La leyenda del Cid · Sección preliminar

Preliminares

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 22 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

LEYENDA DEL CID

LEYENDA DEL CID

ESCRITA EN VERSO ROR

DON JOSÉ ZORRILLA

E ILUSTRADA POR

D. |. LUIS PELLICER

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BARCELONA

MONTANER Y SIMÓN, EDITORES

CALLK DF. AKAC.OX, NÚMS. 309-311

F-i rKOriEDAIi DE LOS ElrlTORFs

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Corona condal de España floronada de castillos, empenachada de torres hechas de encaje finísimo: ciudad labrada con piedras, cuyo alto valor artístico en cada muro te ofrece de diamantes un cintillo; Reina cuya cabellera da al viento, en lugar de rizos, dos trenzas de heljras de roca de sutileza })rodigios, con vistosísimas plumas trabajadas en granito, dos cinceladas agujas primores del arte oji\'o, as()ml)ro de las naciones, mofa del \iento y los siglos, de su blasón lambre(j,u¡nes y de su gloria obeliscos;

jl INTRODUCCIÓN

ciudad madre de los reyes y los hidalgos invictos c|uc dieron en tus solares al reino español principio: muy noble ciudad de lUirgos, sultana de los castillos, oye lo que con el alma en estas hojas te digo; y haz cuenta que respetuoso ante tus puertas me hinco, para ofrecerte de hinojos un ejemplar de éste libro.

Nobilísima ciudad, aunque no nací tu hijo, por ser madre de mi madre te tengo filial cariño. De los campos que á tu asiento sirven de alfombra en un pico, del viejo Muñó á la falda y á la sombra de un sotillo, hay un rincón de tu tierra que fué de mi madre y mió, donde ésta con su memoria me ha dejado un paraíso. Ya ves que son burgaleses, aunque tu hijo no he nacido, la sangre que en mí circula y el aire con que suspiro. Por eso te he amado siempre, y mientras ciego y perdido erré por mar y por tierra del mundo en el laberinto, en medio de sus escollos, á través de sus peligros, por encima de sus glorias y á despecho de su olvido.

INTRODUCCIÓN ^^^

tu recuerdo siempre fresco, como laurel inmarchito, arraigado en mi memoria sombreando mi alma ha ido. Fotografiado he llevado en mis pupilas el sitio donde á orillas del Arlanza elevas tus edificios; y el susurro de tus olmos, y el murmullo de tu rio, y el timbre de tus campanas he llevado en mis oidos. De tí jamás un recuerdo me dio al corazón martirio, de tí jamás una espina se me enconó en el espíritu. Tus memorias, juguetonas cual tus corderos merinos, sabrosas como tu leche, doradas como tus trigos, por do cjuier para mí fueron de mis penas lenitivo, de mis esperanzas faro, de mis dolores alivio. Tu espolón entre dos puentes, el torreado frontispicio del arco imagineriado c^ue restauro Carlos quinto, tus desmantelados cubos, tus arabescos postigos, tus agudos campanarios, tus cruceros cupulinos, tus filigranadas torres, tus nobles templos tan ricos en cresterías y mármoles, en verjerías y vidrios,

I\' INTRODUCCIÓN

en sus naves |)rodi^•ados, en sepLilliiras v nichos, bóvedas, y botareles, ajimeces, Ijalconcillos, p()rticos, escalinatas, pasamanos, fustes, plintos, por camarines y claustros de detalles tan prolijos, de labor tan minuciosa, de tan diferente estilo crcstonado, alicatado, losanjeado, laberíntico, fenicio, celta, romano,

godo, árabe, bizantino

esas mil partes, en fin, que forman el nunca visto conjunto del noble todo, jue hace del Burdos anticuo por el nuevo abigarrado un cuadro característico, original, pintoresco, sin par, y palpable y vivo, se conserx'ó en mi memoria perennemente esculpido. Por eso te he amado, Buriros y al volver de un ostracismo, cjue nó por ser voluntario menos amargo me ha sido, corrí anheloso á tu seno como á su oasis nativo vuelve á través del desierto el árabe peregrino. Tü, ciudad leal y noble, con espontáneo cariño reconociste al poeta vagabundo y fugitivo;

IXTRODUCCION V

abrazaste al hijo prodigo,

le diste en tu hogar asilo,

le diste asiento en tu mesa,

convocaste á los amiy-os,

y celebraste su vuelta

cual la de tu hijo legítimo,

con saraos, serenatas,

convites y regocijos.

Por eso te adoro. Burgos:

porque la primera has sido

que de mi niñez quisiste

volver á escuchar los himnos;

y aunque echaste en ellos menos

cuando volvistes 6. oirlos

los juveniles arranques

de su vigor primitivo,

no me los desestimaste;

pues sabes que si es preciso

morir ó llegar á viejo,

envejecer no es delito.

Por eso he determinado,

mas que audaz, agradecido,

dedicarte este volumen,

tan sin valor por ser mió.

Porque ¡ay de mí! noble liurgos,

no tengo para ello títulos:

pues nada soy en el mundo,

ni nada jamás he sido.

Yo que marché por la tierra

solo, independiente, altivo,

dejando entre sus zarzales

fui pedazos de mí mismo.

Yo no he creido jamás

en la fe de los políticos,

y nunca \ÍL'nto :í mis ver.sos

ha dado ningún |)artido.

VI IN IRoDUCCIOX

Yo que luz, ui poesía, ni fe en mis tiempos he visto, poeta ig-naro y excéntrico extraño á los tiempos mios, ex'ocando los recuerdos de las centurias que han sido he vivido entre las ruinas cual solitario pelícano; razas )' re\oluciones han girado en torno mió sin poder arrebatarme ni un solo instante en su giro. Y á fuerza de ocupar siempre el centro del remolino social, que todo lo mueve arrastrándolo consigo, he llegado á estacionarme: y anonadado y perdido, á fuerza de no ser nada no doy razón de mí mismo. Así que no me preguntes, Burgos, qinén so)' ni que' he sido, do Voy, ni de dónde vengo, porque no sabré decírtelo. Soy un átomo amante,

cjue voy sonoro por la atmosfera errante,

do canto y lloro;

pero mi canto no se sabe si es nunca

cantar o llanto.

Yo mismo tal vez ignoro quién soy y de donde vengo, dónde voy y por qué tengo triste (') gayo el corazón.

INTRODUCCIÓN VII

Tal vez de alegría lloro,

tal vez de tristeza canto,

mas de mi himno y de mi llanto

no sé acaso la razón.

Burgos, siento que es mi alma de tinieblas un abismo, V vo dentro de mí mismo no ose nunca penetrar. ¿Quién soy, d() voy, de d(í vengo, por qué canto, por qué lloro? Pregunta al viento sonoro dónde va sobre la mar.

Pregunta á sus verdes ondas de dónde vienen: pregunta al agua por qué se junta para hacer un nubarrón; pregunta quién es al astro que radia en el firmamento, pregúntale al sentimiento por qué hiere al corazón.

Mal quién soy, quien me pregunte, su curiosidad emplea; ¿qué os importa quién yo sea, de do vengo y dónde voy? Yo soy un ave de paso á quien Dios dic) una voz suave: ¿os gusta el canto del ave? oidme, cantando estoy.

Mas ¿quién es, os dice el ave á quien tenéis enjaulada? No; pero si preguntada os pudiera responder, os diria, ¿(jué os importa mi plumaje ni mi acento?

VIII INTRODUCCIÓN

yo soy una hija del viento, dejadme al viento volver. Ave de paso, quién sea que no me pregunte nadie: dejad al astro que radie, dejad al viento vagar, dejad que el mar en la playa rompiendo sus ondas siga, sin cjue sus ondas os diga de donde vienen el mar.

Dejad cuajarse á la niebla que por la atmósfera sube, sin preguntar á la nube por qué revienta en turbión; y dejad libres que canten el pájaro y el poeta; ¿quién mide ni quién sujeta su vuelo y su inspiración? Dejadme: ave de paso

que nunca anida y que vuela al acaso

sola y perdida,

yo siempre he ido, por el aire del mundo

solo y perdido!

¿Quién soy? — No sé. — Voz suelta sin pecho c[ue la exhale, voz que ella misma ignora su germen productor, que busca sólo acaso que el aire la propale, yo soy tal vez un eco de incc)gnito rumor; mas eco procedente de mal sondado abismo, que vive por sí mismo, de sí germinador, yo soy la voz perdida que va todos los ecos buscando cjue del mundo se esconden en los huecos, para corear con ellos un himno al Criador.

INTKOI^UCCION tX

Yo soy la voz que agita perdida en las tinieblas

la gasa trasparente del aire sin color,

que sobre el tul ondula de las flotantes nieblas,

que del dormido lago se mece en el vapor.

Voz de hálito amoroso que con afán aspira

los cálidos efluvios de inextinguible amor:

y cuando entre las nieblas y los vapores gira

los himnos exhalando con que de amor delira,

se embriagan con el ámbar de amor con que respira,

suspiran con el hálito de amor con que suspira

el pájaro, el insecto, y el árbol, y la flor.

Tal vez soy ese incógnito

vaeo lamento que en los vacíos ámbitos

se oye del viento.

Su son perdido ¿quién sondará si es nunca

canto ó gemido?

¿(Juién soy? — Lo ignoro. — Tengo en mi ser tinieblas tales, tal confusión, que á un tiempo siente pena y placer, ansia y hastío mi corazón. Hoy desdichado, feliz ayer, jamás descifro mi condición, y mi voz nunca puedo saber si es un lamento ó una canción. Misterios deben del alma ser: pero yo de ellos en conclusión S()lo averiguo c[ue i)or do quier l)edazos dejo del corazón.

Yo soy como el arroyo;

desde cjue brota, por do \a en cada hoyo deja una gota:

X INTRODUCCIÓN

que es mi destino dejar ^;otas del alma por mi camino.

