La Navidad en las Montañas · Unidad 4 de 11
DEDICATORIA A FRANCISCO SOSA — parte 3
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--¡Oh! tiene Vd. razón, tiene Vd. razón; pero no es así como se piensa allá en otras partes. ¡Dios mío! ¡qué bendita Navidad ésta que me ha hecho encontrar lo que me había parecido un sueño de mi juventud entusiasta!
[Footnote 1: #Saboya#, _Savoie_, a department of southeastern France.]
[Footnote 2: #Pirineos#, _Pyrenees_, mountains forming the boundary between France and Spain.]
[Footnote 3: #Humboldt#, Friedrich Heinrich Alexander von (1769-1859), a celebrated German scientist and explorer. The results of his American journey were published under the title _Voyage in the Equinoctial Regions of the New Continent_.]
[Footnote 4: #Bonpland#, Aimé (1773-1858), a French naturalist and traveler who was with Humboldt in South America and Mexico.]
[Footnote 5: #tortilla#, in Mexico a thin round cake, made of meal and water, flattened by tossing back and forth in the hands, and cooked on hot stones.]
[Footnote 6: #hasta# is used to emphasize #ahora#.]
[Footnote 7: #pacholes#. _Pachol_ is not found in the dictionaries, but its apparent meaning is _pod_.]
VIII
Pero los chicos, luego que vieron al cura, vinieron a saludarlo alegremente, y luego corrieron al centro del pueblecillo gritando:
--¡El hermano cura! ¡el hermano cura!
--¡El hermano cura!--repetí yo con extrañeza;--¡qué raro! ¿Es así como llaman aquí a su párroco?
--No, señor,--me respondió el sacerdote,--antes le llamaban aquí, como en todas partes, el _señor cura_; pero a mí me desagrada esa fórmula, demasiado altisonante, y he rogado a todos que me llamen el _hermano cura_: esto me da mayor placer.
--Es Vd. completo. ¡Y yo que he venido llamando a Vd. el señor cura!
--Pues bien: está Vd. perdonado, con tal de que siga llamándome su amigo nada más.
Yo apreté la mano de aquel hombre honrado y humilde, y me aparté un poco para dejar a la gente, que había acudido a su encuentro, saludarlo a todo su sabor... Los ancianos le abrazaban (pues se había bajado del caballo) con ternura paternal, y él era quien los saludaba con veneración; los hombres le hablaban como a un hermano, y los chicos como a un maestro. En todos se notaba una afectuosa y sincera familiaridad.
Al llegar a su casita, que estaba, como es costumbre, junto a la pequeña iglesia parroquial, y en lo que podía llamarse plaza, el cura, enseñándome una bella casa grande, la más bella quizás del pueblo, me dijo:
--¡Ahí tiene Vd. nuestra escuela!
Y como yo me mostrara[1] un poco admirado de verla tan bonita y aseada, revelando luego que era el edificio predilecto de los vecinos, observé en éstos, al felicitarlos, un sentimiento de justísimo orgullo. El más viejo de los que estaban cerca, me dijo:
--Señor, es _él_ quien merece la enhorabuena; por _él_ la tenemos, y por _él_ saben leer nuestros hijos. Cuando nosotros la levantamos, aconsejados por él, y la concluimos, al verla tan nueva y tan linda, le propusimos que se fuera a vivir en ella, porque le debemos muchos beneficios, y que nos dejara el curato para la escuela, pero se enfadó con nosotros y nos preguntó si él valía acaso más que los niños del pueblo, y si necesitaba ocupar tantas piezas él solo. Nos avergonzamos y conocimos nuestro disparate. Es muy bueno el hermano cura, ¿no le parece a Vd.?
Yo fuí a abrazar al cura en silencio y más conmovido que nunca.
Entramos por fin en la casa del curato, que era pequeña y modesta, pero muy aseada y embellecida con un jardincillo, provista de una cuadra y de un corral. La gente se detuvo en la puerta. Adentro aguardaban al cura el alcalde con algunos ancianos y algunas mujeres de edad. El cura se quitó el sombrero delante del alcalde, dando así un ejemplo del constante respeto que debe tenerse a la autoridad, emanada del pueblo; saludó cariñosamente a las viejas vecinas, y entró conmigo y los hombres a su saloncito, que no era más grande que un cuarto común. Pero antes de entrar, una de las viejas, robusta y venerable vecina, que revelaba en su semblante bondadoso una gran pena, detuvo al cura, y le preguntó en voz baja:
--Hermano cura, ¿lo ha visto Vd. por fin? ¿Está más aliviado? ¿vendrá esta noche?
--¡Ah! sí, Gertrudis,--respondió el cura;--se me olvidaba ... lo ví, hablé con él, está triste, muy triste; pero vendrá, me lo ha prometido.
--Pues voy a avisárselo a Carmen para que se alegre,--replicó la anciana... ¡si viera Vd. como ha llorado, hermano cura, temiendo que no viniera! ¡Pobre muchacha!
--Que no tenga cuidado, Gertrudis, que no tenga cuidado.
--Aquí hay algo de amor, amigo mío,--me atreví a decir al cura.
--Sí,--me dijo éste con aire tranquilo:--ya lo sabrá Vd. esta noche: es una pequeña novela de aldea, un idilio inocente como una flor de la montaña; pero en el que se mezcla el sufrimiento que está atormentando dos corazones. Vd. me ayudará a llevar a buen término el desenlace de esa historia esta misma noche.
--¡Oh! con mucho gusto: nada podría halagar tanto mi corazón; también yo he amado y he sufrido,--dije acordándome súbitamente de lo que había olvidado durante tantas horas, merced a los recuerdos de Navidad y a la conversación del cura.--¡Yo también llevo en el alma un mundo de recuerdos y de penas! ¡Yo también he amado!--repetí.
--Es natural ... dijo también suspirando el cura, e inclinando con melancolía su frente pensadora, surcada por arrugas precoces.
Aquello me puso silencioso, y así tomé asiento junto a un buen fuego que ardía en la humilde chimenea del saloncito.
IX
Hasta[2] entonces pude examinar completamente la persona del cura. Parecía tener como treinta y seis años; pero quizás sus enfermedades, sus fatigas y sus penas eran causa de que en su semblante, franco y notable por su belleza varonil, se advirtiese un no sé qué de triste, que no alcanzaban a disipar ni la dulzura de su sonrisa, ni la tranquilidad de su acento, hecho para conmover y para convencer.
Quizás yo me engaño en esto, y mi preocupación haya sido la que puso para mis ojos, en la frente y en la mirada del cura, esa nube de melancolía de que acabo de hablar.
Es que yo no puedo figurarme jamás a un pensador, sin suponerlo desgraciado en el fondo. Para mí el talento elevado siempre es presa de dolores íntimos, por más que ellos se oculten en los recónditos pliegues de un carácter sereno. La energía moral, por victoriosa que salga de sus luchas con los obstáculos de la suerte y con las pasiones de los hombres, siempre queda herida de esa enfermedad incurable que se llama la tristeza; enfermedad que no siempre conocemos, porque no nos es dado contemplar a veces a los grandes caracteres en sus momentos de soledad, cuando dejan descubierta el alma en la sombra del misterio.
El cura era indudablemente uno de esos personajes raros en el mundo, y por eso yo no lo creía feliz. Hubiera sido imposible para mí, después de haberlo escuchado, considerarlo como una de esas medianías que encuentran motivos de dicha en todas partes.
Continuando mi examen, ví que era robusto, más bien por el ejercicio que por la alimentación. Sus miembros eran musculosos, y su cuerpo, en general, conservaba la ligereza de la juventud. Sobre todo, lo que llamaba mi atención de una manera particular, era su frente de un profeta, y que aun estaba coronada por espesos cabellos de un rubio pálido; era la mirada tranquila y dulce de sus ojos azules, que parecían estar contemplando siempre el mundo de lo ideal; era su nariz, ligeramente aguileña, y que revelaba una gran firmeza de carácter. Todo este conjunto de facciones acentuadas y de un aspecto extraordinario, estaba corregido por una frecuente sonrisa, que apareciendo en unos labios bermejos y ligeramente sombreados por la barba, y en unos dientes blanquísimos, daba al semblante de aquel hombre un aire profundamente simpático, pero netamente humano.
