La Puchera · Unidad 4 de 37
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—Ya que tanto te pica la curiosidad, y es muy natural que te pique, voy á contarte lo que hay sobre el particular que te anuncio... á condición, por supuesto, de que han de caer mis palabras como en un pozo: ya sabes que no me gusta murmurar de nadie, y no quiero que mañana se diga, sin fundamento ni razón, que me meto en vidas ajenas... Y sábete ahora que de donde le ha de venir al Berrugo el golpe en la misma nuca, es de Marcones... ¿No conoces tú á Marcones el de Lumiacos, de donde es también la Galusa? Bueno: pues Marcones es sobrino carnal de ella, hijo de una hermana casada allí, y bien cargada de familia, por más señas. Este Marcos, ó Marcones, como le llaman las gentes de acá y de allá, por lo grandote que es, desde muchacho tomó en aborrecimiento las labranzas de su casa, propias y en renta, que de todo había allí... cuando había algo, porque á la fecha de hoy, hijo del alma, si no es á préstamo ó en aparcería... _requiescat in pace_. Volviendo á Marcos, has de saberte que buscando un modo de ganarse la puchera sin quebrantarse los lomos, discurrió estudiar para cura, después de darle el de su lugar medio curso de latín, y de levantarle el falso testimonio de que entraba por él como dedo por la sortija. ¡Bueno estaba el cura para enseñar á nadie lo que no sabía él! Á todo esto, el Marcones era díscolo, rebeldote y soez, como un demonio; y armaba en casa cada catacumba porque tardaban en cumplirle el gusto de irse al seminario, que tiritaba San Pedro... Y aquí es donde se cree que empezó la Galusa á poner en contribución á su amo para suplir lo que no podía dar el pobre padre, ni aun deshaciéndose de lo mejor que tenía y con perjuicio de sus demás hijos. El asunto es que Marcones fué al seminario bien provisto de todo, y que se estuvo por allá dos años. Al cabo de ellos volvió á Lumiacos á pasar unas vacaciones, gordote como un tocino, casi cerrado de barba y empleando más los ojos en mirar á las buenas mozas que en leer los libros sagrados; porque, amigo, el corpazo aquél no se domaba sólo con latines, y Marcones no se apuraba mucho por contrariarle. En esto se le antojó una muchacha de buen ver y mejor hacienda, que conoció en Piñales yendo á la romería de San Pablo; y tira de acá, tira de allá, golpe por aquí y golpe por el otro lado, ella se fué reblandeciendo, porque al fin era hembra; él no se acordaba de los libros de la carrera más que de las nubes de antaño, y la cosa hubiera ido adelante si no la huele á tiempo el padre de la muchacha y la casa con otro más de su gusto, que se presentó de la noche á la mañana. Este golpe descompuso á Marcos, que era y es un saco de iras y rencores; pero como el perdido no era negocio que podía enderezarse con palabrotas fuertes y espumarajos de rabia, mientras le salía otro acomodo con puchera segura, vistióse otra vez el balandrán y se volvió al seminario. Cerca de otros dos años se aguantó en él, sabe Dios cómo, y á expensas de su tía, ó lo que es lo mismo, del Berrugo, que ponía el grito en el cielo á cada sangría que le arrimaba la mujerona esa, pero que al fin pagaba. Lo que tenía que suceder, sucedió. Marcones no podía con la media sotana, porque las carnazas le pedían cosa muy diferente; y un día, bien fuera porque se hartó de aquella cárcel, bien porque le echaran de ella, ó por los dos motivos juntos, pero nunca por las falsedades que él refirió, tomó el trote para Lumiacos, y desde Lumiacos se plantó aquí y tuvo una encerrona larga con su tía. Da aquella encerrona salió amasado lo que después sucedió y lo que está sucediendo á la hora presente, y lo que sucederá en el día de mañana, ó séase que, con el pretexto de ser amoroso sobrino de su tía y muy agradecido á los favores de su amo, dió en entrar en esta casa á menudo, pero con intención bien hecha de ir acercándose á Inés y obligándola poco á poco con la ayuda de la culebrona. Podría el Berrugo conocerlo ó podría no. De cualquier modo, allí estaba la que mandaba en todos para obligarle á que anduvieran las cosas al gusto de ella. Si el Berrugo ha caído en la cuenta de lo que pasa, ó si cayendo entra con todas, no se sabe á punto fijo, como no se sabe tampoco si la pobre Inés ha mirado con buenos ojos á Marcones; pero lo cierto de toda verdad es que no pudiendo Marcones, por el bien parecer, entrar en esa casa tan á menudo como á él le conviene, tomándose por disculpa lo poco diestra que está Inés en primeras letras, ha comenzado él, ó comenzará de un momento á otro, á darle una lección cada día, á propuesta de la culebrona y con consentimiento de todos los demás. La cosa es hecha, como se ve, porque lo que no alcance Marcones de por sí solo, lo alcanzará su tía, que es más sierpe que la del Paraíso terrenal. En casándose Marcones con Inés, que es á lo que se tira, Marcones le buscará el gato al Berrugo, que le tiene bien gordo, ¡pero gordísimo! y dará con él, por escondido que se halle... ¡y figúrate tú, Pedro Juan; figúratelo, si puedes, qué es lo que sucederá con ese gato en tales uñas!... Te digo, Pedro Juan, que aquel día arde esa casa con el Berrugo adentro... si es que no arde también el lugar de punta á punta, con un vecino de las entrañas de Marcones ahito de posibles... Conque ¿te vas enterando? ¿Te parece flojo el lío? ¿Piensas que es cosa de cuidado lo que tiene ya encima de su alma ese sujeto, para martirio propio y consuelo de desplumados por él?
Pedro Juan se encogió de hombros por toda respuesta á estas preguntas y por único comentario á la historia precedente, que de seguro le había parecido demasiado larga y poco interesante, porque su círculo de ideas y de relaciones era limitadísimo.
Sospechándolo por las señales, don Elías quiso rematar su obra con los siguientes pespuntes:
—Por supuesto que yo te entero de esas cosas, tan sabidas de memoria aquí hasta por los chicos de la escuela, porque á tí, metido en tu ría y en las mieses de Las Pozas, maldito si, fuera de Pilara, te importa lo de este barrio dos cominos. Y es bueno saber de todo.
—¡Pilara!... ¡Coles!—exclamó Pedro Juan desperezándose, como si saliera de pronto de una modorra.—¿Y usté qué sabe de eso, don Elías?
—¡Pues no se te conoce que digamos!... ¡y como también tiene la moza pelos en la lengua, gracias á Dios!...
—Pos qué, ¿lo corre ella mesma, don Elías?
—Vaya, vaya: lo que tú buscas es que yo te regale las orejas; pero no estoy de humor de ello. Anda con Dios, que ya es tarde... y punto en boca sobre lo que has oído de la mía.
Y con esto y un golpecito sobre el hombro de Pedro Juan, se despidió de él don Elías y enderezó los pasos hacia su casa.
El Josco, olvidado ya de su escena con el Berrugo y saboreando á su modo el dicho de don Elías sobre los dichos de Pilara, continuó su camino hacia abajo; y en cuanto columbró la casa de la mocetona, echó una relinchada de las más resonantes; y eso que era muy poco dado á estruendos de ninguna especie... Pero como nadie le veía, y además no dejaba de estar contento...
Muy cerca ya del corral, echó otra tan repicoteada como la anterior. Anduvo un poco más y miró hacia el portal. No había nadie allí, y la casa estaba cerrada y en silencio, como todas las del barrio. De pronto oyó un ligero ruido y notó que se abría la ventana de la cocina que caía al soportal.
—¡Coles... si creo que es Pilara que se asoma!—exclamó espantado como si le hubiera salido el lobo en mitad de la calleja.—¿Y qué la digo yo á estas horas y pico á pico los dos solos, si me arrimo allá?... ¡Sí, espérate un poco!...
Y apretó á correr hacia abajo, tapándose las orejas para no oir los carraspeos de la persona que estaba asomada á la ventana. Después le sucedió lo de siempre: que se lamentó de la ocasión desaprovechada, y se avergonzó de su encogimiento, y se denostó á sí mismo con las mayores injurias y los más duros improperios.
[Ilustración]
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IV
«ESE HOMBRE»
«Ese hombre,» llamado así por Pedro Juan; _el Berrugo_ por don Elías... y por todo el pueblo de Robleces cuando él no estaba delante; «don Baltasar» por cualquiera que se le acercaba, y «don Baltasar Gómez de la Tejera» en los sobres de las cartas y en los registros municipales, fué en su niñez _Tasarín el de Megañas_, quinto ó sexto hijo de un pobre hombre conocido por este mote á causa de ser muy tierno de ojos. El cual Megañas era de lo más menesteroso que había en el lugar. Tasarín, así nombrado por lo menudito y sutil que era de cuerpo, pasaba por muy despabilado y hábil para cuanto no tuviera que ver con el oficio de su padre. Confirmando su buena fama, aprendió pronto y bien cuanto le enseñaron en la escuela, donde ya se manifestó recelosillo y con trastienda; y en cuanto tuvo trece años y hubo reducido á su padre á que, vendiendo _el de la vista baja_ que aún estaba á medio hacer, y buscando de cualquier modo lo restante, le pagara el viaje, montó en el mulo que le correspondía en la recua que á eso se dedicaba entonces, y se largó á Sevilla, sin otro amparo que sus buenos propósitos de hacerse rico de cualquier modo, y la esperanza levísima de que un _jándalo_ pudiente que estaba á la sazón por allá y era natural del mismo Robleces, le buscara una taberna en que acomodarse por de pronto.
Cómo se las compuso Tasarín entonces, cuando aún aquéllos eran tiempos en que la carrera de jándalo tenía aquí muchos golosos, porque daba buenos dineros, nadie lo supo jamás; ni tampoco se supo á ciencia cierta en qué ganó más adelante lo muchísimo que tenía, en opinión de las gentes, ó los «cuatro cuartos para asegurar la puchera,» que, según la afirmación del propio hijo de Megañas, era lo único que había logrado ahorrar, cuando, al cabo de veinte años de ausencia, durante los cuales feneció Megañas tras de su mujer y se fué dispersando ó acabando también el resto de la familia, se presentó en Robleces modestamente vestido y sin pizca de aquella bambolla relumbrante con que solían llegar al pueblo nativo los jándalos montañeses, aunque no trajeran más que lo puesto y lo que decían haber derramado por el camino en onzas de oro y en pañuelos de seda. Lo único que trajo capaz de producir alguna sorpresa en sus contemporáneos, ó (si se me permite la finura) coevos, de su propio lugar, fué una sobrecarga de más de diez años, encima de los que verdaderamente tenía: treinta y cuatro aún no cumplidos, y representaba cuarenta y cinco largos. Fueron también motivo de sorpresa los propósitos que apuntó de enredarse en labranzas y ganaderías, con el fin de sacar el mejor fruto posible á las tierras que desde Sevilla había ido comprando en el lugar. Aquello era «su pobreza; el sudor de tantos años de trabajo, y necesitaba mirar por ello para vivir de ello.» Porque hay que advertir que Baltasar compró muchas tierras en su pueblo: todas cuantas se ponían en venta; y compró también la casa en que había nacido.
Estas compras las hacía, en su nombre, su padre, á quien él enviaba el dinero justo para eso, y un piquillo más como de propina «por la molestia;» pico tan alambicado, que nunca alcanzó á sacar de apuros al pobre hombre, ni mucho menos á curarle del ansia con que al fin se largó á la sepultura: el ansia de verse, siquiera una vez, con un equipo nuevo, «de arriba abajo;» porque siempre quiso la mala suerte de Megañas que cuando tuvo para echarse unos calzones, le faltara la chaqueta, y cuando estrenó zapatos, careciera de sombrero. Aunque no lo lloraban tanto como él, lo mismo les sucedía á todos y á cada uno de los de su casa. La cual casa se reparó, en lo más apremiante, con algo que también vino de Sevilla con ese objeto: de modo que cuando llegó el jándalo á su pueblo, no le faltó donde albergarse por de pronto, aunque estaba ocupada la casa por un aparcero; pues contando con esa venida, se tenía de reserva el cuarto del portal, que nadie había habitado desde que se le tilló el suelo, que antes era de arcilla, y se blanquearon las paredes. Conviene advertir, por si no lo he dicho todavía, que esta casa pertenecía al barrio de Los Castrucos, al Oeste del de la Iglesia, que está entre los dos, quiero decir, entre Los Castrucos y Las Pozas, pero mucho más apartado de éste que de aquél, que allá se le va en altura y en secano. Ahora, no se olvide tampoco que estos tres barrios solos forman la municipalidad de Robleces, como creo que ya se ha declarado.
Pues bueno: por llegar el jándalo éste á su pueblo con mucha fama de rico y negando él que lo fuese ni á cien leguas, cayó en la cuenta de que necesitaba construir una casuca si había de vivir allí medio regularmente, dedicándose á la labranza de las tierras que había comprado, para comer con el jugo que de ella sacara, á fuerza de pulso y de prudente economía, porque la vivienda en que había nacido, bastante milagro hacía con tenerse derecha en virtud de los puntales y reparos con que se la amparó años atrás; y andando en estos propósitos, ó aparentando que los tenía, fué cuando se le llegó el Mayorazgo del barrio de la Iglesia con la pretensión de que le hiciera un anticipo, «con su cuenta y razón.» Entraron ambos en explicaciones; entendiéronse, y ¡adiós proyectos de casa de nueva planta!; porque según se dejaba decir el hijo del difunto Megañas, toda «la miseriuca en efectivo» que tenía disponible, la necesitaba para sacar de ahogos á un amigo. El tal _amigo_, ó sea el Mayorazgo mencionado, hombre que había poseído las mejores fincas rústicas del pueblo, y aún era dueño de la casa más grande y más ostentosa de todo el barrio de la Iglesia, estaba á la sazón acribillado de deudas y de pleitos; por añadidura, hecho un pellejo ya con _madre_, y además, amagado de un _paralís_, y medio idiota. Vivía solo, con un ama de gobierno más embrutecida que él, y acababa de embarcar para América al único pariente cercano que le quedaba en el mundo: un sobrinito de trece años, hijo de una hermana viuda que había muerto seis antes en Nubloso, donde estuvo casada con un tabernero que salió un perdido. Al decir del Mayorazgo, este sacrificio por su sobrino fué «_el trago de gracia_ que le tumbó en el suelo;» y por eso acudía al _sevillano_, «que debía de tener las onzas á montones,» para que, «por lo que fuera,» le ayudara á ponerse á flote. Y á flote le puso el prestamista; y de tal modo, que á los diez y ocho meses era suya la casa del Mayorazgo, libre y desempeñada. Fortuna para éste que, como si los días de su vida hubieran estado ligados á la suerte de su caudal, con el último vaso de aguardiente adquirido con los últimos ochavos que quedaban en el arca, caía redondo el infeliz, lo mismo que si le hubiera partido un rayo.
Ya tenía el hijo de Megañas ancho y bien oreado albergue. Gastó algunos cuartos más de su ahorrada «miseriuca» en repararle, en afirmar paredes de huertas y corraladas y en mejorar las cuadras y las accesorias que andaban casi por los suelos; y cuando lo tuvo todo á su gusto, comenzó á ocuparse, con empeño inteligente, en realizar los cálculos que tanto habían sorprendido á sus convecinos de Los Castrucos.
Antes de trasladarse el jándalo, llamado ya por algunos _don_ Baltasar, al barrio de la Iglesia, no era sola aquella sorpresa la que el hijo de Megañas les había dado: fué bien pronto público y notorio su menosprecio por las cosas de tejas arriba, con excepción de unas pocas y muy secundarias; y no porque el jándalo alardeara de ello, sino porque no sabía disimularlo ni lo intentaba siquiera. Esta fué la segunda sorpresa; la cual subió de punto cuando le vieron fanáticamente devoto de Santa Bárbara, de San Antonio y de otros santos; fanatismo que no se concebía en un hombre tan descreído en otros puntos mucho más altos. Para entendernos mejor y más pronto: el jándalo Baltasar era un badulaque sin pizca de cultura moral ni intelectual; sin más necesidades en la cabeza ni en el corazón que el sacar todo el partido posible y en beneficio de sus nativas inclinaciones, del mísero pedazo de costra del mundo en que había ejercitado sus artes de explotador insaciable. Era irreligioso, porque la ley de Dios le ataba las manos rapaces y le imponía deberes penosos; pero rezaba á Santa Bárbara porque le librara del rayo que le espantaba; y á San Antonio, para que le hiciera encontrar cuanto se le perdía; y á Santa Rita, para que no se le escapara una deuda que le parecía de cobro imposible. Naturaleza inculta y vulgar, era irreconciliable con el buen sentido y esclavo de todas las supersticiones. Se burlaba del médico, y admiraba al curandero; rechazaba con asco los jarabes de la botica, y se envasaba en el estómago, lleno de fe, las azumbres de inmundicias que le preparara un mendigo piojoso en un caldero indecente. Creía en brujas á puño cerrado, y en la virtud contra ellas del azabache, de los dientes de ajo y de las matas de ruda, y lo llevaba al cuello cosido en un trapajo. Creía también que la _villería_ (comadreja) mataba el ganado de las personas que al topar con ella en un desván no la dijeran: «villería, Dios te bendiga de noche y de día,» y él nunca dejaba de decírselo como la encontrara; consultaba á las adivinas y creía en el zahorí que descubría tesoros, siempre que no se interpusiera paño azul... ¡Oh, el tesoro oculto! Éste era su manía. Estaba al tanto de todos los más famosos en la larga lista de los que no parecen nunca, porque no hay quien dé con ellos ó quien pueda acercarse adonde se ocultan; y entre tanto, él, que antes se dejaba sacar un diente que un ochavo, se dejaba robar por todos los presidiarios que le escribían pidiéndole dinero para los gastos de una empresa de aquella catadura, que había de valerle el oro y el moro. No hay que añadir lo de los días y números aciagos, y las crecientes y menguantes de la luna como factores importantísimos en ciertas ocasiones solemnes de la vida y hasta en el corte de las uñas. Todo esto era la normal en su temperamento de supersticioso. Por lo demás, era suave y hasta persuasivo de palabra; no se encolerizaba nunca, ni reñía con nadie, ni fiscalizaba las casas ajenas, ni siquiera mostraba interés por los asuntos del municipio, aunque hay quien afirma que de todo ello estaba muy bien enterado. Iba á misa cada día de fiesta, y se llevaba bastante bien con el párroco, no obstante las frescas que éste le cantaba por su modo de hablar de ciertas cosas sacratísimas. Vestía muy modestamente y no asomaba á la taberna. De vez en cuando echaba un partido á los bolos, y más á menudo jugaba á la _flor de cuarenta_ con los viejos del barrio, los domingos por la tarde; y esto, mientras vivió como de prestado en su casa de Los Castrucos; porque en cuanto se trasladó á la del difunto Mayorazgo, tal laberinto revolvió en ella de ganado, de sirvientes y hasta de cubas y cuarterolas de vino que trajo de la Nava del Rey y de la Rioja, para vender á los taberneros de las inmediaciones, que no le quedaba un rato libre ni para ir á misa la mayor parte de los días de fiesta.
Y tan retirado andaba del trato con sus convecinos, que muy pocos echaron de ver las largas ausencias que durante dos meses hizo del pueblo; ni estos pocos supieron qué asunto las motivaba, hasta que un domingo, en misa, oyeron leer al párroco la «primera y última» de las proclamas de su proyectado casamiento con una tal Cruz Hormigueros y la Llosa, hija de Juan y de Petra, naturales y vecinos de San Martín de la Barra. Las bodas se celebraron allá, á los pocos días de la proclama; y media semana después llegó el nuevo matrimonio á Robleces y se estableció en la restaurada casona del barrio de la Iglesia, como era de esperar.