La Puchera · Unidad 14 de 37

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—Yo no sé—le dijo entre otras cosas,—qué es lo que le pasa á ese pícaro de hombre de un tiempo acá. Antes era un borrego para mí; y sin dejarse llevar en todo por onde yo quesiera llevarle, tampoco se empeñaba en arrastrarme consigo contra mi gusto... Pero ahora, hijo del alma, ¡ya te quiero un cuento! Se da á la burla y al chungue cuando le hablo de lo que no quiere oir... y gracias que se conforma con eso... ¡Ay, Marcos, qué otra era yo en esta casa en aquellos días de la difunta, y hasta en algunos más cercanos! ¡Cómo me contemplaba el endino y me buscaba el buen gesto, y qué recio tosía yo delante de él!... Pero, hombre, ¡si fué ayer, como quien dice, cuando entoavía supe arrancarle esos cuartos pa la tu carrera, que era punto más que tocar el cielo con las uñas! Cierto que ya por entonces me costaba un triunfo lo que antes conseguía yo con sólo un mirar de los ojos; pero ¡tanto como esto de ahora!... Porque la cosa va empiorando de día en día... ¡Y tengo que andar con un tiento!... Á veces pruebo á enfadarme: pior que pior... ¡Cristo del alma! no digo yo que enfadarme, con sólo ponerme josca en tiempos de la difunta... y algunos de más acá, ¡cómo le abajaba los humos al arrastrao, y qué blando me miraba... y qué!... Pero, hombre, ¿en qué consisten estas cosas?

Marcones, que escuchaba á su tía con mal ceño y mucha atención, la respondió al punto:

—En que desde esa difunta acá, han pasado muchos años, tía; y con los años, que todo lo consumen, van cambiando las personas hasta en estampa; y con las personas y las estampas, los pareceres y los gustos y los deseos; y lo que ayer se apetecía por sabroso, hoy se aborrece por insípido; y el que antaño era mozo de correa, ogaño es un vejancón que no puede con las bragas...

—Y mira que bien puedes estar en lo cierto, Marcos; que ya me iba yo barruntando algo de ello por más de cuatro señales... Pero á lo que te voy: por éstas y otras, no hay que fiar cosa alguna de ese hombre pa el asunto que traes entre manos.

—Que traemos.

—Sea como mejor te paezca. Y dígote, Marcos, que te andes con mucho tiento en el particular; que no rastree ese... mal alma, ni una pizca de cubicia en tí... Tú no eres pa él más que un mozo agradecío que paga parte de lo que debe al padre, con el beneficio que hace á la hija. ¿Te vas enterando?... ¡Y golpe á la hija... que quiera que no! Porque si de ella no sale, no hay otra puerta á que llamar.

—¿Responde usted de que no se me cierren las de esta casa?

—De eso creo que sí, si tú te mantienes en el ten con ten que te he dicho; porque él es gustoso de que sigas desasnando á Inés.

—Pues todo lo demás corre de mi cuenta.

—¿Y qué tal marcha la cosa, qué tal?

—Como una seda, tía... ¡como una seda!... ¡le digo á usted que como una seda! Inés ve por mis ojos, discurre con mi entendimiento, y no pisa otro camino que aquél por donde yo quiero llevarla.

—¿Y la has dicho ya algo por onde pueda leerte la voluntá?

—Me voy dejando caer siempre que lo pide el caso.

—Y ¿qué tal, qué tal lo recibe?

—Como una seda, tía... ¡lo mismo que una seda!

—Pos eso es lo prencipal... Yo, bien lo irás notando, poco vos estorbo con la presencia...

—Sí; pero eso no basta: hay que seguir avivando el fuego que queda encendido en ella cuando yo me marcho.

—En eso estoy, Marcos; y bien sabes que lo hago los más de los días, y que si no lo hago en todos, es porque no la suspenda el machaqueo. Ayer, sin ir más allá, ¡qué cosas la dije en un ratuco que se me vino á las manos! «¡Vaya, que buena estrella te alumbró,» la dije yo así, «el día en que el mi sobrino se nos coló por esas puertas! Estabas hecha una venturá y como un palomino á oscuras, y en un quítame esas pajas te güelve ese Merlín de Satanás lo de arriba abajo, como el otro que dice, y te hace otra mujer de la que eras, y toda una señora como lo debías de ser... ¿No paece que hablan ángeles por su boca cuando te pedrica lo que quiere enseñarte, y que lleva un hechizo en la mano cuando pinta aquellas escrituras que imitas tú tan guapamente? Pos esto, hijuca, se puede estimar en lo que vale, porque á la vista está; pero ¿qué te diré yo de lo que anda enculto y en los adrentos de la persona? ¿Cómo te emponderaré lo que no has podío ver entoavía? ¿Qué alabanzas serían bastantes pa poner onde se debe aquel sentir cariñoso; aquel corazón de perlas, que de tan grande como es no le cabe entre pecho y espalda, y aquella santidá de prencipios que le consume y desmejora apurándose lo que no debe por el bien de los demás?... ¡Si te digo, Inés, que en ocasiones miles me entran como pesaumbres de verle tan tirao por la Iglesia, al hacerme el cargo de lo mucho que escasean en estos tiempos los buenos mandos y los padres de familia como debieran de ser! ¡Dios sabe lo que se hace; pero á mí no hay quien me saque de la cabeza que no tendría que envidiar cosa anguna á la princesa más relumbrante, la mujer que alcanzara la suerte de un hombre como el mi sobrino!...» Y así, por este arte, fuí pedricando y pedricando...

—Y ¿qué respondía ella?—preguntó aquí Marcones, en cuya caraza estaba pintada la convicción de que él valía todo aquello y mucho más.

—Aticuenta que ná, y aticuenta que mucho—dijo la Galusa.—Ná, porque fueron pocas sus palabras; y mucho, porque toas ellas fueron un puro _amén_; y más entoavía que por esto, por aquel mirar de ojos dulces, y aquel reir de boca placentera... y hasta aquel sospiro temblón con que escuchaba sin perder tilde todo lo que yo la iba pedricando.

—¿Sabe usted una cosa, tía?—volvió á preguntarla Marcones, después de permanecer un rato en silencio con la cabeza medio inclinada, una mano en la sobarba y los ojos muy abiertos.

—Tú dirás, Marcos,—respondió la Galusa arrimándose más á él.

—Pues digo que, á veces, tengo algo de miedo á mi propia obra.

—¿Por qué, hijo?

—Porque usted no sabe los peligros que se corren en meter de repente en una cabeza tantas luces como he metido yo en la de Inés, cuando se quiere que esa cabeza no suelte el freno que uno le pone para gobernarla.

—No te entiendo.

—Quiero decir que cuando más se espabila un entendimiento, más se aficiona á discurrir por su cuenta propia; y discurriendo mucho de este modo, más deseos hay; y habiendo más deseos, más se comparan las cosas; y comparándolas, no se toma lo que se nos da, sino lo que escogemos nosotros... En fin, yo me entiendo. Pero no quiere esto decir que hasta la fecha tenga yo el menor motivo para temer que se me quede la obra entre las manos, hecha trizas; ya le he dicho á usted que no puede ir el asunto mejor de lo que va. Lo que temo es por el día de mañana, si no conjuro los peligros hoy.

—¡Pues conjúralos, hombre!

—¿Qué más quisiera yo, rayos y centellas!... Pero ¿cómo? ¿No sabe usted que yo no soy un mozo soltero como todos los demás? ¿que entro en esta casa como un seminarista en vacantes, á enseñar á la hija de su padre lo mucho que ignoraba?... ¿que con este ropaje que visto no puedo llamar á las cosas por sus nombres, y necesito una eternidad de tiempo para no echar á perder lo que, en otras condiciones, daría yo por acabado en pocos días? ¡Ah, si yo pudiera vestirme de colores y echar á la lumbre el medio balandrán que tanto me pesa!

—¡Pues échale, alma de Dios!

