La obstetricia en México · Unidad 35 de 150
Unidad 35 · EN TU CONCEPCIÓN '.O VIRGEN MARIAÍFUISTE
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EN TU CONCEPCIÓN '.O VIRGEN MARIAÍFUISTE
INMACULADA : RUEGA K)R KO SOTROS AL PADRE,
CUYO HIJO DISTE A LUZ.
£ns Ulnws. Señor tj ^Arzohüp-> Je \.sne¿c¿,vl y Obispas de Sonora/y iJygSCft auxiliar Je Oaxaca, .te han Jiytiadii cotice Je r IGodiaJ de~ iikhdjetwia a í?Jos ¿\s que rezaren la anterior c¿JuEtíu\f los ■Jumos-ó ',. Obispas de *Mtrida,\t Je ^/techoacan So Jku a los aue la trajeren c< la aplicaren conjié á/os enfermcs,\jpron-wviern esta devoción, \\lmos. S. * Obispo j Je S^uAla v Citad" otr.^ So ; u el tumo. %f. 'Ariobupo de Guatemala, otros 8o:y por cada ive . HTo*se rrsare Jtlarde Je eslaknaam 8o.
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Igualmente se hacían y hacen tiras de listón de varios colores, que tienen impresa la misma jaculatoria.
Con ella se fajaba el vientre de la parturienta. — Las estampas, cintas, papeles y obleas con la mencionada jaculatoria se llaman vulgarmente como queda dicho «palabras de la Virgen» y las regalaban las religiosas del convento de la Concepción.
Para el trance del parto se ponía también, sobre el vientre de la enferma, el cinto de cuero negro que usan los religiosos de San Agustín ó los Cofrades de la Asociación denominada de Artra Sra. de Consolación. A la Virgen María, bajo esta advocación le hacían especial novena, en la iglesia del convento de S. Acustín. las señoras embarazadas. [ 1 )
En la iglesia de Regina y en altar especialmente dedicado, se venera una imagen de la Virgen María bajo la advoc ac ion de Nuestra Señora de la Fuente y á visitarla y ponerse bajo su patroci n io acudían y aun acuden, todas las embarazadas. Antiguamente la práctica era salir la paciente de su casa é ir á pie hasta Regina, cuidando de anotar exactamente el tiempo que en ello se emplea-
que. se encienda esta vela cuando comienza el parto y se afirma que él estará terminado antes de que ella se consuma y llegue al lugar del sello. Supersticiosamente hoy se pone una moneda de plata de 5 centavos ó un alfiler, á una altura caprichosa, y se dice que al llegar á tal lugar el fuego, se verificará el parto. Tienen también las parturientas consigo s^ imagen.
Las velas de Nuestra Señora de la Consolación son de. cera pintada de color rojo y del mismo tamaño que las de
ba pues se creía que otro lapso de tiempo igual á ese sería el que duraría el parto. (II)
Para este mismo trance se vendían y venden unas velas llamadas «de Ntra. Sra. de la Luz» y «de Ntra. Sra. de Consolación» las primeras en la Catedral de México y las segundas en la iglesia de S. Cosme.
(III.)
Las de Ntra. Sra. de la Luz son de cera blancp, de o°35 centímetros de largo por o. 1 5 de diámetro y tienen estampadas sobre un fondo dorado la imagen de Ntra. Sra. de la Luz.
Es la costumbre
la Virgen de la Luz, sin otra particularidad.
Acompaña igualmente que la anterior, en estampa, á la paciente. En un tiempo y para trances de los que me ocupo, se hacían visitas á Nuestra Señora de la Bala, que se veneraba en la iglesia del que fué Hospital de S. Lázaro, dejando una limosna para los enfermos lazarinos. Parece que actualmente esa piadosa costumbre se ha extinguido no obstante que aun se conserva en la iglesia del Hospital de Jesús ese venerado simulacro. (IV).
Cuando existía la iglesia y convento de Ntra. Sra. de la Merced se vendían allí unas velas, como las antedichas, llamadas de S. Ramón Nonato, para el parto, y medalla del Santo.
Esta la traía colgada al cuello la parturienta y aquella se encendía en el apurado trance.
Ambas cosas hoy no están en uso y solo la novena al santo es la que rezan las embarazadas, [V] y tienen su estampa.
El Sr. F. Rodríguez Marín en su obra «Cantos populares españoles.» Sevilla 1882; T?, I, pág. 461. nota núm. 53 dice:
«San Ramón Nonato es abogado de las parturientas; durante el parto se le suele encender una vela, á que por tal concepto se llama la vela de San Ramón. Un cantar picaresco, subídillo de color, comienza de este modo:
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cionado santo.
Ahí permaneció muchos años recibiendo el culto de las embarazadas hasta que al reformarse el mencionado templo por los PP. Benedictinos, sus actuales Capellanes, se quitó su altar y se arrumbó la pintu" ra.
Actualmente solo las mujeres de la clase más humilde de nuestro pueblo invocan y se encomiendan
á S. Taraco, en sus partos.
Otro de los santos á quien las embarazadas se acogen para un feliz parto, es Santo Domingo de Silos.
No he sabido que en ninguna iglesia de México se
_Las mujeres cuando paren Se acuerdan de S Ramón Y no se acuerdan del santo»
En principios del siglo XVIII comenzó á exten" derse en la ciudad de México y entre las parturientas la devoción de San Taraco Mártir, tomando tal auge que el marido de una de sus favorecidas y devotas, el Sr. Dn. José de Asso y Otal le erigió un altar e i el Templo de San Juan de Dios, mandando, pintar en 1772, al pintor Vnt S¡ n chuz, un? imagen del meir
tributara culto especial al mismo, pues solamente circulaban estampas y pinturas que ciertas devotas se encargaban de propagar.
Actualmente esta devoción vuelve á tomar incremento con la estancia en México de los PP. Benedictinos, actuales Capellanes del Templo de S. Juan de Dios.
En 1801 los RR. PP. Dom Pedro Palacios y Dom Antoíín P. Villanueva comenzaron á resucitar esa casi perdida devoción proporcionando estampas, medallas, medidas del báculo de Sto. Domingo y noticias desús virtudes. Unas astillas de este báculo, conservadas en especial relicario, envían á las parturientas estos buenos padres para alentarlas y consolarlas en el doloroso trance del alumbramiento. (VI. )
En el Sagrario de Catedral de México, venden unas velas benditas, de color amarillo, llamadas de San Francisco de Paula, que se usan para el mismo objeto y antiguamente portaban las embarazadas ceñido á la cintura el cordón del mismo Santo. En todas las ciudades, pueblos y aun insignificantes aldeas, hay imágenes principalmente de la Sma. Virgen en sus varias advocaciones, á quienes invocan las mujeres en el parto. En Michoacán, Ntra, Sra. de la Salud de Pátzcuaro; Nlra. Sra. de Manga, Ntra. SrU. de San Juan, Tzitácuaro etc., etc. En Oaxaca.A^m, Sra de la Soledad, Ntra. Sra. de Ju quila y otras. En Puebla Ntra. Sra. de la Manga es la predilecta. En San Cristóbal las Casas [Chiapas] Ntra. Sra. de la Caridad. Una enumeración detallada y completa de las efigies veneradas, sería tarea larga y cansada.
Los Santos patronos ó protectores de las embarazadas y del
parto generalmente venerados son: San Vicente Ferrer, San Ra* món Nonato, San Félix de Cantalicio.
San Ignacio de Loyola, (VII).
San Carlos Borromeo.
San Agustín. (VIII).
San Francisco de Paula, (IX).
San Simón de Rojas, (X). y San Anastasio Carmelita, (XI).
San Félix de Contalicío.
San Ignacio de Loyola.
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San Carlos Borromeo.
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San Agustín.
San Simón de Rojas.
San Francisco de Paula.
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Santa Ana, es abogada para el mal de Madre.
San Ignacio de Loyola es abogado de las preñadas contra el mal parir, el parto difícil, de los recién nacidos.
Santa Sabina Viuda, es abogada para la detención de las pares.
Santa Consorcza es abogada, para la sangre después del parto.
Santa Águeda y Santa Macra, son abogadas para las enfermedades de los pechos».
Nuestra Señora d e la Manga [XIII], la del Pilar de Zaragoza (XIV), la de Altagracia (XV), la del Divino Parto (XVI), Sta. Jua-
Las embarazadas reciben una bendición especial de San Carlos Borromeo y toman, por agua usual, la que tiene la bendición de San Ignacio de Loyola. (XII).
Según Steyneffer, en su « Florilegio Medicinal », son abogados en las enfermedades de los órganos génito-urinarios, los Santos subsecuentes: Santa Luvina Viuda, es abogada para la detención de los meses.
Santa Marta y Sa?ita Con sorda, son abogadas contra el fluxo demasiado de los meses.
na de Aza [XVII] y San Federico Abad, son patronos de los partos en México.
Entre la gente del pueblo poco ó nada ilustrada y sí eminentemente supersticiosa, tienen gran fe en la frecuente recitación de las llamadas «oraciones» que en la nota constan (XVIII).
La más eficaz de ellas, según me dice una partera del pueblo, es la «oración á la Santa piedra Imán,» pero trayendo consigo un fragmento de ese mineral.
Ninguna de estas supersticiones es moderna, todas
Ntra. Sra. del Divino Parto.
datan del tiempo colonial. Innumerables son las estampas, pinturas, esculturas y las llamadas reliquias que circulan de casa, en casa, para que la parturienta las tenga en su alcoba, en el momento del parto, y aun se las pongan sobre el vientre para acelerarlo y calmar los dolores, A más de ello, la partera tiene un completo surtido de medallas, escapularios, rosarios, coronas, cintas, medidas, cordones y bolsitas de reliquias que pone al cuello de la enferma ó coloca sobre su abdomen; ya se deja comprender
cuantos microrganismos no llevarán tales prendas.
Difícil en sumo grado, y aun peligroso para su reputación profesional es que el Médico consiga que tales objetos no los toque la paciente ni los tenga en su recámara. Yo he pasado, en este particular, por trances muy apurados.
A más de las prácticas señaladas, hay otras en que las creencias religiosas toman preponderante papel, con respecto al recién nacido. La cinta de dijes ó fajero de cristianar á que el Pensador se refiere en su «Periquillo Sarniento» era una cinta de seda ó una tira bordada con caprichosas figuras de chaquira; ella deberá tener los objetos siguientes:
Una uña de León ó Tigre (será el niño fuerte); una manita de azabache, coral ó concha (contra los maleficios); un ojo de Venado (semillla de la Mucuna urens ; Leg. contra el rr.al de ojo); un relicario con cera de Agnus (contra todo contagio); una cuenta de ámbar (contra el aire, causa de todas las enfermedades de los niños); una boisita con los cuatro Evangelios (contra los hechizos); un diente de Caimán (para facilitar la dentición). El uso de este objeto ha desaparecido, casi por completo, en la actualidad.
Cuando se llevaba á bautizar al niño, desde que él salía déla casa, se prendía un cirio de cera á Ntra. Sra. de la Paz y era para que aquél tuviera buen genio.
En la iglesia del que fué hospital para lazarinos se veneraba la imagen de San Lázaro y á visitarla acudían las madres, de todas las clases sociales, pidiéndole diese buena dentición á sus hijos. Al terminar ésta, pesaban al niño y llevaban al templo el equivalente en pan que se distribuía á los pobres leprosos. Al clausurarse esa iglesia y el hospital, pasó la imagen del santo á la Soledad de Santa Cruz y es en donde aun sigue venerándose con el mismo objeto. He visto á una señora de la aristocracia de México tomar aceite déla lámpara que ante la efigie arde y untar con él las encías del niño.
El presente que hoy se le hace son cinco monedas de cualesquiera valor, y á ellas añade la gente del pueblo unas roscas de pan que cuelgan al pescueso
del perro que tiene el santo, atado con un lazo, y mano izquierda.
En Puebla llevan las madres á una imagen de S. Lázaro venerada en la iglesia del Sr. de la Salud, á los niños que están
sujeto con la
echando los dientes y como muestra de agradecimientole presentan después cada uno de los dientes que van cayendo, y al salir el nuevo, dejan una limosna de i real (seis centavos) por cada uno. Las personas pudientes engastan en oro esos dientecitos y como exvotos los cuelgan en la rapa de la imagen venerada, ó los exponen en lugar visible. Me refieren que hay varios grandes cuadros, formados con estos despojos, ornando el altar del santo.
Las personas del pueblo, poco piadosas, cuando cae algún diente á los niños, lo tiran á la Luna ó lo sepultan en algún agujero de ratones, dizque para que ellos se los devuelvan, haciéndolos brotar tan parejos, limpios, pequeñitos y hermosos como los suyos,
La Beatita de Pátzcuaro es personaje importante en los partos, en casi todo el territorio mexicano ( XIX).
El Sr. Estrada en su Tesis (véase la i? parte) ocupándose á la higiene con relación á la función genital materna en México, relata lo que actualmente pasa en todas nuestras clases sociales, diciendo: «En la clase acomodada hay señoras que se entregan á sus caprichos, que refinan en el embarazo. Llevan una vida ociosa, de inacción completa; dedicadas á meditaciones ó lecturas de novelas, poesías, etc., que mantienen su imaginación en continua melancolía ó constante agitación: ó bien se entregan sin descanso á veladas, bailes, paseos en carruaje, ó á caballo, á abusos de mesa, etc., etc., y jamás abandonan, por lo general, su indispensable corsé, al cual le encuentran entonces un uso más, el de ocultar por ridicula vergüenza el embarazo, cuando debieran sentirse satisfechas de llevar en sus entrañas el fruto legítimo de su matrimonio y de prepararle una vida agena á los sufrimientos físicos y morales, evitándole las deformaciones y males debidos á la irregularidad en el desarrollo.
Algunas consultan á un facultativo sobre el estado de su embarazo y conducta que deben seguir, más bien para satisfacer su vanidad, porque además de ocultarle algunos padecimientos que pueden dañar al producto en el momento del nacimiento ó antes, como chancros, blenorragias ú otros escurrimientos, siguen teniendo por norma de su conducta sus caprichos ó preocupaciones.
Las mujeres de la clase proletaria, ven su embarazo con la mayor indiferencia. Siguen entregadas á sus penosas tareas; moliendo, lavando, alzando objetos pesados; para proveer á sus necesidades. Consultan á las comadres y parteras [?] quienes después de mil prácticas y consejos empíricos [bebidas, oraciones, vendajes y aun en conjuros &] suelen ministrarles el zihuattyatl, la ruda y aun el cuernecillo de centeno, [á dosis pequeñas para preparar el parto [?] ; generalmente con la mayor buena fé, pero siempre con el mayor mal posible. Todo esto por supuesto, sin que las concondiciones higiénicas sean mejoradas.
En la clase media se observa un término medio también entre las otras dos de que acabamos de hablar; pues no obstante que es la clase mártir de la sociedad tienen las ventajas de una vida más tranquila y ordenada y menos fatigosa y miserable, aunque no es raro ver á las madres aumentar sus trabajos en costura, ya amano, ya con máquina de pedal, y menguar el presupuesto de
la cocina para hacer una hermosa canastilla al futuro hijo
Por lo demás, esta clase, como las otras, sigue abusando del acto matrimonial con gran detrimento propio y de su engendro.
Lo dicho se entiende de mujeres que han concebido en
unión lícita, porque en las otras hay además que tomar en cuenta algunas veces las tentativas para hacerse abortar; los medios empleados para ocultar su deshonra y los sufrimientos morales que ésta les ocasiona siempre.
Por lo expuesto se comprende fácilmente que un niño concebido en tales circunstancias, tiene que ser por lo menos de constitución débil al nacer.
Si á esto se agrega que ha sido engendrado por un padre á quien liga parentesco de consanguinidad con la esposa; que ha consumido su fuerza viril en cantinas y lupanares; que ha sufrido la escrófula, la sífilis y afecciones virulentas, que está afectado de tubérculos, ó en suma de aquellos estados por herencia, salta á la mente cuál será el porvenir de ese desdichado y más si la ciencia no le presta sus auxilios »
El cuadro trazado por el Sr. Estrada, verdadero en sus rasgos generales, tiene mucho de exagerado en los detalles. Pudiera ser que tratándose de la ciudad de México, y de una que otra délas grandes ciudades de nuestra República, tuviese alguna razón en ello; pero esto está muy lejos de ser lo general en nuestra patria.
La falta de cuidados higiénicos con relación á los ojos del recién nacido, cosa muy común, por desgracia en todo el país, la hace notar el Sr. Estrada diciendo:
«Por otra parte, de los niños que he visto cegar, ya por oftalmías purulentas de los recién nacidos, ya por otros padecimientos, la mayor parte han desmejorado notablemente en su constitución; y en nuestra escuela de ciegos, así como fuera de ella es raro encontrar un ciego que, siéndole desde su primera infancia, esté robusto. De paso diré que, según las observaciones de nuestro distinguido profesor de Oftalmología, Dv Ricardo Vértiz, más de la mitad de los ciegos que hay en nuestra capital han perdido sus ojos por oftalmías purulentas de los recién nacidos, siendo las más de naturaleza específica.
El traumatismo umbilical es otra amenaza para los niños.
El arrancamiento del cordón y su caída prematura han ocasionado á muchos la muerte por hemorragia, y mil veces á despecho de la ciencia que les ha impartido los cuidados más prolijos. La ulceración del ombligo los expone á hernias, flebitis, abcesos metastáticos, fístulas urinarias y estercorales, erisipelas que terminan á veces por gangrena, etc. Estos peligros se evitarían si teniendo en cuenta la importancia de la región y las bastas dimensiones que tiene la superficie supurante con relación á la superficie total del cuerpo, las personas encargadas del niño procuraran con cuantos medios tiene la ciencia, la asepsia del ombligo y de todo lo que tiene con él contacto directo ó mediato.
La ausencia materna es otro flagelo para el recién nacido.
En la clase pobre y aun en la media, las mujeres apenas han transcurrido algunos días de su parto. 40 á lo más, abandonan á sus hijos en manos extrañas, no importa cuales sean, para ir á sus labores en pos del salario indispensable para subvenir á sus necesidades. En tales circunstancias, la leche de la madre, único alimento propio para el niño, es sustituida por la leche de cabra, de vaca, té con leche, café con leche, infusiones de anís, de hojas de naranjo, atoles, etc. Otras mujeres, las nodrizas, abandonan á sus infelices hijos para vender al mejor postor el alimento que la na-
turaleza les dio y de que eran solamente las depositarías, sin que el mal quede reparado, con los cuidados mercenarios que imparten al nuevo niño con quien no tiene más vínculos que el salario que percibe por amamantarlos.
El bautismo en sus relaciones con los peligros del frió para el recién nacido, es visto muy á la ligera. Los padres se preocupan porque su hijo está judío: preparan obsequios para los compadres y estos á su vez hacen lo mismo, pero nadie piensa en la manera de hacer que una ceremonia tan benéfica al alma no sea nociva al cuerpo. Así es, que en cualquiera estación y á cualquiera hora se lleva al niño á las abluciones de agua fría y se le expone á la intemperie, lo que le ocasiona cuando menos un fuerte coriza, que es visto con la mayor indiferencia porque en el adulto es de ordinario inofensivo, pero que para el niño presenta una gravedad excepcional, puesto que cuando menos, haciéndole difícil la succión, le acarrea los males de una alimentación insuficiente ó viciosa.