La perfecta casada · Unidad 10 de 14
INTRODUCCIÓN — parte 9
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»Mas dice el Señor[96]: «¿Quién de vosotras puede mudar su cabello ó de negro en blanco ó de blanco en negro?» ¿Quién? Estas que desmienten á Dios. Veis, dicen, en lugar de hacerle de negro blanco, le hacemos rubio, que es mudanza más fácil. Demás de que también procuran de mudarle de blanco en negro las que les pesa de haber llegado á ser viejas. ¡Oh desatino, oh locura, que se tiene por vergonzosa la edad deseada, que no se absconde el deseo de hurtar de los años, que se desea la edad pecadora, que se repara y se remedia la ocasión del mal hacer! ¡Dios os libre, á las que sois hijas de la sabiduría, de tan grande necedad! La vejez se descubre más cuando más se procura encubrir. ¿Esa debe de ser sin duda la eternidad que se nos promete, traer moza la cabeza? ¿Esa la incorruptibilidad de que nos vestiremos en la casa de Dios, la que da la inocencia? Bien os dais priesa al Señor, bien os apresuráis por salir deste malvado siglo las que tenéis por feo el estar vecinas á la salida. Á lo menos decidme, ¿de qué os sirve esta pesadumbre de aderezar la cabeza? ¿Por qué no se les permite que reposen á vuestros cabellos, ya trenzados, ya sueltos, ya derramados, ya levantados en alto? Unas gustan de recogerlos en trenzas, otras los dejan andar sin orden y que vuelen ligeros con sencillez nada buena; otras, demás desto, les añadís y apegáis no sé qué monstruosas demasías de cabellos postizos, formados á veces como _chapeo_[97], ó como vaina de la cabeza, ó como cobertera de vuestra mollera, á veces echados á las espaldas, ó sobre la cerviz empinados. ¡Maravilla es cuánto procuráis estrellaros con Dios, contradecir sus sentencias! Sentenciado está[98] que «ninguno pueda acrecentar su estatura.» Vosotras, si no á la estatura, á lo menos añadís al peso, poniendo también sobre vuestras caras y cuellos no sé qué costras de saliva y de masa. Si no os avergonzáis de una cosa tan desmedida, avergonzaos siquiera de una cosa tan sucia. No pongáis, como iguales, sobre vuestra cabeza santa y cristiana los despojos de otra cabeza por ventura sucia, por ventura criminosa y ordenada al infierno. Antes alanzad de vuestra cabeza libre esa como postura servil. En balde os trabajáis por parecer bien tocadas, en balde os servís en el cabello de los maestros que mejor lo aderezan, que el Señor manda que lo cubráis[99]. Y creo que lo mandó porque algunas de vuestras cabezas jamás fuesen vistas. Plega á él que yo, el más miserable de todos, en aquel público y alegre día del regocijo cristiano alce la cabeza, siquiera puesto á vuestros pies, que entonces veré si resucitáis con albayalde, con colorado, con azafrán, con esos rodetes de la cabeza, y veré si á la que saliere así pintada la subirán los ángeles en las nubes al recibimiento de Cristo. Si son estas cosas buenas, si son de Dios, también entonces se vendrán á los cuerpos y resucitarán, y cada una conocerá su lugar. Pero no resucitarán más de la carne y el espíritu puros. Luego las cosas que ni resucitarán con el espíritu, ni con la carne, porque no son de Dios, condenadas cosas son. Absteneos, pues, de lo que es condenado. Tales os vea Dios ahora cuales os ha de ver entonces.
»Mas diréis que yo, como varón y como de linaje contrario, vedo lo lícito á las mujeres, como si permitiese yo algo desto á los hombres. ¿Por ventura el temor de Dios y el respeto de la gravedad que se debe, no quita muchas cosas á los varones también? Porque sin ninguna duda, así á los varones por causa de las mujeres, como á las mujeres por contemplación de los hombres, les nace de su naturaleza viciosa el deseo de bien parecer. Que también nuestro linaje sabe hacer sus embustes: sabe _atusarse_[100] la barba, entresacarla, ordenar el cabello, componerle, dar color á las canas, y quitar, luego que comienza á nacer, el vello del cuerpo, pintarle en partes con afeites afeminados, y en partes alisarle con polvos de cierta manera; sabe consultar el espejo en cualquiera ocasión, ó mirarse en él con cuidado.
»Mas la verdad es que el conocimiento que ya profesamos de Dios, y el despojo del desear aplacer, y la pausa que prometemos de los excesos viciosos, huye destas cosas todas, que en sí no son de fruto, y á la honestidad hacen notable daño. Porque adonde Dios está, allí está la limpieza, y con ella la gravedad, ayudadora y compañera suya. Pues ¿cómo seremos honestos si no curamos de lo que sirve á la honestidad como propio instrumento, que es el ser graves? Ó ¿cómo conservaremos la gravedad, maestra de lo honesto y de lo casto, si no guardamos lo severo ansí en la cara como en el aderezo, como en todo lo que en nuestro cuerpo se ve? Por lo cual también en los vestidos poned tasa con diligencia, y desechad de vosotras y dellos las galas demasiadas; porque ¿qué sirve traer el rostro honesto y aderezado con la sencillez que pide nuestra profesión y doctrina, y lo demás del cuerpo rodeado de esas burlerías de ropas agironadas y pomposas y regaladas? Que fácil es de ver cuán junta anda esa pompa con la lascivia, y cuán apartada de las reglas honestas, pues ofrece al apetito de todos la gracia del rostro, ayudada con el buen atavío; tanto, que si esto falta, no agrada aquello, y queda como descompuesto y perdido. Y al revés, cuando la belleza del rostro falta, el lucido traje cuasi suple por ella. Aun á las edades quietas ya y metidas en el puerto de la templanza, las galas de los vestidos lucidos y ricos las sacan de sus casillas, é inquietan con ruines deseos su madurez grave y severa, pensando más el sainete del traje, que la frialdad de los años.
»Por tanto, benditas, lo primero, no deis entrada en vosotras á las galas y riquezas de los vestidos, como á rufianes que sin duda son y alcahuetes; lo otro, cuando alguna usare de semejantes arreos, forzándola á ello ó su linaje ó sus riquezas ó la dignidad de su estado, use dellos con moderación cuanto le fuere posible, como quien profesa castidad y virtud, y no dé riendas á la licencia con color que le es fuerza; porque ¿cómo podremos cumplir con la humildad que profesamos los que somos cristianos, si no cubijáis como con tierra el uso de vuestras riquezas y galas que sirve á la vanagloria? Porque la vanagloria anda con la hacienda. Mas diréis: ¿No tengo de usar de mis cosas? ¿Quién os lo veda que uséis? Pero usad conforme al Apóstol, que nos enseña[101] que usemos deste mundo como si no usásemos dél. Porque, como dice: «todo lo que en él se parece vuela. Los que compraren, dice, compren como si no poseyesen[102].» Y esto ¿por qué? Porque había dicho primero[103]: «el tiempo se acaba.» Y si el Apóstol muestra que aun las mujeres han de ser tenidas como si no tuviesen, por razón de la brevedad de la vida, ¿qué será destas sus vanas alhajas? ¿Por ventura muchos no lo hacen así, que se ponen en vida casta por el reino del cielo, privándose de su voluntad del deleite permitido y tan poderoso? ¿No se ponen entredicho algunos de las cosas que Dios cría, y se contienen del vino y se destierran del comer carne, aunque pudieran gozar dello sin peligro ni solicitud, pero hacen sacrificio á Dios de la afición de sí mismos en la abstinencia de los manjares? Harto habéis gozado ya de vuestras riquezas y regalos, harto del fruto de vuestras dotes. ¿Habéis por caso olvidado lo que os enseña la voz de salud? Nosotros somos aquellos en quien vienen á concluirse los siglos[104]; nosotros á los que, siendo ordenados de Dios antes del mundo para sacar provecho y para dar valor á los tiempos[105], nos enseña él mismo[106] que castiguemos, ó