La Puchera · Unidad 10 de 37
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¡Ya estaba otra vez el médico boca abajo! ¡Ya era el hombre agobiado por las desdichas, que iba á «echar un memorial» al poderoso para pedirle un mendrugo de pan! ¡Ya le habían caído de repente encima del alma toda la negrura y todo el peso de la realidad de su miseria! Entristecióse de nuevo y volvió á encogerse. La fe que tenía en la importancia de su proyecto, no alcanzaba á darle la más leve esperanza de que el hebreo aquél aflojara la bolsa para ayudarle; el ficticio valor que le prestaba el recuerdo candente de aquellos días esplendorosos, acababa de gastarle, y no era cosa de volver á empezar por allí, ni el Berrugo se lo hubiera consentido; y tan desalentado se vió, que estuvo tentado á despedirse dejando las cosas como estaban. Pero le arreó don Baltasar con una mirada de las suyas, y el hombre se arrojó al asunto como pudo haberse tirado por el balcón de enfrente.
—Pues, señor—dijo pasándose el pañuelo de yerbas por toda la cara y luégo por el cogote y dándole después dos paseitos por encima de los sesos,—el caso es el siguiente: un molino maquilero, de cuatro ruedas, puede moler con desahogo seis fanegas al día, pico más ó menos... Me parece que no peca de alegre la suposición. Estas seis fanegas cada día, me dan al año, en números redondos, dos mil doscientas, ó séanse ocho mil ochocientos celemines. Estos ocho mil ochocientos celemines, me dan á mí de maquila ocho mil ochocientos maquileros; los cuales ocho mil ochocientos maquileros, son lo mismo que quinientos cincuenta celemines, ó doscientas veinticinco medias fanegas; doscientas veinticinco medias fanegas, á duro cada media fanega, son lo mismo que doscientos veinticinco duros, ó sean cuatro mil y quinientos reales... Me parece que esto es pura matemática.
Decíalo don Elías, porque le estaba poniendo en graves dudas el intraducibie gesto con que le miraba su interlocutor. Para asegurarse más de que iba por lo firme, sacó los papelotes del bolsillo, escogió uno de ellos, dióle un vistazo y añadió á lo dicho poco antes:
—Justo y cabal: cuatro mil y quinientos reales. Esto, por un lado... Por otro: cuatro cerdos á cuarenta y cinco duros uno, grande con mediano, son lo mismo que ciento ochenta duros, ó sean tres mil y seiscientos reales; que añadidos á los cuatro mil y quinientos de arriba, suman la cantidad redonda de ocho mil y cien reales... Pura matemática también.
Y se quedó mirando á don Baltasar, que no le dijo palabra ni dejó tampoco de mirarle. Creyóle convencido el médico, le alentó mucho esto porque aquel hombre era así, y exclamó, irguiéndose hasta con cierta arrogancia:
—Señor don Baltasar: con ocho mil reales (quito los ciento) y la pobreza que me vale el partido, era yo el hombre más rico de la cristiandad.
—No lo dudo—dijo al fin don Baltasar con una parsimonia inconcebible en él, aun suponiéndole capaz de divertirse con las cosas de don Elías.—Pero siga usted con la cuenta galana. Ya tenemos lo que da el molino: falta ver lo que toma.
—Nada, señor don Baltasar, nada como quien dice: un molinero, que con las propinas y su buen arte y un piquillo de surplús, que sale de aquí y de allá, estará hecho un canónigo. Este retejo y aquella reparación... ¡nada, señor don Baltasar, nada! eso y mucho más sale del excedente de molienda que no consta en el presupuesto, y de ciertos recursos que se irán desenvolviendo según el negocio vaya marchando. Los cuatro cerdos: menos que nada: los compro lechazos, engordan con las barreduras, se ponen en ocho meses que no caben por la puerta, y los vendo á puja mayor, porque han de sacarme los ojos por ellos. Ya sabe usted que no hay cerdo más solicitado que el cerdo de molino...
—Corriente, señor don Elías, corriente... y siga usted con la cuenta galana... Ya no nos falta más que tener molino.
Desplegó el médico el papelón más grande de los que tenía entre manos, lleno de dibujos toscos y de garabatos incomprensibles, y dijo contoneándose en la silla:
—El molino: aquí está el plano, con su escala y todo. No está puesto en limpio, que eso ya lo haría, si fuese necesario, pincel más diestro que el mío; pero está bien clara cada cosa... Llave en mano, no debe costar un maravedí más de sesenta y dos mil reales... Aquí constan las razones.
—Que estarán muy en su punto: corriente también. ¿Qué nos falta ahora, señor don Elías?
—Pues... buscar esos sesenta y dos mil reales.
—Y ¿dónde están ellos?
—¡Esa es la negra, señor don Baltasar!
—Pues suponga usted que no es tan negra como parece, y que hay un desesperado que los da...
—Negocio concluído entonces.
—Corriente: ¿y qué rebajamos de los ocho mil reales de producto, por réditos de ese capital?
—Ni un ochavo, señor don Baltasar... Esa miseria saldría del mismo fondo que las otras: de acá y de allá, y del auge que fuera tomando el negocio.
—Corriente también. Y ¿con qué respondemos á su dueño de esa miseria que nos presta para hacer el molino?
—Con el molino mismo.
—Es de razón. Pero un día se levanta ese hombre de mal temple, y se llama á lo que es suyo.
—Nos veríamos en ese caso, señor don Baltasar; nos veríamos. ¿No hay más que llamarse á lo suyo así, de golpe y porrazo? Está previsto todo en mis cálculos. Ese hombre me firmaría, ante todo, una cláusula de no reclamar cosa alguna, fuera de los intereses, en un mínimum de treinta años. En ese tiempo, con un poco de economía y el natural desahogo que me fuera dando el incremento de la finca, iría yo matando la deuda sin sentirlo.
—Pues no he dicho nada, señor don Elías. Es usted más pájaro de lo que yo pensaba en punto á estos particulares. ¿Y dónde plantamos el molino, para ponernos al cabo de todo... si es que se puede saber?
—El molino, señor don Baltasar (y en esta estriba la firmeza de mis cálculos), se plantará donde no tengamos que temer ni las sequías del verano, ni los aguaduchos del invierno: en el último canalizo de acá, de la Arcillosa, según se la mira, á la mano izquierda: hay allí anchura y fondo para un navío de tres puentes, con una angostura que se salta de un brinco desde la sierra, y que está como puesta allí para dar ingreso al molino. Lo demás ya lo sabe usted: viene la marea, abre usted los saetines; ya está el agua en casa, cierra usted los saetines; baja la marea, abre usted los saetines y empiezan los rodetes á danzar, á razón de quince horas diarias; y así todo el año, como un reló, con el agua represada en el canalizo, que me ahorra el mejor de los camarados y la mejor de las presas, que son la ruína de los molinos; porque amén de lo que cuestan de nueva planta, de aquí las refuerza usted hoy, y de allá se quebrantan mañana, y es el no acabar en todo el año de Dios; cosa que no ocurrirá en el mío, y por eso dije antes que no hay para qué mentar como gasto las reparaciones que ocurran. ¿No es una hermosura esto, don Baltasar, y no parece mentira que no haya dado nadie hasta ahora en escarbar esa mina de oro?
—En verdad que mentira parece, señor don Elías. Pero dígame y perdone: ¿qué es lo que tengo yo que hacer en esa mina, y por qué lado puede interesarme á mí, como me dijo al principio?
El médico estaba maravillado de la paciencia y la afabilidad con que le atendía aquel hombre, cuyas despabiladeras eran proverbiales en el lugar; y creyéndole en buen cuarto de hora, se aventuró á decirle derechamente:
—Con usted contaba yo para darle la preferencia en el anticipo de los sesenta y dos mil reales, si el negocio no le desagrada, tal como se le he expuesto.
—Hombre—respondió el Berrugo apoyándose en la rastrilla como antes se había apoyado en el horcón,—el negocio, para usted, me parece morrocotudo, por mal que le salga, si llega á andar el molino. Pero me dijo usted al principio que podía interesarme á mí tanto como á usted; y hasta ahora, fuera de la cláusula de los treinta años como mínimum del plazo para el préstamo, no veo cosa que me tiente mucho...
—Ha de tener usted presente—repuso don Elías algo apurado por la observación de don Baltasar,—que el cálculo está hecho á menores; que se cuenta con la prosperidad del negocio, y que con ella y sin ella, á ese capital nunca le faltaría una ganancia harto mejor que la que dan aquí las tierrucas de la mies; ganancia que si pasa del uno y medio, me dejo yo segar el gaznate.
—También es verdad eso—dijo don Baltasar oscilando sobre la rastrilla.—En fin, que es usted, señor don Elías, el mismo Satanás para oliscar tesoros... Hombre—añadió levantando de pronto la cabeza y mirando de hito en hito al médico,—y ya que salió la palabra: ¿qué opina usted de los tesoros enterrados? ¿Cree usted que los hay y que hay tantos como se dice?
Lo mismo que si le hubieran restregado la piel con un manojo de ortigas, se estremeció don Elías de repente al oir las preguntas del Berrugo; y con los ojos encandilados y acentuando las palabras en el suelo con la contera de su bastón, estalló así:
—¡Yo creo, señor don Baltasar, en los tesoros ocultos, y creo que el mundo está lleno de ellos, y creo que en España abundan más que en ninguna parte! Yo no los he visto, soy franco; pero conozco muchas gentes enriquecidas con ellos; y se me han referido y demostrado cosas á ese respecto... y me han sucedido otras tan extraordinarias, que dejarían turulato al hombre de menos tragaderas. Afirmo, pues, que hay tesoros, ¡muchos tesoros ocultos!; que está sembrado de ellos el suelo español... y que quizás el más rico de todos esos tesoros le tenemos usted y yo á las mismas puertas de nuestra casa.
