La Puchera · Unidad 35 de 37
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—¡Al seminario tú!—exclamó en tono incisivo el cura.—¡Tú al seminario! ¡Imposible que se te vuelvan á abrir aquellas puertas! ¡Imposible que haya un obispo que te ordene; porque no puede concebirse que baje Dios á unas manos como las tuyas! Quédate, quédate en Lumiacos machacando terrones, que para eso naciste, y ayuda á tu padre, que mucho lo necesita y bien se lo debes. Arrímate al ariego y desmocha cajigas en el monte; desengrásate así, bárbaro, y castiga esas carnazas; y para ofender menos á Dios, busca una mozona capaz de sufrirte ese geniazo brutal, y cásate con ella. Así, cuando menos, sudarás lo que ganes, y podrás comer honradamente tu puchera. Con esto no tengo más que decirte; y como ya llevas más de lo que venías buscando, dame las gracias y lárgate cuanto antes, porque yo tengo otras cosas que hacer.
Y mientras Marcones daba patadas en el suelo y se golpeaba las nalgas con los puños cerrados, y castañeteaba los dientes y echaba espumarajos por la boca entre apóstrofes bravíos, don Alejo le volvía la espalda muy tranquilamente, y desaparecía de la saluca en que había recibido la embajada.
Cuando el de Lumiacos volvió á entrar en la casona, era tal su talante, que no parecía sino que acababa de recibir una paliza, después de un remojón en una charca. Así iba de lación, de palidote, de sudoroso y de trémulo. Contó el caso á su tía, y la tía, después de convenir con el sobrino en que el cura, por las trazas, había tenido gran parte en el fregado, y en que había que andarse con mucho tiento para ajustar con él esa clase de cuentas que podían enredarse demasiado, si el cura se empeñaba en ello, opinó además que, siendo ya el negocio principal cosa perdida para ellos dos, convendría meditar mucho sobre el modo de tratar del caso con «ese hombre» para que no hiciera una de las suyas que los comprometiera á todos, ó sobre si sería preferible no decirle una palabra y dejar que el demonio fuera haciendo su oficio y disponiendo de lo suyo libremente. Tuvo el sobrino por atinados los pareceres de su tía, y se pusieron á ventilar las dudas apuntadas.
Ventilándolas estaban, cuando se apeó de un rocín de mal pelaje y de peores aparejos, barrigón y desherrado, junto al mismo poste del soportal, Leto González, el de Los Castrucos, Juez municipal del distrito de Robleces. El cual Juez (que debía de traer larga jornada, por los jadeos del penco y lo que él mismo renqueaba al moverse, con las perneras encaramadas hasta cerca de las ligas y arrastrando por el suelo la única espuela que calzaba), baldragas y apocadote como era, atrevióse á llamar, sin duda por lo que tenía de justicia respetable en aquella ocasión, con dos varazos tremendos á la puerta del estragal de la casona; y pareciéndole que tardaban mucho en responderle, á echar escalera arriba y anunciarse allí con otro par de varazos, bien sacudidos y resonantes sobre la puerta del carrejo.
Salió entonces el Berrugo, que andaba subiendo y bajando sin saber lo que se hacía toda la mañana de Dios, aunque aparentaba cosa muy diferente; vió á Leto tan atrevido; acordóse del cargo que ejercía en el lugar; sospechó que su visita podría tener algo que ver con lo que á él le estaba preocupando; condújole á la sala sin preguntarle lo que quería; siguióle el otro muy hueco, sacando de paso unos papeles del bolsillo; y cara á cara y á pie firme allí los dos, sin preludios ni reparos y sin señal de miedo alguno, el Juez municipal de Robleces dijo al señor don Baltasar Gómez de la Tejera que, por delegación del señor Juez de primera instancia del partido, le hacía saber que, á petición de don Tomás Quicanes, de Nubloso, quedaba depositada su hija, doña Inés, en casa de don Gaspar de la Peña, natural y vecino de Ansares. Probó lo que declaraba con documentos fehacientes; enteróse el Berrugo sin desplegar sus labios ni hacer un gesto; cumpliéronse y se llenaron todas las formalidades de rúbrica; despidióse el de Los Castrucos, y dejóle ir don Baltasar sin decirle una insolencia, ni mostrar con signo alguno el efecto que le había producido la embajada.
La Galusa, que atisbó la escena desde el carrejo, se maravilló de aquella imperturbabilidad pacentísima de su señor y cómplice. Consideróla como celaje falso y encubridor de alguna tempestad destinada probablemente á descargar en seguida sobre su cabeza, y creyó muy conveniente esperar _á subio_, y siquiera los primeros embates. Llamó á su sobrino con una seña; díjole al oído lo que temía, y le llevó á su cuarto, donde se encerraron los dos, dispuestos á no abrir la puerta como no la echara abajo el huracán.
Se engañaba grandemente la Galusa, con lo bien conocido que tenía á su amo. El Berrugo no era hombre de estrépitos, sobre todo, de estrépitos infructuosos. La tempestad que había dentro de él no era de las que pasan con cuatro estampidos gordos y unos cuantos aguaceros, ni de las que sirven para instrumento de las cóleras de nadie: era de las sordas que empujan y flagelan y arrastran al más templado; y arrastrado y flagelado por la suya, sin acordarse para maldita la cosa de su criada, que no era lo que entonces le dolía, bajó á su leonera del portal, y allí se encerró, con las dos vueltas de la llave.
Sobándose la barbilla con los dedos apiñados de una mano, y rascándose á menudo la cabeza con la otra, comenzó á pasear en redondo en el mezquino espacio que dejaban libre las cubas, los barriles, la mesa y un par de sillas derrengadas que ocupaban lo restante de la pieza. Allí, y de parecido modo, solía él correr los temporales de su vida; aclarar los puntos dificultosos de sus problemas económicos; preparar sus grandes resoluciones, y hasta soñar á gusto en sus ideales tentadores y disponer la urdimbre de sus cábalas supersticiosas. No sabía pensar con arte si no se movía mucho y á solas y al amparo de sus ídolos, á modo de penates, que estaban allí; y lo mismo en lo que le contrariaba que en lo que le seducía, siempre había encontrado, por obscurecidos que estuvieran los horizontes de sus ideas, un punto luminoso que le guiara en su labor tempestuosa (porque en tempestades, más ó menos recias, paraban en su cerebro diabólico todos sus problemas), y al cabo llegaba á ser franca y triunfal salida.
Pero el huracán de esta vez era de noche cerrada y como jamás le había corrido él.
—Me coge—pensaba con la rapidez que se movía,—como en una ratonera, y atado de pies y manos, y cuando empiezo á sentirme rendido de pelear á muerte con la mitad del género humano para sacarle el quilo... y es la primera vez que se me quiebra la suerte y el demonio me abandona, si es que no se pone contra mí, como lo voy temiendo; porque solamente cegado por él, he podido ser yo tan torpe como he sido... ¿Qué al caso venían ahora esos rigores, si con mucho menos hubiera logrado todo lo que me proponía? Pero ¿quién había de creerla capaz de una resolución así? Yo me dejaba llevar del ejemplo de su madre, que no se movió, que no despegó sus labios, ni con una mala mirada se rebeló contra mí; y eso que acabé por matarla. ¡Como si los tiempos y los casos fueran los mismos! ¡Ciego, más que ciego! ¡Bestia, más que bestia! ¡Y pude recibir en mi casa á ese bribón, sin calarle las malas intenciones, y hasta metérsele á ella por los ojos, creyéndole rico y campechano!... Porque un hombre así era todo lo que yo ambicionaba para ella: un hombre rico que la aceptara por pobre. Y no por su bien. ¡Por su bien!... Si sólo se tratara de llevármela de casa, ¡qué mayor ganga para mí? Un bulto menos y una ración que ahorrar; y á ver cómo no hacían de ella trizas y jigote escabechado, ¡bribona! ¡Pero