La Puchera · Unidad 15 de 37

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Este era el procedimiento de Marcones en sus enseñanzas teóricas; y uno muy semejante también el que usaba en aquellas homilías de que ya se habló y continuaba predicando siempre que podía interpolarlas con sus lecciones prácticas y teóricas. Según estas peroraciones, todo el mundo era una sentina de maldades, y todos los hombres, particularmente los solteros, unos pillos. Felizmente había un puñado de excepciones honradas y con bastante luz en la inteligencia, no sólo para distinguir la zizaña en medio del trigo, sino para enseñar á distinguirla y á separarla á las vírgenes inexpertas, dotadas, por la naturaleza y la fortuna, de todas las prendas que más excitan los «apetitos infames de esos gusanos viles.» Pero las excepciones honradas, con ser muy pocas, estaban diseminadas por toda la tierra; y resultaban tan invisibles, que él, con todo el afán que sentía por descubrirlas y lo diestro y sutil que era de mirar en el fondo de los hombres, no había podido dar todavía más que con uno. La modestia no le permitía decir á Inés quién era ese hombre único «de sano corazón y de inteligencia luminosa.» Pero la consolaba con la promesa de que no la escasearía sus beneficios desinteresados, fuera él quien fuese; y la seguridad de que podía dormir tranquila, sin el recelo de que la faltara defensa contra el «diente ponzoñoso de los viles gusanos.»

Era muy dado Marcones á esta palabrería gerundiana, y se le escapaba de los labios en cuanto quería afinar un poco el estilo, elevándose hasta el púlpito con que había soñado. Lo advierto porque no se me pidan cuentas de pecados que no son míos. Y ahora añado que tras estas generalidades... híspidas, salía á relucir lo particular, la punta de la oreja, el caso práctico de la vida, el ejemplo, algo forzado, de los riesgos de una elección desacertada; el paralelo entre la existencia de dos esposos nacidos para serlo, y la de otros dos, «vil gusano» él, y mártir de sus equivocaciones ella; disertaciones, en fin, sobre temas esbozados en conversaciones de los primeros días entre Inés y el preopinante.

Para estos puntos concretos, Marcones usaba los registros más dulces de su temperamento: atenuaba la voz, desplegaba la sonrisa, armonizaba con la suavidad de la frase el mirar de los ojos y hasta los dobleces del cuerpo entre la silla y la mesa. Inés le atendía en estos casos muy complacida; y si él, por saborear el triunfo ó por tantear el terreno, se callaba, ella se atrevía á excitarle para que siguiera hablando. Y esto, que tanto halagaba al mocetón de Lumiacos, era precisamente lo que le perdía. Creyéndose á dos pasos de la cumbre de su montaña, daba ya por logrado aquel premio de su valentía; y no sólo le aquilataba en las mientes, sino que sentía todos los espantos de perderle y todos los odios contra el azar que se le entregara á otro sér más afortunado. Y como esto le embravecía de repente, volvía á esgrimir el chafarote contra fantasmas y vestiglos, y salían de nuevo á danzar los gusanos viles, el diente ponzoñoso y el hombre único «de corazón honrado y de inteligencia luminosa.»

Y este registro ya no deleitaba tanto á Inés, que no por eso dejaba de admirar el mucho saber de aquel mozo.

Pero el hecho era, y hecho evidentísimo, que Inés, desde que estaba sujeta á aquellos deberes de educanda, iba transformándose á ojos vistas. Tres semanas después de haber comenzado sus lecciones, no la conocería el lector que la vió en la antevíspera de esos comienzos, entrar en la cocina de su casa, levantar los peces por la cola, y limpiarse los dedos en el vestido. Ya no tenía las uñas negras, ni el pelo mal recogido, ni la ropa desceñida, ni los pies mal calzados; andaba con soltura, pisaba firme, miraba con valentía; se peinaba con esmero; se ajustaba la cintura, con lo que destacaban en toda su belleza las redondeces del busto; se calzaba bien, y tenían su cara, sus manos y su cuello esa suavidad y pureza de tonos que da en unas carnes túrgidas y juveniles, el vicio del aseo, el cual se revelaba, como un toque muy expresivo del cuadro general, en la fresca blancura de los asomos de su ropa interior, por las bocamangas y el escote de su vestido de indiana.

Esta transformación que asombraba á la Galusa y sorprendía á su amo y enorgullecía á Marcones, era, sin embargo, la cosa más natural en una mujer de las condiciones fisiológicas de Inés, aunque de otro modo lo entendiera el seminarista, por un error que no carecía de disculpa racional. Era innegable que el sobrino de la Galusa tenía gran parte en aquel principio de resurrección física y moral de la guapa muchacha de Robleces; pero la tenía como la tiene el golpe casual que quiebra el pomo, en la fragancia que esparce el líquido derramado. En no estimar esta diferencia consistía el disculpable error de Marcones.

En una mente en que hay luz, como la había en la de Inés, aunque mortecina por abandono, una idea nueva es aire oxigenado que aviva la llama, é imán poderoso que va atrayendo otras muchas, enlazadas entre sí como eslabones de una cadena. La conversación del seminarista recién llegado á Robleces con la carga de sus malas intenciones, bastó para producir en la descuidada muchacha la tentación de comparar su absoluta ignorancia con lo que ella tenía por sapiencia del pedantón de Lumiacos; el deseo de saber algo, y la noción, á veces, de su inútil y abominable dejadez. Pero las conversaciones que producían estos efectos, no eran muy frecuentes; y no siendo continuas las impresiones, triunfaban de ellas todavía los resabios inveterados, dueños y señores de aquella naturaleza inculta. Las lecciones diarias la fueron cautivando la atención y moviendo la curiosidad; y si no aprendía grandes cosas, averiguaba al menos que podían aprenderse. Iba sabiendo, por algo que se la decía y por lo que ella preguntaba con su buen sentido natural, que sin salir de Robleces se podía tener una idea de lo que eran el mundo y el sol y las estrellas, y por qué leyes se regían, y de lo que había acontecido en la tierra desde su creación acá; porque había libros que trataban de eso, y eran conocidos hasta de los muchachos de la escuela, como los conocería ella si su profesor le cumplía la palabra que le había empeñado «para más adelante.» Por de pronto, se consagraba con gran empeño á mejorar la letra y aprender bien la tabla de multiplicar y las cuatro reglas de la aritmética, lo cual iba consiguiendo poco á poco, y á ejercitar la memoria, por exigencia propia, con aquellas definiciones de la gramática, calificadas de estúpidas por su profesor, cuyo sistema de enseñanza, en este punto concreto, no la satisfacía enteramente, porque no la fijaba reglas para resolver ella las dudas por sí sola.

Jamás la dieron en cara sus uñas negras ni sus dedos manchados de tinta, hasta que tuvo que poner su mano, en la primera lección, tan á la vista y tan cerca de un extraño y por tan largo tiempo; y eso que las uñas y las manos de Marcones no estaban más limpias que las de ella; pero era mujer al cabo; y en la mujer, por indolente que sea, siempre hay una presumida, más ó menos á las claras. Con el vestido lacio y el pelo mal recogido, le sucedió lo propio que con las uñas negras y las manos sucias. Un día se peinó con esmero, se lavó despacio y se ciñó bien las ropas de cuerpo. Encontrándose así más á gusto y viéndose más guapa en el espejo, al día siguiente se lavoteó mucho más, se peinó todavía mejor, y sustituyó el vestido viejo y resobado, por otro más limpio y fresco. Y como cuanto más se lavaba y se componía, más guapa se veía y más ágil se encontraba, el vicio de la compostura y de la limpieza la iba dominando; y llegaron á darla en cara los suelos mal barridos y nunca fregados, las mesas empolvadas y las sillas fuera de su lugar. Ordenó, pues, las sillas, barrió los suelos, despolvoreó las mesas, y hasta juzgó de suma necesidad dar un fregoteo bien apretado á todos los suelos de la casa. Por este mismo sentimiento de la limpieza ó de otro más hondo muy emparentado con él, no volvió á consentir que Marcones agarrara su mano para enseñarla á correr la pluma sobre el papel, ni que se pusiera tan vecino á su costado para apuntarle las palabras con el dedo. Verdad que á Marcones le sudaba la mano y le olía muy mal la ropa; pero mucho influía en las nuevas repugnancias de Inés algo que no se olía ni se palpaba, aunque la inexperta muchacha no se diera cuenta de ello. Disculpaba su resistencia á aquella costumbre con el deseo de adelantar más, venciendo la torpeza por sí sola; y de este modo no tenía por qué ofenderse Marcones, siempre atendido y mimado, en todo lo restante, por su candorosa discípula.

