La leyenda del Cid · Capítulo real 11 de 12
CAPÍTULO XIII
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CAPÍTULO XIII
espoleó el cansado potro, á las crines agarrado. Bermudo con imprevisto quiebro, y bote zurdo y rápido tendió al moro, y á las bridas de su montura echó mano. Dióselas listo á don Diego y dijo: «Tomad, cuñado; decid que al moro matasteis que le montaba, y honraos con mi golpe; que pues nadie volvió la cara á mirarlo, callaré del Cid por honra tomando la vuestra á cargo.» El Cid que oyó hablar tras él, la faz sin parar tornando dijo: «¿(Jué fué eso?i> y Bermudo respondió con desparpajo:
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«Que don Diego mató un moro, »y siendo bueno el caballo >H|uc traia, le recoge »como campeador de garbo.»
Pagóse el Cid del buen hcclu), sonrió ;í los dos hermanos.
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y entró en Valencia á sus hijas tan buenas nuevas llevando.
Búcar asedió á Valencia de tomarla esperanzado siendo los del Cid tan pocos y sus musulmanes tantos; pero el Cid la mantenía, y el cerco se iba alargando y según perdia él gente los del Cid cobraban ánimo. Los dos condes de Carrioii, don Diego por lo pasado con el moro, y por andar con tercianas don Fernando, no hablan gran papel hecho, mas tan mal no habían quedado, y el Cid les miraba bien al de sus hijas mirando. Nadie, por respeto al Cid hubiera emitido un fallo contra su valor, si en tierra no diera con él el diablo. Oniso su mala fortuna que una siesta, reposando el Cid, con el codo puesto en el brazal del escaño, y apoyada la cabeza en la palma de la mano, su sueño estuvieran ellos, ( )rdoño y otros guardando. Hablaban de juglerías y reian por lo bajo, ahogando sus carcajadas en la boca con la mano
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por no despertar al Cid, cuando de pronto estallaron voces de <<;[ guarda el león!» que aturdieron el palacio. Era que el mayor de aquellos del rey de Persia regalo, habíase de su jaula por un descuido escapado. El león, al que tal vez en Persia habían hecho manso, contento de verse libre, dando rugidos y saltos, se fué de cámara en cámara metiendo, hasta que en el cuarto dó estaba el Cid presentóse la melena espolvoreando. Bermudo, Ordoño y los otros que allí estaban, esperaron á ver qué hacia, los hierros á precaución empufiados; mas los condes de Carrion, sólo á su miedo escuchando, dieron dos pruebas ridiculas de un miedo indÍQuo de hidalsjos. Don Fernando de un sillón se escondió tras el respaldo, como si contra una fiera fuese tal mueble resguardo, y don Diego como huyera un chisco de un espantajo, salió de la sala huyendo por un postigo excusado. El Cid con calma serena se fué al león, y atusándolo, la greña le asió y llevóselo: lo que pareció milagro.
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Enjaulóle; al leonero
riñó por su mal cuidado,
y á su aposento volvióse:
mas á sus yernos buscando,
le dijo Ordoño riendo:
<'<De uno yo os daré recaudo,
que aquí se agachó por ver
si era el león hembra ó macho.»
Y echando á tierra el sillón
mostró al conde don Fernando
trémulo aiín de pavura
cual liebre cogida en lazo.
Sonrojóse el Cid por él: mas su sonrojo dio en asco cuando supo que don Diego, ciego y desatalentado de pavura, unos corrales vecinos atravesando, en un muladar, huyendo, habia consigo dado. .
Una situación ridicula es para el hombre más sabio atolladero del cual jamás sale bien parado; y el Cid, aunque hombre de guerra, hombre de instinto y de tacto, quiso evitar que el ridículo por él llegase hasta escándalo. Calló, pues; llevóse á todos tras de sí, y salió del cuarto, dejando en él sin decirle nada al conde don Fernando. Pero produce el ridículo peor herida que el dardo ; la de éste se venda y tapa y aquel no hay cómo taparlo;
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y las heridas al aire con él se enconan, y al cabo matan : y las del ridículo pulverizan como el rayo. Lo de los Condes se supo hasta entre el vulgo villano; y honra que el vulgo mancilla jamás se limpia de fango.
Con los condes de Carrion venido habia á Valencia el sombrío encogullado que con ellos se aposenta. Desde que al Conde su padre Dios llamó á la vida eterna, quedó en Carrion cual si fuese de la condal parentela. De seglar y de eclesiástico á un tiempo con apariencia, puesto que el sayal se endosa por temporal penitencia y en él viviendo, en el mundo que puede cumplirse prueba: para el mundo bajo el hábito á amparo está de la Iglesia. Eran costumbres del tiempo; y en todos en nuestra tierra, haciendo á pelo y á pluma ha habido y hay gente de ésta. Si es disfraz es bueno y ccniíodo; pues con él cubre completa su figura y su aire oculta si es que disfrazarse intenta. Si de buena fe lo endosa, tiene la ventaja inmensa
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del respeto que se capta
la buena fe en todas épocas.
Ayo, intendente y maestro,
y consejero, gobierna
en Valencia como en Burgos
de los dos Condes la hacienda.
Los mozos de seso escasos,
dominados por su inercia
y su vanidad de infantes,
por él gobernar se dejan.
Y como él jamás en nada
les coarta ni escasea
y les alivia del peso
de cuidados y de cuentas,
\'iven, hechos desde jóvenes
á estar en su dependencia,
como pródigos pupilos
en generosa tutela.
Observa aquel personaje,
como en Burgos, en Valencia
una intachable conducta
y una absoluta reser\'a.
Jamás sale de su círculo,
jamás relaciones mezcla
con las que contraen los Condes
y á su deber se concreta.
Administra, disciplina
la servidumbre; sustenta
en buen orden de la casa
oficios y dependencias;
y no hay nada que el ser\'icio
desnivele ni entorpezca,
y siempre está á su mandato
todo á punto y todo en regla.
Como en nada se entromete
y en nada por nada entra
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ni aspira á mando ni influjo en Castilla ni en Valencia; como de administrador sólo el papel representa y en el interior gobierno de casa no más se emplea, ni nadie de él se apercibe, ni nadie de él se recela, y todos dentro de casa de los Condes le respetan. A nadie tal vez gustando su aire sombrío y faz tétrica y á nadie siendo simpático tal vez, nadie se le acerca. Desde que á Valencia vino tomó una costumbre nueva, pasea de noche: acaso por necesidad higiénica de movimiento y de aire; pero sólo se pasea por las calles silenciosas que la morería puebla. Y al pasar ante los moros reunidos á sus puertas al S(i/(///¿ a le i ka de ellos, (tlcikiiin Sa/aai contesta. Santón cristiano creyéndole, á su virtud ó á su ciencia remedio ó socorro pídenlc de enfermedad ó miseria : y él al enfermo visita, y alarga al pobre monedas y á ningún moro el cristiano remedio ó socorro niega. Alguna vez en la casa de enfermo ó pobre le espera
alguno con quien á solas bajo y aparte conversa.
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Y alguna vez uno de esos sigue á la playa desierta
y algo de la mar aguardan según lo que la contemplan. Mas siempre á la despedida de estos, al Salam alvika dice: askiit t^v/ ^-1 ¡lali iaiiuck, silencio y Dios te proteja. Jamás vuelve tarde: asiste de los Condes á la cena siempre, y á solas con ellos entonces de sobremesa, es cuando de sus negocios les habla, y les aconseja, y, alma de ellos, le obedecen como al viento las veletas.
Y ángel bueno para ellos ó divinidad maléfica.
CAPÍTULO XIII 51 I
él parece que ha de ser
quien les salve ó quien les pierda.
Hé aquí porqué del mal dia
en la noche á horas primeras
en su cámara á los Condes
decia de esta manera:
«Reasumamos los hechos
y saquemos consecuencias.
Los hechos son que os saco
los primeros á pelea
y os puso en riesgo de muerte
á retaguardia á la vuelta,
dó á tí te ayudó I]ermudo
sin que tú se lo pidieras.
Oue hoy en el cuarto en que estabais
metió un león; cuya fiera
con vosotros fuera brava
aunque con él sea doméstica.
Ahora oid: de estos dos hechos
saco yo estas consecuencias:
os sacó el Cid los primeros
á lid porque allí murierais.
Visto que salláis horros,
en ya fatigadas bestias
os dejó á la retaguardia
])ara que el moro os cogiera.
Al ver que vuestros caballos
conservaban aún sus fuerzas,
Bermudo contra un moro ebrio
por mandrias os dio defensa.
El Cid, que os dio sus dos hijas
sólo al Rey por deferencia
ó por no poder negárselas,
no quiere que sean vuestras.
Y al sacaros contra Biicar
y al echaros una fiera,
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sólo quiso en ambos casos vuestra muerte ó vuestra afrenta; pero muertos ó afrentados es aquí una cosa mesma: con que de la muerte se huye y las afrentas se vengan. ¿Ouereis seguir mi consejo? Salgámonos de Valencia con sus hijas; yo os diré cómo habéis de devolvérselas.» Los condes mozos que andaban con las mandíbulas trémulas en casa del Cid, corridos de pavura y de vergüenza, aceptando el mal consejo resolvieron con vileza disimular hasta cuando vengarse y huir pudieran.
Huir no necesitaron: el Cid, que está que revienta de cólera por sus yernos, mas que con ellos no piensa desfogarla, sus enojos porque á sus hijas no hieran, determinó aquella noche contra los moros volverla. Llamó á consejo á sus jefes y adalides de más cuenta, y una salida nocturna les propuso. Una tormenta amagaba; al estallar, entre granizo y centellas, del campo moro asaltaron estacadas y trincheras. Dentro ya del campo, dieron fuego á prevenidas teas.
