La Puchera · Unidad 13 de 37

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—¡Las dos, recongrio! ¡Enteras y verdaeras!... ¡Lo mesmo te he de sacar yo á tí los hígados el día que te coja á mi gusto! ¡Lo mesmo, recongrio!

Con esta jaculatoria entre dientes y las dos muelas en la mano, le halló don Elías al volver á la sala con un cortadillo de vino tinto sobre un plato de loza muy cuarteada...

—Échate esto al coleto, poco á poco—le dijo.—Pero, calla... ¡esas son tus muelas! ¿Dónde las tenías, hombre?

—Estaban aquí,—respondió Quilino señalando á la palangana.

—Con sus raíces enteras, limpias y campantes; ¡como no las arranco yo mismo con la llave inglesa!... ¡Y cuidado que la una es de las de tres patas!... ¡de las más negras de arrancar!... ¡Vaya un empuje de brazo!

Después de hablar así, y viendo que Quilino se guardaba los huesos en el bolsillo repicoteado de la blusa, arrojó el contenido de la jofaina por el balcón.

—Éstas se las ha de tragar él angún día, ¡recongrio!—decía Quilino mientras guardaba las muelas y de modo que le oyera don Elías.

Oyólo, en efecto; y al mismo tiempo que vertía agua limpia en la jofaina para esclarecerla, lavándose de paso los dedos en ella, anotó lo dicho por Quilino de este modo:

—Bien está ese propósito en un hombre de tan buenas agallas como tú; pero, por de pronto, ten mucho cuidado con no darle antes motivos á él para que vuelva por las que te dejó en la boca esta tarde.

—¿Á mí?—respondió Quilino contoneándose en la silla, después de beberse lo poco que quedaba en el vaso.—¿Á mí arrancarme él otra muela más, ni medio diente tan siquiera!... ¡No me conoce usté, don Elías!...

El cual acabó su tarea en dos voleos; sentóse junto á Quilino en seguida, y le dijo:

—Cuenta ahora todo lo que tienes que contarme.

Quilino comenzó por echarse el hongo hacia atrás; luégo encendió un cigarro; después se palpó el carrillo derecho, que se le iba hinchando bastante, y por último habló así:

—Yo tenía cuentas pendientes con el Josco... porque quizaes sepa usté que Pilara me tiene, de meses acá, á resultas de lo que él hable, y nunca acaba de hablar.

—Estoy enterado, ¡perfectamente enterado de eso!—dijo el médico con el mismo aplomo que si fuera cierto lo que afirmaba.—Adelante.

—Pos güeno—prosiguió Quilino palpándose la hinchazón, que no le dejaba pronunciar las palabras con la soltura de costumbre:—hubiendo esas cuentas entre los dos, yo he tratao de ajustalas muchas veces... ¡Recongrio! ¿quién se atreve á sosteneme á mí que no está muy puesto en razón esto que yo quiero?... Y queriéndolo así, yo he tratao del caso las miles de veces con Pilara; y Pilara en sus trece: que vente mañana y que güélvete otro día... Yo tengo mi porqué, anque no sea mucho; el Josco, ni tanto siquiera... ¡Recongrio! con esto solo estoy en derecho de llamame á la parte en casos como ese... ¿Qué hay que decir en contra?... Quisiera yo oirlo... ¡Quisiera yo oirlo, recongrio!

—No hay que acalorarse, Quilino, no hay que acalorarse—interrumpió el médico con gran formalidad.—La razón es tuya, no se puede negar. ¿Y la familia? ¿Sabe algo de ello? ¿Te recibe bien?...

—¡Recongrio! ¡Pos podía no!... Vamos al punto. Estando así las cosas, la otra tarde, en la ré, tuvimos unas palabras yo y el Josco; y no hubo allí una trigedia, porque mos desapartaron... Esto me enconó la sangre; y por la noche juime en cá Pilara pa dejar de una vez pa siempre aclarao el sí ú el no; y ¡recongrio! malas penas entro en el portal onde estaba toa la gente de la casa, cuando cata al Josco como llovío de las nubes y sin querer pasar más aentro de las goteras, y cata á Pilara, que andaba roncerona conmigo, arrimándose á él hecha unas mieles... ¡Recongrio! ¡esto era una somostá pa mí! Por tal la consideré, y juime pa casa por no ver aquello. Pero yo estaba en razón quisiendo saber si el Josco había hablao ú no había hablao aquella noche. ¿No es esto la pura verdá, recongrio?