—Tras de ello ando; pero muy poco á poco, para no dar el golpe en falso. Á veces creo que ya es hora, por ciertas señales; pero luégo pienso de otro modo; y para asegurarme más, lo aplazo para otro día. Y así estoy consumiéndome la sangre, asándomela, mejor dicho; porque ha de saber usted también, que desde que veo á esa muchacha tan limpia, tan peripuesta, tan alegre... tan realísima moza, me llevan los demonios hasta con el aire que se le enreda en el pelo y las moscas que se la ponen encima... ¿Me va usted entendiendo ahora mejor?

—¡Vaya si te voy entendiendo!... Sólo que no tengo los recelos que tú, porque la cosa marcha en el aire. Pero, por si acaso, no eches en olvido lo que te dije. Espéralo todo de ella... ¡y aprieta de firme ahí! Por lo demás, y si á recelos fuéramos, uno bien gordo podía yo tener...

—¿Cuál?

—Pos el de que tú no pescaras la breva que buscas, y perdiera yo la que tengo bien ganá.

—¿Cómo, cómo?

—¿Cómo? Llegando Inés á crecerse tanto, que tú le paecieras poco, y quisiera ser ama de su casa. ¡Y mira que ya no puedo contar con aquel arrimo que en otros tiempos me puso aquí por encima de la madre que la parió! Tú lo has dicho, Marcos: dende estonces acá, han corrió muchos años, y con los años cambian las gentes y se mudan los gustos... ¡Pos mira que tendría que ver!

—¡Bah, bah, bah!... No hay que hablar de eso—concluyó Marcones bamboleando el corpazo y revolviendo el aire con las manos abiertas.—Las cosas van como una seda, y esa es la que vale... Hoy por hoy, Inés es prenda mía... ¡mía!... ¿lo entiende usted bien? y en buenas manos está.

—¡Dios te oiga, hijo; Dios te oiga, porque güeña falta nos hace!

Y con esto se fué la Galusa hacia la cocina, mientras su sobrino enderezaba los pasos á la escalera.

[Ilustración]

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XIII

LA OBRA DE MARCONES

En la misma sencillez del plan de enseñanza establecido por Marcones y aceptado por Inés, estaba la condición que más honraba al ingenio del seminarista, tan interesado en que fueran entrando en la desprevenida inteligencia de la discípula, mayores cantidades del maestro que de las materias que éste le explicara. Ya se ha dicho que la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera escribía desastrosamente, y bien puede afirmarse en esta otra página, sin faltar á la verdad, que aún lo hacía mucho peor que eso. La pluma era una estaca entre sus dedos encogidos; y mientras la estaca subía ó bajaba á empujones, de la línea trazada en el papel, la pendolista hacía embudos con los labios y entornaba y revolvía la cabeza. De esta labor penosa resultaban letras mal avenidas y deformes, una vez apiñadas y medio embebidas las chicas en las grandes, porque había de todo en cada palabra, y otra vez danzando por los aires sin cuenta ni razón; y á cada palitroque hacia arriba ó hacia abajo, allá va un borrón como una oblea, y allá va en seguida Inés á limpiarle con el dedo mojado en la lengua. Daba compasión una plana de aquel arte.

Cabalmente era Marcones un gran pendolista, y rasgueaba con el desembarazo de un adornista de planas de Navidad; y poseyendo este talento, fuera por lucirlo ó por probar el temple de su arma, al modo que lo hace el espadachín de academia con el acero que recibe para entrar en un duelo... de salón, antes de dar comienzo al primer ejercicio trazó con la pluma, sin levantarla del papel y con el brazo al aire, el nombre de Inés envuelto en un laberinto de espirales y _emparrillados_ que arrancaban de la misma letra inicial. Inés se quedó maravillada. Pues bien: lo notó el pendolista; y en lugar de volverla á _palotes_ para comenzar por el principio, trámite en que él no podría lucirse gran cosa, la dedicó al rasgueo continua para vencer sus resabios _de escuela_ y dar la necesaria soltura á su mano. La discípula lo celebró en el alma y puso los cinco sentidos en ello. Pero no daba golpe.

—¡No es así! ¡No es así!—la decía Marcones al ver cómo ensuciaba carillas de papel con unas cosas que parecían madejas enmarañadas de sogas viejas de esparto.—Lo primero, aprender á agarrar la pluma... ¡Nada de encoger los dedos ni de emplear los cinco á la vez! Con tres hay bastante si se colocan como se debe. Los otros dos, para apoyo de la mano. Vamos á ver si se me ha entendido... ¡Tampoco es así!

Y Marcones se veía entonces precisado á colocar, con sus propios dedos, todos los de la mano de Inés, uno por uno, como debían colocarse. Pero esto no bastaba, porque la discípula, acostumbrada á otra postura muy diferente, con la nueva no acertaba á mover la mano.

—¡Adelante con ella sin miedo!—decía el maestro moviendo la suya en el aire, como si rasgueara allí.

Y nada: ó no se movía la mano de Inés, ó si se movía, era para clavar los puntos en el papel y largar una hisopada de tinta hasta la pared frontera.

Con lo cual, hete aquí á Marcones obligado á agarrar y conducir, con su manaza velluda, la suave y torneadita de la torpe muchacha.

—¡Bien suelta la muñeca ahora!... ¡En el aire todo el brazo desde el codo!... ¡Que vaya la mano por donde quiera llevarla la mía!... ¡Ajajá!... ¡Eso es!

Y mientras así exclamaba Marcones, arrastraba aquel pedazo de hermosura, tibia y sedosa, por la blanca superficie del papel, en la cual iba quedando estampada una curva de rumbos infinitos, tan pronto panzuda y rebosando de tinta, como extenuada y sutil hasta tocar en lo invisible; no de tan firme trazo ni tan limpia de rebarba como las que rasgueaba el pendolista solo y sin que le temblara la mano; pero lo bastante pintoresca para que Inés, al considerarla maravilla de su pluma, se riera como una boba. Con aquella risa de la educanda se animó el profesor, y la curva continuó serpeando y enroscándose por todos los espacios limpios de la plana, arriba y abajo, adelante y atrás.

—¡Que se me duermen los dedos!—dijo al fin Inés, conteniendo la risa.

—No importa,—respondió Marcones sin cejar en su empeño.

—¡Es que me aprieta usted mucho!—añadió la discípula menos risueña ya.

—¡Hay que hacerse á todo!—insistió el inexorable maestro.

Y la curva, después de culebrear por los espacios del centro, se coló por un ángulo, y acometió á los márgenes, y los fué recorriendo uno por uno hasta llenarlos de lazos y caracoleos; y sólo cuando la superficie entera del papel fué una mar de tinta, soltó Marcones la presa. Entonces aparecieron cárdenos y como adheridos al mango de la pluma, los primorosos dedos de la discípula, y los ojos de su maestro echando llamas.

Tal fué la primera lección. Las ocho ó diez siguientes fueron por el estilo; porque Inés no acababa de soltarse á rasguear por sí sola con la valentía y la firmeza necesarias, y su maestro no quería pasar á un nuevo trámite sin dejar bien asegurado el anterior.

La _escuela_ se estableció en un cuarto, que en la ciudad se llamaría gabinete, con entrada por la sala y frontero á la pieza en que conversaron sobre el tesoro oculto don Baltasar y el médico.

La Galusa, desde que comenzaba cada lección, se plantaba delante de la mesa con el sucio mandil recogido en la cintura; los brazos, resecos y chamuscados, al descubierto; la mano derecha sosteniendo la quijada del lado correspondiente, y la izquierda el codo de aquel brazo. Con los ojuelos, algo pitarrosos, seguía los movimientos de la mano de Inés, y con una madeja de arrugas pardas, que es lo que venía á parecer una sonrisa de su ancha boca desdentada, y media frase mal hecha, pronunciada con su voz ronquilla, celebrabra las habilidades de su sobrino ó los progresos de la discípula; pero en cuanto la torpeza de ésta exigía la intervención material de la mano del maestro, ya se sabía: á la Galusa siempre le caía algo que hacer fuera del cuarto.

—¡Vaya que es ocurrío el dimoño de muchacho!... ¡Te digo, hija, que si no aprendes con él lo mucho que no sabes!...

Y se largaba de allí sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.

Á don Baltasar, después del comienzo de la primera lección á que asistió por curiosidad y de mala gana, no volvió á vérsele por la escuela. Alguna vez pasaba por enfrente, atravesando la sala y golpeando sus tablones con el trasto que llevara en la mano; pero sin fijar la atención en lo que hubiera en el gabinete, cuya puerta ¡eso sí! estaba siempre abierta de par en par.

Llegado el caso de acompañar á las lecciones de escribir otras de un poco de gramática, Marcones, con las propias miras, quiero decir, con las de que se grabaran en la mente virgen de la educanda más imágenes del profesor que textos descarnados del libro, comenzó por echar pestes contra todas las gramáticas publicadas y sin publicar. En ninguna de ellas había cosa con arte ni sentido común.

Por ejemplo:

—«_Verbo_»—leía Marcones en el librejo que tenía entre manos y que era de su propiedad,—«es aquella parte de la oración que sirve para significar la afirmación ó juicio que hacemos de las cosas y las cualidades que se les atribuyen.»

Y luégo añadía muy indignado:

—¿Es usted capaz de conocer un verbo por estas señas que convienen á tantas cosas que no son verbos?

Inés contestaba honradamente que no.

—¡Claro!—exclamaba el otro, haciendo temblar las paredes con el estruendo de su voz.—¿Cómo ha de conocerse nada de este mundo con esa manera... estúpida de definir?... ¡El verbo no es eso! ¡El verbo, _verbum_ de los latinos, es otra cosa muy diferente de lo que se dice aquí sin saberse lo que se dice! ¡El verbo no es lo que se declara en esta definición... estúpida! ¡El verbo es lo que yo me sé y lo que irá usted aprendiendo por las señales que yo le vaya dando! ¿Me ha entendido usted bien?

—Muy bien,—respondía la muchacha, sin dudar que aquel mozo sabía más que todos los libros de que la hablaba.

—Pues verá usted ahora lo que es un verbo—añadía Marcones arrimándose al costado de Inés todo lo necesario para que ésta distinguiera bien la palabra que él apuntaba con el dedo en el libro que la ponía sobre la mesa, debajo de sus ojos,—y va á servirnos para el caso un trozo de la misma definición... estúpida que acabo de leer... Este: «_la afirmación ó juicio que hacemos de las cosas_...» ¿Cuál de estas palabras es el verbo?

Inés, que no entendía de fingimientos, respondía sin titubear que no lo sabía.

—¡Pues es claro que no lo sabe usted! ¿Cómo había de saberlo si aún no se lo he enseñado yo? Pues el verbo es esta palabra: «hacemos.»

Y la ponía el dedazo encima, mientras con el brazo izquierdo resobaba el derecho de Inés.

—Y ¿en qué se conoce?—preguntó ésta, apartándose un poco hacia el lado opuesto.

—Se conoce—respondió Marcones,—se conoce... en todo: por de pronto, en que, si la suprimimos, todas las que la acompañan ya no quieren decir nada; después, en lo mucho que pueda variar... _hago_, _harás_, _haríamos_, _hicimos_... De modo que el verbo es la palabra que más varía.

—Entonces—se atrevió á observar Inés,—también es verbo esta otra.

—¿Cuál?

—Ésta: «_la._»

—¡_La_ verbo!...

—¡Como también varía!...—dijo la pobre muchacha para disculpar su atrevimiento.

—¿Á ver?

—Creía yo que de su casta eran _los_, _las_, _lo_, _les_, y que esto era variar...

—¡Y sí que son de su casta, y que eso es variar!—replicó Marcones después de rumiar bastante el reparo.—Sí que es variar eso; pero de muy distinta manera que el verbo: eso solamente varía en género y número, al paso que el verbo varía en tiempo... y ¡en qué sé yo cuántas cosas más! En fin, ya irá usted enterándose poco á poco de estas diferencias. Por ahora, puede usted creer, bajo mi palabra, que en este trozo de esta definición... estúpida, el verbo es _hacemos_, y que no hay otro verbo más que él ahí.