo el capirote c|ue les encaperuzaba los neblís y los azores.

Los podencos de don Sandio y los galgos retozones de la infanta doña Urraca, estando en el amplio goce de la regia inmunidad de sus dueños, sus blasones ostentando en las mantillas, introducen el desorden entre personas y bestias; sin cjue mal hacerles ose nadie y de sus estropicios sin que ninguno se enoje; porque la gente adherida á los reyes en las cortes,

CAPÍTULO II /^

adulan hasta á las bestias

por placer á sus señores.

Iban y venian pajes,

mayordomos, guarda-bosques,

palafreneros, ujieres,

reposteros y ojeadores,

t[ue cargaban en acémilas

y á hombro de robustos hombres

cestas, canastas y cuévanos

con vajilla y provisiones.

Todo era algazara, prisas,

señas, advertencias, voces,

entre los que van y vienen,

y encuentros y tropezones.

Galerías, escaleras,

pórticos y corredores

estaban llenos de damas,

palaciegos, ricos-homes,

soldados, caballerizos,

curiosos y espectadores,

que animaban aquel cuadro,

alegre, ruidoso y móvil.

Hl rey va á caza, y para ella

ha mandado invitaciones

á cuantos tienen derecho

á que con ellas les honre;

y esperan ya á que se abran

sus regias habitaciones,

los dignatarios á quienes

ir con el rey corresponde.

Abrió al fin de la áurea cámara

un rey de armas los portones,

y al grito de <<¡p:i rey!» quedaron

tudos callados é inmobles.

Apareció el rey Fernando cuyos ojos vibradores

7-^ LA LliVKNDA Ulil. CID

radiaban una alearía que alegró los corazones. Aparecieron tras él sus hijos y sucesores los infantes Sancho, Alfonso y García; y, sus facciones juveniles y risueñas mostrando, como dos flores que al matutino rocío abren sus frescos botones, salieron las dos infantas que de la mano se cogen, doña Urraca y doña Elvira; dos niñas como dos soles.

El rey va no más armado con un tremendo mandoble, que manejan como un mimbre sus dos muñecas de bronce. Lleva el infante don Sancho un venablo de tres cortes, que encadenado á la mano después que hiere recoge. El infante don Alonso, mozo galán y de porte cortesano, sólo lleva en la cintura un estoque; y el infante don García, que es de los tres el más joven, una ballesta que se arma y tira con un resorte. Las dos infantas, que aves cazan sólo y liebres corren, llevan no más en el puño dos gerifaltes veloces; mas tan mansos y domésticos, que por sí en él se las ponen.

CArÍTULo 11 77

las traen la presa á la mano y en su misma boca comen.

Así el rey y sus infantes en medio de aclamaciones, para montar hacia el patio cruzaron los corredores. Pusiéronse en movimiento pajes, traillas, bridones, guardas, halconeros, guías, donceles y picadores; y ya el rey, en pos llevando sus infantes y sus nobles, pisaba de la escalera los últimos escalones, cuando á la puerta se oyeron del palacio, los clamores de una mujer y la gente se hizo ante ella pelotones. «¿Qué es eso?;) preguntó el rey, deteniéndose en el borde del penúltimo escalón; y viendo que no responde nadie y que siguen los gritos, exclamó; «Que desalojen esos villanos el pórtico y que la entrada no estorben.»

A la voz del rey airado se abrió la gente, y metióse desatentada en el patio la hermosa J i mena Ciomez, descabellado el cabello, mal abrochados los broches, y arrastrando el suelto manto y los sueltos ceñidores. Tras ella Diego Laínez también cti palacio cntr()sc,

pálido y enmarañados

cabello, barba y bigotes.

A los pies del rey Fernando

Jimena Gómez postróse,

y respetuoso Laíncz

de el cerca esperó sus órdenes.

Y así con ira Jimena,

Laínez con calma noble

y el rey con pesar, el diálogo

entre los tres entablóse.

TiMEN-A ¡Justicia, señor! ¡Han muerto ayer á mi padre!

elR'-v ¿En dónde?

Jimena ^^SÍ al pié dc SU Castillo:

en la explanada del monte. elrev ¿Cómo? J'-^'^^'-^ Á traición.

El Rey ¿Quién?

Jimena RodrÍ<'0

Diaz.

El. Rey ¿El?

.Ti"ENA Sí. De ladrones

y asesinos como banda lle\'aba trescientos hombres; los de mi padre eran treinta: yo su cadáver anoche recogí: está mutilado por un alevoso golpe: la mano diestra le falta. Justicia, señor: á ese hombre pedid su hijo, y entregádmele como las leyes disponen.

Y esto diciendo Jimena con descompuestas acciones, tendía un dedo á Laínez que esperaba de hablar orden.

CAPITULO II

Levantó el rev á Jimena, su mano para que apoye la suwa a! alzarse dándola, V ri Laínez dirÍQ'i(')se.

El Rev

L\ÍNF.Z

Ki. Ri-.v

I,\ÍNKZ

¿Oísteis?

Sí.

¿(JLie decís r' Que en mi raza no ha)' traidores: mis trescientos liza abrieron y lidiaron de homlM"c á hombre. Dios estu\'o por Rodrigo; y manos que bofetones dan á los padres, los hijos es muy justo cjue las corten. El. rf.v ;Xo hay rey ni ley en Castilla que juzgue de tales golpes? Los de la mano en el rostro á la mano corresponden. Será en \'i\ar, que nó en Burgos. En \avar y en todo el orbe donde hay vergüenza en los rostros V honor en los corazones. Pues en Castilla hay mis Ie\-es; traed, don Diego, á ese jó\-en para que haga de él la huérfana lo que mejor la acomode. Mi hijo fué á tierra del moro á pelear.

¿Cuándo?

Anoche. En\áadle á llamar; que \-uel\'a. Wiestra Alteza me perdone, pero no puedo.

Lm'nez Ki, Rfy

L \ í N EZ

i;i. Rtv

Laínez

El. Rey I,\fM-z El Rev Laínf.z

l'.E Rev

r.AÍNEZ

¿ Por c]ué?

Porque á mi \'Oz será indo

8o LA LRVENDA DIiL CID

Tl.MKNA

Mi hijo amaba á esa doncella; y como la afrenta enorme de su padre y su venganza un abismo entre ambos pone, fué á morir desesperado, y es probable que no torne.

Al oir anuncio tal

¡oh debilidad terrena! sintió de su alma J i mena doblarse el ansia mortal.

Mas domó á su corazón, y al punto con alma entera, demandó de ésta manera, al rey con resolución.

¡Señor, justicia! El. rky Os la haré:

mas para hacérosla creo

que es preciso haber al reo. jiMENA Buscad le. El. rev L<í buscaré.

jiMEXA Si yo sé que está con vida

de vuestra ley al alcance,

yo os traeré á este mismo trance. El. Rev Justicia OS haré cumplida

tal como esté en mi poder. jiMENA Señor, la palabra os cojo:

y en vuestros brazos me arrojo

fiada en vuestro poder. eerey Pues mirad que os tomo )o

á mi vez esa promesa.

En mi casa y á mi mesa

vuestro padre se sentó,

y á amparo mió declaro

que os tomo, y que por él soy

cai'Hulo h

padre vuestro. jiMENA Y yo que estoy

acogida á \uestro amparo; pero en memoria guardad que en teniendo de él noticia, vendré á que me hagáis justicia. Dadme la mano.

Tomad.

El Rey

La mano al rey la doncella besó: salude) y volviéndose á la puerta, partió abriéndose la gente en silencio ante ella.

El rey la dejó salir; y cuando lejos la vio, pidió el caballo, montó, é hizo señal de partir.

Volvióse todo á poner á su voz en movimiento; y aprovechando un momento, sin que lo echara de ver el rey, se acercó al anciano Laínez, don Sancho su hijo; y así el príncipe le dijo apretándole la mano:

«Id á esperarle en Vivar, que creo yo, ó mucho yerro, que aun no está forjado el hierro que á Rodrigo ha de matar.

»Id, y si rey llego á ser, en !;i tierra en cpie }'o mande, ni ha de haljcr quien le demande, ni ha de faltarle mujer.»

LA LKYIiNDA DliL CID

Fuese la corte á cazar; y \'iéndose solo el viejo, t(ini(') de Sancho el concejo V dic) la \uelta á \'i\ar.

1 K

?Í^mi;/fgi!i;

! \

i neo meses han pasado: ^j^ iu Rodrigo Díaz no vueh'e,

u. ' '--^^^ \ han pasado cinco siglos en aquellos cinco meses. Cinco meses de \entura se pasan rápidamente; mas estos son de desdichas y cinco siglos parecen. Cinco meses de esperar lo que anhela y no sucede, á cualquier hombre apesaran y á cualquier pueblo entristecen.

Todos á Rodrigo esperan: Laínez para \ol verle

á sus brazos, y \olver

al ser )• á la \ida \'iéndole:

el Rey para castigarle,

Sancho para protegerle,

para \engarse J i mena

)' de él ])or sal)er l;i gente.

84 LA l-1-VIiNDA IJI'.L CID

Porque la gente de España

de Dios el instinto tiene

de conocer y estimar

al (|ue estimación merece:

y la cabala, la crítica,

la envidia y la mala suerte,

del pueblo en vano á los ojos

al que algo vale oscurecen,

rebajan, desacreditan,

calumnian, roen y muerden:

el pueblo quién vale sabe,

y el pueblo á quien vale tjuiere.

Rodrigo ha salido al mundo con un hecho tan valiente, que el buen pueblo castellano lo que ha de valer prevée; y á más, el pueblo en secreto al mozo audaz agradece el bote con que ha tendido á un fa\'orito insolente; porque el pueblo de Castilla siempre ha querido á sus reyes, pero siempre ha detestado á los que su alma pervierten.

Castilla, desde los tiempos de sus condes y sus jueces, aborreció á los validos que no valen lo que obtienen. Hé aquí porqué por Rodrigo Burgos todo está impaciente, y cinco meses de ausencia cinco siglos le parecen. La verdad es que estos cinco no es extraño que le pesen, por las desventuras nuevas en que al transcurrir le ens'uelven.

CAI'ÍTl'I.O III 85

El rey Fernando, de genio atrevido y diligente, con pactos y con victorias se habia hecho grande y fuerte; y recibiendo homenaje y parias de árabes jeques y de príncipes cristianos ciue se titulaban reyes, habia tomado, al estilo de Alemania y del Oriente, título de ¡imperador: lo cjue á la Alemania ofende. Como cuando en varias marcas partida y de liuropa jefe Cárlo-Magno, le fué alguna en Hspaña dependiente, el emperador Enrique hoy presuntuoso, pretende Cjue el nombre de emperador el rey D. Fernando deje, y Castilla tributaria de Alemania se confiese: lo c[ue rebaja á Castilla cjue es alti\a y serlo debe.

De tal pretensión reirse pudiera bien, si no fuese porque el Papa en el asunto por el alemán se mete. Es alemán el Pontífice; por donde naturalmente del emperador Enrique la demanda fa\orece.

De I'lorencia en un concilio se acordó cpie inct)ntinenti se enviara un nuncio á Fernauílo que á lo tal le compeliese;

L.\ LI-:VM\1).\ DI'L CID

que pusiera en eulredielio sus reinos, si resintiere, cxconuilgando á sus pueblos como ;í sah'ajes \- herejes. .Acliaque lia sido en política á la (.le Roma inherente, sacar :[ Dios en demanda de mundanos intereses. Siempre ha sido nuestro pueblo castellano, buen creyente, buen católico romano )' hasta fanático á veces; pero nunca se ha a\'enido con c|ue \'eni;'an á imponerle cadena de scrvidumljrc que á extranjeros le sujete. Llegó el enviado apostólico á Burgos; mu}' reverente le recibió el Re_y, y el Nuncio

I,.

mostró mucho copete.

'J'eml>laron los timoratos, se ofendieron los prudentes, indignáronse los nobles: )' en la cuesticjn ingiriéndose los incjuictos y los díscolos, dieron cara los valientes \" empezó á arremolinarse en pro y en contra la plebe.

El Rey que, entre su creencia y su dignidad, se siente entre la espada y el muro, juntar las Cortes resuelve. Insta el Nuncio: el Rev insiste en que por sí obrar no puede sin las Cortes, que en Castilla son no más las que hacen leyes;

CAITIULO III

y el Rey y el Nuncio tomando los dias conforme vienen, van haciéndose uno á otro apechar con su corriente.

Las Cortes están ya juntas; con ceremonia solemne las abrió el rey D. Fernando el último de setiembre. El Nuncio ha exhibido ante ellas las credenciales, los breves, y las letras que acreditan por el Papa sus poderes. Los juristas y los teólogos les han dado muchas veces muchas vueltas y revueltas, una falta por cogerles: mas no es hombre el italiano que entre las redes se enrede sin estar antes seguro de poder romper las redes; y por más que entre argumentos le vueh'en y le revuelven, él nada siempre á flor de agua y vence si no convence. Los prelados y los proceres, discusión abierta tienen, y los hidalgos y el pueblo dan sobre ella pareceres. Unos, temiendo al Pontíhce, que les excomulgue temen; otros no temiendo á nadie que les subyugue no (juieren.