Su traje era modestísimo, casi pobre, y se limitaba a chaqueta, chaleco y pantalón negros, de paño ordinario, sobre todo lo cual vestía, quizás a causa de la estación, un sobretodo de paño más grueso y del mismo color.
Cuando acabó de hablar con el alcalde, se levantó, y haciéndome una seña me presentó a aquel honrado personaje, a quien no solamente saludé, sino que, en cumplimiento de mis deberes militares, me presenté oficialmente, habiéndome excusado él con suma bondad de la fórmula de presentación en la casa municipal esa noche, aunque ofrecí poner en sus manos mi pasaporte al día siguiente.
Después, el cura me presentó a un sujeto que había estado hablando con él, juntamente con el alcalde, y cuya inteligente fisonomía me había llamado ya la atención.
--El señor,--me dijo el cura,--es el preceptor del pueblo, de quien yo soy ayudante; pero todavía más, amigo íntimo, hermano.
--Es mi maestro,--señor capitán,--se apresuró a añadir el preceptor.--Yo le debo lo poco que sé; y le debo más, la vida.
--Chist....--replicó el cura;--Vd. es bueno y exagera los oficios de mi amistad. Pero Vd. está fatigado, capitán, y preciso será tomar un refrigerio, sea que quiera Vd. dormir, o bien acompañarnos en la cena de Navidad. Yo no lo acompañaré a Vd., porque tengo que decir la _misa de gallo_; ya sabe Vd., costumbres viejas, y que no encuentro inconveniente en conservar, puesto que no son dañosas. Aquí no hay desórdenes a propósito de la gran fiesta cristiana y de la misa. Nos alegramos como verdaderos cristianos.
Guióme entonces el cura a un pequeño comedor, en el que también ardía un agradable fuego, y allí nos acompañó al preceptor y a mí mientras que tomábamos una merienda frugal, pues no quise privarme del placer de hacer los honores a la tradicional cena de Navidad.
Después, dejándome reposar un rato, salió con el preceptor a preparar en la iglesia todo lo necesario para el oficio.
Cuando volvió, me invitó a dar una vuelta por la placita, en que se había reunido alguna gente en derredor de los tocadores de arpa, y al amor de las hermosas hogueras de pino que se habían encendido de trecho en trecho.
La plazoleta presentaba un aspecto de animación y de alegría que producían una impresión grata. Los arpistas tocaban sonatas populares y los mancebos bailaban con las muchachas del pueblo. Las vendedoras de buñuelos y de bollos con miel y castañas confitadas, atraían a los compradores con sus gritos frecuentes, mientras que los muchachos de la escuela formaban grandes corros para cantar villancicos, acompañándose de panderetas y pitos, delante de los pastores de las cercanías y demás montañeses que habían acudido al pueblo para pasar la fiesta.
Nos acercamos al más grande de estos corros, y a la luz de la hoguera pude ver rostros y personajes verdaderamente dignos de Belén, y que me recordaron el hermoso cuadro del _Nacimiento de Jesús_, de nuestro Cabrera[3], que decora la sacristía de Tasco[4]. En efecto, esas cabezas rudas, morenas y enérgicamente acentuadas, con sus flotantes cabelleras grises y sus largas barbas; esas sonrisas bonachonas y esos brazos nervudos apoyándose en el cayado, parecen ser el modelo que sirvió a nuestro famoso pintor para su _Adoración de los Pastores_. Y junto a ellos, y haciendo contraste, las muchachas del pueblo con su fisonomía dulce, sus mejillas sonrosadas y su traje pintoresco; y los niños con su semblante alegre, sus carrillos hinchados para tocar los pitos, o sus bracitos agitados tocando los panderos; todo aquello me pareció un sueño de Navidad.
El cura notó mi curiosidad y me dijo:
--Esos hombres son en efecto pastores de las cercanías, y pastores verdaderos, como los que aparecen en los idilios de Teócrito[5] y en las Églogas de Virgilio[6] y de Garcilaso[7]. Hacen una vida enteramente bucólica, y no vienen a poblado sino en las grandes fiestas, como la presente. A pocas leguas de aquí están apacentándose hoy sus numerosos rebaños, en los terrenos que les arriendan los pueblos cercanos. Estos rebaños se llaman _haciendas flotantes_; pertenecen a ricos propietarios de las ciudades, y muchas veces a un rico pastor que en persona viene a cuidar su ganado. Estos hombres son dependientes de esas haciendas y viven comúnmente en las majadas que establecen en las gargantas de la sierra. Hoy han venido en mayor número, porque, como Vd. supondrá, la Nochebuena es su fiesta de familia. Ellos traen también sus arpas de una cuerda, sus zampoñas y sus tamboriles, y cantan con buena y robusta voz sus villancicos en la iglesia, aquí en la plaza y en la cena que es costumbre que dé el alcalde en su casa esta noche: justamente van a cantar; óigalos Vd.
En efecto, los pastores se ponían de acuerdo con los muchachos para cantar sus villancicos, y preludiaban en sus instrumentos. Uno de los chicuelos cantaba un verso, y después los pastores y los demás muchachos lo repetían acompañados de la zampoña, de la guitarra montañesa y de los panderos.
He aquí los que recuerdo, y que son conocidísimos y se han transmitido de padres a hijos durante cien generaciones:
Pastores, venid, venid, Veréis lo que no habéis visto, En el portal de Belén, El nacimiento de Cristo.
Los pastores daban saltos Y bailaban de contento, Al par que los angelitos Tocaban los instrumentos.
Los pastores y zagalas Caminan hacia el portal, Llevando llenos de frutas El cesto y el delantal.
Los pastores de Belén Todos juntos van por leña Para calentar al Niño Que nació la Nochebuena.
La Virgen iba a Belén; Le dió el parto en el camino, Y entre la mula y el buey Nació el Cordero divino.
A las doce de una noche, Que más feliz no se vió, Nació en un Ave-María Sin romper el alba, el Sol.
Un pastor, comiendo sopas, En el aire divisó Un ángel que le decía: Ya ha nacido el Redentor.
Todos le llevan al Niño; Yo no tengo que llevarle[8]; Las alas del corazón Que le sirvan de pañales.
Todos le llevan al Niño, Yo también le llevaré Una torta de manteca Y un jarro de blanca miel.
Una pandereta suena, Yo no sé por dónde va, Camina para Belén Hasta llegar al portal.
Al ruido que llevaba, El Santo José salió; No me despertéis al Niño[9], Que ahora poco se durmió.
Pero los siguientes, por su carácter melancólico, me agradaron mucho:
Una gitana se acerca Al pie de la Virgen pura, Hincó la rodilla en tierra Y le dijo la ventura.
Madre del Amor hermoso, Así le dice a María, A Egipto irás con el Niño Y José en tu compañía.
Saldrás a la media noche, Ocultando al Sol divino; Pasaréis muchos trabajos Durante todo el camino.
Os irá bien con mi gente[10], Os tratarán con cariño; Los ídolos, cuando entréis, Caerán al suelo rendidos.
Mirando al Niño divino Le decía enternecida: ¡Cuánto tienes que pasar, Lucerito de mi vida!
La cabeza de este Niño, Tan hermosa y agraciada, Luego la hemos de ver Con espinas traspasada.
Las manitas de este Niño, Tan blancas y torneadas, Luego las hemos de ver En una cruz enclavadas.
Los piececitos del Niño Tan chicos y sonrosados, Luego los hemos de ver Con un clavo taladrados.
Andarás de monte en monte Haciendo mil maravillas, En uno sudarás sangre, En otro darás la vida.
La más cruel de tus penas Te la predigo con llanto. Será que en tus redimidos, Señor, hallarás ingratos.
No parece sino que el poeta popular y desconocido que compuso este villancico de la gitanilla, quiso, a propósito del Niño Jesús, encerrar en una triste predicción la que ante la cuna de todos los niños puede hacerse de los sufrimientos que los esperan en la vida.
Y después de versos tan melancólicos, los cantares concluyeron con éste que lo era más aún:
La Nochebuena se viene, La Nochebuena se va, Y nosotros nos iremos Y no volveremos más.
--Todos estos villancicos antiguos son de origen español,--dijo el cura,--y yo advierto que la tradición los conserva aquí constantemente como en mi país. Respetables por su antigüedad y por ser hijos de la ternura cristiana, tal vez de una madre, poetisa desconocida del pueblo, tal vez de un niño, tal vez de infelices ciegos, pero de seguro, de esos trovadores obscuros que se pierden en el torbellino de los desgraciados, yo los oigo siempre con cariño, porque me recuerdan mi infancia. Pero desearía de buena gana que los substituyeran con otros más filosóficos, más adecuados a nuestras ideas religiosas actuales, más propios para inspirar en las masas, en esta noche, sentimientos no de una alegría o de una ternura inútiles, sino de una caridad y una esperanza siempre fecundas en la conciencia de los pueblos. Pero no hay quien se consagre a esta hermosa poesía popular, tan sencilla como bella, y además sería preciso que el pueblo la aceptase gustoso, para que se pudiera generalizar y perpetuar.
[Footnote 1: #mostrara# has here the force of a preterite indicative tense, as often in Old Spanish.]
[Footnote 2:#Hasta# here seems to have the force of _not until_ rather than the positive form.]
[Footnote 3: #Cabrera#, a Mexican artist of Indian (Zapotec) parentage, sometimes called the "Raphael of Mexico."]
[Footnote 4: #Tasco#, a city about 100 miles southwest of Mexico City. José de la Borda, who made millions from the mines at Tasco, Zacatecas, and Halpujahua, gave a million to the big church at Tasco.]
[Footnote 5: #Teócrito#, _Theocritus_, a famous Greek idyllic poet who lived in the third century B.C.]
[Footnote 6: #Virgilio#, _Vergil_, a Latin poet who lived in the first century B.C.]
[Footnote 7: #Garcilaso# de la Vega (1503-1536), a Spanish poet.]
[Footnote 8: #Todos ... llevarle#, _All are taking something to the child; I have nothing to take him_.]
[Footnote 9: #2#. Spanish meter depends upon the number of syllables in the line and upon the rhythmical distribution of accents. The lines here are of eight syllables. In some cases, as in line 1, they may appear to have only seven, but as the last syllable is accented it counts for two. Spanish verse usually has:
(1) rhyme, or consonance (the vowels and consonants of the rhyming syllables are identical), as in stanza 1, #visto ... Cristo#, or
(2) assonance (only the vowels are identical), as in stanza 6, se vió ... el Sol, and stanza 8, #llevarle ... pañales#.]
[Footnote 10: #Os ... gente#, _It will go well with you among my people_.]
X
--Pero he ahí las once y media,--dijo el cura al oir el alegre repique que anunciaba la _misa de gallo_.--Si Vd. gusta, nos dirigiremos a la iglesia, que no tardará en llenarse de gente.
Así lo hicimos: el cura se separó de mí para ir a la sacristía a ponerse sus vestidos sacerdotales. Yo penetré en la pequeña nave por la puerta principal, y me acomodé en un rincón desde donde pude examinarlo todo. El templo, en efecto, era pequeño como me lo había anunciado el cura: era una verdadera capilla rústica, pero me agradó sobremanera. El techo era de paja, pero las delgadas vigas que lo sostenían, colocadas simétricamente, y el tejido de blancos juncos que adhería a ellas la paja, estaba hecho con tal maestría por los montañeses, que presentaba un aspecto verdaderamente artístico. Las paredes eran blancas y lisas, y en las laterales, además de dos puertas de entrada, había una hilera de grandes ventanas, todo lo cual proporcionaba la necesaria ventilación....
* * * * *
En la iglesia de aquel pueblecillo afortunado, y en presencia de aquel cura virtuoso y esclarecido, comprendí de súbito que lo que yo había creído difícil, largo y peligroso, no era sino fácil, breve y seguro, siempre que un clero ilustrado ... viniese en ayuda del gobernante.
He ahí a un sacerdote que había realizado en tres años lo que la autoridad civil sola no podrá realizar en medio siglo pacíficamente. Allí veía yo una casa de oración ...; allí el espíritu, inspirado por la piedad, podía elevarse, sin distracciones,... hacia el Creador para darle gracias y para tributarle un homenaje de adoración.