La Puchera · Unidad 34 de 37
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—¿Y á nengún otro sujeto más?—preguntó Pilara con una sonrisa muy maliciosa.—Vamos, con franqueza, que aquí no ha de hacerse más que el tu gusto.
Inés bajó un poco la cabeza, algo turbada, y no supo qué responder. Pilara la ayudó entonces de este modo:
—Anque lo has contao por encima, como si te atragantaras con ello, lo bastante se vió pa creer ahora que ha de gustarte el paecer del caballero ese en este particular.
—Pues que venga él también—dijo Inés echando de buena gana escrúpulos á un lado.—Yo les contaré lo que me pasa, y ellos me dirán lo que mejor les parezca. Iréme á servir á un amo, á pedir una limosna... á tirarme á la ría... ¡Dios me lo perdone! Todo lo que me digan haré... ¡todo menos volver á la cárcel de donde me he escapado!
—Ya se arreglará la cosa—dijo el Lebrato hondamente compadecido de aquella pobre criatura,—sin melecinas tan amargas como esas. Cabalmente había de venir hoy por aquí don Alejo á las seis de la mañana, porque tenía concertao salir pa la mar con nusotros á esa hora; pero como el caso es de apuro, lo que se va á hacer es lo siguiente. Tú, Pedro Juan, vas á picar ahora mesmo pa Nubloso, que no está más lejos de aquí que el barrio de la Iglesia de Robleces; yo pico pa casa de don Alejo. Tú le cuentas el caso al sujeto, de modo que naide se entere más que él, y te le traes volando contigo. Yo hago otro tanto con don Alejo; y cátanos aquí á los cuatro juntos en una hora lo más. No son toavía, por mi cuenta, las dos de la mañana, y nos quedan tres horas de noche pa arreglar ese asunto sin que se enteren de él ni los pájaros del aire.
Se aprobó la idea; se aviaron en un periquete el padre y el hijo; salieron juntos de casa, y á poco rato echó por su lado cada cual de ellos. Al separarse, dijo el Lebrato á Pedro Juan:
—Asunto es éste que nos puede costar caro á tí y á mí, si ese hombre, que tan tigre es pa la hija, agüele que la hemos amparao en nuestra casa. Pero los hombres de bien son pa las ocasiones, y lo primero es lo primero; y Dios mos ve á toos y á cada uno.
Pilara, después de cerrar bien la puerta por dentro, se quedó animando á Inés; y como ya la lumbre había tomado cuerpo, consiguió que se quitara los zapatos, que estaban empapados de rocío, para secarlos al fuego, así como los bajos de su ropa, y que se calentara los pies. Luégo trajo un peine, y ella misma le arregló el pelo desmelenado, al paso que la iba diciendo:
—¡Pos dígote que estaría güeno que ese sujeto te viera de la trazuca que estás, como si te hubieran sacao con unas trentes del bardal de una calleja!... ¡Ni más ni menos te vió él, hija del alma, cuando se prendó de tí!...
Y no la pesaba ciertamente á Inés, que al fin era mujer y mujer enamorada, aunque atribulada y mísera, la ocurrencia de Pilara. Después que acabó ésta su tarea lo mejor que pudo, y la palpó los pies para ver si estaban secos, diciéndola, pasmada de su pequeñez, que «paecía mentira que con aquellos dos fisanucos se pudiera sostener derecha una presona,» y dió vuelta á los zapatos para que acabaran de secarse, fué á la alacena y volvió con un jarro de leche y una cazuela muy limpia.
—Es—la dijo acurrucándose junto al llar,—de la que traigo yo de arriba ca día; porque aquí no la tendremos hasta la primavera que viene. Te voy á calentar una racionuca de ello pa que, ahora que estás algo más sobre tí mesma, te confortes un poco por aentro... No hay á mano otra cosa que darte.
—¡Cómo me cuidas, Pilara!—díjola Inés conmovida.—¡Si supieras lo que consuela eso después de pasar por lo que he pasado yo!...
Y rompió á llorar otra vez.
—¡Bah, bah!—la dijo Pilara.—Á ver si no golvemos á mojar la pistaña. Eso ya se acabó, y pa siempre.
Para distraerla un poco mientras la leche se calentaba, y llegó á tomarla Inés y á calzarse, la noble mocetona la habló de muchas cosas: de lo contenta que estaba en compañía de aquellos dos hombres, que le parecían los mejores de todos los hombres del mundo; de la casuca, del partido que había ido sacando de ella y del que iría sacando poco á poco: aquí la mesa, allá las sillas; «esta paré que tanto blanquea, estaba antes negra como el jollín;» el llar, con sus baldosas tan majas, estaba nuevo, flamante, y «el poyo de la _jornía_, bien amañao:» cosas de su suegro. El cuarto de ellos, antes no era cuarto: era «un abertal.» Se le había cerrado con un tabique y una puertuca: eso había sido cosa de los de arriba, «pa mejor paecer.» El viejo dormía en otro cuartuco bien abrigado, donde siempre durmió, á la otra esquina de la casa, con una ventanuca al saliente. Cuando Inés estuviera en sus cabales, ya se enteraría de todo á la luz del día. Las dos vacas y las novillas «de ellos» habían venido del puerto, gordas que partían: una, ya cargá de dos meses, y otra de tres; la su novilla estaba también en la _corte_, y con ella componían cinco cabezas. El de la vista baja tenía un diente que daba gusto. Al paso que iba, por Navidad sería una montaña de tocino bien _hebroso_. Y así.
Hasta que se oyeron pasos en el portal, y dió el corazón de Inés dos volteretas en el pecho. Abrió Pilara la puerta después de cerciorarse de que era «gente de paz» la que llamaba, y entraron juntos los cuatro que se esperaban; porque los que venían de Nubloso, llegaron al portal en el poco tiempo que tardó Pilara en abrir la puerta. Lo mismo Quicanes que don Alejo, venían bien enterados de lo que ocurría; y en cuanto Inés los tuvo delante, se echó á llorar desconsolada.
—Eso va contigo, Tomasuco—le dijo el cura al de Nubloso;—consuélala tú que sabes, pero sin abusar del chicoleo, porque no hay tiempo que perder, y yo traigo mi plan para acabar primero.
¡Bueno estaba Quicanes para consolar á nadie cuando se le estaba saliendo á él el alma por la boca, particularmente desde que tenía delante á Inés, de cuyos dolores era él la causa! Pero hizo lo que pudo; y no lo hizo mal, si ha de juzgarse la obra por los resultados. Inés siguió llorando un ratito más; pero bien claro se veía en sus ojos, en cuanto pudo mirar con ellos á su amante, que había vuelto la vida á su corazón. También don Alejo ayudó valientemente á aquel acto de caridad.
Se habló allí poco, muy poco, sobre el caso peliagudo. No había para qué hablar mucho. El de Nubloso manifestó solemnemente al cura que, por los motivos que él sabía desde que se lo había declarado todo en su casa al salir de la de Inés despedido por su padre, no podía ofrecer otro sacrificio que el de su vida para defenderla de toda agresión, viniera de donde viniese, y que á esa obra había jurado consagrarse desde que Pedro Juan le había enterado de lo que pasaba.
—Eso—respondió don Alejo sin perder su buen humor de siempre,—es nada y es demasiado. Nada, porque contra los derechos de un padre, por duro de alma que sea, en ese particular no hay valentía que valga; y demasiado, porque sería la mayor tontada del mundo desperdiciar una vida que nos hace falta aquí para otra cosa. Y atiende bien á esto que te voy á decir; y tú, chiquilla, prepárate á ayudarme en todo, y guárdete Dios de poner un solo reparo á lo que declare y disponga, porque eso será lo que haya de hacerse. Y digo, Tomás, que todo cuanto me dijiste aquel día y anteayer cuando volviste á tratar conmigo del propio asunto y á adquirir noticias que no pude darte de esta infeliz, me pareció muy atendible; porque en esto de delicadezas, cada cual discurre y lo entiende á su modo, y hay que respetar los escrúpulos de cada quisque. Pero hoy han cambiado las circunstancias, y hay que mirar el asunto por otro lado diferente. Ya sabes lo que le pasa á Inés, ¿no es verdad?... Pues bueno: de esa misma enfermedad murió su madre: los mismos verdugos la mataron. Puedo jurarte que es cierto. Para librarse de una muerte así, no basta escaparse de la cárcel. Más tarde ó más temprano, la fugitiva volverá á sus hierros; porque, ya te lo he dicho, la ley ampara en estos casos al carcelero, por bárbaro que sea. En una palabra, Inés no puede estar segura en ningún escondrijo, aunque se le guarden coraceros, mientras no la ampare otra ley. ¿Me entiendes?... ¡Otra vez los puntos y las comas de calabaza!... Pues te lo pondré más claro todavía: tienes que elegir entre estos dos extremos: ó dejar que Inés perezca á fuego lento entre dos demonios, como pereció su pobre madre, ó ponerla sin tardanza al amparo da la ley, cosa que ya traigo estudiada y se hace en medio minuto delante del Juez, después de tenerla en lugar seguro. Éste es el caso. Á ver ahora, entre estas dos delicadezas, cuál te parece más delicada.
