La Navidad en las Montañas · Unidad 5 de 11
DEDICATORIA A FRANCISCO SOSA — parte 4
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La pequeña iglesia no contenía más altares que el que estaba en el fondo, y que se hallaba a la sazón adornado con un Belén....
Las paredes, por todas partes, estaban lisas, y, entonces, los vecinos las habían decorado profusamente con grandes ramas de pino y de encina, con guirnaldas de flores y con bellas cortinas de heno, salpicadas de escarcha.
Noté, además, que, contra el uso común de las iglesias mexicanas, en ésta había bancos para los asistentes, bancos que entonces se habían duplicado para que cupiese toda la concurrencia, de modo que ninguno de los fieles se veía obligado a sentarse en el suelo sobre el frío pavimento de ladrillo. Un órgano pequeño estaba colocado a la puerta de entrada de la nave, y pulsado por un vecino, iba a acompañar los coros de niños y de mancebos que allí se hallaban ya, esperando que comenzara el oficio.
El altar mayor era sencillo y bello. Un poco más elevado que el pavimento, lo dividía de éste un barandal de cantería pintado de blanco. Seguía el altar, en el que ardían cuatro hermosos cirios sobre candeleros de madera, y en el fondo estaba el _Nacimiento_, es decir, un portalito rústico, con las imágenes, bastante bellas, de San José, de la Virgen y del Niño Jesús, con sus indispensables mula y toro, y pequeños corderos; todo rodeado de piedras llenas de musgo, de ramas de pino, de encina, de parásitas muy vistosas, de heno y de escarcha, que es, como se sabe, el adorno obligado de todo altar de Nochebuena.
Tanto este altar, como la iglesia toda, estaban bien iluminados con candelabros, repartidos de trecho en trecho, y con dos lámparas rústicas, pendientes de la techumbre.
A las doce, y al sonoro repique a vuelo de las campanas, y a los acentos melodiosos del órgano, el oficio se comenzó. El cura, revestido con una alba muy bella y una casulla modesta, y acompañado de dos acólitos vestidos de blanco, comenzó la misa. El incienso, que era compuesto de gomas olorosísimas que se recogían en los bosques de la tierra caliente, comenzó a envolver con sus nubes el hermoso cuadro del altar; la voz del sacerdote se elevó suave y dulce en medio del concurso, y el órgano comenzó a acompañar las graves y melancólicas notas del canto llano, con su acento sonoro y conmovedor.
Yo no había asistido a una misa desde mi juventud, y había perdido con la costumbre de mi niñez la unción que inspiran los sentimientos de la infancia, el ejemplo de piedad de los padres y la fe sencilla de los primeros años.
Así es que había desdeñado después asistir a estas funciones, profesando ya otras ideas y no hallando en mi alma la disposición que me hacía amarlas en otro tiempo.
Pero entonces, allí, en presencia de un cuadro que me recordaba toda mi niñez, viendo en el altar a un sacerdote digno y virtuoso, aspirando el perfume de una religión pura y buena, juzgué digno aquel lugar de la Divinidad; el recuerdo de la infancia volvió a mi memoria con su dulcísimo prestigio, y con su cortejo de sentimientos inocentes; mi espíritu desplegó sus alas en las regiones místicas de la oración, y oré, como cuando era niño.
Parecía que me había rejuvenecido; y es que cuando uno se figura que vuelven aquellos serenos días de la niñez, siente algo que hace revivir las ilusiones perdidas, como sienten nueva vida las flores marchitas al recibir de nuevo el rocío de la mañana.
* * * * *
La misa, por lo demás, nada tuvo de particular para mí. Los pastores cantaron nuevos villancicos, alternando con los coros de niños que acompañaba el órgano.
El cura, una vez concluido el oficio, vino a hacer en lengua vulgar[1], delante del concurso, la narración sencilla del Evangelio sobre el nacimiento de Jesús. Supo acompañarla de algunas reflexiones consoladoras y elocuentes, sirviéndole siempre de tema la fraternidad humana y la caridad, y se alejó del presbiterio, dejando conmovidos a sus oyentes.