Don Elías respondió afirmativamente con un gesto.

—Pos pa sabelo—continuó Quilino,—me abajé al otro día, muy de mañanuca, á Las Pozas. No pasé del Portillo, porque allí consideré, pensándolo mejor, que quien tenía la obligación de aclarame el caso, era Pilara... Güelta pa el barrio de la Iglesia. Me planto en la juenti aonde ella suele dir á aquellas horas; y espera que espera, Pilara no venía. Aborrecíme; y pensando que ya me echarían de menos en casa, á casa me golví. Dende aquel punto y hora, el diablo paece que me la enculta, porque no he podío dar con ella... hasta esta tarde en el corro; y no era cosa de ajustar esa clase de cuentas allí. Pero la bailé tres veces, y ¡recongrio! pior que pior; porque si dende lejos me alampaba por ella, acercuca, acercuca y viendo retemblale las gorduras, es cosa de... ¡Recongrio, qué grandona es y qué maja!

—¡Buena mozona está de veras!—dijo aquí el médico, y no por complacer á Quilino solamente.

—Le digo á usté, don Elías, que es pa perdese un hombre, ¡pa perdese, congrio!—exclamó hecho una pólvora Quilino;—y eso es lo que me ha pasao á mí... ¡Y luégo le dicen á uno que si va por esto ú por lo otro, y no por el puro personal de ella! ¿De qué será la sangre de esas gentes, recongrio? ¿De qué pensarán que es la mía?... Pos á lo que voy: estando en esto, ahí viene el Josco, que de pascuas en San Juan se le ve una vez en el corro de este barrio; y viniendo el Josco, bien portao de ropa, porque la tiene pa esos casos; pero más jarisco y resecón que lo jué nunca, ¡sacabó el mundo pa Pilara, que ya no tuvo ojos pa mirar si no era al jabalín de Las Pozas! ¡Y Quilino, señor don Elías; Quilino, ¡recongrio! rumiando venenos y amargores, y amarrando las iras pa no abrir en canal á aquel hombre y perdese con él pa sinfinito! ¡Recongrio, qué ratos pasé! Dempués bailó el Josco con ella... cosa que en los jamases había hecho... ¡en los jamases, congrio! Esto acabó de cegame. Quise echale ajuera en una güelta á lo alto, cosa curriente en toas partes... ¡y no se salió, recongrio! ¡no se salió ni por esas! Híceme el tonto al agravio, por no perdeme allí y á medio pueblo conmigo... y hartéme de bailar con las otras mozas.

—Bien hecho, Quilino, bien hecho. ¡Eso es ser prudente de veras!

—¡Si yo soy así, don Elías!... ¡Le digo á usté que soy así, anque paezca mentira con estas agallas que tengo, recongrio! Pos, señor, que sacabó el corro; y acabándose el corro y viendo yo que Pedro Juan iba á tomar ruta á Las Pozas, atajéle el camino por un arrodeo; y en el callejo del Hisuco, híceme el alcontraizo con él. «¿Se va pa casa, eh?» díjele yo. «¿Y cai con eso?» me arrespondió parándose de plonto. «Pos ná, hombre,» díjele yo otra vez, «hablar por hablar como entre güenos amigos.» Así escomencemos, don Elías; y hablando, hablando, el hombre jué templándose; y al ver yo que la cosa estaba en punto, díjele: «Pos yo tenía que decite dos palabras respetive á esto y á lo otro.» Y se lo estipulé finamente; sin faltale, vamos... ¡sin faltale ni en tanto así, recongrio! El hombre se quedó algo cortao en primeramente; dempués golvió á decime: «¿Y cai con eso?» Y yo arrespondí: «Pos tal y cual,» ¡siempre finamente, recongrio, y sin faltale en cosa anguna! Al último me dijo: «Que la haiga hablao ú que no, no es cuenta tuya.» «¡Hombre!» le dije yo otra vez; «que mira esto, que considera lo otro... que por aquí, que por allá,» y él que: «Déjame en paz,» y «que arriba y que abajo.» Y por este orden jué tomando auge la cosa. «Te digo por tu bien,» me dijo en remate, «que sigas tu camino en paz.» «Pos ahora es cuando hay que apretar,» díjeme yo, pensando que el hombre se encogía... Sí que arreparé que se le abajaba la color y le temblaba mucho un carrillo por arrimao á la ojalera; pero tomé el caso á favor mío; arrastróme esta fortaleza y esta entraña que tengo, y pensando aturdile, le llamé cobardón y sinvergüenza, echando al mesmo tiempo centellas por los ojos... ¡Recongrio!...

—¡Valentía fué de veras la tuya, Quilino!—exclamó el médico.

—¡Valentía?...—respondió Quilino creciéndose medio palmo.—Le digo á usté que á mí no se me conoce hasta la presente, ¡recongrio!

—¿Y qué respondió él á esa provocación tuya?

—Lo que no hubiera respondío á estar yo más sobre mí de lo que estaba. Porque yo, señor don Elías, no me alcordé en aquellos momentos de que el Josco es hombre de lunas, y que en aquel estonces podía muy bien estar con ella; y á los valientes así, el valiente que se les cuadre debe cogerlos siempre la delantera... Si yo doy en el ite, don Elías; si yo doy en el ite, ¡recongrio! detrás de las palabras va la mano, y tiene que dir la josticia á levantale esta noche en el callejo. Pero no jué así por un olvido mío, y se me adelantó él á mí, como era de esperar.

—Bien; pero ¿de qué modo se adelantó?

—Pos... con la guantá de que hablé endenantes.

—¿Sin prevenirte con una mala palabra?

—¡Ni una, recongrio! Y esa es la traición que ha de pagame sin tardar mucho.

—Y tú ¿qué hiciste?

—¿Qué había de hacer, recongrio? ¿Dióme él tiempo pa ná? ¡Si aquello jué un rayo que vino sobre mí! Sentí el golpe; resonóme aentro como si me hubieran espatarrao la cabeza con un mazo de encambar; dí cosa de tres güeltas alreguedor; y cuando vine en conocimiento, me ví solo en el callejo y sangrando por la boca. Como no sabía de qué era ni lo que podía salir por allí, apretando mucho las quijás y cerrando bien los labios, víneme de una correndera á que me reconociera usté... Pero ¡recongrio! si cuando golví en mis cabales me alcuentro cara á cara con el traidor, me pierdo, señor don Elías, ¡me pierdo, recongrio, por éstas que son cruces!...

—Pues mira, Quilino—díjole el médico, y creo que sin poner en duda las valentonadas del mozalbete,—más vale que no te encontraras con él. Es hombre el Josco de mucho puño y malas moscas; y una buena dentadura, como la que á tí te queda, no tiene precio.

—¿Y cree usté—le preguntó Quilino señalando al carrillo, que seguía hinchándose,—que esto no pasará á cosas mayores?

—Lo creo, como creo también que Pilara está muy enamorada de Pedro Juan; y lo creo porque lo sé, ¿entiendes? porque lo sé; y habiendo esto por medio, no debes tú empeñarte más en ese imposible en que estás enredado.

—¡No empeñame más!... ¡Recongrio! Primero que yo eche pie atrás sin que esto sea con su cuenta y razón, acaba medio Robleces entre mis manos... ¡Si le güelvo á decir á usté que á Quilino no se le conoce aquí entoavía, recongrio!

—¡Bah!... todo eso es pólvora de los pocos años—dijo don Elías levantándose y llevando en seguida á Quilino hacia la puerta de la sala, donde le añadió al oído y con mucho misterio estas palabras:—Mira, hombre: si quieres consolarte del fracaso de tu negocio con Pilara, yo te citaré otro de mucho más bulto. ¿Conoces á Marcones el de Lumiacos?

—¿El estudiante que ha dao en venir á Robleces toas las tardes?

—Ese mismo.

—Sí que le conozco.

—Pues ese pedantón sin vergüenza ha ahorcado los libros que estudiaba, y anda ahora á caza del gato del Berrugo, casándose con su hija, Pero ¡morruda castaña le van á dar!... Porque Inés no le traga ni á palos. Me lo ha confesado ella misma. ¡Eso es lo que se llama una calabacera de órdago! Puedes correrlo por ahí si te da la gana.

Con esto despidió á Quilino, enterándole antes de lo que debía hacer en el caso de que se le enconaran las heridas del carrillo; y en seguida llamó á sus hijas á la sala para contarlas, á su modo, quiero decir, aumentándole en más de la mitad, el suceso de Quilino con todos sus precedentes y consecuencias. Estas comidillas suplían en aquella casa por la mejor de las cenas; y cabalmente la de aquella noche fué de las más frugales de todo el año.

