La Puchera · Unidad 9 de 37

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—¿Doña Inesita y doña... _quién_?—preguntó don Baltasar con una fuerza de acento en el _quién_, que la sintió don Elías en los ríñones, lo mismo que si por allí le hubiera atravesado el Berrugo con las puntas del horcón.

—La _señora_ Romana, quise decir—replicó en seguida el médico, subiéndole fuego hasta las orejas;—sólo que como ella es tan... vamos, tan digna... por su...

En esto dió un horconazo en el suelo don Baltasar, y dijo á don Elías, hallándose ya ambos en la sala y junto á las primeras sillas:

—Aquí.

El médico se dejó caer en una, como herido del rayo, y el Berrugo cogió otra y se sentó enfrente de él sin soltar de las manos el horcón, puntas arriba. Parecióle increíble; pero hubiera jurado don Elías que lo que le iba poniendo nervioso era la visión incesante del trasto aquél.

Sentados ya los dos personajes, el de fuera se encontró sin ánimos bastantes para exponer su demanda con el método y el arte que él había ideado en sus repetidos ensayos, á fin de que el negocio resultara á la luz y á la altura que pedía para que se viera como debía ser visto; y comprendiendo que entrar con falta de alientos y sin pizca de serenidad en una batalla, es lo mismo que perderla, acudió al recurso que nunca le faltaba para enardecerse un poco: á traer á la memoria aquellos treinta millones heredados por «la familia,» y aquellos tiempos en que las mujeres de la suya vestían seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la casa. Y, efectivamente, lanzar sus recuerdos á orearse en el florido campo de aquellas magnificencias, y comenzar el hombre á trasudar, á revolverse en la silla, á echar lumbre por los ojos y á redoblar en el suelo con la contera del bastón, fué todo uno. Ya estaba en lo firme; ya no se le daba una higa por la cara mordaz del Berrugo ni por el horcón que tenía entre manos. Expondría su pretensión; se reiría de ella el avaro ó no se reiría: lo mismo le daba: él habría desarrollado en toda su pompa el cuadro de sus pasadas grandezas; el grosero jándalo le habría visto, deslumbrándose; y, cuando menos, siempre quedaría patente el derecho que tenía un hombre que fué tan poderoso, á pedir en días de decadencia el auxilio de un patán afortunado. Atrincherado de tal suerte, don Elías rompió el fuego en estos términos, después de pasarse el pañuelo por la frente enardecida y sudorosa:

—Cuando se perdieron en la quiebra del Marqués aquellos treinta millones de la familia...

—¿Cuántos millones?—preguntó socarronamente don Baltasar, bamboleando un poco el cuerpo medio colgado con las manos del mango del horcón.

—Treinta, más que menos,—respondió hasta con altivez don Elías, después de carraspear y de estremecerse un poco.

—Preguntábalo porque me pareció haberle oído á usted en otra ocasión que los millones esos no eran tantos.

—Treinta han sido siempre: créalo usted—repuso don Elías con el más admirable de los aplomos.—Los estoy viendo á cada hora, lo mismo que si los tuviera en la mano, en onzas de oro... Porque así vinieron de América, señor don Baltasar, ¡en onzas de oro!... y en onzas de oro los apandó aquella garduña de Madrid; y en onzas de oro comenzó á hacer el reparto del caudal, recreándose ya en la zancadilla que nos tenía armada. Toma tú tres, toma tú dos y medio, porque los negocios así y los cambios de otra manera, á mi padre le engatusó por el pronto con la miseria de veinticinco mil duros, á cuenta de los catorce millones que le correspondían á él solo como principal heredero, por pariente más cercano de mi difunto tío... Semanas van, meses vienen: el Marqués no volvía á resollar; mi padre le escribía carta sobre carta; el hombre no las contestaba... hasta que, amigo de Dios, un día... ¡zás! (aquí la voz del médico comenzó á ser cavernosa, la mirada de loco y el ademán melodramático), de golpe y porrazo, la noticia de que el banquero se había presentado en quiebra con un pasivo de doscientos cincuenta millones... de pesos fuertes... ¡Toda nuestra fortuna al suelo, de la noche á la mañana!... ¡Aquel capitalazo, hecho polvo de repente, y la familia rodando desde las mayores alturas del esplendor, hasta la pura miseria!