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y empezaron como diablos á incendiar chozas y tiendas. Los moros supersticiosos, desvelados de sorpresa, al ver tantas luces móviles cobardes se desconciertan. Los del Cid van de concierto en bien concertada empresa: los moros desconcertados á concertarse no aciertan. Los del Cid hieren y matan, derriban, rompen é incendian, y al pabellón del rey Búcar el Cid á caballo llega. Búcar tuvo apenas tiempo para echarse á la carrera sobre un caballo espantado sin arneses y sin riendas. El Cid gritaba siguiéndole: «¡Yo soy el Cid! tente, espera !> Búcar taloneaba el bruto y cerraba las orejas. Los moros con él huyendo llegaron á la ribera, y á las ondas se arrojaron á alcanzar sus carabelas. Empezó á rayar el alba y con alegría inmensa de los del Cid, aluml)ró de moros libre á Valencia. Búcar y los \-enturosos que no quedaron en tierra muertos ó eschuos, al África tornaban á remo y vela. Cogió el Citl botin ri([UÍ.simo, apresó huestes enteras;
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el tesoro del rey Bücar, su favorita Zuleika, su alfanje de puño de oro, su fez con borlón de perlas; diez y ocho xeques aliados que por salvar la existencia ofrecieron en rescate tanta plata como pesan, y tantos caballos que hubo que venderlos por las ferias. Y en medio de un campaneo triunfal y de la frenética gritería de las turbas que casi en vilo le llevan, cubierto de sangre y lodo llegó al pié de la escalera de su alcázar, el buen Cid y á los brazos de Jimena.
Al cerrar de aquel buen dia la noche azul, á presencia del Cid, pidieron los Condes de ser admitidos venia. El noble Cid recibióles como si olvidado hubiera lo pasado, y cual debia á los que sus yernos eran. De partirse á Carrion ellos le demandaron licencia y de llevarse consigo sus mujeres á sus tierras. El Cid, pues son sus maridos y poder tienen sobre ellas, se la otorgó, pero díjoles con voz firme y faz serena: «Lleváoslas y tratádmelas como á hidalgas ricas hembras,
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que os las dio el Rey, y son hijas mias y mujeres vuestras.» Ambos se lo prometieron, y en las nocturnas tinieblas partieron con sus mujeres, siervos, bagajes y acémilas. Jimena abrazo á sus hijas de angustia insólita presa, cual si en vez de ir á sus casas ambas al suplicio fueran: y el Cid salió á acompañarlas hasta el confín de las huertas, de la vega á la salida con emoción despidiéndolas. Cuando vio el Cid alejarse su comitiva por ella, dijo á su sobrino Ordoño : «Sigúeles á la encubierta; porque el corazón me acosa no sé qué inquietud secreta; cjue hombres cobardes con hombres, no son buenos con las hembras.» Dio á Ordoño un tabardo burdo y una corredora yegua, y aquel partió tras los Condes, y el Cid se tornó á Valencia.
Y mientras á ella volvía, lleno de inquietud y pena á sí mismo se dccia : «¿Si tendrá razón Jimena? ¿Si Dios á toda una grey por culpa de uno condena? i Mas de líl no puede ser ley ley tan de justicia ajena! Buenos yernos me dio el Reyl Dios nos la depare buena.»
1 6 LA LEYENDA DEL CID
Y en su corazón leal sintiendo de algún mal hecho presentimiento fatal, se fué aquella noche al lecho; pero se duerme muy mal con afán al suyo igual ; y el Cid, á lo que sospecho, no hizo sueño de provecho con presentimiento tal.
Ardia en fiestas Valencia; el placer era común entre el cristiano y el moro; y entre el Koran y la Cruz habia un lazo de unión: la justicia y la virtud del Cid que hacia dichosos ambos pueblos; que según su rito y genio, aplaudian su brio y solicitud en pro de la que fué corte del hijo de Aly Maimun; dando al moro los cristianos seguridad y quietud para hacer sus saltos árabes y merendar su kuzkuz. Al son de sus motes bárbaros marroquís y tumbuctüs y sus agrios guitarrillos que conservamos aún, bailaban sus danzas godas, y entre oro, flores y luz é incienso, con salmos é himnos daban gracias á Jesús. Jimena y el Cid pasaron dos dias de honda inquietud,
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cual si resonara en su alma la voz de algún mal augur. Traspuso el sol del segundo y comenzó el cielo azul de la noche á entenebrarse bajo el lóbrego capuz. De repente, descuajando la puerta, como un alud cayó en la cámara Ordoño, y exclamó el Cid: <<¡ Aquí tü! »>
— Yo, dijo Ordoño que entrando al cansancio se rindió, dando en el suelo sin habla falto de respiración. Ayudóle el Cid á alzarse; Jimena se le acercó de miedo y de angustia trémula; y dijo Ordoño: < Señor, dejadme tomar aliento; y perdonadme los dos si os hago el alma pedazos con lo que á deciros voy. — ¡Habla! — exclamó el Cid ceñudo. — -¡Habla, Ordoño, habla por Dios! dijo Jimena sintiéndose desfallecer. Alentó Ordoño y con contristado semblante y cóncava voz, comenzó de su deshonra la tremenda relación. Mas Ordoño, hombre de espada pero no hábil narrador, así por dar pormenores el alma les torturó: «Les fui según me mandasteis siguiendo con precaución,
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hasta que en Tormos pararon
ya en mitad del cielo el sol.
Fui á apostarme al otro lado
del lugar, y de Aragón
á la vista del camino;
del pueblo á poco salió
toda su gente llevándose
las acémilas en pos,
y de Aragón por la via
á buen paso continuó.
Vo esperé oculto á los Condes
en la choza de un pastor
hasta que salieron: iban
doña Elvira y doña Sol
entre sus maridos, yendo
como escucha y conductor
aquel hombre encogullado,
su guía y su perdición.
En vez de seguir camino
derecho, aquel gran traidor
les metió en el robledal,
y eché á pié tras ellos yo.
De los troncos guareciéndome
y á rastra como un hurón,
fui sin perderles la huella
del monte hasta lo interior.
Cuando aquel vil en lo espeso
en seguro se juzgó,
lejos de toda vereda
y de toda población,
echó pié á tierra; los Condes
también; cada cual ató
su bestia á un árbol, y entonces
oí de Elvira la voz;
mas ni entendí sus palabras
ni vi por qué voces dio,
CAPITULíJ XIII
pues me hube de echar de bruces con gran precipitación; porque, á la voz de mi prima, los tres con ojo avizor escudriñaron en círculo cuanto su vista abarcó. A poco hasta mí llegaron grandes gritos de dolor con que espritadas pedian vuestras dos hijas perdón.
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— ¡Acaba por Cristo! ¿qué era de ellas? — el Cid exclamó. — Y siguió Ordoño: — Azotábanlas desnudas á ambas á dos.
Se hincó Jimena aterrada: y un salto atrás el Cid dio, encrespándosele de ira las greñas como á un león. — ¿Y no les mataste? — dijo: y dijo Ordoño: — Señor,
520 LA LEYENDA DEL CID
ClI)
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si á mí me mataran ellos,
¿quién fuera de ellas en pro?
¡solas, desnudas, atadas,
con los lobos, que en montón
en husmeándolas hubieran
acudido en derredor!
Convencido y aterrado
el Cid, por tal reflexión,
calló un momento, mas rápido
así el diálogo anudó: Mas ¿qué es de ellas? ori.oño Salvas.
^■"> ¿Dónde'
En la choza del pastor.
Por muertas se las dejaron,
y como Dios me inspiró
yo cubrí su desnudez
y atendí á su salvación. Entonces el Cid, los ojos
llameándole de furor,
de un balcón que da á la plaza
sobre el barandal se echó;
y asiendo el clarín que lleva
colgado en el cinturon,
su agudo toque de guerra
furioso al aire lanzó.
Surgieron como evocados
sus hombres bajo el balcón,
y el Cid gritó con voz tal
que la plaza estremeció:
■«¡A caballo por mis hijas!
y de ellas y de mi honor
á pedir cuentas al Rey
y á los condes de Carrion!,>> A este toque y á este grito
Jimena se levantó.
CAPÍTULO XIH
5^1
y abrazándose á su esposo del miedo con el temblor le dijo: — «¡Dios nos castiga! humillémonos á Dios.»
Y el Cid en la frente pálida besándola con amor, dijo irguiéndose radiante de fe sin superstición: «¡De Dios acepto el castigo; pero de los hombres, nó!;>
Cundió por Valencia al punti)
la nueva del hecho atroz,
y cambióse la alegría
en ira é indignación.
Alvar Fañez de Minaya
al alcázar acudió
con todos los ricos homes
y adalides; y en montón
de cristianos y de moros
multitud tras él entró,
á dar testimonio al Cid de su pesar y adhesión.
Alvar,' dando á todos gracias por el Cid, les despidió: y templando sabiamente su primera exaltación: " Pensemos primero en ellas, dijo al Cid : que si el Rey nó, para hacer justicia en ellos bastamos nosotros dos.»
ORX<3 aquella noche Ordoñez
¡^rrL^^.. ^^^ ^^^^^^ pastor á la choza, ,^#~^--^ 'W -^t í ^ con tres literas cerradas
guardadas por buena escolta. Llevaba Bibiana en una bálsamos, lienzos y ropas para Elvira y Sol, heridas en la carne y en la honra. Trajéronlas á Valencia: en sus brazos recibiólas Jimena deshecha en lágrimas; y su lamentable historia queriendo su padre y ella saber de su misma boca, ellas respondieron sólo de ira y de vergüenza rojas: ^<¡ Venganzaj hasta estar vengadas »dejadnos mudas y sordas.»
CAPÍTULO XIV 523
Su justo horror comprendiendo á recordar su deshonra, respetaron su reserva delicada y pudorosa. Las tres damas á llorar se encerraron su congoja, y el buen Cid con Alvar Fañez venganza á concertar pronta.
Hombre Arias de buen consejo, dio al Cid el de que á la hora al Rey ante sí mandase una carta clara y corta. Dictósela, pues, Minaya y él de su puño escribióla concisamente, encerrándola en estas palabras pocas:
«Rey mi señor: vos tratasteis »de mis dos hijas las bodas, »y en sus maridos las disteis »verdugos que las azotan. »En el robledal de Tormos »ayer amarradas, solas, »azotadas y desnudas »las dejaron. A vos toca »hacerlas justicia, y voy »á pedírosla en persona: » porque para su venganza »poder y brío me sobran. »Mas como vos sois mi rey »y de ellas padrino, pronta »de vos espero la una »ántes de tomar la otra.» Esta carta breve, clara, firme cá par que respetuosa, fiada á Pero Bcrmudo fué con orden perentoria
^21 LA LEYENDA DHL CID
de partir al Rey á dársela,
anunciándole la próxima
llegada del Cid en cortes
á hacer su demanda en forma.
Partió Bermudo, la noche
al caer: y al rayar la aurora,
novecientos caballeros
que á seguir al Cid se aprontan
le esperaban ya en el patio;
y los caballos que monta
en jornada y en combate,
piafaban sobre sus losas.
Dejando el Cid á Jimcna
por él de gobernadora,
y á Alvar F"añez de Mi naya
por adalid de sus tropas,
en lo alto de la escalera
armado de casco y cota,
de esquinelas y quijotes,
de brazales y manoplas,
apareció en tren de guerra,
envolviendo su persona
un manto blanco, que airoso
terciado á medias le emboza.
Saludó su aparición
la gente, unánime toda
en mostrarle cuan á pechos
su afrenta y su causa toma.
A despedirle al umbral
salió Jimena su esposa;
y al abrazarle le dijo
puesta en su oreja la boca:
<<Ruy, no entres en lid tú mismo,
que no es justo que tú expongas
una vida tan honrada
contra gente tan traidora.
CAPÍTULO XIV 525
— Descuida, la dijo el Cid,
y quédate sin zozobra:
que yo pondré en buenas manos
mi colada y mi tizona,
y no entrarán en la lid
más que mis espadas solas:
á no que.... un rey entre en ella
de nuestras hijas en contra.
— ¡Dios no lo quiera y ampare
nuestra causa! — dijo ansiosa
Jimena; y el Cid repuso:
— Dios aprieta, mas no ahoga. >>
Montó á caballo: rompió
la marcha; y haciéndose ondas
se abrió paso victoreándole
la gente cristiana y mora.
Su sobrino Ordoño Ordoñez quedándose atrás á posta, esperó á Alvar, que platica con el Cid y órdenes toma. Salió Alvar hasta los muros; y al tornarse, en una angosta calleja al meterse, Ordoño le abordó sin ceremonia. — Tío, le dijo, escuchadme dos palabras que me importa deciros aquí que nadie nos oye ni nos estorba. — Di — le respondió parándose Mi naya: y con misteriosa precaución entabló Ordoño plática así: ordo.ño Hay una cosa
que ayer no dije yo al Cid de sus hijas en la historia.
y sobre la cual os pido
MlNAYA ÜKDOÑO
consejo.
Di.
Entre las hojas de los chaparros, á rastra avanzando como una onza que caza, llegué al teatro de acjuella escena afrentosa. Solas creí ya á mis primas: pero con asombro y cólera, vi á aquel ayo de los condes que, rezagado, con sorna, las decia, ya á caballo:
i\lU:
«Conque hasta mas ver, señoras. Yo perdí por vuestro padre nombre, amor, fortuna y honra: veinte años hace que rumio esta venganza sabrosa, y mientras de él cobro el resto, me he cobrado esto en vosotras.»
CAI'ÍTL'LO XIV 527
MiNAYA ¡Y no lo matastes! ordoño No era
cuestión de entonces. — Si tornan
los tres sobre mí, ¿quién salva
de los lobos á las otras
amarradas á dos árboles? MiNAVA Es verdad. okdoño Decidme ahora:
¿se lo digo al Cid? MiNAYA ^ Jamás.
Ordoño ¿Le matO?
MiNAVA En cuanto le cojas.
Ordoño ¿No adiviuais VOS quiéu sea? MiNAYA ¿Quién da en ello? — ¡Uno á quien de honra, nombre y bienes privó el Cid!
Ordoño Y dc aUlOr.
MiNAVA Eso y más obra
la ciega casualidad
en la guerra. En nuestra propia
tierra y la extraña hemos hecho
tantos estragos, tan hondas
desgracias hemos causado,
tantos palacios y chozas
quemado, tantas familias
exterminado, que es cosa
natural que haya como ese
algunos. — Tocóle novia,
tierras, parientes y pruebas
perder á ése... y ¿quién sonda
de esa existencia el misterio? Ordoño Mas, tio, aquclhi faz hosca
y aquella voz y aquel aire
y aquel ojo; ala memoria
no os trajeron el recuerdo
de alguno visto en remota
tierra ó edad?
528 LA LEYENDA DEL CID
1 IKDONCI
Mi NAVA
Mi-.A\A Yo no hice alto
en cl: quizás le reconozca si le miro atentamente. Mas, entre los mil que odian al Cid y á los que de él somos, desde el sitio de Zamora y el juramento de Burgos, ése que nimia en la sombra tal venganza contra el Cid es víbora ponzoñosa de que es menester librarle cuanto antes y á toda costa. Esa corre de mi cuenta. Pues no la dejes que corra.
n^DOÑo Ya sabemos dónde el nido tiene.
MiNAVA Pues en él sofócala,
cantes que como á sus hijas toque al Cid con su ponzoña. Mas, si puedes, hazlo, (3rdoño, sin que él ni la tierra lo oiga que hombre que sabe secretos del Cid que todos ignoran, que tales infamias fragua contra el Cid y así las logra preparándolas veinte años con tenacidad diabólica, debe morir sin hablar; de una estocada bien honda en los pulmones ó ahogándole con la cuerda de una horca. , Siguió Minaya, esto dicho, su camino, y mientras trota él por la ciudad, Ordoño tras del Cid pica y galopa. Mas iba así discurriendo:
CAPÍTULO XIV 529
«No es comisión muy honrosa para un noble, hombre de guerra; mas bien mi tio razona. Se ahuma al grajo: se atrapa entrampándola á la zorra, se aplasta al sapo y la víbora, y aun monstruo se le acogota. Y á más, arriesgar debemos los de Vivar vidas y honras por las del Cid, aunque infames muramos en la picota.» Así razonaban todos los de V^ivar, gente tosca, mas del Cid en cuerpo y alma, de él y de su honor idólatras.
Los de Carrion entre tanto no se dormían: el monstruo que fraguó su crimen, díjoles de hacerlo justicia el modo.
El conde Don Suer González, riquísimo y poderoso barón, viudo de la infanta doña Elvira la de Toro, de doña Urraca privado y el más tenaz y más hosco enemigo del Cid, era tio de los condes mozos. A él se fueron, y con él entrando el ayo en coloquio vuelta completa y distinta faz dio á su hecho alevoso. Dijo que el Cid por quitarles sus hijas con sus tesoros y sus regalos de bodas,
LA LKVEXDA DEL CID
á que asintió temeroso del Rey, les dejó en la lid á la merced de los moros, el valor con qué salváronse atribuyéndose Ordoño. One viendo que por su brío de la lid salian horros, les echó un león doméstico
para el Cid y algunos pocos
de los suyos; mas que á ellos
iba á arrojarse furioso,
y que á no huir, desarmados,
hubiérales hecho trozos;
)' en fin, que el Cid, no pudiendo
matarles bien y de modo
que accidental pareciese,
puso taimado ante todos
en deshonor y en ridículo
á sus yernos, y llevólos
con arte infernal á \-erse
sumidos en tal oprobio.
Befados, escarnecidos,
deshonrados, encerrólos
durante el sitio en sus cámaras
para impedir que animosos
CAPÍTULO XIV 531
desmintieran sus calumnias con hechos bravos y heroicos, partido haciéndose acaso contra el Cid, de ellos celoso. Que corridos y afrentados les hizo salir con dolo de la ciudad por la noche temiendo algún alboroto: y entonces ellos, de la ira y la vergüenza en el colmo, se vengaron en sus hijas en el robledal de Tormos.
Con esta infernal destreza dio vuelta el ayo al negocio tan favorable <á los condes, cjue el juicio contradictorio pudiera bien sostenerse contra el Cid, cuando á los ojos del rey y de jueces fuera el someterle forzoso. Don Suero, en su enc[uina antigua contra el Cid, con alborozo viendo la causa así vuelta contra él, se la echó á hombros. Juntó partido, hizo bando, armó escándalo mañoso y alzóse en pro de los condes y contra el Cid amparólos. Bajo esta faz colocado el hecho atroz de los mozos por la malicia diabólica de su instigador incógnito, estando en Toledo cortes celebrando, con asombro la carta y cjueja del Cid recibió el rey don Alfonso;
532 LA LEYHNDA DEL CID
V, padrino de sus hijas,
tomó el Rey á grande enojo,
el mal hecho de los Condes
como afrenta hecha á sí propio.
