La mujer en la sociedad moderna · Sección preliminar

Preliminares

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 28 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

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LA MUJER

EN LA SOCIEDAD MODERNA

parís. — TIP. GARNIER HERMANOS, G, BUE DES SAINTS-PERES.

BIBLIOTECA CONTEMPORÁNEA

LA MUJER

EN LA

SOCIEDAD MODERNA

SOLEDAD AGOSTA DE SAMPER

MIEMBRO HONORARIO DB LA ASOCIACIÓN

DB ESCRITORES T ARTISTAS DE MADRID

O. DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA DB CAKÁCA*, «T«.

PARÍS

CASA EDITORIAL GARNIER HERMANOS

6, RUÉ DES SAINTS-PÉRES, 6

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INTRODUCCIÓN

a El porvenir de la sociedad, dice A. Martin, se halla en manos de la mujer ^ y ella será el agente de la revolución moral que hace tiempo empezó y que aun no ha concluido. » Es cierto que la mujer moderna ha transitado por todas las veredas de la vida humana; que ha sabido dar ejemplos de virtud, de abnegación, de energía de carácter, de ciencia, de amor al arte, de patriotismo acrisolado, de heroísmo, etc., pero aun le falta mucho para cumplir la misión que la tiene señalada la divina Providencia, y es preciso enseñarla el camino que otras han llevado, para que pueda escoger el que conviene á cada una. La vida aislada de una mujer virtuosa, sabia, patriota, etc., no basta para que se comprenda lo que se pide á todas, — es preciso presentar un conjunto razonado de biografías, de bocetos de mujeres ejemplares para despertar en el espíritu de las jóvenes la emulación y el deseo de imitar alguna ó algunas de ellas. Estos ejemplos buenos no surten el efecto que se desea sino cuando las que lo dan son de nuestro mismo siglo, pues no se pueden imitar á las que vivieron en sociepades enteramente diferentes de las que conocemos actualmente, *

En los cuadros que á continuación presentamos, hemos de estudiar uno á uno la mayor parte de los más nobles caracteres de mujeres de este siglo; desde

VIII INTRODUCCIÓN

la reina en su trono hasta la artista en su taller; desde las bienhechoras más grandiosas de la sociedad, hasta la humilde hermana de la caridad en su hospital ó asilo; desde la gran señora hasta la pobre criada: desde la mujer de culta educación hasta la sencilla labriega. En todas las naciones la mujer ha señalado su huella haciendo el bien en todas las carreras, y cada cual puede escoger alguna como ejemplo y norma de su vida futura, según se sienta con más 6 menos fuerza, con mayor ó menor disposición para tal ó cual carrera.

Deseosa de dar á los padres de familia, á las maestras de colegio, un libro que sin ser demasiado serio, pueda considerarse instructivo y al mismo tiempo presente ejemplos provechosos, y produzca en los tiernos y maleables espíritus de las niñas el deseo de la imitación, resolví tratar de hacer un ensayo de breves biografías femeninas, procurando (aunque de muy lejos, por supuesto, pues no poseo sino buena voluntad y nada más) seguir la idea de Smiles en el precioso libro llamado Self-Eelp. En esta obra, explica el autor con mano maestra la conducta, el carácter y la perseverancia que debe el hombre tener en la vida, é ilustró su tema por medio de biografías de hombres notables por sus virtudes, su gran carácter y la perseverancia que tuvieron en el bien y el trabajo, hasta lograr hacerse célebres en el mundo.

Si el buen ejemplo es el arma más poderosa para promover la civilización, ¿ por qué no se ha de presentar á la mujer hispanoamericana, cuya educación ha sido tan descuidada, excelsos ejemplos de mujeres activas, trabajadoras, que se han abierto por sí solas un camino hacia la fama unas, hacia la virtud activa

INTRODUCCIÓN IX

y Útil para la humanidad otras, haciéndose notables en todas las profesiones, las artes, los oficios y las obras pías? La lectura de las biografías de hombres grandes y virtuosos es excelente, pero e'sta nada enseñará á la niña para su propia conducta, y la mejor para la joven de estos países será aquella que le presentará ejemplos de mujeres que han vivido para el trabajo propio, que no han pensado que la única misión de la mujer es la de mujer casada, y han logrado por vías honradas prescindir de la necesidad absoluta del matrimonio, idea errónea y perniciosa que es el fondo de la educación al estilo antiguo. i Cuántas mujeres desdichadas no hemos visto, solamente porque han creído indispensable casarse á todo trance para conseguir un protector que ha sido su tormento y su perdición! ¿No es acaso suficiente protección para una mujer la virtud, unida al amor al trabajo, á la laboriosidad?

Éste es el tema que procurarem.os desarrollar en este libro, el cual podrá servir de lectura á las niñas de todas las esferas sociales, y las hará comprender que si el matrimonio es ley santa de la Providencia, él no es indispensable para la dicha de la mujer ; que ésta, olvidándose de las pasiones terrestres, podrá vivir honradamente, aunque sea pobre, si es activa, laboriosa é instruida; le enseñará á valerse por sí misma, de manera que, si no encuentra un hombre virtuoso para unirse á él, la mujer puede existir sin los lazos matrimoniales y sola, sin necesidad de que un hombre trabaje para darle la subsistencia, porque ella misma se la ganará fácilmente por medio de labores honorables. Una vez que la mujer comprenda que puede rechazar al hombre vicioso, egoísta, de

X INTRODUCCIÓN

mal carácter y malo, y al mismo tiempo alcanzar á hacerse respetar por sus virtudes y su laboriosidad, la sociedad se reformará indudablemente ; los hombres sabrán que hay quien los juzgue, que la mujer que algo vale premiará al bueno, desdeñará y despreciará al malo, y que no será amado y respetado sino aquel que valga moralmente; entonces, si no todos los jóvenes, al menos muchos se verán en la necesidad de abandonar las veredas del vicio para buscar las que conducen á la virtud. Si acaso nos equivocamos, si la corrupción de las costumbres está demasiado avanzada, y nuestro trabajo es trabajo perdido, siquiera se habrá intentado poner un dique al mal; si éste no ha valido, Dios sabrá ponerlo cuando convenga y á su tiempo, pero al menos aceptará nuestra buena voluntad y la pesará en lo que vale en la balanza de su misericordia.

« Ayúdate, que Dios te ayudará, dice Smiles en la obra arriba mencionada ; esta máxima tan conocida encierra en un exiguo cuadro el resultado de una vasta experiencia. El espíritu de espontaneidad individual es la fuente de todo desarrollo normal en el individuo, y cuando sarge en gran número de personas constituye el verdadero fundamento de la fuerza y del vigor nacional... El progreso nacional es el conjunto de las actividades, de las virtudes de todos, así como la decadencia nacional es la reunión de las cobardías, los egoísmos y los vicios de todos... El gobierno de una nación no es por lo general sino la imagen que reflejan en él los individuos que la componen. « Á las labores físicas é intelectuales de generaciones sucesivas es que debemos lo que somos hoy. Trabajadores pacientes y perseverantes de toda clase y condición,

INTRODUCCIÓN X!

cultivadores de la tierra, excavadores de las minas, inventores y exploradores, obreros y manufactureros, artesanos y poetas, políticos y filósofos, todos han contribuido á ese gran resultado... » En este concierto de artesanos de la civilización, Smiles olvidó la parte que ha tenido y que en adelante tendrá la mujer en esa grande obra. Ya no se la permitirá cruzarse de brazos y dejarse llevar por la corriente masculina ; es preciso que tome parte en la lucha y quizás salve á la sociedad del cataclismo de inmoralidad, de impiedad, de corrupción que la amenaza. Á la mujer toca una ardua tarea en la grande obra de la regeneración qne eiía se prepare para cumplir su cometido.

LA MUJER

EN LA SOCIEDAD MODERNA

PARTE PRIMERA

LA AGONÍA DE LA SOCIEDAD PASADA

Aunque no nos ocuparemos sino de los hechos de la mujer contemporánea, será preciso presenciar la agonía déla mujer de los pasados tiempos, encarnada en la que pereció en la tempestad producida por la Revolución de Francia, á fin del siglo pasado.

El ejemplo que algunas de aquellas heroínas dieron al mundo será benéfico, porque éste demuestra que un gran carácter siempre conduce á la nobleza de sentimientos, y que la mujer virtuosa y abnegada, aun en medio de los acontecimientos más inesperados y más ajenos á su existencia pasada, la hallarán siempre llena de dignidad, de generosidad y de verdadera delicadeza.

^ LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

CUATRO MUJERES DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA *

La princesa Isabel de Francia.

Empezaremos estos estudios acerca de las mujeres iriuosas del tiempo de la Revolución francesa con la vida de una princesa célebre en los anales de la historia de la mujer, no en el punto de vista de la sangre real que corría por sus venas, cualidad que nada vale ante los ojos de Dios, sino porque aquella mujer reunió en sí todas las virtudes domésticas, así como todos los sacrificios de la bondad más completa, de la más perfecta abnegación y de una cabal belleza de alma.

En el concierto de voces revolucionarias y violentas que se levantaron contra la realeza en Francia, contra la aristocracia y contra todo lo que había tenido algún privilegio antes, no hay una sola que se haya atrevido á irritarse contra la princesa Isabel, hermana de Luis XVI. Era preciso que el tribunal que la juzgara y condenara fuese compuesto de sólo fieras con faz humana para que semejante mujer se viera sentenciada á muerte.

El nombre de Isabel ha sido famoso entre las familias reales europeas : además de aquellas grandes reinas tan conocidas por todos, como las Isabeles de

i. Estos bocetos fueron publicados en La Mujer en 1879-

LA agonía de la SOCIEDAD PASADA 3

España é Inglaterra, así como la de Rusia, que reinaron en su propio nombre, han sido elevadas al trono, en calidad de reinas consortes, muchas Isabeles, y sobre todo Francia ha dado á otros países algunas reinas de este nombre; entre otras están las esposas de Felipe II y de Felipe IV de España. Pero á ninguna de estas mujeres amantes de la pompa y del orgullo real se parecía la princesa que nos ocupa, sino más bien á las dos reinas canonizadas que florecieron sobre los tronos de Hungría y Portugal en los siglos XIII y XIV.

El desgraciado rey de Francia, que vino á pagar con su cabeza los pecados y crímenes de sus antepasados, — hemos nombrado á Luis XVI, — tenía dos hermanas : Clotilde é Isabel. La primera se casó á su tiempo con el príncipe de Piamonte, después rey de Gerdeña, Garlos ManueL La segunda, Isabel, nacida el 3 de mayo de 1764, no había cumplido siete años cuando llegó á Francia María Antonieta, la esposa del futuro Luis XVI. Apenas se vieron las dos princesas, cuando se cobraron mutuamente un particular cariño, y la austríaca tomó bajo su protección á la francesa.

En su primera niñez, Isabel tenía un carácter tan violento, indómito y altanero, que sus institutrices con dificultad lograban domarla. Sin embargo, al llegar á la adolescencia, cambió completamente su modo de ser; merced á la instrucción religiosa que la dieron y el haber hecho su primera comunión al lado de su tía, la virtuosa carmelitana Luisa (que vivía retirada en un monasterio), Isabel se convirtió en una niña amable, bondadosa y de tiernos sentimientos. « En lo sucesivo, dice una de sus panegiris-

4 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

tas 1, se preocupaba más del cumplimiento de sus deberes que de los derechos que la daban en la corte su nacimiento y el respeto de que la rodeaban. »

El pueblo francés se acostumbró desde la niñez de Isabel á ver (en las fiestas, banquetes públicos y espectáculos teatrales) siempre al lado de la deslumbradora y majestuosa María Antoñeta la distinguida y modesta figura de la princesa, generalmente vestida de blanco, y cuyos azules ojos se animaban con una sonrisa angelical é inocente como su alma al notar los triunfos de popularidad de que disfrutaba su querida cuñada.