En aquellos momentos don Elías tenía los ojos arrasados en lágrimas. Don Baltasar, que no podía oir hablar de millones sin sentir la nostalgia de ellos, olvidado por un instante de que trataba con un iluso, ó no queriendo, ni en broma, transigir con la impunidad de tamaños delitos, preguntó con una seriedad y un interés dignos de su interlocutor:

—Pero, hombre, y esos tribunales de justicia ¿no valen para nada?

En seguida conoció don Elías que el sujeto aquél estaba agarrado por el interés conmovedor de la historia. Enternecióle esto mucho más, lanzó dos sollozos y respondió, corriéndole las lágrimas por la faz abajo:

—¿Y qué tribunal se atreve, señor don Baltasar, con un hombre que quiebra de ese modo? ¿Qué juez ni qué emperador le mete mano?... Mi padre pensaba como usted... ¡Ojalá no hubiera pensado tal! pues por sostener sus derechos, dejó en manos de la justicia los veinticinco mil duros que había recibido á cuenta, y cerca de otros tantos que eran de su patrimonio. (Aquí una pausa con puchero.) Por lo demás, bien se sabe quién le hizo la puerta de escape al ladrón, y cuánto costó hacerla; qué personaje tomó cinco, y qué otro recibió diez; y se pasmaría usted si yo le dijera hasta qué alturas llegaron esos caudales, y qué manos se ensuciaron en ellos. (Otra pausa sin sollozo, pero con suspiro hondo.) En fin, mejor es no hablar de estas cosas. (Exaltándose un poco.) Pero le aseguro á usted que si á contar me pusiera, tendríamos tela para lo que falta de año, y sin cerrar boca... El único consuelo que nos ha quedado, si consuelo puede llamarse, es que el facineroso no gozó mucho tiempo el fruto de su rapiña. Pasó á París de Francia, donde estaba ya á buen recaudo lo nuestro y lo de otros infelices; dióse allí á la orgía y al vicio sin freno, y acabó malamente, comido de enfermedades viles y asquerosas...

Fuera por haber caído ya de su burro, ó porque considerara bastante castigado al ladrón con aquella clase de muerte, don Baltasar cortó aquí el relato de don Elías con un horconazo en el suelo y estas palabras imperiosas:

—Al caso.

—Vuelvo á él—respondió don Elías dócilmente, y aun muy satisfecho del éxito de la primera parte de su empresa.—Cuando se perdieron en la quiebra dicha aquellos treinta millones de la familia...

—¿Otra vez?

—Es para mejor empalme del relato, señor don Baltasar... Digo que cuando se perdieron aquellos treinta millones de la familia, me hallaba yo á pique de finar la carrera, carrera que yo estudiaba de puro lujo desde que se supo en España la muerte de mi tío en Méjico y la atrocidad de caudal que nos dejaba. Fortuna que no me cegó la pompa, y que, contra lo que mi padre quería, seguí dándole firme á los libros, por un por si acaso. ¡Bien pronto llegó, señor don Baltasar! Recibí el título amargado con las pesadumbres propias de nuestra desgracia; salióme un partido en la Rioja... y á la Rioja me fuí de médico, también contra el consejo de mi padre, que quería dejarme en Madrid á la sombra de los grandes y poderosos amigos que tenía por allá, y bien seguro de hacerme facultativo de viso y nota en poco tiempo... Caí en gracia en el partido y gané un dineral en él. Caséme allí y puse á la médica en el rango que la correspondía. Tuve una hija que se envolvió en bien finos pañales; solicitáronme luégo con gran empeño desde Zamarrillas, uno de los mejores partidos de la provincia de Valladolid, y fuíme allá. Me pagaban de lo bien, y yo sacaba más de otro tanto por fuera de mi obligación. También dejé esta mina por otra, y la otra por la de más allá; y así, señor don Baltasar, aumentándoseme las hijas y los haberes según cambiaba de lugares, mi casa parecía un platal, y la familia relumbraba de nutrida y bien puesta. ¡Tonto de mí que tanto trabajé para que no se colocaran las cuatro chicas con las brillantes proporciones, que las perseguían por donde quiera que andaban!... ¡Ya se ve: todo me parecía poco para ellas! Otro gallo las cantara... y también á su padre, desde que vino la negra para todos. Y la negra fué que la suerte se cansó de ampararme en cuanto bajé de Castilla y entré en este pueblo con mis cinco carros de equipaje; porque no traje menos, como fué público y notorio... Se acabó el sobresueldo, porque chismes y malos quereres lo prepararon así; y hubo que comer de lo ahorrado; y ¡allá van las onzas de reserva! ¡y allá los cubiertos de plata por docenas!... ¡y allá las sobrecamas de seda fina!...