—Supongo—dijo don Baltasar, tan colgado de la rastrilla y tan atento á las declamaciones ardorosas del médico, que parecía estar empeñado en partirse en dos con el ástil, de arriba abajo,—que no se referirá usted ahora al molino de antes.
—¡Qué molino ni qué cazuelas!—respondió don Elías con el más despreciativo de los desdenes.—¡Para hacerle de diamantes habría con el tesoro que yo digo!
Y como don Elías levantara la voz á medida que se iba entusiasmando, tapóle la boca con una manaza don Baltasar, y díjole recatándose, y muy por lo bajo:
—Hombre, si á usted le fuera lo mismo, podríamos continuar hablando de eso en otra parte... ahí, en esa pieza que es mi cuarto. No es porque yo dé importancia al asunto, sino porque no hay necesidad de que nadie se entere y nos tome por locos.
—Más loco será quien por locos nos tenga, señor don Baltasar,—respondió don Elías, con grandes trazas de estarlo ya de remate, levantándose de la silla, embolsándose los papelotes y disponiéndose á seguir á su interlocutor, que, puesto de pie y con la rastrilla en la mano izquierda, le señalaba con la derecha el cuarto que tenía la entrada por una de las cabeceras del salón.
Coláronse ambos allí, donde no había más que una cama, dos sillas, un palanganero con sus avíos maltratados, una percha con poca ropa, y esa vieja, y bastante roña por los suelos.
Sentados nuevamente los dos personajes, era de ver lo que se había crecido don Elías, de cuyos labios y actitudes atrevidas parecía estar pendiente su interlocutor, como el zorro consabido de lo que soltara de su pico el cuervo de la fábula.
—¿Apostamos dos cuartos... ó lo que usted quiera—comenzó don Baltasar, guiñando los ojuelos, con la barbilla en la palma de la mano izquierda, el codo sobre el muslo y en la diestra la rastrilla, pinos arriba,—á que sé yo qué tesoro es ese que usted supone tan cerquita de nuestra casa?
—¿Apostamos—respondió don Elías, imitando cuanto pudo la postura, el gesto y hasta la voz de don Baltasar, y añadiendo por su cuenta una sonrisilla entre nerviosa y truhanesca,—apostamos los sesenta y dos mil reales del molino á que, aun suponiendo que sepa usted de qué tesoro se trata, porque apenas hay quien no le conozca de nombre, ni usted ni mortal viviente del globo terráqueo tiene las noticias que yo tengo de él?
—Pues si tantas noticias tiene usted de ese tesoro—dijo don Baltasar ganando un punto á don Elías,—¿en qué consiste que no le ha echado ya la zarpa?
—No quiere decir tanto como eso lo que ya le he dicho á usted, señor don Baltasar—replicó don Elías, tan valentón como antes.—Yo le he dicho, y lo repito, que no hay sér viviente en el universo mundo que tenga mejores noticias que las que yo tengo sobre el particular de que tratamos. Podrán no ser estas noticias, sin dejar de valer lo que valen, lo suficiente para poner la mano encima de la cosa oculta; podrán ser más que sobradas para otra persona más firme que yo de voluntad, más codiciosa é de mayores recursos, ó menos dispuesta á tumbarse con la carga al primer tropiezo del camino; pero valgan ó no valgan de la manera que digo, esas noticias que yo tengo, señor don Baltasar, son de tal arte y adquiridas de tal modo, que al hombre de más agallas le harían tiritar de asombro y le pondrían los pelos de punta, como me los pusieron á mí... y se me ponen ahora con sólo recordarlo...
Y no exageraba don Elías: mientras hablaba así, le echaban lumbre los ojos, y parecía que se le erizaban las barbas y los mechones grises de la cabeza.
—¡Pataratas!—exclamó entonces don Baltasar cambiando su postura por otra muy desdeñosa; pero con intención visible de herir el flaco de don Elías para que soltara el queso.
—¿Pataratas?—repitió el desapercibido médico, no cabiéndole ya en la silla y dispuesto á confundir al Berrugo con la prueba espeluznante de lo que afirmaba.
—Pataratas no más,—insistió el de la rastrilla, volviendo á colgarse de ella con las dos manos y haciendo como que no daba un alfiler por cuanto pudiera referirle el otro.