Ya no creía que puesta de pie sobre la cumbre más alta de la cordillera de enfrente, tocaría las nubes con la cabeza; ni que las estrellas eran luces que se encendían por la noche y se colgaban de la bóveda celeste: Marcones la había apuntado algunas ideas sobre éstos y otros particulares de tejas arriba; ni tampoco le bastaba para campo de sus imaginaciones el que abarcaban sus ojos desde la solana: por el contrario, se entretenía mucho trasponiendo en espíritu las cumbres y forjándose castillos con lo que imaginaba más allá; y sin querer decir esto que lo echara muy de menos, ya no le parecía imposible que en aquellas lejanías hubiera alguien que pudiera sospechar que en el caserón de Robleces existía un sér que se entretenía pensando de aquella manera. En fin, que la máquina de sus ideas había roto á andar, y que andaba, si no á gran velocidad, á paso firme y seguro. Y andando la máquina de las ideas, el cuerpo no puede resistir la quietud infecunda; y por esta ley, el de Inés no se satisfacía ya con los bamboleos maquinales en la silla de la solana: comenzaba á parecerle poco el caserón con sus techos llenos de telarañas, sus enseres de cocina mal bruñidos, sus camas embarulladas, sus rincones con basura, sus muebles envejecidos y bisuntos, y la ropa blanca con hilachas y agujeros, para emplear los bríos con que se sentía para moverse, y las inclinaciones que la empujaban á limpiar lo sucio, á coser lo roto y á ordenar lo desordenado; y sin el miedo á despertar los dormidos odios del ama de gobierno, ¡sabe Dios hasta dónde se hubieran extendido las fronteras de su imperio en aquella casa!

¡Y todo esto en poco más de tres semanas, y fruto de la labor revolucionaria de cuatro ideas incompletas, metidas de golpe en una cabeza medio á obscuras!

Estando así las cosas, fué cuando Marcones tuvo con su tía la entrevista de que se ha dado cuenta minuciosa en el capítulo precedente. Creciéronle las fogosas impaciencias con el estímulo de la conversación, y en la lección inmediata se propuso meterse un poco más en la suerte, para ver si era llegada la hora de echar á la lumbre el medio balandrán que ya se le caía de los hombros.

¡El destino de las criaturas! Por estas obscuridades se coló en el asunto, agarrándose á no sé qué asidero que le proporcionó la casualidad, ó que él inventó allí; porque no tiene duda que la monserga venía muy estudiada de Lumiacos. ¡El destino de las criaturas en el mundo! ¿De dónde venía? ¿En qué estribaba? ¿Á qué leyes estaba subordinado? ¿Quién era capaz de penetrar estos misterios? Y por aquí siguió largando preguntas que se quedaban sin respuesta. Acabando con lo vago y declamatorio, bajó á lo llano y concreto.—Él mismo, «con ser quien era,» no estaba bien seguro de no tropezar á la hora menos pensada con un obstáculo que le apartara de la senda que seguía. Era hombre, era barro, era frágil, era débil, y había estados tan perfectos, si no tan santos, como el del sacerdocio; él se hallaba á punto de recibir las primeras órdenes, es decir, de dar el paso para entrar en un terreno del cual no se puede salir ya tan libre é independiente como se entra en él... ¡Momento solemne y crítico! Esto le daba mucho que pensar. Cierto que, por entonces, en aquel paréntesis de su carrera (dispuesto quizás por la providencia de Dios) aún era libre, aún estaba en el mundo, aún era un hombre como todos los demás, aún era dueño de elegir, si el obstáculo se atravesaba, entre la Iglesia... y el matrimonio, por ejemplo, sin escándalo de las gentes ni menoscabo de la sana moral, puesto que ambos estados eran caminos abiertos por la misma ley de Dios para servirle y acatarle, según sus santos designios; pero ¿aparecería el obstáculo imaginado? ¿existiría alguno de esa especie, destinado para él? ¡Ah!...

