La leyenda del Cid · Capítulo real 5 de 12
CAPÍTULO VII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 10 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO VII
Seis dias xivió en su casa; y al cerrar la noche sexta, marido y mujer á solas hablaban de esta manera:
J IMtNA
El Ciu
JUIENA
El Cid
JlMENA
El. Cin
JlMKNA
El. Cn>
¿Vais sobre Zamora? ' ' ' •'•
En vano . :;
le recordé lo que olvida. ■ ■. •; Es de su hermana.
Es ''uarida . :•
de rebeldes por su hermano. ¿Y vas con él ••'
Sí que voy. ¡Mal de tal guerra presiento! No voy yo ;í ella contento, mas á ir oblii^ado estoy. • ; . :
Si el íue-o (pie en Zamora arde pronto don Sancho no apaga, lid más fratricida amaga ' prender más pronto ó más tarde.
270 LA LEYENDA DEL CID
Mujer inquieta es la infanta y todo contra él lo agita: si á Zamora no la quita, medio reino le levanta.
jiMENA La infanta es del Rey hermana.
elciu Mas, levantisca y traidora, amaga desde Zamora turbar la paz castellana.
jiMENA Jamás discutir, Rodrigo,
cuestiones de Estado intento, lo sabes; mas mucho siento que el Rey te lleve consigo.
El Cid SÍ uo vov yo dc él cn pos
¿quién le enfrena ó le aconseja?
JiMENA Mira si en Burgos te deja.
El Cid Déjalo CU mauos de Dios.
¿Qué temes por mí en Zamora}
JiMENA Xada: mas pésame ver
que vas contra una mujer con tantos hombres ahora.
El Cid Pésamc también á mí.
JiMENA (Juédate en Burgos.
El Cid No pUcdo.
JiMENA No sé porqué tengo miedo por primera \'ez por tí.
El Cid Déjalo eu mauos de Dios. El Rev va á tierra traidora, é imposible es que á Zamora no vaya yo de él en pos.
JiMENA ¡ Luego tú también me ocultas un fatal presentimiento!
El Cid Sí, mas lo quc yo presiento, tü, que lo ignoras, lo abultas. Presiento dificultades é imprudencias de don Sancho, que cree sin duda muy ancho
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que así se asaltan ciudades como Zamora en un dia; y yo le he dicho en su cara que nadie en Zamora entrara si Zamora fuera mia.
jiMENA Pues, ¿á qué vas?
El, cin A probar
que plaza que á mí ninguno me tomaría, no hay uno que me impida á mí tomar. A esta respuesta del Cid que su carácter revela, cpie en él es g'enio y en otro revelaría demencia, los ojos al cielo alzando calló y suspiró Jimena, convencida de que nadie cambia de naturaleza;
Y dijo entre sí: «Pls inútil querer torcerle: en la tierra todo tiene una atracción que á un fin natural lo lleva: el sol va siempre á occidente, contra el aire las cigüeñas, los rios hacia la mar, y mi marido á la guerra.»
En un camarín de fábrica entre bizantina y gótica, cuyas paredes tapiza labrado cuero de C()rdoba, cuyo pavimento sólido cubre valenciana alfombra, y cuyo mueblaje rico por su materia y su forma,
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la Opulencia y el buen gusto de su posesor denota, sentada está doña Urraca en su alc;izar de Zamora.
A sus pirs en un escaño, est.'í una mujer .'íun moza, pero de carnes enjuta, de recia armazón huesosa, de contornos masculinos, cabello negro, piel roja, y vestida á la africana, con fez, saragiiil y ajorcas: con que ella y su vestimenta son una mezcla estrambótica de hombre y mujer, pareciendo que hay en ella dos personas.
Es una felLáh nacida del monte Atlas l-u las rocas, ágil como sus panteras, astuta como sus zorras, hecha á lidiar del desierto con las fieras tribus nómadas, y á usar de las armas como las antiijuas amazonas. vSus padres y sus maridos en su aduar las dejan solas, V ellas guardan v defienden de los beduinos sus chozas. Los Emires marroquíes y los xeques de la costa traian de estas mujeres entre sus rapaces hordas. Fieles, sagaces, de todo capaces y á todo prontas, eran espías, correos, de sus esclavas y esposas
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guardas en su harén: en suma
eran las ejecutoras
privadas de sus empresas
íntimas o misteriosas.
Una de estas es aquella
á quien está oyendo absorta
la infanta, y que de un mensaje
ha sido la portadora.
De Toledo vino: Alfonso
en una carta muy corta,
dice que la incusa jera
frac bae/ia ¡eugua en la boca :
y la infanta doña Urraca,
que es muy buena entendedora,
para entender tal epístola
media palabra bastóla.
Convocó, pues, á sus íntimos,
sentó á sus pies á la mora,
y pues su hermano en la lengua
se fía de ésta, buscósela:
y en este punto agrupados
de ella están á la redonda,
y la mensajera acaba
de don Alfonso la historia.
Tras de la infanta la escuchan
Gonzalo Arias, cjue es su sombra,
y sus cuatro hijos ijue son
donceles de su señora.
Damas de su confianza
y adalides de sus tropas,
de la extraña mensajera
el noble auditorio forman;
y en el [)unto en c[ue comienza
este romance en mi crónica,
de este modo á sus oyentes
decía la narradora.
28o LA LEYENDA DEL CID
Y lo dccia con esa entonación armoniosa, con ese acento que á su habla da inflexiones de salnuKÜa; con esa forma voluble, que en sus cuentos amontona tropos, símiles c imág'enes, de los africanos propia.
— "Dos veces en riesg^o puso su vida la recelosa suspicacia de unos miítfis
y unos faquíes; carcoma de nuestra fe v nuestra corte, que de todo se avizoran, de todo se escandalizan, y á los creyentes deshonran. Uno de éstos una noche soñó cjue en triunfante pompa tu hermano entraba en Toledo á caballo y con corona; y apoyándose en el hecho de que, con tiesura indómita, tu hermano en la cabellera tiene un mechón que se enrosca y arremolina rebelde, con ira supersticiosa quisieron que en pro del reino le diera el Re\- muerte pronta. Kl Rc)' que no cree en agüeros, trat(') su pretensión loca de \il traición con un huésped, y en tu hermano rechazóla.»
— <<¡Ah buen rey!> — dijo la infanta.
— «¡Azzaláh!>^ — dijo la mora. — « Sigue, — dijo Urraca, — eso fué una vez: ¿qué fue la otra?»
CAPITULO \1I 2S1
— «La otra, — siguió la tcllah, fue que durmiendo á la sombra de una datilera espesa
una siesta calurosa, tu hermano, sin x'erle el Rey por estar entre las hojas él de una parte, sentóse el Rey á hablar de la otra. Iban con el Rey los mütfis y los xeques de su escolta; y mirando á la ciudad, fuerte entre el rio y las rocas, juzgábanla inexpugnable y de una manera sola posible de entrar: talando siete años su vega toda. Apercibió un mütfi al príncipe, y para que no recoja secreto tal, si no duerme, propuso una horrible cosa.
— «;Cuál?¿>
— «Con plomo derretido con que los caños se soldán de las fuentes (y soldaban uno á una pila marmórea mu)' cerca unos alarifes) echarle ardiendo una gota en la mano cpie tendia sobre la yerba.-
— «¿Y por obra pusieron tan vil idea?,>> — «¡No (pie no!; mas la modorra de Alfonso era tan profunda, (jue nada oyc); ni sintii')la caer ardiendo en su mano, ni á su impresión dolorosa
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despertó, hasta que en la palma se enfrió la ardiente c^ota.» — «¡Habrá perdido la mano!» — «Curó muy bien; y salv(')la con la vida, por tener la soñarrera tan honda. Y desde entonces tu hermano es la alegría y la gloria de Aly Maimun, que no sabe vivir sin él una hora. Con lo que el rey don Alfonso podéis comprender que goza de Aly Maimun de Toledo la hospitalidad fastuosa, y la protección más amplia: en sus alcázares mora, sus propios siervos le sirven, sus propios caballos monta, en los cotos reales caza, del rey se viste las ropas, sus caballeros cristianos sueldos del erario cobran; los toledanos le admiran, las toledanas le adoran, do quiera que se presenta de bendiciones le colman; vive tranquila, sultana, porque en tierras de Mahoma tu hermano está tan seguro, tan libre y tan sin zozobra, como la ancruila en el rio, como en el bosque la corza, como en su enjambre la abeja, como en el viento la alondra: y en tí su esperanza tiene, y en Aly Maimun la apoya;
CAPÍTULO Vil
2b'
V esto me mandó á decirte; si lo he dicho mal, perdona.»
— «No, sino muy bien; y en premio este anillo mió toma para que por él mi hermano tu fidelidad conozca.
■5í.«>í
Vo te pondré en los oídos mi respuesta, y de tu boca la oirá cual yo tu cuento. Te daré dos líneas cortas escritas; porque las letras son al que escribe traidoras, y las palabras son ruido que se disipa en la atmosfera; mas de palabras y letras dirásle en suma estas pocas: que á dar la vuelta á León dentro de un mes se disponga».
A estas palabras la infanta iba sin más ceremonia á levantar el estrado, cuando el fragor de las trompas, el doble de las campanas, V mil voces tumultuosas,
20:4 LA LEYENDA DEL CID
del camarin bizantino estremecieron las bóvedas. Salió al ajiniez la infanta, y como la vei^a toda domina su alcázar, puesto en la cima de una roca, la causa de t;í! tumulto, sin preguntarlo, \-i(') absorta; Don Sancho acampa sus huestes en rededor de Zamora. ]y
Y uno es un mal esperar c]ue nos puede acaecer,
y otro es sentirle llegar, y, sin poderle atajar, cómo nos sucede ver.
Así que los zamoranos tuvieron bajo sus muros á los tercios castellanos, no les bastaron ni manos ni ojos para estar seguros.
Y aunque está muy bien murada y son muchos en la villa,
no hay hora en que amenazada no se halle de ser entrada por las gentes de Castilla.
Y minándoles la tierra, y dando á peñascos vuelo con sus máquinas de guerra, el Rey de Castilla cierra sobre ella por tierra y cielo.
\' comienzan á entender que uno es á rey tal bravear, y otro con tal rey tener sin dormir y sin comer dia }' noche que lidiar.
CAl'lTULO Vil 205
(Grandemente les ensaña ver que ( xalicia, León, Asturias y toda España al Rey en esta campaña dan hueste y mandan pendón;
pues ven desde sus baluartes entre los del Rey y el Cid, ondear los estandartes que llegan de todas partes desde ( )viedo á \'al-de-( )lid.
Mas no por eso villano cede ó se descorazona el fiel pueblo zamorano: cuanto el riesgo es mas cercano, más puja y se envalentona.
Al largo asedio se aveza, y cuanto el Rey más la plaza bate, con más entereza defiende él su fortaleza y los asaltos rechaza.
Y sobre su fuerte muro al castellano pro\'oca tras de cada asalto duro, como un viejo halcón seguro en la cresta de una roca
¡Bien Zamora se defiende! y aunque bien Sancho la ataca, la estrecha, mas no la ofende: cuanto en ira él más se enciende, más firme está doña Urraca.
Mas todo ímpetu primero de alta fe, \'aU)r profundo (') amor el más verdadero, da en el jjueblo más entero en un extremo sc'undo.
286 l-A LliVKNDA DüL CID
]i\ tiempo, (le amor y fe }' entusiasmo popular í^ran roedor, no hay con qué por tierra al cabo no dé en un purl)lo á larg'o andar.
lin el puel:)Io más constante, más leal y más \'al¡ente, nunca falta un intriíjante ó un traidor, que ir adelante le impitia y le desaliente.
Jamás fcdta un agorero que mal no le vaticine, ó un traidor aventurero que alce un murmullo i)rimero y á un mal parecer le incline.
V alzado el priiuer rumor, cual mina que se dispara sube el murmullo á clamor; V un pueblo entrado en furor ;quién sabe dónde se para?
Ve el de Zamora que pasa á largo andar el octubre, y aunque el invierno se atrasa, cjue comienza á estar descubre su gente y vitualla escasa.
Y con secreta zozobra comienzan á comprender los zamoranos, que es obra su resistencia de sobra difícil de mantener:
pues mientras ellos se merman de heridas, cansancio y hambre, con los que mueren y enferman, sin que ellos coman ni duerman crece el campo como enjambre,
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Y ya Arias Gonzalo el viejo, el más ducho en el consejo
y el más bravo en la batalla, aunque en publico lo calla, á solas anda perplejo.
Y ya que el hambre le venza ó ceda su ánimo flaco,
del viejo Arias con vergüenza, el pueblo á temer comienza que la ciudad se entre á saco.
Y en vez de aquella fiereza con que leal se batia,
le ve con mortal tristeza, vista torva y faz sombría, contemplar la fortaleza del muro en que ya no fía.
Y empieza extenderse á ver del alcázar en redor,
y por las plazas crecer,
ese siniestro rumor
con que el miedo empieza á ser
de la rabia precursor.
Aun reina Urraca en Zamora, aun no ha recibido insulto, aun no es Zamora traidora, aun piensa y sospecha á bulto; mas ya el germen se elabora de la traición ó el tumulto.
Anda por Zamora ya un hijo de Olfos Bellido, Bellido D'Olfos que va allegándose partido; cjue amigo de Arias no ha sido nunca, y recelos le da.
Hombre de muy mala fe
y gran traidor tiempo atrás
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dicen que su padre íuc: dicen del hijo además que mató al padre; no sé si se averiguó jamás.
}U odio á él de Arias (ionzalo en tales dichos estriba: el hecho es que es hombre malo, pero con la infanta prixa: y aunque Arias entre ojos halo, D'Olfos es diestro y le esquiva.
La infanta le quiere bien porque la lleva el genial: y los villanos también le aman y temen, por tal historia tradicional; por la L]ue en él tal vez ven algo sobrenatural.
Este hombre de extraña raza y de extraña historia, empieza á andar ya de plaza en plaza, y á ser de grupos cabeza: todavía no amenaza, mas ya bulle y embaraza y do quier se le tropieza.
Aun Zamora se defiende: mas tan recio el Rey le ataca, que ya sus muros ofende, sus piedras y almenas saca de asiento, y sus cubos hiende; y ya con miedo comprende su situación doña lh"raca.
Ya empieza la población á comprender de Zamora, que no tiene en conclusión que esperar desde esta hora remedio ni salvación,
CAPITULO VII
sin un milagro, que implora sin fe, ó por una traición.
Mas la gente pensadora se hacia esta reflexión: «Dios milagros no hace ahora, »¿y c¡uién hace la traición ?>>
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En la mañana sombría del primer martes de octubre, en una mañana de esas en que de los rios surgen esas nieblas ondulantes, que en sus orillas se tupen frias, espesas y pardas, y el dia en tinieblas ;umen; á favor de su calígine sin que le vean ni turben, registra el Rey los estragos que muros y torres sufren.
La densidad de la niebla, por entre la cual no luce el sol, que por ella ahogado parece y de arder concluye:
290 LA LEYENDA DEL CID
el son del Duero que cerca
grueso é invisible ruge,
y el del robledal que á intervalos
ráfagas sueltas sacuden,
si nó pavor en el ánimo
del hombre de guerra infunden,
su imaginación asaltan
con presentimientos lügubres.
Las sombras que las creencias en nuestro espíritu nutren, en la niebla y las tinieblas en nuestro espíritu influyen. Creyente ó supersticioso nadie su influencia elude, si una incrédula osadía de su ánimo no la excluve. El Rey, á quien no hay agüeros ni pronósticos que asusten, ni presentimientos que hagan que á sus proyectos renuncie, va entre la niebla girando: con la sola pesadumbre de que un dia para dar un asalto no le dure. Sus catapultas estudia dó le conviene que apunte, y dó aplique sus arietes por que brecha le procuren; mas va viendo que los muros por ninguna parte se hunden, aunque ya han hecho sus tiros que mal sus piedras ajusten. Marcha en silencio y á pié, habiendo hecho que se oculten los pajes con los caballos del cerro á pié por dó sube.
CAPÍTULO VII 291
Subió hasta el postigo viejo;
y con gran gozo descubre
un lienzo que, si se bate,
es fácil que se derrumbe. El Cid, Ordoñez, Velasco,
Alvarfañez, Pero Nuñez,
y otros veinte caballeros
que su escolta constituyen
y su consejo, examinan
el lugar; y que consulten
les deja el Rey, de sus cálculos
para apreciar el resumen.
En esto, mientras que todos
en móviles actitudes,
gesto expresivo y voz baja sus pareceres aducen, dentro y detrás del postigo perciben que se difunde confuso rumor que crece cual de disputa que surge, y va en motin convirtiéndose; lo que á esperar les induce que por rendirse allá dentro el pueblo se atumultúe.
La curiosidad y el riesgo hacen que á un lado se agrupen, mientras que los gritos crecen; y según lo que deducen, por las voces de ¡abre! ¡cierra! ¡paso liaeed! ¡que ¡10 se fugue! parece que es el postigo por abrir por lo que pugnen.
No hay con el Rey un cobarde que en caso de lid repugne meterse en ella, ni en dar por él su existencia dude;
li):
LA LEYliNDA DEL CID
pero de cuál sea el riesgo próximo en la incertidumbre, firmes, callados é innióxiles esperan lo que resulte.
De repente las cadenas rechinan, el puente cruje, y se oyen por él los pasos de los que parece (juc huyen. Corriendo bajan la cuesta; y como es fuerza cjue crucen por entre el Rey y los suyos que el paso les interrumpen, por el sendero que ocupan dióse en la niebla de bruces, el que huia con el Rey, que aguantó apenas su empuje. El fugitivo que, asiéndose del Rey que lo asió, sostúvose, apenas á su equilibrio natural se restituye dijo — •« ¡el Rey..! » — reconociéndole, y amparado tras él púsose.
Sin tiempo de que demande qué es el Rey ni él continúe, los que le siguen metiéronse entre los del Rey, que acuden á rodearles de espadas, sin que ellos de ellas se asusten.
Arias Gonzalo y sus hijos son: y aunque ya se presumen presos por el Rey, impávidos esperan que él se lo anuncie.
El que huye de ellos es Dolfos, que procura que le escude el Rey; sin que ose ninguno hablar sin que el Rey pregunte.
CAPÍTULO VII 293
F.I. Rey
Doi.i Ob
(i. Akias
lioii-os
¥A Rey entabló al fin diálogo, pues la autoridad asume entre amigos y enemigos, y el caso es bien que t'l apure. ¡Tres contra uno entre hidalgos! ¡qué es esto!
Que yo propuse salir á tratar con vos y á los Arias no les cumple. Don Sancho, no hemos dejado salir á ese hombre á que os busque, porque es maestro en traiciones y una tememos que os urde. Don Sancho, tengo un partido que quiere que capitule la ciudad, y de la Infanta el juicio más no se ofusque. Los Arias, señor, os odian: ella deja que la usurpen el poder, y bajo él quieren que Zamora se sepulte. (■..Arias Don Sancho, ved que os lo aviso: si dejais que os embauque ése, que es gran forjador de traiciones y de embustes, no respondo de que en una no os haga dar, y no abuse de vuestro amparo; porque esa es en su raza costumbre. noi,!-os Don Sancho, veis que razones no os pueden dar, y recurren á las calumnias. Yo tengo parte por dó os asegure la entrada en Zamora, y dentro partido que me secunde. Hilos lo saben, señor.
294 LA LEYENDA DEL CID
G. Arias
por más que lo disimulen. Cegedlos y yo os entrego la ciudad, que en servidumbre tienen y miedo, en el punto en que su prisión anuncie. Vo os hago pleito homenaje: tomadme, aunque me calumnien, á vuestro servicio y de ellos con vos dejadme que triunfe. Rey don Sancho, dadle amparo; mas del daño que os redunde que nadie ante Dios ni el mundo á nosotros nos acuse; y del modo con que á vos nos atrajo, se me ocurre si entrasteis para cogernos aquí con él en ajuste. El, rev Don Arias, yo ni rechazo
á quien á mi amparo acude, ni armo á un enemigo trampas que mi honra de rey deslustren. Dolfos se vendrá á mi campo: libre id vos; mas si sucumbe la ciudad, os descabezo el dia en que yo la ocupe.
Tornó la espalda don Sancho; y antes de que se procuren los zamoranos auxilio, envuelto en la doble nube de niebla y del polvo que alzan sus caballos andaluces, entró en su campo con Dolfos, su escolta y su servidumbre.
CAPÍTULO VII 295
Los Arias que bien conocen del Rey el feroz carácter y que de él si son vencidos lo que les espera saben, decidieron en Zamora morir, mejor que entregarse y darle á gozar el bárbaro placer de descabezarles. Don Sancho, viendo el setiembre encima lluvioso echársele, apretó y planto sus tiendas debajo de los baluartes: y no hay ya un hombre que á ellos pueda seguro asomarse, ni modo de que un minuto los zamoranos descansen. Partida ya sin desquite va de tercos á tenaces; mas es ya fuerza perderla por una ó por otra parte. Colérico ante Zamora bramaba el Rey de coraje, contra Arias mil maldiciones echando al par de mil planes; pero por más que discurre, por más que á Zamora bate, allí la tienen los Arias para que el paso le ataje. Ni hay medio de que sus ojos ni sus pies del muro pasen, ni hay medio de que se quite á los Arias de delante.
Los Arias al \er que en lluvias amaga el tiempo cerrarse.
296 LA LEYENDA DEL CID
fian en que hará el invierno que el Rey el cerco le\ante: \- como el Rc)' de Zamora el campo abandone ó alce, de Zamora por la falta tal vez la tierra le falte; porque si Zamora triunfa, á su ejemplo es indudable que por don Alonso muchas fortalezas se declaren.
Tal porvenir no se oculta ni á los ojos perspicaces de don Sancho que le teme, ni de Arias que se le abre; y está don Sancho en Zamora como oso que ve un enjambre tan alto, que de él no puede llegar hasta los panales; y los Arias, de Zamora tras los muros seculares, como en roca inaccesible un nido de gavilanes.
El Rey de Bellido Dolfos aceptó el pleito homenaje, contra el parecer del Cid y todos sus capitanes. Lo que Arias de Dolfos dijo, lo que se habló de su padre mientras vivió, y las sospechas del parricidio, retraen de su intimidad y trato á las gentes de linaje: y anda en el campo cual sombra sin cuerpo á quien arrimarse.
CAPÍTULO Vil 297
Sólo el Rey le trata bien,
como á hombre que diz que trae
de un juez fundador de Burgos
el apellido y la sangre.
El Rey dice que á su amparo
se acogió y que debe dársele:
que si traidor fue- á Zamora
era á Zamora por darle;
que siempre del mal y el bien
que el vulgo propala de alguien,
son erróneas ó supuestas
las nueve décimas partes:
que siempre topan con D'olfos
los que de Zamora salen,
y que en salidas y asaltos
bien por Castilla se bate;
que nadie debe juzgar
que ha fraguado ni que fragüe
nada de lo que evidentes
no hay ni pruebas ni señales;
que pues nadie le halla en falta,
ninguno de sobra le halle,
y en fin, que de él amparado
no es bien que le desampare.
Todas las supersticiones, y las creencias vulgares sobre el fatalismo, tienen origen en hechos reales, en experiencias continuas de casos inexplicables, que obra del sino parecen por mas que sean casuales. La luz á la mariposa, *
y al pez el anzuelo atraen, y á los hombres desdichados los que han de serles fatales.
298 LA LEYENDA DEL CID
Ampara clon Sancho á D'olfos de quien todos se precaven; entrada le da en su tienda, soldada y o-ente que mande: con él intima, á pretexto de que es un hombre importante en Zamora y dentro de ella tiene influencia y parciales. Y á la verdad, sea D'olfos traidor c) de serlo trate, no trata contra don Sancho de usar sus iniquidades: porque en sus manos le tiene á solas mañana y tarde, y por él llamado á solas, á solas con él departe. A D'olfos pueden traidor los de Zamora llamarle, porque la traición que trata es á don Sancho entreQarles: y le asegura y le jura que conoce un medio fácil
y un sitio oculto por donde
puede en ella penetrarse;
pero que solo al Rey quiere
como leal revelársele,
puesto que al Rey debe sólo
favor y amparo en sus reales;
y que si le da cien hombres
tan valientes como audaces,
él y los suyos de adentro
el postigo viejo le abren.
Don Sancho no ha respondido
ni aceptado ofertas tales;
mas piensa en probar si son
efectivas y aceptables.
CAPÍTULO VII
Bellido D'olfos en tanto anda en el campo, entra y sale, de la manera más franca y más digna comportándose.
Anda solo y desarmado, no habla sin cj^ue le hablen, saluda á (luien le saluda y contesta en breves frases. D'olfos, auncjue traidor sea o haya sido, no es cobarde; pero es astuto y sereno, sagaz entre los sagaces, y elude con tacto sumo de los nobles los desaires; sin c|uc ellos jamás le sonden
ni (jue él jamás se delate.
Al ([ue adelantarle quiere
le deja pasar delante,
no ve á quien bien no le mira,
no mira á quien no le place.
300 KA LEYENDA DEL CID
Pero no está por lo visto dispuesto á o-astar en balde ni servicios ni razones, ni á sufrir befas ni ultrajes; y un dia que un leonés se propasó á codearle, al ir por una estacada á salir emparejándose, le dio tal puñada D'olfos cpie hizo que trastrabillase, por ir él inerme, usando de las armas naturales. El leonés furibundo, ciego y resuelto á matarle, empuñó el mandoble y vínose sobre él ; pero apoderándose D'íjlfos de una estaca aguda de las del cerco sobrantes, lanzósela como un dardo con tino y con fuerza tales, que en la juntura del peto y escarcelas acertándole, pasóle el cuerpo de modo que el leonés cayó exánime. El Rey le dio la razón; y aun diz que llegó á alabarle la maestría de un tiro tan diestro y tan de remate.
Y hay en predestinaciones sinos y fatalidades coincidencias extrañas; tan fuera de todo alcance, tan raras é in\'erosímiles mas tan claras é innegables,
CAPÍTULO Vil 301
que la razón las rechaza, la religión las combate, la fe y la ley las proscriben, ninguno las pre\'é antes, pero después de los hechos todo el mundo en ellas cae. Todos los hombres de juicio las llaman vulgaridades; todos los pueblos han hecho de ellas proverbios vulgares; y el saber popular siempre reducido estuvo casi á dichos y tradiciones, á proverbios y refranes; y los pueblos, sobre todos los pueblos meridionales, dicen que son evangelios sus proverbios populares. «Lo que está de Dios, sucede siempre» — dice un refrán árabe; y otro andaluz: «'De este mundo )>sin pagarla nadie sale.»
Eran costumbres del tiempo: los ejércitos entonces tomaban gentes de todas especies y condiciones: nobles, hidalgíjs, plebeyos, artesanos, labradores y hasta clérigos y ol)ispos; y, unos ricos y otros pobres, todos iban á la guerra porcpie del ]\ey los pendones (.laban sombra á las rapiñas, tpie eran sus logros mejores.
?02 LA LEYENDA DEL CID
Las presas de los saqueos, los rescates, que conforme á su condición pairaban los jefes y los señores; la venta de los cautivos o l(js derechos del goce del fruto de su trabajo á no tener compradores, eran g'ajes de la guerra, cebos á las ambiciones, gérmenes de empresas altas de hazañas engendradores. Así que nunca faltaban soldados á los barones belicosos de aquella era de guerra a su primer toque. Mas cuando se prolongaba una campaña, ó mal corte la daban las circunstancias, la suerte ó las estaciones, disoh-ie'ndose iba el núcleo de las milicias mejores, cual la nieve en las montañas al empezar los calores. Sólo al cebo de un asalto fácil, ó el valor enorme de una presa, mantenían la disciplina y el orden. El Cid que del rey don Sancho el campamento recorre vigilante, y por áó quiera lo ve todo )■ todo lo oye, todos los murmullos siente, todas las quejas recoge, todos los secretos sabe, todos los rieso'os conoce,
CAPÍTULO VII 303
y conoce la inconstancia de la suerte y de los hombres, dijo al Rey c|ue era preciso tentar el último golpe.
Las nubes comienzan gruesas á ao'lomerarse en los montes y el campo va á ser un lago si la nublazón se rompe. Los soldados se fatigan, se aburre la gente noble, Zamora fia en las lluvias ya más que en muros y torres; y dixididos y flacos y pocos sus defensores, y los del Rey hastiados y propensos ya el desorden, el medio de dar fin de unos y de que los otros cobren aliento con la esperanza, es hacer que estos se arrojen á un postrer asalto enérgico; la ciudad, si vencedores entran, dándoles á saco, con que al alcázar no toquen. Aceptó el Rey su propuesta; y el Cid yéndose á dar órdenes para el asalto, en su tienda el Rey á solas (|uedóse.
Era la hora de nona, hora á que don Sancho come, y el asalto habia de darse á altas horas de la noche. Comió el Rey solo; y atento á buscarse ayudadores dentro, porque de Zamora mejor la toma se logre,
LA IJÍYKNDA DEL CID
picó en el cebo, y á D'olfos mandó llamar á los postres. Don Sancho (') por sn mal sino, ó por ver las opiniones de sus nobles contra D'olfos, ó por ser lo que él propone una traición, ó tan sólo porque á reyes y á señores gusta obrar por sí, á los suyos sus tratos con él call(')les. Cuando alzaron los manteles, despidió á sus servidores; y con el tránsfuga á solas, dijo: <<Tus proposiciones acepto; ;:\ Zamora puedes darme? — < >s mostraré por d(')nde podaisla entrar,» — dijo D'olfos. El Rey fué á sacar de un cofre dos anguarinas muy anchas con mangas y capuchones; y dándole á D'olfos una, le dijo: — « Ese saco ponte; yo me pondré estotro, y vamos;» y así diciendo endosóscle. Vistióse D'olfos el suyo; el Rey se ciñó un estoque, tomó en la diestra un venablo y á D'olfos brindó un mandoble. D'olfos dijo: — «Señor, yo ando sin armas siempre;;» y mostróle su cuerpo inerme apartando sus ropas de él. Encogióse de hombros el Rey, cual si fuese cosa de que no le importe; y la capucha calándose con D'olfos emparejóse.