—Pues vamos á verlo ahora mismo—concluyó don Elías, que casi se desnudaba de pura desazón que le producía la desdeñosa incredulidad del Berrugo.—Y entienda usted, señor don Baltasar, que esto que le voy á referir lo sabremos en el mundo usted y yo solos... ¡Y ojalá sea más activo, más perseverante y más afortunado que yo!
—Amén—dijo el Berrugo.—Y ahora, vengan esos espantos; pero por lo más derecho que usted pueda, porque se me van acabando los aguantes.
Don Elías no esperó la segunda provocación del Berrugo. Le brotaban las impaciencias por todas partes: por los ojos, en llamas; por los poros, en sudor. Como que el bendito estaba en sus glorias entonces. ¡Qué molino maquilero ya ni qué calabazas, ni qué se le daba á él por tener la casa llena de desventuras y de miserias, ni porque el seminarista de Lumiacos entrara en la casona de Robleces con estos propósitos ó con las otras miras? Confundir á aquel hombre tan duro de pelar, y además de confundirle, maravillarle: eso era lo que había que hacer en el mundo, y eso podía hacerlo él, y lo iba á hacer en el acto. Tirando á dar de ese modo, dijo así, saboreando las palabras y encareciéndolas mucho:
—Hará cosa de ocho meses, bajé á Las Pozas á visitar al Lebrato, que se hallaba en cama desde la víspera. Tenía calentura y se quejaba de un dolor al costado. Le dispuse lo que me pareció conveniente, y al otro día ya le encontré sin novedad. Es duro el hombre ese y animoso como él solo. Con todo y con ello, no le dejé que se levantara por entonces, por temor de una recaída. Tomando pie de esto, y sobre si el que come de su trabajo no puede ni debe cuidar de la salud como los que tienen el riñón bien cubierto, hubimos de hablar largamente los dos; porque el Lebrato, como usted sabe, es hombre verboso y muy entretenido, y á mí me gusta oirle: tenía en aquella ocasión poco ó nada que hacer, y le fuí dando cuerda. Puede que usted sepa también que ese sujeto tiene la costumbre, cuando de riquezas se habla con él, de comparar las más grandes con _los tesoros del Pirata_: el caso es que aquel día volvió á sacar esos tesoros á cuento, como los ha sacado mil veces, y los sacan á cada paso muchas gentes de este lugar y de otros de la Ribera. Yo, que siempre lo he oído como quien oye llover y la he tomado en el son que me lo cantaban, aquel día, séase por buscar un motivo más de conversación, ó porque las cosas vinieron dispuestas así por decreto misterioso, tuve la ocurrencia de preguntar al Lebrato qué tesoros eran esos que tan á menudo oía nombrar desde que me hallaba en Robleces. Entonces el preguntado me refirió lo que, por lo visto, es aquí versión corriente... y será eso que usted dice saber, con mucha ponderación, lo mismo que si supiera algo de fuste.
—Ya se irá viendo, señor don fanfarrias, lo que usted sabe, y ello nos dará el valor de lo que yo sé. Diga, diga por de pronto lo que le refirió el Lebrato.
—Nada en substancia, señor don Baltasar: que se sabe que en tiempos que casi se pierden de vista, había un pirata por estos mares que robaba hasta la saliva al sursuncorda; que como no tenía suelo en qué poner el pie sin la seguridad de que no le colgaran, mientras se iba redondeando á su gusto para campar por sus caudales donde quiera que se presentara—porque en esto de respetarse al ladrón de tesoros, los tiempos no han cambiado hasta la fecha cosa mayor,—escondía en un sitio de esta costa lo que pirateaba más lejos ó más cerca de ella; que esto acontecía en aquellas épocas en que venían de las Américas los barcos abarrotados de onzas de oro y de perlas preciosas, y que á la caza de estos barcos andaba el pirata día y noche, con buena fortuna; que fuérase porque la mar se le tragara de por sí, ó porque se encontró con lo que merecía donde menos se lo esperaba, desapareció de repente y para _in sæcula_ de esta costa, dejando ocultos en ella los tesoros que había robado; que si estos tesoros están en cueva más ó menos escondida ó sepultados en tierra firme, no se sabe; pero que no hay quien dude que están en esta costa y que darían, por su gran valor, para comprar media España; y finalmente, que de esto no se duda, porque viene y ha venido la historia de boca en boca y de padres á hijos hasta la presente generación... Esto es, señor don Baltasar, lo que se sabe de público... y lo mismo que sabe usted; porque usted no sabe de ella una jota ni una tilde más.
—Ni usted tampoco,—respondió resueltamente don Baltasar dando un rastrillazo en las tablas.
Sonrióse convulso don Elías, y dijo:
—Ahora lo vamos á ver.
Se enjugó el sudor de la cara nuevamente con su pañuelo de yerbas, y continuó así, arrimando un poco más su silla á la del Berrugo: