La muñeca trágica · Unidad 11 de 32
Unidad 11 · ESCENA VI
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
ESCENA VI
Doña F1<:RNANDA, el ROJO, CASCAN UECKS después ALICIA.
Fer.
Fer.
Fer.
(A doña Fernanda que iba á liaeer inulis.) Dígame Señora... Y usted perdone la curiosidad. ¿El señor Gotran viene todos los días á ver á la señora?
No señor. Ha venido dos veces; una de ellas para prestar declaración ante el señor juez. ¿Declaración? ¡Ah, sí! Ya caigo. ¿La muerte del mecánico? ¿Verdad?
¡Pobre hombre! Lo destrozó el coche. ¿Lo conocían ustedes? No.
Yo tampoco.
(Entrando.) ¿Quién me busca? Estos hombres.
¿A mi? (Doña Fernanda hace mutis, izquierda.)
Perdone usted, señora, el atrevimiento de haberla molestado... nosotros. ¿Qué desean ustedes?
La señora no sé si se acordará de mí ¡claro! ¡Hace tanta tiempo! Y luego los sufrimientos le desfiguran á uno tanto. Además la señora entonces era una chiquilla. ¿Usted me ha conocido á mí de niña? Creo, no sé... Es decir... Me parece que la señora.
En fin. ¿Quién es usted? ¿Es posible? ¿No se acuerda la señora de Hipólito. El cochero del señor?
(Con sorpresa y cspmtojí la vez.) ¡Eh! ¿CÓITIO? ¿El
— 42 — •
Rojo El Rojo, sí señora. Veo que la señora tiene
buena memoria. El Rojo; es mi sobrenombre.
Alicia ¿Y bien? ¿Qué desea? El señor Gotran no esta-
Está en París. Véanlo ustedes. Yo no tengo que ver nada con ustedes.
Rojo Sí, sí señora. Ya nos han di^ho que el señor
está en París. Pero si la señora pudiera favorecernos con cualquier cosa... Estamos tan mal...
Alicia (Dando unas monedas que saca del boLsillo.) Tomen
ustedes. Y ya saben. Al señor. Véanlo ustedes.
Yo no puedo hacer más. Rojo ¡Oh, gracias, señora, gracias! Ya nos vamos.
Perdone la molestia. Adiós, señora. Casca. (Aparte ai Rojo.) ¿Cuánto te ha dado?
Rojo (Aparte á Cascanneces.) ¡Bah! ¡Una miseria! Mas
no te apures. De este pueblo no nos vamos de
vacío. Mañana tendremos pasta. (Mutis ei Roj.)
y Cascanueces.)
ESCENA Vil
ALICIA y E R N ESTO
ALICIA á quien la visita del Rojo y su compañero ha causado impresión de repugnancia y miedo ha quedado sentada y su actitud es de abatimiento y tristeza. ERNESTO se detiene un momento en la puerta antes de entrar y ve alejarse á los dos siniestros personajes de la escena anterior.
Ernesto (a Alicia.) ¿Qué hombres son esos que acaban de salir?
Alicia No sé. Uno de ellos dice haber servido hace
años á mi marido. Me han pedido un socorro y les he dado unas monedas. (Entra Paquita.
Contempla un momento á los dos y hace mutis primera izquierda.)
Ernesto Quizá sean dos bellísimas personas, pero el aspecto deja mucho que desear. Raro será si tropiezan con los gendarmes que no les pidan
43 -
la documentación. ¿Pero qué le pasa á usted? ¿Se pone usted mala? Alicia No, nada... No haga usted caso. Son los ner-
vios. Estos malditos nervios que no puedo dominar. (Pansa. Ernosto la contompla en silencio.)
Ernesto Alicia... ¿Cuándo va usted á ser franca conmigo? ¿Qué misterio es el suyo? ¿Qué oculta pena es esa que asoma á sus ojos á todas horas? ¿No tiene usted confianza en mí, Alicia?
Alicia No sea usted chiquillo, Ernesto. Le aseguro
que no hay nada de lo que usted se figura. En el poco tiempo que le conozco he llegado á tener tal confianza en usted, tan buen concepto tengo foimado de sus sentimientos, de su lealtad, que en usted depositaría gustosa todos mis secretos... Si los tuviera. No, Alicia, no. Perdóneme usted lo que voy á decirla. Pero no sabe usted mentir. En este momento... no siente usted lo que dice. No dice usted verdad.
Sí, Alicia. Hace tiempo que la observo, que la estudio. No es usted una mujer vanal y frivola como creí en un principio. Es usted una mujer llena de misterio, qne sufre y oculta su pena intensa con una aparente alegría, que nuís que alegría parece disimulado miedo.
Alicia (Con temor.) Calle usted, Ernesto. Se lo suplico.
Ernesto ¿Pero es verdad?
Alicia Sí, Ernesto. No se ha engañado usted. Eso hay
en el fondo de mi alma. Pena y miedo. ¡Y si usted supiera! ¡Si yo pudiera, si yo me atreviera ci hablar!... Us'ed no puede figurarse lo que yo daría por tener una madre, una hermana, un amigo á quien poder contar todo mi sufrimiento, en quien poder tener una protección, un apoyo. Porque sépalo usted. No tengo á nadie. ¡Estoy sola!
Ernesto No, Alicia, no. No est¿í usted sola. Y si está usted sola es porque quiere. Nunca en mi vida
— 44 —
he hecho un ofrecimiento más de corazón. ¿Quiere usted que sea yo ese amigo que usted busca? Por usted estoy dispuesto á todo.
Alicia No, Ernesto, no. Le agradezco su noble inten-
ción pero no debo aceptar. Además. ¿Qué podría usted hacer por mi? Yo vivo en París, usted aquí. A esa distancia ¿qué socorro podría esperar de usted, caso de necesitarle?
Ernesto Yo puedo ir á París.
Alicia ¿Y abandonaría usted á su vieja madre por se-
guirme?
Ernesto Sí, Alicia, sí. Por usted lo abandonaría todo. ¡Si viera usted lo que la quiero!
Alicia No empecemos. Me ha prometido usted no
hablarme de amor. Yo no soy libre y usted está próximo á casarse. No podemos ser más que amigos. Conténtese usted con este título.
Ernesto A condición de que tenga usted confianza en mí.
Alicia ¿Puede usted quejarse? A nade he dicho las
cosas que á usted le digo.
Ernesto Pues, contésteme usted á esta pregunta. ¿Qué temor es esc que constantemente le domina? ¿De quién tiene usted miedo?
Alicia De él. De Gotran.
Ernesto ¿De su marido?
Alicia (Tras Hgora vacilación y en voz baja.) El Señor
Gotran no es mi marido.
Ernesto ¡Cómo! ¿Qué dice usted?
Alicia ¡Por Dios, Ernesto! ¡Por todo lo que usted más
quiera, le ruego que guarde u>ted el secreto de esta confidencia mía! Es usted la primera persona á quien me atrevo hacer esta confesión. Una indiscreción podría ser fatal para los dos.
Ernesto Entonces. ¿Qué es de usted ese hombre?
Alicia No lo sé. Sólo sé que ejerce sobre mí un po-
der tal, tal dominio tiene, que á pesar del odio y la repugnancia que le tengo, soy su esclava y le sigo... Si yo le dijera á usted que los días
más felices de nú vida son estos días que he pasado aquí. Y es por eso... Porque no le veo, porque no le oigo, porque me creo libre. ¿Pero qué es de usted ese hombre? No siendo marido, padre, ni hermano ¿por qué está usted con él?
¿Lo sé yo acaso? Desde niña estoy en su poder. No sé más.
¿No recuerda usted á sus padres? Recuerdos de niña confusos y vagos. Lo que más presente tengo, es un día que fueron por mí al colegio y me llevaron á ver á una mujer que se moría. Aquella mujer debía ser mi madre. Me acerqué al lecho, fijó en mí sus ojos tiistes y llorosos, me besó, quiso hablar... Y no habló. Había muerto. A partir de esa fecha toda mi vida es esc hombre que manda en mí y á quien obedezco ciegamente. Hay veces, como ahora, en que me rebelo contra su poder y en que quisiera escapar lejos, muy lejos para no verlo más. Pero esto dura poco. Viene él, me habla, me mira, y ya no soy dueña de mi voluntad ni de mis actos. Pues bien, Alicia. Si usted quiere yo estoy dispuesto á librarla de ese hombre. Una palabra y...
No, Ernesto, no. Es inútil. No conseguiría usted nada. Además... Sépalo usted. La desgracia me acompaña. Es usted la única persona en el mundo que me ha inspirado simpatía y no quiero turbar su vida causando su desgracia. Olvide usted todo lo que le he dicho y conformémonos con nuestra suerte. No, Alicia. Eso no. La quiero á usted con toda mi alma y no me resigno á perderla. No sé lo que haré, pero lo intentaré todo por libertarla de ese hombre.
No, Ernesto. Usted no puede abusar de la confianza que he depositado en usted. La más pequeña indiscreción puede perderme... Tengo
46 -
miedo... Júreme usted que no dirá á nadie lo que ha sabido.
Si. Se lo juro á usted. Pero también la juro que no la abandonaré y que la seguiré á usted á todas partes.
Eso es una locura, Ernesto, y no la hará usted. Tiene usted aquí su madre y su prometida, con quien debe casarse muy en breve. No dará usted lugar á que los remordimientos me mortifiquen eternamente. ¿A usted, por qué?
Por que si usted hiciera la chiquillada de seguirme haría usted la desgracia de esa pobre muchacha que le quiere, y daría usted un gran disgusto á su madre. No, Ernesto, no. Usted no hará eso. No lo hará.
(Suena la bocina de un automóvil. Alicia se pone de pie extreniadanieníe pálida.)
¿Qué es eso? ¿Qué la pasa á usted?
¡Es él! ¡Por Dios, retírese usted! ¡Viene!
¿Pero quién?
¡Gotran! ¡Estoy segura!... Se apea... Se dirige á
la casa... ¡Ya está aquí!
(Estas últimas frases las dice de frente al público con la mirada ñja. Como presa de una alvicinación.)