Comunicóla á las cortes;
mas ya la intriga y el oro
en ellas habían creado
parte y bando por los <jtros.
Don Suero con grande audacia
acusó al Cid de orgulloso,
que dándose aires de rey
habia pretendido loco
ser más que el rey en Castilla,
intentando por el cobro
de la dote asesinar
de sus hijas á los novios.
Que siendo él un vil labrieíjo
de Vivar, y de los Godos
reyes descendientes ellos,
le habia sido ventajoso,
pues su villanía honraba,
tan desigual matrimonio.
(Jue habia obrado con sus yernos
como hombre facineroso
y felón, á ir invitándoles
á su casa, y en su propio
hogar tratándoles luego
tan mal y tan sin decoro,
que hasta hizo que de inmundicia
les enlodasen el rostro,
para decir que se echaron
en sitio inmundo medrosos;
y que cuando ellos con brio
se salvaron de aquel ogro,
en sus hijas se vengaron
con mucha razón en Toi mos.
CAPÍTULO XIV 533
Que él acusaba por ellos al Cid de vil y alevoso, y que estaba á apadrinar á sus dos sobrinos pronto.
Al oir tales denuestos contra el héroe más famoso por su lealtad é hidalguía de todo el mundo católico, los más nobles castellanos echaron mano á los pomos de sus espadas, en liza convirtiendo el consistorio. Los de Don Suero llegaron hasta sacar de los forros las suyas delante al Rey; quien de ira y vergüenza rojo por su dignidad ajada, puesto de pié ante su solio su cetro y sus reyes de armas metió en aquel pandemónium.
Apaciguóse el tumulto: avergonzáronse todos; pidieron al Rey excusa, tornó el congreso al reposo y el Rey dijo: <<.EI Cid me anuncia que llegará aquí muy pronto y hasta oirle yo, de parte del Cid ausente me pongo, porque no creo, ni pienso que ninguno de vosotros crerá, (|uc tal caballero dé en tan <jran facineroso.
<<Ciracias, Señor, dijo entrando »el Cid descuI)ierto y solo; »tras treinta años de ser lo uno :*>no puedo en un mes ser lo otro.
534 LA LEYENDA DEL CID
>>Escrita os envié mi queja >,>y estoy mi demanda pronto >>á entablar contra mis yernos: »sed vos juez entre nosotros.»
Mandó el Rey al Cid Ruy Diaz poner al pié de su trono un escabel, y sentarse de infante con el decoro. Nombró en seguida seis Proceres, tribunal de jueces probos que el pleito del Cid juzgasen: presidirle hizo á propósito á Don Ramón de Borsfoña yerno suyo, que en el código del honor era tenido por el profesor más docto; y abrióse en cortes el juicio presente el rey don Alfonso, y ante él acusó á los condes el Cid de palabras sobrio. Limitóse á repetir lo escrito al Rey; afirmólo con juramento y pidió el combate y el divorcio. Don Suero, y sirviendo á éste de mentor el ayo torvo de los condes, defendióles en un discurso capcioso tornando el hecho en pro suya. El Borgoñon, diestro y lógico, fué en pro del Cid deshaciendo su inverosímil embrollo. Discutiéronlo en secreto los seis jueces, y en apoyo del Cid hallando las pruebas sentenciaron á los mozos:
CAl'ÍTULO XIV 535
á devolver á Ruy Diaz, como él demandaba, todo el dote de sus dos hijas, sus dos espadas, el oro, plata y joyas del rey Persa, que era un haber muy valioso, y los caballos y arneses y por último el divorcio; debiendo además quedar por infames y alevosos si al juicio de Dios no osaban apelar y á salir horros.
Don Suero y los del partido de los de Carrion con él dijeron que el Cid mostraba avaricia y mala fe. Que demandando el divorcio y el dote, mostraba bien que lo que el Rey habia hecho intentaba él deshacer; lo que de hombre tan avaro, c|ue habia obrado con doblez, y que mentia perjuro, se podia suponer.
Hl Cid, sintiéndose herido con armas de tan ruin ley, dijo, ante el Rey y sus cortes poniéndose altivo en pié:
<<Yo ni he mentido jamás; »ni hoy ni nunca mentiré: »cuando yo digo ésto es esto, »cso y no más és lo que es. »En una contienda de honra »entre hidalgos de mi prez
53^
1 A LEYENDA DEL CID
»y hombres que azotan á hembras, >>no eran jueces menester. ;>>Quién soy yo y quién son los condes >)saben todos y yo sé:
>íf>v
»si pido que mis espadas
»y mis alhajas me den,
"no las pido por miseria
■>ni por sórdido interés:
»las pido porque en sus cintos
.»sin honra aquéllas no estén:
>>y éstas, porque yo con ellas
"SÓlo á mis hijas doté;
»y pues de ellas se di\orcian
:!>derecho no han á su haber.
:>>nue han azotado á mis hijas «es tan cierto, que en su piel »de los sangrientos azotes olas cicatrices se ven; »por eso pido el combate, ■•sangre suya para ver; ■•que es justo que la justicia '■sangre por sangre me dé.
CAPÍTULO XIV 537
»iSinó! yo jamás al campo
»me he de echar contra mi Rey: »mas soy el Cid y á \'ivar »sobre Carrion echaré. >
Dijo el Cid, y como un hombre resuelto con su deber á cumplir, volvió á sentarse con reposo en su escabel. El Rey dio por bueno el fallo y á los dos condes un mes para entrar en lid cerrada con el Cid, siendo él el juez. Don Suero y los de su bando al Cid por escarnecer de imponerle condiciones tuvieron la avilantez. Don Suero dijo que él iba padrino en la lid á ser y que no terciaba en ella por no hacerla de uno á tres: mas que del Cid rechazaba la entrada en ella, porqué los condes son dos y mozos y el Cid uno y viejo es. Todos los nobles de seso se volvieron contra él ante injuria tan excéntrica, inútil y descortés. Y el Cid dijo sonriendo con soberano desden:
<,<:Lo que vos y vuestros condes rechazáis no es mi vejez, sino la liza conmigo por miedo que me tenéis. Mas podéis tranquilizaros vos y ellos; porque á mi vez
538 LA LEYENDA DEL CID
rechazo yo campeones
que no están á mi nivel.
Mis dos espadas por mí
en buenas manos pondré,
y entrad en lid los tres juntos
contra mis dos, y veréis
que mis dos campeones bastan
y sobran para los tres.
— Han de ser nobles de raza,
dijo don Suero. — ¡Pardiez!
repuso el Cid, — no descienden
de los godos: mas si hacer
no pueden por su abolengo
con los de Carrion papel,
entrarán por ser sobrinos
mios y de mi mujer.
No han azotado á ninguna,
mas porque á la par estén,
yo que azoten á los vuestros
á los mios mandaré.»
Se echó á reir la asamblea, sin poderse contener; y despidiendo á sus proceres, dijo al Cid riendo el Rey:
«Cosas tenedes, buen Cid, <<:que harán de vos hablar bien «por más siglos que años diz «que vivió Matusalén. ->
Y asiéndose de su brazo con familiar sencillez, se entró con él en su alcázar convidándole á comer.
Su venia al Rey pidió el Cid para tornarse á \^alencia.
CAPÍTULO XIV 539
y el Rey se encargó en su ausencia del cuidado de la lid:
y habiendo cobrado aquel su tizona y su colada, nombró quien en la estacada entrase á lidiar por él.
Per Bermudo, hombre de entero corazón y de buen puño, y el Burgalés Gustios Ñuño, buen mozo y buen caballero.
Los dos sus sobrinos son hijos de primos hermanos, y de los dos deja en manos su causa y satisfacción;
y para el conde don Suer por si tercia, deja en fin á Gil Gómez Antolin, sobrino de su mujer.
Caballos y armas les dio, y con sus buenas espadas de sus hijas ultrajadas la venganza les fió.
Su fe como buen vasallo amparando de la ley, encomendados al Rey les dejó, y montó á caballo.
Bajó el Rey familiarmente á despedirle hasta fuera del portón, porque lo viera desde la plaza la gente:
y díjole así al partir: «Ú yo quien soy no he de ser, »ó te han de satisfacer: »tranquilo te puedes ir.»
Ido el Cid y Alfonso vuelto al alcázar, á aprestar
540 LA LEYENDA DEL CID
la lid comenzó: á llevar á cabo la lid resuelto.
Más dias don Suer pedia: en los treinta se cerraba el Rey: y el tiempo pasaba y se iba el mes dia á dia.
Los dos condes á Carrion sin venia del Rey se fueron: pasó el mes y no volvieron, ni se hubo de ellos razón.
El Rey ordenó á don Suer que ante él á Carrion se fuese y á sus sobrinos dijese que les iba el Rey á ver.
Don Suer á Carrion partió: mas en son de rebeldía defensas y bandería á levantar comenzó.
Acudieron con bandera á las de Carrion sus gentes, con señales evidentes de que miedo ó traición era;
mas antes que en rebelión se alce y la traición se apreste, con una crecida hueste cayó el Rey sobre Carrion.
Tuviéronsele que abrir de las dos banderas juntas los jefes, á sus preguntas sin saber lo qué decir.
Dio al Rey don Suero á entender que en ellos no había dolo: que todo aquello era sólo seguro en Carrion poner.
El Rey con acento duro dijo: que donde él estaba.
CAPÍTULO XIV 541
ninguno necesitaba más que de él fe ni seguro: y que si al dia siguiente no se efectuaba la lid, daria á Carrion al Cid con condes, feudos y gente.
Osó don Suero alegar con excusa subrepticia que no iba el Rey con justicia entre él y el Cid á juzgar:
y que pues ya se mostraba por el Cid antes del duelo, contra su fallo ante el cielo por los Condes protestaba.
Entonces echando el manto atrás, y furioso irguiéndose dijo el Rey, hacia ellos yéndose con gesto y voz que dio espanto:
«Ni de ellos ya ni de vos -dilaciones más prolijas »quiero aceptar. ¡Voto á Dios! ^>dad pro al Cid vosotros dos :»que azotasteis á sus hijas.
«Pues con azotes herís })á mujeres, hombres malos, ;»ó como hombres os batís, :í>ó como perros morís i)en una picota á palos.»
Nadie había \'isto jamás tan airado á Alfonso sesto, y á su voz y ante su gesto se echaron todos atrás.
Mandó la lid prevenir: y abriendo puente y rastrillo la guarnición del castillo hizo sin armas salir:
é izando su real pendón sobre el castillo condal, quedó como feudo real el condado de Carrion.
El Cid en el Rey fiado tornó á \'alencia á cuidar de su casa y de su estado, y tranquilo el resultado de la contienda á esperar.
Y allá con él esperaban del éxito de la lid noticias que no llegaban, y esperándolas temblaban las tristes hijas del Cid.
Pasó dia á dia un mes: pasó de otro una quincena y otro dia, y dos, y tres; y andaba el Cid de través por consolar á Jimena.
Hecho de mil dudas centro disimulaba Rodrigo,
CAPÍTULO XIV 54:
mas del corazón adentro daba á mil dudas abrigo:
un mal paso un mal encuentro,
un ímpetu de Bermudo, un descuido de Antolin, un maca en un escudo, lanza, freno ó malla pudo dar á la lid un mal fin.
Del Rey no dudó jamás: mas hechos á la traición, teme que hagan otra más ó que se hayan vuelto atrás los traidores de Carrion.
É insomne, febril y ayuno, va y viene, alerta, intranquilo, todo siéndole importuno, sin confiarse á ninguno y con el alma en un hilo. Jimena andaba tras él sin abordarle jamás: y haciendo su mal más cruel verter lágrimas de hiél de él la sentia detrás:
é iban ambos á la puerta del camarín de sus hijas, jamás para nadie abierta, y andaban de ellas alerta mirando por las rendijas.
Y en su camarín cerradas inmobles, mudas y fijas
en el suelo sus miradas, de su venganza, azotadas, desesperaban sus hijas.
Y en el corredor oscuro al encontrarse los dos,
un beso el Cid casto y puro
544 LA LEYENDA DEL CID
la daba como seguro, diciéndola: «Espera en Dios.»
Y otra semana del mes pasó, y de la otra quincena otro más, y dos y tres;
y andaba ya de través tras de su esposo Jimena.
Y estaba )a en su buen sino desesperanzado el Cid, pensando, perdido el tino,
en ponerse ya en camino para el campo de la lid,
cuando una tarde á un balcón dó suele permanecer con profunda distracción, del vidrio y de su aflicción mirando á trave's sin ver,
sintió Jimena á su oído llegar de caballos ruido y de tumulto rumor; que, acercándose, nutrido íbase haciendo y mayor.
Hecha asaltos á esperar de los moros, á espiar aplicó su vista activa, y á poco en la plaza entrar vio una inmensa comitiva.
Viene el primero arrogante, sobre un alazán pujante que arrastra rica mantilla, un rey de armas de Castilla con batidores delante.
Viene tras el Gustios Ñuño; y junto á Gustio Antolin con un ojo como un puño, y en la faz con un rasguño
CAPÍTULO XIV 545
y sobre un manso rocín.
Bermudo con tardo andar trae su corcel de batalla sin encaparazonar: que algo ambos contra una \alla se hubieron de quebrantar.
Y en larga y cucádruple hilera viene empolvada tras este, del buen Cid la hueste fiera, y en torno y tras de la hueste sjritando Valencia entera.
Di(31a un vuelco el corazón, que casi perdió el sentido á Jimena; y el balcón acudió á aljrir su marido de aquel alboroto al son.
Sus hijas, que en su aposento le oyeron con sobresalto, de agitación sin aliento abrian en tal momento otro mirador más alto.
Mas ya el mensajero real con rapidez se apeaba en el patio principal, y el pueblo el patio asaltaba rompiendo el ceremonial.
Cuando al tramo alto salieron, padres é hijas ya le vieron subir, sin ninguno en pos de los que con él vinieron, las gradas de dos en dos:
que por el placer de dar las albricias el primero á las damas de Vivar, por ellas el mensajero su decoro echó á rodar.
46 LA LEYENDA DEL CID
Mas cuando á sus pies llegó, á su dignidad atento de real heraldo, cobró su aire oficial y mostró grande aplomo y buen talento.
«Por cumplir con vos mejor, dijo al Cid, al honor real por poco hago poco honor: mas va aquí el vuestro. Señor, é ir aprisa no es ir mal. o
Y con garbo cortesano puesta en tierra una rodilla, poniendo un pliego en su mano, dijo: «Del rey de Castilla
para el héroe castellano.»
Y entregado el pliego real; como era costumbre y ley del regio ceremonial,
dio un viva al Cid y otro al Rey con aplauso universal.
Y el pueblo que suponía lo que el escrito encerraba, con tremenda gritería
oir lo escrito pedia
y al Rey y al Cid victoreaba.
Dio el pliego el Cid conmovido á Alvar Fañez de Mi naya que al palacio habia acudido; y el gozo teniendo á raya calló el pueblo y prestó oido.
Mas del Rey no siempre atento y en calma el escrito oyó: porque ebrio á cada momento de entusiasmo y de contento á Minaya interrumpió.
CAPÍTULO XI v^ 547
Y he aquí lo que el pergamino del rey al Cid contenia, todo escrito de su puño desde la fecha á la firma.
«Cid, Ruy Diaz de Vivar, di de mi parte á tus hijas que muestren al sol sus caras pues no han sus almas mancilla.» Yo mismo por tí encargado de su honra que era la mía, te doy testimonio y cuenta de la lid en estas líneas. Los Condes la hicieron ascos y buscaron evasivas, mas yo á la razón les traje y en Carrion se abrió la lidia. Lo hicieron más como buenos que su maldad prometía; pláceme de ello por todos pues no hubo allí cosa indigna. Bermudo pasó á don Diego á través de la loriga de una lanzada que en pago le dio de una gran caida: mas mozo es tan duro de alma como recio de costillas, pues tras golpe tan tremendo dio lanzada tan magnífica. Tendió Ciustio á don Fernando debajo de su rodilla; y él vencido, confesándose, confesó su alevosía. Al conde don Suer Cionzalez terciar hice yo en la liza harto de su atrevimiento y procaz altanería:
548 LA LEYENDA DEL CID
mas lo hizo tan como bueno, que á no ser porque la ira le cegó y le perdió al cabo, nos empata la partida, (iil y\ntolin por fortuna tiene el alma tan tranquila como ligeras las manos; con rapidez nunca vista del conde al primer descuido le descargó con tal prisa seis tajos en la cabeza, Cjue le hizo el casco ceniza. Cayó don Suero sin habla, mas di á Antolin que te diga cómo siente lo que lleva en el ojo y la mejilla. Vengado estás: ya no hay Condes de Carrion: su tierra es mia: murió el uno en el palenque, no sé el otro donde exista. Vengado estás: díme ahora si te acomoda, Ruy Diaz, que el rey que aquel tuerto hizo le enderece y le corrija. Para su hijo don Ramiro, el rey don Sancho Carcía de Navarra, por esposa me demanda á doña Ehira; y al rey de Aragón le tengo á doña Sol prometida para el infante don Pedro: si ellas se avienen, envíalas. Su padrino soy; las debo dos maridos: conque dílas que en cambio de malos condes buenos príncipes reciban.
CAPÍTULO XIV 549
Así obra tu Rey contigo: vé si algo más necesitan para quedar satisfechas de mí Jimena y tus hijas: que porque ellas me perdonen y ella quede por mi amiga haré cuanto en poder quepa de Alfonso, sexto en Castilla.» Volvió al Cid Alvar la carta: volvió Jimena á la vida, y á sus hijas abrazándose dijo llorando: ¡Hijas mias! El Cid se enjugó una lágrima, y de tal cuadro á la vista el pueblo rompió frenético en aullidos de alegría.
A sus tres campeones dio las gracias publicamente el buen Cid, les abrazó y retiróse: y la gente en triunfo se les llevó.
Como un enterrado vivo á quien la losa se quita, dá ansioso al pulmón activo el hálito fugitivo del aire en que resucita,
así á solas respiraron en su alcázar al entrar las dos hijas, que quedaron libres de infamia y tornaron á ser gloria de Vivar.
Bendijéronlas contentos sus padres: y todos faltos de palabras y de alientos
tras de tantos sobresaltos, ganaron sus aposentos.
En una grande aflicción y en una alegría inmensa jamás las palabras son del sentimiento expresión: quien siente, ni habla ni piensa.
Minaya en tanto perdido tras de un hombre y una idea, del palacio habia salido con la turba confundido que al Cid y al rey victorea.
Y cuando entre tal tropel con ( Justio y Bermudo dio á su vez á éste y aquél «¿Y Ordoño?»- — les preguntó: mas nada sabían de él.
L rey don Alfonso sexto que á Ruy Díaz desterró ó como rey ofendido de la jura por rencor; ó á influjo de doña Urraca que le amó y le aborreció: ó porque hacia al Rey sombra hombre que, al Rey superior mostrarse osaba, pidiéndole descargos de un hecho atroz; ó por envidia de ruines; ó de Estado por razón;
al cabo de veintiún años ó porque el tiempo aplacó su encono: ó por comprender que era exceso de rigor: ó en la buena fe del Cid ■ por sincera convicción:
552 LA LEYENDA DEL CID
Ó atendiendo á sus hazañas,
ó porque tanto creció
en el favor de sus pueblos
que de él tuvo el Rey temor:
ó porque, por sí tomando
de sus hijas el baldón
como su padrino, hizo
uno de ambos el honor:
ó, en fin, por razón de Estado
que es razón de contra y pro,
por lo pasado dio al Cid
completa satisfacción,
liberal recompensando
su lealtad y valor:
y el rey don Alfonso sexto
que al Cid con él igualó,
más fuerte que desterrándole
fué otorgándole perdón.
El rey don Alfonso sexto
al Cid identificó
con su raza real, en ella
dando á sus hijas padrón.
Después de la lid, llevólas
á su alcázar, y las dio
en él de infantas el trato
y la regia estimación;
mientras sus segundas nupcias
cual padrino de las dos
trataba con los infantes
de Navarra y Aragón.
En fin, cuando se efectuaron,
él mismo las entregó
en la frontera á los príncipes
con tan regia ostentación,
tan cargadas de regalos,
que ir no pudieran mejor
CAPÍTULO XV 553
á ser de veras sus hijas doña Elvira y doña Sol. Quedó satisfecho el Cid y en Valencia se quedó con Jimena, de su estado como rey en posesión.
Cuarenta años han pasado desde que el Cid Campeador á campear contra los moros por primera vez salió. Su nombre dio á su centuria y aun á tiempo posterior de tiempos del Cid el título, de fe y de gloria expresión. Su nombre hasta hoy desde entonces es símbolo del honor, de la fe y la lealtad, á los que nunca faltó. Su vida fué ejemplo heroico de incontrastable tesón en pro y sosten de lo que él derecho y deber juzgó. Opuesto á toda extranjera inútil innovación, que á establecer propendiese derecho contra el honor, el fuero ó la independencia de su patria, rehusó á las prodigalidades del rey Alfonso sanción. Pero aunque á extraños hacérselas desatinado le vio, el desden y los peligros dándole á él por galardón, impertérrito en su fe.
554 LA LEYENDA DEL CID
sin envidia y sin rencor, á su rey, su fe y su patria su existencia consagró. Desterrado de Castilla, la calumnia, la traición y la envidia le mordieron sin piedad: mas su valor, su lealtad, su constancia, su honda fe y noble tesón, á la envidia amordazaron, á la calumnia feroz arrancaron la vil lencrua; y alma y pura como el sol, basada en su prez, su gloria á la fin resplandeció. Su vida fué ejemplo heroico, modelo sin par hasta hoy del caballero cristiano y del hidalgo español. Mucha gloria dio á Castilla: tres reyes de esta nación debieron á sus victorias de su reino lo mejor. Fiel cristiano y buen creyente, con fe y sin superstición, al atraso de su siglo su instinto se adelantó. Creyente, pero no crédulo, cristiano, pero español, de África, Alemania y Roma á Castilla emancipó. Lidió con la cruz al pecho por su patria y por su Dios, la avaricia rechazando bajo faz de religión. Sobre arábigas mezquitas
CAPITULO XV
muchos templos levantó,
de los Papas en Castilla
rechazando la intrusión;
y entre Cristo y los Pontífices,
con instinto superior
á su tiempo y á los nuestros,
hacer supo distinción.
El rey don Alfonso sexto fué quien más contribuyó con su esquivez á ganarle de sus pueblos el favor. Con los árabes veinte años
en trato ó lid le dejó, y tuviéronle los árabes miedo y consideración. Alejado de los suyos, con los árabes trabó
55^ LA LEYENDA DEL CID
relaciones que templaron
su cristiana exaltación:
y puesto entre las dos razas,
lo bueno en él se fundió
del espíritu de una
y otra civilización;
y auncjue en la guerra á los moros
como á lobos acosó,
en la paz les puso de hombres
en la noble condición;
y adalid tan alentado
cual sagaz negociador,
ante sí sembró el espanto,
tras de sí la estimación.
El leal de los leales,
de los grandes el mayor,
el mejor entre los buenos,
el sin par mientras vivió,
tuvo huestes como rey,
de señores fué señor,
tuvo reyes por vasallos;
y al campear con su pendón
y su hueste por España,
la victoria le siguió
de cristianos y de moros
con igual admiración.
Venció siempre : y los vencidos
le acataron sin rencor,
porque dio fin de los bárbaros
y á los vencidos perdón.
Eué buen hijo, fué buen padre;
y á la esposa que eligió
guardó siempre alto decoro,
casta fe y leal amor.
A ella el suyo de su padre
la cabeza le costó:
CAPÍTULO XV 537
y él la dio por su cabeza todo entero el corazón.
Cuarenta años han pasado desde aquella hazaña atroz, y cuarenta de cariño de ella han hecho expiación. Mas son muchos cuarenta años, arrostrados al rigor de fatigas sin reposo como el Cid los arrostró. Son un siglo cuarenta años de vivir ojo avizor en lid, más que con los moros, con la envidia y la traición! Cuarenta años que ha vivido
por Castilla campeador,
por las noches al sereno,
por el dia al viento y sol,
consumido han de su cuerpo
la sustancia y el vigor;
y su barba ha encanecido,
y su testa encalveció,
y sus ojos se han nublado,
y su piel curtió el sudor,
y sus miembros ya están rígidos,
y su carne enflaqueció:
y sus hombros se curvaron
bajo el peso abrumador
del arnés, con que en los campos
á caballo trasnochó.
Aun conserva su alma entera
de su espíritu el valor;
pero el Cid no es más que un hombre
y los hombres tierra son :
y la tierra es polvo que hizo
558 LA LIÍYENDA DIIL CID
de la nada el Criador, y el polvo debe á la nada volver de donde salió.
Y el Cid un dia de junio teniendo abierto el balcón, dijo á Fañez: — «Tengo frió,» — y apretaba ya el calor. A la faz desencajada Ahar Fañez le miro, y le dijo: — «Primo, acuéstate si estás mal. — Será mejor, dijo el Cid febril temblando, porque en verdad malo estoy y por vez primera el lecho menester hé;» — y se acostó. Su buena esposa J i mena, á pesar de la estación, con una piel de bisonte, don del Persa, le abrigó. Salióse Alvar de la cámara, y al salir al corredor, apresurado Bermudo al encuentro le salió; y sin darle tiempo á que él le preguntara, — «Señor, le dijo, los moros vuelven; avisad al Cid.» — Hoy nó». — ¿Por qué? — Porque fuera sólo doblar su peligro: Dios le envia hoy para que lidie algo que el moro peor. — ¿Con quién lidia? — Con la fiebre, que es la que rinde al león.
— Pasará como la de éste.
— El que una jamás sufrió
CAPÍTULO XV . i 559
corre riesgo en la primera: por si acaso y mientras voy por los médicos para él, en armas la hueste pon.
II - •-
Eran los almorávides gente brava: y estrelládose habia contra el Cid solo su valor do quier triunfante. Por eso, sólo abatidos por el Cid sus estandartes, contra el Cid solo en Valencia revolvían más tenaces. Tres veces huyó ante el Cid Btícar: mas no era cobarde, y tomar juró á \'alencia ó en \'alencia sepultarse. Y esta vez con los de Murcia y Algeciras coligándose, bogaba trayendo al naneo - -■ los murcianos Almogávares. De noche arribó á las costas, de noche hizo el desembarque: y al presentarse él por tierra bloqueó el puerto con sus naves: y esta vez por tierra y mar se ve bien que Bücar trae otra táctica en sus huestes y en su cerebro otros planes. Esta vez se ha prevenido con tratos secretos antes de hacerse á la mar, y cuenta con secretos auxiliares. Esta vez no se presenta - l con uno de esos ataques - ^'
560 LA LEYENDA DEL CID
tumultuosos, con que traban todas sus lides los Árabes; los cristianos no han podido ni desordenar sus haces en dos salidas inútiles, ni impedirle que acampase: y Bücar, ó esperando algo que ha menester, ó arrogante á que salga provocando al Cid, que ve que no sale, á asegurar se limita su campamento delante de Valencia, escaramuzas á provocar limitándose. Cristianos y árabes guardan campo y ciudad vigilantes; y escaramuzan, los unos á los otros observándose.
El Cid entre tanto presa de la calentura yace, sin saber qué es de sí mismo y sin que de él sepa nadie. Prudente y no sin recelo de algo, en Valencia, Alvar Fañez cuida bien de que el secreto de su enfermedad se guarde; porque al temer por su vida ó de menos al echarle, ni se envalentone Bücar, ni los cristianos desmayen. Teme Alvar de los faquíes que, como á husmear alcancen la falta del Cid, con Bücar se entiendan ó la plebe alcen: y Bücar, no viendo al Cid, ó recela que le trame
CAPÍTULO XV 561
alguno de sus ardides al asalto provocándole, y espera que se descubra, ó aguarda para asaltarle alero de él sólo sabido con que ventaja le saque. Bermudo y Gustios las órdenes de Alvar llevan y le traen las noticias, manteniéndose en vigilancia incesante; para que si el mal del Cid entra en crisis favorable, y la ciencia lo domina y quiere Dios que se salve, la traición no se urda dentro; y haya cuando se levante que pelear dentro y fuera con moros y mudejares.
Así han pasado tres dias; y á pesar de los calmantes y las pócimas, el Cid de su letargo no sale. A veces con los delirios de la fiebre que le abate parece en lucha, y profiere mil incoherentes frases. A veces con torpe esfuerzo los ojos y brazos abre, como si fantasmas viese ó visiones abrazase; y á lo (lue se le comprende delira con santos y ángeles, con San Miguel y Santiago, y los suyos tutelares San Pedro y la Santa Virgen; á cuyas sombras ó imágenes
502 LA LEYENDA DEL CID
se recomienda o escucha, como si le contestasen.
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Los médicos se desvelan con inútiles afanes, la fiebre que le devora sin atinar cómo atajen: y temen ya al mismo tiempo que libre de sí al dejarle, tan débil su cuerpo deje que al extinguirse le mate. ¡Miserable ciencia humana, vida humana miserable, que cuando son más precisas son más vanas y más frágiles!
La noche del cuarto dia cambió el buen Cid de semblante, y entró en un calor, un sueño y una calma naturales. Volvió al alma de Jimena y á los pocos familiares y médicos que le velan la esperanza; y despertándose
CAPITULO XV
el Cid al amanecer, ya de fiebre sin señales, sonrió á su buena esposa y dijo á los circunstantes: «Mi fin se acerca: la muerte ha llamado á mis umbrales y Dios me llama á su juicio: á Alvar aprisa llamadme, y mientras le doy mis últimas instrucciones terrenales, que el Sacramento y los óleos el obispo me prepare.»
Echóse á llorar J i mena oyendo palabras tales, y se alzó Alvar que velaba del Cid muy poco distante: y hecho á obedecer sus órdenes sin dudar ni replicarle, ordenó lo que mandaba el Cid que se aderezase.
Oyendo éste los sollozos de J i mena, en aquel trance incapaz de sofocarlos, la dijo hacia ella tornándose: «No llores, Jimena mia: cuando mi cuerpo te falte contigo estará mi espíritu: las almas son inmortales; y estando unidas las nuestras de Dios ante los altares, Dios las mantendrá ligadas aunque los cuerpos separe.»
Mientras Jimena, escondiendo la faz en los cabezales del Cid, lloraba de hinojos el mayor de sus pesares,
564 LA LEYENDA DEL CID
el obispo don Jerónimo
llegó con sus capellanes
y el Cid se incorporó un poco,
Alvar su primo ayudándole.
Con faz serena y voz flaca,
porque iba debilitándose
lentamente, dijo á todos
y especialmente á Alvar Fañez:
<'<'Oid mi voluntad última
y cuidad de que se acate.
Mi alma es de Dios y á Dios vuelve:
de las villas y lugares
que concjuisté de los moros
al rey entregad las llaves;
ciue yo por suyas las tuve
sin pensar en rebelarme.
Decídselo así: no quiero
que ni hoy ni en lo de adelante,
mi lealtad de la duda
ni con la sombra se manche.
Los bienes por mí heredados,
los que adquirí por rescates
de los vencidos, los que hube
por dádivas personales
del rey Persa y de otros reyes
y xeques cristianos y árabes,
y el tesoro que he juntado
para mantener mis haces,
son mios, y se los lego
á Jimena: si quitárseles
intenta alguno, valedla
contra quien á tal osare.
Mis hijas son hoy infantas
y ricas: por mí su madre
las bendiga, y de mis algos
parte las dé, si la place.
CAPÍTULO XV 56;
Mi cuerpo debe en San Pedro
de Cárdena sepultarse,
en donde están enterrados
mi hijo don Diego y mis padres.)»
Aquí se interrumpió el Cid fatigado unos instantes para alentar, y siguió después de reanimarse: iHe soñado que habian vuelto los moros; tal vez me engañe; mas si no he soñado, de ello Dios se ha servido avisarme. Si Bücar sitia á Valencia, sin mí no ha de sustentarse por Castilla: y yo no quiero que Bücar, muerto, me ultraje. Después que muera y mi cuerpo con cuidado se embalsame, colocad en mi armadura y á caballo mi cadáver: y antes de alborear el dia, á la cabeza llevándome, saloman de Valencia todos los que no quieran quedarse aquí, con cirios y antorchas los salmos penitenciales por mí cantando, y de Burgos echen camino adelante. Mi hueste partida en tres, una á los que partan guarde, y otras dos en las tinieblas de Bücar el campo asalten. Que yo amedrente á los moros, ó que los rompa Alvar Fañez, para sacaros á salvo aun muerto seré bastante.»
5Ó6 LA LIÍYENDA DEL CID
Esto dicho, y el esfuerzo con que habló debilitándole, sobre el pecho la cabeza dejó caer desmayándose; pero la separación de su espíritu y su carne se efectuó en lenta agonía, como lid de dos titanes. En sí volvió y confesóse y comulgó: y á animarse tornó y á rendirse; y próximo \-icndo su fin, oleáronle. Lloraban todos; y oíanse los esfuerzos desiguales y postrimeros que hacia su estertor agonizante. De repente, cual si toda su vitalidad cobrase, se reanimó, y en el lecho por si solo incorporándose, dijo: "Acércate Jimena, que te bendiga y te abrace.» Jimena deshecha en lágrimas fué ante su esposo á postrarse; y al poner en su cabeza sus dos manos vacilantes, todos para recibir su bendición prosternáronse. v<Dios te bendiga conmigo>> dijo el Cid: y en inefable exaltación y á un influjo celestial trasfigurándose, cual respondiendo á un espíritu que invisible le llamase, dijo con su último aliento: «¡Allá voy!>> y cayó e.xánime.
CAPITULO XV
Murió el Cid como cristiano: y en el intervalo corto de su lucidez postrera, ejemplo maravilloso de pericia militar, de conocimiento sólido de las dos razas ibéricas, y de un valor generoso hasta su postrer suspiro, dio el plan y detalló el modo de salvar á sus cristianos y lograr un triunfo postumo.
La estratajcma del Cid era en aquel tiempo tosco lo que un buen plan estratégico hoy, y de la audacia el colmo. Los árabes, más fanáticos que diestros, con más arrojo que saber, sólo en sus huestes miraban lo numeroso. Cual fatalistas sin miedo de la muerte, ágiles, sobrios, un Emir juntaba muchos presto y le costaban poco. Mas fiándose fanáticos en Dios y en su sino, indómitos al orden y disciplina, y en los planes defectuosos de cercos y de batallas sin unión ni mutuo apoyo, solian á sus Iimires ser, cuantos más, más incómodos. Ll asedio de una plaza en su táctica, á su antojo
568 LA LliYIiNDA DEL CID
conducia cada tribu á estilo y sistema propios. Sus estancias muchas, débiles sus trincheras y sus fosos, á unas de otras separaban los naturales estorbos del terreno: y lomas, breñas, tajos, barrancas, arroyos torrenciales y aun acequias; todo lo áspero, lo bronco y lo difícil, cual fuerte guardado con abandono, jamás cerraban bloqueándola la plaza sitiada en torno. Donde ellos al enemigo, no veian, de sus ojos y de su brazo al alcance no se creian: tan tontos en eso cual de su Sahara los avestruces, que, estólidos, se creen seguros si esconden su cabeza tras un tronco. Por eso de los cristianos los ataques, más metódicos y combinados, traian á su hacinamiento exótico casi siempre la sorpresa, siempre un inmenso alboroto: y, en triunfo ó derrota, siempre un infinito destrozo. Alvar Fañez como el Cid conociendo bien á fondo el carácter de ambos pueblos, de la ciudad los contornos y la fe en él de sus huestes, su pesar ahogando en lo hondo
CAriTULO XV
de su corazón, activo, diestro, vigilante y próvido, proveyó del plan del Cid del éxito para el logro,
á todo lo necesario con empeño perentorio. Cuidó del sigilo c hizo guardar la ciudad celoso, porque de nada pudieran apercibirse los moros: y al fin del segundo dia estaban á partir prontos
57° LA LEYENDA DEL CID
los cristianos de Ruy Diaz con su cuerpo y sus tesoros.
Hra alta noche y muy lóbrega: un vapor caliginoso tendia entre cielo y tierra de parda neblina un toldo. En el campamento árabe vigilaban perezosos centinelas descuidados de su ejército el reposo: y el rey Bücar en su lecho bregando con el insomnio se revolvía, á la par esperanzado y dudoso. Fiaba en alguien que dentro crear debia un trastorno infernal y una traición que viniera en su socorro: y casi desesperado la esperaba, receloso de aquella inacción del Cid y aquel su silencio insólitos.
Ya casi al sueño rendido, comenzaban vagarosos á surgir de su cerebro los mil fantásticos monstruos y delirios inconexos, disparatados, ilógicos informes, mudos é ingrávidos, que en giro vertiginoso nos hacen ver al dormirnos círculos, losanjes, rombos, rayos, chispas y polígonos, ya muy lejanos, muy próximos,
CAPÍTULO XV 571
excéntricos y concéntricos,
ondulantes, giratorios,
trémulos, reverberantes,
chispeadores ó fosfóricos,
antes de que los sentidos
nos embargue el misterioso
poder del sueño: gemelo
de la muerte, que al gran pozo
de la nada nos asoma
con el gran poder narcótico,
que suspende nuestra vida
por un diario periodo.
Mientras entre sus quimeras
creia él lejano, sordo
y extraño sentir un ruido
incomprensible entre el polvo
de la neblina los árabes centinelas, á sus ojos sin atreverse á dar crédito, veian realmente absortos como una doble serpiente de luz salir poco á poco de Valencia, á sus anillos dando inmenso desarrollo. Conforme iba aproximándose, sentían el son monótono de la salmodia cristiana de los oficios mortuorios; pareciendo á los alarbes mudos y supersticiosos, que iba brotando la tierra de sus abismos recónditos, dos interminables filas de espíritus luminosos, y una procesión fantástica de salamandras v gnomos.
572 LA LEYENDA DEL CID
Nada hay para el hombre ignaro más temible y pavoroso que lo absurdo, lo fatídico, lo indefinido y lo incógnito. De aquella parte del campo los árabes silenciosos y agrupados, contemplaban tal espectáculo atónitos. Alguno creyó entre aquella móvil claridad sin foco distinguir al Cid: mas era sin duda fingido, apócrifo, en sombra, evocado acaso para causarles asombro: porque era un Cid mudo, rígido é inofensivo: muy otro del Cid que ellos conocían, asolador, impetuoso,
antes sentido que visto
y nadie vivo creyólo.
Y como á ver no alcanzaban
distintamente los rostros
de los que pasar veían
entre la neblina; y como
su masa móvil cubría
un trecho más espacioso
que las batallas del Cid
dos veces y aun cuatro y ocho:
y como iba lentamente
sumiéndose entre los bordos
de un desfiladero, abierto
entre un peñasco de abrojos
tupido, y un bosquecillo
de silvestres sicómoros,
del campamento esquivándose
en su movimiento combo;
CAPÍTULO XV 573
los moros se aglomeraban á la trinchera afanosos, creyendo aquello un efecto de un artificio diabólico.
Búcar despertó creyendo sentir cual de un terremoto ó un trueno lejano un ruido aun inexplicable : ansioso por lo que esperaba, echóse fuera del lecho, su corvo alfanje asió, y de la tienda fuera, anhelante escuchólo. Era cuando aquella turba fantástica, como el lomo de un lago que se desagua por compuerta ó dique roto, se iba mermando y sumia su última luz en lo fosco del bosque, tras sí dejando un silencio tenebroso.
De repente estalló horrísono del campamento en el fondo de inesperado combate el estruendo tumultuoso: y entre la mar y su estancia, rasgar sintió el aire cóncavo el clarín del Cid: era Alvar que aprovechando el asombro y la atención de los árabes llamada á un lado á propósito, el campamento de Bücar asaltaba por el otro.
Al mismo tiempo P)crmudo como una tromba impetuoso cayendo en el, sin ser visto por los deslumhrados ojos
574 LA LEYENDA DEL CID
de los que viendo las luces no le velan, furioso por el lado de Valencia entró arrollándolo todo. Bücar cayó atropellado en el tumulto y lo lóbrego de la noche por los de Alvar sin conocerle. — Los moros, fascinados por lo que obra suponían del demonio, oyendo por todas partes «¡el Cid! ¡el Cid!;> — y medrosos no viendo al rey ni á sus jeques parecer, pensaron sólo en salvarse, y espantados diéronse á huir como corzos. Bermudo y Alvar juntáronse,
según su plan en el rojo
pabellón de Bücar, meta
puesta por su valor loco;
y viendo alegres el éxito
de su desatino heroico,
y resuelto por el Cid
de Valencia el abandono,
antes de que con el alba
se rehicieran los moros,
saqueando su campo aprisa,
rápidos y cautelosos
volvieron riendas, saliéndose
de los valencianos cotos:
y al rayar de un dia turbio
alcanzaron, de despojos
cargados, á Antolin ( lil
con el pueblo y con los pocos
que escoltaban á Jimena
y al cadáver de su esposo.
CAPÍTULO XV 575
Cuando entraban ya seguros
en cristiano territorio,
en sí volviendo el rey Bücar
se halló cubierto de lodo,
desgarrado, contundido,
y teniendo de sí en torno
á los faquís de Valencia
que le lavaban el rostro.
Cuando del todo el sentido
recobró, oyó mudo y torvo
la muerte del Cid y el cuento
de su revés desastroso:
y exaltando al fin su espíritu
la cólera y el sonrojo,
dijo á los faquís: «¡Traidores!
pero ¿qué hacíais vosotros
allá dentro? — Emir, le dijo
el más anciano de hinojos
postrándosele; esperábamos
vuestro enviado, que el depósito
de las armas y al Cid muerto
entregarnos prometiónos.
— ¿Y qué es de él? — Partió y no ha vueltíA
— ¡Traidor rumí! vendió á todos.
Mas si es muerto el Cid, y Aláh
nos da aunque á tamaño costo
á Valencia, el triunfo es mío.
¡Dios es grande y yo le adoro!»
Y postrándose con ese fanatismo religioso de los árabes, con él se echaron por tierra todos.
¡Extraño caso! increiblc, si no dieran testimonio de él tradiciones y crónicas y no fuera un hecho histórico.
Dicen (jue su plan al Cid dio San Pedro su patrono, y que se vio al lado de Alvar, sobre su caballo tordo, á Sant-Yag'o, de la España el protector y el Apóstol ; pero el autor de este libro los cree delirios piadosos.
eONCLUSIOX
Jimena y Alvar mandaron corredores por delante, para los cristianos reyes del duelo con el mensaje; y en unas andas y á hombros del Cid llevando el cadáver, continuaron poco á poco hacia Cárdena su viaje.
CAPÍTULO XV 577
Según iban avanzando, salian de todas partes á ver los mortales restos cristianos y mudejares; y por do quier bendecíanle, y por do quiera llorábanle, por do quier reconociéndole bueno, generoso y grande.
Cuando á Cárdena llegaron, ya estaban allí esperándoles el Rey, la Reina, del Cid los dos yernos, los infantes de Aragón y de Navarra; sus hijas, que inconsolables en llanto amargo rompieron al abrazar á su madre: y de cien cristianos príncipes los enviados y farautes, de aquel gran duelo partícipes y en él sus representantes. Alfonso habia preparado al Cid regios funerales, en que oficiaron el Nuncio del Papa, obispos y abades; al que asistieron con cirios concurso inmenso de frailes, arciprestes y canónigos, la corte, los principales dignatarios, la nobleza, los consejos populares; y cuyo oficio cantaron seises, salmistas y chantres. Cuando llegó de meterle en su sepulcro el instante, Jimena y Alvar instaron por que no se le enterrase.
578 LA LEYIÍNDA DEL CID
Su cuerpo, que embalsamado
entre aromas orientales
de los que envió el rey de Persia,
trascendia un olor suave,
mostrando bien aliñados
cabello y barba, el semblante
muy aseado, los ojos
cerrados con tan buen arte
que parecía dormido,
sin tener de repugnante
nada mortal, conservaba
su expresión serena y grave,
con qué, más que de hombre muerto,
representaba de imagen
de patriarca dormido
exposición venerable.
El Rey y el clero acordaron
que expuesto se le dejase
junto al altar, según pide
Alvar y á Jimena place.
Y ésta hizo voto con él
en Cárdena de encerrarse,
á velar su cuerpo inerte
hasta morir consagrándose.
Ejemplo sin par de esposa,
renunció á cortes y alcázares,
para siempre de sus hijas
y del mundo separándose.
Entonces el Rey el duelo despidiendo, de él delante á desfilar comenzaron Nuncio, obispos, clero, grandes, y emisarios y adalides, y todos los personajes castellanos y extranjeros, la mano al partir besándole.
CAPÍTULO XV 579
Y estando en tal ceremonia asistiéndole Alvar Fañez, vio á Ordoño que recostado en un pilar esperábale.
Concluyó el duelo: partió el Rey: y el reino al hallarse sin el Cid, quedó como árbol sin sombra y alma sin ángel.
Así que el Rey el camino tomó de Burgos, los ojos en torno echó Alvar buscando á su buen sobrino Ordoño. Este, que le habia seguido, le abordó al punto; abrazólo aquél diciendo: «¡Loado sea Dios, que vuelves! — Y todo dejándolo rematado para siempre. — ¿Sí? — Sí. — ¿Cómo? — Apartémonos dó á solas podamos hablar.» — Y el pórtico del monasterio dejando, y entrándose entre los olmos, del soto, á solas el diálogo anudaron de este modo:
Alvar. Habla.
ordo.no Si no ando tan listo,
nos estaba hilando un copo con cuyo hilo hace una red en que nos entrampa á todos. Mas yo le así bien los cabos: cogí conmigo tres mozos de Vivar, cjue hallé en la liza de Carrion, y ámi propósito instruyéndoles, mostróles al hombre y les dije sólo:
58o
«Importa cogerle vivo,
sin sangre y sin alboroto.;)
En cuanto él previo del duelo
el éxito, cauteloso
y taimado, fué del pueblo
entre el tumulto y el polvo
esquivándose del campo;
y de una zanja en el fondo
hallando camino oculto,
creyó escapar, é irse horro.
Pero mis dos Vivareños,
á abrigo de haldas y cotos
como culebras siguiéndole,
no quitaron de él el ojo.
De las ruinas de una ermita
en los paredones rotos
fué á meterse; y nos despista
si nos dormimos un poco.
La ermita tenia un silo;
pero quedó como un zorro
en cueva de dos salidas
acechado por dos osos.
Por aquel silo dejé
entrar dos espías moros:
mas les confesé al salir,
y ahogué al uno, y ahorqué al otro.
Viendo, en fin, el caso urgente
y el tiempo ya perentorio,
le sorprendí á él en su antro;
y de una peña en el cóncavo
dando con pruebas que me eran
menester...
.\y\\v.( impaciente). Acaba pronto. ¿Quién era?
or.Do.Ño. Aliado de Bücar
y compadre del demonio.