Y claro es que, en el dilema, el de Nubloso se fué por donde don Alejo quería.
—Pues se acabó la historia—dijo el buen cura.—Antes que amanezca el día, estamos tú y yo, con Inés, en Ansares, en casa de mi sobrino Gaspar, hombre de bien y caballero, aunque no gasta más que media levita. Tiene una mujer que vale tanto como él, y dos hijas que, si no anduviera Inés de por medio, diría que eran las dos muchachas mejores y más majas que hay en todos los pueblos del contorno. Allí encontrará esta infeliz el sosiego y el amor que no la han dado en su casa; y la guardará la puerta de demonios que quieran asaltarla, una cuartilluca de papel con cuatro garabatos que nos extenderá quien deba, en este mismo día en que estamos, hasta que remate yo la obra á mi gusto en la iglesia de Robleces. Conque arriba, muchachos, que no hay tiempo que perder. Ya veis que yo ni siquiera me he sentado.
Y era la verdad, que de pie hablaba don Alejo y con la capa de larga esclavina sobre los hombros, por más señas.
De lo que allí pasó entonces, sólo quiero decir, porque lo demás se adivina, amén de resultar empalagoso si se cuenta, que Inés volvió á ver en su imaginación el cielo aquél de sus esperanzas, barrido de nubes, limpio y sereno; y que al hallarse en el portal entre sus dos protectores, ya no temió á las tinieblas de la noche, ni á las asperezas del camino, ni á los sabuesos de su cárcel, ni á la zarpa de la Galusa, ni á todos los verdugos de la tierra que se conjuraran para acabar con ella. Volvía á vivir, y se congratulaba de haber padecido aquel martirio cruel, porque la abría las puertas de su soñado paraíso.
Pisando ya la mullida del corral, se volvió don Alejo para decir al Lebrato que, acompañado de sus hijos, despedía desde el portal á los que se marchaban:
—Ya supondrás que la canita de hoy se me queda sin echar; pero mañana, si Dios quiere, será otra cosa. Aquí me tendréis á la hora convenida... digo, si pensáis volver también mañana á la mar.
—Anque sólo juera por dale á usté ese gusto, señor don Alejo—respondió el Lebrato,—aquí me tendrá esperándole á la hora que quiera venir.
—Pues hasta mañana.
Y se perdieron en las sombras de afuera los tres del corral que se iban, y se metieron en casa los otros tres que se quedaban.
[Ilustración]
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XXX
COSECHA DE TEMPESTADES
Era ya muy entrado el día cuando la gente de la casona de Robleces notó la falta de Inés, Primero se notó la de la llave de la puerta de atrás, y el que estuviera descorrido el pasador del postigo de la portalada; pero la una podía haberse caído de la cerradura, ó ¡fuera usted á saber! y el otro haberse quedado sin correr por olvido casual, aunque aseguraba el Berrugo que le había corrido él mismo, como todas las noches; como aseguraba también que la llave había quedado en la cerradura, y bien atravesada, para que no pudiera meterse otra falsa desde afuera. De todos modos, cualquier recelo cabía menos el de que Inés hubiera andado en el ajo. Lo que le descubrió fué su cama sin deshacer, cuando la Galusa, viendo que «la zanganota» no salía tan temprano como de costumbre, entró en el cuarto resuelta á «enderezarla á escobazos, si juere menester.» Se quedó helada al notar aquel indicio, y no quiso decir una palabra á su amo hasta cerciorarse de que Inés no estaba escondida en ningún rincón de la casa. No dando con ella, por más que preguntó á los otros criados y la llamó á voces desde muchas partes, ató aquel cabo suelto á los del pasador corrido y de la llave extraviada, y fuése, aleteando con los brazos y echando espuma venenosa por la boca, adonde trajinaba su amo. Refirióle el caso entre bascas y aspavientos, y se quedó el hombre hecho una pieza.
—Pues esa pícara—fué lo primero que habló el Berrugo al volver de su asombro,—no ha ido lejos, si ha ido sola, aunque haya salido por la puerta de atrás; y si no ha ido sola, el granuja, el pillo que la acompañó, estaba en inteligencia con ella; y esto no puede haber sucedido sin tu consentimiento, ó sin haber descuidado la vigilancia que corría de tu cuenta. De cualquier modo, tú eres la responsable; y si no me la entregas hoy, aquí mismo, en todo el día, soy capaz de sentarte en el llar de la cocina para freirte el pellejo, ¡bribonaza! ¡Ya estás andando!
Por primera vez en su vida, no tuvo la Galusa agallas para responder á su amo. Tan crespo y endemoniado le vió; y como á ella le interesaba tanto como á él el hallazgo de la fugitiva, dejando piques á un lado volvióse corriendo á la cocina para mandar al mocetón, que estaba almorzando con Luca, que fuera á escape á Lumiacos á decir á su sobrino que viniera sin perder minuto. Le parecía á la bruja, y con razón, que ningún mastín como aquél para dar con la oveja descarriada y sacarla de las fauces del lobo, si andaba lobo en el ajo, como se lo iba temiendo. Ella misma se echó á la calle á pedir noticias de casa en casa. Á la del cura no se atrevió á ir, porque le temía de lumbre desde muchos años atrás. Estaba enterado de la historia de la mártir, y no perdonaba ocasión de flagelarla á ella con echedizas que sacaban sangre. De ese paso se encargaría su sobrino.
Cuando supuso que podía haber llegado ya éste, se volvió á casa, sin haber hallado el menor rastro de lo que buscaba y bien segura de que no había en el barrio alma nacida que no se complaciera en ocultársele si le hubiera conocido. El Berrugo, entre tanto, dió parte al alcalde, excitándole, con ruegos y con amenazas, á que «cumpliera con su deber.» El alcalde porque le temía, como todo el pueblo, prometió echar los bofes en el empeño; pero en seguida de dar las órdenes á las personas que habían de ejecutarlas, fué diciendo al oído de cada una, que si topaban con la pista, se hicieran los tontos y se echaran por otro lado; porque era «sacar ánima del purgatorio dejar á la enfeliz fuera del alcance de aquellos dos demonios.»
Era ya más de media mañana cuando llegó Marcones, bien enterado de lo que pasaba, por el recadista. Venía verde, y sudaba hollín con azufre. En cuanto le atisbó su tía, corrió á su encuentro y le dijo ahogándose de rabia:
—Si no se la ha llevao ese pícaro á Nubloso, y anque se la llevara, el cura debe de andar en el fregao. Ella no tiene en el pueblo otro conocimiento que él; y á más que más, hoy no ha tocao á misa... ¡Vete á ver al cura sin parar!
Y Marcones corrió á ver al cura, que había vuelto á casa media hora antes. Aún tenía los zapatos sucios, y bien se le conocía en la cara y en el desaliño de toda su persona, la brega en que había andado desde las dos de la mañana. Todo lo tuvo muy en cuenta Marcones tan pronto como lo advirtió; y como él también llevaba á la vista buenas señales de la trotada que acababa de darse desde Lumiacos, y de la procesión que le andaba por adentro, bastóle á don Alejo una mirada para colegir lo que iba buscando allí el sobrino de la Galusa.
El cual, sabiendo por experiencia cómo las gastaba de frescas el cura de Robleces, le expuso su embajada con todo el comedimiento que cabía en un descomedido de su tamaño.
Quedósele mirando el cura después de oirle, con una cara que era un mosáico de reflejos: reflejos de burla, de gozo, de indignación... y hasta de un poco de ira, y luégo le preguntó:
—Y ¿quién eres tú, qué títulos, qué derechos tienes para venir á pedirme esos informes?
—Mandado soy, señor don Alejo—respondió tragando bilis el de Lumiacos.—Los favores recibidos obligan; el trato frecuente engendra interés y cariño, y las penas de los favorecedores se sienten y se lloran como las propias penas.
—¡Los favores recibidos!—repitió el cura mirando de alto á bajo á Marcones.—¡Las penas de los favorecedores!... ¡El cariño que les tenemos!... Pedantón y gazmoñote, ¡cómo has podido soñar que si yo supiera algo de eso te lo había de contar á tí? ¿Piensas que no sé lo que pasa? ¿Piensas que no te conozco? ¡Y había de ser yo capaz de poner en vuestras manos lo que acaba de salvar de ellas la Providencia de Dios!
Marcones rugió como un oso acorralado, y saltó de un golpe al registro de lo patético con espeluzno:
—¡Usted me falta! ¡Usted me injuria! ¡Usted se prevale de sus canas!... ¡Yo no he venido aquí á eso!
—Yo no te falto—replicó don Alejo con firmeza.—Yo no te injurio. Lo que hago es decirte la verdad, porque ya es hora y te me pones á tiro. Y lo dicho se lo cuentas si quieres á la bribona de tu tía y al pícaro de su amo... Porque yo no le temo, ¿entiendes? Á mí, si no es del pellejo, no tiene por dónde agarrarme, como tiene agarrados á tantos infelices. Yo todos mis bienes los llevo conmigo, en esta levita raída y en estos calzones con la culera remendada. ¡Mírala! Y á mucha honra; que ese es mi deber mientras haya en la parroquia otros más necesitados que yo. Y le añades que no ha de ser el cura de Robleces quien le dé noticias de la pobre oveja escapada de los dientes del lobo; pero que renuncie á esa carne para _in sæcula_, porque el milagro fué obra de Dios, y las obras de Dios son de larga dura. ¿Te vas enterando?
—De lo que me voy enterando—respondió Marcones, lívido y temblón,—es de que hay sobrado con lo que usted me dice, para ver que no fué todo obra de Dios, y que anduvieron también en ello manos carnales, bien conocidas de usted... y que por mucho menos se ha visto intervenir á la Justicia. ¿Me va usted entendiendo á mí?
—¡Pues no he de entenderte, imprudentón de Satanás? Y porque te entiendo, te declaro que tampoco me asusta la Justicia con que me amenazas. ¡Ojalá me pusiérais hoy delante de ella! ¡Qué cosas habían de saberse! ¡Qué cosas, Marcos, qué cosas! Todo Robleces iría á declarar conmigo; y ¡pobres de ellos entonces... y pobre de tí también!
—¡De mí?—exclamó Marcones llamándose á lo terrible con el aparato; pero, en el fondo, bien encogido ante la firmeza imperturbable del cura.—¡Usted me ofende otra vez; usted me calumnia de nuevo!
—Pataratas son esas—añadió don Alejo con aire despreciativo.—¿No te he dicho que te conozco? ¿Crees que no se te ha visto el juego en esa casa? ¿Piensas que se ignora en el lugar la parte que tú tienes, más de cerca ó más de lejos, en lo sucedido anoche en ella?... ¡Calla, calla, zagalón de los demonios, por la cuenta que te tiene, y no vuelvas á soñar con buscarte por ese lado la puchera! ¡Para tí estaba!
—¡Eso es otro insulto!—replicó, ronco de ira, Marcones.—¡Yo no he entrado en esa casa jamás con semejantes intenciones, y usted lo sabe muy bien! ¡Yo no nací para eso; yo sigo muy distinta carrera; yo tengo otra vocación más alta! Ella me tira, ella me reclama; y con la ayuda de Dios, no pasarán muchos días sin que yo vuelva al seminario.