La Puchera · Unidad 3 de 37

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Hasta aquí, iba saliéndole á éste tal cual el empeño, y aun entreveía la posibilidad de que, enredándose el tiroteo, llegara él á cantar de plano; pero acertó Pilara á llamar la atención de la gente de su casa, que estaba en el fondo del portal riendo todavía y comentando el berrinche de Quilino; y aquí fué el desmoronarse de golpe el valor de Pedro Juan, el ponerse colorado de vergüenza, el tronarle los oídos y hasta el temblarle las piernas.

—Vaya—dijo resuelto á salvarse en la huida:—á más ver.

Le llamaron desde adentro, le brindaron con un cigarro y un poco de conversación, en muestra siquiera de la estima del regalo, que le pusieron en las nubes... «pior que pior.»

—¡Coles!—pensaba el Josco mientras se apartaba del goterial.—Si entrara, tendría que decir algo, y por ello me lo conocerían; y conociéndomelo entre tantos, me moriría allí mesmo de repente.

Y se alejó algunos pasos de aquella casa en dirección á la otra. Pero iba avergonzado de su propia cobardía y remordido por la pérdida de una ocasión como no volvería á cogerla; y tanto le abrumaron la vergüenza y los remordimientos, que retrocedió decidido á hacer una valentía, costárale lo que le costara.

De dos zancadas se plantó otra vez en el corral, que era abierto; y cubriéndose todo el cuerpo con la esquina de la casa, asomó un poco la cabeza dentro del portal y llamó con voz apagada y algo temblona:

—¡Pilara!

Conocióle ésta y salió corriendo al goterial.

—¿Me llamabas, Pedro Juan?—le preguntó muy afable.

—Pienso que sí,—respondió el Josco atarugado otra vez y empezando á arrepentirse de su valentía.

—Bueno... Pus aquí me tienes.

—Échate un poquitín más á esta banda del esquinazo... ¡Así!... Digo, si no emportuno...

—¿Qué has de emportunar, hombre? ¿Pus á qué estamos unos y otros?

—Eso me paece á mí.

Y como después de estas palabras no rompiera á hablar en un buen rato, le echó un remolque Pilara con estas otras:

—Ahora, tú dirás.

Pero ni por esas se dejaba llevar el mocetón hacia donde sus deseos le empujaban y la misma Pilara pretendía. Juzgaba perdida la ocasión en el último paréntesis de silencio, y sospechaba que había de tomarse á risa su retrasada declaración. Hay hombres así en aquel rústico lugar y en otros harto más cultos, porque en una y otra parte, con calzones de paño pardo ó con levita de sedán, el puntillo exagerado toma á menudo trazas de cobardía; y luégo sucede que al querer conducirse como prudente, es cuando resulta ridículo.

—Conque tú dirás,—repitió Pilara observando que Pedro Juan continuaba callado, pero no en sosiego.

—Pos quería preguntarte—dijo al fin el Josco,—si por casualidá sabes tú... si estará en casa ese hombre.

Sonrióse Pilara y respondió:

—Pienso que sí, porque en la solana le ví endenantes.

—Enestonces... voy pa-llá.

—¿Y eso era todo lo que tenías que decirme, hombre de Dios?—preguntóle la moza con cierto retintín que encendió algo la sangre del encogido redero.

—No, ¡recoles!—contestó éste en el calor del arrechucho, y azotando la esquina de la casa con la sarta de peces.—¡Yo tenía que decirte mucho más!

—Y ¿por qué no lo dices? ¿pa cuándo lo dejas?

—Lo dejo, Pilara... pa cuando me atriva; pa cuando me atriva, ¡coles! ¡Y mira que á la mesma punta de la lengua lo tengo!

—Pos atrívete hombre; atrívete ahora. ¿Qué mejor ocasión?

—¡Que me atriva! ¡Recoles! ¿En qué consiste esto? Yo he mirao treinta veces la muerte cara á cara sin que se me acelere tan siquiera el pulso, ni la color se me cambie, ¡y en esto me desmayo y acongojo! ¡Mal rayo me parta por encogío y por... coles!

Y por no atreverse y por conocerlo y por renegar de sí propio, salió ahumando de la corralada, igual que Quilino, sin despedirse siquiera.