Unos dicen cjue á la Iglesia debe todo posponerse; otros dicen (|Ue la honra ni la libertad, no deben.

88 I-A 1,1':\1-MJA DIÍL CID

Los unos dicen que el Nuncio

á arreglarlo todo viene:

los otros dicen cjue vino

en casa ajena á meterse,

y (|ue en vez de meter orden

cizaña en Castilla mete;

que bien San Pedro está en Roma,

que allá es mejor c[ue le dejen;

y en fin, que el juego va á oros,

mas cjue como á espadas se eche,

entre San Pedro y Santiago

aquellas están por éste.

Los árabes cjue son linces y que ven que se entretienen los inlanzones de espada en argucias de arciprestes, asieron de sus gumías, y á lomos de sus corceles entraron por la Rioja merodeando impunemente. Aprieta el Rey á las Cortes para que pronto decreten; y apretado pur el Papa deja que el moro le apriete. El Nuncio en nombre de Dios á más cada vez se atreve, y según él crece en brios del Rey el aprieto crece. Si el Nuncio el nombre de L)ios por escudo no trajese, ya el Rey le hubiera arrojado por un balcón bravamente; mas el Rey, que echara á Enrique á la faz su guantelete, la sobrepelliz del Nuncio á arrufar no se resuelve:

CAPÍTULO III

y así los moros avanzan, .y los pueblos se revuel\-en y las Cortes deliberan y el tienipo )■ la honra se pierden.

Hé aquí cómo están pasando, mientras Rodrigo está ausente, los cinco meses que á todos cinco siglos les parecen.

Y esos cinco meses há que en su castillo Jimcna anda á vueltas con su pena, y vueltas á su amor da.

Todos los dias previene ([ue á su vuelta estén atentos, y todos sus pensamientos están puestos en si viene.

LA LI-.V1£XDA DliL CID

Palabra le ha dado el Rey, de hacer justicia en su amante, y está espiando el instante para echar sobre él la ley.

Hasta obtener su castillo ni reposa, ni sosiega. ¡Ay! y como nunca llega no piensa más que en Rodrigo.

¿Mas quién sonda los arcanos del humano corazón, si enigmas vivientes son los corazones humanos?

Siente aquel pasión extraña por lo de que el ser ignora; cree éste que odia lo que adora, y éste como aquel se engaña.

J i mena á Rodrigo amó; pero ¿habrá quien pueda amar á quien fué impío á matar al |)adre que le engendro?

V al suyo mató Rodrigo! Comprende muy bien J i mena, que en lid y por causa buena, de afrenta atroz en castigo:

con razón le mató aquel; cruel fué, vive Dios, la afrenta; ¿mas por tener ésta en cuenta es su pena menos cruel ?

Dos hombres no más tenia en el mundo á quien amar: y á los dos el de Vivar se los mató el mismo dia.

Si al uno matara Dios, el otro al fin la quedara; mas ¿cómo volver la cara al que queda de los dos?

CAPÍTULO III 91

De la vida en el camino tiene de hoy más que ir perdida, mirando cómo se olvida del muerto y de su asesino;

lo qué imposible \"a a ser, porcjue en pro del matador aboga en su alma el amor y en pro del muerto el deber.

Cuando de ella el Rey exija poniéndosele delante del matador y el amante que uno de los dos elija,

ya absuelva á Rodrigo el Rey, ya le condene á morir, á ella siempre la ha de herir en su honra ó su amor la ley:

y sin saber qué resuelva, de dudas en un abismo, pide á Dios á un tiempo mismo que vuelva pronto y no x'uelva.

¥A con razón le mató del fuero de la honra á juicio; mas aunque falle propicio por él el mundo, ella nó:

y en cuanto vuelva ha de ir á cumijlir con su deber, y el Rey justicia ha de hacer, y el (pie mató ha de morir.

Mas luego que muera él y ella sin ambos se cjuede sol.i en el mundo, ¿ser iniede su soledad menos cruel?

Así cinco meses há cpie en su castillo limeña, anda á vueltas con su pena \ \-ueltas ;í su amor da.

92 LA I.IlVnXDA DEL CID

Mas ¿quién sonda los arcanos del humano corazón, si enigmas vivientes son los corazones humanos?

Los de don Diego y Jimena cinco meses há que á Dios se encomiendan, y los dos por causa igual é igual pena,

Al Rey cinco meses há que el buen Laínez no vio: porque por su hijo abogó tal vez ofendido está.

Mas poco á don Diego importa que el Rey le mire ó nó amigo; no teniendo ya á Rodrigo, ¿su favor qué le reporta?

Por su hijo iba él á la corte; si á su hijo no ha de servir, el ir á ella ó no ir no alcanza lo que le importe.

A veces su situación sonda empero su buen juicio, y de su hijo el sacrificio le echa en cara su razón.

Con su padre por cumplir él al conde fué á matar y por ello fué á buscar campo bueno en que morir.

Contra su honra se le\-anta su conciencia y le remuerde; si por ella á su hijo pierde con vengarse ¿qué adelanta?

El cumplió su obligación, pero al cumplirla le dijo: «No e.xijais á vuestro hijo »que no tenga corazón. >

CAPÍTULO III 93

Y si en el de una mujer cifró su hijo su esperanza, sólo logró su venganza, cuatro víctimas hacer:

el á quien su hijo mató, su hija cjue infeliz ser debe, él que ha de morir en breve, y el hijo á quien él perdió.

¿Pero si Dios á Vivar triunfante á Rodrigo trae? No, que en manos del Rey cae que á J i mena ha de vengar.

Y él tal vez de su pasión con el poder obtuviera

nó venganza más entera, mas mejor satisfacción.

Sin saber lo que resuelva de dudas en tal abismo pide á Dios á un tiempo mismo c^ue vuelva su hijo y no vuelva.

Y así cinco meses há

que oculto en Vivar D. Diego dando vueltas sin sosiego á su pensamiento está.

Era la mañana fria del primer dia de octubre, en cjue por azar no encubre el sol con nieblas al dia.

Dias de los que es extraño, en el cielo burcjalés que se alcancen dos ó tres á ver en tal mes del año.

Estaba en su camarin Diego Laínez rezando.

94 I^A LI'\-IL\DA DIÍL CID

á Cristo Dios demandando que ponga á su angustia fin;

cuando pare') ante el postigo de su casa un mensajero, que jinete en un ox'ero trae noticias de Rodrigo.

Alborotóse el lug'ar al que llega al conocer, y más por él al saber que \-uel\en los de Vivar.

Corrió el pueblo la noticia, y alzó en él tal alboroto, cjue por algún terremoto parece que se desquicia;

y cuando abrió sus ventanas, por ver qué pasa, don Diego, ya á gloria, rebato y fueg'o repicaban las campanas.

Subió el mensajero á él y al \-erle el \'iejo le dijo con ansia: <f¿Quá es de nai hijo? — Ahí x'iene wa, dijo aquel. D. DiK.;o ¡\'iene! MENsA.iiiko Cerca.

!'■ Diego ¡DÍOS diviuo!

y ¿cómo? ^'''•■'■'■'■'""° ¡Con más honor

que el rey más grande, señor! Leed ese pergamino.»

Tomó don Diego temblando la carta que aquel traia, y esto leyó, de alegría trémulo el \'iejo y llorando:

\<, Padre y señor: me he metido >>á morir en el combate;

CAPÍTULO III 95

»mas no hallando quien me mate, »he matado y he vencido.

»Como peleo por Dios, »creo que es Dios quien me escuda ))y á llevar siempre me ayuda »de mí la victoria en pos.

» Cinco reyes cauti\'é, ^^que por ley son mis vasallos; »voy al Rey á presentallos, »pues lo que al Rey debo sé.

)>Idme á Burgos á encontrar; »y si mal con el Rey caigo, »los cinco reyes que traigo »la mano os han de besar.

¿> Principio á mis hechos di: »si el Rey no me los abona, »hombre soy de hallar corona »con que coronarte cá tí.»

Besó con llanto de gozo los signos por su hijo escritos, y el pueblo á su puerta á gritos daba vítores al mozo.

Salió el buen viejo al Ijalcon con el escrito en la mano, y dijo queriendo en \-ano ser dueño de su emoción:

("(Cinco reyes cauti\ar »ha sabido con sus l;)rios »y al Rey los va á presentar. »¡A Burgos, pues, hijos mios, »á Burgos todo \'i\-ar!»

Yá Burgos van, arrastramlo todos los pueblos en pos y á Rodrigo victoreando... y ahora, (juc tino en Pernaiulo y en j i mena ponga Dios!

LA LEYENDA DF.L CID

Sus cortes el rey Fernando está en Burgos presidiendo, escuchando de hombres doctos el parecer y consejos: mas andan sabios y teólogos en pareceres opuestos, los unos en pro del papa, los otros en pro del reino. Todos su opinión sostienen con lógicos argumentos en pro y en contra, y el caso no queda jamás resuelto. A las razones de un sabio tal vez vacila un momento la opinión de la asamblea pronta á ceder á su peso;

CA TÍTULO llí 97

mas una replica pronta ó un buen silogismo adverso á sus razones, destruye de su discurso el efectc^; con que las cortes de iJurgos parecen un mar revuelto cuyas ondas traen y llevan los alborotados vientos.

Y en asambleas de muchos así ha sido en todo tiempo; hay para todo razones, mas para nada hay acuerdo: todos dicen buenas cosas, mas nadie hace nada bueno; se exponen todos los males, mas nadie ofrece un remedio. Yo estoy siempre por los pocos; y de pocos, por los menos; las trrandes cosas del mundo uno siempre las ha hecho. Los muchos meten gran ruido, producen gran movimiento; mas son como aquellos montes c[ue sólo un ratón parieron. Así las cortes de Burgos están en este momento de aquel parto de los montes la reproducción haciendo. Perdido el hilo del caso, perdido al rey el respeto, todos gritan sus razones y aullan sus argumentos; pocos en fa\or del rey, muchos del papa con miedo están á dar ya muy próximos con la ra/.on en el suelo.

98 LA LHVKNDA DEL CID

Y estaba ya el rey Fernando con el capirote puesto, á poner fin de sus cortes á la discusión resuelto, cuando del salón las voces ahogó y dominó el estruendo con que hizo temblar sus bóvedas la voz gigante del pueblo. Quedáronse amedrentados los proceres en silencio ante aquella tumultuaria gritería de plebeyos, y el buen rey, que de paciencia no ha sido nunca modelo, abrió el balcón y arrojóse sobre el barandal de pechos. Para desfogar en alguien la ira que amasar le hicieron los proceres en sus cortes, buscaba acaso pretexto: de modo que al asomarse cejijunto y zahareño, amenazas engendrando y castigos prometiendo, se asemejaba á un nublado pronto á lanzar de su seno detrás del primer relámpago todo un turbión ó un incendio. i\ías su ira cambió en asombro, tornó en sonrisa su ceño y su enojo en alegría lo que al balcón vio saliendo.

Diego Laínez, jinete en su corcel, como él viejo, pero como él todavía, de joven con brío y genio.

CAPÍTULO 111 99

del palacio hacia la puerta caminaba á paso lento con altivo continente y semblante satisfecho. Su hijo en pos de él, en caballo encubertado de hierro, manchado de polvo y sangre desde el acicate al yelmo, avanzaba por la plaza tras su caballo trayendo vencidos y encadenados cinco reyes prisioneros.

Cinco jeques musulmanes que en Castilla se metieron y con quienes dio Ruy Diaz en mal hora para ellos. Cuatro mil cautivos moros coeidos en el encuentro les seo-uian desbarbados por ignominia ó por duelo. Tras vencedor y vencidos, los soldados vivareños les custodiaban cercados y seguidos por el pueblo; y el scMi de los atabales y de las trompas los ecos juntos con la voz de todos formaban atiuel estruendo que á través del polvo alzado por el gentío revuelto Íleo-aba hasta el rey, rasgando y haciendo olas en el viento. Mas según iban entrando por la plaza y al rey viendo puesto en el balcón, las turbas iban quedando en silencio.

lOO LA LIiVIiNDA DKL CID

Cuando en medio de él, debajo del balcón lleijó don Dieu'ü, dijo al rey, birrete en mano, sin temor, mas con respeto:

<i Señor rey, hé aquí á mi hijo; no he podido hasta que ha \-uelto ponerle la mano encima; mas en las vuestras le entrego.

>>Tiempo hcá que me le pedísteis y acpií señor os lo dejo; pero mirad cpie es ya un hombre; y catad, rey, que os prevengo que es cachorro de Icones, }■ aunque en \'i\'ar de conejos nació, trae garras \- dientes: conque andad con él con tientu..>

«Laínez, respondió el rey, con ese león tan fiero meteos acá, y veréis cómo le abrazo sin miedo. V

Ouitóse el rey del balcón, rompió en aplausos el pueblo, y desmontando hijo \' padre en palacio se metieron.

Pero á una seña del mozo, en el alcázar del rey los cinco reyes cautivos metió su guardia también; y una seña hecha ante muchos y que muchos pueden ver, ser por muchos puede á veces, interpretada á través; y como dice un refrán ciertísimo á mi entender.

CATÍTULO in lOI

suele tomarse la mano

aquel á quien se da pié;

y como en Castilla poco

va de gentío á tropel,

y como entrarse en palacio

vieron muchos á ocho ó diez,

creyéndose autorizados

para lo mismo otros cien,

cien \i\-areños primero

y mil de Burgos después

y todos cuantos cupieron

se metieron á su vez:

lo cual suele siempre en juntas

populares suceder.

Los reyes, los triunfadores

y los célebres se ven

en sus triunfos y ovaciones

en un caso como aquel.

Espinas son de la gloria,

sinsabores del placer

y hiél de la miel del mundo,

do nada completo es.

Ruy Diaz puso á la gente fosca faz; mas tarde fué, pues fué ya la galería superior á trasponer, cuando del salón francpieaba ya un rey de armas el cancel y salia á recil)irles á la galería el rey. Don Diego y su hijo intentaron afinojarse á sus pies; mas él recibié) afectuoso en sus brazos al doncel. Desde escaleras }• patios y p(')rticos pudo \er

102 LA LEYENDA DEL CID

el honor que el rey le hacia

todo el pueblo húrgales:

y el ¡)ueblo, que ya le adora

porque en él su héroe ve,

rompió en vítores que hicieron

el palacio estremecer.

Iil rey, cpie ve de muy lejos

y su porvenir prevé,

\'ic) que con él ante el pueblo

ganaba siendo cortés;

y así en voz alta trabó

la conversación con él,

para que el pueblo de su honra

parte alcanzara á tener.

El R[ y

ROURII-.O

El. Ri;v Bienvenido seáis, Ruy Diaz; ¿qué es lo que ahí me traéis?

Rodrigo Cíuco rcycs tributarios

por un conde que os maté. Cinco por uno, Ruy Diaz, es grande usura; que os den su tributo á vos, que vos sois quien preso les habéis. Yo les apresé por vos: mas si vos no les queréis, darán parias á mi padre y honraré así su vejez.

El. Rey De bucu hijo y buen \-asallo buenas prendas ofrecéis. Buena es la presa y es vuestra; yo os hago de ella merced.

Rodrigo Mc SCrvirá SU tributO

al campo para \'olver. El. rf.y ¿No descansareis en I'urgos? Rodrigo No iuc encucutroen Bur<7os bien.

CAI'ÍTULO III 103

El. kev ¿Pues en Ijurgos qué os enoja,

Ruv? Rodrigo No me lo prcc^aiiiteis.

El Rey Vo dcspejaros de enojos

á Burgos puedo tal vez. Rodrigo Yo uo puedo Q.\\ parte alguna

estarme quieto.

El Rey ^PoT qué?

Rodrigo La iuquietud de mi alma corre por mis manos y mis pies. Yo nací para campear, dejadme al campo volver.

El Rey Entrad antes en mis cortes y consejo me daréis.

Rodrigo Soy mozo aiíu para dárosle.

El Rey Yo soy ya viejo, y hacer

no he sabido á sesenta años

lo que vos á veintitrés,

con que entrad : que los que saben

obrar tan pronto y tan bien,

pueden tener voto en cortes

y dar un buen parecer.

Al viejo y al mozo, afable tonió las manos el rey, y entró en el salón, guardando un rey de armas el cancel. Y quedó la muchedumbre fuera esperando hasta ver la salida cjue tendría esta entrada de los tres.

ni rey Fernando en su trono, los proceres en su asiento, al diestro bando Laínez y Ruy Diaz al siniestro.

I04

LA LMYHNDA DEL CID

i;i, kkv

KODUICO

dijo á éste el rey, en dos frases la situación exponiendo: El emperador y el papa nos piden parias: r'!^^*^ hacemos? Negarlas, dijo Ruy Díaz: ganaron nuestros abuelos nuestra tierra con sus lanzas y á nadie parias debemos.

El. rkv El papa, dicen los teólogos, que es señor del Universo.

Rodrigo De las almas que le pueblan; pero nó de los terrenos.

El, Rey Alcga cl cuipcrador

que las cobró en otro tiempo.

Rodrigo Los quc CU aqucl las pagaron con aquel tiempo se fueron. El emperador y el papa son en Castilla extranjeros, y sólo el rey de Castilla cobra en Castilla derechos. Así es como desde niño lo oí decir á los viejos; y así el pueblo lo comprende, y así es como )"0 lo entiendo.

Dijo el mozo: y no hecho aún tanto á hablar de un solo aliento, ni á hablar en foros, ni estrados, ni á dar su voto en congresos, sintió cjue el rostro de pálido se le tornaba bermejo, y ante los ojos de tantos bajó los suyos modesto. Sonrió el rey, y notándolo los nobles y caballeros, dieron muestra de adhesión á la opinión del mancebo.

CAPÍTULO III 105

i\Ias los doctos, los legistas, los letrados y los clérigos, á las palabras del mozo de sus casillas salieron. Tomaron aciuel rubor propio de su edad por miedo, y creyeron cjue era caso de apretar los argumentos: pensaron que las protestas y la autoridad del clero, la voz de los ergotistas y la fuerza de los ergos, el alma intimidarían de Ruy Diaz, bajo el peso de la cólera de Roma, su excomunión prediciendo. Creyeron fácil, en ñn, ahogar aquel rapazuelo, que osaba abogar en contra del papado y del imperio. Y como entonces y ahora y siempre el saber y el fuero de plumas, borlas y togas contra las espadas fueron; porque la cuestión del mundo es ser en él los primeros, quedar encima, mandar, y estar en el mejor puesto, toda la gente de plun.ia, borla, toga y solideo se fué encima de Ruy Diaz por mozo, soldado y lego. Pero el unánime instintt) que impulse) contra él á estos, les desordenó el ataque falto de plan y de acuerdo.

Io6 1 A l.MVliNUA Dlil. CID

Lo primero, lo preciso, lo perentorio para elhjs era atajar su intluencia., protestar de sus asertos; impedir que la nobleza, la g'ente de armas, consenso dando á su opinión, hicieran á la suya contrapeso; y en repentino desorden, diez, veinte, cincuenta, ciento reclamaron, protestaron é interpelaron frenéticos; no dudando al ser traidores á su patria ¡crimen negro!

de C'l en poner ¡mal pecado!

por encubridor al cielo. El rey, á quien importaba no poner á nadie freno, para ver con quién podia contar en un caso extremo, calló y dejó que el desorden fuera tomando incremento, hasta que el hilo saltara y asiera él los cabos sueltos. La discusión fué á contienda rápidamente subiendo, y de contienda á tumulto: mas Ruy Diaz, tampoco hecho á aguantar tales desmanes ni á escuchar tales denuestos, comenzó á entoldar los ojos deljajo del entrecejo; y mientras él comprendía que era un desacato atiuello contra el rey, contra la patria y contra Dius, acreciendo

CAPÍTULO III 107

se iba el tumulto, y llovían epítetos y dicterios, provocaciones, injurias y votos y juramentos. Cobardes llaman á unos, á otros herejes; á estos llaman malos castellanos, malos cristianos á aquellos: y perdido al fin el tino, perdido al rey el respeto, cruzaron el aire guantes, birretes y solideos.

Y estaba ya el rey cansado, con el capirote puesto, á cortar aquellas cortes de tan mal corte resuelto, cuando tlominó el tumulto estallando como un trueno un "¡Silencio!» de Ruy Diaz que del salón saltó al medio. Al trueno de aquella voz, al contacto de los hierros de que estaba armado, solo le dejaron en el centro. Estaba el mozo anheloso, por la vista echando fuego, y temblándole de cólera la barba bajo del yelmo: y avergonzados y absortos contemplábanle de lejos todos, cuando el rey le dijo mirándole satisfecho:

«Hablad, Ruy Diaz, hablad; porque ¡\ive Dios! (jue creo que en esta junta de locos sois vos el único cuerdo.»

lo3 LA LliMiNlJA M-L CID

Ruy Diaz con voz sobrada para oirse en campo abierto, dijo entre airado y confuso su situación comprendiendo:

<<: Perdonadme, rey Fernandi), si os he faltado al respeto: mas al ver tamaña mengua de mí mismo no fui dueño.

"¡Tantas barbas )a sin jugo, tantas testas ya sin pelo, contra un mozo á quien apenas las barbas están saliendo! ¿Y por qué? porque su patria dar no quiere á yugo ajeno, ni que se humille ó se venda por superstición ó miedo. Hombre de guerra, del arte de hihanar frases no entiendo; mas sin miedo á nadie, digo la verdad como la siento.

>Rey, si ha de ser tributario reinando vos este reino, grande infamia vais á echar sobre vuestro honor por ello. Tomarnos han las naciones por una raza de sier\os, y pondrán á nuestros hijos los collares de sus perros. Rey, no \'en por vuestra honra ni el pr(3 ven de vuestros pueblos, los c|ue por miedo ó por oro os aconsejan hacerlo; y por mí, si á rey ni á papa os bajáis á pagar pechos, me extraño de vuestras tierras y mi vasallaje os niego.

CAríTUi.o III 109

Cristiano soy: ¡sí, por Cristo!

de lidiar por Cristo vengo;

pero no son mis señores

San Enrique ni San Pedro;

y antes de que mi cabeza

doble yo á un yugo extranjero,

yo mismo, si no hay quien lo haga,

me la cortaré del cuello.

Seamos buenos cristianos,

pero no nos deshonremos:

y estése San Pedro en Roma,

dejando á Santiago quieto.

Enviad al papa doctores

que le apeen de su yerro,

y al emperador conmigo

enviad diez mil caballeros;

y si al papa no convencen

y al emperador no venzo,

yo prefiero, á ser esclavo

de uno ni de otro, ser muerto.

Los que digan que Castilla

debe á nadie pagar pechos,

son \illanos y traidores,

y á lid sin merced les reto.

Señor rey: mi fe, nii espada

y mi corazón son vuestros:

yo os sostendré por Castilla

contra todo el uni\-erso.)~>

Dijo Ruy Diaz: pasmados los proceres un momento, quedaron entre el temor y el entusiasmo suspensos. Al fin al vit'jo Laíncz las lágrimas le rompieron, y el rey de Rodrigo Diaz ech(') los brazos al cuello.

LA Li:\'MM)A I)I:L CIIj

Lloró el buen rey de alegría cá Ruy abrazado teniendo, y no qued(') un diputado que no aplaudiera frenétieo.

Un valiente á veces hace leones de los corderos, y una gran fe caminar delante de ella los muertos. Infundió á todos la su)'a Ruy Diaz, ó con el riesgo de aparecer por traidores apechugar no quisieron: quedó, pues, por voto unánime no pagar parias resuelto, y enviar un mensaje al papa y al emperador un reto. Con lo cual cl rey Fernando dio por cerrado el cons^reso y tornó á la galería con Ruy Diaz y don Diego.

CAPÍTULO III III

V mientras el rey tenia sus cortes en el salón, plaza, patio y galería, Burgos atestado habia con toda su población ;

y aunque como gente buena serenamente aguardaba, la multitud más serena es como la mar, que suena siempre, ya mansa, ya brava.

El movimiento y rumor de aquel oleaje humano, fué atrayendo al corredor á todo ser morador del alcázar castellano.

Y uno tras otro saliendo fueron á la galería

los infantes, ver queriendo quién y por qué tal estruendo en el alcázar movia.

Don Sancho, allí al encontrar moros atados y esquivos, la causa se hizo explicar de aquel flujo popular y ser tantos los cautivos.

No bien llegó á comprender ser presa del de Vivar, sin poderse contener dejó á la cara el placer del corazón rebosar;

y á las infantas llevando y á sus hermanos con él, pasó, la presa admirando, por entre el vencido bando de los hijos de Ismael.

112 LA LEYENDA DEL CID

\' al moro que superior juzgó entre el bando enemigo preguntó; «¿Quien tu señor?» y sin miedo y sin rencor dijo aquel: «Sidi Rodrigo.»

En esto á la cralería saliendo el rey don Fernando, su buen pueblo de alegría levantó tal gritería, que hizo comba el aire blando.

Entre el buen viejo don Diego y su hijo el ilustre mozo, muestra el rey muy gran sosiego: mas puede ver el más ciego cuan lleno está de alborozo.

Tras de la abierta mampara sacaron al corredor los diputados la cara; cuidando que no mostrara la ira ó la envidia interior.

La mano al padre á besar fueron las infantas niñas la muchedumbre al cruzar, recogiéndose al andar las haldas de las basquinas:

y al rey, imagen de Dios, fueron á hacer pleitesía de sus hermanas en pos, Sancho y Alfonso, á García conduciendo entre los dos.

Mientras los más principales lo mismo hacían después de los príncipes reales, atento á homenajes tales calló el pueblo burgalés.

CAPÍTULO III I 1

Cumplido el ceremonial y cuando en torno reinó un silencio general, á Rodrigo en guisa tal el rey don Fernando habló:

«De esos moros disponed; presa de vuestro valor, yo os hago de ellos merced; y pues sois capaz, traed lo mismo al emperador.»

Ruy Diaz, bajo la (c de la real palabra, fué donde los moros están con resignado ademan su suerte esperando en pie,

y díjoles: «Dar jurad parias á mi rey, y os doy mañana la libertad: mi madre en Vivar por hoy os dará hospitalidad.»

El rey, ó xeke, ó walí á quien Ruy se dirigió, así lo dicho por Ruy en árabe marroquí á los suyos explicó:

«Libres nos deja tornar si á su rey como señor tributo juramos dar: á cjuien nos puede matar rendir parias es mejor.»)

Apenas esto escucharon los moros de su adalid, de bruces se prosternaron ante Rodrigo, y gritaron muchas veces: /¡a, s/c//

114 LA LEYENDA DEL CID

El rey, que no la entendía, preguntaba en rededor qué era aquella algarabía; }• el buen Ruy le respondía: «Señor, me llaman sc/lor.)}

Tomo el rey entrambas manos á Ruy; y mirándole fijo, con modales soberanos ante pueblo y cortesanos de esta manera le dijo:

«Que hubiese fuera mancilla dos señores de Castilla: pero sin par tú en la lid, nadie tendrá á maravilla que tenga un señor y un Cid.

>>Cid desde hoy te han de llamar; y pues tiene ese valor, señoría te han de dar los de Cristo y los de Agar aun ante el rey tu señor.»

Los moros que esto entendieron á sus /¡a, sidf volvieron: «¡Salve al Cid!» dijo Fernando: y «¡salve al Cid!» repitieron todos, al Cid saludando.

Y el pueblo, que comprendió lo que en la alta galería pasando estaba, rompió

en inmensa gritería y frenético aplaudió.

V no desbordó torrente, ni catarata ó volcan reventaron de repente con ruido tan estridente en mitad de un huracán:

CAPÍTUl-O III 115

ni ruy,'ió mar en tormenta, cuando del fondo en que asienta levanta con iras locas montes de agua, que en las rocas estrepitoso revienta;

como estalló el grande estruendo del aplauso popular, el palacio estremeciendo, su noble apodo poniendo á Ruy Diaz de Vivar.

Saboreaba éste anhelante de la gloria el gran placer, brisa fugaz de un instante, que suele en su aura embriagante un soplo letal traer:

y entre el buen viejo don Diego y su hijo el ilustre mozo, mostraba el rey gran sosiego, por más que pudiera un ciego ver de su alma el alborozo;

cuando rompiendo la gente ante sus pasos abierta, una enlutada doliente se presentó de repente del alcázar á la puerta.

Jimena Gómez, vestida de negros paños de duelo, avanzó descolorida arrastrando, mal ceñida, manto y haUlas por el suelo.

Aunque entre ella no podria hallar sitio un alfiler, la muchedumbre se abria y ante los pasos le hacia de la doliente mujer.

Il6 LA LEYENDA DEL CID

Frunció el rey el entrecejo: tembló de ira el padre viejo: Ruy Diaz palideció; y el pueblo en silencio oró del rey por el buen consejo.

La triste doncella en tanto como una visión fatal, los ojos nublos en llanto, mal tocada y suelto el manto, llegó á la presencia real:

V así con solemne acento dijo al rey falta de acción, cual sombra sin movimiento que arranca d su monumento diabólica evocación:

«Huérfana y á amparo vuestro, hoy vuelvo á que me amparéis, ó contra vuestra justicia yo de Dios me ampararé. Ruy Diaz mató á mi padre: vos de castigarle en vez le tratáis en vuestra casa como si fuera otro rey. Señor, si esta es la justicia que á los huérfanos hacéis, yo, huérfana, antes de irme en un con\"ento á meter, delante de vuestro pueblo por más que os pese os diré: que rey que no hace justicia, no merece á mi entender ni cabalgar en caballo, ni ceñir cruzado arnés, ni llevar espada al cinto, ni calzar espuela al pié,

CAPÍTULO III 117

ni tener hijos legítimos,

ni tener esposa fiel,

ni tener vasallos buenos,

ni tierra en que nazca mies,

ni morir en paz en cama,

ni absolución tener,

ni encontrar después de muerto

quien sepultura le dé.»

«¡Por Cristo! exclamó don Sancho sin poderse contener, ¡catad que habláis con mi padre y que estoy yo aquí con él!;> « ¡Sancho!. ..:>> dijo el rey: mas Sancho rota la valla una vez del respeto al rey debido, siguió interrumpiendo al rey:

«Ruy Diaz mató á su padre, y aunque era altanero y cruel, por ser hija suya ella no la digo que hizo bien; mas ya que la ley invoca, que se sujete á la ley. La ley dice: «el que á hembra deje ;>en orfandad ó viudez, »su esclavo sea, ó marido »si puede casar con él.» De hacer su esclavo á Ruy Diaz no hay modo, siendo quién es; con que echar por el atajo, y á todos nos irá bien, y auncjue cien hembras no valen un Cid, casarles y amén.»

Rudo discurso, mas propio de un noble del tiempo aquel, tal exabrupto hizo ú un tiempo ;i Diaz estremecer,

Il8 LA LEYENDA DEL CID

palidecer á Jimena, dar á don Diego un traspiés, y asombrarse á todos: pero sacó de un apuro al rey. Soñaba él ya con tal boda; pero debia á su ver entre la boda y la muerte dejar más tiemijo correr. La impetuosidad de Sancho rompió del agua el nivel: y el rey, diestro nadador, corriente abajo se fué. Adelantóse á Jimena y así la dijo cortés:

«Perdona á Sancho: y airada conmigo antes de romper, vamos á elegir á solas lo que mejor nos esté. Dame el brazo, y de mis hijas á los aposentos ven.» No pudo excusar Jimena tal invitación: y el rey á la corte despidiendo de su cámara al dintel, afable dijo á Ruy Diaz:

«Recibe mi parabién; á Vivar con tus cautivos á ajustar tus cuentas vé; abraza á tu madre, y prontas tu hueste y tus armas ten

para ir donde quiera Dios

que quien manda á todos es.»

CAPÍTULO III I ^9

Llevó Ruy á Vivar sus moros:

todo el pueblo húrgales

le acompañó vitoreándole

en clamoroso tropel.

Su madre hospedó á los jeques;

y llorando de placer

besó á Ruy en las dos mejillas

al echar á tierra pié.

Los moros se convinieron

á dejar en su poder

dos de ellos, mientra el rescate

juntaban los otros tres.

Ruy Diaz con su palabra

se contentó, y mandó hacer

pandorgas y luminarias;

y los moros á su vez

hicieron sus torres de hombres,

y sus saltos de través

con gumías apuntadas

en la garganta y la sien.

Quedaron todos contentos

los de España y los de Fez,

y cuando todos partían,

y los de Vivar á ver

su marcha fuera del pueblo

iban alegres también,

en el umbral de su casa

Rodrigo y don Diego en pié,

este diálogo trabaron

empezado por aquel.

I20 LA LEYENDA DEL CID

Rodrigo ¿Ouc OS parccc dc csto, padre? D. Dnxo Lo que está de Dios no hay ser

que lo impida. i<'^i'R"'0 ¿Y de la boda,

qué pensáis? n. DiFoo Oue os casareis

si está de Dios. ^i""R"--o ¡\l\ me abone

en su corazón! n niRGo Ten fe.

KonRi<;o ¡Cuando vea y refle.xione

que yo á su padre maté!....

n. Diego No tC quitC CSO cl SOSicgO.

Rni.RiGo ^Por qué no?

i>. Diego Porquc yo sé

que el amor, que es niño y ciego,

ni reflexiona ni ve.

Enigmas vivientes son los corazones humanos y escudriñar sus arcanos jamás podrá la razón.

Con que el rey, sin pretender sus enigmas explicar, mas sabiendo manejar el genial de la mujer,

en una larga sesión con Jimena y las infantas, dio á aquella razones tantas que la trajo á la razón.

Entre el amor y el deber encastillada Jimena, de su esperanza y su pena no sabia á cuál ceder:

CAPÍTULO III 12 1

mas sobre su pena habia trascurrido el tiempo ya, y su esperanza quizá más con el tiempo crecia:

de modo que á la razón su corazón al ceder, no tuvo mucho que hacer el rey con su corazón.

Con su razón tardó más en avenirse; á mi ver más por mirar al deber y por no volverse atrás.

Pero el rey era hombre ducho: y tan bien lo manejó, que al fin J i mena creyó que hacer más seria mucho:

y entre el amor y el deber dejando que la convenza el rey, pudo sin vergüenza dejar al amor vencer.

Al fin en llanto rompió de las infantas en brazos, y entre ellos hecho pedazos el viejo deber quedó.

Con sus hijas aposento el rey la dio en su palacio, y al duelo sin dar espacio y dando al amor fomento,

á Ruy Diaz escribió: «Vén: que la ley te condena á casarte con J i mena: hombre dé quien le ([uitó.

,>;Con Valduerna y Bell(,)rado, con Cárdena y con Saldaña la doto, y ser.is de lispaña el Ij.iron más hacentlado.

»Y pues, cumplida la ley, á lidiar tendrás que ir, no tardes en acudir á la voluntad del rey.»

Llegó á Vivar tal mensaje: y como buenos vasallos aprontaron sus caballos padre é hijo para el viaje.

Dejando órdenes Rodrigo, para que á la lid se apreste mientras él torna, su hueste, tomó á su madre consigo.

Sus dos hermanos, á quienes Rodrigo empequeñeció porque su \-alor le dio más favor, fortuna y bienes,

la acompañaban sin ceño de envidia vil y rastrera, de ver que en su casa era el mayor el más pequeño.

Seis acémilas cargaron de bodas con el presente, y escoltados por su gente á Burgos enderezaron.

Y al ir á montar los dos al padre preguntó el hijo: «¿yué os parece?» — Y aquel dijo; «Hijo, que estaba de Dios.»

las diez de la mañana del ñorido mes de mayo, ante mucha noble Qente reunida en su palacio, á Jimena y á Rodrigo toma el rey palabra y mano de juntarlos para en uno con indisoluble lazo. Jimena está conmovida, roja y con los ojos bajos, para ocultar la alegría de los ojos con los pári)ados. Tal vez se avergüenza un i)oco tle entregarse tan de grado á aípiel contra cpiien justicia pedia airada tan altu.

I 24 LA LEVKNDA DEL CID

Rodrigo, tan fresco y .'igü ante una hueste á cabal lo, delante está de su no\ia un poco encogido y ¡jálido. El rey mira sonriendo el encogimiento de ambos, y cá su sonrisa sonríen los malignos cortesanos. La reina como madrina, está de Jimena al lado; detrás de ella las infantas como testigos del acto: y la nodriza Bibiana en el nupcial aparato no ve más que á su Jimena por quien reza por lo bajo.

A la derecha del rey, junto á Rodrigo, don Sancho le asiste como pudiera de lid en campo cerrado. Tras de don Sancho don Diei-o, de Ruy con los dos hermanos y con su madre Teresa asisten al desposado. El rey cuando vido juntos á todos los convidados, se puso en pié y dijo al Cid: «Dad á la novia la mano.v

Tendiéndosela á Jimena dijo el Cid todo turbado: «Jimena, maté á tu padre, pero nó como villano: de hombre á hombre le maté porque á mi padre hizo agravio. La ley me hace esclavo tuyo, tu marido el rey Fernando;

marido y esclavo a un tiempo aquí estoy á tu mandato: hombre quité y hombre doy; no sé más; lo que sé hago.»

Pareció á todos lo dicho muy bien dicho y muy al caso, y echaron hcácia la iglesia su discreción alabando.

Delante de todo el pueblo, que se junto muy temprano por ver al rey y á los novios, y al pasar por vitorearlos, les casó el señor obispo en latin un poco bárbaro, pronunciado un poco en godo, con acento un poco arábigo; lengua informe y corrompida que aun usan los escribanos, los dómines y los frailes, que aun gustan de latinajos.

Hubo misa con sermón, salmodia é incensario, y paz, que fué á dar al rey y á los dos novios un diácono. Estuvieron con la corte en el presbiterio hincados la reina en reclinatorio, el rey en sillón de brazos, sus hijas en taburetes, los infantes en escaños, y los novios en cojines de terciopelo muy blandos.

limeña lleva partidos los cabellos, v trenzados

26 I-A I-I-:VKNDA DEI. CID

con hilos de gruesas perlas en dos trenzas de ocho cabos. El jubón de mangas cortas por el cuello abierto en cuadro, muy desgarrado el escote y muy bien acinturado. III pecho y homljros la cubren collares y relicarios, con medallas guarnecidas de amatistas y topacios. Cintillos, pulsos y ajorcas lle\'a puestos en los brazos, y anillos de pedrerías en los dedos de ambas manos. En la falda delantera, de damasceno brocado cuelga un abanico persa de plumas de papagayo. Por toca y corona lleva de oro en la cabeza un aro, y un velo de gasa de oro prendido en lugar de manto. Las joyas que lleva encima en muchos cuentos tasaron; herencia son de su padre, y de los reyes regalos: la luz que destellan, ciega con mil destellos y rayos, con que parece Jimena más que una mujer, un astro. Ruy Diaz viste un justillo con hebillas ajustado, cortado el vuelo en almenas del cinturon por debajo. Las mangas lleva atacadas con herretes cincelados.

CAPÍTULO IV 127

que cuelgan de las hombreras cuando se mueve sonando. La espada en cinto de cuero colgada de acero en ganchos, que no usa estoques de corte quien gana la tierra á tajos. Un birrctillo de grana con una pluma de gallo, y guantes y borceguíes de ante guadamacilado, completan la vestidura del Cid, en el dia fausto en que ante Dios á Jimena jura amor eterno y casto.

Á la luz de los dos cirios que les han puesto en las manos, la bendición recibieron y el /s// tremendo cambiaron. Todos los ojos estaban en sus semblantes clax'ados, y ellos rojos como guindas ante el fuego de ojos tantos. Los abades y los monjes, entonces asaz livianos, miraban un poco audaces á Jimena de soslayo. La gente andaba en puntillas para mirarla ondulando, y el pueblo hacia en el templo como en plaza de mercado, jimena estaba más roja que la llor del amaranto, y al ver lo que esto duraba se iba el Cid amostazando. Por fin dio fin el obispo á los kiries y los salmos,

128 LA LEYENDA DEL CID

y devotos santiguándose los reyes se levantaron. Abrieron calle entre el pueblo los niaceros con trabajo, y la nupcial comit¡\-a cruzó la iglesia á codazos. Monjes, abades, obispos y canónigos con palio salieron á despedir á los reyes hasta el .itrio. Dicronlcs allí nuiv ü'raves el último guisopazo, y así se hicieron las bodas de Rodrii-o el Castellano.

De la iglesia \-an saliendo los reyes, los desposados, los infantes y la corte con sus nobles dignatarios. Todo es oro, seda, plumas, brinquiños, joyeles, lazos, pajecillos con blasones, y corceles con penachos. Los pertigueros delante van abriéndoles el paso, con bastones regateros romper pies amenazando. Tras de ellos los concejales con anguarinas de paño, con monteras de tres puntas y medallones dorados. Detrás los jueces de Burgos con sus varas en las manos, y sus birretes con chías y sus luengos capisa}'os;

CAríiuLO IV 129

detrás los reyes, los novios, las damas, los cortesanos, y detrás los ricos homes, y detrás el populacho.

El rey, como buen padrino dadivoso y manilargo, con él llevaba á los novios á yantar á su palacio. Por las calles por do iban hallaban engalanados balcones y miradores con colchas y con damascos: y en miradores y calles agitándose apiñado, les saludaba de Burgos el honesto vecindario.

El suelo estaba cubierto de trébol, juncia y mastranzo, y las tapias de remata y madreselva con ramos. A la entrada de la plaza y á costa del rey alzaron de cañas, flores y juncos muy pulidos unos arcos; y por divertir al rey y á los novios por el tránsito, hicieron unos festejos tan sinceros como zafios. Salic) Pelayo hecho toro con un ca|)LÍz cok)rado, seguido de mojigangas tle gigantes y de enanos. .Sali(') taml)ien Antolinez á !a jiiu ta en un asno, y l'elaez con \ejigas sacudiendo ;i los nuiehachos.

130 LA LF.YIiNDA DFlL CIU

Bailáronse por seis danzas las de espadas y de palos, con gaitas y tamboriles gallegas y zamoranos. Diez maravedís de plata mandó el rey dar á un lacayo, porque asustaba á las mozas con un vestido de diablo; y otros diez á una zaeala que le ofreció desde un carro un gran queso en una cesta y dos corderinos blancos. Iba con el rey J i mena trabada de él por la mano, con la reina su madrina, sus suegros y sus cuñados. Por las rejas y ventanas arrojaban trigo tanto, que el rey Ilexaba en la gorra, que era ancha, un gran puñado; y como á Jimena Gómez se la metian los granos por el escote y collares, el rey se los va sacando. Para que lo o}-era éste dijo don Suero muy alto:

<<Aunque es de estimar ser rev. estimara más ser mano.»

Mandóle por el requiebro el rey un rico penacho, y á Jimena para en casa mandarle la hizo un abrazo.

Así iba la comiti\'a la ciudad atravesando desde la iglesia al alcázar entre vítores v aplausos.

CAPÍTULO IV I3Í

Trataba el rey con Jimena de trabar plática en vano, porque ella su discreción acreditaba callando; pues sabe que la mujer que habla con un soberano, es pez que abre mucha boca en agua en que están pescando.

Llegó á palacio el gentío, y partiéndose á dos lados entróse en él á yantar el rey con sus convidados.

La gente á la mesa puesta á la del rey hizo honor: y estuvo él tan decidor como la novia modesta.

El Cid comia y callaba como hombre de poca lengua: que en hombres bravos es mengua mostrar tener lengua brava.

Hubo algo más que el diario sin que hubiera demasías; pues los reyes de estos dias no se comian su erario:

que estaba a\-izor el moro dia \ noche en la frontera, y en aquellos tiempos era caro el hierro \' poco el oro.

Lo cual no cpiierc decir (jue el re;)' anduviera a\aro: sino (¡ue el rey no era caro en el comer y el vivir.

Mas lo era en el regalar; por(iue tenia por ley

LA LlIVIiNÜA DEL CID

ser pródigo como rey

y económico en su hogar.

Hubo, pues, lujo de sopas, caza, pescado de rio, tierno pan y vino frió servido de plata en copas:

carne y temprana legumbre, hojaldre y pastelería, y queso y confitería de postre, según costumbre.

Comióse bien; v fué en fin un festin se^un se ve la comida: aunque no fué de Baltasar el festin.

Brindóse tras el yantar, bebiendo con discreción; y al fin de la colación entró en la sala un juglar;

y en un romance tan rudo como el lalin eclesiástico, salmodió un ritmo encomiástico tosco y de tropos desnudo:

mas que al juglar dio gran prez en aquella edad sencilla, en que el habla de Castilla aun estaba en su niñez.

El rey con largueza mucha en premio del buen cantar, dio un vaso de oro al juglar y un sa)-() azul con capucha.

Hl Cid, que es muy poco amigo de versos y que desprecia lo que ni entiende ni aprecia, le mandó un saco de trigo. El rey, por enhoraljuena, hizo al Cid presentes \arios;

CAPÍTULO IV I

leí rema unos relicarios

de gran valor dio á J i mena.

Las infantas la besaron dándole el tú como á hermana, y al Cid con franqueza llana los infantes abrazaron.

Con que, acabado el x'antar, tornaron todos contentos el rey á sus aposentos y los novios á Vivar.

Allí, en su hogar solariego al dar á Jimena abrigo, la dio posesión Rodrigo de pan, agua, sal y fuego:

y legítima mujer, quedó instalada en Vivar como el ángel del hogar de todo el pueblo á placer.

Doña Teresa y don Diego con deferencias sin tasa, como señora en su casa la aceptaron desde luego:

y habiendo puesto Rodrigo en el cuarto en que nació su lecho nupcial, lle\'ó á él á su mujer consigo.

Cern') las puertas biibiana: y al retirarse discreta, á los novios y al poeta dijo al par: «'Hasta mañana.»

Todo el amor lo aconioda, todo lo allana y lo llena; los enemigos acoda, los extremos encatlena;

I. A J.ILYKNDA DEL CID

y olvidando ofensa toda, absuelve de culpa y pena: por eso se hizo la boda de Rodrigo con J i mena.

FJla heredera opulenta del rico conde asturiano, y él por su hogar castellano y por su rey rico en renta,

juntaron en un solar tanta riqueza y poder, que sólo reyes á ser podrían á más llegar.

Mas no imagines, lector, que en Vivar vivia el Cid como hoy un duque en JMadrid o como en Londres un lord:

porque la oncena centuria en la que el buen Cid vi\'ia, era una mezcla bravia de lujo y bárbara incuria.

CAríTULO IV 135

Un rico, obispo ó guerrero, de siervos ó feligreses gastaba el oro en arneses de preste ó de caballero. Llevando de soberano lujoso atalaje encima, tal vez dormia en tarima y comía con la mano.

Y gastando oro sin tasa hasta en las casas que hacia, apenas tener sabia comodidad en su casa.

La de Rodrigo en Vivar era la de un labrador, hereditario señor de un solariego lugar. Su solar hereditario formaban, según mis cuentas, de casas más de doscientas con plaza, iglesia y santuario.

Lino es posesión precisa para romería anual, cjue siempre ha de acabar mal, con palos tras de la misa.

Es costumbre inmemorial por ley en Castilla impuesta: sin paliza no hubo fiesta desde el tiempo de Tubál.

Y como no hay sin santuario lugar, Vivar tiene el suyo; en el cual, si mal no arguyo, se apaleó su vecindario.

Frente de él en un cerrillo se elevaba un castillejo, fuerte aún, pero ya viejo, con foso, puente y rastrillo;

LA LHVIÍNDA DliL CID

donde en caso de algarada salvos hembras y caballos, iban señor y vasallos á huir la primer entrada;

pero la espalda al voK'er la rajxaz morisma suelta, les salia el Cid la vuelta l-)or los valles á coger.

Así entonces se vivia y no se \'ivia mal; porque siempre juego tal que iba á espadas se sabia.

De peor modo hoy se campa: nuestra sociedad de hoy juega á oros, y yo estoy en que se juega con trampa.

En aquella edad de hierro en cjue habia que tener algún hierro que coger y un castillo en algún cerro,

de sus tierras cual señor era juez territorial y juzgaba el Cid no mal desde el clérigo al pastor.

Como labrador tenia la propiedad del terruño; que no labraba su puño más c|ue con él defendía.

Defendido y defensor viendo cual propio el terreno, se hacían uno á otro bueno el labriego y el señor;

y toda la vecindad familia suya ó su sierva, vino, pan, frutos y yerba le pechaba por mitad.

CAPÍTULO IV ■ ! 137

Y como predios tenia más de cincuenta en la vega que hasta Muñón y Pampliega el Alianza recorría;

y como todo labriego era tenido en pericia de labranza y de milicia y entraba en la guerra en juego;

y como en tal tiempo y tierra tenia todo vasallo de la labranza el caballo con caparazón de guerra,

resultaba que era el Cid, y antes su padre don Diego, un riquísimo labriet^o y un poderoso adalid.

Mas no por eso en su hogar vivia mucho mejor el señor que el labrador que por él iba á sembrar.

No habia de ambos en casa más que lo muy necesario para el servicio diario, con comodidad escasa;

pues con la existencia activa que era preciso traer, nadie habia menester comodidad excesiva.

Lo que más se procuraba era tener al abrigo mucho vino ó mucho tiigo por si no se laboreaba:

lo cual suceder solía por el repentino daño (pie al mejor ticmi)t) del año el moro en la tierra hacia.

13° l-A LKYIÜNDA DliL CID

Noble y rico un castellano, \iviera en pueblo ó castillo, tenia un vivir sencillo mezcla de regio y villano.

La casa partida en dos; arriba el señor, abajo el sier\-o: éste á su trabajo y él cá la buena de Dios,

\ivian ambos en ella ni divididos, ni á par: uno y otro sin cuidar Cjue fuera cómoda ó bella.

No era, pues, la ser\-idumbre rudo afán, tirano }ug'o de víctima y de xerdugo, sino deber de costumbre:

creada fraternidad entre el siervo y el señor; basada en el mutuo amor, nú de este en la autoridad.

Los aperos del trabajo, todo en lo que este no piensa, cuadra, hogar, cue\-a, despensa, están en el piso bajo:

dó en trabajo no servil, \'iven con muy poco afán desde el paje al capellán, desde la dueña al motril.

De noche abajo las telas se hilan de lienzo y manteles: se bebe en hondos picheles, se come en anchas cazuelas:

arriba se sir\-e en plato y el vino en copa se escancia: el lujo está en la abundancia, nó en señoril aparato;

CAPÍTULO IV 159

pues suelen en las veladas bajar amos y señoras á escuchar con sus pastoras los cuentos de sus criadas.

Amo y siervo en su interior no tienen nicas diferencia que aquella que la decencia exige del superior.

Arriba grandes armarios, arcas, baúles roperos, armaduras en percheros, junto al lecho relicarios;

y si hay en casa quien lea, lo que hace el señor muy mal, algún viejo santoral o vulgar farmacopea.

Nada de los mil primores fútiles de que hoy usamos; palmas al balcón ó ramos, y en los aposentos flores. Allá en algún gabinete de una señora feudal, luce tapiz oriental, trasciende árabe pebete;

viste cuero cordobés guadamacilado el muro; un atril de nácar puro sostiene un libro al revés, cargadas de virgen cera penden lámparas del techo; y alfombran los pies del lecho pieles de oso y de pantera;

mas tal vez estos primores ante su dueño ataraza algún gran perro de caza ó una pareja de azores.

I4Q

LA LIl\'Ki\I)A DHL CID

Así CU Vivar se vi\'ia y así en nuestra tierra toda, y desde la época goda cjuien vive así hay todavía.

Y plegué d Dios que esta sana franqueza entre siervos y amos jamás del todo perdamos en la tierra castellana.

Los de Yi\-ar á Jimena cuya estir|)c conocían, cuya historia atroz sabían )■ de quien ven la alma buena, , miraban con el respeto con que á uili imagen de altar; siendo Jimena en \'i\-ar de alta re\'erencia olDJeto.

Sus colonos asturianos la, enviahian con pocas cuentas las muchas y pingües rentas del solar de los Lozanos.

El pueblo á quien generosa trató desque á él ha venido, bendecía al buen marido de tan noble y buena esposa.

Con las rentas de los dos casa y hueste mantenían, como sacar no podían algunos reyes en pos:

y así x'lviendo en Viwar el Cid Rodrigo y Jimena vieron límpida y serena la luna de miel pasar. ■ Amándose con pasión, y olvidadas las injurias, en Castilla v en Asturias adorados ambos son:

CAPÍTULO IV — 141

Con que los nuc\'OS esposos, idolatrados señores, en sus logrados amores eran en \'i\-ar dichosos.

1\m'0 dicha sin disg-usto jamás hay sobre la tierra, y sieni|)re al amor la guerra tuN'o en incesante susto.

ll\ Rey salir á Rodrigo mandó á campear por España, )• el Cid no ^juede á campaña sacar su mujer consigo.

Los que hablan jurado á Dios dos \'idas en una unir, tenían que dixddir ■ :

otra vez su vida en dos.

Deber y amor exigían cá la mujer y al marido .

del \oto tan mal cumplido - la unión que romper debían: ■

Y entre el amor y el deber )• la mujer y el honor : . ni \aciló el Campeador ■■■■ ■ ni discutió la mujer. • , :

Triste sí, pero serena, le ayudó ella misma cá armar; partió é! al campo, y J i mena se quedó sola en \'i\'ar.

IV ' - ■ ,

vSostén de Castilla el Cid, del Rey de Castilla en pro ' • por él fué, riñó y \'cnc¡()- en una y en otra lid.- '' '■ •'

Levantó el Rey mucha gente, recibió el Cid de sus moros

142 LA LIÍYIiXDA niíL CID

mil caballos y tesoros;

y puesto el Rey á su frente,

El Rey y el Cid á domar del alemán la arroifancia, fueron por tierras de Francia las de Alemania á buscar.

Con asombro allá en su tierra llegó á oir el alemán, que el Rey y el Cid sobre él xan con diez mil hombres de guerra.

Con qué, entrando en reflexiones con datos más valederos, comprendió que los corderos se le volvian leones.

Según el viento la ca¡)a se puso, y cambió lenguaje enviando un doble mensaje al Castellano y al Papa. ,

Alcanzó al Rey en Tolosa el mensajero imperial; y al leer mensaje tal dijo: ésto ya es otra cosa.

Mas previniendo un ardid si por la mano le toma, en\'ió incontinenti á Roma por su embajador al Cid.

Para tener algo á raya de éste el carácter entero, le dio el Rey por compañero á Alvar Fañez de Mi naya:

Y con una escolta gruesa de caballos berberiscos, por atajos y por riscos dieron se á Roma eji ir priesa.

Fernando asentó saQaz una tregua sin mancilla.

y diú la \Ticlta á Castilla con el corazón en paz.

A su palacio llcj^'ando, fiel vasalla v niujer buena, demandando halló :i Jiniena nuevas, que la dio Fernando.

Y al o i I" cjue ha de tardar el Cid de Roma en \'olver, de ofrecérsele á pesar, no quiso en palacio entrar: y como buena mujer tornó á esperarle á Yi\'ar.

Y esperando dia cá dia, contando el tiempo corrido y el cjue trascurrir debia, Bibiana un dia al oído la dijo: «Pues, hija mia, esto no es tener marido. '•

Ah'ar Fañez, hombre ducho en negocios y prudente, traljajó mu}' bravamente y alcanzó del I'apa mucho.

AFis Ruy (|ue sus miramientos por miedo y vilezas toma, comen/ó ;í hartcU'se de Roma, su Fa[)a y sus monumentos.

Comparó el lujo pagano del clero cardenalicio con el mísero scr\'icio del l)uen clero castellano;

y las costumbres romanas llenas de sensual cinismo;

144 ' •'^ LEYENDA DEL CID

los templos del cristianismo llenos de estatuas paganas;

la \"ieja aiiri sacra f ames que roe á la \ieja Roma, que alarga do quier y asoma sus viejas garras infames;

aquel su instinto perverso e^ inmemorial de pedir, de servirse v no servir sin cobrar al universo;

aquel su orgullo tirano de centro del mundo ser sólo á sombra por yacer del Capitolio romano:

le hicieron ratificar en que habia obrado en conciencia, la romana dependencia de Castilla en rechazar.

Con qué el instante no ve de voher la espalda á Roma, de; siente que una carcoma le está royendo la fe.

Mi naya que el tiempo pasa en procederes de curia, puede mal tener su furia ni tenerle quieto en casa:

y conociendo su humor, teme que no le haga el diablo con san Pedro ó con san Pablo dar al traste á lo mejor.

Al fin les di(3 el Papa audiencia; y entre príncipes romanos y purpurados cristianos se hallaron en su presencia.

Expuso Ahar su misión; V mientras Ahar hablaba,

CAPÍTULO IV 145

Ruy Diaz examinaba ]a gente y la habitación.

Al pié del trono papal, vio en círculo colocadas siete sillas blasonadas todas con corona i'eal.

Examinólas atento, y vic) que el Emperador antes que el Rey su señor tenia puesto su asiento.

La sangre se le encendió; pero pensando en J i mena que era cristiana tan buena, como pudo se aguantó;

mas hizo el diablo de modo c|ue cuando Alvar concluía, vio cjuc el Papa le ponia dificultades á todo:

y entendiendo cjue, alemanes el Emperador y el Papa, se hacian uno á otro capa como dos viejos truhanes,

para probarles con hechos tjue tenia conocida y aceptada la partida, el juego tomando á pechos,

se avanzó á las siete sillas, y dio al asiento imperial una puntillada tal que con el pié le hizo astillas:

y sin pararse á mirar el general estupor, puso la de su señor de la cpie ronq)ió en lugar.

Un príncipe baxarés se fué á Diaz con enojo:

LA LliYIÍN'DA DliL CllJ

mas Ruy Diaz le ech(') el ojo mirándole de través,

)' al alzarle a(|uel la mano, le sentó el puño en el pecho, haciéndole dar mal trecho, sobre el j^rupo cortesano.

Tras de lo cual se cuadró diciendo: ^ Hl c|ue bien no lo halle, >> échese tras mí á la calle ,>>y \'erá lo que hago yo.»

El Papa Víctor airado puesto de pié ante su trono, dijo con tremendo tono: «Sal: estás excomulgado.»

Ruy, c|ue no tembló delante de hombre alguno en paz ni en guerra, hincó la rodilla en tierra )■ al Papa dijo arrogante:

'< Fuerza es que aquí se resuelva »del Rey y el Emperadur :>>el pleito en nuestro favor » antes de que yo me \uelva.

,»Y siendo muy buen cristiano »de raza y de corazón, »no acepto yo excomunión »de alemán ni de romano.

»Con qué, ojo alerta \-i\'id: >>absolvednos á los dos, »ó por Papa cpie seáis vos )>vais á ver cpiién es el Cid. >>

Fijo el Papa le miró: y como viéndole, \c de su alma el brio y la fe, calmándose sonrió.

Comprendiendo que era España tierra de hombres tan enteros como cristianos sinceros, dijo )-a manso \' sin saña:

"Castellano, absuelto estás: ,i>nada mientras el sol radie, ,í>ni al P^mperador ni á nadie » pechará España jamás. :>>

V fuera porque en conciencia viera en Castilla razón, ó por no \'er la ocasión (.le traerla á dependencia,

risueño y benex'olente de Ru)" se apo)ó en el hombro, y fuese, con grande asombro de su cortesana gente.

Ahar, cpie desde la cuna íuc sagaz obserxador, dijo: "Siempre van á una la fortuiKi \" el \alor. »

uS LA LMVKNDA DKL CID

Nuex'as Cbíán esperando del Cid el Re)' )' Jinieiui: ella en \'ivar con gran pena é inquieio en Burgos Fernando.

Ella, el ángel del hogar, tuvo con sus propias manos los ojos á los hermanos de Ruy Díaz que cerrar.

El uno, al fin consumido por su enfermedad interna, fué de esta \ida á la eterna pasando a paso medido.

Ei otro, tai \ ez del Cid envidioso, fué á campaña y fué su primer hazaña caer en la primer lid.

Trajéronle moribundo á \^ivar; }•, hermana buena, en su agonía Jimena le ayudó á salir del mundo;

y desolada en Vivar quedó, de su esposo lejos, consolando á los dos viejos como el áni'el del hoi-'ar.

El Rey por su parte anda mustio y íaíto de reposo, porque el moro revoltoso se rebela ó se desmanda.

Y proyectando una empresa contra Aragón y Toledo, ■ está esperando, con miedo de que Ruy no torne apriesa.

Al fin tornó una mañana; y Ahar al Rev cuentas dio

CAríTULO IV H9

de cómo se aseguró la libertad castellana.

De cómo en junta en Tolosa un nuncio y jueces romanos ante ellos y los germanos dejaron á P^spaña airosa.

Explicó así porqué tanto tardaron de allá en volver, c hizo al fin al Rey saber lo del Cid y el Padre Santo.

De ello holgó el Rey muy contento; y al demandarle jovial por qué ante el Papa hizo tal, dijo el Cid con firme acento:

'<'Porc]uc español de fe sana, :i>gobcrnar al Papa dejo /'las iglesias: m.as no cejo -ante la ambición romana.-

Suspenso el Rey se quedó á estas palabras del Cid: y cuando les despidió estar les recomendó prontos para entrar en lid.

Y Alvar que todo lo ai)unt.v y todo lo toma á peso,

dijo: «Ruy, se me barrunta, >>que es el solo homl)re que junta >con Inienos puños buen seso. -

V partiéndose á la par, fuese el Rey á su aposento, y Alvar y Ruy .'í descansar: aquel á su alojamiento

V éste á su paterno hogar.

150 I-A LliVHXDA DKL CID

La aleg'i'ía y el dolor saliéronle á recibir con el án,;"cl del amor, que ayuda consolador allí á espirar y ;í \i\'ii-.

Hijo }• padres se agruparon en los brazos de Jimena, y en su re^'azo lloraron por los que en ella encontraron al ni(.)rir hermana buena.

\' con su amor y dolor encerrados en X'iwar, sintieron consolador ir poco á poco al amor tornando el gozo al hogar.

( jue t()do amor lo acomoda, y acaba con toda pena; y Dios la \-entura toda en\"ió á X'iwar con la boda de Rodrigo con jimena.

Mas como Dios siempre es justo )' ha nivelado en la tierra el placer con el disgusto, }' siempre en continuo susto al amor tu\'o la guerra,

volvió á la guerra :í llamar otra vez el atambor; y tornó el Cid :í campear y á quedar sola en Vivar la vejez con el amor.

Y al anochecer del dia en que el Cid habia partido, Bibiana triste decia á su Jimena: "Hija mia, »esto no es tener marido.»

CAPÍTULO IV 15^

\1T

Ruy Diaz, hombre de puños, de seso y de corazón, es hijo de la fortuna y favorito de Dios.

Donde él mete sus dos puños de campañas en cuestión por sus puños queda siempre suyo el campo y el honor.

Donde él en duda ó apuro da una idea ú opinión, duda y apuro se allanan por lo que él imaginó.

El último en la palabra, es el primero en la acción; y en defensa de Castilla siempre dice: — ¡Allá voy yo!

El móvil de sus hazañas es la gloria y la extensión del pendón y las fronteras de la patria en que nació.

Y antes de que él de su tierra deje arrancar un terrón á Emperador, Rey ó Papa, ni el privilegio menor de su absoluto derecho de independiente nación, aunque arriesgue padres, hijas, hacienda, vida y amor, aunque haga campo la Iglesia é incurra en excomunión, con él se las ha de haber Papa, Rey ó Emperador.

Sin una tacha en su vida ni una mancha en su blasón.

152 LA LEYENDA DEL CID

jamás los ojos altivos

ante hombre alguno bajó:

jamás volvió un paso atrás,

ni tuvo retractación

que hacer de dicho ni de hecho

en cuanto dijo y obró.

Invencible combatiente, generoso vencedor, entre amigos y enemigos ganó prez y estimación.

Los moros le llaman Cid, los cristianos Campeador; y donde él campea, campa por sí solo como el sol.

A los árabes da miedo, á los cristianos valor, á los extraños envidia, y á todos admiración.

Los castellanos le adoran, el Rey le da su favor, y delante de el del Rey va á la guerra su pendón.

Mas do lleva por Castilla la victoria de sí en pos, el pendón del Rey tremola sobre el campo que ganó; porque el Cid es de Castilla la personificación, y donde él vence, es quien vence su patria, el pueblo español.

Por eso el rey D. Fernando á Calahorra le envió de sus derechos á ella por juez y mantenedor.

Por sí el Rey aragonés á Martin Gómez sacó,

CAPÍTULO IV . ^o3

como la primera lanza de su reino de Aragón.

Lidióse en campo cerrado: bien Martin Gómez justó, pero en el segundo encuentro le sacó el Cid del arzón.

Bote mortal por desgracia para tan buen justador, el Cid ganó á Calahorra del bote que le mató.

Holgóse el rey D. Fernando del pro de su campeón; y avezado ya del Cid á fiar su honra y su pro, <ipuja,>> le dijo; y pujando Ebro abajo, en meses dos á moros y aragoneses trajo el Cid á la razón.

Y mientras él se batia

por Dios, Rey, patria y honor, Jimena en Vivar moria de angustia y melancolía consumiéndose de amor.

Y de este amor puro y bueno, siempre en soledad y luto envuelto, y de angustias lleno, siente Jimena en su seno

que gesta ya el primer fruto.

Y viendo que no volvia de la guerra d do era ido, Jimena triste decia

á Bibiana: «¡ay ama mia »esto no es tener marido.»

154 LA LEYENDA DEL CID

En su Vivar solariego á su Rodrigo aguardando, tan en cinta está Jimena que espera próximo el parto.

Cuando además dolorida una mañana en disanto bañada en lágrimas tristes tomó la pluma en la mano.

Y después de haberle escrito mil quejas á su velado, bastantes á domeñar unas entrañas de mármol;

de nuevo tomó la pluma, y volvió de nuevo al llanto, y de esta guisa le escribe al noble rey D. Fernando: «A vos, mi señor el Rey, el bueno, el aventurado, el magno, el conqueridor, el agradecido, el sabio,»

M La vuestra sierva Jimena, fija del conde Lozano, á quien vos marido distes, bien así como burlando;»

«Desde Vivar os saluda, donde vive lacerando; las vuestras andanzas buenas, llévevoslas Dios al cabo.:>> «Perdonédesme, señor, que no tengo pecho falso, y si mal talante os tiene, no puede disimularlo.»

«Yo estoy de vos querellosa, y os escribo mal mi grado.

maguer que enemiga os tengo, á fuerza de mis agravios.»

«Respondedme en puridad con letras de vuestra mano; aunque yo al demandadero le pagare el aguinaldo.»

\ .Ví^

/^;7'.«srí|á;*é||.^

«¿Qué ley de Dios vos otorga, que podáis por tiempo tanto, como há que fincáis en lides, descasar á los casados?»

«¿Qué buena razón consiente, que á un garzón bien doctrinado, falaguero y humildoso, le enseñéis á león bravo?»

«¿Y que de noche y de dia le traigáis atraillado, sin soltarle para mí, sino una vez en el año?»

I5Ó LA LI'YMNDA DHL CID

<íY esa que me le soltáis, fasta los pies del caballo tan bañado en sangre viene, que pone pavor mirarlo. )>

«Y no bien mis brazos toca, cuando se duerme en mis brazos, y en sueños gime y forceja, que cuida que está lidiando.»

<,< Y apenas el alba rompe, cuando le están acuciando, las escuchas y adalides para que se vuelva al campo.»

«Lástima tiene de verle tan extraño y acosado la su madre y los mis ojos de tanto llorar cansados.»

«Y aun cuando se desposó, fizo tan buen desposado, que pasar no le dejastes tres meses en cuatro mayos.»

<};Si lo facéis por honrarle, asaz Rodrigo es honrado, pues no tiene barba, y tiene cinco reyes por vasallos.»

<.<Yo finco, señor, en cinta, y en nueve meses he entrado, y me pueden empecer las lágrimas que derramo.»

«Que como otro bien no ten'>"o, y me lo avedes quitado, en guisa le lloro vivo, cual si estuviere finado.»

«No permitáis se malogren prendas del mejor fidalgo, que sigue cruces bermejas, ni á Rey ha besado mano.¿>

CAPÍTULO IV 157

<,< Doleos, noble señor, de ver que acueste á mi lado, en vez de su mancebía, una vieja, y suegra al cabo.>

«Que aunque me muestra cariño, dos celcbros entranzados mala amistanza mantienen en un hogar y un estrado.;)

«Dadle mi escrito á las llamas, non se faga del palacio; que en malos barruntadores no me será bien contado.» .

«V enderezadme este tuerto; ya sabéis lo qive os demando. Mirad que se ofende el cielo de fecho tan mal guisado.»

Pidiendo á las diez del dia papel á su secretario, á la carta de Jimena responde el Rey por su mano.

Después de facer la cruz con cuatro puntos y un rasgo, aquestas palabras finca á guisa de cortesano:

«A vos, Jimena la noble, la del marido invidiado, la discreta, la homildosa, la que cedo espera el parto, <>

«El Rey que nunca vos tuvo talante desmesurado, vos envia sus saludes en fe de quereros tanto.»

«Que estáis de mí querellosa decís en vuestro despacho,

158 LA LEYENDA DEL CID

y que no suelto á Rodrigo sino una vez en el año.»

«Y que cuando está con vos, en lugar de falagaros, en vuestros brazos se duerme, como viene tan cansado.»

«A no vos tener en cinta vuestro esposo el alindado, creyera de su dormir lo que me avedes contado.;»

<<Mas pues vos tiene, señora, con el brial levantado, no se ha dormido en el lecho, si espera en vos mayorazgo.»

«Que si Rodrigo estuviera al vuestro llavero atado, en patrimonio ni hacienda no hubiera sobrepujado.»

«Si con otros infanzones se anduviera paseando, vuestro San Miguel de oro no estuviera bien parado.

»Y si yo no hubiera puesto las mis huestes á su cargo, no fuérades más que dueña, ni él fuera más que fidalgo.

;>Decisme, que soy mal rey, y que descaso casados, y que por el mi provecho no cuido de vuestros daños.

»Si supiérades, señora, que vos quitaba el velado para mis namoramientos, fuera bien el lamentarlo.

»Mas pues sólo vos le quito, para lidiar en el campo

CAPÍTULO IV 159

con los moros convecinos no vos fag'o grande agravio.

<> Decís, que vuestro Rodrigo tiene reyes por vasallos; ojalá como son cinco, fueran cinco veces cuatro.

.»P(^rque teniéndolos él sujetos á su mandado, mis castillos y los vuestros no tendrán tantos contrarios.

» Decís que entregue á las llamas la carta que me habéis dado: á contener herejías, fuera digna de tal pago.

>Mas pues razones contiene dignas de los siete sabios, mejor es para mi archivo, que no para el fuego ingrato.

>Y porque guardéis la mia, y no la fagáis pedazos, por ella á lo que parierdes le mando buen aguinaldo.

;>Si fuese fijo, daréle una espada y un caballo, y cien mil maravedís para ayuda de su gasto.

»Si fuere fija, prometo de poner su dote en cambio, desde el dia en que naciere, de plata cuarenta marcos.

»Con esto ceso, señora, mas no de estar suplicando á la Virgen vos ayude en los dolores del parto.»

1 6o LA LEYENDA DEL CID

V mientras el Cid triunfante va por el Rey su señor extendiendo sus fronteras de Castilla y de León, la noble J i mena Gómez, mujer del Cid Campeador, en sus solares de Burdos el primer hijo le dio. Fue á visitarla la Reina con las infantas en pos; hizo el pueblo luminarias y el Rey la cumplimentó. A bautizar al nacido vino á la iglesia mayor Poncio arzobispo de Oviedo que á Jimena bautizó. Grande amigo de su padre el conde, á quien haya Dios, bendecir quiso la prole de su hija y su matador.

]\Ias no para sancionar el hecho en conciencia atroz, sino para dar al hecho del muerto en nombre perdón.

Diego pusieron al niño: y cuando el riesgo pasó, salió á misa de parida doña Jimena hecha un sol. Para salir, de contray sus escuderos vistió; que el vestido del criado dice quién es el señor. Un jubón de grana fina la hermosa dama sacó.

CAPÍTULO IV l6l

con fajas de terciopelo

picadas de dos en dos.

De lo mismo una basquina

con la misma guarnición,

donas que le diera el Rey

el dia que se casó;

y con los cabos de plata

un pulido ceñidor,

que á la condesa su madre

el conde en donas le dio.

Lleva una cofia de papos de riquísima labor, que le dio la infanta Urraca el dia que se veló. Dos patenas lleva al cuello puestas con mucho primor, con San Lázaro y San Pedro, santos de su devoción. Y los cabellos que al oro disminuyen su color, á las espaldas echados, de todos hecho un cordón. Lleva un manto de contray, porque las damas de honor mientras más su rostro encubren, más descubren su opinión. Tan hermosa va Jimena, que suspenso quedó el sol en medio de su carrera por podella ver mejor.

A la entrada de la iglesia al Rey Fernando encontró, y para metella dentro de la mano la tomó.

Dícele: «Noble Jimena, pues es el Cid Campeador

102 LA LEYENDA DEL CID

vueso dichoso marido, y mi vasallo el mejor, que por estar en las lides, hoy de la iglesia falto, á falta de brazo suyo, yo vueso bracero soy.

)>Y á aqueste fermoso infante, que el cielo divino os dio, mando mil maravedís, y mi plumaje el mejor.»

No le agradeció Jimena al Rey tan alto favor, que le ocupó la vergüenza, y á sus palabras la voz.

Las manos quiso Jimena besar, y el Rey las huyó, y acompañóla en la iglesia, y á su casa la \olvió.

El Rey estaba ya viejo de tantas guerras cansado, puesto cjue toda la \'ida se la pasó peleando; llmpobrecidos los pueblos de tantos tributos hartos, gastadas las rentas anuas y el tesoro real exhausto; mas muchos los enemigos y muy enwalentonados con la impunidad, su hacia un ejemplar necesario.

Con la \ictoria del Cid abierto á la lid el campo y llegada la ocasión que aguardaba el Rey callando.

CAPÍTULO IV 163

un dia llamo á campaña y empezó á alistar soldados con las joyas que la Reina empeñó para pagarlos. El pueblo al ver de sus reyes la alta prueba de amor patrio dijo: No hayan reyes tales á sus pueblos por ingratos. Y haciendo los municipios esfuerzos inesperados y en las iglesias el clero por santa á la guerra dando, reunieron seis mil hombres y al Rey se los presentaron, con caballos y con armas y con sueldo de medio año. El Cid en triunfal carrera corrió desde el Ebro al Tajo contando un triunfo por dia y una conc^uista por paso. Del huracán con el ímpetu y la rapidez del rayo, fué en rededor de Castilla las fronteras ensanchando. El Rey, que era el pensamiento de quien él era la mano, llegó muy á tiempo a dársela al terreno toledano; \- en los árabes rebeldes puniendo juntos espanli) con el castigo, \ol\ ieron á los más l)ra\ ios mansos. Lleváronse por delante cautivos, oro y rebaños, que á Castilla repusieron de [)érdidas y de atrasos;

164 LA LEYENÜA DEL CID

y en seis meses de campana desde diciembre hasta mayo, desde Toledo á Coimbra corrieron y la sitiaron.

Pero era lui^ar muy fuerte todo en torno amurallado, bien guarnecido de torres, ceñido de fosos anchos. Los moros que la tenian eran muchos y muy bravos; peleaban dia y noche sin temor y sin descanso. El cerco los de Castilla apretaban, pero en vano; ellos están más enteros cuanto mejor apretados. Seis meses duraba el sitio y era ya el inxierno entrado, y andaban los sitiadores de fuerza y víveres faltos. Gastábase tiempo y sangre y comenzaba el desánimo á cundir entre la Qente, rendida de hambre y cansancio. Ya de levantar el cerco trataba el Rey, y un asalto postrero dar proponía el Cid ya desesperado, cuando los frailes Benitos del convento de Lormano, de trigo, mijo y legumbres dieron al Rey grande abasto. Juraba el abad que en sueños le habia Dios revelado que Santiago pelearla en pro de los castellanos;

CAPÍTULO IV 165

y que levantar el cerco era hacer injuria al Santo, que ya el corcel ensillaba para bajar á ayudarlos.

La fe hace andar á los montes: ordenó el Rey el asalto: fiados en el apóstol lanzáronse á él los cristianos, y hubo quien vio andar en medio del Rey y el Cid á Santiago repartiendo cuchilladas desde su jamelgo blanco Ello es que entraron á fuerza en Coimbra los cristianos, y dieron gracias á Dios por la intervención del Santo. El Cid, resistido al verse por la vez primera tanto, hizo esfuerzos de energúmeno y hazañas de endemoniado. El fué quien entró el primero, y á él se dieron despechados los moros de la alcazaba, como se dieran al diablo. Inmenso fué el regocijo, inmenso el botin ganado, inmensa del Rey la gloria inmenso al Cid el aplauso.

Descansó en Coimbra el Rey el mes nox'iembre, y trajo en literas a la Reina y á las infantas, llamando al buen obispo de Ox'icdo con todos sus sufragáneos |)ara consagrar á Cristo las mezquitas de los bárbaros,

1 66

LA LRYENDA DHL CID

Hubo tres dias de fiestas; y al mediodía del cuarto en la mezquita mayor que á la Virgen dedicaron, á Ruy Diaz de Vivar, el campeador castellano, arme') caballero el Rey en el altar de Sant YajTO.

El Rey le ciñó la espada; y no le dio espaldarazo, sino le besó en la boca como si fuera su hermano.

Y por hacerle más honra la Reina le dio el caballo, la armadura don Alonso,

la lanza y broquel don Sancho.

Y la infanta doña Urraca con sus nacarinas manos le calzó la espuela de oro sobre un cojin de damasco. Porque se la puso trémula, roja y con los ojos bajos, dieron en decir que fueron de chicos enamorados.

Si fueron ó nó, lo saben ellos y Dios: los hidalgos jamás fian los secretos del corazón á los labios.

Así fué el Cid caballero; y si su Rey le honró tanto fué porque mantuvo el Cid la honra del Rey en sus brazos.

Con qué, firmadas las paces y ensanchadas sus fronteras, á sombra de sus banderas el Rey recogió sus haces:

Y á los reyes de Sevilla, Córdoba, Murcia y Toledo, impuesto tributo y miedo volvióse en triunfo á Castilla. Mas en su vuelta triunfal, de él y su gloria mundana triunfó la flaqueza humana con enfermedad mortal.