—Pero, señor don Elías—dijo aquí don Baltasar que, colgado como siempre del horcón no apartaba los ojos de los del médico:—paso lo de los cinco carros de equipaje, porque no los ví, y paso lo de las minas que iba dejando usted atrás, porque me basta que usted lo afirme; pero tantas onzas de oro y tantas colchas de seda y tantos cubiertos de plata echados á la calle para jamar de ello desde que vino usted á Robleces, antójaseme demasiado apetito ó muy mala administración.

—Le canto á usted el Evangelio, señor don Baltasar—respondió el médico sin detenerse delante del reparo.—Esto se prueba al aire y cuando se quiera, porque es de las cuentas que se sacan por los dedos... ¿Usted sabe lo que ha consumido solamente la médica en los años que se lleva metida en la cama, y antes de meterse en ella, de estos baños á los otros y de estas aguas á las de más allá?

Don Baltasar, que después de hechas las observaciones que le valieron esta réplica, había reclinado la frente sobre las manos con que empuñaba el horcón, la alzó de pronto; y dando otro horconazo en el suelo, volvió á decir á don Elías, en el mismo tono imperioso de la otra vez:

—¡Al caso!

—Iba á tratar de él en este instante, señor don Baltasar—replicó don Elías acudiendo presuroso á la advertencia.—El caso es—continuó,—que desde que estoy en Robleces, me despistojo y me aso, y atormento el magín para buscar una industria que me ayude á salir avante con la carga que tengo sobre mí; que todo cuanto he discurrido me ha fallado; que las cosas se van poniendo en mi casa de modo que ya no dan espera, y que estoy resuelto á probar el último recurso, para llevar á cabo mi idea, que no puede mentir, según yo la tengo pesada y medida.

El Berrugo había vuelto á reclinar la cabeza sobre las manos; y don Elías, muy satisfecho de ello, hizo un alto en su discurso, como para adquirir nuevos alientos. Después continuó así, para aplazar otro poco la verdadera entrada ea el asunto.

—Lo cierto es, señor don Baltasar, que mi situación tiene bien poco de envidiable. Cuento ya sesenta años, y llevo treinta y cinco de médico de partido, sin un solo día de descanso, sin una sola noche de dormir con tranquilidad... No tengo un vicio de que arrepentirme... ¡ni siquiera fumo!... Como lo que me dan; á veces... nada, porque no lo hay... Gano una miseria, y esa mal cobrada; me debe este vecindario más del tercio de mis sueldos desde que vine... ¡Lo juro por Dios que me oye! Reclamo las deudas, y casi se ríen de mí los deudores; porque lo que se niega al médico no se toma á pecado. Ya se ve, ¡gasta levita! ¡Si ellos supieran que no hay maldición que pese tanto como la levita de los pobres!... Pero si no me paga el concejo, tengo consultas, apelaciones... Es verdad: de higos á brevas llega á mi casa un enfermo de algún lugarejo de los más cercanos (cuando no le vuelven desde el camino con calumniosos informes los que aquí no me quieren bien); me entretiene hora y media para explicarme mal lo que le duele; gasto yo cerca de otro tanto en decirle lo que es y cómo debe curarse; le pido al fin tres pesetas por mí trabajo; parécele mucho, y empieza á llorarme desventuras; y por no perderlo todo, tengo que conformarme con la mitad... cuando no me la queda á deber para no pagármela nunca. Alguna que otra visita cae fuera de Robleces... Pues ande usted legua y media á pata, porque nunca me dió el oficio para el lujo de una caballería de las peores... ande usted legua y media así por montes y barrancos, y otra legua y media de vuelta; sude usted los hígados y eche la entraña por la boca, ó métase usted en el barro hasta los corvejones y cálese de agua hasta los huesos, y tómese para regalo del estómago y compostura de los zapatos que ha roto, ese medio duro ó esas cuatro pesetas que le valió la salida... Esta es la verdad... ¡la triste verdad!... Y viva usted así, señor don Baltasar, con cinco mujeres en casa, una de ellas tullida, y las otras... medio desnudas, desesperadas y hambrientas, porque son las hijas del médico y no pueden ir á ganar la comida sallando los maizales del vecino... No tengo deudas, es cierto; pero falta saber si podría tenerlas aunque quisiera. Al labriego más pobre no le niega nadie una peseta, porque, cuando menos, tiene un azadón que lo vale; el médico no tiene nada, nada con que responder, si no es la negra cruz de su levita... De esta manera ¡bueno está de considerar! la vida no es vida, la salud se quebranta... el humor se ennegrece... falta muy á menudo la paz en la familia; y á fuerza de ver uno pura tiniebla donde quiera que pone los ojos... créame usted, señor don Baltasar, casi tengo por afortunados á los pobres enfermos que acaban entre mis manos...

También era triste, bien triste, la voz de don Elías cuando hablaba así, y también acabó de hablar brotándole gruesas lágrimas de los ojos; pero éstos no chispeaban ni aquélla era forzada y teatral como la otra vez, por obra de un sacudimiento del organismo impresionado pon una visión histérica. El último relato era la realidad, un pedazo de la vida del relatante; y las lágrimas que lloraban sus ojos, venían derecha y sosegadamente del fondo del corazón. Pero como esta vez no se trataba de millones estafados, don Baltasar no se interesó poco ni mucho en aquel triste capítulo de la historia del médico; lejos de interesarse, y mucho más de conmoverse, alzó la cabeza que había tenido apoyada sobre las manos, y manifestó sus impaciencias inclementes con un nuevo horconazo en el suelo y estas palabras, bien duras de acento:

—¡Al caso, don Elías, que me voy aburriendo y tengo que hacer!

Y á echarse iba en él de golpe y porrazo don Elías, después de suspirar muy hondo, cuando entró Inés en la sala para advertir á su padre que le llamaban abajo, no sé para qué menesteres.

—Pues ya hablaremos en mejor ocasión,—dijo don Elías dispuesto á marcharse, después de haber saludado á Inés y al ver que don Baltasar se levantaba de la silla.

—De ninguna manera—respondió el Berrugo, obligando al médico á que volviera á sentarse.—Tengo ya empeño en conocer esa mina que trae usted entre cejas, y hoy mismo ha de ser, porque no respondo de hallarme con tanta paciencia otro día. Acompáñale tú, Inés, que vuelvo pronto.

Salió don Baltasar, quedóse el médico, y se sentó á su lado Inés con la misma indolencia, el mismo ropaje y la propia traza con que la vimos la noche antes entrar en la cocina y coger los peces por el rabo.

[Ilustración]

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IX

LAS COSAS DE DON ELÍAS EL MÉDICO

Desde aquel instante, ya fué don Elías otro hombre; porque el médico de Robleces tenía esa gran fortuna en medio de tantas desgracias: un simple cambio de escena bastaba para dar nuevo colorido á sus pensamientos. Á solas con Inés, ya no se acordaba de su padre ni de los asuntos que con él acababa de tratar: otros cuidados muy distintos comenzaron á devorarle y á consumirle. Hubiera dado una oreja por saber de la boca misma de Inés si estaba ya bien enterada de los intentos con que entraba en su casa Marcones el de Lumiacos, y si, caso de estarlo, le habían parecido mal, como era de suponer. Había averiguado él estos intentos con un lujo increíble de pesquisas, y hablando mucho de ellos entre sus hijas, que se perecían por esas cosas, y en varias cocinas del lugar y hasta en medio de la calle, de lo que fué testigo el lector; y era muy natural que ardiera en deseos de inquirir lo que le faltaba, y de beberlo en buena fuente, por el gustazo de correrlo en seguida por el pueblo, sin olvidarse de bajar á Las Pozas en busca de Pedro Juan, que era el último con quien había tratado del negocio de Marcones, para decirle, como á todo el mundo: «Lo sé de su misma boca: Inés no le traga por buenas; y antes será muerta que convencida.»

Porque para el médico no tenía duda que Inés aborrecía á Marcones, si Marcones la había descubierto tanto así de sus ambiciosos planes; y menos lo dudaba cuanto más paraba los ojos en la hija de don Baltasar, con su mirar tan dulce, con su estampa de princesa... y con un caudal «tan atroz;» porque, á juicio de don Elías, «debía de ser atroz el caudal de aquella chica, después de la barbaridad que había heredado de sus abuelos de San Martín de la Barra.»

Pero ¿por dónde le hincaba el diente al asunto? Cabalmente era hombre que no servía para tanteos insidiosos: lo reconocía él mismo; le acosaban demasiado las impaciencias, y en seguida se le iba la burra.

Enfrascado en estos cálculos que le ponían nervioso, don Elías dejaba pasar el tiempo sin dirigir una sola palabra á Inés, la cual se extrañaba de aquella mudez en un hombre tan comunicativo y locuaz de ordinario. Reparaba también la hija de don Baltasar en la avidez cariñosa con que la contemplaba el médico, y en el desasosiego con que se revolvía en la silla; y haciéndole suma gracia todas aquellas cosas de don Elías, acabó por sonreirse sin apartar de él la mirada medio escondida entre los párpados, contraídos por unos frunces muy monos.

No sé si creía el médico de Robleces en el fluido magnético y en las corrientes simpáticas, ni si había oído hablar de ello siquiera en todos los días de su vida; pero lo que no tiene duda es que andando él en lo más empeñado de sus hipótesis y escarbando con la imaginación en los profundos de la mente de Inés, fué cuando ésta le sonrió; y tan preocupado estaba el hombre y tan aferrado á su idea, que en aquella sonrisa vió y oyó clara, clarísimamente, que le preguntaba Inés, así, en estas terminantes palabras:

—¿No es verdad, don Elías, que he hecho bien en negarme á eso?

Con lo que el iluso acabó de dispararse, y respondió en voz firme, acompañándose de un bastonazo en el suelo:

—¡Sí, señora!... ¡admirablemente! ¡perfectísimamente! ¡Y le está muy bien empleado al sin vergüenza!... ¡Y que vuelva por otra!...

—¡Pero, don Elías!...—exclamó Inés sobresaltada con aquel estallido del médico.

Despertó éste de su pesadilla con la exclamación de Inés, y se deshizo en excusas; pero sin arrepentirse de la «providencial» alucinación.

—Perdone usted, Inesita—la dijo.—Tengo la desgracia de interesarme demasiado por los negocios ajenos... pero también el don de leer claro donde el más lince no ve jota... Es el temperamento, créalo usted. ¡Á veces me arden allá dentro unas luces!... Y como sucede además que tengo la costumbre de soñar recio...

Y al mismo tiempo pensaba:

—Ha sido una entrada como otra cualquiera; y me alegro, porque el golpe dado está, y ya sabes á qué atenerte... como lo sé yo también por lo que se te ha escapado... Al buen entendedor...

En esto llegó á la sala don Baltasar con una rastrilla en la mano. Levantóse Inés, salió, y ocupó su padre la silla que ella dejaba.

—Vamos—dijo el Berrugo á don Elías,—á rematar en pocas palabras... en pocas palabras he dicho, eso que dejamos pendiente.