¿Quién soy? — ¡Quién sabe! — Mi ser ignoro: mas de armonía guardo un tesoro: y siendo armónica mi condición, átomo suelto, libre, sonoro, donde hallo un eco produzco un son. Y ya se exhale de un arpa de oro, ya de una ermita del esquilón, ya del aullido de un muezzin moro, ya de las turbas en rebelión, ya de un insecto c|ue errante zumbe, ya de una gruta que honda retumbe,

ya de un torrente que se derrumbe

ya del bramido del aquilón que el roble añoso crujiendo abata, que atorbelline la catarata, que los peñascos de la mar bata, ó los cimientos de un torreón, cuanto á mi paso despierta un eco sordo, estridente, trémulo, hueco, cóncavo, agudo, \ibrante ó seco, en mí una fibra tocando armónica encuentra unísona repetición; y el son más débil, más fugitivo, me presta el tema, me da el motivo de una plegaria ó una canción,

Y en una peña desencajada, en la cruz puesta sobre un camino, en una torre desvencijada, en el murmullo del mar vecino, en los escombros de un monasterio,

INTRODUCCIÓN X!

en la flor única de un cementerio, en el arranque de un puente hundido, en el fragmento de una inscripción; en alg-o móvil que no haga ruido, en algo oculto que dé un sonido, en algo há mucho puesto en olvido, fundo una historia, sondo un misterio de que dar cuenta ó explicación.

Con una brisa que el aire plega de una neblina que el aura azula, hago un relato que se desplega de todo un lil^ro por la extensión, como un arroyo que de una vega por entre el césped corriendo juega, y ya se avanza, ya se recula, ya sobre él pasa, ya no le llega, ya se derrama, ya se acumula, ya se desborda y el llano anega, ya en un remanso creciendo ondula, ya sobre el musgo de un coto salta, ya de menudas gotas le esmalta y huye brincando por la pradera, desparramando su agua parlera por la vertiente de la ladera hasta que, escaso de agua y de son, de su postrera lágrima rota la última gota se hunde y agota de arena seca por la absorción.

Así de un fútil recuerdo vago, de la más nimia suposición, campo y escena de cuentos hago do mis delirios pongo en acción.

Yo soy como la hormiga: do rpiier recoge

el granillo y la espiga para su troje:

Xii INTRODUCCIÓN

y á SU hormiguero marcado con su huella deja el sendero.

¿Quién soy? — -¿Cuál es mi sino?

¿(Juién sabe? Peregrino

que gira sin camino

del mundo en rededor,

lo mismo en los sillares

do apoyan sus pilares

los domos seculares

del templo del Señor,

que al pié de los lentiscos

de los agrestes riscos,

donde hace sus apriscos

el mísero pastor,

recojo los cantares

y cuentos populares

cjue narra en sus hogares

el vulgo, de sus lares

ignaro historiador. Yo hago una historia de una patraña, que oigo á la ciega superstición contar al fuego de una cal ¡aña de un aguacero de invierno al son. Convierto en tiernos cuentos sencillos de los pastores la relación, y á los palacios y á los castillos voy á hacer luego su narración. Mas por do quiera voy anudando con almas tiernas honda afección; y por do quiera que voy pasando, pedazos dejo del corazón.

Yo soy como la abeja; cjue en los rosales

INTRODUCCIÓN XIH

toma la miel que deja • luego en panales:

y á su colmena del dulce de las flores

va siempre llena.

¿Ouién soy? — ¿Quién lo sabe? — Yo mismo lo ignoro. Creyente sincero del Dios en quien ño, á él solo me humillo, y á él solo le imploro, do quier le he hallado velando en bien mió; do quier le bendigo, le canto y le adoro: do quier sus creencias evoco con brío; cantar mi fe firme no tengo á desdoro: no tengo del pobre vergüenza ó desvío, mi pan con él parto, su mal con él lloro: y no me da nunca recelo ni hastío su sórdido traje, su oscura mansión. I.os más escondidos rincones exploro, y en todos á todos mi fe les confío, contando á los unos un cuento sombrío y haciendo con otros ferviente oración. Tal es mi destino: sin oro ni hogares, excéntrico, errante, locuaz, vagabundo, mi herencia son sólo mi fe y mis cantares do quier c(ue me lleva mi fe por el mundo, y allí donde un dia mi espíritu mora, yo soy el consuelo del alma (jue Uoia: yo cierro las llagas que el tiempo no cura con bálsamo suave de amor y ternura: yo riego la herida (|ue encona la ausencia de dulces recuerdos de amor con la esencia; y á mí me confian su afán y sus cuitas las almas que abrigan pasiones secretas á eterno silencio y misterio sujetas, y cuyas historias conservo )o escritas.

XIV INTRODUCCIÓN

Yo vivo con esas: yo sé sus azares: yo lloro con ellas su afán y pesares, yo parto con ellas su oculta aflicción: y cuando abandono por fin sus hogares, la hiél de sus penas las vuelvo en cantares y mi alma las mando bajo una canción. Yo soy como las nubes,

que los vapores derraman hechos lluvia sobre las flores; mi alma es un vaso que miel vierte en las almas que encuentra al paso.

"VI

¿Quién soy? — Tú no lo ignoras, ¡oh patria á quien adoro! tú, cuyas tradiciones son mi único tesoro, cuya futura gloria mi solo sueño de oro, cuya afición y estima son mi único laurel: tú, que eres sola el germen de mi cantar sonoro, que para tí acompañan el pastoril rabel, el caracol marino y el tarabuk del moro, la lira de la Grecia y el arpa de Israel. Yo soy átomo frágil á quien el viento mueve, insecto susurrante que zumba sin cesar, el trovador errante del siglo diez y nueve que cruza mar y tierras en brazos del azar, y voy, de mi fe mártir, mas fiel á mi destino, á España por do quiera cantando sin cesar; y por do quiera francos encuentro en mi camino amigos que me esperan y hospitalario hogar.

Como una ave de paso que nunca anida

y que vuela al acaso sola y perdida,

INTRODUCCIÓN XV

yo siempre he ido por el aire del mundo

solo y perdido. Pero ave como el ái^uila

de noble vuelo, la voz para mis cánticos

busco en el ciclo:

y donde alcanza mi voz va derramando

fe y esperanza.

¿Comprendes, noble Burgos, de crónicas archivo, de tradición venero, de inspiración tesoro, por qué como poeta con tus recuerdos vivo, por qué como á la madre que me engendró te adoro? ¿Comprendes por qué el estro que en mí atesoro no puede decir nunca si canto ó lloro, y que por eso incierto siempre mi canto unas veces es himno y otras es llanto? ¿Comprendes que al poeta libre y amante da Dios la voz y el alma para que cante, y que por eso en hojas doy á los vientos, pedazos de mi alma, cantos y cuentos? Ya de la mia. Burgos, tienes las llaves: de mi llanto y mis himnos la causa sabes. Ya de hoy no me preguntes quién soy, (|ué tengo, d()nde voy, ni de dcMide cantando vengo.

Vengo del Occidente

do muere el dia, á volver al Oriente

mi [)oesía,

y en tus hogares á volver á mis cuentos

y á mis cantares.

XVI INTRODUCCIÓN

■VIII

Y como de el primer dia en que pude oir y hablar, mi madre me entretenía, con los cuentos que sabia de Ruy Diaz de Vivar, cifra primera de gloria de la castellana historia y del burgalés solar, de Ruy Diaz la memoria voy la primera á evocar.

Mas no esperes que con pompa de homérica entonación emboque la épica trompa, y al romper mi canto, rompa en épica invocación. No: va á acompañar mi acento un viejo y tosco rabel; con él canto: y me contento con que oiga mi pueblo atento lo que le cante al son de él.

A que mi patria me entienda, no aspira á más mi ambición: otro prez y honras pretenda: mi atmósfera es la leyenda, mi campo la tradición. Si en tal aire cojo viento

y en tal campo hacino mies

Burgos, no llevo otro intento sino que en tu hogar asiento entre tus hijos me des.

espunt¿iba una mañana

de abril, el mes de las flores; de sus vírgenes olores impregnada el aura sana,

esparcía sus aromas de Arlanza por las riberas, perfumando sus praderas, valles, oteros y lomas.

No suele en comarcas tales el mes de abril tan temprano dar con tan pródiga mano capullos primaverales:

mas el año en que esto pasa, temprano en flores y mieses, á los pueblos Burgaleses cosechas rindió sin tasa;.

y vieron los africanos de la Castilla fronteros, apuntalar sus graneros á los pueblos castellanos.

Era que ya comenzaban sus pueblos á rehacerse, y por tierras á extenderse que á los árabes ganaban.

Era que ya amanecía el albor de aquella aurora que de la fortuna mora la estrella apagar debia.

Era, en fin, que ya la mano del Dios que humilla y levanta, comenzaba la fe santa á levantar del cristiano.

En la edad pues en que empieza mi cuento, con el risueño albor de un dia abrileño (según la historia lo reza)

asumia en su persona la autoridad real suprema don Fernando, en real diadema vuelta la condal corona.

Sancho el Mayor, rey navarro su padre, le dio esta herencia porque gozara existencia par con su aliento bizarro.

li\ hijo, con la osadía y el valor de él heredados, fué ensanchando sus estados palmo á palmo cada dia;

y al burgo ruin dando creces, en donde lus fundadores fueron los legisladores de Castilla á un tiempo y jueces,

fué extendiendo los cimientos de una capital cristiana, que á amparo de su ley gana cada año acrecentamientos.

CAPÍTULO 1 .3

Y es que está ya ardiendo el rayo con que ha de apagar Castilla la luna mora, que aun brilla desde Calpe hasta el Moncayo:

y que se traba y prolonga ya aquella lucha bizarra, que concluyo en la Alpujarra comenzando en Covadonga.

Era, en fin, que ya los soles de siete siglos corrían, que hacer señores debian del mundo á los españoles;

y aquella fe castellana audaz, ignara y grosera, tal vez salvó á Europa entera de ser hoy mahometana.

Por aquel valor salvaje y aquella fe intransigente, que á la ilustración de Oriente jamás rindió vasallaje,

volvió á pasar el Estrecho la raza de Agar vencida, y hoy de la Europa es la vida y la ilustración un hecho.

Bendita, pues, la ignorancia de aciuel nuestro fanatismo, que dio á nuestro patriotismo tanta fe, tanta constancia:

y bendito nuestro atraso, que hizo culta y floreciente á Europa, á la .irabe gente cerrando de lüiropa el paso. Siete siglos nos batimos: siete centurias de glorias, (|ue han llenado las historias con las hazañas cpie hicimos.

4 LA LEYENDA DEL CID

Y de una de estas centurias, gloria de España, á hablar voy, mientras á la España de hoy desgarran sueltas las furias.

Del poeta es la misión: su voz al pueblo dirige cuando al pueblo más aflige alguna desolación.

Hoy, en vez de ser profetas del porvenir desastrado, consuelan con lo pasado á sus pueblos los poetas.

Cual las ij'olondrinas son. que no echan nunca en olvido el muro en que hicieron nido en la pasada estación;

porque siendo hija del cielo la poesía divina, cuando el presente declina tiende ella al pasado el vuelo;

y mirado este á través del tiempo y de la distancia, cobra vida é importancia y más poético es.

Depurado y desprendido de las mortales miserias, por las sociales lacerias no le vemos ya roido.

Sólo los recuerdos son veneros de poesía: siempre cree de más valía lo perdido el corazón.

Aun imberbe, á mi nación se lo dije; y hoy en dia que es cana la barba mia, no he cambiado de opinión.

Política ni la tengo

ni me podrán convencer de que una es fuerza tener, ni con ninguna me avengo.

Tal vez lo entiendo yo mal : pero mi opinión sería C[uc hiciera la patria mia política nacional.

Mas política de bando ni me place ni la entiendo, y sólo un poeta siendo no tengo ambición de mando.

Basta, pues, de digresiones; yo no sé si es la política quien tiene España raquítica y á cola de las naciones:

mas yo que, sin ambición, versos tan sólo sé hacer, útil tan sólo he de ser con versos á mi nación.

Hice versos á destajo; y fundo mi patriotismo en hacer siempre lo mismo y en vivir de mi trabajo.

Yo sé cjuc los versos son ocupación harto fútil y trabajo casi inútil para el bien de la nación:

mas no supe otro jamás: y á creer no me acomodo (jue soy apto para todo como jjiensan hoy los más.

Versos hice y los haré mientras dure mi existencia; me dan pan é independencia, y no sé quién más me dé.

Oue solo quien no progresa soy, dirán, y quien no avanza; mas voy con fe y esperanza caminando así á mi huesa;

y al cabo de la jornada, para morir me es igual cama de encajes colgada que paja en el hospital.

Mi patria, cuando en la lid de existencia tal sucumba,

me hará justicia en la tumba

Vuelvo á los tiempos del Cid.

Volvamos á la mañana de abril, el mes de las flores, en la cual de sus olores impregnada el aura sana,

esparcía sus aromas de Arlanza por las riberas, perfumando sus praderas, valles, oteros \" lomas.

Burgos, corte de Castilla, pobre aún de caserío, se contemplaba en el rio del cual se tiende á la orilla,

como moza labradora que de despertarse acaba, y en el arrovo se lava ante la casa en C}ue mora.

Burgos, aunque reina no era de toda España Castilla, de un rey en ella la silla veia por vez primera;

porque bajando de Asturias \an ya los reyes cristianos

cuenta á pedir en los llanos al moro de sus injurias;

y aunque por las viejas leyes de sus jueces aun se rige, Burgos ya jueces no elige, ni condes: corona reyes.

Ciudad guardada por muros y con puentes defendida, rUu-gos, al crecer, olvida sus orígenes oscuros:

y aquella humilde aldeana que se cunó en una choza, aunque aun no rica y aun moza, ya aspira á ser soberana.

Torres son }a sus zarcillos, V fosos sus ceñidores ; ya no se toca con flores sin(3 con recios castillos.

En torno suyo, en lugar de campesinos hogares, se levantan ya solares de porvenir secular.

Y entre los cien lugarejos que salpican sus campiñas, como sus jóvenes viñas agazapados conejos,

Arlanza por ambos lados de su cultivada vega, lame, espeja, arrulla y riega cien castillos blasonados.

Y en aquellos torreones y solares de Castilla, germinaba la semilla

de los bravos infanzones c[ue debian engendrar la nobleza castellana,

8 LA LEYENDA DEL CID

que llevó la cruz cristiana triunfante de mar á mar.

Nobles de Asturias, Galicia, de Navarra y de León, alzan ya en ellos pendón y sustentan ya milicia.

Y Burgos, la albergadora de labradores sencillos, del reino de los castillos comienza á ser la señora.

En uno de ellos, sentado en la cüspide de un cerro, de puntas de piedra y hierro como un jabalí erizado,

vive un asturiano conde que con el rey mucho priva; con cuya prez positiva su orgullo audaz corresponde.

Rico en valor, pobre en vicios y sobrado de riquezas, al rey con grandes proezas tiene hechos grandes servicios.

Robusto y sano, aunque viejo, al rey Fernando acompaña, tan bizarro en la campaña cuan útil en el consejo.

Mucho el rey en él se fia y él mucho en verdad merece: mas toda su prez empece su insufrible altanería.

Ni cree que puede á él igual estar hombre á su nivel, ni cjue haya quien, par con él, sea en nada su rival.

Sirve al rey como á Señor; mas no piensa que del rey

CAimULO 1

le puede alcanzar la ley, no siendo el rey que él mejor. Tiene al rey por el primero; mas del rey como segundo no cree que va por el mundo, sino como compañero;

Kl cimdc Lozano

y aunque fiel á su señor le asiste y le satisface, cree que es él quien al rey hace con sus servicios favor.

Tal es el conde asturiano que en aquel castillo habita, y á quien la crónica escrita titula el conde Lozano.

Si (iomcz, Gormaz lí Orgaz antes de éste usó ó se puso, no sé; por Lozano es uso tomarle: séalo en paz.

De averiguaciones largas sübre nombres no me ocupo; bien este nunca se supo; con cjué averigüelo Vargas.

Lozano ó no, el en cuestión, conde o no conde, en mi escrito lo es, y ni pongo ni quito: me atengo á la tradición.

Del cerro, en que su castillo está sentado, la falda cubre un tapiz de esmeralda hecho de trébol, tomillo,

césped y musgo muy grueso, que se pierde en la llanura bajo la ondosa espesura de un robledal muy espeso.

Desde la verde colina que aquel castillo corona, de tierra una extensa zona defiende en torno y domina;

siendo aquella posesión un productivo solar, y un buen puesto militar de muy fuerte posición.

Del castillo dependiente y por él bien protegido, de palomas como nido, de abundancia como fuente,

comenzábase á formar un caserío de exótico aspecto, entre árabe y gótico, que empieza á pueblo á aspirar.

Hoy no es más que una alquería; y entre el boscjue que la esconde, rompe extensa \' labra el conde tierra no há mucho baldía.

capitulí; i . II

Cuida esta granja un colono, y labriegos y soldados la dan con lanza y arados labor, y tal vez abono

también con su sanq-re misma; pues no há mucho que hizo osada por su coto una algarada la ribereña morisma.

Mas desde entonces acá tanto Castilla creció, que á lo que entonces oso jamás á osar volverá.

El moro está tan lejano, que puede ya sin recelo dejar sin guarda en el suelo su mies el conde Lozano.

Tiene una hija el conde aquel que entra en su quinceno abril, como una garza gentil, lozana como un clavel;

blanca como una azucena, casera como una hormiga y rubia como una espiga, la cual se llama Jimena.

Nunca en el suelo español desde el tiempo de Tubál belleza á la suya igual alumbró la luz del sol.

Sus cabellos son un rayo de luz en hebras partido: de su piel está el tejido hecho con nardos de mayo:

su sonrisa es una aurora rpie á su faz da un albor sua\c; su voz es cántico de ave cpie á quien le escucha enamora.

12 1-A LEYENDA UEL CID

Su boca es una granada; sus ojos un ciclo doble son: y la da su aire noble el de una reina o una hada. Del viejo conde hija sola, único y postrer capullo de su raza, á quien su orgullo pospone todo y lo inmola, tiene en su casa sin tasa la libertad y el poder, y es en forma de mujer el buen ángel de su casa.

De gracia y virtud tesoro, del débil amparadora, de casa gobernadora y sostén de su decoro,

cuantos en su casa moran ó de su casa dependen, como á su honor la defienden, y como á su ángel la adoran.

Su nodriza, montañesa que desde que la dio el pecho, la ha aderezado su lecho y la ha servido á la mesa,

logró para su marido la guarda de la alquería, por vivir en compañía de la de quien madre ha sido:

pues muriendo la condesa al dar á Jimena aliento, vio desde su nacimiento su madre en la montañesa.

Así que una y otra ya como hija y madre se ven; y á que se avengan tan bien avenido el conde está.

CAPÍTULO I t3

La alquería y el castillo son, pues, morada igualmente de ambas, á estilo corriente en aquel tiempo sencillo,

en que el siervo y el señor solian á un tiempo dar, al calor de un mismo hogar, á su intimidad calor:

y ante el siervo y el colono en su castillo ó su aldea, servia la chimenea al castellano de trono.

El viejo conde Lozano, cuyo genio altivo y fosco le hacia con todos hosco y á cjuien nadie iba á la mano,

mas c|ue á J i mena cjueria como á la luz de sus ojos, y de la cual los antojos más mínimos prevenía,

con su nodriza no más era manso y halagüeño; y nunca la puso ceño, ni la contrarió jamás.

Y como creia que era el solo amor de la niña, que con ella se encariña como una hija verdadera;

y comprendiendo que al par ella á Jimena adoraba, á su capricho y sin traba, dejólas á ambas obrar.

Y hacia bien: la asturiana era de lealtad modelo

ó no la habia en el suelo de la tierra castellana.

14 LA LEYENDA DEL CID

Bibiana (que este era el nombre de la asturiana not'.riza) no descuidó olvidadiza nunca el honor del rico-hombre;

y cual madre verdadera de la hija de su señor, guardó en sus manos la flor de la honra de ambos entera.

Franca, empero, y complaciente la asturiana con Jimena, de tacto mujeril llena, de su genio la corriente

sabe llevar con tal tino que la muchacha no avanza, si en ella no se afianza, un paso de su camino.

Jamás Bibiana atajó su voluntad frente á frente, ni sola por la pendiente nunca expuesta la dejó.

Tenia, pues, en Bibiana la venturosa Jimena esclava de adhesión llena, amiga, madre y hermana:

y el viejo conde Lozano fiado en tan buen guardián no tuvo el menor afán de irlas jamás á la mano.

El, tranquilo, á sus negocios del castillo se ausentaba, y ausente ó nó, no turbaba sus quehaceres ni sus ocios.

Iban y venian juntas de la alquería al castillo, y sentábanse en un trillo, y aguijonaban las yuntas,

y trepábanse en los carros, y trampas en las montañas iban á las alimañas á poner tras los chaparros;

y de nardos y amapolas coronadas, se las via con infantil alegría correr tranquilas y solas

del castillo á la alquería, de la alquería al castillo; que en aquel tiempo sencillo tales costumbres habia.

Así hoy y de esta mañana con la luz tibia y serena, entraba tras de Jimena en la alquería, Bibiana;

y mientras que su marido iba al campo con sus yuntas, en su hogar soplaban juntas el fuego mal encendido:

y cuando á solas quedaron, ido cl marido, en su ho''ar. de este modo á platicar ambas á dos comenzaron.

Y aquí, para cpic marchemos bien de su diálogo en pos, á lo dicho por las dos su nombre al margen pondremos.

Dirá algún crítico acaso que esto es tic comedia á modo, y que es l)arajarlo todo por salir mejor del [)aso:

pero esta es la gran ventaja (pie tienen nuestras le\-endas; de modas son como tiendas, (pie todo en ellas se encaja.

lÓ LA LliVHNDA DlíL CIU

Jim' NA ¿Estamos solas, Bibiana?

i;ii;iANA No hay hombre en casa, Jimena.

jiMKNA Hablemos.

lüitiANA Enhorabuena:

ya de hablar tenia yana.

Poco hace C|Ue silenciosa

andabas y distraída. jiMi.NA Claro-oscuro de la vida:

ahora estoy de hablar ganosa. BiiiiANA De enamorados costumbre

dicen que es. jiMKNA Hso es: entabla

tú ahora un sermón. iíi>''ANA Vaya, habla

mientras yo avivo la lumbre.

jiMKNA Digo, pues, cjue me escribió.

iiii:iANA ¿Quién?

jiMiNA Rodrigo.

liiBiANA ¿Cuándo?

Jim EN A Ayer.

uiBiANA ¿Y has contestado?

Jimena ¡Alujer!

¿estás loca? i!ii;iAXA Creí.

Jimena No.

Vendrá él mismo esta mañana

á recibir de mi boca

la respuesta. lii IMANA ¡Tú estás loca,

Jimena! Jimena ^' l^or c¡ué, Bibiana. -■

iiiiiiANA ¡Dar cita á un mozo!

Jimena ¿ No CS Uoblc?

¿no estarás tií aquí conmigo? ¿no oirás lo c[ue le digo?

CAriTULO I 17

lillilAXA

l'.imANA

1 1 Mr, NA

Y será la falta doble,

pues yo contribuiré

á hacer tu culpa más grave:

y si tu padre lo sabe

jiMiNA i Pues si yo se lo diré!

¿Tú se lo dirás?

Hoy uiismo. líiiiiANA Y á las dos por la ventana

nos echa el conde. jiMi-,N\ ¡Bibiana!

i'.niiANA Si no le da un paroxismo

de cólera y se desmaya. jiMKNA ¿Pues no he de acudir á él

si me propone el doncel

pedirle hoy mi mano? üiniANA ¡Vaya!

¡No pica poco alto el mozo! jiMr.N-A Nieto es de Diego Porcelos. lüiuAXA Harto hará con sus al)ue]os

sin dineros y sin bozo.

Tal como es, es tan valiente,

que por su gran corazón

ya en Castilla y en León

anda en bocas de la gente.

Sé cjue en una montería

de un jabalí al rey libré). jiMKNA Muerto á sus pies le dejé)

cuando al rey acometía.

Nadie lo vié).

Pastaba solo

y extraviado el rey. HiiMANA Se inventa

mucho de lo cjue se cuenta

en la corte. Jl^^■NA p;;i rey contólo.

\' el rev lo in\-cntatal \-ez

[IMF.NA

lilHIANA

r.llUANA llMIÍNA

llir.lANA

1 8 LA LEYENDA DEL CID

r.iia.\NA

al padre para premiar en él: son los de Vivar gente en verdad de honra y prez. Mas diz que ha venido á menos. jiMKNA Podrá haber sido en hacienda, mas no hay nadie que pretenda rebajarles en lo jjuenos. De ajar al mozo no trato; mas diz que al rey sin respeto dejo tirado en un seto á la par con el jal)ato: y pues ni cortés le alzó, ni sacó de su acción fruto, paréceme que es tan bruto como el bruto que mató.

Sintió, Jimena, la injuria de tal frase, y sintió el fuego pronto á estallar de una furia justa, con ím|)etu ciego.

El genio feroz del conde se reveló un jjunto en ella: mas su ímpetu corresponde resistir á una doncella.

Bajó los ojos, calló, y dejó la ira pasar. Pasó, sonrió y tornó conversación á trabar.

Y una mirada tan pura como el sol de la mañana posando sobre Bibiana, la preguntó con dulzura: ¿Por qué le quieres tan mal? No le tengo antipatía, pero tengo la manía de que ha de sernos fatal. ]iMENA ¿Por qué?

IlMENA lll MIAÑA

Bibiana CoH él llC Soñaclo

dos veces ya, y en las dos corría de ambas en pos furioso y ensangrentado.

?^v

IlMKNA

l'.|l:].\NA

Dos veces también con él soñé y sangre le tenia, pues de la guerra volvia con el sangriento laurel: con que el doble sueño augura C|ue va á ser un gran guerrero. Es que .'íun no te he dicho entero mi sueño: en él su figura era la de un asesino: la sangre cjue le manchaba era tuya: te acababa de matar.

¡Qué desatino!

20 I A I.I-VKNDA I)¡:L CID

Hl DIANA

üir.lANA

T IMF. NA

Yo soy muy supersticiosa: soñarlo ambas, es preciso que sea del cielo aviso.

jiMKNA ¡Delirio!

Siempre me acosa desde que tal he soñado: y el mozo, por cpiien sentia al principio simpatía, por darme miedo ha acabado. Rompe con él.

Tornó el fucQo de la ira á arder en J i mena; pero, más que altix-a, buena, dijo, templándose luego: Bien: si debo..... romperé, y si después que le veas y le hables hoy, tal deseas que haga

liiiuANA • ¿Le amas?

Sí á fe. Siento que en mi corazón se acrecienta cada dia su cariño.

Niñería sin consecuencia.

jiMENA Pasión

profunda, según la siento mi corazón asaltar, y ocuparme sin cesar voluntad y pensamiento.

Interrumpié) su quehacer Bibiana, y muy tristemente dándola un beso en la frente

dijo á la doncella

A ser lo que me dices verdad.

Ti MENA

IllI'.IANA

üir.IANA

CAPITULO I 21

y tal á ser tu [)asiün,

va á ser ¡es mi convicción!

una gran fatalidad. jiMENA ¿Por qué lo ha de ser? iJiKiANA Kseucha;

Tú eres niña y cáun no ves la sociedad tal cual es; yo, sin perspicacia mucha, tengo tacto y reflexión; y en mí la falta de ciencia suplen la grande experiencia del tiempo y la observación.

l\i padre con el rey priva años hace, y se me alcanza cjue nunca la real privanza partirá con alma viva.

Don Diego Laínez, padre del doncel que te enamora, sea porc^ue al rey ahora • mostrar gratitud le cuadre

cá la estirpe del mancebo que la vida le salve), ó por razones cjue yo ni alcanzo ni alcanzar debo,

del rey á obtener empieza, según se dice, un favor, que tiene ya ojo avizor cá toda nuestra nobleza.

La ambición es mala amiga y con la envidia se aloja, y al conde tu padre enoja tpie se j)¡ense y c|ue se tliga

([ue puede hombre alguno haber que le pueda hacer mal tercio: en política y comercio todo el numdo es mercader;

22 1 A Li:Vi:XI)A DlíL CI!)

y el favor es mercancía (jue todos quieren pujar, aunque tengan que empeñar toda su hacienda en un di<i.

Si en otra ocasión pudier;i dar tu mano á don Rodrigo, lo que es hoy, ya te lo digo, es imposible que quiera.

Hl conde, si otro en Castilla favor gana y es don Diego, ha de odiarle desde lueo-o, y ha de ser su pesadilla.

La demanda de tu mano por su hijo tomará á injuria: que la ambición y la furia turban el juicio mas sano.

Nunca el amor cjuerrá \'er en demanda semejante sino afán de irle delante en la prixanza y poder.

Calló Bibiana: Jimena (.juedó muda y pensatiwi, de nueva tan aflictiva de\"orando mal la pena;

y la nodriza creyendo corroborar molixándola su razón, acariciándola siguió á Jimena diciendo: lüiMAXA Jimena del alma mia; si fuera sólo un capricho todo esto que aquí te he dicho, jamás dicho te jo habria.

Tengo á tu padre respeto, gratitud, veneración; pero de tal posición te he revelado el secreto

CAPÍTULO I 23

á riesgo de entristecerte, porque como á hija te quiero, y á tu desdicha prefiero mi desventura y mi muerte.

Muchos nobles le han pedido para sus hijos tu mano, y por el conde Lozano desairados han salido.

El conde á tu inclinación atenderá, no lo niego; pero el hijo de don Diego viene en muy mala ocasión. —

Convencida imaginaba ya á la muchacha tener y peroraba á placer; mas con su amor no contaba.

No sé qué vago rumor de Jimena hirió el oído, por Bibiana no sentido de su charla en el calor,

que atajándola, sin tiento se lanz() á la celosía de un ajimez, que se abria en el contiguo aposento.

Siguióla inquieta Bibiana: V empinada en la tarima del alféizar, por encima de su hombro, por la ventana

miró, pero ambas en vano gastaron vista y oído: ni nada vieron, ni el ruido se percibi() más lejano. — (i Qué fué? — preguntó Bibiana. — No sé, — respondió Jimena:

Creí oir mas nada suena.

r.ii.iAN.x No vendr;í tan de mañana.

jiMENA Pero al fin ha de venir

hoy ó mañana; ¿qué hacer? ¿con él sin razón romper? ¡No! Ni yo le he de decir lo que él acaso no sabe y en lo que parte no tiene; ni d mí este amor me conviene que sin razón por mí acabe.

Bibiana Déjamelo á mí pulsar. Veremos después de oir lo que te viene á decir, cónio lo hemos de arrecflar. ¿No sabe él ya que yo sé que te ha xiato y que te ha hablado?

jiME.N-A Sabe que hay siempre á mi lado quien nos ove y quien nos \'e:

y que de no ser así ni me \'iera ni me hablara; que más que mi amor me es cara la honra limpia en que nací!

Bien, Jimena; y pues que todo como ha debido ha pasado, después que él se haya explicado, yo me explicaré á mi modo.

Y con lo mal que el tiempo anda y con vuestra poca edad, yo haré sin dificultad que él suspenda su demanda.

Y si os queréis bien los dos y Dios el tiempo mejora, lo que no atemos ahora más tarde lo atará Dios.

ÜIP.IANA

Y así diciendo Bibiana y dando un beso á Jimena, tornó aquella á su faena y esta tornó á la ventana.

CAPÍTULO I 25

Levantóse el caserío de aquella granja del conde de un castillo de los moros con los viejos paredones. Sobre unas ruinas romanas por los moros fabricóse; quemáronle los cristianos: y, abandonado en el bosque, creció sobre la maleza, sus ruinas ijuardando el monte ocultas desde su pérdida por los moros hasta entonces; y cuando el conde Lozano con el rey vino á la corte de Castilla y fincó en ella, las descubrió en el desmonte.

Era el castillo condal de piedra una inmensa mole, que campeaba sobre un cerro sin que las vistas le estorbe nada en torno: dominando sus macizos torreones llano y valle, cual vigía de aquellos alrededores. En tiempo de Cárlo-Magno unos ricos l)orgoñones con el rey mal avenidos fueron de él los fundadores. Rico en agua, esbelto y sc)lido, sobrado de habitaciones, abundante en caza y aguas su comarca, superiores sus terrenos, su aire sano, buenos y bravos sus hombres,

20 I-A LEVF.NDA DEL CIU

de palacio y fortaleza

tiene á un tiempo planta y dotes.

Así que al hallar en ruinas

el moruno, desprecióle

el conde, y á sus colonos

pudiendo útil ser, cediósele

al marido de Bibiana,

de cachicanes, pastores

y motriles para albergue.

El colono, más que pobre

ruin, aprovechó los muros

y los bajos de las torres;

y escombros vendiendo )• piedras

á ricachos hidab'otcs

de lugar, para él se hizo en ellas habitaciones: y en torno de ellas y á vista de sus mismos miradores, dejó el recinto en que tiene cuadras, rediles y trojes, y las demás dependencias de su tráfico y labores. Pero por fuera y por dentro, todo ello fué hecho conforme del viejo castillo moro permitieron trecho y corte; de modo que la alquería era un conjunto deforme de partes heterogéneas, en el más gayo desorden. Aquí de un arco cargado de cúficas inscripciones cerraba el hueco un tabique hecho de toscos adobes. Más allá, y entre dos tapias de escombros y de cascote,

se abre un pórtico arabesco festonado de agallones, frisado de alicatados y cargado de labores laberínticas, miniadas con minuciosos primores. Allá en la esquina en que corta el viento de oriente al norte, junto á un ajimez esbelto gira un balconaje enorme, del cual formó el buen labriego un corredor sobre postes, y sobre el cual dan las luces del aposento en que come. Este ajimez pintoresco y este corredor que corre á Oriente con escalera á un jardinillo sin flores, están sombreados y orlados por los verdes pabellones de las hojas de una parra que bajo de ellas les coge: y tras de la celosía de aquel ajimez, fué donde se apostó muda J i mena, y allí permanece inmóvil.

Por cuanto alcanza la vista su vista el campo recorre y escucha atenta, mas nada alcanza á ver, nada oye.

Jinicna á quien ama espera, y en su tardanza supone falta de amor ó palabra, () empeños (|ue desconoce. El corazón amoroso vagas sospechas la roen,

28 LA LEYENDA DEL CID

y hacen tal vez que las lágrimas á sus pupilas se agolpen,

¡Ella espera y él no viene!

y el sol en el horizonte corrió ya un cuarto del cielo: ya envió á los trabajadores de su primera comida Bibiana las provisiones: y su marido muy pronto es fuerza que á casa torne.

Las dos veces que ha venido el enamorado joven, para acercarse ha tomado minuciosas precauciones. Una apenas era dia, otra empezaba á ser noche: y ambas para no ser visto amparábase del bosque; y obró en ambas el mancebo como caballero noble, que evita cauto apariencias que la calumnia provoquen: que el español que es hidalgo, jamás á su dama expone en lenguas y ojos del vulgo por cartas, ni por balcones.

Hoy, si viene, no ser visto es imposible que logre: todo el campo está ya lleno de sol y trabajadores.

Ya no vendrá: tal vez teñera para ausencia tal razones, para falta tal excusas que en tal conducta le abonen; mas como no las alcanza Jimena, que en vano absorbe

todos los ruidos del aire, que, apoyos engañadores de sus esperanzas frágiles, al alzarse en él se rompen, desesperanzada al cabo del ajimez retiróse.

Pero no bien apartó la faz de la celosía, pasos de alguno sintió que al huerto saltado habia; y al ajimez se volvió.

Jimena, con alborozo y sobresalto á la par, vio al enamorado mozo que procuraba el embozo sobre la faz conservar:

y en la amante imprevisión de tal gozo y sobresalto, corrió á la otra habitación y echóse, abriendo el balcón, en el corredor de un salto.

Bibiana al par, que tal ve, corrió al ajimez de junto al balcón: y á punto fué, porque ya el mozo en tal punto del balcón llegaba al pié.

Jimena intentó ordenar del huerto al mozo salir: pero no pudo llegar tal orden á pronunciar porque él la empezó á decir:

<í,Jimena del alma mia, si cual yo os amo me amáis, hoy ha amanecido el dia en que el alma á la alegría

o LA LEYENDA DEL CID

y a mi el corazón nic al)rais.

.»Yü en decir como en obrar soy breve, recto y sencillo: mi padre acaba de entrar vuestra mano á demandar al conde, en vuestro castillo.

^^Mi padre lo ha consultado con don Fernando primero, y el Rey su venia ha otorgado; que salga el Rey desairado por vuestro padre no infiero.

>Yo al mió hov acompañe hasta el castillo, y corrí á deciros el por qué tanto á la cita tardé; mirad si el tiempo perdí.

»Debo á mi padre aguardar del robledal á la vera; no me quisiera arriesgar d que un instante tuviera por su hijo allí que esperar.

»Con que pues sabéis desde hoy el favor que con el Rey tiene mi padre, y yo estoy en que á su demanda es lev que acceda el conde me \-oy.

^Jimena del alma mia, si vuestra mano me dan, dijo el Rey que al otro dia del casamiento, me haria de una hueste capitán.

>Si tal mano y tal bandera llego en un dia á lograr, Jimena, en España entera no ha de haber rey ni bandera que abata la de \'ivar. »

Y así el mancebo diciendo, y el balcón tan bajo viendo, de la retorcida parra el pié en un nudo poniendo, trepa y del balcón se agarra:

t^^"::^

■'ijCr-Y'

y con esfuerzo pujante que la baranda estremece, ízase de ella delante;

la da un beso y de un gigante

sallo cae y desaparece.

Por rápida (|ue acudió pjibiana al balcón y á ella, ni el beso de él atajo, ni vio si se le xolvic) aturditla la doncella.

32 LA IJÍYENDA DML CID

Jiniena en su confusión y en su tluda la asturiana, quedaron en conclusión como quien ve una x'ision al abrir una ventana.

Ninguna osando abordar la delicada cuestión de lo que se pudo dar ni tomar en el balcón, mirábanse sin chistar. Colocándose por fin Bibiana en la situación, dijo: «Quien pudo al balcón saltar, bien pudo al jardin: • mas no es esta la cuestión.

»Ya no hay remedio: tu mano dio ya ó le negó á don Diego tu padre el conde Lozano. >:>

jiMENA V á la boda el soberano ha accedido desde luego.

BiiiiANA Que eso no te dé esperanza.

jiMENA ciF*or qué?

Porque ni con Dios parte el conde la privanza; y ac|uí está la malandanza del negocio entre los dos. ¿Crees que mi padre quizás resistir osará al Rey? Tu padre es hombre que atrás nunca se hará, ni jamás sufrirá de nadie ley.

jiMiNA ¡Dios sea entonces mi escudo! Va he dado á Ruy el corazón |)ara siempre.

Buhan A No lo dudo:

sólo teniéndole pudo

l'.Il;lANA

ÜIKIANA

CAPÍTULO I 33

llegar hasta tu balcón.

Dios quiera que ese mancebo fatal á ambas no nos sea. jiMF.NA ¿Ya vuelves á eso de nuevo?

Bibiana Créci" CU SUCñOS nO clcbo,

lo se: ¡mas tengo esa idea!

De silencio tras buen trecho, Ijibiana, ( ¡vendo arrancar á jimena un ¡ay! del pecho, dijo: «Va el mal está hecho: á lo hecho pecho y andar.»

Cuando al fin de su carrera Rodrigo Diaz llegó . del robledal á la vera, á un paje no más halk) ^ •

que le habló de esta manera:

«Tu padre, á escape al tornar á Burgos torvo y mohíno, te envia por mí á ordenar que deshagas el camino y le esperes en Vivar.»

El mancebo, aunque azorado por lo que el paje le dijo, obedeció á lo mandado en la sumisión criado y el respeto de un buen hijo;

y vueltas dándose á dar á lo cjue á entender no acierta, no dej(') de caminar cavilando hasta la puerta de su casa de Vivar.

LA LEYIiNDA Dhll. CID

Cuando á más del medio dia repecharon del castillo J i mena y su ama la via, dijo á aquella en el rastrillo el paje que se la abria:

«El conde á Burgos no há un hora al partir á rienda suelta, dejó ordenado, señora, que no volváis desde ahora á salir hasta su vuelta.»

Jimena, aunque no avezada á que nadie la dirija orden así formulada, la así por su padre dada acató cual buena hija.

Y, aunque azorada, á no dar su brazo á torcer resuelta, se fué en silencio á encerrar en su aposento, la vuelta del conde en él á esperar.

Hombre don Diego Laínez de edad no poco avanzada, cuando empieza la leyenda mal zurcida en estas páginas, era muy bien quisto en Hurgos, y cabeza de una casa hidalga, rica y antigua antes ya de Iñigo Abarca. Habíase envejecido peleando en cien batallas en pro del rey don Fernando con numerosa mesnada: y asistido habia á aquella lid fratricida é infausta en que fuú muerto su hermano don García de Navarra. Conquistó á Ubierna y á Orbel; y supo tan bien guardarlas contra navarros y moros, que el rey le ofreció donárselas.

36 LA LEYENDA DEL CID

Don Diego, cuya progenie

cual la del rey es preclara,

juzgó cjue aceptarlas era

servir al rey por la paga;

mas \'iendo que al mismo tiempo

con el tiempo se mellaban

en el servicio del rey

su salud, hacienda y armas, *

fué poco á poco esquivándose

de la corte, siempre ingrata

con el que no adula al príncipe

y ante el poder no se arrastra.

Lejos, pues, de las intrigas

palaciegas, se ocupaba

de sus negocios domésticos

y de su hijo en la crianza.

Don Rodrigo era el postrero de tres; pero dos, por causa de una de esas mil dolencias que se dicen profilácticas, eran mozos de altos cuerpos, pero de fuerzas escasas; por traer en los pulmones grande flaqueza heredada.

Por uno de esos misterios que tan solamente alcanza Dios, que hizo del cuerpo humano la maravillosa máquina, al tercer parto su madre, del mal desembarazada que por tisis de la suya á su estirpe inoculaba, dio á luz en su tercer hijo una muestra inesperada de robustez y de fuerza, y en proporciones sin tacha.

CAPÍTULO 11 37

Don Diego que en aquel hijo funda toda su esperanza de perpetuar su familia de extinción amenazada, dio desde niño á Rodrigo una educación gimnástica, que al completo desarrollo de su vigor ayudara. Crecer le hizo en ejercicio continuo; y dado á la caza, á la lucha y al manejo del caballo y de la lanza, logró á los diez y nueve años ser una muestra acabada de un noble de la Edad media, tiempo de fe y de batallas.

Rodrigo, hidalgo de entonces, tenia sólo en el alma la fe de Cristo y la idea de echar al moro de España: y en estas dos cualidades, fuerza hercúlea y fe cristiana, del noble de aquellos tiempos el porvenir estribaba.

Tal es Rodrigo, que hoy tiene amistad y favor gana con el infante don Sancho, cá quien en edad iguala; porcjue desde que la vida salvó al rey de una alimaña, don Sancho con fe de mozo mucho del mozo se paga; y si á reinar llega un dia, claro es cjue con él se labra un grcUi porvenir por i)oco que por sí el mancebo haga;

y por eso es )a Rodrigo en la edad corta que alcanza el orgullo de sus padres y el adalid de su raza.

Con esta puede una hueste sacar si quiere á campaña, porque tal es en Castilla su parentela de larga.

Por su virtud á don Dieeo todos sus deudos acatan: cuantos tienen sangre suya todos su padre le llaman; y no hay en sus tierras hombre á cjuien apunte la barba, que no dé su sangre toda por él, si se la demanda: ni hay uno de los que forman de su pendón la mesnada, que cuando al campo le saque tras de Rodrigo no salga.

cm'Hulo li

Porque ya tiene el mancebo la simpatía ganada de sus gentes, y en él cifran el porvenir de su raza.

Doña Teresa Rodríguez, de alto linaje entroncada en la nobleza de Asturias que es la más vieja de España, es la venturosa madre de este doncel cuya fama ha de ensordecer la tierra con el son de sus hazañas. Don Diego ha tenido en ella durante vida tan larga un aliento en la fortuna y un consuelo en la desgracia. De sus secretos domésticos y su honor depositaría, la honra de su casa en ella tuvo siempre buena guarda: y desde el sillón de cuero donde envuelta en tocas blancas se sienta á su puerta, su honra como el sol luz pura radia. Don Diego y doña Teresa ven al rey veces muy raras, en ocasiones extremas ó imprevistas circunstancias. Rara vez van á palacio: pero cuando van les trata el rey como se merecen tan buen viejo y tan gran dama. Sus riquezas han tenido por las guerras grandes bajas: pero gozan en Castilla consideración muy alta.

40 LA I.HVliNDA DHl. CID

Este rico-hombre de Burefos, esta rica-hembra asturiana y este mozo, en quien se fundan tan risueñas esperanzas, tienen su casa en Vivar; lugar muy pobre de casas, mas rico de hombres valientes y de generosas almas.

Para seguir esta historia comenzada esta mañana, de esta casa solariega entremos en una cámara.

La última luz del crepúsculo ya el occidente se traga, haciéndola por momentos más trémula y más escasa.

En un aposento vasto, en cuyas paredes blancas cuelgan cabezas de fieras entre panoplias )• armas, Rodrigo, su noble madre y sus hermanos aguardan la \uelta de su buen padre con impaciencia y con ansia. Inquietud desconocida, zozobra insólita \' vaya les roe los corazones y les atribula el alma.

Mil veces ha ido don Diego á la ciudad del Arlanza desde \^ivar, pero nunca les dio zozobra su marcha. ¡Mucho ha tardado mil veces: tardó dias y semanas en volver de allá; mas nunca les extrañó su tardanza.

caMiulo 11 41

Hoy, ansia sin precedentes, impaciencia inmotivada el alma les atribula y el corazón les escarba; á cada ruido que sienten, á cada sombra que avanza por el camino, se asoman con afán á las ventanas: mas sobre el camino espira el ruido, la sombra pasa, y no es él quien la proyecta, ni su caballo el que le alza.

Saben los cuatro que ha ido don Diego por la mañana á ver al conde Lozano: mas nadie sabe la causa que le obligó por la tarde á emprender nueva jornada á ver al rey, sin que el rey á la corte le llamara.

Siendo cual es el asunto, siendo él quien es, y el monarca siendo un rey que con él usa de benevolencia tanta, ¿qué hay de extraño si su vuelta Diego Laínez retrasa, siendo el negocio una boda y dos leguas la distancia?

Probabilidades, cálculos y razones hay sobradas para tal viaje, tal prisa y semejante tardanza; mas sobre todos los cálculos cjue en las razones se basan, sobre todas las medidas y las cuentas más exactas,

42 LA LKYKNDA ÜKl. CID

está el corazón que siente, y la intuición del alma que prevé lo incalculable y presiente la hora aciaga.

Y hé aquí por qué su familia espera al viejo con ansia: porque el corazón alberga lo que la razón rechaza. Así esperan: y aunque á veces alguno de ellos arranca

del pecho un suspiro ahogado

suspiran, pero no hablan:

la madre por no afligirles,

los hijos por no faltarla

al respeto que la deben,

sin que les pregunte, hablándola:

porque en aquel siglo bárbaro

todavía era, á Dios gracias,

el padre para los hijos

la imagen de Dios en casa.

Así esperan y se cierra

la noche, y en torno ataja

la vista de las tinieblas

la densa, insondable masa,

en cuyo lóbrego fondo

nada pueden las miradas

ver ya, auncjue en él mil quimeras

la imaginación levanta.

La lobreíjfuez en silencio tiempo hacia que miraban la rica-fembra y sus hijos inmóviles en la estancia, cuando Rodrigo á sí mismo formulándose en palabras su idea fija, dijo alto: <,(¡Válgame Dios! ¡cuánto tarda!.>>

CAl'ITULO 11

Cual si un fantasma evocase, á su voz inesperada, todos sintieron tornárseles la faz invisible pálida; mas como si Dios hubiera escuchado su plegaria, al ¡válgame Dios! se oyeron sobre el camino pisadas. El relincho de un caballo rasgó la atmósfera, y rápida sintieron del de su padre la bien conocida marcha.

<,<iÉl es! ¡Luz!»— gritó Rodrigo: y á su voz que avisa y manda los siervos atropellándose

sacaron candiles y hachas:

mas cuando llegaron todos

al zaguán, ya se apeaba

de su caballo don Diego

con presteza desusada. Dióles la faz, y por cima

del embozo de la capa

pudieron ver que traia

descolorida la cara,

enmarañado el cabello

de la cabeza y la barba,

el entrecejo fruncido

y las pupilas con lágrimas.

Efecto acaso del cierzo,

que con sus ásperas rachas

en la rapidez del paso

el semblante le azotaba.

La capa á tomarle un mozo fué: pero él le dijo: — ^v Aparta;»

y umbral adentro metióse

de los hombros arrastrándola.

44 LA Ll'Vl'INDA OüL CID

«¿Qué tienes, padre?)> — le dijo Rodrigo: y respondió: «Nada:» y emprendió escalera arriba desciñéndose la espada.

Salió al descanso á abrazarle su mujer; pero él negándola su abrazo, la dijo: m Ouita, que quien me toca se mancha. »

Siguió adelante: siguióle su familia acongojada, triste y silencioso séquito formándole hasta su cámara; mas él, volviéndose á ellos en el umbral de su estancia, les dijo con gesto trémulo y voz descompuesta y áspera:

«Nadie conmigo. — No quiero ni necesito ya nada. Cada uno á su cuarto. — Dios nos alumbrará mañana.»

Cerró la puerta de golpe: dio á la llave en la cerraja vuelta por dentro, y afuera dejó á su gente asombrada.

«A obedecer todo el mundo,» dijo Rodrigo en voz alta. «Dios manda en el uni\'ersü y nuestro padre en su casa.»

Criada en principios tales la familia castellana, cada cual se fué á su lecho oidas tales palabras; mas desde él oyeron todos toda la noche en su estancia ir y venir á don Diego como á un león en la jaula.

CAiTiuLO n 45

Y al tiempo que sucedía esto en Vivar, al rastrillo lleeaba de su castillo el conde que á él se volvia.

Echó pié á tierra, y llegó Jimena á abrazarle; pero él con semblante severo su abrazo la rechazó.

•<¿(Jué traes, padre?» — le pregunta la niña atemorizada: respondióla el conde — «¡Nada!» y la cara cejijunta

volviendo á su servidumbre dijo: — << Mañana volvemos á Asturias, donde tendremos mejor sol que nos alumbre.»

Dijo, y á su cuarto fuese: ¡imena al suyo tornóse, y sin que chistar nadie ose aunque tal orden le pese,

l)uscaron todos sus lechos, como á siervos corresponde, cjue las órdenes del conde á obedecer están hechos.

Mas desde el suyo Jimena oyendo á su padre estuvo que en vela en su cuarto anduvo como en su jaula una hiena.

A la mañana siguiente, rayando apenas el alba, estaban en pié ya todos de Laínez en la casa.

40 LA LEYKNUA UüL CID

Cuantos de él, bajo su techo

reciben pan ó soldada,

á que se despierte y llame

esperan en la antesala.

Les dijo ayer que debia

Dios alumbrarles mañana,

y con la luz que amanece

á Dios y á don Diego aguardan.

Adheridos á su jefe

como á su tronco las ramas,

esperan en Dios y creen

de don Diego en la palabra;

y no habiendo comprendido

la escena anoche pasada,

á que se la explique esperan

cuando se despierte y salga.

Abrió por fin las dos hojas de la puerta de su estancia don Diego, y pudieron todos ver que estaba hecha su cama. Un noble su cama no hace cuando de ella se levanta; conque no ha entrado en la suya puesto que la tiene intacta.

Don Diego tiene los ojos hinchados, la cara pálida, la calva testa sin toca y la cintura sin daga. Todo muestra en su persona neoflisfencia desusada, que está revelando un duelo que el corazón le ataraza.

Con casi invisible seña mandó á sus hijos que entraran, y cuando puertas adentro les tuvo, volvió á cerrarlas.

CAPITULO II 47

En cuanto á solas con ellos quedó su padre en su cámara, fue'se al mayor, y cogióle la diestra entre sus dos palmas. No para estudiar en ella sus quironiánticas rayas, que aun este abuso hechicero no habia entrado en Kspaña; sino para hacer con ella una experiencia extremada, con la cual piensa que su honra de allí en buena mano salga.

Asió, pues, del primer hijo la diestra; y de su avanzada edad y senil flaqueza cá pesar, con fuerza tanta se la apretó, que el mancebo no pudiendo retirarla exhaló un ¡ay! y los ojos se le arrasaron en lágrimas. Soltóle el viejo, y ante él poniendo la puerta franca, le dijo: «Vete: el que llora no es digno más que de lástima!) Tomó al segundo la diestra; y con ira al estrujársela, al rostro que palidece de hito en hito le miraba. Cayendo el mozo de hinojos gritó: «¡Padre, que me matas!» y el viejo dijo soltándole: «¡Vete, se muere y no se habla!»

Fuese en seguida á Rodrigo, que viendo en silencio estaba lo que hacia con los otros, sin comprender de ([ué trata:

48 LA LEYENDA UEL CIL

'l'oniülc también la diestra; y en medio de sus dos palmas los cuatro dedos cruzando por debajo, asegurándola, enclavijó los pulgares por encima, y apretándosela cada vez más, parecia que intentaba triturársela. Subió el dolor hasta el codo, y Rodrigo, que empezalxa á ponerse rojo de ira, exclamó al ñn con gran saña: «Padre, al tenerme esa mano, si quien eres no mirara, con la que me dejas suelta por Dios que te acogotaba. »

Siguió apretándole el viejo sin curar de la amenaza, y del dolor en el colmo gritó el mozo ebrio de rabia: «Suéltame esa mano, padre, que la suelta se me escapa!»

y levantando la zurda

sintió la derecha salva.

"Suéltalas, le dijo el viejo, suéltalas, hijo de mi alma: C|ue sueltas las necesitas para la\ar mi honor ambas. »>

RoiiRiGo ¿yué dices, padre? ¿Estás loco?

¿(Juién en tu honor puso mancha?

Laíxez ¡Quien puso en mi faz su mano!

Rodrigo ¿Su mauo uu hombrc en tu cara?

Laín'ez Sí.

Rodrigo ¡Tü mientes Ó deliras! Padre, ¿á tí una bofetada? ¿y vives y vi\'o y vive

CAPÍTULO II 49

Laínez

KODRIGO

un solo homlDre de tu raza? ; Quién es él?

Oye.

Su nombre: no pierdas tiempo en palabras; porque las manchas del rostro con el sol se tornan llagas, y se gangrenan muy presto si con sangre no se lavan. laínez Escúchame.

Rodrigo No : UO quicrO

nicas que su nombre y tu espada. laín'ez ¿Le buscareis?

Rodrigo Al instante.

laínfz ¿Le matarás?

Rodrigo tn la cara

le heriré, si me hace frente,

y si huye, por las espaldas. laínez Tiene muy alta la frente. Rodrigo MÍ justicia irá más alta. laínkz Es muy fuerte.

Rodrigo M¡ raZOU

será más. Laínez El rey Ic ampara.

Rodrigo Lc mataré auuquc le encuentre

del mismo rey en la cámara. Laínez Eu clla uic hizo cl ultrajc.

Rodrigo ¿Y cl rcy lo VÍÓ?

Laínez Eu clla CStaba.

Rodrigo Morirá auuquc se cobije

del mismo rey á las plantas.

Laínez ¿Auuque arricsgucs?

RODRIGO Auncpie arriesgue

la salvación de mi alma.

Laínkz ¿LojuraS?

Rodrigo AutC CSC CristO

LA LliVliNDA DEL CID

I.\Í.NEZ

que tienes junto á tu cama. Pues arrodíllate y toma mi bendición y mi espada.

Arrodillóse Rodrigo, puso don Diego sus palmas sobre su cabeza y díjole: «¡Dios ampare tu demanda!» Y tomando un gran mandoble cjue sobre su mesa estaba, colgóselo al cinto; un beso dióle y díjole: « Levanta. ;> Levantóse el mozo y dijo: Su nombre no más me falta. ¿Quién es?

El conde Lozano. ¡Jesucristo!

KouKu;o

Laínez

Rodrigo

Laínez ¿QuÓ te paSa?

Rodrigo Nacla.

Laínez Eutóuces ¿ por cjué Á Cristo

invocaste?

Rodrigo PorqUC Á CSpaldaS

con ese nombre he sentido

C|ue el mundo entero me echabas.

Laínez ¿Y VacilaS?

Rodrigo No CS CXtrañO

que un momento \'acilara

tal cari'a al tomar en hombros,

dándome al mundo por carga.

laí.nez Suéltala pues.

uoi,Ku;o No me insultes.

Padre: con la cuchillada con que le abra el pecho, voy á abrirme vo mismo el alma: mas para tu hijo, señor, antes que tu honor no hay nada.

Laínez Mas si áutcs tc lo díjcra

CAPÍTULO II 51

Rodrigo

Rodrigo

Lo mismo te contestara.

Mi corazón es de carne,

mis pasiones son humanas;

pero de ahogarme á mí mismo

soy capaz si me lo mandas. laínez (jLiien manda así sus pasiones

será un héroe!

No es hazaña

cumplir mi deber contigo:

ser hijo tuyo me basta.

Tornóle á abrazar el viejo;

y cruzando la antecámara,

llevándole por su mano

abrió el balcón de la sala.

A la plaza de Vivar

daba aquel balcón, y estaba

ansiosa de saber algo, llena de gente la plaza. Laínez mostrando á su hijo dijo al pueblo con voz clara: «Desde hoy es mi hijo Rodrigo la cabeza de mi casa: él presidirá mi mesa y se ceñirá mi espada. Infanzones de Vivar, desde hoy al ir á campaña él montará mi caballo, y guiará mi mesnada, y él meterá por Castilla mi pendón en las batallas. >>

I )i() á Rodrigo un viva unánime la multitud exaltada, y tornó al silencio viendo cjue el noble mozo iba á hablarla. Rodrigo con voz de trueno que retumlx) en la montaña

LA LKYHNDA UEL CID

dijo, echando el medio cuerpo por cima de la baranda:

«Hijosdalgos de Vivar, nuestro honor tiene una manclia. Hay un hombre que á mi padre ponérsela osó en la cara.

¡A caballo! y con su sangre mie'ntras no quede lavada, que á Vivar no vuelva vivo ni un solo hombre de mi raza!»

Dijo y cerrando el balcón pidió el caballo y la lanza; y á punto de medio dia partia con su mesnada.

Aquella mañana misma, y en el punto mismo acaso

CAPiTULÜ 11 53

en que pedia Rodrigo

contra él armas y caballo,

en el cuarto de Jimena

entraba el conde Lozano;

y su hija, apenas entraba,

le echaba al cuello los brazos.

— < Padre, ¿qué tienes? le dijo:

¿no estcás aún desenojado?

Bendíceme: ayer me hicistes

en el alma mucho daño;

y por tu enojo de anoche,

la noche habemos pasado

en vela; tú dando vueltas,

yo tus huellas escuchando.»

— ((Tienes razón, hija mia,

respondió el sombrío anciano:

ayer volví con enojos

que durarán muchos años.

Siéntate y oye.» — Sentáronse

cada cual en un escaño;

y en guisa tal entablóse

entre padre é hija el diálogo.

CONDE Nada hay para mí en la tierra

que valga como tú tanto;

tú eres lo único á que atiendo,

y eres lo único que amo.

Por tí he procurado hasta ahora

ir al par del rey Fernando,

y para tí creí poco

aun al infante don Sancho.

jiMKNA ¡l'adrel

Escucha. Por la sobra

Conde

le libertad (pie has gozado, los frutos de mi esperanza en llor se me malograron; todo mi afán se ha perdido

54 LA LHYENDA DEL CID

y en tierra con mi obra has dado, dando tú esperanzas locas á un mozuelo castellano, que sin merecer atarte de tus chapines los lazos, ha osado en\iar á su padre : á pedir al rey tu mano.

J i mena á su padre oyendo hablar así de su amado, enrojeció: mas templóse y díjole balbuceando:

j.MENA Pues, padre; ^dos de \'ivar no son nobles hijosdalgos'^

Conde Los noblcs rcycs de 0\'iedo son nuestros antepasados, ; y no hay par nadie en Castilla con los que de allí arrancamos: las montañas crian áo'uilas y las llanuras milanos. Has puesto además los ojos do sólo te era vedado ponerlos; los de esa raza son para la nuestra infaustos. Tiempo hace ya que esas gentes voy en mi camino hallando: siempre tropezar con ellos me temí, y ya he tropezado.

jiMEN'A Padre, no comprendo bien lo que me estáis platicando, porque lo estáis dando vueltas cual si temierais soltarlo.

Conde No tcmo nada; don Dieeo

ante el rey se me ha igualado, y yo le hice echarse atrás.

jiMEN-A ¿Cómo?

Conde Cou mi propia mauo.

CAPÍTULO II 55

jiMENA Padre, tiemblo al comprender

lo que habéis hecho, hablad claro. Conde La man O en la faz le puse. jiMENA ¡Y ante el Rey!

Conde ol.

JIMENA ¡Cielo santo!

Conde Eu la prescucia del Rey subírseme osó tan alto, que al salir á la antesala le traté como á un villano.

jniENA ¡Ay padre mió! ¿Qué hicisteis?

Conde Tal vez liicc dcmasiado:

mas ya está hecho, y yo nunca de mis hechos me retracto.

jiMFNA Dad satisfacción al rey.

Conde Yo ni áun al rey satisfago; hoy partimos de Castilla; de sus dominios me extraño.

JiMENA Pensadlo bien, padre mió.

Conde Ya cstá todo preparado; carros, gente y hacanea ya te aguardan en el patio. Tú partirás con Bibiana delante, al rey don Fernando mientras yo escribo; y enviada mi carta, saldré á alcanzaros.

JiMENA Miradlo, padre, dos veces.

Conde Ya doscicntas lo he mirado, y tú estás ciega, y no miras que tu pensamiento alcanzo.

JiMENA ¡Señor!.. ..

Conde Lo CJUC tÚ Cjuisicras

volver á ver, y yo trato de cjue no veas, es á él, y más no has de verle: vamos.

56 LA LEYENDA DEL CID

J i mena que no vio nunca con ella á su padre airado, y vio que con él serian ruego y razones en vano, de miedo y angustia trémula cogiendo sumisa el manto, bajó al patio tras el conde sus lágrimas enjugando.

El conde altivo, hecho á ver ir juntos en sus mandatos la ejecución y la orden, como el trueno y el relámpago, no aguardó más cjue á ver puestas á las hembras á caballo, para dar de la partida la señal: dióla y marcharon. La cabalgata, compuesta de cien jinetes mallados, cien peones ballesteros, cuarenta muías, diez carros, y el servicio de Jimena de un deudo del conde al mando, comenzó á bajar la cuesta y á adelantar por el llano.

Salió el conde á los adarves á ver del soto á lo largo tenderse aquel cordón de hombres que eran todos sus vasallos. Jimena que iba en el centro del viejo deudo al cuidado y servida por Bibiana, decia á esta por lo bajo:

Jimena Bibiana, razón tenias.

iiiiiiANA Mas ¿qué pasa? ¿dónde vamos?

Jimena Por haberme al rey pedido del reino nos extrañamos.

CAPÍTULO II 57

liiniANA ¿Y su privanza?

j.MENA Perdida.

Bibiana ¿Y tu espcranza?

jniENA Se ha ahogado.

ciiiíANA ¿Dónde?

jiMENA En la faz de don Diego

do el conde puso la mano. BimAN-A ¡Dios mió!— ¿Y los de Vivar? jiMENA Aunque sufran tal agravio,

ya es entre ellos y nosotros

imposible todo lazo. Bir.iANA ¡Ay Jimena y tü le amabas! j.MENA — ¡Ay Bibiana, le idolatro!

¡Su amor no sabré echar nunca

del alma en que está arraigado!

Llegaba el deudo solícito por sí las servia en algo, y ellas al verle acercárselas la conversación cortaron. Continuó la cabalgata en silencio caminando, hasta dar en la espesura en que remataba el páramo; y allí á mirar el castillo por movimiento simpático todos sus húmedos ojos por última vez tornaron.

Ya el conde viéndoles lejos, habíase retirado del adarve y escribía su despedida á Fernando Los que partían á entrarse por la espesura empezaron, hacia el castillo volviendo los ojos á cada paso.

58 LA LEYENDA DEL CID

Y al darle su adiós postrero en lágrimas arrasados, los de Jimena y Bibiana no pudieron con el llanto ver una nube de polvo que, por el opuesto lado saliendo al llano, ele\aban los pies de muchos caballos; y mie'ntras entraban ellas de los árboles por bajo, como un huracán sallan los que llegaban al llano.

Era costumbre de entonces; un noble, señor de estados, no dependía del rey, le prestaba voluntario servicio con su mesnada; mas si descontento, ó harto de su servicio, con él queria romper el pacto, le decia ó le escribía: «Señor, os beso las manos; desde este momento dejo de ser ya xuestro vasallo.»

Si los servicios del noble rehusaba el soberano, se lo intimaba, le daba treinta y tres dias de plazo para salir con su gente de las tierras de su mando, y rota entre ambos la liga, quedaban libres entrambos.

De esta costumbre aceptada, y de esta ley al amparo.

CAPÍTULO II 59

estábase despidiendo

del rey el conde Lozano,

en un pergamino, en donde

con legibles garrapatos,

habia escrito la frase

convenida en tales casos.

Y ya tenia sujeto

su pergamino enrollado

con un cordoncillo de oro

con el cual le estaba atando;

y ya habia puesto cera

del cordón en los dos cabos,

para dejar con dos sellos

lo escrito dentro cerrado;

cuando oyó un clarin que hacia

con son imperioso y alto

seña de abrir el rastrillo

á alguien que llega del campo.

Frunció el conde el entrecejo

al üir son tan osado,

que manda más que demanda

abrirle al castillo paso. Y estaba de tal audacia

la explicación esperando,

con impaciencia visible

y ceño aun encapotado,

cuando el noble que debia

ir á dar al rey Fernando

su pergamino, en la cámara

entró con otro en la mano.

«¿Qué hay? — dijo el viejo. — Señor,

respondió el recien llegado,

un paje de hoscos modales

este pergamino os trajo.

— ¡Y cómo! — ¿Cómo? en la punta

de la lanza: y en reparos

6o LA LEYENDA DEL CID

sin andarse, presentómele

diciendo: Al conde tu amo.

— ¿De quién? — No quiso decirlo;

diómele desde el caballo,

tómesele, y volvió g'rupas

con no visto desenfado.»

Abrió tal misiva el conde; y al leer con ojos ávidos el nombre del que la firma, se le tornó el rostro pálido. Si de cólera ó de miedo no es fácil adivinarlo, porque dos voces á un tiempo al corazón le han hablado con aquel nombre su ira y su conciencia; y los rayos que en él la ira le enciende, en él la conciencia apágalos.

Hé aquí lo que el pergamino decia en sus garrapatos; que escribir bien, no fué nunca propiedad de fijosdalgos:

«Esto es lo que yo Ruy Diaz, hombre libre é infanzón, escribo al conde Lozano ante Dios nuestro Señor. Non fué de un home sesudo ni de un infanzón de pro facer denuesto á un fidalgo que es tan noble y más que vos. Mano en mi padre pusisteis delante al rey con furor, sin curar al denostarle de que soy su fijo yo. ¿Y cómo vos atrevisteis á un home á quien solo Dios,