Y era lo más negro para Pedro Juan, que, huyendo de lo que más le atraía, lo llevaba estampado en las mismas niñas de sus ojos. Allí estaba la moza en cuerpo y alma, y allí la veía él con su cara redonda, colorada y fresca; con su mirar parletero y su boca risueña; con sus caderas macizas que retemblaban al andar; con su seno profuso y sus hombros anchos y fornidos; limpia como los oros, y un brazo de mar para el trabajo. Por eso, y no más que por eso, la tenía él pintiparada en los ojos, y más adentro también, y no por el cuarto de casa y la media res y los seis carrucos de tierra que pudieran tocarla «en el día de mañana,» porque su padre lo tenía y era hombre de arreglo que sabría mirar por ello, como había mirado hasta entonces; por eso, por limpia y maja y trabajadora la quería él. ¡No más que por eso! Él no era _cubicioso_ ni cosa alguna que lo pareciera; y por estar bien á la vista, y por no tener vicios y aborrecer el aguardiente y ser apegado al trabajo y fiel de palabra y obra, y algo por ser hijo de quien era, se le abrían las puertas de aquella casa, que estaban cerradas para otros; y el padre le miraba «de buen aquel;» y Pilara no digamos, que «hasta le jalaba de la lengua;» y la madre, poco menos, y los demás, «cuasi pa el cuasi.»

Todos eran á estimarle allí, y hasta su padre le empujaba hacia ello; y él conocía estas cosas, porque ciego había que ser para no verlas, y _lo_ deseaba más que nadie... ¡Coles, si lo deseaba! ¡Y «con todo y con eso,» llegado el caso de hablar... «lo mesmo que un _murio de paré!_;» y para ayuda de males, mientras no hablara, aun con saber lo que sabía, hasta las botaratadas de Quilino le amargaban la borona y le quitaban el dormir. Su padre había querido sacarle del ahogo más de dos veces hablando por él; pero él no lo consintió, porque no era «de hombres como Dios manda, consentir que otros arreglen esas cosas.» Y al ver cómo se iban poniendo las suyas y que la paciencia se le acababa, llegaría pronto la necesidad de decidirse á renunciar á ellas, ó de ponerlas en manos de su padre. Y entonces... «¡coles, recoles! ¡otro que tal no se habría visto ni se veía en jamás de los jamases!»

Cavilando de esta suerte y andando á buen andar por los callejos del barrio, llegó á la portalada de «ese hombre.»

[Ilustración]

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III

ADÓNDE FUÉ Á PARAR LA SEGUNDA SARTA DE PECES

Porque la casa de «ese hombre» tenía portalada, y de alto y bien volado tejadillo; y corral con cerca de cal y canto, casi tan alta como la portalada. No era nueva la casa ni tampoco muy vieja, ni tenía escudo de armas sobre el cuadrante incrustado en uno de los _esquinales_ del mediodía, ni en parte alguna de sus fachadas; pero era grande, de dos solanas bien extensas, con buenas cuadras, pajares y graneros; pozo, pila y horno en el corral, y mucho rumor y tufo de ganado al pesebre, que se percibían en cuanto se penetraba en el hondo soportal.

Hasta él llegó el Josco sin detenerse, porque á aquellas horas la portalada no estaba aún cerrada más que con el pestillo, y en la solana que daba al corral no había nadie.

Acercóse á la puerta del estragal, que tenía cerrada la mitad de medio abajo; metió en el vano la cabeza y buena parte del busto, y gritó allí con toda su voz, que no pecaba de suave:

—¡Deo gracias!

—¿Quién llama?—le respondió al momento desde arriba otra voz, por cuyo timbre desagradable no hubiera conocido un extraño si era de hombre ó de mujer.

—¡Gente de paz!—replicó el Josco maquinalmente, y no de muy buena gana, á juzgar por la cara que puso.

—¿Quién es?—volvió á decir la voz de arriba acercándose hasta lo alto de la escalera.

—Yo... Pedro Juan,—respondió la de éste.

—¡Ah... eres tú!—exclamó entonces la otra voz.—Y ¿qué traes, qué traes á estas horas?

—Esto traigo,—respondió ásperamente el Josco, como si desde allá dentro pudiera verse lo que él zarandeaba en la mano.

—Pues ¿qué haces ahí parado? Desdá la _estorneja_ si está echada, y ¡sube, hombre, sube!

—Es que—replicó Pedro Juan,—si me lo tomaran aquí, sería mejor, porque vengo deprisuca y se va hiciendo tarde.

—¡Te digo que subas, y no seas meleno!

Acogió el mozo con un reniego el mandato; y después de golpear la media puerta con los peces, metió el brazo derecho por encima de ella, volvió la estorneja (taravilla) que la mantenía cerrada, y entró. No se veía chispa en el estragal ni en la escalera; subióla á tientas, porque ya la conocía, y en lo alto de ella le esperaba un bulto negro, más negro que la obscuridad, con una mancha blanca á cada lado; el cual bulto le dijo, con la voz de antes:

—Sube, sube... y vente á la cocina á dejar eso... que ya presumo lo que será.

Al llegar Pedro Juan arriba, el bulto negro con las dos manchas blancas se internó en un carrejo obscuro, á cuyo extremo y á la mano derecha se veía un rayo de luz que salía por una puerta. El Josco siguió al bulto, con los brazos extendidos y pisando á plomo por precaución muy cuerda, y así llegaron los dos á la cocina, cuya era la puerta por donde salía el rayo de luz, y en ella entraron.

El bulto negro con manchas blancas resultó ser (no para Pedro Juan, que bien conocido le tenía desde que le oyó hablar, sino para el lector, que se halla en muy distinto caso que el hijo de Juan Pedro); resultó ser, repito, «ese hombre,» el cual estaba en mangas de camisa, como siempre que apretaban un poco los calores; y eso que no era robusto ni joven, sino todo lo contrario, amojamado y sesentón, de poca talla además y algo encorvado; pero como decía Juan Pedro hablando de la madera de este sujeto: «es de la veta del tejo, que una vez que medró, ya no la parte un rayo.» Tenía la boca grande y los ojos chicos, los labios delgados y la mirada sutil y algo truhanesca, lo cual daba al conjunto de su fisonomía una expresión que no resultaba antipática. Entonces llevaba una badila en la mano.

—Recoge esto que trae Pedro Juan—dijo á una mujer, ya bien madura y poco aseada que trajinaba allí, después de mirar bien de cerca y hasta de oler y palpar lo que Pedro Juan traía en una de las manos.—Pero, hombre—añadió en seguida, disponiéndose á recoger él mismo la sarta de pescado,—yo no sé á qué os cansáis en ser tan cumplidos conmigo tú y tu padre. Si ya os he dicho...

—Pues si usté no lo quiere, me lo volveré á llevar,—respondió secamente el mozo, atenazando de nuevo la velorta, que casi estaba ya en manos del sujeto vestido de negro y en mangas de camisa.

—Hombre, no lo digo por tanto—repuso éste, tirando de la velorta y quedándose al fin con ella.—Toma, toma, Romana, hazte cargo de esto; y si puede ser, echa á la sartén el rodaballo para cenar esta misma noche. Cabalmente me alampo yo por los rodaballos... ¡Pues no te digo nada Inés!... Como que voy á llamarla para que lo vea.

Y salió á la puerta de la cocina, gritando allí muy recio, mientras Romana tiraba los peces encima de una mesa:

—¡Inés! ¡Inés!

Luégo, volviendo hacia Pedro Juan, que ya quería largarse de allí, le dijo:

—Aguárdate un poco, hombre; no seas tan súpito. Tú querrás tomar algo.

—No, señor.

—Medio vaso de vino...

—No lo uso: ya lo sabe usté.

—Es verdad... Pues una copa de aguardiente.

—Mucho menos...

—Cierto es también: ya no me acordaba... Pues no sé qué darte, mira.

—Y ¿por qué ha de darme cosa alguna, ni qué cosa he pedido yo?—respondió seca y bruscamente Pedro Juan.—Lo que quiero es volverme á mi casa, si no hago falta aquí, porque ya es tarde.

En esto entró Inés en la cocina. Aunque iba en chancletas y despeinada y con un vestidillo de percal, bastante lacio, y una pañoleta de seda descolorida, echada sobre los hombros de cualquier modo, transcendía desde luégo á buena moza, y lo era de verdad; y observándola mejor, bajo aquel desaliño que acusaba en ella cierta dejadez poco simpática, había algo más que una zafia labradora, aunque no llegara, ni con mucho, á una dama de buena educación. Su cuerpo era esbelto, gallarda y ricamente conformado; sus manos, de la más fina traza, y su cara morena, de menuda y fresca boca, nariz algo aguileña y ojos negros y de mirar perezoso, si no reflejaba en su expresión todo el encanto que suelen dar de sí estas prendas esculturales en otras mujeres, más que en ausencia de vida y de sentimientos, parecía consistir en la falta de asunto en que emplearlos, ó de un hábil artífice que hubiera sabido dar luces á las facetas opacas de aquella piedra tan ricamente formada por la naturaleza.

Pedro Juan la dió las buenas noches con toda la cortesía y la mayor dulzura que cupieron en su rudeza natural, y ella contestó con las mismas palabras y media sonrisa que las sazonó muy sabrosamente.

—¡Mira, mira qué hermosos peces!—le dijo su padre, pues lo era, aunque parezca mentira, el sujeto vestido de negro, en mangas de camisa y con una badila en la mano.

Inés los miró y hasta los fué levantando por la cola uno por uno, muy perezosamente y con cara de disgusto, y repitió los elogios de su padre; y por último (el arrastrado oficio obliga á decirlo todo, aunque mucho de ello se diga de mala gana), se limpió los dedos resobándolos contra su vestido á la altura de las caderas.

Mientras esto acontecía, «ese hombre» preguntaba á Pedro Juan:

—¿Y serán, naturalmente, de la ré de esta tarde?

—De la mesma,—respondió el otro.

—Y ¿qué tal, qué tal ha estado la ré?

—Pos así... tal cual.

—Vamos, una arroba en limpio, como quien dice.

—¡Si ello pasara de media dempués de rebajar eso que está ahí!...

—Echémosle quince libras... Á peseta una con otra, tres duros mal contados... No es cosa mayor; pero tampoco tan mala que digamos para jornal de una tarde. ¿Qué tal andáis ahora de apuros?

—Como siempre... Semos dos á ganar poco, y son los mil y quinientos á jalar de ello... De modo y manera, que con una mano se coge y con otra se da... Conque, á más ver, que es tarde y mi padre me espera.

Y con esta despedida y una cara muy fosca, salió Pedro Juan de la cocina. El padre de Inés le siguió; y al llegar el primero á la puerta de la escalera, le dijo el segundo:

—Lo de los apuros, no lo he dicho por los que pueda tener tu padre conmigo; pero ya que salieron á relucir, bueno sería que le recordaras el olvido en que me tiene tiempo hace sobre ese particular. Los atrasos son como las enfermedades, que si dan en caer unas sobre otras, acaban por matar al enfermo. No te diré que me llame á la parte en esos tres duros de la ré de hoy, aunque bien pudiera; pero si dan en pintar bien las siguientes... en vosotros está el corresponder como es debido, sin que yo lo pida.

No vió el sujeto que así hablaba la impresión que iban haciendo sus palabras en el temperamento bravío del hijo del Lebrato, porque el carrejo continuaba á obscuras; pero, en cambio, sintió retemblar aquella parte de la casa tras una recia patada en el suelo, y oyó que la voz enronquecida é iracunda de Pedro Juan le dijo:

—¡Sin que usté lo pida!... ¿Y qué ha de pedirnos? ¿Qué le queda ya por pedir, ni á nusotros que darle, si no es la pura entraña, coles? ¿Quiérela tamién? Pos pídala por la Josticia, siquiera por ser lo único que tenemos que no sea ya de usté... ¡recoles!

Y se largó escalera abajo, echando por la boca rayos y centellas, á media voz. Al llegar al corral, oyó que le decía el otro desde la solana:

—No seas bruto, Pedro Juan: toma las cosas como es debido, siquiera por la cuenta que os tiene... y dile á tu padre que cuando pueda se dé una vuelta por acá, que tengo que hablarle... ¡No es de eso, hombre, no es de eso! ¡No te encalabrines otra vez! Es cosa muy diferente... Pero que no es de urgencia, que no es de urgencia: cuando buenamente pueda, que lo primero es lo primero... Ahora, á las redes mientras hay mareas al caso y den el jornal, como la de hoy.

Pedro Juan, que se había detenido unos momentos para oir el recado de «ese hombre,» pero sin volver la cara hacia él, por toda respuesta á sus amonestaciones echó á andar hacia la calle, levantó el pestillo, salió; y cerró la portalada con tal ímpetu y estruendo, que tembló el tejadillo y ladraron todos los perros de la vecindad.

Al tomar la calleja de la izquierda, por la cual había venido de casa de Pilara, se encontró tope á tope con el médico don Elías, á quien él estimaba mucho por su «buen genial» y otras prendas que se irán viendo en el curso de este libro. Don Elías, que se perecía por echar un párrafo á cualquier hora y aunque fuera con los jarales del monte en defecto de cosa mejor, y también porque presumió de dónde salía Pedro Juan, le detuvo plantándosele delante con las manos cruzadas sobre los riñones y diciéndole:

—Apuesto una oreja á que sé de dónde vienes... hasta por la cara que traes.

—No está malo de acertar—respondió el Josco, que nunca como en aquella ocasión mereció el mote.—Yo no piso en jamás esta calleja, si no es pa eso... pa quemame la sangre, y pa condename, vamos.

—Te digo, Pedro Juan, que de esa cueva no saca nadie cosa mejor. Yo tenía que verle para un asunto que puede interesarle mucho; y con todo y con ello, hace ya días que lo voy dejando por no tratar con él.

—Pos si se viera usté en nuestro caso, que por buenas ó por malas tuviera que apechar... ¡coles!

—¿Quiere decir que hoy te ha recibido mal?

—Talmente mal, no, señor; pero es lo mesmo en finiquito.

—Entendido; es su modo de ser: ni palabra mala ni obra buena.

—¡Eso... eso mesmo!

—¡Si conoceré yo al _Berrugo_!—exclamó aquí con fruición el bueno de don Elías, que tenía el prurito de cazar muy largo y aun de entender de todo y de dar siempre en el hito, y especialmente de murmurar hasta de las estrellitas del cielo.—Pero, hombre, lo que parece increíble es que un sujeto de la calidad de ese, consienta lo que consiente en su propia casa y se exponga á lo que se expone...

Y como Pedro Juan no mostrara señales de apurarse por conocer lo que dejaba apuntado don Elías, éste, tras un breve rato de silencio, continuó así:

—Pero, por otra parte, considera uno que esas cosas suceden por permisión de Dios para castigo de ciertos pecados gordos, y ya no hay razón para extrañarse de nada.

Pedro Juan continuaba oyendo y sin decir una palabra.

—Pinto el caso—añadió don Elías, satisfecho con la atención que le consagraba su oyente:—la _Galusa_[2], esa mujerona que tiene en casa tantos años hace, desde dos ó tres antes que él enviudara de aquella infeliz que valía más que pesaba; y lenguas hay que afirman si ciertos disgustos, emparentados con la sirvienta, tuvieron ó no parte en la viudez. Pero eso, á Dios que lo sabe: el caso es que desde entonces y á creer á las gentes... y lo que á la vista está, esa mujer es la que raja y corta y manda ahí, por encima de la pobre Inés y del mismo Berrugo, que no se deja mandar de Poncio Pilatos. ¿Es esto algo, Pedro Juan? Pues con ser tanto, no vale dos cominos en comparación de lo que ha de verse luégo; porque ya anda, como quien dice, llamando á la portalada, si es que no está mucho más adentro. ¡Eso ha de ser de órdago! ¡El castigo de los castigos!... De manera, hijo, que si la venganza puede consolarte de los agravios ó de los perjuicios que en esa casa se te hayan hecho, vete consolándote ya, porque venganza has de tener, y pronta y bien cumplida.

[2] Ratera, chupona.

Ni por esas se pintaba el menor signo de curiosidad en la cara del oyente, ni pronunciaba su boca una palabra. Don Elías no se creyó desairado por tan poca cosa; y después de una pausa no muy larga, comenzó á echar el resto de este modo: