La leyenda del Cid · Capítulo real 6 de 12
CAPITULO Vil
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CAPITULO Vil
Salieron encapuzados
ai reai: dos caballos jóvenes
largos de carona, enjutos,
ágiles y corredores,
con sillas á la jineta,
libres de caparazones,
de mallas y lambrequines
que la marcha les estorben,
les presentó un picador.
Montáronles: encargóse
el Rey de dar á las guardias
la contraseña; y, al trote
saliendo de las barreras,
el Rey preguntó: ¿Por dónde?»
y D'olfos respondió á punto:
«Por la loma: hacia aquel roblo
Estaba éste en un cerrillo que se alzaba en el desmonte del trecho que separaba del foso á los sitiadores. Por aquel lado la peña
tajada á una altura enorme,
era inaccesible; el foso
lleno de fango se opone
á que ninguno á la fuga
ni á la escalada se arroje
por allí. Plantas parásitas,
liqúenes, zarzos y bojes
salvajes y seculares,
de crecidísimos brotes
y gigantescas raíces,
cuyas marañ;is informes
crecen en las quebraduras
de las peñas, interponen
una barrera ;i la vista
de los cjue arriba se asomen;
,06 LA LEYENDA DEL CID
sobre la cóncava peña tendiendo sus pabellones selváticos, que hace el viento que en lo alto zumben y floten. De ellos á sombra, y saliente del foso sobre los bordes, el roble del cerro inclina su viejo tronco deforme. Era un sitio solitario y encubierto, que en mejores tiempos sirvió á amantes citas y á festivas reuniones. Llegado allí — <« Aquí es,» dijo D'olfos, y apeóse, yendo á tener el caballo de don Sancho, que imitóle. — «Conque Wiestra Alteza trepe, dijo D'olfos, á ese roble media vara, y la cabeza al foso incline y se asome, puede \-er entre los brezos de una poterna el emboque. Da á un aljibe de Zamora, que está seco: tengo un hombre puesto en atalaya; si entro por el al caer la noche, Zamora es \-uestra: miradlo, y obrad como os acomode.»
Don Sancho, mientras hablaba D'olfos, del árbol asióse y empezó á trepar, dejando su venablo al pié del roble para que no le embarace las manos con que á él se coge. D'olfos, sin soltar la brida de su bestia, recogióle;
CAPÍTULO VII 307
y haciéndose atrás dos pasos para dar vuelo á su golpe, mientras don Sancho trepaba por las espaldas lanzósele. Pasóle de parte á parte: el Rey del tronco soltóse, y cayó inerte, la sangre arrojando á borbotones. Como un relámpago D'olfos montó á caballo: metióle los acicates, y á escape hacia Zamora lanzóse. Los del Rey desde su campo le ven, mas le desconocen bajo el capuz; pero el Cid, que lo cjue es sospecha, echóse sobre el caballo c|ue halló más á mano y persiguióle. Mas iba el Cid sin espuelas, y aunque su caballo corre bien, del campo es el de D'olfos uno de los más veloces; y sólo vio que el postigo viejo le abrian sus cómplices. — «¡Maldito sea, dijo el Cid, el que sin espuelas monte!,» Y empezó á los zamoranos á \ol\-er sus maldiciones; pero mientras él les daba de alevosos y traidores, del Re\', xuclto en sí, se o^•eron las desesperadas \'Oces.
3o8 l-A LEYENDA DEL CID
Desatalentada á ellas mucha gente de su campo acudió, en tropel confuso capitanes y soldados. El Cid, que ha reconocido la voz del Rey, su caballo volvió hacia donde la oia corriendo hasta sofocarlo. Llegó donde el Rey estaba: tiróse d tierra; á su lado se arrodilló, y ayudóle á incorporarse en sus brazos. Todos le dieron por muerto, ¡era un horrendo espectáculo! Pasado de parte á parte, el regatón del venablo le asomaba por la espalda y la punta por debajo del esternón, con la sangre cuajada ya en hierro y palo; su respiración difícil, sus ojos desencajados, las ansias con que se asian á cuanto hallaban sus manos, mostraban que era de muerte la herida doble del dardo, y que iban á apresurársela con sólo intentar sacárselo. Lloraban todos: y el Rey entre uno y otro desmayo, así decia, postrándose y animándose á intervalos: — «¡Yo me he tenido la culpa; va me avisó Arias Gonzalo!
CAPÍTULO vn 309
Sin duda estaba de Dios! Decid por mí á mis hermanos que me perdonen; yo obraba
como rey mas fue- pecado.
No hagáis nada por mi vida, porque es iniítih ¡Me abraso! ¡Agua!» — No la hal)ia cerca: fueron por ella: y en tanto, luchaba el Rey con las ansias de la muerte agonizando. De pronto, uno de sus últimos esfuerzos haciendo, atrajo á sí del Cid la cabeza; y poniéndole los labios casi en la oreja, le dijo: — <rDiaz, tú eres el más bravo y el más leal de Castilhi; entre moros y cristianos tu gloria es mucha: te debo mi reino y consejos sabios que debí seguir; y ahora te dejo desamparado, lo se^: vas á ser desde hoy de todos los tiros blanco. No te recomiendo á nadie, porque te haria más daño; todos los nobles te envidian: Urraca me cree azuzado por tí contra ella: Alfonso comprende (|ue está más bajo (|ue tií: los grandes te odian: pero el pueblo castellano te adora. Por él j)elea: no fies en mis hermanos; fíate en Dios y en tu espad;i; los reyes somos ingratos
LA LEYENDA DEL GID
casi siempre, pero el puehlo te pondrá que ellos ni;ís alto.» Dijo don vSancho y tornóse á desmayar: sollozando sostenia el Cid su cuerpo, y en silencio contemplábanlos sin respirar los presentes. Llegc) en esto con un vaso un doncel, al mismo tiempo que un obispo con el Mático y un capellán con los óleos: pero ya no le alcanzaron los sacramentos ni el agua: ya era muerto el rey don Sancho. Hincóse el obispo, y todos en torno se arrodillaron: y rasgándose las nubes comenzó á llover á cántaros.
olios no tenia cómplices: nadie esperaba su vuelta en Zamora: nadie estaba con él en inteli^^encia; mas él contaba con todos sin que nadie lo supiera, y con todos le ayudaron su osadía y su destreza. Todo lo habia calculado: de su traición la tragedia consumada en sitio oculto, antes de que descubierta fuese, le daba harto tiempo para huir; de las trincheras del campo al foso, tenia franca una llanada extensa d(Muinada por Zamora; y al salir de las malezas
312 LA LEYENDA DEL CIU
donde hizo su hecho, contaba con la vigihmcia atenta de la ciudad, y no en vano; del muro los centinelas, los vigías del postigo y torres que le flanquean, vieron un encapuzado tomar á escape la cuesta, y conocieron al Cid que tras él iba subie'ndola.
Kl alcaide del postigo (cual D'olfos lo pensó) piensa que, mensajero o espía de doña Urraca, atraviesa el campamento audazmente; y teniendo sólo en cuenta que por el Cid perseguido ser debe amigo, la puerta le franqueó y le tiró el puente: y por si su afán le ciega y entra el Cid tras él, se puso para entramparle en espera. El Cid que es muy ducho en trampas, celadas y estratagemas, que en los mayores peligros la serenidad conserva y cjue siempre hacia adelante mirando jamás tropieza, viendo en saK'o al que seguia cortó su inútil carrera. Entró D'olfos como un rayo, y sin dejar tiempo apenas para verle á nadie, á escape metióse por las callejas; y mientra el absorto alcaide con sus gentes en perpleja
CAPITULO VIH 313
indecisión consultaba,
él se perdió en sus revueltas.
Ya dentro, estaba scguri) de que en sus calles desiertas no tendría ojos Zamora para e'l, pues sólo hacia afuera mira, viendo allá su riesgo; y si es cjue alguno á una reja se asomó al son del galope de su caballo en las piedras, ya D'olfos desparecía dando á las esquinas x'uelta; ni era bajo la capucha fcácil que le conocieran.
Cruiíó, pues, la población, sin que de él apercibiera nadie en ella todaxía la traición ni la presencia. Rincón no habia en Zamora que conocido no fuera por el traidor palmo d palmo: llegado á una calle estrecha por un convento de monjas y las tapias de una huerta formada, y sobre la cual no hay ventana alguna abierta, paró en firme su caballo que de cansado revienta, se apeó y le dejó libre al cuello echadas las riendas. Todo lo ha pensado D'olfos; corre vecina la ace([uia del agua que entra en el huerto, fina y helatla: la bestia se echó á ella con sed rabiosa; y sabe D'olfos tjue es fuerza
314 LA l.üYENDA DHL CID
después ele carrera tal
(]ue en ella su muerte beba.
l\ümpi(j en esto en un dikuio la nublazón, la postrera luz de la tarde cxtinj^uiéndose detrás de su lluvia espesa. D'olfos dobló á paso largo del monasterio las cercas, y sin vacilar cruzando callejones y placetas, dio en un postigo trasero de una casa solariega situada de la ciutlad en la parte al real opuesta. Por allí el Duero á Zamora con turbias aguas rodea cuya anchura y profundísima corriente son su defensa. Las casas por allí están muradas y con almenas y abren postiguillos falsos sobre las ásperas peñas, entre las cuales se ocultan arriesgadísimas sendas, por dó se baja por agua del rio hasta las riberas: el postigo en que dio D'olfos de una de estas casas era; metió con tino una llave en la cerradura á tientas; y es claro que tiene práctica de usarla, pues se maneja á tientas cual si llevara en la mano una linterna.
Era su casa; metióse dentro y la calle desierta
CAPÍTULO VIH 315
lleno la lluvia v el ruido con que cae sobre la tierra.
D'olfos no tenia cómplices: jamás su traidora idea salió de su mente; á frase no la redujo su lengua jamás. — Sabia que hay cosas que á ninguno se revelan ni con nadie se consultan: porque por más que convengan á muchos, no las sanciona nadie dichas, sino hechas; y sólo por su buen éxito pasan como hecho y se aceptan. D'olfos no tenia cómplices: de su traición la secreta causa la saben sólo él, Dios y el diablo que le tienta.
Ahogado al fin el crepúsculo, cerraba la noche apriesa entre la lluvia y la sombra dejando al mundo en tinieblas. Zamora ig^noraba aún lo hecho por D'olfos: las fieras voces del Cid en el campo impidió el viento que fueran en la ciudad comprendidas; porque rotas y dispersas por el viento, en la distancia se perdieron inconexas.
Arias Gonzalo y sus hijos andaban en ronda v vela por la ciudad, )■ la infanta desde un ajimez atenta
3i6
LA LEYENDA UliL CIL
contemplaba el aguacero, aliado de ([uien esperíi que la libre de su hermano cuyo cami)amenlo anega. Mas dando en su mente á solas á sus esperanzas vueltas, veíalas inseguras sobre aire y agua poniéndolas, y se aburría mirándose en tal extremidad puesta, sin paz, ni esposo, ni amigo que la distraiga en su pena: todos los cjue tiene en torno sólo la hal^lan de peleas, de carestía )' de riesgos de su situación extrema. Los príncipes son así todos: aun en las más serias situaciones, necesitan quien la situación desmienta: y del fugitivo D'olfos la infanta á veces se acuerda, el solo que estar sabia siempre alegre en su presencia: el solo que la animaba con misteriosas promesas, y el solo que la infundía una esperanza perpetua. D'olfos, mientras que los Arias hombres adustos de guerra vigilaban por Zamora, teniendo galán en cuenta que la infanta era mujer [)or más infanta que fuera, la inventaba distracciones, V relatando le\'endas,
CAPÍTULO VIH 317
cantando amorosas trovas c iniprovisc'índola fiestas familiares, la fingía una ventura doméstica.
Mas D'olfos estalla ausente; y aunque se fue' prometiéndola en secreto, y ella sola lo sabe, felices nuevas, sólo oia de él informes malos y malas ausencias; y aunque en secreto espercáhale era con fe muv incierta.
Estando además la infanta muy nerviosa y violenta, no hay ya á familiaridades quien con la infanta se atreva: así es que ahora su alcázar parece el de la tristeza, y las visiones de un miedo sin esperanza le pueljlan.
En tal situación la infanta á través de las vidrieras miraba maquinal mente sin que ver nada pudiera en la oscuridad nocturna, cuando sintió con sorpresa á una puertecilla falsa un toque casi una seña.
S()lo persona mu)' íntima podia ser, mensajera
de alguna urgente noticia
¡plegué á Dios que no funesta! Corrió á abrir y hall()se en frente de D'olfos: quedó suspensa un instante y «>;qué hay?^^ le dijo: y él respondiíV. ..Es cosa hecha.
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Los castellanos el campo
levantarán, y r^ue venga
escribid á don Alfonso.
— ¿Y don Sancho? — Sus banderas
abandonarán mañana
las milicias leonesas,
^ü^.
4 // ^f ''-'~'^' i
las de Asturias y Galicia y la gente a\-enturera. »
(Jiiedó la infanta asombrada sin comprenderle, é incierta entre el miedo y la alegría dijo á D'olfos con voz trémula: «Mas ¿quién hizo tal prodigio? — Un hombre que sólo alienta para vos, y á cjuien no hay nada por \'os que imposible sea. Un hombre que os ama; un hombre capaz de dar su existencia por una mirada amante, por una sonrisa vuestra.»
CAPITULO VIII 319
Doña Urraca era mujer, niña no, pero aun doncella, y si inspirar no la plugo una pasión tan frenética, no se ofendió de saber que la inspiraba de veras, y dejaba sin enojo que D'olfos se lo dijera. El al decírselo estaba atento á cómo la sienta, y ella tan mal no sentándola oíale circunspecta; mas en las frases de D'olfos empezaba la princesa á entrever algo de extraño que á sobresaltarle empieza; no porque el amor la asuste ni porque aquel no comprenda, sino por algo que alcanza de éste al fin que la amedrenta. Y él á apurarla resuelto y ella á apurarle dispuesta, al diálogo interrumpido tornaron de esta manera.
Infanta Eu fin, ¿quiéu cs CSC houibre
que tal pasión por mí engendra, y cómo del rey don Sancho los batallones dispersa?
D-Qi.Fos Yo, señora; )-o, cpie os amo;
yo á quien nada hay que detenga ni amedrente por libraros de un enemigo en la tierra.
Infanta ¡Jesiís me ampare! ¿qué has hecho? Habla: que yo te comprenda bien: ¿qué cs de mi hermano?
d-olios Ha muerto.
120 I-A LliYENDA DKL CID
Infanta ¡Como!
D'Üi.i-os
Atravesado queda
por un venablo.
Infanta
¡Y tú fuistes!
DOffos
\'o, por \'os.
Infanta
¡ Maldito seas!
D'OiFos
¿No le aborrecéis?
Infanta
¡Traidor!
por mucho que le aborrezca, Judas infame, mi odio hasta el de Cain no llega: dijo doña Urraca irguiéndose con la dignidad mas regia. D'olfos furioso, entendiendo con ira que inútil era su infando crimen y vanas sus esperanzas quiméricas, irguiénduse ante la infanta corno pisada culebra dijo, perdido el respeto, el temor y la vergüenza: iroLFos ¿Es decir, mujer ingrata,
que te salvo y me condenas, que te pierdo y que me pierdes, que te adoro y me desprecias! ¿tú, mi cómplice ante el mundo?
Infanta ¿Yo? ¡inSCnsato!
niiFFos Pues qué ¿piensas
que he de cargarme yo solo con la traición por tí hecha? ¿Pues la muerte de tu hermano á quién sino á tí interesa?
Infanta ¿Quiéu osará ui pcusarlo?
DT)i,Fos Todos, en cuanto mi lengua lo diga, y cpiedará postuma en la historia la sospecha.
CM'ÍTUIJJ Mil 321
Infanta Coiitra la histor¡a y el mundo Diüs nic basta y mi conciencia.
dolios Dios y la conciencia salvan en el cielo, no en la tierra.
iNF.vNTA Y á tí ni en tierra ni en cielo habrcá ([uién salvarte pueda. Dijo la infanta: y lanzándose; con juxenil ligereza á la mampara, -¡á mí guardias!- gritó con ímpetu abriéndola.
Mas cuando el primer soldado llego, ya por la escalera secreta se habia tugado D'olfos, y habia barreado la puertecilla por íuera.
La infanta se vio perdida si en Zamora no presenta vivo ó muerto al traidor D'olfos, y ordenó que lo cogieran á todo trance. — -El, que es hombre de diabólicas ideas que á cabo á llevar le ayuda el diablo que le aconseja, perdido en Zamora viéndose, pues de él la infanta reniega,
pensó en salvarse achacándola
su salvación y perderla.
Cuando su traición fraguaba
D'olfos, de sus cien maneras
de irse de- Zamora al real,
por el rio era una de ellas.
Tenia una balsa pronta,
hecha de una tabla gruesa
con dos rodillos tra\ iesos
para c[ue no se le \ uelva,
322 LA I.l'.YENDA DEL CID
y un gran lanzon de virar para evitar, si tropieza, golpe o vuelco, tiene atado á su extraña carabela.
Tiénela á orilla del rio oculta entre la makza y atada á un árbol, teniéndola para un extremo en reserva. Corrió á su casa; embolsóse e! oro de sus gabetas; bajó al rio, entró en la balsa; una punta de la cuerda soltó descnsortijándola del árbol y recogiéndola, dióse un empuje, y fióse á la corriente re\ uelta.
Nadie le vio, nadie pudo en tal lobreguez: sus huellas borró la Iku'ia: en su casa no se halló indicio ni seña de lo que de él pudo ser, de su saKacion ó pérdida. Zamora le buscó en "\-ano; la infanta quedó en sospecha; )• una y otra sin venganza, )' de inocencia sin pruebas, se contentaron de D'olfos con el nombre y la leyenda.
Tristísima fué la noche del rey en el campamento, con su cadáver en tierra V la tormenta en el cielo. Las tiendas arrebatadas por el ímpetu del viento,
CAPITULO VIH
por las aguas de un diluvio enlodazado el terreno, los corazones transidos de horror y de sentimiento, soldados y capitanes calados hasta los huesos.
>■'] w w o'iA ' ? "í .-ia
todo en el real de Castilla era angustia, afán y duelo, y maldiciones y llantos y votos y juramentos. Para el traidor maldiciones; y votos de amor eterno, juramentos de venganza y lágrimas para el muerto. Extraído ya el venablo, lavado el tronco sangriento, tienen el frió cadáver aderezado en un féretro, sobre un tiimulo formado con militares trofeos,
■M.
l.A lj;Vl-:i\DA UKL CIlJ
alumbrado con liaclioncs (juc tienen monjas )■ ck'rigos; y aiTíidil lados en torno so turnan para tenerlos, como los que t^aiardia le hacen, hitlalgos y cal_)alleros.
De la tienda real en otro vecino compartimiento, velan el Cid y los nobles adalides del eje'rcito; todos castellanos; t(jdos sus partidarios con feudos en Castilla y de don Sancho mantenedores resueltos.
La tienda real, que está hecha con doce argollados lienzos, encerados j:)or afuera y ta.pizados por dentro, sujetos todos en cruz con fren adores de cuero, por anillaje ¡)asados á las puntas por los centros, está alzada y sostenida en ocho n.iástiles recios, equilibrados y firmes en cordones con.trapuestos, y en estacas poderosas de cuatro en cuatro sujetos; y está alcázar de campaña tan segura como un templo, hn ella está la tristeza veraz, el dolor sincero, la lealtad que no sabe bastardar los sentimientos. Al rededor de esta tienda acampan los \-erdaderos
CAi'íTüLO VIH 32
O-D
castellanos, los leales
borgaleses, que, aunque envueltos
en fanefo v tinieblas, cjuardan
los militares respetos
á sus jefes, y vigilan
campo y trinchera en sus puestos.
Del campo en las otras alas la inquietud es de otro género: los jefes tienen consultas, los soldados cuchicheos. Van V vienen, salen v entran pajes y palafreneros; todo estcá en desordenada confusión y mo\imiento.
Eran ya las altas horas de la noche; el aguacero cesaba y el temporal poco á poco iba cediendo: si hubieran los zamoranos aprovechando el momento de aquel descuido y desorden ;quién sabe que hubieran heclio? Mas en buscar al traidor pensaron sólo; y queriendo probar que no eran traidores la oportunidad perdieron. Los Arias, husmeando á D'olfos como despistados perros, al vecindario inquietaron y la ciudad revolvieron, y por í'itender á su honra su interés desatendiendo, tal vez de salvarlo todo triunfando desatendieron.
Só\o la infanta esperando su sahacion de más lejos,
320 LA LEYIiNDA DEL CID
el caso al rey don Alfonso
escribió, y en el silencio
de la noche á la Felláh
llamó y la dijo: «¿A Toledo,
te atreves á ir?» — -Y la mora
dijo: — lA'o á todo me atrevo.
• — ¿LlegarásP^Sí. — ;Cómo el campo
cruzarás? — Como un conejo,
por entre los mismos pies
del Cid, si con él tropiezo.
— Mejor es que busques paso
por donde él no esté. — Yo vuelo
como las aves y nado
como los peces; sin miedo
cjueda, sultana, por mí,
que yo por mí nada temo.
— Pues toma y que Dios te ampare.»
Dióla su carta y dineros
la infanta: y para mayor
seguridad y secreto
por el muro descolgándcjla
por entre el monte y el Duero,
partió la mora: y la infanta
quedó á sus solas diciendo:
<'<Dios me perdone oh'idar
por el re)- vivo al rey muerto».
Los príncipes son así casi siempre todos ellos: son hombres, mas obligados á ser príncipes primero.
Alboreó: salió el Sol é iluminó el firmamento alumbrando los desastres del temporal en el suelo.
CAPITULO VIII -52
Ó^/
El campo real de Castilla era un barrizal extenso dó yacian de sus tiendas y sus barracas los restos. Si ha de continuarse el sitio habrá que hacerlas de nuevo, pues quedan pocas capaces de dar abrigo á sus dueños. Arneses, armas y ropas chorrean á cielo abierto, y los caballos de guerra en estacas y maderos atados, en vano esperan el enlodazado pienso, enfangados hasta el vientre, trasijados y sedientos. Por limpiar y pulir sudan las gualdrapas y los frenos los jinetes; pero el dia va á ser corto para hacerlo. Sólo en las tiendas del rey, del Cid y otros opulentos barones, queda algo limpio, útil, servible ó ileso.
El Cid y los adalides castellanos, asumiendo la autoridad y en la tienda del rey habido consejo, hablan determinado mandar á Burgos el cuerpo, y tenian ya el cadáver encajonado y cubierto. Ya estaba en un carro fúnebre colocado, y pronto el séquito que habia de darle en el viaje guardia y acompañamiento,
328 LA LEYENDA DEL CID
cuando lleL;"ü á la real tienda un ;s-;Tupo de caballeros, jefes leoneses, cántabros, asturianos y gallegos.
Los de Castilla, aunque graves, corteses les recibieron, del muerto rey que venían por homenaje creyendo: mas con sorpresa, en tal caso por lo inoportuna, oyeron la razón que dio por todos de su venida uno de ellos; diciéndoles en resumen: <<que desbaratado habiendo su campamento el turbión; sin caudales para sueldo de sus gentes; y esta guerra nó en pro general del reino sino personal del rey por el sostenida siendo contra su opinión, creian que pues leales le fueron mientras vivió, hablan cumplido; y libres de todo empeño juzgándose, desistían y se apartaban del cerco de Zamora, de la Infanta legítimo heredamiento. »
Los de Castilla esperaban de ellos tal; mas no tan presto, ni bajo tan mala forma dicho, ni tan á mal tiempo; y aunque muchos lo escucharon arrugando el entrecejo, todos á la situación mirando, se contuvieron.
CAPÍTULO VIH 329
El Cid, que tácitamente después del rey por supremo adalid está aceptado en Castilla por lo menos, se encargó de contestar y contesto en estos términos: «Vuestra partida no extraño, yo la esperaba, y comprendo que nadie debe ir en contra de su conciencia: mas tengo para mí que es para iros coger pronto un mal pretexto.» <,<Aün no hay rey.>.> — «Lo es don Alfonso, > dijo un cántabro. — «En efecto, lo es, dijo el Cid: mas del moro es huésped ó prisionero. ">> «Volverá,» — replicó el cántabro; y dijo el Cid: <Debe hacerlo: mas mientras vuelve, en Castilla sin rey nos gobernaremos; y como somos leales y justos, en el derecho de partir ó de quedaros que os halláis reconocemos. Obrad, pues, como os pluguiere: nosotros hemos resuelto vengar al rey, y Dios juzgue á cada cual por sus hechos.»
Eos disidentes, que horros salir á tan poco precio no esperaban, se alejaron sin más hablar satisfechos.
El Cid les dejó partirse, y cuando ya les \ió léj(JS, dijo con tono solemne á sus castellanos vuelto:
o LA LEYENDA DEL CID
<< Caballeros de Castilla, fijos-dalgos y homes buenos de Burgos, tomad en cuenta lo que os propongo: nombremos un campeón que á Zamora \-aya hoy mismo en nombre nuestro al traidor Bellido D'olfos á demandar vivo o muerto. Si se le dan muerto ó vivo con sus cómplices, á haberlos; si doña Urraca y los Arias por sí y por todo su pueblo juran que parte en la muerte del rey don Sancho no hubieron, justicia hecha en los traidores, de Zamora el sitio alcemos. Mas si no le entregan, queden por traidores todos ellos: que nuestro campeón por tales les acuse desde luego, y rete desde los Arias hasta el último pechero, á batalla, á todos juntos: y á cinco por uno á duelo. Si aceptan haremos campo; si rehusan, ¡por San Pedro de Cárdena! hasta acabar con todos, aquí quedémonos. >> Todos lo que el Cid propone aceptaron y dijeron: «Mejor que vos nadie puede ser campeón de Burgos: sédlo.> hl Cid replico con noble resolución: «Vo no puedo: al viejo rey don Fernando hice en vida juramento
CAPITULO VIH 331
de no hacer contra sus hijos
armas nunca y protegerlos.»
— «Cogisteis á don García,»
dijo una voz; y sereno
repuso el Cid: — « Le cogí
á brazo, y sólo blandiendo
mi espada contra los que iban
cuando le aterré á cogerlo. »
— <íMas hoy sois contra la Infanta,»
á replicarle volvieron:
mas el volvió á replicar:
^< No soy fuerte en argumentos;
mas si se alzara don Sancho
responder pudiera al vuestro
cuánto abogué por su hermana
antes del sitio: y por eso
á ser campeón de Castilla
contra la infanta me niego.
Vo obro seo'un mi conciencia:
respetad mi error, si yerro,
y elegid otro campeón.
Pero juez me considero
en nombre del rey su padre
de los infantes, é intento
pedirles cuenta de Sancho:
y á servirles me rebelo
mientras no prueben ó juren
([ue nada en su muerte hicieron.))
Dijo el Cid, y conmovido ([uedó j)or unos momentos durante los cuales todos guardaron ante él silencio.
Rompióle por ñu un mozo de tan noble nacimiento, que de los antiguos condes desciende por abolengo.
Don Diego ürdoncz de Lara se llama; y au!ii|uc mancebo de años veintiséis, \a hombrea entre hombres de grande esfuerzo. Este dijo: «Pues que el Cid juró lo que fuera bueno que no jurara, de Burgos yo por campeón me ofrezco.
Vo iré á Zamora por D'olfos, y si sin D'olfos me \-ueIvo, retaré á los zamoranos uno á uno ó ciento á ciento, como quiera que se atengan á la batalla ó al duelo: á duelo en campo estacado, á batalla en campo abierto. Vo lidiaré en la batalla como es ley con cinco de ellos; y si os dejo mal, será dejando en la lid los huesos. >>
A estas palabras del mozo el Cid y los jefes viejos por campeón aceptáronle y su bendición le dieron.
CATÍTULO Mil 333
Tras esto empezó su marcha á emprender á paso lento la comitiva mortuoria con aparato funéreo: y según iba cruzando el Real á campo travieso, soldados y capitanes iban se en pos reuniendo.
Al trasponer las barreras tras sus atrincheramientos se hincaron todos, enviando al rey su adiós postrimero.
Aún se apercibía el carro negrear por el sendero del monte, cuando empezaban á partir del campamento las huestes desordenadas de asturianos y gallegos, cántabros y leoneses; y al llegar el sol al centro del cielo, los castellanos se preparaban el cerco á mantener por sí solos tan leales como tercos.
Lo que de Castilla entera lograr no pudo el \alor, el miedo de la deshonra de Zamora lo alcanzó.
Los Arias se acobardaron cuando con resolución caballeresca don I^iego entrada en illa pidi('). Todo el pueblo salió al muro, mas nadie tu\o valor
334 LA LEYENDA DEL CID
para franquear á don Diego
la entrada en la población.
Al oir que muerto ó vi\^o
les demandaba al traidor,
acusándoles por cómplices
del regicidio sino,
quedaron mudos c inmóviles
en la triste convicción
de no poder entregarle
ni tener prueba mejor.
Don Diego, dando por causa
de tal irresolución
la de hacer causa de todos
de D'olfos el hecho atroz,
dijo airado, en los estribos
alzándose: «Una de dos:
con D'olfos, ó contra D'olfos;
pues de Zamora salió
y se refugió en Zamora,
lo qué es de él en conclusión
debéis saber: conque ó dádmele
ó con él traidores sois.»
Era dilema sin réplica, y sobre Arias ejerció y sobre el pueblo una especie de aojo ó fascinación. Mirábanse unos á otros, unos de otros con temor de darse ó de ser tomados por reos de la traición, y aquel alucinamiento que les embarga, mayor cuerpo dando á la sospecha y más fuerza á la razón de don Pedro, alucinándole de exasperarle acabó,
CAPÍTULO VIII 335
y al fin á los zamoranos dijo con tremenda voz:
«Traidores sois: y por ello malditos seáis de Dios; yo os reto, pues, como á viles sin fe, indignos de perdón, hijos de padres infames y de madres sin honor. Yo os reto como á traidores uno á cinco, diez á dos, veinte á ciento y ciento á mil, desde el pechero al barón, desde el más grande al más chico, desde el infante al pastor, y á cuantos hombres nacidos dentro de Zamora son, y á cuantos hijos nacieren de quien de ellos concibió. Malditos sean, traidores, malditos sean de Dios las aguas de que bebéis, el pan que os da nutrición, el aire que respiráis, el fuego que os da calor, la luz que os luce, y la sangre con c[ue os late el corazón.»
Y de este atroz torbellino de maldiciones en pos, don Diego contra los muros de Zamora arremetió, y en señal de desafío, de desprecio y de baldón, rompió la lanza en sus piedras y luego las escupió. Y esto hecho, volviendo grupas tornóse al campo veloz.
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dejando á los zamoranos en muda estupefacción.
Arias Gonzalo á su pueblo reanimar procuró, pero en vano: entrado habia en ese torpe estupor en que caen los pueblos bravos cuando entran en reacción de miedo, tras de un esfuerzo gig'antcsco de valor.
El de Zamora, extenuado del hambre en la inanición; más acorralado vie'ndose cuando libre se creyó: viendo por el regicidio hecha su causa peor: presa de un miedo que engendra en él la superstición de que Dios le abandonaba de mengua y de deshonor cargándole, cayó en hondo desaliento, y se obcecó fundando sólo de D'olfos en el castigo su honor, y en entregarle tan sólo su rehabilitación. Arias Gonzalo, arrastrado por tal creencia, perdió su serenidad; la infanta encerrada en lo interior de su alcázar esperaba de Alfonso la intervención que no llegaba. — En seis dias nadie en Zamora durmió
CAPÍTULO VIII 337
buscando á D'olfos, por cuya total desaparición llegó á creerse que al diablo tuviera por protector.
Fueron seis dias de afán: y en todos sin excepción don Diego Ordoñez de Lara, al salir y al caer el sol, del muro al pié repetia su reto y su maldición; y nadie contra él osaba salir de Zamora en pro. ¡Hechos de aquel tiempo heroico que archi\a la tradición! nadie á traición desde el muro tampoco dañarle osó.
Los hombres como los Arias no sufren más que intervalos de debilidad; el tino pierden tal vez, nunca el ánimo. Al medio dia del sétimo el buen viejo Arias Gonzalo llamó á asamblea en la plaza á todos los zamoranos. A la infanta doña l'rraca obligó á que en un estrado la presidiera, y así habló á sus conciudadanos: «Habitantes de Zamora, oid, que con todos hablo, desde el primer barón libre hasta el último vasallo. Don Diego Ordoñez de Lara nos reta como á villanos
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y traidores si al traidor
Bellido D'olfos no damos.
Bien sabéis que hemos revuelto
la ciudad de arriba á bajo,
y á lo que parece á D'olfos
ó ampara ó se llevó el diablo.
Veo con asombro y duelo
vuestra flaqueza y desánimo
y que en lugar de batiros
pensáis sólo en sinceraros.
Por mi parte, de los fieros
de don Diego ya estoy harto,
y he resuelto con mis hijos
salir con él á hacer campo.
Mas saber antes me importa
si con justicia me bato,
pues no quiero como bueno
morir en empeño malo.
Ciudadanos de Zamora,
por todo lo que hay sagrado
en el cielo y en la tierra
os conjuro y os demando
que declaréis si hay alguno
entre vosotros culpado
de parte ó conocimiento
en la muerte de don Sancho.»
«¡Nó!» — respondieron á un tiempo
todos. — <- Por Cristo jurádmelo,»
dijo él: y dijeron todos
á una voz: «Te lo juramos.»
«Elegid, pues, siguió el viejo,
doce barones fiados
que vayan á hacer del duelo
las condiciones y pactos:
y en cuanto esté hecho el palenque,
puestos de Dios al amparo,