Era dulce entonces el registro usado por el declamante, y, además, hacía éste largas pausas á menudo, y subrayaba ciertas frases con expresivos gestos. Inés le escuchaba sin pestañear y con las manos cruzadas sobre la mesa.

De pronto calló Marcones y se quedó mirando á Inés, con los ojazos muy lánguidos. Pero Inés no dijo una palabra, ni cambió de postura, ni dejó de mirar á Marcones, como si aguardara la continuación de la parrafada aquélla. Mas lo esperado no vino, y el silencio continuó un buen rato; hasta que le rompió Inés con esta pregunta en crudo:

—¿Qué viene á ser un obispo?

No esperaba el sobrino de la Galusa la salida de Inés por aquella puerta tan extraña: empañóle una oleada de bilis el blanco de los ojos y el rojo sucio que le matizaba entonces los mofletes; frunció el ceño peludo, y respondió con voz áspera y una sonrisa que temblaba de falsa:

—Pues un obispo, viene á ser... un cura que llega á general.

—No iba yo por ahí—replicó Inés riendo el chiste con la mejor buena fe.—Quería yo saber qué hace; si manda más ó menos que el rey; qué honores tiene... vamos, no sé explicarme.

Marcones satisfizo como mejor pudo los deseos de Inés. Enterada ésta, dijo á Marcones con un acento y una expresión de mirada que eran un reguero de candor:

—¡Qué suerte para usted si llega á ser obispo! ¡Cuánto me alegraría!

Estas palabras dejaron atolondrado á Marcones. Hacerle capaz de tal _ascenso_, y deseársele, valía tanto como desestimar su intencionada peroración sobre «el destino de las criaturas en el mundo,» y aun algo peor que todo esto: la ocurrencia franca, sincera, evidentemente inocentona de Inés, daba la medida de lo que había adelantado el galán de Lumiacos en la conquista de la dama de Robleces, con todo el lujo de seducciones que había despilfarrado durante un mes de incesante batalla. ¡Ni un solo paso!... ¡Y él que se había creído encaramado en la muralla, y hasta con una patona dentro de la fortaleza!

Estaba visto: Inés adoraba en el santo, no á la persona, sino á los milagros que hacía.

[Ilustración]

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XIV

EL CURA DE ROBLECES

Salió de la casona de Robleces el mocetón de Lumiacos con la obscuridad de una noche inverniza en la mollera, y el peso de una montaña sobre el corazón. La soberbia le impidió decir á su tía una sola palabra de lo que estaba pasando. Llevaba la cerviz muy humillada, tropezaba á menudo en los cantos de la calleja, brotaban sangre sus ojos, y era verde podrido el color de su cara donde no la cubría el negro sucio de su barba cerdosa.

Caminando de este modo, se encontró con el cura de Robleces, que venía de Los Castrucos. El cura de Robleces era uno de los pocos ejemplares que quedaban de aquellos presbíteros de _misa y olla_, como se dice por acá, ó de _morral y gancho_, como se los llama en Castilla. Con esto se entiende que el cura ya era viejo; porque han pasado muchos años desde que no se permite á un hombre «meter barba en cáliz», con sólo el estudio de un poco de latín; algo de Teología moral, según el padre Lárraga; un brevísimo examen de unas cuantas materias de clavo pasado, como de _sacramentis in génere_ ó _de sacramentis in specie_, y traducir _mocosuena_ un parrafejo del Breviario.

Ahora se hila de otro modo en la carrera; y por eso Marcones, que la seguía, miraba con alto menosprecio al párroco de Robleces. El cual párroco, lejos de ofenderse con las altanerías de Marcones, le buscaba la lengua muy á menudo para divertirse un rato con él, cantándole de paso grandes verdades. Porque es de advertir que el buen clérigo, cuanto más á viejo iba, más regocijado era de humor. Llevaba cuarenta años sirviendo aquella parroquia, y continuaba gastando, contra la nueva costumbre, zapato bajo con hebilla, medias negras, levita de largos faldones y sombrero de copa alta; por lo que también solía dispararse contra él el pedantón de Lumiacos. Ello era que, por fas ó por nefas, nunca se hallaban juntos el clérigo y el seminarista sin que armaran tiroteo entre los dos; y aunque casi siempre tenían la culpa de ello las intemperancias geniales de Marcones, en el encuentro mencionado hubiera fallado la costumbre precisamente por la banda del mocetón. ¡Tan cabizbajo iba, tan absorto en sus preocupaciones y tan inclinado á no distraerse con nada ni por nadie!

Pero, en cambio, no le cabía á don Alejo la locuacidad en el cuerpo aquella tarde; y aunque no buscaba camorra ni cosa que se le pareciera, porque el tal clérigo era un bendito de Dios en toda la extensión de la palabra, le sobraban algunas en la boca, y de algún modo había de emplearlas.

Viendo, pues, venir al seminarista tan cabizbajo y tropezón, esperóle á pie firme.

—¿Vas enfermo ó qué te pasa?—le dijo en cuanto se le acercó.

—Y ¿por qué he de ir yo enfermo—respondió ásperamente el seminarista, alzando la cabeza y mirando con ferocidad al cura,—ni por qué ha de pasarme ninguna cosa?

—Hombre—replicó don Alejo,—mortales somos, y los sucesos de la vida no paran un punto ni siempre son de la misma traza. De todas maneras, no te enfades, que nunca se ofende al prójimo con un buen fin, como el que yo llevaba en lo que te dije... Te ví cabizbajo, te ví que tropezabas; y como tú sueles andar más derecho y pisar más firme por lo regular...

—Pues no me pasa nada ni estoy enfermo—dijo Marcones con señales de querer cortar con ello la conversación,—y se agradece el buen fin... Conque ¿manda usted otra cosa?

—¿Tan de prisa vas, Marcos, que te estorba un ratuco de plática?

—No siempre está el horno para rosquillas, señor don Alejo.

—¿No, eh? Pues cata ahí cómo no iba fuera de camino la pregunta que te enderecé... _Tu dixisti_, Marcos... «no siempre está el horno para rosquillas:» ergo algo le pasa al tuyo, cosa que me negastes de mal temple, como si te hubiera ofendido el supuesto.

—Á mí no puede ofenderme nada de lo que usted me diga, señor don Alejo—repuso Marcones esforzándose por despejar el nublado de su cara:—la corona y las canas le hacen merecedor de mi respeto...

—Sobre todo cuando tengo razón en lo que te digo, ¿eh?—contestó don Alejo alegremente.

—Con razón ó sin ella—replicó el seminarista volviendo á fruncir el entrecejo,—no recuerdo haberle faltado á usted jamás á la consideración que le debo.

—¡Claro que no, hombre!—se apresuró á decir el cura.—Si todo esto es una pura broma. ¡Bueno eres tú para faltar á nadie, con canas y sin ellas!...

—¡Repito que no le he faltado á usted nunca!—insistió Marcones picado con la ironía de don Alejo,—y mucho menos en esta ocasión en que seguía pacíficamente mi camino.

—Vamos, tú quieres decirme que he sido yo quien te ha puesto en trance de pecar, tirándote de la lengua. Pues dilo, hombre, dilo claro: con eso podré yo decirte á tí que te equivocas de medio á medio, y que el diablo me lleve si tuve otro intento, al detenerte, que el de echar un párrafo contigo y hacerte una pregunta que se me puso entre los labios en cuanto te columbré desde aquí.

—Y ¿qué pregunta era ella, si se puede saber?—interrogó el seminarista, poniéndose en guardia, como se pone un jabalí en cuanto oye el menor ladrido.