como si dijésemos, que castremos el siglo; nosotros somos la circuncisión general de la carne y del espíritu[107], porque cercenamos todo lo seglar del alma y del cuerpo. ¿Dios sin duda nos debió de enseñar cómo se cocerían las lanas, ó en el zumo de las hierbas ó en la sangre de las ostras? ¿Olvidósele, cuando lo crió todo, mandar que naciesen ovejas de color de grana ó moradas? ¿Dios debió de inventar los telares do se tejen y labran las telas, para que labrasen y tejiesen las telas delicadas y ligeras, y pesadas en solo el precio? ¿Dios debió de sacar á luz tantas formas de oro para luz y ornamento de las piedras preciosas? ¿Dios enseñaría horadar las orejas con malas heridas, sin tener respeto al tormento de su criatura, ni al dolor de la niñez, que entonces se comienza á doler, para que de aquellos agujeros del cuerpo, soldadas ya las heridas, cuelguen no sé qué malos granos? Los cuales los partos se engieren por todo el cuerpo en lugar de hermosura; y aun hay gentes que al mismo oro, de que hacéis honra y gala vosotras, le hacen servir de prisiones, como en los libros de los gentiles se escribe. De manera que estas cosas, por ser raras, son buenas, y no por sí. La verdad es, que los ángeles malos fueron los que las enseñaron, ellos descubrieron la materia, y los mismos demostraron el arte. Juntóse con el ser raro la delicadez del artificio, y de allí nació el precio, y del precio la mala codicia que dello las mujeres tienen, las cuales se pierden por lo precioso y costoso. Y porque estos mismos ángeles que descubrieron los metales ricos, digo la plata y el oro, y que enseñaron cómo se debían labrar, fueron también maestros de las tinturas con que los rostros se embellecen y se coloran las lanas, por eso fueron condenados de Dios, como en Enoch se refiere.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
La viudez]
»Pues ¿en qué manera agradaremos á Dios, si nos preciamos de las cosas de aquellos que despertaron contra sí la ira y el castigo de Dios? Mas háyalo Dios enseñado, háyalo permitido, nunca Esaías[108] haya dicho mal de las púrpuras, de los joyeles; nunca haya embotado las ricas puntas de oro; pero no por eso, haciendo lisonja á nuestro gusto, como los gentiles lo hacen, debemos tener á Dios por maestro y por inventor destas cosas, y no por juez y pesquisidor del uso dellas. ¡Cuánto mejor y con más aviso andaremos si presumiéremos que Dios lo proveyó todo y lo puso en la vida para que hubiese en ella alguna prueba de la templanza de los que le siguen! De manera que, en medio de la licencia del uso, se viese por experiencia él templado. ¿Por ventura los señores que bien gobiernan sus casas no dejan de industria algunas cosas á sus criados, y se las permiten, para experimentar en qué manera usan dellas, si moderadamente, si bien, pues que loado es allí el que se abstiene de todo, el que se recela de la condescendencia del amo? Así pues, como dice el Apóstol[109], «todo es lícito, pero no edifica todo.»
»El que se recelare en lo lícito, ¡cuánto mejor temerá lo vedado! Decidme qué causa tenéis para mostraros tan enjaezadas, pues estáis apartadas de lo que á las otras las necesita; porque ni vais á los templos de los ídolos, ni salís á los juegos públicos, ni tenéis que ver con los días de fiesta gentiles; que siempre por causa destos ayuntamientos, y por razón de ver y de ser vistas se sacan á plaza las galas, ó para que negocie lo deshonesto, ó para que se engría lo altivo, ó para hacer el negocio de la deshonestidad, ó para fomentar la soberbia.
»Ninguna causa tenéis para salir de casa, que no sea grave y severa, que no pida estrechez y encogimiento; porque, ó es visita de algún infiel enfermo, ó es ver la misa ó el oir la palabra de Dios. Cada cosa destas es negocio santo y grave, y negocio para que no es menester vestido y aderezo, ni extraordinario, ni polido, ni disoluto. Y si la necesidad de la amistad ó de las buenas obras os llama á que veáis los infieles, pregunto, ¿por qué no iréis aderezadas de lo que son vuestras armas, por eso mismo, porque vais á las que son ajenas de vuestra fe, para que haya diferencia entre las siervas del demonio y de Dios? ¿Para que les sea como ejemplo y se edifiquen de veros? ¿Para que, como dice el Apóstol, sea Dios ensalzado en vuestro cuerpo? Y es ensalzado con la honestidad y con el hábito que á la honestidad le conviene. Pero dicen algunas: Antes porque no blasfemen de su nombre en nosotras, si ven que quitamos algo de lo antiguo que usábamos; luego ni quitemos de nosotros los vicios pasados. Seamos de unas mismas costumbres, pues queremos ser de un mismo traje, y entonces con verdad, ¿no blasfemarán de Dios los gentiles? ¡Gran blasfemia es, por cierto, que se diga de alguna que anda pobre, después que es cristiana! ¿Temerá nadie de parecer pobre después que es más rica, ó de parecer sin aseo después que es limpia? Pregunto á los cristianos, ¿cómo les conviene que anden, conforme al gusto de los gentiles, ó conforme al de Dios?
»Lo que habemos de procurar es no dar causa á que con razón nos blasfemen. ¡Cuánto será más digno de blasfemia si las que sois llamadas sacerdotes de honestidad salís vestidas y pintadas como las deshonestas se visten y afeitan, ó que más hacen aquellas miserables que se sacrifican al público deleite y al vicio, á las cuales, si antiguamente las leyes las apartaron de las matronas y de los trajes que las matronas usaban, ya la maldad deste siglo, que siempre crece, las ha igualado en esto con las honestas mujeres, de manera que no se pueden reconocer sin error! Verdad es que las que se afeitan como ellas, poco se diferencian dellas; verdad es que los afeites de la cara, las escrituras nos dicen que andan siempre con el cuerpo _burdel_[110], como debidos á él y como sus allegados. Que aquella poderosa ciudad, de quien se dice[111] que preside sobre siete montes, y quien mereció que la llamase ramera Dios, ¿con qué traje, veamos, corresponde á su nombre? En carmesí se asienta sin duda, y en púrpura y en oro y en piedras preciosas, que son cosas malditas, y sin que pintada ser no pudo la que es ramera maldita. La Thamar, porque se engalanó y se pintó, por eso á la sospecha de Judas fué tenida por mujer que vendía su cuerpo[112]; y como la encubría el rebozo, y como el aderezo daba á entender ser ramera, hizo que la tuviese por tal; quísola y recuestóla, y puso su concierto con ella. De adonde aprendemos que conviene en todas maneras cortar el camino aun á lo que hace mala sospecha de nosotros. Que ¿por qué la entereza del ánima casta ha de querer ser manchada con la sospecha ajena? ¿Por qué se esperará de vos lo que huís como la muerte? ¿Por qué mi traje no publicará mis costumbres, para que, por lo que el traje dice, no ponga llaga la torpeza en el alma, y para que pueda ser tenida por honesta la que desama el ser deshonesta? Mas dirá por caso alguna: No tengo necesidad de satisfacer á los hombres, ni busco el ser aprobada dellos; «Dios es el que ve el corazón[113].» Todos sabemos eso, mas también nos acordamos de lo que él mismo por su Apóstol escribe: «Vean los hombres que vives bien[114].» Y ¿para qué, sino para que la mala sospecha no os toque, y para que seáis buen ejemplo á los malos, y ellos os den testimonio? Ó ¿qué es, si esto no es? Resplandezcan vuestras buenas obras; ó ¿para qué nos llama el Señor luz de la tierra[115]? ¿Para qué nos compara á ciudad puesta en el monte, si nos sumimos y lucir no queremos en las tinieblas? Si abscondiéredes debajo del celemín la candela de vuestra virtud, forzoso será quedaros á escuras, y de fuerza estropezarán en vosotras diversas gentes.
»Las obras de buen ejemplo, estas son las que nos hacen lumbreras del mundo; que el bien entero y cabal no apetece lo escuro, antes se goza en ser visto, y en ser demostrado se alegra. Á la castidad cristiana no le basta ser casta, sino parecer también que lo es; porque ha de ser tan cumplida, que del ánima mane al vestido, y del secreto de la conciencia salga á la sobrehaz para que se vean sus alhajas de fuera, y sean cual convienen ser para conservar perpetuamente la fe.
»Porque conviene mucho que desechemos los regalos muelles, porque su blandura y demasía excesiva afeminan la fortaleza de la fe y la enflaquecen. Que cierto no sé yo si la mano acostumbrada á vestirse del guante sufrirá pasmarse con la dureza de la cadena, ni sé si la pierna hecha al calzado bordado consentirá que el cepo la estreche. Temo mucho que el cuello embarazado con los lazos de las esmeraldas y perlas no dé lugar á la espada. Por lo cual, benditas, ensayémonos en lo más áspero, y no sentiremos. Dejemos lo apacible y alegre, y luego nos dejará su deseo. Estemos aprestadas para cualquier suceso duro, sin tener cosa que temamos perder; que estas cosas ligaduras son que detienen nuestra esperanza. Desechemos las galas del suelo si deseamos las celestiales. No améis el oro, que fué materia del primer pecado del pueblo de Dios[116]. Obligadas estáis á aborrecer lo que fué perdición de aquella gente; lo que apartándose de Dios, adoró; y aun ya desde entonces el oro es yesca del fuego. Las sienes y frentes de los cristianos en todo tiempo, y en este principalmente, no el oro, sino el hierro, las traspasa y enclava. Las estolas del martirio nos están prestas y á punto. Los ángeles las tienen en las manos para vestírnoslas. Salid, salid aderezadas con los afeites y con los trajes vistosos de los apóstoles. Poneos el blanco de la sencillez, el colorado de la honestidad; alcoholad con la vergüenza los ojos, y con el espíritu modesto y callado. En las orejas poned como arracadas las palabras de Dios. Añudad á vuestros cuellos el yugo de Cristo. Subjetad á vuestros maridos vuestras cabezas, y quedaréis así bien hermosas. Ocupad vuestras manos con la lana, enclavad en vuestra casa los pies, y agradarán más así que si los cercásedes de oro. Vestid seda de bondad, holanda de santidad, púrpura de castidad y pureza, que afeitadas desta manera, será vuestro enamorado el Señor.» Esto es el Tertuliano.
Mas no son necesarios los arroyos, pues tenemos la voz del Espíritu Santo, que por la boca de sus apóstoles San Pedro y San Pablo condena este mal clara y abiertamente. Dice San Pedro[117]:
«Las mujeres estén sujetas á sus maridos, las cuales ni traigan por defuera descubiertos los cabellos, ni se cerquen de oro, ni se adornen con aderezo de vestiduras preciosas, sino su aderezo sea en el hombre interior, que está en el corazón escondido. La entereza y el espíritu quieto y modesto, el cual es de precio en los ojos de Dios; que desta manera en otro tiempo se aderezaban aquellas santas mujeres.»
Y San Pablo escribe semejantemente[118]: «Las mujeres se vistan decentemente, y su aderezo sea modesto y templado, sin cabellos encrespados y sin oro y perlas, y sin vestiduras preciosas, sino cual conviene á las mujeres que han profesado virtud y buenas obras.»
Este, pues, sea su verdadero aderezo, y para lo que toca á la cara, hagan como hacía alguna señora deste reino. Tiendan las manos y reciban en ellas el agua sacada de la tinaja, que con el aguamanil su sirvienta les echare, y llévenla al rostro, y tomen parte della en la boca y laven las encías, y tornen los dedos por los ojos y llévenlos por los oídos, y detrás de los oídos también, y hasta que todo el rostro quede limpio no cesen, y después, dejando el agua, límpiese con un paño áspero, y queden así más hermosas que el sol. Añade:
[Ilustración]
XIII
LA BUENA MUJER HA DE SER DICHA, GLORIA, FELIZ SUERTE Y BENDICIÓN DE SU MARIDO.
_Señalado en las puertas_ _su marido, cuando se asentare_ _con los gobernadores del pueblo._
PROVERBIOS