Isabel no vivía sino para amar á su familia, á sus amigas y á los pobres; jamás pensaba en sí misma, y sólo gozaba con las alegrías y el contento de los demás. Era la protectora nata de todos los infortunados, á quienes rara vez dejaba de auxiliar, aconsejar y socorrer ; no contenta con proteger á los pobres de su patria, trabajaba también incesantemente, en unión de María Antonieta y de la reina de Ñapóles, para que se enviase á rescatar cristianos cautivos en Argel. Tenía dos amigas, á quienes dotó (siendo ellas pobres) con las economías que hizos, durante tres años, de la pensión que la pasaban en su calidad de hermana del rey, y jamás dejó de protegerlas, mientras que permanecieron á su lado, y de comunicarse con ellas cuando se ausentaron.

El señor Feuiliet de Conches ha tenido la paciencia de reunir y publicar todas las cartas que ha podido recoger de esta princesa, y, en la introducción que escribió para aquel objeto, dice que en la correspon-

1. La señorita Amaris de Langerack,

LA agonía de la SOCIEDAD PASADA 5

dencia epistolar de Isabel, « semana por semana y día por día, dejando correr su pluma naturalmente, refiere una vida edificante y exhibe uno de los caracteres más naturales, más rectos y más independientes que jamás hayan honrado una familia real». Su cualidad más sobresaliente era la benevolencia, y aunque su espíritu prosaico, como el del rey, brillaba por su naturalidad y dignidad, no dejó jamás de manifestarse en todas circunstancias sereno y noble, como lo veremos después en medio de escenas tan angustiosas como pocas mujeres han tenido la desgracia, no solamente de presenciar, sino también de tomar una parte en ellas.

Siendo muy niña, Luis XVI quiso casarla con un príncipe italiano, y después María Antonieta deseaba unirla con su hermano el emperador José II de Austria; pero Isabel desdeñaba las alianzas terrestres y aspiraba secretamente á concluir su existencia en un claustro. Sin embargo, como su hermano y su cuñada predilecta no quisieron consentir en ello, resolvió no separarse jamás de ellos, y se quedó en la corte, en donde la suerte la tenía destinada la palma del martirio.

El matrimonio de su hermana Clotilde la afligió mucho, y desde entonces vivía frecuentemente retirada del brillo y pompas del gran mundo, habitando una pequeña quinta que tenía en Montreuil. Allí pasaba los días entregada á sus devociones, al estudio de la historia, del cual participaba su hermano el conde de Provenza (después Luis XVIII), al arte de la pintura, de que gustaba mucho, á la costura y bordados muy curiosos que solía hacer para regalarlos á los pobres ó enviarlos á sus amigas ; y además se ocu-

t) LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

paba en mandar socorrer á los menesterosos, y tenía ciertas horas del día en las cuales daba audiencia á todos ellos. Esta época de tranquilidad y paz de ánimo no duró mucho tiempo : en breve la desgracia vino á tocar con su mano de hierro la vida antes tan brillante de María Antonieta ; la muerte del primer delfín y de una princesita, el odio de muchos cortesanos, los disgustos políticos y privados que la causaron mil penas y aflicciones, hacían que Isabel volara á Versalles frecuentemente y compartiera con aquélla sus dolores, empapándose, por decirlo así, en sus tristezas y amarguras con todo el carino de una verdadera hermana.

Cada día se nublaba más el horizonte político de Francia, y preparábase lenta, pero progresivamente, la tempestad revolucionaria, que debería acabar por despedazar aquel trono que había permanecido firme por más de mil años. Las ideas de libertad y filosofismo humanitario invadían todas las capas de la sociedad; desde el mismo Luis XVI hasta el último artesano de su reino, todos estaban imbuidos en el deseo de cambiar á todo trance el orden social. Las sociedades secretas tendieron una red en toda Francia, y se hizo de moda pertenecer á alguna logia masónica ; y no solamente entre los hombres sucedía esto, sino que casi todas las mujeres de la alta sociedad hacían alarde de frecuentarlas sociedades secretas. La amiga íntima de la reina, la princesa de Lamballe, era gran maestra dé una logia S lo cual por

1. Veáse La Frincesse de Lamballe. por Lescure, y Carta de Marta Antonieta á su hermana María Cristina, 29 de abril de 1781.

lA AGOTÍIA DE LA SOCIEDAD PASADA 7

cierto no la salvó después de la furia de aquel pueblo por quien había trabajado.

La princesa Isabel, con su perspicacia femenina, no quiso entrar por la moda; presentía que todo aquello no sería saludable para su familia y mucho menos honroso para su religión ; así no simpatizaba con las ideas nuevas, sino que, al contrario, no podía oírlas sin estremecerse. ¿Era acaso un presentimiento ? Pero ya que en nada podía cambiar la situación social, acudía al que todo lo puede, y redoblaba sus oraciones, y levantaba al cielo su voz pidiendo amparo y protección contra todo lo que se preparaba. Pero la Providencia había decretado ya cuáles deberían ser las víctimas que sufrieran el martirio para purgar las malas acciones de sus antepasados; así, los ruegos y oraciones de Isabel hallaron cerradas las puertas de la misericordia divina.

El débil y vacilante gobierno de Luis XVI cometía falta sobre falta, errores sobre errores, y lo bueno que hacía, por una rara fatalidad, se convertía en malo en el crisol de la opinión pública. El pueblo desnudo, hambriento, miserable, azuzado por los que tenían misión de derrocar la monarquía, ciego de furor, maldecía á los reyes y á los nobles, creyendo que tenían la culpa de todos los infortunios de su suerte. María Antonieta, calumniada, vilipendiada y llena de amargura y de tristeza, había perdido su brillo y la fresca flor de su juventud; así, aquella que había sido el ídolo de la versátil multitud se veía abandonada por sus amigos que iban á buscar en tierra extranjera la seguridad; odiada por el pueblo y mirada mal por la clase media, no tenía otro consuelo sino la amistad y dulce simpatía de Isabel. Ella se apoyaba en el

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tierno cariño de la princesa, y ésta, siempre serena y resignada, se apoyaba en la fe, que era lo que la daba una tranquilidad que parecía imposible en circunstancias tan terribles. « ¡ Ah ! decía frecuentemente, ¡es preciso conformarse á su santa voluntad 1 Si Dios quiere vengarse en nosotros, ¿qué podremos hacer puesto que Él es el amo?»

« La conciencia de Isabel era tan pura, dice Imbert de Saint-Amand, que no temía el sufrimiento ni la muerte. Mientras más se acercaba la hora de las catástrofes, más crecía su valor. Decía las cosas más sublimes con la mayor naturalidad. « No amo el martirio, escribía en 1791 á una de sus amigas, pero siento que, si ésa es mi suerte. Dios me dará la fuerza necesaria. ¡Él es tan bueno! » Más adelante dice que la consuela el pensar que estos sufrimientos sobre la tierra la harían tener menos purgatorio. Además, como tuviese la persuasión de que todas las desgracias y calamidades que sufría Francia eran castigo justo enviado por la Providencia, se inclinaba reverente y besaba el látigo que la azotaba, sin quejarse ni rebelarse jamás. »

Isabel era una segunda madre para los hijos de María Antonieta, y cuando la reina tenía que dejarles para atender á los deberes de su posición, Isabel la reemplazaba cerca de ellos. Aunque por aquel tiempo tenía poco más de veinticinco años, la severidad de sus costumbres, la dignidad de su porte real, al par de la amabilidad de su carácter, la hacían no solamente respetable, sino querida de cuantos la rodeaban.

No sólo habían abandonado la corte de Luis XVI y hasta sus propiedades en Francia muchos de los

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miembros de la alta aristocracia, sino que también habían huido del peligro que amenazaba á todos hasta sus más cercanos parientes y los hermanos y las tías del rey. Guando partían éstas, María Antonieta suplicó á la princesa Isabel que se alejara también y pusiera en salvo su vida ; Luis XVI la ordenó, en su calidad de rey y de hermano, que no tardara en expatriarse, mientras que hubiese tiempo; pero ella resistió á las súplicas de la una y á las órdenes d'l otro, y juró permanecer hasta el ñn al lado del trono bamboleante.

Á pesar de su niodo de ser amable y bondadoso, Isabel tenía un carácter recto y firme, y disgustábanla sobremanera los términos medios que había adoptado su hermano en el gobierno que tenía el deber de defender en ^\x profesión de rey... « ¡Ah! escribía la princesa á una de sus amigas, no hemos sabido aprovecharnos de las circunstancias propicias; no hemos tenido energía; era preciso afrontar los peligros, y sin duda hubiéramos salido vencedores. » Entretanto María Antoñeta escribía á la duquesa de Polignac : « Yo frecuentemente derramo ardientes lágrimas, y otro tanto sucede á mi hija ; pero felizmente para no sotros la serenidad de Isabel nos sostiene en todo tiempo y nos da una fuerza que sin ella no tendríamos. »

Durante el memorable 5 de Octubre, cuando el pueblo asesinaba á los desgraciados guardias del rey^ Isabel no perdió la cabeza, y con su sangre fría y serenidad salvó personalmente la vida á algunos de los atacados, y acompañando en seguida al rey y su familia de Versalles á París, arrostró los mayores peli gros durante aquel trayecto, de la furia de las muje-

40 lÁ MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

res sobre tjodo, que fueron las que encabezaron aquella insurrección. Si quisiéramos formar una galería de las mujeres que se han distinguido en el mundo por sus pasiones y frenesí antihumanitario, de seguro encontraríamos una larga serie de energúmenas en los anaks de las revoluciones en Paris, no solamente en la de 89, sino en todas las que han tenido lugar en aquella ciudad desde entonces.

En París, la familia real tuvo que apurar mil amarguras, sobresaltos y constante aprehensión. Al fin se decretó y llevó á efecto la fuga á Varennes, cuya terminación todos conocen. Á su regreso, en medio de una turba curiosa y enojada, Isabel conservó siempre su dignidad. Ni entonces ni después se manifestó nunca abatida ni llorosa; todo lo sufría por amor de Dios, y aceptaba los insultos é improperios del pueblo con la humildad que manda el Divino Maestro y la resignación de una verdadera cristiana : ella sólo pensaba en su hermano y su familia y olvidaba siempre su persona. Además, ¡ cosa rara ! en medio de aquel cataclismo social en que ella y sus parientes eran el punto de mira de todos los odios, conservaba siempre un aire de viveza y contento, y su patriotismo era inquebrantable y firme. Guando supo que los ejércitos enemigos invadían el suelo patrio, lejos de alegrarse al pensar que aquéllos iban en auxilio de su causa, escribía á una de sus amigas :

« Rusia, Prusia, Suecia y Alemania van á caer sobre la Francia; España no sabe aún lo que hará, Inglaterra tampoco ; pero no tengas cuidado, amiga mía, nuestro país adquirirá una gloria más, y eso será todo. Trescientos mil guardias nacionales, perfectamente organizados y naturalmente valientes, defienden las

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fronteras y no dejarán acercarse nn solo lancero austríaco. Malas lenguas aseguran que en Maubeuge ocho soldados alemanes hicieron correr á quinientos guardias nacionales, que llevaban además tres cañones. Hay que dejarles hablar ahora, si eso les distrae ; después podremos burlarnos nosotros á nuestras anchas. »

¿No serían estas líneas dictadas por un excelso patriotismo? Una mujer que se veía perseguida y odiada por un pueblo entero, su vida continuamente en peligro, coartada su libertad, y todo esto en nombre de esa misma libertad que estaba en todas las bocas, ¿ no manifestaba acaso el más grande amor á su patria y nobleza de sentimientos al expresarse así?

Quisiéramos extendemos mucho más al tratar de esbozar la vida de la princesa Isabel, y pintar, hasta en sus pormenores, la conducta de la hermana de Luis XYI durante aquellos aciagos días de amarga prueba; pero el espacio que para ello tenemos en estas páginas no es mucho, y por eso es preciso acortar un tanto lo que pudiéramos decir.

El 20 de junio de 1792 el populacho, ebrio de sangre y de venganza é inspirado por la pasión del odio y la envidia, penetra hasta en los más íntimos reciütos del palacio de los reyes, y armado de picas y L iyonetas se apodera de las Tullerfas. En tanto que María Antonieta corre á defender á sus hijos, la princesa Isabel vuela al lado de su real hermano, en el momento en que se presenta una tropa de energúmenos que al verla gritan : « ¡La reina! ¡la reinal » y añadiendo los epítetos más horribles, se precipitan sobre ella.

La princesa da un paso adelante con el mayor de-

1^ LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

nuedo; pero su escudero, Saint-Pardoux, viendo el peligro, se antepone diciendo :

— ¡ No es la reina, sino la princesa Isabel !

El pueblo continúa su marcha sin hacerla nada.

— ¿Por qué desengañarles? exclama ella dirigiéndose á su escudero ; esto les hubiera impedido cometer un crimen peor.

Durante largas horas, esta inmaculada mujer, que ignoraba naturalmente el lenguaje de las verduleras que la rodeaban, tuvo que sufrirlas á su lado, oír sus observaciones y escucharlas expresiones más inmundas del repertorio de la injuria. Además, apretábasela el corazón no solamente al comprender el peligro inminente que corría su hermano, sino al notar el irrespeto é insolencia con que trataban á su rey, para ella la persona más sagrada del mundo. En esto vio levantarse, al parecer con malas intenciones, una bayoneta contra el pecho del rey, quien rodeado de aquel pueblo permanecía impávido en medio de todos, con el gorro frigio en la cabeza.

— Caballero, dijo Isabel dirigiéndose con aparente tranquilidad al hombre de la bayoneta, mirad que podríais causar algún daño con la punta de vuestra arma; bajadla, pues de seguro os pesaría.

El sans-culotte obedeció y bajó el arma y la cabeza delante de aquella mirada tan dulce.

Fatigado al fin e] exaltado pueblo con sus juguetes reales, salió de las TulLerías y dejó en paz á la familia de Luis XVI. Pero entonces apenas empezaban sus sufrimientos. El 10 de agosto el rey tuvo que ir á pedir protección y amparo en el seno de la Asamblea nacional, en tanto que el pueblo sacrificaba á sus servidores en las Tullerías y despedazaba, rom

LA AGO>'ÍA DE LA SOCIEDAD PASADA Í3

pía y quemaba todo lo que se encontraba en el palacio. De la Asamblea, Luis y su familia pasaron, ya enteramente presos, á habitar el antiguo ediñcio que había pertenecido á la orden délos Templarios. Aquella orden había sido suprimida por uno de los antepasados de Luis XVI, y por eso sin duda el inocente tuvo que expiar también el sacrificio del jefe de los caballeros hospitalarios, condenado á la hoguera por Felipe el Hermoso, cuatro siglos antes.

En los primeros días de su prisión, María Antonieta habitaba con los niños y la princesa Isabel un aposento en común, y se comunicaban libremente con el rey, á quien habían dado otro separado. Además, la princesa de Lamballe y otras damas de la corte participaban de la misma prisión. Isabel trataba de distraer á los niños dándoles diariamente lecciones de música y de canto, y el rey les enseñaba historia y geografía. Así, sucedía frecuentemente que los crueles carceleros solían oír las voces de aquellos niños inocentes que se unían con la de su tía cantando himnos religiosos.

Un día de septiembre, estando toda la familia reunida en el aposento del rey, oyeron en los afueras de la prisión muchos gritos y voces descompasadas. Algún miembro de ella se acercó á la ventana en el momento en que afuera mostraban una cabeza sangrienta y mutilada. ¡ Era la de la princesa de Lamballe ! Aquella desgraciada amiga de la reina había sido separada de la familia real algunos días antes, sin duda con el objeto de asesinarla; pero aun no había llegado la hora del rey, de María Antonieta, de Isabel y del delfín.

Ya no le quedaba, pues, á la hija de María Teresa

■i i LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

sino una amiga y un consuelo : la princesa Isabel, en cuyos brazos se arrojó llorando, confundiendo sus| lágrimas con las suyas, ^

Esto no bastaba aún para satisfacer la cólera del pueblo. Impidieron que se viese la familia real con Luis XVI, excepto en las horas de las comidas; y al llegar el mes de diciembre é iniciarse el proceso contra el rey, le separaron por completo de su familia. Además de la pena que aquello causaba á los demás cautivos, en lo primero que pensó la princesa Isabel, que no perdía de vista la patria, fué en que aquel proceso y probable condenación á muerte del rey, servil imitación de lo que había sucedido en Inglaterra con Garlos I, sería un descrédito para la Francia.

« ¡Oh Dios mío! decía ella. Mejor hubiera sido que pereciéramos todos á manos de algún furioso, porque de eso no tendría la culpa el país entero ; pero si el rey muere condenado por una Asamblea constituida en cuerpo legislativo, el hecho es terrible, porque no solamente será un desacierto sino un agravio de que se hará responsable la Francia entera como nación. »

Durante aquellos días de indecible angustia, la reina, que conocía el mundo y comprendía las pasiones políticas de los enemigos de la monarquía, perdió desde un principio la esperanza. No así Isabel : alma más pura y más candida, no podía comprender que los hombres fuesen tan crueles, ni, según ella, tan impolíticos.

Al fin un día aquellas dos mujeres oyeron gritar al pregonero público debajo de sus ventanas la sentencia y condenación del rey á la muerte de guillo-

LA AGO^iA DE LA SOCIEDAD PASADA 15

tina... ¿Quién no habrá leído con enternecimiento la relación de la despedida de aquel desgraciado de su esposa, de sus hijos y de su hermana? en tanto que ios centinelas de vista espiaban ese cuadro desgarrador con maligna curiosidad y sin manifestar misericordia... pero corramos el velo sobre todo aquello.

Después de la muerte de Luis XYI (21 de enero de 1793) tocaba su turno á María Antonieta. Empezóse por separar al Delfín de su madre ; aquél era el primer eslabón de la cadena que conducía á la última agonía á la hija de María Teresa. En seguida la quitaron del lado de su hija y de su hermana y la sumieron en una prisión aparte. Durante su proceso tuvo que escuchar las acusaciones más horribles y monstruosas que se pueden inventar, y por último se vio condenada á muerte como una criminal. Pocas horas antes de ser conducida al suplicio, María Antonieta escribió á su cuñada la siguiente carta, fechada en la Conserjería el 16 de octubre de 1793, á las cuatro y media de la mañana :

« Á vos, hermana mía, es á quien escribo por última vez. Acabo de ser sentenciada á muerte, pero no á una muerte vergonzosa; ésta no lo es más que para los criminales ; yo sólo estoy en vía para ir á reunirme con vuestro hermano. Siendo, como él, inocente, espero mostrar la misma firmeza que él en estos momentos. Estoy tranquila como una está cuando su conciencia nada teme ; sólo me causa profunda pena el tener que abandonar á mis queridos hijos. Vos sabéis que yo sólo existía para ellos; y á vos, buena y tierna hermana mía, á vos que por vuestra amistad todo lo habéis sacrificado, á fin de estarcen nosotros, ¡en qué posición os dejo!... »

16 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

Esta carta no llegó jamás á manos de Isabel, que se había quedado en la prisión, reemplazando á María Antonieta al lado de su hija, y desde el 2 de agosto no había podido comunicarse con aquélla. Ignorando completamente la suerte que había corrido la reina, las dos princesas pasaban una vida tranquila dentro de los muros del Temple. Isabel trataba de ocupar á su sobrina para distraerla de sus tristes meditaciones, dándola lecciones sobre muchas materias é inculcándole sus propios sentimientos de bondad, religiosidad y, sobre todo, de amor patrio. Entonces fué que compuso y recitaba con la hija de María Antonieta aquella oración tan conocida, que anda impresa en muchos libros de devoción*, la que pinta á lo vivo el carácter de la virtuosa princesa.

Así trascurrieron muchos meses, y ya los amigos de Isabel pensaban que el tribunal revolucionario había olvidado á la hermana de Luis XVI, cuando una noche, estando las dos prisioneras acostadas y dormidas, oyeron que llamaban á su puerta. Era el 9 de mayo de 1794. Vistióse prontamente la princesa y salió á preguntar qué se ofrecía.

— Ciudadana, la contestaron desde afuera, baja al momento que te necesitamos.

— ;,Y mi sobrina también?

1. u ¡Qué me sucederá hoy, oh Dios mío! No lo sé; pero tengo por cierto que no me sucederá nada que tú no hayas previsto y ordenado en la eternidad. Esto me basta, Dios mió, esto me basta. Yo adoro tus decretos eternos é impenetrables; me someto á ellos con todo mi corazón, por tu amor. Yo lo quiero todo, lo acepto todo, te hago sacrificio de todo, uniéndolo al de Jesucristo, mi divino salvador. Yo le pido en su nombre y por sus méritos, la paciencia en mis trabajos y la sumisión perfecta, que es debida á todo lo que queráis y permitáis. Así sea.

LA AGONÍA DE LA SOCIEDAD PASADA 17

— ^'o se trata de ella, ni te importa : baja pronto, sola.

La niña (tenía quince años) se arrojó en los brazos de su tía, suplicándola que no la abandonase como su madre, á quien no había vuelto á ver. ¡Ella no sabía su triste fin I

— Déjame bajar, la contestó Isabel, que en este momento, no lo dudes, volveré á subir.

La niña la dejó salir, y jamás se volvieron á ver en este mundo...

Entre tanto Isabel se presentó ante el tribunal del Terror, quien la juzgó y condenó á muerte por crímenes imaginarios. Con el objeto de humillarla la condujeron al cadalso (el 10 de mayo) sin ninguna distinción de rango, en un carro, con veintitrés condenados más. Durante aquel viaje fúnebre, una marquesa, Grussol de Uzés, compañera de martirio, la manifestó gran respeto y consideraciones. Al llegar al pie de la guillotina, Isabel la dio las gracias, diciéndola que lo único que la quedaba ya en el mundo eran esas pocas palabras de giu itud.

— ¡Ah, señora! exclamó la marquesa, si Su Alteza Real me hiciera el honor de darme un abrazo, yo moriría contenta.

— ¡De mil amores y con todo mi corazón! repuso la princesa, á quien soltaban los brazos, que había llevado atados hasta entonces.

Al momento ordenaron á la marquesa que subiera al cadalso para ser guillotinada, y con el objeto de redoblar la crueldad para con la princesa, la obligaron á presenciar la ejecución de todos sus compañeros La santa mujer entre tanto no perdió un momento .iquella dv^idar! y serenidad que la distinguían en

18 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

todo tiempo, y cuando la llegó su vez, subió al cadalso con la misma compostura y porte verdaderamente real con que desde niña subía las gradas del peristilo del palacio de Versalles.

Ante aquella víctima, la más pura, la más inocente y la más santa de cuantas perecieron en la Revolución, el pueblo había enmudecido, respetando en ella la personificación de la virtud modesta, y tal vez recordando algunos de aquellos energúmenos que ella había hecho muchas caridades y sido muy misericordiosa mientras que la dejaron en paz : nadie levantó la voz cuando pasaba en su carreta; nadie la injurió, como lo hacían siempre con las demás víctimas : todos bajaban los ojos avergonzados de la inaudita injusticia que se perpetraba en ella.

Dos días después se leía en el Monitor (la gaceta oficial del gobierno) entre la lista de los guillotinados :

« Tribunal revolucionario del 21 floreal.

» Ana Isabel Capeto, de treinta años de edad, nacida en Versalles, hermana del último tirano, condenada á muerte. »

Antes de concluir, digamos de paso qué fué de la hija de María Antonieta. Merced á los buenos consejos y el santo ejemplo de su tía, aquella niña, desamparada y sola en una prisión, rodeada de soldados enemigos de su familia, supo mantenerse tan digna y noble, bien que sin manifestarse dura ni orgullosa, que todos la respetaban y compadecían, aunque muchos la rehusaban hasta lo necesario para vivir.

« Pero yo, escribía ella años después en los Recuerdos de su prisión, á lo menos cuidaba de estar limpia; tenía agua y jabón y barría el cuarto diaria-

LA AGONÍA DE LA SOCIEDAD PASADA 19

mente ; ya había acabado á las nueve, hora en que los guardianes entraban con el almuerzo. No tenía luz; pero en los largos días del verano no sentía tanto esta privación, etc. »

Lo que más la atormentaba era oír á lo lejos la voz de su hermanito, único pariente que la había quedado, quien vivía bajo la tutela del hombre más cruel que ha dado Francia, el zapatero Simón, cantando canciones indecentes contra su padre y su madre.

Al fin la Convención se apiadó de la desgraciada princesa, y en 1796 la puso en libertad, pues ya después de haber sacrificado á sus padres, la Revolución parecía saciada de sangre y de venganza. Gomo antes hemos dicho, la hija de Luis XVI ignoraba que hubiesen asesinado á su madre y á su tía. Al saber el sacrificio de la segunda, exclamó :

— ¡ Cómo ! ¿Isabel también? y ¿qué falta podrían imputarla?

Esta palabra es suficientemente elocuente para resumir la vida de* Isabel. Con efecto, ¿qué falta se podría imputar á aquella santa princesa, si no fuera que su sacrificio era sin duda indispensable para llenar la medida de la expiación de tantos crímenes é injusticias cometidos por los príncipes y los nobles, durante los siglos en que ellos tuvieron el poder en sus manos?... Y ahora Francia, como nación, según lo preveía la princesa, está pagando acaso los horrores de la Revolución, y, herida en su orgullo y en su dignidad, se ha visto mutilada por el enemigo extranjero más odioso para ella. París vio pocos años ha incendiados los edificios más caros á sus afectos, por sus propios hijos, y además se ve constantemente amenazada por las tendencias anárquicas que germi-

20 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

nan sin cesar en su seno... He aquí los insondables misterios que guarda la Providencia, ocultos á los ojos del hombre, el por qué de los acontecimientos : aquello que los incrédulos llaman fatalidad, y en donde nosotros vemos siempre el dedo de Dios. Vemos las consecuencias de ciertos hechos, pero nunca comprendemos la causa primordial de muchos suc:.-os.

La marquesa de Lescure y de Larochejacquelein.

Ahora nos toca hablar de otra heroína de la Revolución : ésta, aunque mucho menos conocida que Isabel de Francia en el mundo, presenta en su vida rasgos tan característicos é interesantes, y sus desgracias y amarguras fueron tan grandes, que creo que podrá servir de enseñanza moral y dar un ejemplo saludable para todas las mujeres que se encuentren en circunstancias, si no idénticas, al menos parecidas : lo que no dejará de suceder algunas veces en nuestras Repúblicas, en donde el estado normal es el de la revolución y el excepcional el de paz y concordia.

Yictorina de Donnissant, después marquesa de Lescure y de Larochejacquelein, era hija del marqués de Donnissant, que tenía altos empleos en la corte de Luis XVI, y nació en Versalles el 25 de octubre de 1772. La madre de Victorina pertenecía á una de las

LA AGONÍA DE LA SOCIEDAD PASADA 21

familias más notables por su nobleza en Francia, cuyo padre era duque de Dufort y había sido varias veces embajador en las cortes extranjeras. Hablo de estos títulos y honores para hacer patente el alto nacimiento de Victorina y dar á entender cuál sería su infancia, criada en el seno del lujo, de la pompa cortesana y la más grande opulencia.

Estaba nuestra heroína soltera aún cuando estalló la Revolución francesa ; así, ella tuvo ocasión de presenciar en Yersalles las escenas de octubre de 89 y contemplar en su principio las primeras agonías de la monarquía espirante.

Habiendo regresado á su provincia, casó en 1791 con su primo, el marqués de Lescure. El novio había cumplido veinticinco años, y ella diez y nueve, y, lo que es raro en aquella clase de enlaces por conveniencia, los nuevos esposos se amaban tiernamente. Victorina tenía un carácter tan apacible y tímido que de todo temblaba : un ruido fuerte, una voz elevada con discordancia la causaba grande emoción, y no montaba en el caballo más manso sin manifestar el mayor temor. Á pesar de la crisis revolucionaria en París, Victorina y su familia vivían tan retirados del mundo, en sus tierras de Gitrán, que nada se había alterado en sus costumbres; á tal punto que el día del matrimonio reunieron á los vecinos, labriegos y arrendatarios en una fiesta campestre, en la cual los novios bailaron con los aldeanos y aldeanas de los alrededores. Todo les sonreía en la vida : ricos, jóvenes, respetados, felices con su suerte, pensaban que el porvenir sería para ellos una continua fiesta. Al fin el rumor de la tempestad que rugía en torno del trono de Luis XVI llegó á aquellos lugares. Los ami-

22 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

gos y vecinos de la joven pareja empezaron á emigrar por centenares, y los castillos y casas de campo se desocupaban rápidamente. Lescure, que tenía un espíritu caballeresco, desaprobó la conducta de la aristocracia, que abandonaba así á su rey, y en lugai de emigrar se íué á radicar en París con su esposa, con el objeto de dar buen ejemplo á la nobleza y ver por sus ojos si sus servicios podrían ser de alguna utilidad á la familia real. Encontraron aquella ciudad en mucho peor estado de lo que imaginaban; sin embargo, permanecieron firmes en su puesto basta los asesinatos del 10 de agosto, cuando se vieron precisados, para salvar la vida, á salir prófugos de la capital é ir á encerrarse en su castillo de Glissón, en el Poitou, en el departamento de la Vendea.

La Vendea había permanecido desde que empezó la Revolución enteramente extraña á lo que sucedía en el resto de Francia. Esto provenía tanto de la estructura física del país, cuanto de las costumbres patriarcales que observaban los señores con sus vasa • líos; así, los labriegos no tenían queja alguna contra la aristocracia, que les trataba más como á hijos que como á siervos y vasallos, lo que no sucedía en el resto de Francia. Además, por lo general, los curas de los pueblos eran piadosos y patriotas, y habían conservado entre sus feligreses una fe pura y santa, sin amalgama de filosofía ; distinto de lo que acontecía en las otras provincias, donde hasta el clero se había vuelto en parte volteriano y de malas costumbres, debido al ejemplo pernicioso que cundía por todas partes. Aquel pobre pueblo, pues, no solamente no había tomado parte en la Revolución, sino que lloraba públicamente las desgracias y prisión de los

LA AGONÍA DE LA SOCIEDAD PASADA 23

reyes. Pero últimamente la noticia de la muerte de Luis XYI le exasperó hasta el punto de resolver no obedecer jamás á las leyes que le enviaran de París.

Esta coyuntura no se hizo esperar mucho. En el mes de marzo de 1793 se supo que la Asemblea haDía decretado un reclutamiento de trescientos mil hombres en aquellas provincias, con el objeto de acrecentar los ejércitos republicanos. Esto colmó la medida : el pueblo se levantó en masa, jurando más bien morir que servir á los enemigos de sus reyes y de su religión.

El 10 de marzo, al clarear el día, las campanas de las iglesias de más de seiscientas aldeas y caseríos tocaban á rebato sin cesar, llamando á los fieles á que se reuniesen para acordar las operaciones militares necesarias en aquel caso. Los labriegos y aun los vecinos de las villas no tenían pólvora ni armas ; pero los elementos de guerra se hallaban en manos de los enemigos, y resolvieron aperarse después de combatir. Cada cantón escogió como jefe al señor más influyente de los castillos vecinos, y así quedo organizado el ejército improvisado.

El marqués de Lescure se presentó de los primeros en la plaza de la aldea más cercana á su castillo, la que resultó que había sido señalada por los republicanos como la primera que se atacaría.

— ¿Por ventura, exclamó el marqués, encontraré aquí cuatro cientos hombres de buena voluntad que quieran morir conmigo con las armas en la mano?

Se le presentaron en el acto mil cuatrocientos hombres armados con picas, garrotes é instrumentos de labor.

2-4 LA MUJER EN LA SOCIEDAD KODERXA

— ¡ Aquí estamos, gritaban rodeándole, y dispuestos á seguiros adonde mandéis I

Lescure atacó y desalojó al enemigo, que estaba en una buena posición. Varios parientes le acompañaban, como el joven héroe, conocido en la historia con el nombre de Enrique de Larochejacquelein,que apenas había cumplido veinte años. Éste llegó también en medio de una turba de labriegos que carecían de jefe.

— ¡ Amigos, les dijo, yo me ofrezco á mandaros. Es cierto que mi edad es la de un niño; pero tengo el valor de un hombre y creo que no os arrepentiréis. ]Si avanzo, seguidme; si retrocedo, matadme; pero si muero, vengadme!

El joven aclamado por los aldeanos era digno de ser jefe de un ejército: poseía el genio militar, el don de la palabra y una figura simpática. Electrizaba á sus soldados con una ó dos palabras oportunas : una vez, notando alguna vacilación en su tropa en el momento de tomar una fortificación, avanzó algunos pasos, se quitó el sombrero emplumado, y tirándolo en medio de los enemigos gritó :

— ¿Quién me lo va á traer?

Pocos instantes después eran dueños del campamento republicano.

' Hombrescomoéstoserantodoslos jefes. Veamosahora la conducta de las mujeres, según Imbert de SaintAmand, de quien traducimos las siguientes líneas :

« En medio de los combates más extraordinarios y no vistos en otra parte, se encontraron varias mujeres que rivalizaban en valor con los soldados más denodados, como Juana Robín que murió combatiendo. En medio de las batallas decía al jefe que mandaba su compañía :

LA AGONÍA DE LA SOCIEDAD PASADA '2o

» — ¡Mi general, nunca podréis adelantarme; yo siempre estaré más adelante que todos!

» Una niña de trece años, que pertenecía á un regimiento en calidad de tambor, murió en un com • bate. Renata Bordereau, cuyo padre había perecidc^ á manos de los republicanos, se disfrazó de hombrt para vengarle, y se distinguió por su singular valor. En la batalla de Dol, las mujeres se manejaron como heroínas : detenían á los hombres que trataban de abandonar la pelea, les golpeaban, obligándoles á volver de nuevo al combate. Una sirvienta de la señora de Chevalerie tomó un fusil, montó á caballo, y haciéndolo galopar por en medio de los combatientes gritaba :

^) — ¡Adelante! ¡fuego al enemigo, compañeros I '>

Pero en tanto que nos hemos detenido hablando de estas cosas, ¿qué había sido de nuestra joven marquesa de Lescure? ¿Acaso se había encerrado en algún retirado albergue, huyendo de los combates y del peligro, y temblando, como era natural en su genio pusilánime, al oír cualquier fuerte ruido? Era madre ya de una niña de poco más de un año y aguardaba para algunos meses después el nacimiento de otro hijo. Su carácter, posición y salud la alejaban de aquel bullicio guerrero. Efectivamente, cuando su marido tomó las armas la había dejado en el castillo de Boulage, en unión de su madre y de una tía octogenaria, abadesa de un convento suprimido. Pero un día la llevaron la noticia de que el marqués había . sido gravemente herido en un combate. Al momento, sin reflexionar en lo que debía hacer, salió de la casa á todo correr, encontró á la puerta un miserable caballo ensillado con montura de hombre, y sin

26 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

querer aguardar siquiera á que la cambiaran la montura, echóse á correr sin parar en ninguna parte. Pasó, sin caer en la cuenta, por los caminos más fragosos, á todo galope, y al cabo de poco más de media hora llegó al sitio en que estaba su marido, á tres leguas de distancia. Felizmente la herida no era grave ; pero el susto que tuvo en aquel rato de viaje la hizo resolverse á no volverle á dejar solo y acompañarle á todas partes, lo cual verificó, lo mismo que casi todas las mujeres de los combatientes. Sólo que nuestra marquesa manifestó desde entonces una constante entereza de ánimo, un valor á toda prueba y una caridad infinita en los trances más duros de la campaña.

Cien mil aldeanos y labriegos habían tomado las armas, y la insurrección era tan popular que crecía como espuma en todos aquellos cantones entusiastas y religiosos. Á mediados de abril, los vendeanos contaban entre sus principales jefes á Charrette, oficial de marina, Lescure y Larochejacquelein, jóvenes de la nobleza, Bonchamp, antiguo militar, y Gathelineau, un labrador carretero, á quien llamaban el santo de A?ijoic y consideraba el pueblo como tal.

Sin embargo, la organización de aquel ejército era especial, y por consiguiente carecía de disciplina. Contentábanse con rechazar al enemigo de su territorio, y rehusaban perseguirle fuera de él. Una vez que concluía aquella obra, el labrador arrimaba su arma y se ocupaba en las faenas campestres con la mayor tranquilidad. Guando se tenía noticia de que el enemigo invadía por algún lado, los jefes en consejo señalaban los cantones que debían combatir. Enviaban entonces un \iso al cura de la aldea.

LA AGONÍA DE LA SOCIEDAD PASADA 27

anunciándole lo que se había dispuesto. El cura mandaba tocar á rebato ; corrían los aldeanos á la iglesia, y cuando estaban todos reunidos, el vicario leía desde el pulpito la siguiente requisitoria :

« En el nombre de Dios, y de parte del rey, se invita á la parroquia N. . . á que mande el mayor número de combatientes que pueda, á tal hora, tal día y á tal parte ; deben llevar los víveres necesarios. »

Esto bastaba. Había seguridad de que los voluntarios llegarían sin faltar uno al lugar de la cita y á la hora señalada.

Al principio, los republicanos se vieron rechazados y vencidos en todas partes, y no sin motivo. El terreno de la Vendea es muy quebrado y montañoso en algunas partes : los caminos estrechos y hundidos á manera de nuestras zanjas, teniendo á un lado y á otro espesísimos matorrales, maleza y rocas; en otras partes el terreno es al parecer plano y escueto, pero está plagado de ocultas lagunas, de hondísimos pantanos y lodazales insondables. Naturalmente, los labriegos y aldeanos conocían palmo á palmo todos los campos, y sin dificultad podían poner al enemigo mil trampas y emboscadas. Á las veces, cuando menos lo pensaban, y sin que hubiesen oído el menor ruido sospechoso, los republicanos se veían rodeados de reaUstas, que les hallaban desprevenidos y les mataban sin misericordia, pues la guerra era á muerte por uno y otro lado ; otras ocasiones, perdían largas horas metidos en las lagunas y pantanos, sin poder salir de ellos sino cuando ya era tarde y los vendeanos habían tomado las mejores posiciones.

Sin embargo, no siempre los vendeanos obtuvieron triunfos. En el sitio de Nantes perdieron el jete ido-

28 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

latrado de los labriegos, el carretero Gathelineau; y aunque después la suerte les fué propicia en varias batallas y se hicieron dueños de casi toda la provincia, la Convención, exasperada, mandó todos los recursos necesarios á los jefes encargados de aquellas operaciones militares, con la orden de concluir la guerra antes del 20 de octubre, bajo pena de la vida si no obedecían. Gomo estos hombres, servidores de los derechos del hombre y de la libertad, sabían que las amenazas de sus amos siempre se cumplían, resolvieron morir sobre el campo de batalla, si era preciso, para vencer, más bien que perecer en un cadalso. Pusieron, pues, todos los medios, derramaron su dinero y su sangre en todas partes, introdujeron espías en donde quiera, y así lograron vencer constantemente á los realistas, hasta que éstos al fin se encontraron un día reducidos á la mayor extremidad. Rodeados, obligados á replegarse, llevando consigo una emigración de más de sesenta mil ancianos, mujeres y niños, embarazados con largas filas de carretas de víveres y manadas de ganado, los míseros vendeanos, que ya no contaban sino con veinte mil combatientes, resolvieron, en lugar de dispersarse como lo querían algunos, pelear sin cesar, sin tregua ni descanso, hasta morir todos, si era preciso, antes que entregarse.

La marquesa de Lescure, en unión de su madre, de su anciana tía y de la niña de brazos que llevaba consigo, icompañaba á su marido en todas las peripecias de la guerra. El 16 de octubre, habiéndose quedado en una aldea con su familia, en tanto que su marido, con un puñado de hombres resueltos, ocupaba una posición que debía atacar el enemigo,

LA AGONÍA DE LA SOCISDAD PASADA 29

quiso dormir algunas horas en una casa en donde las habían dado asilo; pero antes de la madrugada despertó con el estruendo del cañón y la fusilería, los lejanos toques de las cornetas y los redobles del tambor, y al mismo tiempo la llamaban para que fuera á la iglesia, en donde el cura iba á decir misa á la gente de reserva que estaba allí y debía partir al momento á reforzar los puntos atacados. La iglesia estaba repleta de infelices voluntarios que habían de morir casi todos antes de pocos días. Mensajeros llegaban á cada momento del lugar del combate, dando noticia de lo que allí pasaba y avisando la muerte de muchos de los jefes y oficiales. Guando concluyó aquel acto tan tristemente solemne, el cura se acercó á nuestra heroína y la dijo en tono de consuelo, pero muy conmovido, pues acababan de llevar la noticia de la muete del general de Lescure.

— Dios, señora, os tiene sin duda preparados grandes infortunios... pero debéis resignaros de antemano pensando que en el cielo os aguarda la recompensa.

La marquesa comprendió en parte la verdad de lo que deseaba decirle el cura, pero no tuvo fuerzas ni tiempo para pedirle explicación de sus palabras, porque el rumor del combate se acercaba más y más y era preciso que huyeran las mujeres, si no querían caer en manos de los republicanos, que á nadie perdonaban la vida. Obligáronla á salir de la iglesia con sus compañeras y montar en los caballos que las tenían preparados, y así, antes de que aclarara el día, centenares de mujeres se hallaban dispersas por aquellos campos, sin saber adonde debían dirigirse. De repente se presentó un hombre jadeante, preguntando por la marquesa de Lescure.

ZO LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODER.VA

— ¡ Aquí estoy ! exclamó ésta.

— Volad, señora, al lado de nuestro general, vuestro esposo, que está gravemente herido.

— ¡Ah! ¿no ha muerto, pues?

— No; pero no vivirá muchas horas.

En tanto el marqués se hallaba en las mayores angustias, fuera de las físicas que sufría, pues apenas le llevaron á un lugar seguro había enviado mensajero tras de mensajero á la aldea en que debía estar Yictorina, para llamarla á su lado; pero ninguno de ellos había regresado, y él pensaba que su esposa, su hija y demás familia debían de haber sido víctimas de los republicanos. Así, ambos esposos sintieron un inmenso alivio al encontrarse. Sin embargo, Lescure estaba horriblemente herido : una bala le había entrado por la sien y le había salido por detrás de la oreja; pero, á pesar de tenerla cabeza despedazada, no había perdido el conocimiento, y el último cirujano que le había visto daba esperanzas de que podría vivir. Yictorina empezaba á hacerle las aplicaciones del caso, cuando fué preciso volver á emprender la marcha los republicanos avanzaban, y ya aquel asilo era peligroso. Los realistas estaban en completa derrota; todos los jefes más ó menos gravemente heridos, y muchos habían muerto; en tal situación, se resolvió que repasarían el río Loira antes de que el enemigo les pudiera alcanzar.

Desgraciadamente faltaba por completo la disciplina y quien se hiciese cargo de aquel movimiento con calma y orden. La marquesa de Les<íure refiere en sus memorias las angustias que se sufrieron en aquella campaña, y dice que el espectáculo que se la presentó al llegar á la orilla del río, llevando á su

LA AGONÍA DE LA SOCIEDAD PASADA 31

mando en una camilla, era cosa de espantar al má< valiente. Toda la gente, tanto hombres como mujeres, era presa del terror y de la desesperación; además, la incertidumbre que tenían de hallar ó no asilo al otro lado del Loira ; el desorden que se notaba en todas partes; los gritos estridentes de los niños asustados y hambrientos; los sollozos de las mujeres, y los quejidos y tristes ayes de los heridos que llevaban en carretas y cuyas sacudidas por terreno desigual les causaban horribles dolores ; las voces de mando, las imprecaciones, alaridos, gritos... todo aquel, conjunto de un ejército y de una tribu entera huyendo en derrota, daba la idea del día del juicio ó de la huida de los israelitas perseguidos por los ejércitos de Faraón.

Al otro lado del Loira recibieron la noticia de la ejecución de María Antonieta.

— ¡ Ah ! exclamó el marqués de Lescure cuando le participaron la triste nueva, ¿conque los monstruos la han matado ? Yo me batía para rescatarla ; ¡ ahora, si Dios me permite vivir, será para vengarla !

Pero Dios no se lo permitió. La herida se había envenenado con tantos trabajos y marchas al descampado, y en breve el valiente joven se encontró á las puertas del sepulcro.

— i Oh 1 decía el moribundo á su heroica Victorina, si no fuera porque te dejo en tan horrible situación, moriría tranquilo. He cumplido con mi deber, y aunque he pecado, no dudo que Dios me perdonará, porque nunca he obrado contra mi conciencia. Me iré al otro mundo con confianza... Sólo me atormenta el tener que dejarte, pues me había propuesto hacerte feliz... Si alguna vez te he ofendido, perdóname...

32 LA ML'JER EN LA SOCIEDAD MODERNA

Á poco murió en los brazos de su mujer, llorado no solamente por ella, sino por cuantos le conocieron. Otro tanto sucedió á su compañero de armas, el jefe que había dirigido la retirada, Enrique de Larochejacquelein : así perecieron aquellos nobles jóvenes tan dignos de mejor suerte.

La desconsolada viuda apenas tuvo tiempo para enterrar á su marido, cuando se vio precisada á continuar su fuga en pos del ejército en retirada, huyendo de día y de noche por montes y breñas, sufriendo frío, hambres, cansancio y la miseria más completa, además de las penas morales que la despedazaban el corazón. Tenía que andar por caminos cubiertos de lodo y de sangre, con los vestidos desgarrados y los harapos atados con cuerdas, pidiendo limosna en las chozas, durmiendo á campo raso ó entre el monte... ¿Quién hubiera dicho un año antes á aquella nieta de duques, hija y esposa de marqueses, aquella mujer elegante de la corte de Francia, que antes de pocos meses tendría que mendigar por amor de Dios un mendrugo de pan negro, que hubiera parecido indigno hasta para el último de sus criados?

Cuando llegaba á conseguir un caballo en que montar, tenía en lugar de silla una piel de oveja, atada con cinchas de rejo, por única montura. En medio de todas estas angustias y peligros, la octogenaria tía que acompañaba á nuestra heroína cayó en manos de los republicanos, y, á pesar de su edad, pago el crimen de su nacimiento con la vida...

Al cabo de poco más de un mes de aquella desastrosa retirada, la emigración, que constaba más de ochen da mil personas al empezar, se había reducido á üiez mil. EnMans no más habían perecido á manos de

LA AGO>ÍA DE LA SOCIEDAD PASADA 33

los republicanos ocho mil personas, entre hombres, mujeres y niños. Entonces habían querido repasar el Loira, pero supieron que el enemigo estaba apostado al otro lado, y fué preciso continuar la fuga con la mayor celeridad.

Habiendo enfermado la nina que llevaba consigo nuestra heroína, y no pudiendo continuar la marcha sin morir, la fué preciso dejarla entonces con unos honrados labradores que ofrecieron cuidarla y ocultar su procedencia á los republicanos, si pasaban por allí. Pero aquella desgraciada madre no la volvió á ver nunca, porque la niña murió á los pocos días.

En diciembre, los vendeanos se prepararon á dar su última batalla en Savenay.

Uno de los jefes de aquel ejército infeliz dijo la víspera á la marquesa de Lescure :

— ¡Todo está perdido, señora! No podremos resistir el ataque de los republicanos. Dentro de doce horas ya habremos perecido. Yo pienso rendir la vida defendiendo vuestra bandera (ella la había bordado). Tratad de salvaros ; huid durante la noche, porque mañana ya será tarde.

El marqués de Donnissant, padre de la marquesa, al despedirse de su mujer y de su hija, y abrazarlas por última vez, las dio cita para la eternidad. Efectivamente, la derrota del día siguiente fué completa, y perecieron en aquella batalla todos los combatientes ; los pocos que lograron escapar fueron casi todos asesinados en los caminos y en medio de las breñas, en donde les cazaban como á bestias feroces, sin distinción de sexo ni edad.

Entre tanto, las dos marquesas, madre é hija, disfrazadas de labriegas bretonas, huían despavoridas á

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media noche en busca de algún asilo lejos de aquellas escenas de carnicería. Pero su marcha no podía hacerse con la presteza que deseaban : la senda que seguían en breve desapareció, y tuvieron que continuar corriendo por un terreno lleno de hoyos, concavidades, colinas, lodazales y pantanos que las impedían el paso, y á veces resbalaban y caían, sin que las fuera permitido exhalar una queja ni hablar en alta voz, temerosas de que las persiguieran. Cuando empezó á aclarar, se llenaron de aprehensión y zozobra, pues se oyó primero el estruendo de algunas descargas y después la fusilería y calzonazos sin cesar, hasta que concluyó el combate. Poco después oyeron que destacamentos de republicanos recorrían los campos buscando á los prófugos para matarlos. Entonces empezó para ellas el peor tormento : tenían que representar su papel de labriegas cada vez que se encontraban con alguien en los caminos, y así pasaron días, semanas, meses, hasta un aüo entero mientras que vivieron en una retirada estancia, en donde se ocultaron sirviendo como criadas en la casa de la heredad. La marquesa de Lescure guardaba de día las ovejas al rayo del sol y por la noche dormía sobre la paja al lado de su madre, tratando de ocultarse cada vez que pasaban destacamentos republicanos, temiendo ser reconocidas. Pero no por eso su vida era tranquila, ¡ y cómo podía serlo ! ¡ llenas de alarma, de fatigas y de secretas penas, abandonadas por el mundo, viudas y sin protección ! ¡ Pero á la marquesa de Lescure faltaba aún otra amargura, pues estaba decretado que sufriría todos los dolores y angustias del mundo! Como hemos dicho arriba, cuando estalló la guerra tenía ya esperanzas de ser madre

LA agonía de la sociedad PASADA 35

por segunda vez, y todas aquellas aventuras y trabajos los había pasado en un estado delicadísimo; así fué que á poco de llegar á la estancia que la sirvió de asilo, dio á luz dos gemelas que parecían llegar á tiempo para consolar á aquella infeliz que todo lo había perdido. La primera murió al cabo de algunas horas de vida, y la otra al cabo de algunos meses, causándola con esto un dolor más. Á pesar de su existencia precaria y miserable, lloró mucho la muerte de la última niña, por ser el postrer recuerdo que la quedara de su desgraciado esposo; ya, pues, no la quedaba sino la memoria de su vida matrimonial : j todo había desaparecido como un sueno !

Con la muerte de Robespierre, el Terror calmó un tanto, y al fin pudieron aquellas pobres mujeres dejar su disfraz y salir á vivir entre la gente civilizada. Pero aun no era tiempo de descansar ; perseguidas de nuevo, tuvieron que salir de su patria y refugiarse en España, en donde vivieron diez y ocho meses.

Á su regreso del destierro, Victorina se casó con un hermano del héroe de la Vendea. « Me parecía, dice en sus Memorias, que desposándome con Luis de Larochejacquelein me unía más á mi querida provincia, y juntaba dos nombres que no deberían separarse. » Después de haber pasado toda su primera juventud sufriendo tantas angustias y tan terribles penas, una vez casada con el marqués de Larochejacquelein, su vida fué tranquila, rodeada de los hijos que tuvo en su segundo matrimonio, aunque no por eso dejó de llorar lai desgraciadas criaturas que había perdido durante aquel tiempo de amargura que hemos tratado de describir.

Sin embargo, Dios la tenía reservada aún grandes

36 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA

aflicciones : su marido, que había seguido la causa de los Borbones y mandaba un cuerpo de granaderos, murió tratando de defender su partido con las armas en la mano, al regreso de Napoleón de la isla de Elba; su hijo mayor emigró á Portugal después de 1830, tomó servicio militar y también murió de un balazo. Pero felizmente quedaban á nuestra heroína siete hijos más, que procuraron consolarla en sus penas, y muchos amigos que sabían apreciar sus virtudes.

La marquesa había escrito su autobiografía hasta 1814, y el resto de su vida la escribió el literato legitimista francés, Alfredo Nettement. Modelo como era de mujeres patriotas de hondas convicciones, sus ideas eran siempre las mismas. Amaba con entusiasmo á sus compatriotas de la Vendea, y en todo tiempo les protegía, procuraba aliviarlos en sus desgracias y no cesaba de referir y admirar sus actos de heroísmo.

« Durante más de cincuenta años, dice su biógrafo, se la vio sin cesar con la aguja ó el huso en la mano, ocupada en hilar, tejer, cortar y coser vestidos para los ancianos, las mujeres y los niños de su provincia. Conocía y sabía de memoria los nombres de las familias pobres; averiguaba la vida de las nuevas generaciones y la edad y el nombre de todos los niños. Cada una de sus obras llevaba marcado por ella el nombre de la persona á quien la enviaba, con la cual realzaba el mérito de la donación. Guando recibía las visitas de sus amigos, no dejaba su obra, y en tanto que encantaba á todos con su conversación amena é interesante, continuaba trabajando con naturalidad. »

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Así pasó los últimos años de su existencia, y aunque tuvo la pena de perder la vista al ñn de sus días, todo lo sufría con paciencia y dulzura, con la verdadera resignación de una cristiana. Murió el 15 de febrero de 1857, á los ochenta y cuatro años de edad. Habiendo mandado en su testamento que sus restos fuesen llevados al sepulcro en que reposaban sus mayores, se la vio pasar muerta por los mismos lugares y caminos que había transitado sesenta y cuatro años antes con los ejércitos realistas, victoriosos al principio y derrotados después. En todas partes se agolpaban las poblaciones enteras á inclinarse reverentes delante del cadáver de la mujer que llamaban la madre de los pobres. El obispo de Poitiers la hizo espléndidas exequias y pronunció una hermosa oración fúnebre, discurriendo sobre el versículo de los Proverbios : Echó su mano á cosas fuertes y tomaron sus dedos el huso.

« Los hombres de todos los partidos, dice Imbert de Saint- Amand hablando de nuestra heroína, tienen que confesar que pocas serán las mujeres que reúnan todo lo noble y elevado á cuanto pueda sufrir un hombre. Su memoria se considerará ciertamente como la de la heroína más interesante de una guerra cuyos rasgos épicos arrancaron un grito de sorpresa al mismo gobierno republicano. La posteridad no es de ningún partido : ella admira la abnegación bajo cualquiera bandera que la encuentre ; rinde homenaje á la virtud en donde se halla, y se inclina delante del espíritu del sacrificio, ya sea del heroísmo de los realistas ó de los republicanos, los cuales también dejaron ejemplos memorables. »

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La esposa de Lafayette.

Hemos presentado ante nuestros lectores dos tipos de mujeres virtuosas de la Revolución francesa : la mujer mártir, en la princesa Isabel, y la mujer heroica en la marquesa de Lescure y La Rochejacquelein; tócanos ahora hablar de dos hermanas igualmente respetables, bondadosas, caritativas y abnegadas : Adriana de Noailles después marquesa de Lafayette, y Ana de Noailles, que fué marquesa de Montagú. Eran nietas del mariscal de Noailles, hijas del duque de Agen y pertenecían á aquella raza de mujeres mártires que murieron víctimas de la guillotina.

Pero antes de entrar en materia, permítasenos mencionar de paso la suerte de tres mujeres de aquella familia que fueron sacrificadas por la cuchilla de Marat y Robespierre : la maríscala de Noailles, la duquesa de Agen y la vizcondesa de Noailles. Con motivo de la ancianidad del mariscal de Noailles, que estaba agonizando, y no podían trasladarlo á tierra extraña, su mujer, su hija y su Dieta habían permanecido en Francia, en tanto que casi toda la aristocracia emigraba. Muerto el mariscal, en agosto de 1793, y cuando se preparaban para alejarse de París, se vieron arrestadas en su casa de habitación, después encerradas en la prisión de Luxemburgo y por último condenadas á muerte por el

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tribunal revolucionario. Una vez conducidas al lugar del suplicio, la anciana maríscala sufrió la muerte primero; siguióla su hija, y por último su nieta. Todas tres habían pasado las últimas horas de su vida exhortando á bien morir á sus compañeros de suplicio. En el momento en que la joven vizcondesa subía al cadalso, húmedo y resbaloso con la sangre de su madre y de su abuela, en lugar de estremecerse y perder todo recuerdo de los demás, se volvió hacia un hombre que deberían guillotinar después de ella, y á quien había oído blasfemar en la carreta, y le dijo con el acento de la súplica :

— ¡Por Dios, caballero, arrepentios! aun es tiempo...

Esto fué lo último que se la oyó decir.

Volvamos ahora á las dos de Ñoailles que nos ocupan.

Empezaremos por Adriana de Ñoailles.

Á los catorce años casó con un joven de diez y seis, huérfano de padre y madre, que llevaba ya el título de marqués de Lafayette y poseía una fortuna inmensa. Aquella pareja de niños, al empezar la vida bajo los auspicios más risueños, parecía representar en el mundo el ideal de la felicidad sobre la tierra. No solamente armonizaban sus caracteres por su posición social, por su riqueza y por su edad, sino rué en breve la joven marquesa participó y simpatizó con los sentimientos nobles é ideas avanzadas, humanitarias y liberales (en el buen sentido de la palabra) de su marido, tanto más cuanto que aquel amor al progreso, al bien del hombre, aquel odio á toda injuslicia, aquella caridad con todo oprimido, se aliaba en ambos con el vivo amor al cristianismo, á la igle-

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sia católica y á todos los verdaderos sentimientos religiosos.

Cuando se tuvo noticia en Francia de que la causa de la libertad en Norte-América estaba á punto de fracasar, más por falta de apoyo moral en Europa que de recursos materiales, gran número de jóvenes de la alta aristocracia francesa, encabezados por el joven marqués de Lafayette, resolvieron fletar un buque para ir á ofrecer á Washington sus servicios á la causa de la independencia. Además, no les disgustaba poder así batirse contra la eterna rival y enemiga de su patria : la Inglaterra.

Lafayette no había cumplido veinte años, y su mujer tenía poco más de diez y siete; ambos se amaban tiernamente, pero ambos ahogaron su pena y olvidaron el dolor de la separación, al contemplar la gloria que obtendría el joven combatiendo por una idea que tanto los había ocupado : la libertad de un pueblo oprimido y la emancipación de medio continente. Adriana, pues, en lugar de disuadirle de aquella empresa, que á muchos parecía descabellada, y era calificada como una locura en la familia de los dos esposos, Adriana, al contrario, lo alentó en su proyecto, simpatizando con él. ¿Por qué era esto? Porque aquella mujer tan joven por su edad estaba ya madura por el juicio, y al dar su mano de esposa se había propuesto ser no solamente la compañera material de su marido, sino su compañera moral, la hermana de su espíritu y de su alma, y hacía parte de su corazón así como también de sus ideas, cosa esencial para que un matrimonio sea feliz.

Al regresar Lafayette á Francia con una inmensa popularidad, dejando ya asegurada a independencia

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de Norte-América, fué recibido por Luis XVI y su corte con aplauso y honores. Otro tanto sucedió á los demás jóvenes, sus compañeros. ¡ Aquel desgraciado rey no caía en la cuenta de que los que llegaban de ultramar, repletos de ideas nuevas y de pensamientos de libertad, llevaban á Francia las semillas de un cataclismo social, que revolvería y echaría por tierra toda autoridad y toda institución constituida bajo las bases de gobierno monárquico! ¡Más aún, esos mismos jóvenes, llenos de entusiasmo, no comprendían que cuando se pusiese en planta lo que soñaban in petto, ellos mismos serían las primeras víctimas de lo que tanto habían glorificado y ensalzado ! ¡ Ah ! ¡no hay nada que haga meditar más en las misteriosas vías que toma la Providencia para llegar á sus fines como el estudio de la historia! Guando vemos que los hombres más grandes, los genios más brillantes no son sino miserables ruedas, débiles tornillos en la gran máquina del mundo, ¡cuan ridículos y mentecatos no deberemos aparecer á los ojos de los que nos miran desde arriba al notar nuestro loco orgullo y pretensiones á cambiar la faz del mundo á nuestra voluntad !

En 1787, Lafayette tomó asiento en una asamblea de notables y se hizo célebre por sus ideas progresistas y avanzadas; dos años después asistió como diputado á la Asamblea constituyente, y presentó como preliminar de la Constitución la Declaratoria de los derechos del hombre. Nombrado en París comandante general de la guardia nacional, en este puesto tuvo que sufrir mucho al comprender que la Libertad de sus sueños se había convertido en una loca antropófaga. Yió con espanto que la Revolución,

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como un torrente desbordado, ya no regaba el suelo de Francia con las aguas benéficas de una sensata libertad, sino que, frenética y tempestuosa, todo lo atropellaba, lo rompía y despedazaba; por lo tanto su antigua popularidad se tornó en odio hacia él, y el pueblo mismo que lo había adorado le perseguía para asesinarle. Al fin, después de varios disgustos muy graves con los parisienses, dimitió el cargo de general de la guardia nacional y fué á pelear en calidad de general en jefe de los ejércitos de los Ardennes. Pero como, merced á los jacobinos, perdió algunas batallas, tuvo que presentarse á la barra de la Asamblea á contestar á los cargos que se le hacían. Ésta quiso arrestarlo, y se vio obligado á salir prófugo de Francia, dejando á su mujer en manos de los revolucionarios. En tanto que Lafayette se salvaba de los peligros que corría en su patria, iba á caer en poder de los austríacos, que lo sumieron en el fuerte de Olmütz, bajo pretexto de que era prisionero de guerra.

La marquesa de Lafayette, que había permanecido en sus tierras con sus hijos, tuvo entonces que someterse á entregarse presa en su castillo, bajo su palabra de honor. Pero como el gobierno departamental encontrara que la familia de Lafayette no estaba suficientemente castigada, quiso fingir que no confiaba en su palabra y mandó que pusieran una guardia armada á la puerta de su casa para que la vigilara.

Indignada esta respetable matrona, cuya palabra era más sagrada que la del mejor caballero, inmediatamente se presentó ante la municipalidad reunida y dijo:

— Declaro, caballeros, que si insistís en poner vi-

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guantes á mi puerta, vengo á retirar la palabra que os di de no salir de mi casa. Yo no puedo incomodarme si no me consideráis capaz de cumplir con mi palabra. Mi marido ha probado ante el mundo que era un inmejorable patriota; permitid al menos que yo crea en mi propia probidad y que mi promesa de no huir no sea manchada con bayonetas. Pero está en vuestra mano el escoger entre mi palabra ó la vigilancia de vuestros centinelas.

Avergonzados de sus mezquinas pasiones ante la noble y digna conducta de la esposa de Lafayette, aquellos homl^res convinieron en que permaneciera excepta de intrusos en sus tierras y vigilada tan sólo por sus sirvientes y antiguos siervos, que la idolatraban.

Pero á medida que la Revolución caminaba hacia el Terror, se olvidó toda consideración, se pisoteó todo respeto humano y divino, se puso en olvido toda veneración, y en breve la marquesa recibió la orden perentoria de seguir con una escolta á París, en donde la encerraron en un calabozo del cual ya habían sacado á su abuela, á su madre y hermana para llevarlas al cadalso. Permitiéronla dejar en su provincia á sus hijas ; pero cuando se despidió de ellas, estaba persuadida de que jamás las volvería á ver en el mundo. Durante su cautiverio en París escribió su testamento que empezaba así :

« Señor, todos los elementos de mi vida están en vuestras manos; estad siempre conmigo, y nada temeré, ni aun las sombras de la muerte... Perdono de todo corazón á mis enemigos, si acaso los tengo, y á todos mis perseguidores y aun á los verdugos de los seres que más he amado... Declaro que jamás he to-

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mado parte en intriga alguna que pudiera causar á mi patria algún perjuicio, que los principios de mi amor hacia ella son tan firmes, que ninguna persecución será suficiente, viniere de donde viniere, á cambiarlos en lo mínimo. Bendigo á mis hijos tiernamente y pido á Dios en cambio de aquella parte de mi vida que hubiera querido emplear en hacerlos felices, que Él les conceda la felicidad haciéndolos dignos de ella. »

Pero Dios la tenía reservada otra suerte y no aceptó el sacrificio de una existencia que estaba pronta á rendirse por su causa y la de Francia. Con la muerte de Robespierre,el9de thermidor, se abrieron todas las prisiones y descansó la guillotina de su trabajo diario. Sin embargo, la cárcel de la marquesa permaneció cerrada: los revolucionarios naturalmente odiaban demasiado á Lafayette, el padre de la libertad en Francia, para que perdonaran fácilmente á su mujer el crimen de llevar su nombre. Llevada ante un tribunal para ser interrogada, uno de los jueces le manifestó que él detestaba de muerte el nombre y la persona de Lafayette.

— Yo, por mi parte, contestó ella, sabré defender mi nombre y mi marido, siempre y contra todos.

La llamaron entonces insolente y la volvieron á gncerrar en un calabozo, que compartía con toda suerte de hombres malos y mujeres desacreditadas; pero la marquesa supo allí, como en todas partes, hacerse respetar y acatar de todos.

Al fin, merced á la intervención del ministro de ros Estados Unidos, fué puesta en libertad, al principiar el año de 1795. Inmediatamente que pudo verse con su hijo Jorge, le envió á la América del Norte á

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buscar amparo y protección al lado de Washington, — el amigo de su padre, — con una carta que respiraba aquellos nobles y patrióticos sentimientos que la caracterizaban. En seguida, llamando á su lado á sus dos hijas, que había dejado en Auvernia, partió con ellas para Alemania, en busca de su marido prisionero. Allí, con mil dificultades obtuvo una audiencia del emperador de Austria, á quien pidió, como una gracia, licencia de encerrarse con Lafayette en la fortaleza de Olmütz.

Lafayette, que había dejado desde que estaba en la cárcel de saber de su familia, y á quien apenas le había llegado la noticia de que en aquel terror revolucionario ningún miembro de la antigua nobleza había escapado con vida, vivía lleno de angustia y de zozobra : ¿cuál sería, pues, su sorpresa y su contento cuando vio entrar un día á su prisión á su mujer y á sus hijas?... Después de aquel día de consuelo, la familia de Lafayette, que había nacido y criádose en medio de la opulencia y las comodidades más exquisitas, se consideró feliz, á pesar de estar privada de todo aquello á que estaba acostumbrada, y se veía rodeada de miserias y sujeta á una estrecha y cruelísima prisión. Pero todos los sufrimientos eran pocos al considerar que se había reunido á Lafayette y le consolaba y acompañaba en sus penas. De todo carecían aquellas pobres mujeres, y aun se les había negado el uso de cuchillo y tenedor, de papel y plumas. Así, la marquesa, para entretenerse, escribió la vida de su madre sobre el margen de uno de los pocos libros que poseía, con un limpiadientes y un pedazo de tinta de China que había escapado á la vigilancia de los carceleros. Por lo demás, no carecían de ocupa-

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ción, puesto que como no tuviesen criados, tenían que hacerlo todo por sí mismas. Sin embargo, en breve la señora de Lafayette, cuya salud se había debilitado en las prisiones de Francia, se enfermó gravemente en Olmütz, y durante once meses estuvo muy enferma sin que le permitiesen siquiera consultar un médico ni respirar el aire libre, amenazándola con que no podía volver al lado de su marido, si alguna vez salía de su prisión. Así permaneció en la fortaleza alemana veinte y tres meses, y no salió sino cuando, gracias á los tratados hechos por el general Bonaparte en Gampoformio, éste exigió que pusiesen en libertad á todos los prisioneros franceses. Lafayette había permanecido en la fortaleza de Olmütz cinco años.

« Las ideas del señor de Lafayette, dice Imbert de Saint-Amand, en nada habían variado. Tranquilo, impasible, no odiaba á los partidos ni á las personas; hablaba de la Revolución como si se tratase de algún hecho de la antigüedad griega ó romana. El Terror para él no era sino un incidente, y pensaba que la historia de los naufragios no debe desalentar á los buenos marinos. Este hombre de convicciones verdaderas, había vivido con la misma filosofía en medio de la riqueza como en la miseria, idolatrado con loco entusiasmo unas veces, como odiado otras por el pueblo. Incorruptible y firme, tenía una confianza tan ciega, tan irresistible en su ideüj que jamás vacilaba, y aunque unos le han llamado obstinado, otros le llaman héroe. Así, estaba tan tranquilo al salir del fuerte de Olmütz, como se había manifestado al entrar á él, y afrontó con igual valor la cólera d€ los jacobinos como la de los potentados. Conjunto raro

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del hombre de acción y del doctrinario, del revolucionario y del gran señor, llevaba á los campamentos de la democracia una parte de su distinción aristocrática : todo lo había visto y en todo se hallaba mezclado. Vio caer sereno y contemplativo el edificio social, sin perder por eso la fe en lo porvenir; así, jamás se arrepintió de ninguno de sus actos, y decía que estaba listo, si era preciso, á embarcarse de nuevo en la nave de la Revolución. »

La carrera de Lafayette no había concluido, aunque permaneció enteramente eclipsado durante todo el primer Imperio, y no reapareció sino en 1815, en que fué nombrado diputado á las Cámaras. Desde entonces, hasta 1830, se le halló siempre en la lid como jefe del partido liberal, aunque nunca demagogo, y por último, y á pesar de su avanzada edad, él encabezó la revolución contra los Borbones y puso en el trono á Luis Felipe, muriendo cuatro años después. Nosotros los americanos deberíamos profesar á Lafayette grande estimación y respeto, pues este hombre célebre siempre miró con particular cariño é interés á todos los americanos de uno y otro hemisferio, mostrando gran simpatía por su independencia'. Pero

1. El padre de la que esto escribe, el general Joaquía Acosta, estando en Europa en 1828, fué presentado en casa del marqués de Lafayette por el barón de Humboldt, y desde entonces gozó de la estimación de aquel hombre esclarecido, tanto que no solameate frecuentaba su casa en París, en donde Lafayet; recibía una escogida sociedad los martes de cada semana, sino que le visitaba en su casa de campo, La Graxja, de la cual encontramos en el « Diario » (que llevó el general Acosta durante en permanencia en Europa) varios pormenores interesantes acerca del modo de vivir patriarcal y aristocrático de aquella familia. En el mencionado « Diario » encontramos también una relación circunstanciada de la revolución del año de 30, dando la casualidad de

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volvamos á nuestra heroína, que habíamos abando nado un tanto para hablar de su marido.

Á pesar de que á su vuelta á Francia la marquesa de Lafayette vivió tranquila y feliz en medio de su familia, su salud había sido minada portas angustias de la Revolución y las privaciones y sufrimientos físicos y morales de las prisiones en Francia y en Austria, por lo que cada día fué debilitándose de fuerzas, aunque no de ánimo, hasta que expiró en la noche de Navidad de 1807. Hasta el último instante de su vida guardó en su corazón una grande veneración y profundo amor á su marido. Pocos momentos antes de dejarle para siempre, le dijo al verle llorar á su lado :

— ¿Tienes alguna queja de mí, amigo mío?

tfae se hallase el general Acosta otra vez en París en 1843, cuando fué derribado del trono el mismo rey que había visto elevar con tanto entusiasmo.

En un libro titulado Vida de Jorge Washington, que posee la autora de este articulo, se encuentran las siguientes líneas, escritas de puño y letra de Lafayette, y dirigidas al general Acosta, que entonces era estudiante, aunque ya había peleado ea la guerra de la independencia de su patria y era capitán de artillería. He aquí el escrito de Lafayette, que no traducimos por no quitarle su mérito y estilo :

« Je suis vivement touché du prix que M. Acosta veut bien mettre á quelques ligues de ma main sur les pages d'un livre consacré á la mémoire de mon paternel ami. J'aime á saisir cette occaíion d'exprimer la satisfaction que nous avons trouvé, ma íamille et moi, dans nos rapports d'an itié avec lui, et d'offrir á son patriotisme tous mes voeui pour la République Colombienne dont il est un digne citoyen. II conuait aussi tous ceux que je forme pour son bonheur personnel et qui me sont dictes par les s«ntiments d'une parfaite estime et du plus sincere attachement.

« Lafayette. m París, 9 avril 1830. »

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— ¡Yol Al contrario, ¿no has sido siempre el modelo de la bondad y la ternura para conmigo?

— Entonces, ¿piensas que he sido una buena esposa?

— Perfecta.

— ¡Dame, pues, tu bendición, Lafayettel

Y al decir esto trató de incorporarse y expiró.

« La memoria de la señora de Lafayette, dice un autor que hemos citado varias veces (Saint-Amand), no morirá. Se liga á su recuerdo la suprema poesía del dolor. Ella derramó aquellas lágrimas santas que convierten el pesar en éxtasis y unen al sufrimiento un secreto entusiasmo, lágrimas que son la sangre del alma, el sudor de la agonía, pero que son también el rocío que fecundiza y hace fructificar la virtud. Se podía decir de ella como decía san Juan Crisóstomo á una cristiana : « Poseéis una ciencia que se hace superior á todos los tormentos de la vida y la energía de un espíritu vigoroso que es más fuerte que las murallas y las torres elevadas. » El carácter de la marquesa tan heroico en las grandes circunstancias, tan bondadoso, tan sencillo en el comercio de la amistad, era firme cuando se necesitaba, pero no hacía alarde de aquella firmeza dura, altanera é inquieta que no debe emplearse para sostener las obras de Dios, sino la firmeza suave, humilde y digna de la verdadera cristiana. Allí en donde el paganismo hubiera empleado la venganza, el cristianismo se manifestó lleno de caridad. La mansedumbre habitaba su alma en los momentos en que tenía mil motivos para manifestar su resentimiento y su cólera. Los hombres de todos los partidos veneraban á esta mujer santa, que daba tan noble ejemplo del olvido de

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las injurias, y á quien no lograron asustar con las prisiones, el destierro, la pobreza, ni siquiera con la amenaza del cadalso, realizando y personificando aquellas palabras de las Santas Escrituras :

» Ella estaba alegre hasta en su último día. Abrió sus labios á la sabiduría, y la ley de la clemencia estaba en ellos, »

La señora de Montagü.

Hermana de la esposa de Lafayette, nieta, hija y hermana de mártires de la Revolución, como hemos dicho antes, la señora de Montagú representa, en la pléyade de mujeres heroicas de aquella época, el papel de la caridad, la abnegación y la misericordia cristianas, llevadas al más alto grado de perfección. El sentimiento evangélico la animaba para soportar tantas pruebas sin murmarar de la Providencia y ver en todos los hombres, aun entre los enemigos de su religión y de su familia, sólo hermanos á quienes era preciso socorrer en todo tiempo.

Habiendo tenido que expatriarse para acompañar á su padre, el duque de Agen, tuvo que dejar en Francia á las personas más queridas de su corazón, para después tener la horrible pena de saber en el destierro que habían muerto en el cadalso.

Guando la marquesa de Lafayette salió de la prisión de Olmütz, encontró á su hermana enWitmold, ocupada solamente en socorrer á sus compatriotas

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desterrados, á pesar de estar ella misma en la última miseria. Sin embargo, era tal su caridad que había fundado una sociedad titulada « Obra de los emigrados, » y á ella había dedicado todos sus desvelos; trabajaba sin cesar, noche y día, para dar asilo á los sacerdotes emigrados, á los ancianos, los niños y las mujeres enfermas que habían tenido que salir prófugos de su patria. En breve la señora de Montagú, que supo interesar en favor de la « Sociedad de emigrados » á todos los potentados de Europa, tendió una red en todas partes hasta el punto de lograr socorrer, dar asilo, alimentos y vestidos á más de cuarentamil franceses desgraciados. Eso sí, esa obrade misericordia la costaba un trabajo ímprobo : escribía continuamente para recoger limosnas, no dormía casi, ni comía sino lo puramente necesario para no morir de hambre ; vendió cuanto le quedaba de sus antiguas riquezas, hasta sus libros de devoción, hasta un traje de paño negro, su vestido de mayor aprecio : ¡ cuanto tenía fué á dar á la caja de los pobres !

Habiendo regresado á Francia en 1800, se ocupó en hacer borrar de las listas de desterrados á cuantos pudo, y la mayor parte de los emigrados volvieron á su patria, merced á sus esfuerzos. La señora de Montagú era tan querida por los pobres, que en todas partes la rodeaban un sin número de gentes que la bendecían, dándole las gracias por sus oportunos servicios, habiendo salvado la vida á unos, á otros el honor y á muchos librádoles del crimen.

Aquella pasión por servir á los desgraciados no la dejó nunca. Su familia tenía que ocultarla sus vestidos para que no dispusiese de cuanto tenía en favor de los pobres.

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Entre las buenas obras que ejecutó al regresar á su patria, fué buscar en las fosas comunes del cementerio de Picpús, en París, los restos de los que habían perecido bajo el hacha de la Revolución, entre los cuales se hallaban los de su madre, abuela y hermana. ¡Solamente en una de aquellas fosas comunes encontraron los restos de mil trescientas personas que habían perecido en cuarenta días ! En unión de sus hermanas, las señoras de Lafayette y de Grammont, recogieron una suscrición entre los parientes de las víctimas (pues no se podían reconocer los esqueletos ni distinguir los unos de los otros) para levantar en aquel punto un monasterio que sirviese á las religiosas de al Adoración perpetua. En la capilla del convento se encuentran inscritos los nombres de todos los que están allí enterrados, entre los cuales se ven los del poeta Andrés Chenier ; del sabio creador de la química moderna, Lavoisier, y entre los nobles, varios duques, duquesas, marqueses y condesas en unión de algunos pobres artesanos, labradores y sirvientes, todos igualmente inocentes, pero ejecutados en nombre del pueblo, de la humanidad y de la libertad. Las religiosas de la orden de la Adoración perpetua se turnan delante del santuario del Santísimo Sacramento, y prosternadas oran sin cesar por los mártires allí sepultados, y sobre todo por sus verdugos. La capilla está dedicada á Nuestra Señora de la Paz.

« En lugar de las figuras de mármol que se encuentran en los cementerios, dice el biógrafo de la señora de Montagú, lo que vemos en el recinto de la capilla á toda hora del día y de la noche es una hilera de esposas de Jesucristo que oran sobre los sepulcros. Las lágrimas se secan al fin, aun en los ojos de los

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que más sienten, como sucede con todo en este mundo perecedero; pero las oraciones continúan allí sin cesar, y las súplicas de aquellas hijas de Dios se elevan al cielo sin tocar con la tierra, exentas de todo resentimiento. »

Después de una vida de abnegación, sacrificio y extraordinaria utilidad, la marquesa de Montagú murió en enero de 1839 á los setenta y dos años de edad, adorada por sus hijos y bendecida por cuantos la conocieron y trataron.

Ella personificó particularmente aquel versículo de la mujer fuerte : Abrió sus manos al desvalido, y extendió sus palmas al pobre.