[Ilustración]

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XII

EN QUÉ MANOS ANDABA INÉS

Jamás se supo qué hizo don Baltasar en lo del asunto que motivó el paseo marítimo recién historiado, en los días siguientes á él, ni si hizo algo siquiera; pues si lo hizo, fué por sí solo y sin que nadie se enterara de ello. Lo que no puede negarse es que faltó de casa en la primera semana más veces que las de costumbre, y que á la preocupación que le distraía, siempre que no necesitaba los cinco sentidos para consagrarlos á sus habituales tareas, se debió el que no reparara lo que sin aquel motivo hubiera reparado: en lo pegajoso que se iba haciendo allí Marcones, y en el calor con que se tomaba entre el sobrino y la tía la educación primaria de Inés.

Sólo cuando los días corrieron y tras de la sorpresa de ver á su hija muy peripuesta y repeinada, fué recibiendo otras no menos chocantes, como las de hallar su cama muy curiosa y bien mullida, sin mugre y con toalla limpia el palanganero, su ropa de uso con los botones completos y sin manchas ni descosidos, el techo sin una sola telaraña, y muy fregoteado el suelo, la mesa puesta con orden y limpieza á las horas de comer, y cada mueble de la casa en su sitio; sólo, repito, cuando todo esto y algo más á su semejanza aconteció, por la fuerza misma de las cosas volvió la atención hacia ello. Examinólo más despacio entonces; y cuando su curiosidad andaba rayando con el asombro, llamó aparte á la Galusa, que seguía con el gobierno de la casa, y la preguntó:

—¿Qué mil demonios pasa aquí? ¿Con qué se ha curado Inés tan de repente de aquella galbana que la tenía siempre como perro á la sombra? ¿Por qué se peripone y se lavotea? ¿Por qué está mi cuarto hecho unos soles, y no se ve en toda la casa un lamparón, ni una silla con polvo ni fuera de su lugar?

Toda esta descarga de preguntas recibió la pelindrusca aquélla sonriéndose con toda su bocaza, rascándose los brazos desnudos y mirando á su amo con una pascua en cada ojo; y después de hacerle desear un poco la respuesta, se la dió en estos términos, encareciéndolos mucho con el tono y los ademanes:

—Todo eso que se ve y más de otro tanto como ello, que no está tan á la vista, es obra de ese dimoño de muchacho.

—¿De tu sobrino?

—Del mesmo... ¡Le digo que paece mentira! Si tuviera los mengues en el cuerpo, no hiciera más milagros de los que ha hecho en tan pocos días... Está Inés que no se la conoce... ¿Ve usté cómo limpia? Pos lo mesmo escribe ya y saca cuentas y va aprendiendo las miles cosas que Marcos la enseña en libros. ¡Lo que sabe el mal demónchicos de él! ¡Y cómo lo cierne y lo habla y sabe ponerlo en la palma de la mano para que se vea como es debido! No, y ella no es de las que tienen por fantesía los ojos en la cara: la verdá hay que decirla siempre; y le aseguro, porque lo he visto, que en el aire pesca la endina las enseñanzas... ¡en el aire, vamos! Como que no paece sino que son nacíos pa entenderse los dos en esos particulares... y en otros muchos.

—Que tu sobrino—replicó el Berrugo en el tono de burla fría que le era propio,—la enseñe á escribir y contar y algunas cosas más de las que él sabe... á costa de quien yo me sé, no me pasma; ¡pero á ser limpia?...

—¡Pos hasta eso!... Y ¿por qué no ha de enseñárselo igualmente?

—Porque nadie puede dar lo que no tiene; y ó yo no le he mirado bien, ó tu sobrino Marcos puede llevar un plantío de berzas en cada mano.

—¡Qué cosas que tiene este hombre!—dijo aquí la Galusa algo picada.—El mi sobrino Marcos tiene más limpieza que todo eso... Y aunque no la tuviera, si sabe enseñar el modo de que otro la tenga, ¿qué más da?... ¡Vaya que se le paga al enfeliz con buen rumbo el trabajo que se toma por puro antusiasmo y pujos naturales de hacer el bien!

—Poco á poco sobre eso—dijo el Berrugo amoscándose.—En decir que tu sobrino es puerco, no falto á la justicia, porque á la vista lo lleva; pero el meterme tú por los ojos las enseñanzas que da á Inés como un favor del otro jueves, ya va por caminos muy diferentes. En primer lugar, yo no le llamé para que se tomara ese trabajo: él y tú lo barajásteis con Inés, sabe Dios cómo; en segundo lugar, si tu sobrino tiene vergüenza, á más que á eso le obliga el dineral que aflojé yo para ayudar á que aprendiera lo que sabe, por ceguedades con que le atolondran á uno los demonios, y por arrastrados miramientos que nunca lloraré bastante... ¿Lo entiendes?... Pues ahora le puedes ir con el cuento si te acomoda; y si le parecen mucho las Indias que me da con sus enseñanzas á Inés, que la deje sin ellas: al fin y al cabo, para hembra, le sobraba la mitad de lo poco que sabía, y yo bien hecho estoy á vivir entre roñas... como tú; y si me apuras un poco, hasta me engordan; pero si quiere seguir, y no haría nada de más, ni tú tampoco en aconsejárselo, que no espere que yo se lo agradezca tanto así (y marcó lo negro de la uña del dedo meñique); porque, como ya te he dicho, bien pagado se lo tengo... ¿Te vas enterando? Pues contigo va también la solfa, por si acaso quieres entonar con ella la letanía de alabanzas á tu sobrino... Y en seguida, vuelve por otra: ya ves que aquí se sabe corresponder como es debido... Y mírame los colmillos. ¿Ves qué retorcidos están?... Por si habías soñado con jincarme los tuyos en parte blanda con el memorial de sabidurías del zanguango...

Aunque la Galusa estaba bien acostumbrada á las genialidades de su amo, y solía reirse de muchas de ellas porque eran chisporroteos que no podían quemarla ni el pelo de su ropón de ama y señora inamovible de la casa, las de esta vez ya le penetraron más hondo, no solamente por las especies apuntadas en ellas, el tonillo chocarrero de que iban acompañadas y lo grave del asunto con que podían ligarse en definitiva, sino porque esa vez no era la primera, ni siquiera la cuarta, que, en poco tiempo, la domada bestia se atrevía á enseñar los dientes y las garras á la domadora.

—¿Qué es lo que _se quiere_ decir con eso?—preguntó de repente la ofendida, poniéndose en jarras, un poco doblada por los ríñones, con el pescuezo rígido y los ojos clavados en los del Berrugo.

Sabía éste, por una larga experiencia, que las grandes cóleras de su criada comenzaban á estallar suprimiéndole á él la personalidad en sus invectivas, para eludir todo tratamiento; pero más valiente en esta ocasión que en otras semejantes, cuadróse á su vez delante de la retadora, y la contestó remedándola el estilo:

—Se quiere decir con eso, lo que nos da la real gana. ¿_Quedamos_ enterados?

—¡No... mal hombre!—repuso la cotorrona hecha un basilisco;—¡no quedo enterada!... ¡Porque yo no hice qué pa merecer eso! ¡Y aquí pasa algo de un tiempo acá, que quiero saber!... ¡Yo no soy ya lo que era!

—Eso bien salta á los ojos—dijo el Berrugo con una calma incisiva que acabó de exasperar á la Galusa.—No hay más que vernos la estampa.

—¡Miren por onde se descuelga el grandísimo... pendejo, que tamién tiene que ver! La culpa tuvo quien no se dió á valer más cuando lo valía, y puso manjar de reyes en boca que merecía carrancas... Ahora viene el pago en la moneda de todos los desalmaos: dispués de comernos la hebra...

—Justo—interrumpió don Baltasar,—arrojamos los huesos. Nada más puesto en razón... Pero entiéndase que no se va por ese camino ahora, ni hay para qué llorar golpes que no se han recibido... Y ya se ha dicho lo bastante y hasta de sobra, para que se nos entienda... y lo dicho se repite... y de lo dicho se responde... y si se quiere más claro, se pone al sol... y si pica, rascarse... y si duele, que duela... ¿Lo vamos entendiendo mejor?... Pues nos alegramos... y hasta otra.

Con esto, chasqueó los dedos don Baltasar; hizo una zapateta delante de la criada, trémula de ira, y se largó de allí arrastrando la escoba que llevaba en la mano.

No le contó la Galusa todo esto á su sobrino; pero le dijo sobre ello algo que debía saber, para tenerlo muy en cuenta.