La mujer en la sociedad moderna · Capítulo real 2 de 4
PARTE SEGUNDA
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 93 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
PARTE SEGUNDA
BIENHECHORAS DE LA SOCIEDAD
Hay mujeres que por su posición, su nacimiento 6 el genio que las anima, nacen para hacer el bien de sus semejantes en grande escala. Veremos en primer lugar las reinas que lo han sido no solamente de subditos sino también de la caridad, y han hecho el bien de una manera real.
María Cristina de Saboya.
Guando una vez le decían á Víctor Manuel II (el unificador de Italia y el perseguidor de la Sede Apostólica) que pensara en lo que hacía, porque Dios le podría castigar por sus hechos, exclamó :
— ¡ Cómo ! ¿acaso no tengo yo en la corte celestial una multitud de santos de mi familia que intercedan por mí ?
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Efectivamente, la casa de Saboya se distingue por la multitud de santos canonizados que registra su historia al través de los siglos. Entre éstos cuéntase la venerable María Cristina de Saboya, reina de las Dos Sicilas, hija de Víctor Manuel, pariente del moderno Víctor Manuel.
Hija del rey de Saboya y de su esposa María Teresa, archiduquesa de Austria, María Cristina nació en la isla de Cerdeña el 14 de noviembre de 1802.
Desde su primera infancia, esta princesa se hizo notar por su inclinación á la virtud cristiana. Al cabo de muchos años, la aya de su niñez y dama de compañía de su juventud, decía : « Dotada de un carácter algo vivo y fogoso, á medida que iba creciendo en edad, se veía muy á las claras cuánto se esforzaba por todos los medios para vencerse y dominarse á sí misma ; así es que cada día se la podía observar más recogida, devota y fervorosa en sus plegarias, más exacta y obediente á la voluntad de su madre y más afectuosa para con sus hermanas ; en una palabra, de año en año se veía palpablemente cuánto iba adelantando en el camino de la perfección que nos manda el Evangelio. »
Siendo la menor de las cuatro hijas del rey, creció mimada y querida particularmente por su familia, pero su carácter era tan bueno, que aquellos consentimientos que podían haber dañado su buen natural la hacían más dulce y amable con todos.
« María Cristina, decían sus hermanas, poseía en tan alto grado el amor al orden y al buen arreglo de su persona y su aposento, que desde su primera niñez observaba con la más rígida exactitud las horas destinadas al estudio, á las labores y á todas las demás
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ocupaciones propias de su edad y posición... No sólo procuraba ser exacta de todo punto en cuanto á su método de vida, sino también en todo lo que hacía : y lo hacía todo con la mayor perfección. Por frivola é indiferente que fuese la cosa en que se ocupaba, María Cristina quería hacerla perfectamente; de suerte que bien puede decirse que representaba en sí misma el prototipo ideal de la perfección. »
Instruida, amante del estudio de la literatura, hablaba y escribía su propio idioma, así como el alemán, el inglés y el francés con suma perfección ; dibujaba y pintaba muy bien, y tocaba piano con maestría-; además sabía coser, cortar y hacer toda clase de labores propios de su sexo.
Nacida y criada en una época de trastornos políticos en su país y en toda la Europa, comprendía, más (jue nadie en su familia, la incertidumbre y peligro de las gtorias humanas; era pues, humilde, abnegada y paciente á toda prueba, y jamás se la vio enorgullecerse por sus talentos, su alta posición ó su grande belleza, belleza notoria entre las princesas de su época.
Víctor Manuel, que había logrado hacer frente á Napoleón, sosteniéndose en seguida en la Gerdeiia y recobrando el Piamonte y la Saboya,vióse después odiado por el pueblo y obligado á abdicar en favor de su hermano Garlos Félix (puesto que no tenía hijos varones) en 1821. Guando llegó á oídos de la reina ' la noticia de la abdicación del rey, reunió á sus hijas en el oratorio del palacio y las dijo :
— El rey, vuestro padre, acaba de abdicar, y por lo tanto nos hallamos todos reducidos á la condición de simples particulares; demos gracias á Dios de
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que han quedado puros la conciencia y el honor.
Aunque brotaban lágrimas de los ojos de las damas y caballeros de la corte con semejante noticia, las fisonomías de la reina y las princesas, según dijeron testigos oculares, sólo respiraban serenidad y completa resignación.
Poco tiempo después murió Víctor Manuel, y se casó la última hermana (que con ella acompañaba á su madre) con Fernando, rey de Hungría, y después emperador de Austria ; las otras dos también se habían casado con príncipes italianos. Entre tanto María Cristina vivía sumisa á su madre, á tal punto que « era tan extremada su docilidad, que se sometía enteramente á la voluntad de su madre, sin resistirse jamás ni contradecirla siquiera en lo más mínimo ».
Poco le duró esta vida tranquila y sosegada, pues su madre también murió, y se encontró sin protección ni arrimo natural, poco querida por el rey que gobernaba entonces en Saboya, y en una corte que la miraba con despego y aun hostilidad. Así, á pesar de la repugnancia que la causaba la vida cortesana y los deberes de la altísima posición que demanda la de reina, aceptó la mano y la corona del rey de Ñapóles, Fernando II, en 1832.
La fama de sus virtudes era tanta, que el pueblo napolitano la recibió con grandísima alegría, regocijándose porque tenían una reina santa. Desde ese momento María Cristina supo ganarse los corazones de todos, tanto en la corte como en todo el reino. Con su noble porte y amabilidad, tenía sobre su esposo grande influencia, y todo lo bueno que ejecutó aquel monarca, durante el tiempo que vivió María Cristina, lo hizo por el ascendiente que tenía sobre su espíritu
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y corazón una virtud fortalecida por la ciencia y cimentada en sus grandes cualidades espirituales.
Naturalmente, la modestia de su continente, el poco apego al lujo y el ejemplo de sus virtudes produjeron grandes beneficios no solamente entre la alta sociedad, sino también bajaron á las clases medias, y de allí al pueblo mismo. Su traje era siempre sencillo y decoroso, y así la imitaban las damas de la corte y la seguían las demás mujeres de la ciudad. Gomo jamás se la veía ociosa, hízose de moda el estar cada dama ocupada también, pues parecía impropio que mientras que la reina leía ó labraba, sus damas estuvieran desocupadas. ¡Esto debería de causar mayor extrañeza en Ñapóles, en donde se inventó aquella frase del dolce far niente, de que tanto alarde hacen los napolitanos! María Cristina cosía para los pobres vestidos burdos, pero útiles y abrigados, bordaba artísticamente bellísimas curiosidades que hacía vender después, y cuyo producto invertía también en limosnas.
Según se ha podido descubrir después (ella ocultaba su caridad), invertía más de 30.000 ducados anuales en el alivio de los desgraciados. Su dote había sido de 300.000 ducados. Vivió solamente cinco años en Ñapóles, y cuando murió, sólo poseía siete ú ocho mil que mandó también que se gastasen en obras pías.
Desgraciadamente para Ñapóles y para Fernando II, María Cristina murió al dar á luz á su hijo primogénito, en enero de 1836. El dolor del pueblo napolitano fué inmenso, y, con aquella impresionabilidad de esas naturalezas entusiastas de los meridionales, Ids lágrimas, los sollozos, los gemidos eran tantos que
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sobrepujaban al tañido de las campanas y el de las músicas que acompañaban el féretro hasta su última morada.
Después de su muerte, y con motivo de innumerables peticiones que se han elevado á la Sanda Sede, ésta mandó instruir el proceso de su beatificación ; con ese motivo se publicaron en la Civilización Católica de Roma unos apuntes históricos acerca de la vida de María Cristina, — los que fueron traducidos al español, y de allí es que hemos sacado los materiales para este ligero boceto, de una existencia digna por muchos motivos de ser conocida por la juventud, porque el buen ejemplo en donde quiera que se encuentre es siempre contagioso y aprovecha.
Adelaida de Sajonia.
La virtud de una reina de Inglaterra nos llamará la atención después : los fríos caracteres de Inglaterra reemplazarán la loca fogosidad del pueblo napolitano. Los ambientes del mar del Norte mecieron la cuna de Adelaida de Sajonia. Casada en 1818 con el heredero del trono de Inglaterra, subió al trono con Guillermo IV en 1830. Modesta, de costumbres purísimas, vivió retirada en el fondo del palacio de su esposo hasta 1837, año en que quedó viuda. Aunque se sabía que la reina era virtuosísima, ocultaba sus buenas obras con el mismo cuidado que otros ponen en ocultar sus vicios : la repugnaba llevar la diadema regia
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á los lugares en donde se sufría; pero cuando se vio libre de la obligada etiqueta de las cortes, cuando se encontró dueña de su persona y de sus caudales, entonces el pueblo inglés comprendió y pudo admirar la preciosa joya que había lucido en la corona de Guillermo IV. Adelaida se puso inmediatamente á la obra ; dedicó su existencia al alivio de los desgraciados y puso en ello todo su pensamiento. Derramó á manos llenas sus tesoros entre los pobres, y cuando murió, en 1849, se encontró que había gastado en limosnas 600.000 libras esterlinas (tres millones de duros). Ésta era la casi totalidad de sus rentas, deduciendo tan sólo lo indispensable para el sustento de una existencia modesta y retirada.
Si á la muerte de Adelaida los ingleses no prorrumpieron en lamentos ni en ruidosas expresiones de dolor como los napolitanos, en cambio no han olvidado ni olvidarán jamás las obras de beneficencia que llevó á cabo durante su vida la viuda de Guillermo IV.
Carola de Sajonia.
Otra reina contemporánea, Carola de Sajonia, último descendiente de Gustavo Wasa, ha dedicado su vida también á obras de beneficencia. En 1866, fundó con su bolsa particular un hospital para los heridos en la guerra entre Prusia y Austria, é hizo otro tanto en la guerra francoprusiana. Fuera de estos hospitales de sangre, esta reina generosa ha dado fondos
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para otros : entre otras obras benéficas, estableció una casa de trabajo remunerativo para niñas desvalidas.
La reina de Sajonia tenía para ayudarla en sus labores de caridad á María Simón, mujer llena de en tusiasmo y de deseo de hacer el bien. Guando estalló la guerra entre Prusia y Austria, en 1866, ésta supo que los heridos que se hallaban en una fortaleza cercada de enemigos carecían de cuidados, y resolvió aliviarlos: púsose en marcha, y después de mil peripecias logró entrar y organizar el servicio del hospital militar. De allí pasó á otro y á otro con una abnegación singular. La reina Carola entonces la llamó á su lado, y si la primera daba los fondos y reunía recursos, la segunda ponía en práctica todo. Desde entonces ambas mujeres viven enteramente dedicadas á la misión que ellas mismas se han impuesto.
La marquesa de BaroL
Como antes hemos dicho, no hay posición en la vida de la mujer que no sea propia para ejercer el bien; tanto más puede influir en la sociedad si su rango, su talento, su energía moral la permiten mezclarse activamente en el mundo, como sucedió á la marquesa de Barol.
Después de escribir la vida de la hermana Rosalía, aquella hija del pueblo que fué amiga de los reyes y de los grandes de la tierra, el vizconde de
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Melún refirió, en una obra interesante, la existencia de una hija de los grandes y de los poderosos del mundo, que fué la amiga y la protectora de los desgraciados. « Ambas mujeres, dice Imbert de SaintAmand, estaban inspiradas por el fuego sagrado de la virtud, la pasión de las empresas difíciles, la fe absoluta en la Providencia, el ardor infatigable del bien, el genio de la organización, la autoridad de la palabra y del ejemplo, el don de intimidar á los culpables, de provocar los arrepentimientos y hacer derramar nobles lágrimas. La carrera de la rica marquesa no fué menos edificante que la de la humilde hija de San Vicente de Paul. » Como hemos de relatar más adelante la vida de la hermana Rosalía, veamos primero quién era la noble marquesa de Barol y lo que hizo de bueno. Julieta de Golbert de Maulevrier, hija de una noble familia de la Vendea, y descendiente de Colbert, nació en 1785, y pertenecía por su raza y su nacimiento á aquellas mujeres víctimas de la revolución Francesa de las cuales ya hemos hablado en estas páginas. Como la esposa de Lescure, la esposa de Lafayette y sus hermanas, Julieta perdió sobre el cadalso á su abuela, á sus tías y á muchas parientas, pero ella se salvó, porque había tomado con su padre el camino del destierro, en donde permaneció errante lejos de su patria, hasta que Napoleón abrió las puertas de Francia á la nobleza desterrada. Á poco de volver á su patria, Julieta se casó con un rico italiano, el marqués de Barol, é inmediatamente después se radicó en Turín el teatro que debía ser de una vida consagrada únicamente á hacer el bien y á una caridad asombrosamente sensata y generosa.
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Un día, refiere el biógrafo de la marquesa, yendo ella por una calle de Turín, se encontró con una procesión que acompañaba al Santísimo Sacramento. En el momento en que se arrodillaba, en medio del silencio, oyó detrás de ella una voz estridente y dura que gritaba :
— ¡ No es ése el viático que necesitamos, sino alimentos !
Sorprendida y afligida volvió á mirar, y notó que la exclamación provenía de las ventanas enrejadas de una prisión. Inmediatamente llamó á la puerta y le dio al cautivo cuanto llevaba en su bolsa, suplicándole que no volviese á blasfemar.
En seguida quiso entrar á la prisión de las mujeres, y la encontró en una situación espantosa de descuido. ¡La miseria sombría y la mayor desesperación se leía en aquellas fisonomías degradadas por la pobreza y el crimen ! En el acto se juró la marquesa á sí misma reformar á su costa las prisiones de Turín, y resolvió constituirse en institutriz y en amiga de las prisioneras.
Aquella idea, absurda según la consideraron sus parientes y amigos, levantó en torno de la marquesa una verdadera tempestad. «¿Cómo, decían, una mujer joven y de su categoría social sería capaz de tener comunicación con los seres más viles del mundo, visitar y tratar de reformar á mujeres corrompidas y criminales?... » Pero ella no hizo ningún caso de esas críticas, y llevó á cabo sus proyectos. Empezó llevándolas algunas comodidades que ellas no tenían, dándolas al mismo tiempo consejos y dicéndolas que deberían aceptar sus sufrimientos sin quejarse, para que Dios recompensase sus penas después. Al prin-
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cipio no querían escucharla, pero ella al fin logró hacerse oír, y en seguida hizo vestir de limpio á todas aquellas infelices para que pudiesen asistir al santo sacrificio de la misa, en un altar que había improvisado en el extremo de un corredor. La marquesa, además, se encargó de subvenir á los gastos del culto y de la instrucción religiosa, que mandó les diera un sacerdote.
Un día, una mujer enfurecida, porque la señora Barol le había quitado algunas botellas de aguardiente que había ocultado, le dio de bofetones y la escupió. En lugar de molestarse, se acordó de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y aguantó aquel ultraje sin quejarse.
Diariamente la marquesa convertía al bien á mujeres que parecían sin ningún sentimiento humano, con su dulce palabra, sus bondades inagotables y saludables consejos. Gomo no tenía familia, y sí una gran fortuna, se consagró á fundar con fondos propios toda especie de obras pías. Así, dice su biógrafo, ¿quién no se sorprende, lleno de admiración, al ver la multitud de establecimientos que una mujer, inspirada solamente del genio fecundante de la caridad católica, pudo llevar á cabo? Además de la instrucción religiosa, moral y manual que hacía dar en el interior de las prisiones, fundó un convento para las mujeres, que al salir de la cárcel quisieran retirarse por algún tiempo del mundo, bajo la advocación de santa Magdalena. Otra casa de asilo para las niñas perdidas desde su infancia, un asilo para las huérfanas, una escuela de artes y oficios, un convento del Sagrado Corazón para las jóvenes acomodadas, un hosT^icio para las niñas enfermas, y por último, poco
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antes de morir, una iglesia en una parroquia pobre.
Durante la epidemia del cólera en Turín, en 1835, ella se manifestó sublime en sus acciones. « Sin cesar al lado de los enfermos, ella los ayudaba en sus angustias, les sostenía y consolaba en su agonía, asegurándoles que no abandonaría á sus familias. El gobierno le otorgó una medalla de oro, en conmemoración de su admirable manejo. Su valor era tanto más meritorio cuanto que tenía una salud tan delicada, que á veces se desmayaba durante las visitas que hacía á los desgraciados. »
No por estar siempre ocupada de los infelices, la marquesa abandonaba los cuidados de su casa, de su marido y de la sociedad. El palacio que habitaba en Turín era el centro donde se elaboraban todos los proyectos de caridad que después ponía en planta. Pero ella necesitaba alguna persona de noble corazón y elevados sentimientos que la ayudara en su obra, y después de leer el afamado libro Le mié Prigioni de Silvio Pellico, pensó en asociarlo á sus empresas de caridad. Después de diez años de duro cautiverio por motivos políticos, aquel hombre había salido al mundo pobre, pero lleno de fe, de mansedumbre y de perdón. Ella juzgó que era digno de la misión que se había propuesto, y le ofreció una pensión de 1.200 francos por año y alojamiento en su palacio. Silvio Pellico comprendió á su benefactora, y desde 1832 hasta 1854, en que murió, siempre la ayudó en sus faenas caritativas y empresas de beneficencia. Cuando le faltó este apoyo, y á pesar de su avanzada edad, la señora Barol continuó haciendo el bien sin desmayar. Naturalmente, fué recompensada con la más negra ingratitud. Durante la revolución en Ita-
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lia, en 1848, lograron los tumultuarios que el pueblo se levantara contra su benefactoray, vociferando mil absurdas calumnias, amenazara incendiar los establecimientos de caridad que ella había fundado. Una turba rodeaba su palacio : aconsejáronla que abandonase la ciudad.
— No haré tal, contestaba; no puedo llevarme á mis quinientos protegidos, y yo tengo que quedarme con ellos, porque soy su madre.
La prohibieron las autoridades que visitase las prisiones.
— ¡Qué se ha de hacer! dijo; frecuentaré más los asilos; ya que no me dejan entrar á las cárceles, es preciso trabajar con más ahinco para impedir que los demás vayan allá contra su voluntad, enseñándoles á detestar el crimen.
No se crea que estas injusticias de las personas que más deberían de haberle agradecido sus obras, alteraron nunca sus ideas, y jamás, ni por un momento tuvo el pensamiento de abandonar el camino que ella misma se había trazado. Ella tenía amistades en todos los partidos políticos, y su casa era el lugar que frecuentaban con más gusto los hombres notables de Italia. Allí se discutían cuestiones de filosofía, de política y de literatura.
« La marquesa de Barol conservó la más afectuosa amistad con las dos santas reinas de Piamonte y de Ñapóles, dice Imbert de Saint-Amand. Guando iba á París, frecuentaban su casa De Maistre, Lamartine y Barante, los cuales tenían el mayor gusto en oírla conversar. » Viuda desde 1838 de un hombre que, como ella, tenía el corazón caritativo y generoso, y»
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como no había tenido hijos, dedicó enteramente su fortuna al alivio de los desgraciados.
Al fin, las enfermedades la rindieron de tal suerte que no pudo volver á levantarse de la cama.
— Es preciso tener paciencia, decía siempre llena de valor físico y moral ; con tal que hagamos la voluntad de Dios, no importa que estemos horizontalmente en nuestra cama ó perpendicularmente sobre nuestros pies.
Á la edad de setenta y ocho años, y sin poderse mover de su lecho de dolor, logró, á pesar de todo, fundar una iglesia en Turín, y ésta fué su última obra. Murió el 21 de enero de 1864.
« Su testamento, dice su biógrafo, es verdaderamente una obra maestra. Creó una especie de comité, bajo el nombre de Opera pía Barolo (obras pías de Barol), que es su legatario universal, su ejecutor testamentario permanente y la representación perpetua de su voluntad, que centraliza y dirige todas las instituciones caritativas que había fundado. Las casas de refugio, las escuelas, las salas de asilo los hospitales y las congregaciones creadas por ella le han sobrevivido. El comité director tiene su asiento en el hotel de Barol, y sobre la portada de aquel palacio la municipalidad de Turín ha hecho grabar una inscripción que dice que allí vivió largo tiempo Silvio Pellico. »
« ¡Honor á las mujeres, dice uno de sus biógrafos y admiradores, que, como la marquesa de Barol, han transitado á la cabeza de aquella santa falange ! ¡Honor á las heroínas de la Caridad, que han fundado su gloria en ser las sirvientas de los pobres, las compañeras de los enfermos y el consuelo de los afligidos I '
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Después de muertas, todavía son bienhechoras por el recuerdo, y las almas generosas, al estudiar la vida de estas mujeres venerables, procurarán seguir sus huellas y perpetuar sus virtudes. »
La relación de las obras buenas acometidas por otras mujeres es la lectura más provechosa, porque el bien es también contagioso como el mal ; y, como tantas veces lo hemos repetido, todas podemos hacer algo en favor del progreso del bien en el mundo; unas poco, otras mucho, pero que cada cual examine sus facultades y sus recursos, y de seguro no habrá una sola mujer que con toda conciencia pueda decir : « Yo soy impotente para aliviar á mis prójimos. » j Adelante, pues, marchemos sin desmayar por el camino del bien, siguiendo las huellas, de tantas mujeres virtuosas en todas las escalas sociales y en todos los países del mundo, y aun no dejará de haber algunas que en pequeña escala podrán imitar á la marquesa de Barol I
La condesa Bellino. —La marquesa de Pastoret. — La baronesa Burdett Coutts.
El dolor que causó á otra italiana, la condesa Josefa Bellino, la muerte de su único hijo la inspiró la idea de dedicar su existencia y sus rentas á obras de beneficencia en grande escala. Fundó una serie de escuelas de artes y oficios en la pobre po-
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blación de Novara, y á su muerte dejó para sostenerlas una renta anual de 100.000 francos.
Una gran dama francesa, la marquesa de Pastoret, notó un día desde las ventanas de su palacio cómo un niño que cargaba á toda hora á una criatura de pocos meses había torcido al fin las piernas del pequeñito á fuerza de recostar.-e contra la pared para aliviarse de un peso superior á sus fuerzas. Supo entonces que la madre de esos niños tenía que salir á trabajar diariamente para mantenerse, y para no dejarlos encerrados ataba el uno sobre el otro y los ponía en la calle para que buscasen su vida. Enternecida la marquesa, se propuso trabajar hasta lograrlo en el establecimiento de un asilo para recibir los niños que quedaban abandonados cuando sus madres iban á trabajar. Esa clase de establecimientos se ha multiplicado y los hay hoy en todas las ciudades civilizadas.
Inglaterra cuenta entre sus benefactoras á la baronesa BuRDETT GoüTTS, millouaria que cuenta su dinero con hechos de inmensa caridad. No sólo ha contribuido con grandes sumas para edificar iglesias, —ha dado para una no más 150.000 duros, y otros 250.000 para los obispados coloniales, — sino que ha fundado gran número de establecimientos de caridad, muchos asilos para mendigos, infinidad de escuelas y colegios; ha levantado en Londres cuadras enteras de casas pequeñas, pero aseadas é higiénicas, para que las habiten los pobres que pagan una renta casi nominal; envía anualmente grandes sumas de dinero á los desgraciados del mundo entero, y es la protectora nata de toda sociedad é institución que se funda para el bien del pueblo.
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¿Quién no bendice á la mujer rica que se constituye en el mayordomo de sus haberes para distribuirlos al indigente, al necesitado, al ignorante?
Dorotea Dix, Smith Bodichon, etc.
Después de las reinas y de las grandes damas de la aristocracia, veamos cuáles han sido las obras de las mujeres de la clase media que han dedicado su vida al bien de la humanidad.
La norteamericana Dorotea Dix, oriunda de uua familia de la clase media de Boston, sintió desde su más tierna niñez un deseo ardiente de proteger al desvalido, pero sus pocos recursos la daban mucha tristeza. La Providencia, que vio en ella un instrumento para el bien, le proporcionó sin embargo los medios de llevar á cabo los sueños de su niñez. Permitióle primero ejercitar su entendimiento y ganar experiencia de la vida en una escuela para niñas desvalidas que fundó en su casa, y para la cual escribió algunos libros pedagógicos que nunca quiso firmar ; después heredó una fortuna, la cual resolvió emplear de la manera más provechosa posible. Gomo ella comprendía que la ciencia de hacer el bien es muy difícil, y que es preciso estudiarla á fondo, resolvió pasar á Europa (1834) á estudiar á fondo las instituciones de beneficencia del viejo mundo.
Tres años gastó en visitar, estudiar y aun vivir largos meses en los establecimientos de beneficencia
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y corrección de los principales países europeos. En 1837 regresó á Boston, llevando un inmenso caudal de datos y enseñanzas desconocidas en Norte-América. Inmediatamente emprendió marcha de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, con el objeto de visitar las prisiones, las casas de asilo y de corrección de toda la República Unida. Notó que la parte más descuidada de la legislación de su patria era todo lo concerniente á las casas de locos y asilos de mendigos, y resolvió reformarlo.
En cada ciudad buscaba á las personas más importantes de ellas, las reunía, les dirigía sentidos discursos y no salia de la población hasta no ver fundado un asilo, un hospital, una casa para recoger los locos; y si ya los había y estaban mal organizados, trabajaba hasta reformarlos, asearlos y darles rentas.
Dorotea Dix había leído cuanto se había escrito acerca de la beneficencia; así es que su erudición y conocimiento de la materia que la ocupaba era tan profundo, que llevaba el convencimiento á todos los corazones. Ella no sólo hacía conferencias en todos los lugares por donde pasaba, sino que escribía sin cesar artículos en los periódicos, cuya elocuencia despertaba el entusiasmo.
Una vez que tuvo conocimiento exacto de las necesidades de las casas de dementes, — á lo cual tuvo al fin que dedicarse, por no poder abarcar con fruto todos los ramos de la beneficencia, — envió un memorial al Congreso de 1849, en el cual pedía ciertas tierras baldías para acrecentar las rentas de las casas de orates; pero el Congreso no le hizo caso. Al año siguiente, escribió un nuevo memorial más extenso, más completo que el primero, pero en vano : los
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padres de la patria no se fijaron en él. En 1851, sin impacientarse, perseverante como todo el que tiene fe en la bondad de la causa que defiende, presentó un tercer memorial, el cual tuvo la suerte de los anteriores. Entonces, viendo que se la cerraba aquel camino, se propuso obtener de los gobernantes de cada Estado los fondos que se necesitaban para fundar casas de dementes en las principales ciudades de la Unión norteamericana. Esta vez sus esfuerzos tuvieron el éxito que pretendía. Con una energía imponderable, con una constancia maravillosa, con una fuerza de voluntad que nada doblegaba, obtuvo al fin que se fundasen hospitales de dementes en Pensilvania, Nueva Jersey, Rhode Island, Indiana, Illinois, Luisiana y la Carolina del Norte; y á más de los asilos para los pacientes, logró que se protegiese á las familias abandonadas de los locos, de los mendigos y desvalidos, y se fundasen escuelas para prevenir los vicios que producen la miseria y las enfermedades.
Merced al celo y lab riosidad de Dorotea Dix, á su grandísima y noble inteligencia, á su gran corazón, acabó por c .mbiar la suerte de los dementes en los Estados Unidos.
¿Podrá darse jamás una existencia más verdaderamente gloriosa que la de esta mujer? ¿No fué su misión más digna de aplauso que la de todos los conquistadores y guerreros de que nos hablan las historias? Sin embargo, si estudiásemos á fondo los medios que empleó para llevar á cabo tan grandiosa obra, hallaríamos que dos cualidades no más la inspiraron, en superlativo grado es cierto : un grande amor al prójimo y una perseverancia que no desfallecía nunca.
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Su ejemplo puede imitarse, no lo dudéis : en grande ó en pequeña escala, todas las mujeres deberían seguir la nobilísima huella de la americana Dorotea Dix.
Pertenecientes á la misma raza inglesa, — aunque nacidas en Inglaterra, — encontramos en los anales de la beneficencia los nombres de varias otras mujeres, algunas de las cuales sólo de paso mencionaremos.
La señora Smito Bodichon, — inglesa de nacimiento pero casada con un sabio francés, — es uno de los tipos más simpáticos de la mujer moderna. Dedicóse desde su más tierna edad al estudio de cuestiones sociales y políticas que tocan con la suerte de la mujer. Trabajó con su padre, que era miembro del Parlamento inglés, en una famosa ley en pro de la propiedad de la mujer casada*, para protegerla contra el despotismo de los malos maridos. Fundó la Universidad de Girton, en donde pueden ir á estudiar las mujeres que quieren dedicarse á las ciencias, y estableció en Londres un colegio para preparar niñas pobres para las altas enseñanzas del profesorado científico. La señora Bodichon ha escrito algunos libros comentando las leyes inglesas que se refieren á la mujer, y sus artículos sobre ciencias políticas y dé legislación tienen mucha fama. En Argel, en donde vivió con su esposo, se dedicó á hacer mejoras agrícolas y fué una de las promovedoras de las planta clones de eucaliptos, con lo cual han hecho sanas muchas comarcas abandonadas como mortíferas. Á más de mujer científica y filántropa, la señora Bodi-
1. Married woomen's property. A. A.
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chon es artista de muchísimo mérito; es una notabilísima paisajista, de manera que la llaman la Rosa Bonheur^ del paisaje.
Una de las mujeres que más ayudaron á la señora Bodichon en sus esfuerzos para proteger la propiedad de la mujer casada en Inglaterra, fué Emilia BoucHERETT. Fuudó uua sociedad llamada Protectora del trabajo de la mujer, y todas sus obras tienden á promover en sus hermanas el amor al trabajo y á la dignidad independiente fundada en la virtud.
Lidia Sellon dedicó su fortuna entera y todo su tiempo á fundar escuelas, sacar de la degradación y la miseria á las niñas de su ciudad natal, Devonport, en donde reformó las costumbres de las clases proletarias. Esta señora fundó una sociedad llamada de las Hermanas de la Merced, las cuales, aunque no hacen votos religiosos, se dedican por amor de Dios á cuidar los enfermos desvalidos en las ciudades y los campamentos.
Hermana de la Merced fué en un principio la famosa filántropa Florencia Nigatingale. Aunque era mujer de grande instrucción, versada en lenguas antiguas y modernas, dueña de una amplia fortuna, y de buena posición social, todo lo abandonó para dedicarse completamente á obras de caridad. Tomó á su cargo durante la guerra de Crimea los hospitales de sangre ingleses é introdujo notables reformas, con lo cual salvó muchas de las vidas de los soldados. A su regreso á Inglaterra la hicieron grandes ovaciones ; la reina Victoria y el sultán de Turquía la premiaron y la dieron decoraciones honoríficas. Sus li-
1. Véase este nombre entre las mujeres artistas de este siglo.
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bros acerca del cuidado de los enfermos han tenido tal popularidad, que se han vendido centenares de miles de ejemplares, y las sociedades que ha fundado para la protección de los desvalidos y el cuidado de los enfermos tienen fama universal.
Émula de Dorotea Dix, fué una inglesa llamada Isabel Frt, la cual se dedicó en cuerpo y alma á la reforma de las prisiones de Inglaterra. Después de visitar todas las cárceles del continente europeo, regresó á Inglaterra y presentó al gobierno un memorial impetrando ciertas reformas benéficas. Pasaba largas horas en las cárceles de mujeres, acompañándolas en sus penas, consolándolas, enseñándolas y llevándolas alivios de toda especie. Reunió dinero para formar librerías en algunas prisiones, y toda su distracción era visitar á los que sufrían. Era tal el buen manejo y el orden que reinaban en su casa que» á pesar de ser casada y madre de familia, le alcanzaba el tiempo para atender á sus deberes caseros y también al alivio de sus semejantes.
Cuando murió, Isabel Fry dejó varias hijas educadas para seguir sus huellas por las veredas de la caridad y la filantropía.
Podríamos citar á multitud de mujeres que han fundado establecimientos de caridad, pero sólo mencionaremos algunas más.
Marú Hilton se había ocupado en su juventud de obras de caridad en Inglaterra, pero sin grande entusiasmo, hasta que habiendo visitado en Bruselas un asilo para niños por el estilo de los fundados por la marquesa de Pastoret, sintióse llena de entusiasmo en pro de los desgraciados, y juró no descansar hasta no llevare sa institución á su patria. Efectivamente,
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después de entregarse á su obra en cuerpo y alma, al fin lo consiguió : fundó un asilo igual al de Bruselas, y otros más para las domésticas pobres y para niños contrahechos.
Lady Isabel Hope se interesó desde niña en los pobres arrendatarios de las propiedades de su padre, y cuando pudo disponer de su voluntad, fundó establecimientos de instructiva diversión para ios pobres. Ha escrito muchas obras morales, y su vida es una cadena de buenas obras y hechos...
Quisiéramos mencionar á otras muchas mujeres benéficas, pero nos falta espacio : con las arriba nombradas habrá para que se comprenda que, en todas las clases de la sociedad, las mujeres pueden cumplir con el santo mandamiento de la caridad cristiana.
Elisa Ana Bayley Seton.
Ya que nos ocupamos de las bienhechoras de la sociedad, debemos referir la vida de la mujer que más influencia tuvo en Norte-América en el progreso de la educación de la juventud femenina, y en la extraordinaria y providencial propagación del catolicismo en los Estados Unidos.
Elisa Ana Bayley Seton. « La vida de esta señora, dice el traductor francés de su biografía, presenta admirables ejemplos de virtud, tanto á las jóvenes solteras como á las madres de familia y hasta á las religiosas, es decir, á todas las personas de su sexo
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en cualquiera posición que se encuentren. » Así, no podemos pasar por alto á esta respetable matrona sin procurar bosquejar su vida ejemplar, aunque sea á grandes rasgos.
Elisa Ana era hija de un médico de Nueva York, del doctor Ricardo Bayley, el que ocupaba una posición muy honorable en la sociedad de aquella ciudad. Allí había nacido nuestra heroína en 1774. Guando apenas contaba la niña cuatro años, perdió á su madre, pero en cambio concentró su cariño en su padre, quien también la prefirió á todos sus demás hijos; la hizo dar una educación muy brillante y mucho más sólida de lo que generalmente se daba á las americanas de aquel tiempo.
Amante particularmente de todo lo religioso, desde su primera infancia la niña prefería los Evangelios á toda otra lectura profana; con frecuencia copiaba los trozos que más la gustaban, y sabía de memoria los salmos de David. Además, se propuso hacer esfuerzos para perfeccionarse, y sin cesar trabajaba para dominar sus primeros ímpetus, pues era demasiado viva y tenía un carácter naturalmente impaciente y hetsta violento, carácter que supo dominar á un punto tal, que al hacerse mujer nunca se le notaron aquellos defectos.
Á los veinte años, Ana Elisa se casó con un comerciante de Nueva York, Guillermo Seton, de origen escocés, de familia distinguida y respetado por toda la sociedad americana. En breve la joven se hizo de moda y su casa era frecuentada por las personas más distinguidas de Nueva York. Era muy agraciada y elegante, agradable, comedida y de conversación amena; además, siendo rica y amante de la sociedad,
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se veía sin cesar rodeada de amigos que veían en ella algo más que una mujer á la moda : una mujer digna y una matrona respetable bajo la capa de una mujer de mundo, pues todo se puede conciliar. No es preciso ser fútil y evaporada para amar moderadamente las fiestas y la sociedad, y en todas partes se puede ser virtuosa y ejercer una influencia benéfica. Una mujer verdaderamente respetable no será irrespetada jamás, aun en la sociedad al parecer más mundana. La vida de la señora Seton fué feliz y tranquila, viendo levantar en torno suyo una lucida familia, hasta 1800. En aquel año tuvo lugar en Norte-América una crisis monetaria que arruinó á una multitud de comerciantes nuevo-yorkinos, y entre éstos cayó el esposo de nuestra heroína. Afligido en extremo, temeroso de quedar desacreditado, lleno de afanes y angustias, sin duda el señor Seton se hubiera dejado llevar por el desaliento, si no hubiese encontrado á su lado á un ángel de bondad, lleno de inteligencia, de interés y de abnegación, que se propuso servirle de secretario y ayudarle á cargar el peso que le agobiaba : este ángel era su esposa. No solamente trabajaba á su lado á toda hora, poniendo en limpio sus cuentas, escribiendo las cartas que él la dictaba, sino que se manifestaba resignada á la pobreza y á sus consiguientes humillaciones, y siempre alegre y de buen humor, todo lo sufría sin quejarse y allanaba toda dificultad con semblante sereno y contento. Más aún : estudiaba los negocios de su marido para poderle dar consejos acertados, con lo cual, aunque el señor Seton quedó pobre, por lo menos su reputación no se nubló con ninguna mancha. Por aquel tiempo apareció en Nueva York, con una
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violencia espantosa, la fiebre amarilla, enfermedad de la cual murieron millares de personas. La señora Seton se manifestó entonces, en su carácter de enfermera, con una abnegación y un valor extraordinarios. Visitaba con su padre, que era médico, como hemos dicho antes, las casas de los desgraciados, llevándoles socorros, alimentos y remedios; y cuando la enfermedad llegó á un grado tal que su familia no le permitía visitar las casas de los contagiados, permanecía en su casa, pero no ociosa, sino ocupada en mandar cuanto podía á los barrios más pobres, y orando sin cesar para que Dios apartase aquel azote de la ciudad. Al fin, su padre murió, víctima de su filantropía y caridad, contagiado de los enfermos que visitaba noche y día, tratando de aliviarlos y salvarles la vida.
La señora Seton sufrió mucho con la muerte de su padre, á quien amaba tiernamente, y abandonando por entero la sociedad del gran mundo, se dedicó á cuidar de sus hijos y de su marido, que había enfermado del pecho, no permitiéndose otro entretenimiento que no fuera un estudio asiduo de su religión. Practicaba los ritos de la iglesia luterana, á la cual pertenecía, con grande escrupulosidad y rigidez, pero á pesar de ello siempre sentía tal vacío en el alma y en el corazón, que no quedaba satisfecha con las frías y mesuradas prácticas del protestantismo : buscaba algo allí que no hallaba, y entonces con ahinco se dedicaba á estudiar las Escrituras, sin que en ellas hallara todo lo que deseaba. Una de las cosa' que más falta la hacía, era el poder visitar su iglesi diariamente, como sucede en la católica, y así pasaba los domingos con una amiga suya de sus mismas opi-
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niones, recorriendo todas las iglesias á diferentes horas para hacer acopio de devoción^ decía, que le durara toda la semana siguiente, en que estaban cerrados los templos protestantes.
En 1803, habiendo empeorado su marido, le recetaron un viaje á Italia; su esposa le acompañó, llevando consigo sólo á su hija mayor, niña en la infancia aún, y dejando á los demás niños en Nueva York con sus parientes : aquel viaje fué funesto en extremo.
Después de pasar muchos trabajos tanto en la mar cuanto á la llegada á Italia, resultó que tantos sacrificios fueron inútiles, puesto que el señor Seton murió pocos días después de su llegada á Europa. Sin embargo, aquellos sufrimientos fueron un crisol que demostró los quilates de virtud que nuestra heroína tenía en su carácter. Valiente, abnegada y llena de energía y fe en las bondades de Dios, no solamente ayudó hasta en los últimos momentos á su marido á bien morir, sino que tuvo fuerzas para arreglar el entierro y acompañarle hasta su última morada, sin desmayar ni dejarse abatir con aquel dolor inmenso en todas partes, y con más razón on tierra extraña, y lejos de sus parientes y amigos.
En Italia, la señora Seton, que no pudo regresar inmediatamente á América, tuvo la fortuna de encontrar una excelente familia italiana, que no sólo brindó auxilios y hospitalidad á su cuerpo, sino también á su alma. Viéndola deseosa de buscar consuelos en una religión que no fuese la protestante, en donde no los hallaba, la propusieron que estudiase á fondo la católica; la llevaron á visitar los monumentos, los monasterios y las iglesias que ha dejado la religión apostólica romana en Italia; le proporcionaron libros
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de controversia, y por último, apelaron á un sabio jesuíta que tuvo con ella interesantes conferencias. En resumen, merced á aquellos estudios, antes de salir de Italia ya se había convencido de que la verdad se halla en la religión católica y no en otra alguna, pero no tuvo aún valor de abjurar el protestantismo, y partió para Nueva York, llena el alma de vacilaciones y de torturas.
Guando sus parientes tuvieron noticias de las impresiones favorables al catolicismo que la señora Seton había recibido en Italia, suscitaron en torno suyo una terrible tempestad. En aquella época en la América del Norte (y aun ahora pocos años sucedía otro tanto), la fe católica era para sus habitantes algo como una mancha, una ignominia. Aquella religión, decían, era buena tan sólo para los pordioseros é ignorantes irlandeses, — los seres más abyectos de la creación ; — por consiguiente, puede comprenderse cuál sería el escándalo al saber que una señora de la alta sociedad, perteneciente á una de las mejores familias neu-yorkinas, y aliada á otra no menos respetable, pretendía abjurar el protestantismo y hacerse católica. Así pues, influyeron para que obraran sobre su espíritu los ministros protestantes de todas las sectas. Protestantes de la iglesia ortodoja y de la escocesa, anabaptistas, metodistas, cuáqueros, todos los más entusiastas sectarios, la inundaron la casa de folletos, de artículos, de cartas y consejos, y como ella se manifestara firme en su propósito, frecuentando la iglesia católica y preparándose á abjurar, la asaltaron con amenazas, insultos y execraciones, haciéndola presente que no tenía derecho de educar á sus hijos en una religión que no era la de su familia
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y que se haría responsable ante el tribunal de Dios por aquello. Asaltáronla entonces atroces dudas que la causaron muchos sufrimientos morales : sus vacilaciones, la agitación de su espíritu y encontrados sentimientos, son propios de una alma grande y noble que sólo busca la verdad, y prueban más que todo la sinceridad de aquella conversión.
Sin embargo, al fin logró allanar todas las dificultades que se le presentaban, y encontró la tranquilidad de su ánimo en una libre y pública abjuración que hizo el 14 de marzo de 1805, un Miércoles Santo, en la iglesia de San Mateo.
Además de que desde la ruina de su marido sus recursos pecuniarios eran escasísimos, desde aquel momento se vio abandonada por los parientes que tenían el deber de ayudarla, y por algunos meses ella y sus hijos se encontraron sumidos en la miseria. Pero la señora Seton no se dejó abatir, sino que buscó recursos en el trabajo, abriendo una pensión para los niños que enviaban sus padres como externos á los colegios de cierto barrio de Nueva York. Aquellas faenas, sin embargo, tan extrañas á su educación y costumbres, no la daban mayores comodidades, tanto más cuanto que tenía á su cargo á una cuñada suya que también había logrado convertir al catolicismo y que igualmente había sido arrojada del seno de su familia. Así pasó muchos meses, hasta que la Providencia, que la destinaba á muy altos fines, la dispensó su protección. Habiendo tenido noticia la sociedad católica de Baltimore de la situación angustiosa de la señora Seton, que todo lo sufría por amor á su religión, la invitó á aquella ciudad, en donde le proponía que fundara una escuela católica.
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Ella accedió con gusto, y dejando á Nueva York pasó á Baltimore, en donde en el acto puso manos á la obra con laudable entusiasmo. Recibió en su casa á muchas niñas de religión católica, cuyos padres deseaban, además de que se les diera una buena educación instructiva, que se ocupara particularmente en formarles el corazón para la virtud y la fe.
El establecimiento iba viento en popa, cuando occurriósele al mismo tiempo, de una manera providencial, á la señora Seton y á un caballero, recién convertido al catolicismo también, que se tratase de establecer no sólo un colegio católico, sino también una comunidad religiosa que se dedicase á la educación de las niñas. Además, el caballero ofrecía dar los primeros fondos necesarios para la empresa, así como la señora Seton ofrecía dedicarse á ella en cuerpo y alma.
Resolvióse que aquella hermandad, que tomaría el nombre de « Hermanas de San José «, se establecería en un lugar lejano de las ciudades y cerca de un seminario católico sito en Emmittsburg, en un campo agreste y sano. Allí se retiró la señora Seton con algunas señoritas que abundaban en sus mismos propósitos y buena voluntad, y se dedicaron á estudiar los reglamentos de las órdenes religiosa instituidas por san Vicente de Paul. Al cab< de algún tiempo se les agotaron los recursos suministrados por el recién converso, y sufrieron entonces tanto, que frecuentemente hubieron de ayunar á pan y agua por falta total de alimentos más nutritivos. Resolvieron entonces recibir algunas niñas que pagasen cierta pensión, y en breve, merced á este recurso y á otros que se les fueron proporcionando, la comunidad fué
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tomando incremento, y en 1810 se edificó en aquel retirado sitio un espacioso y cómodo local que encerraba departamentos para las hermanas, para las educandas, para los niños de los alrededores, á los cuales enseñaban gratis, y para una enfermería gratuita en donde los desgraciados encontraban alivio para el cuerpo, y para el alma auxilios espirituales.
El principal objeto de aquella institución era honrar á Nuestro Señor Jesucristo, rindiéndole culto en la persona de los niños, de los ignorantes, de los pobres y de los enfermos, dedicándose particularmente á auxiliar á los niños huérfanos y desvalidos. Aunque la señora Seton había deseado seguir en un todo los reglamentos de San Vicente de Paul, se había apartado de ellos en lo que concernía á la educación de la niñez acomodada, y que podía pagar una cuota en cambio del favor que recibía. Pero en esto se pensó que era lícito hacer aquel cambio, porque las circunstancias eran muy diferentes en América de lo que sucedía en Francia en el siglo XVII. En los Estados Unidos convenía empezar por educar bien á las clases altas de la sociedad, infundirles religiosidad, fe y virtud, porque allí, más que en Europa, las clases altas y la plebe se confunden frecuentemente, y las primeras deben dar ejemplos de virtud á las bajas; era, pues, hacer un notable bien á la plebe formando á las niñas acomodadas en una escuela religiosa, perfectamente moral y en un todo cristiana.
En medio de la satisfacción que la causaba encontrar tan buen éxito en su caritativo propósito, la madre Seton tuvo grandes y terribles pesadumbres que despedazaban su corazón. En primer lugar vio morir á su lado á dos de sus cuñadas, quienes, ha-
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hiéndese convertido al catolicismo, vivían con ella, y en seguida su dolor fué mucho mayor con la pérdida de dos de sus tres hijas, niñas de catorce y diez y siete años, llenas de tempranas virtudes y grandes cualidades físicas y morales.
Á medida que se pasaban los años, aquel establecimiento de caridad fué creciendo en fama y en santidad. De todos los Estados de la Unión americana llegaban incesantemente postulantes á la comunidad religiosa y discípulas para el colegio, y fuéle preciso fundar en otras partes casas de caridad para que alcanzasen para todas las necesidades del público.
En tanto la madre Seton (que jamás, según dice su biógrafo, se la vio ociosa, mientras tuvo salud) se ocupaba sin cesar en el gobierno de la comunidad. Cuando no estaba en el coro ó no recorría los diferentes departamentos del establecimiento, pasaba el tiempo haciendo extractos, anotando y preparando los textos de enseñanza para el colegio, la escuela y las lecturas que las hermanas deberían hacer en comunidad; además, su correspondencia era voluminosa, y la tenía con todo el alto clero católico de Norte-América y con algunos miembros del europeo, con muchos seglares importantes, é infinidad de personas que la pedían consejo y la exponían sus cuitas. En su conversación, aquella señora tenía, según dicen, un encanto particular, y poseía en alto grado el don de la persuasión, por lo cual llevó á cabo muchas conversiones sorprendentes. Su bondad era inagotable, y la influencia que ejercía sobre los que la rodeaban era tal que la niñas del colegio la querían y respetaban como á una madre, los pobres la idolatraban y los sirvientes del colegio se acorda-
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ban de ella con gratitud hasta el fin de sus días. La madre Seton no estaba, sin embargo, satisfecha consigo mismo, y sin cesar trabajaba en la santificación de su alma. « Todo lo pesaba en la balanza de la fe, dice el reverendo doctor White (uno de sus biógrafos) : cruz y aflicciones, prosperidad y adversidad, salud y enfermedad, la vida, la muerte, las previsiones humanas, ella todo lo juzgaba bajo el punto de vista religioso. »
A pesar de aquella vida tan laboriosamente ocupada en hacer el bien á sus semejantes, la madre Seton no había abandonado en lo mínimo el cuidado de los tres hijos que le habian quedado. Los dos varones, después de haber recibido una buena y sólida educación, bajo su inmediata inspección, fueron dedicados al comercio, la carrera que había seguido su padre, en la que el uno conquistó una buena posición €n la sociedad, aunque el otro murió joven y desgraciadamente en alta mar. La última de sus hijas permaneció siempre á su lado.
Á medida que la madre Seton entraba en años, su salud se debilitaba hasta el punto de tener que renunciar por fin á sus ocupaciones y quedarse en la cama. Aunque la inacción era para ella el peor de los sufrimientos, su resignación era completa, y cada día se manifestaba más y más agradecida al Señor que la había permitido hacer parte de la verdadera religión y además servirle en ella antes de morir.
Al fin, el 14 de enero de 1821, aquella virtuosísima mujer dejó de existir sobre la tierra.
En su calidad de mujer de letras, las obras de la madre Seton, aunque no se han publicado sino pocas, son muy voluminosas. El diario de muchas épo-
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€ s de SU vida y las cartas que escribía á multitud de perrunas, podrían servir de estudio psicológico para comprender lo que puede la virtud en una alma femenina. Los extractos, traducciones y refundiciones de obras extranjeras, propias para la educación, sirven aún en los establecimientos que dejó planteados, lo que prueba el gran mérito que tienen. Su e>tilo está esmaltado de bien traídas citas de los Evangelios y de los Padres de la Iglesia ; además también dejó algunos himnos en verso, para los cuales había compuesto la música, en cuyo arte era versada.
Inmediatamente después de la muerte de la madre Seton, y según los deseos que había manifestado, se fundaron, bajo la vigilancia de las hermanas de San José, escuelas católicas gratuitas en Baltimore, Washington, Láncaster, etc., y además las hermanas se hicieron cargo de la enfermería anexa á la Universidad de Maryland.
Desde aquel tiempo, la institución de San José ha tomado un incremento maravilloso en un pueblo protestante. Los hospitales, asilos, hospicios y escuelas se multiplican como por encanto en todas las ciudades de los Estados Unidos. Además, las iglesias, capillas y adoratorios son infinitos. Las hermanas tienen á su cargo la casa de locos de Mount-Hope, uno de los establecimientos más importantes que se conocen en aquel ramo.
Entre muchas obras de mérito artístico que tienen las iglesias que pertenecen á la comunidad, hay una que han levantado á su fundadora, de mármol blanco, de estilo gótico, que dicen los conocedores que es digna de todo elogio.
En 1850 la congregación de San José se incorporó
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á la de las hermanas de la caridad de Francia, y desde entonces sus reglamentos y hábitos son iguales á los europeos; y en América, como en Europa, el ser más digno de respeto es una hermana de la caridad, siendo aquel sencillo vestido el símbolo de todo lo bueno, lo santo y lo evangélico.
Tal ha sido el resultado en Norte-América de la obra de una sola mujer, y á la madre Seton, más que á ninguna otra, se le podría aplicar aquel versículo de la mujer fuerte :
Levantáronse sus hijos y la predicaron por beatísima.
Hermana Rosalía.
Hasta aquí hemos hablado de las mujeres que merced á su alto nacimiento y brillante educación han podido comprender fácilmente cuáles son los deberes de los superiores para con sus inferiores, y han dedicado su fortuna ó su tiempo á hacer el bien á sus semejantes. La educación aclara y abre el entendimiento ; las tradiciones de las familias nobles obligan á los retoños á ciertos deberes para con sus dependientes, y muchas veces una esmerada educación encamina á la mujer por la senda de la virtud. Pero es más estimable, es más digno de elogio, es mucho más bello ver á una mujer del pueblo dedicarse á aliviar á otros aun más desgraciados que ella, haciendo sacrificios sin ninguna compensación sobre
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la tierra. En este capítulo nos ocuparemos de mujeres plebeyas que han sido verdaderas santas, cuyo puesto en el reino de los cielos se hallará indudablemente muy cercano á la Verdad Eterna.
El biógrafo de la hermana Rosalía (vizconde de Melún) dice en su prólogo las siguientes palabras, que son dignas de copiarse al pie de la letra :
« El periodismo cuida tanto de publicar los crímenes, descubrir los escándalos; tiene tanta habilidad para dar luz sobre las iniquidades que tratan de ocultarse ; en buscar los motivos olvidados que pueden tener los hombres para ser acreedores al desprecio de sus contemporáneos y de la posteridad, que es preciso oponer á aquellos malos ejemplos otros que revelen las secretas virtudes, en cambio de los vicios misteriosos, y la edificación á los escándalos. »
Y entre nosotros, ¡ cuánta verdad no hay en esto con respecto del extranjero y de nuestra patria! Que se cometa un crimen inaudito, que se perpetre un asesinato, una infamia cualquiera, en los Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en Rusia ó en Italia... al momento todos nuestros periódicos reproducen aquella noticia á porfía ; los pormenores más escandalosos, las confesiones más indecorosas, las causas más corruptoras, cuyo ejemplo puede ser funesto para la juventud, todo aquello llena las columnas de los periódicos y pasa delante de la vista de nuestros hijos. ¿Qué objeto tienen las relaciones de los vicios más inauditos que refieren los diarios extranjeros sin embozo y que los nuestros repiten servilmente?Su objeto es despertar, sin duda, malsana curiosidad, interesar con la relación de vicios, muchas veces desconocidos entre no-
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solros, porque se piensa que sólo aquello divierte entretiene y distrae ; ¡ y sin embargo no es así ! La vir tud también es agradable, sus acciones pueden ser dramáticas, la vida de los seres buenos tiene sus cuadros tan interesantes como la vida de los malos — con esta ventaja : que al dejar el libro ó el periódico, el corazón palpita entusiasmado por el bien, y hasta las personas indiferentes sienten vivir en el fondo de su alma el deseo de imitar á aquel ser que le presentan tan ejemplar.
Para probar lo que hemos dicho, trataremos de sacar á luz escenas dramáticas é interesantes de la vida, no de una reina, de una princesa, de una mujer de la alta sociedad, de una viajera, una cómica, cantatriz ó aventurera; no, no necesitamos salir de un barrio de París para ello, y ni siquiera de un convento el más pobre, el más humilde, el más oculto, sito en la miserable calle llamada desde tiempo inmemorial de <( La espada de palo ».
Juana María Rendú (conocida como hermana Rosalía en su comunidad) nació en una lejana provincia francesa, en Gex, cerca de las fronteras de Saboya, de padres honrados, de la clase media, que vivían de su trabajo. Había venido al mundo poco antes de que se desencadenara sobre Francia la gran tempestad revolucionaria (en 1787). Su madre tuvo grande influencia sobre el carácter de su hija, á quien crió religiosa sin afectación, amante de los pobres, incapaz de mentir y entusiasta por todo lo bueno y lo noble. Así pues, Juana, al abrir los ojos á la razón, en el tiempo del Terror en Francia, encontró que su fe era perseguida y que las personas por quien su familia profesaba más respeto tenían que ocultarse
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para conservar la vida. Hizo su primera comunión en un subterráneo, en donde se había asilado un sacerdote católico, y fuéle preciso ocultar aquel acontecimiento de su vida á las personas de su pueblo, á riesgo de causar un grave perjuicio á toda su familia. De esta manera aprendió desde su primera infancia á ser discreta y supo cuan útil es saber callar á tiempo.
Cuando concluyó la época del Terror, Juana fué enviada á completar su educación en un convento de U -sulinas. Pero, á pesar de que desde su infancia había resuelto consagrarse á Dios, no la satisfizo aquel convento : necesitaba no solamente orar y meditar en la misericordia divina, sino que la hacían falta los pobres ; era para ella preciso hacer el bien material á los desgraciados, consolar á los afligidos de fuera y socorrer á los enfermos en sus sufrimientos; en fin, había nacido hermana de la caridad como otras nacen coquetas. Cuando salió del convento, su mayor dicha era pasar temporadas con una amiga de su madre, que era superiora del hospital de Gex. En fin, su vocación parecía tan completa, y su deseo tan vehemente de consagrarse á Dios sirviendo á los pobres, que su madre la permitió ir á París, á un convento de hermanas de la caridad, en el cual debería hacer sus primeras armas. Madre é hija se despidieron llorando ; Juana tenía poco más de diez y seis años ; — vivió cincuenta años en París y su madre permaneció siempre en Gex ; murieron casi en el mismo día, y sin embargo ¡no se volvieron, á ver más en este mundo!
Aquella vocación en Juana era tanto más meritoria cuanto que su salud era delicada; tenía miedo
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á los muertos, y tan nerviosa, que todo la impresionaba. Sin embargo, su voluntad era más grande que su constitución débil, y supo vencerse, dominarse y formarse un carácter enérgico y valiente á toda prueba. ¿Por ventura no será un estudio más interesante el de un alma de este temple, que lucha y sujeta los instintos de su naturaleza, y no la de un malvado ó de un ente débil que se deja llevar por sus malas pasiones?
Una vez profesa, la hermana Rosalía puso manos á la obra con actividad en la regeneración de los pobres de su barrio, regeneración tanto física como moral. En breve se le reconoció un mérito tan incontestable, que fué nombrada superiora de la casa de la calle de la « Espada de palo ». La Revolución que había hecho olvidar el camino de la iglesia á los desgraciados del barrio más miserable de París ; las guerras que habían arrancado á los hombres de los talleres y á los niños de las escuelas; la situación efervescente de los años anteriores : todo aquello había sumido en los vicios y en la miseria á los habitantes del barrio de San Marcelo. Cincuenta años luchó la hermana Rosalía contra la impiedad y la inmoralidad, sin desmayar nunca, sin descansar, sin fatigarse jamás, siempre sobre la brecha, con la sonrisa en los labios, la confianza y la fe en el corazón... ¿No podríamos, decidme, señoras mías, poner á esta mujer en la categoría de las heroínas, como una Juana de Arco, una Carlota Corday ó una Pola Salavarrieta?...
La Revolución había desalojado todas las antiguas instituciones de beneficencia y destruido las iglesias : era preciso reconstruirlo todo, y á fuerza de vigor, paciencia, actividad y un gran genio gubernativo,
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aquelid pobre provinciana, sin relaciones, sin amigos, sin dinero, al fin tuvo tal influencia en la sociedad francesa, que la visitaban los potentados, la acataban iOS grandes y los príncipes, y la escribían de todas partes del mundo pidiéndola consejos y auxilios, sin que jamás ninguno hubiese sido frustrado en sus pretensiones, si eran buenas, y en sus deseos, si eran conformes con la moral y la religión.
Desgraciadamente, no nos es posible, en el corto espacio señalado en este libro, delinear siquiera la marcha triunfante de nuestra heroína por el camino del bien; aunque siempre humilde, bondadosa, alegre, ocupada como una abeja, pero sin manifestarse impaciente con los impertinentes, era, no diré querida, sino idolatrada por los infelices de todo el barrio, quienes sabían que siempre tenía tiempo para atender á sus quejas y socorrerlos en sus necesidades.
Su indulgencia con los pobres era tal que, estando un día enferma en su celda, de donde el médico le había prohibido que saliese, oyó voces á lo lejos y no pudo menos que bajar á preguntar que sucedía.
— Es un pobre, contestó la portera, que está furioso porque no ve á la superiora, con quien tiene un empeño.
Al momento hermana Rosalía pasó á hablar con el hombre y lo despidió satisfecho y contento.
— ¿Por qué no me avisasteis? dijo la buena hermana ; espero que esto no volverá á suceder.
Y como la otra se excusaba recordándole su enfermedad, y diciendo además que el pobre le había coniestado mal :
— ¿Cómo queréis, repuso la superiora, que aquel
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infeliz haya tenido tiempo de estudiar las reglas de la buena educación? Es preciso no alejarlos con palabras duras, ni desconfiar de su aspecto vulgar. Generalmente, esta pobre gente es más estimable de lo que parece.
Sería preciso referir aquí su entera biografía si quisiéramos narrar todas sus buenas acciones y las innumerables conversiones que efectuó entre la hez del pueblo, volviendo á la vida moral á infinidad de familias entregadas al vicio y á la degradación más absoluta. El mejorar la suerte desgraciada de la niñez era lo que más la ocupaba, y creó no solamente asilos y escuelas gratuitas para los niños desvalidos, sino un asilo para los ancianos enfermos, el que después de su muerte se fundó definitivamente bajo la advocación de su patrona, santa Rosalía.
Ella era la consoladora de todos los desgraciados de cualquiera categoría á que pertenecieran : á unos enviaba á los hospitales, á otros á las escuelas, ó conseguía una beca en algún colegio para los estudiantes : á los conventos iban las niñas sin asilo ; al seminario, los jóvenes que lo deseaban; conseguía empleos á los que querían seguir esa carrera; oficio, al axtesano sin trabajo; en fin, todos salían llenos de consuelo de su presencia. No era extraño, pues, que tuviese diariamente una audiencia como la de un príncipe reinante ó un secretario de Estado.
Los jóvenes que le mandaban de las provincias con una carta de recomendación eran ampliamente protegidos por ella; en persona, les buscaba alojamiento honrado y barato, les recomendaba para que les diesen empleos, y los cuidaba si enfermaban; sólo con la condición de que algunas veces le ayuda-
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sen á despachar su correspondencia ó la acompañasen á cumplir una obra de caridad en alguna guarida [sospechosa de su barrio. Si la conducta de sus prote- ^ gidos era mala, procuraba reformarlos ; pero, si conti- '^nuaban en ella, los hacía salir de París. Un día, mandó llamar á uno de sus protegidos que no había querido corregirse, y le dijo :
— Caballero, tiene usted un empleo en Gonstantinopla. He aquí el pasaporte, y pagado ya el viaje por ferrocarril y vapor. Vaya usted á componer sus maletas, porque debe partir esta noche.
Aquella noche (sin querer ella escuchar sus promesas de enmienda), el joven partió para Gonstantinopla, y esto sin que se le hubiese ocurrido desobedecerla, á pesar de que ella no tenía sobre él más derechos que los que la daban su influencia y su virtud.
Algunas veces se reunían en su sala de audiencia gran número de jóvenes de todas opiniones y partidos, que iban á ponerse bajo su dirección para ayudarla en lo que ella quisiese. Así vieron muchas veces salir de allí á Donoso Gortés con una lista de pobres que ella le había dado para que los visitase, encargo que él cumplía con el mayor gusto, distribuyendo entre los desgraciados los sobrantes de su riqueza. Guando Lamennais estaba aún en el seno de la iglesia catóUca romana, también era uno de sus más asiduos visitantes. Estudiantes de las escuelas Normal y Politécnica, de medicina y de derecho, condes, marqueses y grandes de todas partes del mundo, recibían sus órdenes, las cumplían religiosamente, y volvían á darla cuenta de lo que habían hecho.
— Los he reunido á todos ! decía ella llena de ale-
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gría; los he reunido para el servicio de Dios; todos han trabajado en su honor ; ¡ qué día tan feliz para ellos !
Todos los soberanos que se sucedieron sobre el trono de Francia, desde el principio del siglo hasta 1854, desde Napoleón I hasta Napoleón III, le enviaban inmensa cantidad de limosnas para que las distribuyese entre los pobres de su barrio. Ella jamás se mezcló en la política, y recibía de todos los partidos, con igual entusiasmo y agradecimiento, cuanto la daban para sus desgraciados desvalidos.
Esto en tiempo normal; ¿qué sería en las angustiosas épocas de epidemias, durante las cuales morían centenares de infelices en los barrios pobres de París? « Ella, dice Imbert de Saint-Amand, durante las epidemias del cólera, era sublime de energía : pasaba las noches cerca de los enfermos, organizaba los hospitales, reanimaba con sus consejos al pueblo aterrado, consolaba á los que se afligían y luchaba á brazo partido con la espantosa peste. »
En 1854, Napoleón y la emperatriz Eugenia fueron personalmente á visitar á nuestra heroína en su pobre albergue, y el emperador la condecoró con la orden de la Legión de honor. Este favor ganó los corazones de los pobres del barrio de San Marcelo, más que si el soberano los hubiera condecorado á cada uno individualmente, pues aquella gente sabía agradecerla su abnegación, y la adoraban como al ser más santo del mundo.
Antes de concluir este estudio, haremos la relación de algunos de sus hechos y palabras que la pintan á lo vivo.
En las dos revoluciones de 1830 y 1848,1a hermana
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Rosalía impidió en varios punios de su barrio que se levantasen trincheras y que se fusilase á los prisioneros; cuando aquel pueblo enfurecido no oía ninguna voz de autoridad, escuchaba y obedecía las órdenes de la pobre hermana de la caridad.
Una vez supo el jefe de policía que ella había ocultado y hecho salir de París á algunos miembros de una conspiración que se tramaba contra Luis Felipe, la cual habían descubierto antes de que estallase. Ella protegía á los conspiradores, no como conspiradores, sino como á perseguidos y desgraciados. La policía advierte á la hermana que si vuelve á proteger la fuga de los culpables se la pondrá en la cárcel. Al cabo de pocos días sábese que ha incurrido en la misma falta. Antes de dar orden para que se lleve á cabo la amenaza, el jefe de policía se le presenta un día á la hermana :
— Vengo, la dice, á advertir á usted que está gravemente comprometida por haber hecho salir de Pa rís á un importante miembro de los revoltosos, y he venido á preguntarle á usted cómo se ha atrevido á manejarse así, tanto más cuanto que ya estaba advertida.
— Señor prefecto, contestó ella, yo no soy sino una hermana de la caridad. Yo no tengo bandera y sólo tengo la misión de proteger á los desgraciados y perseguidos en donde los encuentre : yo no los juzgo. Así, pues, señor prefecto, se lo prometo, si alguna vez usted se encuentra en la misma situación, acuda usted á mí, que le serviré también.
En seguida dijo al jefe de policía que las hermanas de la caridad siempre pertenecen al partido de los vencidos y de los más infelices, y nunca quiso
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prometerle que dejaría de proteger á cuantos conspiradores le pidieran auxilio.
En la siguiente semana, estando ella conversando con un jefe vendeano que había ido á darla las gracias por la protección que había dado á muchos de los pseudo- insurreccionados, repentinamente entró á la sala nada menos que el jefe de policía. La hermana, sin turbarse, hizo seña al descuido al conspirador para que saliese lo más pronto posible, y en seguida, con gran serenidad, entabló con el jefe de policía una larga é interesante conversación, que dio tiempo al otro de alejarse sin que sospechara nada su perseguidor.
Cuando al cabo de pocos días el jefe de policía tuvo noticia de cómo la hermana lo había engañado, fué á reconvenirla.
— ¡Qué quería usted que hiciera ! exclamó ella; yo lo hice tanto por él como por usted. Deseaba que usted no tuviera la pena de tenerlo que apresar y en seguida sumirlo en una prisión; ¿por ventura no hice bien?
Habiendo logrado huirse de entre las manos de los energúmenos insurrectos de Junio de 1848, un oficial de la guardia móvil se había refugiado en la mansión de la hermana Rosalía. Los amotinados se presentan á la puerta pidiendo venganza y que les entreguen á su víctima. La hermana Rosalía salió á conferenciar con ellos ; pero aquellos hombres estaban ebrios de sangre y de venganza, y á todas sus palabras contestaban con gritos horribles.
— i El prisionero es nuestro ! exclamaban ; i entréguenlo para matarlo !
— ¡Matarlo aquíl dice ella; ¿en esta casa?
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— No, aquí no, si no quiere la hermana, pero en la calle eí. ¡ Su muerte está decretada I
Una hora entera duró aquella lucha entre el ángel del bien y el genio del mal. Los hombres furiosos no cedían ni un punto, ni ella tampoco.
— ¡Entregue el prisionero! gritaban.
— ¡No lo entregaré jamás! contestaba.
— ¡ Entraremos á buscarlo !
— ¡ No entrarán 1
Al fin llegaron hasta el lugar en donde estaba el oficial, disputando el terreno la hermana Rosalía palmo á palmo.
— ¡Muere, infame! gritaron los más energúmenos. Y varias armas se levantaron apuntándole.
La hermana Rosalía se interpone, y encarándose con aquellos locos levanta las manos y exclama de rodillas :
— ¡Hace cincuenta años, señores, que os he consagrado mi vida ; por todo el bien que os he hecho á vosotros, á vuestras mujeres y á vuestros hijos, sólo pido la vida de este hombre !
Una conmoción eléctrica inspira á todos aquellos hombres, y al mismo tiempo las armas se inclinan, el silencio sucede á los gritos de odio, lágrimas de ternura inundan muchas mejillas ennegrecidas por la pólvora, y volviendo la espalda salen corriendo de aquella casa, vencidos y subyugados sólo con la voz de una humilde mujer. ¡El prisionero se había salvado!
Podríamos multiplicar hechos y palabras heroicas, que pintan el carácter de esta mujer que tuvo todas las virtudes y las cualidades de la mujer fuerte de la Escritura.
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Hacia el fin de su vida cegó, cosa que la afligía, porque no podía continuar sirviendo á los desgraciados. « ¡ Ah! decía, ¡Dios me ha quitado la vista, porque yo gozaba demasiado viendo á mis pobres ! »
Sólo una vez usó la cruz de la Legión de honor : cuando la llevaron al cementerio. Vestida con su hábito de hermana de la caridad, llevada en el carruaje de los pobres, sus funerales hacían un raro contraste con la inmensa multitud que acompañaba su cadáver; un cardenal, un obispo, los principales miembros del clero, condes, duques y marqueses, mendigos, artesanos, estudiantes, pobres, ricos, viejos, jóvenes... la nación entera estaba representada en aquel entierro, y además le rindieron honores los soldados como á miembro de la Legión de honor.
La vida de la hermana Rosalía se puede compendiar en estas palabras, que ella repetía frecuentemente :
« Tengamos un corazón de 7iiño para con Dios, de madre para con el prójimo y de juez para con nosotros mismos. »
Las Hermanitas del Jornalero.
En el año de 1867, leemos en el Catholic World \ un corto número de señoras vestidas con un sencillo uniforme y que se apellidaban hermanas de la Asunción se embarcaban en un puerto de Francia.
i. Número 229, abril de 1884.
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en vía para Argel. Poco antes, el hambre había despoblado gran parle de aquella colonia, é innúmera rabies niños huérfanos yacían sin protección ni amparo posible. Los misioneros que visitaban á Argel pidieron auxilio á Francia, y en el momento se organizó una especie de institución de señoras que con la bendición de su obispo se dirigieron á África. Una vez allí, reunieron á los huerfanitos,los vistieron, los alimentaron, los enseñaron, y pocos meses después esos pequeños árabes, que habían corrido peligro de morir física y moralmente, servían de núcleo para atraer á los hombres y mujeres que no habían querido antes oír la voz del cristianismo.
Las hermanas establecieron dos poblaciones cristianas, fundaron escuelas, fabricaron iglesias, casaron á las niñas convertidas con los neófitos que los padres misioneros habían educado, y una vez que vieron que la pequeña colonia iba en vía de prosperidad, y que podía florecer sin ellas, las hermanas regresaron á Francia, en busca de nuevos campos que labrar.
El obispo de Grenoble vivía entonces atormentado con la desmoralización y la] degradación espiritual de los trabajadores en las grandes fábricas que encierra el obispado. Aquellos infelices existían literal mente como bestias del campo, sin instrucción, sin creencias y sin ideas de moralidad ; y eran focos de revolución y desorden sus habitaciones y lugares de reunión. Los dueños de las manufacturas no sabían cómo remediar aquello, y el obispo no veía tampoco esperanza de alivio, cuando se le ocurrió á monseñor Fava llamar en su auxilio á las hermanas de la Asunción que acababan de regresar de África. Ellas no
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encontraron ningún inconveniente al proyecto ; proyecto que, observa el autor del artículo, era mucho más trabajoso de lo que á primera vista parece. Aunque menos aventurado que la misión á África, el plan de campaña en Francia demandaba más valor y mucho más tacto y habilidad. El jornalero francés, que es mucho más inteligente y despierto que el habitante de África, ofrece grandes dificultades para hacerle abandonar las sendas del vicio. El obispo exigía que las hermanas fuesen á vivir en el centro mismo de los lugares que deberían purificar ; convertirse en las sirvientas, las consejeras y las cuidantes de los jornaleros; conocer á fondo su vida, sus necesidades y sus penas para comprender los peligros que corrían, y ampararlos. Se llamarían en adelante « las Hermanitas del Jornalero » (les Petües Soeurs de VOuvrier), y como, símbolo de la sencillez y la pureza, las hermanas deberían estar siempre vestidas de blanco.
Un rico padre de familia de Grenoble puso á la disposición de la nueva institución una casa de campo grande, cómoda y rodeada de un hermoso jardín, en la cual las hermanas arreglaron grandes dormitorios para las jóvenes empleadas en las vecinas fábricas, y cuyas familias vivían lejos. Éstas deberían pagar una pequeña cuota para que les dieran los alimentos ; el albergue les salía de balde, y poseían además medicamentos gratuitos, si llegaban á enfermar.
T^ vida de las hermanitas es de un continuo sacrificio, y sin cesar cuidan y vigilan á más de setecientos jornaleros, hombres, mujeres y niños que trabajan en las fábricas vecinas. Ellas dedican todas las
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horas del día y parte de las de la noche á sus protegidos, los vigilan cuando están trabajando, los asisten en sus faenas, les llevan aguas frescas cuando hace calor, viven en su compañía sin cesar, les enseñan por la noche, recompensan a los que se manejan bien, les aconsejan y amonestan, y los cuidan cuando están enfermos, hasta curarlos ó enterrarlos. Les enseñan á economizar, pidiéndoles una parte de su salario, que ellos dan con gusto, para una caja de ahorros que será la esperanza de su vejez y el patrimonio de sus hijos. Siempre pacientes, predican con sus obras, con su dulzura y buenas palabras, — y en cuatro años cambiaron completamente la faz moral y física de las fábricas que habían pedido auxilio á las hermanitas de los jornaleros. El lenguaje mismo de aquellos infelices ha variado, pues para no ofenderlas, esos hombres soeces y vulgares no se atreven á decir malas palabras en su presencia, y el que fuera suficientemente insolente para insultarlas perdería hasta la vida en aras de la venganza de sus compañeros. El vestido blanco de las hermanitas es respetado, querido, adorado por aquella población, y ya en varias partes de Francia las han llamado para que se hagan cargo de la policía de las fábricas y de las manufacturas. Es enternecedor ver cómo, para imitarlas y darles gusto, el jornalero que no ha aprendido ninguna oración en su niñez reza con las hermanitas cada vez que ellas lo exigen ; aprenden el Padre Nuestro después de viejos ; van á misa y cumplen con gusto sus deberes religiosos.
<» Se las ve, dice el autor del artículo, de aquí para allí, en grupos de tres ó cinco, en donde quiera que un obispo las llama, ó un dueño de fábrica las
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necesita para que les vaya á ayudar á dirigir á sus jornaleros; y como ángeles de la guarda, ellas son el puente de comunicación entre el patrón y los obreros, suj^licando al uno en favor del otro y haciendo la vida de uno y de otro tolerable. En todas partes llevan la misma existencia, existencia que sería imposible para mujeres educadas y virtuosas si no fuera porque ellas sólo viven en el espíritu del Evange lio, y de Aquel que pasó su existencia al lado de pescadores y publícanos »...
Las Hermanitas de los Pobres.
Veamos ahora lo que dice Máximo du Gamp de la beneficencia de las mujeres en París* :
« En este París tumultuoso, — que más que nunca, más que bajo el reinado de Luís Felipe, más que bajo el segundo Imperio, se ha convertido en el lugar más malo del universo ; en este París en que las libertades públicas se convierten en libertinaje; adonde los extranjeros de todos los países llevan su dinero, sus depravadas curiosidades, para calumniar mejor nuestras costumbres, — es preciso á veces alejarse del centro de los Campos Elíseos, de esos cafés envenenados con ajenjos, de esos teatros, de esos
1. El literato y académico fraacés Máximo du Gamp ha publicado una serie de estudios en que relata las obras de la caridad privada en París
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edenes, de esas locuras, y, yendo á los arrabales, á las parroquias lejanas del centro, entremos en esas casas de tristísima apariencia. Ningún emblema exterior las señala, y son tan discretas como una caridad anónima. A todas las horas del día y de la noche se abre la puerta, porque la hospitalidad no duerme nunca. En los muros de los corredores están colgados cristos que la municipalidad aun no ha bajado ; en los dormitorios se ven las camas apretadas unas contra otras ; todo sitio ha sido utilizado, porque sin cesar llaman á la puerta y piden auxilio. En las salas están reunidos los pensionistas; el lavadero está lleno, en la cocina hierven las ollas ; hay adoloridos en la enfermería; si sale el sol, los inválidos se sientan en el jardincito ; todo está lavado, acepillado, relumbroso; á fuerza de cuidados y limpieza se impiden las epidemias. El asilo está tranquilo, y apenas se oyen los rumores exteriores. La vida individual allí es libre; pero por espíritu de orden, la vida común tiene reglas fijas: todos se levantan, comen y se acuestan á determinadas horas. ¿Serán felices aquellos pensionistas? No lo sé; pero ya están en paz; la casa no arroja á los que una vez acogió.
» ¿Y quiénes son estos pensionistas? ¡Quiénes, sino aquellos que la sociedad repele 1 ¡ infelices que le causan horror, lázaros que no han enternecido al mal rico I Aquí se encuentran los ancianos, los débiles, los idiotas, que las familias rechazan, que los asilos no han podido recibir; allí los incurables, los que son devorados por el cáncer, que se los come la herpes, enfermedad que en la edad media llamaban noli me tangere, \ no me toquéis! ¿Y por qué no están en los hospitales públicos? Porque estos desgraciados saben
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que la ciencia no los podrá curar, en tanto que la religión tiene palabras que fortifican los corazones y abren la esperanza al alma. Mas lejos vemos á los niños engendrados en la podredumbre y el vicio, recogidos en los muladares, lepra viviente y lepra moral más difícil de curar que la lepra física. Para arrancar á esos niños del vicio que los solicita, para quitarles la corrupción en que nacieron, es preciso una caridad tan ardiente que no pueda enfriarse. Es imposible ver á los que se han dedicado á esta engañosa tarea sin acordarse de la fábula de Sísifo : aunque se trabaje en impedir que caiga la roca, ella cae; pero nada, nada los cansa ni debilita su valor ; y si logran salvar un solo niño entre ciento, entre mil, la simiente de su buen deseo no se ha perdido.
» Los que se sacrifican así á estas obras que no conoció la antigüedad, pertenecen á congregaciones religiosas, ya con un hábito, ya con otro; la obra no se interrumpe porque se ore; se ruega por los que se salvan y también por los que los maldicen y persiguen. En el ser humano no ven sino la enfermedad física y la enfermedad moral, y procuran curar una y otra. ¿Quiénes son? Ya no tienen nombre: se llaman hermano José ó hermana Magdalena; la caridad se ha cerrado sobre ellos y los ha separado del mundo, adonde no volverán sino en busca de los desgraciados que procuran socorrer. Abnegación, fatiga, cuidados repugnantes dentro de la casa; en la calle, los insultos de los vagamundos ; en contorno, un viento de ateísmo que sopla y amenaza destruir los refugios y asilos. ¿De dónde vienen estos héroes de la caridad? De todas partes, de la ciudad y del campo; entre los hombres, veo s^c^rdotes, soldados, labrado-
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res, abogados, profesores; entre las mujeres, cuento sirvientas, labradoras, hijas de las tenderas acomodadas y de ricos comerciantes, así como de los poderosos y de los nobles, los cuales quizá conservan el recuerdo de las fiestas profanas en donde brillaron antes de aplicar el agua fenicada á las llagas cancerosas ó lavar la ropa de los idiotas : hay más de una que conozco.
)) Hermana María : cuando delante de vos la superiora pronunció mi nombre, os vi temblar y bajasteis la cabeza como si quisierais ocultarla debajo de la almidonada coña. Os reconocí entonces... Vuestro abuelo materno, el general... era pariente cercano mío. Guando yo era niño, ¡cuántas veces no jugué con vuestra madre, pues teníamos la misma edad! Os vi chiquitita y ya niña casadera. ¿No os acordáis de una noche en que me cantasteis el Adiós de Schubert? Teníais un cuello encantador que me gustaba mirar. Vuestro hermano es conde y sigue su camino en la vida mundana. La existencia os ofrecía mil seducciones. Guando llegasteis á los veinte años, os dijeron : « Ya debéis casaros «... Y contestasteis : « Seré la esposa mística de Aquel que es, y le cuidaré en los pobres. » Y vestísteis el pQsado sayal y tapasteis vuestros cabellos rubios. ¿Habrán encanecido? No pude verlos, pero desde entonces fuisteis la madre de todos los que sufren. La palidez del claustro se ve sobre vuestras mejillas que no han perdido la placidez infantil ; esas manos tan finas y esas uñas bien cuidadas se han endurecido en componer colchones, curar úlceras y en repasar las cuentas del rosario de ébano. Los desgraciados que yacen en los dormitorios os ven pasar y 03 contemplan con ternura cuando les
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habláis. Noté una cosa que me ha sorprendido. Cuando erais joven, al lado de vuestra madre, en aquella casa que tenía un gran jardín, estabais siempre triste y meditabunda, como si os pesaran los días demasiado largos; cuando os encontré después de veinte años, en la enfermería, me parecisteis activa, alegre, siempre riendo y tratando de divertir á los enfermos. ¿Es decir que la tranquilidad se encuentra allí en donde estáis? Hermana María, mi prima y mi hermana, estas líneas no las veréis jamás, y por eso me atrevo á deciros : ¡Sois una santa!
» Á veces pienso : ¿será que el alma de París se ha refugiado en estas casas? Á veces lo creo así; aquí se halla el alma de la benignidad y del deseo de la perfección, que se alcanza aquí, porque se ha retirado del París material, cuyos desperdicios y ruinas recoge en seguida. Es un consuelo saber que mientras que el París ocioso y corrompido sigue adelante en su marcha ruidosa, la caridad, humildemente vestida y generosa, se trasnocha, ora, y, llena de abnegación, brilla por encima de nuestras locuras como una antorcha al borde de un abismo. Las casas en donde la obra de la salvación y de la hospitalidad se lleva á cabo con una perseverancia que sólo la fe tal vez puede sostener son numerosas en París, porque allí, más que en ninguna otra parte, la miseria se multiplica, las caídas son frecuentes y urgente el socorrerlas. No podré estudiar todos estos establecimientos á cuya puerta no se ha llegado en vano ; escogeré algunos que puedan servirnos de tipo y de ejemplo. Diré cómo fueron fundados y qué especie de infortunio se han dedicado á remediar, con qué recursos levan á cabo su misión, y, aunque con prudencia,
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hablaré de los medios, difíciles unas veces, y aun repugnantes otras, con que se ha logrado subsistir primero, y después prosperar en pro de los desgraciados.
» Empezaré por las Hermanitas de los Pobres.
» ¿Quién no se acuerda de la parábola del grano de mostaza, tan pequeño que apenas se veía cuando caía al suelo, y de donde salió una planta en que anidaban las aves del cielo? Ésta es la imagen de las Hermanitas de los Pobres, tan humildes en un principio, que hasta se avergonzaban de su pobreza, y que hoy ha tomado las proporciones de un beneficio público. »
. No seguiremos al autor palabra por palabra ni frase por frase, porque nos alargaríamos demasiado. Baste al lector saber que esta institución nació en una triste población de las costas de Bretaña (en Francia) llamada San Servan. Pusiéronla en planta una sirvienta vieja, un humilde vicario y dos jóvenes costureras.
La sirvienta vieja se llamaba Juana Jugán.
Era una pobre campesina que, después de haber estado como criada en varias casas de la ciudad de San Servan, fué á dar á la de una solterona vieja muy caritativa. Allí aprendió á tener misericordia de los pobres.
Guando murió su ama, en 1838, Juana, que tenía ya más de cuarenta y seis años, empezó á llevar á su humilde cuarto, en donde trabajaba, primero á una anciana ciega y paralítica que, abandonada de todos (en San Servan no había ninguna casa de beneficencia pública) y ciega, hubiera muerto de hambre y de frío. Juana la llevó, pues, á su cuarto,
lio LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
púsola en una cama al lado de la suya, y para consolarla la dijo :
— i Me serviréis de madre !
Y en seguida trabajaba doblemente para mantenerla
Poco tiempo después Juana lleva á su cuarto á otra anciana enferma y la instala cerca de la primera, y como ya no quedaba lugar en el cuartito para trabajar, cosía en un corredorcillo al aire libre.
Dos años después, sin contar con nada, Juana tomaba en arrendamiento una casa, é instalaba veinte ancianas, paralíticas unas, ciegas otras, sordas todas é infelices, y resuelve salir á pedir limosna por la ciudad para mantenerlas, puesto que ya no tenía tiempo para trabajar y el día apenas le alcanzaba para cuidar á sus huéspedas. En aviar á aquellas viejas empleó unos 600 francos que poseía de lo que había economizado durante toda su vida, y no le quedaba más recurso. Pero Dios es grande. El cura, que supo la obra de Juana, la ayudó y la recomendó á sus feligreses, de modo que todos los días había algo que comer en aquel hospicio improvisado. Guando todas habían comido, Juana recogía los sobrados para ella. Las gentes de los alrededores se enternecieron con semejante caridad,y reuniéronse varias familias para comprar y regalar á Juana una casa más grande, en donde cupieran mejor las veinte ancianas; pero ella, que tenía una verdadera fiebre de caridad, á poco había reunido ya treinta pensionistas ; después fueron cincuenta, y no se habían pasado dos años cuando ya contaba con sesenta y cinco bocas que mantener y sesenta y cinco cuerpos que vestir y curar. Juana recorría los alrededores y los lugares más in-
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mundos en busca de seres desgraciados que llevaba á su casa ; los lavaba, los vestía y los cuidaba como si fuesen sus hermanos.
Una vez se encuentra con dos niños hambrientos, casi desnudos y sin familia ; al momento los lleva á la casa y los alberga entre las viejas y viejos.
Llegan á oídos de la Academia Francesa estos actos de virtud, y en 1845 la decretan el premio de ü¿W?¿¿/ y 3.000 francos. ¡Tres mil francos! ¡Qué dicha para Juana, y cuánto bien podría hacer con aquello !
Pero no se crea que Juana trabajaba sola; en breve encontró otros corazones tan caritativos como el suyo que la ayudaron. María Agustina y María Teresa eran dos inteligentes muchachas que se dedicaron á la caridad sin tregua, y ocurrióseles á ellas por primera vez convertir aquella casa de refugio en una especie de convento. Ayudóles en esto el vicario, sacerdote joven y lleno de amor de Dios y del prójimo. El abate Le Pailleur, dice el autor del artículo que analizamos, era el alma de la obra que nacía y en la cual tenía parte; todo cuanto poseía era para los viejos indigentes; casi nunca compraba un vestido y ayunaba mucho más de lo que manda la Iglesia. Una vez que estuvieron en grandes apuros, el excelente abate vendió su reloj de oro, sus ornamentos mejores, el cáliz que le había servido cuando cantó su primera misa; todo lo que más apreciaba fué vendido para comprar camas para los enfermos. « Es preciso que su fervor haya sido muy grande, añade du Camp ; comprendo que haya tenido confianza en Dios, — pues era sacerdote, — pero no dudó de la humanidad tampoco, puesto que cada día, cada
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hora, por decirlo así, pedía para sus pobres, y siempre obtuvo lo que quiso. Ahí esta el milagro : el maná que alimenta á los hambrientos perdidos en el desierto de la vida no les caía del cielo, sino de las manos de los hombres, y lo que permitió que se auxiliase á esos infortunados fué su fe en la humanidad, en la caridad sin fondo y en su conmiseración... El alma del pobre vicario tenía alas, y ellas le llevaron más lejos y sobre todo más arriba de la previsión humana. »
La casa de San Servan llegó á estar tan llena de pobres, que las hermanas no tenían un lugar en donde reclinar la sien, ¡y aun había en la calle desgraciados que pedían auxilio! Pensaron que sería bueno agrandar la casa; ¿pero cómo y con qué? Por todo caudal tenían en caja diez céntimos. Sin embargo, las valientes mujeres se pusieron á traer personalmente las piedras que hallaban por los caminos y á cavar para echar los cimientos. Apenas vieron aquello los albañiles de San Servan, cuando corrieron á ofrecerles sus servicios gratuitamente, y al mismo tiempo enviáronles de todas partes cuantos materiales necesitaron. Pocos meses después estaba concluido el edificio, y cuarenta indigentes fueron albergados en él.
El abate Le Pailleur aconsejó á las hermanas que se dedicasen á socorrer sólo á los ancianos, pues era imposible que albergasen á cuantos desgraciados había en Francia.
Poco á poco las sirvientas abnegadas de los pobres se multiplicaron, y se multiplicaron también las buenas mujeres que pedían la lismosna por caminos y calles, y la obra prosperaba.
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El abate dividió entonces su ejército, y mandó á una de las fundadoras, á María Agustina, á que fundase una casa en Rennes. Pocas semanas después de haber llegado á Rennes, la obra iba en vía de progreso, y las limosnas eran abundantes : hombres, mujeres y niños pobres, todos daban algunos céntimos para una institución tan buena. En el mismo año fundó María Agustina otra casa en Dinán, en donde la municipalidad la protegió generosamente, y en 18i9 el abate fué á Nantes con la madre María Teresa, á quien dio veinte francos (cuatro pesos), y le dijo que esperaba que eso le bastaría, y que al cabo de tres meses volvería á ver cómo andaba la fundación. Efectivamente, al cabo de ese tiempo María Teresa ya tenía un alojamiento en donde cuidaba á cuarenta ancianas, y las limosnas le bastaban para mantenerlas.
De 1842 á 1883, es decir, en cuarenta y un años, las hermanitas de los pobres han fundado en Francia, y fuera de ese país, 217 casas de beneficencia, que albergan á 25.000 desgraciados, servidos por 3.400 religiosas, — pues tienen ya regla y votos. En París no más tienen cuatro establecimientos con 1.200 ancianos, cuidados por unas cien hermanas.
Para desempeñar todos los gastos, las hermanitas de los pobres no tienen más recursos que los de la limosna. Piden á Dios por medio de los hombres el pan de cada día, y Él siempre lo da. Es prohibido tener en caja más de lo preciso para cada día. Diariamente salen de cada casa dos hermanas limosneras, y se las ve pasar aprisa y alegres porque van en busca del pan del día siguiente. Todo lo reciben : dinero, vestidos, alimentos, lo que quieran y puedan
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darles. [En todcas partes las reciben bien, y nunca salen de una casa sin haber recibido algo ; los obreros, los trabajadores, les alargan su modesto óbolo, sin que sea necesario pedirles : « ¡para sus viejos! » les dicen enternecidos. Hay hoteles, tiendas y establecimientos públicos que mandan todo lo que les sobra de las comidas, los mendrugos de pan, etc., á las casas de las hermanitas. Algunos colegios también envían el resto del pan que dejan los estudiantes.
Un coche, prestado gratuitamente por un hombre caritativo, recorre las calles y los mercados recogiendo las limosnas de granos y los alimentos que regalan al establecimiento.
Gomo no tienen recursos para dar á los viejos café puro, cosa que ellos desean más que todo, las hermanitas piden los residuos que quedan en los cafés y restaurantes, y con eso dan á los viejos algo que se parezca á lo que tanto les gusta.
Una vez por año, — el 19 de marzo, día de San José, — el arzobispo de París y algunos canónigos van á una de las casas de las hermanitas, y poniéndose el delantal blanco de las sirvientas, sirven ellos mismos la comida á los ancianos, que se llenan de gozo y orgullo al ver aquella señal de fraternidad cristiana.
Las hermanitas ne se sientan nunca á comer hasta que el último anciano no haya concluido, y á veces no les queda lo suficiente para apaciguar su hambre.
Las camas de los ancianos están, en París, cubiertas en gran parte con colchas de retazos de raso, terciopelo y ricas telas, — andrajos que han recogido en las casas de las costureras y de los ricos. Aquello lo
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cosen las ancianas que aun puedan hacerlo, y los viejos sastres que todavía alcanzan á ver dirigen con orgullo el ramo de vestidos ; otro tanto hacen los antiguos zapateros con los botines rotos que les regalan; los carpinteros arreglan muebles con los viejos que les dan. Los jardines están bajo la dirección de jardineros, y los albañiles tienen orgullo en ayudar á componer la casa. Todos aquellos ancianos, — que no baja ninguno de setenta y cinco años,— hacen su gusto; no los atormentan, no les exigen nada, pero poquísimos son los que no sienten placer en tratar de ayudar á las hermanitas en sus faenas domésticas.
Sin embargo, la mayor parte de aquellos asilados han vuelto á la infancia, y muchos no pueden ni siquiera pedir lo que desean, y tienen que adivinarles; otros han llegado á convertirse en troncos vivientes, sin mirada, sin movimiento, y viven como niños recién nacidos, á quienes hay que cuidar como á éstos. Hanlos reunidos en una sala en donde están á cargo de una hermanita que los cuida, y que no ha logrado impedir, á pesar de sahumar continuamente el dormitorio, que la fetidez se haga sentir á toda hora.
En otra parte se encuentran los locos que no están furiosos ni son peligrosos...
ce Se ven, se tocan, enternecen esas miserias físicas, dice du Gamp, y se adivinan y aterran las morales. Ciertamente, la casa de las hermanitas es un puerto, un puerto de salvación y de refugio. ¿Pero de dónde han venido esos infortunados? ¿Quiénes son los que después del naufragio al fin llegaron allí ? En aquel lugar abordaron existencias cuyas desgracias no han sido inventadas por novelistas.
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» ... Ellos no refieren su pasada vida, y sólo las hermanitas lo han oído, y ellas callan... »
Entre las mujeres hay muchas antiguas actrices, que han sido aplaudidas con entusiasmo; bailarinas y mujeres de la vida airada, que aun hacen dengues y olvidan sus cabellos canos y sus arrugas... Sin embargo, parece que son mucho más trabajosas las mujeres que los hombres; son más nerviosas, se quejan, lloran y son más exigentes, porque se acuerdan sin cesar de lo que fueron y de lo que son. Generalmente los hombres son respetuosos y agradecidos con las que tanto los cuidan.
Los sexos están divididos, salvo cuando reciben marido y mujer, y entonces les permiten hablarse una vez por día, y se reúnen en la capilla, en donde todos y todas las que pueden moverse van á oír misa todos los días; los que no pueden caminar van en sillones de ruedas, y las hermanas llevan aún á los idiotas. Allí se albergan no solamente franceses, sino que todo ser desgraciado, que esté viejo y no pueda trabajar, tiene derecho á ser recibido.
Las hermanitas se levantan á las cuatro de la mañana, todo el año, y trabajan sin cesar hasta las diez de la noche. Aquella vida fatigosa y malsana las gasta pronto, y pocas son las que llegan á viejas.
« La regla, dice du Gamp, tan severa para con las religiosas, es indulgente para con los pensionistas; en realidad, ellos son los amos, y las hermanas sus humildes sirvientas : lávanlos, cocinantes, los cuidan en la enfermería, piden para ellos y son sus sirvientas en toda ocasión. Ellas los alimentan, los visten, los acuestan, los calzan, los curan, les cambian los vestidos, les hacen los remedios durante las enferme-
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dades, los consuelan en la hora de la muerte, los ponen en el ataúd, oran por ellos y los acompañan hasta el sepulcro. En estos refugios, la disciplina no sólo es suave, sino maternal. La mujer nació para ser madre : bien puede hacer votos ; la naturaleza puede más; su voluntad ó las circunstancias doblegarán la ley física del sexo, pero nada se puede contra la ley moral; en la infancia, es madre con su muñeca; vieja y estéril, es la madre de los pequeñuelos; hermana de la caridad, lo es con sus enfermos, con los apestados de San Lázaro, con las arrepentidas del Buen Pastor, con los vagamundos de Yillers-Gotterets; la religiosa es tanto más madre en sus funciones de hospitalaria, cuanto que no lo ha sido en realidad. Esto es lo que no han comprendido aquellos buenos libres pensadores que pretenden obligar á los hospitales de París á que tengan enfermeras laicas. \ Qué palabra y qué acción tan bárbara! — ;Sí, conozco á esas enfermeras laicas, \di^ he visto en actividad, y sé cuántas botellas de ajenjos y de golosinas contienen sus bolsillos!
» En sus casas, con sus enfermos, las hermanitas de los pobres son madres, madres tiernas, cariñosas, atractivas, siempre sonriendo, como debe ser el que quiere contentar y entretener á los niños. ¡Cuántas beatitas jóvenes y frescas he visto yo rodeadas de una bandada de hijos, entre los cuales el más joven contaba setenta y cinco años de edad ! Y no se diga que aquello era fingido : yo las he visto al través de las rendijas de las puertas, sin que supieran que había quien las viera, y he sorprendido en la intimidad aquella vida diaria de familia. Lo que más me ha sorprendido en ellas es la alegría que manifiestan á
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todas horas. Y la sonrisa mora entre sus labios como si fuera una de las leyes de su institución. Llevan la serenidad en el alma ; y la conciencia del deber cumplido les da una traquila satisfacción que se traduce en un resplandor interior que brilla en sus ojos é ilumina sus fisonomías. »
Las Damas del Calvario.
Continuaremos extractando de los artículos de Máximo du Gamp lo que más pueda interesar á nuestros lectores.
La asociación llamada de Las Damas del Calvario, que tanto bien ha hecho en París, no está, como las Hermanitas del Jornalero y las Hermanitas de los Pobres servida por religiosas, ni por mujeres que hayan hecho votos ningunos, sino por señoras del gran mundo parisiense, que no dejan la sociedad, que poseen casa é hijos, que van al teatro, á los bailes, á los paseos, y sin embargo consagran algunas horas de cada día ó de cada semana á cuidar incurables acancerados y limpiar asquerosas llagas. ■* Aquella institución fué fundada por una viuda realmente inconsolable y que también había perdido sus hijos. Se encontró sola y desesperada; no podía resignarse á la pérdida de los seres más queridos. Su marido había sido un pobre negociante que al morir
BTENHECHORAS DE LA. SOCIEDAD 119
no le dejó más renta que 1.200 francos anuales (í 240), y luchando con su dolor para acallarlo, la viuda Garnier (Juana Francisca Ghabot) quiso entregarse á hacer el bien á los desgraciados. Su poca fortuna apenas le alcanzaba para no morir de hambre en la ciudad de Lyón, en donde vivía. Empezó por ofrecer sus servicios á los benefactores parroquiales; pedía limosna para los pobres, hacía vestidos para los niños desnudos, tejía medias de lana para los enfermos del hospital, y llevaba alimentos á los pobres á sus miserables habitaciones, — ¡y éstos son innumerables en la ciudad de Lyón ! — Ella siempre emprendía las misiones más trabajosas, las que más fatigaran, todo aquello que pudiera hacerla olvidar sus penas personales. Un día, la mandaron á visitar auna infeliz mujer que vivía abandonada de todos : se dice que era una lazarina, aunque aquel mal es rarísimo en Francia. Lo cierto es que la encontró en el estado más asqueroso á que puede llegar un ser humano sin morir ; y lo peor es que estaba tan pestilente su alma como su cuerpO;, y éste se hallaba en aquella situación con motivo de sus muchos vicios. La viuda se dedicó á cuidarla. Poníase una gran blusa por encima de su vestido, y todos los días se presentaba en la choza de la desgraciada, y ella misma la levantaba, la lavaba y la curaba. Y era tal la fetidez, que de vez en cuando tenía que salir fuera del aposento á respirar aire puro.
Al principio, aquella infeliz la recibía mal ; pero poco á poco fué ablandándose ese corazón de piedra, y lo manifestó un día besándole la mano.
Esta clase de caridad es esencialmente cristiana; el Oriente no la ha conocido nunca, y en el antiguo
120 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
Testamento vemos que los amigos de Job lo visitaban, pero nunca trataron de aliviarle; le hablaban y disertaban con él, pero ni siquiera se le acercaban. « La viuda Garnier, dice du Camp, no entraba en discusión con la enferma, pero le llevaba vino con azúcar, buenos alimentos; la curaba y la daba consuelos de ternura y esperanza, que llegan al alma y la iluminan sin saber cuando. » Al fin logró llevarla al hospital; pero era tal la pestilencia de la mendiga, que cuando el capellán se le acercó la primera vez, estuvo á punto de huir horrorizado. La señora Garnier, al ver aquello, se sentó sobre la cama de la enferma y la abrazó, con lo cual el capellán volvió en sí...
La leprosa murió en breve, pero murió sin odios, llena de fe, tranquila y consolada por aquel ángel de caridad.
Desde entonces la señora Garnier ideó una institución que se ocupara solamente de los seres más asquerosos y abandonados, fruto de los vicios de la civilización actual. Pensó que era preciso buscar á aquellos desgraciados incurables y lavarles el alma y el cuerpo, dulcificarles en lo posible una vida tan espantosa y dedicarse á ellos. « Sólo las mujeres, añade du Camp, son capaces de aquellos sacrificios prolongados, que no se desalientan con el cansancio, el asco, ni la ingratitud; y entre ellas, las que guardan en el corazón un luto permanente, las que se han entregado á Dios, no para que Él las consuele, sino para que les dé la paz del alma, las que han pedido al amor divino la tranquilidad que no les dio el amor Iprroslre — las viudas, en una palabra — , que se han convencido deque la fe fortifica y á quienes han
BIENHECnORA? DE LA SOCIEDAD íll
enardecido las verdades celestiales, son las que se dedican con más ardor á aquellos actos de caridad. Así pues, las mujeres incurables serán reservadas á los cuidados de las viudas. Aquél fué el pensamiento primordial de la obra, y no se han apartado de ella. »
La viuda Garnier empezó su obra tomando en arrendamiento un cuarto, y allí llevó en primer lugar á una niña desgraciada que había sido quemada y cuyas llagas infectas no tenían remedio. Dos mujeres viudas la acompaiiaron en su obra de caridad y llevaron dos enfermas más. Á poco tomaron una casa y se propusieron buscar neófltas que las acompañasen en sus faenas. La viuda Garnier era incansable : no dejaba de pedir hasta que le daban. Era tan exaltada en su amoral bien, que aveces la creían loca ó visionaria, — y se lo decían. Sin embargo, encontró tanta resistencia, que resolvió hablar al arzobispo de Lyón y preguntarle si su proyecto sería irrealizable.
— No, la contestó ; es bueno, aunque será difícil llevarlo á cabo ; pero Dios la protegerá ; siga sin miedo, yo le ayudaré. — Y añadió : la obra se llamará de Las Damas del Calvario^.
La aprobación del arzobispo de la católica Lyón no fué solamente un estímulo, sino un mandato. Mucha gente que se había manifestado indiferente á la obra empezó á dar limosnas. Con ese motivo las damas buscaron otra casa más grande, y como un cochero no quiso llevar á una de las enfermas, la señora Gar-
1. Hay una congregación llamada de Las Hermanas de Nuestra Señora del Calvario, pero es diferente.
122 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
nier la tomó en los brazos y la llevó personalmente. Esto sucedía el 3 de mayo de 1843.
Dos años después, ya la casa se había convertido en un verdadero hospicio, y se decidió entonces darle reglamentos serios. La asociación se componía : 1.° de señoras viudas que no iban al hospicio, sino á curar á los incurables ; 2.° de las viudas que vivían en el asilo y cuidaban á los enfermos día y noche ; 3." de las que no se ocupaban sino en pedir en las calles y en las casas las limosnas necesarias para todos los gastos; 4.° de asociadas que daban por lo menos una suma de 20 francos por año. Todas, tanto las activas como las contribuyentes, debían ser viudas; es la orden de la viudez : « Esta pobre viuda, decía Jesús á sus discípulos, ha dado más que los otros. »
Uno de los artículos del reglamento dice expresamente : « La damas asociadas no forman una sociedad religiosa propiamente dicha. La asociación no exige de sus miembros ningún voto, ni perpetuo ni temporal. Se puede ser miembro sin renunciar á su familia, á sus bienes y á su libertad. » « En esto se encuentra la originalidad de la obra, dice el autor del artículo que analizamos, y en esto consiste su fuerza. »
Era tal la fe de la viuda Garnier, que sin tener un óbolo en caja compró un castillo viejo llamado de la Sarra, en los alrededores de Fourviére, y logró reunir el dinero necesario no solamente para comprar los edificios viejos, sino también para hacer otros nuevos, y trabajó noche y día hasta fundar un verdadero hospicio con todo lo necesario para sus enfermas.
El hospicio nuevo se componía de grandes dormi-
BIENHECHORAS DE LA SOCIEDAD 123
torios bien ventilados, con jardín, con alamedas de árboles sombríos para las enfermas que podían salir, y con todos los edificios necesarios para el servicio. La instalación se hizo el 2 de julio de 1853, y el 23 de diciembre del mismo año la noble y santa viuda Garnier moría en el asilo que había construido, á los cuarenta y dos años de edad y cuando parecía llena de vida, fuerza y vigor. Lloráronla amargamente no sólo las enfermas, las que tenían en ella más que una madre, sino también cuantos la habían conocido y tratado.
Pero el impulso estaba dado, y la asociación ne se turbó con la muerte de la fundadora. Una obra tan benéfica y necesaria no podía morir. Dios se valió de la viuda Garnier para fundarlo. Veremos ahora á otra viuda continuarla con el mismo empeño y entusiasmo cristiano.
El 8 de diciembre de 1874, la viuda Lechat fundaba en París un pequeño hospicio para los incurables, sucursal del de Lyón. Ayudada por cuatro viudas más, la señora Lechat se estableció en una casita muy pobre, en donde apenas cabían doce camas para las enfermas incurables, sin más recursos que los que esperaban de la caridad pública.
La casa estaba cerca del río, y una noche de 1875 rompióse una muralla que contenía al Sena, que iba crecido, y de repente vióse inundado el hospicio, y si no hubiera sido porque los vecinos pobres corrieron á sacar á las desgraciadas enfermas, éstas hubieran perecido, pues con dificultad les salvaron la vida, aunque no sus cortos haberes.
Pasada la inundación, las damas del Calvario volvieron á su casa; pero cada día se presentaban nuc-
154 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
vas dolientes y no había lugar para ellas, lo cual afligía sobremanera á las enfermeras.
¿Qué hacer? Apelar á la caridad de las señoras ricas de la sociedad. En breve reunió la viuda Lechal lo suficiente para comprar un terreno, y sobróle dinero para empezar á edificar. « Las mujeres, dice du Camp, acometieron con entusiasmo aquella obra : unas pedían y otras daban. Hubo una que vendió todos sus diamantes, que eran bellísimos y abundantes, y dio todo el producto de la venta, con la condición de que no se publicara su nombre. Más de una, de las cuales habla el mundo, cuyos títulos son conocidos y que viven en hermosos palacios históricos, — cuyos abuelos siguieron á Pedro el Ermitaño á las cruzadas, — muchas de éstas han economizado en el lujo de sus vestidos; no han renovado sus fastuosas habitaciones cuando lo necesitaban, para dar disimuladamente billetes de mil francos, pulseras, anillos y aderezos á las damas limosneras. Conozco á una señora joven, bella y elegante, que durante dos Inviernos consecutivos no se presentó en los salones del gran mundo sino con vestidos de lana. Aquello me llamó la atención entonces : ahora ya lo entiendo. »
La señora Lechat no tuvo la dicha, como la viuda Garnier, de ver concluido su hospicio : murió antes de que terminase, el 29 de septiembre de 1879.
El cetro, — que, dice du Camp, <' es un manojo de hilas », — pasó á manos de la viuda Jousset, á la cual tocó instalar la institución en los nuevos edificios.
He aquí la descripción que el autor del artículo del hospicio :
BIENHECHORAS DE LA SOCIEDAD 125
« Se entra por una pequeña puerta, — que nunca está cerrada de día, como si temiesen que los dolores no entrasen suficientemente aprisa, — á un jardín terraza, sostenido por piedras de molino, el cual es aun demasiado nuevo para que se vean en él árboles ; y como aun no se goza allí de sombra, han formado un sombrío artificial, bajo el cual los incurables pueden respirar aire puro, sin que les toque el sol ni el viento. Al otro extremo del jardín se halla el hospicio, — vasto edificio construido sencillamente con grandes ventanas, como las que deben tener las habitaciones de enfermos. La casa está bien orientada... Delante del edificio se halla una casilla de madera que sirve de locutorio y en donde la superiora recibe las visitas. En el interior todo est í limpio, bien distribuido, bien ventilado y lleno de luz. Los corredores son espaciosos, y en ellos se ven los aguamaniles con agua en abundancia y una gran sala de farmacia. En ésta vi un mueble de madera sin barnizar, con cajones, y escrito en cada uno de éstos el nombre de las señoras que visitan el hospital, y en los cuales guardan el delantal que se ponen para asistir á los enfermos.
lY qué nombres ! Los de diez y siete condesas, tres ó cuatro princesas, varias duquesas, vizcondesas y baronesas, pertenecientes á las familias más ilustres de Francia se hallaban allí inscritos. (Du Camp los cita uno á uno.)... « En un salón espacioso vi, dice, veinte camas rodeadas de cortinas de algodón, en donde están las enfermas de más gravedad, y dos cuartos aparte para los niños enfermos de la parroquia. Cerca de los dormitorios está la capilla, y más lejos un salón en que depositan á las infelices que
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han descansado para siempre, antes de llevarlas al cementerio. En aquella casa no es como en los hospitales : allí el cadáver es respetado y rodeado de oraciones hasta que se lo llevan á enterrar.
» En el segundo piso se encuentran los dormitorios de las damas que viven en el hospital, así como la ropería, la confección de los remedios, etc.
)) Los cuartos reservados á las señoras que viven allí tienen todas las comodidades, los perfumes y los utensilios que usan las señoras. Ellas llevan cuanto poseen de más precioso : retratos de sus parientes, muebles y cuanto pueden necesitar.
» Un olor de ácido fénico sube hasta allí de los salones bajos, como para recordarles el lugar en que se hallan. « Las damas del Calvario, las viudas, han comprendido por experiencia que las penas se suavizan y se hacen menos duras cuando tienen por continua compañera la misión de aliviar los sufrimientos, y no pueden menos que reconocer que la mejor manera de no reflexionar demasiado en su propio sufrimiento es pensar siempre en el de los demás.
Las enfermeras pagan cierta cuota mensual por el derecho de servir á los enfermos, « como viajeras de la beneficencia alojadas en la gran fonda de la caridad », dice du Gamp.
En el tercer piso viven las sirvientas, todas jóvenes y robustas ; no reciben paga ninguna en cambio de sus servicios; ellas hacen los vestidos y dobladillan las sábanas, aplanchan y arreglan la ropería.
La cocina está en la parte inferior del edificio, como también el comedor de las señoras residentes y las demás piezas destinadas al servicio doméstico.
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Las enfermedades asquerosas, los cánceres pestíferos, las lepras y las llagas espantosas que aquellas mujeres abnegadas curan, los males horribles que se ven allí, no se pueden explicar; y aunque Máximo du Gamp los describe largamente, nos parece inoficioso seguir su ejemplo, y pasaremos esas páginas sin analizar gran parte de ellos. Sin embargo, transcribiremos un caso : « Sobre una cama baja vi á una niña de unos trece años ; tenía la cara desfigurada por la hinchazón de las mandíbulas, lo que la daba un aspecto de tipo japonés, á lo cual se añadía la viveza de la mirada y los cabellos recogidos al estilo chinesco. Tenía una expresión inteligente, su sonrisa era amable y manifestaba agradecimiento. Permanece siempre acostada de espaldas, porque la ausencia de fosfato de cal en los huesos la ha quitado todo movimiento, y está en un estado gelatinoso. No mueve sino el brazo izquierdo; en el brazo derecho las articulaciones se han desviado á tal punto, que los dedos se le han volteado al revés, y las piernas sin huesos parecen de trapo, y se podrían hacer nudos con ellas. Toda la vida la tiene en la cabeza, y parece como si el resto del cuerpo estuviese muerto. Aquella cabeza piensa, es racional y no se sorprende al verse ligada á un cuerpo sin movimiento y sin vida. La niña no sufre, pero está muriéndose gradualmente. Pronto aquella alma saldrá de ese cuerpo inmóvil. Cerca de ella había una especie de animal sentado en un sillón que parecía mirarla con curiosidad. ¿Qué cosa es eso? Debe ser un ser humano, porque habla. Los pies y las manos son de una sustancia blanda; la lengua, más grande que la cavidad de la boca, cae
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sobre los espesos labios ; la cara está hinchada y los ojos parece que le salen de la cabeza ; pero habla, aunque de una manera incoherente y con gran dificultad. Esta criatura embrionaria, que no se mueve, tiene treinta y seis años ; pero al cabo han logrado aquellas santas hermanas hacerla comprender los fundamentos de la religión, y acaba de hacer su primera comunión. »
No nos atrevemos á seguir á Máximo du Camp en sus descripciones de las espantosas enfermedades que se encuentran allí; basta decir que no reciben sino las incurables, las que los hospitales no pueden aceptar porque inficionarían á los demás enfermos.
Guando el día está claro y tranquilo, las enfermeras toman en sus brazos á estos seres, que casi no tienen nada de humano, y los sacan al jardín para que respiren mejor aire. Los cánceres de toda clase, de todos tamaños, en todas las épocas de su desarrollo, se encuentran allí en el estado más pútrido. « Lo quesufren aquellas infelices, dice el autor del artículo, con aquellos males sin remedio y sin esperanza de alivio, lo dejo á la imaginación del lector. Detrás de las blancas cortinas se oyen quejidos dolorosos; á veces, durante la noche, se oye un grito en medio del silencio; es que aquella fiera interior muerde á la enferma y la despierta. Las damas del Calvario nunca están lejos, y no se necesita llamarlas para que se presenten al lado de la que las llama. Ellas saben administrar el hidroclorato de morfina con la habilidad de un practicante de medicina, y conocen á fondo la manera de administrar las inyecciones. Los médicos nunca tienen gran compasión de aquellas enfermedades incurables, que consideran
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como un error de la naturaleza ; pero en los casos en que los remedios son ineficaces, las palabras afectuosas son un consuelo. Es preciso pensar en el enfermo y no en la enfermedad, y nunca se le pueden prodigar demasiados consuelos, ternura y atenciones. Así lo piensan las damas del Calvario ; ellas tranquilizan á los que sufren tormentos, y los duermen con suaves palabras que fortifican, y que son como las letanías de la compasión ; ellas calman á las que se desesperan con tanto sufrimiento; se arrodillan al lado de sus camas, oran fervorosamente y hacen descender la esperanza hasta los corazones exasperados.
» ¿En dónde se podrá rezar con más devoción que en aquella enfermería en que ya nada se aguarda de la ciencia humana ; en donde cada minuto lleva un nuevo tormento ; en donde, si están despiertos los enfermos, es en agonías ; si duermen el sueño, es una pesadilla, y el alma no tiene otro refugio que en las esperanzas de ultra tumba? Una mujer que tenía hinchadas las rodillas y las piernas comidas por una horrible llaga me decía :
» — ¡ Algo diera yo por poder caminar I
» — ¿Para qué? le pregunté ; ¿para pasearse?
» — No, señor, para ir á la iglesia.
» Sin embargo, si ellas no pueden ir á la iglesia, la iglesia las va á buscar en sus camas. Todas las mañanas á las siete, las paredes del dormitorio se abren de par en par, y aparece la capilla, de donde se exhala un ambiente perfumado que llega hasta las camas de tormento como una caricia celestial. Las señoras que viven allí se arrodillan, y detrás de ellas las sirvientas ; el sacerdote sube al altar, empieza la
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misa, suena la campanilla, y los enfermos desde sus camas alargan los brazos hacia Aquel á quien invocan en la hostia santa. Todos los corazones se conmueven cuando el sacerdote, al terminar la oración dominical, dice Et libera nos a malo, « líbranos de todo mal »... ¡Con qué fervor contestan esos infelices: ¡Así sea! Para ellos el mal está presente, es espantoso, y sería sobrehumano si fuera además maldito. Para los orientales el mal es el diablo, y así lo consideran. »
Según una leyenda oriental, el cáncer es obra del diablo, y podría creerse al ver las horribles consecuencias que deja en el cuerpo humano; pero las damas del Calvario han formado con él un puente para subir al cielo.
« Una mañana del mes de abril, sigue diciendo nuestro articulista, llegué al hospicio un poco antes de la hora de la visita de los médicos. Hacía frío, pero el edificio respiraba alegría y limpieza. Las señoras que allí residen, así como las que van de fuera, estaban reunidas en los corredores : había veintitrés que habían llegado de diferentes parroquias de París á cumplir con su deber matinal. Vestían el delantal blanco sobre el vestido negro de las viudas, llevaban las hilas en la mano y conversaban entre sí. Sobre el pecho lucía la cruz de plata, que os la decoración del Calvario, y en un dedo el anillo nupcial, de donde había huido la esperanza que, al desaparecer, no les dejó sino la fe y la caridad para consolarlas. Si los duques, los príncipes, los marqueses, los condes y los magistrados, los millonarios que dejaron de existir, pudieran ver lo que hacen sus viudas hoy, deberían sentirse felices al ver cuan
BIENHECHORAS DE LA SOCIEDAD 131
honrado está su nombre y en qué buenas manos dejaron el cuidado de las almas de sus hijos. Si aquellas mujeres fueran allí algunas veces por ostentación y capricho, nada querría decir; pero éstas se presentan lodos los días á cumplir un deber con perseverancia incansable, con grande heroísmo.
» Las damas del Calvario entraron al fin en el dormitorio; yo las seguí; cada una se puso de rodillas, y antes de comenzar sus faenas, recitaban una oración cuyas últimas palabras eran éstas : « Permitid, Señor, que nuestros enfermos tengan la suficiente paciencia y resignación para sufrir sus dolores, y á nosotras inspiradnos fe y caridad. » En lo que las toca, creo que su oración es escuchada. Inmediatamente después se acercaba cada una al enfermo que le tocaba... El médico iba de cama en cama prescribiendo el remedio que debía dársele y al mismo tiempo consolándole con palabras engañadoras pero necesarias... Yo escuchaba las explicaciones técnicas del médico, y al mismo tiempo contemplaba con admiración las curaciones que hacían aquellas señoras con sus delicados dedos y con sus blancas y suaves manos... »
Y no solamente limpiaban y curaban las llagas, sino que, usando de amables palabras, lavaban y peinaban á aquellas desgraciadas, cuya fetidez casi no podían soportar los médicos enseñados á esas faenas.
« Casi todas, añade du Gamp, son mujeres delicadas, nerviosas y criadas en la opulencia. ¿Podrían llevar á cabo este heroísmo si no tuvieran fe?¡ No, jamás! »
Guando han curado todas las enfermas en cama,
132 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
las enfermeras van á un salón en donde se presentan las pobres de la calle, pero que aun pueden moverse. Á éstas también curan, peinan, lavan, limpian y mudan, y aun les dan algún dinero para que compren con qué mantenerse.
La gente pobre es muy amiga de las más altas señoras de la aristocracia, y siente orgullo en ser asistida por ellas. Á veces dice una enferma con cierta satisfacción, que no procura ocultar :
— La duquesa X... vino hoy en su cochecito inglés, y fué la que me curó. ¡Es tan encantadora!
Todos los días á las nueve de la mañana y á las cinco de la tarde curan á las enfermas, y las mismas señoras son las que recogen los trapos y vendas sucias, y los cuentan y arreglan para enviarlos á la lavandera. Todas ellas conservan su personalidad; no abdican ni su nombre, ni su título, ni su posición social ; y á las mismas que estuvieron en la Ópera en la noche anterior, ó en algún baile ó banquete, se las encontrará al día siguiente al lado del enfermo acancerado, cuidándole y vendándole. Las parisienses no pueden ocultar su gracia natural ni al lado de los agonizantes, y su modo de arrodillarse, de rezar, ae dirigirles la palabra á los enfermos, las haría reconocer en todas partes.
« Mientras más estudio, concluye diciendo el articulista, y levanto los velos que oculta la caridad privada y penetro en los arcanos del sufrimiento, de la compasión y de la fe, más comprendo que las declamaciones de los envidiosos y los gritos furiosos de la multitud no son ya de nuestra época, y que la parábola del mal rico no se aplica al rico francés. »
BIENHECHORAS DE LA SOCIEDAD i33
Hospitalidad para el trabajo.
« Hoy, dice Máximo du Gamp, me toca hablar de las obras de caridad transitorias, que socorren un mal pasajero, lo calman, lo reconfortan y lo ponen en vía de curación. Estas obras son como esas chozas que se construyen en los Alpes para que sirvan de refugio cuando los caminos están repletos de nieve ; el viajero encuentra allí abrigo contra la tempestad; duerme tranquilo y cobra vigor para continuar su camino que pudo haberle llevado hasta precipitarle en el abismo. París está lleno de viajeros que vagan perdidos en la tempestad, y se adelantan á tientas golpeándose contra los obstáculos y buscando una vía que no encuentran. Guando caen muertos de hambre y de cansancio, cuando se cierran las más miserables posadas, cuando les falta un mendrugo de pan, cuando tienen que entregarse á la existencia del vago, ¿qué les queda? La miseria, la miseria que nadie puede comprender si no la ha estudiado, — la miseria que los obliga á dormir al pie de las fortificaciones, entre los árboles del bosque de Bolonia y comer lo que encuentran entre las basuras que arrojan á las calles... »
Du Camp refiere la situación á que llegan aquellos desgraciados, hombres y mujeres, que viven en el
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invierno á la pampa, y duermen á hurtadillas bajo los aleros de las casas, á despecho de la policía. Hay en París todos los días de 50.000 á 60.000 individuos que no tienen un techo que los abrigue por la noche, y que no saben por la mañana en dónde dormirán cuando llegue la hora de descansar. París, como toda capital, pero más que todas las del mundo, es el sueño dorado de todo trabajador de Francia ; de las provincias van á esa capital á buscar trabajo superior al que encuentran en las ciudades subalternas, pero con rarísimas excepciones, en lugar de hallar El Dorado que ambicionan, caen en la mayor miseria y se vuelven criminales ó pordioseros. Si esto sucede á los hombres, ¿qué será de las pobres mujeres? Éstas van á París de todos los rincones de Francia, llenas de esperanzas ficticias y acaban por caer en el vicio, y éste las conduce á la miseria más triste y vergonzosa. Pocas trabajadoras hábiles logran ganar tres francos (6 reales) por día : las más ganan dos francos, y muchísimas menos. ¿Cómo pueden vivir así? Es un misterio... Se entregan, como último recurso, á los vicios y á oficios pecaminosos; al fin envejecen, y si no son recibidas en las casas de las Bermanitas de los Pobres ó en otras instituciones caritativas, pues no todas caben allí, ¿qué será de ellas? Nadie lo sabe.
Estos peligros, estas miserias, estas desgracias las vemos en todas las capitales del mundo, en Europa como en América, y aún no se ha podido encontrar remedio alguno. Veamos qué han hecho en París esas almas caritativas que se entregan al estudio de las miserias humanas :
« Sobre ese terreno, en donde jamás faltan comba-
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tientes, dice el autor que analizamos, la caridad sostenida por la fe ha combatido heroicamente, tanto más admirablemente, cuanto que lo ha hecho en secreto y sin que nadie lo sepa. Para salvar á un hombre que se ahoga, basta á veces tirarle una cuerda; para salvar á una mujer que se pierde, que va á desaparecer en el lodazal de la miseria y la desmoralización, no se necesita frecuentemente sino tenderle la mano, ponerla á cubierto, darle tiempo para respirar y afirmar su valor debilitado por una larga lucha. De esta sencilla idea nació la Hospitalidad para el trabajo, que es un refugio temporal, en donde renacen las fuerzas y se aclara el porvenir. Habíase empezado á establecer uno de aquellos dormitorios hospitalarios que en Inglaterra llaman ivork hoiises, que san Juan de Dios fundó primero en Granada hacia 1545, y que llamaron Hospitalidad nocturna. Todas las noches les abrían la puerta á las desgraciadas que iban á pedir asilo ; las daban una cama ; y al día siguiente temprano las dejaban salir. Estas infelices habían dormido una noche tranquilas, pero eso era todo. Gomo era posible que las mismas volvieran de nuevo todas las noches, y ése no era el objeto de la caridad, según los reglamentos, no eran admitidas allí sino cada cierto número de días... Sin embargo, era duro rehusar albergue á muchas que parecían muertas de debilidad y miseria, y entonces algunas señoras resolvieron fundar un asilo en donde pudieran ampararlas durante tres meses consecutivos, mientras que encontrasen colocación, y además, á las que ignoraban todo oficio las enseñaban uno, y se encargaban de buscarlas colocación honrada. Reuniéronse, pues, algunas señoras de la alta sociedad, y cada cual dio
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lo que tenía para la obra ; tomaron en arrendamient una casa en la Grande Rué d'Auíeuil, número 39, y entregaron la dirección de ella á las Religiosas de Nuestra Señora del Calvario, que es otra asociación distinta de la de las Damas del Calvario, que ya conocen nuestros lectores. La comunidad de Nuestra Señora del Calvario fué fundada en la pequeña ciudad de Gramat en 1833, por el abate Bonhomme, el cual también había organizado un colegio y fundado una congregación de sacerdotes. Esta comunidad de mujeres es una escuela en donde se enseña, y al mismo tiempo se hospeda á los pobres y se recoge á los convalecientes que salen de los hospitales, se forman trabajadoras y se instruye á los sordomudos. En todas partes donde se sufre, allí está la congregación de Nuestra Señora del Calvario. En la calle de Auteuil estas buenas religiosas han fundado una casa que es enfermería, escuela, hospicio y casa de trabajo. No han tenido con qué comprar terreno todavía, ni casa, y tienen que pagar arrendamiento. Aunque aquella casa es triste y pobre, la limpieza es su mayor lujo... Allí van á pedir la Hospitalidad mujeres de todas las nacionalidades del mundo y de todas las religiones posibles; la Hospitalidad recoge á cuantas puede : le basta que sean desgraciadas y que necesiten de su protección. Llegan aquellas miserables cubiertas de parásitos asquerosos, pestilentes... Hay un cuarto en que las hacen desnudar y las meten en un baño... Algunas se resisten, pero tienen que ceder, y en cambio les dan ropa limpia y una cama abrigada; además, ofrecen también una cuna á las infelices que llevan niños pequeños. » Y aun no satisfecha la institución con dar abrigo,
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pan y vestido á las pobres que reciben durante tres meses, no las dejan salir sin buscarlas primero una colocación honrada, después de haberlas enseñado un oficio, si no lo tenían antes.
Durante los años de 1881, 1882 y 1883 recibieron en ese hospicio á 7.534 mujeres, de las cuales 3.653 fueron colocadas en diferentes casas y tiendas, después de haberlas dado alimentos corporales y espirituales que las deben fortificar en la senda del bien. Allí van á parar las que salen de los hospitales convalecientes y acaban de reponerse entre las religiosas del Calvario.
Á la Hospitalidad llevan también á las que encuentra la policía vagando por las calles de París sin asilo y sin oficio. Guando una infeliz mujer que ha andado todo el día por la ciudad en busca de un empleo, se deja caer al llegar la noche sobre un banco de algún paseo público ó sobre el quicio de una puerta, la policía se acerca, la interroga, y como no la pueden llevar al retén porque no ha cometido delito alguno, la mandan al maternal asilo de Auteuil, en donde permanece en seguridad hasta que la superiora la ha encontrado una colocación honorable.
¡ Qué refugio de moralidad es ése ! ¡ Qué hospitalidad tan bien empleada es aquella! Si pudiéramos plantear en todas partes asilos de éstos, con seguridad se vería en breve la diferencia en pro de la civilización y la moralidad pública. ¿Por ventura no habrá entre los que nos lean algunas almas caritativas que hagan suya esta tarea? Sud- América está muy atrasada, muy pobre, es muy desgra ciada; pero si empezáramos á trabajar en la morali-
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zación de las clases bajas, en dar empleo á los vagos, asilo á los desamparados que transitan por nuestras calles y duermen abandonados en los quicios, en los portones, debajo de los árboles de las alamedas y sirven de foco de inmoralidad permanente, no hay duda que adelantaríamos más por las sendas del progreso, que con esos supuestos ornatos de las ciudades que á nada conducen, que no concluyen nunca y no pueden servir sino de irrisión, — ¡como si viésemos un vestido recamado de oro sobre el cuerpo ulcerada de un mendigo I
Pero debemos empezar por no pedir nada á los gobiernos que nada tienen ; deberíamos tratar de fundar sociedades en las cuales cada miembro se comprometiese solemnemente á dar mensualmente una corta suma para ese objeto, y cuando hubiera el suficiente dinero, se podría enviar á Francia á traer algunas hermanas de María y José, ó religiosas de Nuestra Señora del Calvario, las cuales fundarían fácilmente casas de asilo para los que vagan sin amparo por las calles. Todo lo que hagamos aquí por nuestras propias fuerzas, de seguro encallará; pero si lográsemos traer algunas de esas francesas, enseñadas ya á esas faenas caritativas, que llevan en sí la experiencia de los siglos y la costumbre de hacer el bien con ORDEN, con coNSTANCL\ y con ENERGÍA, — quc es lo que nos falta, — de seguro haríamos un gran bien . Con el mayor gusto pondríamos nuestra humilde pluma á la disposición de las asociaciones que se fundasen con ese objeto, y nos comprometeríamos á tomar una parte en ellas en cuanto nos alcanzaran las fuerzas y el tiempo. La misión de la mujer en nuestro siglo, repetiremos otra vez, no es la de
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cruzarse de brazos y aguardar á que los hombres lo hagan todo. Tenemos una tarea que llevar á cabo, y toda mujer debe trabajar para hacer el bien á sus semejantes en la esfera que Dios la ha puesto. Ya no es permitido que una mujer se fastidie, porque quien trabaja no se fastidiará jamás, y todas, más ó menos, debemos ejercitar nuestras facultades mentales y físicas para cumplir con nuestra misión sobre la tierra.
Tiempo ha que algunas señoras bien intencionadas trataron de establecer en Bogotá una casa de asilo, pero no pudo llevarse á cabo : primero, porque aquellas señoras carecían de experiencia en el asunto, á pesar de su buena voluntad; y segundo, porque quisieron pedir auxilio al gobierno, y el gobierno ofreció y no pudo cumplir. Así pues, la idea no es nuestra : pertenece á las señoras que la iniciaron, pero que no les fué posible llevarla á cabo. Ahora se debe hacer un esfuerzo nuevo : recoger algún dinero mensualmente, y aguardar á poseer el suficiente para mandar á traer á las hermanas que hemos dicho, y, una vez que ellas estuviesen en América, no dudamos que la obra de caridad se podría llevar á cabo con la ayuda de Dios.
En el asilo parisiense, las pobres mujeres aprenden un oficio, como dijimos antes, y cuando tienen algunos, conocimientos prácticos, la superiora, que las conoce ya, puede colocarlas en la casa ó en el empleo para el cual son adecuadas. Entre éstas se encuentran algunas á quienes una educación poco práctica las impide encontrar el empleo que ambicionaban, y muchas, después de haber estudiado ciencias, tienen que aprender algún oficio manual para ganar honradamente la subsistencia. Se piensa que con
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saber cosmografía, historia, astronomía y retórica, la infeliz niña encuentra trabajo remunerativo; y como no las enseñan el arte práctico de la existencia, morirían de hambre si en aquel asilo maternal no las enseñasen el arte de ganar el pan de cada día, trabajando manualmente. «Me han asegurado, dice du Camp, y yo lo repito, que hay tres mil peticiones de institutrices graduadas que piden en vano empleo en el solo departamento del Sena. » ¿Qué será de nosotras, pregunté á un moralista, cuando salgan de los liceos las niñas que hoy se educan allí? Y él me contestó : « Eso mejorará la parte intelectual de las mujeres perdidas. »
Las pensionistas de la Hospitalidad del trabajo, que colocan en varios empleos las señoras que protegen el asilo, son de dos categorías : unas han sido salvadas de la miseria y han seguido por el camino del bien sólo con aprender un oficio lucrativo ; otras, cuya vida manchada las ha pervertido, permanecen en el asilo algún tiempo, y la mayor parte salen de él corregidas con la paz que se respira allí, la dulzura de sus maestras, la diciplina y el buen ejemplo que las dan.
Á pesar de que aquella obra no cuenta con nada seguro y vive de limosnas y del trabajo de las pensionistas, las hermanas tienen cuidado de que los alimentos sean buenos, sanos y fortificantes, mejores dice du Camp, que los que se encuentran en la mayor parte de las mesas de los artesanos parisienses. Las dan cuatro comidas. El almuerzo consiste en un plato de sopa y pan ; la comida se compone de sopa, un plato de carne y otro de legumbres ; por la tarde, un pedazo de pan, y sopa y legumbres en la cena;
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^n las comidas, les sirven cerveza confeccionada en la casa misma, y sólo en las grandes fiestas religiosas las dan alguna fruta. La manutención y albergue de cada asilada cuesta poco más de un franco por día, y no produce sino como 45 céntimos de franco ; es preciso, pues, apelar á la caridad privada para pagar los gastos, y así lo hacen. Sin embargo, la superiora de la obra tiene esperanzas de fundar un establecimiento para lavar y aplanchar ropa, y cree que con las utilidades de ello podrá subvenir á todos sus gastos, sin tener que apelar á la caridad pública. Aquel oficio, asegura, sería muy útil y sumamente fácil de aprender.
« El trabajo no cesa en aquella casa, dice el autor que analizamos : allí la labor se hace más fatigosa por ser tan pequeño el local. Se sorprende uno al ver cómo viven 115 mujeres en tan exiguo local, y más sorprende aún que sólo nueve religiosas bastan para todo el servicio, á cada momento interrumpido. Desde la mañana hasta la noche es preciso estar alerta para abrir á las desgraciadas que llegan ; atender á los amos que van allí en busca de una obrera ó de una criada; despachar á las que se van; dar consuelo á las que se afligen ; decir buenas palabras á las que se desesperan y hacer el bien á todas. La vida más santa y caritativa es la que consagra todos los momentos de la existencia al bien sin cansarse ni desfallecer jamás. Bastaría pasar un día en la sala de recibo de aquella casa para informarse acerca de las innumerables miserias que sufren las mujeres, y se comprendería mejor la bondad de la caridad que si leyésemos todas las obras de moral del mundo entero. Allí se las ve en esas luchas y combates secre-
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tos en donde el alma se manifiesta á las claras. Sea como fuere la miseria, aunque se presente con ceño feroz é implacable, la caridad no desmaya nunca: ella entonces se reviste de todo ropaje, y á todas las crueldades de la suerte opone todas las dulzuras de la maternidad que no se agota y parece fecundizarse á medida que penetra en el fondo de las esterilidades del infortunio. De todas las voluptuosidades, la más exquisita es el sacrificio de sí mismo.
» Una institución como la Hospitalidad para el trabajo ¿podría acaso fundarse por medios laicos? No lo creo. Ninguna mujer asalariada, sea el que fuere su salario, hará jamás lo que lleva á cabo la religiosa á quien no se paga, que come cuando todo el mundo ha comido, que no se acuesta sino cuando todos están en la cama, y se levanta la primera de todas. Para andar en pos de semejantes faenas, amarlas y entregarse en cuerpo y alma á ellas, y no buscar más recompensa que la que ellas le proporcionan, es preciso tener la vocación de la abnegación y creer que se obedece á la inspiración de una orden superior. La regularidad, la economía, el espíritu de orden en la dirección de la obra, son cualidades indispensables para llevar á buen puerto estas funciones; pero ¿qué objeto tendrían las cualidades adminislralivas más desarrolladas si no estuvieran dominadas y, por decirlo así, arropadas por esa ternura que se afana por el mal sólo porque tiene esperanza de curarlo, y sólo penetra en el alma con la voluritad do salvarla? En esto está cabalmente esa fe que permite cumplir con tareas que parecen sobrenaturales, porque son tan grandes á los ojos del vulgo. Si á esa fe, que de nada duda porque no
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puede dudar de sí misma, se le sustituye la autoridad de los empleados civiles, no habrá poder humano que éstos puedan nunca reemplazar con cosa alguna las creencias que se afirman y se asocian á todos los dolores y desgracias humanas. Para aquellos que han puesto su esperanza de recompensa en el cielo, no hay jamás sacrificio demasiado duro. Más allá de la vida ellos ven un punto luminoso hacia el cual se dirigen sin mirar para atrás. Mientras más penosa es la acción que cumplen, más absoluta es la abnegación y más cerca ven el foco luminoso hacia el cual vuelan. La certeza de llegar á gozar de esa luz inmortal los hace cumplir con una misión de la cual se aprovecha el pueblo infeliz y adolorido. Por eso es un crimen horrible el tratar de apagar esa luz. Conocí una vez á un hombre honrado que había sufrido mucho porque puso su fe en la virtud desinteresada de las turbas. Al envejecer buscó para consolarse las ideas abstractas. « Usted se levanta muy alto, le dije un día. — Sí, me contestó sonriendo, ¡ pero subo hacia el vacío ! »
» No he olvidado esa palabra. Pero sí, puedo asegurar que no es hacia el vacío que se elevan las mujeres que protegen y dirigen la Hospitalidad para el trabajo, »
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El hospicio de jóvenes tísicas.
El antiguo código de la caballería, dice du Gamp, tenía un mandamiento que decía asi : « Respetarás á todos los débiles y te constituirás en su defensor. » Una vez que hubo desaparecido la orden de la caballería, ese mandamiento fué aceptado por almas religiosas que, sin saberlo, son la viva divisa de aquel mandamiento. Ya hemos visto las obras de las Hermanitas de los pobres y las de las Damas del Calvario, las cuales « respetan al débil y le protegen, como hacía el caballero que deseaba ser fiel á su orden ». «Y no sólo lo respetan, añade el escritor, sino que lo buscan y se arrojan en medio de las desesperanzas humanas para buscar alguna desgracia mayor que todas. Detrás de la humildad de una existencia voluntariamente anulada, hay una constancia en la abnegación que llena de admiración á los más incrédulos; bajo el escapulario de algunos hombres y la pañoleta de algunas mujeres, hay corazones que han pasado por todos los sacrificios humanos. En aquellas casas, á las cuales he penetrado de de día y de noche, sin que me esperasen, siempre he visto el mismo espectáculo : gentes que procuran hacer olvidar el sufrimiento ajeno con dulces palabras y buenas acciones. Entre el dolor y la caridad hay allí una lucha incesante; el dolor se multiplica,
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?e presenta bajo diversas formas, pero la caridad lo ; c?cha, lo persigue, lo alcanza y lo debilita, aunque :ío tenga esperanza de vencerle enteramente.
« Á medida que se han desarrollado los grandes centros de población, la indigencia y las enferme- ¿lades han encontrado mayor número de víctimas. En las ciudades demasiado pobladas, esa plaga es permanente, y sólo tiene un enemigo : la permanente caridad. En el centro de inmensas ciudades como París, la caridad no puede ser general, porque perdería su tiempo y no alcanzaría á aliviar á los desgraciados. Ha tenido, pues, que limitarse á dividir su acción para no faltar á la misión que se ha impuesto. Así como hay médicos que sólo se ocupan de ciertas enfermedades, así las instituciones de caridad no abren los brazos sino á ciertas miserias. Ya hemos visto que las hermanitas de los Pobres no recogen sino ancianos indigentes, las damas del Calvario no cuidan sino cancerosos, etc. etc. Tal parece como si la fe enviase uno de sus apóstoles al lado de cada debilidad de la materia y del espíritu para curar sus llagas y limpiar el alma. »
El fundador de la obra que nos ocupa hoy es un sacerdote de noble raza, llamado Luis Juan María de Soubiranne. Era Vicario de San Miguel de Castelnaudary (en el mediodía de Francia) en 1820. Desde que empezó á ejercer su ministerio procuró hacer todo el bien posible en su parroquia y fundar asociaciones benéficas, que al principio no tuvieron eíecíp.
Al fin resolvió tratar de establecer una institución para proteger á las sirvientas sin asilo, que van á las ciudades en busca de servicio, y allí muchas veces se pierden y desmoralizan porque no encuentran un
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a'ojamienlo honrado en que albergarse mientras buscan una casa.
i:n 1854 logró que dos sobrinas suyas organizasen una comunidad llamada de María del Socorro (Marie Áuxiliatrice).
F.^a buena obra, nacida en Gastelnaudary, no pudo prosperar en un lugar tan poco poblado, y así fué oue emigró á Tolosa, gran ciudad de 120.000 habitantes. Pero aun allí encontraron que no podían r.acer el bien como lo deseaban. Ya en 1870 había jüuerto el abate Soubiranne, pero su idea se había encarnado en sus discípulas. « La mujer, observa el autor, es más audaz que el hombre; su corazón la arroja, y á veces la precipita en medio de peligros que no había medido ni previsto. » Así fué que la «omunidad de María del Socorro soñó con ir á París ; pero ir á París en medio de la guerra con Prusia era imposible. Fué preciso aguardar, pero aun antes de que se acabasen de calmar las pasiones despertadas por la Comuna, las hermanitas de María del Socorro i legaron á París, en donde pensaban que serían más i'i tiles, por lo mismo que aquella ciudad había suifido tanto.
« Las comunidades contemplativas, dice du Gamp, pueden vivir en el campo; en el desierto están aún «aejor; pero las activas no tienen razón de ser si no van á buscar la riqueza, el vicio, la caridad y la enfermedad que les proporcionan un gran campo de miserias y de limosnas. »
En París las hermanas encontraron que, aunque su idea primordial era buena, no era completa. ResolTicroü, pues, recibir niñas externas é internas para enseñarles las nociones rudimentales de la educa-
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ción moral é intelectual; mujeres pobres, viudas la mayor parte, á quienes proporcionaron un asilo honrado y barato en donde pudiesen albergarse y vivir tranquilas. Éstas pagan una corta pensión en cambio de un cuarto abrigado y una alimentación sencilla, pero sana y suficiente. Al lado de ést^í hay una sección en donde se hallan las institutrices que buscan un empleo y pueden vivir tranquilas mientras lo encuentran; y por último, hay otra sección destinada á las sirvientas, costureras y mujeres trabajadoras que no tienen casa ó que han tenido que dejar su oficio porque están enfermas. Las hermanas del Socorro las albergan, las cuidan y las proporcionan los medicamentos que necesiten. Tienen derecho á permanecer en aquel asilo pagando una cuota insignificante durante tres meses, con la condición de recogerse á las siete de la noche.
Habían notado las hermanas que muchas jóvenes, — costureras por lo general, — sufrían de enfermedades del pecho, y pensaban que obra tan buena sería tener una casa en el campo en que las enfermas pudiesen respirar aire libre y puro.
Deseosa la madre superiora de arrancar del vicio á una joven costurera sin familia y enferma, resolvió admitirla definitivamente en el asilo, y éste fué el primer paso dado hacia el Hospicio de jóvenes tísicas, que se fundó después.
La comunidad se sostiene con limosnas, naturalmente, y cada día algunas hermanas salen á buscarlas por la ciudad. El vestido de las novicias es blanco ; el de las profesas es negro, con pañoleta y cofia blancas y velo negro.
De la cintura les cuelga un rosario, el cual, dice
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ílu Gamp, al golpearles las rodillas les dice : « Pensad en Dios. »
Dos hermanas « limosneras » entraron un día á una tienda en donde vendían géneros de lana, con el objeto de pedir unos pedazos de franela para abrigar á algunas enfermas del pecho que tenían en la enfermería.
— ¡ Cómo ! exclamó la tendera, ¡ ustedes cuidan á las tísicas! ¡ Ah! repuso llorando, ¡yo tengo una niña que se me muere de ese mal ; si me la quisieran recibir en su casa, al menos tendría aire que respirar!
Las hermanas encontraron en un miserable cuarto, en donde no podía casi respirar, á una pobre nina de diez y siete años en el último estado de tisis.
Avisáronle á la superiora, la cual inmediatamente la llevó al asilo, y aunque era contrario á los reglamentos, la instaló en una pieza grande, clara y alegre.
¡ Cuántas infelices mueren en París de tisis desarrollada por los malos aires y por falta de precauciones higiénicas ! En los hospitales no las reciben, porque es una enfermedad muy larga y no tienen campo sino para los males agudos y de corta duración.
Las hermanas de María del Socorro resolvieron entonces trabajar para conseguir una casa fuera de París, en donde pudieran mandar á morir tranquilas á las tísicas que habían recogido.
Acogieron esta benéfica idea varias señoras caritativas de París, y pocos meses después pudieron arrendar unas casuchas poco cómodas en Livry, en las goteras de la ciudad. Allí llevaron á las enfermas y las instalaron en las mejores piezas, y la superiora
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de aquella sucursal de la casa madre dormía en un cuartito tan desabrigado, que cuando llovía á media noche tenía que abrir un paraguas. Pero las pocas enfermas que cabían estaban bien y tenían un jardín adonde bajaban cuando lucía el sol.
Aquellos actos de abnegación llamaron la atención de algunos ricos de París ; éstos se reunieron y entre todos formaron una sociedad de beneficencia y recogieron una cantidad con la cual compraron una buena propiedad á 18 kilómetros de París, con su casa de habitación, llamada Yillepinte, y se la alquilaron á las hermanas de María del Socorro por una suma nominal. Yillepinte había pertenecido á una abadía de la edad media y después á varios señores nobles, los cuales habían fabricado una casa de campo con sus edificios para negocios de campo y un hermoso parque.
El nuevo hospicio se instaló allí el 19 de marzo de 1881, pero depende del de París.
Guando du Camp visitó esa casa de beneficencia encontró á treinta jóvenes enfermas, pero que aun parecían gozar de una salud suficiente, trabajando alegremente y paseando por el parque, todas llenas de ilusorias esperanzas de curación. Allí no van sino las que han sido desahuciadas por los médicos, pero sin embargo algunas se han curado.
La vida que llevan es muy descansada. Deben presentarse alas ocho en el refectorio; en seguida, las que tienen fuerzas se ocupan en arreglar los dormitorios, etc., y después salen á pasear al parque; si pueden, cosen de las dos á las tres; comen, y luego, de las cuatro á las cinco, vuelven á coser; á las seis refrescan y á las ocho se acuestan. La comida es
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buena y nutritiva, y a cada enferma le dan lo que más puede convenirle. Los dormitorios están divididos según el grado más ó menos adelantado de la €nfermedad, y son todos grandes, ventilados, pero sin corrientes de aire y en el invierno bien calentados. Todas estas comodidades provienen de las lir mosnas y caridad de las mujeres del gran mundo de París, cuyos nombres se encuentran siempre en toda buena obra, y sin que nadie lo adivine dan á los pobres no sólo su dinero, sino su tiempo y sus cuidados. Ya hablamos de ellas en el artículo que corresponde á las Damas del Calvario.
Á más de esos dormitorios, hay otros en que se ven menos camas; éstos son los de las enfermas graves, y por último uno en que hay dos camas : las de las moribundas. Cada vez que muere una allí, cambian el papel del cuarto para cortar el contagio.
<* Guando entré en aquella pieza, dice du Gamp, vi que una hermana estaba sentada haciendo medias y vigilando á dos niñas de diez y seis años que casi no estaban en este mundo. La enfermedad las había enflaquecido hasta ponerlas trasparentes, pero tenían el espíritu sereno, el cual se afina á la hora postrera y comprende ya misterios que la materia le impedía entender. En ese estado parece como si el alma se cerniera sobre el cuerpo aniquilado ; todavía no ha partido, pero ya no es de este mundo. Una de estas moribundas tiene la cara envuelta en trapos; un tumor horrible le cubre el ojo derecho. Sobre una mesa cerca de su cama veo toda clase de golosinas, ui a taza de caldo frío y una copa de vino de Málaga; la infeliz no puede ya probar nada; tiene la cabeza sobre la almohada, está sin movimiento y parece
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tranquila y contenta; le hablo, pero casi no puede contestarme. La otra es encantadora; está acostada largo á largo sobre la espalda, inmóvil, y tiene los ojos fijos, mirando el mundo invisible sin duda. Chateaubriand dijo: « ¿Porqué no se ha de tener en la tumba la gran visión de la eternidad? » Sus cabellos rubios le formaban una especie de auréola en contorno de la cabeza, y la palidez de su frente parecía de cera; tiene los ojos inmensos rodeados de ojeras; el pulso es acelerado, como si quisiese acabar ligero, así como la respiración pronta también. Tenía las manos sobre la colcha y las movía como con una convulsión.
» — ¿Cuántos años tiene usted? le pregunté.
)) — En el mes de mayo cumpliré diez y ocho, me contestó en voz baja.
» — Ése es el mes de las rosas, le contesté; le traeré un ramo.
» — Me gustará mucho, dijo con cierta semisonrisa.
» Me alejé prontamente ; la vista de los que van á morir me recordaba demasiado á los seres queridos que partieron así.
» Salí por un pasadizo, y sin pensarlo abrí una puerta que me quedaba al frente. ¡Me quedé de una pieza! En un cuarto angosto, iluminado por una gran ventana que parecía abrirse sobre el infinito, vi á una niña acostada sobre un lecho enteramente blanco. Detrás de ella había tres luces, que eran como una confesión de fe. Una hermana y una madre estaban arrodilladas rezando frente al cadáver vestido de blanco y con un cinturón azul que le bajaba hasta los pies. En las manos blancas, blanquísimas, tenía
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un rosario como si rezara una oración suprema, y un velo de muselina la envolvía completamente. Los párpados cerrados y la palidez que hacía contraste con los cabellos negros y la sonrisa sobre los labios la daban una expresión de paz que me llamó la atención. Recordé una frase de san Pablo : « No estéis tristes como los paganos que no tienen esperanza. »...
» Las hermanas de María del Socorro son muy dulces y maternales con sus enfermas, y se muestran ingeniosas para llevar á cabo el tratamiento que los médicos prescriben á cada enferma... » Frecuentemente, para ocultarlas su estado de debilidad, no las permiten hacer su cama y barrer el dormitorio, lo que todas tienen gusto en hacer como un pasatiempo, y las distraen con otras ocupaciones más fáciles. En cuanto á los alimentos, no podrían estar mejor servidas en parte alguna; cuando les falta enteramente el apetito en el último período, piden toda clase de golosinas que las hermanas procuran darlas.
En muchos casos las buenas enfermeras han logrado curar á las que sólo están en el primer período de la tisis. De 229 enfermas que recibieron en todo el año de 1883, curaron radicalmente á 74 y mejoraron notablemente á 59 ; lo cual prueba que cuando se logra combatir los primeros síntomas de la tisis con una buena alimentación, aire puro y una vida arreglada y sana, no es difícil llegar á curarla.
Fuera del hospicio en que cuidan á las enfermas indigentes, ó que pagan una pensión casi nominal, las hermanas reciben como pensionistas algunas señoras de salud enfermiza que no tienen hogar y desean que las cuiden manos caritativas y no mercenarias. El parque con sus sombreadas alamedas les
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llama la atención, pero más que todo el amor evangélico de las religiosas.
La leche es uno de los alimentos más necesarios para las enfermas ; así es que las hermanas tienen un pequeño cercado y un pesebre para cuidar algunas vacas y cabras que forman además la distracción de las enfermas.
« La primera vez que visité el hospicio de Yillepinte, dice du Gamp, lo hice con el consentimiento de la superiora, y, como avisé el día y la hora en que debería ir, me aguardaban naturalmente. Así fué que aunque la casa me pareció una enfermería modelo, en donde los enfermos y los agonizantes eran tratados con el mayor cariño, y aun las muertas recibían pruebas de respeto; sin embargo, mi visita había sido anunciada, y todo lo encontraba en el mayor orden; las enfermas estaban alegres, los alimentos eran suculentos y hasta la muertecita la veía bien ataviada.
» Todo aquello me enterneció, pero me propuse presentarme otro día de repente... Así lo hice, y algunas semanas después me encontraba á la puerta de Villepinte. La superiora del asilo me recibió con sorpresa y al momento volví á pasearlo. Lo encontré en el mismo estado de orden en que lo vi la primera vez. No me fué posible encontrar la menor diferencia en cosa alguna.
» — ¿Y la jovencita del pelo de oro? pregunté de repente.
)) — Murió anoche, me contestaron.
» Subí al cuarto fúnebre : la pobre niña estaba tendida sobre la cama que debería dejar sólo para ser llevada á enterrar; vestía el traje blanco y la cinta
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azul, las manos cruzadas sobre el pecho con el rosario entre los dedos ; el velo de muselina la cubría completamente, y detrás se hallaban las tres luces simbólicas. Al pie de ella oraban las hermanas. Todo estaba, pues, lo mismo que el primer día; sólo la muerta era diferente.
» Una madre que había perdido uno de sus hijos tuvo la idea de fundar un asilo para los niños enfermizos y débiles. Nadie sabe lo elocuente que es una cuna vacía, y qué esfuerzos de caridad se hacen para hacer callar el dolor de una madre. En la soledad, en sociedad, en las faenas de la casa, en medio de las ocupaciones más frivolas de la vida, siempre y á toda hora el niño perdido llora en el corazón de la que le dio el ser. Ella no más le oye, y el ruido y la alegría de los demás no le impiden oírle. « Según la doctrina de los indios, dice Chateaubriand en sus Memorias, la muerte no nos destruye, sino que tan sólo nos hace invisibles. » Aquello es cierto, sobre todo para los niños. Su cuerpecito material ha devuelto á la naturaleza lo que ésta le había prestado; el polvo se ha convertido en polvo, pero su alma ¿en dónde está? Ella está con su madre, la sigue á todas partes, la aconseja y la enternece. El niño que ha sufrido piensa en los que sufren, y le dice á su madre :
» — i Anda, socorre á los pequeñuelos como lo era yo cuando estaba en tus brazos ; esos infelices tal vez tondrán que dejar á sus madres porque éstas no los saben cuidar como deben I
» La madre piensa que es el recuerdo de su hijo el que la empuja á las buenas obras en favor de la infancia raquítica. Pero se equivoca : es el niño mismo
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que la inspira, que la dirige y la obliga á cumplir' esas acciones caritativas, en las cuales tal vez no hu-; biera pensado antes. »
Tal vez la idea poética de du Gamp no es enteramente exacta, ni debemos pensar en que así sea, pero es tierna y hermosa.
En las orillas del parque de Villepinte se encuentra una construcción nueva que lleva esta inscripción con letras negras :
Fundación Üochon-Lefuel.
Este edificio ha sido mandado construir y lo sostiene casi sola una señora que llora la pérdida de un hijo pequeño, y que se ha propuesto fundar un hospicio para los niños raquíticos. Es preciso, pensó, no solamente curar á los tísicos, sino en primer lugar impedir que lo sean. Aquel asilo recibe niñitas de cuatro á doce años, que sean de una constitución débil y propensas á enfermarse del pecho. Allí les darán educación física y moral y les impedirán que se desarrolle en ellas el terrible mal que las amenaza.
Éste es un establecimiento relativamente nuevo : se abrió el 1.° de diciembre de 1883.
La hermana de María del Socorro que han escogido para encargarse de las niñitas, es joven y alegre, para que pueda instruirlas divirtiéndolas. ¡Infelices criaturas ! Algunas son mal conformadas, otras sordas y escrofulosas, de mal color todas, ó á lo menos de un aspecto de mala salud.
Aunque la institución se fundó ha poco, pronto tuvo un personal completo : capellán, médico, religiosas y maestras. Se verá con este ensayo si es posible
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salvar á un niño cuya constitución ha sido viciada desde su nacimiento. El agente principal en que fundan la esperanza de aquel establecimiento es el ambiente puro que se respira en los bosques. Tienen muchos árboles, sobre todo pinos (cuya fragancia es muy provechosa para las enfermedades pulmonares) y prados, jardines y hortalizas.
Máximo du Camp dice que algunos médicos famosos recomiendan á los enfermos del pecho, y sobre todo á los niños, que tengan una rama de pino ó de otro árbol verde suspendida sobre la cama, y exige además mucho aire puro.
El hospicio de las jóvenes tísicas no cuenta sino pocos años de existencia, y ya ha probado que puede hacer un gran bien, pero le falta, dice du Gamp, mayor número de dormitorios para poder recibir más enfermas. « Un millonario, concluye diciendo, que quisiera tomar á su cargo esta obra, haría un acto grandioso y merecería bien de la humanidad. » Si en Sud-América, añadiremos, se pudiera hacer la centésima parte de lo que llevan á cabo las mujeres europeas, el aspecto de estos países cambiaría. Para esto bastará buena voluntad, espíritu de orden y sobre todo^de constancia, que es lo que nos falta siempre, y más que todo esta actividad y ánimo para no desalentarse en las empresas que se comienzan.
PARTE TERCERA MUJERES MISIONERAS Y MORALIZADORAS
Mujeres misioneras.
Hay varios modos de ser misionera : puede serlo una persona entre salvajes ó en las ciudades demasiado populosas — en que la corrupción de las costumbres ha hecho olvidar el cristianismo — y en los distritos alejados del centro de la civilización, y adonde no llega sino muy amortiguada la doctrina del Salvador.
Á todas tres clases de misioneras pertenece el interesante tipo de mujer que vamos á presentar hoy á nuestras lectoras.
Nacida madama Duchesne en vísperas de la Revolución francesa, en Grenoble, su familia hacía parte de la clase tan respetable de fabricantes y abogados que han tenido siempre grande influencia en la política, y formaban la clase media, ó tiers état, que tanto papel hizo en la Revolución francesa.
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Felipa Rosa Duchesne desde muy niña manifestó un carácter serio, decidido y perseverante. Nunca pudo dedicarse á los estudios ligeros y á las artes de adorno, y, apenas llegó á tener una opinión propia, se dedicó á estudios religiosos, manifestando deseos de hacerse monja, á pesar de que sentía que más la convenía una vida activa y no contemplativa. La Revolución impidió llevará cabo sus proyectos, puesto que se dispersaron las comunidades y se cerraron los conventos. Habiendo perdido á su madre en 1793, Felipa fué á vivir en Grenoble con una monja exclaustrada, y entre las dos se dedicaron á socorrer á los presos políticos, ayudar en su ministerio á los sacerdotes (que tenían que vivir ocultos) y enseñar la doctrina á los niños del pueblo, que crecían en medio de aquellas escenas de sangre y sin ninguna enseñanza religiosa. Su valor á toda prueba, su perseverancia y actividad eran incansables. Esta existencia duró hasta 1801, cuando, merced á la cooperación de sus parientes ricos, reconstruyó el convento de la Visitación, donde se había educado. Esta tarea fué ardua, porque con dificultad lograba reunir á las monjas dispersas en diferentes partes de Francia y aun en países extranjeros. Al fin acogió con gusto la idea de reunir la comunidad de la Visitación con la sociedad recién fundada en Amiens por madama Barat. En las reglas de la sociedad del Corazón de Jesús la madre Duchesne encontró todo lo que había ansiado siempre, puesto que en ella? se combina el espíritu evangélico y la religión con la actividad que demanda la enseñanza de la juventud de todas las clases de la sociedad.
Sin embargo, la madre Duchesne encontraba que
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no era suficiente para su actividad y deseo de hacer el bien aquella misión comparativamente fácil de enseñar á las clases civilizadas de Francia : quería abandonar las comodidades y la cultura para irse á algún país salvaje, en donde pudiera conquistar almas para Dios, tal vez á costa de su vida. Tenía esta mujer un temperamento de misionero en unión de una salud excelente y de una paciencia y perseverancia extraordinarias. Así pues, habiendo concebido desde 1805 el deseo de ir á las provincias menos civihzadas de la América del Norte á llevar la religión católica al foco mismo del protestantismo, jamás cejó en su propósito, aunque no logró llevar á efecto lo que tanto ansiaba hasta 1818. Durante aquellos catorce años no desmayó un momento en su deseo y en sus ruegos y súplicas á la superiora de su orden para que le permitiese pasar á la Luisiana, de donde algunos de sus habitantes habían escrito pidiendo que fueran monjas del Corazón de Jesús á fundar un convento.
Al fin, el 21 de marzo de 1818 la madre Duchesne, con tres ó cuatro compañeras, se hicieron á la vela desde Bordeaux. Á su llegada á Nueva Orleáns se fueron á albergar en un convento de monjas ursulinas. La corrupción en aquella ciudad era espantosa. Las mujeres de raza blanca no pensaban sino en ponerse joyas, en renegar, en fumar como soldados; no tenían la menor noción de lo que era una religión, ni de obedecer á cualquiera autoridad. En cuanto á los miembros de la raza negra, éstos estaban más salvajes que cuando erraban por los desiertos africanos. Pero su misión no era en Nueva Orleáns sino en San Luis. Esta ciudad no contaba entonces sino mil al-
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mas. El centro religioso de aquel distrito era un granero de tablas, casi en ruinas, en donde vivían el obispo y cinco sacerdotes, más como mendigos que como lo demandaba su categoría. El pobre obispo tenía á veces que albergar en su dormitorio á los cerdos, y estaba tan pobre, dice la madre Duchesne, que no tenía con qué pagar el pasaje en el bote que atravesaba el río, ¡dos céntimos' Pero aun aquel lugar era demasiado civilizado para las misioneras, y se fueron á establecer en un población, en las orillas del Missouri, llamada San Garlos. En la miserable habitación que las dieron no había la menor señal de civilización, y para no morirse de hambre las monjas personalmente tenían que sembrar y coger las sementeras. Gomo les hubiesen regalado algunas vacas, ellas las ^llevaban á los pastajes, y cuidaban en el invierno en la pesebrera.
Algunos clérigos y frailes que habían emigrado desde la época de la Revolución ayudaban á estas santas mujeres en su misión de convertir, enseñar y civilizar á los habitantes de los contornos.
Era tal el frió que hacía en aquel lugar, durante el invierno, que hubo día en que la leche se heló hasta el punto de tener que partirla con un hacha. Gomo ellas tenían que hacerlo todo, desde cocinar, cuidar de las sementeras y atender á sus deberes de maestras, vivían pasando y repasando por un patio en donde el frío era intenso. Además, los vestidos se les habían acabado, así como el calzado, y presentaban, dice la madre Duchesne, un aspecto miserabilísimo. Pero nada de esto resfrió su celo y constante buen humor, y todo lo hacían cantando y alabando á Dios. Al principio sólo poseía la comunidad un plato de
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lata, en el cual comían por turnos, y como no tenían con qué comprar más, se contentaban con su miseria.
En tanto la influencia moral sobre las poblaciones adyacentes progresaba de una manera prodigiosa. Se aumentaron las discípulas que tenían recursos para pagar una pensión, y la escuela gratis para los pobres era crecidísima ya en 1820. Ellas no se contentaban con enseñar á las niñas : toda mujer blanca, negra ó india, joven ó vieja, que deseara instruirse, hallaba amable acogida entre las monjas del Sagrado Corazón. Á poco fué preciso fundar otro establecimiento en San Landry y en seguida otro en San Miguel, en las orillas del Mississipi. Sin embargo, aquel progreso era interrumpido con frecuencia por la fiebre amarilla, que llevaba su terror á todas las poblaciones, y después, desde 1830, el cólera produjo el mismo efecto.
La madre Duchesne trabajó sin descanso como superiora de todos aquellos establecimientos hasta 1840, cuando logró que otra tomara el gobierno de ellos para realizar el deseo que había tenido toda su vida : el de visitar las misiones que tenían los jesuítas entre los indios semisalvajes que vivían en el fondo de sus bosques.
La madre Duchesne había cumplido setenta años cuando emprendió este viaje, con tres hermanas y un negro fiel. Muchos trabajos tuvieron que sufrir durante el viaje, pero diez y ocho millas antes de llegar al primer pueblo, el de los Pattawatomis, 150 indios espléndidamente vestidos con plumajes, salieron á recibirlas, á caballo, en corceles ricamente enjaezados, llevando banderas blancas y encarnadas. Lleva-
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roiilas á las casas de los jesuítas manifestándoles el mayor respeto, y allí tuvieron que besar á todas las mujeres y dar la mano á todos los hombres, que eran 700, El pueblo se llamaba Boquerón de Azúcar.
En breve las monjas aprendieron del idioma lo suficiente para enseñar á las mujeres la doctrina, así como la costura, el arte culinario y la lectura. Además, las monjas fabricaron en pocos días vestidos para cubrir aquellos salvajes que andaban casi desnudos. Entretanto los jesuítas enseñaban los rudimentos de agricultura y otras ciencias útiles á los hombres de la población. Progresaba grandemente la nueva colonia, y la madre Duchesne estaba contentísima, cuando llegó el invierno y con él un frío intenso. La ninguna comodidad de las habitaciones y los escasos alimentos (á veces no tenían otro alimento sino pepinos únicamente) enfermaron á la madre Duchesne, para quien era muy dura semejante existencia á los 70 años; así, al cabo de un año, la obligaron los Padres jesuítas á volver á San Garios. « Yo no puedo pensar sino en mis indios, » escribía... « Me parece que al dejar á mis indios abandoné mi elemento natural, » añadía.
Tuvo el gusto de ver, antes de su muerte, á los 84 años de edad, establecimientos del Sagrado Corazón en Nueva York, Montreal, Halifax, Filadelfia, Búfalo, Detroit, Sandrich y Albany. Murió en noviembre de 1852, después de haber pasado 34 años en América. Se han fundado conventos del Sagrado Corazón en toda la América del Sur; en el Perú, Chile y Bolivia se cuentan 5 conventos del Sagrado Corazón, y por junto 31 casas de educación, 1.200 monjas, más de 3.000 educandas acomodadas, y de
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4 á 5,000 huérfanas, á quienes se educa de balde.
Las misiones del África central cuentan en este siglo, entre otras religiosas muertas en su puesto al lado de los que habían ido en nombre de Cristo á difundir el Evangelio, á dos hermanas de la congregación de San José de la Aparición : sor Josefina Fabiani y sor Magdalena Garcassián. El recuerdo de estas dos misioneras no debe perderse. Sor Josefina era hija de padres grecocristianos. Después de recibir educación en el convento de las hermanas de San José, pasó á encargarse del cuidado de las niñas de Siria, cuyos Padres habían perecido á manos de los musulmanes. Una vez que hizo sus votos, emprendió el apostolado en el interior de África, en donde convirtió á gran número de musulmanes y se hizo respetar por los jefes de las tribus árabes. Sor Josefina fué la primera superiora de las misiones del África Central, pero murió á los 33 años de edad, en el ejercicio de su ministerio santo. Sor Magdalena Carcassián era de la Armenia. Ésta desde su infancia se dedicó á la conversión de los negros. Era muy ilustrada, y á más del armenio hablaba el árabe, el turco, el francés y el italiano. Después de hacer sus votos pasó nueve años en el Obeid ocupada en la conversión de los infieles, hasta que, debilitado su cuerpo con tantos sacrificios, no pudo resistir más y murió á los 27 años en 1876.
Estas dos mujeres son los tipos de la multitud de hermanas de la caridad que se encuentran hoy en todas partes del mundo ocupadas en la conversión de los infieles; muchas han muerto en la China y el Japón asesinadas por aquellos mismos que trataban de conducir al cielo; otras han regado con su sangre
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el África, América y la Oceanía, cumpliendo con los arduos deberes que se habían impuesto.
Entre las misioneras debe contarse una india norteamericana de la raza cheroke, la cual, movida por el deseo de instruirse, abandonó su tribu y se acercó á la misión de blancos más cercana que encontró. En breve aprendió el idioma inglés y las verdades fundamentales del cristianismo ; se hizo bautizar con el nombre de Catalina y en tres meses aprendió á leer y escribir. Su padre era el jefe de su tribu ; así fué que cuando volvió á juntarse con su pueblo, ejercía grande influencia sobre los indios. Fundó entre éstos una escuela y convirtió á muchos de sus parientes. Preparábase para pasar á las tribus vecinas para llevarles la luz del cristianismo, cuando el demasiado estudio la causó una grave enfermedad, de la cual murió á los 23 años de edad en 1823.
Damiana de Gunhá, brasileña, debe mencionarse también como una de las mujeres misioneras cue más bien han hecho y más han trabajado para convertir los indios de la provincia de Joyas.
Muchas americanas del Norte é inglesas han recorrido la India, la China y el África, ocupadas en la conversión de los infieles *.
Se había pasado un siglo desde que los ingleses se hicieron dueños de la India, y aunque habían hecho
1. Citaremos tan sólo los nombres de Leonor Macomber, Enriqueta Neuwell, etc
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algunos esfuerzos para instruir á los niños indianos, en realidad poco se trabajaba para dar educación á la parte femenina de aquellas dilatadas y pobladísimas regiones.
Las mujeres del imperio indiano yacían entregadas á la más completa degradación é ignorancia, sin que nadie se ocupase de su situación. Tocaba á una mujer emprender la obra salvadora de civilizar á sus desgraciadas hermanas asiáticas. Por casualidad una señorita inglesa supo el estado de aquellas desdichadas y resolvió emprender una cruzada contra la ignorancia de las indianas. La señorita Gook se preparó en Inglaterra dedicándose á aprender todos los oficios, todas las artes que podrían serle útil á ella y á las que iba á enseñar. Embarcóse para la India en 1821 y apenas desembarcó en Calcuta buscó quien le enseñase el idioma hablado por los habitantes de Bengala y Calcuta; una vez que lo supo lo suficientemente para que la entendiesen, tomó en arrendamiento una casa en el centro de la población y abrió una escuela para las niñas indianas. Visitaba personalmente las calles y las casas, ofreciendo á madres é hijas regalos para que concurriesen á sus lecciones. Al fin reunió unas pocas niñas de las clases elevadas y gran número de plebeyas. Le llovían dificultades y contratiempos, la insultaba el pueblo, la despreciaban los demás, pero nada la quitaba el ánimo y la perseverancia; así fué que al fin su escuela progresó tanto, que pudo edificar un local al cual concurrieron muchas más discípulas de lo que jamás había esperado.
La señorita Coge fundó entonces entre sus compatriotas una sociedad protectora de esa escuela, y ella
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se dedicó á otro establecimiento : un asilo para huérfanas abandonadas. En esta última tarea la ayudó su marido, pues en el entretanto se había casado, pero no por eso abandonó un solo día sus empresas filantrópicas.
El asilo de huérfanas progresó maravillosamente, y la señora Gook Wilson educaba las niñas para madres de familia, dándoles una educación cristiana y enseñándolas cuantos oficios podrían serles útiles. Su intención era formar hogares civilizados que sirviesen de núcleo para cristianizar la raza india. No permitía que saliesen las huérfanas del asilo sino como esposas de indios cristianizados, los cuales eran protegidos por la colonia europea y vigilados por ésta.
Las fundaciones de la señora Gook Wilson pueden considerarse en realidad como el verdadero principio de la civilización europea llevada al Asia por los ingleses : éstos sólo habían logrado conquistar y sujetar á los asiáticos; las mujeres fueron las que echaron los cimientos del verdadero imperio de la Inglaterra en la India.
Existe hoy en Londres un establecimiento llamado Escuela Médica y Zenana en la cual preparan á las futuras misioneras de la India. Más de 60 señoras educadas allí han marchado al Asia con el objeto de cristianizar á los indianos. Gomo virreina de la India, lady Dufferin protegió particularmente ese establecimiento y fundó en el virreinato de su esposo nuevas escuelas como las de la señora Gook Wilson.
Guriosísima es por cierto la vida de Ana LeonoWENS. Esta señora, habiendo quedado viuda de un oficial inglés en la India, se ofreció y fué aceptada
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como institutora del rey de Siam. Durante su permanencia en aquella corte impidió muchos crímenes, hizo abolir la esclavitud y fundó varias instituciones cristianas. Á su regreso á Europa, en 1867, escribió las memorias de su permanencia en la corte de Siam.
Sin embargo, como hemos dicho, no es preciso ir á países lejanos para cumplir con la ley del apostolado, y la prueba de ello es que Sara Roblnson, sin salir de su patria, ha pasado su vida volviendo al bien á los Ínfleles de Inglaterra. Gomo oyese referir en 1862 el estado de completa irreligión y estado vicioso de los soldados ingleses, resolvió corregirlos. Á pesar de tener una salud delicadísima, emprendió una misión de cuartel en cuartel para predicar la temperancia, distribuyendo entre los soldados te y café. El gobierno le concedió un terreno para levantar un establecimiento presidido por ella, pero como se le retirase la concesión, levantó una suscripción que llegó hasta 20.000 libras. Hoy posee un verdadero palacio, en donde los soldados encuentran una librería moral, conciertos musicales y otras diversiones inocentes, á más de toda clase de refrescos, pero na-' da alcohólico ni malsano, y más barato que en otra parte.
No satisfecha con sus esfuerzos en pro de la moralidad de los soldados, Sara Robinson ha tomado bajo su protección á las mujeres de éstos : enséñales á coser, á remendar, á leer y escribir, y les hace lecturas edificantes. Aquel establecimiento ha hecho un bien inmenso entre los soldados, y dícese que todos los que han tenido la dicha de frecuentarlo conservan de él un recuerdo que no se borra nunca.
Lo que Sara Robinson hizo para los soldados, otra
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mujer, la llamada amiga del marino, Inés Weston, ha llevado en favor de los marineros. Ha fundado un periódico para los tripulantes, el cual se distribuye en todos los buques que salen de Davenport. En aquel puerto ha fundado restaurantes y hoteles en los cuales no se permiten licores; á más de gabinetes de lectura, conciertos, todo lo ha ideado para moralizar al marino. Su espíritu de orden es tal que dícese que en breves días organiza y arregla una casa, una fonda, cualquier establecimiento, y sabe darles estatutos adecuados y permanentes.
En la América del Sur se han presentado naturalmente gran número de mujeres que consagran sus bienes y su existencia al ejercicio de la caridad apostólica, pero los datos que tenemos de aquellas obras son tan escasos, tan deficientes, que apenas se pueden citar algunos nombres que deben recordarse para venerarlos. Así, en Chile fundaron hospitales, hospicios, casas de asilo y de trabajo para las niñas desvalidas las siguientes señoras : con regia generosidad la señora de Edwards consagra sus millones á los asilos de caridad que sostiene ; con igual caridad socorrieron á los pobres las señoras Contador de Hermida, de Várela, de Errazúriz, de Correa, de O^Higgins, de Soffla, de la Cruz, etc., etc.
En Colombia las fortunas son tan escasas que las muchas mujeres que se han dedicado á la caridad no han podido dejar estampado su nombre en monumentos y casas de asilo, sino apenas en algunas salas de los hospitales y asilos de indigentes y en la multitud de caridades privadas que sin cesar hacen gran número de mujeres que, modestamente y sin que lo sepa casi nadie, viven amparando al pobre y al
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desgraciado. Los nombres de estas damas caritativas son dignos de respetabilísima memoria, que deben conservar los niños y los enfermos grabados en su corazón, pero que quizás no querrían ellas ver publicados en un libro. Sin embargo, no podemos menos de citar una sociedad religioso-caritativa, la del Sagrado Corazón de Jesús, que se extiende como una reden toda Colombia y cuyos miembros hacen todo el bien posible en todas direcciones, pero que carece de la vitalidad que tienen esas asociaciones en otras partes, por falta de práctica. Empero, á pesar de la gran modestia que distingue á las damas colombianas, mencionaremos á las siguientes, que se han dedicado con ahinco á hacer el bien bajo todas sus formas. La señora doña María Antonia Vergara de Vargas sostuvo durante largos aíios una casa en que daba educación y asilo á niñas pobres y desamparadas; la señorita doña María de Jesús Rubio, que no vive sino para enseñar á los niños, visitar los enfermos, proteger á los desdichados; doña María Antonia Borda de Orrantia que se desvela por el bien de los pobres; doña Dolores Orrantia de Borda, que en sus propiedades rurales se goza en enseñar al ignorante, y va de choza en choza enseñando prácticamente á remendar y coser á las labriegas ; doña Josefina Ospina de O'Leary, quien se halla á la cabeza de toda asociación para hacer el bien. La señora Elena MiraLLA, quien á pesar de su poca fortuna reúne algunas veces en el año á todos los niños más pobres de su barrio para darles una buena comida, de la cual carece ella misma con frecuencia; y cien más cuyos nombres no citamos por no ofender su modestia. Además, últimamente las damas bogotanas se han
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reunido para fundar una asociación que tiene por objeto proteger, amparar, vestir, etc., á los desdichados leprosos del lazareto llamado de Agua de Dios, obra de caridad útilísima, tanto para los infortunados enfermos como salvadora para la población que se veia amenazada por la propagación de un mal que podía llevarla á su pérdida.
Damas caritativas en extremo se encuentran en Cuba. Doña Susa:<a Benttez dejó una rica renta á su muerte para que se sostuviese un colegio para niñas pobres que había fundado en la Habana. La señora Marta Abreu de Estévez quiso unir las artes á la beneficencia : construyó un magnífico teatro en el cual gastó 120.000 duros con el objeto de que los productos se invirtiesen en el sostenimiento de ciertas escuelas públicas ; y con sus hermanas doña Rosalía Abreu de Sánchez y doña Rosa Abreu de Grancher sostienen escuelas para niñas de color (con un capital de 100.000 duros), fuera de las recompensas en que invierten grandes sumas para los alumnos y sin contar otras obras de caridad que llevan á cabo en secreto. Doña Josefa Santa Grcz de 0\iedo legó su fortuna para que se construyese un hospicio ; doña Ana Mandan fundó escuelas rurales con capitales propios. En Méjico, la señora Carmen Romero Rubio de Díaz fundó un establecimiento útilísimo, en donde la mujer trabajadora puede dejar sus niños pequeñitos al abrigo y disfrutando de alimentos y educación primaria.
Aun podríamos citar otros ejemplos de mujeres que han seguido las huellas de los apóstoles sobre la tierra, pero creemos que bastan esos cortos bocetos para probar que la mujer como el hombre es muy
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capaz de ser verdadera misionera : es decir, que muchas han pasado su existencia entre los pobres, así como en países lejanos, en medio de infieles, rodeadas de peligros, con el único deseo de llevar la luz del cristianismo, es decir la civilización verdadera, á las almas de los que no conocen á Jesucristo. Que ellas han pasado los mismos trabajos, han sufrido las mismas penalidades y han hecho el mismo bien que los hombres que han consagrado su vida á la conversión de sus hermanos privados de la luz de la religión.
Mujeres moralizadoras.
La mujer moralizadora es aquella que con sus virtudes y sus sanas obras da un ejemplo digno de ser seguido por los demás; las que han dedicado su tiempo y sus esfuerzos á educar, amparar, proteger y hacer el bien del prójimo ; aquellas cuyos escritos han llevado la idea de la necesidad de la moral evangélica y han transitado ellas mismas por el camino del bien, siendo un dechado en su conducta moral; aquellas, de cualquier capa de la sociedad á que pertenezcan, que han sabido traducir las necesidades de su época en pro de la humanidad, ya sea con sus escritos, sus obras ó su palabra. No hay ninguna mujer rica ó pobre, vieja ó joven, casada ó soltera, á quien no se le presente ocasión diariamente de hacer el
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bien con su palabra, sus acciones, sus modales, en fin con su ejemplo.
Una de las mujeres que han influido más en el mundo en la gran cuestión de la emancipación de los esclavos, es indudablemente la autora de La Cabana del tío Tom. Veamos primero quién es ella, y después hablaremos de su obra. Enriqueta Beecher Stowe nació en los Estados Unidos de Norte América en 1812. Desde muy niña se dedicó á ayudar á una hermana suya en el manejo de un colegio de niñas, que fué muy famoso en los Estados Unidos en el primer tercio del presente siglo. Casada después con un profesor de teología, abandonó toda ocupación que la llevara fuera de su hogar, hasta que educados sus hijos ya pudo atender á otros deberes. Aunque había escrito para la instrucción de sus hijos varios libros, no fué conocida en el mundo sino cuando publicó su obra maestra : La Cabana del úo Tom. Aquel libro le fué inspirado durante una mansión que hizo en el sur de los Estados Unidos. Tuvo ocasión entonces de estudiar la situación de los esclavos, y resolvió dedicarse en cuerpo y alma á la abolición de la esclavitud en su patria, escribiendo en 1852 la novela de que hemos hablado, fundada toda ella, según parece, en hechos verdaderos.
La lectura de aquella obra produjo una impresión extraordinaria. Jamás libro alguno escrito por mujer tuvo una popularidad semejante en el mundo entero. La primera edición de la Cabana del tío Tom constó de 300.000 ejemplares, que se agotaron en pocos días. Tradújose en todos los idiomas y de entonces para acá se han vendido millones de ejemplares. La idea abolicionista, que estaba en todos los corazones
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pero que no se encarnaba de una manera clara y popular en ninguna de las muchas obras que se habían escrito sobre el asunto hasta entonces, se halló de repente palpable ante todos en aquella novela. La idea continuó labrando sin cesar y produjo la guerra civil de los Estados Unidos del Norte y la emancipación de los esclavos; no sólo allí, sino que la idea fué tomando cuerpo en otros países que aun conservaban esta institución de los tiempos bárbaros y anticristianos.
La señora Beecher Si-owe ha escrito mucho después, pero ninguna de sus obras alcanzaron la popularidad de la Cabana del tío Tom.
Se nota una tendencia general en todos los escritos femininos y es que casi todas las mujeres que se han dedicado á la literatura tienen por objeto moralizar, instruir, educar y contribuir con su óbolo al bien de la humanidad.
Una de las mujeres que tuvieron mayor influencia en Francia en la marcha de la cultura femenina es indudablemente la conocida educacionista Enriqueta Genest DE Campan.
La Revolución francesa del fin del siglo pasado arruinó desde sus cimientos todas las escuelas y colegios de niñas en Francia : establecimientos que hasta entonces siempre habían sido regidos por comunidades religiosas. Guando concluyeron las sangrientas escenas de la guillotina y se formó un go»
10.
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bierno ordenado, éste quiso organizar las escuelas de niñas, pero no encontró absolutamente una sola maestra; todas las religiosas, sin excepción ninguna habían sido perseguidas, guillotinadas, desterradas... La enseñanza de la mujer había sido borrada por completo de la superficie del país más culto del mundo en medio de la vorágine de una revolución que se decía protectora de la humanidad*. El gobierno consular, empero, decretó que se abriesen en todas las ciudades y villas escuelas de niñas, las cuales quedaron cerradas hasta que, publicada la libertad de enseñanza, algunas de las antiguas religiosas que habían quedado escondidas se presentaron á tomar á su cargo las escuelas públicas para la clase proletaria. Esto estaba muy bien y remediaba un tanto el mal, pero faltaban colegios para las niñas de las clases acomodadas, lo cual disgustó muchísimo al primer cónsul. Napoleón, y mandó que se hiciesen esfuerzos para que aquella situación vergonzosa para Francia no continuase.
Entre tanto, una antigua camarista de la guillotinada reina María Antonieta, viéndose pobre y desvalida, había abierto ocultamente un pequeño colegio en las inmediaciones de París : ésta era Enriqueta Genest de Campan. Súpolo Napoleón é inmediatamente mandó á su colegio á las niñas de su familia, y en 1808, siendo ya emperador, la encargó de la dirección del colegio de Ecuén, fundado para educar á las hijas de los miembros de la orden de la Legión de honor.
1. Veáse Historia de la Educación de las mujeres en Francia, por i*. Rousselot.
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Madama Campan tenía el un espíritu de orden y de la organización muy desarrollado. Aunque los reglamentos que puso en planta fueron calcados sobre los del colegio de madama de Maintenón,supo modernizarlos á las costumbres de la época; introdujo la higiene en la educación de la mujer, sistema desconocido en los anteriores siglos. Después de una práctica de veinte años escribió una obra sobre la materia, en la cual encerró su grande experiencia, su espíritu de observación y su talento organizador. Esta obra — La Educación de la mujer — ha servido en Francia de norma para todos los colegios de niñas que se han fundado después.
Esta señora escribió otra obrita muy útil llamada Consejos á las hijas del pueblo, la cual ha servido también de constante modelo á los que se han ocupado de la educación y moralización de la mujer plebeya y trabajadora.
Contemporáneas de la antigua camarista de María Antonieta fueron las señoras de Remusat, Giiizot, Necker de Saussure, María Edgeworth é Isabel Hamilton; dos francesas, una suiza y dos inglesas, las cuales tuvieron grande influencia en el progreso de la educación femenina en Europa en el primer tercio del presente siglo.
La condesa de Remusat escribió un tratado de pedagogía que haría honor á un filósofo, y sus conceptos y observaciones son profundos y dignos de esLu-
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dio. Ella dijo que, para enseñar á los niños, se debe empezar por instruir á las madres. He aquí como analiza las cualidades y propensiones de la mujer : « La mujer es racional, puesto que tiene la noción de lo verdadero y de lo falso ; es moral, puesto que siente y conoce el bien y el mal; es libre en ñn, y para que esta palabra no alarme, diremos con Bossuet, aunque lo nieguen los impíos, que es libre «porque la asiste el poder de obrar ó no obrar ». ¿Porqué, pues, ha de dejar su razón sin alimento, su conciencia sin luz, su libertad sin preceptos? » Quisiéramos poder trascribir muchos párrafos de esta interesante obra, pero no nos alcanza el espacio, y tenemos que dejar en el tintero mucho de lo que pudiera servir de enseñanza para las que desean instruirse verdaderamente.
Paulina de Guizot, esposa del célebre historiador y hombre de Estado, escribió unas Cartas sobre la educación, en las cuales aboga en favor de la educación doméstica dentro de la casa paterna y no considera las enseñanzas religiosas como la base de toda instrucción. No piensa lo mismo la señora Necker de Saussure. Su bellísimo tratado de Educación progresiva es una de las obras pedagógicas más bellas que se han escrito sobre la materia. Esta señora creía, lo mismo que Pestalozzi, que la educación intelectual sin nociones profundas de religión y de acatamiento á la justicia divina no solamente será estéril sino perniciosa.
La irlandesa María Edgeworth no se quiso casar nunca para poderse dedicar con mayor ahinco á sus estudios literarios y moralizadores. Empezó su carrera literaria escribiendo con su padre una obra sobre
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educación práctica, libro que fué publicado al fin del siglo pasado. Desde los primeros años del presente siglo María Edgeworth emprendió sola su tarea de educacionista, y desde 1800 hasta 1834 no hubo año en que no diese á luz alguna obra propia para la moralización de la juventud. Guando murió, en 1849, á los 83 años de edad, dejó una huella luminosa que por cierto no se borrará por mucho tiempo de los anales de los educacionistas morales y filántropos de Inglaterra.
La otra inglesa que mencionamos ha poco se llama Isabel HAMiLTON.Esta dama no sólo fué escritora filosófica y de metafísica y escribió unas importantes Cartas sobre educación, sino que con sus escritos llamó la atención sobre la situación miserable, física é inmoral de una provincia de Escocia. Su voz fué escuchada por otros filántropos y personas religiosas, y en pocos años logró cambiar y mejorar notablemente á los habitantes de Glenburnie.
Á pesar de que la educación de la mujer en España nunca ha sido tan esmerada como en otros países de Europa, las pocas escritoras que se han señalado en este siglo en la península, casi todas han sido particularmente instruidas, de grande aliento y varoniles en sus tendencias hacia el bien.
Después hablaremos de las literatas ; en este lugar no admitimos sino á aquellas cuyas obras más importantes se han encaminado particularmente hacia
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la moralización del género humano. Generalmente se cree que en España las mujeres son poco amantes (le la instrucción y, con algunas excepciones, nada literatas y cultivadoras de las letras. Sin embargo, podríamos dar una lista bastante larga de mujeres literatas y poetisas, no solamente de este siglo, sino también de épocas antiguas. Y lo curioso es que, y lo repetimos, aunque en España realmente la educación femenina ha sido bastante descuidada, las mujeres que se han dado á conocer se han presentado como poseedoras de talentos de primer orden, y cuyo acento vigoroso é ideas elevadas podrían enorgullecer á cualquiera nación, en donde tanto los gobiernos como los particulares se han ocupado preferentemente de la educación de la mujer.
Hace algunos años que nos llegó á las manos una noticia, escrita por un francés (M. A. de Latour), en la cual trata de una dama cuyo carácter y escritos nos llamaron la atención; y después hemos leído varias obras de la misma señora, en las cuales el estilo é ideas son realmente de primer orden y dignas de la pluma del mayor filántropo del siglo.
He aquí algunos extractos traducidos de la noticia de M. de Latour :
« Hace seis ó siete años (escribía en 1873), la Academia de ciencias morales y políticas, nuevamente instalada en Madrid, daba el siguiente tema para que se escribiese una memoria que debería ser premiada :
)) Definir los caracteres de la beneficencia, de la filantropía y de la caridad;
» Señalar las condiciones que las unen y las diferencias que las separan ;
» Manifestar la manera como pudieran reunirse
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entre sí y que contribuyeran á aliviar á la humanidad.
» Seis meses después la Academia recibía varias memorias, una de las cuales llamó particularmente la atención : llevaba este epígrafe :
» La beneficencia envía al enfermo una camilla, — la filantropía se le acerca, — la caridad le da la mano.
» El cuerpo de la memoria cumplía lo que prometía aquella concisión original y triple definición. La Academia encontraba en cada página una erudición extensa y sólida, conocimientos exactos y precisos, miras elevadas y que llevaban el sello de una filosofía enteramente cristiana, un conocimiento profundo del corazón humano, una inteligencia firme pero amable de los principios que deben presidir en la administración de la beneficencia pública; todo aquello, dicho en estilo incisivo, claro, elocuente á veces, y á veces original, rápido y siempre natural. La Academia se sorprendía, sin embargo, de que un filósofo y un literato como aquél no estuviese entre sus miembros, y más se admiró cuando encontró que el autor era un desconocido, que se firmaba « García Carrasco ». ¿Quién era García Carrasco? ¿Quién había visto ese nombre en algún libro ó en algún periódico? Nadie. Iban á averiguar quién era, cuando una carta dirigida á la Academia hizo crecer la sorpresa, pues la carta estaba firmada : doña Concepción Arenal de García Carrasco.
)> En ella manifestaba haber tenido noticia de la decisión de la Academia, y que esto la obligaba á declararse como la verdadera autora de la memoria premiada; á la que, por un rapto de amor materno, ha-
ISO LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
bía puesto, sin reflexionar, el nombre de su hijo; pero como el niño aun no había cumplido ocho años, la Academia no podría creer que hubiese escrito la memoria ; así es que con toda humildad confesaba ser ella la autora.
» La Academia se sorprendía más y más. ¿Cómo era posible que aquella obra viril, cuya mano firme creaba un sistema vasto y práctico, que con voz audaz y elocuente señalaba los vicios de los establecimientos de caridad que existían, y con un alma compasiva mostraba cómo la caridad individual de la mujer era la que debía llevar su contingente á la beneficencia pública; ¿cómo podía ser, decimos, que todo eso fuese obra de una mujer?
» Y si era así, ¿ cómo no se había dado antes á conocer? tanto más cuanto que aquel noble entusiasmo que se dejaba ver á cada página probaba que era la experiencia la que hablaba, y no la generosa alucinación de una persona joven. No era extraño que naciera en un corazón de mujer una moral tan pura y tan fácil de llevar á cabo; pero ¿quién le había enseñado el secreto de aquella vigorosa lógica, aquel estilo en que se unían el arte con la sencillez, la elocuencia con la gracia y la fuerza? La Academia llegó á figurarse que semejante obra no podía ser sino una ingeniosa venganza de algún escritor de primer orden, olvidado cuando se instaló y nombró sus miembros.
» ¿Qué hacer? En España, como sucede en todas partes, cuando no se sabe á qué atenerse, nombran una comisión ; esto hizo la Academia.
» La comisión nombrada se presentó en primer lugar en la casa que indicaba la dama. Entra, y se en-
MUJERES MISIONERAS Y MORALIZADORAS 181
cuentra delante de una madre de familia honrada, viuda de un abogado, según entiendo. Á su lado jugaba el inocente autor de la memoria. Interrogada con respeto, doña Concepción Arenal de García Carrasco repitió lo mismo que había dicho en su carta. Pero como no podían preguntarla á ella misma todo lo que la comisión deseaba saber, los académicos preguntaron á sus conocidos quién era la erudita escritora, y supieron que hacía muchos años que, deseosa de instruirse, doña Concepción, vestida de hombre, frecuentaba las Universidades y escuchaba la voz de los sabios. Alguien que tenía el honor de cultivar amistad con ella aseguró que era tal la pasión que tenía por el estudio y la libertad, que una de las condiciones que había puesto á su matrimonio había sido la de frecuentar las aulas de los profesores, vestida de hombre.
» La comisión repitió á la Academia lo que había indagado, y doña Concepción se presentó á recibir su premio.
» Su persona llamó la atención : era una señora de mediana edad, cuya fisonomía grave demostraba que era digna de sus ideas elevadas, y cuya modestia serena la hacía simpática á todos.
» La memoria, mandada costear por la Academia, no tiene menos de 183 páginas en cuarto mayor. Está dividida en dos partes : en la primera estudia la historia de la beneficencia en España, y en la segunda se encara con la beneficencia pública y presenta la resolución del grave problema de la caridad privada. »
M. de Latour hace un extracto de la memoria de doña Concepción, y por ello se comprende qué mujer
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es aquélla y cuánto mérito tiene. Y concluye asegurando que si la beneficencia pública ha mejorado notablemente en España en los últimos años, esto se le debe á esta señora. « Los sentimientos que ella expresa, dice, con un acento tan nuevo de elocuencia y de caridad, muchas mujeres los tenían en el corazón y no habían aguardado á que ella hablase para entregarse á la caridad y cuidar de los enfermos y niños abandonados, pero los acentos de esta señora íian despertado á los hombres de Estado de su patria y hécholes posible lo que antes parecía un sueño.
Dos años después doña Concepción Arenal publicó un librito titulado : Manual del visitador del pobre ^ el cual, según M. de Latour, es perfecto en su género y ha sido traducido al francés, al inglés, al italiano, al alemán, al polaco.
Á pesar del mérito del Manual del visitador dec pobre, hay otro libro de la misma autora que debería hallarse en manos de todas las mujeres : hablo de La Mujer de su casa.
La Mujer de su casa es, en pocas páginas, una obra maestra; y se comprende que la señora Arenal tiene el don de abrir brechas en el camino de la civilización para que penetre la luz al entendimiento de ios demás. En esta nueva obra explica claramente que la mujer de su casa más perfecta, en lugar de ser la maravilla que se la quiere llamar, aunque sea virtuosísima puede ser perniciosa. Sin embargo, como el espacio que tenemos señalado para tratar estas cuestiones es corto y no es posible alargarnos demasiado, bastará por ahora dar á conocer someramente algo de lo que aconseja la autora del libro. Veamos cómo explica y prueba que la mujer tam-
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bien tiene deberes sociales, deberes serios fuera de su hogar ; dice así :
« No se apresure el lector á decirnos que empleamos palabras contradictorias y frases extrañas para hacer efecto á costa de la exactitud ; poca observación se necesita para convencerse de que la misma persona que en casa se desvive por sus hijos, por su marido, por sus padres, fuera de ella nada hace; cree que las necesidades sociales no son de su incumbencia, y su misión se reduce á las de la familia. Así se lo han dicho de niña, de joven y de mujer; así se lo repiten aun aquellos que abogan porque se instruya, porque se eleve, porque tenga más derechos.
» Las cuestiones sociales no las entiende, ni suele saberlas, ni le interesan ; y cuando el mal es tan grave que no puede ocultársele, llegan los ayes á sus oídos, más bien que la dolencia que los produce á su conocimiento, y propende á mirarla como resultado inevitable del encadenamiento de las cosas, y como falta de las personas... La mujer de su casa que vive sólo en ella no entiende ni le interesa nada de lo que pasa fuera, y juzga imprudencia, absurdo, quijotismo, disparate, tontería, según los casos, el trabaja, los desvelos y los sacrificios que por la obra social está dispuesto á hacer el padre, el esposo ó el hijo. Ellos no deben ser sino para los suyos, para su hogar, porque cuando allí falte algo, no han de venir los de fuera á traer la tranquilidad, el dinero ó la salud que se perdió trabajando inútil y neciamente por los que no lo merecen ó no lo necesitan... ¿Á qué fastidiarse y matarse por cosas que no son obligatorias y no producen honra y provecho?... Concentrada
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en su hogar, ideas, afectos, deberes, todo lo refiere á él; su tendencia es á juzgar que el hijo hace siempre demasiado por la sociedad, por los extraños, y que éstos hacen siempre demasiado poco por él. Este modo de ver predicado constantemente, inoculado con el cariño, no puede dejar de influir en el hijo si, como es de temer, en la mayor parte de los casos el egoísmo y el amor propio le predisponen á exagerar sus méritos y sus derechos, y preocuparse poco de sus defectos y de sus deberes, siendo entonces terreno apropiado para que germine la injusticia que el amor ciego y la ignorancia de su madre han arrojado en su corazón. ¿'El que la mira con respeto, el que tal vez la califica de santa, puede sospechar que lo incline al mal?
» Ella, por otra parte, ejerce esta mala influencia sin saberlo y fatalmente; emparedado su espíritu, sin conocimiento de las relaciones que hay entre el bien de su casa y el bien público, ignora qge el problema consiste en armonizarlos y no en procurar que se aislen, lo cual, sobre ser imposible, los pone en el caso de que se hostilicen.
)) Al indicar cómo la mujer, limitada á la esfera del hogar doméstico, entibia las virtudes sociales del hombre y le retrae del público bien, hemos considerado el caso menos desfavorable, es decir, la más perfecta mujer de su casa. Gomo un gran número, el mayor, estará por debajo de este nivel, aumentará en proporción ;la perjudicial influencia que ejerzan ; así puede observarse muy á menudo en mujeres que aconsejan á sus maridos é hijos acciones reprobables, que no se lo parecen, cegadas por el sentimiento ("oOisLa del provecho de la familia, único en que se
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ocupan, comprenden y desean, y al cual están dispuestas á sacrificar dignidad, delicadeza y hasta el honor. Se dirá que hay muchos hombres que hacen lo mismo, es cierto ; pero son personas decididamente inmorales, mientras que mujeres honestas y honradas, por no comprender bien la moral en cuanto traspasan los umbrales de la casa, sin ser malas, aconsejan el mal, sin ser viles impulsan hacia hechos indignos. Tratándose de virtudes y de relaciones sociales, á igualdad de moralidad, por regla general, la mujer tiene menos delicadeza y escrúpulos que el hombre. No es culpa suya; y este hecho, completamente artificial y obra de preocupaciones y errores, tiene consecuencias gravísimas, aunque poco aparentes, y se asemeja á esas filtraciones que no hacen ruido y socavan los edificios. »
En algunas páginas llenas de calor y elocuencia, la señora Arenal demuestra que la presente época necesita de todos los esfuerzos de la mujer para ayudar en la obra de aliviar á la humanidad ; que la sociedad no acepta el dinero de la que puede darlo no más, sino del trabajo de todos los miembros que la componen, y por último que la mujer entregada exclusivamente á los deberes de su casa, y nada más, no cumple con su misión sobre la tierra.
Á las que le observan que las falta tiempo para ocuparse en otras cosas que no sean las que convienen á su hogar, les contesta que no es tiempo lo que les falta, sino orden, y les sobra curiosidad y trabajo mal dirigido ; asegura que hay entre las mujeres una gran tendencia á malgastar el tiempo, á ocuparse de futilezas, en labores inútiles, en conversaciones vanas, en repeticiones inconducentes, en ridiculeces que
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llaman trabajos y que no son sino la careta de la ociosidad.
« El hombre, dice, hace cuanto puede por empequeñecer, por rebajar á la mujer, y luego quiere que, como madre, se eleve y sea grande, que es como privar á una persona del sustento necesario y pretender que levante pesos enormes. Y ya que por la comparación hemos venido á lo físico, notaremos que físicamente también es la mujer de su casa muy inferior á lo que debía ser, y cría á sus hijos para que perpetúen y aumenten esa inferioridad... Un círculo de errores y preocupaciones horminguea en torno de la mujer, formando una atmósfera que la envuelve ; todo conspira contra el régimen propio para fortificar su físico y el de su familia. »
Asegura que á la mujer falta aire y luz física y moral, y que como cría á sus hijos en este medio, éstos tienen que crecer en la ignorancia moral y la debilidad física. « Pero, dice, no es raro que los padres digan (y con razón) que las madres echan á perder á sus hijos: lo que callan es que ellos echan á perder á las madres. » Nuestra autora prueba que las mujeres viven fuera de la corriente de la civilización porque los hombres no procuran llevarlas consigo. « Uno de los mayores enemigos de la mujer es el tedio, enemigo á veces de su virtud, consecuencia de la monótona vida y falta de recursos intelectuales. Los daños del tedio (verdaderos estragos) son poco perceptibles, porque no hacen explosión, sino que corroen ó depravan las aficiones, poniendo el alma en una situación que recuerda la del cuerpo cuando apetece sustancias que no son alimenticias y dañan gravemente la salud. »
MUJERES MISIONERAS Y MORALIZ ADORAS 187
El remedio para ese estado del alma no se encuentra sino en el trabajo, y en el trabajo intelectual, que es lo único que puede distraer el alma porque ocupa el espíritu.
« Siempre se habla del sexo fuerte y del sexo déMI. Pero en esto se sufre una grande equivocación, dice, y se invierte la verdad.
» En épocas, añade, de fuerzas brutas y la muscular debía ser la primera, casi la única.
» En tiempos de barbarie, la delicadeza era fácil de confundir con la debilidad.
» En pueblos duros, la criatura más sensible debía parecer más débil.
)) Hora es ya de analizar la debilidad y la fortaleza de la mujer, porque si necesitando más fuerza tiene menos, habrá un desiquilibrio que imposibilita la salud en el orden fisiológico, y la justicia en el social. La mujer, á quien la naturaleza confió principalmente la conservación de la especie, necesita, como madre, vivir mucho tiempo para dos. »
Aquí la autora explica claramente cómo la mujer, aunque no puede levantar un peso y dar un golpe como el hombre si no tiene fuerza instantánea, no es lo mismo cuando necesita fuerza continua; ella tiene más perseverancia, más paciencia en lo físico que el hombre. En cuanto á la fuerza espiritual es hasta inoficioso probarlo, pues bien sabido es que sufre las penas del alma veinte veces mejor que el hombre; y delinque menos, sobre todo en los países civilizados, que el hombre, porque tiene más fuerza moral. En los Estados Unidos, por ejemplo, « donde, dice la autora que analizamos, la mujer tiene más medios de proveer á su subsistencia y más personalidad, rara
188 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
vez infringe las leyes. En la penitenciaría de Maryland había no ha mucho 574 hombres y 27 mujeres. ¡Qué elocuencia la de éstos números, y cuan alto hablan en favor de la verdadera fuerza de la mujer 1 Pero donde quiera que se la observe, se ve que paga menos tributo que el hombre á la desesperación y á la culpa, y padece menos de enajenación mental.
» Ya se ha empezado á hacer algo, aunque poco, para mejorar la situación de la mujer, y creemos firmemente que se hará más, que se hará mucho, muchísimo; pero después de todo lo que se haga, la parte que le corresponde en la propagación de la especie y su mayor sensibilidad le darán desventajas como trabajadora, y mayor pena cuando falta, y dolor más intenso cuando sufra. »
La señora Arenal discute y discurre largamente acerca de la fuerza y debilidad intelectuales, de lo cual deduce que la mujer puede alcanzar hasta donde alcanza el hombre intelectualmente, si se mejora su educación y si se la da más descanso de los deberes y pequeños pormenores de la vida que fatigan el alma y esterilizan el espíritu.
« No es cierto, dice, que la mujer sea débil, pero sí que está debilitada por el exceso de trabajo ó la ociosidad; por el tedio, por la inacción de sus facultades más elevadas; por el poco aprecio en que se la tiene; por la falta de recursos y por la escasa instrucción que se la da.
» En los Estados Unidos de América, donde el régimen material, moral é intelectual de la mujer se aproxima más á la razón y á la justicia, su moralidad aumenta con su fortaleza. No sólo la criminalidad de éstas podría quedar reducida á muy poco, sino que
«UJERES MISIONERAS Y MOHALIZADOUAS 180
disminuiría la de los hombres, que con tanta frecuencia se pierden poi^ una raujei\ por lo común mala, es decir, débil... Transformar la mujer de su casa en mujer fuerte, tal es el problema. La transformación es en unos pueblos rápida, en otros lenta, pero donde quiera indefectible... Aquella voz que preguntaba á Caín: ¿ Qué has hecho de tu hermano? podría resonar en la conciencia del hombre diciéndole : ¿ Qué has hecho de la fuerza de la mujer? No parece fácil que respondiese á la celeste voz ; pero es aun más dificultoso que la oiga. »
Acabaremos este corto análisis, suplicando á las mujeres que procuren reflexionar acerca de lo que acabamos de extractar, y decimos á los hombres que, puesto que en sus manos está el porvenir de la humanidad, á ellos toca procurar que la mujer se moralice instruyéndose en la ciencia de la vida, no en las vanidades de ella, que es lo que hasta hoy se las ha enseñado.
No hay persona en el mundo que esté exenta de deberes para con la humanidad, y todos, hombres y mujeres, tenemos que llenar alguna misión para el bien, y no sólo para la felicidad de nuestro hogar, sino para la de los demás. El buen ejemplo es una de las armas más poderosas que Dios nos ha dado, y cada cual tiene obligación de ofrecerlo á los demás mientras nos es dado transitar por los valles de la vida.
Además de las obras que acabamos de señalar, escribió doña Concepción Arenal ; Las Colonias penales de la Australia y La Pena de la deportación, — obra que algunos jurisconsultos extranjeros han considerado como digna de haber sido escrita por el hombre más sabio en esas materias. Su tratado de
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La Esclavitud y sus Cartas á los delincuentes son también importantísimas, y la segunda fué laureada; su Ensayo sobre derecho de gentes se ha publicado entre las de la Biblioteca jurídica, lo cual por sí solo hace su elogio. Gomo poetisa fué premiada por un poema en la Sociedad española de la abolición de la esclavitud. Desgraciadamente la señora Arenal murió á fines de 1892.
Gomo no queremos alargarnos demasiado, no podemos hablar sino muy de paso de las demás importantes moralizadoras que se han señalado en el mundo.
Una multitud de mujeres francesas, alemanas, etc., se han dedicado desde el principio del siglo á escribir obras en pro de la educación moral de la juventud, entre las cuales se notan las señoras francesas Sofía Cottin y Ana L. Belloc. Entre las alemanas mencionaremos á Betty Gleim, la cual se entregó desd.o su juventud á estudiar la gran cuestión de la educación de la mujer y del progreso intelectual que íia tenido lugar entre sus compatriotas en los últitnos 50 años. En Suecia, Federica Bremer obtuvo una celebridad europea, y, aunque todas sus obras están .'en forma de novelas, su intención fué siempre la de educar para la virtud los corazones femeninos.
Indudablemente el progreso intelectual de la mujer
MUJERES MISIONERAS Y MORALIZADORAS 191
se halla más desarrollado en Inglaterra y Norte América que en toda otra parte del mundo. No podemos menos que mencionar, aunque sea de paso, algunas de estas mujeres que han merecido el bien de la humanidad. Francisca Power Gobbe, inglesa, se ha entregado completamente á la moralización de sus compatriotas. He aquí los nombres de sus principales escritos : Educación femenina, Ensayo sobre el trabajo de la mujer. Las Niñas desamparadas y cómo se pueden proteger, Deberes religiosos y otras muchas sobre la Legislación penal en las cárceles de mujeres.
La reverenda Augusta Drane, superiora de la orden dominicana en Inglaterra, ha escrito varias obras pedagógicas y de erudición teológica.
Dos hermanas, — María y Emilia Shirreff, — ne sólo han escrito varias obras de educación, sino que fundaron una asociación para fomentar la educación intelectual de la mujer.
Una de las mujeres más importantes entre las escritoras inglesas es indudablemente lady Isabel Herbert. Hija de un general muy instruido, éste la educó á su lado y en su casa tuvo ocasión de oír hablar á los hombres más importantes de Inglaterra, tanto políticos como literatos. Casóse joven, y cuando se encontró viuda se convirtió al catolicismo y se en tregó con alma y vida al fomento de las misiones católicas en Inglaterra y en los países bárbaros; trabajó muchísimo en establecer escuelas para promover el catolicismo en países protestantes; viajó en la Palestina, Egipto, Argel, España é Italia y escribió sus impresiones bajo el punto de vista católico : sus obras morales, las biografías de algunos santos, las obras
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místicas que ha escrito, todo lo que ha salido de ?u pluma ha servido mucho en la misión que ella misma se ha impuesto : la de contribuir á la conversión de Inglaterra.
Ana L. Barbaült floreció al principio del siglo, y sus obras poéticas é Himnos para los niños aun se cantan en las escuelas de la Gran Bretaña.
La Educación de la Mujer y Bocetos morales de Hannah More se consultan y se leen con agrado. Murió de 88 años de edad ; dejó una fortuna considerable ganada con su pluma, parte de la cual legó á instituciones de caridad.
Dos hermanas, — María y Juana Porter, — tuvieron grande influencia en esa sana literatura inglesa presidida por mujeres y que forma una de las mejores glorias de la Gran Bretaña. La segunda fué la inventora de la novela histórica, lo cual hizo con el objeto de enseñar historia con agrado. Sir Wálter Scott no empezó á publicar sus famosas obras históriconovelescas sino algunos años después de Juana Porter.
Ana Jameson con su pluma conquistóse alto puesto entre los literatos ingleses y al mismo tiempo hizo una serie de conferencias que leyó ante una gran concurrencia femenina, en 1855, acerca de la necesidad de la caridad y de la benevolencia. Esto la ha dado un lugar entre las mujeres moralizadoras y benéficas de la época. Sus obras son numerosísimas y encierran toda clase de materias : arte, historia, viajes, novelas, leyendas, etc. La señora Jameson es prodigiosamente instruida y erudita. Aquella vida intelectual y fecunda debería servir de ejemplo á muchas personas que piensan que la ocupación de la mujer
MUJFPE5 MTSIONEPAS Y MORALIZADOFAS 103
no debería consistir sino en los deberes y faenas caseras. Todos los esfuerzos de la señora Jameson se han dirigido siempre á tratar de elevar y dar dignidad á la mujer y levantar el carácter femenino al nivel de su corazón.
Considérase á otra inglesa, Juana Baillíe, como una de las literatas moralizadoras más notables de su patria. Criada en la casa de sus padres, que eran personas muy instruidas, y familiarizada con muchos hombres eminentes de su tiempo, su deseo desde su primera niñez fué el de hacer el bien á la humanidad. Como viese que en los teatros se representaban piezas inmorales con frecuencia, más por falta de obras morales que porque el público pidiese aquello (esto sucedía al principio del siglo), resolvió escribir una serie de dramas bajo el título general del Juego de las Pasiones, en los cuales pintaba los estragos de una pasión en cada drama. Á pesar de su estilo viril, del hondo é intuitivo conocimiento del corazón humano que demuestra; á pesar del dramático interés y hondo amor á la verdad que sabe describir, sus dramas no fueron populares sobre las tablas, aunque sí gustaron mucho á la lectura. Wálter Scott admiraba tanto las obras de esta señora, que llegó hasta compararlas á los del famosísimo Shakespeare.
Quisiéramos extendernos más acerca de las moralizadoras inglesas, pero nos contentamos con señalar tan sólo una vida más á la atención del lector, la cual encierra una enseñanza moral muy importante. Enriqueta Martl\eau empezó su carrera literaria escribiendo varios libros acerca de educación, moral, obras de devoción, himnos^ tradiciones religio-
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sas, etc., con lo cual no solamente pudo sostener, rodeada de comodidades, á su familia, sino que obtuvo mucha fama como escritora. Lanzóse en seguida á la arena como escritora política y económica, y escribió varios tratados y cuentos que ilustraban cuestiones políticas de la época. Sus partidarios la elogiaron muchísimo, y aquello la llenó de orgullo y falseáronsele las ideas. Tras de erróneas ideas políticas se dejó llevar por falsas ideas religiosas, lo cual llamó la atención de los incrédulos, que la encomiaron muchísimo. Resolvió entonces hacer un viaje á Oriente con algunas personas de perversas ideas, y á su vuelta publicó el resulado de sus observaciones. ¡Triste resultado por cierto!... Su viaje á Tierra Santa no le sirvió sino para hacerse notar por sus conceptos anticristianos y aun ateos. Aquello la quitó los amigos de su juventud, que se le retiraron, y el ün de una existencia que había empezado con tanto brillo fué doloroso, puesto que jamás podrá conservar la simpatía y el verdadero afecto de sus semejantes la mujer que deja las veredas que conducen al Calvario, para volverse hacia las que la llevan á los abismos de la infidelidad.
Entre las americanas del Norte que han trabajado en pro de la instrucción y educación de su sexo y se han inspirado en las nobles ideas del bien de sus semejantes, señálase en primera fila á Margarita MerCER, hija de un rico propietario que fué gobernador de Maryland. Aunque criada en la opulencia y educada con particular esmero, amó tanto desde su niñez el bien y la caridad, que anhelaba sacrificarse por las buenas ideas. En breve pudo probarse el verdadero temple de su carácter y la sinceridad de sus inten-
MUJERES MISIONERAS Y MORALIZADORAS 193
ciones. Murió su padre, y en la repartición de sus bienes la tocaron un gran número de esclavos, que valían una fortuna si los hubiera vendido. Pero ella era enemiga de la esclavitud; así fué que apenas recibió su herencia cuando dio libertad á todos los negros, y como quedó en la inopia, fué á pedir servicio como maestra en un colegio de niñas. No solamente aceptó aquella ardua carrera, la única que se le ofrecía, sino que puso en ella todo el deseo ardiente de hacer el bien que abrigaba su corazón. Se consagró á dirigir aquellas almas que se la habían confiado : trabajó en ello día y noche durante 25 años; escribió varios libros para textos que aun sirven como tales en muchos colegios de los Estados Unidos. Margarita Mercer murió en 1846 y su memoria será siempre respetada y querida.
Compatriota de esta señora fué Hannah Lee, autora de una obra sobre educación titulada : Tres maneras de vivir, libro que en poco tiempo tuvo tres ediciones consecutivas en América y fué acogido con entusiasmo en Inglaterra. Traducido al alemán, fué popularísimo en Dresda hacía mediados del siglo. La influencia benéfica sobre la juventud que ha ejercido esta señora, dice uno de sus biógrafos, ha sido mayor de lo que se puede calcular, no sólo con este libro, que es el más popular, sino por medio de otros muchos que publicó después.
Enriqueta Roland Barnett ha dedicado su tiempo y su existencia al mejoramiento de los barrios pobres de Londres, ya escribiendo obras en bien de las mujeres desvalidas, ya haciéndolas lecturas y dándolas enseñanza gratuita.
PARTE CUARTA
MUJERES DOCTORAS, SABIAS, POLÍTICAS Y ARTISTAS
Ya lo dijimos antes, las mujeres han seguido en este siglo todas las carreras, han ejercido todas las profesiones, se las ha visto brillar en todos los puestos antes reservados á los hombres no más.
Una de las profesiones en que más han brillado varias mujeres en la segunda mitad de este siglo es el de la medicina : ciencia trabajosa y que parecía impropia para la mujer delicada y pudorosa ; ciencia que requiere virtudes y cualidades que se decía que no poseían las mujeres; ciencia que exigía profundos estudios, grandes conocimientos, en los cuales realmente pocos espíritus, y éstos los más lucidos, llegan á distinguirse.
En todas las grandes capitales europeas y las principales ciudades del viejo mundo y de Norte América encuéntrase ya acreditadísimas doctoras de medicina que tienen tan numerosa clientela como crédito.
MUJERES DOCTORAS, SABIAS, POLÍTICAS Y ARTISTAS 197
En Inglaterra nació la primera mujer que se entregó públicamente al estudio de la medicina. Hija de padres ingleses que se fueron á establecer á Nueva York en busca de una fortuna que no pudieron alcanzar, ella ha sido una mujer ejemplar por su perseverancia, energía y estudio.
Como quedase muy joven, sin padre, con ocho hermanos menores y una madre desvalida, Isabel BlackwELL se propuso trabajar en un colegio que fundó para mantener á su famila, y al mismo tiempo ocupaba sus horas nocturnas estudiando para pasar sus exámenes y graduarse de médico. Después de pasar brillantes exámenes, Isabel se presentó en las Universidades de Boston y Filadelfla y pidió que la diesen el diploma, pero fué rechazada por ser mujer. Después de luchar con mil contratiempos, al fin la Escuela de medicina de Nueva York consintió en expedirle su grado de doctor, en 1849. Ya para entonces había logrado conseguir el suficiente dinero para ir á París y estudiar en el hospital de la Maternidad las enfermedades de las mujeres y los niños. Como no pudiese obtener el permiso de asistir á la Escuela de medicina, pasó á Inglaterra en donde fué admitida en el hospital de San Bartolomé.
Isabel Blackwell se estableció en Londres, en donde tuvo una brillante clientela ; era directora de dos ó tres establecimientos de caridad y miembro de varias sociedades científicas. Sus conferencias científicas é higiénicas tuvieron mucha fama y su opinión era respetadísima,así como las obras que ha escrito. Una hermana suya, Emilia, siguió sus huellas; fué recibida doctora en 1854, y se estableció también en Londres ejerciendo su profesión.
198 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
Émula de las anteriores es otra inglesa, Isabel GarRET. Desde muy niña se notó en ella decidida vocación para la medicina. Estudió en la Universidad de Edinburgo, que había abierto sus puertas á las mujeres, y fué graduada médico después de brillantísimos exámenes en París en donde las mujeres estudian en la Universidad al igual de los hombres. Dicha señorita es desde 1870 una de las profesoras más afamadas de Londres y ha hecho una fortuna no solamente con la numerosa clientela de que goza, sino también con la publicación de sus obras científicas.
Isabel Morgan Hoggan fué la primera mujer que recibió en Zurich (Suiza) el grado de médico. Casada hoy con un hombre científico, ella ejerce la medicina en Londres, y en colaboración con su marido ha escrito obras de anatomía, estudios acerca del sistema nervioso y es colaboradora en periódicos científicos.
Aña Kiñgford, inglesa también, graduada médica en París en 1880, receta por un método nuevo. Es partidaria de la alimentación puramente vegetal ; ha escrito mucho sobre aquel sistema y ha fundado sociedades y periódicos científicos para sostener su idea.
En Londres tienen las mujeres en toda propiedad una escuela de medicina y un hospital que ellas rigen solas. Se pueden presentar á ser examinadas en las Universidades de Londres y Dublín, y en los grandes centros de población empiezan á gozar de popularidad, á pesar de la guerra sorda que las hacen sus cofrades, los cuales procuran siempre expulsarlas de sus sociedades y asociaciones científicas.
En 1882 había en Londres no más 26 doctoras graduadas con mus ó menos clientela, número que naturalmente se ha aumentado desde entonces. En cada
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ciudad de Inglaterra hay una ó varias doctoras médicas, y muchas se han ido después de graduadas á la India, á Australia y á otras colonias inglesas, en donde con seguridad serán afortunadas.
Las principales médicas de los Estados Unidos son : María Pl'tnam y Raquel Littler Bodley. Esta última fué graduada médica en Pensilvania, en donde se admiten mujeres, y en la Academia de ciencias de Nueva York. Es profesora allí de química y toxicologia; sus obras científicas son notabilísimas.
Desde su infancia, María Jacobi Putnam resolvió adquirir ciencia suficiente y una profesión que la proporcionase posición independiente y con ella la dignidad de la vida. Escogió la carrera de la medicina; pero como aquella carrera es costosa, resolvió primero ganarse el dinero suficiente para llevarla á cabo. Empezó por dar lecciones y después escribió artículos de periódico hasta que reunió los recursos suficientes para ir á estudiar á París, en donde vivió con la mayor economía hasta que ganó un primer premio en la Escuela de medicina y esto le proporcionó recursos que la faltaban para su grado, el cual fué brillantísimo.
Una vez doctora, María J. Putnam regresó á Nueva York, en donde ejerce la medicina con éxito singular.
No mencionaremos las otras médicas norteamericanas ; bastará añadir que hay bastantes ya, y que cada día adquieren mayores consideraciones y el respeto de todos.
Hasta 1884 Bélgica sólo contaba una médica graduada, Isalú van Drest. Después de recibir el título de doctora en Berna se ha dedicado á estudiar la higiene de las prisiones, acerca de lo cual ha escrito
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varios opúsculos importantes. Su tesis versó sobre el cundurango, sustancia vegetal que se emplea para la curación del cáncer. Sin embargo, las leyes belgas le son adversas y no puede practicar su profesión en su patria.
Gomo en España no se admitían médicas en la práctica, ni se permitía que estudiasen en las Universidades, no es raro que hasta 1883 no se conociese sino una sola española que se hubiese entregado con buen éxito al estudio de la medicina. Llámase ésta doña Martina Castillo, y es natural de la ciudad de Lérida. Desde muy joven se entregó al estudio de ciencias naturales, las matemáticas, la fisiología, la higiene, y por último estudió medicina. Fué graduada en 1882. Su ejemplo ha cundido en Barcelona, en donde otras señoras se han dedicado al estudio de la medicina y la higiene.
Doña Martina Castillo obtuvo siempre los primeros premios en anatomía, terapéutica, etc., en las Universidades en donde estudió.
Las rusas son muy partidarias de las profesiones científicas y particularmente aficionadas á la medicina. Después ^^ Isabel Blackwell, la segunda mujer que recibió el grado de doctor en este siglo fué una rusa, Nadeejda Souslwa. Aunque hija de un campesino ruso, á fuerza de perseverancia y trabajo Nadeejda fué subiendo en la escala social, y al fin logró que la permitiesen estudiar en la Universidad de San Petersburgo. Después de sus exámenes la graduaron doctor y goza de marcada reputación en su patria.
Varias otras mujeres rusas siguieron su ejemplo, y hoy día hay muchas médicas en San Petersburgo y en otras ciudades moscovitas.
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Varias polacas han estudiado para médicas, y entre otras, en Varsovia, hay una que ejerce la profesión, la señora Toíl^srewiez Dobroska, que tiene tanta clientela como el mejor médico.
En Alemania es prohibido que las mujeres ejerzan la medicina ; así es que las pocas que se han dedicado á esa carrera abandonan la profesión ó su país. Sin embargo, hay tres médicas graduadas en Berlín las cuales no ejercen públicamente, y dos mujeres dentistas que estudiaron en Filadelña y tienen su oficina allí, así como una clientela escogida.
Aunque las Universidades austríacas no admiten mujeres, hay en Viena y otras ciudades algunas mujeres médicas que ejercen su profesión después de graduarse en el extranjero. La doctora Rosa Welt y la esposa del afamado médico Keschbaumer, médicas graduadas ambas, se han dedicado á la curación de las enfermedades de los ojos en la capital de Austria.
Á pesar de la adelantada civilización de Francia, las mujeres allí no se han dedicado tanto como en Inglaterra á estudios universitarios. Hasta 1870 se graduó doctora la primera francesa, la señorita Verneuil, que hoy practica en París. Así pues, de las 21 mujeres que se graduaron doctoras en la Escuela de medicina de París de 1866 á 1882, casi todas son extranjeras, y otro tanto ha sucedido en los subsiguientes años.
En la América del Sur también hay algunas mujeres que se han dedicado á la ciencia médica con buen éxito ; entre otras, la bogotana Ana Galvez se graduó de doctora en Suiza y ha tenido aciertos notables en las curaciones que ha hecho.
En Chile, una joven de singular talento, la señorita
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Eloísa R Díaz Inzunza se graduó de bachiller en medicina en Santiago en 1886 y al año siguiente de doctora en medicina, después de presentar una brillantísima tesis. Después ha escrito varias obras sobre medicina.
No hay nada que alargue la vida tanto como una existencia consagrada á las ciencias : parece como si la naturaleza premiase á sus admiradores dándoles largos años sobre la tierra para que tuviesen tiempo de estudiar á fondo las maravillosas creaciones de Dios, i Cuántos hombres famosos por su ciencia han vivido más de 80 años ! Entre los más famosos de este siglo citaremos á Humboldt, que pasó de los 90 años; Laplace, que iba á cumplir 80; el famoso químico Dumás, que murió de más de 80; Von Ranke, el sabio alemán, que cumplió 90 años, Ghevreul que pasó de los 100 años, y tantos otros que han vivido trabajando sin cesar con el entendimiento hasta el último día de su vida. Esto mismo sucedió á la mujer de más ciencia que ha brillado en la primera parte del presente siglo, la cual murió en 1872 á los 92 años de edad. Esta mujer fenomenal se llamaba María FairFAx SoMERviLLE. Hija de un distinguido oficial del ejército inglés y de madre escocesa, tuvo una educación clásica y conocía las lenguas muertas, pero aunque había manifestado grande afición á las matemáticas, no cultivó esa ciencia sino después de casada con un capitán de navio de la marina inglesa. Notando su marido la facilidad con que resolvía cual-
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quier problema matemático, se entretuvo en enseñarla esa ciencia, así como la astronomía, y en breve supo más que su maestro. Un sabio inglés descubrió aquel oculto genio y la aconsejó que hiciese una reseña abreviada de uno de los libros más difíciles en la ciencia astronómica : la Mecánica celeste de Laplace. Publicóse aquella obra é inmediatamente llamó la atención de todos los sabios ; de un golpe quedó establecida su reputación é hiciéronla miembro de la Academia de astronomía de Londres y de otras sociedades científicas.
Como se hubiese encontrado poco después con el astrónomo Laplace en un salón parisiense, ella entabló con él conversación científica sin que él cayese en la cuenta de quién era su interlocutora.
— ¡Vosotras las inglesas sois admirables! exclamó el astrónomo después de oír sus conceptos ; encuentro por primera vez que dos inglesas han entendido mejor que nadie mi Mecánica celeste : vos, señora, y la inteligente dama que hizo en inglés una reseña de aquella obra mía !
Gomo aquella señora enviudase poco después, se retiró del mundo y no volvió á presentarse ante él sino cuando habiéndose casado por segunda vez con un erudito doctor, Somerville, resolvió publicar otra obra que había escrito enteramente original, titulada : La Conexión de las ciencias físicas.
« Esta obra, escribieron en la revista científica de más fama en Inglaterra \ aunque no [es voluminosa, es un verdadero Cosmos, por su naturaleza, sus intenciones y la multitud de materiales que supo con-
1. Quarterly Review.
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densar para aclarar la historia de los fenómenos físicos de la naturaleza. En algunas partes su manera de tratar ciertas materias se parece en el fondo á la que después adopto Humboldt, siendo ella la primera en hacerlo. »
Esta obra, considerada como una de las más interesantes que se habían escrito hasta entonces sobre astronomía, tuvo ocho ediciones consecutivas, lo que prueba una popularidad inaudita con respecto á un libro cientíñco que no puede estar al alcance de todos.
En 1848 la señora Somerville publicó su tercera y última obra : Geografía física, en dos volúmenes, — es una descripción física, fllosóñca y moral de la tierra. — Esta sabia dama ha trabajado más que nadie en cristianizar las ciencias, pues nunca perdió de vista al gran Creador de todas esas maravillas, como sucede á espíritus más pequeños y menos nobles.
Traduciremos un acápite de la introducción á la Conexión de las ciencias físicas, como una muestra de su estilo :
« Los cielos, dice, presentan más que cualquiera otra ciencia el espectáculo más sublime para el que la estudia. La magnitud y el esplendor de aquellos cuerpos, la inconcebible rapidez con que giran, las enormes distancias que los separan, hacen comprender cómo será de poderosa la energía que los mantiene en movimiento y la durabilidad de todo aquello, cuyos límites no vemos. Igualmente conspicua es la bondad de ese Creador que dio al hombre facultades con que apreciar la magnificencia de Sus obras, con que trazar con toda precisión las operaciones de Sus leyes, y tener por base el globo que habita para medir
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la magnitud y la distancia del sol y los planetas, y al medir el diámetro de la órbita de la tierra, escalar por allí hasta el firmamento estelar. Estos estudios no sólo ennoblecen el espíritu, sino que inculcan humildad, porque demuestran que hay un límite adonde jamás puede llegar el hombre más enérgico; que nunca podremos medir esos innumerables sistemas solares cuya inmensidad es tan extraordinaria que los que nos rodean son perfectamente insignificantes y aun invisibles delante de tanta grandeza; y que no solamente el hombre sino la tierra que habita y hasta el sistema de que ésta hace parte puede desaparecer, sin que sea notado en medio de la inmensidad de la creación. »
Á pesar de las nobles ocupaciones en que se deleitaba su espíritu, la señora Somerville tenía los modales más agradables y suaves, se manifestaba humilde con todos, amable y casera. Era excelente esposa, madre tierna y abnegada; sólo que ocupaba las horas que otras mujeres malgastan en frivolidades en estudiar obras serias y meditar acerca de la sublime ciencia astronómica.
Aunque no alcanza su fama tan alto como la de la señora Somerville, María Mitchell, — una norteamericana, parienta lejana de Franklin, el sabio inventor de los pararrayos, — se ocupaba mucho de astronomía y aun había hecho descubrimientos en el cielo. Así como la inglesa era eminentemente científica, la americana era práctica.
Su padre era aficionadísimo á la astronomía, y aunque pobre, gastaba cuanto podía en comprar instrumentos astronómicos. María heredó aquella afición y desde muy niña quiso estudiar el mundo estelar :
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como le dijesen que para comprender esa ciencia era preciso saber matemáticas, se entregó á estudiarlas desde los once años. Constantemente se la encontraba pegada á los telescopios y haciendo cálculos, hasta que en 1847 tuvo el gusto de descubrir un cometa telescópico desconocido hasta entonces. El rey de Dinamarca la premió enviándola una medalla de oro, y varias sociedades científicas la nombraron miembro.
Después de pasar algunos años estudiando en los principales observatorios de Europa, María Mitchell regresó á Norte América en 1857, y desde entonces gozó de gran reputación; poseyó un observatorio propio con muchos instrumentos magníficos. Era profesora de astronomía en varias Universidades y ha publicado gran número de opúsculos, almanaques y observaciones astronómicas de mucho mérito. Murió en los primeros meses del año de 1890.
Dos rusas, las señoras Kovalevsky y Litoonova, han estudiado matemáticas con tanto provecho que, como en Rusia no permiten á las mujeres enseñar en las Universidades, la primera de estas damas se fué á radicar á Suecia, en donde la nombraron profesora de matemáticas en una Universidad.
Muchas, muchísimas mujeres de los centros civilizados de Europa y Norte América se han dedicado al bello é interesantísimo estudio de la botánica, estudio que está al alcance de todas las mujeres y que es atractivo y agradable.
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Una inglesa, Mariana Norte, se dedicó desde su niñez al estudio de la botánica; recorrió la Gran Bretaña en busca de plantas raras para formar una colección; pero como viese que las flores disecadas no podían conservar los colores y la belleza de las formas, resolvió aprender dibujo y pintura, no solamente para tomar el diseño de las plantas del natural, sino también para conservar el paisaje en que se hallaban. Una vez recorrida la Gran Bretaña, Mariana North pasó al continente europeo ; de allí fué á la América del Norte, recorrió después el Oriente, la India, Australia, Geylán, etc. Dícese que la colección que esta señora ha formado de la flora del mundo es la más completa que se ha visto jamás. Al regresar de su último viaje, exhibió su colección en Kew-Gardens, cerca de Londres, junto con 600 paisajes y dibujos á la aguada, no siendo éstos sino una parte de los muchos que tiene la colección. Después de un viaje que hizo á la Nueva Zelandia murió en el año pasado de 1893.
Otra dama, muy afamada en Inglaterra por las muchas obras sobre botánica que ha escrito, es Febe Lankester. Hace 40 años que se ocupa en vulgarizar esa ciencia dando lecciones, haciendo conferencias y escribiendo libros. Su objeto principal es demostrar que el cultivo de las plantas y de las flores es el medio más fácil y mejor para saniücar las habitaciones: y las ciudades.
Emy de Leeuw, holandesa, ha escrito una obra sobre botánica de bastante mérito; es redactora de un periódico científico literario.
208 LA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
La Real Sociedad de Agricultura cuenta entre sus más afamados profesores á una mujer, Leonor OrmeROD, entomologista ^ notabilísima. Su padre fué un sabio, su madre era una mujer muy instruida. Desde niña se ocupaba en estudiar las costumbres de los insectos, y como viviese en el campo, continuamente á solas con la naturaleza, pudo dedicarse á su estudio favorito. Leonor Ormerod es una naturalista práctica; no solamente examina personalmente los insectos, sino que recorre los campos, se detiene en las aldeas, acompaña á los campesinos en sus faenas, y pasea las sementeras : todo esto para averiguar lo concerniente á los insectos nocivos. En todas partes halla motivos de reflexión y estudio, lo cual trascribe después en los interesantísimos opúsculos y libros que publica en bien de la humanidad.
El famoso geólogo inglés, sir Garlos Ltell, cansado con la informalidad de los jóvenes que le ayudaban en sus tareas, resolvió tomar á su cargo á una joven que se resolviese á trabajar bajo su dirección : después de varios ensayos halló una niña tan á su gusto que resolvió perfeccionar su educación. La inteligente secretaria se llamaba Arabela Bückley, y en breve la discípula del sabio tomó tanto interés en las arduas cuestiones geológicas y en otros ramos de las ciencias físicas, que se dedicó á ellas completamente.
1. Parte de la zoología que trata del conociniieülo de ios insetjtos.
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Bajo la dirección de su maestro escribió sus primeros ensayos, y después, ya sola, redactó varios libros sobre diversos ramos de la historia natural.
En Austria la señora Aflaja von Enderes ha escrito varios tratados de historia natural, y en todas las capitales europeas se encuentran hoy día algunas mujeres consagradas á aquellos estudios que se han considerado tan áridos y ajenos al espíritu de la mujer.
¿Habránse visto mujeres arqueólogas? ¿Esa cien cía tan muerta, tan árida, tan seca podrá llamar la atención de la mujer, que ama tanto lo vivo, lo fecundo, lo tierno? Sí: varias damas se han ocupado del estudio de los monumentos de la antigüedad.
En el Congreso de americanistas que tuvo lugar en Huelva en el año de 1892 para celebrar el IV centenario del descubrimiento de América, tuvimos ocasión de conocer á la condesa Ouvarof, sabia rusa, presidenta de la sociedad imperial arqueológica de Moscou, la cual había ido á España á representar la sociedad. Una de las que en el mundo se ha hecho notable en ese ramo de la ciencia humana es Amelia Edwards. Esta dama inglesa es miembro de la Sociedad de helenistas, del Congreso Oriental y de otras asociaciones de sabios. En 1875 visitó el Egipto y tomó tanto interés en los estudios arqueológicos que se hacen allí con tanto provecho para la historia, que se dedicó á la arqueología y ha escrito varias obras sobre la materia. Desde 1854 Amelia Edwards
210 tA MUJER EN LA SOCIEDAD MODERNA
escribe para el público, y sus novelas, que son muy apreciadas, le han proporcionado una notable fortuna, la cual ha dedicado en pro de su estudio favorito.
También una húngara, Sofía von Torma se ha dedicado al estudio arqueológico en su patria. El libro que escribió haciendo la descripción de ciertas antigüedades descubiertas por ella ha llamado mucho la atención de los que se han dedicado á ese ramo de la ciencia humana. La señora Torma ha hecho conferencias en Yiena sobre el asunto, las cuales fueron muy concurridas.
Otro estudio bastante árido al parecer, pero que en realidad no puede ser más ameno é interesante, es el de las lenguas antiguas y modernas en su relación con las razas : esta ciencia ha tenido también aficionadas entre las mujeres contemporáneas. No hablamos solamente del conocimiento de cuatro, seis, ocho idiomas de los más usados en Europa, sino del conocimiento verdadero de las lenguas antiguas y modernas : la políglota más notable del sexo femenino que se conoce en la actualidad es una señora rusa, Elena Blavatsky, que conoce á fondo 40 lenguas, tanto europeas como asiáticas. Su amor á la ciencia llegó á tal grado que pasó largos años en la India profundizando los antiguos conocimientos de los asiáticos. Viendo que no podía hacerlo sin penetrar en la religión de aquel pueblo, fingió convertirse al budismo, con lo cual logró vivir en la inti-
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midad de los sacerdotes y descubrir varios secretos vedados á los cristianos. Desgraciadamente, Elena Blavatsky es una extravagante cuyas obras no están á la altura de sus conocimientos. Como fuese desterrada de Rusia por sus ideas subversivas, hoy día se halla radicada en la América del Norte.
Una austríaca, Camila R. Ostoie, después de haber pasado brillantísimos exámenes, se dedicó al estudio de las lenguas orientales : conoce á fondo el turco, el árabe, el ruso. Es profesora de lenguas orientales y escribió un diccionario turco-alemán que ha sido premiado por varios soberanos.
La señora Clemencia Roger se ha ocupado particularmente de la ciencia de economía política y filosófica. Aunque nacida en Francia, de padres franceses^ hizo su educación eü Inglaterra y en Suiza. Desgraciadamente, si en aquellos países se hizo sabia, también perdió sus ideas religiosas. Las obras que ha escrito, — Origen del hombre y de las sociedades. Ritos funerarios de las sociedades prehistóricas, la lntroducciÓ7i á las obras de Dar^vin, que tradujo, y multitud de artículos y folletos, — todas son encaminadas á encomiar las teorías de los discípulos de Darwin. En 1862 ganó el premio que había ofrecido el gobierno suizo á la mejor Meinoria sobre el impuesto. Pero de este premio tuvo que participar la mitad al socialista Proudhón, cuya memoria sobre el mismo asunto era, según los jurados, de mérito
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igual á la de Clemencia Roger. Lo curioso del asunto es que Proudhón acababa de publicar un libro, que hizo mucho ruido, en el cual procuraba probar que la inteligencia en la mujer era nula y jamás alcanzaba á asuntos serios.
Otra mujer, — ésta es inglesa y se llama Millicent Garrett Fawcett, — se ha hecho notable en sus escritos sobre economía política. Casada con un distinguido economista, miembro del Parlamento y administrador de los correos de la Gran Bretaña, Millicent Fawcett no se ocupó de economía política sino tarde. Como hubiese cegado su marido, ella quiso distraerle leyéndole obras sobre aquella materia, y al mismo tiempo le sirvió de amanuense. Interesóse por consiguiente en cuestiones de economía política; resolvió estudiarlas á fondo, y á poco escribió un tratado de Economía política para los principiantes, y después ha publicado algunas otras obras sobre el asunto. Su hija obtuvo el primer premio de matemáticas en la Universidad de Cambridge, en 1890.
Al mismo tiempo que la señora Fawcett, — su hermana, la señora Garret-Anderson, y su prima hermana, Rhoda Garret, — se ocupaban también en la cuestión de la emancipación política de la mujer en Inglaterra y trabajaban sin descanso para obtenerla.
Si en Europa las mujeres escriben y á veces hasta hablan en público, tratando de elucidar cuestiones serias que se habían considerado como enteramente
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impropias de las mujeres, en los Estados Unidos practican lo que las otras aconsejan.
Aunque en Europa se encuentran muchas mujeres en las diversas carreras masculinas, hasta hoy no se ha visto ninguna que siguiese la carrera de las leyes al igual de los hombres : no así en Norte América, en donde hay varias abogadas. La más conspicua entre las norteamericanas se llama Belva Lockwood.
Desde muy joven esta dama se entregó al estudio de las leyes, y siguió todos los cursos necesarios para recibirse de doctora en leyes, hasta lograrlo. En 1873, estando en el distrito de Golumbia (al este de los Estados Unidos), fué nombrada miembro del tribunal supremo de aquel distrito; con motivo de su juiciosos y perspicacia discursos tan llenos de ciencia, á poco se la consideró como uno de los primeros jurisconsultos de la República Unida. Pronto aquel teatro no fué adecuado á sus talentos ; llamáronla á la capital, y hoy día ejerce en Washington la carrera de abogado con aplauso general, no alcanzándole el tiempo para defender todos los pleitos que la encargan.
En Austria hay también una mujer que es doctora en leyes, Susana Rubenstein, la cual aunque no ejerce la abogacía, ha hecho conferencias públicas dilucidando en ella cuestiones jurídicas. Dos más, austríacas, se han ocupado de economía política y de filosofía : Elisa Last y Edle von Strickh ; ambas eran partidarias de la filosofía de Kant y de Shopenhauer.
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En 1850 se publicó en Viena un libro que llevaba este título : Viaje de una mujer sola al derredor del mundo. Semejante obra llamó muchísimo la atención y se tradujo al inglés y al francés. ¿Quién es esta mujer? se preguntaban todos, y ¿por qué viaja sola? La historia de Ida Reyer Ffeifeer es tan curiosa como interesante y ofrece una prueba más de lo que puede la voluntad firme de una mujer enérgica. Ida había nacido en Viena al fin del siglo pasado, y desde su primera juventud deseó ardientemente viajar, ver escenas nuevas, conocer otros países, — no los europeos, tan conocidos ya por todos, — sino que anhelaba visitar lejanas y extrañísimas comarcas, ver otros continentes y surcar apartados mares. Tal parecía como si jamás pudiese realizar aquel sueño : se casó, tuva hijos; su marido no era rico, y además, tan enfermo que no salía de su estancia. Pero en medio de sus faenas domésticas y del cuidado y educación de sus hijos — pues era excelente madre de familia — jamás perdía la esperanza de realizar el sueño de toda su vida. Para llevarlo á cabo, economizaba en sus gastos personales lo más posible, y todos los años guardaba el fruto de sus economías. Así se pasaron diez, quince, veinte años... Al fin murió su marido, á quien asistió con ejemplar abnegación hasta el fin ; crecieron sus dos hijos varones, y pudo proporcionarles empleos lucrativos; al uno colocó en una secretaría del gobierno, y al otro estableció como artista. Libre entonces y sin tener que dar cuenta á nadie de sus
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acciones, sintióse fuerte y robusta, aunque tenía cerca de 50 años, pero conservaba el mismo deseo de viajar que había tenido siempre.
En los primeros meses de 1842, Ida Pfeiffer salió de Viena, y sola, sin guía, sin compañero que la protegiese, emprendió viaje á la Tierra Santa. Atravesó la Turquía, fué á Palestina y recorrió el Egipto, y en esto gastó todas las economías de 20 años. Al regresar á Viena, publicó en dos tomos el diario de sus viajes; tuvo la fortuna de que el público la acogiese bien, y en pocos meses se agotaron dos ediciones. Aquello la proporcionó dinero suficiente para emprender en 1845 un viaje á Islandia, Suecia, Noruega y Laponia, que también publicó, y ganó dinero con ello.
Estos viajes no eran sino ensayos y preludios de los que ambicionaba particularmente : dar la vuelta al mundo. El 1° de mayo de 1846 salió por tercera vez de Viena, sola como las otras veces ; pero en Hamburgo, en donde se embarcó en vía para la América del Sur, se encontró con un viajero alemán, — el conde Berchtold, — con quien hizo la travesía. Sin embargo, como aquella mujer, llena de brío y de impaciencia á pesar de sus 50 años bien cumplidos, encontrase que el consabido conde era muy despacioso, lo dejó atrás en el Brasil después de una aventura que de paso narraremos.
Los dos viajeros alemanes eran ambos coleccionistas, y ella había hecho estudios de botánica y zoología con el objeto de utilizar esas ciencias en los viajes que había soñado hacer. Apenas hubo llegado al Brasil, convidó á su compaíiero de viaje, que era anciano y tímido, á que la acompañase á una excursión
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al interior del país en busca de curiosidades naturales. Los viajeros no tenían idea de que se pudiese correr algún riesgo, así fué que se internaron en los bosques sin guías y sin armas. Estando un día tranquilamente disecando algunas muestras de flores raras, viéronse atacados por un negro cimarrón armado con un cuchillo. La señora se trató de defender con una navaja, el conde con un paraguas; pero no se sabe qué suerte hubieran corrido los dos, cuando felizmente el negro oyó el paso de algunos transeúntes que se acercaban, y después de herir á la señora en un brazo, puso pies en polvorosa.
Gomo hemos dicho, el genio pacato del conde fatigaba mucho á su compatriota; eso, unido al poco brío que manifestó en la aventura con el negro, acabó de disgustarla; resolvió, pues, abandonarle y seguir camino hasta el interior mismo del Brasil con un peón por único compañero, y caballera en una muía. Así visitó varios pueblos de indios casi salvajes y que la recibieron muy bien. Embarcóse después en un buque mercante en el cual pasó el cabo de Hornos, corriendo muchos peligros ; llegó á Chile, permaneció allí algunos días y se hizo literalmente á la vela en otro buque también mercante, con dirección á la isla de Taití.
Gomo la señora Pfeiffer practicaba siempre una grande economía, pasaba más peligros que los viajeros que llevan consigo comodidades. Á pesar de todo, visitó la Ghina, la India; atravesó la Persia,la Rusia; llegó á Gonstantinopla, pasó por Grecia y arribó á "Viena en noviembre de 1848, después de dos años de un viaje penosísimo y nunca hecho antes por mujer alíuna.
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Tres años gastó la insigne viajera en poner en orden su diario, arreglar sus colecciones de historia natural y publicar sus viajes. Cualquiera diría : ya estará satisfecha ; ha visitado los lugares menos conocidos de Europa y el Oriente, ha dado la vuelta al mundo y ^o^«í/o de toda clase de peligros y de extra- ^ ñas aventuras ; ha cumplido 55 años de edad ; es justo que pase el resto de su vida saboreando sus recuerdos.
Pero ella no estaba aún satisfecha : la faltaba visitar el África en primer lugar, y no había visto las islas de Borneo, Java y Sumatra; sin embargo, no tenía el dinero suficiente para hacer ese viaje que ansiaba, hasta que habiéndole concedido el gobierno austríaco una suma de 2.500 francos (^ 500) como recompensa por sus viajes, se puso en camino con esa exigua suma. Embarcóse en Londres en vía para el cabo de Buena Esperanza, que visitó, é hizo algunas excursiones por los alrededores, pues sus pocos recursos no la permitieron internarse en el continente africano como lo deseaba. Visitó á Sumatra, Java y Borneo, en donde viajó sola y á pie, y aun vivió algún tiempo en medio de una tribu de caníbales, sin que éstos la hicieran mal alguno. En las islas Molucas la dieron pasaje gratuito hasta California. De allí pasó al Perú ; en el Ecuador visitó el Chimborazo y el Gotopaxi, etc., y regresó á Europa después de recorrer la América del Norte. La relación de este viaje la hizo imprimir en Yiena en 1856; titulólo : Mi segundo viaje al rededor del Mundo, y con su producto emprendió otro viaje.
En 1857 Ida Pfeiffer se puso nuevamente en camino. Arribó esta vez á Madagascar, penetró al inte-
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rior de esta isla casi desconocida y en donde hasltt entonces no había podido penetrar ningún europeo. Después de mil peligros, la infatigable viajera salió sin avería de aquella aventurada empresa y regresó á Viena. Pero al fin su cuerpo no pudo resistir tantas fatigas, y murió en su ciudad natal el 4 de noviembre de 1856 á los 63 años de edad.
Otra viajera, — inglesa, — Constancia Gordon GomMiNG, imitó un tanto á la alemana Pfeiffer. Hija de una mujer amante de las ciencias naturales y descendiente por su padre de una gran familia escocesa, esta dama ha pasado muchos anos de su vida recorriendo las islas del Pacífico, Geylán, las islas Teijoo*, en donde vivió dos años, Taití, la Ghina, el Japón, Nueva Zelandia, etc. Después de una prolongada ausencia de su patria regresó á Inglaterra, y ha publicado seis ó siete obras diferentes de descripción de sus viajes por aquella sección del mundo tan desconocida en Europa. Sus obras, dice un crítico de ellas, son interesantes por el acento de cristiandad que respiran, y hace gala de un estilo fácil y ligero, á pesar de la grande erudición en todas materias que manifiesta.
Las inglesas de la alta aristocracia son muy amantes de los viajes, y los motivos de su predilección son los siguientes : dinero en abundancia, conocimientos científicos bastante notables y una salud generalmente de fierro. Dos damas, lady Baker y lady Brassey, han llamado la atención con la publicación de sus viajes en la Oceanía, la India, África y el Oriente, y la prueba del interés que han despertado es que se ha agotado más de una edición de sus obras.
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Otra inglesa, Luisa Ana Meredith, versada en ciencias naturales, — zoología y botánica, — ha escrito con notable maestría sus viajes en Australia y Tasmania.
Á pesar de que la mujer en España, — como decimos en otra parte, — depende siempre del hombre y no se atreve á dar un paso sin él, encuéntrase entre las escritoras hispánicas una dama que el amor á la verdad y el deseo de instruirse y de indagar en las fuentes históricas y arqueológicas la ha llevado á emprender largos, penosos y arriesgados viajes en América para buscar documentos fidedignos que la permitan escribir una erudita Eistoria de América que prepara hace años. Hablamos de la baronesa de WiLSGN, á quien mencionaremos entre las escritoras españolas contemporáneas.
Tres señoritas inglesas, — dos hermanas y una amiga de éstas, — resolvieron emprender viaje al Oriente, sin más compañía que su valor físico y moral. Las señoritas Smith llevaron á cabo su plan con toda felicidad en 1869, y á su regreso publicaron sus viajes. Antes de éstas, en 1860, dos inglesas de apellido Beauford, habían hecho el mismo viaje y dado á la estampa el resultado de sus observaciones. Á su regreso á Inglaterra, una de ellas se casó con un vizconde Strangford, y con él volvió al Oriente y escribió nuevos viajes. Gomo quedase viuda poco después, resolvió emplear su fortuna en obras de caridad y dio mucho dinero para que se estableciesen escuelas cristianas en Damasco y en Beirout.
La rusa Lydia Pachkoff emprendió un viaje al rededor del mundo. Visitó el Oriente, Japón, China, India, Estados Unidos y el Brasil y escribió después la relación de sus aventuras.
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Aunque por lo general en esta época de transición de una faz de la civilización á otra que aun no podemos conocer ; en que, como en una vasija llena de licor en efervescencia, se encuentran todos los elementos de lo futuro reunidos y mezclados; en que el bien y el mal aparecen enlazados ; en que no es posible prever si el mundo podrá regenerarse ó si se perderá por entero en el caos de ideas que suelen obscurecer hasta los espíritus más claros ; en esta sociedad actual tan llena de contradicciones hase levantada una voz que ha hecho estremecer á muchos hombres, ha movido á risa á otros, á odio á algunos : hablamos de la emancipación política de la mujer. Hoy aquella idea nos parece absurda,— quizá no sea sino prematura, — y nos parece absurda principalmente porque las mujeres que han patrocinado y defendido esa idea se han puesto en ridículo por sus exageraciones, sus malas ideas morales y religiosas, sus extravagantes discursos públicos y las maneras varoniles y atrevidas de que han hecho alarde.
En los Estados Unidos de Norte América hay un semillero de mujeres que piden á gritos la emancipación política de la mujer, recorriendo calles y plazas, teatros y salones, y levantando en torno suyo una polvareda dentro de la cual desaparecen todas las cualidades femeninas que más apreciamos. Las direc-
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toras actuales de ese movimiento, — que, es preciso confesarlo, adquiere cada día mayor popularidad en aquel país, — llámanse Ana Isabel Dickson, Susana B. Anthony, y Jenny Croly, conocida con el seudónimo de J. June. Ésta es fundadora de dos sociedades para promover la independencia de la mujer en las carreras científicas. Es miembro de la Academia de ciencias de Nueva York, etc., directora de un periódico y contribuye con artículos y cartas en 27 periódicos de los Estados Unidos. Su marido es director del World y del Graphic de Nueva York, y tiene mucha influencia en la política de su país.
En Inglaterra Ana Besant ha tomado la dirección de aquel movimiento con un calor, un fuego, un entusiasmo inauditos. Según hemos visto en un escrito de la señora Garret Fawcett, el principio de la revolución que pretenden algunas mujeres que se haga en favor de su emancipación política nació de un escrito de María Wollstonecraft que apareció en 1810, titulado : Vindicación de los derechos de la mvjer. Lo que piden las mujeres en Inglaterra es el derecho de votar si se tienen las mismas calificaciones del elector varón, es decir : esmerada educación, cierta renta ó terreno, y que sean independientes, — solteras ó viudas, — y mayores de edad.
En 1867 se trató del asunto en el Parlamento inglés; en 1868 se presentaron por primera vez en público algunas oradoras femeninas, y en el mismo año una señora dueña de una propiedad obtuvo, junto con 27 mujeres arrendatarias suyas, el permiso de votar en una elección municipal. En 1870 salió á luz un periódico redactado por una mujer, titulado así : Revista del sufragio de la mujer, el cual subsiste
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aún. Desde entonces no han cesado de fundarse sociedades en varias partes de la Gran Bretaña para trabajar en pro de aquella idea, y varias veces se ha discutido el asunto en el Parlamento. Lo curioso es que al principio de aquel movimiento lo protegía el partido liberal de Inglaterra encabezado por Bright; pero de repente éste y muchos de sus partidarios se declararon enemigos de la emancipación política de la mujer, y desde entonces trabajan en contra.
Gran número de mujeres fllántropas y escritoras han protegido y hoy sostienen la emancipación política de la parte femenina de la sociedad, entre las cuales citaremos á Florencia Nightingale; la poetisa Browning, las novelistas Grote, Thackeray, Jameson, etc.; y fué también partidaria de ella María Somerville.
Podría decirse que la idea de la emancipación política de la mujer en Francia tuvo principio en la gran Revolución de 89, pero eso sería erróneo : las mujeres que en aquella época se exhibieron como partidarias de la emancipación de la mujer, lo eran también de la religión, de la moral, de los deberes domésticos; eran unas energúmenas, inmorales, la] escoria de la sociedad, puesto que las del temple de madama Roland no tuvieron tiempo sino para pensar en la parte política de que gozaban los hombres de su época, y no se ocuparon de lo que podrían hacer las mujeres por sí mismas.
Las principales sostenedoras actuales en Francia de la emancipación política de la mujer son Olimpia AuDOUARD, María Deraisnes, la socialista Luisa Michel y otras por el estilo, — las cuales están divididas por un abismo de las concienzudas y graves partidarias
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ííe la emancipación femenina que se han presentado en Inglaterra y aun en los Estados Unidos. Las francesas son hijas legítimas de la Revolución atea y subversiva ; las de raza anglosajona son por lo general mujeres serias, que no piden la igualdad entre los dos sexos sino puramente en lo relativo al movimiento político, « en el cual, dicen ellas, la parte femenina debe tener tanta parte como la masculina, puesto que las leyes se hacen para hombres y mujeres )). Éstas, con pocas excepciones, son mujeres morales, buenas madres de familia, y sus sentimientos son muy diferentes de los de las locas hijas de Francia.
María Goegg — nacida en Ginebra en 1826 — fué la primera suiza que en 1868 trató de fundar una sociedad para promover la emancipación política de la mujer. La asociación se reunió en Ginebra, y de resultas de sus trabajos las mujeres obtuvieron licencia para tomar una parte activa en el Congreso de paz internacional que se reunió en Berna poco des pues. La sociedad fundada por María Goegg no nos parece estimable por sus ideas ; tomó el nombre de Solidaria y posee un periódico redactado por la iniciadora de la sociedad. Sin embargo, por otra parte la misma María Goegg ha hecho un bien : pidió y obtuvo de las autoridades suizas que se abriesen las Universidades á las mujeres, ventaja de la cual se han aprovechado particularmente las inglesas, rusas, alemanas, etc.
Las polacas han sido las mujeres más patriotas del universo. En 1840 se formó en Varsovia une sociedad de mujeres, titulada Entusiastas, patrocinada por Kazimira Zmichoska. Éstas pedían participación
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en la política y libertad de industria; pedían lo que los hombres no poseían en aquella desgraciada Polonia. Á pesar de la inutilidad de sus manifestaciones y de sus deseos, las Entusiastas duraron hasta 1865, cuando habiéndose insurreccionado Polonia nuevamente, esta asociación naturalmente fué suprimida. Aquel alzamiento costó á Polonia más de la mitad de sus varones. Se acabaron por completo los jóvenes : unos perecieron con las armas en la mano, otros murieron fusilados, y los demás fueron enviados á Siberia, en donde se les trató bárbaramente. Con ese motivo dícese que las mujeres tuvieron notable preponderancia en las familias, y se las ha dado una educación muy superior á la de ahora 25 años ; después tendremos ocasión de mencionar á las polacas que han seguido carreras artísticas, industriales y literarias.
Las naturales de Bohemia son, como las polacas, muy patriotas y muchas se han hecho notar en este siglo por sus trabajos en la reconstrucción de su nacionalidad. Después de la insurrección de 1848 algunas mujeres patriotas fundaron una asociación que llamaron Sociedad de las mujeres eslavas, la cual promovía la educación de las niñas en el sentido patriótico y la conservación de la lengua nacional.
No hay carrera, aunque sea la más impropia, que ía mujer no haya abrazado en este siglo. Hemos visto que abundan las oradoras políticas; pero nos falta hablar de las Predicadoras. Éstas no existen sino en los Estados Unidos, en donde algunas sectas protestantes admiten mujeres como predicadoras religiosas. Mencionaremos á dos de éstas. La primera es María Torrins Lathrap, que pertenece á la secta me-
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todista; es predicadora de la iglesia congregacional, presidenta de la sociedad de temperancia de Michigan y secretaria de la sociedad de la Unión Cristiana de los metodistas. La segundase llama Francisca WiLLARD, la cual, después de un viaje á Europa y á Oriente, regresó con la intención de convertirse en misionera predicadora. Empezó por Chicago, y desde 1870 no cesa de recorrer los Estados Unidos predicando la temperancia; es socia de gran número de sociedades y publica sus sermones en algunos periódicos de temperancia.
Aunque no se ha visto todavía entre las mujeres un Mozart ó un Rossini en la música, ni un Murillo ó un Rubens en la pintura, ni un Thorwaldsen en la escultura, como tampoco han tenido el primer premio en ninguna ciencia, en la literatura se hallarán en este siglo ]T''ijeres que igualen á los escritores más afamados, y encontramos que muchas mujeres se han distinguido en todas las bellas artes. Veamos en primer lugar la pintura, arte al cual grandísimo número de mujeres se han dedicado en los últimos 50 años. No nos ocuparemos sino de las más afamadas, que han sido premiadas en concursos públicos y cuyas obras se encuentran en las galerías de pintura de Eu ropa, al lado de los maestros más famosos.
Quizá la artista de más fama del siglo y cuyas obras no son superadas por ningún pintor contemporáneo es Rosa (ó Rosalía) Bonheur. Hija y hermana de artistas franceses de mérito, se crió en el taller de su
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padre, y desde niña aprendió á dibujar instintivamente, de manera que antes de aprender á leer ya manejaba el pincel. En 1841, á los 19 años de edad, exhibió en París dos obras que llamaron la atención. Desde entonces se dedicó á la pintura de animales y de paisajes, en lo cual es maestra. Obtuvo varias veces el primer premio en las Exposiciones universales ; es miembro de la Legión de honor y de las Academias de pintura más afamadas de Europa; sus cuadros se venden á precio de oro y ha adquirido una fortuna considerable con el producto de sus obras. Es también escultora, lo mismo que un hermano suyo que se ha dedicado á hacer grupos de animales.
Hermana menor de Rosa es Julia Bonheur Peyrol, la cual, á imitación suya, se dedicó á la pintura de paisajes y animales; y entre las dos hermanas tienen á su cargo una escuela gratuita de dibujo para niñas pobres.
Otra francesa, Nelia Jacquemart, nacida en 1840 en París, exhibió sus primeros cuadros en 18(53 Empezó por pintar escenas de interior, pero no be nizo notable hasta en 1868, en que se dedicó particularmente al retrato; en este ramo parece que no tiene rival actualmente en Francia. Obtuvo medallas de primera clase durante tres años consecutivos, así como también la decoración de la Legión de honor, honor rara vez alcanzado por las mujeres en Francia.
En aquel país se han distinguido en el mismo ramo del arte Isabel Boulanger Cavé, consecutivamente esposa de dos artistas, pintora paisajista; Nelia Gosse, Luisa Thuillier y Emilia G. Leleux; esta última es esposa de un afamado pintor del mismo apellido ; sus
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obras han sido acogidas con estimación en los salonesí de pintura de París; se ha dedicado á estudios dei interior.
Antes de que se inventara la fotografía, los artistas miniaturistas eran muy estimados y solían ganar crecidas fortunas con ese arte tan delicado. Pero si aquella especialidad ha pasado de moda para los retratos, una dama francesa, Matilde Herbelin, ha revivido el estilo copiando en pequeñísima escala y sobre marfil las pinturas de los mejoros maestros del mundo, antiguos y modernos. Con aquel objeto la señora Herbelin visita continuamente las más afamadas galerías de pinturas de Europa para hacer preciosísimas copias que son muy estimadas por los coleccionistas. Las obras originales que ha hecho han sido premiadas en las Exposiciones. Hállase una miniatura suya en la galería de pinturas del Luxemburgo, honor que rara vez han obtenido otras mujeres francesas.
Una sobrina de madama Herbelin tiene una de las reputaciones mayores en Francia como pintora : hablo de Magdalfxa Lemaire, cuyas pinturas s. venden á precios fabulosos en Pan?.
La inglesa Isabel Butler es considerada como una de las más notables artistas contemporáneas. Sus cuadros son casi todos de grandes dimensiones, y lo curioso es que sus gustos son enteramente varoniles en la concepción y en la ejecución : escenas de guerra, batallas, campamentos, cacerías... esto es lo que pinta, y brilla en ello particularmente.
Retratista estimada es la inglesa Elisa Bridwell Fox; filántropa y caritativa es otra, Leonor Veré Boyle, la cual se dedicó á la pintura con el objeto de ganar dinero para hacer el bien en su pueblo natal.
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Dios protege sus buenas intenciones; hoy vende los productos de su pincel á altos precios, y todo lo gasta en fundar y sostener escuelas. Entre otros beneficios ha hecho una costosa cañería para llevar agua limpia á la aldea en que nació.
Desde su más tierna infancia Ana Blunden Martins, inglesa también, sintió que la llamaba la atención el dibujo; sin maestro pintaba las flores del campo copiadas del natural y pasaba horas enteras tratando de reproducir cuanto veía. Sus padres tenían tan mala voluntad á todo lo artístico, que le prohibieron dibujar cosa alguna ; pero ella, aunque deseaba obedecerles, muchas veces se dejaba llevar por su inclinación. Al cabo de años logró al fin que se le permitiese estudiar profesionalmente el dibujo y la pintura, y á fuerza de constancia y voluntad, venciendo mil obstáculos, pudo por fin mandar su primera obra á la Acamia de Pintura de Londres, la cual la aceptó. Desde entonces hasta el día de hoy, no ha cesado de exhibir cada año sus obras y se la considera como una de las mejores paisajistas inglesas.
Inés BouvierNicholl, á pesar de ser vastago de una familia de artistas notables en Inglaterra, ha logrado sin embargo superarlos á todos en bien merecida fama.
Una húngara, la señora Parlaghy, presentó en una de las últimas Exposiciones de pinturas de París un retrato de cuerpo entero del pdiiñoisi Kossuíh que se admiró como una de las obras más artísticas de aquella Exposición.
Otra mujer de la misma nación, Lucía Rosseti, esposa de un notable artista del mismo nombre, es hija de un pintor y ha seguido sus huellas con buen
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éxito. Enriqueta Ward, esposa de un conocido grabador de Londres, tiene también merecida reputación como pintora, por lo cual ha obtenido premios en las exhibiciones artísticas.
Magdalena Marrarle había pasado su juventud entregada al cuidado de su casa y sin ocuparse de arte sino en sus ratos perdidos; pero de repente se encontró viuda, pobre y á la cabeza de una familia desvalida. Recordó entonces que ciertos conocedores amigos de su familia habían elogiado algunos paisajes hechos por ella; los mandó ofrecer en venta y fueron comprados inmediatamente : aquello la dio ánimo ; se dedicó á estudiar la pintura seriamente y al cabo de algunos años había ganado una grande reputación como paisajista y una regular fortuna, con lo cual vive cómodamente en Londres.
María Elisa Haweis gana su vida honradamente como dibujante de los periódicos ilustrados ingleses. Otra dama, Elena Paterson Allingham, se dedicó al grabado sobre madera y es uno de los artistas del Graphic, y sus paisajes á la aguada tienen mucha reputación. Georgina Bowers ha seguido sus pasos como litógrafa y dibujante de libros y periódicos ilustrados. Se ha dedicado á la caricatura y á dibujos de perros y caballos. — Entre las dibujantes y grabadoras inglesas, la que mejor pagan los editores de periódicos ilustrados es María ELE^^A Edwards. Esta dama ha ganado reputación también como pintora al óleo, y sus cuadros tienen merecida fama.
No siempre es preciso empezar á estudiar el dibujo desde la infancia para aprenderlo bien ; la prueba de ello es que Luisa Jopling, que no había tenido maestro de dibujo antes de los 24 años de edad, apenas
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ompezó á dibujar hizo tales progresos en el arte queí á los 28 años ya se la consideraba como una notabilidad artística.
La reina Victoria protege (y ha mandado comprar sus obras para adornar sus palacios) á una pintora de animales, Alicia Ghaplin, que han llamado « la Rosa Bonheur de Inglaterra », pero la cual no alcanza á igualar á la francesa.
Gomo recordarán nuestros lectores, la costumbre de saludar por medio de tarjetas artísticas es moda muy reciente. La inventora de ella fué una alemana, la baronesa von Gramm, con lo cual ha introducido en el mundo un arte que da de comer á muchas mujeres que pintan y dibujan preciosos caprichos en las tarjetas, pues en Europa se pagan muy bien las obras de mano originales y elegantes. Dicha baronesa tiene fama europea como pintora á la aguada.
La más afamada pintora al óleo de Alemania es indudablemente Antonia Volkmar. Es una retratista de primer orden y ha hecho considerable fortuna en Berlín, eñ donde se ha radicado. El emperador Guillermo posee en sus palacios varias de las obras de Antonia Volkmar.
Gitaremos tres pintoras más de la misma nación : Isabel Wiegmann, que es tan hábil retratista como Glara Onike es pintora histórica; y Ernestina FreeDRicHAEN, pintora de interiores y de paisajes.
Las suecas son muy aficionadas á las artes. Una de las más aficionadas es Glara Montalba, pintora que se ha hecho notable por el arte maravilloso con que pinta los efectos de luz. Otra dama, compatriota de la anterior, J. M. G. Bauck, es conocida por sus bellísimos paisajes. Hoy regenta un colegio de niñas en
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Munich. Fuera de éstas, cuéntanse otras notables pintoras* suecas, cuyos nombres no tenemos espacio para apuntar aquí.
Varias belgas se han distinguido en el arte de Apeles, siendo quizá la más notable Adela Kendt; y decimos que lo es, porque en todas sus obras ha procurado cultivar siempre ideas nobles y elevadas.
Hija de un griego y educada en Inglaterra es María Spartali, la cual se entregó al estudio de la pintura y exhibió algunas de sus obras en la Academia Real de Londres.
Algunas notables esculturas se han exhibido en los últimos años. Una de las principales es Claudia ViGNON. Ganó el primer premio de escultura sobre multitud de hombres de conocida fama en 1867. Es la única mujer que hasta ahora lo ha logrado. Napoleón III la mandó hacer varias estatuas y bajorelieves en algunos monumentos de París. Además de escultura, se ocupaba de crítica de arte; era corresponsal de muchos periódicos, y ha escrito algunas novelas muy populares. Murió en 1888.
Elena Herbert Berteaux, también francesa, hija de un escultor que se gozó en dirigir sus estudios desde 1849, ha exhibido estatuas de mucho mérito. Algunas de sus obras perecieron en el incendio del palacio de las Tullerías, pero se conserva una fuente de mármol en Amiéns y muchas estatuas en varias iglesias de París y sus contornos. Fundó una sociedad protectora de mujeres artistas, llamada Union de las Pintoras y Escultor as francesas.
1. Sofía Adlesparre, Amalia Lundegren, Inés Borjeson, Josefina Holmlund, etc.
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Hija de un escultor inglés, María Toornyeroft casó también con otro y siguió la misma carrera desde muy joven. Sus más importantes obras son los bustos de gran parte de la familia real de Inglaterra.
Como dijimos antes, las suecas son naturalmente artistas y desde que se les ha proporcionado una culta educación han sobresalido en muchas carreras que antes estaban exclusivamente reservadas para los hombres. Lea Ahlborn es una afamada grabadora sueca, cuyas obras fueron premiadas en la Exhibición de París en 1865; es además escultora y tiene un empleo de alta categoría en la casa de moneda de Estocolmo.
Entre los grabadores en madera que hay en Suecia se distingue una mujer, Sofía Isberg. Nacida en pobre hogar, el de un sastre, Sofía se educó sola y se dedicó al arte con una constancia y una decisión tal que logró hacerse notar de sus compatriotas. Fué protegida, la dieron maestros, y á la vuelta de pocos años se la consideró como una notabilidad. Ha recibido premios en las Exposiciones de París, Londres, Viena, etc.
Una de las escultorasde más mérito de Suecia es un^ princesa real, y varias señoras de la nobleza cultivan el arte de Fidias, -— lo cual prueba que en todas las escalas de la sociedad se encuentra el talento artístico.
En la América del Norte se han hecho notar mujeres artistas de mérito, algunos de cuyos nombres mencionaremos muy de paso : la señora Moran, pintora y grabadora; Elisa Greatorex, pintora tan notable que ha merecido el honor de ser la primera mujer que ha sido recibida entre los miembros de la Academia nacional de Nueva York.
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¡Cosa curiosa! Muchas de las esculturas y pintoras femeninas han heredado la aíición artística de sus padres. Enriqueta Hosmer era hija de un famoso médico, fuerte en anatomía. Su padre, viendo la afición que tenía al arte, la hizo aprender anatomía en Nueva \ork, sin lo cual, decía, jamás podrá un escultor hacer algo de provecho. Después la llevó á Roma, en donde se perfeccionó y sus obras empezaron á llamar la atención. Estando allí, una de las principales estatuas que trabajó fué considerada de tanto mérito, que el príncipe de Gales la mandó comprar por 30.000 duros. Además de escultora es poetisa, y reúne frecuentemente la mejor sociedad en los magníficos salones de su palacio en Roma. Así esta mujer con su talento y asiduo trabajo ha hecho una gran fortuna.
Margarita Gillies, inglesa, es actualmente una de las artistas más renombradas de Europa. Es vastago de una familia de hombres de letras muy respetada en Escocia por su rango y respetabilidad. Ella se dedicó á seguir como artista la carrera de pintora, escogiendo particularmente la miniatura. En 1851 estudió la pintura al óleo en el taller de Ary Scheffer, y al regresar á Inglaterra las obras que exhibió fueron tan notables que la eligieron miembro de la Sociedad de piníoí^es á la aguada. Los retratos que ha hecho sobre marfil son obras maestras. « Todas esas obras, dice un biógrafo suyo, se caracterizan por la intención que se le descubre de levantar el espíritu hacia lo grande, lo bueno, lo noble, y procurar que el arte sea siempre el intérprete tan sólo de las bellas acciones de la humanidad. »
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En la América española también se han distinguido algunas damas artistas, á pesar de las dificultades que en aquellos países se presentan para seguir una carrera profesional. En Chile, la señorita Agüstlna Gutiérrez fué la primera mujer nombrada como miembro de la Academia de pintura de Santiago. Ha obtenido premios en las Exposiciones y ha sido el apoyo de su familia subveniendo con sus trabajos artísticos á los gastos de la casa de su madre. Desgraciadamente murió en 1886 de poco más de 34 años de edad.
Mira de Gouseño y Aurora Mira y Mena, también chilenas y distinguidas pintoras y escultoras, continúan la tarea artística iniciada por la anterior en la pintura, á lo cual han añadido el arte de la escultura.
Han presentado en las Esposiciones sus cuadros las señoras María del Tránsito Prieto, Celia Castro y Albina Elcuín, así como otras cuyos nombres no alcanzamos á señalar aquí.
En Colombia también podríamos contar algunas pinturas y dibujos artísticos, obras de ilustradas damas y señoritas, como las que exhibieron las señoras Rosa Ponce de Portocarrero, Dolores Valenzuela de Argüez — la señorita Torres — hija y hermana de distinguidos artistas, y de otras cuya modestia es tan exagerada que no han querido presentar en público sus nombres.
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No hay ciudad en el mundo en donde la gente se ocupe tanto de música como en Viena. Allí hay conciertos gratis para el pueblo, en parques, plazas, calles, en todas partes, en tanto que la gente acomodada y la aristocracia oye música en los salones construidos para el caso y en las Óperas, los Clubs y las casas privadas. Patria de tantos músicos famosos, Viena ofrece á los aficionados al divino arte de Mozartmil ventajas que no se encuentran en ninguna otra ciudad. Las escuelas de música gratuitas que hay allí son las mejores del mundo ; las sociedades de aficionados que posee, en donde se tocan cuartetos y quintetos y se canta en coro, son numerosísimas; el conservatorio de Viena ejerce una influencia suprema en la música.
Entre las pianistas afamadas educadas en Viena, las más populares son las señoras Essipoff y Tom Raab, las cuales tocan en conciertos. Muchísimas maestras, las mejores del mundo, han salido del conservatorio de Viena, y la mayor parte de las cantatrices han ido á la capital de Austria á recibir lecciones en aquel templo del arte. Una de las más famosas pianistas de la época, María Krebs, después de educarse en Dresda, se perfeccionó en Viena. La gran violinista Norman-Neruda aprendió en Viena, en donde se exhibió á los seis años de edad en un concierto. Semejante precocidad llamó muchísimo la atención, y su reputación recibió el pase para la fama verda-
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dera en Londres, en donde el músico Beriot la admitió en sus conciertos cuando aun no había cumplido 10 años. Estudiosísima siempre, hace incesantes progresos, y desde 1849, año en que la violinista casó con un músico sueco, no cesó de recorrer las capitales europeas, en donde se la recibía con entusiasmo.
Igualmente afamadas como pianistas son : Arabela GoDDARD, directora de la Academia de música en Londres ; Magdalena Graever, holandesa, que no solamente es pianista sino también compositora de piezas originales para el piano ; Inés Zimmermann, pianista alemana, la cual ña arreglado para el piano varias piezas muy populares, —y tantas otras de reputación artística.
Aunque, como dijimos ames, aun no ha aparecido en el mundo una mujer que iguale á los afamados músicos, tales como Mozart, Beethoven, Meyerbeer, etc., no por eso se puede negar á la mujer el talento y la originalidad artística. Muchas han compuesto óperas que se han representado en Europa. Luisa Bertin, hija de un notable periodista francés, compuso á mediados de este siglo tres óperas que se representaron en París; Paulina Thys, Tarbé de Sablón, la señora Alagnier han compuesto operetas representadas en París y en otras partes.
En 1885 se representó con grande aplauso en Moscow una ópera, Uriel Acosta , obra de una dama rusa, la señora Sajeroff, viuda de un músico ruso.
Clara Sghumann, hija de un famoso pianista y casada con el célebre compositor de su mismo nombre; obtuvo á mediados del presente siglo señalados triunfos como pianista y como compositora clásica.
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Muchas mujeres han compuesto sonatas, oratorios, nocturnos y obras de música de iglesia así como canciones y obras ligeras. Sólo citaremos unas pocas. Carlota Sainton Dolbey — inglesa — discípula de Mendelsson, el cual escribió varias obras expresamente para ella; es hoy directora de una Academia de música y ha compuesto muchas baladas y canciones. Inglesa también es Isabel Philp, la cual desde muy niña tenía tal inclinación á todas las artes y la literatura, que al principio de su vida no sabía por cual carrera decidirse. Al fin resolvió dedicarse á la música y particularmente á la composición de canciones. Ahora algunos aiios se decía que había compuesto más de cien canciones, casi todas muy populares en Inglaterra. Ha escrito también un estudio acerca de la manera como se deben cantar las baladas inglesas.
Carlota M. Sardteu manifestó desde su más tierna infancia, pasada en una pequeña ciudad de Normandía, el amor más grande á la música. No había cumplido siete años cuando ya pasaba muchas horas delante del piano improvisando. Su madre, sencilla normanda, desaprobaba la afición de su hija, pero al fin tuvo que permitirla tomar lecciones profesionales de música, y en París recibió lecciones de Chopin. Como Carlota sólo amaba la música clásica, por mucho tiempo no se hizo popular y los conciertos que daba eran poco concurridos; sin embargo, á medida que se han hecho de moda los estudios de maestros clásicos, la fama de la señora Sardieu ha crecido mucho.
Pero entre todas las músicas contemporáneas, indudablemente la que más ha producido es la viscon-
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descí Clemencia R. de Grandval. A pesar de pertenecer á la aristocracia francesa, desde muy niña se dedicó á estudiar el arte de la composición musical, bajo la dirección del músico Flotow. Después de casada, continuó sus estudios y produjo varías piezas dramátiticas, religiosas é instrumentales. En 1859 dio á un teatro de París una opereta que fué aceptada, y en seguida cada año, hasta 1869, se representaba alguna obra suya en el Teatro lírico, en la Ópera Italiana, etc. aunque bajo el velo de un seudónimo.
El Conservatorio prohijó algunas de sus composiciones religiosas, y en las iglesias de París se suelen cantar muchas de sus obras sueltas y ejecutar las misas que ha compuesto. Fuera de esas piezas serias la viscondesa de Grandval es autora de algunas melodías y canciones muy populares en Francia.
En Suecia el amor á las bellas artes es muy notable entre las mujeres : allí nacieron músicas y cantatrices célebres como Jenny Lind, Cristina Nilsson y otras. Las orquestas de las óperas suelen contar con varias mujeres, y hace pocos años recibió sus diplomas en la Academia real de música de Estocolmo, después de brillantísimos exámenes, una mujer, — Amanda Mercer, — la cual se dedicó á la dirección de orquestas.
No hemos querido mencionar adrede símo las mujeres que tienen una fama europea por su ejecución y sus conocimientos musicales, pues si fuéramos á nombrar á todas las músicas de reputación local, necesitaríamos un volumen.
En Venezuela ha obtenido fama europea Teresa Carreño, extraordinario genio músico, que ha sido aplaudida tanto en los Estados Unidos como en algu-
MUJERES DOCTORAS, SABIAS, POLÍTICAS T ARTISTAS 239
ñas ciudades europeas. En Chile, sólo mencionaremos á las señoras Barra, Martínez, Filomeno y otras distinguidísimas artistas músicas.
En Colombia, tenemos varias artistas de mérito, entre las cuales sobresale por sus composiciones musicales la señora Teresa Tango de Herrera.
Si ha habido ejecutantes y compositoras músicas de mérito, tampoco han faltado las críticas. Una de las más distinguidas en este ramo del arte es la alemana María Lipsius, que ha firmado siempre con el seudónimo de La Mará. Discípula de Lizzt, es una pianista de primer orden, pero en lo que se ha hecho notable es en sus críticas de arte : no sólo ha escrito muchos artículos de periódico sobre aquella materia, sino que sus libros son considerados como obras clásicas de crítica musical.
En años pasados se hicieron notabilísimas dos violonistas de primer orden, Teresa y María Milanolo, las cuales tocaban ese instrumento dificilísimo con una maestría que pocos hombres han igualado.
En España se han distinguido en las artes Carmen Pagés y MiLLÁN, Leopolda Garzo y Antonia Sala; las cuales han exhibido sus obras en las exposiciones nacionales de Madrid.
Músicas las hay también notables en la Península hispánica, y han llegado hasta nosotros los nombres de Clotilde Cerda, á quien apellidan la musa de la armonía; Petra Navarro, una hija del duque de La Torre y Margarita Hevia, las cuales pulsan el arpa con singular maestría.
Se extrañará quizás que entre las mujeres notables de este siglo no hubiésemos contado á las que se han distinguido en el teatro, cantatrices y actrices. Pero
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no hablamos aquí sino de aquellas cuyas profesiones son enteramente honorables, que con ella han ganado su vida y se han hecho un nombre sin exponer su virtud á las asechanzas de las tentaciones mundanas. No decimos por esto que no haya multitud de mujeres dedicadas al teatro que jamás han dejado las veredas de la virtud, ni que no existen y han existido muchísimas mujeres que, llenas de dignidad, han mantenido á su familia con las artes que tanta diversión dan al público; pero como entre éstas, la mayor parte se han dejado arrastrar por la pendiente de la adulación hasta caer en los vicios, y sería necesario para mencionar y encomiar á las virtuosas, callar los nombres de muchas de las que más han brillado en la carrera del teatro, resolvemos no hablar absolutamente de ninguna mujer que se exhiba sobre las tablas, salvo que se haya hecho famosa €omo compositora música también.