La perfecta casada · Unidad 11 de 14
INTRODUCCIÓN — parte 10
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
En las puertas de la ciudad eran antiguamente las plazas, y en las plazas estaban los tribunales y asientos de los jueces y de los que se juntaban para consultar sobre el buen gobierno y regimiento del pueblo. Pues dice que en las plazas y lugares públicos, y adonde quiera que se hiciere junta de hombres principales, el hombre cuya mujer fuere cual es la que aquí se dice, será por ella conocido y señalado y preciado entre todos. Y dice esto Salomón, ó en Salomón el Espíritu Santo, no sólo para mostrar cuánto vale la virtud de la buena, pues da honra á sí y ennoblece á su marido, sino para enseñarle en esta virtud de la perfecta casada, de que vamos hablando, que es lo sumo della, y la raya hasta donde ha de llegar, que es el ser corona y luz y bendición y alteza de su marido; pues es así que todos conocen y cantan y reverencian, y tienen por dichoso y bienaventurado al que le ha cabido esta buena suerte; lo uno, por haberle cabido, porque no hay joya ni posesión tan preciada, ni envidiada, como la buena mujer; y lo otro, por haber merecido que le cupiese; porque, así como este bien es precioso y raro, y don propiamente dado de Dios, así no le alcanzan de Dios sino los que, temiéndole y sirviéndole, se lo merecen con señalada virtud. Así lo testifica el mismo Dios en el _Eclesiástico_[119]: «Suerte buena es la mujer buena, y es parte de buen premio de los que sirven á Dios, y será dada al hombre por sus buenas obras.» De arte que el que tiene buena mujer es estimado por dichoso en tenerla, y por virtuoso en haberla merecido tener. De donde se entiende que el carecer deste bien, en muchos es por su culpa dellos. Porque á la verdad, el hombre vicioso y distraído y de _aviesa_[120] y revesada condición, que juega su hacienda, y es un león en su casa, y sigue á rienda suelta la deshonestidad, no espere, ni quiera tener buena mujer; porque ni la merece, ni Dios la quiere á ella tan mal, que la quiera juntar á compañía tan mala, y porque él mismo con su mal ejemplo y vida desvariada la estraga y corrompe. Pero torna Salomón á lo casero de la mujer, y dice:
[Ilustración]
XIV
LA INDUSTRIA Y CUIDADO DE LA BUENA CASADA HAN DE LLEGAR, NO SÓLO Á LO QUE BASTA EN SU CASA, SINO AUN Á LO QUE SOBRA.
_Lienzo tejió y vendiólo;_ _franjas dió al cananeo._
PROVERBIOS
Cananeo llama al mercader y al que decimos cajero, porque los de aquella nación ordinariamente trataban desto, como si dijésemos ahora al portugués. Y va siempre añadiendo una virtud á otra virtud, y lleva poco á poco á su mayor perfección esta pintura que hace, y quiere que la industria y cuidado de la buena casada llegue, no sólo á lo que basta en su casa, sino aun á lo que sobra, y que las sobras las venda, y las convierta en riqueza suya y en arreo y provisión ajena. Y baste lo que ya acerca desto arriba tenemos dicho.
[Ilustración]
[Ilustración]
XV
DE LA TEMPLANZA Y MEDIO QUE HA DE OBSERVAR LA PERFECTA MUJER EN SU CONDICIÓN Y TRATO.
_Fortaleza y buena gracia su vestido,_ _reirá hasta el día postrero._
PROVERBIOS
Aunque esta buena casada ha de ser para mucho, que es lo que aquí Salomón llama fortaleza, no por eso tiene licencia para ser desabrida en la condición, y en su manera y trato desgraciada; sino, como el vestido ciñe y rodea todo el cuerpo, así ella toda y por todas partes ha de andar cercada y como vestida de un valor agraciado y de una gracia valerosa. Quiero decir, que ni la diligencia, ni la vela, ni la asistencia á las cosas de su casa la ha de hacer áspera y terrible, ni menos la buena gracia y la apacible habla, ni el semblante ha de ser muelle, ni desatado. Sino que templando con lo uno lo otro, conserve el medio en ambas á dos cosas, y haga de entrambas una agradable y excelente mezcla. Y no ha de conservar por un día ó por un breve espacio aqueste tenor, sino por toda la vida, hasta el día postrero della. Lo cual es propio de todas las cosas que, ó son virtud ó tienen raíz en la virtud, ser perseverantes y casi perpetuas, y en esto se diferencian de las no tales; que éstas, como nacen de antojo, duran por antojo; pero aquéllas, como se fundan en firme razón, permanecen por luengos tiempos. Y los que han visto alguna mujer de las que se allegan á esta que aquí se dice, podrán haber experimentado lo uno y lo otro. Lo uno, que á todo tiempo y á toda sazón se halla en ella dulce y agradable acogida; lo otro, que esta gracia y dulzura suya no es gracia que desata el corazón del que la ve, ni le enmollece, antes le pone concierto y le es como una ley de virtud, y así le deleita y aficiona, que juntamente le limpia y purifica; y borrando dél las tristezas, lava las torpezas también; y es gracia que aun la engendra en los miradores. Y la fuerza della, y aquello en que propiamente consiste, lo declara más enteramente lo que se sigue:
[Ilustración]
[Ilustración]
XVI
CUÁNTO IMPORTA QUE LAS MUJERES NO HABLEN MUCHO Y QUE SEAN APACIBLES Y DE CONDICIÓN SUAVE.
_Su boca abrió en sabiduría,_ _y ley de piedad en su lengua._
PROVERBIOS
Dos cosas hacen y componen este bien de que vamos hablando, razón discreta y habla dulce. Lo primero llama sabiduría, y piedad lo segundo, ó por mejor decir, blandura. Pues entre todas las virtudes sobredichas, ó para decir verdad, sobre todas ellas, la buena mujer se ha de esmerar en esta, que es ser sabia en su razón y apacible y dulce en su hablar. Y podemos decir que con esto lucirá y tendrá como vida todo lo demás de virtud que se pone en esta mujer, y que sin ello quedará todo lo otro como muerto y perdido. Porque una mujer necia y parlera, como lo son de continuo las necias, por más bienes otros que tenga, es intolerable negocio. Y ni más, ni menos la que es brava y de dura y áspera conversación, ni se puede ver, ni sufrir. Y así, podemos decir que todo lo sobredicho hace como el cuerpo desta virtud de la casada que dibujamos; mas esto de ahora es como el alma y es la perfección y el remate y la flor de todo este bien. Y cuanto toca á lo primero, que es cordura y discreción ó sabiduría, como aquí se dice, la que de suyo no la tuviere ó no se la hubiere dado el don de Dios, con dificultad la persuadiremos á que le falta y á que la busque. Porque lo más propio de la necedad es no conocerse y tenerse por sabia.
Y ya que la persuadamos, será mayor dificultad ponerla en el buen saber, porque es cosa que se aprende mal cuando no se aprende en la leche. Y el mejor consejo que les podemos dar á las tales, es rogarles que callen y que ya que son poco sabias, se esfuercen á ser mucho calladas.
Que como dice el Sabio[121]: «Si calla el necio, á las veces será tenido por sabio y cuerdo.» Y podrá ser así, que callando y oyendo, y pensando primero consigo lo que hubieren de hablar, acierten á hablar lo que merezca ser oído. Así que, deste mal esta es la medicina más cierta, aunque ni es bastante medicina, ni fácil.
Mas, como quiera que sea, es justo que se precien de callar todas, así aquellas á quien les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben; porque en todas es, no sólo condición agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco.
Y el abrir su boca en sabiduría, que el Sabio aquí dice, es no la abrir sino cuando la necesidad lo pide, que es lo mismo que abrirla templadamente y pocas veces, porque son pocas las que lo pide la necesidad. Porque, así como la naturaleza, como dijimos y diremos, hizo á las mujeres para que encerradas guardasen la casa, así las obliga á que cerrasen la boca; y como las desobligó de los negocios y contrataciones de fuera, así las libertó de lo que se consigue á la contratación, que son las muchas pláticas y palabras. Porque el hablar nace del entender, y las palabras no son sino como imágenes ó señales de lo que el ánimo concibe en sí mismo; por donde, así como á la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias, ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico; así les limitó el entender, y por consiguiente les tasó las palabras y las razones; y así como es esto lo que su natural de la mujer y su oficio le pide, así por la misma causa es una de las cosas que más bien le está y que mejor le parece.
Y así solía decir Demócrito[122] que el aderezo de la mujer y su hermosura era el hablar escaso y limitado. Porque, como en el rostro la hermosura dél consiste en que se respondan entre sí las facciones, así la hermosura de la vida no es otra cosa sino el obrar cada uno conforme á lo que su naturaleza y oficio le pide.
El estado de la mujer, en comparación del marido, es estado humilde, y es como dote natural de las mujeres la mesura y vergüenza, y ninguna cosa hay que se compadezca menos, ó que desdiga más, de lo humilde y vergonzoso, que lo hablador y lo parlero.
Cuenta Plutarco[123] que Fidias, escultor noble, hizo á los elienses una imagen de Venus que afirmaba los pies sobre una tortuga, que es un animal mudo y que nunca desampara su concha; dando á entender que las mujeres por la misma manera han de guardar siempre la casa y el silencio. Porque verdaderamente el saber callar es su sabiduría propia y aquella de quien habla aquí Salomón, aunque para aprendida es muy dificultosa á aquellas que de su cosecha no la tienen, como decíamos. Y esto cuanto á lo primero. Mas lo segundo, que toca á la aspereza y desgracia de la condición, que por la mayor parte nace más de la voluntad viciosa que de naturaleza errada, es enfermedad más curable.
Y deben advertir mucho en ello las buenas mujeres; porque, si bien se mira, no sé yo si hay cosa más mostruosa y que más disuene de lo que es, que ser una mujer áspera y brava. La aspereza hízose para el linaje de los leones ó de los tigres, y aun los varones, por su compostura natural y por el peso de los negocios en que de ordinario se ocupan, tienen licencia para ser algo ásperos. Y el sobrecejo y el ceño y la esquivez en ellos está bien á las veces; mas la mujer, si es leona, ¿qué le queda de mujer? Mire su hechura toda, y verá que nació para piedad.
Y como á las onzas las uñas agudas y los dientes largos y la boca fiera y los ojos sangrientos las convidan á crudeza, así á ella la figura apacible de toda su disposición la obliga á que no sea el ánimo menos mesurado que el cuerpo parece blando.
Y no piensen que las crió Dios, y las dió al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que le consuelen y alegren; para que en ella el marido cansado y enojado halle descanso, y los hijos amor, y la familia piedad, y todos generalmente acogimiento agradable. Bien las llama el hebreo á las mujeres «la gracia de casa». Y llámalas así, en su lengua con una palabra, que en castellano, ni con decir gracia, ni con otras muchas palabras de buena significación, apenas comprehendemos todo lo que en aquélla se dice; porque dice aseo, y dice hermosura, y dice donaire, y dice luz y deleite y concierto y contento, el vocablo con que el hebreo las llama.
Por donde entendemos que de la buena es tener estas cualidades todas, y entendemos también que la que va por aquí, no debe ser llamada, ni la gracia, ni la luz, ni el placer de su casa, sino el trasto della y el estropiezo, ó por darles su nombre verdadero, el _trasgo_[124] y la _estantigua_[125] que á todos los turba y asombra.
Y sucede así, que como las casas que son por esta causa asombradas, después de haberlas conjurado, al fin los que las viven las dejan; así la habitación donde reinan en figura de mujer estas fieras, el marido teme entrar en ella, y la familia desea salir della, y todos la aborrecen, y lo más presto que pueden la santiguan y huyen.
¿Qué dice el Sabio?[126] «El azote de la lengua de la mujer brava por todo se extiende, enojo fiero la mujer airada y borracha, es su afrenta perpetua[127].» Conocí yo una mujer que cuando comía reñía, y cuando venía la noche reñía también, y el sol cuando nacía la hallaba riñendo, y esto hacía el _disanto_[128] y el día no santo, y la semana y el mes y todo el año no era otro su oficio sino reñir; siempre se oía el grito y la voz áspera, y la palabra afrentosa y el deshonrar sin freno, y ya sonaba el azote y ya volaba el chapín, y nunca la oí que no me acordase de aquello que dice el poeta[129]:
«Tesifone, ceñida de crueza, la entrada sin dormir de noche y día ocupa, suena el grito, la braveza, el lloro, el crudo azote, la porfía.»
Y así, era su casa una imagen del infierno en esto con ser en lo demás un paraíso, porque las personas della eran, no para mover á braveza, sino para dar contento y descanso á quien lo mirara bien.
Por donde, cargando yo el juicio algunas veces en ello, me resolví en que de todo aquel vocear y reñir no se podía dar causa alguna que colorada fuese, sino era querer digerir con aquel ejercicio las cenas en las cuales de ordinario esta señora excedía.
Y es así que en estas bravas, si se apuran bien todas las causas desta su desenfrenada y continua cólera, todas ellas son razones de disparate; la una, porque le parece que cuando riñe es señora; la otra, porque la desgració el marido, y halo de pagar la hija ó la esclava; la otra, porque su espejo no le mintió, ni la mostró hoy tan linda como ayer, de cuanto ve levanta alboroto. Á la una embravece el vino, á la otra su no cumplido deseo, y á la otra su mala ventura. Pero pasemos más adelante. Dice:
[Ilustración]
[Ilustración]
XVII
NO HAN DE SER LAS BUENAS MUJERES CALLEJERAS, VISITADORAS Y VAGABUNDAS, SINO QUE HAN DE AMAR MUCHO EL RETIRO Y SE HAN DE ACOSTUMBRAR Á ESTARSE EN CASA.
_Rodeó todos los rincones de su casa,_ _y no comió el pan de balde._
PROVERBIOS
Quiere decir que en levantándose la mujer, ha de proveer todas las cosas de su casa, y poner en ellas orden, y que no ha de hacer lo que muchas de las de ahora hacen; que unas en poniendo los pies en el suelo, ó antes que los pongan, estando en la cama, negocian luego con el almuerzo, como si hubiesen pasado cavando la noche. Otras se sientan con su espejo á la obra de su pintura, y se están en ella enclavadas tres ó cuatro horas, y es pasado el mediodía, y viene á comer el marido y no hay cosa puesta en concierto. Y habla Salomón desta diligencia aquí, no porque antes de ahora no hubiese hablado della, sino por dejarla, con el repetir, más firme en la memoria, como cosa importante, y como quien conocía de las mujeres cuán mal se hacen al cuidado y cuán inclinadas son al regalo. Y dícelo también porque, diciéndole á la mujer que rodee su casa, le quiere enseñar el espacio por donde ha de menear los pies la mujer, y los lugares por donde ha de andar, y como si dijésemos, el campo de su carrera, que es su casa propia, y no las calles, ni las plazas, ni las huertas, ni las casas ajenas. «Rodeó, dice, los rincones de su casa;» para que se entienda que su andar ha de ser en su casa, y que ha de estar presente siempre en todos los rincones della, y que porque ha de estar siempre allí presente, por eso no ha de andar fuera nunca, y que porque sus pies son para rodear sus rincones, entienda que no los tiene para rodear los campos y las calles. ¿No dijimos arriba que el fin para que ordenó Dios la mujer, y se la dió por compañía al marido, fué para que le guardase la casa, y para que lo que él ganase en los oficios y contrataciones de fuera, traído á casa, lo tuviese en guarda la mujer, y fuese como su llave? Pues si es por natural oficio guarda de casa, ¿cómo se permite que sea callejera y visitadora y vagabunda? ¿Qué dice San Pablo á su discípulo Tito que enseñe á las mujeres casadas? «Que sean prudentes, dice, y que sean honestas y que amen á sus maridos, y que tengan cuidado de sus casas[130].» Adonde, lo que decimos, «que tengan cuidado de sus casas,» el original dice así: «Y que sean guardas de su casa.» ¿Por qué les dió á las mujeres Dios las fuerzas flacas y los miembros muelles, sino porque las crió, no para ser postas, sino para estar en su rincón sentadas?
Su natural propio pervierte la mujer callejera. Y como los peces, en cuanto están dentro del agua, discurren por ella y andan y vuelan ligeros, mas si acaso los sacan de allí, quedan sin se poder menear; así la buena mujer, cuanto para de sus puertas adentro ha de ser presta y ligera, tanto para fuera dellas se ha de tener por coja y torpe. Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola. Los chinos, en naciendo, les tuercen á las niñas los pies, porque cuando sean mujeres no los tengan para salir fuera, y porque para andar en su casa aquellos torcidos les bastan. Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento, y como es de los hombres el hablar y el salir á luz, así dellas el encerrarse y encubrirse.
Aun en la iglesia, donde la necesidad de la religión las lleva y el servicio de Dios, quiere San Pablo[131] que estén así cubiertas, que apenas los hombres las vean, ¿y consentirá que por su antojo vuelen por las plazas y calles, haciendo alarde de sí? ¿Qué ha de hacer fuera de su casa la que no tiene partes ningunas de las que piden las cosas que fuera della se tratan? Forzoso es que, como la experiencia lo enseña, pues no tienen saber para los negocios de sustancia, traten, saliendo, de poquedades y menudencias, y forzoso es que, pues no es de su oficio, ni natural, hacer lo que pide valor, hagan el oficio contrario. Y así es que las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoran, andando fuera dellas las destruyen. Y las que con andar por sus rincones ganarán las voluntades y edificarán las conciencias de sus maridos, visitando las calles corrompen los corazones ajenos y enmollecen las almas de los que las ven, las que, por ser ellas muelles, se hicieron para la sombra y para el secreto de sus paredes. Y si es de lo propio de la mujer mala el vaguear por las calles, como Salomón en los _Proverbios_ lo dice[132], bien se sigue que ha de ser propiedad de la buena el salir pocas veces en público. Dice bien uno acerca del poeta Menandro[133]:
«Á la buena mujer le es propio y bueno el de continuo estar en su morada, que el vaguear defuera es de las viles.»
Y no por esto piensen que no serán conocidas ó estimadas si guardan su casa, porque al revés, ninguna cosa hay que así las haga preciar como el asistir en ella á su oficio, como de Teano la pitagórica, que siendo preguntada por otra cómo vendría á ser señalada y nombrada, escriben que dijo[134] que hilando y tejiendo y teniendo cuenta con su rincón. Porque siempre á las que así lo hacen les sucede lo que luego se sigue. Esto es:
[Ilustración]
[Ilustración]
XVIII
DE CÓMO PERTENECE AL OFICIO DE LA PERFECTA CASADA HACER BUENO AL MARIDO, Y DE LA OBLIGACIÓN QUE TIENE LA QUE ES MADRE DE CRIAR POR SÍ Á LOS HIJOS.
_Levantáronse sus hijos y loáronla,_ _y alabóla también su marido._
PROVERBIOS
Parecerá á algunos que tener una mujer hijos y marido tales que la alaben, más es buena dicha della, que parte de su virtud. Y dirán que no es ésta alguna de las cosas que ella ha de hacer para ser la que debe, sino de las que si lo fuere, la sucederán.