El pueblo salió de la iglesia, y un gran número de personas se dirigió a la casa del alcalde. Yo me dirigí también allá con el cura.
[Footnote 1: #lengua vulgar#, i.e., Spanish, since the Mass is sung in Latin.]
XI
La casa del alcalde era amplia, hermosa e indicaba el bienestar de su dueño. En el patio, rodeado de rústicos corredores, y plantado de castaños y nogales, se habían extendido numerosas esteras. Para los ancianos y enfermos se había reservado el lugar que estaba al abrigo del frío, y para los demás se había destinado la parte despejada del patio, en el centro del cual ardía una hermosa hoguera. Allí la gente robusta de la montaña podía cenar alegremente, teniendo por toldo el bellísimo cielo de invierno, que ostentaba a la sazón, en su fondo obscuro y sereno, su ejército infinito de estrellas.
La casa estaba coquetamente decorada con el adorno propio del día. El heno colgaba de los árboles, entonces despojados de hojas, se enredaba en las columnas de madera de los corredores, formaba cortinas en las puertas, se tendía como alfombra en el patio, y cubría casi enteramente las rústicas mesas. Tal adorno es el favorito en estas fiestas del invierno en todas partes. Parece que la poética imaginación popular lo escoge de preferencia en semejantes días para representar con él las últimas pompas de la vegetación. El heno representa la vejez del año, como las rosas representan su juventud.
El alcalde, honrado y buen anciano, padre de una numerosa familia, labrador acomodado del pueblo, presidía la cena, como un patriarca de los antiguos tiempos. Junto a él nos sentábamos nosotros, es decir, el cura, el maestro de escuela y yo.
La cena fué abundante y sana. Algunos pescados, algunos pavos, la tradicional ensalada de frutas, a las que da color el rojo betabel, algunos dulces, un _puding_ hecho con harina de trigo, de maíz y pasas, y todo acompañado con el famoso y blanco pan del pueblo, he ahí lo que constituyó ese banquete, tan variado en otras partes. Se repartió algún vino; los pastores tomaron una copa de aguardiente a la salud del alcalde y del cura, y a mí me obsequiaron con una botella de Jerez seco, muy regular para aquellos rumbos.
Concluida que fué la cena, el maestro de escuela llamó por su nombre a uno de los niños, sus alumnos, y le indicó que recitara el romance de Navidad que había aprendido ese año. El niño fué a tomar lugar en medio de la concurrencia, y con gran despejo y buena declamación, recitó el romance....
Todos aplaudieron al niño; el cura me preguntó:
--¿Conoce Vd. ese romance, capitán?
--Francamente, no; pero me agrada por su fluidez, por su corrección, y por sus imágenes risueñas y deliciosas.
--Es del famoso Lope de Vega[1], capitán. Yo desde hace tres años he hecho que uno de los chicos de la escuela recite, después del banquete de esta noche, una de estas buenas composiciones poéticas españolas, en lugar de los malísimos versos que había costumbre de recitar y que se tomaban de los cuadernitos que imprimen en México y que vienen a vender por aquí los mercaderes ambulantes.... De este modo, los niños van enriqueciendo su memoria con buenas piezas, que se hacen después populares, y se ejercitan en la declamación, dirigidos por mi amigo y su maestro, que es muy hábil en ella.
--Señor,--respondió el maestro de escuela, dirigiéndose a mí,--ya he dicho a Vd. que todo lo que sé, lo debo al hermano cura; y ahora añadiré, porque es para mí muy grato recordarlo esta noche, que hoy hace justamente tres años.... Permítame Vd., hermano, que yo lo refiera; se lo ruego a Vd.,--añadió, contestando al cura que le pedía se callase:--hoy hace tres años que iba yo a ser víctima del fanatismo. Era yo un infeliz preceptor de un pueblo cercano, que habiendo recibido una educación imperfecta, me dediqué sin embargo, por necesidad, a la enseñanza primaria, recibiendo en cambio una mezquina retribución de doce pesos. Servía yo, además, de notario al cura y de secretario al alcalde, y trabajaba mucho. Pero en las horas de descanso procuraba yo ilustrar mi pobre espíritu con útiles lecturas que me proporcionaba encargando libros o adquiriéndolos de los viajeros que solían pasar, y que, mirando mi afición, me regalaban algunos que traían por casualidad. De este modo pasé catorce años; y como es natural, a fuerza de perseverancia, llegué a reunir algunos conocimientos, que por imperfectos que fuesen me hicieron superior a los vecinos del lugar, que me escuchaban siempre con atención y a veces con simpatía y participando de mis opiniones. Entonces acertó a llegar de cura a este pueblo un clérigo ... que desaprobó mi método de enseñanza; me ordenó suspender las clases ... y acabó por querer también asesorar a la autoridad municipal en todos sus asuntos, ... y tanto, que con motivo de las nuevas leyes dadas por el gobierno liberal, predicó la desobediencia y aun se puso de acuerdo con las partidas de rebeldes que por ese rumbo aparecieron luchando contra la _Constitución._ Yo entonces creí conveniente advertir a la autoridad el peligro que había en escuchar las sugestiones del cura, y me manifesté opuesto a sujetarme a sus órdenes en cuanto a la enseñanza de mis niños... Hablé sobre ello a los vecinos, pero el cura había trabajado con habilidad en la conciencia de esos infelices, y haciendo mérito de varias opiniones mías ... me presentó como un hereje, como un maldito de Dios y como un hombre abominable. Yo nada pude hacer para contrarrestar aquella hostilidad; las autoridades no me sostenían, ... y me resigné a los peligros que me traía mi independencia de carácter. No aguardé mucho tiempo. Al llegar la Nochebuena de hace tres años, el pueblo, embriagado y excitado ... se dirigió a mi casa, me sacó de ella y me llevó a una barranca cercana a esta población para matarme. ¡Figúrese Vd. la aflicción de mi mujer y de mis hijos! Pero el más grandecito de ellos, iluminado por una idea feliz, corrió a este pueblo, donde hacía poco había llegado el hermano cura aquí presente y que me había dado muestras de amistad las diversas veces que había ido a ver mi escuela. Mi hijo le avisó del peligro que yo corría, y no se necesitó más; vino a salvarme. En manos de aquellos furiosos caminaba yo maniatado, y ya había llegado a la barranca con el corazón presa de una angustia espantosa por mi familia; ya aquellos hombres, ebrios y engañados se precipitaban a darme la muerte por hereje y maldito, cuando se detuvieron llenos de un terror y de un respeto sólo comparables a su ferocidad. Iba a amanecer, y la indecisa luz de la madrugada alumbraba aquel cuadro de muerte, cuando de súbito se apareció en lo alto de una pequeña colina cercana un sacerdote, vestido de negro, que hacía señas y que se acercaba al grupo apresuradamente. Seguíanle este mismo señor alcalde, que entonces lo era también, y un gran grupo de vecinos. El hermano cura llegó, se encaró con mis verdugos y les preguntó porqué iban a matarme.
--Por hereje, señor cura, le respondieron: este hombre no cree en Dios, ni es cristiano, ni va a misa, ni respeta a nuestros santos, y es enemigo del _padrecito_ de nuestro pueblo....
Ya supondrá Vd., capitán, lo que el hermano cura les diría. Su voz indignada, pero tranquila, resonaba en aquel momento como una voz del cielo. Les echó en cara su crimen; los humilló; los hizo temblar; los convenció, y los obligó a ponerse de rodillas para pedir perdón por su delito. Yo creo que temían que un rayo los redujera a cenizas. Se apresuraron a desatarme; me entregaron libre al cura, quien me abrazó llorando de emoción; vinieron a suplicarme que los perdonara y en ese momento apareció mi infeliz mujer, jadeando de fatiga, gritando y mostrando en sus brazos a mi hijo más pequeño, implorando piedad para mí. Al verme libre; al ver a un cura, a quien reconoció desde luego, lo comprendió todo: corrió a mis brazos, y no pudiendo más, perdió el sentido. Aquella gente estaba atónita; el hermano cura que había recibido en sus brazos a mi pequeña criatura, lloraba en silencio, y todo el mundo se había arrodillado. En ese momento salió el sol, y parecía que Dios fijaba en nosotros su mirada inmensa.