resultar ahora que el currutaco ese que la levantó de cascos y se la llevó consigo y la encerró donde yo no puedo entrar para sacarla tiras del pellejo, es un tuno sin un real, listo como la pimienta, y con humos de gran señor!... ¡Lo que á mí más me ha espantado siempre! ¡Un sinvergüenza de esa estofa, que me reclamará, por de pronto, lo que yo no quiero ni debo darle, y mañana me devorará estas riquezas que no puedo llevar conmigo á la sepultura, ni esconderlas donde nadie las encuentre! En fin, que me dieron la tostada. ¡Y qué tostada!... ¡Tonto yo!... ¡pillo redomado él, y viles, infames y cochinas las leyes que le amparan contra mí!... Pero, señor, ¿por qué ha de haber esas leyes? ¿En qué justicia cabe que lo que yo tengo, que lo que yo gano, que lo que yo sudo, no ha de ser mío, mío solamente, y para nadie más que para mí? ¡Ah, pillos legisladores! Si tuviérais camisa que perder, ya pensaríais de otro modo; pero hacéis las leyes descamisados y hambrientos, y así salen ellas: encubridoras de ladrones... Mientras viva, ese granuja, invocando derechos que vosotros le habéis dado, meterá las uñas de raposo en mis bolsillos; y tras de arrancarme lo que es ya de su mujer desde que murió su madre, dará un tiento á lo que es mío, para sacar una tajada de ello á título de gananciales... ¡que no será poco, en gracia de Dios, si el demonio no me da tan buena maña para esconderlo, como la que me dió para adquirirlo!; y cuando me muera, volverá esa garduña, y levantará las tablas del suelo y las latas del desván, y revolverá todos los rincones de la casa pensando que lo tengo escondido en onzas de oro... ¡En onzas de oro! Las onzas enterradas no producen, ¡cochinote!, al paso que se dejan ver de ojos de zahorí ratero, como la ladrona de mi criada... ¡y como tú!... Y cuando más engañado se crea el grandísimo bribón, porque no halle barriles de monedas en que hundir los brazos hasta el codo, rebuscando aquí y allá, vendrá á abrir esa alacena ¡esa! atestada de legajos; y comenzará á deshacerlos uno á uno; ¡y entonces sí que se relamerá de gusto, el gran canalla, al ver el caudalazo que representan, y pensar en la vida regalona que podrá darse, y al fin se dará, con aquellas gotas del sudor y de la sangre del mismo corazón de este mentecato majadero... y más que estúpido!... ¡Oh, que no pudiera yo estar á aquellas horas á su lado, para hacer con los papeles una hoguera en el corral y asar al ladrón en ella!... ¡Leyes, leyes de bandidos! ¡Malditas sean por siempre jamás amén!... Yo quisiera ahora ser cien veces, mil veces, un millón de veces, más rico de lo que soy, para hacer unas leyes á mi gusto, ó comprar á la Justicia y al rey mismo, para que no rigieran conmigo las que oprimen á los demás, y se me autorizara para colgar por el pescuezo al pillo ese, y á la taimada que le ayuda contra mí, y á todos sus encubridores y cómplices indecentes. ¡Mal rayo los parta, y á mí, por tonto, con ellos!
Aquí hizo el Berrugo, de repente, un alto en sus vueltas de torbellino; y con la mano con que se acariciaba la barbilla, recorrió toda la cara y se restregó mucho las narices y los ojos. Éstos le chispeaban, y tenía los pelos erizados y la boca muy reseca. Permaneció así un buen rato, como si le deslumbrara y le abstrajera alguna visión interna, ó se hubiera desquiciado de repente la máquina de sus pensamientos. Ello es que presentaba todo el aspecto de un loco enjaulado. De pronto bajó otra vez la mano á la barbilla, y volvió á sus paseos circulares y vertiginosos.
—¡Y decir á Dios—pensaba mientras se movía,—que esto de unas riquezas tan enormes, que parecería dicho vano á cualquiera, podría ser una realidad visible y palpable á la hora menos pensada! Porque _él_ está allí; tan fijo, como yo estoy ahora abrasándome la sangre entre estos montones de miseria... Y no puede estar en otra parte; porque es imposible que mientan tantas señales juntas. Allí está, lo juraría, hacia lo hondo, entre lo obscuro: parte en cajones bien enzunchados; lo otro en pilas y á granel... pero mucho, ¡muchísimo!... ¡Y yo que á estas horas podía haberlo visto con mis ojos y palpado con mis manos, si no fuera tan gallina! El Lebrato decía verdad. Es una escalera aquello. Cincuenta veces lo he estudiado; otras tantas he tenido las piernas en el primer peldaño; pero la altura, la cabeza... el miedo, ¡qué demonio! me ha echado siempre hacia atrás... Y eso no puede averiguarse de otro modo... No hay hombre en el mundo que merezca tal confianza: el más honrado me engañaría. Sin ese temor, ya hubiera yo enderezado á Juan Pedro; y con temor y todo, he estado á pique de proponérselo... ¡Para él estaba! Después de visto y palpado por mí, ya será otra cosa. Ya sería aquello mío, y ya no podría engañarme cuando con él y con otros y por los medios seguros que yo dispondría con todo sosiego, se fuera sacando... ¡qué hermosura! No acabaríamos de ver filas de carros desde allá hasta Robleces, en una semana, ¡y todos cargados de ello!... Después, aquí mismo, caja por caja... ¡qué curiosidad antes de abrirlas, y qué admiración, qué asombro, después de abiertas! ¡Qué correr mares de oro por el suelo!... Y ¡qué oro! De lo superior de entonces; no de este oro de pega que se usa, que tiene una mitad de alquimia. ¿Pues la pedrería suelta? ¡Á celemines! ¿Y las joyas? ¡Á montones! Para guardarlo, me daría el gobierno un batallón de civiles... y además dormiría yo sobre ello, por si acaso. ¡Qué colchón tan asombroso! En seguida iría comprando y comprando, aquí media ciudad, allá media provincia, y aún me quedarían tesoros bastantes para ser señor de honras y conciencias, después de ser tan poderoso como el rey más poderoso entre todos los reyes del mundo... Y no temieran esos personajes que yo fuera á disputarles la bambolla con mis lujos. Baltasar Gómez de la Tejera sería como ahora, y tan Berrugo como he sido hasta aquí, según me llaman mis cariñosos convecinos, á quienes parta un rayo. Me daría por satisfecho con ver llegada la hora de que anduvieran las gentes á mi gusto y se fabricaran las leyes á mi antojo. Porque esa hora habría llegado ya, y sin necesidad de que yo la llamara: en cuanto se oliera por el mundo que se apaleaban las onzas y los diamantes en este caserón de Robleces. ¡Vaya si conozco yo á los hombres, y sé lo que escasea el dinero entre ellos!... Pues repito que esto que doy por hecho no es soñar; que esto puede ser la verdad pura á la hora menos pensada: en cuanto á mí se me ponga entre cajas el empeño de vencer con una industria, que ya tengo bien ideada, ese recelillo que me queda... esta punta de miedo que me acomete en cuanto me arrimo allá y avanzo una pierna ó la mirada fuera de lo seguro y firme... Porque insisto, porfío... ¡juro que él está allí, allí, esperando á que lo descubra con mis propios ojos!... porque no pueden descubrirlo otros que los míos... porque está destinado para mí, y para nadie más que para mí... y ha de ser mío, aunque para estorbarlo se juntara el cielo con la tierra...
Hasta muy cerca de aquí, ya había llegado el Berrugo durante el verano aquél, muchas, muchísimas veces, con este mismo arrechucho; pero en la ocasión de que se trata, exaltado ya el hombre por el disgusto que había pensado digerir allí cuando cayó abismado en las honduras de su manía, avanzó con ella mucho más adelante; y llegó á ver tal cúmulo de demostraciones evidentes y de facilidades comprobadas, que acabó por hablar á voces; y loco, loco de remate estaba, cuando oyó golpes en la puerta de su encierro. La sorpresa le volvió algo á la realidad de la vida; pero, recelando de todo, dudó si se haría el sordo ó si respondería. En esta duda, los golpes se repitieron, y al fin se decidió á preguntar quién llamaba.
—Soy yo, si no molesto,—respondió la voz de don Elías desde el portal.
Abrió entonces, estremecido y como si obedeciera á un impulso extraño, el supersticioso don Baltasar; y don Elías, que por su parte también iba bien espeluznado, se quedó suspenso al verle de aquella traza alarmante.
—¿Qué se le ofrece?—preguntó al médico, atravesándose en la puerta á medio abrir.
—Me dijo Antón, que salía al llegar yo á la portalada, que estaba usted aquí, y por eso he llamado sin subir; porque á usted es á quien vengo buscando.
—Y ¿para qué?
—Para una cosa que le interesa muchísimo.
—Pues dígala pronto, porque estoy de prisa y de mal humor.
—Si me permitiera usted—añadió don Elías pasándose el pañuelo por la frente para enjugarse el sudor,—entrar un poquito más adentro... porque convendría que nadie se enterara.
El Berrugo, por toda contestación, dió un paso atrás sin soltar su mano del pestillo. Entró don Elías de medio lado; cerró el otro la puerta, y sin moverse de allí le dijo con la mirada:
—Ya está usted hablando.
Entendióle don Elías, y comenzó de esta suerte:
—Como la noche ha sido toledana para mí, levantéme con el sol; y no siendo esa hora la más á propósito para visitarle á usted, con la mira de hacer tiempo, bajéme á despachar la visita de Las Pozas, que no era larga, por mi cuenta; pero parece que el demonio se había metido allí de patas desde anteayer acá, porque no bien salía de una casa, ya me estaban llamando para otra... Yo no sé si los higos, que no escasean este año, ó la mucha mora que hay por esos bardales... porqueriucas de nada; pero ello es que con tanta visita y un rato que pasé en la última de ellas para tomar una taza de leche, que buena falta me hacía, porque estaba en ayunas, se me fué más de media mañana.
—Y á mí ¿qué me importan esos higos ni esas moras, ni esa taza de leche, ni que se lleven los demonios á todo el barrio de Las Pozas?—saltó el Berrugo impaciente y con un gesto y una voz que flagelaban.
—Quería decirle á usted—replicó don Elías humildemente,—que por esa razón, y por lo que he tardado desde Las Pozas aquí, aunque he venido á escape y sin tropezar con alma nacida, no me ha sido posible avistarme con usted tan pronto como yo deseaba... Voy á entrar al punto en materia, señor don Baltasar, que ya veo que está usted muy impaciente. Pues, señor, que, como le dije á usted hace un momento, esta última noche fué toledana para mí. La médica se puso como para quedárseme entre las manos; á las chicas les dió la ventolera también, y armaron cada catacumba que temblaba la casa; la cena fué mucho peor que todo ello, y, resultado, que á las altas horas logré un poco de sosiego y me metí en la cama: por supuesto, para no pegar los ojos. Que vuelta acá, que vuelta allá y que vuelta al otro lado, en una de ellas ¡zás!... la linterna á los ojos y mi hermana detrás de ella.
Aquí dió un salto el Berrugo; y por más que tosió y carraspeó para disimularle, no lo hubiera conseguido á no estar ya don Elías enteramente espeluznado, y absorto en la ilación de su relato, que continuó de esta manera:
—Acordándome de la otra vez, dí por hecho que iba á ser cosa de otro viaje á la llosa grande, en ropas menores y descalzo, y traté de incorporarme; pero me hizo señas para que me estuviera quedo, y en seguida, con su voz, con su misma voz, con la voz que tuvo en vida y yo recuerdo muy bien, aunque bajito, muy bajo y muy arrimada la boca á mi oído, me dijo... ¡por estas cruces se lo juro á usted, señor don Baltasar! me dijo: «Elías, dile á ese hombre, que está donde él ha creído; que suyo es, que no tarde y que no tema.» Con esto apagó la luz, y se desvaneció ella también.
El pestillo de la puerta, bajo la mano temblorosa del Berrugo, repiqueteaba en su retenedor; y no con toses, con alaridos disfrazaba el supersticioso la crispatura en que le había puesto la declaración del otro visionario. Pues aún halló en los rincones de sus adentros roñosos, un poco de ironía burlona para decir á don Elías, que se había quedado con los ojos encandilados y la frente bañada en sudor:
—Pero, alma de Dios, ¡cuándo acabará usted de ver visiones y de jeringar al prójimo con los relatos de ellas?