Cuando vencedor volvia del aragonés y el moro, soñó que San Isidoro de su muerte le advertía:

Y confirmó su visión el mal que le sobrevino en la mitad del camino desde Coimbra á León.

Entró en aquella ciutlad en litera conducido, de fiebre mortal cogido, el dia de Navidad.

Y aun(|ue en lecho no se puso porque morir en pié quiso,

1 68 1 A LEYENDA DEL CID

morir vio que era preciso y á morir bien se dispuso.

Se hizo á la iglesia llevar; oyó misa y comulgó, la corona se quitó y exclamó \'Uelto al altar;

« Dios creador y soste'n )>del mundo, en él todo es tu\<): ,)> cuanto hube te restitu}'0. >¡ Clemencia de mi alma te'n!^>

Y delante del altar sobre ceniza tendido, quitóse el regio vestido y se mandó amortajar.

Rey bueno, de juicio sano, gran fe y corazón sincero, vivió como caballero y murió como cristiano.

Pero hizo un mal testamento, lo que afanes muy prolijos juntar costó, entre sus hijos dix'idiendo en un momento.

Partió el reino en cinco trozos )■ cuando se los legó discordia en ellos dejó sembrada á sus hijos mozos.

En wano á tiempo le dijo el buen \'iejo Arias Gonzalo que aquel testamento malo no iba bien á ningún hijo.

El Rey por Rey, ó por viejo, ó por paternal amor, juzgando el suyo mejor no oyó de Arias el consejo:

y preparóse á morir dejando obcecado á España

hecha campo de zizaña que azizañó el porvenir.

Rey grande y conquistador, de su patrimonio estrecho un gran reino habia hecho, de dia en dia mayor;

y fuerte por la unidad, libre por su independencia, le echó al fin de su existencia en mayor debilidad.

¡Tal es el hombre mejor! En el que más ve y más sabe, montón de polvo, no cabe más que falacia ó error.

Creen los Reyes que su Estado es hacienda propia suya que es justo que distribuya cada Rey según su agrado:

y por este error fatal, cual capa vieja y raida con cien remiendos zurcida de su color cada cual,

vivió reyezuelo tanto la España en hombros trayendo, cada cual de su remiendo aspirando á hacer un manto.

¡Errores de cada edad! por un viejo error muy sendo tiene aún España un remiendo de muy mala calidad:

y hoy al contemplar su mapa hay quien dice al ver su trazo: ¡cjué lástima de retazo cortado á tan buena capa!

I yo LA I.KYKNDA DEL CID

Sujeto á error por ser hombre, pero con fe buena y candida, muere el Rey dejando duelos tras una vida sin tacha. En San Isidoro muere de su altar sobre las gradas, sobre un montón de ceniza con humillación cristiana. Cilicios tiene ceñidos bajo la pobre mortaja, y los salmos de la muerte el clero abacial le canta. Con una vela en la mano responde el Rey con voz flaca al arzobispo de Oviedo que le recomienda el alma. lln torno suyo la Reina, los príncipes, las infantas, los nobles, los ricos homes, Alvar Fañez de Mi naya, el conde don Per Anzules, Ruy Diaz, Gonzalo Arias, sus soldados y su pueblo lloran rezando en voz baja; y se oye en los intervalos de las mortuorias plegarias, el estertor del que lucha con sus postrimeras ansias.

En un intervalo de estos, cuando nadie respiraba por no turbar al que espira con una muerte tan santa, desprendida de repente de los demás doña Urraca

CAPÍTULO IV 171

postróse junto á su padre diciéndole desolada:

<*; Padre, ¿cómo, buen cristiano, » mueres en Cristo y en calma, »dejándome de tus hijos »sólo á mí desheredada? »¿Qué te hice yo, padre mió? »¿Soy tal vez hija bastarda? »¿Por qué á todos mis hermanos » dejas mucho y á mí nada? »iEn la miseria me dejas » siendo de Castilla infanta! »¿yuieres que mercado infame »de tu honra y mi cuerpo haga?»

El Rey, un punto á la vida vuelto por tales palabras, alzó la cabeza y dijo: «Quién de mi deshonra me habla?» Respondióle el arzobispo: <í Vuestra hija doña Urraca.» Miróla el Rey ya sin vista, mas con los ojos buscándola, y díjola: <,<No te pierdas »por pobre, ni por liviana. »En un rincón de Castilla »dejé á Zamora olvidada »en mi testamento; tómala: »como feudo tuyo guárdala; »y á quien te quite á Zamora, »que mi maldición le caiga.» Todos dijeron «Amén. >> Don Sancho solo callaba, mirando la triste escena tor\o y con la cara pálida.

El Rey, con su esfuerzo último su última fuerza agotada,

172 LA LEYENDA DEL CID

ccrn') los ojos, dejando caer la cabeza calva scjbre las losas; soltó la vela que conserval)a en la mano, y c¡uedó inmenil vacío el cuerpo del alma. La vela entre la ceniza chisporroteando humeaba ; ajDagóla el arzobispo diciendo: «Dios en su «-racia le reciba;» y sobre el cuerpo tendiendo una oscura sarga, quitó el muerto de la vista de los que por él lloraban.

Vació el pueblo poco á poco la iglesia, mientras hincadas junto al cadáver la \iuda y sus hijos sollozaban. Don Sancho permanecía inmóvil como una estatua, torvo, de pié y apoyado en su espadón de batalla.

Por fin el buen arzobispo sacó de allí á doña vSancha y á la infanta doña Ehira enjugándose las lágrimas; y el buen viejo Arias Gonzalo asiendo de doña Urraca, la dijo: «A Zamora \ámonos, »ántes que alguno allá \aya. .í> Vamos: mientras en Zamora »viva yo y los de mi raza, )q3odrán ir mil á pedírosla, ,»pero ninguno á quitárosla.»

/ O

Dióla el brazo, y extendiéndola el velo sobre la cara, pasaron ante don Sancho sin decirle una palabra. Y mientras cruzar el templo don Sancho les contemplaba, juntáronse á él el Cid y Alvar Fañez de Minaya.

Se hicieron al Rey exec[uias sino con pompa sobrada con llanto del pueblo, cjue es la más pomposa mortaja. Quedó el porvenir preñado de tempestades cercanas; y. Rey don Alonso siendo de la tierra en que se hallaban, doña PI Ivirá se fué á Toro y don García á X'izcaya; don Sancho y su madre á Burgos, y Alvar y el Cid á su casa.

ño y medio há que don Sancho reina en Castilla, y aun nadie sus pensamientos penetra ni sus intentos precave. Sombra de su padre muerto, de su guarda como ángel, como freno de sus ímpetus, vive á su lado su madre. Don Sancho, de condición natural manso y tratable, pero de impetuoso genio y calentísima sangre, necesita quien de su alma las fieras tormentas calme; y no quien las crespas olas de Sus pasiones levante.

CAPÍTULO V 175

La reina ve cuan difícil es dirigir una nave de timón tan inflexible y de aparejo tan frágil: mas doña Sancha la guia más de quince meses hace, con una mano flexible y una vigilia constante. Don Sancho cumple severo con sus deberes ñliales, y guarda á su madre viuda miramientos sin iguales. Él es el rey: él gobierna, administra, hace y deshace: mas lo que su madre quiere no es menester que lo mande. Si ella pide, Sancho acuerda: si ella exige, él satisface: ella es la madre, él el hijo; y él va después, ella es antes. El primogénito siendo, ni pudo él imaginarse ni nadie dudó en Castilla que entera no la heredase: con que los cuatro pedazos de ella el rey al arrancarle, debieron doler á Sancho como si fueran de carne. Pensar que de carne ó tierra ha de dejar que le arranquen cuatro pedazos sin dar de ira ni dolor señales, es abnegación de monjes y heroicidad de mártires: pero no es virtud de príncipes, ni en don Sancho de esperarse.

176 LA LIÍVENDA DIÍL CID

Doña Sancha, con el tacto

delicado que no cabe

m;ís que en la mujer que ama

o en entrañas maternales,

de don Sancho v sus hermanos

con infinitos afanes

procura los rotos hilos'

atar de las voluntades.

Conoce bien doña Sancha

de sus hijos el carácter,

y sabe bien que don Sancho

cambiará cuando ella falte;

mas sabe también que, noble,

de palabra inquebrantable,

si promete cumple: y quiere

á prometer obligarle.

A sus hijos en secreto

cartas ha enviado y mensajes,

aconsejando y rogando

cjue hagan á don Sancho avances;

mas don Alonso es altivo,

don García inmanejable;

aquel piensa en sostenerse,

y éste sólo en arruinarse.

Aquel trata de hacer liga

con cristianos y con árabes

para cuando el dia llegue

en que la tormenta estalle.

Este, dado á favoritos,

á juegos y liviandades,

goza y exprime á sus pueblos

del porvenir sin cuidarse.

Mas como en conciencia todos

comprenden, por más que callen,

que haber dividido el reino

ha sido debilitarle.

CAPÍTULO V ^77

que era mejor dar impulso á su unidad y su ensanche, hasta volver á los moros de África á los arenales; todos temen que don Sancho en tal empresa se embarque, y á todo derecho alegue, ó á fuerza se lo demande. Con que nada fué posible que la reina recabase de sus hijos; y siguieron las nubes aglomerándose. Solamente doña Urraca que par en los años casi con don Sancho, le mostró siempre cariño entrañable, más amante, más sagaz, más obediente ó más hábil, escribió á don Sancho cartas de tan cariñosas frases, le mandó tantos regalos de infantil cariño imágenes, que el rey excusar no pudo por sinceros aceptárseles. Al fin concluyó al carteo con la infanta á acostumbrarse, y sus dones mujeriles á pagar con dones reales: con que el cielo por Zamora comenzaba á despejarse, y de los vientos de Burgos á no temer huracanes. Doña Sancha aprovechando aquel soplo favorable para el porvenir de su hija, no quiso desperdiciarle:

178 LA LEYENDA DEL CID

y un dia arrancó á don Sancho

prenda de fe, de amor gaje,

una promesa firmada

de que << en cualquier tiempo y trance

>que una gracia ó una vida

>doña Urraca le demande,

>la tenga por otorgada

>>por aquellas credenciales.))

Poco era; mas era al cabo un punto de que hacer base, en que apoyar una valla que algún arrebato ataje. Doña Elvira estaba en Toro donde á labradora dándose, podar y acodar hacia sus cepas y sus guindales: y contenta con sus huertos, reina de sus cachicanes, calculaba sus cosechas de albillos y garrafales. Ni recela ni imagina que de sus viñas la saque la ambición de sus hermanos, ni el moro se las asalte: y anda, de andar por el campo dia y noche al sol y al aire, tan gorda y tan colorada como un madroño salvaje.

Así en mil sesenta y siete vivian los cinco infantes, esperando un porvenir preñado de tempestades; y há quince meses que reina don Sancho en Burgos, y trae una vida sosegada que no era de imaginarse.

CAPÍTULO V 179

Cortes, pero reservado

con todos á la par, nadie

sus pensamientos penetra

ni sus intentos precave.

Alvar, el Cid, y los nobles

de su bandera secuaces,

ven, oyen, callan y esperan

que obre el rey ó se declare;

porque nadie cree tampoco

que en su corazón no guarde

algún secreto su calma,

ó se haya vuelto cobarde;

porque él dio desde pequeño

de grande esfuerzo señales,

de grandes ímpetus muestra,

y hombre no hay que de alma cambie.

Su calma, están avisados

de que es la de los volcanes;

montes verdes apagados,

y en erupción Leviatanes.

Con indiferencia fria

ha visto de él alejarse

á los que en pos se llevaron

sus hermanos los infantes.

Poderosos ricos-homcs,

barones de alto linaje

que flor y prez de Castilla

en su corte fueron antes,

de sus hermanos ya reyes

siguiendo los estandartes,

abandonaron á Burgos

por sus nuevas capitales.

El conde don Per Anzules,

el mayor entre los grandes,

el más rico de los ricos,

y el leal de los leales,

1 8o LA LEYENDA DEL CID

anda en León con su hermano

don Alonso gallardeándose,

de consejero y privado

y de Mecenas con aires.

Arias Gonzalo y sus hijos,

oriundos de los solares

de los condes de Castilla,

nietos de Fernán González,

por la infanta doña Urraca,

se dan por los tutelares

de Zamora, y la defienden

sin que niny;uno la ataque.

Con don García se fueron

mancebos muy principales,

tan levantiscos é inquietos

como de todo capaces;

y aunque en Burgos le quedaron

los Laras y los Pelaez,

los Nuñez y los Porcelos,

y Ruy Diaz y Alvar Fañez,

don Sancho ni con larguezas

se les intima ni atrae,

ni á su consejo les llama

jamás para consultarles.

Y en una vida inactiva

que en Burgos no hay quien no tache,

ni va á caza, ni hace de armas

ni de caballos alarde;

ni galantea, ni feria,

ni hace mercedes; y nadie

penetra en su pensamiento,

ni sus intenciones sabe.

Entre tanto, prevaliéndose de su calma inexplicable, tomándola por inercia y á él por de poco tomándole.