¡Ah, señor capitán! ¡cómo olvidar semejante noche!! La tengo grabada en el alma de una manera constante; y si alguna vez he creído ver la sublime imagen de Jesucristo sobre la tierra, ha sido ésa, en que el hermano cura me salvó a mí de la muerte, a toda una familia infeliz de la orfandad, y a aquellos desgraciados fanáticos del infierno de los remordimientos.
--Y nosotros,--dijo el alcalde, llorando con una voz conmovida pero resuelta, y dirigiéndose al concurso que escuchaba enternecido; --nosotros allí mismo hemos jurado no permitir jamás, aun a costa de nuestras vidas, que se mate a nadie: no digo a un inocente, pero ni a un criminal, ni a un salteador, ni a un asesino. El hermano cura nos convenció para siempre de que los hombres no tenemos derecho de privar de la vida a ninguno de nuestros semejantes; de manera que si la ley manda ajusticiar a alguno de sus delitos, que ella lo haga, pero fuera de nuestro pueblo: aquí hemos de procurar que nunca se haga tal cosa, porque el pueblo se mancharía; y para no vernos en esa vergüenza y en ese conflicto, lo que tenemos que hacer es ser honrados siempre. --¡Siempre! ¡siempre! resonó por todas partes, pronunciado hasta por la voz de los niños.
El cura me apretaba la mano fuertemente, y yo besé la suya, que regué con unas lágrimas que hacía años no había podido derramar.
Cuando hubo pasado aquel momento de profunda emoción, el cura se apresuró a presentarme a dos personas respetabilísimas, sentadas cerca de nosotros y que no habían sido las que menos se conmovieran con el relato del maestro de escuela. Estas dos personas eran un anciano vestido pobremente de estatura pequeña, pero en cuyo semblante, en que podían descubrirse todos los signos de la raza indígena pura, había un no sé qué que inspiraba profundo respeto. La mirada era humilde y serena; estaba casi ciego, y la melancolía del indio parecía de tal manera característica a ese rostro, que se hubiera dicho que jamás una sonrisa había podido iluminarlo.
Los cabellos del anciano eran negros, largos y lustrosos, a pesar de la edad; la frente elevada y pensativa; la nariz aguileña; la barba poquísima y la boca severa. El tipo, en fin, era el del habitante antiguo de aquellos lugares, no mezclado para nada con la raza conquistadora. Llamábanle el tío Francisco. Era el modelo de los esposos y de los padres de familia. Había sido acomodado en su juventud; y aunque ciego después y combatido por la más grande miseria, había opuesto a estas dos calamidades tal resignación, tal fuerza de espíritu y tal constancia en el trabajo, que se había hecho notable entre los montañeses, quienes le señalaban como el modelo del varón fuerte. La rectitud de su conciencia, y su instrucción no vulgar entre aquellas gentes, así como su piedad acrisolada, le habían hecho el consultor nato del pueblo, y a tal punto se llevaba el respeto por sus decisiones, que se tenía por inapelable el fallo que pronunciaba el tío Francisco en las cuestiones sometidas a su arbitraje patriarcal. No pocas veces las autoridades acudían a él en las graves dificultades que se les ofrecían; y su pobre cabaña en la que se abrigaba su numerosa familia, sujeta casi siempre a grandes privaciones, estaba enriquecida por la virtud y santificada por el respeto popular. El anciano indígena era el único, antes de la llegada del cura, que dirimía las controversias sobre tierras, a quien se llevaban las quejas de las familias, de consultas sobre matrimonios y sobre asuntos _de conciencia_, y jamás un vecino tuvo que lamentarse de su decisión, siempre basada en un riguroso principio de justicia. Después de la llegada del cura, éste había hallado en el tío Francisco su más eficaz auxiliar en las mejoras introducidas en el pueblo, así como su más decidido y virtuoso amigo. En cambio, el patriarca montañés profesaba al cura un cariño y una admiración extraordinarios, gustaba mucho de oirle hablar sobre religión, y se consolaba en las penas que le ocasionaban su ceguera y su pobreza, escuchando las dulces y santas palabras del joven sacerdote.
La otra persona era la mujer del tío Francisco, una virtuosísima anciana, indígena también y tan resignada, tan llena de piedad como su marido, a cuyas virtudes añadía las de un corazón tan lleno de bondad, de una laboriosidad tan extremada, de una ternura maternal tan ejemplar y de una caridad tan ardiente, que hacían de aquella singular matrona una santa, un ángel. El pueblo entero la reputaba como su joya más preciada, y tiempo hacía que su nombre se pronunciaba en aquellos lugares como el nombre de un genio benéfico. Se llamaba la tía Juana, y tenía siete hijos.
El cura, que me daba todos estos informes, me decía:
--No conocí a mi virtuosa madre; pero tengo la ilusión de que debió parecerse a esta señora en el carácter, y de que si hubiera vivido habría tenido la misma serena y santa vejez que me hace ver en derredor de esa cabeza venerable una especie de aureola. Note Vd. ¡qué dulzura de mirada, qué corazón tan puro revela esa sonrisa! ¡qué alegría y resignación en medio de la miseria y de las espantosas privaciones que parecen perseguir a estos dos ancianos! Y esta pobre mujer, envejecida más por los trabajos y las enfermedades que por la edad, flaca y pálida ahora, fue una joven dotada de esa gracia sencilla y humilde de las montañesas de este rumbo, y que ellas conservan, como Vd. ha podido ver, cuando no la destruyen los trabajos, las penas y las lágrimas.
Sin embargo, el cielo, que ha querido afligir a estos desventurados y virtuosos viejos con tantas pruebas, les reserva una esperanza. Su hijo mayor está estudiando en un colegio, hace tiempo; y como el muchacho se halla dotado de una energía de voluntad verdaderamente extraordinaria, a pesar de los obstáculos de la miseria y del desamparo en que comenzó sus estudios, pronto podrá ver el resultado de sus afanes y traer al seno de su familia la ventura, tan largo tiempo esperada por sus padres. Tan dulce confianza alegra los días de esa familia infeliz, digna de mejor suerte.
Al acabar de decirme esto el cura, se acercó a él la misma señora de edad que lo había llamado aparte e iba hablándole cuando llegamos al pueblo. Iba seguida de una joven hermosísima, la más hermosa tal vez de la aldea. La examiné con tanta atención, cuanto que la suponía, como era cierto, la heroína de la historia de amor que iba a desenlazarse esa noche, según me anunció el cura.
Tenía como veinte años, y era alta, blanca, gallarda y esbelta como un junco de sus montañas. Vestía una finísima camisa adornada con encajes, según el estilo del país, enaguas de seda de color obscuro; llevaba una pañoleta de seda encarnada sobre el pecho, y se envolvía en un rebozo fino, de seda también, con larguísimos flecos morados. Llevaba, además, pendientes de oro; adornaba su cuello con una sarta de corales y calzaba zapatos de seda muy bonitos. Revelaba, en fin, a la joven labradora, hija de padres acomodados. Este traje gracioso de la virgen montañesa la hizo más bella a mis ojos, y me la representó por un instante como la Ruth del idilio bíblico, o como la esposa del _Cantar de los Cantares_[2].
La joven bajaba a la sazón los ojos, e inclinaba el semblante llena de rubor; pero cuando lo alzó para saludarnos, pude admirar sus ojos negros, aterciopelados y que velaban largas pestañas, así como sus mejillas color de rosa, su nariz fina y sus labios rojos y frescos. ¡Era muy linda!
¿Qué penas podría tener aquella encantadora montañesa? Pronto iba a saberlo, y a fe que estaba lleno de curiosidad.
La señora mayor se acercó al cura y le dijo: